SUPLEMENTO CULTURAL
NO. 510 /// 17 DE ENERO DE 2022 /// AÑO 11
DIR. JÁNEA ESTRADA LAZARÍN
Tomás Mojarro Medina. Foto de La Jornada Zacatecas TV. 2014.
Tomás Mojarro Medina nació en Jalpa, Zacatecas en 1932; falleció el pasado 11 de enero en la Ciudad de México. “Su carrera de escritor, dentro de la ‘literatura pura’, abordó desde 1960 hasta 1973, cuando publicó la novela Trasterra, la que Vargas Llosa prefirió en un certamen por encima de Si te dicen que caí, de Juan Marsé. Después de eso, Tomás decidió enfocarse en la pedagogía del pueblo desde los libros y los medios de comunicación, con el cariz del Materialismo histórico que en su momento lo subyugó”. Simitrio Quezada
[“Tomás Mojarro: Tres momentos del autodidacta Maestro”, por Simitrio Quezada, en páginas centrales]
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La Gualdra No. 510
Editorial
E
l pasado 11 de enero, alrededor de las 7 de la tarde, Simitrio Quezada me envió un mensaje: “En este momento me informan, que entre 3 y 4 de la tarde de este martes ha muerto mi amigo y paisano Tomás Mojarro”. Tomás Mojarro, el escritor de Jalpa, el autor de Cañón de Juchipila, había fallecido en la Ciudad de México, pero nadie lo confirmaba todavía. Acostumbrados como estamos a que las falsas noticias circulen casi sin control, Simitrio y yo comentamos la pertinencia de estar seguros antes de manifestar cualquier cosa: él trató de comunicarse con la familia del Valedor, de comunicarse con sus contactos en la CDMX, yo con los míos, pero nadie nos daba certezas. Casi una hora más tarde de ese primer mensaje la noticia fue confirmada: el escritor zacatecano Tomás Mojarro Medina, nacido el 21 de septiembre de 1932, había muerto alrededor del medio día de ese martes, a los 89 años de edad. En el fondo esperábamos que no fuera cierto. Silencio. Minutos después los mensajes de condolencias empezaron a publicarse sobre todo en Twitter hasta convertirse en “tendencia”, y yo no dejaba de preguntarme qué hubiera dicho don Tomás de haber sabido que con la noticia de su fallecimiento tantas personas de diferentes partes del país empezarían a recordarlo, a despedirlo, a hablar de sus aportes literarios, críticos, filosóficos, comunicacionales... lo imagino sonriendo, acremente, porque de alguna forma, esas redes sociales -que llegó a criticar duramente- le dieron esa noche el reconocimiento que no tuvo en Zacatecas. Silencio otra vez. Suele suceder, la frase de “Nadie es profeta en su tierra” a veces se cumple con más tino que otras; no es el caso de don Tomás, porque si bien el día de su muerte no tuvo homenajes institucionales, tampoco era que le hicieran falta... “Ya para qué”, seguramente hubiera dicho él que tan reticente era a las manifestaciones públicas en su honor, a los apapachos públicos que solo servían, como llegó a comentarlo, para que se hablara bien de quien los daba, pero no para quien los recibía. Tomás Mojarro fue un personaje zacatecano al que hoy le debemos, entre otras cosas, que llevara el buen
nombre de Zacatecas a donde quiera que fuera; se presentaba siempre como zacatecano, aunque llevaba viviendo fuera de aquí la mayor parte de su vida. Como también suele suceder, el aporte realizado a través de sus libros será justamente dimensionado con el paso del tiempo... yo me quedo con Cañón de Juchipila, el primero que leí de su autoría gracias a que me fue obsequiado por otro personaje de Zacatecas, don Filiberto Soto Solís, quien se refería al jalpense como “un intelectual de enorme sensibilidad y capacidad crítica”. Si no lo ha leído, le recomiendo que lo haga; en su momento, Rosario Castellanos dijo sobre el estilo del escritor zacatecano que era “nada ingenuo y sí muy elaborado”, y es que a Mojarro hay que leerle entre líneas, como él mismo lo sugería. En estos tiempos, vale la pena y mucho hablar bien de los talentos que Zacatecas tiene, que esta tierra de artistas ha dado, porque nos dan una identidad que nos llena de orgullo y nos revitaliza en la búsqueda de la esperanza, la paz, la armonía y la belleza; y que va más allá de los acontecimientos trágicos por los que hemos pasado históricamente. Tomás Mojarro, ese “escritor provinciano”, como se autodenominaba cuando empezó a publicar literatura y era una de las promesas del Centro Mexicano de Escritores -del que fue becario de 1958 a 1960-, fue un artista que no se limitó en lo absoluto; incursionó en el periodismo especializándose en la crítica política; su labor realizada en la radio también habrá de recordarse y seguramente será tomada como ejemplo, pero no fue solo “locutor”. Lo digo con absoluto respeto, hay que dedicar más tiempo a conocer su obra, la del Valedor que nos ha dejado el pasado 11 de enero, así como la de muchos otros artistas zacatecanos que están trabajando todos los días por abrirse camino en este difícil pero apasionante camino de la cultura y las artes en nuestro país. Va para Tomás Mojarro esta despedida, con mucha admiración por su trabajo realizado. Nuestras condolencias para su familia a nombre de la comunidad gualdreña. Que disfrute su lectura.
Directorio
Contenido ¿Qué hacemos con las ardillas? Por Mauricio Flores
Tomás Mojarro: Tres momentos del autodidacta Maestro Por Simitrio Quezada
El principio del fin. El silencio en el sur, Tiempo sin claves de Ida Vitale Por Ana Valeria Badillo Reyes Ella Por El Seis (José Alberto Capaverde)
Spencer, de Pablo Larraín Por Adolfo Nuñez J. Desayuno en Tiffany’s, mon ku La peor persona del mundo, un filme de Joachim Trier Por Carlos Belmonte Grey
Las ventanas Por Daniel Sibaja ¿Qué tanto? Por Pilar Alba
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Jánea Estrada Lazarín lagualdra@hotmail.com
Carmen Lira Saade Dir. General Raymundo Cárdenas Vargas Dir. La Jornada de Zacatecas direccion.zac@infodem.com.mx
Jánea Estrada Lazarín Dir. La Gualdra lagualdra@hotmail.com Roberto Castruita y Enrique Martínez Diseño Editorial
La Gualdra es una coproducción de Ediciones Culturales y La Jornada Zacatecas. Publicación semanal, distribuída e impresa por Información para la Democracia S.A. de C.V. Prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta publicación, por cualquier medio sin permiso de los editores.
Juan Carlos Villegas Ilustraciones jvampiro71@hotmail.com
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¿Qué hacemos con las ardillas? Río de palabras
/// Juan Carlos Villegas. Ardilla. Tinta sobre papel. 2022.
t Por Mauricio Flores
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ahora, dice ella con una mezcla de preocupación y entusiasmo, qué vamos hacer con las ardillas. Ella, como muchas otras, puede que viva por los rumbos de Portales, Narvarte, Del Valle y hasta la Roma, perímetros de la gran ciudad donde una fauna desconocida parece decidida a compartir espacios, luego de las tediosas semanas de recogimiento dictadas por la pandemia. Ardillas en el parque, ardillas en el revuelto cablerío, ardillas en lo más alto de los postes, ardillas en las cornisas, ardillas en el balcón y, oh no, ardillas tras la ventana del comedor. Ardillas que nada saben de sana distancia alguna ni de delta ni de ómicron. Caminando muy derechito por las alturas y resguardándose en los árboles que ya resienten los fríos del caminante invierno. Qué vamos hacer con las ardillas, repite ella, al hacer memoria de la multiplicación de estos y otros mamíferos en los espacios urbanos. Hace años leyó Libertad, la novela del norteamericano Jonathan Franzen donde una pareja muuuuuy ecologista, Patty y Walter Berglund, aboga en favor de unos
pajaritos ante la degradación de la industria neoliberal contaminante. Petirrojos. ¿Por qué? “Porque ese pájaro me gusta. Es muy pequeño y bonito. Pesa menos que la falange de mi pulgar y va y viene cada año desde Sudamérica hasta aquí. Eso de por sí ya es una maravilla”. Algo así debería sentir con las ardillas, es pregunta, dice ella, mientras estas siguen ahí. En todo lo alto. *** Ya una maestra, retomadas las clases presenciales, mandó a sus pequeños alumnos a investigar sobre ellas. Y ella, ya verás cómo investigábamos nosotros en mis tiempos, le prohibió a su hija entrar a internet para cumplir con la tarea. Vete mejor a la papelería y pides una monografía de la ardilla, le dijo, así, una monografía de la ardilla. O una biografía, una de esas estampitas de seis por ocho (centímetros) donde los datos de la clase del día siguiente estaban contenidos, sucintamente, casi en su totalidad. Sí, lo corroboró después la maestra, la tarea cumplida, la mejor del grupo. Una ardilla es un pequeño animalito perteneciente al orden de los roedores, unas doscientas especies, que habita prácticamente
todas las regiones del mundo, excepto Australia, vaya a saberse el porqué, en apariencia inofensivo para el ser humano. Que vive, retoma la narración de la hija, vocecita aguda, en pequeñas madrigueras, túneles y sitios muy oscuros donde se resguarda de sus depredadores y donde también almacena alimentos, bellotas, nueces, semillas, algunos insectos, guácala…, para sus temporadas de hibernación, coincidentes con los días de frío. Por ello su insistente presencia ahora, ¿entienden todos? De pelaje oscuro, algo rojizo y otras más claras, las ardillas son nuestras amigas, dijo la maestra. Ahora vemos más, es cierto, pero siempre nos han acompañado en parques, Chapultepec, los Viveros de Coyoacán. ¿Han estado ahí? No son una fauna nociva, aun roedores como las ratas, sin embargo, debemos de tener mucho cuidado con ellas. No dejarles basura ni desperdicios de comida porque ellas no se quitarán de encima, como las ratas. Uy. Limpieza, palabra clave. Avanzará el frío y las ardillas disminuirán su presencia en la gran ciudad, es la sentencia: antesala de la tranquilidad y cierto desencanto. Sucederá con las ardillas…, pregunta ella, el minutero del reloj caminando sin
pausa, donde un lugar debiera haber para las nerviosas visitantes que trajo la pandemia. (Alguien le dijo que por las calles de la Álamos, a media noche, se han visto familias de cacomixtle atravesar las calle, pero no lo cree). Todo cuando ella, una nueva ardilla hurgando cada vez más cerca del balcón abierto, prosigue su lectura de Los vencejos, del español Fernando Aramburu, donde el protagonista central, Toni, un maestro universitario, ha dispuesto suicidarse, sí o sí, dentro de un año. Convencido de que “no hay mayor fraude ético que la negación de la muerte”, el personaje aramburiano camina todas las mañanas a su trabajo, y en el recorrido confiesa: “Adoro los vencejos. Vuelan sin descanso, libres y laboriosos. A veces miro desde la ventana a unos cuantos que tienen sus nidos bajo las cajas de aire acondicionado del edificio de enfrente. Pronto emprenderán su vuelo vertiginoso anual. Si nada se tuerce y mi vida sigue por el camino trazado, aún estaré aquí la próxima primavera cuando regresen”. Algo así se podrá hacer con las ardillas, imagina ella, a las que ya cree adorar. ***
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Personajes zacatecanos
Tomás Mojarro: Tres momentos del autodidacta Maestro
t Por Simitrio Quezada
nayuca. Cuando no era época de siembra, el hombre “bajaba” al pueblo, a la calle Guerrero, donde tenía una modesta peluquería. Audaz fue Mojarro al intentar vendernos algo legendario, pero más audaz resultó su maestro Carballo quien, con el gesto tajante de quien sacó a Mojarro de su oficio de mecánico de aviones en la zona militar de Zapopan, consignó sin miramiento en el prólogo, respecto a su pupilo: “Sus estudios han sido escasos, dispersos y superficiales”.
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En 1966, Emmanuel Carballo pidió a 11 discípulos suyos, escritores mexicanos menores de 35 años, que escribieran sendas autobiografías para que fueran publicadas. Los elegidos fueron Juan Vicente Melo, José Agustín, Gustavo Sainz, Carlos Monsiváis, Juan García Ponce, Salvador Elizondo, Sergio Pitol, Vicente Leñero, Marco Antonio Montes de Oca, Raúl Navarrete y Tomás Mojarro. La producción resultante fue una serie llamada “Nuevos escritores mexicanos del siglo XX presentados por sí mismos”, bajo el sello de Empresas Editoriales S.A. México. Cada libro, empero, tuvo un tiraje de apenas 2,000 ejemplares. Quien esto escribe encontró el de Tomás Mojarro, numerado con el 664 en el quinto piso de la biblioteca de la Universidad de Texas en El Paso, en agosto de 1999. Desde las primeras páginas puede apreciarse a un ladino Tomás de todavía 33 años, juguetón, nostálgico y dispuesto a mejorar con pinceladas de ficción ensoñadora los días de su infancia en Jalpa. Audaz, el Mojarro autobiografista de 1966 es el “meramente escritor”,
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todavía no activista político, que va tomando cada vez mejor distancia de sus ecos faulknerianos. Atrás quedaron su cuentario Cañón de Juchipila (1960) y sus novelas Bramadero (1963) y Malafortuna (1966). En las páginas encargadas, repito, Mojarro reescribe su infancia para darle un tono más célebre. Así, muchos lectores de su biografía nos creímos en un principio que su abuelo
materno, José Medina Luna, era un viejo oficial cristero de caballería que en las madrugadas llegaba a la casa de su hija para montarse detrás al nieto y que así el chiquillo le cubriera la espalda frente a un ataque vengativo, “una bala rencorosa”. En realidad, Medina Luna fue un agricultor que tenía un pequeño predio en la región conocida como “La cañada”, rumbo a la comunidad Te-
Enclavado en el cañón extendido entre dos sierras, el sureño pueblo zacatecano Jalpa entró a 1941 remarcando entre la luz los límites de su cabecera: al oriente la calle Tacuba, acariciando al río Juchipila, al poniente la calle Juárez y la irregular Niños Héroes, lindero para los amplios y ascendentes terrenos conocidos como “El Potrero” (hoy Barrio del Rosario). Pueblo tozudamente católico, de raigambre franciscana, el pueblo donde se mentaba más a Duranes, Flores, Medinas, Sandovales y Aréchigas tenía poco más de medio siglo con santuario en el Cerro de la Cantera, llamado así por los mes-
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tizos, o Cerro del Nido de Águilas, como era su denominación caxcana. Al pie de ese cerro, pasando el mismo río Juchipila, se erigen todavía dos moles: la mejor hecha es la parroquia donde se adora a un cristo tostado, de deliberada piel indígena, oscura como la melaza: le llaman El Señor de Jalpa, su festividad da apertura a cada año y se le ha hecho una novena para distribuir entre los rancheros, desde las comunidades Cofradía hasta San José de La Villita. El otro edificio es la presidencia municipal: modestos cuartos para el despacho administrativo y cárcel pestilente para mantener a raya a borrachos y cacos. Un niño de nueve años se encamina al corredor de esa presidencia. Hijo del zapatero Juan, el crío Tomás aprieta el paso para no llegar tarde a la enseñanza del tercer curso. Los salones de adobe de la escuela habían caído: por eso en el pasillo de la casa de poder se impartían las clases. Su gran educadora, empero, es su madre, Tula Medina. Maestra de religión, supersticiones y remedios caseros. Ángel guardián que se aparecía en medio de sus calenturas y delirios. Tula y Jalpa enseñaron a Tomás lo mejor que, dentro de un entorno de pobreza condenatoria, podían darle.
3 Es 2018, marzo, día 11. La cabina radiofónica tiene un fondo entre gris y nácar. Con tono rojo, se ilumina de pronto el anillo que está arriba del micrófono. Frente a él, el hombre de 85 años —gorra de estambre negro, chaleco del mismo color, sudadera de un azul casi níveo— comienza su lección sobre fábulas: “De animales voy a hablar esta vez”, anuncia bajo
los bigotes canos, de aguacero. Su voz tiende a lo cavernoso, aunque con tono siempre didáctico. Es el hombre sin estudios, que ahora vuelve a educar al radioauditorio, como desde hace innumerables domingos siete. Esopo, Fedro, Iriarte, Samaniego, Lafontaine desembocan en ese discurso radiofónico de Tomás Mojarro, alias El Valedor, quien auxiliado por Isabel Macías, su compañera de vida en los años más recientes, insiste en que se debe abandonar la mediocridad para salir del subdesarrollo. Su carrera de escritor, dentro de la “literatura pura”, abordó desde 1960 hasta 1973, cuando publicó la novela Trasterra, la que Vargas Llosa prefirió en un certamen por encima de Si te dicen que caí, de Juan Marsé. Después de eso, Tomás decidió enfocarse en la pedagogía del pueblo desde los libros y los medios de comunicación, con el cariz del Materialismo histórico que en su momento lo subyugó. Con temblorosas manos sostiene Tomás una cuartilla. De a poco, inicia una dosificación de datos: “Horas efectivas dedicadas a la educación: 1,195 en Corea. En México, 562 horas. Nuestro país tardaría 50 años en alcanzarlo”. Suelta la hoja y cruza las huesudas extremidades. Sus ojillos de topo bajan y suben con agilidad. Vuelve a levantar la voz: “El hábito de lectura de los japoneses: 91 puntos. El de los mexicanos, 2 puntos”. Toma agua purificada de una botella plástica y fustiga después a la subcultura televisiva que, junto con los “aborrecibles celulares”, tiene secuestrado al intelecto de mexicanas y mexicanos. Como buen jalpense, Tomás Mojarro es terco. Lo será hasta el final, hasta ese 7 de noviembre de 2021 en
ces, el resumen y tono general de su relación con sus radioescuchas, lectores y talleristas. El de Jalpa busca ser valedor de su paisanaje, a cambio de que ellas y ellos sean también valedores de él y así se cohesionen más “las células” de la sociedad. * * * En las líneas finales del mismo libro donde el maestro Carballo parece deslizar entre líneas que, de sus 11 elegidos, Mojarro es el de estudios más escasos, dispersos y superficiales, el aludido jalpense asienta, a manera de reconocimiento:
/// Tomás Mojarro Medina. Foto de Simitrio Quezada.
que, debilitado al extremo, transmitió el que sería su último programa. Frente al micrófono insiste ahora en sus historias sobre gatos que gobiernan a los ratones. Los roedores no eligen a sus semejantes como autoridades, sino que creen que ante el mal gobierno de los gatos negros lo mejor es elegir a mininos blancos o amarillos o pintos (de coaliciones). Mojarro resume en 54 minutos frente al micrófono la filosofía de necesarias acciones por las que las masas pueden emanciparse. Esto sin necesidad de combatir a los políticos con otros políticos; como que era muy consciente de que la proximidad al poder es, más que una tentación, un fuerte peligro para quien busca un mejor entorno. En este contexto, su concepto de “Valedor” (fiador, aval) implica, enton-
“Soy un autodidacta, pero que envidio con envidia de la buena a ‘los de mi camada’, que casi todos, a lo que yo sé, han tenido oportunidad de estudiar en la universidad”. Y más adelante insiste, con su humildad de varón de sayal: “Ahora soy no más que un provinciano, con todos los defectos y ninguna virtud, que en este oficio el provinciano no tiene ninguna, como sí la tiene en los discursos patrióticos”.
Más de 52 años después, el 11 de marzo de 2018, Tomás Mojarro estaba ya instalado en esa vía del despertar las consciencias ciudadanas. Instalado en el furor de esa tarea, el de 85 años y medio terminaba su programa con un comentario que bien puede resumir el diagnóstico del autodidacta Maestro respecto a los pobladores de este país: “Todo esto es México (con sus injusticias y problemas sociales). ¿Y nosotros? ¡N’ombre: creo que las Chivas ya van ganando!”.
Personajes zacatecanos
/// Tomás Mojarro Medina. Foto de La Jornada TV. 2014.
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El principio del fin. El silencio en el sur, Tiempo sin claves de Ida Vitale
Libros
PALABRAS minuciosas, si te acuestas te comunican sus preocupaciones. Ida Vitale.
/// Ida Vitale. Foto de Pascual Borzelli Iglesias.
Por Ana Valeria Badillo Reyes t
Río de palabras
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l no pronunciar o el no escribir “algo” resulta tan potente como si se hiciera, porque la poesía como en la música incluso sus silencios son importantes, comunican una ausencia que también es necesaria, son las pausas que les dan el ritmo. El mundo no existe mientras no sea narrado, todo es azaroso lo propone Onetti, e Ida busca hablar sobre ese silencio y la necesidad del poeta de realizarlo, de por una vez en su vida callar las voces de su cabeza: “Qué pocas cosas tiene este callado mundo, más allá de mis cosas” (Vitale 27). Vitale en su nuevo libro Tiempo sin claves resignifica el silencio que se les impuso du-
rante la dictadura, no con el deseo de gritar y hacer tanto ruido que ya nadie la pueda callar como lo menciona Fernanda Trías en su texto de Culturas Linieras, sino también propone una poesía femenina desde el silencio, la no existencia, la cual podemos encontrar en varias escritoras que convergen de paralela con Ida. Como El libro vacío de Josefina Vicens, Los cálices vacíos de Delmira Agustini, su connacional con quien tiene muchos puntos de encuentro más allá de la poesía, esa forma velada de proponer sus mundos, oscuros y encriptados, ser mujeres dentro de un canon que las consideraba incómodas. Con Clarice Lispector y su Soplo de vida corre a la par de Tiempo sin clave, en esas reflexiones que realizan las escritoras al final de sus vidas.
Por El Seis (José Alberto Capaverde) t
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lla estaba tan alta, que mis manos no la alcanzaban, y mis ojos se alegraban con verla, soñaba con poseerla, yo era un niño de ojos verdes y rulos rubios. Ella sabía que era mi tesoro, y el motivo de mis desvelos, y hasta la causa de mis temblores nocturnos. Ella cruzaba las piernas y mostraba un poco de su braga y como por arte de magia, convertía todo mi día en pura felicidad y plenitud. Ella se acercaba coqueta y sonriente, hasta que el vaho de su boca, bañaba mi rostro, y hacía que mi piel se erizara, y mi
El que se les obligara a narrar en el silencio, a tener que salir de su país de origen, del hogar confortable y toparse con un mundo muy ajeno con tal de no detenerse. Estas dictaduras permiten una ruptura y una memoria colectiva y un olvido colectivo, la poesía es esta memoria a la que todos pueden volver, conectar, una contracultura de cierta forma, queda como una historia residual como lo menciona Abril Trigo. La Ida que escribe estas líneas nos muestra las facetas de escritoras que se quedaron atrás, las despreocupaciones en la actualidad, que tal vez no deja ver a primera vista su verdadero diálogo interno, aquel sentimiento ajeno en una post-Uruguay globalizada. Su materia prima es el lenguaje, sí, pero también la memoria, esto es porque la memoria y el sueño son univer-
sales, padecimientos y bendiciones con los que coexistimos. La poetisa a su forma, tampoco calla, aún llevando un exilio a cuestas, decide no insiliarse, sino que por medio del silencio falso hace un llamado para aquellos que le suceden para encontrar una válvula de salida, para la creación que no se puede mostrar de manera simple, sino que requiere un vistazo más profundo, detenerse y ver qué hay detrás. Vitale fue y es una revolución de tiempos, nos sigue mostrando un mundo poético a través de esa insana costumbre de observar y a la cual con un casi siglo de sabiduría, agradecemos y también agradecen Fernanda Trías, Cristina Peri Rossi y Sofi Richero que haya permeado el camino para las escritoras uruguayas y siga en su misión inagotable de escritura.
Ella corazón golpeara mis costillas. Ella era mejor que el pan calentito de la mañana, y hasta que el paseo en bicicleta con mis compañeras de primaria. Ella algunas veces tenía que ir a la ciudad a las tiendas de ropa, pasaba con la peluquera, y visitaba la confitería; y me daba cuenta que no estaba, porque la casa estaba sombría, y había una quietud malsana. Ella llegaba con esas mejillas coloradas, y su sonrisa que desafiaba al sol, llena de
obsequios y palabras dulces y cariñosas, que todos los habitantes de la casa, se convertían en agradables personas. Ella me preguntaba por mis amiguitas, mientras movía su lengua, y mostraba sus perfectos dientes, siempre tardaba en contestar, porque veía cómo salían las letras de su boca, ahhhhh. Ella ponía mi cabeza en sus piernas ardientes, cuando mi padre se molestaba, porque no lo deseaba acompañar de pesca, y sus manos suaves, surcaban mi pelo en-
sortijado, mientras decía, está indispuesto, yo lo cuido... Ella era la única mujer que en realidad me importaba, y a la cual, estaba dispuesto de hacer mía, de tenerla para siempre, y jamás separarnos. Ella era el rocío de la mañana, el sol que alumbra, las nubes caprichosas, el cielo lejano, el universo en movimiento, pero... también era la carne palpitante que me hacía volar. Era algo así como la voluptuosidad misma. Era como una luz necesaria. Era todo... Trataba de no pensar en qué sería de mí, cuando se casara.
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Spencer, de Pablo Larraín t
Por Adolfo Nuñez J.
cintas biográficas, Larraín, lejos de reconstruir sucesos reales tal y como ocurrieron, se centra en elaborar una puesta en escena que repre-
sente el estado mental y la represión emocional de su protagonista. El resultado es una interesante mezcla
Desayuno en Tiffany’s, mon ku La peor persona del mundo, un filme de Joachim Trier Por Carlos Belmonte Grey t
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Desde hace tiempo solo miro para atrás. Pero no por nostalgia al pasado sino porque ya mi vida está en el pasado y no en el futuro. Es una nostalgia ante mi muerte”, Aksel le dice a Julie, ante la inminencia de su muerte por un cáncer de páncreas. “¿Es que acaso se puede ser feminista y al mismo tiempo amar las felaciones? ¿Amar que el chico te agarre de los cabellos y te empuje de ida y vuelta su pene en la boca?”, Julie le dice a Eivind en una fiesta en la que se acaban de conocer y están jugando al coqueteo, pero sin querer ser infieles. Estos dos extractos sirven para ilustrar los extremos de las relaciones y emociones buscadas en la más reciente cinta del director noruego Joachim Trier, Verdens verste menneske (La peor persona del mundo), estelarizada por Renate Reinsve
(Julie), Anders Danielsen Lie (Aksel) y Herbert Nordrum (Eivind). El guion, la dirección y los diálogos -todo previsto y sin dejar, de toda evidencia, ningún lugar a la improvisación- en esta cinta de Trier son un planteamiento al problema de las relaciones modernas. Organizada en 12 capítulos, un prólogo y un epílogo, se van contando los juveniles años de Julie. Desde su inicio Trier acudió al uso de la voz en off episódica para recalcar la variedad de opciones de estudio que un joven tiene ahora y que hace dudar, justo en una época en que se ha construido la ilusión de que todos son capaces de lograr éxitos y ser los mejores. Enseguida se encadenan los capítulos de la vida amorosa y profesional de Julie. Igual que en el estudio, existe un amplio menú de opciones de amantes, novios y relaciones de pareja, que funcionan o no, según las esperanzas por tener algo mejor
o algo diferente, o algo que “nos haga ser más Yo, más libres”. De la euforia del amor, de la pasión y de los nuevos oficios, de la decisión de vivir solos con o sin hijos, al brutal
choque con la muerte por enfermedad. Todo volátil. Trier, co-guionista, evitó los lugares comunes de las historias de amor y juventud, dotó a las personalidades de sus personajes de reacciones emocionales: la aparente resignación ante la ruptura se vuelve desesperación y violencia porque ya no vivirán en el mismo departamento; esa aparente resignación ante la muerte se vuelve depresión y angustia por el dolor y la ausencia de futuro; la aparente resignación ante un embarazo no deseado, pero con pareja estable, se vuelve alegría al desprenderse el embrión; la aparente hambre por tener un pene duro, se concretiza en mito cuando ella prefiere un pene blando que se endurece a su interior para ella asumir su poder de exitar. Una película que fue seleccionada en varias categorías de los Premios Lumières de la Prensa Extranjera en Francia, y que seguramente tendrá -esperamos- circulación en México.
Cine
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n su película más reciente, el chileno Pablo Larraín (El club, 2015; Jackie, 2016), convierte la mítica historia de Lady Di en una inquietante, angustiosa y muy estimulante experiencia cinematográfica. Spencer (2021) se centra en los tres intensos días que la princesa Diana (Kristen Stewart) se ve obligada a pasar en una elegante, solitaria y tenebrosa casa de campo de la realeza británica. Esto en compañía de su familia durante las celebraciones de Navidad. Pronto se hará evidente que Diana quiere estar en cualquier otro sitio, menos ahí. Los rituales y tradiciones de la familia real, y el modo tan protocolario en el que se llevan a cabo, no son de su agrado. Todos los presentes no hacen más que ningunear e ignorar sus quejas. Aunado a esto, su marido, el príncipe Charles (Jack Farthing), la trata con enorme indiferencia y le ordena que realice cada formalidad que le sea indicada al pie de la letra. Al ir avanzando los días, el hermetismo riguroso del lugar pondrá a Diana en un estado cada vez más límite, al borde del colapso. Los empleados del lugar harán todo lo posible para que dicha situación no se conozca fuera de esas paredes, donde la atención mediática se centra directamente en la princesa. Evitando los lugares comunes de muchas
entre biopic y thriller psicológico, que además cuenta con originales destellos de horror. En ese sentido, la película tiene más en común con The shining (1980), de Stanley Kubrick, que con otras producciones recientes de corte histórico. La tan particular propuesta de Larraín se eleva gracias a tres elementos fundamentales. El primero de estos es el excepcional trabajo de fotografía de la francesa Claire Mathon (Portrait of a lady on fire, 2019). Filmada en 16 y 35 mm con mucho grano, la película logra desplegar una atmósfera de ensoñación, cuyas imágenes oníricas, casi de fantasía, también forman parte del estado de ánimo de la princesa. Esta sensación ilusoria se acrecienta gracias a la extraordinaria banda sonora de Jonny Greenwood, la cual está repleta de ritmos discordantes y variaciones de jazz. El factor más destacado del filme es la magnífica interpretación de Stewart. De manera casi unipersonal, la actriz utiliza gestos, mímicas y movimientos que se podrían considerar manieristas y que al avanzar el relato se vuelven más notorios, como un reflejo de la frustración en el estado psicológico del personaje. Al final, Spencer resulta ser un drama de una intensidad atípica e inusitada. Con todo, no es otra cosa que el retrato íntimo de una mujer atormentada por los fantasmas del pasado, en un mundo que se rehúsa a olvidar sus creencias más anticuadas y obsoletas.
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Las ventanas t
Por Daniel Sibaja
Río de palabras
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l tamaño no merece importancia. Pero las ventanas de este sitio tienen una suerte estúpida que cualquiera en este infierno desearía tener. Por ejemplo, el miriñaque verde nunca ha tenido agujeros, sus verjas parecen estar oxidadas, aunque ese color marrón las hace resaltar incluso encima de los cristales ornamentados: de textura porosa en su superficie, con pequeñas estampas de cuerpos celestes. Y por supuesto, el aire limpio. El viento que entra a través de ella en el ocaso, ese fresco que es extremadamente superior a otros rincones. Por las noches la luz de una luna llena logra colarse e iluminarme el rostro hasta lograr despertarme o quedar en ese punto de la vigilia por el cual uno piensa: “Mañana perderé lo que más quiero”, y entonces se respira un aire más pesado y el futuro se convierte en pesadilla. No es que merezca un lugar así, pero cargarme de ansiedad solo me ha traído más preocupaciones, en especial con mi vida al lado de Selene. Mirando fijo hacia las ventanas de este cuarto he comprendido que esta línea finita de mortalidad no nos basta. Cuando amanece, Selene se cambia de ropa para ir al trabajo. En sus ojos aún entrecerrados se ve: esa especie de incertidumbre que produce el calor de Mérida en mayo. Para contrarrestar este mal, ella se da una ducha de agua fría y se pone gotas en los ojos antes de salir. Ya con Selene en los diablos, manejo la bicicleta todavía en la madrugada, a las cinco. Luego, me quedo solo, sin ella. Y si eso pasa, si esa soledad no la quito de mi pensamiento con facilidad, lamen-
/// Enrique Barajas Pro (Fresnillo, Zacatecas, 1971).
tablemente vuelvo a torturarme con el futuro y su compañera: una calavera que me espera todos los días en la parada del autobús o en un paso peatonal cuando conduzco y las dos ruedas de mi bici comienzan a desinflarse. La última noche del 2020 en la que un par de escorpiones se nos subieron por las piernas, ella pudo descubrirlo antes que yo. Y es que esas pequeñas estampas de cuerpos celestes sobre la superficie del cristal ornamentado no son suficientes para dejar pasar nuestro humo al quemar yerbas, eso hace que las verjas se oxiden y que el miriñaque se rompa y deje pasar a los mosquitos u otro tipo de invertebrados. Incluso eso termina siendo lo menos inusual,
ya que durante algunas otras noches Selene despierta sonámbula y trata de reparar el desastre que ocasionamos por la humareda. Por otro lado, los insectos nos han empezado a invadir con más frecuencia y caen del techo sin avisar, dejándonos la espalda con picaduras. No quisiera que esto se acabe. En serio, Selene no lo sabe del todo. Que en ocasiones cuando propone deshacerse de las ventanas podría también llegar a cambiarme a mí. Tal vez ustedes digan que sobrepienso mucho las cosas, pero lo he observado: que el cariño que nos tenemos igual es una cuerda sostenida y frágil como todo en la vida, y que nuestras ventanas han sabido mantenernos en una
posición cómoda al dormir, y eso es lo que más amamos. Hola, cariño. Es Selene, escribiendo un mensaje por el celular. Estoy aquí en casa, como de costumbre, en el cuarto, mirando atentamente a una fila de hormigas sobre el cristal; y ella por fin lo dice: Te escribo para saber qué prefieres, ¿corredizas o plegables? * Daniel Sibaja (Mérida, Yucatán, 1997). Licenciado en Literatura Latinoamericana por la Universidad Autónoma de Yucatán. Egresado del área de Letras por el Centro de Educación Artística “Ermilo Abreu Gómez”. Es autor de Montejo Boulevard (La Comuna Girondo, 2019; Edición digital, 2020) y Opiniones públicas (Sangre ediciones, 2021).
¿Qué tanto? t
Por Pilar Alba
¿
Qué tantos son setenta y siete años? Dice. Cuando la vida se le ha ido a uno en un parpadeo. Cuando los recuerdos se van acumulando como fotografías en un baúl viejo en el cual se pueden encontrar algunas imágenes que ni siquiera sa-
bías que existían y hay otras que inevitablemente se han ido borrando con el tiempo. ¿Qué tanto pueden significar setenta y siete vueltas al sol o tantas lunas? Pregunta. Cuando todo ha sido un constante cambio, un constante movimiento, aquí sigue uno: andando y andando. ¿Cuántas vidas caben en setenta y siete años? Otra vez pre-
gunta, sabiendo que a eso no puede dar una respuesta concreta. Tantas gentes, tantos libros, tanta música y ciudades; tantos roces, tantos pleitos, tantos deseos cumplidos y reprimidos. ¿Qué porción de felicidad representan setenta y siete años? Aunque no quiera hacerlo, reflexiona. Sí ha habido, aunque sea por momentos, aunque no
hayan sido más que solo dos mil, de los veintiocho mil ciento cinco días que setenta y siete años representan. A usted pueden parecerles pocos. Me increpa desafiante. Pero cada uno de esos dos mil, como justo el que tengo ahora con usted a mi lado, han hecho posible que todo este tiempo siga valiendo la pena.