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T.U.H.V.


T.U.H.V.

Otra noche con las mismas pesadillas, pero esta vez despierto y no desaparecen con el primer café del día. Miro sin ganas el panel de control y fijo mis ojos en las coordenadas de destino, una secuencia numérica que está ya grabada a fuego en mi retina. Con gran esfuerzo estiro el brazo y de una atacada termino con la botella de WHAT?-R!,

“el

agua

más

pura

del

universo”.

Automáticamente voy al baño y el vómito más puro del universo vuelve al ciclo de la vida dejándome la garganta abrasada. Me siento. No puedo creer que finalmente vayamos allí. A vengarnos de ellos. Escucho una voz aguda y algo triste que repite una y otra vez la misma frase, intentando vanamente comunicarse con el interfaz de navegación. Me acerco y saludo a mi fiel compañera con un suave pero firme golpe en el hombro, como cada día, aunque hoy me cuesta tanto que creo que el gesto ha batido el récord en el tensionómetro. Vuelve su cabeza muy despacio, me

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clava sus ojos grises y con ellos me pregunta si de verdad estamos preparados para lo que nos espera al final del viaje. Nunca suelo comenzar un día sin haberme quedado un rato hipnotizado, mirando a través del cristal cómo pasan ante mis narices millones de kilómetros de ese papel pintado negro y con purpurina con el que Dios o quien quiera que esté a cargo de este sitio lo ha decorado todo. En cambio hoy, no sé muy bien por qué, no despego mi atención del cabello de un bello color naranja melocotón que cubre la cabeza de Dum. —¿Lo has preparado todo, Pess? —Claro. Todo pregunta,

lleva obvia

meses pero

preparado. no

Entiendo

innecesaria.

su

Cualquier

conversación es buena para intentar romper el horrible ambiente que se respira en aquel amasijo de chatarra en el que sobrevolábamos el espacio. Desde que comenzó el viaje las cosas no nos han ido demasiado bien; el dinero no quiere quedarse en nuestros bolsillos y la gente prefiere no hacer tratos y negocios con ex mercenarios.

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Qué distinto era entonces, cuando esos miserables venían a buscarnos con sus sonrisas forzadas y sus manos temblorosas a ofrecernos lo que quisiéramos por hacerles un trabajo. “Una moneda de plata por cada bala disparada; una moneda de oro por cada bala recibida” era el lema que oí por primera vez casi diez años atrás (¡diez años!) de labios de Keene, nuestro jefe y mentor. Un buen líder desde el comienzo hasta el final, que, sin dejar de ser nunca un cabrón exigente hasta límites absurdos, se portaba bien con todos, sobre todo conmigo. No todos lo veían así, y quizás su carácter soberbio y socarrón ayudó a hacer fluir todas las envidias y odios que en el grupo había hacia él. Como un ritual, tras cada reunión la rata de Tink se burlaba imitando torpemente sus palabras y movimientos, marcados más por la rabia que por su más que cuestionable sentido del humor. No puedo evitar reírme al recordar a ese indeseable agitando exageradamente los brazos frente a las carcajadas de sus dos secuaces, eso sí, manteniendo siempre la puerta en el campo visual, por si acaso. Puedo asegurar que lo que ese

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mal nacido sentía era puro miedo, un pánico horrible a pensar que algún día el brazo negro y poderoso de Keene le agarrara por el cuello y le tirara por la ventana. Joder, ojalá lo hubiera hecho. Ojalá lo hubiera hecho yo. «Comienza la excursión» pienso, resignado, cuando vuelven a mi cabeza el sonido de la ciudad, el olor a demasiada gente y la certeza de que, al menos una día más, tengo que pasar por aquel castigo. El suelo de parqué barato, el zumbido de la máquina de aire acondicionado prehistórica, la ventana que enseñaba la preciosa vista de un muro de ladrillos. Todos están ahí, en mi cabeza, eternos, intocables. «Niños, bajad del bus uno a uno, cogeos de las manos, sacaos el corazón y tenedlo listo y preparado; en esta excursión lo vamos a pasar de muerte».

Era de día, y hacía calor. Como de costumbre luchábamos contra la resaca viendo programas de supuesto humor tirados sobre las butacas de nuestra “oficina”. Daba vueltas a mi arma haciendo como el que la limpiaba, vigilando

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secretamente todos y cada uno de los movimientos de Laria, la chica que me tenía enamorado hasta los cuernos. Ella lo sabía, y jugaba a ver cómo me consumían los celos cada vez que conversaba con alguien que no fuera yo, contoneándose y riendo. Un río de lava me desbordó en el pecho cuando comenzó a tontear con la basura de Tink, y decidí que o bien los mataba a tiros a los dos o bien me iba a otra habitación. Elegí la opción menos cruenta, permitiéndome el lujo de sentirme importante porque, si había algún motivo para que la belleza Rubia hablase con ese payaso de pelo morado era sólo para provocarme. Los idiotas de Dipps y Podertine jugaban entre sonidos animales con material susceptible de explotar y ya me disponía a darles la paliza de cada día cuando la puerta se abrió, dejando paso a la silueta negra de nuestro jefe. “Tengo buenas noticias” dijo, deslizando una especie de formulario firmado sobre la mesa. “Con este trabajo tendremos para descansar hasta el verano, al menos”. Cuando dijo “descansar”, guiñó el ojo, suscitando las risas de los más afines a las fiestas de entre nosotros. “Coged las armas. Salimos de inmediato”, fue lo último que comentó antes de dirigirse hacia su taquilla, y a nadie en la sala se le ocurrió concebir la posibilidad de no hacer exactamente lo que 6


acababa de decir. Tiempo después descubriría que en ese momento había echado de menos algo: una queja, un grito de disgusto, un golpe. En todos los años que llevábamos trabajando juntos, siempre que se nos asignaba un trabajo de carácter urgente, los tres inseparables chicos del grupo (yo cuidaba bien de no acercarme mucho a ellos) expresaban lo más abiertamente que podían su reticencia a tener que moverse. Pero esa vez las cotorras estaban más calladas que una tumba. Qué fácil resulta darse cuenta ahora, y que difícil entonces, de que allí se estaba tramando algo.

La misión era simple, acudir a las afueras de la ciudad—base de un planeta que no le importaba a nadie y darle una lección a un “malévolo“ cacique que extorsionaba a todos los poblados de alrededor. Los indefensos pueblerinos se librarían de su tirano, y nosotros, los héroes, nos quedaríamos con una buena recompensa a la que sumarle todo el dinero que encontráramos en su mansión. Llegar, disparar, recoger e irnos, todo un “clásico”. El trayecto fue tranquilo. Dentro del acorazado repasamos la estrategia, que era la misma que nos había dado resultado tantas y tantas otras veces. Alrededor de 7


un plano virtual y un par de botellas de whisky estábamos los siete, armados y uniformados, con el emblema de nuestro equipo de acción, T.U.H.V., en letras doradas. Como siempre me las apañé para sentarme al lado de la pequeña Dum, la última en incorporarse a nuestra familia y que había aumentado considerablemente la media de honradez y profesionalidad del grupo. Delante tenía sentada, por supuesto, a Laria, rodilla con rodilla, y mirada con mirada.

Pronto

nuestra conversación se escindió de la del resto y empezamos a debatir sobre cosas sin importancia, a recordar y exagerar tiempos pasados e indudablemente mejores, e incluso llegó un momento en el que conseguí que habláramos de nuestro futuro. Recuerdo perfectamente como Laria sonrió cuando le dije que, cuando todo acabara, iríamos a vivir los dos juntos a algún planeta tropical inhabitado.

Mi cuerpo tiene docenas de cicatrices, pero ninguna comparable a las que tiene mi alma. Esa sonrisa era una de las peores. Me miró a los ojos y sonrió. Sabía lo que iba a pasar, pero me miró a los ojos y sonrió.

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—Pess, hemos llegado. Salgo de mis pensamientos y me encuentro con que tenemos enfrente un disco ovalado y verdoso que ocupa toda la pantalla principal: un planeta muy pequeño y al parecer rodeado de vegetación que reconozco de miles de imágenes y archivos de documentación previa al viaje. Intento hablar varias veces, pero la mandíbula me tiembla y no consigo sacar sonidos de mi garganta. A la tercera reúno fuerzas. —Inicia el aterrizaje. La nave tiembla y cruje de forma que haría vomitar a un navegante novato. Los instrumentos parpadean y por unos instantes se queda todo a oscuras, señal de que estamos atravesando la atmósfera y se requiere toda la energía necesaria para evitar que acabemos formando un hermoso cráter en la superficie del planeta. «Querido Sagitario: hoy los pedazos de tu cadáver quedarán repartidos a lo largo de cientos de kilómetros en forma de polvo. Por lo demás todo bien». Estoy nervioso, sudado, noto los músculos de la nuca al

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borde de la huelga y otra vez me pregunto si el casco y las correas de seguridad servirían para algo. Aguanto la respiración y cierro los ojos, harto de tanto pitidito y parpadeo de luces. Mejor decidir uno mismo cuando llega y se va la oscuridad.

¿Pierdo el conocimiento? No lo sé. Pero sí sé que vuelven los recuerdos, y que no existe nada más poderoso que ellos. Pueden darle sentido a la vida de un hombre, o pueden torturarlo por el resto de sus días. Como la simple imagen de unos labios y unos dientes. Tanto puede escocerme que hace que todo lo que pasó después me resulte confuso y borroso. Hasta un punto en el que vuelve la claridad.

Llegamos a la mansión y nos esperaba lo de siempre, una docena de guardias bastante inexpertos con armas que no sabían manejar correctamente. Nos dividimos en dos grupos: Keene, Podertine y Tink irían a la planta de arriba, a ocuparse de la presa. Laria, Dum, Dipps y yo teníamos que limpiar la

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planta de abajo y asegurar la zona. Listos los deberes nos reuniríamos a buscar la caja fuerte para reventarla y llevarnos nuestro

premio

gordo.

Avanzamos

muy

rápidamente,

apretando el gatillo de nuestros rifles de asalto con facilidad, en el momento justo, casi con arte. “Para matar hay que valer, hay que tener vocación y facultades, como para ser cirujano o pianista” decía el sapientísimo Keene. “Allí enfrente está la caja” dijo entre jadeos el no tan sabio Dipps, dándome un empujón en el hombro y corriendo sin esperarnos. Dum le siguió, pero yo me giré buscando a Laria, a la que no veía por ningún sitio. “¡Vamos, corre!” me gritaba él desde el fondo del pasillo. “¡Está dentro, esperándonos, date prisa!”. Se suponía que iríamos todos juntos a por el oro, y si bien es cierto que nuestro trabajo había sido muy fácil y habíamos acabado antes de lo previsto, no me hacía ninguna ilusión cambiar nada de los planes. Pero seguí adelante, y olvidé la ausencia de Laria, porque creí sin cuestionármelo en la palabra mi compañero. A la mitad les odiaba, pero no cuando teníamos el uniforme puesto; entonces éramos uno. Necesitábamos serlo. Esa fe, esa lealtad de grupo fue la que me traicionó en ese momento y me condujo a la trampa. Esa confianza ciega me sentenció. 11


“¡Vamos, pasad, yo os cubro!” ametrallaba sin parar la lengua de Dipps apoyándose junto a la entrada de una habitación oscura. Dum y yo pasamos con celeridad, rifle en mano, buscando alguna amenaza oculta en el interior. No sólo no había resistencia, tampoco había muebles o ventanas. La última y definitiva mala señal llegó con el sonido de algo rodando por el suelo, algo que ya había oído muchas veces y que confirmé cuando bajo mis pies pasó la granada. Giré la cabeza y pensé que lo último que vería en mi vida sería la cara de Dipps, con una mezcla de terror y gozo, cerrando la puerta. Pero noté un brazo que me agarraba y me liberaba de la posición de estatua que había tomado, esperando mi muerte. En cuestión de décimas, Dum golpeó con el pie el artefacto empujándolo hacia la puerta por la que habíamos entrado. Con el mismo impulso, se lanzaba sobre mí, empujándome hacia la pared opuesta y cubriéndome con su cuerpo. Sentí dolor en todos mis huesos, como si un autobús interurbano, de esos que usa la gente que no tiene dinero ni para jabón, me pasara varias veces por encima. Un pitido horrible me envolvía y no era capaz de distinguir arriba de abajo, aunque por suerte esta conmoción duró apenas unos segundos y pronto volvía a saber dónde 12


estaba y qué era lo que había pasado. La pobre Dum yacía a mi lado, boca abajo. Quemada y cubierta de ceniza. No fui capaz de mirarla a los ojos, y en mitad del shock que me gobernaba, asumí que estaba muerta.

Recuerdo que lloré cuando desperté en una habitación de hospital, días mas tarde, y la vi en la cama de al lado, totalmente vendada, con miles de tubos y una mano extendida, sujetándome la mía. Nunca dejaba de protegerme, desde el día que nos conocimos. La pequeña y frágil Dum, que apenas me llegaba a la altura del hombro, mi ángel de la guarda. Apuesto a que habría podido llegar a quererla. Pero por desgracia para los dos, desde que me puse en pie en aquella habitación destrozada, la venganza sería el único amor de mi vida.

Sin darme cuenta volvía a tener el rifle en la mano, y corría entre escombros a la velocidad de un zorro, exhalando adrenalina. Tras los restos de la puerta, que derribé fácilmente, divisé una cabeza de pelo verde que estaba a punto de doblar la esquina y que se giró hacia mí, y tras ello, dos ojos sorprendidos y congelados. Apunté instintivamente, el blanco no se movía. 13


Acaricié el gatillo, lentamente. Miré por última vez a mi objetivo, y me detuve. “T.U.H.V.”, en letras doradas, rezaba la insignia de su uniforme, idéntico al mío. Dipps aprovechó para salir de su ensimismamiento y desaparecer por otro pasillo. Yo tragué saliva, grité y salí tras él. Me prometí, en mi nombre y en el de Dum, que ya no volvería a dudar, que enterraría los recuerdos y que estos no volverían a hacerme daño. Qué equivocado estaba. Aquello sólo era el principio. Apreté los dientes, y me quedé sin respiración: a esas alturas Laria seguramente también estaría muerta. Saltaba trozos de madera quemada y cadáveres sin nombre, y pronto llegué a la escalera principal de la casa. No había rastro de nadie. Subí agachado, vigilando cada punto sospechoso de esconder un enemigo. Parecía que volaba sobre los escalones, que todo aquello no estaba realmente pasando, que era una película en la que me había concentrado demasiado, tirado en la butaca de la oficina. Escuché voces en la última habitación, que pertenecía al jefazo que a estas horas debía estar en siesta crónica. Ruido de puertas corredizas al abrirse. Tropiezo. Caí sobre mis rodillas y apoyé mis manos en un gigantesco charco de sangre. A menos de un metro de mi cara estaba Keene, con gesto pétreo de sorpresa y 14


un agujero enorme que le atravesaba el torso. «Oh, Sapientísimo Keene, te la han jugado pero bien». Le habían disparado a quemarropa, y por la espalda. «¿Quién...?» pensé, asustado. Una idea oscura me abrasó de la cabeza a los pies haciéndome temblar y me apresuré a desterrarla. Salté el cadáver y seguí corriendo, luchando por dejar mi mente en blanco y frenar ese volcán de ideas que amenazaba a mi cordura. En la última habitación encontré justo lo que esperaba, el cuerpo de un gordo asesinado en lo alto de su enorme cama y las puertas que conducían a una inmensa terraza abiertas de par en par. Salté casi sin mirar. Allí estaban.

Todos.

Desde el inmenso jardín planeaban partir rumbo al espacio en una nave bastante arcaica, propiedad del tirano al que

acababan

de

eliminar.

Llevarían,

probablemente,

muchísimo más dinero del que Keene creía que encontraríamos allí, y se dispondrían a disfrutar de su jubilación anticipada repartiéndose entre ellos tres todas las ganancias que nuestro 15


equipo había acumulado en años. No, entre ellos tres no. “Entre ellos cuatro”, susurré, atónito. En la rampa de acceso estaban Tink y Laria, abrazados, mirándome como a un payaso. Él le dijo algo al oído, sin dejar de observarme ni un segundo, disfrutando. Ella volvió su cabeza hacia mí, totalmente fría, y al mismo tiempo sacaba del cinturón de Tink su rifle corto.

Me disparó.

“En el corazón” le había susurrado Tink. Caí de espaldas. No sentía nada salvo calor en la punta de mis dedos cuando tanteaba mi pecho. Iba a morir. No me importaba. Necesitaba que todo acabara ya, convertirme en parte de la nada y apagar de una vez ese castigo que me consumía. Me masticaban, me engullían. Me destripaban y uno a uno mis sentimientos se estrellaban con el suelo, donde se dispersaban y desaparecían de la mano de la sangre.

Una fuerte brisa me meció cuando la nave comenzó a volar. «Aún respiro, cabrones». Cogí todo el aire que el dolor me permitió. Mi rifle seguía en mi mano, lo apunté y apreté, 16


instintivamente, hacia el compartimiento de combustible de la nave. No era un artefacto de vuelo militar, ni estaba preparado o protegido para el combate. Sus planes habían fallado porque yo estaba allí, y pagarían las consecuencias. En mis últimos segundos de vida me encargaría de que, al menos, ellos no tuvieran la sensación absoluta de victoria. El disparo salió y mi brazo ya no aguantaba la fuerza del retroceso. Cerré los ojos y me dejé llevar.

—¡Algo va mal! Vuelvo a la realidad cuando Dum comienza a gritar. La nave cruje más que nunca, la luz no vuelve. Me doy cuenta de que estoy aferrado a los posabrazos de mi asiento con fuerza y de que algo no va bien. —¿Qué es lo que está pasando? ¿Por qué no se activa el protocolo de aterrizaje? —Algo ha inactivado los circuitos del sistema... puede que señales hostiles provenientes de algún lugar cercano – dice Dum sin mucho convencimiento.

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¿Serían ellos? ¿Saben que venimos? Es imposible, es absolutamente imposible. Me quito el cinturón de seguridad y salgo rebotando hacia la consola en el frontal de mi asiento. El golpe ha sido doloroso, pero intento reponerme lo más rápido que puedo para ir avanzando hacia Dum. —¡Conecta el escudo de la nave ahora mismo! – intento mantener la cordura pero el miedo hace mella en el tono de la frase. —¿¡Cómo!? ¡Si desviamos la energía al escudo no podremos aterrizar! —¡Es la única opción que tenemos! ¡¡Vamos!!

Tras cuatro intentos la consola emite una débil luz. Las ágiles manos de Dum yendo y viniendo sobre el teclado consiguen finalmente hacer activo el panel reflector que ahora rodea a la nave. —Ya... está... – casi susurra, mira hacia el techo de la nave y acerca su cuerpo al mío.

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—Bien – estrecho mi brazo sobre sus hombros, pero me centro en conseguir averiguar de dónde provenían esas ondas que iban a freírnos. Tras los segundos más largos de la historia los resultados del análisis del ataque dejan sólo dos conclusiones: o bien el ordenador se ha vuelto loco, o lo que nos había atacado era... ¿el Sol? Nos miramos, incrédulos. Y, puede que fruto del miedo, mi razón patina y creo oír la carcajada de un niño que retumba en mi cabeza. No sé si ella también lo habrá oído, pero opto por no comentarlo para no asustarla. —Pess, caemos a la velocidad de un puto cometa, vamos a estrellarnos si no desviamos la energía hacia el sistema de aterrizaje. —Lo sé, pero sin el escudo estamos muertos. Sólo nos queda esperar. Nuestra velocidad aumenta, y lo noto por el zumbido que nos rodea. Los objetos empiezan a volar hacia la parte de atrás y tenemos que abrazarnos fuertemente para no salir despedidos. Pulso, con esfuerzo

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para controlar el brazo, un botón situado en lo mas alto del panel de control y las dos escafandras de emergencia caen, yendo también hacia atrás por la inercia. Me estiro todo lo que puedo para alcanzarlas, estoy a punto de caer pero finalmente paso la primera a Dum, y me coloco la segunda. En la pantalla de la nave veo nubes que pasan a gran velocidad, y entonces me doy cuenta de que no podemos esperar más. —¡Quita el escudo y activa el protocolo de aterrizaje! Casi antes de que acabe la frase se pone en acción. Mientras, vuelvo a mi asiento y me pongo todos los cinturones de seguridad. Miro al frente, ya se ve la superficie: cientos de kilómetros cuadrados de verde hierba, cielo ahora azul y radiante. Un paisaje idílico, una tumba muy cruel. Sé que allí abajo, muy cerca de donde nos estrellaremos, están los restos de la nave que ellos usaron. Y sé que sobrevivieron y están, desde entonces, aquí. Tan cerca de consumar la venganza, y vamos a morir. No es justo.

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—¡Pess! La miro. Es bella. Una buena última imagen. Huele a nave tostada, se oyen los frenos trabajando a tope y algunas piezas que se desprenden. Y entonces chocamos.

—... ¿Dum? —Sí, estoy aquí. Ya sé que está ahí, no la he soltado de la mano en el último minuto. Entiendo su frase, obvia pero no innecesaria. Quizás ese “estoy aquí” quiere decir “estoy viva”. Y estamos vivos, los dos. No reconozco nada de lo que hay ante mí ahora, ya que sólo veo un amasijo de cables, vigas y tierra. Miro mi mano, y su habitual color azul está ahora manchado de rojo, gracias a los cristales rotos y tornillos que han saltado en el choque. Tras unos minutos en los que consideramos haber recuperado unas condiciones aceptables, comenzamos la huida de la tumba.

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—No te quites la escafandra bajo ningún concepto. No sabemos qué puede contener esta atmósfera, y el ordenador

de

análisis

está

repartido

por

medio

continente. —Sería Sagitario. —¿Cómo? —Nada, Dum. Vamos. La ayudo a salir y luego ella me devuelve el favor desde fuera. Me resulta extraño pensar en lo que ha dicho sobre la escafandra, cuando la miro y veo la suya agrietada y a punto de romperse en muchos lugares. Doy un mal paso y escucho el crujir de un cristal, y observo que la mía no está en mucho mejor estado. Tras el momento de deslumbramiento observo la belleza del valle en el que estamos. Salpicados en el verdísimo manto de hierba vemos unos girasoles de extraña forma; al frente, un océano infinito de dunas recubiertas de césped, y en el cielo... no puedo creer lo que hay en el cielo. Un sol enorme con la cara de un niño, que ríe al vernos. Nunca había visto nada igual en todos mis viajes

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por la galaxia, y me pregunto si estaré alucinando. Miro a Dum y también está con la boca abierta, extasiada. Por lo menos ya sabemos quien ha estado a punto de matarnos. «¿Qué clase de forma de vida era esa? ¿Qué sentido tiene? ¿Entenderá mi idioma?». —No lo has conseguido, maldito cabrón. El sol definitivamente parece entender mis palabras y cambia el gesto, emitiendo sonidos de disgusto. Pienso seguir divirtiéndome a su costa cuando Dum me agarra, temblando. —¡Hoooola amigoooos! Empuño mi arma y apunto inmediatamente. Comparado con esto, lo del Sol—bebé era predecible. A escasos metros está Podertine, dando saltos y... desnudo. Mi asombro aumenta cuando por la ladera aparece Dipps dando volteretas, y... ¡Laria!. Al final emerge la figura de Tink, que sujeta una especie de bolso en una mano y nos saluda con la otra. —Dios

mío

Pess,

¡Están

todos

desnudos!

¡Enseñando sus cuadrados genitales como si nada!

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—No te fíes, Dum. Están desarmados y sólo intentan desconcertarnos – me acerco a Tink y le encañono la frente. Parece no haber visto un arma en su vida y diría que la situación le divierte. —Creo... creo que realmente no saben lo que hacen – veo que mi compañera mira compasivamente a Podertine, mientras éste da vueltas en círculo sin ningún motivo aparente. Esto está fuera de todo lo que mi mente pudiera imaginar. No sólo no hay resistencia, sino que parece que sus cocientes de inteligencia se han reducido a cero. Miro a Laria y me sonríe. No puedo creérmelo, me sonríe. Pero es una sonrisa distinta, con la mirada perdida, como si viese a través de mí. —¡La—la quiere a Pester! ¡La—la quiere a Pester! – grita Tink, mejor dicho, el deficiente morado que antes era Tink, y Podertine y Dipps se llevan las manos a la boca riendo exageradamente.

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—¡Han venido Pester y Dumba! ¡Han venido Pester y Dumba! ¡Esto es una tahvifiesta! – Dipps parece fuera de sus cabales. Aunque mal, parece que recuerdan nuestros nombres. Quizás incluso recuerden todo lo que pasó, pero no entienden ahora lo que ello significa. Hablo con Dum y decidimos acompañarlos e investigar algo más sobre la situación. Tras varios minutos de camino llegamos a lo que parece que han acogido como casa, que no es más que el semienterrado módulo de emergencia de la nave en la que huyeron cuando sucedió aquello. Por el camino empiezo a sentir pena por ellos al ver en lo que se han convertido. Pero no, no se merecen pena, ni mucho menos compasión. Su estado actual no va a cambiar lo que hemos venido a hacer aquí. Sólo aguantarán vivos el tiempo suficiente

hasta que

averigüemos el modo de salir de este absurdo planeta, y entonces los mataré uno a uno. Quien sabe si estas bestias pueden volver a lo que eran antes de igual modo que se han vuelto estúpidos.

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Dentro de la casa hay una especie de androide – aspiradora que se acerca demasiado a mí, y le doy una patada. Todos se asustan, incluso Dum, que parece haber cambiado de opinión sobre la misión. Es ella quien se acerca a comprobar la aspiradora, y esta última, no sé si voluntaria o involuntariamente, le da un golpe en la escafandra haciéndola añicos. —¡¡No!! Es inútil, cuando llego Dum está ya respirando el aire del planeta. Por suerte este parece ser aire normal, y mis nervios se tranquilizan. No obstante cargo mi arma y la descargo repetidas veces sobre el androide hasta dejarlo hecho basura. Veo que Tink se acerca y me preparo a dispararle a él también, pero Dum me sujeta y me dice que espere. —¡Tinqui—winqui

arreglará!

¡Tinqui—winqui

arregla cosas! ¿Tinqui qué? La situación es horrible, y empeora cuando empiezan todos a cantar una canción. Me pongo

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a buscar por toda la casa alguna información útil cuando Dum me llama alarmada. —Pess, ¡no veo! ¡¡estoy ciega!! —¿Cómo? – la cojo por los hombros. Sus pupilas están totalmente dilatadas. Me temo lo peor. —Tiene que ser... el aire... algún gas... no... —¡Dum! ¡Tranquilízate! ¡Volveremos a nuestra nave! ¡vol....! —¡TEEELE—TAHVIS! – grita salvajemente. —¿Qué? ¿Tú también? – mi respiración se vuelve agitada. No tengo ni idea de lo que hacer. Parece que el aire tiene un algo (¿un gas tóxico? ¿un virus?) que destruye las neuronas del cerebro a velocidad increíble. Primero afecta a la visión, y luego, al parecer.... —Pess, no dejes.... no dejes que me vuelva como ellos... no... ¡QUIERO UNA TAHVI—FIESTA! —No por dios, te pondrás bien, tienes que aguantar – parece que sus ojos están cambiando, siguen mis movimientos pero aún en ese estado de dilatación. Está recuperando la visión, pero a costa de perder la

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cordura. Empiezo a llorar de impotencia. Me doy cuenta de que voy a perderla. Y esta vez para siempre —. Dum, yo te... —¡Dispárame Pess! ¡No dejes que me vuelva como ellos! ¡¡Dispárame!! – su gesto de miedo cambió radicalmente, adquiriendo la misma sonrisa tenebrosa que los otros. Comienza a desvestirse y se une a una especie de baile en cadena con los otros.

Se para en seco, mira hacia mí y me acaricia la cara. Yo sonrío, la última sonrisa de mi vida, dedicada a la auténtica mujer de mi vida.

Vuelve con los demás. Ha sido sólo un instante de sentido común… el último. Dum se había ido. Hice caso a lo que me pidió, y le disparé dos veces. Cayó inerte, de espaldas. Mi preciosa melena anaranjada se manchó de rojo. Clavo mis rodillas en el suelo. Grito, grito desesperado con todas mis fuerzas. Qué equivocación. Qué engañado estaba. Ni en la nave, ni en mis pesadillas,

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ni con una bala en el corazón. Ahora. Ahora sé lo que se siente al morir.

Ellos tenían la culpa. Los mataré, los mataré a todos. Me dispongo a apuntar con mi arma y descubro que... estoy casi ciego. Mi escafandra debió romperse segundos antes. —Ohhh, pobre Dumba... – dicen los cuatro subnormales. Se reúnen alrededor del cadáver de la chica y la levantan entre todos — ¡¡TAHVI—NATILLAS!! Me froto insistentemente los ojos pero la vista no vuelve. Tampoco aguantando la respiración frenan los síntomas. Con espanto veo entre neblinas cómo el cuerpo naranja es llevado en procesión hacia una especie de recipiente del tamaño de un armario conectado con maquinaria. No paran de repetir “TAHVI—NATILLAS, TAHVI—NATILLAS”, y sé lo que quieren decir con eso. No puedo permitirlo. NO. Cojo mi arma y empiezo a disparar, con nula suerte.

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Estoy totalmente ciego.

Las voces siguen resonando al fondo y por mucho que deambule en la habitación no doy con ellos. Vuelvo a disparar, nada. De pronto una risa estúpida sale de mi garganta. En breves minutos seré otro “¡TELE—TAHVI!” más. Me pregunto si acabaré, junto a los otros cuatro, paseando mi locura eternamente por los valles de este planeta. Y aun peor, comiendo... no, por Dios. Oigo la risa de un niño, se ríe de mí. Me pregunto qué habré hecho en otra vida para que Dios me la tenga guardada de esta forma.

Pobre Dum, te he fallado.

Sólo me queda una cosa por hacer, así que cojo mi arma y la apunto contra mi sien. Grito muy fuerte para que ellos me oigan, para que quede grabado en sus mentes.

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—Alguien acabará llegando

a este

planeta,

malditos hijos de puta. Alguien llegará y os hará pagar por todo lo que habéis hecho. Y yo os estaré esperando en el infierno.

Recuerdo la belleza de Dum, en su asiento. Imagino que le doy el beso que nunca le di. Aprieto el gatillo.

FIN

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T.U.H.V.