SUPLEMENTO CULTURAL
NO. 605 /// 22 DE ENERO DE 2024 /// AÑO 13
DIR. JÁNEA ESTRADA LAZARÍN
José Agustín (1944-2004). 1992, Zacatecas. Foto de Pablo Pedroza.
“José Agustín participó a través de su literatura en esta exploración por encontrar un lugar en un mundo de posguerra mayor comunicado entre sí, en donde lo mexicano pudiera tener cabida ante la naciente globalización que por décadas acapararía todo. Por medio de sus novelas, este escritor creó personajes que estaban fuera del sistema establecido, outsiders que renegaban de las órdenes de sus padres, de la iglesia y del gobierno, pero que a la vez deseaban fincar nuevos territorios de libertad por medio de la fiesta y el goce”. Marcos Daniel Aguilar
[José Agustín, In Memoriam]
La Gualdra No. 605
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LA GUALDRA NO. 605 /// 22 DE ENERO DE 2024 /// AÑO 13
Editorial A finales del año pasado comenzó a circular la noticia de que José Agustín estaba muy enfermo. Sabíamos que, desde aquel abril de 2009, de alguna forma, habíamos perdido al escritor porque después de ese accidente en el que cayó al foso del teatro en el que estaba nunca las cosas volvieron a ser igual; pero nos quedaba el José Agustín de carne y hueso, el que había procreado una familia junto con su Margarita, su esposa, con quien vivía desde hace años en Cuautla y quien se dedicaba a acompañarlo, a amarlo desde hacía 6 décadas atrás. “Con esto ya mi trabajo aquí se va terminando”, dijo el 4 de enero, y fuimos muchos quienes, ahora me doy cuenta, buscamos en nuestros libreros los ejemplares de sus obras para volverlas a leer; apenas la semana pasada recomendaba aquí la lectura de Ciudades Desiertas, que conocí en 1988 y la recuerdo casi de memoria. El 16 de enero, cuando estaban a punto de dar las 2 de la tarde, escuché en la radio a Denis dar la noticia ya confirmada de que José Agustín acababa de fallecer. Tuve que detener la marcha, una tristeza inusual me golpeó la cara. No fuimos amigos, sólo lo vi una vez en mi vida y fue en la década de los 90 en la recién desaparecida librería Andrea, en el centro histórico de Zacatecas, a donde llegué a escucharlo y a pedirle que me firmara un libro; pero, sentía que lo conocía porque él se había encargado, con sus historias, de decirnos a quienes lo leímos cuando éramos adolescentes que le éramos familiares, que no estábamos solos y que había alguien en el mundo que parecía decirnos: “Ya sé quién eres, te he estado observando”. Ay, Jonás qué ballenota; la noticia de su muerte fue eso, una ballena gris en el asfalto de esta ciudad que en muchas ocasiones visitó a invitación, la mayoría de las veces, de su amigo José de Jesús Sampedro. Además de su literatura, compartió con nosotros su sabiduría musical y su amor por el cine; al respecto, es importante destacar que en 1973 se anunció como parte de las actividades de inauguración del Tercer Concurso de Cine Independiente Luis Buñuel, organizado por la UAZ, el estreno de la película Luz externa, dirigida por José Agustín y en cuyo elenco
participó, entre otros, el escritor Alberto Huerta. José Agustín fue jurado de ese concurso; en esa época también vino a Zacatecas a las reuniones que en torno a la literatura organizaba Sam, y en las que también participaron Alejandro Aura, René Avilés Fabila, Gerardo de la Torre, Andrés González Pajés, Efraín Huerta, Humberto Guzmán, entre otros; esas actividades darían como resultado, en esa misma década, “la formación del Taller Literario José Revueltas, que agrupó a los jóvenes poetas y narradores zacatecanos de la época”.1 Este año, José Agustín hubiera cumplido 80 años, pero ya no estará aquí para darse cuenta de lo mucho que lo apreciamos y seguimos leyendo porque es, sin duda, un escritor fundamental de las letras mexicanas, por eso en La Gualdra nos unimos a la celebración de su vida. El mismo día que nos enteramos de su partida, comenzaron a llegar los textos que conforman este número especial dedicado a su memoria y en el que participan Alma Ríos, Eduardo Campech Miranda, Mariana Giacoman, Rodrigo Ramírez del Ángel, Sigifredo Esquivel Marin, Adolfo Nuñez, Marcos Daniel Aguilar, Rebeca M. Aragón y Daniel SanMateo; Pablo Pedroza nos compartió también las fotografías que tomó en 1992 en una de las visitas de José Agustín a Zacatecas; y José Agustín -hijo- nos permitió publicar dos de las fotos de su archivo familiar. Desde aquí, a nombre de todo el equipo gualdreño, manifestamos nuestra solidaridad a toda la familia del maestro José Agustín. Que las palabras de sus lectores -muchos de ellos ahora escritores- acompañen el camino de este escritor que tanto nos dio y que la música acompañe su memoria. Tu trabajo aquí no ha terminado porque seguiremos leyéndote. Ya-te-extrañamos-José. Jánea Estrada Lazarín lagualdra@hotmail.com
Directorio
Ver” Entrevista con José de Jesús Sampedro”. 15 de junio de 2018.Video columna gualdreña para La Jornada Zacatecas, disponible en: https://www. youtube.com/watch?v=AOLohzhPqJU 1
Carmen Lira Saade Dir. General Raymundo Cárdenas Vargas Dir. La Jornada de Zacatecas direccion.zac@infodem.com.mx
Contenido El rock de la fortuna Por Eduardo Campech Miranda José Agustín: el rock de la libertad Por Alma Ríos
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¿Y tú, qué has vivido? Sobre leer a José Agustín por primera vez Por Mariana Giacoman
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Pero no, no podría ver la cara de los asistentes al velorio… Por Rodrigo Ramírez del Ángel
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José Agustín, Jung y la contracultura (Apuntes sobre la imaginación onírica y la vida soberana) Por Sigifredo Esquivel Marin
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José Agustín en el cine Por Adolfo Nuñez J. José Agustín Constructor del mexicano posmoderno Por Marcos Daniel Aguilar
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¿Cuál era la onda? Por Rebeca M. Aragón
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Cerca de la luz Por Daniel SanMateo
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Jánea Estrada Lazarín Dir. La Gualdra lagualdra@hotmail.com Roberto Castruita Diseño Editorial
La Gualdra es una coproducción de Ediciones Culturales y La Jornada Zacatecas. Publicación semanal, distribuída e impresa por Información para la Democracia S.A. de C.V. Prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta publicación, por cualquier medio sin permiso de los editores.
Juan Carlos Villegas Ilustraciones jvampiro71@hotmail.com
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El rock de la fortuna
6 Por Eduardo Campech
Miranda
6 Por Alma Ríos
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ivíamos en una sociedad autoritaria, hipócrita, mezquina, con culto al qué-dirán y que para mostrar su ‘seriedad’ exigía la rigidez, la inmovilidad, la inacción. Una carcajada era síntoma de mal gusto y hablar con naturalidad, sin poses, sin prejuicios ni convenciones, era un atentado contra el ‘sistema de vida…”. José Agustín en El rock del apando. La caracterización que hizo José Agustín de la sociedad pre-rock en México que, sostuvo, hacía necesaria una música liberadora para aquellos jóvenes, sustenta también la irrupción de su propia literatura años más tarde, porque esa sociedad no había cambiado gran cosa. La suya fue una narrativa sin piedad que encueraba los hechos y escupía los pensamientos jóvenes sin anestesia, con absoluta irreverencia, y en México, ¡oh, escándalo!, expresándose sin sentido de culpa. Había roto con el sino del pecado original. El idioma joseagustiniano habla de la intensidad de una generación que fue sujeto de cambios radicales en lo cultural, lo social, lo político. Y en su ejercicio juguetón del lenguaje, de los muchos recursos narrativos que incluyen onomatopeyas, la intensidad de los superlativos, los adjetivos compuestos por varias palabras unidas con los que acentuaba la caracterización de lo ridículo o ridiculizaba lo caracterizado (hoy diríamos “troleadores”), extranjerismos y citas de letras rockeras, nos llevó hábilmente a su ritmo vertiginoso, rebosante de vitalidad, a veces de euforia,
También leía muchísimo: primero los libros que compraban mis hermanos: Juan Cristóbal, Rojo y Negro, Crimen y castigo, cuentos de Poe, de Gogol y de Maupassant, Ana Karenina, Tonio Kröger, mucho Sartre, Hesse y Camus. […]Pero los libros que en verdad me marcaron fueron Lolita, de Nabokov, Tierna es la noche, de Scott Fitzgerald, La cantante calva, de Ionesco, y La iliada, La odisea y La eneida.
En esas páginas perdí la inocencia (más no la virginidad). Tiempo después compré dos títulos más del mismo autor. Nunca los leí: La tumba, y Se está haciendo tarde. El primero tiene una maldición: cada que lo obtengo (por adquisición, obsequio o resguardo), lo presto y nunca vuelve. La maldición es para mí, porque -supongo- para quienes no lo devolvieron se tornó en una lectura entrañable. Algunos años después compré Tragicomedia mexicana, tomos 1 y 2. En la librería Andrea el autor los presentó. Aproveché para solicitarle me los dedicara. Estos libros han sido causas de un par de noches sin dormir derivadas de la lectura. Nunca como entonces había disfrutado la historia de México. Al momento de recuperar estos recuerdos no tengo duda de que fui afortunado de encontrarme libros de José Agustín en el comienzo de mi biobliografía. Qué mejor
maestro para la iniciación en estos ámbitos, para hacer propia -en aquellas cortas noches- de lo que experimentó Bastian Bux al encontrar aquel libro. Qué afortunado fui
de leer en mi juventud a José Agustín. * 1972. Mediador de lectura.
José Agustín: el rock de la libertad Agustín es de estos últimos por su honestidad, su complicidad con aquellos jóvenes y los que siguieron, porque el espíritu de su literatura es una con “lo joven”. No sé si logró ser “un guerrero” como expresó en algún momento hubiera querido, pero si no, se acercó mucho a su espíritu: “impecable, implacable, audaz y simpático”. Su filia castanediana también muy de los sesentas y, en su caso, privilegiada por su cercanía con el autor de Las enseñanzas de don Juan, nos invita a recuperar de su propia traducción a El don del águila (La oración del guerrero), con el ánimo de que su herencia como escritor, ensayista, dramaturgo, traductor, director y guionista de cine, amante y difusor del rock, perviva siempre libre, intensa, irreverente, curiosa, viva, muy viva. Que sea uno con la Libertad, Maestro:
de juventud, pues, regalándonos un vínculo gozoso con la literatura y la música. Un ánimo de búsqueda de experiencias sin fronteras; una narrativa innovadora, ágil, y muchas veces ingeniosamente hilarante. José Agustín Ramírez Gómez también nos compartió sus inmersiones y hallazgos en la
psicodelia construyendo la crónica de las experiencias sesenteras (soundtrack incluido), para manifestar desde la honestidad su clara identidad transgresora. Hay autores leídos y admirados, “de culto”, les llaman, y hay otros que además llegan a ser auténticamente queridos por sus lectores, José
“Ya me di al poder que a mi destino rige. No me aferro ya a nada, para así no tener nada que defender. No tengo pensamientos, para así poder ver. No temo ya a nada, para así poder acordarme de mí. Sereno y desprendido el Águila me dejará pasar a la libertad”. * Zacatecas. Periodista. Propietaria de la Librería El Árbol, librería de uso. Vive en Zacatecas.
José Agustín In Memoriam
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or aquel entonces, me refiero a 1990-1991 aproximadamente, recién había descubierto los placeres de las lecturas. En ese incipiente camino, y sin idea de a quién dirigirme para una orientación, deambulaba los fines de semana por la ciudad que se convertiría en mi hogar en los próximos años. Una trayectoria regular sabatina era cruzar el edificio de la Plaza Juárez, ingresando por la avenida del mismo nombre para salir por el jardín homónimo (el benemérito de los lugares públicos). Justo en ese acceso, a mano derecha, se encontraba un establecimiento que vendía periódicos y revistas, además -en menor medida- libros. Me gustaba ese sitio porque no me ahogaba en un mar bibliográfico como me sucedía en la biblioteca pública o librerías. En una de esas visitas un ejemplar con colores rosa y verde en su portada llamó mi atención. El título lo hizo más atractivo: El rock de la cárcel. Al lado había otro título: ¡Ahí viene la plaga! Adquirí ambos. Disfruté más el primero, una autobiografía, cuyo precio fue de $16,900. Fue un espejo en el que se reflejaban mis anhelos juveniles y de aventuras, narraba acontecimientos que me hubieran gustado vivir y lo hacía con un lenguaje cercano al mío. Era una conversación entre amigos. Fue una hipotética guía lectora para mi nulo acervo referencial de
literatura. Subrayaba los libros y autores que se mencionaban en la obra:
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¿Y tú, qué has vivido? José Agustín In Memoriam
Sobre leer a José Agustín por primera vez 6 Por Mariana Giacoman
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n mi vida, la palabra de mi abuela siempre fue ley. Y ella, maestra de literatura, insistía en que cuando yo entrara a la preparatoria, debía leer a José Agustín. José Agustín, así, sin apellido. Como todos aquellos cantantes mexicanos sin apellido: Angélica María, Juan Gabriel, Luis Miguel. Aquel nombre no me decía mucho. No sabía qué imaginar sobre él, ni me entusiasmaba particularmente. Lo leeré después, repetía para mis adentros. Sin embargo, al momento de entrar a la preparatoria, me convertí en mi versión más malhumorada. Leía cualquier cosa que se me cruzara con tal de no escuchar a mis profesores, obstinados en que aún a nuestra edad teníamos que pedir permiso para ir al baño. Necios en que tomar una mala decisión de qué carrera estudiar podría, como un maleficio, arruinar el resto de nuestras vidas. Recordé aquel libro que se me había recomendado, La tumba, y lo descargué en la tableta que usaba para leer en clase sin que se notara demasiado. Me encontré con algo increíble: el protagonista, Gabriel Guía, tenía mi edad y estaba más fastidiado que yo. Gabriel Guía no es un personaje especialmente entrañable. Es difícil quererlo, es arrogante y a su corta edad confía en que lo sabe todo. Desdeña a Nietzsche, habla francés con tanta naturalidad que corrige a su propia maestra, escribe cuentos que su profesor de literatura confunde con los de Chéjov. Es
temerario y seductor. ¿Pero qué adolescente es así?, se preguntará el lector. Todos, pienso. No hay nada más sintomático que aquella ingenuidad, creer que se sabe todo. Creer que se sabe algo. José Agustín escribió La tumba cuando él mismo era un adolescente en el taller de Juan José Arreola. Se dice que tenía quince, dieciséis, diecisiete años. A Arreola le gustó tanto su trabajo que lo publicó, y con ello, comenzó la desmitificación de la figura del Escritor Mexicano, en mayúsculas. ¿Quién era este tal José Agustín? Un joven al que le encantaba el rock, que había ido a una campaña de alfabetización en Cuba, un muchacho loco de amor por su novia de la prepa, Margarita. Un hombre que quizás nunca tuvo edad. Hace algunos años, recuerdo, un escritor español publicó un artículo sobre la edad a la que se debe escribir una novela. Para escribir una novela, decía el escritor, se deben tener por lo menos treinta años. Porque antes de eso, no se ha vivido nada que pueda contarse. La poesía, argumentaba, puede escribirse a cualquier edad. ¡Pero la novela requiere madurez, experiencia, sensibilidad que sólo un adulto-adulto puede tener! Un divorcio y una deuda, le faltó agregar. Me acuerdo, también, aquella escena de Y tu mamá también, donde el personaje interpretado por Diego Luna le dice a un pariente suyo que quiere ser escritor. Éste le responde que ser un escritor de verdad no se trata de escribir “cuentitos de prepa o de la universidad”. Además, el ver-
/// José Agustín (1944-2024). Foto de Pablo Pedroza.
dadero escritor tiene que haber vivido. Sí, Tenoch, se burla el personaje de Gael García, ¿tú qué has vivido? José Agustín entendió, quizás sin proponérselo, que la escritura se trataba de otra cosa. Pienso en el momento histórico en el que se publicó La tumba, 1964. Se estaba en pleno boom latinoamericano, con escritores como Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes, cuyas obras contaban con una marcada preocupación social. La muerte de Artemio Cruz, por ejemplo, cuestionó la identidad mexicana post-revolucionaria, el fracaso de proyecto de una nueva nación, la revolución institucionalizada. Alguna vez escuché a alguien decir que el boom latinoamericano fue una época en la que cada seis meses se publicaba una obra maestra. ¿Pero dónde quedaba lo demás? Las pequeñas preocupaciones y las pequeñas crisis. Creo que fue la honestidad de José Agustín la que enamoró a miles de lectores a lo largo de las décadas. Mientras los Escritores en mayúsculas escribían sobre la identidad colectiva, el joven rebelde quiso contar la historia de un adolescente aburrido, de clase alta, obsesionado con la música y un mundo delimitado por el azul del techo en su habitación. Si alguien le hubiera preguntado ¿qué has vivido para creerte escritor?, afortunadamente, él lo hubiera mandado a volar. Pienso en la adolescencia de Gabriel Guía y después, en la mía. No pudo haberme tocado una más distinta. En 2011 comenzó la era de Instagram, y con ello, la obsesión con la
imagen propia y el realzamiento –quizás artificioso– de la belleza cotidiana. Las pantallas de los celulares se llenaron de fotografías de todo tipo: un perfecto desayuno a punto de ser devorado, un viaje a Disneylandia, el libro del momento sobre la mesa de una cafetería, un bikini marca Triangl. El rock estaba quedándose atrás, a pesar del éxito de un álbum cuya imagen me recuerda a la estética de aquella época: A.M, de los Arctic Monkeys. Las preocupaciones cambiaron, por supuesto. La juventud mexicana ahora protestaba por la democratización de los medios y el libre acceso a la información. ¿Qué tenía José Agustín –o Gabriel Guía– a una adolescente en la década de 2010? Una cosa sencilla en apariencia. Que escribiera. Y hoy escribo esto mientras veo, a través de mi ventana, el Tepozteco. El sol de atardecer tiñe la sierra de oro. Imagino a José Agustín mirando el mismo atardecer desde otra ventana, quizás sentado en un escritorio repleto de libretas y cartas de tarot. Un póster de Jim Morrison en su pared. Imagino su eterna sonrisa y quisiera decirle carajo, José Agustín, cómo te voy a extrañar. * Mariana Rosas Giacoman nació en 1998 en la Ciudad de México. Es politóloga y fue becaria de narrativa por la Fundación para las Letras Mexicanas (2022-2023). Actualmente es residente de narrativa en Under the Volcano, Tepoztlán.
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Pero no, no podría ver la cara de los asistentes al velorio… 6 Por Rodrigo Ramírez
José Agustín In Memoriam
del Ángel
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escubrí dos veces a José Agustín y le debo, para el beneplácito o desgracia de la comunidad lectora, mi carrera. Él no lo supo, nunca lo conocí. Lo agradezco porque no querría que alguien a quien admiré tanto, cargara con la culpa de haberme formado como escritor. Antes de leer La tumba, yo era un adolescente que escribía en internet de manera accidentada y con Los Simpsons siendo mi mayor influencia literaria. Leía, también, desordenado e intempestivo lo que se cruzara delante de mí, y para ese adolescente, esas lecturas —algunas canónicas en la carrera de letras (a la que nunca entraría) y otras formativas para casi cualquier escritor en ciernes (lo cual no me consideraba en ese entonces) —me parecían un artefacto cuyo origen lejanísimo labraba mundos que podía ver, mas no residir, hogares imposibles de hacerlos míos. Fueron traumas propios de mi formación, supone a veces mi terapeuta, los que me contagiaron de una perpetua sensación de ser extranjero en mi propio país, ciudad y casa. De manera poco conspicua llegó a mis manos La tumba y leerla fue verme, por primera vez, en una página. La adolescencia es la peor etapa de la vida y quien la añore quiere decir que tiene mala memoria o una crianza basada en películas del canal 5. Leer, en esa etapa, a un escritor que con frases como “pude percibir que Paco Kafka podía ser considerado como un mediocre cualquiera, con sólo basarse en la crítica de los circuloliterariomodernistas”, podía captar de manera tan precisa la rabia, el cinismo, el sarcasmo, la burla, el nihilismo y las maquinaciones de superioridad intelectual que la terrible adolescencia provee, generó en mí dos situaciones: un proceso de transformación a un adolescente aún más payaso que fantaseaba con odiar el mundo mientras miraba mi techo (que no era azul) escuchando a Wagner; y, el convencimiento pleno de que la literatura podía ser algo que me trastocara de manera tan profunda que saldría siendo otra persona una vez cerrado el libro. Una de mis tantas mañas lectoras es que cuando un libro me gusta tanto, pero tanto, no lo vuelvo a abrir porque como lector entiendo que no siempre son las palabras escritas lo que mueve, si no el entorno, el momento, el contexto, lo que sucede dentro de uno y al rededor. Fue tanta mi obsesión por no volver a leer La tumba que regalé mi ejemplar. ¿Por qué arruinar algo tan bello con una relectura? Cuando la noticia de su inminente muerte fue vastamente exagerada (hasta que no lo fue), rompí mis reglas, lo cual se me ha facilitado a lo largo de mi vida, y releí La tumba. Confirmé lo que ya pensaba: el libro llegó a mí justo a tiempo. Ese fraseo, ese enojo y la leyenda, muy cierta, de que lo escribió a los 17 años, era lo que el Rodrigo adolescente necesitaba para comenzar a dilucidar un camino literario, y, regresando a lo que dice mi terapeuta, a encontrar un padre literario (y aún así me tomó varios años decantarme por la escritura). Al hacer mi relectura, temía que podría pa-
/// Margarita y José Agustín en Zacatecas. 1992. Foto de Pablo Pedroza.
sar como cuando recomendé en mi casa, con el idilio de haberla gozado de joven, One flew over the Cuckoo’s nest, lo cual terminó siendo un evento traumático para mí porque, de manera discreta, entendí y defendí a la enfermera Ratched y más: envidié a los pacientes que por decisión propia se internaron en el hospital psiquiátrico. Fue evidencia de que la vejez temprana y monástica en la que me hundido, si uno se distrae, te acerca peligrosamente al proto fascismo (pero en verdad ¡Randle era pederasta!). Sin duda, la rebeldía juvenil pierde romanticismo cuando comienza el dolor de espalda. Con frases como ésta es claro que José Agustín hubiera sentido vergüenza de conocerme. Pero, debo aclarar, que me llenó de alegría que al releer los 16 años de Gabriel Guía y frases como “Estaba hundido en un sillón,
en la biblioteca de mi casa, viendo a mi padre platicar con el señor Obesodioso, que aparte de mordiscar su puro, hablaba de política (mal)”, me remontaron, no a la adolescencia, si no a cualquier evento formal y oficial por el que tuve que pasar el 2023, a mis 37 años, escuchando a panzones medio briagos creyendo que saben de lo que hablan, y me descubrí alegre de que esa rebeldía, picardía y rabia todavía estén dentro de mí. Tal vez no estoy tan perdido como creía. Y me sentí aún más alegre de que encontré recursos, ideas y personajes que se quedaron tan adheridos a mi subconsciente que los he venido usando, casi sin saberlo, en mis permanentes y tercos intentos de escribir novelas, en cuentos y en mis tribulaciones diarias acerca de mi otrora juventud punketa, como el concepto que titula este dizque texto
que leen: la idea de que no me he suicidado porque no podré ver quién asistirá a mi funeral. Me fue inevitable sonreír al redescubrirlo, y le di las gracias de haberme dado tanto con sólo su primer libro, de lejitos, susurrando, calladito, para que no sintiera pena. * Rodrigo Ramírez del Ángel (1985) es un músico frustrado y escritor veracruzano que residió 18 años en Monterrey y que ahora vive un autoexilio en la capital del país. Ha sido becario del PECDA y del Centro de escritores de Nuevo León, así como ganador del Premio Nuevo León de Literatura 2020 con Dinero para cruzar el pueblo y del Premio nacional de cuento corto Eraclio Zepeda 2022. Es, entre otras pocas cosas más, un obcecado en destruir mitos.
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José Agustín, Jung y la contracultura José Agustín In Memoriam
(Apuntes sobre la imaginación onírica y la vida soberana) 6 Por Sigifredo Esquivel
Marin
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Conocí a José Agustín a fines de los noventa en una presentación, decir lo conocí es una exageración, más bien lo vi y expresé mi admiración irrestricta por su obra. Era una tarde verano, hacía calor, él estaba cansado, con el rostro sudoroso, un poco harto de todo el ajetreo. Apenas alcanzó a responder el saludo cuando más gente lo abordó para que firmara algún libro. En cuanto pudo se perdió en medio de la multitud. Al día siguiente me lo encontré solo caminando meditabundo. Pensé en acercarme, pero desistí de mi “arrebato de fan adolescente inoportuno” porque lo veía disfrutando el paseo por el centro de Zacatecas. Yo llevaba bajo el brazo El matrimonio entre el cielo y el infierno de William Blake y, en ese entonces, leía algo sobre Jung y los sueños. Digo esto porque en el 2003 leí un artículo suyo publicado por la revista Textos titulado “Forever Jung” y ahí habla de su admiración y relectura del discípulo herético de Jung durante más de treinta años y también muestra conocer profundamente al poeta visionario Blake. Pude haber conversado sobre la imaginación onírica, la conciencia ampliada y el universo del inconsciente y el pensamiento oriental, temas que le interesaban al maestro y a mí también y que expresé de forma balbuciente en mi primer libro Imágenes de la imaginación (México, Tierra Adentro-FLM, 2006). Nunca se dio ese encuentro y ahora me acerco por medio de estas breves notas al maestro y onironauta de la imaginación radical. La magia de la literatura hace posible los encuentros más descabellados, utópicos e imposibles. Después del Estridentismo, la Literatura de la Onda o Movimiento de la Onda que surge en México en la década de los sesenta, es quizá una de las vanguardias mexicanas más audaces e innovadoras. Si el Estridentismo abre la puerta y las ventanas de la mansión literaria a la modernidad estética e industrial, la Onda es un movimiento cultural subversivo o contracultural que se inscribe en la cúspide de la revuelta mundial del 68 y la contracultura americana y europea, pero lejos de repetir los moldes y modales o modas de importación, le imprime un sello propio absolutamente original que responde al contexto, habla y entorno cultural juvenil del México citadino. Y aunque hay antecedentes importantes en Novo, Revueltas y Fuentes, quizá por primera vez la ciudad real –sin filtros– aparece como epicentro de la creación. Hasta antes de la Onda –como bien han dicho Ignacio Trejo Fuentes y otros cronistas urbanos, la vida cotidiana y el universo cultural de los jóvenes mexicanos eran asignaturas pendientes en las letras mexicanas y si aparecían era de forma marginal, subalterna y elíptica. La literatura de la Onda por primera vez hace de los jóvenes, su mundo cultural, lenguaje y sexualidad temas y problemas centrales de la creación literaria, de ahí que se pueda decir
que las obras de autores como José Agustín, Gustavo Sainz y Parménides García, entre otros, han ampliado el campo literario en México introduciendo la vida cotidiana y el lenguaje de los jóvenes en el sagrado canon. Claro está, la crítica literaria y los escritores consagrados, en su mayoría, reaccionaron con enérgica virulencia contra esos “aprendices de escribanos” taquimecanógrafos de la oralidad citadina, pero como responde con justeza José Agustín en el epílogo a El rey criollo de Parménides García (Booket, 2003): Es evidente que los críticos tienen todo el derecho que nos les guste este tipo de literatura, pero eso no significa que los textos no valgan. Los gustos no son patrones de calidad literaria. Como a fin de cuentas había que argumentar, aunque fuese de mala gana, se decía que el lenguaje no era literario, pues era una réplica del lenguaje oral, pero al parecer finalmente se ha comprendido que el uso del habla coloquial, si es parte de una estrategia artística, como en el caso de Parménides García, representa un trabajo elaborado y que ni remotamente se queda en una taquigrafía del habla oral.
Quizá en defensa de los argumentos de José Agustín, que valen tanto sobre sí como sobre su compañero de ruta Parménides García, habría que mencionar al mismísimo Jorge Luis Borges que en Arte poética refiere que las grandes obras literarias son aquéllas donde el truco o artificio literario apenas resulta perceptible y cuya naturalidad y frescura hacen que a través de la obra literaria respire la vida misma sin más. La gran audacia de la literatura de la Onda consiste en dejar que la vida cotidiana de los adolescentes y jóvenes pueda atisbarse en la creación artística en este país.
2 Regresemos al ensayo de José Agustín “Forever Jung” porque nos permite entender que su búsqueda va más allá de la rebeldía antiautoritaria y el rechazo de todos los convencionalismos y formas sociales conservadoras. En concordancia, sería mejor decir, en sincronía con la contracultura americana y el movimiento Beat, se trata de una afirmación de la autonomía y una búsqueda de la imaginación onírica mediante la ampliación de la conciencia y exploración radical de una subjetividad humana cósmica. El interés por las drogas y las formas alteradas de conciencia va más allá de la rebelión juvenil contra el orden imperante, pues tiene como finalidad la exploración del universo onírico que se sustrae a la conciencia racional cotidiana. Para José Agustín, Jung representa uno de los investigadores pioneros más audaces en adentrarse en el universo onírico entre los abismos de la psicología, la espiritualidad y la poesía. Es uno de los mayores arqueólogos del submundo del inconsciente humano. Entre Freud y Jung, José Agustín toma partido por el último. Sin reserva, también comparte sus intereses por el pensamiento oriental, el budismo, el taoísmo, el Zen, yoga y meditación. Escribe el gurú de la Onda: Jung fue un científico duro en cuanto al rigor, y por eso es tan valiosa su incursión en lo religioso, lo espiritual y lo esotérico, ya que siempre estuvo anclado en la comprobación y despejó estos caminos de toda charlatanería y pseudomagia. Investigó los símbolos, los mitos y los sueños con una mente lúcida, desapasionada, cultísima, y los interpretó con un lenguaje claro y exacto. Además es un pionero de la investiga-
ción de la psique y uno de sus grandes cartógrafos. Aunque muchos dicen que en los comienzos de este milenio el psicoanálisis va de salida, yo pienso que las propuestas de Jung apenas se empiezan a entender y valorar. Nació en el siglo XIX y vivió sesenta años del XX pero sin duda es un avanzado del nuevo eón (“Forever Jung”, Textos, Sinaloa, UAS, 2003, p. 15). Jung ejemplifica –para José Agustín– un adelantado de nuestro tiempo que permite repensar por entero la condición humana desde la imaginación onírica como epicentro de la autocreación soberana y libre. Y la vida y la obra del autor de las obras geniales De perfil y Se está haciendo tarde, entre otras, estuvieron guiadas por la búsqueda junguiana de la exploración de los abismos de nuestra condición fronteriza. Quizá ahora, desde el cielo infinito de la creación esté sonriendo el maestro y diga, no está del todo mal, mientras sonríe con su mirada juguetona asemejando el gesto antisolemne de Ganesh. O tal vez muera de aburrimiento bostezando por tantos elogios y canonizaciones y prefiera tomarse una siesta en el más allá. En todo caso, José Agustín y la literatura de la Onda han ampliado el campo y el canon literario y lo que ahora es moneda corriente y lugar común fue un día signo de letra escarlata en México. Y esto hace de las obras de José Agustín y compañía obras clásicas: se han vuelto patrimonio cultural nacional de toda la gente. Han democratizado no sólo la literatura sino la cultura juvenil, ya forman parte del legado colectivo anónimo. Las letras de Café Tacuba y La Maldita Vecindad así lo ratifican. * Zacatecas, 1973. Ensayista. Docente investigador universitario.
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José Agustín en el cine 6 Por Adolfo Nuñez J.
6 Por Marcos Daniel
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a cultura de la segunda mitad del siglo XX mexicano no se podría entender sin el movimiento estudiantil de 1968, sin el Festival de Rock y Ruedas de Avándaro y sin la llamada literatura de la Onda, de la cual José Agustín fue el máximo representante que dio voz a una entonces joven generación que expresó la idea de un México que ingresaba a la modernidad a contragolpes, en medio de la cada vez más fuerte influencia que ejercía la cultura estadounidense y la lucha por los ideales revolucionarios que exigían mayores libertades. José Agustín participó a través de su literatura en esta exploración por encontrar un lugar en un mundo de posguerra mayor comunicado entre sí, en donde lo mexicano pudiera tener cabida ante la naciente globalización que por décadas acapararía todo. Por medio de sus novelas, este escritor creó personajes que estaban fuera del sistema establecido, outsiders que renegaban de las órdenes de sus padres, de la iglesia y del gobierno, pero que a la vez deseaban fincar nuevos territorios de libertad por medio de la fiesta y el goce. En historias como De perfil o El rey se acerca a su templo, por ejemplo, José Agustín finca ambientes de rebeldía donde los excesos del lenguaje, la música rock y el sexo libre funcionaron como
/// José Agustín en filmación de una de sus películas. Foto de su archivo familiar.
José Agustín
Constructor del mexicano posmoderno
dispositivos para crear una forma de ser, una nueva forma de sentir y de pensar. Pero no sólo eso, sino que el escritor ayudó a plasmar discursivamente lo que en las grandes urbes del país ya se estaba formando, el nuevo mexicano o mexicano posmoderno. Y esto se aprecia en el lenguaje coloquial e irreverente que poseen sus personajes. La palabra crea realidades y José Agustín ayudó a moldear esa nueva realidad con sus palabras, al escribir la manera que los jóvenes rebeldes de las décadas de 1960 y 1970 se abrieron brecha ante los imperativos de su tiempo y
ante el fracaso de ese primer estadio de la modernidad. Es interesante cómo este autor entendió bien el momento histórico social, político y cultural que le tocó vivir, un momento de ruptura con el pasado y la tradición que manifestó no sólo en sus novelas, sino en otros géneros como el ensayo. La Tragicomedia mexicana es la síntesis ensayística y reflexiva del parteaguas que José Agustín experimentó y que él mismo alentó por medio de la literatura, pues es sobresaliente cómo este conjunto de relatos sobre la historia de México no dejó de ser contracultural ni contrasisté-
mico, ya que José Agustín sabía bien que la hegemonía petrificada en el poder se derribaba, en primera instancia, al tirar sus mitos. Es por esta razón que la Tragicomedia fue ese discurso que se enfrentó al relato oficial, al de los padres y los abuelos, al del PRI y la iglesia católica que en el menor de los casos daban la oportunidad de debatir las ideas. Y es que este ensayo dejó en evidencia las dinámicas con las que los poderosos han ejercido la vida política y social en este país con base en la violencia, la corrupción, la mezquindad y la verticalidad. José Agustín fue un rebelde con la palabra con la que destruyó muros, pero a la vez fue un constructor de la idea del mexicano finisecular que alcanzó a narrar las complejidades que vendrían en este vertiginoso siglo XXI. * Marcos Daniel Aguilar (Ciudad de México, 1982). Ensayista, editor y periodista cultural. Autor de los libros La terquedad de la esperanza y Gestos del centauro-.
José Agustín In Memoriam
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uando se recuerda a José Agustín y su obra, lo que más salta a la memoria es la Onda, el rock y un estilo de escritura completamente rebelde, irreverente y sin ningún tipo de pretensión. Además de la literatura, el cine también fue fundamental dentro de su carrera; en algunos casos, de forma directa, en otros, a manera de inspiración. Además de ser uno de los escritores más importantes de la literatura mexicana, José Agustín también fungió bajo los roles de guionista, actor y hasta director; esta última, una disciplina que estudió en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC). El primer largometraje que escribió fue Alguien nos quiere matar (1970) de Carlos Velo, cineasta español exiliado en México a causa de la Guerra Civil Española. Esta cinta fue protagonizada por Angélica María, con quien José Agustín volvería a trabajar en Ya se quién eres (te he estado observando) (1971), su primera incursión como director. La que posiblemente sea su colaboración más conocida es El Apando (1976), película dirigida por el legendario Felipe Cazals. El guion fue escrito entre José Agustín y José Revueltas, quien adaptó su propia novela, de título homónimo a la cinta. Asimismo, José Agustín también fue un frecuente colaborador del cineas-
ta Alberto Cortés, en películas como Amor a la vuelta de la esquina (1986) y Ciudad de ciegos (1990). De forma más contemporánea, cuando el escritor ya se había retirado del ojo público, se adaptaron dos de sus novelas; en ambos proyectos Agustín no tuvo ninguna participación. El primero fue Abolición de la propiedad (2011), de Jesús Magaña Vázquez; el segundo, Me estás matando Susana (2016), de Roberto Sneider, adaptación de la novela Ciudades Desiertas (1982). Con José Agustín el séptimo arte no se remite únicamente a las imágenes en movimiento. Así como con la música rock, el cine también se filtra dentro de algunas de sus obras. El ejemplo más claro es Amor del bueno (1987), un original experimento que combina literatura, teatro y guion de cine desde diferentes puntos de vista. Se puede afirmar que en sí toda la obra de José Agustín es cinematográfica, en su habilidad de volver de lo cotidiano algo extraordinario. Como con muchos directores veteranos, cuando se lee cualquiera de sus cuentos, ensayos y novelas, el lector a menudo llega a pensar en cómo fue que el escritor logró plasmar esas imágenes tan increíbles, y de una manera tan sencilla y clara. Ya sea en el cine o la literatura, si algo demostró José Agustín a lo largo de su carrera fue que, cuando no existen imposiciones, cualquier persona lo puede hacer.
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LA GUALDRA NO. 605 /// 22 DE ENERO DE 2024
¿Cuál era la onda? José Agustín In Memoriam
6 Por Rebeca M. Aragón
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l pasado 16 de enero se sumó al reino de los inmortales el último (¿el único?) gran integrante del (mal)llamado “movimiento de la onda”. Y es que ni fue movimiento como tal, y el bautizo fue tan acelerado que se pensó insignificante. Hablo por supuesto del autor José Agustín, acapulqueño de origen, chilango por obligación y moreleño por gusto, quien vivió una vida larga junto a las letras. En una de sus autobiografías El rock de la cárcel (1984), cuenta que escribió su primera novela La tumba (1964) desde los 15 años, pero fue hasta los 20 que logró publicarla, después de tener la asesoría del mismísimo Arreola en su antiguo taller, por supuesto. A partir de entonces José Agustín no dejó de escribir y también fue a partir de ahí que surgió, en libros publicados por lo menos, la nueva estética de la literatura mexicana: jóvenes hablando sobre y cómo hablan los jóvenes. Los mexicanismos no eran tan poéticos como los que había presentado Juan Rulfo (1917–1986), eran albures, anglicismos “mal escritos” y palabrasjuntasparaseñalarrápidezeneldiscursooalgomás; y los problemas no eran grandilocuentes como los de Carlos Fuentes, (1928–2012) eran banalidades juveniles, como no poder comunicarte con tus padres, o beber demasiado en una noche aburrida. A Margo Glantz (1930) le encargaron un prólogo de una antología perdida de autores menores de 30, ahí destacó las pocas similitudes que tenían y empapada en el habla de los libros que era la de la ciudad, les puso “La onda”. De todos esos autores sobrevivieron en el imaginario tres: Gustavo Sainz (1940–2015) Parménides García Saldaña (1944–1982) y José Agustín. La santa trinidad de los chavos que escriben como chavos. Pero a Sainz no le gustó, a García Saldaña le encantó y a José Agustín, primero le enojó y luego le dio igual. De cualquier manera, el estilo estaba nombrado y con él, ellos tres. Aun así, a José Agustín le pasó lo que nos pasa a todos: creció y así lo hicieron sus historias. Dejó de hablar de jóvenes de prepa perdidos en la ciudad, para hablar de veinteañeros perdidos en la playa y en la vida, a hablar de adultos perdidos en sus matrimonios y trabajos, para hablar de viejos perdidos en sus pasados. No obstante, todos los personajes y las historias permanecieron veloces, con un lenguaje cotidiano, mas no carente de metáforas, símbolos, retruécanos, y otros recursos literarios. De igual forma perduró el rock, el segundo gran amor de José Agustín. Amor que se extendía a toda la música, en realidad. Escribió reseñas, comentaba discos y claro llenó de canciones todas sus obras. Al grado que el lector puede reproducir la canción mencionada y vivirla con los personajes. Estas características hicieron, hacen, mejor dicho, que su obra haga lectores a miles de personas que les dijeron que los libros eran difíciles, largos como El Quijote (1695), o rebuscados y complejos como La región más transparente (1958). O por lo menos me consta que muchos de mis familiares, amigos y conocidos se fuman sus libros cual adictos a la nicotina, que los platican e interpretan, que los viven. Ya en confianza cuando puedo lo presento a mis
/// José de Jesús Sampedro, Aurora Díez-Canedo, José Agustín y Joaquín Díez-Canedo en Zacatecas. 1992. Foto de Pablo Pedroza.
/// José de Jesús Sampedro, Aurora Díez-Canedo, José Agustín, Joaquín Díez-Canedo, Virgilio Rivera, Alain Derbez y Hernán Lara Zavala. Zacatecas. 1992. Foto de Pablo Pedroza
alumnos adolescentes, pues sé, y hasta la fecha no me he equivocado, que ese lenguaje “soez” e “incorrecto” los hará leer más. Porque la literatura es para leerse y nada se lee más gozoso que los libros joséagustinianos. Así que descansa en paz, José Agustín, y gracias por ponerle onda a la literatura. * Rebeca M. Aragón, Maestra en Estudios de literatura Mexicana (UdeG), ha publicado textos en varios medios digitales e impresos desde el 2013. Sus más recientes investigaciones giran en torno a los autores de La Onda con teoría de género. Amante de la música y el cine. Se enamoró de la literatura gracias a José Agustín.
/// José Agustín. 1992. Foto de Pablo Pedroza
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22 DE ENERO DE 2024
Cerca de la luz
6 Por Daniel SanMateo
/// Largo adiós a José Agustín, dijo Armando González Torres. Foto tomada de X @Sobreperdonar
/// José Agustín de joven. Foto de su archivo familiar.
Iván Ilich? ¿Más que Sonata a Kreutzer? —Más que todas —espetó Ana Pau. Frené el automóvil de súbito para espabilar los ánimos. —¡No llevas flete! —recriminó José. Bajamos y caminamos hacia el borde. La ciudad se delineaba bajo nuestros pies y por sus calles y ave-
nidas circulaban luces blancas y rojas que, de entrecerrar los ojos, dibujaban trazos de luz que serpenteaba por ese lienzo de concreto y metal. Alguna vez esa ciudad tuvo acequias en lugar de calles de asfalto y de pronto me llegó a la imaginación qué hubiera sido si todavía existieran. José pensó igual, supongo, la conexión misteriosa entre nuestras mentes, porque a bote pronto
* Ciudad de México, 1984. Maestro en Filosofía Universidad París IV Sorbonne. Autor de Luciérnagas en el desierto (Bambú, 2012), Los Ángeles es una escena del crimen (IMC, 2013), Nunca más serás tan joven como ahora (GYRE, 2016). Premio de LIJ de la UAEMEX por Zo piloto.
José Agustín In Memoriam
Detrás de la gran piedra y del pasto, está el mundo en que habito. Eso decía seguido José, y desde ahí nos miraba, oculto tras el granito y la nube de humo expelida por los Gauloises. Me interpeló cuando bajé el escalón. —¿Tienes mis cigarros? Le arrojé el cartón recién llegado en la valise diplomatique, cortesía de mi tía Eugénie. —Que el dios sartriano bendiga a tu tía Eugenia que tiene a bien en pensar en este pobre escuincle fumador de tabacos europeos —dijo al tiempo en que encendía otro. —Sartre era ateo. —¿Y quién no lo sabe? ¿Vino Ana Paulina? —La interceptó tu madre en la sala. —¡Pinches viejas, siempre el chisme! —¿Cuánto llevas aquí? Me mostró su tomó de À la recherche, volumen segundo de la Pléiade, y señaló el pasaje cuando el narrador visita a Saint-Loup en su regimiento. Media hora o quizá tres cuartos. —Vámonos, alcancemos al ocaso sobre esta urbe monolítica. Se levantó de mala gana y entramos al encuentro de Ana Paulina. Dejó su libro en la mesita de teléfono y salimos al tiempo en que la madre de José lo llamaba desde el piso superior. —Abre el auto pronto para que crea que no la escuché. Pero su madre se asomaba ya por la ventana. —Ana Pau dijo que irían a la librería, no tarden. A modo de respuesta, José hizo una reverencia y tanto Ana Pau como yo nos despedimos con la mano. —¿A qué librería vamos? —preguntó con tono aburrido. —A ninguna —respondí. —A Pendular —dijo Ana Pau—, comprarás la nueva edición de Hadji Murat. —Ya rugiste, leona salvaje. —Abre la guantera. De ahí José sacó dos botellas de blanco y un tiracorcho. Con maestría, abrió la primera. Ana Pau inauguró la ronda y ya subíamos por Desierto de los Tigres cuando la segunda terminaba de vaciarse. —¿Por qué Hadji Murat? —preguntó José. —Porque eres un snob irredento, porque eres oscuro como la oscuridad de un pozo sin fondo en una noche sin luna, y porque es el mejor trabajo de ficción de Tolstoi. —¿Más que Guerra y Paz? ¿Más que Ana Karenina? ¿Más que La muerte de
soltó. —Navegar por los canales de agua prístina en lugar de bólidos escupehumo. Ana Pau nos miró severamente. Saqué mi cámara fotográfica y comencé a capturarla en pixeles y ella comenzó a posar. José se le unió y les tomé fotografías y después fotografié la ciudad y sus palacios derruidos y fotografié el cielo violentado por nubes de polución que provocaban los espectaculares cielos de fuego. José se subió sobre la barda que bordeaba el mirador y alzó los brazos y abrió sus palmas y estiró sus dedos. Gritó un llamado de guerra prehispánico y después silbó como un ave canora y Ana Pau se subió a su lado y gritó también. Les tomé foto y los últimos rayos de luz golpeaban sus cabellos y los encendían en llamas y eran dioses proteicos, macho y hembra, alfa y omega y eran el sol y la luna y todas las dicotomías semánticas, padre y madre, madre e hijo, blanco y negro, eran el bien y el mal encarnados en un punto del espacio y del tiempo como una estrella que nace tras la explosión de las supernovas o el colapso de los neutrones y eran Jesús y el diablo conversando en el desierto y apostando tragos de Chardonnay. —¿Nos ves? —preguntó José. —Los veo —respondí. —Míranos y toma la fotografía de este momento irrepetible en el atardecer de la gran Tenochtitlán del corazón de México, ombligo del mundo, ombligo cósmico del universo conocido y por conocer, este momento fugaz que ya pasó y que pasa ahora y pasará con su venida siempre instantánea. —Los miro, los tengo en la mirada. —Mira esta creación divina que somos y que se manifiesta como un cuerpo de carne y hueso, un corazón que late con furia, mira esta ruina en que nos convertimos, el mundo en que habitamos como una luz intensa que fenece. Nunca más estaremos tan cerca de la chispa, tan cerca de la luz como ahora, hoy, en este preciso instante, aquí, ya se fue, pasó, fui… La noche nos atrapó y descendimos de la montaña mientras las lágrimas decoraban nuestras mejillas.