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ace unas semanas me enteré de que habían cambiado el nombre al salón Belén, donde se realizan conciertos de la escena under. Al parecer, hubo quejas de los vecinos que terminaron con la llegada de la Alcaldía y Sobodaycom (Sociedad Boliviana de Autores y Compositores de Música). No estoy muy segura de cómo influyó esto en el cambio de nombre, no sé si implicó un cambio de dueños o un diferente registro del lugar frente a la Alcaldía. Pero al cambiarle el nombre sentí que le habían quitado su esencia. Más allá de los bares y antros culturales que tiene La Paz, cuando se trata de conciertos de metal y géneros pesados, la escena siempre se ha movido en las periferias de la ciudad. Son espacios escondidos en la infinidad de calles de El Alto, o por el Mercado Rodríguez. Por eso quise despedirme de Belén, porque ella representaba eso para mí, como muchacha que tocó con su banda en ese lugar y que se sumergió a través de ella. Por eso le escribí una crónica, más literaria y ficcional que periodística, pero ésa es la imagen que tengo de ella y la esencia que quisiera transmitir.

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e todos los departamentos de Bolivia, es en la ciudad del Illimani, cuna del rock, donde los cuerpos de los devotos al metal pesado se entregan a los goces de una noche de estridencias. Hoy, el recuerdo del querido Rockerón sigue vigente, hogar de las tocadas más desnucadoras y rompe narices. Es una leyenda para las wawas que empiezan a internarse en la escena under, pero así como llegan las nuevas generaciones a poblar esta endemoniada ciudad, también han surgido sus espacios descendientes. Su hija predilecta, Belén, es el legado de tal congregación. A pocos pasos de la Plaza Gran Poder, a la vuelta del comedor del mercado Rodríguez, se encuentra esta nueva mezquita del metal. En la mañana es una pensión más, que sir-

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Belén

y los conciertos de ve ají de fideo, sajta de pollo y thimpu. Hasta las tres de la tarde se reciben chóferes de camiones de envío, caseritas que han dejado a su comadre viéndole el puesto para poder quitarse el hambre un rato, maestritos que han terminado su ruta minibusera, y alguno que otro ayudante acompañándolos. Salen todos satisfechos a continuar la jornada del día a día, y a veces le compran pasancallas a la cholita viejita de al lado, sentada en sus enaguas toda la tarde, sin sombra que la pueda cubrir. Después del último pensionado, doña

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