En el año 327 la emperatriz Elena de Constantinopla (madre del emperador Constantino I el Grande), tratando de encontrar el santo sepulcro hizo que demolieran un templo dedicado a Venus en el monte Calvario y ahí encontró tres cruces, una de las cuales era la de Jesucristo, “El hallazgo de la reliquia se conmemoraba antiguamente en el mes de mayo con el nombre de fiesta de la Invención de la Santa Cruz”. La palabra “invención” proviene del latín invenio, que significa “descubrir”, de ahí que sea el nombre litúrgico de la fiesta que se celebra en México cada 3 de mayo.
Juan Carlos Villegas.
Contenido
La Gualdra No.
De acuerdo con la tradición católica, Jesús fue crucificado a los 33 años en el Calvario junto con Dimas y Gestas; desde entonces se considera a la cruz como símbolo del cristianismo. Buscando información sobre el origen de la celebración del Día de la Santa Cruz, encontré que en el año 327 la emperatriz Elena de Constantinopla (madre del emperador Constantino I el Grande), tratando de encontrar el santo sepulcro hizo que demolieran un templo dedicado a Venus en el monte Calvario y ahí encontró tres cruces, una de las cuales era la de Jesucristo, “El hallazgo de la reliquia se conmemoraba antiguamente en el mes de mayo con el nombre de fiesta de la Invención de la Santa Cruz”.1
La palabra “invención” proviene del latín invenio, que significa “descubrir”, de ahí que sea el nombre litúrgico de la fiesta que se celebra en México cada 3 de mayo, aunque en la capilla armenia de Santa Elena, en el nivel inferior de la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén, se celebra cada año el 7 de mayo la memoria del hallazgo de la Santa Cruz.2
En nuestro país la celebración de la Santa Cruz es cada 3 de mayo y el gremio de los albañiles la considera su patrona, de ahí que ese día, en todas las construcciones se lleva a cabo una celebración en su honor en la que hay comida, bebida y, por supuesto, una cruz en lo alto adornada con flores de colores. A propósito de las cruces decoradas, encontré también que la celebración del Día de las Cruces -así, en plural- se lleva a cabo en varias ciudades de España como Córdoba, Granada, Valencia y Santa Cruz de Tenerife, entre otras, y que es una fiesta en la que, incluso, se otorga el premio a la cruz más bellamente decorada.
En ciudades como Granada, por ejemplo, se hacen altares en donde la protagonista es la cruz decorada con flores, y en donde se ponen además, otros elementos que tienen relación con el imaginario colectivo del lugar, como el caso de la manzana atravesada con unas tijeras que ponen al lado de la cruz, “para evitar la participación de los criticones”, es decir, de los que observan el altar y siempre tienen una opinión de cómo podría haberse hecho diferente.
En Zacatecas el 3 de mayo hay fiesta en prácticamente todos los municipios; en muchos de ellos se hacen reliquias -comida a base de asado de puerco y diferentes tipos de sopas- en algunas casas en la que también se pone un
altar con una cruz adornada con flores, se contratan danzantes y se reúne la comunidad. En otros lugares se lleva a cabo, la escenificación de los “Coloquios”, una representación teatral religiosa con diálogos -de ahí el nombre- en la que también participa la comunidad, desde la financiación hasta la actuación, y, sobre todo, en la preservación de la tradición.
Jessica Talavera, afirma que “El origen de estas escenificaciones se remonta al siglo XVI, cuando los franciscanos ven la oportunidad de incrustar el dogma católico, por medio de la teatralidad, en los rituales prehispánicos. Durante un siglo, estos coloquios fueron ejecutados dentro de los claustros e intermitentemente en un escenario situado al costado de ellos”,3 y es verdad que actualmente se siguen haciendo en algunas localidades, sobre todo en rancherías, de Vetagrande, Trancoso, Jerez, y Valparaíso, por mencionar algunos.
En Valparaíso los Coloquios dedicados a la Santa Cruz se realizan principalmente en el ranchito de la Santa Cruz, Peña Blanca, Cruces, Lobatos y Potrero de Gallegos, y ya hemos mencionado aquí en ocasiones anteriores que son fiestas que reúnen a los habitantes que viven ahí y a los que han tenido que migrar a Estados Unidos y regresan.
Los Coloquios en el Día de la Santa Cruz han sido inspiración para investigadores como Talavera Luna, de Valparaíso; pero también para jóvenes cineastas y gestores culturales como Cristian Elías Jiménez, de Trancoso, autor del cortometraje “Bajo el signo de la cruz”, que obtuvo mención honorífica en el certamen Impulso al Cortometraje Mexicano, en la edición pasada del Festival de Cine en Fresnillo;4 así como para artistas plásticos como Juan Carlos Villegas, quien ha retomado el tema en su producción desde hace ya varios años.
El día 3 de mayo será domingo y en el barrio del Tanquecito habrá reliquia, seguramente también en otros barrios de la ciudad capital. Pero si usted vive en otro lado, no deje de compartirnos cómo celebran en otros lugares este día.
3Jessica Talavera Luna, “Los Coloquios, cápsulas del tiempo”, en La Gualdra 590, https://ljz.mx/18/09/2023/los-coloquios-capsulas-del-tiempo/
4 Ver más del trabajo de Cristian Elías Jiménez en: “Documental sobre los Coloquios en honor a la Santa Cruz en Trancoso, Zacatecas (parte 1): https://youtu.be/jBzRL0g2nfo?si=sQwCNCGfHCXBtd4i y (parte 2): https://youtu.be/Zg6QDw_F3mI?si=ZPD0JNpZptbwVg02
3 4 5 7 8 6
Lira Saade Dir. General Raymundo Cárdenas Vargas Dir. La Jornada de Zacatecas direccion.zac@infodem.com.mx
Jánea Estrada Lazarín Dir. La Gualdra lagualdra@hotmail.com
Sandra Andrade Diseño Editorial
Juan Carlos Villegas Ilustraciones jvampiro71@hotmail.com
Tienes un poder satánico para imponer tu voluntad: sobre El padre, de August Strindberg Por Armando Navarro
Maternidad borderline Por Aída Chacón-Castellanos
Sobre el libro Memorias del Foro Barrios de indios en Zacatecas Por José Enciso Contreras Si pudiera, te patearía, de Mary Bronstein Por Adolfo Nuñez J.
Gozosa bitácora del ensayista [Gonzalo Celorio, Premio Cervantes] Por Miguel Cansino Assens
Gozosa bitácora del ensayista
[Gonzalo Celorio, Premio Cervantes]
6 Por Miguel Cansino Assens
Para el día 3 de noviembre de 2025, la noticia llegó a México y se propagó con beneplácito por el idioma español como un eco compartido: el narrador y ensayista Gonzalo Celorio (México, 1948) había sido reconocido, desde España, con el Premio Cervantes. Este galardón lo recibió en una fecha especial, el 23 de abril de 2026, como reconocimiento a su trayectoria en las letras hispánicas y a su inscripción en la tradición mexicana y por seguir invitando a la lectura de un escritor como Cervantes.
El nombre de Celorio se suma a una lista destacada de escritores mexicanos que lo han recibido con anterioridad: Fernando del Paso, con su obra novelística de alto aliento y el filo agudo entre el ensayo de creación y la erudición; Elena Poniatowska, periodista, narradora y ensayista; José Emilio Pacheco, polígrafo y poeta excepcional; Sergio Pitol, narrador brillante y traductor ejemplar; Carlos Fuentes, ante todo novelista, sin dejar de lado su visión amplia de la cultura; y Octavio Paz, quien pidió ser recordado como poeta, aunque fue también un maestro del ensayo y dueño en su escritura de una inteligencia luminosa.
La noticia de este premio para Celorio la recibí como lector de sus ensayos con gusto –como justa–, aunque no sin reservas, como quien celebra y al mismo tiempo recuerda. Años atrás fue designado director del Fondo de Cultura Económica por el entonces gobierno conservador de México, y su paso por esa editorial del Estado mexicano quedó envuelto en versiones de contubernio que nunca terminaron por esclarecerse. Se habló incluso de la posible privatización del FCE, lo que parecía contrariar el legado de Alfonso Reyes, uno de los fundadores de esta editorial mexicana. Sin embargo, como académico en la UNAM y profesor en la Facultad de Letras, Celorio ya destacaba por aquellos años por una veta literaria digna de reconocimiento; hoy, ese reconocimiento se confirma.
Muchos años después, su nombre continúa ligado a la presencia pública: en la actualidad es el director de la Academia Mexicana de la Lengua. Pero es como escritor donde su presencia se afirma en la tradición hispánica. Hay en su obra una zona particularmente atractiva: la del ensayista en su doble vertiente, entre la recuperación de la memoria y el ejercicio de la crítica literaria y un título condensa esa inclinación: Ensayos de contraconquista.
Vuelvo entonces a sus páginas. No recuerdo con exactitud cuándo tomé por primera vez este libro para su lectura; ahora regreso a él como quien vuelve a una zona de la memoria que no le pertenece del todo. O, mejor dicho, regreso para explorar por sus incursiones en la narrativa cubana y por las reflexiones que de ahí se desprenden. Es dueño de una geografía que, directa o indirectamente, asume como parte de su genealogía literaria. En esa zona, la memoria se vuelve materia narrativa, y la autobiografía, un recurso que ilumina su escritura. Se ha dicho –y con razón– que su prosa despliega una recreación prodigiosa de la memoria: en ella, el recuerdo no es un simple archivo sino la materia viva de una precisión que transforma en escritura. Sus páginas dedicadas a Alejo Carpentier funcionan como guía hacia lo más notable de su narrativa, sin dejar de lado zonas menos transitadas. Lo mismo ocurre cuando aborda a José Lezama Lima, cuya densidad parece confundirse con la propia idea de Cuba, como si la isla fuese también una propiedad literaria. Está, desde luego, su lectura de Guillermo Cabrera Infante. Hay otra sección –Poligrafía hispanoamericana– donde aparecen Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges, Julio Cortá-
zar y Carlos Fuentes. Pero no menos relevante es la sección Tres poetas mexicanos, donde Celorio se acerca, con juicio crítico y fervor de lector, a la obra poética de Ramón López Velarde, Xavier Villaurrutia y Carlos Pellicer. Ese apartado es, por sí mismo, una invitación a volver a los poemas y a pensar la tradición desde una lectura atenta, incluso polémica. Su crítica es, a la vez, directa y apasionada. Hay también una sección que no recordaba y algunos párrafos resultan deslumbrantes: El alumno. Hoy día su lectura adquiere una resonancia distinta. Se trata de la memoria de sus maestros: un panorama sensible, íntimo, agradecido. Ahí aparecen figuras como Luis Rius, Sergio Fernández y Rubén Bonifaz Nuño, este último asumido como figura tutelar y resaltar su mirada universal. A su lado, nombres de una contemporaneidad activa: Sandro Cohen, Marco Antonio Campos y Vicente Quirarte, y estos dos últimos con una obra que transita entre la poesía, la traducción y el ensayo y la siguen enriqueciendo. Así, como ejercicio gozoso del ensayista, con estos atisbos, invoco: es un momento inmejorable para acercarse a la obra de Gonzalo Celorio. Me detengo en estas páginas -gozosas, sí–, no para concluir, sino para permanecer en ella.
Gonzalo Celorio recibió el Premio Cervantes el 23 de abril de 2026. Foto tomada de TV-UNAM.
Tienes un poder satánico para imponer tu voluntad: sobre El padre, de August Strindberg
6 Por Armando Navarro
Era muy joven cuando tuve esta pesadilla: angustiado por mi futuro, trataba de explicar a mi padre qué es el psicoanálisis. Él no se lo tomaba en serio. Después, papá me extendía una bolsa que contenía una máscara. Era una réplica de su rostro, que yo debía colocar sobre el mío. Así mi porvenir estaría resuelto. Desperté. Conocí el teatro de August Strindberg cuando estudiaba en la universidad, gracias a mi profesor Víctor Grovas. Sin embargo, El padre (1877) llegó a mí vida años después, cuando vi la puesta en escena que la Compañía Nacional de Teatro estrenó en 2019, bajo la dirección de Raúl Quintanilla. Fue espeluznante. La pieza dejó una herida profunda en mí. La marca se expande en mi corazón conforme pasan los años y miro el crecimiento de mi hijo.
¿Qué es la paternidad, finalmente?,
¿una función, una máscara, una guerra de batallas y resignaciones?
Inferno: hombre/bestia/dramaturgo August Strindberg es el mayor demonio del teatro moderno. Nació en Estocolmo, Suecia, en 1849. Fue hijo de un burgués y de una trabajadora doméstica. Después, cuando ella murió, su padre se casó con la institutriz de sus hermanos pequeños. La lectura que Strindberg hizo de los hechos lo llevó a la posición subjetiva más problemática y dolorosa de su existencia: un desprecio profundo por las mujeres a su alrededor. Eso no le impidió tener tres esposas. El primer matrimonio, con Siri von Essen, fue el catalizador para escribir El padre. Más de una vez, Strindberg la acusó de inocular en él el fantasma de la locura. Pero lo suyo era estructural: su vida y obra se distinguen por una ra-
bia que oscila entre la contención y el estallido. No le fue mucho mejor en sus relaciones futuras. Strindberg es autor de un teatro mercenario y desmoralizante. La señorita Julia es su título más conocido. La sonata de los espectros y El pelícano, también ampliamente comentados, pertenecen al último periodo creativo de su vida. Cada vez más amargo y delirante, pero con una obra enorme y reconocida, August Strindberg murió en 1912.
En el nombre (y la ficción) del padre El padre vio la luz en 1887, se estrenó en Copenhague. Faltaba un siglo para la invención de las pruebas de ADN. Adolf, capitán de caballería, es un hombre maduro. No sólo se dedica a las armas, también estudia y escribe sobre meteoritos y cuerpos celestes. Nuestro protagonista es un soldado, un científico
y un ateo. Sin embargo, la verdadera columna de su vida es su hija Bertha, joven de unos 17 años. La urgencia del capitán es encauzar a la chica a un futuro sólido y seguro. O por lo menos él así lo entiende. Adolf desea que Bertha se vaya de la casa y estudie en la ciudad para ser maestra. Así, dice, se convertirá en una mujer autosuficiente. Pero en el nido no sólo hay un padre. Laura, esposa de Adolf y madre de Bertha, no aceptará por ningún motivo que la niña se vaya lejos. En principio, el conflicto parece un tablero de ajedrez hostil. El capitán invoca el estatuto jurídico de su época: los hijos serán educados según el deseo y el criterio del padre, la madre renunció a este derecho a cambio de ser sostenida económicamente por su compañero.
El movimiento de Laura es brutal. Ella recupera una conversación previa con
August Strindberg, autor de Elpadre
Bertha y Ryttmästaren, representados por Thilda Fønss y Peter Fjelstrup, en una representación de 1918 del Padre, del dramaturgo August Strindberg.
Para Víctor Grovas, a quien deseo la existencia del Paraíso.
su marido e introduce en él una duda que terminará por enloquecerlo: ¿y si Bertha no fuese realmente la hija de Adolf?, ¿y si la niña fuera producto de una infidelidad?
Desde el principio, el capitán muestra una tendencia clara a la paranoia, las ideas fijas y la desconfianza. Por su parte, frente a los otros personajes de la obra, Laura manipula el relato de las conversaciones privadas que sostiene con Adolf. Ella dice al doctor Östermark que su marido cree ver otros planetas en el microscopio, que es irascible y propenso a la violencia, y que parece encaminarse sin remedio a la locura. También miente: cuenta al médico que el propio Adolf tuvo la ocurrencia de la no paternidad biológica de Bertha, aun cuando ella le sugirió esta idea.
El objetivo es declararlo legalmente loco, que pierda todo derecho de decisión sobre el destino de su hija. La descendencia es capaz de derrumbar el ateísmo. En una traumática discusión con su esposa, el capitán dice: “para mí, que no creo en el más allá, la niña era mi vida después de esta vida. Era mi esperanza de eternidad, […] si me la quitas, me cortas la vida”. La duda intoxica a Adolf y donde antes había una voz lógica y militar, aparece de pronto el bramido de un animal ensangrentado y fúrico. Adolf pierde la razón. Hacia el final de la pieza, su nana lo engaña para vestirlo con una camisa de fuerza. Frente a su cuerpo tendido en un diván, el doctor Östermark se declara incapaz de decir qué ocurrió. El sacerdote de la familia no es más agudo. Con Bertha entre los brazos, Laura arroja su última línea:
- Hija mía, ¡mía!
Delirio y verdad / ley y dinero 1887 fue un año de movimiento. En México, por ejemplo, surgió el sema-
nario feminista Violetas del Anáhuac, una publicación hecha por y para mujeres. En Europa, Freud acababa de volver a su natal Viena: había pasado una temporada en París, bajo la tutela de Jean-Martin Charcot, estudiando con fascinación la histeria y la hipnosis. También fue el año del nacimiento de Sherlock Holmes, legendario detective cuya habilidad deductiva inundó no sólo la conversación de su época, sino la cultura y el conocimiento de todo el siglo XX. Así, El padre vino al mundo como un efecto de preocupaciones, ideas e intuiciones colectivas. Una de ellas toca el
núcleo mismo del saber científico de la época: ahí donde se erige el pensamiento racional que busca la verdad, aparece de pronto el fantasma de la magia, lo desconocido, el delirio. El capitán es una consecuencia escénica de esta relación: ¿no son acaso sus investigaciones el primer argumento de Laura para desvirtuarlo frente al doctor Östermark?
Adolf, a lo largo de la obra, se distingue por una relación específica con la búsqueda de la verdad: ¿es posible saber qué ocurrió en otros planetas? Y luego, ¿esa niña es realmente mi hija?
Y a falta de un saber técnico capaz de
probar o desmentir esa filiación, la ley establecía otro medio para legitimar la paternidad y los derechos del sujeto: el dinero. Asumirse como un padre implicaba (¿o implica?) la suscripción tácita de un contrato: pagar para fungir, para garantizar la posibilidad de la intervención y el vínculo. Y aun así, la relación entre la ley y el capital se derrumba cuando otra narrativa sobre los hechos logra fijarse como realidad.
¿Quién está loco en El padre? Se dice que el capitán. Sin embargo, quizá la pregunta correcta sea otra: ¿quién define la realidad? No hay locura sin un relato que la señale. Laura no demuestra que su marido esté fuera de la razón; construye las condiciones para que cualquier palabra suya sea leída como un síntoma. A partir de ese momento, Adolf pierde el lugar desde donde su voz podría ser escuchada como verdadera.
¿Qué es un padre, entonces?, ¿una farsa, una pantomima, una máscara endeble hecha de capital?
Bertha
Durante la obra, Adolf tiene dos conversaciones con su hija. En la segunda, cuando ya ha perdido la razón, se comporta como un monstruo. Pero me interesa más la primera escena en la que aparecen juntos.
Bertha llega aterrorizada al estudio del padre. Su abuela, la madre de Laura, la ha espantado con amenazas y supuestos espíritus. Adolf está molesto, pero lo primero es acoger a su niña: llevarla a sus brazos, escucharla, darle un poco de calma.
En ese gesto, me parece, se abre otro horizonte de paternidad: un vínculo más allá de la ley, el capital o la máscara. El padre también puede aparecer con el cuerpo.
Y el cuerpo no necesita prueba de su verdad.
Teatro y Cine
Escena de la película muda sueca de 1912, Fadren,Elpadre, dirigida por Anna Hofman-Uddgren.
Fotograma de la película muda sueca de 1912, Fadren, Elpadre, dirigida por Anna Hofman-Uddgren.
Cine y Literatura
Hace un par de semanas, una querida colega me explicaba una visión sobre literatura latinoamericana, la producción original de las plataformas de streaming y quizá una nueva manera de crear cánones —o reafirmar los viejos— sobre qué es literatura y qué “merece” la pena de la adaptación a un formato más inmediato, más digerible, con públicos más amplios. Debido a que mis esfuerzos investigativos están por el momento dirigidos a otro sitio en la actualidad, no pude incursionar en su proyecto, pero no dejé de pensar en su explicación.
Luego de aquello, en un fin de semana cualquiera y con ganas de mirar un poco de cine, elegí con mi amado Alberto una película que sabía se basaba en un libro de una escritora argentina. Las siguientes dos horas, aproximadamente, no me arrepentí de la elección, sin embargo, me quedó una idea rondando de manera reiterativa: ¿qué hay de lo no dicho en cine que está expresado en la literatura? Así que me di a la tarea de buscar el libro para leerlo y tratar de entender mejor aquella película que acababa de mirar con mucho entusiasmo.
Debo decir que la adaptación cinematográfica es un arte, es entender un texto, escrito en un lenguaje para traducirlo a otro distinto. No soy una purista que pretende que cada diálogo contenido en una obra literaria debe ser idéntico en una película, pero en este caso sí considero que el entendimiento de la novela es mucho mejor desde la narrativa que desde el lenguaje audiovisual. Trataré de explicarme con más detalle. Matate amor, de Ariana Harwicz y publicada en 2012, se centra en la enfermedad mental de la protagonista. Cada personaje interviene en capítulos breves no numerados, narrados en primera persona, donde podemos sentir la problemática que los atraviesa. La protagonista se narra a sí misma, lo que nos permite, de alguna manera, vivir con ella el torbellino que la engulle de manera vertiginosa. En cambio, en la mayoría de las reseñas que leí sobre la película se dice que no se entiende qué le sucede a la mujer. La novela, por el contrario, gracias a sus recursos retóricos permite entender, sin duda, que se trata de una mujer que carga consigo graves problemas de salud mental mucho antes de ser madre, pero que inevitablemente se hacen más profundos una vez que nace su hijo y ella se convierte en la principal cuidadora del pequeño. La narración en primera persona
Maternidad borderline
6 Por Aída Chacón-Castellanos
nos sitúa en la intimidad del confidente, acorta la distancia entre quien narra y quien lee. En el caso de la película, este recurso se escapa y nos deja como espectadores ajenos, lejanos, con dificultad para sentir el límite emocional desde el que narra la protagonista. Su desorden mental se presenta en parrafadas enormes, a veces sin más pausa que un pensamiento intrusivo que también persigue la voz narrativa. Su expresión es apresurada, desmesurada, caótica. Dentro de las líneas de la novela se lee la imposibilidad de la protagonista para frenar sus comportamientos impulsivos, su dolor al saber que su distinción la coloca en la marginalidad, no en la excepcionalidad.
Poco a poco, con esa escritura desesperada, producto de pensamientos en torbellino que no pueden detenerse, se asoma una mujer sensible, cuya voluntad no es suficiente para contener su ira y su deseo. Cada uno de los personajes vive esta locura en desarrollo de maneras distintas, la suegra, aunque amable, busca medicarla constantemente, la invita a buscar ayuda con los doctores quienes, según la protagonista, la tienen obsesionada. El motociclista que pasa por ahí con frecuencia en su ruta a casa es un hombre apacible, trabajador, con una vida amorosa en casa y una hija con discapacidad que comienza a sentir una inexplicable atracción por una mujer que mira a lo lejos, la mayoría de las veces tumbada en su jardín, tratando de integrarse con la naturaleza; cada uno lidia con una paternidad complicada y en el deseo incontrolable encuentran una esperanza de fuga. Si bien la maternidad siempre es compleja, esta novela pone de manifiesto que la cordura, cuando es frágil, puede verse seriamente comprometida con la carga excesiva de cuidados. El llanto reiterado del bebé se puede sentir en la narración, la incertidumbre de no saber si el llanto es real o imaginario, la imposibilidad para calmar y contenerse al mismo tiempo; esto la coloca en el ojo público para el juicio sobre su capacidad de maternar, mientras la sobrecarga sigue en ella: cuidadora principal, fuente de alimento, aislada, sin entender la dinámica social de su entorno, sin concentrarse, sin el apoyo conyugal. Finalmente, la protagonista se pierde en un caos mental, se integra con la naturaleza salvaje de su mente. Se fuga. Creo que en la producción de Mubi, suavizó demasiado el tema de una identidad que termina de perderse tras la maternidad.
Sobre el libro Memorias del Foro Barrios de indios en Zacatecas
6 Por José Enciso Contreras
Hacia 1992 tuve ocasión de entrevistar a Peter Bakewell, sin duda el historiador insignia del Zacatecas en los siglos XVI y XVII. Para terminar la conversación le pregunté, respecto de su libro Minería y sociedad en el México colonial, qué tema se le había quedado en el tintero y le gustaría estudiar más adelante. Me sorprendió su respuesta. No lo pensó demasiado para decirme que se quedó con las ganas de estudiar los pueblos de indios del entorno de la ciudad de Zacatecas. No le pregunté más sobre el asunto, pero supuse que para el historiador algo muy importante se encontraba entre los caseríos diferenciados de indios que llegaban en cuadrillas más o menos numerosas a Zacatecas durante las primeras décadas de su existencia. En aquellos tiempos, arribaban numerosos grupos de indios procedentes del centro y occidente de la Nueva España, del sur de la Nueva Galicia, de diversas regiones de habla náhuatl, caxcana o tarasca, por mencionar las lenguas más frecuentes; venían motivados tanto por la necesidad de obtener un ingreso como por la picazón de la curiosidad intercultural. En los primeros años, digamos las décadas de 1550 y 1560, las ordenanzas vigentes, las de Buen tratamiento de los naturales, hechas por Hernán Martínez de la Marcha, nos hacen pensar que la mayoría de los moradores locales eran precisamente indios, pese a que les estaba prohibido hacer pueblos en este lejano, creciente y bullanguero real de minas. Legalmente lo suyo era llegar, contratarse por un tiempo en las minas y haciendas de beneficio, y regresar luego a sus pueblos justo al término de su contrato. Una especie de comes y te vas, y a otra cosa mariposa, dijo el clásico de Guanajuato. Mientras estaban en Zacatecas el tiempo parecía pasar más deprisa para ellos y para ellas, porque muy frecuentemente las cuadrillas se hacían acompañar de indias que les dieran de comer, entre otras cosas. Los recién llegados conocían aquí en breve lapso cosas que les intrigaban, que a veces incluso les asustaban, pero definitivamente les gustaban, y que no conocerían en sus lugares de origen así pasaran muchos pero muchos años. Los viajes ilustran incluso a los naboríos. Pongamos por caso el dinero, rara y novedosa mercadería, que a su vez les abría las puertas hacia otras experiencias, asaz gozosas, del consumo en el real de minas, como la carne de res y cerdo —¡qué rico!—, vísceras de ovino y bovino, leche, quesos, las prendas textiles, la ropa, adornos e imágenes… pero sobre todo el vino de Castilla, que aunque a precios muy alzados, corría por la barranca inundando las barrigas de los sedientos operarios, alterándoles el ánimo y removiéndoles las ideas, desinhibiéndolos y poniéndolos ocasionalmente en muy difíciles situaciones. ¿Que estaba prohibido beberlo? Pues también es cierto, y tal vez por eso era más rico. ¿Acaso no estaba
también prohibido el amancebamiento? No en balde la primera ordenanza de las dadas por el oidor Francisco Gómez de Mendiola en 1568, era la estricta prohibición de que los indios vivieran arrejuntados en Zacatecas con indias que no eran sus esposas, las que por cierto se habían quedado muy lejos, allá en el Valle de México o Michoacán, como señoras de su casa.
La gula solía campear entre aquellas comunidades flotantes de trabajadores indios. Golosinas, chácharas, cachivaches y ropa eran llevados a las bocaminas por los vendedores ambulantes en persona, que los pescaban ahí precisamente con dinero en la bolsa, endeudándolos; por eso se prohibían ese tipo de ventas.
Baltasar de Bañuelos, patricio de la joven población, solía promover la gula sin quererlo cuando enviaba a sus cuadrillas de operarios a sacrificar reses en el rastro de Zacatecas, para el consumo de sus propios trabajadores, sencillamente porque los empleados del obligado de las carnicerías no se daban abasto para matar tanto cabrón animal como se necesitaba para satisfacer el proverbial apetito de los mineros. El pago para los indios voluntarios de Bañuelos se les daba en especie, con las vísceras del animal, las que dieron origen a delicias zacatecanas como la pepena y el menudo, platillos mineros donde los haya. Había pues muchas razones para querer quedarse. La minería era dura, muy ingrata y peligrosa, eso que ni qué, no estamos diciendo lo contrario… pero la integración de los indios a la sociedad de mercado era atractiva y magnética, aunque tuvieran que ir a misa y soportar sermones a veces inentendibles sobre dioses importados. No podíamos decir lo mismo de los negros que se quedaban relativamente igual que como los iban trayendo, porque los esclavos siempre fueron digamos que anti económicos; no compraban, no consumían mercantilmente y por eso su destino estuvo siempre sellado en cualquier capitalismo grande o chiquito. Si las primeras ordenanzas obligaban a los indios a regresar lo más rápido posible a sus pueblos de origen con sus mujeres, suegras, tributos a molestos tlatoanis, al trabajo agrícola y a las faenas colectivas de oquis; otra fuerza invisible, social, los compelía a quedarse: las relaciones de mercado, el de su fuerza de trabajo pagado en metálico y el de un sinfín de mercaderías que llegaban a la barranca incluso desde el otro lado del mar. Por si fuera poco, las grandes y terribles epidemias de cocolistle y matlazáhuatl estaban reduciendo dramáticamente la población de naturales. Cada vez había menos indios y menos aún los dispuestos a trabajar. Su fuerza de trabajo costaba más porque era escasa. Los patrones se sonsacaban entre sí a los trabajadores, muy a su pesar actualizaron pepena y tequio para que los naboríos aspiraran a ganar más dinero y quisieran quedarse definitivamente.
¿Quién iba a querer regresar al pueblo de origen, lleno de pestes, carencias, de cargas tradicionales? Las condiciones históricas estaban dadas para el origen de los pueblos de indios de la Zacatecas colonial, y fue así que surgieron. Llegaron para quedarse. Pero nada es sencillo socialmente hablando. El exceso de bebida siempre fue una lata para la autoridad española. Un problema pero de los gordos. La nueva religión tenía aspectos curiosos, como el descanso hebdomadario y las muy recurrentes fiestas religiosas de pueblos y barrios. Es decir, frecuentemente se contaba con todo un día para la beberecua, tomar hasta azotarse, hasta agarrarse a pedradas y a garrotazo limpio, a veces hasta la muerte, con los vecinos tlaxcaltecas que ya les caían regordos desde tiempos prehispánicos, y estaban pero que muy bien correspondidos por aquéllos. Ya desde los comienzos del siglo XVII, un problema radicaba en que los pueblos y barrios de naturales habían quedado relativamente cerca, así que se desataron y después se organizaron batallas campales urbanas y dominicales… se llamaron pedreas o guerreas, por parte de los españoles que incluso algunos solían apostar por los diferentes bandos beligerantes de docenas de indios enardecidos. Los indios llamaban a aquel sangriento deporte ҫaҫemes o ҫaҫemines
Entiendo que el origen de los pueblos de indios aledaños a Zacatecas fue así de conflictivo y que mantuvieron esa dinámica por muchas pero muchas décadas. Las contradicciones entre ellos siempre afloraban detrás de la apariencia de tranquilidad sometida que quería alcanzar los españoles. Mas en los registros criminales de los archivos abundan las evidencias de sus complejas convivencias.
Todo esto que acabo de decir no implica que en medio de tanto ajetreo intercultural e interétnico —o quizá debido a ello— aquellos pueblos de indios no hayan dejado su indeleble marca en nuestra ciudad y cultura urbana. En los interesantes trabajos contenidos en este libro que tengo el honor de presentarles se advierten diversos enfoques al respecto. Lo valioso del conjunto de aportaciones lo constituyen las maneras en que podemos percibir desde el presente
lo que el pasado nos envía como señales, y lo que es más interesante aún: la forma en que queremos asimilar ese legado a nuestra realidad contemporánea. Veo que se va cimentando la idealización de ese pasado para adaptarlo optimistamente a nuestra actualidad. El turismo novedoso y bienintencionado —por lo mismo con mucho porvenir— rescata lo más vistoso de los pretéritos pueblos de indios. Lo folk se va reclasificando para el goce de lugareños y visitantes, de ahí la tendencia a la reconstrucción idílica del pasado desde el presente. O lo que es lo mismo, sucumbir a la tentación de evocar el cómo nos gustaría que hubiese sido el pasado, cual muestra ordenada de vida comunitaria, bajo el amparo de la religión que todo lo santifica con el oropel de las fiestas patronales. Esto se da en principio porque un pasado complejo, mundano y contradictorio, tal vez no venda tan bien como el de la paz de las “calles como espejos”, caminadas por burritos aguamieleros, novenarios con canela y perfumados con “el santo olor de la panadería”.
Los estudios contenidos en la primera parte de la publicación aciertan al empatar las intenciones de conservación patrimonial intangible con el tangible, preocupación del gobierno que ha derivado en sólidas políticas públicas transexenales, lo que impone una catalogación de barrios y pueblos, festividades, capillas y gastronomía incluidas.
Nuevos avances en el conocimiento del pasado de pueblos entrañables como Tlacuitlapan y sus sujetos, así como el actual barrio de Jesús, de inequívocas evocaciones pulqueras, aguamieleras y de enchiladas picantes. Otro apartado interesante de estas memorias son los estudios sobre los espacios de convivencia religiosa y los ámbitos estrictamente físicos de distribución de los barrios.
Felicito a los autores y a la Crónica del Estado por la publicación de este texto que viene a enriquecer la biblioteca zacatecana y que contribuye al rescate de nuestro legado urbano.
Memorias del Foro Barrios de indios en Zacatecas, Crónica del Estado de Zacatecas, 2025. *Poder Judicial del Estado de Zacatecas.
Si pudiera, te patearía, de Mary Bronstein
6 Por Adolfo Nuñez J.
El cine de terror más efectivo es el que se basa en lo cotidiano, que evita los lugares comunes del género y más bien se enfoca en elementos sencillos pero que están anclados de manera muy fuerte a las angustias y ansiedades de la vida real. Ese miedo hacia un horror tan palpable que se pueda infiltrar en un espacio seguro como el hogar, es siempre más inquietante que cualquier amenaza relacionada con lo sobrenatural o lo inexplicable.
Bajo esa lógica Si pudiera, te patearía (If I had legs I’d kick you, 2025), parte de ser un retrato doméstico sobre las complejidades de la maternidad, hasta ir mutando, de manera paulatina, hacia los terrenos del terror psicológico, el drama existencial y hasta la comedia negra. El filme narra la historia de Linda (Rose Byrne), una psicoterapeuta obligada a cuidar a una hija enferma en la habitación de un motel, mientras su hogar se está desmoronando, en un sentido mucho más literal, a causa de
un derrumbe en el techo de su casa.
Por si fuera poco, también debe lidiar con pacientes difíciles, vecinos entrometidos, un marido (Christian Slater) que se ausenta durante largos periodos de tiempo, además de su propio terapeuta (Conan O’Brien) quien se muestra, o muy evasivo, o prácticamente indiferente a sus inquietudes y problemas. La vida de Linda se vuelve una creciente vorágine de caos y confusión, no sólo por las situaciones con las que debe lidiar de manera diaria, sino también porque sus reacciones erráticas y su desesperación terminan por empeorarlo todo.
En su segundo trabajo en la dirección, la cineasta y también guionista Mary Bronstein (Yeast, 2008) sumerge al espectador, bajo una puesta en escena de corte impresionista, en las emociones y la psique perturbada de una mujer que debe lidiar con todas las expectativas que se le han asignado, la mayoría por el simple hecho de ser madre, pero que le resultan imposibles de cumplir.
En ese sentido, se trata de una obra que no ofrece ni respuestas claras ni resoluciones reconfortantes, al desmontar esos mitos alrededor de la maternidad como una labor generosa, abnegada y desinteresada; por el contrario, la muestra como una experiencia que puede resultar agotadora, incómoda y asfixiante.
Para tal efecto, es de destacar la impecable interpretación de Rose Byrne, quien, con enorme ingenio y habilidad, logra encarnar las múltiples complejidades y contradicciones que conforman al personaje de Linda. Y es en medio de esa dimensión, de todas esas capas de imperfecciones y falibilidades que constituyen a su persona, donde se puede encontrar algo parecido a la identificación por parte del espectador, así como el reconocimiento de una experiencia que resulta tan universal como ignorada de manera sistemática.
Con todo, Si pudiera, te patearía no es una historia que busque manipular
a la audiencia desde la victimización de su protagonista ni mucho menos, simplemente se trata del retrato detallado de una mujer rebasada por su realidad, que no le permite ni un respiro, ni siquiera un breve descanso, y donde su amor como madre no excluye otras emociones como la fatiga, el arrepentimiento y la culpa.
En su excepcional película, Bronstein toca más de una fibra sensible, al mostrar una ansiedad que resulta tan inherente a la experiencia humana, como contemporánea en sus implicaciones: la sensación de no ser suficiente en un mundo que cada día exige más. Y cuando queda claro que nadie puede ayudar, porque cada quien está lidiando con sus propias angustias cotidianas, o se puede insistir y seguir nadando a contracorriente, o bien se puede dejar de luchar por completo. En la derrota y en la resignación, propone la realizadora, también se puede encontrar algo parecido a la libertad.