“Estas historias y muchas más tienen que ser contadas y para ello tenemos cronistas, cuentistas, novelistas, poetas. Ahora estamos precisamente frente a uno de ellos, frente al poeta Daniel Téllez quien presenta a nuestras necesidades de crónica su libro de poesía Cuatro esquinas, editado por Bon Art, en donde el arte, la ciencia y el deporte del boxeo es el eje central de esta cita de verbos. Mejor introductor al tema no podíamos haber tenido. Un hombre que en sus años adolescentes fue luchador, boxeador y que sigue siendo amante de los acontecimientos que se dan sobre la lona, pero que, además, ya en los días actuales es uno de nuestros más distinguidos poetas”. Roberto López Moreno
Daniel Téllez, autor de Cuatroesquinas.
La Gualdra No.
Despedimos con tristeza a dos personajes zacatecanos que fallecieron la semana pasada en la ciudad de Zacatecas. Ambos fueron muy queridos integrantes de la comunidad artística de esta ciudad que se queda sin dos aliados distinguidos, pero con la riqueza de sus aportaciones y su legado. En La Gualdra, nos sumamos solidariamente al duelo que ha embargado a sus familias.
Édgar Gutiérrez García fue Licenciado en Música con énfasis en instrumento, flauta; Licenciado en Conservación y Restauración de Arte; obtuvo la Maestría en Investigaciones Humanísticas y Educativas con orientación en Filosofía e Historia de las Ideas. Fungió como director artístico de Camerata Manuel M. Ponce y hasta sus últimos días fue docente de la escuela de Restauración y Conservación de Zacatecas. Édgar fue un enamorado absoluto del el arte y se dedicó con ahínco a su labor
profesional. Falleció el 30 de junio en la ciudad de Zacatecas, externamos nuestras condolencias a su familia y amigos, especialmente a Luis, su compañero.
Enrique Salinas fue, durante décadas, un periodista cultural encomiable en prensa escrita y radio. Un flâneur en el mejor sentido del término, lector voraz, excelente conversador, un amante de la belleza, un extraordinario profesor de francés, vecino de estos lares en el centro histórico de Zacatecas. El también autor de Episodios del Barroco Chichimeca, solía escribir poesía y en años recientes incursionó como actor en la película Donde duermen los pájaros. Falleció el 4 de julio de 2026, nuestras condolencias para su familia y amigos, para Anne y Elsa particularmente.
Jánea Estrada Lazarín lagualdra@hotmail.com
Directorio
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La Gualdra
Daniel Téllez entre cuatro espejos Por Roberto López Moreno
Agustín Monsreal, maestro de la narrativa en español Por Carlos Martín Briceño
Aquí tienes otro hogar, Tomás: guía práctica para sobrevivir en Zacatecas Por Armando Navarro
Desayuno en Tiffany’s, mon ku Ejecución de pirotecnia. La bola negra de Javier Ambrossi y Javier Calvo Por Sergi Ramos
La razón de tu existir Por Luis Enrique Cuéllar
Murió el hombre que hizo de la libertad una forma de vivir. Enrique Salinas Enríquez [12 de enero de 1950 – 4 de julio del 2026] Por Francisco Esparza Acevedo
Enrique Salinas Enríquez. Foto de Alejandro Alatorre.
Édgar Gutuérrez García
Murió el hombre que hizo de la libertad una forma de vivir
Enrique Salinas Enríquez [12 de enero de 1950 – 4 de julio del 2026]
6 Por Francisco Esparza Acevedo
Con su partida, Zacatecas pierde mucho más que a un periodista cultural. Se va un personaje irrepetible, un hombre que nunca aceptó los caminos trazados por otros, un provocador de ideas, un promotor de la cultura, un poeta que convirtió la conversación en un arte y la libertad en su única patria.
Paradójicamente, quien terminó siendo uno de los grandes impulsores de la vida cultural zacatecana estuvo destinado, en un principio, al sacerdocio.
Nació en la capital del Estado dentro de una familia profundamente católica.
Su padre, Enrique Salinas López, representaba el rigor de una fe inquebrantable; un católico integrista o mejor dicho "un talibán, pero católico, fanático 100 por ciento, y además fanático de una creencia fundamentada en el Concilio de Trento, donde se establecieron los dogmas definitivos de la Iglesia".
Enrique recuerda a su madre como la "primera y mejor imagen del ángel de la guarda que pueda yo tener, mi madre tenía 15 años cuando yo nací, es decir, ella y yo cronológicamente estábamos mucho más cerca uno del otro, que ella y mi padre, así que entre nosotros se desarrolló una gran complicidad".
Por el contrario, señala que con su padre se llevaba "muy mal, muy mal pero increíblemente mal, tan mal tan mal tan mal, que a los 12 años me inventé una vocación sacerdotal con tal de salirme de esa casa".
Enrique recuerda que antes de aprender a leer ya memorizaba los oficios divinos en latín y, apenas cumplidos los doce años, ingresó a la Escuela Apostólica de los Misioneros del Espíritu Santo en San Luis Potosí.
Con los años reconocería que aquella vocación nunca existió. El seminario fue, simplemente, la puerta de escape de una casa donde no encontraba paz pero que le permitió conocer y vivir con una disciplina mal entendida, impuesta con el rigor de los padres. A partir de entonces comenzó una vida que parecía escrita por un novelista.
Fue rebelde cuando el rock and roll apenas llegaba a México. Probó suerte en los negocios, abrió el primer café cantante de Zacatecas, introdujo las bolsas de polietileno cuando todavía todos compraban en bolsas de papel, trabajó para el gobierno estatal, ganó dinero como nunca imaginó... y un día decidió abandonarlo todo.
Vendió cuanto tenía y viajó a Nicaragua para incorporarse al entusiasmo que despertó la Revolución Sandinista. Tampoco ahí encontró un sitio definitivo. Recorrió Centroamérica, militó en la izquierda mexicana, fue fundador del Partido Socia-
lista Unificado de México y terminó convertido en un vagabundo que sobrevivía bajo una sola bandera: la poesía. Aquellos años, que para muchos habrían significado derrota, fueron en realidad el origen de su verdadera vocación.
En las mesas del Acrópolis, del Mesón de la Mina, del Gallito y de tantas cafeterías y cantinas del Centro Histórico comenzó a reunirse con pintores, escritores, actores, músicos y estudiantes. Sin proponérselo, fue convirtiéndose en un puente entre todos ellos. Mientras Zacatecas iniciaba el despertar cultural que marcaría las décadas siguientes, Enrique estaba ahí, observando, conversando, escribiendo y alentando proyectos. Nunca buscó protagonismos. Prefería descubrir talentos antes que exhibirse. Su satisfacción consistía en ver cómo otros crecían alrededor del arte y la cultura. El destino todavía le tenía reservada otra sorpresa. Una misión arqueológica procedente de Bélgica le presentó a la mujer con quien compartiría años de su vida. Gracias a ella descubrió el apasionante mundo de los archivos, la investigación documental y la historia. Colaboró con la Universidad Autónoma de Zacatecas, participó en importantes proyectos editoriales y dejó una valiosa colección documental para futuras generaciones. Después llegaría el periodismo cultural. Lo hizo en los micrófonos de Estéreo Plata (91.5 FM) (1998 -2002) y durante casi cuatros comenzó a asentar las bases del periodismo cultural que poco se conocía en la capital, abrió puertas y navego contra la ignorancia del medio, pocos creían en aquello de que el periodismo también era útil para crear y fortalecer espacios culturales.
Desde las páginas de Imagen (inició el 21 de enero del 2002) encontró el espacio ideal para hacer lo que más disfrutaba:
contar historias, difundir el talento de los artistas, rescatar personajes olvidados y demostrar que la cultura no pertenece a los museos, sino a las personas. Quienes convivieron con él difícilmente podrán olvidar su figura inconfundible: el largo abrigo negro, el cigarro siempre encendido, el café interminable y una conversación capaz de transitar, en cuestión de minutos, de la teología al marxismo, de la poesía a la arqueología, del humor más fino a la reflexión más profunda. Era imposible permanecer indiferente ante Enrique Salinas. Se le admiraba, se le discutía, se le cuestionaba o se le seguía. Pero jamás pasaba desapercibido.
Uno de los mayores aportes intelectuales de Enrique Salinas Enríquez es la formulación del concepto del BarrocoChichimeca, una expresión que él mismo reconoce más cercana a una intuición cultural que a una categoría académica estricta. A partir de ella construye una interpretación profundamente original sobre la identidad de Zacatecas. Para Salinas, el Barroco-Chichimeca "no existe" como escuela artística o corriente historiográfica, pero puede percibirse con claridad en la historia, el paisaje, la arquitectura, las costumbres y, sobre todo, en la personalidad de los zacatecanos.
Su obra Episodios del Barroco-Chichimeca, publicada en 2016, constituye la expresión más acabada de esa visión. Lejos de ser un libro de historia tradicional, reúne cerca de un centenar de crónicas, ensayos, relatos, anécdotas y reflexiones que dialogan entre sí para explicar el complejo proceso de formación cultural de Zacatecas. Cada episodio puede leerse de manera independiente, pero en conjunto conforman un mosaico que revela cómo la herencia del barroco novohispano se fusionó con el espíritu indómito de los pueblos chichimecas para dar origen a una
identidad regional única.
El propio estilo narrativo del libro refleja esa concepción. Enrique Salinas escribe con absoluta libertad, mezclando historia, periodismo, literatura, memoria, humor, ironía y observación cotidiana. Quien recorre sus páginas tiene la sensación de escuchar una conversación amena con el autor más que de enfrentarse a un tratado académico. Esa combinación de géneros, junto con un fino sentido crítico y una permanente curiosidad intelectual, convierte la lectura en un recorrido por los rincones menos conocidos de Zacatecas y por los símbolos que han dado forma a su carácter colectivo.
Más que ofrecer respuestas definitivas, Salinas invita al lector a mirar Zacatecas desde otra perspectiva. Descubre en una calle, en un templo, en una palabra, en una tradición popular o en un personaje olvidado las huellas de una cultura que ha sabido conciliar la exuberancia estética del barroco con la sobriedad, la resistencia y el temperamento heredados de la Gran Chichimeca. En ello radica la originalidad de su propuesta: convertir la historia regional en una herramienta para comprender el presente y fortalecer la conciencia de identidad de los zacatecanos.
Con esta obra, Enrique Salinas Enríquez no sólo consolidó su prestigio como cronista y ensayista, sino que aportó una de las interpretaciones culturales más sugerentes sobre Zacatecas en las primeras décadas del siglo XXI. El BarrocoChichimeca ha dejado de ser únicamente el título de un libro para convertirse en una manera de explicar el alma histórica de una tierra donde conviven, desde hace casi cinco siglos, la riqueza artística, la memoria minera, la tradición religiosa y el espíritu libre de quienes habitan el semidesierto zacatecano.
Alguna vez, durante una larga entrevista, confesó que la vida había sido para él "azarosa y divertida". Y cuando se le preguntó qué le faltaba por pedir, respondió con la serenidad de quien ya había recorrido todos los caminos: "Una hermosa muerte".
Hoy ese deseo se ha cumplido. Porque quienes verdaderamente aman la libertad nunca terminan de irse. Permanecen en las palabras que escribieron, en las conversaciones que sembraron y en la memoria de quienes aprendieron que la cultura, antes que cualquier otra cosa, es el encuentro entre los seres humanos.
Así fue Enrique Salinas. Un pionero por accidente. Un poeta por convicción. Y, desde hoy, una ausencia imposible de reemplazar. Hoy Enrique Salinas ha muerto.
Zacatecas, Zac., 4 de julio de 2026
Enrique Salinas Enríquez. Foto de Carlos Segura.
Daniel Téllez entre cuatro espejos
6 Por Roberto López Moreno
Poesía
Siete, ocho, nueve, diez… el censo de destrucción quedó asentado en el centro de las cuatro esquinas (ahora nuestro tema). El buen oficio del uppercut se aplicó rotundo en la mandíbula de la historia de un estrépito que se llama boxeo, en el que somos los mexicanos, distinguidos aportadores en el planeta, enriquecedores natos de esas hogueras pasionales que se encienden voraces dando pie a los fragores sobre la lona múltiple que desde hace mucho (de horas y latidos hablo) le ha dado la vuelta al mundo entero.
El primer campeón del mundo del boxeo ya organizado lo fue el indestructible John L. Sullivan, el monolito John L. Sullivan, el marciano John L. Sullivan, también conocido como The Boston Strong Boy. Según los datos que se guardan sobre las épicas refriegas, este atleta estadunidense fue el último campeón que peleó con las manos desnudas, así se convirtió en el autor de un sin número de masacres. Pero también fue el primer campeón que peleó con las manos enguantadas cuando ya se estaban creando las reglas de la violenta ordalía. Esta leyenda quedó escrita entre los años de 1882 y 1892. Desde entonces el boxeo reglamentado se hizo presente en el mundo. Cada ciudad erigió un ring sobre el que danzaban los cuerpos y las estrategias bélicas, los triunfos y las derrotas, la satisfacción del victorioso y la amargura magullada del derrotado. En cada ciudad hubo un campeón y por cada campeón un adolorido escalón de carne y hueso. Los cronistas reseñaban, muchas veces con alaridos en ristre, los pormenores de tragedias que se alargaban hasta los veinte rounds y algunas veces hasta en más. Que se distendían hasta las lágrimas mismas de los cercanos al derrotado.
Pero así, en la atmósfera de tal violencia, el boxeo fue creando a los poderosos atletas convertidos en el motivo de admiración de un público cada vez más numeroso, apasionado, fanatizado por aquellos atletas de calzón corto y largo brazo que acumulaban admiraciones después de cada hazaña. El boxeo es un poderoso imán que desata pasiones, pero también profundos estados de desilusión. Eso, precisamente ese contraste, es el que lo hace tan vital en el tremendo juego de la luz y la sombra con el músculo en medio. Si hubiese un dios del boxeo ese sería el buen Jesús aconsejando a sus fieles que después del puñetazo devastador la víctima pusiera la otra mejilla. Ah, pero también hay un “con la vara que mides serás medido” y entonces no alcanzaría la “variza” para tal desquite. Rodó el ring, y rodó y llegó a México y entonces aquí nacieron los semidioses nativos adorados por el entusiasmo
colectivo, inmaculados de la fricción, músculo y entrega, y se desprendieron en torrente los episodios que nos dieron a los Raúl “Ratón” Macías, a los “Pajarito” Moreno, a los Memo Díez, a los Kid Anáhuac y dentro de esas cuadrillas de héroes populares surgió la figura amada, adorada, plenamente identificada con el pueblo, sin parcialidades ni reticencias, el “Toluco” López, aquel mexicanote que se daba el lujo de subir al ring asediado por claros signos de ebriedad y aun así aniquilar a su oponente. Era simplemente lo máximo de lo máximo en el corazón de todos.
Pero… oh, las sorpresas de los hados que también ciñen a los dioses. Un buen día, un mal día, mejor, una mala noche, más bien, al amado por
las deidades le tocó acceder a la liza para pelear con otro gladiador, éste nacido en Tepito, barrio que ha dado a muy buenos boxeadores. El oponente se llamaba Joe Medel, Joe Medel en minúsculas contra el “Toluco” López en mayúsculas, pero… ¡Por el pío convento de las niñas recogidas de Santa Rosa de Viterbo en San Cristóbal de las Casas, Chiapas! Esa noche sucedió lo inesperado. Joe Medel tuvo la osadía de derrotar al ídolo inalcanzable, al gran Toluco, al intocable, se había abierto una gran herida en el corazón del pueblo y con ello Joe Medel se había ganado “a puño firme” el odio popular… para siempre… Estas historias y muchas más tienen que ser contadas y para ello tenemos cronistas, cuentistas, novelistas, poe-
tas. Ahora estamos precisamente frente a uno de ellos, frente al poeta Daniel Téllez quien presenta a nuestras necesidades de crónica su libro de poesía Cuatro esquinas, editado por Bon Art, en donde el arte, la ciencia y el deporte del boxeo es el eje central de esta cita de verbos. Mejor introductor al tema no podíamos haber tenido. Un hombre que en sus años adolescentes fue luchador, boxeador y que sigue siendo amante de los acontecimientos que se dan sobre la lona, pero que, además, ya en los días actuales es uno de nuestros más distinguidos poetas. Él es, entonces, el enlace ideal para entrar al mundo de los cuadriláteros. Y aquí nos tiene dispuestos a absortarnos (del verbo absortar mismo que estamos creando ahora, a golpes de
Daniel Téllez
oper). Es testigo y relator de la nueva ola que se dio desde finales del siglo pasado. En su letra no sólo dibuja las hazañas sino también las almas tremadas de un Púas Olivares, de un Julio César Chávez, de un Pipino Cuevas, de un Vicente “Zurdo” Saldívar. Entran también en su repertorio: el “Mantequilla” Nápoles, Carlos Zárate, “Chiquita” González y la boxeadora Jakie Nava, “La Princesa Azteca”. Ya antes había estado un Fili Nava, un Baby Vázquez, un Luis Castillo “El Acorazado de Bolsillo”, un Genaro Serafín. Pero aún más antes habían estado un Kid Azteca, un Rodolfo “Chango” Casanova, un Juan Zurita, un Joe Conde. Hubo narradores ocupados en este mundo, Ricardo Garibay, por ejemplo. Ahora tenemos un poeta, Daniel Téllez.
Y hubo cuentistas y novelistas y películas como aquella inolvidable del cine de oro mexicano: Campeón sin corona, que inmortalizó al actor David Silva. Cuatro esquinas es un libro dividido en tres partes: “Libra por libra”, “Malapata” y “Nocaut”. El drama se establece desde el momento en el que nuestro escritor empieza hablando de “tu” a sus personajes estableciendo una adolorida identidad que nos unta en la imaginación a sus lectores la vida tumefacta de los héroes del “cloroformo”. Así Téllez, en uno de los costados del ring es uno de los costados de esa vida amoratada, íntimo del refregado sudor y del angustiante anhelo de triunfo, de ese triunfo que la necesidad necesita. Desde los antiguos gladiadores proviene esa semilla de ponernos en manos del arrojo, semilla que después de siglos y distancias se vino a sembrar en las entrañas del barrio. De ahí la ha tomado el escritor para mostrarnos su cosecha realizada con talento y con la apasionada cercanía del esforzado prójimo, o sea, del hombre violentado que así ya no está solo pues tiene a su lado a otro ser sensible que lo comprende, que lo duplica con la letra con la que lo siente y lo escribe.
A los mortales les tocó enfrentar la cólera de los dioses; a los romanos de Tepito y la Bondojo la necesidad los subió al ring sin que se imaginaran que sus hazañas iban a ser contadas por la poesía. El poeta sabe que en un jab bien colocado puede ir la vida o la muerte y que la muerte que se dejó ser y hacer en el ring irá por la revancha en el fondo de la copa de alcohol o en el jabeo continuo de la droga. El poeta toca con sus letras la piel lastimada de la leyenda. Un momento aquí: “toca la piel lastimada del alma del gladiador, que así ya no está solo. No volverá a estarlo”. Nosotros, por nuestra parte, hojeando al poeta, nos convencemos ciertos de que hay un arte del boxeo y un boxeo del arte. Armando Oviedo nos dice de la estética de la violencia.
Daniel Téllez le habla de tú al relatado y mediante tal procedimiento de pronto me encuentro con que ese tú soy yo puesto en el centro del ring; soy yo frente a las sombras del miedo que hay que doblegar: soy yo frente a la
angustia, en medio del belicoso griterío que asusta a cualquier mortal; soy yo, el solitario frente a las estridentes “mentadas”: “ya cáigase negro”; soy yo, frente a la ira de los que gritan: “ya cáigase blanco”; yo, tras el dolor por el descomunal golpe recibido; yo con las piernas que se me quieren doblar para provocar la burla y el desprecio del respetable; yo en el esfuerzo para que no se me doblen las piernas; yo, la sombra de adentro que en este momento nada tiene que ver con las sombras del exterior, las que caminan indiferentes sobre las aceras que se encuentran afuera de la arena, sin que les interese en lo más mínimo que adentro estén malmatando a un yo solitario. Yo soy este dolor que aún respira.
Ahora a mí me toca hablarle de tú al escritor.
Daniel, estremecedor tu libro, salpicado de lágrimas, sudores, saliva, sangre, pero también de luces y vivas victoriosos. Tu Cuatro esquinas está lleno de todo eso y hablándonos de box nos habla de la vida misma. Las esquinas a las que te refieres son cuatro espejos en los que se reflejan el dolor, la soledad, los puños pegados al cuerpo o los puños pegándole al cuerpo (“la izquierda, güey, la izquierda”). Y en los cuatro espejos nos desvanecemos en el vaho de lo inaprensible. Ahora somos los mánagers de este Cuadrivio. Por ejemplo, para los mexicas el cenzontle era un ave símbolo de 400 can-
tos (que te parece: cien trinos por cada esquina). Para el filósofo Empédocles el principio de todo está en los cuatro elementos (Tierra, Aire, Agua y Fuego). En matemáticas el cuadrado perfecto es representado con el número cuatro al multiplicar dos por dos. Para cerrar el cuadrivio hablando de nuestra materia, cuatro son los golpes fundamentales en el box: el cross o croché, el uppercut, el jab y el gancho, izquierdo o derecho.
Esas cuatro esquinas de tu libro saben mucho de lo que hablas en tus poemas:
La acción transcurre en una esquina neutral Peligrosos ganchos arriba
Dos hombres poniendo en jaque su orgullo Hablando con los puños
La tunda es despiadada Apabullante
Fuego lleno de dinamita Losdelaesquinacontrariaarrojanlatoalla…
La ley de la inversa del cuadrado, en mecánica ondulatoria establece que para una onda de luz que se propaga de una fuente puntual la intensidad de esta disminuye de acuerdo con el cuadrado de la fuente de emisión. Montado en esta certeza inicio el conteo regresivo. Soy el referee de la cuenta y soy el testigo ubicado en el ringside: 10, 9, 8, 7…De pronto, ahí, en el centro mismo del cuadrilátero se levanta la
llama. Eres tú, Daniel Téllez y en torno de la mágica presencia, el público grita desaforado: ¡Arriba Daniel Téllez! ¡Arriba Daniel Téllez! ¡Arriba Daniel Téllez! ¡Arriba Daniel Téllez! Cuatro veces arriba de los Cuatro espejos, de las Cuatro esquinas. De los Cuatro verbos en los Cuatro puntos cardinales.
Ciudad de México, 2026 América (lastimada)
Poesía
Agustín Monsreal, maestro de la narrativa en español
6 Por Carlos Martín Briceño
de Artes y Literatura
Agustín Monsreal es hoy uno de los cuentistas más importantes de México y de Latinoamérica. Lo confirman las más de ciento cincuenta historias incluidas en sus espléndidos libros de relatos.
Diez volúmenes conforman la cuentística del maestro Monsreal, muestrario de uno de los trabajos más originales, seductores y prolíficos de la narrativa mexicana. Los ocho primeros, de cuento clásico: Los ángeles enfermos, Sueños de segunda mano, Lugares en el abismo, Las terrazas del purgatorio, La banda de los enanos calvos, Desde el vientre de la ballena, Deudas pendientes y Tres cuentos aproximadamente tristes. Los otros dos, Mamá duerme sola esta noche y Hola, te sigo esperando, aunque las editoriales han pretendido venderlas como novelas por exigencias del marketing, son una apuesta de Monsreal por el cuento largo.
Agustín nació en Mérida una luminosa mañana de 1941. Su infancia transcurrió plácidamente en el barrio de Santiago hasta que se fue a la capital del país donde sobrevivió ejerciendo diversos oficios. Allí participó también en numerosos talleres literarios que le permitieron acceder a la beca del Centro Mexicano de Escritores en 1971. Finalmente, en 1979 publicó sus primeras obras: Punto de fuga (Cuadernos de Estraza) y Los ángeles enfermos (Editorial Joaquín Mortiz). Esta última le valió el Premio Nacional de Cuento con un jurado compuesto, nada más y nada menos que por Mario Benedetti, Sergio Galindo y Huberto Batis. Aunque de vez en cuando le ha dado por reincidir en la poesía, hoy se ha convertido en un cuentista de tiempo completo.
Premio
“Para mí la literatura es un destino, no un negocio ni una profesión. Y no se trata de calcar la realidad sino de inventarla”, ha dicho. Y cómo no creerle si desde la aparición de Los ángeles enfermos hasta la publicación de Tres cuentos aproximadamente tristes (UNAM, 2025), su más reciente volumen, Agustín no ha dejado de inventar historias, de dibujar a través de su incansable pluma las contradicciones del hombre de nuestros tiempos, porque es eso, precisamente, lo que Monsreal plasma en sus relatos: la nostalgia desmedida, la putrefacción de los amores, la soledad definitiva, la fragilidad de las quimeras. Monsreal, asegura Elena Poniatowska, “es un escritor verdadero. La suya es una comedia humana deleitosa, jocosa a ratos, pero siempre despiadada”. Para Noé Jitrik, Monsreal “proporciona una visión de México desde la perspectiva de la frustración política, sexual, urbana, desde las fantasías de los jóvenes de la clase media”. Leo lo anterior en la solapa de Lugares en el abismo (García y Valdés Editores, 1993), el primer libro de Agustín que cayó en mis manos. Lo había traído a la casa mi hermano Enrique. Venía de haber recibido un diploma que lo acreditaba como ganador del segundo sitio en un Certamen Peninsular de Cuento que lleva-
ba el nombre de Agustín, organizado por el Centro Yucateco de Escritores y el Instituto de Cultura de Yucatán. La portada del libro diseñada por Natalia Rojas, una especie de paisaje policromo futurista salpicado de diamantes, llamó mi atención. Esa misma tarde me avoqué a su lectura. Y ya no pude parar. Aquella veintena de relatos me cautivó. Desde que avancé por las primeras páginas de la historia inicial titulada Carta abierta de un amor para toda la vida en la cual un enamorado cuestiona con obsesión su incapacidad para no poseer por completo a su novia —“nunca me es posible amarte completa. Si veo el aplomo de tus pechos, no me es dable contemplar tu espalda; si acudo a la dulcedumbre de tus labios, me pierdo de besar un surco, un músculo, mil poros”—, hasta que terminé la última línea de Casilda y el diablo, el ingenioso cuento de la mujer que le vende su alma a Satanás, pasando por el embarazoso monólogo titulado Los fines de semana en el que una madre se dirige melosa al novio del hijo — “pero como entre mi hijo y usted existe tanta confianza, pues espero que no tendrá ningún inconveniente de dormir con él en la misma recámara” —, me di cuenta de que me hallaba ante un genio de la narrativa. Su prosa ágil, por momentos poética, cargada de ironía, de metáforas innovadoras y hasta de palabras imposibles, me impresionó. Pero lo que más aprecié fue la naturali-
dad y eficacia con la que Agustín contaba sus anécdotas. El mundo monsrealiano cabía en unas cuantas páginas. Discípulo de Edmundo Valadés, Juan Rulfo, Efrén Hernández y Augusto Monterroso, maestros indiscutibles del género breve, al yucateco no le era indispensable llenar toneladas de folios para cautivar al lector.
El incesto, el hartazgo conyugal, la devastación por la muerte, la sexualidad desatendida, la confusión en la adolescencia, son temas frecuentes en las historias de Agustín. Me viene a la cabeza el jovencito que protagoniza Yo, este porvenir tan viejo, quien ingenuamente piensa que puede llegar a establecer una relación amorosa con una suripanta y la invita un domingo a pasear al Parque del Centenario:
“Sentí que me derretía de espanto; me sentí desamparado, acobardado. Percibí que su ordinariez empañaba todo, me manchaba; su perfume me producía náuseas; su boca no paraba de reír, se abría inmensa, aborrecible; su lascivia depositada en mi rostro resultaba un insulto. Mi tolerancia estaba a punto de reventar”.
La historia se resuelve de una manera impactante, una mezcla de compasión y alivio que agradece el lector. En este punto, se hace imperativo mencionar su brillante cuento La última miseria, uno de mis preferidos. Aquí la venganza, recurrente tópico monsrealiano,
protagoniza una historia que inicia con la descripción del violento atraco a una pareja:
“Una noche, una noche cualquiera, Santos sale con su mujer a dar un paseo; de regreso a casa son asaltados por un hombre cuyo rostro sólo alcanza a ver de manera fugaz, pero definitiva; él es brutalmente golpeado y ella violada tan espantosamente que muere pocas horas después de la agresión”.
Lo anterior, en cuanto a su obra, pero su vasta experiencia ha permitido a Agustín Monsreal también ser maestro, no sólo de lectores, sino de muchas generaciones de autores que hoy destacan en la República de las Letras, como Eduardo Antonio Parra, Marcial Fernández y Carolina Luna.
Y ya entrados en nostalgia, evoco una tarde de 1997 en el salón de las columnas del porfiriano edificio del Centro Estatal de Bellas Artes, en Mérida. Pese al clima artificial, hace calor. Somos muchos los que nos reunimos mes a mes en este sitio para encontrarnos con Agustín. Acaba de dar inicio una sesión más del taller que imparte para guiar a los que anhelamos convertirnos en cuentistas. Monsreal escucha nuestras lecturas con paciencia, vierte sus opiniones con generosidad, no tiene empacho en compartir lo mucho que sabe acerca de este género literario —el más antiguo de todos— que domina a la perfección. —Dedícate en serio a esto, tienes madera— me dice por lo bajo, al término de la clase. Y sí, fue gracias a él, o por culpa de él, que, como muchos aspirantes a narradores en México, elegí el sinuoso camino del cuento. Estaba por cumplir los treinta y aún no había publicado absolutamente nada. Roberto Azcorra Cámara, Carmen Simón Pinero, Reyna Echeverría, Carolina Luna, Jorge Lara Rivera, Patricia Garma Montes de Oca y otros cuyos nombres se me escapan a la memoria formábamos parte de más de una veintena de alumnos que esperábamos ansiosos la visita mensual del maestro. Intentábamos robarle algo de su sabiduría literaria. Irónico, pero amable; exigente, pero a la vez generoso, Agustín nunca tuvo problemas para regalarnos en aquellas sesiones, las claves para escribir un gran cuento: pocos personajes, un inicio que atrape, transformación del personaje principal, pero, sobre todo, leer con asiduidad. A casi tres décadas de esos legendarios talleres, resulta imposible no agradecerlo.
—Si algo debo confesar es que he cometido el mejor de los pecados que un hombre puede cometer: he sido feliz, y eso se lo debo a la literatura— dice el propio Agustín en una entrevista a propósito del Premio Nacional de Artes y Literatura 2025 que le fue otorgado recientemente.
Sin hacer mucho caso de las modas literarias, Agustín Monsreal refrenda que, en materia de narrativa, posee una de las escrituras más innovadoras y fascinantes de la lengua española.
Agustín Monsreal. Premio Nacional de Artes y Literatura 2025.
La razón de tu existir
6 Por Luis Enrique Cuéllar*
Enzo llegó a tu consultorio con una obstrucción intestinal. Para un fox terrier como él, que no realiza suficiente ejercicio, era cuestión de tiempo antes de que se comiera algo que no era, ni siquiera, natural. Sabías que operar era necesario y no lo dudaste. Preparaste el quirófano e instruiste a Inés para que te asistiera. Situaste la responsabilidad en los hombros de tu talento y tu confianza en la solidez de tu fe.
El procedimiento avanzaba conforme a lo esperado, hasta este momento: acabas de ver el Número Divino dibujado y vivo en las entrañas del animal. El mensaje de la perfección eterna manifestado en la carne efímera. El palpitar omnipotente al unísono con el trepidar de la mortalidad. Sus tonos púrpura y dorado te imponen respeto y sus trazos perfectos te hacen sentir humilde.
Como hombre de fe consideras que el mensaje es claro: debes compartirlo, mostrar el Milagro Divino. Te preguntas: “¿Por qué ahora?, ¿por qué a mí?”. Sudas, mas no por cansancio, al contrario. Tu angustia reside en la decisión que debes tomar: terminar la operación y devolver a Enzo sano y salvo a su hogar o llevarlo ante el altar y declarar el prodigio ante el Ministerio, como lo dicta El libro de los elementos.
—La presión arterial de Enzo comienza a bajar, David —te advierte Inés.
“¡Inés no lo ve! Eso confirma que no es un milagro sacramental, es una prueba de fe”, concluyes. No te has movido, congelado por la incertidumbre. El pulso de Enzo pierde estabilidad. El sonido del monitor cardiaco se convierte en un inquisidor ante tus oídos. Un temblor surge de tu pecho y comienza a bajar por tus brazos. “¡No soy digno!, ¿por qué yo?”, preguntas a pesar de que presientes que la respuesta no te será dada, aún.
—¿David?
El temblor amenaza con llegar a tus manos, a tus dedos privilegiados que jamás han sentido la duda; ni siquiera cuando eras apenas un estudiante. “¡No lo puedo permitir!”, piensas. Como puedes, retienes la energía de tu agonía, la cual no se queda quieta por supuesto. Sube de regreso por tu brazo, tu cuello y al fin llega a tus ojos para manifestarse en forma de lágrimas. Rezas para que el sudor las disfrace. —Todo bien, reduce el nivel de los gases halogenados— respondes e Inés siente que su alma le regresa en el suspiro que emite.
Has tomado tu decisión. “No soy digno”, te dices.
Terminas la operación como era previsto. Enzo despertará por completo dentro de un rato. De ahí repetirías la conversación de siempre: con todas las recomendaciones, todos los “es una raza activa, necesita más ejercicio”; no faltarán los “sí, doctor” ni los “¡muchas gracias, doctor!”. Al final, en teoría, seguiría un viaje a la tienda por un “capuchino de la victoria”… u otro paciente, en caso de que se presente algún cuadro grave o tengas una agenda llena.
Sin embargo, nada de eso sucede.
—Dame unos cinco minutos. Notifica a los Bonilla que Enzo salió bien de la operación— le dices a una Inés que ya intuye que algo ha cambiado.
—De acuerdo, yo les aviso y también arreglaré todo para la estancia postoperatoria. ¿Necesita algo más, doctor David?
Esa forma de decir doctor que tiene Inés es una prevención amable.
—Siento un poco de cansancio, es todo. Tomaré un poco de aire— contestas evasivo.
Respiras hondo y en silencio mientras subes a la azotea del edificio. Asciendes por las escaleras. Entrar al ascensor te agobiaría tanto como tener de nuevo los dedos dentro de las entrañas de Enzo, sintiendo esos dos pulsos, el suyo y el del Número Divino.
Las preguntas son tantas que se convierten en una densa niebla que rodea tu alma.
Llegas a la azotea. Tu cabeza es una espiral que gira y gira. Miras a tu alrededor mareado por tu agobio. No ves a nadie y entonces gritas de manera desgarradora, con tu garganta quebrándose junto con tu fe. Terminas de rodillas, lloras a mares y aún no has llegado al fondo. Tus lamentos se confunden con gruñidos hasta que te vacías y con un hilo de voz susurras:
—¿¡Por qué!? ¿Qué clase de prueba es ésta, mi Señor?
Escuchas el viento vacío de respuestas. Sientes el frío del atardecer mientras recuperas un poco las fuerzas y con una voz ronca y gastada dices:
—Entiendo cuando hay que escoger entre el bien y el mal, ¡incluso cuando se trata de distinguir entre el menor de dos males! Pero… ¿Elegir entre dos bienes, Señor?, ¿escoger entre la vida y la fe?, ¿por qué?
Y es entonces cuando te contesto:
—Quizás no lo entiendas ahora, pero debo felicitarte: superaste la prueba. Sin embargo, no me escuchas y quizá el responsable sea yo. Quizá debí contestarte antes, cuando me preguntabas: “por qué yo” y responderte con la razón de tu existir.
Luis Enrique Cuéllar
es un escritor que nació y vive en el sureste del país, en Veracruz, menciono este dato para presentarlo por dos razones: fuera del concepto literario de las grandes ciudades, en la periferia, la provincia, fuera de la CDMX, también se escribe y se hace con entusiasmo, dedicación y resistencia. Luis Enrique se suma a ese grupo de escritores contemporáneos originarios de Veracruz que están muy presentes en la vida cultural del país participando en antologías, revistas, ganando premios y menciones, y los más aventajados, con un lugar propio y brillante en el escenario internacional. Por su parte, Cuéllar se dedica al cuento, en particular a esa trinchera compleja de la sci-fi, lo fantástico y el terror, en su universo figuran animales luminosos, entrenadores de robots, cuerpos celestes con consciencia, recuerdos perseguidos y un vasto despliegue imaginativo. 2025 fue un buen año para sus cuentos, obtuvo una mención honorífica en el XLI Premio Nacional de cuento Fantástico y de Ciencia Ficción y en el Concurso Internacional de Cuento Libre “Juan Rulfo”, y ahora comparte con los lectores de La Gualdra este cuento inédito. Beatriz Pérez Pereda
(Xalapa, México, 1977). Escritor de literatura especulativa. Obtuvo mención honorífica en el XLI Premio Nacional de cuento Fantástico y de Ciencia Ficción 2025, así como en el Concurso Internacional de Cuento Libre “Juan Rulfo” 2025. Ha sido publicado en revistas nacionales como Papeles de la mancuspia, Anapoyesis y Penumbria, y en revistas del extranjero como Weird Review (Panamá), Teoría Ómicron (Ecuador) y Rio Grande Review (Estados Unidos). Su trabajo también aparece en las antologías de terror 1 y 3 de Editorial Lebrí.
Río de palabras
*Luis Enrique Cuéllar
Río de palabras
Aquí tienes otro hogar, Tomás: guía práctica para sobrevivir en
Tomás: Si estás leyendo esto, es porque estoy muerto. ¡Así es, muerto de ganas de pasar tiempo contigo! Es julio de 2026, se cumple un año desde que dejamos de compartir el techo diariamente. Te extraño muchísimo. La forma menos dolorosa de decírtelo fue robarme un chiste de Los Simpson.
Volví a Zacatecas después de que nos separamos. Aquí nací y viví hasta los 17. A esa edad, me fui a la Ciudad de México a estudiar, impacientar profesores y enamorarme como un idiota. Tú naciste allá, en la colonia Roma. Sé que la CDMX es tu tierra natal. Pero quiero hablarte de Zacatecas, darte algunos consejos para cuando hayas crecido y quieras navegar la ciudad por tu cuenta.
Aquí tienes otro hogar, ¿sabes? Como cuando Michael Corleone debe refugiarse en Sicilia, donde nació su padre. Su protector en ese lugar se llama Don Tommasino. De ahí viene tu nombre.
1. Notarás algunas peculiaridades en el español zacatecano. El acento parece un reverso melódico del tono que escuchas allá. No sólo eso, en algún momento escucharás el verbo “reborujar”. Quiere decir “confundir”, “mezclar”, “desordenar”, como uno hace con las fichas de dominó antes de repartirlas. Decía Ato Zesati, un amigo mío, que la palabra “reborujar” tiene que estar reborujada. Zacatecas: tan osado como para desafiar la relación arbitraria entre significante y significado.
2. Si vienes con amigos chilangos, te garantizo que alguno de ellos querrá ir a Las Quince Letras, la célebre cantina
Desayuno en Tiffany’s, mon ku
Ejecución de pirotecnia.
Zacatecas
del centro. Y seguramente esa persona te dirá: “¡además, ‘Las Quince Letras’ tiene quince letras!”. Así te dirá. Todos los fuereños quieren ir. Y no los culpo, es un sitio encantador y los dueños son muy gentiles. Necesitas tomar en cuenta dos situaciones: la primera, debes llevar efectivo; la segunda, tendrás que orinar en una letrina a la vista de todos. La decisión es tuya.
3. A diferencia de la CDMX, Zacatecas es una ciudad de subidas y bajadas. Lo digo literalmente. Hace unas noches caminé por las calles de la colonia Sierra de Álica. No estaba precisamente sobrio. Cuando miré hacia atrás, contemplé aterrado que los cerros estaban a la misma altura de mi vista. Luego miré hacia abajo: las avenidas empinadas que recién había subido me parecieron muros verticales. La próxima vez que mi aprehensión te moleste, que te hartes de mi insistente cuidado, te pido que consideres lo siguiente: crecí en un lugar en el que un pequeño resbalón podía significar una caída de metros y metros y metros y…
4. Si algún día necesitas encontrar al Oso Medina, está en El Acrópolis. 5. La cocada es un dulce tradicional de acá. Nunca me gustó. En una de tus pri-
La bola negra de Javier Ambrossi y Javier Calvo
La bola negra es la última película de Javier Ambrossi y Javier Calvo, más conocidos del gran público por sus series para plataformas, como Paquita Salas, Veneno o La Mesías. La ganadora del premio a la mejor dirección en el Festival de Cannes empieza como un remake de Bienvenido, Mister Marshall, el clásico del director español Luis García Berlanga. Acentúa la esté-
tica del esperpento que caracterizó la obra del valenciano, añadiendo unas buenas dosis de caricatura y hasta de gore.
La entusiasta banda musical de un pueblo español del bando nacional se prepara para recibir a la aviación italiana, aliada de las tropas franquistas durante la Guerra Civil. Un error provoca que ésta bombardee el pueblo, convirtiéndolo en ruinas y asesinando a casi todos los vecinos.
Sebastián, el trompetista protagonista de este segmento, intenta salvar sin éxito a su madre, que se negaba a manifestar su adhesión al fascismo con el brazo alzado. Para escapar a las bombas, se refugia en la iglesia medio derruida, escalando a duras penas los restos partidos de una colosal estatua del santo que lleva su mismo nombre.
Bajo la influencia de san Sebastián El gesto tiene por lo menos dos lecturas. Una política, que retoma el santo como icono queer, para denunciar la represión ejercida por la dictadura fascista contra este colectivo, en una relectura del periodo histórico más negro
6 Por Armando Navarro
meras visitas, cuando apenas aprendías a hablar, me pediste que te comprara una. Tampoco te gustó.
6. Durante mi niñez y juventud vi nevar varias veces. La primera ocasión ocurrió en 1997. No sé si volverá a pasar. El cambio climático es real. Sin embargo, desde que naciste fantaseo con hacer un muñeco de nieve contigo. Podríamos llamarlo “Doctor Gallinazo”, como tu amigo imaginario.
7. Cuando tenías dos años, fuimos a un supermercado de la colonia Nápoles. Había tunas rojas. Al verlas me pediste una. “Oh, la información genética”, pensé. La tomé y la dejé en el carrito, pero te empeñaste en llevarla contigo. Te expliqué que te podía espinar la mano, pero no funcionó. Te la di, te espinaste la mano y lloraste. Lo peor vino después: cuando llegamos a casa, la probaste y no te gustó. Comí un poco y descubrí la tuna más insípida de mi vida. No dejes que esa experiencia te desaliente. Acá hay tunas deliciosas.
8. Hace unas noches soñé contigo. Jugábamos. Luego caímos al suelo. Te acercaste a mí y sentí tu pequeño brazo alrededor de mi cuello. “Por fin pasaré unos días a tu lado, nada deseaba más”, te dije. Desperté.
6 Por Sergi Ramos
de la España del siglo XX. Pero también sirve de reflejo del proyecto estético de la película, que abandona rápidamente los guiños al esperpento para adoptar, en buena parte de las tramas, una estética tan grandilocuente como la propia estatua, tanto en el plano narrativo como formal.
La película despliega una ambiciosa trama múltiple a través de tres épocas, llevada por tres protagonistas distintos, en 1932, 1937 y 2017. En el centro coloca la figura de Federico García Lorca, poeta granadino fusilado por homosexual y republicano, y en particular La bola negra, su póstuma e inacabada obra de teatro. En las pocas páginas que se conservan, el poeta daba explícitamente el protagonismo a un personaje homosexual.
En una de las tramas, Los Javis intentan completar la obra perdida de Lorca. Otra sigue a Sebastián, enrolado ya en el ejército franquista, y su salida del armario al enamorarse de un prisionero republicano. En la tercera, un joven homosexual investiga en 2017 la relación que su familia pudo tener en la conservación de la pieza.
Historia y fuegos artificiales
La película invoca los trabajos del historiador irlandés Ian Gibson, como en su reciente No me encontraron. La fosa de Lorca: crónica de un olvido, aquí encarnado bajo los rasgos de una mujer, interpretada por Glenn Close. Al centrarse en la homosexualidad del poeta, el proyecto de los Javis busca ofrecer una relectura de la historia de la guerra civil y el franquismo a través del filtro queer. Este proyecto sucumbe sin embargo a un cierto desenfreno esteticista, que lo lleva hacia otros géneros, como la comedia musical, en una secuencia de baile en un bar de descastados o en otra en la que Sebastián toca free jazz. Más problemática resulta la homoerotización de los cuerpos de los soldados franquistas corriendo desnudos por la playa mientras alzan el brazo hacia unas explosiones en el cielo, cuya lectura resulta cuanto menos ideológicamente confusa. La filmación del final imaginado del texto inacabado pone también de manifiesto la querencia afirmada de los Javis por la estética camp. ¿Habría comulgado con ella el último Lorca, el del Poeta en Nueva York?