SUPLEMENTO CULTURAL
NO. 597 /// 6 DE NOVIEMBRE DE 2023 /// AÑO 13
DIR. JÁNEA ESTRADA LAZARÍN
Gerardo Antonio Martínez. En la Alameda Sur de la Ciudad de México. Foto de Iván Stephens.
Gerardo Antonio Martínez (Ciudad de México, 1982). Periodista y escritor, además de publicar en las revistas Casa del tiempo, Común y Cronopio, en 2007 Punto de partida de la UNAM lo premió por la mejor crónica. El regreso del kazajo (Fondo Editorial del Estado de México, 2023), su primera novela, obtuvo el premio Certamen Nacional de Literatura Laura Méndez de Cuenca 2022. Durante ocho años formó parte del equipo editorial del suplemento cultural Confabulario, de El Universal.
[Una entrevista con él realizada por Beatriz Pérez Pereda en esta edición]
La Gualdra No. 597
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LA GUALDRA NO. 597 /// 6 DE NOVIEMBRE DE 2023 /// AÑO 13
Editorial Tengo 36 años viviendo en la ciudad de Zacatecas y muy pocas veces he visto la cantidad de personas que durante los días pasados se reunió en el centro de la ciudad, a propósito de la celebración del Día de Muertos. Recuerdo ahora ocasiones anteriores en las que la gente ha salido y se ha desbordado en la Avenida Hidalgo, como cuando se han llevado a cabo algunos conciertos en Plaza de Armas, durante el Festival del Folclor, en los desfiles anuales de las Morismas de Bracho, en los de la marcha del Orgullo LGBT, en la Procesión del Silencio y si me voy un poco más atrás, cuando pasó por esa misma calle el Papa Juan Pablo II. Hay, sin embargo, una gran diferencia entre estos últimos casos en comparación con lo que sucedió del 31 de octubre al 2 de noviembre; en todos los casos mencionados antes generalmente la gente sale a ver algo que otros hacen, en esta ocasión, la gente que salió fue protagonista de una fiesta alrededor de los difuntos. Ése fue el primer gran acierto de este año en particular, que se fomentó la participación de la comunidad. El 31 de octubre, el día del desfile en el que participaría también el estado de San Luis Potosí con Xantolo, fue toda una odisea llegar a la Av. Hidalgo; intenté llegar primero por el callejón de San Agustín, luego por la calle Allende y simplemente era imposible pasar por la cantidad de personas que desde temprano permanecían esperándolo. Al final pude hacerlo por el callejón que baja de Rectoría y pegada a la pared avancé un poco hasta que abrieron un espacio para ingresar a la calle; faltaba una hora todavía y decidí caminar hacia arriba para encontrar un espacio libre, pero llegué hasta el Caballito de González Ortega y no había manera de volver a subirme a la banqueta: cientos y cientos de familias enteras esperaban a que el recorrido iniciara. Mucha gente estaba maquillada y disfrazada y entre todos destacaban los niños. El desfile inició con la Banda del Estado, Regina Orozco en un carro, luego el Xantolo, personajes en zancos, colectivos de danzas indígenas, más gente disfrazada bailando… y yo seguí avanzando hasta que cerca del acueducto logré encontrar un lugar. Desde ahí vi el contingente y lo que más me llamó la atención fue la alegría de los
espectadores. Vaya, gente feliz en Zacatecas, eso me alegró más que nada. El 1 y sobre todo el 2 de noviembre las calles volvieron a lucir abarrotadas de zacatecanos caracterizados de calaveras, catrinas, diablitos y personajes terroríficos. Abuelitos, papás e hijos unidos en la misma celebración, tomados de la mano, pidiendo “el muerto”, como nunca antes lo había visto, en serio. En 2012 inició como tal el Festival Fray Joaquín Bolaños organizado por el IZC y desde entonces las actividades fueron más bien discretas; poco a poco comenzó a incorporarse la instalación de algunos altares en dependencias y edificios públicos; el año pasado comenzaron a adornarse las calles del centro, pero lo de este 2023 no tiene parangón alguno. Mucho de todo esto se debe a la iniciativa de un joven que encontró en el Sistema Estatal DIF, el apoyo para convocar a los zacatecanos a que hicieran de esta fiesta algo memorable; se trata de Héctor Pesci, el que soñó cuando era niño con esto y lo hizo posible. Después de ver lo que ocurrió durante estos días me queda claro que lo que hace falta es imaginación, creatividad y actitud para cambiar -positivamente- lo que durante años se ha hecho de la misma manera; negarse a salir de la zona de confort no deja que cosas más buenas sucedan. Las calles lucieron más hermosas que nunca; los comerciantes, las dependencias y los propietarios de las viviendas del centro adornaron sus fachadas con flores de Cempasúchil, con calaveras hechas de papel, hojas de maíz y material reciclado; hubo ofrendas, tapetes de aserrín y el Portal de Rosales se convirtió en un gran altar en donde las fotos de zacatecanos importantes en la vida cultural de la ciudad fueron instaladas. Éste fue otro de los grandes aciertos: involucrar a la ciudadanía, a la iniciativa privada y a los sectores gubernamentales en un solo proyecto. ¡Bravo, Héctor Pesci! ¡Bravo también a todas las personas que participaron! Ojalá que esta unión continúe para beneficio de nuestra ciudad. Que disfrute su lectura.
Contenido Gerardo Antonio Martínez y El regreso del kazajo: el enfrentamiento del individuo ante el vacío y la incertidumbre Por Beatriz Pérez Pereda
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El regreso del kazajo [Fragmento] Por Gerardo Antonio Martínez
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Manoel de Barros: retorno al barro de la inmanencia Por Sigifredo Esquivel Marin
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Cuatro vías de aproximación a la lírica de Canserbero Por Leandro de Tirso Vivir es increíble [seis] Por Edgar Khonde
La poesía de Coral Bracho, un universo pleno de luz Por Elsa Leticia García Argüelles
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Jánea Estrada Lazarín lagualdra@hotmail.com
Directorio
Carmen Lira Saade Dir. General Raymundo Cárdenas Vargas Dir. La Jornada de Zacatecas direccion.zac@infodem.com.mx
Jánea Estrada Lazarín Dir. La Gualdra lagualdra@hotmail.com Roberto Castruita Diseño Editorial
La Gualdra es una coproducción de Ediciones Culturales y La Jornada Zacatecas. Publicación semanal, distribuída e impresa por Información para la Democracia S.A. de C.V. Prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta publicación, por cualquier medio sin permiso de los editores.
Juan Carlos Villegas Ilustraciones jvampiro71@hotmail.com
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Gerardo Antonio Martínez y El regreso del kazajo: el enfrentamiento del individuo ante el vacío y la incertidumbre 6 Por Beatriz Pérez
Pereda
Beatriz Pérez Pereda: El regreso del kazajo surge de una obsesión por la historia de Evelio Vadillo, un mexicano que estuvo preso en las cárceles soviéticas. He leído que el tema surgió de varios azares y lecturas, que tienes una obra documental al respecto, pero en medio de todo esto, cuándo surgió la necesidad de abrir un Word y decir, aquí empieza la novela Gerardo Antonio Martínez: El proceso de escritura es un misterio frecuente para todos quienes dedicamos un espacio de nuestro día a día a este ejercicio. En un inicio, el proyecto contemplaba sólo la novela. Había leído del caso de Evelio Vadillo por lo que José Revueltas escribió acerca de él y su historia. Fueron compañeros de celda en las Islas Marías a inicios de los años 30; luego se reencontraron en 1935 en Moscú durante el congreso de la Internacional Comunista, unos meses antes de los Juicios de Moscú, esa marejada de crímenes de Estado y simulaciones de justicia que llevaron a Vadillo a un periplo carcelario, confinamiento y una breve estancia en la embajada mexicana. La historia de este militante comunista es también la historia negra del comunismo mexicano. Esta novela se comenzó a escribir con una intención por dialogar con Emilio Padilla, la representación novelada del prisionero. Yo no quería interrogarlo sino dialogar con él. Era un hombre que venía de la derrota: los soviéticos lo trajeron de una cárcel a otra por casi 20 años; vivió seis años en un pueblito de la estepa kazaja; sus certezas políticas se derrumbaron; al regresar, la mayoría de sus amigos le dio la espalda; su familia ya lo daba por muerto. Desde el inicio el proyecto narrativo era una novela, ficción. Sin embargo, al rescatar documentación del Archivo General de la Nación, del Histórico Diplomático, de Sedena, los periódicos de la época y de las charlas con el hijo de Vadillo para tener un piso firme en el que correría alguna parte de la historia, me di
/// Gerardo Antonio Martínez. En la Alameda Sur de la Ciudad de México. Foto de Iván Stephens.
cuenta que ya tenía la película completa de lo ocurrido con este personaje de carne y hueso. Sin embargo, como pasa en casos como éste, siempre quedan oquedades. ¿Cuáles? Como dice Svetlana Alexievich: “Lo que se dice una pareja en la intimidad de la noche no queda registrado en historia alguna, porque sólo tenemos acceso a la historia diurna de los hombres”. Y regresé a la novela. BPP: Has hablado que entre otras cosas, tu novela trata el choque de un individuo con sus propias certezas ideológicas, de ese choque de lo que uno cree contra la realidad, de la contradicción. Eso me parece un signo muy de nuestra época, aunque tu novela está ambientada en la década de los años cincuenta. Platícanos sobre esto: GAM: El personaje en que se basa El regreso del kazajo también fue novelado por José Revueltas. Está presente en Los muros de agua, Los días terrenales y Los errores, tres obras capitales sobre el enfrentamiento del individuo con el Estado, la militancia y las certezas ideológicas. Pero no sólo eso. Son obras sobre el enfrentamiento del individuo ante el vacío y la incertidumbre. También hay que señalar que Emilio Padilla no es el único personaje que se enfrenta a la perplejidad. Los hombres, las mujeres, los camaradas que eran parte del mundo que él dejó veinte años antes, también están desconcertados. Ni unos ni otros saber reconocerse.
Hay una novela hermosa y esclarecedora que se llama El fiel Ruslán, de Gueorgui Vladímov, que es la historia del deshielo estalinista en un pequeño pueblo ruso pero desde la mirada de un perro celador. Al salir todos los presos a causa de la amnistía masiva, el perro se queda sin trabajo. Muchos hombres regresaron a casa. Entonces, el perrito escucha a uno de ellos decir: “En las casas y en las iglesias prendieron velas por todos nosotros, ¿cómo vamos a volver ahora? ¿Quién se alegrará de vernos volver de entre los muertos? Después de todo cometieron un pecado: ¡encender una vela en la iglesia por alguien aún vivo!” Como dices, el vacío y la incertidumbre son signos de nuestra época, pero de la historia de la humanidad misma. BPP: Dos hombres extraviados: Cervera y Padilla. ¿La literatura sirve para encontrarnos, para regresar al camino, o sólo nos acompaña en el extravío? GAM: Creo necesario adelantarle un poco de la trama al lector. En El regreso del kazajo se entrelazan dos hilos narrativos. Uno es el que protagoniza Nacho Cervera, el detective a quien le encargan averiguar el paradero de Padilla, quien desaparece en el aeropuerto de la capital mexicana luego de regresar al país tras veinte años en la Unión Soviética en contra de su voluntad. Por otro lado, tenemos una serie de monólogos de Padilla, una especie de confesiones y soliloquios escritos desde la
BPP: En tu novela hay un abogado, Nacho Cervera, persiguiendo el rastro de Emilio Padilla. ¿Siempre pensaste en un abogado, así como en el género policiaco, para el encargado de la búsqueda? ¿Resultaba muy obvio que fuera un periodista? GAM: Decidí que fuera un abogado porque también deseaba abordar las jugarretas y los vicios del poder político mexicano en esa época. Ahí no sólo está el abogado arribista (el mismo Cervera). También aparecen el juez congalero y putañero; el excomunista encumbrado en la alta burocracia del PRI; los periodistas de turbio pasado; los soldadotes que siempre hacen lo que les da su rechingada gana; los policías torturadores -genios y figuras del tehuacanazoy la “ombliguista” manipuladora y trepadora. De alguna manera, esta ruta narrativa de El regreso del kazajo es una galería de malandros. Como diría uno de los personajes clásicos de este género en la literatura mexicana: “Pinche vida”. BPP: ¿Qué sigue ahora, luego de esta primera novela premiada y publicada por el Certamen Nacional de Literatura Laura Méndez de Cuenca 2022? ¿Qué otras obsesiones tiene Gerardo Antonio Martínez? GAM: En este momento sólo puedo decir que no me sentiría conforme con reciclar los temas, las historias o las respuestas, siempre transitorias, que me ha dado El regreso del kazajo.
Literatura
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omo lectora me gusta mucho leer el proceso creativo de los escritores, ésos tan vilipendiados manuales de escritura, que para mí son bitácoras, diarios de trabajo, son de mis géneros literarios favoritos y me fascinan porque en ellos puede puede verse la pasión, disciplina y las obsesiones de los escritores. Al leer a Gerardo Antonio Martínez puedo ver una pasión genuina por la escritura, un hábito de escritura sin prisas y una obsesión moldeada en forma de historia que le valió el Premio de Novela del Certamen Nacional de Literatura Laura Méndez de Cuenca 2022 por El regreso del Kazajo. En esta novela se asoman muchos fantasmas, Emilio Vadillo, José Revueltas, el comunismo mexicano, el ciudadano frente a la autoridad, “una galería de malandros”, para retratar un México que es el de ayer, y el de hoy y el de siempre, y contar la historia de una derrota: la del hombre frente a sus certezas ideológicas. En el registro de una novela negra y en un gran debut literario, junto a Gerardo asistimos el tránsito de dos hombres, uno va hacia el precipicio, el otro ya vuelve del infierno.
más horrible soledad (casi desde el apando), además de algunos capítulos en los que se narran sus peripecias carcelarias. Ahora, el hombre ausente, o extraviado, es un tema recurrente en la literatura. En ese sentido tampoco creo haber descubierto el agua tibia. Nacho Cervera y Emilio Padilla son hombres extraviados, que perdieron la ruta por cumplir sus ambiciones. Sin embargo, transitan por caminos opuestos. Mientras Cervera va directo al precipicio, Padilla viene del infierno. Busca la redención, reinterpretar su pasado y poner algunos nortes para su futuro. Pero no lo dejan, vive acosado por aquéllos que desean que sus respuestas confirmen sus propios prejuicios y temores. No resulta gratuito que en algún punto Padilla confiese que “Allá afuera hay una vorágine a punto de tragarte: son la Caribdis de la ideología y la Escila de la ambición. Casi nunca hay elección”. Para vincular estas líneas con la respuesta anterior creo importante agregar que tanto Padilla como el personaje José Revueltas saben que frente al vacío ideológico, la única ruta que les queda son los afectos. Sabe que a su regreso todos le pedirán declaraciones a modo. Lo siguen viendo como un instrumento de sus propias escaramuzas y agendas de grupo, sectarias. El único que se preocupa por su prójimo desde la más desinteresada compasión es el camarada José Revueltas, que está tan desencantado por la humanidad que decide desde ese momento sus arengas las dirigirá sólo a los perros, a los camaradas canes en los solitarios andadores del Parque Hundido. Pero sucede un milagro, una de esas epifanías o revelaciones heréticas que sólo ocurren en sus novelas. Al menos eso intenté. Es una especie de homenaje. Por supuesto que Revueltas nunca escribió esto, pero así me lo quiero imaginar.
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El regreso del kazajo Literatura
[Fragmento] 6 Por Gerardo Antonio
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l asfalto cocinaba la lluvia y despedía un vapor acidulado. Para ser sábado, la cantina La India estaba a medio cupo, con la barra semivacía y algunos puñados de fumadores, que para su cantidad saturaban el local con una nata de humo. Algunos bebían su cerveza y chupaban trozos de limones. Los más bárbaros los masticaban. Otros arreciaban la partida de dominó mientras hablaban de pedidos en la fábrica de hilados, negocios inmobiliarios, necesito otro empleo, mi mujer ya no me quiere… En la barra, Cervera pidió una lagartija y le entró con fe a la botana de cacahuates y habas. En una de las mesas, los hermanos Vargas, prósperos ingenieros y amigos de Nacho desde los años de preparatoria, jugaban una partida de baraja, mientras que Nicolás Poblano, su asistente de todas las confianzas y quien les conseguía las botellitas para refrescarse entre semana, miraba el juego de tahúres. Al igual que Nacho, sus amigos apenas rebasaban la treintena de años. Uno de ellos, Pepe Vargas, era el ingeniero designado por un senador para construirle una pequeña mansión en el nuevo desarrollo urbano de Satélite. El joven constructor pasaba sábados y domingos en la ciudad con sus viejos amigos; el resto de la semana, en la obra de la casona de esa prometedora ciudad del futuro. Mientras el cantinero destapaba la botella y mezclaba el vodka con jugo de toronja, limón, hierbabuena y hielo granizado, Cervera siguió devorando la botana con la mirada puesta en el espejo, que le ofrecía una panorámica segura de la entrada del local. “¿Qué querrá este cabrón?”, pensó. Padilla, Padilla, el apellido del fulano aquél del que le habló Tomás Hernández comenzaba a tomar forma en sus recuerdos. Algo había escuchado, como un rumor que durante sus años en la universidad apareció en la sobremesa de las cantinas, anécdota rescatada para ilustrar la fiereza del gobierno soviético: que escribió injurias contra Stalin en un baño y le echaron el guante por esa pendejada…, que lo traicionaron sus compañeros y lo dejaron morir solo…, que un esposo celoso y militante de su mismo partido le puso un cuatro para alejarlo del país y refundirlo en Siberia. Rumores, sólo rumores. El cantinero adornó la lagartija con una cereza. Cuando Cervera se empujaba la segunda lagartija, Tomás Hernández entró a la cantina llevando un maletín y arropado con un abrigo maquinof azul marino. En la radio narraban un aburrido partido de beisbol y la suciedad estática de las bocinas alternaba con la llovizna, una carcajada perdida y los murmullos de los clientes. Tomás se quitó el sombrero y pasó de largo frente a la mesa de los jugadores, que levantaron la mirada de sus cartas para estudiar a la nueva visita. Nacho se sentó junto a Tomás. —Hasta que se atreve a visitar a los jodidos
/// En el Museo del Periodismo y las Artes Gráficas de Guadalajara. Foto de Gerardo Lammers.
—dijo. —¡Qué va! Aquí me la vivía hace años. Eras un mocoso cuando nos pegábamos unas borracheras fabulosas —respondió Hernández con una sonrisa de nostalgia—. ¿Tus amigos? —preguntó señalando a Nico y a los Vargas. —Sí, buenos tipos. Uno hace lo posible por ser el antipático, pero siempre hay alguien que te toma aprecio. Durante diez minutos permanecieron callados mirando cómo Juanito, el fiel mesero de La India, sacaba brillo a cada una de las bolas de cerveza, como si no tuvieran otro propósito en toda la noche que ver a un cantinero hacer su trabajo rutinario. Hernández sacó un billete y pagó las dos lagartijas que Cervera llevaba entre espalda y pecho. —Quizá ya es tiempo de que demos un paseo —sugirió. Sus últimas palabras las acompañó con una mirada habitual en su lenguaje mímico. “Poder, Cervera, el puto poder es lo que quieren estos puercos”, parecía decirle con esa mirada de pupila aguzada y la sonrisa torcida. La llovizna había ahuyentado a los pocos raterillos que llegaban a asomarse por la esquina de Bolívar y El Salvador. A Hernández y Cervera la inusual lluvia de octubre los tenía sin cuidado.
Caminaron hacia Izazaga, por el barrio de San Miguel, atestado de tugurios y congales donde cantantes cubanos y vedettes despampanantes se ganaban los centavos. —Chito Robles, uno de los compañeros del diario y que también es cercano al comité del partido, me ha dicho que eres de confianza — dijo Tomás. —¿Chito? ¿Y él qué diablos tiene en esto? —Todos somos parte de un mismo juego. Chito, unos compañeros del partido y yo. Nos interesa que regrese Emilio, del que ya te hablé. Yo no lo conocí, pero quienes lo conocieron hace veinte años aseguran que no merecía el cautiverio en que lo tuvieron, y mucho menos el secuestro, que viene a alargar la incertidumbre. —¿Y desde cuándo son ustedes tan samaritanos? —preguntó Nacho—. Lo dejaron tantos años botado, a rascarse con sus propias uñas, y ahora sí lo quieren de regreso. El Hernández de la oficina era un hombre seguro en sus palabras y sus hechos, hasta autoritario; el que Nacho tenía enfrente parecía un gato perdido, acorralado a mitad del monte, agresivo, temeroso. —Chito y yo hemos comentado de ti en el comité. Eres joven, gracias a tu padre tienes relación con ciertos círculos políticos y además
demuestras un abierto inconformismo. La carcajada de su ayudante fue como una patada en el ánimo de Tomás, quien torció los labios en franca molestia. Su rostro cacarizo, resultado de algún avance de los fascistas en la guerra de España, era un catálogo de orificios. En otras circunstancias, estaría cagando madres, arrojando su pluma fuente al escritorio o en el piso de la oficina, o dando manotazos. Acababa de descubrir que él no podía mandar en todos los sitios y que sus enanos podían crecer más de lo que él había esperado. —Mira, Tomás: ustedes tienden a ver el mundo como si fuera un tablero de ping pong. Buenos y malos, camaradas y enemigos de los pobres —dijo irónico cuando atravesaban la calle Mesones—. Ahora, si me preguntas, te diré que no me gusta ser tachado de idealista o de su opuesto, un faldero que se empine enfrente de un puteque. Pero ¿por qué no vas al grano, Tomás? ¿Quieren que por medio de mis conocidos o amigos averigüemos dónde está Padilla? Habían llegado al parque de Echeveste, frente a la iglesia de Regina Coelli. Hernández se detuvo junto a uno de los autos estacionados alrededor del parque. Puso el maletín en el cofre de uno de esos autos, aflojó los seguros.
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Ávila Camacho hizo unos intentos, pero aún vivía Stalin. No hubo resultados. No se supo de Padilla en muchos años. Fue hasta el 47 cuando apareció en la embajada de México en Moscú. Parecía un cosaco, de ésos que cuidan cabras y renos en la estepa, quemado por el sol y la nieve, sin un centavo en el bolsillo. Estuvo unos meses en la embajada y durante ese tiempo intercambió algunas cartas con su familia y amigos. Luego, el gobierno soviético lo obligó a tramitar su visa de salida en una ciudad alejada: Almaty. ¿Habías escuchado de esa ciudad? Búscala en el mapa cuando llegues a casa. Un año después, se le perdió el rastro, dejó de responder al telégrafo, aunque sin dejar de cobrar el dinero que le enviaba la embajada. Meses más tarde, el gobierno ruso notificó que estaba en la cárcel de Krasnoyarsk por una pendejada que llamaron “actos canallescos”. Suspendieron los giros telegráficos, que con toda seguridad estaba cobrando alguno de los agentes que lo detuvieron. ¿Puedes creerlo? La embajada lo recuperó hace poco y lo puso en el avión acompañado de Marrón. Ya sabes lo que sucedió después —de su abrigo, Hernández extrajo una fotografía—. Ésta es su foto, la más reciente. Es de hace ocho años, cuando pasó unos meses en la embajada. En sus manos, Cervera vio la imagen de un hombre de unos cincuenta años, tez aperlada, flaco de melancolía, gafas de pasta oscura, el traje una talla más grande. Era, sin duda, un habitante resignado de la última frontera hacia el abandono. En la foto, Emilio sostenía una
maleta y en la otra mano un abrigo. No sonreía ni para el fotógrafo ni para él mismo. A sus espaldas corrían los andenes de una estación de tren en algún punto de Moscú. A un costado, de perfil, aparecía el secretario, Ernesto Marrón. Con la cabeza inclinada a la derecha, Emilio sostenía esa nobleza del que sabe que va a morir pero no desea dar a sus verdugos el gusto de verlo llorar. Si tenía cuarenta años al momento de la foto, una vejez adelantada le había arrojado de golpe diez o quince años. Estaba tundido y aplanado por un siglo veinte que le había pasado completo por encima. La avaricia regurgitó en los intestinos de Cervera al igual que el batido mañanero y los pancakes, pero el monstruo que se alborotaba en sus entrañas no era otro más que la piedad, burbujeante, con oleadas de acidez que no paraba ni dios padre. La capilla se había llenado a la mitad. Algunos feligreses esperaban el inicio de la misa. La lluvia, a diferencia de los bebedores de La India, no los había ahuyentado. “¡Carajo! ¿Cambiar los tragos por salpicadas de agua bendita? Algo está mal aquí”, reparó Cervera. Hernández acariciaba el maletín. Un pequeño coro de voces blancas formado por cinco niños bien peinados entonó los primeros compases de un adagio barroco. —¿Sospechan de alguien? —rompió el detective. —Hay tres posibilidades: los norteamericanos, alguien del gobierno de México, o gente al interior del partido.
—A ver de dónde sale la primera madeja. Dame un momento —dijo Cervera. Se puso de pie y salió un minuto de la iglesia. A su regreso, llevaba tres veladoras. Puso una a los pies de un Cristo. —Pensé que eras ateo —dijo Hernández. —Aquí el que se caga en dios y la Virgen eres tú. Yo no. —¿Y las veladoras? —La primera es para que me ayude a entender las pendejadas que estás diciendo y me dé criterio para saber si debo tomarte la palabra; la segunda, para que me cuide dios padre en esto que me pides; la tercera, para que me pagues y no te hagas pendejo. Hernández: en la guerra no hay ateos. —¿Y qué dices, Cervera? ¿Nos ayudas o prefieres recomendarnos a alguien? —Aún no sé. ¿Cuánto traes en ese maletín? —Digamos que doscientos mil dólares. —¿Y de dónde salió ese dinero? —preguntó sorprendido el antiguo short stop, el ex talla veintiocho y el neurálgico que se conjugaban en Cervera. —En otras circunstancias, te mandaría al carajo, Cervera, pero te lo diré: son los fondos de las ministraciones que nos manda el partido soviético. —¿Quieres decir que van a investigar al mismo que les jala el mecate? —No, Cervera. No confundas. Una cosa es el partido y otra el gobierno, aunque no lo parezca. Además, ellos mismos son los principales interesados en que Emilio aparezca con vida para congraciarse con Ruiz Cortines. Ahorita necesitan su voto en la ONU y quieren que esto se resuelva antes de la ronda en que tratarán el desarme nuclear. Nacho Cervera se levantó con las dos veladoras en el bolsillo de su saco, se detuvo frente a la mesilla que acumulaba las ofrendas. Mojó dos dedos con saliva para apagar el pabilo del primer milagro. “¿Qué hago con este pendejo, mano? ¿Te lo llevas o te lo mando?”, preguntó al Cristo doloroso que colgaba de una de las paredes de la capilla. Pensar en esa cantidad de dinero le movía esas cosquillas por acariciar la papeluza, en fajos, en billetes hechos bola, enrollados o como quiera que fuera. Era una cantidad que le ahorraría muchos enjuagues, antesalas y humillaciones: negocio propio, casa propia y hasta mujer nueva, ¿por qué no? Imaginó todos los sueños, los que sabía que no eran para él. Tomás Hernández lo miraba desde la banca, inmóvil, con su valija, en la que guardaba una fortuna dispuesta a ofrecérsele a Nacho como una amante en el punto exacto en que se arrecian las llamadas para tomar lo que es propio. Cervera encendió las dos veladoras restantes que adeudaba al Cristo. Con la misma y depresiva náusea regresó con su aún jefe. Regresó con Tomás: —Mañana mismo veo en qué resulta el asunto de Padilla. Sólo necesito un adelanto para algunos gastos y para un abrigo que le debo a mi changuita —Hernández sacó un fajo de billetes y se lo dio a Cervera, quien lo guardó en la bolsa de su blazer—. Nomás te advierto que si tú o alguien de tu partido me sale con chicanadas, seré tu dolor de muelas hasta que me canse. A primera hora tienes mi renuncia y comienzo con este encargo. Vámonos. Sólo guárdame bien esa valija. Gerardo Martínez, El regreso del kazajo, Fondo Editorial del Estado de México, 2023.
Literatura
—Lo que estoy a punto de ofrecerte no lo debes comentar con nadie. Ya sea que lo aceptes o que lo rechaces, necesito tu palabra. Mira, el comité te ofrece esto y otra parte igual si nos ayudas a encontrar a Padilla. En el interior del maletín brillaron cinco filas de billetes verdes. La propuesta habría sonado tentadora para cualquier detective de la policía judicial. “Todo es una trampa”, pensó Cervera. Por la llovizna, el cigarro de Tomás Hernández era ya una sábana marrón coronada por una brasa que se extinguía como sus esperanzas. —¿Quieren que lo encuentre o sólo que les consiga información? —preguntó Cervera mientras empujaba la mano de su jefe incitándolo a cerrar el maletín. —Aún no sabemos si fue el mismo gobierno de México el que lo secuestró o fue un gobierno extranjero. Dudamos de los rusos. Quizá lo liberaron como un gesto para ganarse el voto de México por el tema de las armas nucleares que tienen en la ONU —respondió Tomás. —¿Y era importante el tipo? Hernández suspiró. Se quitó también el sombrero y miró a ambos lados de la calle. —Chito ya te ha hablado de él, ¿no es así? —Pobre. Mira que cualquiera puede terminar con los bigotes congelados en Siberia, y todo por una pendejada. —¿Qué dices, Cervera? Tenemos datos dispersos y un informante —dudó un momento y se rascó la cabeza—. Bueno, lo que queda de un informante. —Vaya vaya. Ésta sí es cosa de locos. Con la cédula de comunista es suficiente para estar formado en el vestíbulo de los psiquiatras — dijo Cervera con una risa burlona. —Aquí hay un puto interés de poder. Sólo que no sabemos, Nacho, quién está detrás de ese secuestro tan jodido. Una anciana que vendía veladoras, guarecida en la entrada de uno de los edificios vecinos, los observó cruzar el vestíbulo que daba paso a una capilla menor. Se quitaron el sombrero y la penumbra de la iglesia de Regina Coelli ocultó la mitad de sus rostros. Eran casi dos voces en medio de la divinidad enclaustrada. Tomaron una banca. Faltaban diez minutos para que iniciara la misa y un puñado de personas era la única compañía para el nuevo agente privado Nacho Cervera y su cliente Tomás Hernández. Alguien encendía cirios, alguien más oraba arrodillado, cuatro o cinco feligreses esperaban respuestas divinas. —¿Y qué ha dicho la cancillería? — preguntó Cervera a media voz. —¿Qué quieres que diga? Sostienen una sola versión. Dicen que Padilla estaba sentado en la sala de llegadas a un lado de Ernesto Marrón, empleado de la embajada. Esperaban un taxi y Padilla simplemente dijo “ahora vengo, tengo que orinar”. Marrón lo vio entrar a los sanitarios, pero no lo vio salir. A los quince minutos, con el dilema de dejar las pertenencias de ambos a disposición de los rateros, tuvo que entrar al sanitario. Nada. Incluso recibió insultos de un viajero gringo que lo creyó voyerista. Imagínate el cuadro. Divino, ¿no crees? —¿Y ya? —¿Qué más pueden decir? Ya quedaron como pendejos. No van a dar más detalles. ¡Joder! —¡Tomás! Estás en la casa de dios. —¡Joder, contigo! —¿La familia? ¿Qué hay de ellos? —Nada. Durante años le insistieron al gobierno para que les ayudara. Parece que
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Manoel de Barros: retorno al barro de la inmanencia Filosofía
6 Por Sigifredo Esquivel
Marin
1 Manoel Wenceslau Leite de Barros mejor conocido como Manoel de Barros. Nació y murió en Mato Grosso a los 97 años, en sus inicios estuvo vinculado a las vanguardias brasileñas, particularmente a la Antropofagia de Oswald de Andrade. Otro gran poeta, Carlos Drummond de Andrade dijo de él que era el mayor poeta vivo de Brasil. Y aunque fue discreto y se mantuvo alejado de los reflectores casi toda su vida, antes de morir recibió diversos premios y reconocimientos por su trabajo y trayectoria. Entre su vasta y compacta obra destacan Gramática Expositiva do Chão (1969), O livro das ignorãças (1993), Livro sobre Nada (1996), entre otros. Después de varios periplos en diversos países de América Latina y de estudiar cine y pintura en Nueva York, regresa a Campo Grande donde se dedica a criar ganado y cultivar sin dejar nunca el oficio de poeta a partir de la edad de 13 años hasta el día de su muerte. Su poesía recupera la oralidad, la cultura y la vida cotidianas. Apologeta de la inmanencia, es un poeta panteísta que efectúa una transfiguración estética de la vida cotidiana y la naturaleza en sus minucias simples (habría cierto paralelismo con el heterónimo naturalista de Ricardo Reis), de ahí la autodenominación de vanguardismo primitivo en su autorretrato: Retrato del artista como cosa: mariposas Ya cambian los árboles por mí. Los insectos me representan. Ya puedo amar a las moscas como a mí mismo. Los silencios me hablan. De tarde una dádiva de latas viejas atraca En mi ojo Sin embargo yo siento predilección por los lirios. Las plantas desean mi boca para crecer Por encima. Soy libre para el disfrute de las aves. Doy ternura a los buitres. Las ranas desean ser yo. Quiero cristianizar las aguas Ya puedo sentir el aroma del sol. (Retrato do artista quando coisa) El retrato del artista como cosa busca retrotraer los seres y las cosas a su vida interior rica en tesituras y sentidos abigarrados variopintos. El retorno a las cosas simples presupone liberar seres y cosas de una mirada racional-funcionalista, permitiendo que las cosas sean en su espontaneidad inmediata sin el filtro de la razón moderna. La subversión de la sintaxis y de la escritura es un quehacer poético que regresa la mirada inocente de la infancia como auténtica percepción del mundo y del sujeto. Desaprendizaje activo y descosificación del mundo, su obra poética ahonda en recuperar los sentidos ocultos al alcance de todos
/// Manoel Barros. Foto Marlene Bergamo_Folhapress.
por medio de desinventar el uso diario de los objetos. Aprender idiomas no humanos que reverberan en el murmullo del viento, de la brisa marina y de la noche. Su obra es una declaración de principios de otro humanismo no antropocéntrico, quizá próximo al sentido franciscano de hermandad con todos los seres sin distingo alguno. El poeta se conmueve por todos los seres despreciados, las cosas ínfimas y vilipendiadas por la perspectiva instrumental y pragmatista del mundo actual: Aprendo com abelhas do que com aeroplanos. É um olhar para baixo que eu nasci tendo. Se pueden escuchar ciertos resabios de El guardadador de rebaños lusitano: “Sabio no es el hombre que inventó la primera bomba atómica. Sabio es el niño que inventó la primera lagartija”. Sugiere los devenires del niño y devenir-naturaleza como agenciamientos existenciales, políticos y poéticos, y sobre todo, un quehacer continuo de resignificar la subjetividad. Su obra bien podría llamarse Tratado de las Grandezas de lo Ínfimo o Apología de los detalles sagrados larvados en el interior de cada cosa o Summa Ateológica de las cosas que no tienen nombre. Lo cotidiano y lo numinoso, lo común y lo excepcional cohabitan en una escritura celebratoria del mundo: Un girasol en su devenir Dios acaece en Van Gogh. Un hombre en su amanecer pájaro y su atardecer sol baño de luz púrpura. Mientras un niño con mirar de luciérnagas inunda la noche estrellada en la hermandad del silencio. Y justo la infancia fue otro de sus grandes temas, aunque la palabra grande, estaría un poco fuera de la sintaxis de un poeta pensador avocado a lo nimio, el margen, los detalles, lo minúsculo, lo infantil, lo prelingüístico. La infancia posibilita al poeta devenir niño. Quizá ésa haya sido siempre la cuestión de los auténticos poetas pensadores: Pessoa, Hölderlin, Neruda, Paz. Y de filósofos singulares como Heráclito, Nietzsche, Rousseau, Benjamin, Lyotard, Deleuze, Guattari, Agamben, entre otros. El devenir infante del poeta permite a Barros recupe-
rar la fe en el mundo –según consigna del Deleuze cineasta. El devenir que agencia la infancia como experimentación salvaje prelingüística, afásica, nos abre a lo indeterminado, lo no figurativo y no representativo, a todo aquello que escapa al concepto y la codificación y captura. La infancia posibilita a la poesía y al pensamiento un devenir y una experiencia absolutamente singulares y únicos que sortean la lógica y el orden imperante. Lejos de toda idealización romántica, la infancia es –según Barros– una potencia de desajuste, un estado larvario pre-racional y pre-significante que nos religa con el mundo en su fuerza intempestiva y aurática. Moviliza expresiones asignificantes y prehumanas. Más allá de sus diferencias radicales, poetas y pensadores que echan mano de la infancia para resignificar su propio proceso y trabajo creativo, atisban la apertura de un borde limítrofe que trasciende y trastoca todo orden y discurso racional, y que sin embargo, moviliza una serie de fuerzas, afectos y recursos expresivos capaces de rehacer la subjetividad y la imagen del mundo. La escritura poética de Manoel de Barros tiene dinamita en estado puro para hacer estallar el orden lingüístico preestablecido y abrirse a otros lenguajes no humanos que recrean y amplían la experiencia poética de la palabra pensante. La infancia es un paisaje y un pasaje de un juego libre de subjetivaciones insurrectas. 2 Descubrí su obra por medio de la sugerencia de un amigo (Rodrigo Menezes) de leer algunos poetas modernos de Brasil. Su obra compleja y orgánica, tiene una extraña dificultad, pues en su simpleza esconde una profundidad apenas percibida, pero siempre contenida. Su amor a la vida, su humor a flor de piel, no pocas veces impiden apreciar la cuestión de fondo: el canto soberano de la inmanencia desde el corazón mismo de la vida. Todos los temas relevantes de la existencia en clave menor, a partir de sus márgenes y detalles nimios, son aborda-
dos por una escritura menor que traduce lo ínfimo y íntimo como lo auténticamente trascendente. En Barros el barro es el principio axial que nos devuelve la desnudez y la pureza del mundo; no hay metáfora alguna, es una poesía simple, descarnada, empero su patetismo queda diluido en el retorno al barro del que venimos y al cual, un día, vamos a retornar. Barros es nuestro poeta oriental; redescubre en lo imperceptible miles de matices, sutilezas y tesituras, pero no contento con ello, ahonda y llega a la epidermis de la existencia humana misma y nos retrotrae al barro, a la tierra virgen en su devenir caósmico, orgiástico y telúrico. En sus momentos cumbres, su escritura poética alcanza el canon literario recomendado por el gran maestro Jorge Luis Borges de hacer de la escritura poética un arte expresivo que parece concretarse con la mayor naturalidad, espontaneidad y fluidez. Su escritura sobria, toca fondo en una existencia humana abisal, pero ese tocar fondo, se efectúa como una música suave que se desliza en la superficie de las cosas mismas y las penetra hasta hacer palpitar su corazón mismo. Nos recuerda que si el habla humana es una poética desgastada por la cotidianeidad rutinaria, la poesía de verdad es un retorno a la fuente primigenia de las palabras y les regresa su valor auténtico borrado por los días y el uso abusivo. En la poesía de Barros late el barro de la vida misma, el barro del ser y de la existencia sin más que amenaza con disolverlo todo en su fuente originaria, pero antes lo deja en plena libertad en su enigma que revolotea como animal vivo, más bien, como colibrí y mariposa, pues el aleteo de su escritura se despliega más bien como la danza de la existencia misma. Es una poesía en y desde la inmanencia, en y desde la vida misma sin más: “Sabedoria pode ser que seja ser mais / estudado em gente do que em livros”. Paradójicamente elige siempre lo negado, lo silenciado, lo no visto, le regresa la dignidad a las cosas simples y pequeñas de la vida sin más. Barros barre la solemnidad impostada y nos muestra la desnudez esencial, frágil e íntima: el barro de la existencia en su devenir incandescente y vivo. Algunas de las cosas que más aprecio de poetas y pensadores modernos y contemporáneos es su búsqueda por posibilitar alternativas en los márgenes y umbrales del sistema mundo contemporáneo sumergido en una crisis civilizatoria extrema. Desde una micropolítica festiva, Manoel de Barros tiene la potencia y la gracia de reconectar la vida humana con el devenir viviente desde la simplicidad misma que anima el sagrado cosmos. La escritura poética de Barros hace un barrido del orden imperante y deja entrar a la página voces y devenires no humanos: el canto de las aves, los latidos de la noche, el ritmo del mar, la mansedumbre de la montaña, el amor universal del cosmos en su orgía perpetua de goce sin fin.
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6 DE NOVIEMBRE DE 2023
Cuatro vías de aproximación a la lírica de Canserbero do consiste en colocar la perspectiva empírica del propio autor, donde el imaginario se instaura a partir de sus recuerdos, insinuando así un estado de consciencia mediante el cual problematiza el lugar que ocupa en su contexto, y se aclara, en tal práctica, una misión que en sí subyace para aportar conocimiento al género humano.
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ace unos días, con motivo de la conmemoración sobre el surgimiento del género musical, la revista Rolling Stone en español lanzó un listado de los nombres más representativos del rap en habla hispana. A propósito de eso, resulta atrayente focalizar algunos aspectos sobre el ejercicio creativo de quien fue considerado en el número uno: Canserbero. El tema en cuestión es “Y en un espejo vi” que es parte del segundo álbum del autor, titulado Muerte, el cual se grabó de manera independiente en el año 2012.
La técnica La idea de consciencia tratada se representa a través de la apariencia que regula el reflejo de un espejo al enfrentarlo, donde se plantea el desarrollo de un diálogo interior que en sucesión provoca conexión con la otredad, a quien se dirige un discurso cuyo talante introspectivo sólo es un procedimiento para trazar un sentido testimonial en aras de verosimilitud. La técnica del desdoblamiento ideada para conformar la estructura de la enunciación resalta un ingenio creativo que manifiesta el uso de un recurso literario por el que es posible abordar la subjetividad del individuo, la personalidad humana expuesta a un estado de trance y la trasposición del ser para desplegar el espíritu, esencia a la que recurre quien pretende descifrar la virtud declarada en la palabra.
El argumento Un individuo acoge el devenir al que la cotidianidad se ajusta porque un organismo superior a él, sin ofrecer cabida a distinta alternativa, regulariza su asistencia en el espacio al que pertenece. Los mecanismos que obedece en su conducta median con el propósito de subsistir a una rutina de la que concibe un panorama caótico, puesto que de éste se desprende la realidad que su infortunada posición en el mundo ha conferido a su existencia. Las escenas que figuramos como proyección del discurso emitido parten de un argumento que no resulta ajeno cuando se fija la percepción hacia un modelo de sucesos real que se ha mantenido como verdad de carácter ineludible y cuya emulación, aunque refiere el caso de alguien particular, de quien canta, también representa la generalidad arraigada en el acontecimiento de vivir para el individuo común que tantea una crítica condición social. El rapsoda Tirone José González Orama, llamado Canserbero en el medio musical, es reconocido por la
6 Por Edgar Khonde
exponen una concienzuda idiosincrasia por la que se comunica un leguaje de genio analítico. La relevancia del contenido del tema cita-
El mensaje Si es que puede conciliarse la idea como fundamento sustancial por el cual se otorgue una orientación reflexiva a la emisión, considero que lo más adecuado es establecer que hay un sentido de sensibilidad en lo emotivo propio del acto artístico expresado. Canserbero señala las vicisitudes comunicativas que la conformación de su labor implica y como actante de la historia reconoce en su voz la propiedad de un paradigma que funciona para asimilar el ciclo vida-muerte.
Vivir es increíble [seis]
sas que hago todos los días lo hice también ese día. Soy exacto, nunca fallo. Tomé mi hora de comida. Comí una sopa y el guisado que me había preparado. Luego charlé con mi compañero de rueda. Platicamos sobre la vida. No somos muy doctos de la evolución planetaria, pero nos gustan los dinosaurios. Nos gusta su grandeza e imaginar cómo caminarían y volarían sobre nuestras cabezas. Quizá si tuviéramos la posibilidad de tener dinero habríamos sido paleontólogos, ese término lo aprendimos de la red. Sabíamos que la paleontología estudiaba a los saurios y otros especímenes que habitaron la Tierra antes que los homínidos. Puedo parecer es-
pecialista por los términos que utilizo, pero no lo soy. Regresé al laburo y repetí lo repetido hasta que llegó la hora de salida. Buscaba tu mirada, pero no me volteaste a ver. Terminaste tu acto. Caminé hasta mi casa un poco moribundo. Sólo antes de dormir comprendí que no eras real, que tampoco habitaba esta dimensión. Supe que éramos cifras binarias establecidas para determinar un juego de Atari y que todos los días apareceríamos dentro de una caja de televisor. Alguien, un jugador, movería los controles para que nos encontráramos en aquella plaza buscando que hiciéramos contacto. Nuestros ojos, nuestras manos, nuestra piel. Ése era el único obje-
tivo de nuestras existencias. Todo lo demás, todo mi pasado, sólo era el preargumento del juego para que tuviera validez. Entonces me sentí aliviado. En mi oportunidad, mi yo instantáneo había fallado, pero otros yo tendrían otro chance que quizá derivaría en un futuro distinto. Vivir es increíble, ¿sabes? Nunca sabrás de mi existencia. Nunca sabrás que estuvimos tan cerca de serlo todo, a partir de casi nada. Mañana saldré otra vez a las cinco, pero no te encontraré en la plaza del mercado, porque, de acuerdo con Heisenberg, es imposible determinar simultáneamente la posición y la velocidad de nuestro encuentro a la vez.
Río de Palabras
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stabas vestida de rojo y un sombrero blanco, yo te miraba. Claro que nunca notaste mi presencia. Terminé mi turno en la fábrica y salí rumbo a casa. Caminé un par de cuadras, tomé un bus, pero me bajé antes de mi parada. Quería pasar al mercado a comprar fruta y algún dulce. Estabas en la plaza. La gente a tu alrededor gritaba y te animaba a seguir haciendo malabares, uno de tus ayudantes describía los movimientos que realizabas, rezaba versos y agitaba el sombrero para que tiráramos monedas. Yo quería encontrar tus ojos. Me movía al compás tuyo. En pocos minutos estaba desesperado porque nuestras miradas no empataban. Yo había salido desde mi casa a las cinco de la madrugada. Me quedé 15 minutos esperando el bus que me llevara a la fábrica. Chequé dos minutos antes de las siete. Laboré como todos los días. Sólo tenía que repetir movimientos repetitivos que repetían lo repetido. Nunca me equivoqué, nunca me he equivocado. Co-
significativa presencia que su estilo fundó en la escena del género urbano desarrollado en Latinoamérica, ya que las letras de sus canciones
Música
6 Por Leandro de Tirso
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LA GUALDRA NO. 597 /// 6 DE NOVIEMBRE DE 2023
Poesía
La poesía de Coral Bracho, un universo pleno de luz 6 Por Elsa Leticia García
Argüelles
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De polvo de estrellas estamos hechos. De la materia del corazón de alguna estrella, ya dispersa en el cosmos y aún viva en la memoria de su viaje de luz. Coral Bracho
a poesía de Coral Bracho, quien ha sido homenajeada por recibir el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2023, es un laberinto que seduce al lector de manera inteligente; cuando recibe el premio dice “La poesía es un discurso que no podrá rebasar la inteligencia artificial, pues la poesía conecta con una sensibilidad humana, la libertad y el placer de acceder al verso”. A finales de las décadas de los setenta y ochenta la historiografía literaria advierte un cúmulo de escritoras valiosas, tales como Silvia Molina, Carmen Boullosa, María Luis Puga, Ethel Krauze, entre muchas otras. En su mayoría, ellas enfocan el yo femenino para desestructurar lo convencional y crear nuevos roles, identidades y subjetividades de ser mujer. Bracho es una isla literaria que aporta una renovación del lenguaje poético desde su universo propio. La comunicación en Bracho es direccionada por quien mira, quien identifica “al otro” o “lo otro”, quien conecta con los sentidos para conocer la naturaleza; crear y contemplar van de la mano. En su poesía, lo “femenino” se conecta con la experiencia de ser humano, donde su poesía crece y se desborda como su pensamiento, creando conexiones que se transforman en algo más, como el Big Bang, materia que explosiona y crea galaxias. La abundancia de texturas, lugares, sentimientos, recuerdos, experiencias y percepciones invaden al lector, formando constelaciones de sensaciones, sonidos e imágenes. Su primer libro, Peces de piel en fuga (1977), surge como un enigma en la literatura mexicana y es recibido con extrañeza. Su lenguaje crea rupturas de todos los binomios, incluso, los referentes al género. La identidad de la voz poética es ambigua, juega con la polisemia y las voces se identifican en su sentido lúdico de vivir, mirar y escribir. La poesía de Bracho ha sido encapsulada con cierta dificultad que limita a algunos y obsesiona a otros. Autora discreta que devela un largo camino académico y literaria.1 De 1977 hasta 2023, Coral Bracho ha construido jardines, laberintos, estanques y diferentes espacios en
/// Coral Bracho. Foto de Pascual Borzelli Iglesias.
Ese espacio, ese jardín (2003), dedicado a su padre, y el poemario El ser que va a morir (1981); en Huellas de Luz (1994), Tierra de entraña ardiente (1992), Voluntad del ámbar (1998), Habitación de hotel (2007), entre otros libros hasta Debe ser un mal entendido (2018), los cuales se encuentran reunidos en Coral Bracho. Poesía reunida 1977-2018 (2019). Desde esta geografía literaria celebramos su existencia, su autoría, su persona, y su iluminada trayectoria que ha creado un universo lingüístico apasionante. *** Coral Bracho. Poesía reunida 19772018 (2019), México, Editorial Era.
sus libros de poesía, con un profundo ejercicio de la palabra y una conciencia del lenguaje poético, misma que
evoca su actitud lúdica y existencial. El poema es revelación en los extremos de la muerte y la vida como en
1 Poeta nacida en la Ciudad de México el 22 de mayo de 1951. Estudió Lengua y Literatura Hispánicas. Poemas suyos han aparecido en revistas y suplementos culturales de México, como Fractal, La Jornada Semanal, Letras Libres, Periódico de Poesía, Vuelta, entre otros, así como en revistas y antologías publicadas en España, Francia, Italia, Finlandia, Canadá, Estados Unidos, Brasil y otros países de Latinoamérica. Becaria de la Fundación Guggenheim. Miembro del SNCA. Premio Nacional de Poesía de Aguascalientes 1981 por El ser que va a morir. Premio Xavier Villaurrutia 2003 por Ese espacio, ese jardín. Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines-Gatien Lapointe 2011. Premio Poetas del Mundo Latino Víctor Sandoval 2016. Su poemario El ser que va a morir se incluye en la compilación Premio de Poesía Aguascalientes 30 años, 1978-1987 (Joaquín Mortiz/ Gob. del Edo. de Aguascalientes/INBA, 1997. Consultado en: http://www. elem.mx/autor/datos/1999