Lizeth Arauz, foto documentalista, se ha dedicado a historiar con su cámara desde aspectos de la vida cotidiana hasta las protestas y los movimientos sociales. Su cámara da imagen a quien no la tiene. Destacan sus trabajos sobre la nueva familia mexicana, tan diferente a la tradicional; así como sobre mujeres agredidas con ácido y el universo de quienes son pequeños de estatura.
[“Lizeth Arauz: Fotógrafa documental con conciencia social”, por Mauricio Carrera, en esta edición]
Lizeth Arauz. [detalle] Del ensayo documental Mirar hacia arriba.
Contenido
La Gualdra No.
Y lo escribí. En la libreta negra de pastas duras. Porque sólo escribiéndolo podría llegar al recuerdo de tu mirada, a veces brillante. Alberto Huerta
Estuve revisando los correos de Alberto porque este 22 de abril se cumple un año de su partida. Algo me decía que podría encontrar una sorpresa y pacientemente revisé los envíos que hizo semanalmente desde el año 2013 hasta el 2019, cuando decidió dejar de enviar mensajes, contestar llamadas, venir cada semana a Zacatecas desde Jerez, y permanecer en su casa sin tener contacto más que con su familia. Su alejamiento de todos, o casi todos, fue una decisión que tomó después de que muriera su amiga Yani Pecanins, en junio de 2019; a ese fallecimiento le habían antecedido los de otros amigos suyos muy cercanos, como el del Torque, o el de Juan Bañuelos por mencionar algunos de ellos; el caso es que nada ni nadie pudo hacer que retomara sus actividades normales. Pensamos en un inicio que sería pasajero. Cuando pasaron los meses, a menudo me llegaban noticias de que algunos amigos habían intentado verlo, tocaban a la puerta de su casa y la respuesta casi siempre era la misma: “No quiere ver a nadie”. Y respetamos que no quisiera vernos. Así era él. Yo a menudo le mandaba correos o mensajes en FB; otros amigos de él hacían lo mismo, y nos quedábamos con la tranquilidad de que por lo menos los leía aunque no contestara. El 13 de enero de 2025, cuando cumplió 80 años, supimos que vio en línea el homenaje que le organizaron sus alumnos del taller de escritura creativa; pero el 22 de abril nos enteramos de que había fallecido. Su no querer ver a nadie no fue pasajero. Pero así fue él.
Encontré entre todos los correos dos documentos muy importantes, además de los cientos de textos que fueron publicados aquí: una obra de teatro y un libro inédito de cuentos. La obra de teatro, “La palma de la mano” (farsa en un acto), dijo que estaba disponible para ser montada, siempre y cuando le pidieran autorización para hacerlo, tiene fecha del primer día de junio de 2018, y me decía en el correo que la difundiría con gente de teatro por si hubiera alguien interesado. Creo que no lo hizo. El libro de cuentos realizados entre el 2009 y el 2010, me lo envió en el primer correo que tengo registrado, el 25 de agosto de 2013. Quería publicarlo. Yo le pregunté que si lo publicábamos cuento por cuento en La Gualdra y él me contestó que quería se hiciera en una sola edición, como libro completo, pero que me mandaría un cuento cada semana para este espacio que fue suyo durante 6 años. Tampoco publicó ese libro de nombre Como la piel que muda la serpiente, y que es, además, un libro muy bueno.
También encontré un correo en donde me decía sorprendido que había recibido muy buenos comentarios de JJS, sobre un cuento -publicado aquí, en La Gualdra 171, del 20 de octubre de 2014- llamado “Una rosa”. Y hoy quiero compartirlo con ustedes nuevamente, para recordar a Alberto Huerta (1945-2025) en el primer aniversario de su fallecimiento, y a quien tenemos presente siempre.
“Digo, una rosa roja. Eso dije entonces. Cuando esperábamos el fin del mundo. Fin apocalíptico. Eso digo ahora. Después de catorce años. La mitad de catorce son siete. Siete. Como siete son los enanos del cuento de Blanca Nieves. Y siete son los días de la semana. También siete los pecados capitales. Un gato tiene siete vidas. Siete son los sacramentos. Las maravillas del mundo son siete. El arco iris tiene siete colores. Siete las notas musicales. Siete. Siete y siete nos da catorce. Ahora vivimos en 2014. Una rosa roja. No dos, ni tres, ni cinco… Mucho menos un ramo de dos docenas de rosas. Una… y roja. Sólo una. Roja. No blanca. Tampoco rosa. Nunca amarilla. Una rosa roja. Repito ahora después de catorce años de haber escrito en una libreta de pastas duras y negras: Una rosa roja. ¿Por qué no blanca? ¿O rosa? ¿O amarilla? ¿Por qué una sola flor? ¿Por qué la anotación? En la libreta sólo está escrita esa frase. Todas las demás páginas están en blanco. Una rosa roja. Eso dije hace catorce años y repito ahora. Como pude decir gardenia, magnolia, jazmín, azucena, gladiola, alcatraz, clavel, margarita… y pienso en ella. No sé si le gustan a ella las rosas, o los nardos, o las orquídeas, o petunias… y puedo sentir su mirada, escuchar el sonido de su voz… Una rosa es una rosa. Sólo eso… Una rosa… No un crisantemo, ni un nardo… Sólo eso… Una rosa. Ésta es mi voz. Sólo mi voz. ¡Un carajo! Eso dije entonces. Hace ya mucho tiempo. Catorce años. Ahora no digo nada. Suspiro. Nada más suspiro. Una rosa roja. Y lo escribí. En la libreta negra de pastas duras. Porque sólo escribiéndolo podría llegar al recuerdo de tu mirada, a veces brillante. Como un ascua. Quedan las cenizas. Grises. Como talco. A veces. Cuando no te ganaba el enojo. La ira. Tu voz. Tu palabra. A veces. A veces no. Una rosa. Tú. Tú imagen en la oscuridad y nada más. Nada. Un sueño. Un sueño más. Sólo un sueño. Y digo: la rosa. Dije. Una sola rosa. Y hace calor. Y nada. Nada. Nadie. El miedo que me quiebra. Me rompe. El miedo”. Alberto Huerta
Que disfrute su lectura.
Jánea Estrada Lazarín lagualdra@hotmail.com
sobre el
Excavar la historia: forma y ficción en ¡No te bajes, Camps!
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Se respira la vehemente intensidad de la
Jánea Estrada Lazarín Dir. La Gualdra lagualdra@hotmail.com
Sandra Andrade Diseño Editorial
Juan Carlos Villegas Ilustraciones jvampiro71@hotmail.com
Lizeth Arauz: Fotógrafa documental con conciencia social Por Mauricio Carrera
Perspectivas
uso de la IA en la historia Por Pedro Gómez Molina
Por Paolo de Lima
tragedia Por Álvaro López-Limón
La tentación del fracaso Por Mario Alberto Medrano Poemas inéditos Por Nayeli Rodríguez Reyes
La tentación del fracaso
6 Por Mario Alberto Medrano
Los libros de diarios tienen el detalle de permitirle al lector ser un voyeur que entra, sin invitación, a una casa para observar los detalles; por otro, el placer de confrontar el día a día de un proceso creativo, los conflictos y las carencias.
Si la vida de quien escribe el diario es un vendaval, y casi siempre lo es, la lectura se convierte en un desafío.
La tentación del fracaso, el diario de vida del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, es un manual de la derrota y la sabiduría -esto último dicho por Enrique Vila-Matas-. Advierto que su escritura estuvo inmersa en un debate entre seguir y claudicar; la distancia entre una anotación y otra es de bastantes meses, incluso años. Julio Ramón, al igual que muchos autores, dudo de su calidad como escritor, se comparó y sufrió el paso de los días. Apunta el 17 de agosto de 1950: “Estoy inferiormente dotado para la lucha por la existencia”.
Ni como abogado ni como escritor, Ribeyro no se sentía apto para ninguna de las dos profesiones. Sentía, acaso sabía, que era limitado para ejercerlas, sin las habilidades teóricas ni técnicas para destacar. Constantemente se comparaba con amigos que
ya habían logrado algún galardón o tener un poco de dinero para salir con mujeres. Él se encerraba y se sabía incapaz e ineficiente.
La ventaja que tenemos como lectores de un diario a diferencia de quien lo escribe es que sabemos el final de la historia. A Julio Ramón Ribeyro el tiempo le ha jugado a favor, conocemos sus logros y hemos disfrutado de su obra narrativa. Este primer tomo de sus diarios, que abarca de 1950 a 1978, nos cuenta sus estancias en Europa, es el de mayor creatividad, tiempo en el que escribe Los gallinazos de plumas, Crónica de San Gabriel, Cuentos de circunstancias, Silvio en el rosedal, Los geniecillos dominicales. A excepción de Solo para fumadores, que es un tremendo libro de cuentos, y que apareció en 1987, su mayor suma literaria la escribió en ese periodo de 28 años. Hay siempre un debate entre el hacer y el procrastinar. En el peruano existía esa dualidad, era un fumador y se entretenía en los clubes y bares, con mujeres y en viajes. A veces soltaba la máquina de escribir y la dejaba arrumbada, para otro momento.
A veces escribía frenéticamente, sin descanso, observaba la realidad de su país y de América Latina.
Poemas inéditos
6 Por Nayeli Rodríguez Reyes*
Silencio
Te espero. Desde hace horas imagino que me hablas con amor. Desde hace horas mi lengua se erosiona con las palabras no respondidas. Me propuse abstenerme de mojarme los dedos con estas lágrimas pero fallé. La primavera desemboca en la ciudad fronteriza cuando estoy en la escena íntima de colocar mi ternura sobre tus cansados ojos. Te espero. En mi oración le insisto al Creador que estés conmigo hasta que la eternidad nos amanezca.
Luna de miel
Estamos hambrientos con el alma polveada ansiosos de cariño.
Es sábado y el amor satura la inacabada combustión de nuestra carne.
Yo beso tus brazos amantes me deleito sigilosa en tu esplendoroso templo.
Me perteneces.
Aquí, en nuestra habitación sagrada, Dios me regala todo: la playa, el amanecer ardiendo, tus bendecidas manos.
La sencillez e ironía de sus cuentos y novelas también están presentes en sus diarios, pero con mayor precisión, sin malabares del lenguaje. Un diario es sincero o no es, y eso es lo que vemos en éste, como también lo leíamos en otros que al día de hoy son un referente de este género: los de Kafka, los de Tolstoi, los de Léon Bloy, Virginia Woolf, el de Mandelstam.
La obra cuentística de Julio Ramón
Ribeyro es un referente para mi vida como lector. Regreso a ciertos cuentos para imitar la estructura, el tono y voz de los personajes, el punto de vista. Sobre todo Los gallinazos de plumas y Solo para fumadores. Con La Tentación del fracaso, además de ser un estupendo título, confrontamos a otro autor, honesto y franco. Termino con lo escrito el 20 de mayo, una cita textual a Gregorio Marañón: “Todo diario es un lento suicidio”.
Nayeli Rodríguez Reyes (San Felipe, Baja California, 1992) es Maestra en Apreciación y Creación Literaria (Universidad IEU) y Licenciada en Lengua y Literatura de Hispanoamérica (UABC). Entre su obra publicada destaca Paroxismo (Pinos Alados, 2018). En 2014 obtuvo el segundo lugar del Premio Nacional al Estudiante Universitario José Emilio Pacheco en poesía. Participó en el Salón de la Poesía de la Feria Internacional del Libro UABC (2026).
Lizeth Arauz:
Fotógrafa documental con
conciencia social
6 Por Mauricio Carrera
Lizeth Arauz estudió artes plásticas en la ENAP. Quería ser diseñadora gráfica; su vida cambió cuando tomó fotografía como materia optativa; revelar le pareció mágico. Se convirtió en fotógrafa. Inició como fotoperiodista en el periódico El Sur, de Acapulco; después vendría El País, Milenio, El Financiero, donde afinó su mirada y se interesó en otras historias.
Lizeth Arauz, foto documentalista, se ha dedicado a historiar con su cámara desde aspectos de la vida cotidiana hasta las protestas y los movimientos sociales. Su cámara da imagen a quien no la tiene. Destacan sus trabajos sobre la nueva familia mexicana, tan diferente a la tradicional; así como sobre mujeres agredidas con ácido y el universo de quienes son pequeños de estatura.
Mauricio Carrera: ¿Cómo te acercas a la gente pequeña?
Lizeth Arauz: Donde yo vivía tenía un vecino chaparrito. Lo veía pasar todo el tiempo. Su novia, de estatura convencional, vendía tamales en las mañanas, se lo sentaba en el regazo y lo acariciaba como si fuera un muñeco. Esa escena me conmovió mucho. Nunca la fotografié. Primero quise convertirme en su amiga, y cuando lo fuera, pedirles permiso para fotografiarlos. Rompieron y nunca la tomé. Él era torero, cantante, imitador. Le tomé fotos y las publiqué. Me llevó con los enanitos toreros y quise fotografiar su vida. Eran siete chaparritos. Me quedé ocho años. De ahí salió mi proyecto Mirar hacia arriba, que contó con el apoyo de Jóvenes Creadores del FONCA. Empecé a conocer chaparritos cantantes, imitadores y strippers. Me tardé dos años en localizar a estos últimos. Yo estaba embarazada, próxima al noveno mes, cuando me dijeron dónde se iban a presentar. “Tenemos fecha en noviembre en Oaxaca, tirando con Puebla”. Me lancé para allá. Mi movilidad no era buena. A lo largo de mi embarazo nunca dejé de fotografiar, si bien ya me sentía muy pesada, iban a bailar en el escenario y no iba a poder correr para perseguirlos. Les hice unas sesiones de retrato previo al espectáculo. Son imágenes donde ellos están en tanga, y ellas también, con una belleza absoluta. Son strippers en fiestas o en antros. Hoy son de mis grandes amigos, nos hicimos muy entrañables. Fue un proyecto que me marcó de muchas maneras. Ganó el premio Fernando Benítez que otorga la FIL Guadalajara.
MC: La transición de lo analógico a lo digital se dio en el año 2000. Fue muy retador. ¿Cambió en algo tu manera de fotografiar con lo digital?
LA: Sí, pero ejerzo mi derecho a no tirar de manera enloquecida; hago muy pocos tiros. Me eduqué con lo análogo, tenías treinta y seis tiros y debías cuidarlos. No debía sobrar ni faltarte nada. Esa mirada foto periodística la mantengo, meter todo el contexto en una sola imagen. Ese resumen visual me ha ayudado mucho. Siempre trato de que cada una de mis imágenes tenga toda la información necesaria desde el primer tiro, para ahorrar.
MC: ¿Te consideras más una fotoperiodista que retrata el instante o una artista que monta la escena?
LA: Soy más una fotógrafa documental. Docu-
mento lo que miro. Ya no soy una fotoperiodista, en el sentido de trabajar para un periódico, pero sigo documentando historias. Hago fotografía para seguir contándolas.
MC: ¿Cuáles son estas historias?
LA: Ahora estoy con el proyecto de las mujeres agredidas con ácido. Son sobrevivientes de ese tipo de violencia. Mi idea es fotografiarlas con toda esa belleza, con todo ese erotismo que aún tienen y que perdieron cuando fueron agredidas. En una parte de su vida no se reconocen en el espejo. Algunas de ellas rompieron sus fotos de antes. No querían saber cómo eran debido a su nueva presencia. Se sienten, por supuesto, desfiguradas, con muchas cicatrices. Han tenido que pasar de la que yo era a la que soy ahora. Por eso soy más documentalista. Pienso como una creadora, una creadora de contenido. Si alguien ve mi foto y tiene un segundo de reflexión en torno a lo que mira, y su mirada en torno a ese tema cambia después de verla, esa imagen fotográfica ha cumplido su misión: compartir las circunstancias de otra persona. Cuando hice Mirar hacia arriba, cumplí mi servicio social en la Sierra de Guerrero y viví un año en una comunidad sin luz, agua, escusados. Nada. Me volví tan amiga de la gente de allá que hoy en día aún los visito. Ahí conocí a una adolescente de trece años, vio mis fotos de la gente pequeña y le daban miedo. Sucedía que había un chaparrito que, de seguro, por sentirse agredido de manera cotidiana, se había vuelto muy agresivo con los demás. Ella pensaba que todos los chaparritos eran así, agresivos y groseros. Al ver las fotos de mi proyecto su perspectiva cambió. “Ahora les tengo mucho respeto”, me dijo. Eso es lo que vale la pena, generar una reflexión distinta en alguien, sólo a partir de mis imágenes.
MC: ¿Cómo le haces para acercarte a los chaparritos como les llamas? ¿Hay reticencia al principio?
LA: Sucede que me digan que no muy seguido. Tres de los siete chaparritos no querían que les tomara fotos en su casa. Aceptaban en el ruedo, sí, porque eran enanos toreros. Me fui de gira con ellos por toda la República y también en Texas. Los fotografié por varias semanas. Pero esos tres, nunca en sus casas. Les entendía. Vivían en situación muy vulnerable, en pobreza. Uno de esos chaparritos, años después, cuando terminé el proyecto, me dijo: "Te quiero pedir una disculpa. Me
avergonzaba y me sigue avergonzando donde vivo. Por eso fui tan poco cordial contigo. No quería que entraras a mi casa, no quería que fotografiaras la situación en la que vivo”. Yo respeté sus decisiones. Me acuerdo de que le tomé fotos con su mamá, que también era chaparrita, pero nunca en su casa. Igual sucede con las mujeres que han sido agredidas con ácido. Hay dos de ellas que no han dejado que las fotografíe. Respeto su decisión. Sé que no están listas para ser fotografiadas. Cuando ellas decidan que sí lo van a hacer, voy a ser la más feliz. Pero es su decisión y debo ser absolutamente respetuosa. Eso lo aprendí de Elsa Medina, hay que ser respetuosos y cordiales.
MC: ¿Les dices de antemano que es para tal o cual proyecto?
LA: Sí, siempre soy muy clara, y cuando hay
esa claridad, la gente decide si le entra o no. Por eso genero muchos vínculos con la gente. La verdad, a quienes he fotografiado han terminado por convertirse en mi familia, en mis amigos. Al fotografiarlos paso mucho tiempo con ellos. Es algo que celebro. Celebro poder conocer a esas personas. Celebro compartir sus historias y que se vuelvan entrañables en mi vida.
MC: ¿A cuántas mujeres agredidas con ácido has fotografiado?
LA: A cuatro. Por lo pronto, a cuatro. El proyecto que tengo ahora en el Sistema Nacional de Creadores es poder llegar a fotografiar a por lo menos diez de ellas. Este proyecto lo inicié con una reportera y queremos publicar sus historias, compartirlas. A la primera que contacté fue a Carmen Sánchez. Tiene una fundación que lleva su nombre,
Lizeth Arauz. Foto de Carlos Gordillo.
Lizeth Arauz. Del ensayo documental Mujeres de Acero.
donde acompaña a mujeres que han sido agredidas con ácido, que se acercan a ella. No son sólo mujeres las agredidas con ácido. El año pasado se le acercó un hombre que fue agredido de esa manera. Carmen no sabía qué hacer, si incluirlo o no en la fundación. La idea original era que fueran puras mujeres. Al final sí lo incluyó. Un chavo muy joven agredido por su chava. Por lo pronto, entre las mujeres que están en mi proyecto se encuentran la ya mencionada Carmen Sánchez, así como Yasmín Hernández, María López y Elisa Xolalpa. A una de ellas su marido le echó químicos usados para fertilizantes, y no contento con eso, la aventó en uno de los canales de Xochimilco, donde la balaceó. Se salvó por nadar hacia lo profundo. Nomás escuchaba cómo entraban las balas al agua. No podía abrir los ojos por el ácido.
MC: Las fotografías como víctimas sí, pero con belleza, con dignidad.
LA: Sí, mi idea al fotografiarlas es que empiecen a sentirse sensuales, que empiecen a tener contacto de nuevo con su cuerpo, a reconocerse. Algunas no quieren. Les digo: "No te preocupes, lo que tú me permitas está perfecto”. Eso pasó con la de Xochimilco; sólo le hice otros retratos muy bellos con plantas. La de Puebla tampoco ha querido. Tampoco insisto demasiado. En cuanto tengan posibilidad de ver las imágenes de las otras, tal vez se les antoje fotografiarse como ellas o, tal vez no. No quiero forzar a nadie porque la idea es ayudarlas, no joderlas, tampoco obligarlas.
MC: ¿Tienes un plan B?
LA: De hecho, mi proyecto para el SNCA es hacer un libro de fotografías intervenido con acuarelas y bordado. Yo soy muy mala para coser y bordar. Soy muy desesperada. Pero es una gran herramienta. Mi idea es fotografiarlas y que sean ellas quienes borden sus cicatrices. Mi proyecto final es tener diez retratos grandes con bordado en sus cicatrices. Imprimiré en tela las fotografías. Eso mismo hice con los chaparritos. A ellos, para una exposición, los imprimí gigantes, en una tela transparente. Eran chaparros gigantes, para que el público sintiera la sensación que sienten ellos cuando caminan al lado de gente con estatura convencional.
MC: ¿Son mucho más comunes de lo que uno piensa las agresiones con ácido?
LA: Así es. El tema es que muchas desconocen que hay otras mujeres agredidas de esa manera. María, por ejemplo, una mujer
sesión como jefe de gobierno de la CDMX, busqué acercarme lo más posible. Me tiré al piso y me escabullí por entre las piernas de las personas. ¡Cómo me patearon ese día! Pero lo logré y lo fotografié de cerca. Así soy yo. Claro, llegó un momento en que me sentí muy vulnerable, una vulnerabilidad que no había sentido antes. Decidí que ya no quería un golpe más, que ya no, que me resistía a sentirme violentada. Por eso mi decisión de salirme del fotoperiodismo.
MC: ¿Y qué hiciste?
Arauz. Del ensayo documental Mirar hacia arriba.
muy valiente, estuvo treinta años sin saber que había otra mujer en México agredida con ácido. La agredieron a ella, se metió en su casa y ya no salió, ya no trabajó, ya no quiso hacer mucho por ella, como estudiar o trabajar, porque se sentía muy avergonzada. María es un claro ejemplo de cómo el ácido marcó su vida de manera terrible. Una tragedia. Algo que ha cambiado. Ahora termina la prepa gracias a la Fundación Carmen Sánchez y busca empleo. Empieza a salir, ¿no?
La agredieron de adolescente y ahora, a sus cuarenta y cinco años, empieza una nueva vida. Fue gracias a que vio en la tele una entrevista con Carmen y la buscó. Las mujeres se acercan a ella porque la ven.
MC: Hay una ley que está a punto de pasar para pedir penas más severas a los agresores o agresoras con ácido, ¿no?
LA: Sí, aunque hay un dilema. Una famosa saxofonista agredida con ácido, María Elena Ríos, quiere que la ley lleve su nombre, Ley Malena. Existe oposición al respecto. Hay una mayoría que quiere que se llame Ley Ácido. Tendría que llamarse así, porque son muchas las mujeres, no sólo una, quienes han sido agredidas.
MC: ¿Has pasado tú misma por peligros al ejercer tu profesión?
LA: En mis tiempos de fotoperiodista me ponía muy en riesgo. Como no era mamá y estaba joven, siempre decía: que me peguen a mí, no a mi equipo, a mi cámara. ¡Me ha costado mucho! Me tocaron enfrentamientos con granaderos, y esos reparten parejo. De toletazos me dieron muchas veces. Una vez un granadero cargó contra mí, me levantó y me azotó contra el piso; me salvé de no ser pateada porque vio mi cámara, que me colgaba del cuello. En otra ocasión que cubría una marcha de profesores fui agredida por uno a quien no le gustó que lo fotografiara; en las marchas es difícil pedir permiso, uno lo hace con la mirada. Mis papás son profesores, siempre he sido de izquierda y yo apoyaba esa marcha; que un profe me hubiera pegado, me dolió en muchos sentidos. Manifiéstate, es tu derecho, no le pegues a nadie. Me hizo sentir muy vulnerable. Por eso, por ahí de 2004, abandoné el fotoperiodismo. Yo aguantaba. Una vez me pegaron los guaruras de Salinas de Gortari. Les regresé el golpe, porque siempre he sido brava. Unos guaruras grandotes que no dejaban pasar a nadie ni a nada. A mí me mandaban a hacer fotografías y debía hacerlas, ni modo. En otra ocasión, cuando Cárdenas tomó po-
lo hago bien. Trato de pensar que mañana va a haber algo mejor, un mejor lugar para que viva Maya, mi hija. Deseo que Maya se sienta representada en mi trabajo, que se sienta orgullosa de mí, que sepa que hago todo lo posible para que avancemos como comunidad.
MC: ¿Artista? ¿Qué más has fotografiado?
LA: Empecé a colaborar para revistas, que fue una maravilla. Playboy, Marie Claire, Rolling Stone. Iba a una sesión y ganaba lo mismo que en toda una semana de meterme una joda horrible en el fotoperiodismo. Además, empecé a hacer retrato. Me encanta el retrato. También el ensayo documental, que es contar historias con imágenes. A eso me dedicaba. Yo, loca de felicidad. Por ese tiempo gané el premio de periodismo que otorga la FIL Guadalajara. Fue con mi ensayo documental Mirar hacia arriba. Estaba tan contenta, la verdad muy satisfecha, que me dije, ya puedo ser mamá. Me casé a los quince días y al mes ya estaba embarazada. Soy feliz con mi hija. Ser mamá y ser fotógrafa son mis pasiones.
MC: ¿A qué fotógrafos o fotógrafas admiras?
LA: A mi maestra Elsa Medina, también a la maestra Lourdes Grobet. Ellas han sido mis pilares fotográficos, muy amorosas conmigo. Dos mujeres independientes, inteligentes y congruentes con sus emociones y su ideología. Celebro mucho que ellas hayan sido tan firmes. Elsa Medina, por ejemplo, de su generación es de las fotógrafas menos conocidas, pero la más talentosa. Todo el mundo lo sabe. A ella no le importa el reflector, le vale madres que la gente la reconozca. Ella, de lo que se preocupa y se ocupa, es de trabajar y de documentar, de seguir fotografiando y de divertirse en el proceso. Es mi maestra y me considero su amiga. Igual con Lourdes Grobet. Una maestraza. En un documental sobre fotoperiodistas que hizo para el Canal 14 de televisión, habló sobre mí de una manera generosa y bella. Lourdes, también, mamá y fotógrafa. Ellas dos son mi inspiración. Por eso continúo maternando en la vida y con la cámara.
MC: Defínete como fotógrafa.
LA: Fotógrafa documental con conciencia social. Me gusta pensar que tengo esa congruencia con mi trabajo y las personas, mi comunidad. Si no hay esa comunicación, no
LA: No, la palabra artista no me gusta; creadora, mejor. Creadora de contenido, de historias; eso me gusta mucho, la posibilidad de poder contarle a alguien una historia con imágenes. El proyecto previo a las mujeres agredidas con ácido se llama Amor sin etiquetas, el nuevo álbum de familia. Es hablar de mí como madre autónoma con mi hija, de cómo somos ahora, en realidad, como comunidad. Ya no esa comunidad de papá, mamá y dos hijitos. Esa comunidad ya no existe. Hoy, en México, el cuarenta y cinco por ciento de las familias están lideradas por una mujer. Hay un porcentaje muy importante de papás solteros. Un porcentaje importantísimo de mujeres y hombres que han decidido no tener hijos y que viven con sus perros y sus libros. Esa nueva comunidad así constituida es la que fotografié. Las fotografías aparecen en un libro con ese nombre, que acaba de salir, publicado por el INBAL. Hay una historia del poliamor, un vínculo que a mí de verdad me generó un respeto impresionante. Esa posibilidad de decirnos de frente: se me antoja alguien más y quiero estar con otras personas, quiero que tú lo sepas y que no estés incómodo o incómoda con la idea de que pueda tener otras novias, otros novios; que estés consciente de que te respeto, te amo, pero necesito estar con alguien más… Esa diversidad, este nuevo álbum de familia. ¿Qué otra historia voy a fotografiar después? No lo sé. Será algo que me encuentre en el camino y que en ese momento me preocupe como mujer, como madre, como compañera, como parte de una comunidad. Algo que socialmente pueda construir un pedacito de algo. Algo para los demás.
MC: ¿Qué hizo en verdad que te dedicaras a la fotografía? ¿La magia del revelado?
LA: Le atinaste. Siempre recordaré el momento en que metí la hoja en el revelador y apareció la imagen. Sentí, al quedar fija esa imagen, que yo iba a poder hablar de algo a través de eso, de la fotografía. Hay una magia ahí. Por eso me enamoré de lo que hago.
Veer más del trabajo de Lizeth Arauz en: @lizetharauz @xquendafoto en IG
Fotografía
Lizeth
Lizeth Arauz. Del ensayo documental Amor sin etiquetas, el nuevo álbum de familia
Perspectivas sobre el uso de la IA en la historia
6 Por Pedro Gómez Molina
Hace no mucho, en un congreso celebrado en España se habló del uso de Inteligencia Artificial (IA) aplicada a las humanidades; una ponencia que llamó mi atención fue sobre la generación de imágenes procedentes de la IA en torno a eventos históricos. El ejemplo fue muy claro, a la IA se le pedía realizar una imagen de la llegada de Cristóbal Colón a América; los expositores como buenos historiadores del arte se percataron que la figura generada por la IA correspondía más a las pinturas decimonónicas y no realmente a lo que aconteció en ese momento.
Entonces, ¿cómo crear una imagen más aproximada de ello? Para subsanar esta duda, recurrí a mi asesor de doctorado –especialista para la época novohispana– y le platiqué de la posibilidad de generación de imágenes con IA. En principio, le pedimos a la IA que realizara una lámina referida a la llegada de Hernán Cortés a lo que sería el puerto de Veracruz. El resultado fue un Cortés al frente –sin parecerse físicamente–, de forma victoriosa, con un estandarte y centenares de caballeros tipo medieval con armadura detrás de él.
Coincidimos que la respuesta estuvo apegada a retratos del siglo XVIII y el romanticismo académico del siglo XIX. Me contó que los trayectos transatlánticos duraban alrededor de tres meses, con condiciones de higiene pésimas, y que la composición social homogénea que muestra la IA es errónea, pues en los barcos venían no únicamente ejércitos, sino campesinos, artesanos, soldados, aventureros, afrodescendientes, indígenas antillanos. De igual manera, el uso de armaduras en Veracruz era algo inviable, ya que el puerto se caracteriza por un clima cálido-húmedo, densa vegetación, la presencia de insectos y alimañas. Además, las imágenes no muestran los sentimientos de los rostros, tal vez de felicidad por tocar tierra o bien, de fatiga y desagrado que refleja el arribo a un territorio distinto, las heridas que no se habían tratado en semanas, la incomodidad de no tener dónde pernoctar, el cambio alimenticio y el estar a más de ocho mil kilómetros de su lugar natal –algunos sin la esperanza de poder volver–. No obstante, mi asesor y yo reflexionamos que la IA logra ser un instrumento útil para efectuar representaciones más o menos plausibles del mundo pasado, y al mismo tiempo, abrir camino a nuevos marcos interpretativos. En este sentido, se puede aprovechar la experiencia del quehacer histórico –lectura de documentos y registros en archivos–, visitas a antiguas casas, templos y cascos de haciendas para describir y originar figuras de la cotidianeidad de la Nueva
España poco antes vistas –algunas de ellas se pueden encontrar en pinturas, códices, litografía o mapas–.
Para ello, y a manera de ejemplo, recurrimos a dos prompts, en el primero se le indicó a la IA que creara una escena de una familia pobre cenando, perteneciente a una comunidad indígena, con casas sin ventana, piso de tierra, ropa modesta, por destacar ciertos aspectos. El resultado es casi apegado a la figura uno, sólo que tuvimos que cambiar algo, la fisonomía. Como se ha discutido en diversos es-
pacios, la IA tiene criterios eurocentristas, por ende, le explicamos que se apegara a la anatomía de un indio en el siglo XVIII apegándose a fuentes que aborden el tema.
En el segundo caso, se apegó de buena manera a la descripción (imagen dos). En la Nueva España las misas se celebran encendiendo copal, sí como ritual, pero también para evadir los malos olores producto de que antes se solía enterrar a los muertos en la iglesia o en el atrio. Esto se combinaba con la humedad del recinto, la falta de hi-
giene de las personas y los pocos cambios de ropa.
En conclusión, queremos destacar que la IA es favorable no sólo en el sentido didáctico para visualizar el mundo novohispano, sino también, de exponer con rigor científico narrativas y evidenciar la necesidad de una mirada crítica en la imagen histórica. La historia no se genera automáticamente, es esencialmente, una tarea humana.
*Nota: ambas imágenes fueron elaboradas por Chat GPT.
Excavar la historia: forma y ficción en ¡No te bajes, Camps!
6 Por Paolo de Lima
La novela ¡No te bajes, Camps! (México: Editorial Lapicero Rojo, 2025) de Martín Camps (Tijuana, 1974) se construye como un artefacto narrativo que organiza genealogía, memoria y ficción mediante una estructura expansiva que desborda la biografía individual. Más que centrarse exclusivamente en Federico Camps Trujillo (1911–1935), el relato dispone una serie de desplazamientos temporales y generacionales que configuran una novela de linaje, donde la figura central aparece como resultado de una historia previa minuciosamente elaborada.
Desde el inicio, la obra establece un principio compositivo decisivo: la historia no comienza con el protagonista sino con la reconstrucción de su antecedente familiar. La figura de Pedro Camps, migrante catalán que llega a México en busca de fortuna minera, funciona como núcleo estructurador que permite inscribir la experiencia individual dentro de una lógica de repetición y transmisión. Esta apertura define el régimen temporal de la novela: una continuidad donde los destinos se encadenan más de lo que se suceden, y donde cada vida parece prolongar tensiones no resueltas.
En este marco, la minería no opera únicamente como tema sino como principio organizador del relato. La insistencia en los procesos extractivos, las descripciones técnicas y la materialidad del subsuelo construyen una poética en la que el espacio minero se vuelve extensión del cuerpo y del tiempo histórico. La reiteración de enfermedades, rutinas y saberes ligados al trabajo subterráneo configura una lógica de transmisión que atraviesa generaciones, produciendo un efecto de acumulación que la novela explota con consistencia. El tránsito hacia Federico Camps Trujillo no se plantea como ruptura sino como condensación. El personaje se construye a partir de ese entramado previo, desplazando la expectativa de excepcionalidad: deja de ser
un héroe aislado para convertirse en una figura moldeada por condiciones que la narración ha ido sedimentando. Este procedimiento le permite a la novela inscribir la trayectoria individual en un campo de fuerzas que la excede sin diluir su singularidad.
Formalmente, el texto articula esta operación mediante una alternancia de registros que combina descripción minuciosa, escenas íntimas y momentos de enunciación pública. Este movimiento evita la jerarquización de niveles y permite que la experiencia personal se inscriba en dinámicas colectivas sin quedar subordinada a ellas. Así, los pasajes dedicados al trabajo en la mina construyen una percepción sensorial del entorno, mientras que los episodios de organización laboral introducen una dimensión discursiva que reconfigura el alcance de la narración.
La escena que da título a la novela funciona como punto de condensación donde convergen las distintas líneas del relato. El grito “¡No te bajes, Camps!” no se limita a un episodio
puntual, más bien reorganiza retrospectivamente la lectura: en él se articulan la experiencia del trabajo, la construcción de una voz pública y la emergencia de vínculos colectivos. No es irrelevante, en este sentido, que la consigna tenga su origen en la voz de José Revueltas, cuya intervención en la escena –pronto retomada por la multitud– transforma una exhortación individual en una forma de enunciación colectiva. La consigna, repetida y amplificada, convierte un momento específico en una clave de interpretación del conjunto. En paralelo a esta dimensión compartida, la novela mantiene una atención constante a lo íntimo. La relación entre Federico y Juana Fonseca introduce variaciones tonales que complejizan la textura narrativa y evitan una lectura unívoca. Estos episodios no operan como simple contrapunto, más bien forman parte de una estrategia que diversifica los registros del relato. De manera similar, la figura de Juana Fortín desplaza la narración hacia zonas de inestabilidad simbóli-
ca, especialmente en los pasajes donde el lenguaje religioso se fragmenta y pierde coherencia referencial. Desde el punto de vista formal, ¡No te bajes, Camps! combina elementos de novela histórica, crónica familiar y relato de formación sin fijarse completamente en ninguno de estos modelos. Esta hibridez no responde a una indecisión sino a un principio constructivo: la novela organiza su sentido en la tensión entre estos registros, articulando lo individual y lo colectivo, lo íntimo y lo público, lo biográfico y lo estructural.
En este contexto, los procesos históricos y las relaciones económicas no aparecen como telón de fondo, más bien se configuran como condiciones que modelan la experiencia de los personajes y delimitan sus posibilidades de acción. La presencia de capital extranjero, la concentración de la riqueza y las condiciones laborales inciden directamente en el desarrollo argumental, configurando un espacio donde las decisiones individuales se encuentran atravesadas por fuerzas que las exceden.
En conjunto, la novela destaca por su capacidad para construir un mundo ficcional en el que las trayectorias individuales aparecen determinadas por estructuras que las condicionan, sin perder densidad y espesor. Más que ofrecer una reconstrucción lineal de un personaje, ¡No te bajes, Camps! afirma la novela como un dispositivo capaz de organizar esas tensiones y hacerlas legibles. En ese gesto, la ficción deja de ser un mero registro para convertirse en una forma de intervención: no reproduce la realidad, la reordena y desnuda las fuerzas que la atraviesan. En esa operación se reconoce el trabajo de Martín Camps: una escritura literaria que no se limita a contar una historia sino que construye las condiciones mismas de su inteligibilidad.
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Se respira la vehemente intensidad de la tragedia
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Por Álvaro López-Limón
Arte
Se avizora una triple tragedia. “Veo bien por tu gesto y semblante que hay algo que te pesa en el corazón: ¿no te va todo como desearías, tal vez?”, texto intrigante, atrevido quizá, lo podemos encontrar en The Kingis Quair, no es fácil imaginar, que la persona que lo ha escrito, tiene como tarea la unificación de las coronas de Escocia e Inglaterra, y que desafiando tensiones religiosas, conflictos financieros y parlamentarios, sus acciones marcaron el inicio de la dinastía Estuardo, bajo la defensa del derecho divino de los reyes. Estamos hablando de Jacobo VIº de Escocia y Iº de Inglaterra, escritor, poeta y monarca, dueño de una azarosa vida que culminará en tragedia. En este escenario, las estrictas políticas culturales y religiosas de la Corona Española y la ausencia de traducciones
formales de la obra de William Shakespeare al español, postergando el conocimiento de su obra para la cultura Novohispana.
En el vórtice de ambas tragedias aparece una obra de William Shakespeare, llamada El rey Lear, en ella, Shakespeare adapta y transforma una leyenda británica. Entrelazando dos tramas en una narrativa, la principal y motivo de nuestra reflexión está centrada en el Rey Lear y sus tres hijas (Goneril, Regan y Cordelia), y la secundaria, sobre el conde de Gloucester y sus hijos (Edmund y Edgar). La adversidad se produce cuando Lear, en un acto de vanidad y desconexión emocional, decide dividir su reino entre sus hijas, según sus declaraciones de amor.
Este acto inicial, en apariencia irrelevante, muestra la fragilidad del poder cuando se aparta de la sabiduría.
El mero acto de abdicación de Lear lo despoja de autoridad, exponiéndolo a la crueldad de un mundo que él mismo gobernaba. Mientras tanto, en el ínter de la obra, Gazeau, el bufón, se vuelve la conciencia del rey, ofreciéndole verdades dolorosas disfrazadas de humor. A propósito, hemos encontrado una pintura en la que James Barry representa el momento en que el rey Lear llora sobre el cadáver de su amada hija Cordelia, en el Acto V, Escena 3. Barry transforma las palabras de Shakespeare en sensaciones visuales y emocionales.
Estamos frente a la imagen del rey Lear ante la muerte de la menor de sus hijas, se nos muestra en primer plano “la teatral desesperación del rey, que hunde una de sus manos en una cabeza de abundante cabellera y barba blanca; así como de sus soldados, alzando
sus rezos hacia un cielo tormentoso”, como nos dirá Ruth Padel. Siguiendo a Shakespeare, encontramos que la cólera, la ofuscación y el enojo conducen a la violencia, a la locura trágica; “la locura [señala Padel] es negra por varias razones; tiene el color de la cólera, la tormenta, la tierra y la tragedia misma; […] en esa negrura podemos ver cosas verdaderas, pero no aquéllas que resulten seguras o cómodas de ver. La locura aísla”.
Continuando con el detalle pictórico, se muestran soldados con armadura, un paisaje dramático con un cielo perturbador, en la obra como en la pintura se respira tragedia y desesperación. Reconocemos el trazo minucioso en las expresiones de los personajes y, por supuesto, una elaborada composición que acentúa la claridad, el orden y la vehemente intensidad de la tragedia.
*UAEH.
Padel, Ruth. A quien los dioses destruyen. Elementos de la locura griega y trágica, México, Sexto Piso 2005.
James Barry. El rey Lear llora la muerte de Cordelia (detalle). Tate Gallery. Londres.