Sonia Medrano Ruiz recibió la XXI Medalla al Mérito Musical Candelario Huízar otorgada por el Gobierno del Estado de Zacatecas, a través del Instituto Zacatecano de Cultura Ramón López Velarde, el pasado 8 de mayo en Jerez, Zacatecas. Al recibirla hizo especial énfasis en “el significado de las tradiciones y todo aquello que contribuye a la salvaguarda de nuestro invaluable patrimonio cultural material e inmaterial, […] estamos conscientes de que la educación, el arte y la cultura propician la reconstrucción del entramado social, acciones que también son asideros para reforzar las identidades, el patriotismo y la conciencia de soberanía…”.
Sonia Medrano Ruiz al recibir la Medalla al Mérito Musical Candelario Huízar. Foto de Ricardo Cortez / Comunicación Social IZC.
Editorial
La Gualdra No.
La doctora Sonia Medrano Ruiz recibió la XXI Medalla al Mérito Musical “Candelario Huízar”, en el acto principal de las Jornadas Musicales Candelario Huízar 2026, otorgada por el Gobierno del Estado de Zacatecas, a través del Instituto Zacatecano de Cultura Ramón López Velarde, el pasado 8 de mayo; la noticia fue muy bien recibida por parte de los zacatecanos, sobre todo por quienes hemos seguido de cerca la trayectoria de Sonia desde hace muchos años.
Sonia Medrano es originaria de Zacatecas, es cantante concertista y Doctora en Historia; miembro del Sistema Nacional de Investigadores Nivel 1, con perfil PRODEP desde 2024; y docente en la Escuela Estatal de Restauración y Conservación Refugio Reyes y en el Programa Transversal de Extensión, Conservación y Difusión Artística de la Universidad Autónoma de Zacatecas, institución en la que también ha sido docente en las licenciaturas en Turismo y en Música. Ha realizado seis grabaciones de Música Latinoamericana de los siglos XVIII, XIX y XX; es autora del libro Las orquestas típicas en México. De la invención a la consolidación de una tradición, (IZC/MEDEA PRINT, 2021), una investigación realizada como trabajo de tesis para obtener el grado de Doctora en Historia en 2018.
Ha colaborado con capítulos de libros para varias instituciones educativas entre las que se encuentran las universidades autónomas de Aguascalientes, Nayarit, Zacatecas, El Colegio de Jalisco, el Fondo Editorial de Nuevo León, el Instituto Nacional de Investigaciones Históricas de las Revoluciones en México y con la Vernon Press; sus artículos académicos sobre temas de investigación musical han sido publicados también en las revistas El Artista de la Universidad de Guanajuato, Diagonal de la Universidad de California en Riverside, Estados Unidos, Artemis de Brasil y en la International Journal of Human Sciences Research, entre otras. Instaurada en 2004, la Medalla al Mérito Musical Candelario Huízar representa el máximo reconocimiento otorgado “a quienes, mediante su trayectoria en la interpretación, investigación, enseñanza y difusión musical, han contribuido de manera ejemplar al fortalecimiento del patrimonio sonoro nacional”,1 y todas esas actividades las ha cumplido a cabalidad Sonia pues desde muy temprana edad se ha dedica-
do a la música como intérprete, luego en la in vestigación y siempre como una persona más que interesada en difundir y promover lo más valioso de nuestro patrimonio; por eso es me recidísimo que fuera ella quien recibiera este reconocimiento.
En su intervención durante la entrega del premio, inició diciendo que se considera una mujer artista, orgullosa de sus raíces zacate canas y especialmente de la vena jerezana que lleva en su ADN pues su abuelo materno fue originario de la tierra de López Velarde y un músico lírico que alrededor de 1940 creó el famoso Trío Zacatecas; dijo sentirse feliz por contar con la presencia de los jóvenes es tudiantes, de todos los asistentes y principal mente de su familia; en su discurso hizo espe cial énfasis en el significado de las tradiciones y todo aquello “que contribuye a la salvaguarda de nuestro invaluable patrimonio cultural ma terial e inmaterial, […] estamos conscientes de que la educación, el arte y la cultura propician la reconstrucción del entramado social, accio nes que también son asideros para reforzar las identidades, el patriotismo y la conciencia de soberanía… un tema muy vigente”.2
Sonia Medrano dijo también que cuando re cibió la noticia de que sería galardonada con la presea Candelario Huízar sintió “que además de premiar una trayectoria de 40 años en la música, implícitamente se reconoce el trabajo en pro de la revalorización del patrimonio mu sical”, 3 y justo es lo que se pretende con estas actividades realizadas desde hace 22 años por el IZC, establecer un “compromiso con la exce lencia cultural, la preservación de la memoria sonora y el reconocimiento a quienes, desde la música, fortalecen la identidad y el patrimonio artístico del país”.4
Contenido
Sonia Medarno Ruiz, es, además, una mujer muy generosa, que no duda nunca en compartir sus conocimientos, participar en proyectos relacionados con arte y cultura y ayudar a los más jóvenes encontrar el cauce de su vida profesional. Muchas felicidades, Sonia.
Tres papeles sobre Ramón López Velarde [Parte 2 de 4]
Por Carlos Ulises Mata
Traza una ruta poética por el cuerpo de la mujer [entrevista con Ana Basilio, autora de Alondra]
6 Por Alberto Medrano
Alondra es el libro de poesía de Ana Basilio con el cual obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino que cuenta la historia de una mujer cuyo telón de fondo es el Veracruz, un escenario de crímenes, un territorio violentado, pero con voluntad propia, donde se reza con fervor, la pobreza es destino y las abuelas y madres transmiten el conocimiento ancestral de la brujería.
En entrevista con La Gualdra, Basilio charló sobre su proceso creativo, el verso y el tiempo de escritura.
“Partí de una imagen femenina. Yo sabía qué quería contar desde una voz femenina que atraviesa la precariedad, la precarización laboral, pero también cómo eso repercute en todos los estratos; también quería hablar de la violencia que es inevitable para mí no tocarla e incluso no reflejarla a través de los poemas, porque mi contexto me lo grita. O sea, yo en Poza Rica, en Veracruz, volteo y veo la cara de la muerte en todos lados de diferentes formas, entonces no puedo no decirlo.
“Y creo que ese tema, por ejemplo, que tiene tantos vértices y que golpea de diferentes formas, es algo que nos atraviesa a todos, independientemente de nuestra identidad de género o de cómo nacimos, incluso del estatus social donde nacimos. Y desde ese punto creo que a cualquiera le puede tocar las entrañas; además ésta es una exploración a través del cuerpo femenino y que a su vez su cuerpo también es un territorio, y el territorio geográfico sufre violencia y es invadido por otras manos ajenas”, dijo la escritora veracruzana.
“Yo sé que todo lo que dice mi abuela es verdad...”, así comienza este libro, una declaración de intenciones, la mención de una genealogía, el corpus de donde abreva la poeta.
“Yo sabía que quería intercalar los tonos dentro de la historia. Sabía yo que quería contar muchas cosas, entonces tenía que buscar la manera orgánica en que estas historias fueran contadas, en que estas imágenes fueran puestas de una forma armónica, como tal y como decoramos una habitación.
Sabía que tenía que situar estos versos, estas partes más, que algunos dicen como de noticia, más informativas, o algunas otras que son más narrativas y otras también que me gusta mucho en la poesía, y sobre todo al cerrar los poemas, con un cierre y un inicio contundente, que golpee muy fuerte y que sea crudo, y que venga también de la mano con algo pues cadencioso y suave”, dijo Basilio.
Una de las características de Alondra es la diversidad de estilos, un libro de poesía que pasa del verso a la narrativa, a veces con tonos líricos otros periodísticos y a veces con enorme conversacional.
“Alondra la veo como una sola historia bien entrelazada y que bien puede ser una prefiguración de novela o una novela. Al principio yo sabía que iba a contarlo a partir de una voz femenina o de voces femeninas, porque a mí sí me interesaba mucho que no solamente tuviera la perspectiva o la historia de lo que cuenta una voz femenina infantil, sino también una voz femenina de la tercera edad o una voz femenina un poco más grande”.
Para mí es este libro es un registro porque todas estas historias están enriquecidas por un trabajo que yo hice, un trabajo de investigación, un trabajo etnográfico que incluyó platicar con muchas personas, recorrer todas las comunidades en Veracruz, que fue un trabajo etnográfico un poco accidental, pero ahí ya estaban tejiéndose la historia en otra parte de mi mente”.
En referencia al ritmo y trabajo poético, Ana dice que trabajó mucho en la musicalidad del libro, y realizó un constante trabajo de edición.
“Hay intuición en torno al trabajo de oído, pero estuve estudiando mucho como la forma llevar este ritmo, esta musicalidad sostenida en una tensión, en una tensión de historia, no nada más fonéticamente. Ahí tuve enorme complejidad a la que tuve que sumergirme y también que tuve que estar editando y trabajando muchas veces. Sí fue un trabajo de mucha disciplina de día tras día, estar escribiendo mínimo un poema, porque sí estaba yo comprometida con mi proyecto”, afirmó Basilio.
La poeta también reconoció la influencia de una serie de escritores y escritoras que fueron una hoja de ruta para su libro.
“Los libros que me acompañaron los miró como una bibliografía, como si todos nos subiéramos a un barco, a una aventura, entonces tuve mi tripulación específica para el libro, estuve acompañada por Marosa di Giorgio, por Carpentier, por Reinaldo Arenas, por David Huerta, por Cervantes, creo que ésos fueron los más fuertes que me estuvieron acompañando. Y Rulfo, específicamente El gallo de oro”.
“Me obsesioné con mis lecturas, es también estudiar las voces, las poéticas de los autores, y ésos fueron mi tripulación específica para ese libro, y muchos de ellos son para mí de cabecera y me acompañan, y ahí le agregaría quizás a Vallejo y a Jaime Sabines”, concluyó.
Música
IEl corrido, una historia de frontera y migración
6 Por Marcos Daniel Aguilar
Por los caminos de Texcoco y Michoacán
Vivía en Texcoco, Estado de México, cuando me comenzaron a gustar los bailes de música norteña. Todavía no cumplía la mayoría de edad y ya me iba con mi grupo de amigos a la búsqueda de reventón en algún pueblo, fiesta patronal o de plano a la Feria del Caballo para ir a bailar con las vecinas y ligar con alguna morra que también le gustara el zapateado. Eran los años 90, estudiaba la secundaria en San Salvador Atenco, sí, el de los macheteros, y la globalización estaba entrando con todo en México. Este cambio cultural se sentía de manera firme, pero sutil; la cultura gringa fue entrando poco a poco por medio de la música rock, el grunge, el tecnopop, las pinches películas hollywoodenses y por los Simpsons
Me acuerdo del choque cultural cuando salí de la secundaria y entré a la preparatoria en la UNAM, en la Ciudad de México; de cómo mis amigos del entonces D. F. me miraban feo y hacían un gesto de disgusto cuando les contaban de los bailes norteños a los que iba en el oriente del Estado de México, y lo entendía, porque en aquellos años lo chido era escuchar a Nirvana, Metálica; hacerse el sabiondo en Pearl Jam y en la música metalera. Algo dentro de mí, que no pude reconocer, sino hasta décadas más adelante, sabía que si se hablaba de rock yo prefería el rock urbano: el de Liran´roll antes que el de Red Hot Chilli Pepers, y que prefería escuchar las letras de amor de Límite con Alicia Villarreal diciendo “ajaaaá” antes que al happy punk de Green Day. Al sentir vergüenza por contar que me gustaba el regional mexicano, decidí no volver a comentar nada sobre mis gustos por los bailes a mis amigos chilangos de la escuela, pero cuando llegaba el fin de semana y regresaba a esa otra vida con los amigos del pueblo nos juntábamos para ensayar nuevos pasos antes de salir rumbo al baile. Yo no entendía del todo por qué me gustaba la música norteña, por qué sentía más emoción y una conexión más estrecha con la gente al escuchar a Cardenales de Nuevo León, al escuchar a Intocable, cuando íbamos a ver a la Feria de Texcoco a bailar de grapa con la música de banda. Eso no quiere decir que no me gustaran bandas gringas como The Offpring o No Doubt, pero con el regional algo muy cabrón dentro de mí se activaba como si las letras me hablaran sobre una vida pasada. Al hacer un ejercicio de memoria, pienso que mi gusto se remonta a mis propios orígenes familiares. Aunque
vivo actualmente en la Ciudad de México, donde nací y he vivido la mayor parte de mi vida adulta, mi familia proviene de algunos pueblos de los estados de Guerrero y Michoacán. Mi infancia la pasé en fiestas rodeadas de música de banda, corridos norteños, música tropical, algunas chilenas de Guerrero y los “Caminos de Michoacán” que escuchábamos con mis primos y tíos que iban y volvían del gabacho y recorríamos las montañas y los bosques en sus
camionetas escuchando a los Tigres del Norte, a la Banda el Recodo y, ahora que lo pienso, a un desconocido Chalino, al menos para mí, música que ni por error hubiera oído en el centro del país. Vivía entonces en medio de dos realidades, en dos espacios, en la frontera de la Ciudad de México y el Estado de México: una citadina de simulación hacia lo moderno, lo gringo, lo globalizante, el TLC, lo wanabe, “entre más gabacho te vieras mejor”;
y una realidad familiar en donde lo tradicional y lo popular convivían naturalmente en mí, con los corridos cuyas letras han sido un reflejo más acorde a nuestra realidad social y a nuestro sentimiento individual en relación con nuestros problemas y complejidades como personas migrantes que vivimos entre la dualidad de lo urbano y lo rural. Esta batalla queda de manifiesto en estos corridos, como en “Tres veces mojado” de los Tigres del Norte, y no a manera de reflexión como si fuera un ensayo filosófico, sino que la batalla se hace patente en la música en vivo y a todo color, en tiempo infinitivo, es decir, en una lucha que se está batiendo constantemente cuando escuchamos las letras de estos corridos. Yo creo que por eso me gustaba ir a los bailes, para sentir esa emoción comunitaria y esa alegría al cantar con sentimiento esa épica sobre el amor y el viaje, la victoria y la derrota, la dicha y la incomprensión del mundo. Pensándolo bien, es justo esa retórica bien acoplada a mi realidad la que me conmocionaba y la que me provocaba una euforia cada vez que planeábamos, los chiquillos de aquel entonces, ir cada sábado a un nuevo baile chingón.
IICorridos tumbados, historias en común contra la censura
Cuando Mariana, mi pareja, entró a la maestría en 2020 en el estado de San Luis Potosí, yo manejaba de la Ciudad de México al centro geográfico del país cada quince días. Antes de salir en auto preparaba todo lo indispensable para recorrer por carretera 400 km en soledad, solo con mi termo de café, unas galletas y un sándwich, la música de mi estéreo y yo. Era plena pandemia por Covid-19 y la incertidumbre estaba en el aire. El nuevo gobierno no tenía mucho de haber entrado y no sabíamos exactamente qué pasaría con cada uno de nosotros.
Recuerdo que puse la aplicación de música en modo aleatorio para que salieran melodías de todo tipo de género. Justo a la salida de la ciudad de Querétaro, al perfilarme a la entrada de Guanajuato, a la altura de San Luis de la Paz, comenzó a sonar una canción que hizo que todo lo que conocía de música regional mexicana cambiara por completo. Estaba escuchando mi primer corrido urbano o corrido tumbado en mi vida, fue uno de Herencia de Patrones. “¿Qué chingados era esto?”, me pregunté. Parece que rapean, pero no es un rap, parece que tocan un corrido, pero no suena a los corridos tradicionales, pues éste hablaba de fiesta, desmadre, pero tam-
bién de un deseo juvenil por trascender y ser recordado, como si fueran las historias míticas sobre valientes y héroes, protagonistas de los corridos viejitos: estaba en estado de shock.
No podía creer que algo del géne-
ro regional pudiera escucharse de esa forma. La velocidad de las guitarras, el requinto, que bien ubicaba con el sierreño, pero que sonaban de una manera más osada y las letras que reflejaban una historia tremendamente fresca y
ambos lados de la frontera, de mexicanos nacidos en México y de mexicanos nacidos en el gabacho, cuyo intercambio cultural se nota en cada melodía de este nuevo género que, con el paso de los años, fue cautivando a un público no sólo adicto al regional, sino a un público masivo que hoy trasciende fronteras.
contemporánea, casi como si estuviera oyendo un reto de freestyle o de slam poetry. Me di cuenta que estaba ante algo absolutamente nuevo, era una revelación. Recuerdo que en una estación de gas me detuve para ver quién había cantado eso y puse en la aplicación que me reprodujera tendencias parecidas, con todo y video. Fue cuando un universo entero se me apareció de pronto: unos talentosos escuincles, casi unos niños, vestidos como si fueran hiphoperos, en esa mezcla tan original entre urbano y regional -botas, sombrero, pero a veces con gorra, pantalones holgados y jerseys deportivos-; así conocí a Natanael Cano, Eslabón Armado, Fuerza Regida, Junior H, T3rcer Elemento, Herencia de Patrones, que fue toda una pléyade que se iluminó en durante aquellos trayectos carreteros.
Hace una década atrás, escuchaba propuestas de artistas latinoamericanos y españoles que hacían una reinterpretación de la música regional de sus países. Actualizaban su música popular, la intervenían con nuevos ritmos, instrumentos y letras y con eso lograban la supervivencia del género. Así lo escuché con el tango argentino o el flamenco español, e incluso con la cumbia colombiana. En México, decía entonces a mis compas del trabajo, el último que “modernizó” el regional mexicano fue Juan Gabriel, al meterle al mariachi y a la ranchera algunos sonidos de pop, rock, y hasta de rap, con melodías que sonaban a Michael Jackson y a Wam! de George Michael y Andrew Ridgeley, pero eso fue hace más de 30 años: “a ese paso -decía-, la ranchera y el regional van a caer en decadencia y a desaparecer en el gusto del público joven”. Quién diría que la renovación del regional no llegaría de los músicos de conservatorio ni de personajes consagrados, sino de adolescentes que comenzaron a componer sus letras y a tocar los instrumentos de manera autodidacta. Qué pinche audacia de sacar adelante una idea y un proyecto artístico y musical, de darle forma a un lenguaje y a un medio de expresión de toda una generación de mexicanos en
Y es que nadie se esperaba que la vanguardia del regional, de la música norteña y del corrido llegara de manera silenciosa. Muchos pensábamos que se daría en esas fusiones que en la década de 2010 comenzaron a darse en los festivales, cuando poperos y rockeros invitaron a clásicas bandas de cumbia, banda y norteño, pero sin llegar a cuajar algo nuevo. Esta gelatina no se cuajó por esos maestros, sino que se dio como golpe de Estado, manotazo firme sobre la mesa y por la velocidad del requinto, por parte de los jóvenes, teenagers que no pidieron permiso ni alternativa por parte de sus mayores. Sus letras, como en los corridos clásicos reflejan la realidad actual, una vida en medio de la violencia social y las aspiraciones económicas que 40 años de neoliberalismo nos han legado. Sus letras van de eso, de la precariedad moral y económica, de la corrupción y de la delincuencia y de la manera en que un joven debe navegar por ese mar de historias.
Si ellos y ellas cantan sobre la violencia en la que habitamos no es culpa de estos protagonistas de esta Edad de Oro de la música mexicana, pues simplemente narran sus ideales, aventuras y lo que escuchan todos los días en las calles y en los barrios. Tratar de censurarlos es negar la realidad, y como dice Byung-Chul Han en su libro No cosas, la censura es el ocultamiento de las ideas de la clase trabajadora, es la despolitización de los hechos comunitarios que nos hacen querer conformarnos en una sociedad con intereses y vidas similares.
Querer censurar al corrido urbano o tumbado es fragmentar e individualizar historias parecidas y eso provocaría la desunión y a la larga la falta de entendimiento de nuestro presente, en tiempo y espacio, en el campo y en la ciudad. Al final de cuentas el paisaje también se construye con elementos e ideas tangibles, pero ¿qué paisaje construiremos si no tenemos nada qué compartir, si nos quieren prohibir lo único que nos queda por compartir como lo es la vida misma y sus acciones que nacen de manera espontánea?
Hoy veo cómo el corrido urbano o tumbado se escucha en todos lados. A diferencia del momento en que estudiaba la preparatoria, allá por los años 90; ya no hay una burla hacia quienes nos gusta el género regional, sino que hay un gusto y punto de contacto entre personas que crecimos en diferentes contextos socioeconómicos, quienes crecimos cruzando fronteras físicas e identitarias. Por eso creo que no hay mejor mixtura que la del corrido o regional con la música urbana, pues ambas reflejan a la perfección esa complejidad de ser migrante y de esa constante búsqueda de saber qué somos y qué hacemos aquí.
Música
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Grupo Arranque de Zacatecas. Foto de Augusto López.
La milicia ciudadana, reglamentos y federalismo mexicano en la primera etapa nacional
6 Por René Amaro Peñaflores*
En este libro sobre la milicia cívica mexicana se desarrollan importantes planteamientos respecto a una de las instituciones militares más relevantes de la primera etapa nacional. La milicia ciudadana, junto con los ayuntamientos constitucionales, diputaciones provinciales y los congresos estatales, sustentaron al federalismo constitucional y a la estructura ideológica liberal de la época. El autor, José Alexander Sosa, parte de la siguiente pregunta: ¿Quién era el miliciano ideal y qué estructura se formó en torno a él y operó en la primera etapa nacional?
La milicia mexicana fue el brazo armado del liberalismo local-estatal y significó una forma de participación popular que apeló al “deber ciudadano”. Cumplió la función de realizar acciones de defensa de los pueblos y de los grupos sociales; fortaleció el control de los territorios y pueblos, y se convirtió en la corporación militar protectora de las propiedades de las familias. Fue un componente más del entramado político que descansaba en el ejército permanente, en la milicia activa y en la milicia cívica, cuyos antecedentes los encontramos en el siglo XVIII. En la milicia cívica se concretó el vínculo entre el súbdito y el rey, y en el México independiente, entre el ciudadano y la nación, entre el pueblo y sus gobernantes.
En el libro resalta la revisión del estado del conocimiento sobre el tema y una metodología novedosa; ambos son claves en el análisis. Se sostiene que los estudios sobre la milicia cívica en Michoacán, Guanajuato, y Zacatecas son muy prolíficos por su profundidad y articulación con otros componentes políticos. Los de Puebla, San Luis Potosí, Tampico, Yucatán y Morelos, son valiosos, aunque más acotados. Respecto al método, el comparativo (similitudes y diferencias) se utiliza al igual que el concepto de “tipo ideal” como hipótesis (Weber, 1922). Comparar al arquetipo ideal miliciano con el miliciano empírico, como formación histórica, diría Thompson (1963), potencia la explicación. Con base en estos elementos teórico-metodológicos se hace una radiografía sobre la milicia ciudadana para explicar, mediante reglamentos de la misma, los antecedentes e importancia del proyecto miliciano y la estructura organizacionalmilitar. Construir el “Estado-efectivo”, legítimo, sostenido, reglamentado y con instituciones sólidas, tal como lo
fue la milicia cívica, son la base de la argumentación que cruza todo el libro. Pertenecer a la milicia, en efecto, era parte de un deber cívico, a la par de otras obligaciones y derechos ciudadanos, amén de lo electoral y lo fiscal. La participación ciudadana en la milicia significaba la posibilidad de preservar la independencia y la soberanía del Estado nacional. De esta forma, cobraba sentido la máxima igualitaria: “ciudadanos que mandan a ciudadanos”. Los contrapesos del federalismo -lo local, estatal y federal- aparecen con el análisis en este estudio. Entonces, a través de los reglamentos milicianos (1822, 1828, 1834), se observan las acciones, prácticas y determinaciones que emanaban de las políticas locales y regionales; de los grupos y clases hegemónicas. Hubo restricciones, no cualquier ciudadano podía pertenecer a la milicia: ni jornaleros, ni clérigos, ni algunos funcionarios públicos, y, menos aún, mujeres, tras no ser consideradas ciudadanas, aunque poco a poco, en el largo siglo XIX, fueron conquistando ciertos derechos y reconocimiento civil.
La composición social de los milicianos varió al igual que su organización en cada uno de los estados de la república mexicana. En forma muy didáctica y mediante cuadros, muy bien logrados, el autor desglosa cada uno de los aspectos articulados a la milicia. No hay duda, el libro enriquece la historiografía sobre el tema. Da cuenta, en fin, de que la construcción Estado nacional no fue una empresa lineal y homogénea, sino objeto de luchas, continuidades y rupturas que es necesario explicar, en el esfuerzo por ampliar el conocimiento sobre el México independiente. De esta forma es necesario cambiar de perspectiva: más que un periodo de inestabilidad significó un tiempo de institucionalización política.
En suma, una revolución liberal constitucional, desde Cádiz, fue promovida a través de potentes instituciones que representaron los ayuntamientos, las diputaciones provinciales y los congresos estatales, pero igualmente por las milicias cívicas. Instancias políticas siempre en tensión. Dichas instituciones le dieron singularidad, identidad y a la vez viabilidad, a la república federal en México, en su largo proceso y lucha por construir un Estado-nación fuerte, autónomo y soberano (Terán, 2022).
El cine de terror en 2026: The bone temple y Send help
6 Por Adolfo Nuñez J.
En los últimos años, el cine de terror se ha orientado hacia un estilo con características más autorales, que se enfoca en el drama íntimo de sus protagonistas y busca ir más allá del efecto que puedan producir los llamados jumpscares o sustos fáciles, tan comunes en las películas del género. La categoría conocida como “terror elevado”, hace uso del suspenso y lo macabro como una representación o alegoría en torno a la condición humana, a menudo enfocada en experiencias traumáticas o inquietudes de índole psicológica.
Si bien esta tendencia hacia un cine de género intimista y hasta reflexivo ha dado lugar a más de un trabajo fílmico que se puede considerar memorable, también ha priorizado los temas por encima de las formas, dando como resultado que se perciba cierta homogeneidad en muchas de las cintas que conforman el terror contemporáneo.
El año pasado se dio lugar a una ruptura parcial en relación con esa norma, en títulos como Sinners (Ryan Coogler), 28 Years later (Danny Boyle) y Weapons (Zach Cregger). Esta triada de cintas destacó por las intenciones de sus realizadores de jugar o experimentar con las formas del género, con su montaje, así como con el múltiple manejo de tonos y estilos dentro de sus relatos. Estos esfuerzos resultaron en el retorno de un terror mucho más desmesurado y exagerado, que abraza en todo momento el delirio, el desenfado y el exceso. Dicha inclinación hacia un cine de género mucho menos serio y realista, también se puede percibir en dos cintas estrenadas en el primer trimestre del 2026: The bone temple y Send help. La primera, dirigida por Nia DaCosta (Candyman, 2021) se trata de una continuación del ya mencionado filme de Danny Boyle, y sigue la historia de Ian Kelson (Ralph Fiennes) un médico que trata de preservar lo poco que aún queda de la humanidad en un mundo que ha sido desolado por el apocalipsis zombi. En medio de todo este caos, un violento joven llamado Jimmy Crystal (Jack O’Connell) recluta a un grupo de personas igual de psicópatas que él, para difundir el terror y la muerte a toda persona con la que se encuentren. Eventualmente ambos personajes cruzarán sus caminos, lo que dará como resultado una emo-
cionante secuencia climática que involucra subyugación, adoctrinamiento y satanismo, todo bajo un número musical con Iron Maiden de fondo.
El filme de DaCosta se alinea con las obras clásicas de zombis de George A. Romero, pero también se empapa del desenfreno distópico de George Miller, a medio camino entre la comedia negra y el cine de tortura, consiguiendo así un cúmulo de imágenes inquietantes que se desbordan y que, por lo mismo, asombran.
El segundo título, dirigido por el veterano Sam Raimi (The evil dead, 1981) cuenta la historia de Linda (Rachel McAdams), una muy eficiente empleada de oficina quien, luego de un aparatoso accidente de avión, termina varada en una isla en compañía de Bradley (Dylan O’Brien), su muy despreciable jefe. Ambos deberán unir sus fuerzas para sobrevivir, siendo Linda la más habilidosa y apta para resolver los problemas que se les presentan, lo que generará en Bradley ciertas envidias y resentimientos que crecerán hasta producir resultados violentos.
El filme transita entre el thriller psicológico y la comedia más perversa y caricaturesca, siendo al final una sátira sobre la competencia por el poder en medio del capitalismo; un poder que cambia de manos, pero no desaparece, porque la jerarquía y los medios que lo perpetúa se mantienen. Este argumento, por otra parte, le permite a Raimi jugar en todo momento con los excesos del género, con el montaje, las transiciones y con la puesta en cámara, lo que resulta en una cinta que en el plano visual siempre se mantiene divertida y estimulante. Incluso si los temas que retrata son complejos, Raimi los confronta desde el absurdo, la falsedad y el escapismo, logrando momentos por demás alucinantes.
Si bien las películas mencionadas son pequeñas excepciones dentro de un panorama mucho más amplio, también son anomalías relevantes dentro de una industria que prioriza cada vez más la norma y la repetición. Cualquier película de terror que se permita ser distinta y que demuestre cierta personalidad, con toda su desfachatez, siempre será un valioso recordatorio de las infinitas posibilidades que todavía se pueden encontrar en el género.
Tres papeles sobre Ramón López Velarde
[Parte 2 de 4]
6 Por Carlos Ulises Mata
Ramón López Velarde
Ramón López Velarde, comisario Hasta ahora no mencionado, el joven Ramón López Velarde tuvo un primer empleo en el partido judicial de San Luis Potosí, tres años antes de concluir sus estudios y dos antes de desempeñarse como titular del Juzgado de Primera Instancia de la localidad de El Venado.
La información sobre ese antecedente ignorado en la trayectoria laboral del poeta tiene confirmación en una breve noticia inserta en la edición del jueves 18 de febrero de 1909 de El Contemporáneo. Diario de la tarde, mismo periódico que utilicé como fuente para el comentario anterior. La nota dice en su integridad lo siguiente (2ª columna de la página 2):
“RENUNCIA
El joven estudiante de leyes, Ramón López Velarde, ha presentado su renuncia del empleo que como comisario desempeñaba en el juzgado primero menor; aceptada su renuncia, le substituyó el señor Gerardo Niño Arreola”.
Sin aportar información sobre la fecha en que el joven comenzó a desempeñar el empleo, sobre las funciones asociadas al cargo de “comisario”, y tampoco sobre los motivos de su renuncia, la nota tiene gran interés y alguna de esas sombras se esclarecen gracias a otra nota de circunstancia publicada en el mismo Diario de la tarde exactamente tres meses después.
Bajo el título de “Accidente”, en la página 2 de la edición del 1 de mayo de 1909, se informa de la consignación ante el juez menor del operario Apolonio González, quien “se encontraba trabajando en el edificio que el Sr. D. José Encarnación Ipiña está construyendo en la calle 3ª de Maltos, y el cual operario se le vino un ladrillo de la altura, lesionándolo en la cabeza”.
Además del apunte que de pasada obtenemos sobre la construcción del célebre “Edificio Ipiña” y sobre la peregrina costumbre de consignar ante el juez a un hombre con la cabeza sangrante para indagar si había un delito que perseguir (como se anota líneas adelante), la nota aporta un dato útil a nuestros fines: Manuel Aguirre Berlanga, gran amigo de Ramón, era el joven-
císimo titular del juzgado primero menor, lo cual da pie a conjeturar que en algún momento dio al jerezano el empleo de comisario, dependiente de su autoridad, y eso cuando el poeta apenas cursaba el tercer año de Derecho. Hecha esa conjetura que algún día se confirmará o desechará, cedo a la tentación de registrar aquí una parte del variopinto elenco de noticias que aquella tarde de jueves convivieron en El Contemporáneo con el aviso de la renuncia de López Velarde a su empleo de comisario:
“Telegramas recibidos ayer […] anuncian que ha habido temblores en varios puntos: en las cercanías del Volcán de Colima; en el Valle de Bravo; en Uruapam; en la Unión, Guerrero”.1 “Montecristo, Tabasco […] En el vapor ‘Clara Ramos’ llegó a ésta el Sr. Ministro de Instrucción Pública, Lic. Justo Sierra”.
“Acapulco […] Ocho fueron las carretas empleadas para trasladar los
Ramón López Velarde cuando tenía 18 años.
cadáveres al cementerio y trabajaron toda la noche del siniestro y la mañana siguiente”.
“Según sabemos, encuéntrase en ésta el renombrado conferencista y periodista español José Segarra”.2
“Hoy por la mañana […] arribó a ésta la eminente artista Tina di Lorenzo […] Varios entusiastas del arte fueron a recibirla a la estación”.3
“De Cerritos remitieron a Jacinto Reyna, mordido por un perro rabioso”.
Esas y otras noticias provincianas aparecen en el periódico al lado de atractivos anuncios:
“El diabetes es radicalmente curado por el vino uraniado Pesqui”.
“Senos hermoseados y fortificados por las Pilules Orientales”.
“Las almorranas se curan en 6 a 14 días con el Ungüento de Pazo, ya sean simples, sangrientas, con picazón o externas, por rebeldes que sean”.
“Muebles austriacos, americanos, japoneses y del país”.
“Antonia Trujillo de Porras. Doy clases de piano, violín, mandolina, guitarra, etc., a domicilio, precios convencionales”.
Dirigido en su origen por Paulo Colunga —amigo íntimo de Manuel José Othón, cuyo monumento fúnebre pagó de su bolsa—, El Contemporáneo era dirigido en 1909 por Bartolo Guardiola, quien mantenía la línea de adhesión porfiriana que caracterizó su trayectoria. Sin que ese rasgo conservador fuera un obstáculo (acaso al contrario), la literatura ocupó siempre en el periódico un sitio prominente. En el ejemplar que se revisa, una plana entera —de las cuatro que lo formaban— aparece repleta de “poesías” de Federico Balart, Julio Florez, Manuel Carpio, Luis Rosado Vega y otros. Curiosamente, hasta donde sabemos, Ramón no colaboró en el diario que ahora nos entrega noticias suyas. [Continuará]
1 López Velarde tuvo por Justo Sierra un acusado desprecio fundado en su múltiple condición de poeta, miembro del régimen porfirista y campeón del positivismo educativo. En una decena de menciones que no puedo citar aquí, lo llama “profesor que pellizca la lira con sus manos entumecidas en las pigricias universitarias” y “el pantagruélico Ministro”; en otras lo tilda de “tirano”, “serrano” (por el apellido) y “hostil” y en alguna más se burla de “la musa babosa de las ‘Playeras’”, título del poema más conocido de Sierra.
2 Los periodistas José Segarra y Joaquín Juliá recorrían entonces el país, recabando información para su libro La ruta de Hernán Cortés, que seguramente López Velarde leyó, considerando la gran difusión que tuvo y la defensa del credo hispanista que ellos hacían y él profesaba.
3 La llegada a la capital potosina de la actriz italiana tiene una resonancia directa con la carta que López Velarde dirigió a Eduardo J. Correa el 9 de febrero de 1909 en la que, entre otros asuntos, le dice: “venga a San Luis a ver a Tina di Lorenzo y a proporcionarme el placer de verlo por acá” (Obras, 827-828). La corta distancia entre esa carta y la llegada de Tina indica la anticipación con que Ramón se preparó para esa visita y nos obliga a sospechar que él mismo estuvo entre los “entusiastas del arte” que la recibieron en la estación del tren.