Nacido el 19 de enero de 1926, José Alfredo Jiménez, el “Hijo del pueblo”, no fue sólo el prolífico compositor de centenares de canciones, sino el cronista emocional de una sociedad que mientras transitaba del campo a la ciudad encontró en el tequila la elocuencia para expresar los descalabros del alma: el desamor, la derrota, la dignidad herida. […] Analizar a José Alfredo exige ir más allá de la apología, puesto que su obra es también un espejo incómodo de la crudeza de la sociedad mexicana: donde la exaltación romántica convive con la toxicidad machista y donde se entrecruzan la fanfarronería insolente y el desprendimiento amoroso.
[En esta edición: 100 Años de José Alfredo]
José Alfredo Jiménez nació el 19 de enero de 1926. Foto tomada de la página del Museo José Alfredo Jiménez.
Editorial
La Gualdra No.
José Alfredo Jiménez nació el 19 de enero de 1926 en Dolores Hidalgo, Guanajuato, considerado Cuna de la Independencia Nacional por haber sido el sitio en el que se iniciara un movimiento político que diera origen al México independiente; a cien años del nacimiento de José Alfredo ese lugar también podría considerarse como el espacio en el que se honra una especie de independencia emocional, pues con sus canciones este compositor “libera” a quien las canta de la vergüenza de llorar, de la imposibilidad de reconocer lo que duele en lo más hondo.
“José Alfredo Jiménez dejó un legado de 280 canciones registradas, convertidas en clásicos de la música vernácula, motivo de constantes homenajes, reflejo de la vigencia y universalidad de su obra”,1 se puede leer en su semblanza en la que también se consignan sus orígenes, su llegada a la Ciudad México tras el fallecimiento de su padre, los primeros trabajos que tuvo en Santa María la Ribera, su vida familiar y su incursión al fútbol, antes de dedicarse de lleno a la música en 1951.
“Inmerso en el torbellino de su intensa actividad profesional, José Alfredo vivió con los excesos y tentaciones del medio artístico. Pareciera que su vida se confunde entre los versos de sus canciones, como si la autobiografía tomara posesión del compositor”,2 y es que la vida del guanajuatense estuvo marcada por el alcohol, de ahí que viviera pocos años pues falleció en 1973 a causa de cirrosis hepática. Hoy sus restos mortales reposan en el cementerio de su ciudad de origen; y desde el 6 de septiembre de 2008, en Dolores Hidalgo también, se abrió la Casa Museo que lleva su nombre, en la calle Guanajuato No. 13, justo en la casa en donde nació, a unos cuantos pasos de la plaza municipal. José Alfredo tiene 280 canciones registradas, y muchas de ellas vienen a mi memoria mientras escribo esto, porque crecimos escuchándolas en la radio, en el cine, en las fiestas con mariachi, en los funerales… su música está en todas partes, sigue vigente. Seguramente por lo frontal de su lenguaje, por lo confesional, por esa manera de narrar el drama cotidiano, lo devastador sin ornamentos innecesarios.
En las letras de José Alfredo encontramos primordialmente el tema del amor como origen del
conflicto -el amor prohibido, el que se pierde, el que se oculta, el no comprendido-; no escatima en hablar del sufrimiento, rompe con una masculinidad tradicional casi heroica y nos muestra al que llora, es vulnerable, extraña, suplica, se emborracha y muestra, al mismo tiempo, una dignidad trágica “no tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda, pero sigo siendo el rey”. Las cantinas aparecen en su obra como escenarios en los que intenta aminorar el dolor encontrando en el alcohol un refugio: “que me sirvan de una vez pa´ todo el año, que me pienso seriamente emborrachar”, “de mi mano sin fuerza, cayó mi copa sin darme cuenta”, “tómate esta botella conmigo y en el último trago nos vamos”, “me están sirviendo ahorita mi tequila, ya va mi pensamiento rumbo a ti”, son frases de algunas de sus canciones más interpretadas y que anticipaban hasta cierto punto el motivo de su temprana muerte a los 47 años de edad.
Hay varias canciones del guanajuatense que me gustan, pero menciono tres nada más para terminar: la del “Perro negro” –“aquel enorme guardián que quiso mucho a Gilberto y dio muerte a don Julián”- porque habla de la lealtad sin condiciones; la de “Ella”, porque hacía que los ojos de mi abuelo brillaran cuando la escuchaba; y la de “Las ciudades”, por aquello de “Y estuve a punto, de cambiar tu mundo, de cambiar tu mundo por el mundo mío”.
Para conmemorar el centenario del natalicio de José Alfredo Jiménez decidimos dedicarle este número 700 de La Gualdra. Participan en este homenaje Ulises Leyva, Armando Salgado, Daniel Wence, Sigifredo Esquivel, Lucía Rivadeneyra, Mario Alberto Medrano, Marco Antonio Flores Zavala, Marcos Daniel Aguilar, Adolfo Nuñez J., Carlos Belmonte Grey, Mauricio Carrera, Carlos Alberto Torreblanca Padilla y Sonia Medrano Ruiz, quienes generosamente nos comparten sus textos para confirmar que sigue más vigente que nunca. Gracias a ellos y a ustedes, por acompañarnos en estos primeros 700 números.
Que disfrute su lectura.
Jánea Estrada Lazarín lagualdra@hotmail.com
Contenido
Cien
Directorio
4 5 7 8 9 10 6
El amor es Dios en la voz del Rey Por Daniel Wence Partida
Credo de un melómano empedernido Por Sigifredo Esquivel Marin
Y sabrán que por tus besos me perdí… Por Lucía Rivadeneyra
Ella o la virilidad quebrada Por Mario Alberto Medrano
José Alfredo Jiménez Por Marco Antonio Flores Zavala
José Alfredo Jiménez contra la gentrificación Por Marcos Daniel Aguilar
José Alfredo Jiménez en el cine Por Adolfo Nuñez J.
José Alfredo Jiménez, el cancionero del cine mexicano Por Carlos Belmonte Grey
Tarugadas Por Mauricio Carrera
Si te acuerdas de mí no me menciones
años del natalicio de José Alfredo Jiménez Por Carlos Alberto Torreblanca Padilla
José Alfredo Jiménez, Mexicano por fortuna Por Sonia Medrano Ruiz
Mi abuelo era José Alfredo Jiménez Por Armando Salgado
José Alfredo Jiménez: Centenario del cronista emocional Por Ulises Leyva 3
Mi abuelo era José Alfredo Jiménez
6 Por Armando Salgado
Base yugular de la voz ranchera y compositor de la melancolía, llevó a México hasta esos páramos de la garganta donde la única lluvia es el aguardiente. Detrás de sus canciones se sostiene el viento del campo, los llanos infinitos, los huizaches de la sangre y las paredes de adobe que conforman nuestros cuerpos que cumplen cien años. Nació en 1926, en Dolores, Hidalgo, mismo año del surgimiento de la Guerra Cristera y la primera emisión de televisión. Él y Marilyn Monroe tendrían la misma edad si estuvieran vivos; celebrarían su cumpleaños con botella en mano y el corazón entre los pies repitiendo "la vida no vale nada”, sin saber que sería el octosílabo más conocido por la gente en todo el país. Pero más allá de la figura icónica me pregunto ¿qué hay en él que lo hace tan cercano, tan familiar? Mi abuelo Tayde cuando iba al cerro y extraía piedras para vender, mientras fumaba sus Faros sin filtro miraba hacia la ciudad, era consciente de la brecha entre aquella masa gris y el reino vegetal que lo rodeaba todos los días. Después mi abuelo tuvo que mudarse junto con mi abuela Teresa y llegaron a Uruapan, fundaron una huerta de aguacate que nunca fue suya, cuidaron los alrededores, criaron
a sus hijos e hijas en medio de aquel bosque tropical, bajo la sombra de los mangos, los nísperos y las granadas que pertenecían a otros dueños. Era su propio Macondo donde mi madre nació y pudo apreciar unos segundos de ese paraíso. Pasaron los años y surgió la colonia “Casa del Niño”, dándoles un lugar dónde vivir. Mi madre creció y aprendió a recorrer las entrañas de aquella ciudad que apenas iba respirando el albor de los 80. Atrás quedaron los campos extensos de sueños febriles para darle paso a las avenidas y al aeropuerto que traería suspiros lejanos. De eso trata la canción “Las ciudades”, de José Alfredo, de esa distancia que nos han heredado, de esta extrañeza de la que somos parte, porque somos huérfanos de tierra en una ciudad que no nos pertenece. Mi abuelo antes de terminar su labor del día, carga la carretilla con el filo de varias piedras que serán los cimientos de algunas casas. También lleva algunas plantas que depositará en macetas para el puesto de los domingos, en el mercado local. Mi abuela Teresa mira el fogón mientras el agua del café casi hierve, y así como esa agua su sangre palpita por saber que quizá mañana tendrán que irse a otro terreno, en busca de una mejor vida.
José Alfredo Jiménez:
Centenario del cronista emocional
6 Por Ulises Leyva
Acien años de su nacimiento en Dolores Hidalgo, Guanajuato, el genio y la figura de José Alfredo Jiménez permanecen intactos en el imaginario popular de los mexicanos. Nacido el 19 de enero de 1926, el “Hijo del pueblo” no fue sólo el prolífico compositor de centenares de canciones, sino el cronista emocional de una sociedad que mientras transitaba del campo a la ciudad encontró en el tequila la elocuencia para expresar los descalabros del alma: el desamor, la derrota, la dignidad herida.
Tras la muerte de su padre, José Alfredo emigró a la capital para forjarse entre la necesidad y a la intemperie; fue mesero en “La Sirena”, un restaurante de la colonia Santa María La Ribera, y portero suplente en el equipo de fútbol Marte.
Fue en la Ciudad de México, en ese laberinto nocturno de cantinas y calles desoladas donde se configuró el mito. Sin formación académica ni musical, el bardo de Dolores componía “de silbidi-
to”, mientras que músicos como Rubén Fuentes tradujeron sus sonidos intuitivos en partituras inmortales.
Analizar a José Alfredo exige ir más allá de la apología, puesto que su obra es también un espejo incómodo de la crudeza de la sociedad mexicana: donde la exaltación romántica convive con la toxicidad machista y donde se entrecruzan la fanfarronería insolente y el desprendimiento amoroso.
Como señaló Carlos Monsiváis, José Alfredo fue el “poeta de la desolación” que logró que la canción vernácula ingresara al melodrama del barrio. En sus versos habita la paradoja del hombre que alardea y se proclama indomable pero se desmorona ante la mirada indiferente de la mujer amada.
José Alfredo nos enseñó que “la vida no vale nada”, verso que se convirtió en su epitafio y en una sentencia existencial del mexicano. Sin embargo, detrás de su lírica de la embriaguez, sus versos revelan una vulnerabilidad profundamente humana,
José Alfredo Jiménez nació el 19 de enero de 1926. Foto tomada de lanacion.com.ar
aquélla que asume el sufrimiento como una forma de nobleza. Sus canciones son los estertores emocionales de aquél que lo ha perdido todo menos el orgullo. Revisitar su obra en su centenario es una invitación a redescubrir una parte consustancial de la identidad nacional. José Alfredo logró que sus experiencias personales dieran forma a la “autobiografía” de un pueblo y de una época. Murió joven, a los 47 años, víctima de cirrosis hepática. Sin embargo, su legado
100 Años de José Alfredo
ha trascendido fronteras y sigue siendo interpretado por voces tan disímiles que van desde el rock hasta el bel canto.
A cien años de su llegada a este “mundo raro”, la obra de José Alfredo Jiménez sigue siendo memoria compartida y, su voz, patrimonio vivo. Celebremos, pues, al filósofo popular que supo transfigurar el sentimiento de cantina en un romanticismo de alcances universales.
*Instituto Nacional de Antropología e Historia.
Años de José Alfredo
El amor es Dios en la voz del Rey
6 Por Daniel Wence Partida
En ¡Hasta el último trago… corazón! (Déjame disfrutar films, 2005) Chavela Vargas asegura que cuando José Alfredo Jiménez dice “te vi llegar y sentí la presencia / de un ser desconocido”, se refiere a Dios. Dicho de otro modo, Chavela afirma que en José Alfredo, el amor es Dios.
* Yo era apenas un adolescente cuando me emborraché con mi padre por primera vez. Entre trago y trago, y dilucidando sobre José Alfredo, deduje que su canción más bella era Un mundo raro. A mi padre le parecía que la más hermosa era Ella. Un brindis como aquél se volvió habitual por esa época. Mi parte favorita de las veladas era desmenuzar los versos del Rey, y hacer una especie de análisis semántico con las pocas habilidades que había desarrollado en mis clases de lectura y redacción en el CBTis.
* Un mundo raro me recordaba mi propia rareza. Me hacía sentir que estaba bien. Deseaba desesperadamente algún día amar tanto como para dedicársela a alguien en el triste adiós. Afortunadamente la guardé para mí.
* En 2002 conocí a Don Chava, un hombre campirano dueño de tres vacas que vivía con su esposa Cata y sus dos hijos allá por el cerro de La Española. Lo primero que me agradó de Don Chava, fue que era tocayo de mi padre. Lo segundo, que tocaba la guitarra y tenía en su repertorio Un mundo raro. Solía decir: “Esta va para mi amigo Daniel”.
*
En mi pueblo, el único Don Chava era mi padre, y se sabía todas las canciones de José Alfredo.
*
6 Por Sigifredo Esquivel Marin
Para conjurar el abismo la música de Bach.
Para soñar con paraísos las rapsodias celtas.
Para combatir la migraña las Sonatas de Scarlatti.
Para recobrar la alegría la música de Mozart.
Pero sólo José Alfredo para sobrellevar el dolor.
En mi niñez, me contaba que José Alfredo era su compadre. Naturalmente le creía, era mi padre y ambos usaban sombrero. Me contó también que José Alfredo le dedicaba canciones en sus conciertos. Nunca quise preguntarle quién, entre todos mis hermanos y hermanas, era el ahijado: quería ahorrarme el rencor de no ser yo.
* En el universo fronterizo de Luis Humberto Crosthwaite, podemos leer: “y José Alfredo estaba junto a Dios, y José Alfredo era Dios”. Lo pienso como un guía sentimental de los pasos de los migrantes.
* Mi padre conoció a José Alfredo en la frontera. Allí se hicieron compadres. Luego se emborracharon en el Valle de Salinas, cuando mi padre iba a sus conciertos tras largas jornadas empacando lechugas.
* Igual que mi padre, siempre he pasado bastante tiempo en carreteras. Algo me hiere cada vez que paso por Salamanca.
* Di que vienes de allá.
* Por otro lado, es mi orgullo haber nacido en un pueblo muy pequeño. Pero no lo sabía. Lo supe hasta que mis posibilidades de volver se hicieron esporádicas.
* Un día escuché Las ciudades en la voz impresionante de Lola Beltrán. Me acababa de mudar a la ciudad de Aguascalientes. Echaba de menos Morelia. Ninguna de las dos era tan grande como para hacerme sentir el agobio que me producen las ciudades. Me serví un tequila y lloré.
* En mi siguiente visita a casa, nos sentamos a cantar y brindar bajo el camichín del patio, con el rasgueo de cuerdas de mi hermano en la guitarra que me regaló mi madre. Le dije a mi padre: “La canción más hermosa de José Alfredo, y tal vez de todas las canciones, es Las Ciudades”. Me dijo: “Ya estás aprendiendo”, y la cantamos juntos.
* Un día le dije a mi padre: “Creo que esa canción habla de Dios”, apropiándome de aquella fascinante interpretación de Chavela Vargas.
* Te dije adiós / y sentí de tu amor otra vez la fuerza extraña.
* A veces mi hermano y yo cantamos Las Ciudades, en la ausencia de nuestro padre. ¿Qué estaría sintiendo José Alfredo cuando la escribió?
* Todo indica que Las ciudades se lanzó en 1971, el mismo año en que aconteció el terrible y trágico Jueves de Corpus.
* En una de las últimas ocasiones en que mi padre y yo nos emborrachamos juntos, me dijo que algo era totalmente cierto en aquella preciosa ficción: José Alfredo sí le dedicó una canción en un concierto en Salinas. Antes de que subiera al escenario, se saludaron en la barra, se tomaron un tequila y brindaron por México. Cuando estaba por interpretar Caminos de Guanajuato, José Alfredo dijo al micrófono: “Esta canción va para mi compadre Chava, de Michoacán”.
* Salud por ambos.
José Alfredo Jiménez. Foto tomada del Instituto Cultural de México en España.
Y sabrán que por tus besos me perdí…
6 Por Lucía Rivadeneyra
Si alguien ha sido capaz de aprehender la infinita capacidad de azote que tenemos las y los mexicanos, fue el compositor José Alfredo Jiménez quien nació en Dolores Hidalgo, Guanajuato. La educación sentimental, en términos generales, durante el siglo XX, tenía que ver con la necesidad de cortarnos las venas en el desamor, echarnos sal y limón sobre la herida y luego tallarla, de preferencia en una cantina.
Él le cantó a la vida y a la muerte, a las mujeres y a los hombres, a su terruño, a la nostalgia, a la pobreza, a las cantinas, aquéllas que eran “lugares de hombres”, donde se podía mostrar el dolor por la indiferencia o la traición amorosa; de hecho, había solidaridad en los varones ante quien cantara: Si sus labios se abrieron fue pa´ decirme: ya no te quiero. / Yo sentí que mi vida / se perdía en un abismo profundo y negro como mi suerte. / Quise hallar el
olvido al estilo Jalisco. / Pero aquellos mariachis, y aquel tequila, me hicieron llorar.
Jiménez entonó que él no entendía esas cosas de las clases sociales. En la canción “Tú y las nubes” confiesa: Yo pa´rriba volteo muy poco. / Tú pa´bajo no sabes mirar… Yo no nací pa´ pobre. / Me gusta todo lo bueno.
Quizá algunos piensen que el guanajuatense era el machín por antonomasia. “Sin embargo, si bien José Alfredo reveló los abismos contradictorios y sorjuanescos del amor, que llevaba a los hombres a llorar a las cantinas (desarticuló la prédica del machismo y legitimó y promulgó las ‘lágrimas de los muy machos´, dice Carlos Monsiváis) también manifestó la vía a través de la cual la sabiduría popular sorteaba los grandes problemas: ‘la vida no vale nada, pero yo sigo siendo el rey…´”.i Los que padecen enamoramiento o abandono siempre tendrán como án-
Ella o la virilidad quebrada
6 Por Mario Alberto Medrano
La escuché por primera en la niñez y la escuché y repetí una y otra vez: Ella quiso quedarse cuando vio mi tristeza, pero ya estaba escrito que aquella noche perdiera su amor. Esta tragedia irrevocable, esa pérdida inmarcesible, me acompañó hasta ahora, forma parte de mi lista de reproducción, que a ciertas horas (inútil mencionarlas) es obligada.
Caí en la noche más profunda cada nueva playlist, otro nuevo inicio; otra vez la misma, ella, la de siempre, la de las noches y el tequila por tomar: “ultimadamente, a mí el amor me aburre; yo me largo”, dijo un soberbio Pedro Infante, justo antes de cantar Ella, con botellas vacías, hermanando con Antonio Badú el momento exacto de la derrota.
Nadie podría sintetizar el asombro de la derrota como él, con la sutil inteligencia emocional, perfecta; me cansé de rogarle, me cansé de decirle que yo sin ella de pena muero; el hombre que se agota, que se agosta; la virilidad quebrada, la mansedumbre, la confesión que lo vence; las cosas del mundo le estaban dadas al tenerlas, pero nunca pensó perder: al igual que para Schopenhauer, para José Alfredo Jiménez la satisfacción o felicidad (de alguna vez haber tenido a “ella”), terminaría en un dolor. Sus canciones, casi todas, reconocen el mundo y lo representan. El ciclo de la vida: comienza y termina llorando.
Sigo caminando con la noche a cuestas. Somos casi uno, la sombra de la resignación, pero del rencor vivo, de la
desolación disfrazada de altivez, que se fisura muy pronto: No podía despreciarme, era el último brindis de un bohemio, con una reina; los mariachis callaron, de mi mano sin fuerza cayó mi copa sin darme cuenta, ella quiso quedarse cuando vio mi tristeza, pero ya estaba escrito, que aquella noche, perdiera su amor. Había aún un breve gesto de conmiseración, una lástima antes de la caótica despedida. Las experiencias personales son intransferibles. No hay manera de enseñar a nadie mediante nuestros propios recuerdos o memorias: acaso, podrías recrear una situación, hacer un símil, pero nunca exactamente igual. José Alfredo, a diferencia de esto que digo, sí nos enseñó y nos dio un manual de la tragedia y el amor, de la vida y de la muerte. Aprendimos del desdén y el desamor por él, y cuando nos ocurre de verdad, compartimos el sentimiento atemporal de la caída, del beso no dado, de la emoción rota y pateada, de la mujer de la que “sólo nos queda un clavo fijo en la espalda, y algo tenue y acre, como el aroma que guarda el revés de un guante olvidado”. Y hay quienes pasamos de Catulo a José Alfredo sin el mayor esfuerzo. Leemos al primero y cantamos al segundo. Lo universal en ambos es el punto de encuentro: el amor, el tiempo y la muerte (claro, y sus contrapartes). José Alfredo es y ha sido y será nuestro amigo, el confidente, y hoy, a un centenario de su nacimiento, valdría pensar en sus cien años de soledad.
gel guardián a José Alfredo. Si alguien con mal de amores se niega a aceptarlo, después del tercer tequila, platicamos. Común denominador en su producción musical, el tequila, el trago en general: Me están sirviendo ahorita mi tequila / ya va mi pensamiento rumbo a ti o Si te cuentan que me vieron muy borracho / orgullosamente diles que es por ti o Me están sirviendo ya la del estribo. / Ahorita ya no sé si tengo fe. José Alfredo se escuchó en la radio, actuó en muchas películas y en programas de televisión. Su calidad innegable hizo que lo cantaran personajes como Jor-
ge Negrete, Pedro Infante, Lola Beltrán, Chavela Vargas… y, años después, Joaquín Sabina y Luis Miguel, entre otros. Una de sus mejores intérpretes fue Lucha Villa; hicieron duetos memorables. A 100 años de su nacimiento, está en el imaginario colectivo, en un billete de lotería, en la fonoteca nacional, en libros, en ensayos, en su Casa-Museo… ¡Salud en tu cumpleaños, José Alfredo Jiménez!
i José Agustín. Tragicomedia mexicana I. Planeta. México, 1994.
100 Años de José Alfredo
José Alfredo Jiménez (1926-1973). Foto del Museo José Alfredo Jiménez.
Años de José Alfredo
José Alfredo Jiménez
6 Por Marco Antonio Flores Zavala
En la temporada nodal, la misma de Favela y del “hola bebe”, José Alfredo Jiménez (enero 19 de 1926-noviembre 23 de 1973) es un copretérito auditivo. El guanajuatense, del mismísimo Dolores Hidalgo, está en las rocolas de cantinas viejas y karaokes nuevos, también está en las play list de plataformas de paga y en acceso libre. Al “Rey” lo cantan intérpretes muy aceptados en la radio, la televisión y el cine —cito a los de mi gusto: Lola Beltrán, Lucha Villa, Javier Solís, Luis Miguel…—.
Carlos Monsiváis lo escribió hace más de dos décadas: “Desde ‘Yo’, el autor es el héroe que elige ser antihéroe, es el marginal en el centro de lo auténtico. Le da lo mismo el prestigio social, nunca se entera bien a bien del tamaño de su fama, y vive —como lo informan las atmósferas de sus canciones— en la mitología del sedentarismo y el vértigo: borracheras, destino implacable, adoración sin límites de la pérfida, autocompasión asumida con el placer del triunfo. (No es ‘masoquismo’, es la gran creencia compensatoria de los marginales: uno es más verdadero en la derrota).
En esto José Alfredo no duda. En ‘El hijo del pueblo’,
una canción de principios de los cincuenta, proclama su ideario y su autobiografía: ‘Es mi orgullo haber nacido / en el barrio más humilde, / alejado del bullicio / de la falsa sociedad. / Yo no tuve la desgracia / de no ser hijo del pueblo’”.
No cito otros opinantes clásicos —pueden ser Poniatowska y Villoro, o los jóvenes—, baste señalar que la presencia y aceptación de José Alfredo han sido por el gusto musical y el sentimiento inmediato y los mitos construidos sobre la mexicanidad machista, alcohólica y derrotista. Puede aducirse que es un trovador en la “nación” mexicana, pero es dable indicar que para su creciente y permanente escucha —con dolor y afecto habla sobre amor y abandono en clave hombres—, contó con estaciones de radio con amplias coberturas en el país y por las películas donde participó como actor y cantante.
Por cierto, José Alfredo actuó en Juana Gallo (1961). Es Nabor, un compañero de María Félix. En redes circula una imagen del backstage: la diva descansa en un sillón, alrededor de ella están Luis Aguilar, José Alfredo y Ernesto Juárez Frías. Conversan en la vetusta alame-
da de la ciudad de Zacatecas. Los hombres que adoran rodean un mito viviente.
La vigencia del compositor está en las letras —no repetiré algún estribillo famoso—, señalo: la actualización del cantante, un “descendiente de Cuauhtémoc”, está en quienes lo interpretan. Con Luis Miguel y el video, en “La Media Vuelta”, se mantuvo el Rey, igual como ocurrió con Pedro Infante, Javier Solís y Jorge Negrete. Como todo terrenal, José Alfredo Jiménez, sigue en la voz y pensamiento de amplios sectores sociales —abajo las discriminaciones lo popular-culto, venga la hibridación cultural. El Rey está desde los adultos de la movida española a los hoy internautas que no repelan los géneros musicales.
Coda
Felicidades a Jánea, también al maestro Villegas, por los 700 números publicados. ¡Vaya trayectoria editorial! Como historiador de los medios de comunicación miro esfuerzo, competencia literaria y ética de la convicción. La Gualdra es un retrato de lo escrito y el consumo cultural regional.
José Alfredo Jiménez contra la gentrificación
6 Por Marcos Daniel Aguilar
He sido migrante toda mi vida, sin darme cuenta, dentro de mi propio país, dentro del centro-sur de México. Aunque nací en la CDMX, la mayor parte de mi infancia y adolescencia la viví en los pueblos del oriente del Estado de México. Además, culturalmente me reconozco más afín a forma de ser y hablar de los estados de Guerrero y Michoacán, de donde son mis abuelos y mis padres, que con lo típicamente chilango o defeño, como se decía antes. Ya en la juventud regresé a la Ciudad de México para habitar diferentes zonas como el norte donde nací y el centro que tanto me ha cautivado, no sólo por sus historias y su arquitectura, sino porque allí confluyen todo tipo de personas con usos, costumbres y lenguas diversas que me parecen enriquecedoras. Dentro de los barrios del centro está Santa María la Ribera, una de las primeras colonias del México moderno porfirista. Aquí vivió la clase media y la burguesía de finales del siglo XIX y comienzos del XX, pero después la colonia mutó en la posrevolución para convertirse en un barrio habitado por las clases populares, proletarias (ferrocarrileros de Buenavista) y la clase trabajadora. Es por este rodar del tiempo histórico que hoy vivo en Santa María la Ribera. Uno de los centros neurálgicos de este barrio aún popular es una cantina, el Salón París, lugar de bebidas y de comida como botana, de buen ambiente y amena música. Dentro de este local, ubicado al lado del quiosco morisco, se encuentra en una esquina la escultura del compositor e intérprete guanajuatense José Alfredo Jiménez, pues se sabe que él cantó y compuso muchas de sus canciones ahí. Dicen los meseros y el personal de la barra que allí compuso, entre otras, “Tu recuerdo y yo (Estoy en el rincón de una cantina)”. En este recinto josealfrediano, que por supuesto es uno de mis lugares preferidos, hay además recortes de periódicos y documentos que relatan también la llegada, crecimiento y éxito de este artista de la música ranchera, y de sus pasos migrantes por la CDMX: en un México en plena explosión demográfica y de urbanización. Y es que las letras de José Alfredo relatan justamente esta movilización de las personas del campo a las ciudades y de las dificultades citadinas que ponen en quiebre los recuerdos y las tradiciones
que luchan para no ser derrotadas por la apabullante modernización que todo lo diluye y lo blanquea.
Su música es la lucha constante de lo popular y su evolución contra los valores de un sistema económico y político que dicta que adoptemos formas de ser distintas a las nuestras, como lo europeo o lo estadounidense. Hoy, en pleno 2026, Santa María la Ribera y José Alfredo Jiménez, sentado en el rincón de esta cantina, continúan en esa lucha por el rescate de lo popular, ya que desde hace algunos años el barrio ha sufrido los estragos del desplazamiento de personas a manos de los nuevos proyectos urbanísticos gubernamentales e inmobiliarios que están comprando casas y departamentos a bajo costo para revenderlos a una clase media-al-
ta que nada tiene que ver con las costumbres barriales y que no le importa si éstas sobreviven o se pierden. La cantina París donde cantó José Alfredo sigue de pie resistiendo las amenazas de la cínica ultramodernidad y José Alfredo, como si fuera el Ángelus Novus de Paul Klee, observa cómo lo “nuevo” arrasa con la memoria y las tradiciones, pero observa no de manera pasiva sino en defensa de lo nuestro, de nosotros, de la clase trabajadora, de lo popular, de los que migramos, de los que tenemos historia y de quienes hemos construido un presente con base en el recuerdo de los del pasado. El Salón París y la escultura de Fello son símbolo de la lucha contra la gentrificación.
La cantina París, donde cantó José Alfredo.
José Alfredo Jiménez en el cine
6
Por Adolfo Nuñez
J.
Es innegable señalar que José Alfredo Jiménez es una de las figuras más emblemáticas de la música popular mexicana. Su legado también abarca el terreno del séptimo arte, especialmente durante la Época de Oro del cine mexicano.
Además de cantante y compositor, José Alfredo Jiménez también actuó en más de veinte películas, donde a menudo interpretaba sus propias canciones; tales como Ahí viene Martín Corona (1952), Camino de Guanajuato (1955), Guitarras de medianoche (1958), Cada quien su música (1959), Juana Gallo (1961) y Me cansé de rogarle (1966), por mencionar algunas.
A la par, sus composiciones también fueron utilizadas en algunas de estas películas para enriquecer la trama y el arco emocional de los protagonistas, volviéndose fundamentales en la construcción del arquetipo del charro, ese hombre dolido y orgulloso que se volvería una figura recurrente en el cine mexicano. Muchos íconos del cine mexicano interpretaron algunos de sus temas clásicos. Cantantes y actores como Pedro
Infante, Jorge Negrete, Lola Beltrán, Sara Montiel, Javier Solís y Chavela Vargas se disputaban las canciones de José Alfredo, las integraban a su repertorio y de esa manera fueron consolidando su carrera.
Pensar en la música de José Alfredo Jiménez es pensar en un imaginario de parajes rurales, en el desamor y en la masculinidad mexicana. Canciones como El rey, Si nos dejan, Amanecí en tus brazos o Caminos de Guanajuato son genuinos relatos cinematográficos, que expresan la intensidad, la nostalgia, el romance y la fatalidad que caracterizó a muchos filmes mexicanos de la época. José Alfredo Jiménez mantuvo una relación profunda con el cine mexicano, siendo sus canciones aquello que les daba voz a las emociones mostradas en la pantalla grande, amplificando su obra hacia nuevos espacios y en el proceso volviéndola patrimonio cultural. Su legado perdura como un puente entre la música popular y el cine, así como un retrato del sentir y la identidad de los mexicanos.
José Alfredo Jiménez, el cancionero del cine mexicano
6 Por Carlos Belmonte Grey
Sería complicadísimo contar la cantidad de canciones escritas por José Alfredo Jiménez que han sido utilizadas en películas. Es más simple mencionar que, según la página IMBD, el cantautor nacido en Dolores Hidalgo (Guanajuato) apareció como actor en 25 películas, desde su debut en 1951 (Los huéspedes de La Marquesa, Jaime Salvador) hasta su última en 1975 (La loca de los milagros, José María Fernández Unsáin).
Actor de pocas, principal de ninguna, pero cantante-actor en todas ellas. Algunas veces sus canciones dieron nombre a las películas: Guitarras de medianoche (Rafael Baledón, 1958), Camino de Guanajuato (Rafael Baledón, 1955) y Arrullo de Dios (Alfonso Corona Blake, 1967). Las dos primeras en el ambiente de la comedia ranchera y la tercera en el entorno que le fue más ajeno, el drama urbano. Todas ellas en unos de los primeros ensayos publicitarios de la industria fílmica, explotar la fama de un cantante gancho de las masas; convertir la canción-película en una fórmula de éxito seguro.
Muy joven pudo entrar al cine y estar al lado de la gran estrella del cine mexicano, Pedro Infante, en la serie Ahí viene Martín Corona y El enamorado, ambas realizadas por Miguel Zacarías en 1952.
Aquí, Jiménez es el compositor del corrido y aparece unos minutos para cantarlo. Aquí, su presencia no era el gancho, pero sus canciones eran indispensables. Desde ahí, sus canciones fueron usadas lo mismo para marcar la atmósfera de las películas o bien para darle continuidad a las historias, pero en todas las películas sus canciones se convirtieron en el momento de solaz y de tristeza de los personajes.
Cómo no recordar Escuela para solteras (1965), también de Zacarías, al lado de Antonio Aguilar, Luis Aguilar, Javier Solís, Amador Bendayán, Flor Silvestre, Manuel López Ochoa, Lucha Moreno, Carmela Rey. Una película que más parece un musical. Una película cuya historia está basada en el amor de los personajes declarado por sus 14 canciones y los diversos cruces de voces.
Es gracias a estas películas, que sirvieron más de telón de fondo para poner en escena la música del autor de “El mala estrella”, que el cine mexicano tuvo ecos en lugares en donde no había cines, pero sí radios.
En fin, para concluir, no se puede pensar en la historia del cine mexicano, tanto de la época de oro como de la crisis de los 1960s, sin las canciones del autor de “El silencio de la noche”.
100 Años de José Alfredo
Escuela para solteras
Ahí viene Martín Corona
José Alfredo Jiménez, como El Caporal, en la película Juan Gallo, de Miguel Zacarías
100 Años de José Alfredo
Tarugadas
6Por Mauricio Carrera
Cuando mudó de equipo y se fue al Marte, la Tota Carbajal le regaló sus guantes y sus rodilleras.
—Que te sirvan de una vez pa todo el año —le dijo.
José Alfredo salió del vestidor, el rostro menos parecido al amanecer que al crepúsculo, y marchó a La sirena, donde atendía mesas y lavaba pisos. La vida, que es misteriosa y cabrona. Desde que murió su padre los astros le dictaban carencias y chambas. El sueño de futbolista ídolo de las multitudes o de cantante famoso perseguido por las mujeres, se estrellaba con el trabajo cotidiano de mesero, muchas horas de pie, bandeja en mano para llevar refrescos y platillos, pantalón negro sin planchar y camisa blanca pringada de salsas y grasa. Vivía por Santa María la Ribera, en un cuartito de la calle Ciprés, y por esos rumbos se movía. Alrededor del Kiosco Morisco empezó a patear balones y a encontrarle gusto al fútbol. Era bueno, no para meter goles, para evitarlos.
—De portero, el Fello —así le decían. Apenas adolescente, se probó en el Oviedo y lo admitieron. Era entrón y ágil de piernas, buen guardavallas, de felino resorte y manos con pegamento. Por las mañanas entrenaba en el equipo, por las tardes mesereaba y por las noches agarraba la guitarra para abrirse corazón y entrañas, y componer canciones al estilo ranchero, como las que escuchaba de niño en Dolores Hidalgo, Guanajuato. De su padre, que era dueño de una farmacia, le heredó saber para qué servía tal o cual medicamento, su gusto por el whisky más que por el tequila, y su radio, para acompañar con bravío sentimiento a los cantantes de moda.
—Fello, escucha, si quieres dinero para un mundo más bonito, canta —le dijo.
Al poco tiempo quedó huérfano y José Alfredo marchó con su madre a la Ciudad de México para hacer la vida. Entró a la escuela y trabajaba de lo que fuera, con tal de llevar uno o dos alegres pesos a casa. Que de voceador, de voceador; que de repartidor de abarrotes, de repartidor de abarrotes. Jugaba fútbol callejero con el consuelo de los esclavos que han sido liberados. Sudoroso de jugar por horas, se imaginaba vitoreado como Horacio Casarín, su ídolo, el gran jugador del Necaxa.
—Si quieres ganar dinero, de boxeador o futbolista —era el consejo popular.
No era bueno para los golpes, nunca lo fue. Cuando el Marte lo contrató, fue feliz. Sus días de gloria se acercaban. Por un tiempo fue el portero titular. Llegaba desvelado y cansado a los entrenamientos. En La sirena, además de su chamba como mesero, formó un trío musical: Los rebeldes. Tocaban y cantaban en ese restaurante de guisos y antojitos mexicanos, e iban a echar gallo, si los contrataban. Los pesos extras nunca están de más. Atendían peticiones, y de cuando en cuando, metían alguna canción de José Alfredo.
“Yo”, y “Ella”, eran de las que más gustaban, de las primeras que compuso.
“Me cansé de rogarle, / me cansé de decirle/ que yo sin ella de pena muero…”.
Su entrenador, el Flaco Trelles, cada que lo veía llegar desvelado, oloroso a alcohol, la guitarra al hombro o a rastras, antes de cualquier partido de la larga temporada, lo regañaba:
—Si te dejaras de tus tarugadas de canciones, serías el mejor portero de México.
Un día el destino metió sus grandes narices.
Se enfrentaron, en un esperado encuentro, el Real España contra el Marte.
—¡Fello!
—¡Tota!
Eran viejos amigos y se saludaron con entusiasmo. Se conocieron desde niños en la Santa María la Ribera. Sabían de hambres, juegos, novias y sueños. La Tota Carbajal trabajaba en una vidriería en la calle de Cedro. Fueron a la misma escuela, se echaron sus cascaritas y coincidieron en el Oviedo, que nunca fue un equipo profesional, sólo amateur. Fello le mostró los guantes y las rodilleras que le había regalado unos meses antes. Aún los usaba. Se dieron un abrazo y se desearon buena suerte. Uno de ellos se persignó, el otro deseó tener un par de horas más de sueño.
Ahora se enfrentaban. Las tribunas del Parque España, a reventar. Era un encuentro importante, se disputaban el primer lugar en la tabla de posiciones.
La Tota Carbajal se veía enterito, siempre había sido un hombre robusto y bien plantado. Su rostro, viril y decidido. José Alfredo, en cambio, de complexión más pequeña, menos afortunada, venía desganado, crudo, con un desvelo de varias noches. Era como un cuervo acechado por la hambrienta zorra. La Tota, de boina, su uniforme como recién salido
de la tintorería, impecable. José Alfredo, todo de negro, con sus zapatos de tacos viejos y desgastados, su suéter de portero con los codos raídos. El árbitro silbó para dar inicio al partido.
La Tota, convertido en un muro, se dedicó a parar todos los tiros a su portería. Un lance afortunado, un salto a su izquierda con el que detuvo un gol seguro, un disparo que desvió de un puñetazo para conceder tiro de esquina. Se veía seguro bajo los tres palos. Terminó el primer tiempo con empate a ceros.
En los vestidores, el Flaco Trelles notó el desgano de José Alfredo.
—Tú y tus tarugadas —le dijo.
El segundo tiempo inició con un sol a plomo y con el Real España decidido a ganar. Sus embates se sucedían uno tras otro, con centros cargados de veneno desde las laterales. José Alfredo, que sabía posicionar a gritos a sus defensas, logró aguantar sin un tiro directo o un cabezazo de verdadero peligro. La Tota se lució con dos paradones que despertaron el aplauso entre sus fanáticos.
Hacia el final del partido, el cero cero mantenido con denuedo y gallardía, cambió de manera inesperada. La suerte estaba echada para cambiar no sólo el marcador sino el destino. Un tiro por alto con poca fuerza, dirigido a la portería del Marte, fue medido por José Alfredo, quien se elevó para tomarlo entre sus manos. Una jugada de rutina. Tal vez fue el sol, que lo deslumbró. Tal vez se confió demasiado en sus habilidades. Sucedió lo impensable. El balón resbaló sin poder sujetarlo y se metió de manera casi ridícula a la portería.
Los abucheos no se hicieron esperar. El Flaco Trelles no ocultaba su enojo, mentándole la madre al pendejo de su portero. Perdieron el partido por un gol a cero.
El contrato de José Alfredo fue rescindido entre reproches e insultos.
Esa noche tomó la guitarra, bebió a pico una botella de whisky y se puso a componer —se sonrió con ironía— otra de sus tarugadas.
“Canto al pie de tu ventana/ pa que sepas que te quiero. / Tú a mí no me quieres nada, / pero yo por ti me muero…”.
Al día siguiente regaló sus guantes y sus rodilleras de portero a unos niños que jugaban enjundiosos junto al Kiosco Morisco de la Santa Maria la Ribera.
José Alfredo Jiménez con el trío Los Rebeldes. 1947. Fotografía de Leonardo Borbolla. Museo José Alfredo Jiménez, Dolores Hidalgo, Gto.
José Alfredo Jiménez fue futbolista
Si te acuerdas de mí no me menciones
Cien años del natalicio de José Alfredo Jiménez
6Por Carlos Alberto Torreblanca Padilla
A mí quien más me gusta es José Alfredo Jiménez, que no había leído un libro en su puta vida y escribió canciones maravillosas, para morirse.
Joaquín Sabina (Sabina y Menéndez 2006:359)
Como que me quiero acordar que la primera vez que escuché a José Alfredo Jiménez, cantaba la canción de “Ella” en la sala de la casa, mi padre la repetía junto con “Un mundo raro” en la consola tocadiscos. Para ese entonces apenas habían pasado cuatros años de su muerte, pero como hasta la fecha, seguía presente con sus canciones. En las nocturnas reuniones con los bohemios amigos del barrio en Fresnillo, con guitarras en manos, acostumbrábamos a entonar las canciones del rey de la canción ranchera, afinando la garganta con algunas bebidas espirituosas. Qué le debo a la vida, que después me llevaría por el camino de Guanajuato, tierra que no conocía. Me instalé en el INAH Guanajuato, a través de las comisiones para atender denuncias de hallazgos arqueológicos, comencé a recorrer el Estado siguiendo a José Alfredo Jiménez.
Llegué al “bonito León Guanajuato, su feria con su jugada, donde la vida no vale nada”; cuentan con un amplio patrimonio arqueológico destruido por el crecimiento urbano y demográfico. Posteriormente, aunque la frase dice “No pases por Salamanca, que ahí me hiere el recuerdo, vete rodeando vereda”, sí llegué a recorrerla apoyado con los salmantinos para el rescate de su patrimonio arqueológico.
“El Cristo de tu montaña, el cerro del cubilete” fue nuestra salvación en una ocasión, debido a que nos internamos por la sierra en búsqueda de senderos para cortar caminos, entre San Felipe y Guanajuato capital, en un momento nos extraviamos, pero el cristo de la montaña apareció en el horizonte como punto de referencia, indicando el Cerro del Cubilete y con ello retomamos el rumbo correcto a nuestro destino. También transité por el angosto “camino a Santa Rosa, la sierra de Guanajuato” para ver, tras lomita, a Dolores Hidalgo.
En una expedición, junto con mis colaboradores, fuimos a La Montesa, en el municipio de Villa García, Zacatecas, con la finalidad de registrar un sitio rupestre. Al concluir nuestra estancia en el lugar, durante el retorno a Zacatecas, José Alfredo Jiménez nos acompañó con sus canciones, haciendo ameno el camino. Repasamos todas sus canciones y recordábamos distintos momentos cada uno con sus letras.
Esto viene a colación porque la can-
ción del Jinete me remitió a La Quemada; recordé que Antonio Aguilar, el charro zacatecano, aparece en una escena, montado a caballo, trotando desde la Pirámide Votiva, pasando por la cancha del juego de pelota y termina en el Salón de Las Columnas. Cuando inicia la escena, aparece a un costado de la pirámide Votiva, y la primera estrofa de la canción dice: “por la lejana montaña, va cabalgando un jinete”, qué coincidencia la referencia a la montaña, debido a que las pirámides representaban a la montaña sagrada. En fin, José Alfredo Jiménez, se inmortalizó por sus canciones, se convirtió en el símbolo de canción ranchera en México, su tumba en Dolores Hidalgo es un monumental sombrero charro
y un colorido sarape. En el centro de su ciudad natal, se recuperó la casa donde nació y ahora es un museo dedicado a este destacado cantautor; tuve la oportunidad de recorrerlo, si bien tiene una museografía tradicional, las innovaciones tecnológicas valen la pena, además de los textos, hay audio para escuchar sus canciones y ver escenas de películas donde participó. Es interesante leer la opinión de varios artistas sobre este destacado compositor guanajuatense, en particular la de Joaquín Sabina, lo cual me remite a una entrevista que le hiciera Javier Menéndez Flores, donde le comenta su admiración por José Alfredo Jiménez: “Que te den lo que no pude darte / aunque yo te haya dado de todo… ¡No se puede
100 Años de José Alfredo
escribir mejor!... Cuántas cosas quedaron prendidas / hasta dentro del fondo de mi alma… ¡Mira qué versos! ¡Ni Mallarmé lo mejora! Cuántas luces dejaste encendidas, / yo no sé cómo voy a apagarlas. Es que no se puede escribir mejor…” (Sabina y Menéndez 2006:359).
Se cumple un centenario del nacimiento de José Alfredo Jiménez, y seguiremos escuchando y dedicando canciones, hoy es parte del patrimonio cultural mexicano, así que agradezco a este importante compositor “por el día que llegaste a mi vida…”.
Sabina Joaquín y Javier Menéndez Flores 2006 Yo también sé jugarme la boca. Sabina en carne viva. Ediciones B, Argentina. *CINAH Zacatecas.
José Alfredo Jiménez. Foto tomada de Instagram.
100 Años de José Alfredo
José Alfredo Jiménez, mexicano por fortuna
6 Sonia Medrano Ruiz
Tomás Méndez, Agustín Lara y José Alfredo Jiménez. Foto tomada del artículo de Felipe Jiménez. revista-liber.org
Nos complace conmemorar el primer centenario del natalicio de José Alfredo Jiménez
Sandoval nacido el 19 de enero de 1926, en el barrio más humilde, alejado del bullicio y de la falsa sociedad en el municipio de Dolores Hidalgo, Guanajuato. A temprana edad en una cantina (cambió sus) canicas por copas de vino. Vivió solamente 47 años, como él mismo lo dijo, fue muy feliz con su pobreza, pero nos
i https://www.youtube.com/watch?v=AnoJkvUHN5I
dejó un gran legado musical de variados géneros como canciones, huapangos, boleros y corridos. En una ocasión le pregunté al ya también desaparecido maestro Ernesto Juárez ¿Cómo era José Alfredo? Me comentó que era una fina persona y que con frecuencia lo veía componiendo canciones y le confesó que tenía que beber para escribirlas porque en ese estado de embriaguez afloraban mejor sus ideas
ii Jesús Jáuregui, El Mariachi. Símbolo musical de México. México: INAH-CONACULTA-Taurus, 2007, p.156.
y le llegaba la inspiración, por ello le sugirió que hiciera lo mismo. Aunque Ernesto no siguió su consejo, cultivaron una bella amistad y compartieron créditos en la película inspirada en la canción Juana Gallo de Juárez, en la que se interpretaron las canciones No voltiés pa´tras y Eres Buena o Eres Mala de Jiménez, quien además actuó como Nabor el Caporal. El doctor Jesús Jáuregui, argumenta que las composiciones de José Alfredo contribuyeron en la transición del mariachi de cuerdas sin trompetas, al moderno con su “nuevo discurso ranchero”, porque tomó distancia del tradicional son jalisciense para incluir elementos del bolero urbano.ii Otro músico zacatecano, don Florentino Raygoza Meza†, quien fue uno de los tres violinistas del mariachi que acompañaba al cantante y compositor guanajuatense en la gira de Colombia lo recordó así:
“Él era muy buena persona, no como el personaje de la película, que lo hacen ver como peleonero, nunca lo vi pelear físicamente, pero sí era muy celoso. Él me decía El Grande, por mi estatura y yo le decía: don José y me decía —no me digas así, dime José—. No, cómo cree que le iba a hablar de tú. Me contaba anécdotas de sus propias canciones. Era bohemio, y con Chabela Vargas se ponían unas […] a veces teníamos compromisos y los tuvimos que sacar de la cantina […] un día se le descompuso el carro y Chabela le andaba puchando, andaban pero bien ‘zumbados´. Todas esas cosas las llevo en el alma”. iii
Con acompañamiento de mariachi, trío, banda, y con orquesta, Jiménez describió paisajes campiranos y sobre todo como orgulloso descendiente de Cuauhtémoc, dejó escapar de su alma emociones tan humanas desde la gratitud, alegría, amor incondicional y valentía, hasta la cólera, el deseo suicida, cobardía incluso la venganza, lo que nos recuerda nuestra propia naturaleza; considero que esa autenticidad y franqueza son las que nos han hecho vibrar y llenar otra vez (nuestras) almas de ilusiones y a él lo han llevado a la inmortalidad y a declarar que ¡La vida no vale nada! Lo mismo que a decir… yo compongo mis canciones pa que el pueblo me las cante, y el día que el pueblo me falle, ese día voy a llorar. Él tuvo la fortuna de despedirse de su público en un programa en vivo expresando “De veras, muchas gracias por haberme aguantado tanto tiempo, desde 1947, hasta 1973, y yo siento que todavía me quieren. Y saben por qué, porque yo he ganado más aplausos que dinero. El dinero, pos no sé ni por dónde lo tiré por ahí. Pero sus aplausos, ésos los tengo aquí adentro de mi corazón, ésos se van conmigo hasta la muerte”. iv
Festejando la emisión número 700 del suplemento cultural La Gualdra, de La Jornada Zacatecas, a 100 años del nacimiento de José Alfredo celebramos con júbilo que su legado sigue y seguirá vivo, él siempre recordado como El Rey de la canción vernácula, y como el Hijo del pueblo mexicano.
iii Florentino Raygoza Meza, “Don Flore”, “El Grande”, “El Guitarrilla”, músico, 74 años originario de Zacatecas. Integrante de: Mariachi Los Caporales del Centro, Los Palmeros de Guadalajara, y del Mariachi Monterrey. Director fundador de la Orquesta Típica del Ayuntamiento de Zacatecas, entrevista inédita realizada por Sonia Medrano Ruiz, en la Ciudad de Zacatecas los días 08 y 14 de julio de 2015.
iv Video de José Alfredo Jiménez cantando en vivo en 1973. https://www.youtube.com/watch?v=oJsiIBrPJhU