Matar a un ruiseñor (fragmento)
Harper Lee
Las abuelas
John Berger
La era de la islamofobia
Alejandro Badillo



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Matar a un ruiseñor (fragmento)
Harper Lee
Las abuelas
John Berger
La era de la islamofobia
Alejandro Badillo






Carlos Martínez García
COMO JUAN RULFO en español, la estadunidense Harper Lee no tuvo que ser prolífica para que se le reconociera como la autora extraordinaria que fue: le bastó con la publicación de Matar a un ruiseñor, al arrancar la década de los años sesenta del siglo pasado. Escrita con una mezcla deslumbrante y poco usual de profundidad, eficacia y rigor, la novela desnuda por completo el pensamiento racista y clasista de la sociedad estadunidense, desde una perspectiva infantil que provee a la narración de una calidez que conmueve a cualquiera. Felizmente, esas cualidades no se perdieron en la célebre adaptación cinematográfica, de título homónimo, dirigida en 1962 por Robert Mulligan y protagonizada por Gregory Peck. Amiga de la infancia de Truman Capote –aun con cierta envidia mal velada, uno de sus principales entusiastas–, Harper Lee no volvió a publicar un libro sino hasta 2015, un año antes de su muerte: Ve y pon un centinela, escrita antes de Matar a un ruiseñor, y de manera póstuma apareció, apenas el año pasado, The Land of Sweet Forever (La tierra de la dulzura eterna).
PORTADA: Rosario Mateo Calderón con fotograma de Matar a un ruiseñor, 1962.


LA PROPAGANDA, MONSTRUO DE MIL CABEZAS, SUSTENTA SU GRAN EFECTIVIDAD EN LOS MUY DIVERSOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN, EN NUESTROS TIEMPOS AÚN MÁS EFICACES DEBIDO AL PODER DE INTERNET Y LAS REDES SOCIALES. EN OCCIDENTE HAN GENERADO LA ISLAMOFOBIA. ESTE ARTÍCULO APUNTA LAS IDEAS ESENCIALES Y EL CONTEXTO HISTÓRICO DE ESE FENÓMENO.
EN ABRIL DE este año se difundió en las redes sociales un fragmento del programa que publica en YouTube el pastor estadunidense Dale Partridge. El líder religioso –nacionalista cristiano para más detalles–afirmó que una de las mayores amenazas de Estados Unidos son las mujeres blancas liberales. Añadió que la mayoría de las mujeres no son capaces de votar de manera responsable. El
comentario no es un exabrupto de un sujeto aislado de la sociedad, un excéntrico sin influencia en su comunidad. El movimiento por derogar la Enmienda 19 –que permite el voto a las mujeres– ha crecido en los años recientes en Estados Unidos, según reportajes de medios como el New York Times. Algunos han ironizado diciendo que las declaraciones de Partridge no le piden nada a los clérigos radicales musulmanes, famosos en el mundo por oprimir a las mujeres. A pesar de esta inquietante analogía, no escuchamos en los medios occidentales afirmaciones acerca de que Estados Unidos es un país bárbaro, antimoderno, irracional o un peligro para la civilización. La demonización del extranjero tiene un largo recorrido en la historia de la humanidad. Aparece como un fenómeno en gran parte irracional que aprovecha las crisis sociales para ofrecer un chivo expiatorio a la mano. Así sucedió con el antisemitismo en el siglo XX, pero no es el único caso. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 presentaron a los estadunidenses un nuevo enemigo: el terrorista islámico que amenaza al llamado “mundo libre”. La coyuntura también inauguró la primera etapa de una vigilancia masiva a los ciudadanos –el Acta Patriótica de George W. Bush– que se aceleró con los datos que fue recopilando internet y el ecosistema digital que nos rodea. De esta manera se llevó a cabo una efectiva campaña de propaganda global para acusar al terrorismo islámico de todos los males de Occidente, olvidando –conveniente-
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mente– que Al Qaeda, la organización fundada por Osama Bin Laden, autor intelectual de los atentados, cooperó con Estados Unidos durante la invasión soviética a Afganistán. En aquellos años se recordó la película de Sylvester Stallone estrenada en 1988, Rambo III, en la que los valientes afganos eran idealizados en su lucha contra el enemigo –el ejército soviético– en los últimos años de la Guerra Fría.
Un autor que ha contribuido, desde la ficción y el ensayo, a combatir la demonización del islam, es el autor franco-libanés Amin Maalouf. En las novelas León el Africano y Samarcanda, entre otras, retrata al mundo árabe –cuando dominaba una parte de Europa– como un mosaico de culturas, lenguas, invenciones y transformaciones. Sus novelas presentan al islam del siglo VII al XV como parte de sociedades multiculturales, recordándonos que las religiones no son estáticas sino que interactúan con realidades complejas y responden a contextos que desbordan, muchas veces, la ortodoxia de los textos sagrados. En Los jardines de luz, novela de 1991, recupera la vida de Mani, líder religioso originario de lo que actualmente es Irán y que vivió durante el segundo siglo de nuestra era. Su doctrina –el maniqueísmo– fusionaba, entre otros elementos, conceptos del cristianismo, budismo y zoroastrismo para unir a las diferentes comunidades del Imperio Sasánida. Maalouf, en 1998, publicó Identidades asesinas, un ensayo en el que ya advertía los riesgos del mundo global, su uniformidad y la reacción virulenta –instrumentalizando la religión– ante el dominio del libre mercado y sus profundas desigualdades. Para el autor –ganador el año pasado del Premio FIL de la Feria de Guadalajara– la identidad no es monolítica y está marcada por la continua exposición a experiencias que, idealmente, llevan a tender puentes con culturas de orígenes y costumbres diferentes.
La visión positiva de Maalouf en el sentido de que la globalización y la tecnología de comunicación podrían servir para unir a las personas ha quedado, por desgracia, en el cajón de los buenos deseos. El islam y la población árabe –a partir de la guerra contra el terrorismo– se han convertido en el principal objetivo del racismo del siglo XXI. Para historiadores como el italiano Enzo Traverso, el islam ha reemplazado al judaísmo como enemigo de Occidente y sus valores supuestamente emancipadores. Para lograr esto se ha hecho una caricatura del musulmán y se ha construido, sobre esa falacia, una fuerte discriminación racial que va más allá de la práctica religiosa o, incluso, del secularismo de la población de origen o ascendencia árabe que vive en Europa o en Estados Unidos. La idea del islam vendida como una religión fundamentalista ya había sido analizada en 2001 por Edward W. Said en Cubriendo el islam. Cómo los medios y los expertos determinan nuestra visión del resto del mundo, último libro de su trilogía conformada por Orientalismo y La cuestión Palestina. Para los medios estadunidenses, Medio Oriente ha sido una región del mundo dominada por una religión que va en contra de los valores emancipadores que se difundieron después de la Revolución Francesa. Sin embargo, la forma de practicar el islam es muy diversa y su práctica depende de contextos que han cambiado mucho en el transcurso de los siglos. De hecho, como afirma Said, el fundamentalismo islámico ha surgido como respuesta al colonialismo europeo en Medio Oriente y, posteriormente, el intervencionismo cada vez más agresivo de Estados

▲ Ayman al-Zawahri (izquierda) con Osama bin Laden, en Khost, Afganistán. Foto de archivo: AP.


Unidos e Israel en la región. Desde la caída del Sha en 1979 y la toma de rehenes en la embajada estadunidense ese mismo año, Irán se convirtió en uno de los principales oponentes a la política exterior de Washington. No sólo los medios, sino la misma academia –como se puede revisar en los innumerables ejemplos que ofrece Said– contribuyeron a crear la imagen de un país peligroso al cual había que confrontar constantemente.
Suhaiymah Manzoor-Khan, historiadora, poeta y activista británica musulmana, publicó en 2022 el libro Enredados en el terror. Cómo acabar con la islamofobia. Manzoor-Khan forma parte de una nueva generación de musulmanes nacidos en Occidente que han visto cómo el Estado policial global se concentra en ellos. Por medio de las nuevas tecnologías, el acceso a datos e información personal que se extrae cada segundo en la actualidad, se ejerce una discriminación contra la población racializada, en particular la de origen árabe, sin importar si sean practicantes religiosos. La literatura, por supuesto, no ha quedado al margen de la demonización del islam. En 2015 el novelista Michel Houellebecq publicó Sumisión, un bestseller inmediato en el que se especula con la llegada de un presidente musulmán en Francia en 2022. La novela representa, fielmente, la paranoia de la población blanca a partir de la migración del Sur Global a Europa. Fue otro francés, Renaud Camus, quien en 2012 difundió una teoría de la conspiración: “El gran reemplazo”. La idea de que los europeos sean reemplazados por extranjeros, sobre todo musulmanes, es una fantasía que normaliza la xenofobia y el racismo. La ultraderecha dice defender la identidad de Occidente ante el embate de una población que convertiría, como sucede en la novela de Houellebecq, a los países europeos en califatos de facto, con cambios radicales en la educación, el Estado laico, entre otros. No deja de ser irónico que, después de la publicación de Sumisión, dos políticos de fe musulmana –Sadiq Khan, alcalde de Londres desde 2016, y Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York recientemente electo– no sólo gobiernen urbes occidentales importantes y multiculturales, sino que su agenda sea muy diferente a la del islam radical que vende la ultraderecha en el mundo ●

CUBA TIENE INFINIDAD DE HISTORIAS QUE CONTAR, MUCHAS DE ELLAS INCRUSTADAS EN LAS ADVERSIDADES QUE LE HA IMPUESTO LA HISTORIA. LA OBRA DE JULIO TRAVIESO (CUBA, 1940) DA CUENTA DE ELLO, EN ESPECIAL LA QUE AQUÍ SE COMENTA, EL POLVO Y EL ORO, “UNA NOVELA QUE SE MUEVE EN LAS ENTRAÑAS DEL RÉGIMEN Y EN LOS AGOBIOS DE LA ESTRECHEZ COTIDIANA, EN LA FALTA DE COMESTIBLES, EN LA MIGRACIÓN O LOS RIESGOS DE LA HUIDA COMO POSIBILIDAD DE VIDA Y ESPERANZA.”
TRAS UNA OLA de precariedades y desalientos, Julio Travieso (La Habana, abril de 1940-noviembre de 2025) recibiría, en 1994, el Premio Mazatlán de Literatura por su novela El polvo y el oro, publicada un año antes por Siglo XXI. Un bálsamo a la desesperanza y la derrota que representó el Período Especial tras el derrumbe del realismo socialista, la partida de los barcos rusos de Cuba y las sanciones comerciales incrementadas por George Bush, en 1992; bloqueo que Bill Clinton llevaría a niveles asfixiantes en 1996.
Los últimos treinta y cinco años de Travieso estuvieron marcados por la penuria, la sobrevivencia y la diáspora de su familia. Lo consolaba la escritura, la traducción y su espíritu coleccionista que lo llevaba a buscar ediciones príncipe. A veces se veía obligado a vender algunas para paliar urgencias domésticas y falta de medicamentos. En 2021, durante la pandemia, le fue anunciada la concesión del Premio Nacional de Literatura en su país; no lo recibió sino un par de años después.
Fue a finales de 1990 cuando su amigo Carlos Maciel, historiador y artista plástico, catedrático en la Universidad Autónoma de Sinaloa, hizo las gestiones para que la institución lo invitara a impartir cursos a la maestría de Historia. Se habían encontrado, a mediados de los ochenta, en el Instituto de América Latina de Moscú.

▲ Julio Travieso. Foto: José Álgel Leyva.
Los últimos treinta y cinco años de Travieso estuvieron marcados por la penuria, la sobrevivencia y la diáspora de su familia. Lo consolaba la escritura, la traducción y su espíritu coleccionista que lo llevaba a buscar ediciones príncipe. A veces se veía obligado a vender algunas para paliar urgencias domésticas y falta de medicamentos.
Cursaban el doctorado, Maciel en Historia y Travieso en Economía. Pero en ambos dominaban otras pasiones, en el mexicano la pintura y en el cubano la literatura. Maciel, también conocido por su nombre artístico, Kijano, afirma que fueron los años de bonanza de Julio. Su condición de cubano le daba el privilegio de una beca más jugosa. Al año siguiente, a mediados de 1991, Travieso volvió a México con un manuscrito bajo el brazo. Era la versión mecanografiada de El polvo y el oro, que Maciel y yo leímos con rigor crítico. Julio me había obsequiado antes la cuarta edición (1988) de Para matar al lobo, su primera novela (1971), publicada después de los libros de relatos Dios de guerra (1967) y Los corderos beben vino (1969). Por eso, cuando viajó a Moscú
para realizar su doctorado en Economía, llevaba un aura de escritor reconocido; había ganado, en 1981, el Premio de Novela Cirilo Villaverde con Cuando la noche muera
Ya en Para matar al lobo da muestras de un gran conocimiento de las técnicas narrativas modernas y recurre a la experimentación para construir un complejo andamiaje en el que sostiene la polifonía de voces testimoniales, víctimas y victimarios de la rebelión contra la dictadura de Batista: jóvenes universitarios alzados en armas, a la espera de los revolucionarios del Granma, sublevados muertos o heridos en emboscadas, sobrevivientes sometidos a sesiones de tortura, a menudo funestas. El placer de los torturadores contrasta con el idealismo y la ingenuidad, la valentía de los muchachos. Una novela
que dialoga con la nueva narrativa de la violencia, no sólo por la acción sino y sobre todo por el lenguaje y los recursos narrativos.
Julio participó en esa revuelta y sufrió tortura, me lo vino a corroborar Ramiro del Río, un colega suyo que hizo un comentario en Facebook tras el anuncio de su muerte: “Julio y yo sobrevivimos al ataque a la armería en La Habana vieja, el 9 de abril de 1958. Fuimos encarcelados.” Tenían entonces dieciocho años. La violencia política fue un tema literaturizado en sus relatos, particularmente en Los corderos beben vino
El polvo y el oro: Historia en la ficción
EN 1992, CUANDO recibí de sus manos El polvo y el oro, Julio traía signos claros de desnutrición y dolores intensos de la columna vertebral, pero lo animaba la posibilidad de ver publicada su obra en México. Desde las primeras páginas del manuscrito supe que estaba ante una obra de gran aliento. La narración de casi dos siglos de la historia cubana a través del árbol genealógico de una familia descendiente de un negrero español, que llega a la isla sin escrúpulos, con el objetivo claro de enriquecerse. Desde su arribo descubre que el comercio de africanos, a los que llamaba sacos de carbón, era el gran negocio de los británicos, el imperio con mayor tráfico de esclavos durante la colonia. Como en Para matar al lobo, el autor emplea recursos modernos que entreveran voces narrativas, en planos sincrónicos y diacrónicos, es decir que nos informan sobre la evolución social y cultural, nos llevan y nos traen a situaciones precisas, contrastantes entre el pasado y el presente. Así, con el tráfico africano y la migración europea a Cuba se gesta un sincretismo profundo, a veces soterrado para ocultar la negritud y las creencias religiosas de origen yoruba, porque el racismo es uno de los atavismos palpables en ciertas capas de la sociedad cubana. Recuerdo el comentario de un médico, amigo de Travieso, en una de mis visitas a la isla: “Sabes, la mayor tragedia no es la diáspora, es que la población blanca sea la que se vaya y nos quedemos con los negros.” Julio se moría de la vergüenza, pero aceptó que prevalecía en ciertos sectores una idea supremacista. Una llaga que su novela deja al descubierto.


En Para matar al lobo da muestras de un gran conocimiento de las técnicas narrativas modernas y recurre a la experimentación para construir un complejo andamiaje en el que sostiene la polifonía de voces testimoniales, víctimas y victimarios de la rebelión contra la dictadura de Batista: jóvenes universitarios alzados en armas, a la espera de los revolucionarios del Granma.
por Lectorum. No obstante, es una obra que no ha tenido la proyección y el éxito editorial de novelas cubanas como El hombre que amaba los perros, de Leonardo Padura.
El polvo y el oro no es sólo una novela histórica y de ficción, lo es también política, como casi toda
y de ficción, lo es también como casi toda



la narrativa de Travieso. Nos muestra la crueldad y la abyección del esclavismo, refresca la memoria sobre las prácticas inhumanas de los colonos españoles, el racismo, el crecimiento de la población africana en la isla, el mestizaje, las aspiraciones independentistas, la figura impoluta de José Martí, la valentía del héroe negro Antonio Maceo (ambos mártires, ambos amados), la revolución con sus jóvenes brillantes e idealistas, la contrarrevolución, Guantánamo, la crisis de los misiles, la descomposición burocrática, la perpetuación castrista en el poder, el bloqueo estadunidense, la diáspora, el fin de la Unión Soviética, el Período Especial que no cesa, el grito acusador ante el pelotón de fusilamiento.
La historia atravesada por la aguja y el hilo de la literatura, por una voz de ultratumba que viene del rencor vivo, de la violación, de la humillación y el deseo, de los hijos bastardos. Voz sobrenatural, Mayombe que serpentea con su maldición a lo largo de esta obra en la que se respira el salitre y la humedad de los muros de la isla, su música y su danza, su pasado señorial y su presente acosado por viejos y nuevos enemigos. El polvo y el oro, traducida a varias lenguas, fue publicada también en España y de nuevo en México
En ambos autores, Padura y Travieso, la historia y la vida cotidiana, habanera, son temáticas recurrentes y revelan sus preocupaciones socioculturales. Llueve sobre la Habana es una novela que supura por las escaras de la prostitución; salida emergente de mujeres y hombres para conseguir divisas y aliviar un poco la precariedad y el hambre; oficio practicado no sólo por negras y mulatas sino por mujeres blancas, universitarias, mujeres y hombres con estudios. Años duros en que la isla se convirtió en destino predilecto del turismo sexual. Cuba tiene las jineteras (y los jineteros) más ilustradas, diría Fidel en su momento. La novela fue publicada por la editorial sevillana Renacimiento y, siete años después, aparecería otra novela del español José Luis Muñoz con el mismo título y con una temática similar. Seguramente con perspectivas distintas, pero Julio estaba convencido del plagio; Muñoz argumentaba una malhadada coincidencia. Como sea, la de Travieso es una novela que se mueve en las entrañas del régimen y en los agobios de la estrechez cotidiana, en la falta de comestibles, en la migración o los riesgos de la huida como posibilidad de vida y esperanza. No sólo es Cuba, México está presente en muchos de sus cuentos y novelas. A lo lejos volaba una gaviota contiene relatos que narran situaciones chuscas tanto en La Habana como en Ciudad de México. Él, como muchos extranjeros, buscaban casetas telefónicas averiadas o “claves mágicas” para hacer llamadas de larga distancia gratuitas. No era extraño ver largas filas de cubanos, colombianos, centroamericanos, caribeños, aguardar turno para marcar sin costo a sus países. Una pequeña muesca al caudal de Carlos Slim. Anécdotas de la vida chilanga de un escritor cubano. Pero las filas en La Habana son leit motiv, lo mismo que la tarjeta de racionamiento para adquirir comestibles y bebestibles. “Comprar el ron o leer a Bajtin” es un cuento que ilustra la ansiedad entre el intelecto y el desabasto. La aprehensión por alcanzar la cuota de ron, antes de que se agoten la provisiones, se cruza con la obligación de dictar una conferencia al día siguiente sobre el teórico ruso. El licor no es para beber, sino para intercambiarlo por otros insumos, como jabón o papel sanitario, café o carne de puerco. La ironía y el sarcasmo del relato ilustra la lucha entre Eros y Tánatos, entre el deseo de quedarse y la necesidad de abandonar la patria, de huir o naufragar en el mar Caribe montado en una balsa o en una lancha de manufactura casera.
Julio era un cubano de cepa, mas un cubano atípico: no bailaba, no le gustaba la salsa, aborrecía la estridencia y los excesos. No obstante, poseía sentido del humor y un nutrido repertorio de chistes y de sentencias ingeniosas que pueden constatarse en su Cuaderno de los disparates (2017). También coexistía en él un pesimismo pernicioso y sombrío con el cual escribió Yo,el enviado (2009), una ficción que encierra el papel del mal en la evolución de la humanidad, pero, según esto, desde finales del siglo XX, el Enviado sentó sus reales en México. La muerte no le permitió a Julio escribir sobre la presencia del Enviado en Israel y Estados Unidos, sus planes de construir un balneario sobre los escombros de Gaza, y tal vez de transformar a Cuba en su antiguo prostíbulo.
Julio amaba México, soñaba con este país, pero él, isleño y habanero irredento, necesitaba para escribir la cercanía del mar, la humedad, el árbol que daba mangos y una sombra fresca en el patio de su casa ●
LA SIGUIENTE CARTA DE A’IDA, UNA FARMACÉUTICA, A XAVIER, INGENIERO ENCARCELADO POR DEFENDER SUS IDEAS, EN ALGÚN LUGAR QUE PUEDE SER PALESTINA, LÍBANO, QATAR, TURQUÍA, O GUATEMALA, NICARAGUA, ECUADOR, ARGENTINA, PARAGUAY, CHILE, ESTADOS UNIDOS O EUROPA, FORMA PARTE DEL LIBRO DE A PARA X, PUBLICADO POR EDITORIAL ITACA EN 2008, Y REÚNE LAS LETRAS DE ESTA MUJER A SU HOMBRE.
John Berger

Mi guapo,
Esta noche escuchas en tu celda mis palabras mientras escribo. Estoy sentada en la cama. Tengo el cuaderno en las rodillas. Si cierro los ojos veo tus orejas, la izquierda sobresale un poco más que la derecha. Mi mejor amiga en la escuela alegaba que las orejas de los humanos son como diccionarios y que, si sabes cómo, puedes buscar palabras en ellas. Límpido, por ejemplo. Límpido. No voy a mandarte esta carta, pero quiero decirte lo que hicimos el otro día. Tal vez no la leas hasta que ambos estemos muertos. No, los muertos no leen. Los muertos son lo que permanece de lo que alguna vez fue escrito. Mucho de lo escrito queda reducido a cenizas, pero los muertos están todos ahí, en las palabras que se quedan. Sonó mi teléfono móvil y era la voz entrecortada de Yasmina –los pinzones chirrían así, veloces, cuando su árbol está en riesgo– para decirme que en el distrito de Abor un Apache sobrevolaba en círculos la vieja fábrica de tabaco, donde siete de nosotros se escondían, y que las vecinas –y también otras mujeres– se preparaban para formar

un escudo humano en torno a la fábrica y sobre el techo, para evitar que los cañonearan. Le dije que ahí estaría.
Colgué el teléfono y me quedé quieta, y no obstante era como si corriera. El aire fresco me golpeaba la frente. Algo propio de mí –pero no mi cuerpo, tal vez mi nombre A’ida– corría, hacia virajes repentinos, se remontaba o hundía en los desniveles volviéndose imposible de avistar o que le apuntaran. Tal vez un pájaro liberado tiene esta sensación. Una especie de limpidez. Para el momento en que llegué, ya se habían instalado en el techo plano veinte mujeres, y agitaban sus pañoletas blancas. La fábrica tiene tres pisos –como tu prisión. En la planta baja, hileras de mujeres, de espaldas a los muros, rodeaban todo el edificio. Aún no se avistaban tanques, jeeps o Humvees. Así que anduve desde el camino cruzando el erial para juntarme con ellas. Reconocí a algunas mujeres y a otras no. Nos tocábamos y nos mirábamos en silencio, entre nosotras, confirmando lo que compartíamos, lo que teníamos en común. Nuestra única salida era convertirnos en un solo cuerpo todo el tiempo que nos mantuviéramos plantadas ahí, negadas a movernos.
Oímos regresar el Apache. Volaba despacio y muy bajo para amedrentarnos y observarnos, y su rotor de cuatro hojas chantajeaba las corrientes para mantenerse en el aire. Escuchamos el familiar retumbo del Apache –el retumbo de ellos al decidir y el de nosotras al correr buscando refugio para escondernos, pero no esta vez. Podíamos ver los dos misiles Hellfire alojados en sus sobacos. Podíamos ver al piloto y a su artillero. Podíamos ver sus diminutas armas apuntándonos.
Frente a la derruida montaña, frente a la fábrica abandonada que fuera utilizada como hospital provisional durante la epidemia de disentería de hace cuatro años, algunas de nosotras estábamos prontas a morir. Cada una de nosotras, pienso, tenía miedo, pero no por ella misma.
Otras mujeres se apuraban a bajar el sendero zigzagueante desde las alturas del monte Abor. Está muy empinado por ahí, ¿te acuerdas? –y no podían ver el helicóptero. Se sujetaban unas de otras y reían con nerviosismo. Era extraño oír su risa junto al zumbar rugiente del Apache. Miré la línea entera de mis compañeras, en particular sus frentes, y quedé convencida de que algunas de ellas sentían algo parecido a lo que yo había sentido. Sus frentes eran límpidas. Cuando las rezagadas que llegaban del monte Abor nos alcanzaron, se ajustaron la ropa y las abrazamos cálida y solemnemente.
Mientras más seamos, el blanco que formemos será mayor, y mientras más grande sea el blanco, más fuertes seremos. Una lógica extraña y límpida. Cada una de nosotras tenía miedo pero no por ella misma.
El Apache oscilaba sobre el techo de la fábrica, tres pisos arriba, estacionario en el cielo pero nunca quieto. Una a otra nos tomamos las manos y de cuando en cuando repetíamos los nombres de todas. Yo me tomaba de las manos con Koto y Miriam. Koto tenía diecinueve años y unos dientes muy blancos. Miriam era una viuda entrada en los cincuenta y a su marido lo habían asesinado hacía veinte años. Les cambié los nombres aunque no vaya a enviarte esta carta.
En ese momento escuchamos que por la calle se aproximaban los tanques. Cuatro de ellos. Koto me acariciaba una de las muñecas con sus dedos. Oímos la voz de los altoparlantes anunciar toque de queda y ordenarle a todos dispersarse y mantenerse en interiores. Del otro lado del erial la calle estaba atiborrada, y descubrí a algunos camarógrafos. Unos cuantos decigramos a nuestro favor.

Ahora los inmensos tanques arremetían rápido contra nosotras, y las torretas giraban para seleccionar el objetivo exacto.
El miedo que provocan los sonidos es el más difícil de controlar. El traqueteo de sus orugas al aplastar con forcejeos todo lo que atropellaban, el rugido de sus motores torciéndose al ejercer succión, los altoparlantes que nos ordenaban dispersarnos –los tres crecían y crecían, hasta que los tanques hicieron alto alineados frente a nosotros, a doce metros de distancia, con las bocas de sus cañones 105 mm todavía más cerca. No nos apretujamos, nos mantuvimos separadas, sólo nuestras manos se tocaban. Un comandante que emergió de la escotilla del primer tanque nos informó, hablando mal nuestro idioma, que ahora seríamos forzadas a dispersarnos.
¿Sabes cuánto cuesta un Apache? Eso le pregunté a Koto, desde la comisura de los labios. Negó con la cabeza. Cincuenta millones de dólares, le dije entre dientes. Miriam me besó en la mejilla. Yo estaba alerta de que empujaran la puerta trasera de uno de los tanques y que emergieran los soldados, brincaran a tierra y nos arrasaran. No les habría tomado más de un minuto. Y no ocurrió. En vez de eso, los tanques se dieron vuelta y enfilados uno tras otro, dejando unos veinte metros entre ellos, comenzaron a envolver nuestro círculo.
No lo pensé entonces, mi guapo, pero ahora que te escribo en mitad de la noche, pienso en Herodoto. Herodoto de Halicarnaso, quien fue el primero que escribió relatos de tiranos que se hicieron sordos a todos los dioses por el estruendo de sus propias máquinas.
No habríamos podido resistir a los soldados si nos hubieran arrollado. Conforme nos rodeaban, los tanques se aproximaban deliberadamente –con lentitud apretaban la soga alrededor nuestro. ¿Tú sabes cómo es que una gata mide su salto, la distancia que le espera, hasta aterrizar en sus cuatro patas juntas en los cuatro puntos donde ella lo calculó? Pues esto es lo que cada una de nosotras tuvo que hacer: medir, pero no la distancia de un brinco, sino su opuesto –el monto preciso de voluntad necesaria para tomar la aterradora decisión de mantenernos, de no hacer nada, pese al miedo. Nada. Si subestimábamos la voluntad necesaria, tal vez rompiéramos la línea corriendo antes de darnos cuenta de lo que hacíamos. El miedo era constante pero fluctuaba. Si lo sobreestimábamos, habríamos estado exhaustas e inútiles antes de
El miedo que provocan los sonidos es el más difícil de controlar. El traqueteo de sus orugas al aplastar con forcejeos todo lo que atropellaban, el rugido de sus motores torciéndose al ejercer succión, los altoparlantes que nos ordenaban dispersarnos.
que todo terminara y las otras hubieran tenido que apalancarnos. Nuestras manos enlazadas ayudaban, pues nos hacían calcular la energía que cruzaba de mano en mano.
Cuando los tanques circundaron la fábrica la primera vez, no estaban a más de un brazo de distancia de nosotras. Por entre las ventilas cubiertas de malla podíamos ver sus cascos, sus ojos, sus manos enguantadas.
Lo más aterrador de todo era su blindaje, ¡visto tan de cerca! Cuando pasaba cada tanque era esta superficie, la más impermeable creada por el hombre, lo que no podíamos evitar ver incluso cuando cantábamos (y para entonces habíamos comenzado a cantar): sus remaches ciegos, su textura como de piel de animal pues nunca brilla, su dureza de granito y su color de caca, el color no de un mineral sino de la putrefacción. Era contra esta superficie que suponíamos nos iban a aplastar. Y frente a esta superficie debíamos decidir, segundo tras segundo, no movernos, no retirarnos.
Mi hermano, dijo Koto, mi hermano dice que cualquier tanque puede destruirse si uno encuentra el sitio preciso en el momento preciso.
¿Cómo logramos –las trescientos de nosotras–mantenernos firmes como lo hicimos? Las bandas de oruga estaban ahora a unos cuantos centímetros de nuestras sandalias. No nos movimos. Seguimos tomadas de las manos y cantando entre nosotras con nuestras voces de viejas. Porque fue
esto lo que ocurrió y es por eso que pudimos hacer lo que hicimos. No habíamos envejecido, simplemente éramos ancianas, teníamos como mil años de edad.
El prolongado tableteo de una ametralladora en la calle. Posicionadas como estábamos, propiamente no pudimos ver lo que ocurría, así que hicimos señas a nuestras viejas hermanas en el techo, que podían ver mejor que nosotras. El Apache se mecía amenazador sobre ellas. Nos devolvieron las señas y entendimos que una patrulla había disparado a unas figuras que corrían. Muy pronto escuchamos el ulular de una sirena.
La succión del siguiente tanque que nos confinaba, también nos encrespaba e hinchaba la falda. No hagan nada. Ni nos meneamos. Estábamos aterradas. Y en nuestras agudas y estridentes voces de abuelas, cantamos –¡aquí nos vamos a quedar! No teníamos arma alguna excepto nuestro útero maltrecho.
Así estuvo.
Entonces un tanque –no creímos de inmediato lo que veían nuestros ojos apagados– dejó de formar el círculo y se enfiló a cruzar el erial, seguido por el siguiente y el siguiente y el siguiente. Las ancianas del techo vitorearon, y nosotras, todavía con las manos cogidas, pero ahora silenciosas, comenzamos a dar pasos laterales hacia la izquierda de tal modo que lenta, muy lentamente, como correspondía a nuestros años, dimos vuelta a la fábrica.
Más o menos una hora después, los siete nuestros estuvieron listos para escabullirse. Nosotras, sus abuelas, nos dispersamos, recordando cómo había sido ser jóvenes y luego hacernos jóvenes. Hay tanta diferencia entre la esperanza y la expectativa de algo.
Al principio pensaba que era una cuestión de duración, y que la esperanza era el aguardar algo mucho más allá. Pero no. Me equivocaba. La expectativa pertenece al cuerpo, mientras la esperanza pertenece al alma. Esa es la diferencia. Las dos conversan y se excitan o consuelan una a otra, pero el sueño de una y de otra son diferentes. He aprendido algo más. La expectativa de un cuerpo puede durar tanto como cualquier esperanza. Como mi cuerpo, que espera el tuyo. Mientras tenga vida, soy tuya, mi guapo.
A’ida ●
Traducción de Ramón Vera Herrera.
EL CAMINO QUE SIGUE UNA NOVELA DESDE SU CREACIÓN HASTA SU PUBLICACIÓN Y, EN SU CASO, SU POSIBLE ÉXITO, ES A VECES COMPLICADO E INCIERTO. ES EL CASO DE MATAR A UN RUISEÑOR, LA GRAN NOVELA DE NELLE HARPER LEE (1926-2016), QUE ESTE ARTÍCULO DESCRIBE Y DOCUMENTA, OBRA “MAGISTRAL QUE DESNUDA AL SUPREMACISMO BLANCO Y LA CERRAZÓN DE QUIENES CREEN
DEFENDER PRINCIPIOS CRISTIANOS, TIENE HOY PLENA VIGENCIA CUANDO AL AMPARO DE UNA PRETENDIDA SUPERIORIDAD MORAL SE HACEN DENODADOS ESFUERZOS POR DIVINIZAR INTERESES MÁS BIEN POLÍTICOS Y ECONÓMICOS”.
El 11 de julio [de 1960] Lippincott saca a la venta un libro delicioso: Matar a un ruiseñor, de Harper Lee. Cómpralo. Va a ser todo un éxito. En él aparece un personaje llamado Dill, que soy yo, y la autora es una amiga de la infancia. Casi toda la gente que sale en el libro de Nelle está extraída de la realidad. Truman Capote
DESDE NIÑA, NELLE Harper Lee quiso ser escritora. Tenía el mismo anhelo que su vecino, Truman Capote, futuro autor de la novela A sangre fría. Cuando se conocieron ella tenía cinco años y medio y él siete; compartieron juegos, lecturas y tecleaban en una máquina de escribir líneas que imaginaban podrían ser publicadas en alguna revista. Nelle vio la luz el 28 de abril de 1926. Tres años antes su pueblo, Monroeville, Alabama, pudo tener acceso a la electricidad. Su madre (Frances Cunningham Finch), a causa de la bipolaridad que padecía y por recluirse en su habitación, no fue una figura tan influyente como sí lo fue el padre: Amasa Coleman Lee, abogado muy estimado por los habitantes de Monroeville. Fue la menor de la familia, antes que ella nacieron Alice (1911), Francis (1916) y Edwin (1920). Harper Lee creció en una familia lectora. Así lo evocó cuando tenía ochenta años: “Mis hermanas y mi hermano, mucho mayores, leían en voz alta para que no les molestara; mi madre me leía un cuento cada día, normalmente un clásico infantil, y mi padre leía los cuatro periódicos que le llegaban cada noche. Así que llegué a primer curso alfabetizada. Nosotros éramos unos privilegiados. Otros niños, sobre todo los de zonas rurales, nunca habían hojeado un libro hasta ir a la escuela”.
LAS NOVELAS DE Jane Austen estimulaban la imaginación en la infancia de Harper Lee, tanto que anhelaba ser escritora y llegar a ser, como declaró en su adultez, “la Jane Austen del sur de Alabama”. A los quince años, en high school, la profesora de inglés, Gladis Watson Burkett, fue para Harper una guía que le abrió nuevos horizontes literarios y le enseñó a expresarse bien por escrito. En 1944 ingresó a Huntington College, en Montgomery, y en el otoño del siguiente año inicia estudios de leyes en la Universidad de Alabama. Se une al grupo que editaba las publicaciones del campus, el periódico Crimson White y la revista humorística Rammer Jammer. En 1948, mediante un intercambio estudiantil, es aceptada para un curso de verano en la Universidad de Oxford y acrecienta su deseo de convertirse en escritora. Después de la experiencia en Inglaterra, Harper Lee continuó estudiando dere-


cho un semestre más, pero no concluye la carrera de leyes y regresa a Monroeville.
En su pueblo natal Harper Lee trabaja de mesera en el club de golf y con lo ahorrado proyecta irse a Nueva York. Monroeville tenía poco más de dos mil habitantes, la llamada Urbe de Hierro ocho millones. Se muda a la gran ciudad en 1949 y renta un pequeño apartamento de la Avenida York número 1539. El edificio ya no existe porque fue demolido en 1967. Consigue empleo como agente de ventas de boletos de avión para Eastern Air Lines y British Overseas Airways, y lucha por darse tiempo para escribir, lo que no logra con la fluidez y los avances deseados como para proponer la obra en alguna editorial.
Casey Cep, autora de una de las mejores biografías sobre Harper Lee (Horas cruentas. La historia del libro inconcluso de Harper Lee), que se complementa bien con la escrita por Charles J. Shields (Mockingbird. A portrait of Harper Lee, from Scout to Set a watchman), señala que Lee sobrevivía en Nueva York “alimentándose a base de sándwiches de mantequilla de cacahuate, esbozaba relatos en un escritorio que ella misma
se hizo con dos viejas cajas de manzanas y una puerta que encontró en el sótano de su edificio”. Nelle pudo completar ocho cuentos que llevó a distintas revistas como Tomorrow, Harper’s Bazar y The New Yorker. Los editores de las publicaciones los rechazaron y permanecieron inéditos durante más o menos siete décadas, hasta que en 2025 las piezas literarias fueron reunidas en el libro The Land of Sweet Forever, volumen publicado en español con el título La tierra del dulce porvenir. En los cuentos aparecen personajes y escenarios que después, con ciertas modificaciones, Harper Lee incluiría en Ve y pon un centinela y Matar a un ruiseñor
Ve y pon un centinela: el inicio y la larga espera
EN DICIEMBRE DE 1956 Harper Lee debió quedarse en Nueva York, ya que no tuvo vacaciones, lo que le impidió viajar a Monroeville. Sus amigos Joy y Michael Brown la invitaron a pasar con ellos el día de Navidad. En el tiempo de intercambiar obsequios Nelle entregó los suyos a la pareja y vio el regocijo de ambos hijos de los Brown al desempacar los regalos. Cinco años después, en la revista McCalls, en el número de diciembre de 1961, la escritora en ciernes evocaría el difícil momento en que pensó no recibiría presente alguno. Pero sucedió que Joy le dijo a Harper que no se habían olvidado de ella, que mirara bien el árbol navideño y encontraría su regalo. Nelle Harper lo hizo y halló un sobre con su nombre. Lo abrió y había una nota que decía: “Tienes un año fuera de tu trabajo para escribir lo que quieras. Feliz Navidad.” Desconcertada preguntó de qué se trataba el asunto. Le dijeron que habían tenido un año con buenos ahorros y querían darle a Harper lo equivalente a doce meses de salario, para que sin preocupa-
Harper Lee



ICUANDO SE ACERCABA a los trece años, mi hermano Jem sufrió una peligrosa fractura del brazo, a la altura del codo. Cuando sanó, y sus temores de que jamás podría volver a jugar al futbol se mitigaron, raras veces se acordaba de aquel percance. El brazo izquierdo le quedó algo más corto que el derecho; si estaba de pie o andaba, el dorso de la mano le formaba ángulo recto con el cuerpo, el pulgar rozaba el muslo. A Jem no podía preocuparle menos, con tal de que pudiera pasar y chutar. Cuando hubieron transcurrido años suficientes para examinarlos con mirada retrospectiva, a veces discutíamos los acontecimientos que condujeron a aquel accidente. Yo sostengo que Ewells fue la causa primera de todo ello, pero Jem, que tenía cuatro años más que yo, decía que aquello empezó mucho antes. Afirmaba que empezó el verano en que Dill vino a vernos, cuando nos hizo concebir por primera vez la idea de hacer salir a Boo Radley. Yo replicaba que, puestos a mirar las cosas con tanta perspectiva, todo empezó en realidad con Andrew Jackson. Si el general Jackson no hubiera perseguido a los indios creek valle arriba, Simon Finch

VIENE DE LA PÁGINA 9/ RUISEÑORES Y CENTINELAS...
ciones monetarias se pusiera a escribir la novela varias veces postergada.
Lo que Harper llamó un milagro de amor hizo posible que se dedicara con vehemencia y entusiasmo a escribir. El intenso trabajo comenzó a dar frutos y en el primer mes de 1957 Nelle Harper Lee entregó al agente literario Maurice Crain cincuenta páginas de la novela que tituló Go Set a Watchman (“ve y pon un centinela”), un segmento de Isaías 21:6. El versículo completo dice, “Porque el Señor me dijo así: Ve, pon un centinela que haga saber lo que vea.” En semanas sucesivas, hasta finales de febrero, llevó a la oficina de Crain un promedio de cincuenta páginas en cada visita.
La novela estaba situada en Maycomb, a donde, tras vivir un lustro en Nueva York, regresa Scout, mediante un largo viaje por tren, a la edad de veintiséis años, para visitar el pueblo y familia que la formaron. En la realidad Nelle Harper tenía tres años de residir en la urbe neoyorquina. Varios personajes de Ve y pon un centinela los recrea Harper Lee en Matar a un ruiseñor con muchos menos años; la trama no es la misma ya que Atticus, su padre, en lugar de actuar favorablemente en favor de los derechos de la población afroamericana, en el primer libro se muestra contrario a los cambios que afectan el statu quo y tiene opiniones racistas, lo que deja en shock a Scout y a punto de vomitar, al constatar la hipocresía no solamente de su padre sino de los blancos en Maycomb, que justificaban el segregacionismo contra la población afroamericana. El agente literario Maurice Crain valora que Ve y pon un centinela merece transitar hacia una posible edición y envía el material a la oficina de J.B. Lippincott, quien la cita para conversar acerca del escrito y hacerle saber observaciones para su posible publicación. La editora Theresa von Hohoff, vicepresidenta en Lippincott, se interesa en lo producido por Harper Lee, a la vez que la orienta con sugerencias para darle consistencia y entrelazar mejor las historias de los personajes para que no fueran “una serie de anécdotas”, sino una novela bien estructurada. Y en efecto, Von Hohoff tenía razón, porque Ve y pon un centinela es una narración costumbrista, donde están descritos los prejuicios normalizados por la población blanca de Maycomb, prejuicios que son puestos en

Ve y pon un centinela es una narración costumbrista, donde están descritos los prejuicios normalizados por la población blanca de Maycomb, prejuicios que son puestos en tela de juicio por la nativa “contaminada” con la diversidad de Nueva York.
tela de juicio por la nativa “contaminada” con la diversidad de Nueva York. La de Scout es una voz que clama en el desierto, pero los habitantes de Maycomb están plenamente convencidos de que viven en un paraíso amenazado por una mayoría minorizada: los afroamericanos. Ve y pon un centinela quedó en el archivo; finalmente fue publicada en 2015.
Matar a un ruiseñor: el éxito inmediato
LOS CONSEJOS EDITORIALES de Hohoff significaron para Lee denodados esfuerzos de reescritura, y en la tercera versión del mecanuscrito le cambió el título por el de Matar a un ruiseñor. La nueva versión es aceptada en noviembre de 1959 e inicia el proceso de formación y diseño del libro. Por fin, el 11 de julio de 1960 la obra de Harper Lee llegó a librerías. La editora Theresa von Hohoff le advirtió: “Nelle, no te sorprendas si solamente vendes dos mil ejemplares, o menos. La mayoría de libros de los novelistas primerizos lo hacen.” En el mismo mes de su publicación Matar a un ruiseñor apareció entre los diez más comprados según las listas del New York Times y Chicago Tribune. En los siguientes seis meses rebasó el medio millón de copias vendidas. En la primavera de 1961 estaban en curso traducciones a francés, alemán, italiano, español, holandés, danés, noruego, sueco, finlandés y checo. En el primer año la obra de Lee rebasó los dos y medio millones de ejemplares vendidos, y un año después cerca de cuatro millones y medio. Hacia 2020, según Casey Cep, la obra en inglés alcanzó cuarenta millones de libros vendidos.
En 1961 Harper Lee se hizo merecedora del Premio Pulitzer. En 1962, el 25 de diciembre, día de Navidad, tuvo lugar en Hollywood la premier de la

película Matar a un ruiseñor; el papel de Atticus lo hizo Gregory Peck. En la ceremonia del Premio Oscar, el 8 de abril de 1963, correspondió a Sofía Loren leer el nombre del reconocimiento al mejor actor: Gregory Peck, quien subió al escenario con el reloj de bolsillo que como regalo le hizo llegar la autora de la novela y que había pertenecido a su padre. Harper Lee seguía la ceremonia desde Monroeville en casa de una amiga, debido a que ella no tenía televisión, porque, declaró, “interfiere con mi trabajo”.
nunca habría llegado a Alabama. ¿Dónde estaríamos nosotros entonces? Como no teníamos ya edad para terminar la discusión a puñetazos, decidimos consultar a Atticus. Nuestro padre dijo que ambos teníamos razón. Siendo del Sur, constituía un motivo de vergüenza para algunos miembros de la familia el hecho de que no constara que habíamos tenido antepasados en uno de los dos bandos de la batalla de Hastings. No teníamos más que a Simon Finch, un boticario y peletero de Cornwall, cuya piedad sólo cedía el puesto a su tacañería. En Inglaterra, a Simon le irritaba la persecución de los sedicentes metodistas a manos de sus hermanos más liberales, y como Simón se daba el nombre de metodista, surcó el Atlántico hasta Filadelfia, de ahí pasó a Jamaica, de ahí a Mobile y de ahí subió a Saint Stephens. Teniendo bien presentes las estrictas normas de John Wesley sobre el uso de muchas palabras al vender y al comprar, Simon amasó una buena suma ejerciendo la Medicina, pero en este empeño fue desdichado por haber cedido a la tensión de hacer algo que no fuera para la mayor gloria de Dios, como por ejemplo, acumular oro y otras riquezas. Así, habiendo olvidado lo dicho por su maestro acerca de la posesión de instrumentos humanos, compró tres esclavos y con su ayuda fundó una heredad a orillas del río Alabama, a unas cuarenta millas más arriba de Saint Stephens. Volvió a Saint Stephens una sola vez a buscar esposa, y con ésta estableció una dinastía que empezó con un buen número de hijas. Simón vivió hasta una edad impresionante y murió rico. Era costumbre que los hombres de la familia se quedaran en la hacienda de Simon, Desembarcadero de Finch, y se ganasen la vida con el algodón. La propiedad se bastaba a sí misma. Aunque modesto si se comparaba con los imperios que lo rodeaban, el Desembarcadero producía todo lo que se requiere para vivir, excepto
En el mismo mes de su publicación Matar a un ruiseñor apareció entre los diez más comprados según las listas del New York Times y Chicago Tribune. En los siguientes seis meses rebasó el medio millón de copias vendidas. En la primavera de 1961 estaban en curso traducciones a francés, alemán, italiano, español, holandés, danés, noruego, sueco, finlandés y checo.
La trama de la novela: un universo despiadado
MATAR A UN RUISEÑOR, obra magistral que desnuda al supremacismo blanco y la cerrazón de quienes creen defender principios cristianos, tiene hoy plena vigencia cuando al amparo de una pretendida superioridad moral se hacen denodados esfuerzos por divinizar intereses más bien políticos y económicos. El abogado Atticus, al optar por defender a un afroamericano, Tom Robinson, falsamente acusado de violar a la mujer blanca Mayella Ewell, pone en evidencia todo el entramado social que respaldaba la opresión sufrida por la descendencia esclava. El pequeño pueblo de Maycomb es puesto en el microscopio y lo que se muestra es un universo despiadado, en el cual, como señal de esperanza, unos cuantos resisten al afán de deshumanizar a los considerados diferentes por parte de quienes detentan el poder. Nelle Harper Lee ya no publicó más después de Matar a un ruiseñor. Trabajó en documentar el caso del ministro bautista Willie Maxwell, sospechoso de haber sido el autor de seis asesinatos de personas de su entorno familiar y cobrar los seguros que él mismo había gestionado. Tenía el título de la posible obra: El reverendo. Trabajó diez años en el proyecto y decidió abandonarlo. Murió a los noventa años, en su pueblo en vilo, Monroeville, el 19 de febrero de 2016 ●

el hielo, la harina de trigo y las prendas de vestir, que le proporcionaban las embarcaciones fluviales de Mobile.
Simon habría mirado con rabia impotente los disturbios entre el Norte y el Sur, pues éstos dejaron a sus descendientes despojados de todo menos de sus tierras; a pesar de lo cual la tradición de vivir en ellas continuó inalterable hasta bien entrado el siglo XX, cuando mi padre, Atticus Finch, se fue a Montgomery a aprender leyes, y su hermano menor a Boston a estudiar Medicina. Su hermana Alexandra fue la Finch que se quedó en el Desembarcadero. Se casó con un hombre taciturno que se pasaba la mayor parte del tiempo tendido en una hamaca, junto al río, preguntándose si las redes de pescar tendrían ya su presa. Cuando mi padre fue admitido en el Colegio de Abogados, regresó a Maycomb y se puso a ejercer su carrera. Maycomb, a unas veinte millas al este del Desembarcadero de Finch, era la capital del condado de su mismo nombre. La oficina de Atticus en el edificio del
juzgado contenía poco más que una percha para sombreros, un tablero de damas, una escupidera y un impoluto Código de Alabama. Sus dos primeros clientes fueron las dos últimas personas del condado de Maycomb que murieron en la horca. Atticus les había pedido con insistencia que aceptasen la generosidad del Estado al concederles la gracia de la vida si se declaraban culpables, confesándose autores de un homicidio en segundo grado, pero eran dos Haverford, un nombre que en el condado de Maycomb es sinónimo de borrico. Los Haverford habían despachado al herrero más importante de Maycomb por un malentendido suscitado por la supuesta retención de una yegua. Fueron lo suficientemente prudentes como para realizar la faena delante de tres testigos y se empeñaron en que “el hijo de mala madre se lo había buscado” y que ello era defensa sobrada para cualquiera. Se obstinaron en declararse no culpables de asesinato en primer grado, de modo que Atticus pudo hacer poca cosa por sus clientes, excepto estar presente cuando los ejecutaron, ocasión que señaló, probablemente, el comienzo de la profunda antipatía que sentía mi padre por el cultivo del Derecho Criminal. Durante los primeros cinco años en Maycomb, Atticus practicó más que nada la economía; luego por espacio de otros varios años empleó sus ingresos en la educación de su hermano. John Hale Finch tenía diez años menos que mi padre, y decidió estudiar Medicina en una época en que no valía la pena cultivar algodón. Pero en seguida que tuvo a tío Jack bien encauzado, Atticus cosechó unos ingresos razonables del ejercicio de la abogacía. Le gustaba Maycomb, había nacido y se había criado en aquel condado; conocía a sus conciudadanos, y gracias a la laboriosidad de Simon Finch, Atticus estaba emparentado por sangre o por casamiento con casi todas las familias de la ciudad ●
Anécdotas/ Beatriz Gutiérrez Müller
“Rita, trae el cuerpo de Bob Marley”
SE CUMPLEN CUARENTA y cinco años de la muerte del legendario Bob Marley (11 de mayo de 1981) a consecuencia de un cáncer de piel. Usted debe recordar la noticia que entristeció a millones, doña Clofis. Y por esta conmemoración al talentoso e inolvidable jamaicano, que se despidió de este mundo a los treinta y seis años, he querido enviarle estas líneas para compartir un detalle sobre su muerte que nos lleva a 2005, a Adis Abebba, capital de Etiopía. En un concierto se presentaba un cantante etíope muy conocido en África llamado Téwodros Kassahun. Para el público occidental emplea el apodo Teddy Afro. Pues bien, en el recital mencionado, Téwodros lanzó una singular canción llamada “Promesa”, en español, escrita e interpretada en amárico, sobre la cual he preparado una glosa. Me ha dejado asombrada este discípulo rastafari-musical de Marley. Cuando la escuché por primera vez, no pasó de ser una atractiva canción que se tornó, de pronto (encontrando medios para traducirla), en un hallazgo: la exigencia musical de una promesa rota o un deseo incumplido: que los restos mortales de Bob Marley sean depositados en un específico lugar de Addis Abeba porque “así lo decidió” el cantante. Se trata del barrio Shashamane. Sin embargo, su entierro y mausoleo se hallan en su barrio natal Trench Town, en Jamaica. La canción no echa en menos que Marley nació en el Caribe, pero la letra de Téwodros reclama y enseguida pregunta: “si escogió mi país para el descanso eterno/ ¿por qué no se cumple su deseo?” Lea, querida amiga, la intención biográfica que se justifica: “Papá Bob Marley/ él sigue siendo jamaicano/ cantó e hizo a África sentirse orgullosa/ aunque nació en Jamaica/ su sangre es africana/ nunca murió, vive todavía.” Continúa con cuatro versos que refieren el intento de homicidio que sufrió en Kingston, en 1976, y otro momento importante de la política de su país, cuando en un concierto el 22 de abril de 1978 hizo subir al escenario, a la vista de todo el mundo, a dos rivales políticos: Michael Manley y Edward Seaga. La pugna por el poder había sumido



a Jamaica en una incontenible espiral de violencia y metían mano todo tipo de interesados en esa confrontación de pandillas. Por lo anterior, tiene sentido que su pacifismo sea exaltado en “Promesa”: “Aquel temor los volvió rivales/ pero las partes se reconcilian y unen fuerzas/ esa violencia que cobró muchas vidas/ Marley la detuvo usando una guitarra.” Con un coro espectacular, repetitivo y de encantamiento, aparece una retahíla de consignas tales como: “Únanse, gente negra, levántense/ únanse consigo mismos, sean sabios/ unidos todos, caerá Babilonia. […]/ africanos, paren la destrucción/ Bob Marley dijo que no era solución.”
Así, la letra va llevando a que surja la principal demanda: “Rita, trae el cuerpo de Bob/ ponte delante de la bandera y/ promételo a nuestro país, Rita.” La reivindicación se extiende enseguida a varios de los muchos hijos que tuvo con Rita y con otras mujeres: a Damian, a Ziggy, a Stephen, a Kymani, a Cedella y a Julian. “Tráiganlo a Shashamane/ tráiganlo a Etiopía/ prométanlo.”
¿La escuchará, doña Clofis? Hágalo. Desde ya me la imagino comenzando a mover los dedos, hombros, qué sé yo, el síncope, el 4/4. El reggae es un sortilegio contagioso, comienza todo a moverse de la nada. ¡Gracias por todo, Bob! ●

Genealogía de la salud. El acaecimiento lógos y el fundamento de verdad en la medicina hipocrática, Juan Manuel Mendoza Rodríguez, Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México, 2024.
SI BIEN ES UNA perogrullada decir que desde siempre la salud es un tema de interés universal, que a todos atañe, no menos cierto es que a partir de la más reciente pandemia las sociedades enteras frecuentan, consultan e investigan más en torno a la salud en general y las enfermedades en particular, pero también e inevitablemente se propagan más verdades a medias, sobreentendidos, malinterpretaciones y no pocas distorsiones y lugares comunes. Un ensayo como Genealogía de la salud…, de Mendoza Rodríguez –médico con doctorado en Ciencias en Salud Colectiva–, riguroso en términos científicos pero no por eso dirigido sólo a especialistas, es una aportación valiosa para establecer puntos de partida compartidos, conceptualmente hablando, para entender mejor a qué nos referimos hoy en día cuando hablamos de salud, entre otras cuestiones para evitar su peligrosa simplificación ●
En nuestro próximo número



LA EXPOSICIÓN El Jardín de Velasco, que se presenta en el Museo Kaluz hasta el 25 de mayo, es un proyecto colosal iniciado por su director Miguel Fernández Félix hace más de tres años que coincidió con la adquisición del Archivo Velasco que consiste en más de 2 mil 500 piezas entre documentos, dibujos, pinturas, obra gráfica, cartas, libretas de apuntes, fotografías y objetos personales que pertenecieron al pintor José María Velasco (1840-1912), reunidos a lo largo de casi tres décadas por su bisnieta María Elena Altamirano Piolle. Es la primera presentación al público de este invaluable archivo inédito que se despliega en todas las salas del museo y que es el proyecto más ambicioso que se ha visto en nuestro país en mucho tiempo. El diálogo curatorial entre Omar Olivares Sandoval y Sara García Fernández construyó, mucho más que una exhibición de arte, todo un proyecto transdisciplinar: arte y ciencia en la creación de José María Velasco. Tuve el privilegio de hacer el recorrido con Omar Olivares, reconocido como la autoridad en el estudio de Velasco en el Instituto de Investigaciones Estéticas (IIE) de la UNAM, y cuya tesis doctoral será publicada próximamente con el apoyo del Museo Kaluz. Como punto de partida de la extensa visita, el investigador señala lo que se considera un punto medular en la investigación científica de nuestro más grande pintor de paisajes: su participación en el debate sobre el evolucionismo tras Darwin. Así lo explica el curador: “El trabajo más científico es su estudio sobre el ajolote y su transformación en salamandra, cuya clasificación todavía no se había establecido en ese momento, y entra en una controversia con el darwinista alemán August Weismann, con lo que se inserta en las redes científicas internacionales. Mi aproximación teórica es entender justo que el conocimiento científico se construye a través de las imágenes,
que no son simples ilustraciones. Mi argumento es que la ciencia fue el centro de gravedad de Velasco, pero no solamente de sus trabajos científicos, sino también de su pintura. Velasco plasma los lugares de interés de todo un pensamiento que se está construyendo en el siglo XIX ligado a la figura de Alexander von Humboldt.”
La sala que alberga la faceta del pintor como botánico que se dedicó a recolectar, clasificar y representar las especies locales es un verdadero deleite. El visitante se puede pasar horas disfrutando los estudios de flores y cactáceas de Velasco y otros autores, y las exquisitas colecciones de litografías y dibujos que se exhiben en unas elegantes vitrinas de madera y vidrio de estilo decimonónico que remiten a la museografía original del Museo del Instituto de Geología. La colección gráfica reunida en la publicación Flora del Valle de México le dio acceso al artista a la Sociedad Mexicana de Historia Natural y en esta sala sus obras dialogan con ejemplares de las mismas especies de la colección del Herbario Nacional que se conservan en el Instituto de Biología de la UNAM. La importancia del trabajo de Velasco en este campo también trascendió las fronteras nacionales y se insertó en el intercambio global de especímenes y publicaciones que constituyó un capítulo fundamental de la ciencia del siglo XIX. Sus investigaciones en zoología se cristalizan en los magistrales dibujos de los troquilídeos (colibríes) del Valle de México realizados en gouache sobre papel.
El estudio de los árboles y las rocas fue un capítulo crucial a lo largo de todo su quehacer artístico. Sus grandes lienzos panorámicos poblados de arboledas de todos los verdes posibles o protagonizados por la presencia dramática de los paisajes rocosos, dejan sin aliento al espectador. Los dibujos en sus libretas de notas dan cuenta de la maestría que alcanzó en la representación de ambos temas, así como de las cortezas aquí representadas en diálogo con una selección de maderas de la Xiloteca del Instituto de Biología de la UNAM. (Continuará.)


1. Ajolotes para la revista La Naturaleza, litografía, 1878. 2. Litografía para Flora del Valle de México, 1869. 3. Dibujo científico de los troquilídeos (colibríes) del Valle de México posados en flores, s/f.

23 Y 24 DE ABRIL, edición 35 de las Jornadas Binacionales de Literatura, Abigael Bohórquez, en San Luis Río Colorado, Sonora. La denominación del programa obedece a la perseverante participación de creadores y estudiosos de México y Estados Unidos; el título rinde homenaje a uno de los poetas sonorenses más importantes (o acaso el mayor, aunque Alonso Vidal lo sitúa abajo de Mosén Francisco de Ávila).
Una o dos semanas antes, me confirmaron la invitación a este encuentro mexiamericano, vencedor de vientos y mareas a lo largo de tres décadas y media. Entonces, apurado a partes iguales por la poesía de Bohórquez y por la premura, se me ocurrió interpretarlo… Abigail Bojórquez, quien habría de convertir en canto los estigmas sociales que lo acosaron desde su niñez en el infierno grande de Caborca, nació ahí en 1936. Como poeta, masculinizó con Abigael su nombre femenino y sustituyó la J por la H en su apellido.
Comencé mi participación interpretando Navegación en yoremito. Canciones de amante juglar, juguetón y exigente, a veces hasta místico, pero siempre memorioso (no sólo porque recuerda y revive, sino también, y acaso más, por sus formas de recordar y revivir y vivir los tiempos más niños del cantar en español): “Tirte allá, engañástesme,/ mandáistesme a,/ pusístesme en cuidado y agora fallecístesme,/ …/ y desdeñástesme/ con la más fea folgando;/ mas non vos desdeñaré/ con bellido pájaro oscilando;/ non me lo toque ninguen.// Mientre, merendaredes cú:/ lo traigo andado,/ que non soy de olvidar,/ non.// Rústico mío, mi agreste compañía,/ non me desampares ni de noche ni de día…”
En la formidable crónica ensayística Un poeta ante la crítica: biografía intelectual de Abigael Bohórquez, Óscar de la Cadena ordena rigurosamente la obra del poeta, en etapas designadas al modo de los sacramentos cristianos. Y en algún punto, siguiendo el juego de esta divertidísima vertiente del poeta, comprende la obra total de Abigael, de 1956 a 1995, como El libro del OTRO buen amor, adscribiéndola al mester de jotería, del Archi(ru)pestre de Chalco y Hermosillo. Por ignorancia, miopía y/o mala intención, el canon recluyó a Abigael Bohórquez en la “poesía regional” y en la temática “homoerótica”. Por eso no cupo en el tópico y típico Ómnibus de poesía mexicana; tampoco, menos aún, en otra antología segundona, donde sí cupo, vergonzosa y ridículamente, el antologador. Con eso aparecen más estigmas, aparte de la madre soltera y su diversidad, viene lo “provinciano” y, para colmo, la pobreza. “Ahora/ lenguante el mar, bramal y salitrado,/ profundamente canta la memoria,/ canta, mientras la vida,/ con revuelta marea/ rejunta entre sus aguas las aguas de este olvido…” Me propuse interpretar a Abigael leyéndolo. Porque la lectura es suficiente e imprescindible para terminar lo que inicia quien escribe, y porque sin alguien que acepte tal incitación no hay literatura. La literatura es, ni más ni menos, el diálogo del autor con un lector. La lectura, acto de recreación y procreación, exige imaginar, no como invención ni como añadidura, sino como método de búsqueda y encuentro; como descubrimiento de lo real, diría Philip Roth o, como dijo Adolfo Gilly a propósito de Ángeles, el estratega, el héroe Felipe Ángeles ya estaba en la realidad histórica, lo único que faltaba era poder imaginarlo. La lectura, en el acto estelar de las Jornadas Binacionales, no fue para explicar, descifrar o agregar significados, sino para aportar mi resonancia actual a una poesía imprescindible.
Todas las gracias por la medalla Abigael Bohórquez a Rubén y Jonás Meneses, a Édgar A. Contreras, Sylvia Manríquez, Guadalupe Gálvez, Juan Carlos Ramírez Pimienta, Saúl Holguín Cuevas, Graciela Silva-Rodríquez, Daniel Vargas y Vladimir Galindo ●



ÁLVARO URIBE (1955-2022) nos abandonó súbitamente, tras sobrellevar en privado, y apoyado por su esposa, la también escritora Tedi López Mills, un cáncer que no le impidió escribir hasta el final. De manera póstuma se publicó un ensayo personal sobre su experiencia con la enfermedad, y más recientemente, Almadía, casa editorial de López Mills, reunió una serie de ensayos inéditos, seleccionados por su viuda, bajo el título Suma de las partes (2025) que cumple dos cometidos: reiniciar la conversación interrumpida con quienes fuimos sus fieles lectores y mostrarnos ese otro género en que Uribe era menos conocido que como narrador, aunque se mueva en ambos con idéntica destreza, generosidad y sentido del humor. Comienzo por el segundo ensayo incluido en este volumen, consagrado a la obra de José Emilio Pacheco, titulado sencillamente “Pacheco”, pues si bien hay varios en los que Uribe alude directa o indirectamente a su obra y a su propia vida, este me pareció el más revelador respecto al carácter, los valores, las influencias y la psique del ensayista, y ameritaría un extenso ensayo comparativo entre ambos autores, pertenecientes a generaciones distintas (Pacheco nacido en 1939) aunque todavía vinculadas por intereses temáticos y estéticos en común. La diferencia de edades, no obstante, permite presentar a Uribe como un adlátere del autor de Batallas en el desierto Desde la poesía hasta la prosa de su sujeto de análisis, Uribe entrevera con asombroso tino al ser humano que era Pacheco con el obsesivo amor y cuidado por la propia escritura y la de los demás. Muchos conocemos el “delirio perfeccionista” que caracterizaba a Pacheco, y muchos pueden interpretarlo como un signo de un carácter complicado, pero Uribe nos hace ver que era justo lo opuesto: gusto y respeto por el oficio: “los textos no están acabados nunca y uno tiene el deber de mitigar su imperfección y seguir corrigiéndolos hasta la muerte”, dice Pacheco, parafraseado por
Uribe. Aunque supongo que la intención primaria de Uribe es rendirle tributo al autor con quien se sentía más identificado, al grado de que ambos albergaron una misma idea que correspondió al más joven llevar a cabo a través de la novela Expediente del atentado (2007), provoca un deseo imperioso en retornar a las páginas de José Emilio. El ensayo que abre el volumen, sobre un autor que francamente desconocía, John Williams, generó en mí el mismo deseo que el de Pacheco: correr a buscarlo. En su calidad de narrador, Uribe empatiza mucho más con los autores a los que estudia. Sus ensayos exponen, no a propósito, la importancia de lo que algunos cuestionan a quienes vinculamos la biografía a la obra de los autores: la comprensión de una novela o relato alcanza la nitidez de una tertulia entre amigos para quienes conocen lo que existe detrás de la escritura; un narrador-crítico posee el poder de mirar la relojería interna de una obra que para un erudito racional sencillamente no es visible. No puedo evitar experimentar ternura cada vez que Uribe se cuida de no arruinarle la experiencia al lector con un spoiler, palabra que salta juguetona en el ensayo de Williams en particular. Uribe es maestro en incorporar modismos coloquiales a su orfebrería narrativa y crítica, tal cual hacía (otra vez) Pacheco.
La última parte del libro es, en gran medida, autobiográfica. Son discursos de recepción de premios donde se revela la intimidad de la creación de una obra narrativa en verdad sobresaliente que, a mi modo de ver, merecía más reconocimiento del que tuvo en vida...o quizá hubiera continuado cosechando de no ser por esa interrupción que nadie vio venir. Además de escritor, Uribe aportó mucho a la cultura mexicana como editor y como diplomático, e hizo una dupla sutil pero entrañable con su esposa, la gran poeta y ensayista Tedi López Mills que nos obsequia una precioso preámbulo que prefiero no spoilear ●

Imagen: Alonso Arreola, realizada con IA.
HACE UNOS DÍAS nos invitaron a un panel sobre rock y literatura en el Primer Festival de Letras de la alcaldía Gustavo A. Madero. Allí convivimos con cuatro colegas queridos y admirados: Joselo Rangél (Café Tacuba), Cha (Fobia), Daniel y Lu (La Gusana Ciega), moderados por la mente creativa e inquieta de Nelly Rosales. Todos íbamos con algo propio bajo el brazo. Joselo presentó su nuevo libro de cuentos Final feliz. Daniel compartió Hojas secas, volumen de poesía. Cha mostró la edición de Sonidos de México, para el que escribió el capítulo de rock. Lu llevó El puntito, cuento infantil de gran belleza. Nosotros, Relamparia. Dicho ello, sabemos que tanto el rock como la literatura han sido transformados por la consolidación de un mainstream que condiciona formas, tiempos y alcances, privilegiando la inmediatez sobre la complejidad. No siempre fue así, desde luego. Individuos con gran curiosidad y menor especialización transitaron con naturalidad entre la música y la escritura.
Pensemos en Boris Vian, capaz de escribir novelas (La espuma de los días) mientras tocaba jazz y componía canciones. Bob Dylan pergeñó Like a Rolling Stone y además construyó una poética cuya imaginería literaria resulta explícita (Allen Ginsberg); su Nobel de Literatura en 2016 es reconocimiento de ello. Leonard Cohen, ganador del Príncipe de Asturias, publicó libros (Beautiful Losers) antes de consolidar una obra musical. Patti Smith ha mantenido una relación constante con la poesía desde Horses hasta libros como Just Kids.
En México, Joselo Rangél ha publicado libros como One Hit Wonder, donde la crónica urbana dialoga con la sensibilidad sonora. En América Latina, Luis Alberto Spinetta llevó la canción hacia territorios abiertamente poéticos. Lo relevante en ellos es el modo en que la escritura y la música se entrelazan, incluso con vínculos explícitos. Verbigracia: Café Tacuba retoma Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco para construir una canción que condensa su atmósfera. David Bowie conversa con George Orwell (Diamond Dogs). Los Doors incorporan la impronta de William Blake. En sentido inverso, Juan Villoro ha explorado la crónica musical como forma de pensamiento, mientras que Xavier Velasco incorpora la velocidad, la actitud y la iconografía del rock en novelas como Diablo Guardián
Allí está, por si no fuera suficiente, el spoken word, género basado en la lectura en voz alta. En tal camino podemos acercarnos a tres autores con los que ya hemos colaborado: el francés Michel Houellebecq, el español Agustín Fernández Mallo, el nahuatlaco Mardonio Carballo. En tales cruces la palabra vuelve a ser respirada, encarnada en el tiempo. Finalmente, una idea menos cómoda: sabemos tararear, pero no necesariamente escuchar; sabemos leer, pero no necesariamente interpretar. En un contexto con pocas herramientas críticas, conviene desmontar la ilusión de que escribir libros o componer canciones nos vuelve artistas. Lo que eleva una obra es la perspectiva que asume riesgos, trabaja el lenguaje verbal o sonoro con rigor, buscando una forma de verdad, incluso si es irritante. Sin esa exigencia, el rock se vuelve mercancía y la literatura decoración. El ecosistema cultural de nuestros días con frecuencia sacrifica todo ello por visibilidad, velocidad y consenso. Pero si algo compartieron el rock y la literatura en sus mejores momentos, fue una resistencia a la complacencia. Tal vez ahí se juega su vínculo más profundo. Algo que necesitamos en tiempos oscuros y violentos. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos ●

Jim Jarmusch o la sutileza (II y última)
HAY CIERTO CONSENSO en señalar que The Dead Don’t Die (Los muertos no mueren, 2019) es, en la filmografía de Jim Jarmusch, lo “más flojo” o “menos logrado”, de lo cual aquí se disiente con firmeza. En realidad lo que sucede es una regresión, incluso simpática de tan torpe, pero no del cineasta sino de sus hiper/críticos que, en viaje “analítico” casi cuatro décadas atrás, no fueron capaces de ver al menos los dos elementos básicos que conforman el filme: uno, el amplio abanico homenajístico y autorreferencial –La noche de los muertos vivientes, Hombre muerto, Sólo los amantes sobreviven, Ghost Dog, etecé–, y dos, el animo jocanti, desacralizador, antisolemne y diríase “autoburlón”, que Jarmusch quiso imprimir a su parodia. Tres años antes, en 2016, Jarmusch había entregado ese pequeño y delicado prodigio de sencillísimo título: Patterson, inspirada mayoritariamente en el espíritu de la poesía de William Carlos Williams, a la que no se le pusieron grandes peros, quizá por el desconcierto que provoca su sólo aparente simplicidad –algo así como “no entendí gran cosa pero, como tampoco puedo decir que es mala, mejor no digo nada”.
UNA ATMÓSFERA similar es la construida por Jarmusch para su filme más reciente: Father, Mother, Sister, Brother (Padre, madre, hermana, hermano, 2025). Nunca fueron la exaltación, el sobresalto, lo explosivamente dramático ni lo falsamente espectacular los resortes narrativos del cine jarmuscheano, sino más bien la doble vía compuesta por una trama que apenas parece estar contando algo –un algo mínimo, poco más que trivial o trivial de plano, que a cualquiera le pasaría inadvertido– y, por decirlo de alguna manera, la trama profunda que corre por debajo de la más aparente. Póngase por caso la primera de las tres historias contadas en Padre, madre, hermana, hermano: solitario por propia voluntad, un padre anciano, bon vivant
discreto, pendenciero de toda la vida que a nadie rinde cuentas –Tom Waits, delicioso–, recibe la visita de hija e hijo, adultos bienportados y preocupados por él, que no los espera ni los quiere ahí pero no los trata mal y, si puede, alguna cosa les saca. El segmento del filme consiste apenas en el arribo de los hijos, su curada en salud de que ya vieron a su papá y comprobaron que “está bien”, el pequeño engaño del que éste los hace víctimas, y su partida de la semiermitaña casa paterna. Lo que se expone río adentro es una declaración de independencia indómita, no en términos económicos o materiales –y puede que también– sino en los anímicos y espirituales, que son los que cuentan a fin de cuentas. Las tres partes del filme están regadas de elementos sutiles, por ejemplo un reloj Rolex que, sin ser el mismo en las tres historias, sí representa la misma cosa: valor individual; o la rigidez corporal y la tensión espacial entre quienes interactúan, lo mismo la de los hermanos de la primera historia que la de las hijas de la segunda quienes, por una tradición que a nadie gusta pero nadie se atreve a contravenir, van a visitar a su madre creyendo que ésta requiere emocionalmente ser visitada, cuando en absoluto es así y no ve la hora de volver a quedarse sola. Río adentro una vez más, aquí Jarmusch ironiza finamente en torno a la hipocresía social, siempre exacerbada en el ámbito familiar, que no obstante pareciera ineludible a la hora de conseguir cohesión y, si acaso es posible, algo de afecto verdadero.
La tercera parte, de dos hermanos cuyos padres acaban de morir y de cuyas pertenencias deben hacerse cargo, suaviza la ironía a través de una mirada más comprensiva que “perdonadora” de los deudos hacia los recién difuntos, un poco como si Jarmusch deseara ponerle a la salida del viaje nucleofamiliar una nota amable: puesto que todos somos más o menos iguales, será mejor no juzgarnos con demasiada dureza; a final de cuentas, y aunque no lo reconozcamos, los defectos de los míos son mis propios defectos ●
ELOGIO DE UNA ROQUERO DE ENORME TALENTO Y DISCRETA FIGURA, J.J. CALE (1938-2013), GUITARRISTA EXCELSO QUE CANTABA, SE DICE AQUÍ CON ADMIRACIÓN Y ACIERTO, “A LOS PLACERES DE LA PEREZA
INTELIGENTE Y A LA MARIGUANA DE RIGOR, VERTÍA LÁGRIMAS EN SU TEQUILA, DEPLORABA LA POBREZA DEL DOWNTOWN ANGELINO, SIMPATIZABA CON LOS DE ABAJO Y LOS PERDEDORES CON SUS MEJORES NOTAS...”
En la jerga roquera dan en llamar dios a Eric Clapton que, como suele suceder, es una exageración. Y si un presunto dios del rock (al parecer hay otros), tras imitar en los años sesenta el pacto-de-crucero-con-el-diablo de Robert Johnson, dedicó la década siguiente a imitar y saquear a un tal J.J. Cale, que no era dios, ni diablo, pero había perfeccionado la destreza de mano-lenta (slowhand) que Clapton quiso para sí de ahí en adelante, alguien grueso debía de ser. Clapton le hizo muy famosas dos canciones, Cocaína y Después de medianoche en la década de los setenta, su mejor época en mi humilde opinión. Pero sobre quién era el tal J.J. (fallecido el 26 de julio de 2013 en La Jolla, de un infarto cardiaco) no es mucho lo que se supo en vida suya. Era algo así como un flojazo genial. Para sus pacientes productores, el artista más inaprensible del medio. Para Neil Young, un virtuoso sólo comparable a Jimi Hendrix. La guitarra fue su religión. Nacido en 1938 en Tulsa, Oklahoma, grabó algunos sencillos (pocos) entre 1958 y 1971. Fue hasta 1972 que terminó su primer álbum, Naturally. Desde los primeros acordes se presentaba como “la brisa” (“Call me the breeze”) y, por increíble que parezca, eso fue y nada más: una brisa siempre fresca de blues campirano, jazzeado y veloz, al que debe Dire Straits su sustancia primera. Si Clapton es el hermanito abusado y abusivo, Mark Knopfler resulta el vástago directo de ese estilo suave, ágil, melódico y rítmico de pulsar la lira. De entonces a Roll On (¿rolón?) en 2009, grabó quince discos (incluyendo los inéditos de Rewind, 2007), para añadir el póstumo Stay Around (2018); ninguno es mejor ni peor y todos son obras maestras, cargadas de breves composiciones, epigramas de sabiduría vagabunda, el sonido con la misma arquitectura, la inconfundible voz de fumador y esa guitarra perfecta. Con decir que el único álbum distinto es el comparati-

vamente sobreproducido The Road To Escondido (y aún así estupendo y entrañable), que grabó con el mismísimo Clapton en 2006 El astro inglés tardó treinta y seis años en pagar su deuda vital. A Cale debió darle igual, aunque en To Tulsa and Back: On Tour with J.J. Cale (2005), documental de Jörg Bundschuh, admitía que el reconocimiento “le ayuda a mi ego”.
Cantaba a sus novias flacas (Woman I love ain’t much more than skin and bones: “la mujer que amo no es mucho más que huesos y pellejo”), a los placeres de la pereza inteligente y a la mariguana de rigor, vertía lágrimas en su tequila, deploraba la pobreza del downtown angelino, simpatizaba con los de abajo y los perdedores con sus mejores notas, celebraba la naturaleza con conciencia ambiental y practicaba el alarde musical para ahuyentar suegras engorrosas. El prisionero, polizonte en el tren, viajero en carro o autobús. Days go by, cantaba. Caminos de ida y vuelta en la gran pradera: una banda sonora perfecta para nuestra road movie mental.
“Tuvo
una infancia feliz, y se le notaba”
CREÓ ALGO ASÍ como un blues en suspensión, que parece transparente pero basta que uno lo menee tantito para que se le agiten los colores y se reparta su sabor. Su gran pretensión fue su falta de ella. Al combo básico del rock le añadía dosis variables de sax y teclados minimalistas, y sus rolas se desenvuelven así nomás, con el pespunteo siempre de su prodigiosa guitarra, lenta y relajada. Para los títulos de sus álbumes no se hacía bolas, eran “naturalmente” simples. Unos de plano llevan 5, 8, 10, por todo título. A su estilo se le llamó laid back. Pero no fue ningún güevón, su perfección y su producción son las de un
artista disciplinado y con intenciones claras. Por eso tan seguro y despreocupado.
Su acompañante y compañera fue Christine Lakeland, flaca y sonriente, a quien conoció en 1977 y unió a la banda en 1979 para la grabación del quinto álbum. En adelante participó como segundas voz y guitarra en prácticamente todas las grabaciones del músico paradigmático de Tulsa. Su cercanía musical fue más constante que su matrimonio, formalizado en 1995. Sería ella quien lo acompañara al final, si bien desde 1984 desarrolló una solvente carrera solista. En 2014 tocó en el álbum The Breeze. An Appreciation of J.J. Cale, convocado por Eric Clapton para recordar al amigo, donde guitarrean Willie Nelson, Tom Petty, John Mayer, Don White, David Lindley, Albert Lee y, obligado por Clapton, el sangrón de Mark Knopfler.
Los tempranos hits de Clapton, y la roqueadísima versión de “Call Me The Breeze” por Lynrd Skynyrd en 1975, lo promovieron como autor y recibió pronto reconocimiento, aunque a diferencia de sus pares optó siempre por la discreción. Sus composiciones resultaron muy interpretables en manos de artistas tan diversos como Johnny Cash y Captain Beefheart, The Band, Santana, Leon Russell, The Allman Brothers, Maria Muldaur, Widespead Panic y moe.
Clapton ha declarado que Cale fue una de sus personas favoritas, un hombre sencillo “que tuvo una infancia feliz, y se le notaba”. Si Luis Cernuda opinaba que Dashiell Hammett fue “un escritor para escritores”, muchos consideran a John Weldon (J.J.) Cale un “trovador para trovadores”, que gastaba las uñas y los jeans en no hacer gran cosa, salvo tocar y rodar. Fue siempre el mismo, del principio al final. Pocos artistas en el mundo salen así, ya hechos, no evolucionan, no envejecen, no conceden; hacen poco ruido y, sin ser dioses, sorpresivamente nunca mueren ●