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Pedro Morillas
BICENTENARIO ¿Nada qué celebrar?
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Bicentenario Primera edición en Perú, abril del 2019 © Pedro Morillas, 2019
Editado por Saxo.com Perú S.A.C https://yopublico.saxo.com/ Calle 2 de Mayo 534, Of. 404, Lima18, Perú. Teléf.: (511) 221 9998 Impreso en junio por: Aleph Impresiones S.R.L. Jr. Risso 580 Lince Lima-Perú Tiraje: 2000 ejemplares Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú N° 2019-05885 El presente texto es de única responsabilidad del autor. Queda prohibida su total o parcial reproducción por cualquier medio de impresión o digital en forma idéntica, extractada o modificada, en castellano o en cualquier idioma, sin autorización expresa del autor.
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Dedicatoria: Este libro es para mis hijos y nietos, herederos injustos de una pesada carga, quienes deberán tomar decisiones trascendentales si desean salir de las profundidades donde anteriores generaciones los hemos dejado.
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“Si la libertad significa algo, será, sobre todo, el derecho a decir a la gente aquello que no quiere oír”. George Orwell Rebelión en la granja
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Amable advertencia Los temas aquí presentados tratan sobre los graves problemas que afrontan nuestro país, el tercer mundo y el planeta en general. Como considero que estos asuntos son de excepcional importancia y nos afectan a todos de una forma u otra, reflexionar sobre ellos por escrito se convirtió en una obsesión personal como temas de discusión y debate. El problema para mí consistía en cómo alejarlos de la aridez y la densidad para hacerlos entretenidos y contribuir así a su difusión. Es por ello que ideé este formato novelado. Esta obra, sin embargo, no tiene ninguna pretensión literaria. Si se le tuviera que catalogar, me gustaría que fuera como una de esas «novelas ejemplares», ese viejo género literario abandonado hace siglos. Usted decidirá si lo he conseguido. Apreciados amigos han ayudado a pulir mi manuscrito con sus comentarios, críticas y valiosas ideas, por ello quiero ofrecer mi eterno agradecimiento a Gustavo Rodríguez de Perú, José Sevilla Segura de España, Luis Ivandic de Canadá, y otros conocidos profesionales en sus respectivas áreas del conocimiento. El autor
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Índice
LA PRIMERA NOCHE............................................................ 13 EL ANTEPASADO ESPAÑOL............................................... 29 UN ERRANTE CANTAOR.....................................................
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EL EMBRUJO DE ESE MAR................................................. 53 EN EL OTRO LADO DEL MUNDO....................................... 71 DON ELÍAS, EL CURANDERO............................................. 85 SIGLO XX, SOBREVIVIR A LA PESTE............................ 97 EL HOMBRE DE CONFUCIO............................................... 111 TIEMPOS DE DEMOLICIÓN................................................. 117 LA CONFESIÓN DE UN SENDERISTA.............................. 129 BAUTIZO DE FUEGO............................................................ 155 A LA BOCA DEL LOBO......................................................... 169 DECISIONES EN MARCABAL............................................. 189 UN AMOR IMPOSIBLE.......................................................... 207 LA CLAVE, LA BESTIA Y LAS CARTAS......................... 225 LA SEGUNDA NOCHE........................................................... 235
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1 LA PRIMERA NOCHE
Todo sigue siendo una mierda! —suspira José Carlos, mientras mira con pena su camisa ensangrentada. —Agradece que no te pasó nada —le aconseja su tío Álvaro. —Este muchacho siempre se las ha arreglado para salir ileso —recuerda jocosamente don José, el padre de Álvaro. José Carlos sonríe con tristeza al escuchar que le dicen “muchacho”. Solo un centenario como don José podría describir así a un hombre que pronto llegará a los sesenta y seis años. —Eres nuestro suertudo, José Carlos —le palmea Álvaro—, pero no abuses.
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—¿Qué culpa tengo yo? —se defiende José Carlos—. Yo solo estaba parado, esperando cruzar para llegar aquí cuando esas dos bestias chocaron. Álvaro lo mira con cariño, con el mismo cariño con el que ha estado viendo el atardecer desde esa terracita que mira al mar de Salaverry. José Carlos siente su calidez, pero no puede dejar de pensar que detrás de ese afecto no se disminuye la vieja crítica por haber sido parte alguna vez de “Sendero Luminoso”. —Es verdad —admite el octogenario Álvaro, risueño—. A nadie le enseñan a detener misiles humanos. José Carlos asiente mientras se toca el brazo golpeado. Está de acuerdo en que pudo haber sido peor. Si el conductor del mototaxi rojo hubiera salido disparado en dirección a su cabeza, el choque de cráneos habría sido fatal para ambos. Ahora solo queda alegrarse de que el saldo para él ha sido tan solo un brazo amoratado y una camisa con sangre ajena. Pero su viejo espíritu combativo no es fácil de soslayar. —A veces siento que nada ha cambiado —reclama—. No es solo nuestro tráfico de mierda… seguimos viendo cómo la corrupción nos devora y asquea, la criminalidad campea, las cárceles revientan, las leyes no se cumplen y la ignorancia, el problema más grave del país, no se enfrenta con la energía necesaria. Los dos viejos observan callados a José Carlos, rememorando quizás la inolvidable aventura que vivieron debido a sus ideales
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de juventud. El crepúsculo sobre el mar norteño tiñe sus rostros y la pequeña terraza se convierte por breves minutos en un horno cálido. José Carlos Hurtado de Zela siempre ha sido así y morirá esperando un mundo mejor. Esta vez fue el choque de dos mototaxis. Mañana será la poca previsión ante el fenómeno de El Niño, así como hace poco tiempo fue la destitución de un presidente por indicios de corrupción. Cada vez que se juntan (casi todos los viernes en la casita del centenario don José González, frente al mar de Salaverry), la discusión empieza y termina en: cómo cambiar el país. Quienes conocen bien a don José González, le toman el poco pelo que le queda diciéndole que luego de recorrer casi todo el mundo, está cumpliendo ese mito que se atribuye a los elefantes, en el cual, cuando sienten la proximidad de la muerte, regresan al lugar donde nacieron. En efecto, esta casita está muy junto a Chorobal, el fundo donde el viejo naciera hace 104 años. Es casi una obviedad mencionar que ningún amigo o pariente de su generación queda vivo, incluyendo a doña Angelita, su compañera de toda la vida quien falleció hace diez años. Álvaro, el hijo de ambos, continuó liderando hasta casi llegado el siglo XXI la empresa creada por don José, hasta que la corrupción originada en un país vecino la borró del mapa sin piedad alguna. Álvaro, como indicara, se acerca a los ochenta años y fue capaz de renacer de sus cenizas en un rubro diferente que ahora retirado le permite vivir con holgura.
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José Carlos les devuelve la mirada. Se debate entre el cariño que les tiene por la enorme oportunidad que le dieron en la fábrica de la familia, después de su paso por Sendero, ¿quién habría ayudado a un “terruco” en aquellos tiempos? Y el fragor de sus convicciones que se mantienen sin adormecerse. —Eso que dices es nuestro pan de cada día —asiente Álvaro—. A veces pienso que nos pasan el mismo noticiero y que solo le cambian la fecha. —Pero hay diferencias ideológicas entre quienes presentan la noticia —apunta don José, el patriarca. José Carlos no lo dice, pero admira la agudeza mental de este viejo trotamundos, que todo lo observa y que todo lo coteja con su memoria prodigiosa. “Siempre es un placer venir a esta casa a intercambiar ideas mientras la noche llega”, piensa. —En efecto —asiente José Carlos—, en estos tiempos uno ya no sabe si está informado o desinformado. Si seguimos a medios de comunicación de diferentes posiciones notaremos que unos afirman una cosa y otros aseveran algo completamente distinto. Todos los días somos bombardeados por “verdades” diferentes que nos muestran los hechos como si fueran la realidad absoluta. Y esto no es solo un fenómeno local: ocurre en todo el mundo. ¿Cómo discernir entre la verdad y la mentira en una situación así? Don José, con dificultad, se acomoda en su mecedora y trata de ensayar una respuesta.
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—Creo que la verdad no existe más, hijos. Y si en algún momento existió, la asesinaron los mismos medios de comunicación que dicen divulgarla y viven de ella. La humanidad siempre ha sido manipulada, primero a través de fábulas y mitos creados por gente, no dudo, bien intencionada para su tiempo. Así fue cómo nacieron la historia y las religiones, y ahora no vemos más que su evolución en otras formas. Luego don José se toma un tiempo y recita: —“Mediante una propaganda constante y astuta se puede hacer que la gente vea el paraíso como si fuera el infierno y viceversa, al punto que sea capaz de considerar la forma de vida más miserable como el propio cielo”. —¿De quién son esas palabras, padre? —pregunta Álvaro. —Están en Mi lucha, el libro de Adolfo Hitler. Y si las he pronunciado ahora es porque estoy seguro de que actualmente tienen más vigencia que nunca: el poder mediante el dinero controla la política y los medios de comunicación. —Hace poco un amigo español de Asturias y maestro de escuela jubilado, me hizo un comentario socarrón que me pareció interesante —agrega Álvaro—. Decía algo así: “Todos somos como un rebaño de ovejas. Los dueños del rebaño no sabemos exactamente quiénes son, pero lo intuimos. Los políticos son los pastores y los medios de comunicación, los perros”. Todos sonríen no sin cierta preocupación.
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Los oscuros nubarrones de la tarde han ido avanzando mientras los tres hombres continúan su animada tertulia. Álvaro prosigue: —Es increíble lo que ocurre en nuestro país y en el mundo entero con la desinformación y la corrupción. ¡Es un problema extremadamente peligroso! Pero la población los toma tan a la ligera. Aquí, en nuestro país, es como si nos hubiésemos dividido en dos bandos irreconciliables. La propaganda de uno y otro lado han calado tan hondo, sobre todo en la mente de personas humildes, por lo general las más vulnerables. Y toda esa información manipulada o fake news circula veloz, masiva e impune mayormente a través de los medios digitales. —Yo no sé si esa manipulación ocurra solo con las personas de escasos recursos —corta José Carlos—. Yo veo que hasta entre las personas más instruidas y sofisticadas ocurre lo mismo, sufren de las mismas dosis de intolerancia y fanatismo; con lo que queda claro que no se trata solo de un asunto de educación o de leer más. Es triste comprobar las estupideces que arguyen algunos, ¡sobre todo en las redes sociales! ¡Y muchas provienen de profesionales de cierto prestigio! Don José eleva temblorosamente su dedo índice para afirmar: —Creo, señores, que han olvidado que ser profesional en nuestro país no es sinónimo de conocimiento o cultura. Y es así por una razón elemental: porque la educación, particularmente la superior,
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no es más que un negocio como cualquier otro —hace una pausa y continúa—. Son esos traficantes de la educación los que acaparan la publicidad en los medios, concretamente los dueños de universidades paupérrimas que ingresan a la política solo para defender sus privilegios con el derecho que les da su riqueza groseramente amasada. Los demás asienten en silencio. —¿Acaso no conocemos la existencia de dueños de universidades que sin ninguna vergüenza, alardean de su poder económico mediante inmensos cartelones de ellos mismos en lugares públicos? ¿O de esos que plagiando libros, comprando títulos, votos y políticos calculadores, se atreven a postular hasta a la presidencia de la república? Y por si fuera poco, se rehúsan a ser investigados o solo permiten ser “investigados” por jueces que en realidad son más bien “vendedores de sentencias” —y continúa—. Por eso, queridos hijos, destruir cualquier nación no requiere del uso de armas nucleares o de misiles de largo alcance: solo requiere de un bajo nivel en la educación. —Basta con el misil de un mototaxi —bromea Álvaro, señalando con la vista la camisa manchada de José Carlos, pero su intento de atenuar la seriedad de la discusión cae en saco roto. José Carlos porfía: —¡Pero no somos un país rezagado donde nadie quiera recibir educación! Tenemos una población pobre que día a día lucha por
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salir de la ignorancia y la marginación, y que pone sus esperanzas y recursos para que sus hijos no pasen por el mismo infierno en el que ellos están. Y entonces, con mucho esfuerzo, los envían a educarse, pero desgraciadamente solo pueden hacerlo en esas pseudo universidades que, luego de hacerles perder tiempo y dinero por años, los gradúan como profesionales mediocres que muchas veces no son aceptados en el mercado laboral porque no son competitivos, o porque su educación no produce lo que el mercado necesita… —Eso es una estafa por donde lo mires — Álvaro levanta la voz. —Es una estafa perversa y grosera, diría yo —agrega José Carlos aún más enfadado—. ¿No es acaso cruel jugar con la vida y las esperanzas de la gente pobre? ¿Cómo es posible que nuestro país sea el segundo en Sudamérica en tener más universidades? Con excepción del Brasil que tiene casi siete veces nuestra población, sin embargo, solo una de nuestras universidades aparece en el ranking de las cincuenta mejores de la región. —Mientras tanto, el Congreso lleva años debatiendo si se permite la existencia de más universidades, si se les reforma o no y si merecen tener los beneficios tributarios de los que gozan —añade Álvaro—. ¿Se dan cuenta? Estas universidades poseen tal cantidad de privilegios que se convierten en un negocio casi tan lucrativo como el narcotráfico. La noche ya está encima y las luces son encendidas desde el interior de la casa por el enfermero de don José. El patriarca mira en esa dirección y le parece ver en el marco de la puerta la figura
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solitaria de doña Angelita, mirándolos con su sonrisa burlona de siempre al verlos conversar tan seriamente. Luego de esta nostálgica remembranza, vuelve a intervenir. —Eso es producto de autoridades universitarias ambiciosas y mediocres; pasto fácil de la corrupción —hace una pausa y continúa—. Pero si hablamos de autoridades en general, ¿acaso no ocurre lo mismo en todos lados? ¿No ocurre lo mismo con el transporte público en el que nos vemos obligados a viajar en condiciones infrahumanas e inseguras, en medio de un tránsito infernal donde por desgracia desperdiciamos gran parte de nuestra vida? Por todos lados vemos obras públicas inconclusas que no son más que monumentos a la corrupción y la descomposición moral. ¿Puede ser más anárquica la situación? Sufrimos además de la delincuencia, de la tugurización en las cárceles, del sistema educativo estéril, del abominable sistema de administración de justicia y de la inseguridad en nuestras calles. —Bueno, papá, pero es que no hay forma de llevar a todos los delincuentes a la cárcel con este sistema de justicia que necesita cinco años para que una causa se inicie —responde Álvaro—. Eso, sin contar que en nuestro país, el número de expedientes en curso llega a más de dos millones y medio, y se sabe de un caso de lavado de activos que lleva más de cuarenta años sin resolverse. En nuestro caso, ¿dónde internaríamos a todos esos corruptos y criminales si las cárceles están superpobladas? Tendríamos que construir nuevas prisiones capaces de albergar a medio país. ¿Y al final a quién beneficiaría eso? Porque dinero para construir y mantener esas cárceles no tenemos… es un absurdo.
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—Los políticos profesionales ni siquiera tienen vergüenza de sus delitos —prosigue don José—. Si no ¿Cómo se explica que personajes que nunca han trabajado en su vida o han hecho algo destacable en su profesión sean multimillonarios después de dejar la presidencia de la república? Hay farsantes que incluso afirman que su dinero proviene de la venta de sus libros que nadie compra, y de las conferencias que ofrecen. ¿Se imaginan? Lo de las conferencias es otro embuste, son coimas que transnacionales deshonestas donan a entidades para que estas, a su vez hagan llegar parte a los corruptos en forma de honorarios. Unos pasos anuncian la entrada del enfermero de don José, que porta en una bandeja dos tazas de café, unas empanadas y un vaso de agua, más las medicinas del anciano. —¿Les enciendo la luz? —pregunta el joven. —La lamparita de allí, gracias —le responde Álvaro. —Dentro de poco celebraremos el bicentenario de nuestra independencia —dice súbitamente José Carlos—. ¿Creen ustedes que realmente hay algo que celebrar? ¿Es justo que el peruano promedio deba esperar cincuenta años para alcanzar el mismo estándar de vida de un chileno promedio hoy en día? ¿O que se necesite invertir ciento cincuenta mil millones de dólares para cerrar la brecha en infraestructura que nos llevan? Y créanme que menciono esto con una envidia sana. —Y eso que hasta no hace mucho el Perú pretendía ser miembro de la OCDE antes de llegar al bicentenario —interviene
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Álvaro—. Es decir, un país desarrollado. ¡Cómo podríamos serlo si ahora mismo esa misma organización afirma que demoraremos ochenta años en ingresar a ella al paso que vamos! Un silencio profundo reina en el ambiente. Solo la cabecita calva de don José asiente por ratos, como si estuviera procesando lo que ha oído. —Yo soy de la opinión que aprovechemos nuestro presente, este en el que hemos tocado fondo como un punto de partida para una nueva era, que nuestras debilidades se conviertan en un punto de inflexión para reflexionar y solucionarlas porque sí se puede —dice José Carlos—. Pero eso sí, asegurándonos de poner mano dura procesando y ejecutando sumariamente a políticos, funcionarios, abogados corruptos, empresarios y avezados delincuentes por igual. De lo contrario nuestro país no tiene solución. Yo me olvidaría de los derechos humanos momentáneamente. El silencio ahora es más espeso. —¿Estás seguro de lo que dices, sobrino? —pregunta Álvaro de pronto, con preocupación. Don José también ha levantado su frágil testa para mirarlo a los ojos. Ambos temen al discurso violentista del exsenderista, que nos guste o no estaría probando que no aprendimos nada de nuestro pasado inmediato.
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—¡Es que yo no veo otra forma! —responde—. ¿Cómo creen que se desarrollaron Singapur, China, Corea del Sur y otros países? Con que ajusticiemos a veinte o treinta de esos desalmados ya haríamos un gran cambio. Además, esa cifra es mucho menor que todos los inocentes que mueren por accidentes de tráfico en solo dos semanas en el país, la mayoría por las vías mal hechas precisamente por ellos. Y como nadie confía en el Poder Judicial, podríamos convocar una consulta popular y que sea el pueblo el que con su voto secreto decida si se aplica o no esta medida. Así nos olvidamos de los altamente politizados, burocratizados y nauseabundos casos judiciales que consumen cientos de miles de horas de trabajo, y cuestan muchos millones de dólares a un empobrecido país. Y ¿Para qué? ¿Para preservar la vida de facinerosos sin remedio? Además, y esto es muy importante: de no hacerse eso, se nos viene encima algo mucho más grave que lo que actualmente está sucediendo en Colombia, donde los deshonestos están asesinando testigos claves de la corrupción iniciada en Brasil. Es decir: las mafias impondrán su propia “justicia”, como pasa en México también. ¡Volteemos la página de una vez! —Arguye furioso abriendo sus manos con las palmas hacia arriba. Otro pesado silencio se dejó sentir. Álvaro entonces se anima: —Yo creo que algo así sería una solución excepcional, sin embargo José Carlos: no puede ser permanente. Mis principios morales no lo pueden aceptar, podrían morir injustamente muchos inocentes. Y digo eso aun cuando la corrupción de las autoridades está produciendo algo peor en nuestro país de lo que no nos damos
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cuenta pues está demoliendo los principios morales de los ciudadanos, convirtiéndonos en insensibles, y creando pretextos hasta entre avezados delincuentes comunes, quienes ahora arguyen: “si los poderosos pueden robar millones impunemente, ¿por qué no yo que tengo muchísimas más necesidades y robo miserias?”. Y por lo demás, estos señorones ya vivieron su vida con todas las gollerías que les permitió el dinero mal habido. Pero lo más grande a ganar es que sentemos un precedente para que nunca más alguien se atreva a cometer estos abominables crímenes sin pensarlo una y mil veces antes, además disuadiendo a que otros con esas intenciones entren en política. —Pero hay algo peor aún, hijos —agrega don José preocupado—. Estos delincuentes a sabiendas están causando un daño irreparable a sus propios países, perennizando el pretexto que arguyen los países ricos cuando se les pregunta en foros oficiales o en conversaciones informales: ¿Por qué no contribuyen a una mejor distribución de la riqueza invirtiendo en países pobres? Sus respuestas inmediatas y contundentes, por supuesto, son: “¿Para qué? ¿Para que sean robadas por vuestros propios gobernantes y sus amigotes?”. Creo que entiendo a lo que apuntan. Hay que parar en seco este problema, “desinfectar la casa”. No sé si haya necesidad de exterminarlos, eso es cuestión de un debate nacional. Pero sí hay que hacer que devuelvan todo lo robado y que trabajen en las cárceles para pagar su sustento ahora que todavía están jóvenes. Los ancianos han dejado de hablar y hacen un espacio para que el enfermero conduzca a don José a los servicios higiénicos.
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Los más jóvenes aprovechan para estirar las piernas paseando pensativos con las manos tomadas por la espalda, mientras observan el firmamento y a las gaviotas que retrasadas regresan a sus peñas. —Hay una enorme falta de respeto a las leyes por la ausencia de una educación básica —le dice José Carlos a Álvaro— No olvidemos que este es un país con un índice de analfabetismo mayor al 20% de la población, con profesores de escuela totalmente desactualizados y desmotivados. —¡Exacto! Privar a las personas de una educación básica produce lo que hoy estamos viendo en los electores: ciudadanos disminuidos y tullidos mentales —machaca Álvaro—. Como no tienen acceso al conocimiento y al uso elemental de su juicio, son incapaces de negociar y reclamar sus derechos, es por ello que ignoran sus obligaciones, ya que básicamente están convertidos en poco más que esclavos castrados. Definitivamente, para salir de la pobreza primero hay que salir de la ignorancia. En tanto el enfermero lo aleja de la terraza y de la agreste conversación, un deseo ferviente va ganando espacio en el pecho de don José. Sabe que por más sano que se encuentre ahora, no le queda mucho tiempo en este mundo y si fuera por él, no quisiera que esta noche acabara. —Manuelito, esta noche no voy a dormir temprano. El enfermero parece no entender. 26
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—Déjame bien arropado en esta silla y si te necesito, te lo haré saber. Cuando el enfermero regresa a don José de los aseos, los ojos del anciano brillan. En sus pupilas se aglomeran miles de pensamientos y de historias que desea transmitir de una maldita vez. “Basta de cuentagotas”, se dice, “mi cabeza es un recipiente que merece vaciarse como un torrente”. Su hijo y su sobrino no se dan cuenta del fulgor, tan concentrados como están en sus propios argumentos. —A veces pienso que todo se empezó a joder cuando los españoles llegaron… —exclamaba José Carlos en ese momento. —Ojo, que esto tampoco era un jardín del Edén —le retruca Álvaro. —Jóvenes —interviene don José—, les tengo una propuesta. Saquemos una botella de whisky y permítanme pasar más tiempo en su compañía. —Yo no tengo nada más qué hacer —sonríe José Carlos—. Acepto feliz tu licor capitalista. —¡No se diga más! Manuelito, tráenos el whisky, por favor. Mientras el enfermero se aleja hacia la despensa, don José no puede evitar lanzarle una mirada socarrona a José Carlos. 27
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—Así que los españoles nos jodieron a todos, ¿no? —le sonríe—. Deberías hacerte una transfusión de sangre, sobrino. Tomen nota, que mi primera historia va por allí.
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2 EL ANTEPASADO ESPAÑOL
—¡Eh, ladrón! —advierte el obeso tendero de la posada, y su vozarrón retumba en todo el lugar. El jovenzuelo había cogido una hogaza de pan que un cliente había dejado sin terminar y ahora corría desesperadamente por las calles, esquivando a la gente que descansaba o vendía en la acera. Al grito de: ¡al ladrón, al ladrón! El tendero lo persigue con un enorme garrote en la mano. Varias calles más abajo, con ayuda de algunos parroquianos, el muchacho es detenido y conducido a la guarnición de la policía en medio de los gritos hostiles de los curiosos. Álvaro (que así se llama el mozalbete de unos trece años), tiembla de miedo, hambre y frío. Su aspecto ruinoso, flaco, sin zapatos y con un viejo sombrero que casi le cubre los ojos, es ya una figura conocida para el comisario, el rechoncho y maloliente sargento Martín Ruiz de Badajoz y Castilla.
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—¡Me cago en Satanás, guarro hijo de la gran puta! —le ladra en la cara al pobre chaval mientras lo sacude cogido del cuello—. ¿Cuándo mierda aprenderás a respetar las leyes? Su aliento, mezcla de algún trastorno hepático y vino de la peor calaña, intoxica el ambiente y preludia los malos momentos que se aproximan. —¡Esta vez te jodiste! —grita con saña—. ¡Cabo Domínguez, envíeme a este cabrón a la ratonera y no le dé comida para que aprenda de una vez por todas! La vida no era nada fácil para los recién llegados en busca de trabajo, en Villaviciosa, una aldea de pescadores en la región de Asturias. Pese a la colonización de América y a lo mucho que España se beneficiaba con ello, la riqueza y el bienestar no llegaban más allá de las grandes ciudades como Madrid, Sevilla y Cádiz. La excepción era Trujillo, una modesta villa perdida en la sierra de Extremadura, y lo era solo porque de allí había salido un alto porcentaje de los conquistadores del Nuevo Mundo. En cierto modo en 1591, ese hecho irradiaba un mensaje de esperanza para los pueblos cercanos como Villaviciosa: sin linaje y sin educación, pero con audacia y valor, cualquiera podía convertirse en un acaudalado, y si la suerte ayudaba, hasta podía aspirar a pertenecer a la nobleza. Muchos vecinos habían pasado algunos años en los territorios de América; mismos que regresaban increíblemente ricos. Tanto que los mismísimos reyes de España les habían otorgado títulos nobiliarios a varios de ellos.
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La riqueza del Nuevo Mundo había llegado tan de repente a la incipiente economía española que produjo por primera vez en la historia, lo que mucho más tarde se conocería como: inflación. El súbito incremento del poder adquisitivo aumentó el precio de los alimentos y mercaderías en general, alejándolos del alcance de las mayorías. Muchas familias de aquel entonces se empobrecieron aún más, así como muchas otras buscaron sobrevivir de lo que pudieran, al menos hasta que llegara su oportunidad de migrar. Álvaro intuye que su situación se acaba de complicar. La «ratonera» no es cosa de juego. Allí van a parar criminales de alta peligrosidad, individuos que luego salen directamente al patíbulo; cuando no locos. Y no hay nadie que los defienda. Hace tiempo que ha perdido de vista a Rodrigo, su hermano mayor, a consecuencia de caer en la cárcel uno o el otro con relativa frecuencia. La ratonera es un agujero asqueroso, oscuro y húmedo al final de un pasadizo interior de la cárcel. De techo inclinado, su superficie solo mide como una vara y media por otra vara y media, y tal vez otro tanto de altura en su parte más elevada cerca de la puerta. Dada la estrechez del espacio, el castigado no puede levantarse ni extenderse por completo sobre el suelo de tierra apisonada. El cuchitril tampoco tiene ventanas, su único contacto con el exterior es una puerta de mohosos barrotes de hierro. Con todas esas limitaciones, no sorprende saber que el único modo de que los “inquilinos” cumplan con sus necesidades fisiológicas, es a través de un pestilente conducto también protegido por rejas de metal oxidado, todo lo que por allí se arroja termina en una acequia que corre adyacente a la pared al final de la prisión.
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—Tengo que salir de aquí —se anima Álvaro en voz baja—. No sé cómo, pero debo salir aunque se me vaya la vida en ello. La noche casi ha caído sobre el miserable pabellón. Los grillos empiezan sus conocidos chirridos. El joven, envuelto en una hedionda manta que el celador le ha arrojado, se acurruca en posición fetal para intentar dormir. Pero una vez que sus ojos se acostumbran a la oscuridad, se percata de que un escorpión del tamaño de un langostino se desplaza lentamente a poca distancia de su rostro, con la cola levantada en curva como letal signo de interrogación. Álvaro envuelve una de sus manos con la manta y lo coge desde atrás. Neutralizado por un instante, el bicho asustado se empeña en clavar su aguijón, pero el muchacho, con las uñas de la mano descubierta le jala la ponzoña y se lo lleva a la boca: primero lo muerde para desgarrarle la parte dura, luego lo ensaliva y finalmente lo digiere. Aunque su sabor entre agrio y salado no es nada agradable ni mucho menos, pero al menos mantendrá entretenido a su sufrido buche por algún tiempo. Calcula que nadie le alcanzará comida por lo menos en los próximos dos días. Aturdido y cansado por el frustrante día, Álvaro rápidamente entra en estado de ensoñación. Por momentos siente cómo las ratas caminan sobre su cuerpo. Solo la manta que lo cubre, impermeabilizada por la mugre, lo salva de estar en contacto directo con los repugnantes animales. El joven intenta cubrirse el rostro con las manos. “Si alguna de estas cabronas intenta morderme, la despedazaré a mordiscos”, piensa. Y no es broma, por ratos sueña que se las devora y, al menos así, calma su hambre. De día el sueño se convierte en un recurrente pensamiento, no puede evitar observar
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a la rata más gorda y osada que se pasea por el agujero de los desperdicios ni pensar en el banquete que se daría si tuviera algo de fuego y un palo para asarla. Recién al tercer día le arrojan un tazón con un líquido espeso que a él le parece el potaje más exquisito que jamás haya comido. Y así van pasando los días y las noches en este sórdido lugar. Las paredes del pabellón donde se encuentra Álvaro son tan gruesas que ni siquiera se escucha hablar a los otros prisioneros. Aislado totalmente, lo único que oye es el ruido de las lluvias torrenciales que típicamente caen en Asturias durante el mes de diciembre, mismas que frenéticas golpea el tejado de su techo. Pronto nota que este diluvio, que no se detiene hasta dos o tres días después, se está convirtiendo en una amenaza para él; siente que la acequia se está cargando y sus aguas ya rebalsaron el conducto de los desperdicios e invaden su celda. Si su situación no se resuelve, muy pronto estará flotando en la ciénaga de orines y mierda de toda la cárcel. —Estoy tan débil y me duele todo el cuerpo —se dice Álvaro en voz baja, tratando de oír otra voz que no sea la de su cabeza—. Creo que me estoy engarrotando de tanto estar agachado y ahora arrinconado en cuclillas. Esa noche, aparte de la lluvia, hay otro sonido inusual, como si alguien raspara los muros por fuera. Es un ruido ligero, casi imperceptible, pero constante. Álvaro se levanta y, en tinieblas, intenta ubicar el punto exacto de procedencia pegando el oído a las paredes. En un instante lo encuentra. Aguijoneado por la
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curiosidad, pasa la palma de su mano para tantear el muro y de pronto este se hunde y empieza a desmoronarse en grumos de barro. “¡Se abre, este muro se abre, coño!”, piensa el joven, alarmado. Su corazón empieza a latir desesperadamente. El sueño se le va por completo. Ahora utiliza sus uñas para seguir rascando y aumentar el tamaño del agujero. Cuando ya tiene un buen rato en eso y ha logrado pasar casi todo su brazo, siente un rancio olor y una ligera brisa en su mano así como una suerte de pelos gruesos que lo olfatean. Álvaro se tira hacia atrás por instinto. —¡Ratas, más putas ratas! —dice. Luego se arrodilla y atisba por el agujero para encontrar el modo de asustarlas pero no ve ratas. Solo hocicos, hocicos y más hocicos puntiagudos y negros. —¡Cerdos! No puedo creer que deberé mi libertad a unos cerdos hambrientos… Toda la noche han estado hocicando los muros… —comenta para sí mismo. Entonces el chaval gira con dificultad y hurga en la acequia de los desechos en busca de una pieza de madera que antes había visto atrapada entre la basura. Forcejea durante unos segundos y, cuando logra sacarla de entre las rejas, la utiliza como una rudimentaria espátula para agrandar el forado.
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Una hora después, Álvaro se introduce con dificultad en el agujero de la pared y aparece al otro lado de esta, encorvado y encharcado de pies a cabeza, en un descampado en el que la maldita lluvia sigue cayendo sin compasión y donde siente una mezcla de malos olores producto del barro, restos de comida descompuesta y el excremento de los puercos que invade sus pulmones. Debido a su desconcierto no puede evitar resbalar y caer de culo al fango. La debilidad lo vence por un instante y se acuesta completamente en el lodo. Por un buen rato permanece allí, de espaldas al piso bajo la inclemente lluvia, con el barro que lo cubre totalmente y sin ánimo para apartar a los cerdos que husmean su cuerpo. —¡Es un milagro! —se dice en susurros. Pero luego razona—. ¿Y ahora qué hago? ¿Hacia dónde voy? “Más fácil sería haberme quedado en mi celda”, piensa. “O quizá ni siquiera debería intentar levantarme del lodo”, aquí revuelto entre los cerdos me encontrarán los guardias al día siguiente, cuando se percaten de mi fuga. Pero no, el joven no puede. Sabe que ha traspasado algo más que una barrera física. Ahora no puede darse por vencido. “Mi castigo por haber intentado fugarme será peor, quizá la muerte”, se dice. Esa reflexión lo impulsa a huir. Chorreando agua inmunda, muerto de frío, débil y con un olor en la piel que a él mismo le causa arcadas; se levanta lentamente con mucho dolor. Tres veces más cae al piso. Prueba una vez más, encorvado y tropezándose, atraviesa penosamente una pequeña cerca del corral y una torrentosa acequia.
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—¿Está muerto? —escucha Álvaro preguntar a alguien. Una anciana, probablemente. —No puede siquiera abrir los ojos. Tampoco tiene muchas ganas de hacerlo. —Aún no. Pero si sigue así, no tardará en estarlo —dice ahora un hombre con voz aguardentosa. Lo siguiente que el muchacho recuerda es a alguien hurgando los bolsillos de su pantalón. “Ladrones”, piensa. “Ladrones como yo”. Y vuelve a dormir. Dos días permaneció Álvaro tendido sobre la arena de la playa. Al tercero lo recogió una pareja de gitanos viejos de una caravana que había acampado cerca. Primero pensaron en dejarlo morir en esa orilla, pero los conmovió su juventud y el hecho de que tiritara tanto. Creyéndolo loco, lo ayudaron a bañarse en las frías aguas del mar. Más tarde lo vistieron con otro juego de ropa también andrajosa, pero por lo menos seca, le dieron unos sorbos de vino y un pedazo de pan. Tras una convalecencia de un par de semanas, poco a poco Álvaro fue convirtiéndose en alguien de gran ayuda para la tribu. Cuidaba de los asnos, las mulas y los caballos, animales tan valiosos para esta errante gente como sus carretas, porque les ayudaban no solo a desplazarse sino también a huir de la justicia cuando sus víctimas se percataban de que habían sido estafados con baratijas.
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Y es que este pueblo vivía de un comercio dudoso: las mujeres se dedicaban a adivinar la suerte y los hombres a comprar y vender cosas usadas con no muchos escrúpulos. Los gitanos eran capaces de vender como “alfombras persas” mantas tejidas en pueblos algo alejados, mismas a las que habían bordado algunos caracteres que parecían orientales, los gitanos además compraban o robaban escudos, espadas, dagas y cuchillos viejos, los limpiaban, les borraban su marca de origen y le agregaban la marca “Toledo” para aumentar su valor. A veces (y esto divertía mucho al chaval), sus salvadores adquirían carretas o calesas desvencijadas, las reparaban a su manera, cuidando de impactar a la vista y que durasen unos cuantos días, el tiempo suficiente para que los gitanos jalasen estacas y desaparecieran sin dejar rastro alguno. Si a las ruedas les faltaban los ejes y conseguirlos de acero resultaba difícil y costoso, los hacían de madera y luego los lubricaban con grasa de animal y pedazos de carne majada. Tras el período de prueba, el cliente descubría, ya demasiado tarde —sea por la rotura de la pieza o por la pestilencia que emanaba— que se la “habían hecho”, o como se decía en esos tiempos, “que se la habían metido doblada”. En esos primeros meses de convivencia Álvaro volvió a sentir que tenía una familia. En esos pequeños timos, que para los gitanos tenían más de burla e ingenio que de delito, encontró una complicidad que lo unía a esos personajes extravagantes, divertidos y apasionados. Así, vagabundeando de un pueblo a otro y pasando penurias para luego huir muchas veces de madrugada, pero riendo y divirtiéndose en grande, el chaval llegó a conocer casi todo el
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noroeste español. Hasta que un día, cuatro años después, ebrio de amor y de vino, tuvo que dejar la tribu pues no estaba dispuesto a compartir a Carmela, una mujer de belleza tormentosa y perturbadora como solo las hay en la raza calé. Nadie murió en el duelo a cuchillo pero le pidieron a Álvaro que se marchara. Al fin y al cabo, él no era un gitano, era un “payo”. —Nunca te lo pregunté, pero… ¿Fue por eso que me pusiste Álvaro? —pregunta el hijo de don José, haciendo tintinear los hielos en el whisky. La brisa marina les llega fresca en tanto la noche empieza a asentarse. Un último suspiro violeta surca el cielo mientras aparecen las primeras estrellas. El patriarca sonríe, abrigado hasta el cuello, y bebe un sorbo antes de responder. —No, ese nombre le gustaba a tu mamá desde antes de conocerme. Fue coincidencia. —¿Cómo llegó a saber tanto de él? —se interesa José Carlos. —Bueno, eso no es nada —sonríe el viejo—. Todavía hay más. —¿Pero cómo supo sobre esto? —Hace mucho contraté a un historiador peruano en Sevilla para que siguiera nuestro pasado en el Archivo de Indias, y me dio 38
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un hermoso informe. Qué pena que se perdió en una mudanza. Se nota que el tipo era un escritor. Iwasaki, se llamaba. —¿Un historiador o un fabulador? —hinca José Carlos al viejo. —Da lo mismo, hijo. Como lo dijo alguna vez André Gide: “La historia es ficción que sí ocurrió y la ficción es historia que pudo haber ocurrido”. ¿Qué más da mientras saques una enseñanza? —Y aquí la enseñanza es que no debo escupir al cielo porque todos venimos de aquello que criticamos —Álvaro se anima a intervenir. —No solo eso, sobrino. Ya viste cómo incluso los gitanos despreciaban a ese Álvaro del siglo XVI, siendo ellos mismos unos parias. En nuestra naturaleza está el prejuicio como un instinto de supervivencia de la época de los clanes cavernarios. Es nuestro deber informarnos más y darnos cuenta de que: mientras más nos civilicemos, más nos percataremos de que todos venimos de una misma madre. —Lucy, la africana — sonríe don José. Álvaro asiente y continúa: —Lo demás es construcción mental: el Imperio español conquistó al Imperio inca. Un imperio que subyugaba contra otro imperio que también subyugaba. 39
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Por primera vez en lo que va de la noche, José Carlos se queda pensativo. —Hijos —interviene el patriarca—, déjenme continuar con la historia. ¿Sigue habiendo hielo en la hielera?
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3 UN ERRANTE CANTAOR
Álvaro era ya un hombre de barba, bien parecido, y sentía que había pagado largamente su deuda de gratitud hacia Peré y Flora, los viejos que le habían salvado la vida. Estaba solo nuevamente, sí, pero ahora ya sabía cómo sobrevivir, pues no solo conocía los embustes que pueden hacerse en los negocios, sino que también había aprendido a tocar música y cantar con ese espíritu vigoroso y tan apasionado que solo los gitanos poseen. Su instrumento favorito: un ancestro de lo que ahora se conoce como guitarra española, esa que tenía de ocho a doce cuerdas, una caja más pequeña y el cuello más largo a la guitarra popular. Con sus escasas pertenencias dentro de un atado que llevaba al hombro, Álvaro se dirigió a la plaza principal de Salamanca. Allí, le habían dicho, salía una diligencia hacia Madrid. El joven no tenía nada que perder, necesitaba probar suerte, ver en qué podía trabajar, y si no resultaba, quizá embarcarse en una carabela hacia las Indias. Pero debió posponer sus planes, ya que por su impaciencia
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se dirigió hacia Toledo. Las carretas a Madrid no salían sino hasta dentro de una semana, y él no tenía mucho dinero ni ganas de quedarse en Salamanca, no quería recordar sus días como gitano adoptivo. En Toledo encontró empleo en una de las tabernas de las Carreras de San Sebastián, «El mesón del gallo», un antro de no muy buena reputación pero con una clientela con la que Álvaro rápidamente se sintió cómodo, pues esta gustaba de su música, comía y bebía mucho y gastaba a manos llenas. Ahí uno podía encontrarse con cualquiera, desde un arriero con dinero para derrochar hasta con el mismísimo alcalde de la gobernación, el obispo y un grupo de curitas, quienes por lo general hacían su aparición ya muy avanzada la noche envueltos en pesados abrigos y bufandas y con sombreros calados hasta los ojos para evitar ser reconocidos. Había días, decían los que todo lo ven, en los que hasta los aprendices del seminario se aparecían por allí simulando ser viajeros de otras tierras. En esa fonda Álvaro también conoció a María José, una mesera de ojos morunos, cintura de avispa y pechos y caderas que cuando bailaba, hacían aullar a los parroquianos. Con ella solía perderse en las madrugadas, rumbo a la calle del Corredorcillo de San Bartolomé, en los extramuros de la ciudad, donde tenía alquilada una pequeña habitación por unos cuantos maravedíes a la semana. Fueron días buenos en los que el joven sintió que estaba haciendo algo de su vida. Trabajaba en lo que le gustaba de manera honrada, era aplaudido, podía comer y beber lo que quisiera, y
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además tenía el amor de una mujer que le granjeaba admiración y envidias por igual. El único problema, en todo caso, radicaba en que María José ya tenía dueño: era la amante del comisario. *** —¡Defiéndete si tienes honor, pagano! —grita el comisario Gómez de la Serna a mitad de la noche mientras aporrea la puerta de la habitación de Álvaro. El comisario no está solo. Detrás de él, en las escaleras de acceso, acechan cuatro hombres más provistos con arcabuces. Tienen orden de disparar a matar. Adentro, una María José desnuda grita que los dejen en paz y que ella no tiene por qué rendir cuentas a nadie. Álvaro, que ya sabía que llegaría el día en que tendría que afrontar la cólera de un hombre de armas despechado, solo ha atinado a colocarse los calzoncillos, coger un talego con sus escasos ahorros y envolverse en una sábana, para luego abrir la ventana y descolgarse hacia la calle por las azoteas de las casas vecinas. Sabe que en una disputa con una tal autoridad, él tiene todas las de perder. Cuando ya está cerca del río el joven siente un breve fogonazo sobre su cabeza, el punzante aroma de la pólvora se filtra en sus narices, y casi al mismo tiempo escucha a lo lejos los gritos
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destemplados de María José, quien insiste en defenderlo de los guardias del comisario. Álvaro no duda en tirarse a las frías aguas del río Tajo. “Debo escapar como una rata mojada”, piensa, y luego sonríe. “Pero nadie me quitará lo bailado”. Como ocho horas más tarde, el joven ya está camino a Sevilla. Luce como un pordiosero, con las únicas ropas que encontró en un basural pero, al menos, le ayudan a pasar desapercibido en su fuga. —Una vez que llegue al puerto me embarcaré hacia las nuevas colonias. Aquí ya no tengo nada más qué hacer —se dice Álvaro en voz alta para darse ánimos. Sin embargo, hay un problema que el joven todavía no anticipa. Nadie viaja gratis, y menos esas distancias entre continentes, y debido a la alta demanda de migrantes hacia América tampoco ningún capitán quiere contratar mano de obra para el barco, misma que obtienen casi gratis con solo asegurar algo de comida y alojamiento en los meses que demora cruzar el Atlántico. Tras cuatro días de intentos y ruegos en el puerto y de dormir en la calle, entre rufianes y prostitutas, Álvaro se reconoce varado, sin dinero, vestido como un mendigo, en medio de una ciudad que no conoce y que se muestra ajena a él. Debe volver a comenzar. —¿Y ahora hacia dónde voy? ¿Y qué haré? ¿Cómo me presentaré a posibles empleadores en estas fachas y sin mi guitarra?
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Empapado, sucio y con hambre, Álvaro debe esquivar los perros que cada cierto tiempo le salen al encuentro. Deambula por las empedradas y húmedas calles, sin tener idea precisa hacia dónde se dirige, ante la sospechosa mirada de los serenos que custodian la ciudad apenas empieza a anochecer. Borrachines crónicos, vagos rayanos en la locura, mujerzuelas desdentadas y especímenes semejantes se guarecen en los recovecos, esquinas y escaleras para pasar la noche y esperar a que pase la lluvia. Por las mañanas uno a uno brota de sus cuchitriles, con sus ropas apelmazadas de inmundicia y sus grasientas y pestilentes greñas asomando bajo gorros raídos. Álvaro casi se siente uno de ellos. “¿Será este mi futuro? ¿Se acabó mi racha de buena suerte?”, piensa un tanto abatido y sentado sobre el peldaño de una plaza. Casi al amanecer, morado por el frío, ve pasar a los primeros comerciantes de un mercadillo cercano. Camina entre ellos, intentando adivinar quién podría necesitar de su ayuda, pero todos se muestran indiferentes ante su apariencia. A veces se inclina a recoger de la húmeda calle las frutas y verduras aplastadas o semi descompuestas, como hacen otros jóvenes que, además, lo observan fijamente. No lo conocen ni reconocen en ese barrio. —¿Cómo te llamas, forastero? ¿Podemos ayudarte en algo? —le pregunta uno de ellos, quizá el menor. Álvaro da su nombre y le narra su historia. —Por aquí el único empleo existente es ayudar a descargar las carretas procedentes de las parcelas con los productos que se
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venderán en el día. Ven, acompáñame, fíjate cómo lo hago y ofrece tus servicios. Así ganarás unas monedas. Ambos echan a andar y, efectivamente, algunas horas más tarde Álvaro ya está cargando sacos de legumbres e instalándolos en los puestos de abastecimiento. Por la noche, el adolescente le presenta a otros amigos también menores de edad y lo conducen a una habitación desvencijada al fondo del traspatio de una vieja casa, a solo unos pasos del mercadillo. Allí se entera que la residencia, que antiguamente había sido casa de huéspedes, pertenece a una pareja de ancianos que cobran cuatro maravedíes a la semana por el uso del minúsculo espacio que ahora le toca compartir no solo con sus nuevos compañeros de trabajo, sino también con otros jóvenes que yacen envueltos en pieles de animal arrojadas sobre el piso de tierra apisonada. Sin sacarse la ropa, solo los zapatos, cubierto con trozos de una sucia manta de lana y apretujado a los demás, Álvaro pasa la primera noche de las muchas que pasaría en esa parte de Sevilla. Aunque aún no amanece, el insistente repiquetear de la lluvia sobre el tejado lo despierta. Ya más descansado, mira fijamente el techo y se pregunta si ha hecho bien en abandonar Toledo, donde tenía empleo, comida, refugio y mujer. “Pero bueno”, piensa, “si no hubiera abandonado la ciudad, el comisario se habría encargado de hacerlo por mí. Era un evidente caso de: o por mis propios pies o con los pies por delante”. Los siguientes meses Álvaro los pasa en el mercadillo cargando y descargando lo que le ordenan, comiendo una sola vez al día, y 46
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haciendo viajes de exploración a la plaza principal, las tabernas y los mesones que había en los alrededores para encontrar un mejor empleo. —¿Señor? ¿No necesitará quién lo ayude atendiendo a los clientes? Sepa usted que en Toledo yo no solo servía las mesas sino que también amenizaba los ratos tocando la guitarra. —¡Lárgate gilipollas! ¡Aquí no hacemos caridad! —solía ser el tipo de respuestas que recibía Álvaro. —Pero señor, puedo trabajar sin dinero a cambio, solo con que me asegure la alimentación yo estaría dispuesto a… —¡Joder, qué insistencia coño! Primero ayúdate a ti mismo y luego veremos. ¡Habrase visto la desvergüenza de algunos! Recién cuando llega el verano Álvaro cuenta con los suficientes ahorros para comprar ropa de segunda mano. En ese lapso también se ha percatado de que no puede continuar con sus labores en el mercadillo y en la vieja habitación; sus jóvenes amigos, aunque buenos, no saben distinguir entre lo legal y lo ilegal y con frecuencia suelen pasar la noche en la cárcel del pueblo. “No son malos, tienen necesidades y se han acostumbrado a creer que lo que está en la calle les puede pertenecer si es que nadie parece interesarse”, reflexiona. “Pero la policía suele invadir nuestro refugio y a estas alturas me empiezan a considerar como una especie de líder de banda solo por ser el mayor”. 47
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Álvaro se jura que nunca más volverá a sufrir en un agujero como la «ratonera». Sabe que los pobres como él son los primeros en ser encerrados y nunca escuchados, sin nadie que los defienda. Un día descubre una tienda de música en una calle polvorienta y casi olvidada en los márgenes de la ciudad. El dueño, un hombre casi completamente ciego y calvo, se encuentra ensamblando una guitarra flamenca. Álvaro, con las manos en los bolsillos y ensimismado en lo que el artesano hace, de pronto le escucha silbar una melodía conocida, la que Peré solía dedicarle a Flora, la pareja de ancianos gitanos que lo recogieron en la playa. —¡Hombre, esa canción la conozco y no cualquiera la canta! Exclama Álvaro. ¿No será usted de los pueblos que nadie quiere mentar? El viejo, al escuchar la pregunta, sonríe. —Algo así —responde con cierta precaución—. ¿De dónde provienes tú? ¿Del norte del reino? Álvaro, animado, le narra sus vivencias en el campamento gitano y la admiración que siente por su gente, sobre todo por su alegría de vivir y su música. —Oh, la música —responde el artesano—. Yo no conozco otra forma de vida que no sea la música. Sin embargo, nunca tuve el 48
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suficiente timbre de voz para acompañar mis creaciones. Cómo me habría gustado complementar mi trabajo componiendo canciones. Y luego se lleva un dedo a la cabeza despoblada y agrega: —Yo tengo muchas guitarras aquí, demasiadas, y no tengo a nadie que me ayude a hacer algo con ellas. Álvaro encuentra así, de pronto, una nueva oportunidad que cambiará su vida. Días después, el joven empieza nuevamente a alimentarse tres veces al día. Primero desayuna en el mercadillo tras cargar los bultos de sus clientes y luego enrumba hacia la tienda de Sancho, el músico, donde almuerza y cena con él. El viejo, un empedernido soltero algo maniático, le cuenta que alguna vez en la mitad de su vida, fue parte de la orquesta de un señor feudal pero que, en una fiesta donde corrió mucho vino, alguien —no dice que él— sedujo a una pariente de este —no dice que a su hija menor de edad— y que él fue acusado injustamente y tuvo que fugarse accidentadamente —no dice hacia dónde pero Álvaro sospecha que a Sevilla—. Y que, desde entonces, él, acostumbrado a reparar los instrumentos de la banda, ahora los ensambla y los vende, pero que no lo puede hacer en cantidad porque no tiene la voz suficiente y así nadie se entera de la calidad de sus guitarras. —En la orquesta, en medio del coro, nadie se daba cuenta de lo desafinado que yo era —se justifica—. Y luego ocurrió lo del 49
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accidente que me dejó casi ciego pero del que no quiero hablar, y bueno, aquí estoy. —Don Sancho, no se preocupe. Deme una guitarra esta tarde Iré a las puertas de las tabernas de la plaza de doña Elvira y cantaré desde allí. A mí en la tribu me consideraban un cantaor, y sepa usted que en Toledo pude conocer a muchas personas importantes solo por mi voz. De pronto alguien aquí se interesa en contratarme, y cuando eso suceda, me convertiré en el representante de sus instrumentos y buscaré venderlos entre los demás músicos. ¿Le interesa hacer algo así? —Me interesa, chaval. Y si cantas mis canciones y me haces conocido, no me importará que luego me estafes porque habrás hecho feliz a un hombre en sus últimos días de vida. El trato se cierra con un apretón de manos. —Don Sancho, soy hombre de palabra y mi lealtad hacia usted nunca la ponga en duda. Dos meses después de esa conversación, Álvaro ya labora en un bar como mesero y por las noches como cantaor. Pronto se gana la confianza de los dueños del establecimiento y luego de los músicos, con quienes ameniza las fogosas madrugadas sevillanas. El invierno ya casi regresa pero ahora no importa. Álvaro tiene empleo, amigos, casa, comida y amores ocasionales. Pero, sobre todo, ha conocido algo más: el valor de la confianza y la palabra
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empeñada. Con frecuencia visita a Don Sancho y le entrega, moneda a moneda, el valor de lo recaudado por la venta de sus instrumentos, y hasta lo ayuda a imprimir un folletín con las coplas de sus composiciones para luego repartirlas entre los músicos que va conociendo en las noches de bohemia. Al mismo tiempo, busca la manera de ayudar a los adolescentes que lo acogieron en el mercadillo. A algunos, los de mejor temperamento y pocos vicios, los recomienda para que trabajen en fondas y tabernas vecinas, y a los demás les lleva ropa y comida que dejan muchos comensales en las mesas. —Tío José, ¿si tan bien le iba al tal Álvaro, por qué carajo vino hasta acá? —¡Para que nazcamos nosotros pues! —se carcajea Álvaro del presente. El patriarca también se ríe, con el riesgo de que una tos alcance a la carcajada. El whisky ha distendido los ánimos y a partir de ahora las lenguas se cuidarán menos de filtrar sus palabras, lo cual puede ser tan bueno como malo. —Sobrino querido —responde el centenario—, un poco de paciencia, que ya llegaremos a América. —Ustedes nunca han cantado, ¿no? —pregunta José Carlos. —No, hombre. Ese don se quedó en alguna rama del árbol. —Pero sí hemos encantado… —replica travieso don José.
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El hijo y el sobrino ríen aplaudiendo, a lo que el viejo responde con una leve venia de la cabeza. —Más que la voz de ese tal Álvaro, lo que me gusta es su gratitud y el valor de su palabra —reflexiona don José—. Todas estas leyes enmarañadas que tenemos, los papeleos, sellados y permisos notariales que nos quitan el tiempo todos los días tienen su origen en lo mismo… —¿La desconfianza? —se aventura José Carlos. —Exactamente —interviene Álvaro—. Qué eficientes seríamos si simplemente cumpliéramos con nuestra palabra. —Felizmente para nosotros, el tal Álvaro no solo tenía palabra, también tenía agallas —comenta el patriarca. —Sin huevos no hay paraíso —asiente José Carlos. —Ni descendencia —replica travieso don José—. Y hablando de eso, ¿estás preparado sobrino, para conocer a tu antepasado? José Carlos asiente, como un niñito al que están por presentarle un espectáculo de títeres.
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4 EL EMBRUJO DE ESE MAR
Un pensamiento recurrente aguijoneaba a Álvaro cada vez que iba a dormir: “¿Así será la existencia al otro lado del mundo? ¿Habrá algo mejor que todo lo que conozco hasta ahora?”. Un día se percató de que cada vez que miraba hacia el mar desde el puerto, sentía cierto embrujo. Que observaba maravillado cómo las gaviotas se elevaban por sobre los mástiles de las naves, que aspiraba con fuerza el olor del mar, y que le encantaba ver la seriedad y disciplina que mostraban los marineros de la armada española, cada vez que se enrumbaban hacia los galeones que atracaban en Sevilla, para aprovisionarse y dar mantenimiento a los cañones. “Qué cosas no habrán visto estos tíos… Y pensar que muchos de ellos tienen mi misma procedencia humilde”, se decía. Y así fue como un día se decidió. Dejó todo, y se despidió de cada una de sus amistades; especialmente de las mujeres con las
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que solía perderse, media docena de jóvenes bellas y fuertes, pero cuyos encantos amenazaban con retrasar más sus sueños. Ya era noviembre de 1599 cuando Álvaro llegó al puerto solo con una valija de lona y mucha curiosidad. *** La fila de aspirantes a ser tripulantes es enorme y bordea el establecimiento de la capitanía del puerto. Los postulantes solo se preocupan de ellos mismos cuando se trata de poner orden en la fila: parecen empeñados en armar trifulcas cada cierto tiempo. Sus rostros y apariencias tampoco prometen mucho, en su mayoría se tratan de vagabundos, alcohólicos y expresidiarios, tipos por lo general sucios, con la barba desaliñada y con una pésima dicción del castellano. Casi todos parecen tener razones para fugar de algo. Quizá de sí mismos... Álvaro está entre ellos. —¿Qué edad tiene usted? —Veintiuno, señor. O al menos eso creo —responde el mozo. El contramaestre del bergantín «Arcángel San Gabriel» lo observa fijamente y sin mayores gestos, moja la pluma en el tintero para registrar la cifra en el manifiesto de pasajeros y carga. —En principio, usted puede servir para mi tripulación, pero aún no cante victoria, mozalbete. ¿Dónde dijo que nació?
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—Yo, la verdad, es que no sé… —titubea Álvaro—. Solo le puedo decir que crecí en Álava, que mi madre se llamaba Isidora y mi padre, Gonzalo… pero no recuerdo sus apellidos. —¿Se burla de mí? ¿Me está diciendo que usted no sabe cómo se llama? —Es que… no me crié con mis padres, solo con mi hermano… a quien hace mucho no veo. —¿Y nunca preguntó a su hermano? —Creo que él tampoco sabía. Por un instante brillan los ojos de Don Ildefonso de Sevilla y Suárez. Él conoce lo que es tener hijos en distintos puertos y no saber nunca más de ellos una vez que se embarca hacia otros destinos. El viejo lobo de mar se pasa la mano por la calva, algo inquieto, y resopla. Álvaro, por su parte se asombra de que el oficial, aun cuando le falten un par de dedos y algunos dientes, se maneje con el aplomo de un hombre completamente entero y vital. —Tú sabes que no puedo aceptar a nadie sin nombre en mi barco, ¿Verdad? Álvaro, un tanto humillado, inclina el rostro y se mira los pies.
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—Pero no te preocupes. A partir de ahora te llamarás Álvaro González de Álava. González por ser hijo de Gonzalo y Álava por ese pueblito en el País Vasco en el que alguna vez viviste. No creo que este ejercicio de imaginación te incomode, ¿cierto? —No, señor, lo que usted diga. —Perfecto, así te llamas entonces —dice el hombre mientras le entrega el registro con los datos completos para que Álvaro lo firme. El joven solo atina a marcar una X. Así ha visto hacer a la mayoría de los sujetos de esa fila. —No olvides que nada es gratis en esta vida. Tu nombre y tu estadía en mi nave te costarán sesenta maravedíes de oro y tendrás que tocar y cantar durante toda la travesía, más los otros usos que luego podamos descubrirte. A cambio, ya sabes, podrás replantear tu vida tal como la conoces. Así es como Álvaro pasa a integrar la tripulación compuesta por gente joven como él y en sus mismas condiciones lamentables, algunas parejas y pasajeros van hacia La Habana, Portobelo y el Callao: en total, son noventa y cuatro almas las que componen la carga humana de la embarcación. Allí, Álvaro piensa que puede acostumbrarse a su nuevo nombre, que suena tan bien e infunde respeto entre tanto desarrapado que lo rodea.
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*** El frágil bergantín, que a todas luces se ve sobrecargado, zarpa esa misma mañana borrascosa cortando la llovizna, la semioscuridad y el frío. Para muchos, esa partida es hacia lo desconocido, a hacerse ricos o morir: como se dice en las calles. Con frecuencia, estos pensamientos son interrumpidos por las groseras órdenes de los jefes. La costa española aún no ha desaparecido del panorama y los nuevos tripulantes ya empiezan a ser maltratados: ¡Ayuden a cargar las tinajas, carajo! ¡Laven los pisos de la bodega ahora mismo! ¡Aquí nadie come hasta que no hayan asegurado cada vela en su verga! Son algunas de las frases que reciben los marineros. Como toda respuesta, el contingente de expedicionarios, pasajeros incluidos, que nunca en su vida ha navegado, empieza a mostrar rostros desencajados y llorosos, y se aferra con las dos manos de donde puede, tratando de reposar la espalda a los mamparos para no resbalar al agua. Los individuos lucen mareados, algunos vomitan inconteniblemente y otros ya empiezan a lamentar su suerte en esa travesía calculada para los próximos cuatro meses. Álvaro tampoco es ajeno a esa desagradable sensación de sentir dolor de cabeza, náuseas y no tener nada más por arrojar, ruega porque la nave deje de bambolearse y se estabilice. Por momentos, desesperado, se refugia en su camarote para tumbarse sobre el taburete que le sirve de cama, pero el resultado es peor, el desagradable y fuerte olor a aceitunas, pescado y vinagre impregnado en las paredes lo enferma más, tanto como el crujir de las estructuras, el balanceo del techo así como los gruñidos y chillidos desaforados de los animales asustados y enjaulados; todos forma una coreografía de pesadilla.
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Afuera, en la cubierta, sus colegas tampoco la pasan mejor. —¡Hombre! ¿Acaso no sabes que morder el cabo del ancla es muy bueno para lo que tú tienes? —suelta ocultando una sonrisa pícara, un grumete a un viajero y de pronto éste a punto de caer desmayado, corre a castigar su dentadura contra la maciza cuerda, salada y arenosa por la intemperie. —¡Oye, amigo! ¡No hagas caso de este pánfilo! —suelta otro entre risotadas—. ¡Lo mejor para estos casos es beber agua de mar con limón! —¡Nada, yo conozco algo mejor: sus orines, bébanlos! Todos los marineros veteranos, arrinconados sobre unas velas remendadas, se juntan para ver el espectáculo de la gente desesperada y no hacen más que burlarse y reír. —¡Coño! ¡Vosotros sí que sois cabrones y malos anfitriones! —recrimina un gordo grasiento, un pinche de cocina quien aparece en escena con una jarra de líquido verdoso. Luego, con un fingido espíritu de beatitud, se los ofrece a los infortunados aprendices de navegantes y a algunos pasajeros—: ¡Tomen, señores, esta pócima solía preparar mi tía la hechicera para prevenir todos los males, especialmente el mareo! Un puñado de hombres, que más parecen zombis, se acercan al obeso cocinero arrastrando los pies y solo alcanzan a tomar un pequeño sorbo del asqueroso brebaje antes de correr desesperados
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a la baranda y arrojar más fluidos de sus extenuados cuerpos. La sensación que los recorre a lo largo de su organismo en ese instante, se asemeja a estar dando vuelta de adentro hacia afuera, como un calcetín. Nadie del desesperado grupo de viajeros puede comer nada durante los dos primeros días de la travesía. Por momentos baja el capitán del puente de mando, los mira de reojo y, cuando considera que ya han sido víctimas por mucho tiempo de las crueles bromas de sus marinos, echa a estos del lugar con unos cuantos carajos y puntapiés en el culo. Recién al tercer día todos pueden comer lo que se les sirve. Sin embargo, la nave no se estabiliza, el mar sigue “picado” y la embarcación se balancea sin aparente control, como una insignificante cáscara de nuez en la inmensidad de un encrespado océano. Álvaro intenta distraer su miedo rasgando la guitarra, primero en voz queda y luego a gritos, como lo exige su reanimada audiencia. Ya para ese entonces empieza a acostumbrarse al balanceo, y a la pestilencia de gente amontonada y sin asearse. “Así que esta es la normalidad para un navegante”, reflexiona Álvaro, mientras entrecierra los ojos y recuerda las caricias de su amante de turno en su última noche en Sevilla. Una semana después, luego de pasar las islas Madeira, una tormenta pone a prueba todos los conocimientos de esos hombres acostumbrados a sobrevivir en el mar. La lluvia y los vientos huracanados así como los rayos se desatan con tal fuerza que
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prácticamente la tripulación no puede arriar a tiempo las velas con la velocidad necesaria, lo que provoca que el bergantín se incline peligrosamente a babor y luego a estribor, y así permanece ladeado por largo tiempo. Luego, inmensas olas golpean la proa levantando la nave en vilo y la hacen “cabecear” y caer de golpe casi sin control. Por momentos, los inmensos muros de agua golpean el castillo de proa y el puente de mando que amenazan con reducirlos a meros tablones de madera inservible. —¡Pardiez! ¡Todos a cubierta, todos a cubierta! ¡Necesitamos arriar las velas o el peso del agua en ellas nos terminará por hundir! —advierte un lugarteniente del capitán. Álvaro siente que todo está perdido cuando observa el rostro preocupado de Joao Saldanha, el experimentado piloto portugués, quien se encuentra firme en el timón en medio del pandemónium de olas, lluvia y vientos encontrados. Todo él está empapado y lanza sonidos guturales cada vez que una nueva tanda de olas amenaza con arrastrarlo desde su posición. Sus fuertes manos protegidas por gruesos guantes, semejan potentes garras que giran el timón de un lado al otro. Solo Dios sabe qué pensamientos surcan la mente de este joven e intrépido navegante. Sus ojos giran velozmente de un lado a otro. Su cerebro evalúa, calcula y decide en fracción de segundos la fuerza, la intensidad y la dirección de la marejada que se levanta por todos lados, sin patrón alguno. Si bien su rostro no muestra angustia sino determinación, Álvaro sabe que solo es en apariencia y que en realidad debe estar muriendo de miedo por dentro. Prácticamente todas las plegarias de los pasajeros y tripulantes están dirigidas hacia él.
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En un momento dado se escucha un aciago «crac» y luego desgarradores alaridos de dos marineros que han caído desde los travesaños de los mástiles cuando intentaban arriar las velas. Un tercero cae directamente al agua desde lo alto y otro primero se estrella contra una baranda para luego rebotar hacia el mar. —¡Imposible rescatarlos! ¡No te distraigas, Joao, o pronto todos seremos alimento para las bestias de este endemoniado mar! —ordena el capitán mientras los demás marineros miran desesperados e impotentes cómo sus desafortunados colegas intentan chapotear en vano hacia la nave. —Al menos uno cayó al agua ya cadáver —le dice un tipo a Álvaro—. Yo vi cuando se quebró el pescuezo en un travesaño. Si en algo puede consolarnos, creo que esa muerte es mejor a la de morir ahogados —agrega mientras se santigua con el terror reflejado en los ojos. La embarcación cruje por todos lados. Parece que se volteará o partirá en dos o ambas cosas a la vez en cualquier momento. A estas alturas ya casi nadie entiende cómo es que el barco todavía sigue firme: una buena parte de los marineros y pasajeros encomiendan sus vidas a todo el santoral católico para que ilumine al piloto y para que no estallen las amarras que sostienen la carga. En el primer caso, si el portugués no ataca la ola cortándola en el momento preciso, en el ángulo debido y con el timón firme en la posición correcta, es el fin. Además, si las amarras se sueltan, la carga normalmente bien estibada, se desplazaría hacia un lado y la nave se tornaría ingobernable.
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Podría decirse que es un duelo a muerte entre un solo hombre, apenas un cerebro y un par de manos, contra todos los elementos naturales desencadenados. Los minutos transcurren lentamente. Los aterrorizados pasajeros, pálidos de angustia, ya no gritan. Casi han pasado dos horas desde que alguien diera la voz de alarma. En todo ese tiempo Joao no ha cometido un solo error. El capitán, más viejo y experimentado, ha estado atento a cada uno de sus movimientos sin intervenir: sabe que en circunstancias como éstas lo que más necesita el piloto es concentración. De pronto, una enorme barrica de aceitunas se suelta de sus amarras, cae y empieza a rodar de un lado a otro. En un instante coge una dirección peligrosa y va directamente hacia los tripulantes, pero ante un súbito viraje de la nave se detiene, cabecea, cambia de rumbo y se estrella contra los catres. Luego, ante otro impulso, la barrica destroza violentamente la parte baja de la escalera que lleva a la cubierta: el barril se ha convertido en un temible ariete de demolición. Una vez más suena un golpe seco y la baranda del corral de los cerdos se hace añicos: de inmediato se escucha el escalofriante aullido de un cerdo aplastado que se resiste a morir. “¡Que alguien detenga ese maldito trasto o nos aplastará y terminará por destrozar la nave!”, grita Álvaro. Pero no es necesario que nadie haga nada: en uno de esos balanceos la barrica toma velocidad y se estrella aparatosamente contra una esquina de la base del puente. Maderos astillados, aceitunas y un líquido oscuro saltan por los aires y se esparcen sobre el piso, mezclándose con la sangre del animal en un solo charco. Enormes ratas corren espantadas de un lado a otro y un marinero se arrastra con una pierna quebrada.
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El capitán intenta mantener la concentración. Sabía que en algún momento el proyectil se estrellaría contra algo. “Ha sido cuestión de suerte que no matara a nadie en su camino”, piensa. Más bien se aleja del puente bamboleándose y aferrándose fuertemente a una y otra baranda. Se dirige hacia las bodegas. Necesita asegurarse de que el máximo tesoro del «Arcángel San Gabriel» se encuentra a salvo: dos caballos de pura sangre que viajan en armazones de madera especialmente diseñados para que los animales se mantengan parados durante toda la travesía. Una ancha faja de lona resistente que pasa por debajo de sus vientres y tiempla de la estructura con sus dos extremos fuertemente cosidos desde la parte alta, les asegura el descanso necesario. El capitán apacigua y acaricia a las nerviosas bestias mientras revisa que todo el armazón se encuentre en buenas condiciones. Casi como un capricho de la naturaleza, el oleaje se calma de repente. Los vientos dejan de arreciar y solo cae una ligera llovizna y esporádicos truenos resuenan en la lejanía. Joao, tras observar detenidamente el horizonte y el cielo, levanta la mojada y chorreante capucha de su impermeable y la tira sobre su espalda. Luego se dirige a su ayudante, le da algunas instrucciones, le entrega el timón y se derrumba en una banca mientras deja caer la cabeza hacia atrás. En esta posición, con los ojos cerrados y respirando profundamente, permanece unos instantes. Luego se levanta y pausadamente baja a revisar los estragos de su lucha. Cuando los pasajeros y la tripulación lo ven aparecer, gritan vivas a su nombre. Algunos hasta dejan correr algunas lágrimas.
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Minutos más tarde, el capitán se reúne con Joao y otros oficiales para evaluar la situación y los daños. —La nave está sobrecargada, capitán —dice Joao—. Me resultaba muy difícil maniobrar con tanto peso. Necesitamos descargar unas doscientas arrobas y volver a estibar la carga. Luego sentencia: —En caso contrario, no podremos enfrentarnos a otra tormenta. Por un instante el capitán duda. Sabe que liberar carga de improviso implicará que la nave se desvíe de su ruta y pierda algunos días muy valiosos de comercio con los altos márgenes que tenía pensados. Pero luego, a un solo grito, ordena que la nave se dirija al sursureste. Momentos más tarde, el capitán anota en su cuaderno de bitácora: «Día muy difícil, súbita tormenta con vientos cambiantes de hasta 30 nudos. Olas de 20 a 30 varas de alto. Duración aproximada: 3 horas. Hubo 4 bajas en la tripulación: Juan de Dios Morales, Sancho Díaz de Vivar, Gonzalo Ruiz Blancas y Mario Rodríguez Santos. Un herido grave: José Manuel de Jara. Reduciremos la carga, vamos rumbo a Tenerife».
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*** La mañana del seis de febrero de 1600, la nave ancló frente a las costas africanas, en Santa Cruz de Tenerife. La tripulación descargó sus mercancías en el rústico muelle y, cinco días después, levantó velas y enfiló hacia el nornoroeste: en todo ese tiempo a los marineros no les quedó más remedio que malvender doscientas arrobas de harina de trigo al mismo tiempo que reparaban averías, estibaban y aprovisionaban de nuevo las bodegas. Esta vez el tiempo era bueno y el bergantín surcó el Atlántico Norte durante varias semanas sin mayores dificultades. En ese lapso, Álvaro hizo muchos amigos, recuperó sus deseos por conocer nuevas tierras y hasta empezó a cantar a dúo con Joao, quien resultó ser una segunda voz formidable. En algún momento, el piloto le confirmó lo que ya sospechaba: que todos esos aparentes expresidiarios con los que viajaban eran realmente eso y conformaban un «contingente de sangre», es decir: españoles caídos en desgracia que debían emplearse como capataces en las minas en el nuevo continente. El contratista de todos esos infelices había sido el mismo alcalde de un remoto pueblito de Jaén, quien así había matado dos pájaros de un tiro: liberó su prisión local de gente indeseable (escogiendo a los ejemplares más jóvenes y fuertes) y obtuvo, por supuesto, un dinero. Así es como Álvaro entendió por qué en el bergantín había tantos interesados más en adoctrinarlos que en narrarles lo que encontrarían en las colonias; historias fascinantes sobre los nativos y sus costumbres, la topografía y el variado clima en esos extensos territorios.
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En la embarcación, Álvaro también conoció a Francisco de Cáceres y Pedro Hurtado de Zela. El primero era un amable maestro de escuela de Granada, de mediana edad y aspecto apacible, que había sido contratado por el gobernador de Santiago de Cuba para formar un instituto de educación elemental para españoles y criollos. El segundo personaje, Hurtado de Zela, era un joven tranquilo y recatado, de aproximadamente la misma edad de Álvaro, el muchacho había sido solicitado por unos tíos que llevaban años establecidos en la ciudad de Trujillo, al norte del virreinato del Perú, para que les ayudase a dirigir unos negocios. Álvaro cultivó la amistad del profesor de Cáceres por dos razones: porque le gustaba su erudición en historia y literatura, y porque con él encontró la oportunidad de aprender a leer y escribir. El maestro, comprensivo con la apremiante situación de Álvaro, había empezado a darle clases sin esperar nada a cambio. Pronto cuatro o cinco pasajeros más se sumaron, y al final la clase estuvo compuesta por unas veinte personas, incluidos algunos marineros. No todos, por supuesto, tenían el interés, dedicación y constancia del muchacho de Álava; algunos desertaron en cuestión de días. Casi tres meses después de iniciada la travesía, a las cuatro y cuarenta de la madrugada de un esplendoroso día de otoño, un tripulante gritó: “¡América, América!”, desde lo alto del puente de mando. En efecto, en ese instante el bergantín pasaba cerca de La Española, una isla cubierta de vegetación y rodeada de prístinas aguas cristalinas y calmas. A lo lejos podían divisarse algunos ranchos dispersos cerca de la playa y grupos de nativos que agitando los brazos, se acercaban en piraguas mostrando collares, pescados
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frescos y algunas frutas para vender. Aunque la nave no se detuvo y continuó su curso, ese primer contacto visual con otras personas levantó la moral y el espíritu de todos los que iban a bordo. Un tripulante improvisó una misa y luego se organizó un gran festejo donde se bebió abundante vino y se bailó hasta bien entrada la noche. «Cinco de marzo de 1600. Hoy pasamos cerca de La Española sin detenernos, pues debemos recuperar varios días perdidos. Todo marcha bien, tuvimos fiesta», fue la anotación del capitán aquella madrugada. A partir de ese instante, Álvaro pudo ver decenas de diminutas y preciosas islas (infestadas de piratas, según le decían) y embarcaciones sin bandera reconocible con tripulantes de aspecto hostil. Unos días después, mientras rasgaba la guitarra y conversaba con Joao, avistó el puerto de La Habana con cuatro galeones acoderados en el muelle y otro que en ese preciso instante surcaba la rada. “¡La Habana, hombre!”, le dijo el portugués con emoción. Aunque aún faltaban unas horas para anclar y descender, el profesor Francisco de Cáceres y otros pasajeros se despidieron emocionados de los amigos que habían hecho durante la travesía. Abrazos, lágrimas e intercambio de direcciones para mantenerse en contacto fueron los actos más comunes. Álvaro se sentía en deuda con el maestro, por ello le ofreció su guitarra en señal de aprecio por lo que había hecho por él. Pero el profesor, sabedor de que el instrumento era lo más preciado que tenía su leal amigo, decidió rechazarlo con el argumento de que la
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satisfacción de haber sido útil era el mejor regalo. Tras el abrazo de despedida de rigor, Álvaro se quedó observando su guitarra, ensimismado, ahora que tenía algo de educación, presentía que sus posibilidades iban más allá de lo que pudiera hacer con las manos. —¡Álvaro, joder, vamos embora, voce tem que vir comigo! Eu conheci umas mozas que voce vai ficar enloquecido. ¡Vamos embora! —tronó una voz que rompió la meditación de Álvaro. Joao lo urgía a coger su guitarra y bajar al puerto, pues los protocolos exigían que luego de que los pasajeros desembarcaran, debían hacerlo los tripulantes para descargar y cargar mercancías y reaprovisionarse en el puerto. Y todo eso lo harían durante cuatro días. Álvaro fue a su camarote, se bañó, afeitó, se puso ropa limpia y salió con su amigo a recorrer la gran ciudad caribeña. Al principio les resultó un tanto extraño caminar en tierra firme, pues el suelo no se movía y ellos ya se habían acostumbrado a hacer algo de equilibrio cuando se trataba de mantenerse erguidos. —Yo nunca conocí Cuba —comenta José Carlos, de pronto. —Es hermosa —precisa Álvaro—, tan exótica y curiosa como el comunismo en una isla tropical. José Carlos no tiene ganas de polemizar ahora sobre posturas políticas. 68
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—Y esa isla, La Española… —José Carlos hace memoria—, ¿no es República Dominicana? —Sí —le responde Álvaro—. Y también es Haití. Es la isla donde están los dos países. —Una vez estuve allí, en los finales de la época del dictador Trujillo —recuerda el patriarca. —¿Dónde no ha estado usted, tío José? — bromea José Carlos con cariño. El viejo centenario levanta la mirada hacia la noche de Salaverry y el cielo y sus ojos se funden en la misma profundidad. Es la profundidad de los tiempos pasados, que le traen imágenes gratas y también desagradables. —Hermoso país —recuerda el viejo—, pero muy desigual. Recuerdo unos atardeceres hermosos, las mujeres más lindas… —… y la tiranía de ese salvaje —remata José Carlos. A la memoria de Álvaro llega una canción fiestera de hace unas décadas. —Como dice esa canción de Juan Luis Guerra —ensaya un canto—: “somos un agujero en medio del mar y el cielo, quinientos años después”. 69
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—Ya hablaremos de cómo resolver eso en un rato— señala el patriarca—. Lo bonito de esto que les acabo de contar es cómo tu sangre, José Carlos, y la nuestra, los Hurtado de Zela y los González, confluyeron en un punto dado de la historia en ese mar Caribe, y cómo nos hemos mantenido unidos hasta ahora. —Salud por eso —levanta el vaso Álvaro, y los demás lo imitan. —Bueno, hijos. Como les iba diciendo… Y la voz del viejo volvió a agarrar aviada, a trompicones, pero sostenidamente.
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5 EN EL OTRO LADO DEL MUNDO
Tras avanzar por el malecón que contornea la rada, los dos amigos van escuchando en el ambiente una música diferente alegre y armoniosa, toman una calle estrecha bordeada de casas de dos plantas con cordeladas de ropa puesta a secar en los balcones, y se detienen ante una puerta cuyo rótulo, con innegable pompa, dice «Taberna de la alegría. El mejor alojamiento en la isla». Álvaro lo lee solo, sin ayuda, y no puede más que sentir una enorme satisfacción, aquel es el primer cambio visible en su vida producto del viaje. Joao franquea la puerta y suben crujientes escalones de madera que los llevan a la planta desde donde proviene música andaluza y risas femeninas. Ya en el mostrador observan a algunos parroquianos que juegan a las cartas y otros, hombres y mujeres por igual, beben en mesas dispuestas alrededor de un violinista. El calor es elevado, muy parecido al de la lejana Andalucía en verano. Álvaro y Joao ordenan dos chatos de tinto y unas tapas para picar. El portugués, a la vez que extrae de su bolsillo un pañuelo para secarse el sudor de la frente, pregunta por alguien llamada Taísa. La matrona que
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los atiende los mira de arriba abajo con recelo. Luego su serio rostro cambia por completo en un exagerado rictus de sorpresa y alegría. Ha reconocido al piloto. —¡Coño, Joao! ¿Pero qué aparición es esta, chico? ¿Dónde has estado todo este tiempo, macho? Hasta nos dijeron que ya habíais muerto. —¡Qué no, mujer, qué no! El que varias veces casi haya muerto no me hace aún difunto. —¡Hombre! A ver date la vuelta. ¡Sí, es verdad! ¡Todavía no tienes alas! —dice la mujer con una enorme sonrisa. Sus palabras desprenden un gracioso acento musical a oídos de Álvaro—. Taísa no trabaja hoy, se tomó el día libre. Pero si quieres podemos mandar a por ella y avisarle que estás por aquí. —Sí, y díganle que estoy con un amigo que es canela fina — haciendo un gesto con el puño con el dedo pulgar levantado y una sonrisa pícara. Un par de horas más tarde, cuando los jóvenes ya están algo adobados cantando unas sevillanas a dúo, hace su aparición Taísa. La acompaña otra muchacha, Paloma. Ambas no llegan a los veinticinco años de edad y de una belleza jamás vista por Álvaro: de sedosa piel morena, delgadas, descendientes de padres españoles y madres indígenas. Taísa, apenas ve a Joao, corre a abrazarlo y luego, con ambas manos, coge su rostro recién afeitado. “Pensé
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que nunca más te volvería a ver, macho”, le susurra mientras le da un prolongado beso que solo sirve para enardecer aún más el ambiente. Ante esa escena, a Álvaro solo le basta dirigir una mirada de complicidad a Paloma para saber que ella también está dispuesta a acompañarlo todas las noches que lo desee. Cuatro días después, Joao y Álvaro no se presentan en el puerto de La Habana. Borrachos y agotados de tanto follar, ni siquiera piensan en partir. Cuatro robustos marineros son enviados por don Ildefonso, el capitán de la nave, a buscarlos a la habitación de Taísa con precisas instrucciones: “O se embarcan inmediatamente o no se les paga un centavo de lo debido por salarios acumulados, especialmente a Joao”. Aun así, es necesario arrojarles dos cubos de agua fría a los rostros para borrarles la sonrisa idiota que despliegan los juerguistas. Los recios marineros los llevan a rastras al puerto, con las cabezas gachas y los brazos extendidos como alas de inmensos cóndores sobre los hombros de los marineros, prácticamente en el aire. Poco antes, con pena, balbuceando y prometiendo más de lo que alguna vez podrían cumplir, los hombres se despiden de las isleñas con una ligera sensación de que algo de ellos —una parte de su felicidad y de sus sentimientos— se queda en ese lugar de manera irremediable. La nave arribaba al puerto de Portobelo una semana después: allí finalizaba la travesía para todos los que se dirigían a Sudamérica. Desde ese momento debían cruzar el estrecho de tierra firme hasta la ciudad de Panamá a lomo de bestia. En esa ciudad se embarcarían en otro galeón con destino al Callao dentro de tres días, lo que también les dejaba un buen margen de maniobra para
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la juerga y la diversión. Sin embargo, Álvaro no podía dejar de pensar en Paloma, y hasta le sorprendía que Joao no hablase nunca de Taísa, después de haberlo visto tan embrujado por ella. “Incluso llegué a pensar que Joao había atravesado todo el Atlántico por esa mujer”, reflexionaba en silencio. Pedro Hurtado de Zela se unió al vivaz dúo aunque intentó no compartir sus excesos. Estimulado por él, Álvaro adquirió su primer libro, uno que detallaba la geografía y los estilos de vida de las colonias en el nuevo continente: si quería llegar a ser rico, debía saber cuáles eran las costumbres de las élites. De hecho, con solo comprarlo el joven sintió que su estatus ya cambiaba, pues muchas mujeres de Panamá lo miraban con cierta fascinación cuando advertían lo que portaba bajo el brazo. “Quizá piensen que soy doctor o abogado, o uno de esos nobles aventureros de las cortes europeas que viajan para describir las especies exóticas que hay en estos lugares”, se decía Álvaro. Joao, que ya había renunciado a su cargo como piloto para probar suerte en las nuevas tierras españolas, tuvo un pequeño percance en Panamá: el reino de Portugal, en un intento por desconocer el tratado que mantenía con el imperio español sobre las fronteras de sus posesiones ultramarinas, había alentado pequeñas escaramuzas y rebeliones en Centroamérica durante meses. Los colonos españoles, sabedores de estas estratagemas, se abocaron a detener a todos aquellos súbditos portugueses que por cualquier razón estuvieran de paso en sus territorios. De esta forma podían forzar las negociaciones para que el impasse se resolviese dentro de la línea diplomática y evitar una guerra inconveniente para ambos imperios.
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—No te preocupes, Álvaro. Sigue tú con Pedro, que luego los iré a buscar a Perú, nos haremos ricos y regresaremos por esas mestizas inolvidables —fue lo último que le dijo a su buen amigo antes de estrecharlo en un fuerte abrazo de despedida, como solo los latinos saben hacerlo. Pedro y Álvaro continuaron su rumbo hacia el sur, pero el guitarrista y novel lector nunca llegó al Callao. Cansado por las múltiples paradas que la nave hacía y hastiado de tanto viajar, Álvaro dio por terminada su travesía en Huanchaco, una pequeña caleta a tres leguas de Trujillo, ya dentro del virreinato del Perú. La razón: Pedro Hurtado de Zela le había hablado tanto y tan bien de su familia y de las bondades del lugar, que el joven quiso indagar más sobre esa ciudad que repetía el nombre de otra en España. Era octubre del primer año del siglo XVII. *** «Veinticinco días del mes de abril de mil seiscientos años y uno del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Ciudad de Trujillo de Nueva Castilla. Muy considerado amigo, Joao Saldanha. El licenciado Betanzos tuvo a bien comentarnos sobre cómo se resolvió vuestro problema legal en Panamá y sobre la empresa que habéis iniciado en ese lugar. Os felicito, pues siempre supe que con ese temple podríais conseguir lo que os propusierais. Ya sabéis que habéis adquirido una deuda de honor con Pedro por haberos
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enviado ese abogado, y que solo vuestra presencia en Perú podrá resolver. Yo, por mi parte, tengo mucho qué contar. Como ya Betanzos debe haberos anticipado, estoy residiendo en la finca de los Hurtados de Zela. Sus tíos, se podría decir, me adoptaron apenas se enteraron que nadie me esperaba en Lima. Pero me estoy adelantando. Primero dejadme explicaros por qué decidí quedarme en Huanchaco. Tengo entendido que Trujillo de Nueva Castilla, una ciudad de no más de cuatro mil vecinos muchos de ascendencia vasca, es una de las primeras fundaciones españolas en este continente. Se dice que en la decisión de los colonos influyó la idea de aprovechar las ventajas agrícolas que proporcionaba el valle del río Moche, tal como lo hizo una civilización antigua que estuvo asentada aquí durante siglos: la Chimú. Debe haber sido una sociedad esplendorosa en su momento, pues no muy lejos de aquí se encuentra Chan Chan, la ciudadela desde la que rigió su rey, y la verdad es que es enorme, aunque toda hecha de barro, la materia prima que más abunda en estos desiertos. Los indios de la zona no hacen más que contar historias sobre esa época, pero callan cada vez que ven pasar a los soldados reales, por temor a que les vinculen con prácticas paganas. Supongo que no querrán terminar en las hogueras del tribunal de la Santa Inquisición y por eso actúan así. A mí me parece que saben mucho más de lo que dicen, pero mientras los tratemos como debe ser, no habrá problema. Volvamos a nuestro tema. Huanchaco es un pequeño balneario que sirve como centro de operaciones a don José Hurtado de Zela, el tío de Pedro. El señor es un encomendero dueño de
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extensas propiedades agrícolas ubicadas en el valle del río Chicama, a unas leguas de Trujillo, y su misión es abastecer a todos los asentamientos militares de la zona norte del país. Como vuestra merced entenderá, don José está muy bien vinculado y goza de muchos privilegios con la élite de Lima. A mí, la verdad, esa situación solo me deslumbra a medias, pues yo siento que ésta es una ciudad muy religiosa y conservadora. ¡Con decirle que aquí no existen las fondas y tabernas y la población solo se divierte los fines de semana con peleas de gallos y toros de lidia después de acudir a misa! La baraja, estimado Joao, está prohibida, y la guardia real se toma muy en serio que nadie infrinja la ley al respecto. ¡Imagínese qué contrariedad! A lo que iba: don José, apenas supo de mi gran amistad con su sobrino, decidió que yo también me encargara de uno de sus fundos. Por instantes pienso que él me ve también como a un hijo por la manera como me habla. O quizá siente algo de pena de saber que no conocí a mis padres y porqué ni siquiera sé si están vivos o muertos. Lo cierto es que ahora soy asistente de la administración que gestiona Pedro, pero el señor me ha asegurado que, si lo hago bien, en corto tiempo podré estar yo en su lugar, mientras que Pedro podrá reemplazarlo en las encomiendas de la sierra de Trujillo, como Huamachuco. Por supuesto, tanta bonanza no pasa desapercibida para el bello sexo. ¡No sabéis la cantidad de damiselas que he conocido en las fiestas que estarían dispuestas a compartir su soledad conmigo! Pero también le confieso que me cuesta entenderlas por momentos; a pesar de ser descendientes de españoles, no actúan como
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tales. Creo que en estas tierras las mujeres se tornan más liberales y caprichosas en el trato incluso con sus propios padres, tutores y amistades. Aún me pregunto si hay algo en este clima que las vuelve así o tal vez sea solo el saberse diferente en un lugar donde casi todos son indígenas. Nuevamente estoy divagando, apreciado Joao, y os suplico me disculpéis por eso. Pero creo que si vuestra merced estuviera aquí también compartiría conmigo algunas de estas confusiones, aunque también estoy seguro de que no perderíais mucho tiempo. De hecho, yo no lo pierdo. Con mi guitarra y mi voz me he convertido en el alma de las fiestas, pero también, y he de confesaros, en una especie de maldición para las familias establecidas en Trujillo. Porque veréis, de un tiempo a esta parte resulta que las mujeres que más me gustan y con las que suelo involucrarme son las que, precisamente, ya están casadas o están comprometidas. ¡Y no sabéis la cantidad de problemas que he tenido por eso! Hace algunas noches, a punto estuve de perecer por el fuego de mosquete de un marido celoso. Eso no pudo haberos narrado el licenciado Betanzos porque sucedió cuando él estuvo en Panamá. ¡El esposo me encontró con ella en su propia cama! ¿Podéis creerlo? Una vez más, como en los viejos tiempos, tuve que saltar por ventanas y techos solo con un pañuelo como toda prenda. A punto estuvo de atraparme el ofendido personaje (eso sí, nunca os diré qué importante cargo tiene esa persona en la ciudad; ese secreto morirá conmigo), de no ser porque tuve la ocurrencia de saltar y esconderme bajo el puente de la acequia que pasa del portal del cabildo a la iglesia de Santo Domingo, eso fue mi salvación, pues
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me permitió ocultarme en medio de la oscuridad hasta poco antes de que cantaran los gallos. Rengueando regresé a la finca y me encerré en mi habitación para no entristecer a don José y su señora, tan piadosa y religiosa como es ella. Continúo, preciado Joao. He notado —y todo el mundo lo dice, además— que en estas colonias falta un poco de lo que tenemos en España: casi todo lo que se distribuye por aquí, desde las especias hasta las alfombras, vajillas y los vestuarios, llegan a cuatro o cinco veces su valor en Europa. Y de pronto he pensado que con los contactos de don José y con mis nuevos conocimientos de administración de las haciendas, quizá vuestra merced y yo podríamos establecer algún negocio conveniente para este lugar. Creo que el secreto está en el abastecimiento y la distribución de productos. Comercio, querido Joao, eso que alguna vez practiqué con los gitanos. Me gustaría que lo consideréis. Sé que vuestra merced está haciendo una apuesta enorme por allá, pero tantee mi propuesta. No os daré un plazo fijo porque nuestra amistad está por encima de cualquier fecha, pero creedme que siento que necesito un socio con la lealtad y la firmeza que vos me habéis demostrado varias veces. Llegado a este punto, solo os ruego me disculpéis que escriba de esta manera, muy directa y sin grandilocuencias (en comparación a como he visto lo hace Pedro o su tío don José). Como sabéis, yo recién he aprendido a escribir y no veo otra forma de hacerlo tal como si estuviera conversando frente a frente con vuestra merced, como buenos amigos. De antemano os ruego me dispenséis si he dicho algo incorrecto o que pueda ofender en algún modo.
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Escribidme. Contadme si habéis vuelto a saber algo de Taísa y Paloma. Yo no les escribiré por ahora. Quiero que todo sea una sorpresa, similar a las que vuestra merced les dio al aparecer en La Habana para el día en que regrese a la isla; quiero saber si podrán reconocerme con mi nueva apariencia. Por ahora dejaré pasar algo de tiempo para ese viaje. Que Dios os guarde muchos años tal como deseo. Álvaro González de Álava». *** Tres años después de haber recibido esa carta, Joao Saldanha llegó a Trujillo; en todo ese tiempo había trabajado en su negocio y ahora era un empresario respetado. Lo primero que hizo a su llegada al virreinato fue entrevistarse con Álvaro, también convertido en un competente administrador en la ciudad. Joao le explicó lo bien que le había ido en su negocio de bebidas alcohólicas y le explicó su plan para abrir un negocio a partir de los cultivos de vides que se realizaban en la costa sur del país. Después de tres días y tres noches de juerga, en los que el dúo nuevamente volvió a tocar y bailar de todo, los amigos formaron una sociedad para abastecer de vino a la ciudad y a todos los pueblos de los valles cercanos. Para ello mandaron construir dos almacenes: uno de acopio y distribución en la caleta de Huanchaco (porque por ahí llegaría la mercadería de Ica y Pisco), y otro de venta local en Trujillo. Joao se instaló en la caleta y Álvaro en la ciudad. Al cabo de unos años hicieron una gran fortuna entre los dos. El portugués,
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después de una larga e inolvidable soltería en la que se divirtió a lo grande, contrajo matrimonio con Rosita Lara Piminchumo, una mestiza bisnieta de un famoso curaca chimú, mientras que Álvaro, ya maduro, desposó a Isabel Lizarzaburu, respetable dama de la sociedad de entonces. Ninguno viajó nunca más a La Habana: prefirieron enterrar sus juramentos dentro de sus recuerdos. Fue tal la prosperidad de los socios, que fueron de los pocos que se permitieron enviar a sus hijos a estudiar a España, y de los que más contribuyeron a financiar la construcción de la catedral de Trujillo que se levantaba en esos años. Era la época en que la ciudad iba tomando forma, la plaza de armas ya contaba con casonas erigidas en amplios solares, de inmensos portones y ventanas enrejadas en un estilo muy propio. Por supuesto, los socios adquirieron sus respectivos solares y se construyeron elegantes mansiones. Álvaro Gonzáles de Álava, el pordiosero expresidiario de Villaviciosa había pasado por una extraordinaria metamorfosis que pocos hubieran imaginado: ahora era un hombre acaudalado, culto y de refinadas maneras. *** —¡Don Juan, don Juan, ¡qué le pasa! La indígena encargada de atender al anciano lo ha visto ponerse pálido y desplomarse sobre uno de los sillones. Don Juan es Joao Saldanha, cuyo nombre, en el tiempo, terminó siendo castellanizado como Juan Saldaña.
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Ya era 1638 y el viejo compañero de Álvaro había empezado a sufrir de mareos y a perder el equilibrio en los momentos más inapropiados. Por lo general no perdía el conocimiento, pero sí se hacía daño físico. Ante esos síntomas algunos médicos diagnosticaban el trastorno como «mal del valle», mientras que otros lo denominaban «síndrome de navegación». —Ha estado navegando durante muchos años, señora, se le ha acumulado el mal y ahora se evidencia —le comentaban los médicos a doña Rosita en esas ocasiones. —¡No, doctor, no es eso, es daño, daño se le llama! —decía ella —. Le han hecho daño a Juan. Lo quieren destruir, aquí en Trujillo hay mucha gente envidiosa, hay muchos «dañeros». Durante meses el paciente había recibido atención médica y no se había logrado detectar el mal. Incluso se había mandado traer a los mejores especialistas de Lima, pero los resultados siempre habían sido infructuosos. Por el contrario, el trastorno empezaba a causar estragos cada vez más frecuentes. Hasta esta noche, que la señora Rosita soñó que su difunto padre se sentaba a un lado de su lecho y le susurraba unas palabras: «Busca a don Elías». —Así que ya sabes, sobrino…—el viejo patriarca mira con cariño a José Carlos— si hoy estamos tomándonos un “whiskicito” en esta terraza, es gracias a tu antepasado. 82
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—Él convenció al nuestro —asiente don José. —La vida está llena de esos puntos de inflexión y lo bueno es que no nos damos cuenta —piensa Álvaro en voz alta—. Si cada vez que nos enfrentáramos a una decisión, por más banal que fuera, fuéramos conscientes de las consecuencias que puede traer… ¡nos volveríamos locos! —Mal no nos ha ido, después de todo —apunta el patriarca. José Carlos asiente, aunque con algo de pudor. Hasta que se acuerda de Carla, su hermana, que en paz descanse. Nadie le puede quitar de la cabeza esa sospecha eterna de que le achaquen ese período negro como el punto más crítico de la historia de su familia. Álvaro, que no en vano es hijo de su perspicaz padre, presiente la emoción de su sobrino y prefiere tomar las riendas de la conversación. —Trujillo y estos valles deben haber sido muy excitantes para los que vinieron por esa época… Costumbres, rituales y construcciones de los antiguos mochicas… una ciudad enorme construida por los chimú… valles fértiles, un mar riquísimo, una ciudad española con aires de abolengo… —Acuérdate de que tus paisanos de entonces hasta nombraron alcalde a un príncipe —se ríe don José. —No solo para los de esa época, Álvaro —acota José Carlos—. Esta región tiene embrujo para cualquiera, incluso hoy. Las maravillas que haría el turismo aquí… 83
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—Muy bien, sobrino —se alegra el patriarca—. De eso también vamos a hablar lueguito, si es que me da la voz. Ahora, si me permiten…
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6 DON ELÍAS, EL CURANDERO
—Hijos míos —comunica doña Rosita a su familia durante el desayuno y luego de explicar su sueño—, nuestro Juan morirá pronto si no lo hacemos ver por el viejo Elías. He recordado que ese chamán salvó a mi padre que, sin haber sido navegante en sus años mozos, sufría de lo mismo. Elías lo curó en una sola sesión. Yo estoy convencida de que es magia negra lo que han practicado contra Juan, es brujería. Solo la magia blanca de don Elías la podrá neutralizar. Esa misma tarde llegan a Chicama tras cuatro largas horas a caballo a través del desierto. Álvaro, convertido también en un señor de edad, traslada al anciano junto con uno de sus hijos mayores. Han debido conducirse despacio porque padre e hijo han compartido el mismo caballo, en caso de que el primero tuviera otro desvanecimiento y cayese. La casa del curandero, bastante modesta para alguien que ha salvado decenas de vidas en la región, está ubicada en una huerta a la entrada del poblado.
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—Mande usted, señor, ¿a quién busca? —les dice una mujer cobriza que se encuentra tejiendo en la puerta. Luego los forasteros se enterarán de quien se trata, de la hija menor del chamán. —Buscamos al maestro Elías. Nos han dicho que vive en esta zona —responde Álvaro con toda cortesía. Luego, señalando hacia Joao, explica—: Creemos que puede hacer algo por mi buen amigo. —Él está adentro reparando el corral de los animales. Déjenme llamarlo. Unos instantes después aparece en el umbral un indígena de unos ochenta años, bastante delgado pero fibroso. Es Elías. Se frota los brazos desnudos, como limpiándose las manos en ellos. Su piel, tan tostada por el sol, le da la apariencia de una lustrosa escultura de cerámica cocida. Su mirada, si bien algo vidriosa y amarillenta, es sosegada e infunde tranquilidad. Álvaro lo saluda con mucho respeto y luego le explica lo que sucede con Joao. El curandero solo escucha mientras observa el suelo con detenimiento: por un segundo Álvaro piensa que el indio está extraviado en sus propias cavilaciones. Luego don Elías se acerca hasta el caballo donde un agotado Joao reposa con el cuerpo inclinado hacia delante y le coge una de las manos. La examina, raspa sus uñas, separa los dedos para revisar la piel entre ellas, y luego con cuidado la suelta para solo con un ademán, ordenarle que incline su cabeza hacia donde él está. Una vez que el portugués hace el esfuerzo, el lacónico indígena, sin previo aviso, estira sus brazos y, con sus toscos dedos, le abre los párpados para examinar sus ojos. 86
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Don Elías hace todo esto en el más estricto silencio. Joao, quien por un momento se siente violentado, prefiere no quejarse para no romper la concentración del hombre. —Regresen esta noche —es lo que dice el chamán de improviso—. Cuando la luna se encuentre a la altura de esos cerros —y señala hacia un lado del valle—, a esa hora traigan al señor Juan. Álvaro y el hijo asienten con la cabeza, más extrañados que preocupados. —No se preocupen si en el camino se cruzan con más personas. Todas tienen cita conmigo esta noche —vuelve a decir don Elías—. Pero eso sí, traten de no llegar antes ni después de que la luna se encuentre en la trayectoria que les menciono, o de lo contrario no podré hacer nada. Esa noche una procesión de candiles avanza lentamente hacia la casa del curandero. Los forasteros, que no se habían alejado mucho de la zona y que acudieron a una fonda para comer y descansar un rato, los ven desfilar y calculan que efectivamente, a ese paso la improvisada caravana deberá llegar al huerto cuando la luna esté brillando sobre los cerros arenosos que se levantan a lo lejos. Entonces ellos se suman a la caminata, ataviados con ponchos y sombreros para resistir la brisa nocturna que golpea desde los parajes despoblados que se extienden alrededor. Los caballos quedan amarrados a un lado del camino. 87
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Los marchantes llegan al huerto del viejo Elías. Este, que los espera en la puerta de su casa con tres ayudantes o “alzadores” también indígenas, los conduce hacia un terreno baldío. Luego les ordena que se sienten en círculo alrededor de él y sus muchachos. En el suelo arenoso, sobre una manta, descansan un crucifijo puesto de cabeza, una imagen de la Virgen, un cacharro con algo ardiendo, muchas velas encendidas, una calavera y figuras de arcilla, aparte de una espada clavada en la tierra arenosa. Algunos metros más allá, sobre un improvisado fogón de leña, reposa una olla con algo cocinándose a fuego lento. Los forasteros, hombres y mujeres sentados con las piernas en cruz (a la usanza nativa) y con ponchos sobre la espalda, intentan reconocerse pero la oscuridad lo absorbe casi todo. De lo único que logran tener certeza, es de que entre esos visitantes también hay españoles. No todos son indígenas. Álvaro se siente un tanto incómodo entre esos extraños. “Yo no creo en estas cosas de brujería, pero qué le vamos a hacer si los médicos no pueden curar a Joao”, se alienta, mientras escucha a su alrededor el ulular de los búhos y los chillidos ligeramente inquietantes de los cernícalos a la caza entre los árboles. Casi como si se tratara de acallar los sonidos de la naturaleza nocturna, los alzadores inician su canto y se acompasan con el chasquido arenoso que produce una calabaza vacía que conserva semillas secas en su interior. Don Elías los acompaña solo como coro, pero su voz, que resuena y vibra fuerte en su 88
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pecho, le da un carácter sobrenatural al espectáculo. La canción tiene un ritmo lento y monótono: es una mezcla de lamento y llanto cuya letra es interminable, como si describiera el ambiente. Ahora el chamán recita unas palabras en castellano que para los profanos en sus artes, suenan incoherentes. Los visitantes se miran entre ellos, algo desconcertados al principio, pero luego recuerdan la razón por la que están ahí e intentan darse consuelo en la música. “¿Tabaco? ¿Por qué tabaco?”, piensa Joao cuando ve que don Elías se pone de pie, coge una rudimentaria pipa cargada con tabaco y hierbas olorosas y produce bocanadas de humo que arroja en los rostros de los enfermos que están a su lado. Tras unos segundos con ese ritual, el maestro entrega la pipa a cada uno de los asistentes para que lo imiten. Los alzadores continúan con el canto sin hacer mayor caso de lo que hace el viejo indígena. Así continúa la sesión durante más de hora y media. —¡Yearrrgggg! —grita de pronto uno de los alzadores, quien aparentemente ha entrado en trance. Los forasteros se sobresaltan y a punto están de echar a correr, pero el mismo sujeto que ha lanzado el alarido es quien se levanta y empieza a danzar de manera grotesca y descoordinada durante un instante mientras hace inauditos sonidos guturales con la boca. Luego, con el mismo ímpetu que lo llevó a hacer todos esos movimientos, se vuelve a sentar. Ahora se balancea de atrás hacia adelante en silencio. 89
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Don Elías y los otros dos jóvenes indígenas que lo acompañan permanecen impasibles a lo que le sucede a su compañero y continúan su canto durante largos minutos más. De improviso, el chamán vocifera frases en un idioma desconocido. “Auki, apus, solo eso entiendo”, se dice Álvaro para sí. “Es quechua. Auki representa al espíritu que habita en los cerros. Apus son los dioses. Por el tono, creo que don Elías les está implorando algo. Quizá los está convocando a que se sienten entre nosotros”. Uno de los alzadores se levanta y se dirige hasta el fogón. Allí, con una delgada pala de madera, bate el cocimiento que se prepara en la marmita. El olor es intenso: es el que despide la mezcla de aguardiente, hierbas, agua y otros ingredientes que nadie sino don Elías puede conocer. Mucho después se sabrá que el componente principal es el «San Pedro», un cactus alucinógeno conocido por los indígenas desde tiempos inmemoriales y al que atribuyen propiedades mágicas. El hombre no hace más que revolver, con angustiante paciencia, lo que hierve en el recipiente de barro. Pasan las horas y Álvaro, Joao y su hijo empiezan a soñar despiertos a consecuencia del cansancio acumulado por las horas de viaje. La obligación de mantener abiertos los ojos se hace cada vez más y más pesada conforme pasan las horas. Con la cabeza obnubilada observan que de rato en rato los alzadores hacen danzas mientras siguen cantando, y que don Elías también se levanta en algunas oportunidades de su postración solo para vociferar profiriendo obscenidades y hacer un simulacro de lucha contra invisibles guerreros: supuestamente los espíritus malos que, según
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él, quieren echar a perder la sesión. Luego el viejo, que se encuentra transpirando y respirando agitadamente, vuelve a clavar en la arena la espada que lleva en la mano y se sienta. Uno de sus ayudantes le pasa un recipiente y empieza a beber algo de él, para después compartirlo con el grupo. La bebida pasa de mano en mano. Como casi a las cuatro de la mañana, cuando la luna ya se encuentra detrás de los cerros, don Elías se levanta y se dirige hacia la olla humeante. Se sirve algo del espeso brebaje en una concha de marisco de una sola punta que hace las veces de un embudo, lo sopla entre las manos durante unos instantes y después lo absorbe no por la boca sino por la nariz. Para ello adopta una posición a todas luces incómoda: se para con las piernas bien abiertas, inclina el torso hacia adelante y luego hace lo mismo con la cabeza, todo lo que puede. En esa posición inhala la mezcla. —Está singando —le susurra Joao a Álvaro—. Sé que los nativos hacen eso en sus rituales paganos. Se lo escuché contar a alguien en el Caribe. No sabía que también por aquí los indios tenían esa costumbre. La calabaza, en todo ese tiempo, no ha dejado de emitir su repetitivo ritmo. Más bien son los alzadores quienes ahora cantan por turnos, ya visiblemente cansados. El momento más difícil para los forasteros es cuando el curandero los invita a hacer lo mismo que él. A singar. Pese a que nadie protesta, ninguno de los europeos presentes parece sentirse muy cómodo con lo que están obligados a hacer. Algunos
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españoles sufren arcadas cuando se llevan la sustancia al borde de las fosas nasales. Aun así logran singar tras varios intentos. Joao lo hace en un santiamén, casi sin pensarlo mucho. Su hijo también lo realiza sin mucho esfuerzo. Pero es Álvaro quien más sufre esa noche: el ardiente líquido se le derrama y corre por sus mejillas y la mandíbula. “Esto es asqueroso, es aceitoso, como sebo fundido de ballena remojado en alcohol y aromatizado con los peores hierbajos”, piensa. La sensación nauseabunda se hace insoportable después de beber. Con disimulo se aparta del grupo y vomita todo lo que lleva en las entrañas detrás de un árbol. “Esta pócima me ha envenenado. ¡Quién me manda meterme en estas cosas!”, reflexiona mientras arroja todos los líquidos que fluyen por su nariz. Cuando Álvaro vuelve al círculo, se sorprende al encontrarlos a todos de mejor ánimo y más activos. Los participantes incluso conversan entre ellos y narran cómo sobrevuelan por sus cabezas caballos y leones de colores inverosímiles que nadie más puede ver. Ya no parecen sentirse agotados. Uno a uno se va turnando para acercarse a don Elías quien, con soplos de agua florida y toques ligeros con la espada, pasadas del crucifijo por el cuerpo y otros objetos, los «limpia» de los malos espíritus y del «daño» del que han sido objeto. Los alzadores cantan y danzan alrededor de ellos con velas encendidas en la mano. Por momentos sueltan alaridos que rompen la monotonía de lo que llevan haciendo toda la noche. Cuando llega el turno de Joao, el chamán lo obliga a abrir la boca e introduce su mano en ella para luego simular que extrae algo del interior y lo arroja violentamente al fuego del fogón. 92
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Ante esta visión, los alzadores sueltan un grito horripilante. Don Elías solo atina a limpiarse las manos en sus ropas con fuerza y apuro inusitado. Álvaro, quien se encuentra lúcido por haber arrojado la sustancia ingerida, observa todo con mucha atención. “Joao sanará, se tranquiliza, y sanará porque estos indios lo han hipnotizado lentamente desde que llegamos con esa música repetitiva. Lo han despertado varias veces con esos gritos y lo han vuelto a hipnotizar para agotarlo. Y para hacer más efectiva su táctica, le han hecho beber un alucinógeno por la nariz para que su efecto sea instantáneo y sus drogas aturdan su cerebro de inmediato. Luego le hacen creer lo que sea: que ya está bien, que ya no tiene ningún daño, que puede volver a casa. El crucifijo, la espada y los demás fetiches no son más que la parafernalia de una coreografía necesaria para distraer y apartar por un momento de las creencias personales, de las cosas en las que confían: solo así logran que sus pacientes se desinhiban lo suficiente como para sugestionarlos”. Joao ahora tiene otra mirada, una que a su socio le hace recordar los años ardorosos de sus juventudes. —Siento que he vuelto a nacer —le dice el viejo piloto a su hijo como si le estuviera confesando un secreto. Este solo asiente y lo abraza con fuerza. Álvaro se une al grupo y los abraza por detrás. 93
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—Vamos a por los caballos, es hora de regresar —comenta en voz baja. Cuando ya todos los forasteros dejan el lugar ceremonial e inician el rumbo de regreso, fatigados pero esperanzados en poder vivir algunos años más, Álvaro, quien a propósito se ha rezagado un tanto de Joao y su hijo, se desvía y se acerca a la pila de leños casi carbonizados del fogón, siente curiosidad por saber algo más sobre lo que había en esa olla y qué era lo que habían tirado. De pronto, conforme se acerca a la cacerola, aprecia un olor extraño, dulzón (como de sangre) en medio del ligero humo, y escucha un crepitar también inesperado, algo que recién empieza a quemarse. Entonces lo ve: una cosa deforme y oscura sobre los leños, una especie de mancha negra brillante y palpitante que recién empieza a arder. Es lo que el chamán ha extraído de Joao. El curandero aún en trance, y totalmente agotado por la larga noche, se acerca a Álvaro Gonzáles por sorpresa y lo toma del brazo. Álvaro entiende que quiere apartarlo del grupo, ¿le dirá algo que solo él debe escuchar? Y es así como el viejo le cuenta algo que jamás olvidará por el resto de su vida. Algo que quedará solo entre ellos. —Veo que en un día muy lejano —le susurra lentamente— un descendiente suyo, quizás un nieto o un bisnieto, será arrastrado por una calle empedrada frente a una multitud que lo insulta, su cabeza es un amasijo de carne ensangrentada, pero a pesar de todo se ríe de sus torturadores… Veo también un día aún más lejano a otro pariente que será un león que peleará a sangre por su
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manada… montará bestias de acero entre truenos y relámpagos… será el apocalipsis. Álvaro se remueve en su asiento, indeciso sobre si cortarle el relato a su padre. Pero al echarle una ojeada a José Carlos, se decide. —Papá, con todo respeto… esto último me parece un invento tuyo. —¿Lo del apocalipsis? ¿Por qué lo dices? José Carlos los observa, atento al desenlace. Y Álvaro concluye: —Porque… es muy parecido a lo que pasaste con José Carlos en Marcabal… si hablas hasta de la Bestia… El viejo sonríe, travieso. —Admito que es difícil de creer, pero es verdad. Así me lo contó mi abuelo, y en la época del chamán ese, nadie tenía ni idea de que siglos después existiría Sendero Luminoso y Marcabal. —¿No será que tu recuerdo de Marcabal y de lo que te contó tu abuelo se han mezclado en tu relato? Al ver al patriarca dudar, José Carlos siente una ternura infinita. Aquel viejo había arriesgado su vida por él y, si por él fuera, si su tío abuelo decía que el río Moche se había formado con sus orines, él no se lo iba a discutir.
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—El tío José tiene una memoria prodigiosa —zanja él de pronto—. Si él dice que fue así, es porque ocurrió así. —Lo que les estoy contando es mi historia y es la de ustedes —prosigue el patriarca. Y también la de nuestro país. —¿Y lo del hombre masacrado? —pregunta Álvaro, curioso. —Es posiblemente la historia del viejo Simón —contesta el patriarca—. Un antepasado nuestro que por rebelde y contestatario fue torturado y quemado en la hoguera por la Inquisición, y sus tierras fueron confiscadas. Lo poco que sé de él es que era un hombre que leía mucho y entre su lectura encontraron libros prohibidos en esa época. Con él acabó la prosperidad de la familia y empezó el éxodo a otros lugares fuera de Trujillo. Los ancianos agotados por la larga conversación, particularmente don José, se despidieron ya muy entrada la noche, quedando en reunirse como siempre acostumbran, el siguiente viernes.
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7 SIGLO XX, SOBREVIVIR A LA PESTE
Han transcurrido varios siglos desde lo sucedido con el curandero y la saga de la familia continúa desarrollándose. El arenal frente a ellos era inmenso y el día cálido y tranquilo, como casi todos los días del año en ese paraje del norte del país cercano a Trujillo. Inmensas dunas de arena y algunas palmeras y algarrobos dispersos en el desierto rodeaban un valle seco y azul grisáceo. A la derecha, al este se percibían las majestuosas siluetas de cerros pedregosos y resecos que poco a poco daban paso a la cordillera andina. La caravana avanzaba a paso de trote con la singular manera de trotar del caballo de paso peruano, una especie descendiente del famoso bereber de los conquistadores que se caracteriza por bracear hacia afuera y que produce, por esos caprichos de la naturaleza, el paseo más confortable que bestia alguna pueda dar. Eran treinta los «chalanes» o jinetes que avanzaban en línea vertical para evitar
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arrojarse la tierra que levantaban a su paso, todos llevaban calados hasta las cejas sombreros de ala ancha de fina paja blanca, y estaban vestidos de blanco casi sin excepción. Solo unos cuantos, como don Francisco González, líder de la caravana, llevaban ponchos de lino recogidos en el frente y tirados sobre uno de los hombros “a la bandolera”. Don Francisco y sus tres hijos, junto a amigos y ayudantes que decidieron acompañarlo voluntariamente porque se sentían en deuda de gratitud con ellos, se dirigían hacia su nueva propiedad. Los seguían mulas de carga transportando mobiliarios. En el grupo no había ninguna mujer. Casi eran las seis de esa mañana de otoño de 1910 cuando abandonaron el valle de Virú para internarse en el desierto. Debían llegar a su destino al caer la tarde. Apenas había pasado un día desde que salieran de Chorobal, un pueblo más cercano a la sierra. Nadie hablaba, todos a pesar de ser hombres recios (producto de estas tierras bravías, buenas para la hazaña y el trabajo), se veían pensativos o melancólicos. Sus rostros de trazos firmes, quemados por el sol y la intemperie, variaban desde los matices más claros hasta los más morenos. Furtivas lágrimas caían por algunas tostadas mejillas, como en el caso del más joven de la caravana, Manuel González, quien solo tenía doce años. El joven estaba intranquilo pensando en su madre, doña Rosita, fallecida hacía poco. Don Francisco tampoco era el mismo desde entonces, ya no laboraba en el fundo con la misma dedicación ni sentía apego a
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su suelo ni a sus animales. Por el contrario, antes de ese viaje había iniciado el proceso de encerrarse en sí mismo y apartarse del mundo. Su hijo mayor, Rodrigo, de dieciocho años, fue quien lo atendió y apoyó en todo ese tiempo, con él compró el terreno agrícola entre Moche y Salaverry, que por nostalgia y cariño bautizaron con el mismo nombre de su lugar de origen, Chorobal. Hacia allí se dirigían. Pero no había sido fácil dejar atrás el pueblo: este representaba una vida entera con recuerdos, amigos y amores. Todos en la comunidad también lamentaron la partida de la familia, a quien la tenían por gente honesta, solidaria y respetuosa. De allí que varios vecinos se sintieran en la obligación de acompañarlos en su periplo sin esperar compensación alguna, algunos trabajarían para él, y otros simplemente querían asegurarse de que ningún bandido se cruzara con ellos en esos extensos desiertos. Llegaron al cerro Garita de Moche cuando el sol ya se ocultaba. Desde ese lugar era posible divisar (entre dunas), la pequeña casa que serviría de base al futuro fundo. A un par de kilómetros a la derecha, se levantaba imponente la «Huaca del Sol», adoratorio mochica-chimú, edificado hace siglos por una civilización extinguida pero cuya sangre corría (en mayor o menor proporción), en cada uno de los viajeros. Hacia el otro lado, a la izquierda, se encontraba el caserío de Salaverry, recién ascendido a la categoría de villa por su moderno muelle metálico donde la aduana acababa de ser trasladada, luego de funcionar durante siglos en Huanchaco, el antiguo puerto por el que llegaron las primeras familias españolas que se establecieron en el norte y en el que alguna vez desembarcó un virrey. Don Francisco Gonzáles solía recordar las descripciones de su abuelo sobre un González desembarcado en
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ese puerto, un Álvaro, español, que empezó allí su linaje. Pero el antepasado más famoso había sido (no hay duda), don Simón, el nieto de ese tal Álvaro González, y no por razones felices, pues fue él quien perdió el patrimonio de la familia como consecuencia de un encontrón que tuvo con el Tribunal del Santo Oficio, o la Santa Inquisición como más se le conoce, que lo quemó por rebelde y obligó a su descendencia a diseminarse por las provincias trujillanas. Era de noche cuando llegaron al sendero que conducía a la puerta principal de la finca. Cansados, sudorosos y cubiertos de polvo, los integrantes de la caravana descargaron lo que llevaban las mulas. Algunos se las ingeniaron para preparar algo caliente y complementar las raciones frías que portaban. Horas más tarde, llegada la noche varios hombres estaban tendidos a cielo abierto, pues dentro de la casa no podían dormir todos. *** — ¡Ay! —cortó la tarde el grito desgarrador—. ¡Ayuda, por favor, ayuda! Rodrigo González, el hijo mayor, había estado probando el trapiche en el que se exprimía la caña de azúcar. Sin embargo, en ese momento el sistema de enormes engranajes metálicos impulsados por una yunta de bueyes se había atascado con una caña fuera de lugar, y el joven pensó desatascarlo de manera manual sin considerar que los animales seguirían impulsando la máquina. En fracción de segundo, el trapiche apenas liberado de su obstáculo, le cercenó
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el brazo derecho y Rodrigo cayó desmayado sobre un charco de su propia sangre. Hasta ese año de 1912, la vida había resultado generosa para la familia González. Apenas llegados a Chorobal, y con ayuda de sus leales amigos, pudo la familia ampliar la casa del fundo, limpiar los campos de cultivo y preparar los establos y corrales. Así, en menos de doce meses, aquel lugar era un oasis entre el arenal y el mar donde crecía caña de azúcar, maní, camote y otras hortalizas y frutas. Todos los hijos (salvo Rodrigo, quien decidió quedarse para ayudar a su padre), regresaron a la escuela bajo el lema paterno de que: esos “potrillos debían ser domados”. Así, en las vacaciones los muchachos, tras ayudar en el campo y la residencia, salían a cazar patos con escopetas de perdigones y a pescar en el mar utilizando «caballitos de totora», una suerte de canoas de proa puntiaguda fabricadas con juncos fuertemente atados y pitas trenzadas de cabuya, tal como lo hacían los antiguos mochicas y aún lo hacen hoy sus descendientes. Don Francisco González, mientras tanto, había vuelto a conocer el amor, en el puerto de Salaverry se cruzó con Isabel Saldaña, una dama veinte años menor que él, quien correspondió a sus dubitativos galanteos y le dio más hijos dentro de un nuevo matrimonio. Aquel desafortunado día de 1912, don Francisco, apenas oyó el grito, corrió a ver de qué se trataba. A la distancia, lo único que veía era a los bueyes siguiendo su paso cansino. Pero, conforme se acercaba al trapiche, sentía que algo terrible había sucedido. Cuando doña Isabel dejó a un lado a José, su primogénito recién nacido, y corrió desesperada al lugar, encontró a su esposo
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pálido y de rodillas tratando de vendar el muñón de Rodrigo con tiras rasgadas de su propia camisa. Otro de los hermanos mayores fue quien montó su caballo y se dirigió desesperado a Salaverry para solicitar el envío del carromato del ferrocarril y asegurar que el herido llegase a la posta médica. Rodrigo logró salvarse y pudo adaptarse a su trabajo. Más bien fue don Francisco quien nunca logró recuperarse del shock. Le costó aceptar que el mayor de sus hijos, tal vez el más responsable y trabajador de la familia, quedara inválido. *** Siguieron años mejores para los González. Don Francisco adquirió un landó o carro descapotable jalado por caballos, uno de los pocos vehículos que circulaban por entonces en Trujillo. También compró dos residencias: una en Salaverry y otra en la ciudad misma, a cuadra y media de la plaza de armas, para estar cerca de su gran amigo Pedro de Bracamonte, anciano descendiente de los marqueses de Herrera y de los condes de Valdemar y propietario de una hermosa mansión de tres patios. Cuando la familia González aumentó a nueve hijos, los mayores se independizaron y dejaron la casa paterna salvo Rodrigo, quien continuó como lugarteniente del padre. Los más pequeños estudiaban en Salaverry y los demás en el Centro Viejo, prestigiosa escuela primaria de Trujillo. También para la ciudad fue época de auge, ya que la calle del Progreso, más tarde llamada Pizarro, se pavimentó con baldosas inglesas. Trujillo, cuna de intendentes, marqueses y condes (por ese
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motivo con amplias casonas coloniales), hasta entonces era una villa parcialmente amurallada, apacible y limpia, donde vivían cerca de treinta mil habitantes. Pero la gruesa muralla, que por siglos defendió a la ciudad del acecho de piratas y corsarios, iba cediendo cada vez más ante el empuje de la población. El emperador Carlos V y la reina Juana le habían concedido, antes incluso que a Lima, el anhelado símbolo de estatus de las ciudades nobles: el escudo de armas. Además, la ciudad durante la independencia de España, había sido declarada (temporalmente) como capital de la república, cuando el Congreso funcionó en la casona de la familia Urquiaga. Su gente, en su mayoría española, se entrecruzaba con mestizos de ascendencia mochica-chimú. Vecinos elegantemente vestidos transitaban a pie y a caballo sus empedradas y bien cuidadas calles. Los jinetes cabalgaban bellos corceles hateados con correaje y estribos del mejor cuero con incrustaciones de plata. Landós y calesas contrastaban con las carretas jaladas por caballos de tiro y los asnos que transportaban la leche y el pescado que las mocheras vendían con sus característicos vestidos de blusa blanca y falda negra recargada de encajes. Salaverry, en contraste, era un puertito de apenas mil almas ubicado en una pequeña bahía al pie de un macizo cerro de roca y arena. Básicamente era un pueblo de casitas de madera de diferentes y alegres colores cuya vida vibraba con la actividad de su muelle en el que atracaban embarcaciones nacionales y una que otra de bandera extranjera. En aquel entonces, el tráfico de pasajeros y de carga se realizaba por vía marítima, pues esta era la única forma de comunicación con Lima y otras ciudades costeras, a excepción del transporte a lomo de bestia que algunos
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aventureros comerciantes se atrevían a hacer. Algunas vías férreas unían Trujillo con Salaverry y algunas grandes haciendas y pueblos del valle del río Chicama. En ese ambiente de principios de siglo se crió José González, el mayor de la segunda familia de don Francisco. Como prácticamente había crecido aislado en el fundo, la primera vez que visitó Trujillo a los seis años de edad se maravilló tanto como si hubiera recorrido otro planeta. Impresionado y asustado, el niño nunca olvidaría los enormes y palaciegos salones de la residencia de los Bracamonte, y cómo agonizaba al pisar las exquisitas alfombras. Pronto el landó de la familia y el ferrocarril dieron acceso a los González a otras gentes y otras costumbres, lo cual ayudó a romper el aislamiento del fundo Chorobal. Sin embargo, fue también el tren lo que trajo la muerte y desolación a esas tierras cuando en sus vagones provenientes del puerto llegó la peste bubónica. Traída, a su vez, por barcos procedentes de oriente. Era entonces 1924. *** Uno a uno desaparecieron los González. A veces fallecían hasta dos por día. La incurable epidemia atacaba sobre todo a los niños. José vio enfermar y morir a sus hermanitos Carlos, Sofía, Virginia y Luisa. A José le llamó la atención que los niños, en un instante dado, podían estar jugando con normalidad y que, de improviso
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entristecían. Entonces los padres examinaban sus brazos, piernas y cuello y encontraban los ganglios inflamados así como las negras marcas de la muerte. Cuando eso ocurría sabían que ya nada se podía hacer. Primero los habían enviado con desesperación a la posta médica, pero luego se percataron de que no tenía sentido. Simplemente no existía remedio para esa plaga. En esas situaciones, a don Francisco y doña Isabel solo les quedaba presenciar la horrible agonía de sus hijos, consolarlos como pudieran, rezar y llorar. Luego siguió el turno de Rodrigo, el inválido. Ya para ese momento los calmantes habían desaparecido en toda la región. La plaga, al diezmar la población, también empezó a generar desabastecimiento de alimentos y de servicios de transporte. En medio de ese estado de desesperación y dolor, ya nadie cultivaba ni parecía tener fuerzas para trabajar. Trujillo y los demás pueblos del norte del Perú se sumieron en el caos. En todo ese tiempo, y pese a tener solo doce años de edad, José se portó como todo un hombre. Rápidamente se acostumbró a vivir con la muerte: ya no le temía ni le importaba que él pudiera ser el siguiente en la lista, pues se había cansado de llorar. Solo pensaba en cómo ser útil para la familia, para los que morían y para los que esperaban la muerte. Como escaseaban las empresas funerarias y los carpinteros que pudieran abastecer la demanda de ataúdes, José empezó a utilizar las tablas de los establos para fabricar las cajas que albergarían los cuerpos de sus familiares: primero cortaba la madera y luego la limpiaba y cepillaba con devoción mientras las lágrimas humedecían su obra. Así fue como hizo los ataúdes
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destinados a los González, uno a uno. Y así también fue como se hizo carpintero, solo y sin ninguna ayuda, por necesidad, por amor. Fue también José quien se encargó de construir las lápidas, esculpiéndolas con sus pequeñas manos y las herramientas que él mismo diseñó. Al final, las lápidas mostraban ángeles y adornos florales con una cruz inclinada en el medio, una fotografía de retrato y el nombre de cada fallecido, listas para cubrir los nichos en el cementerio de Miraflores. José y su padre se habían jurado que mientras estuvieran vivos, sus familiares no serían arrojados a ninguna fosa común en cualquier ladera, como se hizo habitual en esos años. Por dignidad, debían ser enterrados en ataúdes y en un cementerio. *** La peste dejó de hacer estragos y José y sus padres sobrevivieron. De los once hijos que alguna vez conformaron la familia González, solo quedaron seis. La madre doña Isabel falleció por fiebres de parto a los 42 años de edad. Ya en la década de 1930, don Francisco sintió que no podía manejar el fundo él solo, Rodrigo le hacía falta y José, su posible sustituto, todavía era muy joven. Eso no fue obstáculo para que el adolescente dejara sus estudios primarios en un momento de crisis económica. Así es como José, ya de catorce años, se convirtió en el responsable de la operación de la finca desde que salía el sol hasta que se ocultaba. Además, de ese encargo recibió un nuevo rol: fungir de “madre” de sus hermanos menores.
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Debía cocinarles, ocuparse de que sus ropas estuvieran limpias y ayudarles con las tareas de la escuela. Durante años, día tras día, noche tras noche, fue la misma rutina para el muchacho. Ningún día era diferente a otro, pues los cultivos y el ganado no saben distinguir entre martes o domingo, igual se alimentan y necesitan atención. Los domingos, el único día que las escuelas no funcionaban, al igual que la temporada de vacaciones escolares, eran aún más difíciles para el joven José, pues debía cuidar a sus hermanos de los peligros existentes en el fundo y los alrededores. Con todo, José nunca se quejó y, por el contrario, pese a todo el esfuerzo que las tareas demandaban, hasta se podía asegurar que gozaba haciéndolo. Tal vez porque nunca conoció algo diferente. Chorobal era su mundo. *** —Papá, quisiera hablar con usted —dijo José a don Francisco cierto día años después—. He estado pensando que mis hermanos Juan y Alejandro bien podrían tomar mi lugar en el fundo. He oído hablar de un asiento minero en la sierra que es operado por norteamericanos y que necesita trabajadores. Dicen que pagan bien. Me gustaría averiguar más. Quisiera que usted me dé permiso para viajar y explorar esa posibilidad. Con ese dinero extra yo podría ayudar a pagar las deudas que tenemos. Para ese entonces, José se había percatado de que su padre pasaba mucho tiempo en Trujillo. “Él ya es demasiado mayor como para estar buscando amores”, se decía el hijo al principio. Pero luego, casi por casualidad, se enteró de que don Francisco viajaba
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porque debía atender una demanda judicial que se le había entablado por el pago de una deuda. Sucedía que las decenas de cerdos que habían muerto por una gripe porcina en el establo unos años atrás habían sido comprados gracias al préstamo de un particular, y como no había producido ganancias, el patriarca no tenía cómo pagarlo. Para evitar que se ejecutara la garantía (del fundo Chorobal en sí), don Francisco había contratado a un abogado de cierto prestigio en la ciudad. Sin embargo, el letrado aprovechándose de la confianza de su cliente y utilizando una treta judicial, se adjudicó como beneficiario del fundo. El patriarca González, acostumbrado a los pactos de honor entre caballeros, nunca pudo recuperarse de la traición. Ahora don Francisco, desmoralizado por el curso que tomaban los acontecimientos judiciales y sabiendo que no podía ofrecer una alternativa mejor a José, por toda respuesta, lo abrazó. —Hijo, nos has ayudado por tantos años… cómo podría decirte que no. Por mucho tiempo has sido el sostén de esta casa, y créeme que será difícil reemplazarte y, sobre todo, aprender a vivir sin ti, pero sería mezquino negarte algo. Ve con Dios, hijo mío, y que te ampare e ilumine en todo lo que hagas. Al día siguiente, el muchacho partiría con el corazón en la boca, incapaz de articular palabra alguna pero cuidando no llorar para no afligir a sus hermanos menores. Con todo, al abrazar a su padre antes de subir al tren de carga que lo llevaría a Trujillo, las lágrimas les ganaron a ambos; lágrimas de hombres que habían pasado por todo tipo de situaciones. Ya casi era 1936.
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Por esa época circulaban los primeros camiones, inicialmente solo habían podido recorrer la ciudad y los lugares cercanos (cuando las escasas carreteras lo permitían), pero luego se fueron aventurando más y más al interior, rompiendo así el aislamiento de los poblados. Cuando José se animó a trabajar fuera del fundo, los conductores de los camiones se tomaban de seis a ocho días en llegar a Lima, la capital, llevando y trayendo mercaderías, algo que por lo demás, resultaba más rápido que por barco. Por lo general, los camioneros y sus asistentes seguían las huellas que precursores más audaces y arrojados, habían abierto en algún momento a manera de trocha. Ya en la ciudad, el camión que José abordó en la «Portada de la Sierra» rumbo hacia Samne (un remoto pueblo conformado por pequeños agricultores, ganaderos, obreros y uno que otro profesional) vibraba y zarandeaba a los pasajeros que sobre la carga, viajaban de pie, aferrados a las barandas de madera. Tras más de cuatro horas de accidentado viaje se detuvieron para almorzar en una choza que fungía de restaurante. No era fácil reconocer las facciones de los peregrinos, pues estaban totalmente cubiertos de polvo. En el menú, lo único que había para comer eran «cuyes chactados», un platillo típico de los andes peruanos a base del huidizo roedor (similar a la cobaya), que se servía frito en abundante aceite. El joven, quien recién se familiarizaba con el animalito, inicialmente tuvo problemas para atacar su plato. Luego, el hambre pudo más. A media tarde, después de haber atravesado incontables subidas e interminables curvas y bajadas, el camión llegó a Plazapampa, el centro de Samne. José González, con una pequeña y
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empolvada bolsa de lona en la mano que contenía todas sus pertenencias, caminaba como en sueños, recorriendo con la mirada todo el panorama que le rodeaba en ese pueblo de unos cuatrocientos habitantes. El lugar le parecía un paraíso. Había visto postales y pinturas parecidas, con verdes montañas, casitas, flores y animales enclavados en el paisaje, pero no recordaba que tuvieran ese alegre verdor de la naturaleza pura. Para él era como contemplar un «Nacimiento» de los que se preparan para Navidad a tamaño natural. Lo cierto es que el joven se enamoró del lugar y de su trabajo de ayudante de carpintero en la poderosa empresa norteamericana “Northen Perú Mining Corporation”. Más adelante, cerca de los años cuarenta, su trabajo se interrumpió por varios meses. José, en vez de regresar hacia Salaverry en la costa, optó por internarse más en la sierra, ávido de conocer ese mundo misterioso que se le abría, y así estuvo haciendo paradas en el camino durante semanas hasta que llegó a un lugar muy lejano desde el que se divisaba el río Marañón cerca de la selva amazónica. La inmensa hacienda se llamaba Marcabal, donde por un tiempo ayudó a los propietarios, una familia de apellido Alegría que lo trató muy bien y de la que siempre guardaría gratos recuerdos. Algunos años después, ya de regreso a Samne (en los momentos en que se iniciaba la Segunda Guerra Mundial), se enamoró de Angelita del Risco, una linda lugareña de preciosos ojos claros e integrante de una conocida familia originaria de Otuzco. Su historia recién comenzaba.
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8 EL HOMBRE DE CONFUCIO
El Mercedes Benz azul marino dejó la carretera Panamericana Norte, en las afueras de Trujillo, y se detuvo frente a la enorme puerta metálica de Industrias González S.A. El guardia de seguridad observó a través de una ventanilla blindada y tras la verificación de rigor, abrió el portón. Era el 24 de diciembre de 1982 y la maletera del auto rebosaba de regalos de Navidad que, como todos los años, José González repartía entre «su gente», como él llamaba a aquellos colaboradores más cercanos que se habían distinguido por su profesionalismo y dedicación durante el año. Por la noche, una cena reunió en su residencia de El Golf a sus hijos —todos socios en las cuatro empresas que poseen— y a sus respectivas familias, donde fueron atendidos por doña Angelita del Risco, su compañera por más de cuatro décadas. Atrás quedaron los años difíciles en los que don José debió educar a sus últimos hermanos al mismo tiempo que criaba a sus propios hijos, y atrás quedaron los días de pobreza absoluta de 1940 que
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provocaron la pérdida del fundo Chorobal. En esta época de bonanza el industrial solía decir que «se estaba vengando de su infancia»: había viajado con su esposa por todo el mundo y parecía que no le faltaba nada. Sin embargo, ese año de 1982 un factor importante parecía desafiar su prosperidad: la grave crisis económica del país. Don José hizo su fortuna en la forma antigua de hacer negocios, con un trabajo muy fuerte y exigente, buscando siempre la productividad tanto en él como en sus colaboradores. Esa combinación de entusiasmo, inteligencia y vitalidad dio sus frutos espontáneamente: sus productos eran cada vez de mejor calidad mientras que sus costos de producción disminuían. Con su transparencia y honestidad, y sobre todo con su incorregible optimismo, don José González solía confiar en sus colaboradores y estos en él. Se podría decir que, a diferencia de muchos, no subió la escalera del éxito para después impedir el ascenso de otros, por el contrario, se empeñó en ayudar a los demás para que crecieran a su lado. Su esposa tuvo mucho que ver en la formación de su carácter como empresario. Doña Angelita, una mujer menuda y con solo educación básica, poseía una personalidad avasalladora y fuerte, pues ella nunca esperó que su esposo fuera el único proveedor de la casa. Desde el primer momento en que formaron una familia, la señora contribuyó con los trabajos más insólitos al presupuesto del hogar. Y cuando uno la conocía por primera vez, de inmediato reconocía en ella el temperamento indomable de mujeres como «La Pasionaria», esa legendaria madre de la Guerra Civil Española que, sin importar que el conflicto exterminara uno a uno a sus hijos,
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continuaba arengando a las tropas con un “¡Más vale morir de pie que vivir de rodillas!”, así también reconocía a la madre del califa Boabdil, quien ante la escena de su hijo que, con sus tropas árabes y lágrimas en los ojos abandonaban Granada tras una ocupación de siete siglos, le espetó un: “Deja de llorar como mujer lo que no supiste defender como hombre”. El temple de doña Angelita fue la base para que, lo que su esposo había empezado y creado, no se derrumbara y desapareciera mucho más tarde. Unos meses después de esa cena navideña, don José enfermó e ingresó a una clínica capitalina para una intervención quirúrgica ambulatoria y sencilla. Pero algo salió mal y el patriarca no se recuperó. Después de unos días regresó a la sala de operaciones, y en medio del proceso sufrió una embolia que lo dejó en coma. Tras un tiempo de evaluación, su estado fue declarado irreversible por los médicos que lo atendían. A la esposa le dijeron que se preparara para su muerte en cualquier momento. Las acciones en las compañías y las propiedades del difunto fueron distribuidas de acuerdo a la ley. Álvaro González, uno de sus hijos, obtendría más tarde el control de las empresas familiares gracias a la compra-venta de acciones e intentó aplicar todo lo aprendido del padre: fue así como, pese al clima económico hostil de la década de 1980, reinvirtió todas las utilidades corporativas año tras año, se empeñó en convertir a su personal en los más capaces y fieles colaboradores, y destinó los mejores sueldos del mercado para todos los trabajadores por su productividad. Al cabo
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de un tiempo, esta fórmula llevó a que las utilidades de las empresas familiares se multiplicaran. Mientras eso sucedía, don José González volvió a deslumbrar una vez más: increíblemente despertó de su estado de coma después de casi seis meses. Y no solo eso, sino que en cuestión de días empezó a reaccionar y, como si despertara de un larguísimo sueño, poco a poco recobró su lucidez. Como la larga permanencia en cama había dejado físicamente débil a don José, su esposa doña Angelita, se encargó de su recuperación con la serenidad y entereza que siempre había mostrado en los momentos difíciles. Don José, sentado en una silla de ruedas, charlaba y hacía preguntas interminables para enterarse de todo lo que había pasado, no solo con los suyos, sino con el mundo en la temporada que permaneció inconsciente: su esposa pasó horas y horas junto a él en conversaciones sin fin. Lo más curioso fue que el señor no siempre se sorprendía de las novedades, de algún modo ya parecía saberlas y estar enterado de ellas, como si en una forma u otra él hubiera estado presente en los sucesos. Esto sucedía debido a que doña Angelita en su insistencia por no considerarlo muerto, le contaba todo lo que ocurría dentro y fuera de la familia en las muchas horas que pasó a su lado en la habitación de la clínica. Pero si bien don José hablaba de todo, había un solo tema que no tocaba: sus empresas. A lo mucho preguntaba por los antiguos colaboradores y luego pasaba a otro punto. Por lo general zanjaba la conversación con un: dice un proverbio chino que el hombre tiene 20 años para aprender, 20 años para producir y 20 para empezar a ser sabio. Pero yo ahora creo que, con los adelantos científicos,
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deben ser 25, 25 y 25. Y luego remataba con una broma: Seguro, ahora estoy en mi faceta de sabio. En los meses que pasó en silla de ruedas no perdió un solo minuto de su tiempo: leía diarios, revistas y libros en castellano e inglés, este último lo aprendió duramente ya maduro, solo y penosamente al principio, y luego con la ayuda de una tutora, además veía la televisión con avidez. Buscaba educarse de manera constante, tal vez porque sentía que era un proceso necesario en alguien que solo había recibido instrucción primaria; él ahora tenía la ventaja de poder escoger su educación, dejando de lado esas informaciones que se memorizan pero nunca se utilizan. La economía y la política eran sus temas predilectos y su libro favorito era 1984 de George Orwell, con frecuencia recitaba uno de sus célebres párrafos que reza “Aquel que controla el pasado, controla el futuro, y aquel que controla el presente, controla el pasado”. Ante ese despliegue de conocimiento, Álvaro decidió visitar a su padre con mucha frecuencia y charlar: su conversación le resultaba refrescante y magistral, particularmente en esos momentos difíciles y desesperanzados que vivía el país en aquel entonces, jaqueado por la pobreza, la corrupción y el terrorismo. Don José González reunía los tres rasgos que el filósofo chino Confucio veía en el hombre superior: virtuoso porque no sufre ansiedades, sabio porque está libre de prejuicios y valiente porque no siente miedos. Una vez repuesto y con la ayuda de un bastón, el veterano empresario y doña Angelita reanudaron sus viajes al extranjero, y
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nunca se cansaron de lamentar no poder hacerlo dentro del Perú, como siempre les había gustado, a causa de los atentados de Sendero Luminoso y el MRTA, las dos facciones terroristas que asolaban la nación en ese entonces.
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9 TIEMPOS DE DEMOLICIÓN
Roberto era hijo de Manuel Hurtado de Zela, un profesor jubilado de escuela primaria y concuñado de don José. Manuel, casado con Luisa, la hermana menor de doña Angelita del Risco, tuvo nueve hijos y pasó toda su vida enseñando en pequeños pueblos del interior del país. Aunque al principio de su carrera profesional, en la década de 1940 y 1950, los profesores tenían buenos salarios —al punto que Manuel estuvo por muchos años en mejor situación económica que don José—, luego todo cambió. Por lo anterior, Manuel, su esposa y sus hijos casi siempre estuvieron expuestos a la pobreza. Eso sí, la amistad, el cariño y respeto que se profesaban entre familias nunca desapareció. Roberto, el hijo mayor de Manuel y contemporáneo de Álvaro González, también se empleó como profesor de educación secundaria y universitaria a principios de 1960, con especializaciones en historia y geografía. Simpático y conversador, Roberto desarrolló desde muy joven una sensibilidad social que lo llevaba a rebelarse
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con nobleza, contra todo tipo de injusticias. Cuando empezó a ejercer su profesión ya los sueldos del magisterio empezaban a deteriorarse y cada año la situación era peor, ya que el costo de vida y la inflación provocados por sucesivos e incompetentes gobiernos no dejaban progresar a su familia, compuesta por su esposa Alicia y sus dos vástagos. Como consecuencia, el hijo estaba perpetuando los mismos problemas que el padre tenía. Llegó un momento en que ya no podían salir a comer a la calle de vez en cuando en algún restaurante. Y mucho menos podía pensar en renovar su automóvil. Estos detalles se habían convertido en lujos inalcanzables. Pronto la esposa también tuvo que dedicarse a trabajar fuera de casa y ni aun así alcanzaba. Roberto y Alicia empezaron a solicitar préstamos a intereses usureros, lo que los llevó a caer en algún momento, en las garras de tiburones compradores de sueldos. La alegre personalidad de Roberto desapareció. Para pagar los estudios de sus hijos Roberto empezó a trabajar de noche en otro turno, lo que afectó sus horas de sueño, eso que al principio parecía una solución viable, inmediatamente ya no lo fue. Los hijos (Carla, de quince años de edad, y José Carlos, de trece) también debieron emplearse durante las vacaciones escolares. Ambos adolescentes se convirtieron en asistentes en el restaurante de cuarta categoría de una tía, un lugar donde los comensales, por lo general sujetos vulgares y borrachos, intentaban seducir y hasta toquetear a la muchacha. Un día, José Carlos no pudo contenerse más y se lió a golpes con un cliente más grande y fuerte que él. En un instante, un cuchillo salió a relucir y el escolar se desplomó cogiéndose el estómago con las dos manos. Carla, pálida
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como la cera, primero se quedó congelada por la impresión y después creyó enloquecer, dio un grito desgarrador y se arrodilló junto a su hermano, los dos jóvenes se desmayaron y fue necesario conducirlos de emergencia al hospital. Carla se recobró pero el trauma de la experiencia se alojó en su mente para siempre. A José Carlos, en cambio, le tomó meses recuperarse y perdió el año escolar. Sintiéndose enloquecer, Roberto deambuló por las calles durante noches enteras tratando de localizar al agresor. Algo cambió en él por ese tiempo. La bestia humana que habita en cada uno de nosotros había despertado y demandaba desagravio. Quería vengarse de todo, en especial del injusto sistema que obligó a sus hijos a trabajar a temprana edad y en tan precarias condiciones. Roberto nunca pudo ubicar al sujeto que estuvo a punto de asesinar a su hijo. *** Pasaron los años. La vida de los Hurtados de Zela continuó entrampada. Pese a que toda la familia trabajaba día y noche, solo conseguían llevar a casa sueldos miserables. Cuando Alicia enfermó fue necesario vender el departamento de Pueblo Libre que aún no habían terminado de pagar y se mudaron a Trujillo, donde alquilaron una precaria casa. Si hasta ese momento Roberto a duras penas podía dormir algunas horas entre un turno y otro de trabajo, en esa situación comenzó a sufrir de insomnio, y cuando lograba conciliar el sueño solo era para tener pesadillas donde veía a su hijo vendiendo drogas y a su hija de prostituta. Por ese tiempo desarrolló un tic
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nervioso que le duró toda la vida y que le aparecía cuando estaba alterado, este consistía en un guiño en el ojo izquierdo que parecía por minutos incontrolable. En un intento por ayudarlo a desahogarse o distraerlo, un profesor lo invitó a los «debates democráticos» que por esa época se daba de manera clandestina, cerca de la universidad donde él dictaba clases. Allí, junto con algunos colegas y alumnos suyos, Roberto se inició en apasionadas charlas de adoctrinamiento político marxista. Fue cuestión de tiempo para que alguno de esos reclamos incendiarios encontrara eco en sus propias experiencias. Y fue cuestión de tiempo para que conociera a la lideresa, la camarada Tania. Como Roberto solía leer de todo, sin especial predilección por alguna ideología, a ella le pareció que este era lo suficientemente interesante como para cultivarlo y convertirlo a futuro en una suerte de líder dentro de los asistentes. Al poco tiempo, el profesor ya se sentía cautivado por la forma insolente en que los discursos izquierdistas parecían defender los derechos del pueblo, aun cuando estos incluyeran propuestas radicales.
«¡El capitalismo, señores, se basa en el agio y la usura, en la explotación de la mayoría pobre por una minoría privilegiada: una minoría que tiene el control no solo de los medios de producción sino también de los medios de información! Eso se puede ver. Uno tendría que ser ciego o estúpido para no notarlo. Nuestro país, satélite de ese sistema, como el resto del Tercer Mundo, no goza de sus ventajas. Por el contrario, es el lugar donde ocurren las contradicciones que Marx y Lenin auguraron para los países industriales. Es el lugar donde conviven la riqueza
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opulenta con la pobreza extrema, donde hay gente —la minoría— con una educación excelente en medio de un mar de ignorancia y mediocridad, donde un racismo camuflado campea y uno discrimina al otro, y donde, en principio, todas las puertas se cierran para la gente honesta y trabajadora que quiere mejorar su posición económica y social. ¡Por el contrario, para el pueblo, en vez de haber progreso hay retroceso!».
Este era el tipo de exposiciones que oía Roberto y que, en apariencia, no parecían partir de ninguna premisa falsa: todo parecía ser comprobable. «El nuestro es el único país en el mundo donde se dice que aquí funcionó hace mucho una biblioteca pero cerró por falta de presupuesto y porque los libros eran vendidos por lo bajo por empleados deshonestos». «A principios de siglo había un ferrocarril que unía esta ciudad con los principales pueblos del valle de Chicama y de la sierra, pero ahora no existe más». «Hace 25 años una pista en buen estado unía Lima con Huancayo, y desde La Oroya ese camino iba hasta Chanchamayo en la selva. Hoy apenas luce asfaltada, pues la desidia y la deshonestidad dejaron que se destruyera». «Esta ciudad solía ser limpia y tranquila, pero hoy no es ni lo uno ni lo otro».
Todos los días Roberto escuchaba aseveraciones de ese tipo. Y todos los días resultaban iguales para él: se levantaba a las cinco de
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la mañana, ayudaba a Alicia a preparar el desayuno y las loncheras para los turnos de trabajo y estudio, salía a sus diversos empleos de medio tiempo y luego regresaba, ya agotado a las nueve de la noche. Solo cuando debía acudir a los «debates democráticos» (dos veces a la semana), el hombre se sentía revitalizado y escuchado. En esos momentos, su vida adquiría un ritmo más calmado y diferente al de las demás jornadas, que le resultaban caóticas. Eso, y el hecho de que habían abandonado una ciudad donde el costo de vida era demasiado alto en comparación con las provincias, de alguna manera le daba más confianza a Roberto en lo que podía venir más adelante: una esperanza de que algo podía cambiar. No pasó mucho tiempo antes de que la camarada Tania invitara a Roberto a escribir artículos anónimos para el diario Marka donde prácticamente repetía los argumentos incendiarios de las charlas. Pero su más significativo aporte, según consideraba él, se daba desde su cátedra en la Universidad Nacional de Trujillo, pues en cada clase que dictaba iba infiltrando mensajes revolucionarios: sus verdades. «¡Nuestra sociedad, nuestro país, están descompuestos y no tienen arreglo alguno hasta que no borremos todo, hasta que no aniquilemos a los explotadores, a los hambreadores del pueblo y las sabandijas que viven de absorber la sangre de los pobres! ¡Trabajadores, hermanos, esta es una guerra santa que estamos ganando! Fíjense, cojan los diarios de la derecha, lean cómo hablan los medios de comunicación reaccionarios sobre nosotros. ¡Nos tienen miedo! ¡Nuestra causa no necesita dinero, no, camaradas, nuestra causa necesita héroes,
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necesita sangre! Muchas veces el árbol de la paz, de la tranquilidad y del progreso necesita regarse con sangre…».
Roberto, en esas ocasiones sentía que estaba construyendo algo distinto para las nuevas generaciones. Por lo general, después de esos despliegues retóricos, salía más tranquilo y sereno, absorto en lo que él mismo había dicho. Se reconocía en esos argumentos, los vivía y los hacía suyos. A veces se emocionaba casi hasta las lágrimas. Era una suerte de terapia decir esas cosas y apreciar que sus alumnos (muchos jóvenes), se reconocían también en esa realidad inquietante e incierta, lo comprendían. Él lo sentía en el ambiente, todo parecía calzar. *** Aquella mañana de 1987, José Carlos llegó corriendo a la casa. Estaba pálido, lloroso y con el rostro desencajado. Roberto ya había salido para el trabajo y Alicia se encontraba en la habitación de al fondo, lavando ropa para los vecinos. —¡Mamá, mamá! —atinó a balbucear—. Carla, a Carla… la han matado, ¡la han matado, mamá! La mujer sumergió las manos en el agua jabonosa mientras miraba los labios de su hijo que acababa de pronunciar esa terrible frase y por un momento su mente quedó en blanco. “¿Muerta? ¿Mi hija muerta? ¿Por qué muerta? ¿Quién pudo?”, fue lo que invadió en sus pensamientos. 123
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En ese instante, incluso pensó que la pared que se alzaba frente a ella se veía más gris que de costumbre. José Carlos ni siquiera la abrazó. En su desesperación para ser creído por su madre y hacer algo, fue hasta la cocina y encendió el pequeño aparato de televisión que allí tenían. Cambió manualmente los canales (el hijo nunca olvidaría la sonrisa complaciente de esa mujer del teleconcurso que transmitían en ese momento) y lo cambió al canal del Estado, el de las noticias. Allí, efectivamente, se estaba emitiendo un flash informativo sobre el enfrentamiento que acababa de ocurrir en Lima entre la policía y los miembros de Sendero Luminoso. Vía microondas, una reportera despeinada decía algo improvisado mientras, a sus espaldas, una multitud de policías y transeúntes se arremolinaban alrededor de un auto convertido en chatarra. «Esta mañana un grupo de elementos sediciosos emboscaron el automóvil del ministro del Interior, el general Raúl Rodríguez Lara, quien se encontraba conduciendo desde su hogar en Chacarilla del Estanque hacia su oficina en el Cuartel General del Ejército. Según tenemos confirmado, el atentado ocurrió a las siete y cuarenta y seis minutos a la altura de la cuadra cinco de la avenida Prolongación Primavera. En los precisos momentos en que el automóvil había reducido su marcha para cruzar esa vía y coger la avenida La Floresta, los terroristas detonaron una potente carga de explosivos colocada en un triciclo vendedor de frutas que se encontraba estacionado en ese lugar. Al instante, mientras ocurría la explosión, hizo su
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aparición una célula de aniquilamiento con sendas ametralladoras con las que los facinerosos ultimaron al general, así como a su chofer identificado como Santos Ullón García y a Carlos Díaz Sampén, un elemento de su seguridad personal que viajaba en el automóvil y cuyo deceso se confirmó mientras llegaba al nosocomio. Otro vehículo, también con personal de seguridad del general, que venía siguiendo con cierto retraso al auto convertido en objetivo, llegó al lugar del atentado en momentos en que los subversivos huían hacia un automóvil Toyota blanco de placa DXO 185, que los esperaba con el motor en marcha, lo que desató un furioso intercambio de fuego de armas automáticas. El saldo de tan flagrante conmoción fue que tres terroristas cayeran acribillados antes de completar su fuga. Los jóvenes, según el parte policial que nos acaban de entregar los agentes, han sido identificados como Juan Bautista Romero Lezama, de 19 años de edad, estudiante de la Universidad Agraria, José E. Quispe Cortez, empleado y secretario general del sindicato de textiles La Florida, y Carla Hurtado de Zela García, de 18 años, estudiante de la universidad de La Cantuta. Según refieren algunos transeúntes que vieron toda la escena, otros dos jóvenes sí lograron subirse al auto y se dirigieron por…».
Ya para ese entonces Alicia no escuchaba lo que decían los altavoces del televisor. Como si se tratara de disipar cualquier duda, en la pantalla aparecían una y otra vez los cuerpos ensangrentados tanto del general y su gente como de los terroristas. En uno de esos rápidos enfoques del reportero apareció, de pronto, Carla boca arriba con los brazos extendidos, su niña linda, su orgullo de toda la vida, con la frente cubierta por su cabello y algo desfigurado… por un gesto de dolor.
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Era ella, no había ninguna duda. —¿Por qué, Dios mío? ¿Por qué? —Rugió Roberto—. ¿Qué hemos hecho para merecer esto? ¿Por qué no me llevaste a mí? ¡Carajo! ¡Qué injusticia, hasta Tú eres injusto! —gritó Roberto luego de que recibió la llamada de su hijo en la sala de profesores de la universidad. Luego se echó a llorar y se derrumbó en uno de los asientos. Algunos de sus colegas, sorprendidos por tan ingrata revelación en la cual la hija de un catedrático acababa de ser descubierta terrorista y asesinada, se acercaron para mostrarle su solidaridad y su pésame. Otros salieron y se dirigieron directamente a las oficinas del decano para informar lo sucedido y solicitar su expulsión inmediata. Roberto, desde ese entonces, sintió que no solo le habían matado a la hija: le habían matado el alma. Cuando don José González, el tío abuelo de Carla, se enteró de la noticia por boca de su esposa, lo sintió como si la tragedia le hubiese ocurrido a él. —Lo injusto de las revoluciones y las guerras —dijo el anciano mientras las lágrimas empezaban a brotarle de los ojos—. Es que el orden se trastoca y no son los hijos los que entierran a los padres, como debería ser. Pobre Roberto, no puedo ni imaginar cómo debe sentirse. Luego don José se sacó las gafas y mientras las limpiaba con su pañuelo, agregó:
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—Cuando murió la madre del poeta César Vallejo, este encaró a Dios y le reprochó que Él en realidad no era Dios ni se comportaba como tal, porque siempre estuvo bien y se olvidó de los seres humanos. El patriarca se refería a estos versos que recitó de memoria: «Dios mío, si tú hubieras sido hombre / hoy supieras ser Dios / pero tú, que estuviste siempre bien, / no sientes nada de tu creación. / Y el hombre sí te sufre: / ¡el Dios es él!». Y luego, cuando le dice a Dios que él no puede conocer ni sentir el dolor de perder una madre porque nunca la tuvo, le espeta «Tú no tienes Marías que se van…», y luego lo reta a un duelo: «Dios mío, y esta noche sorda, oscura / ya no podrás jugar, porque la tierra / es un dado roído y ya redondo / a fuerza de rodar a la aventura, / que no puede parar sino en un hueco, / en el hueco de la inmensa sepultura». —“Dios mío” —continuó recitando el patriarca con labios temblorosos mientras doña Angelita lo abrazaba, también acongojada—, “estoy llorando el ser que vivo, me pesa haber tomado de tu pan”.
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10 LA CONFESIÓN DE UN SENDERISTA
En 1991, cuatro años después de la muerte de Carla, José Carlos el hijo de Roberto Hurtado de Zela, cumplía quince meses enrolado en las huestes de Sendero Luminoso que operaban en la sierra de La Libertad (la región a la que pertenece Trujillo), cuando decidió contar su decisión a sus padres. Se los dijo mientras los tres estaban sentados en la banca de un parque, una mañana que el sol parecía iluminar tanto que todo se difuminaba alrededor, o al menos así lo recordaría José Carlos en los siguientes días: —Desde hace un buen tiempo estoy buscando vengar la muerte de Carlita. Apenas mencionó el nombre, Roberto y Alicia bajaron la cabeza y solo atinaron a cogerse de las manos, nerviosos. Por alguna razón, el padre ya sospechaba en qué estaba comprometido su hijo.
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—También busco vengarnos de este sistema injusto que toda la vida nos ha pisoteado, que nada ha hecho por nosotros más que hacernos sufrir. Y he encontrado esa posibilidad: unos amigos me hablaron de un grupo que se dedica precisamente a buscar esa justicia para todos, y me he unido a ellos. Alicia también entendió qué era lo que venía a continuación y estiró sus manos tratando de coger las de su hijo mientras decía: —¡No, hijo, eso no, tú no, por favor, no queremos perderte a ti también! Roberto cogió por un instante las manos de su esposa y las devolvió a su regazo. —Escúchenme, por favor, estamos en un espacio público precisamente porque no quería “escenitas”. Es peligroso que hagamos algo así en este lugar, así que, por favor, se los pido, escuchen todo lo que tengo que decirles y compórtense. De lo contrario, me iré y no me verán más. —No te preocupes, hijo —dijo Roberto, intentando mostrarse sereno mientras trataba de abrazar a Alicia en un intento por sujetarla y no dar paso a ninguna interrupción suya—. Cuéntanos. —Ustedes bien saben que el Perú hace tiempo vive una guerra interna y, aunque esto no lo digan los medios de comunicación, la estamos ganando. Cada vez más logramos poner en jaque al gobierno. Es cuestión de tiempo para que un día el presidente de la
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república se marche del país y nos ceda el mando del ejército. Pero para que eso suceda necesitamos convencer a más y más gente. Yo, por eso, he sido mandado a los Andes, a una célula que hasta no hace mucho comandaba un camarada que ahora está detenido por la policía. Pero no importa. Él sabe que nuestra victoria no depende de un solo hombre, y que mientras seamos un equipo fuerte nadie podrá vencernos. ¡Vamos a ser gobierno, papá, uno legítimo y popular, uno de verdad! Roberto y Alicia solo atinaban a mirar a su hijo con lágrimas en los ojos, más de impotencia que por la tristeza de ver a su único hijo partir a un conflicto que, ahora, les parecía absurdo. El padre, al menos, se consoló pensando que si él tuviera la misma edad y vitalidad de su hijo, quizá también se habría integrado a las huestes de Sendero Luminoso para vengar a un ser querido. —Que Dios te bendiga, hijo —interrumpió Roberto el largo silencio que siguió a las palabras de José Carlos—. Lleva la bendición de tu madre y la mía. Cuenta con nuestra discreción. Ni matándonos podrán sacarnos alguna información. Y si en algo más podemos servir a la causa, solo avísanos. —Gracias, papá. Mi misión está más allá de las serranías de Otuzco. Allí estaré durante unos meses para predicar la guerra del pueblo y convocar a las armas. Por seguridad, deberé perder contacto con ustedes durante un buen tiempo. Y si algo me pasara, no se preocupen, ustedes se enterarán: algún compañero buscará la
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forma de contactarlos y hacerles saber mi estado. Pero nada malo me ocurrirá, tengan eso por seguro. He completado mi entrenamiento guerrillero con los más altos puntajes, así que estoy muy bien preparado. Mientras nadie venga a buscarlos significará que estoy bien. Será algo parecido a irme al extranjero. De hecho, eso es lo que pueden decir a quien sea que les pregunte por mí: que me fui a estudiar a otro país. Al padre no le pasó desapercibida la forma en la que José Carlos utilizaba las palabras. “Así es como un nuevo soldado engrosa las filas del movimiento, guerrillero para unos, terrorista para otros”, pensó Roberto. “Qué fácil es predicar la guerra popular y qué difícil y amargo es vivirla en carne propia”. José Carlos y su padre pudieron contener las lágrimas. Alicia no pudo. Cuando su hijo se levantó y se fue tratando de aparentar indiferencia, la mujer seguía abrazada a su esposo, llorando con el rostro hundido en su pecho. Al día siguiente, padre e hijo caminaban en la abrigada noche del verano norteño débilmente iluminada por la tibia luz amarillenta de los postes. Ya casi eran las nueve y treinta. Se dirigían a la plazuela España, donde José Carlos cogería el ómnibus de «Transportes NorAndino Express». Roberto pasó su brazo derecho sobre el hombro de su hijo. Quería tocarlo, quizá por última vez. Por un instante le pareció sentir cierta tensión en el fornido cuerpo del muchacho. Pero luego fue el mismo José Carlos quien pasó su brazo izquierdo por la cintura de Roberto. Caminaron así, en respetuoso silencio, durante la última manzana.
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Unos pasos antes de llegar a la agencia de transportes, José Carlos se frenó en seco, era el momento de despedirse de su padre. Quería evitar que alguien los viera juntos y los relacionaran de alguna forma. No había razón alguna para poner en peligro a su familia. Además, el joven viajaría con documentos falsos. —Hasta aquí llegamos, papá. —Hijo, cuídate mucho. Hazlo por tu madre y por mí. —No te preocupes, papá. ¡Vamos a aniquilarlos, vamos a destrozar este sistema miserable! —Dios te escuche, hijo, Dios te escuche. *** 1992. El 15 de marzo era la fecha en que toda la familia González, parientes cercanos y amigos, se reunían para celebrar el cumpleaños de doña Angelita; aquella vez cumplía 80 años. Una serenata de músicos y un espectáculo de fuegos artificiales estaban en el programa que sus hijos habían preparado. Roberto Hurtado de Zela solía participar activamente en estas fiestas con su guitarra y los valses criollos de su repertorio hasta el momento en que falleció su hija. Después de eso, se había convertido en un ermitaño. Don José, que ansiaba ver a Roberto y Alicia para darles un espacio de reposo de sus problemas, los invitó a su fundo semanas antes de la celebración del cumpleaños. Les pidió que pasaran todo
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el fin de semana con él, y para su sorpresa, el sobrino aceptó, posiblemente porque se sentía anímicamente más recuperado. Esa mañana de sábado también llegó Álvaro a la residencia durante el desayuno. —Tío, tú sabes cómo quiero a la tía Angelita y a ti, y nada me agradaría más que complacerlos —dijo Roberto—. Pero no quiero dañar la alegría de la fiesta. Alicia está delicada de salud y José Carlos está lejos, en Europa, y todo eso me deja sin muchos ánimos. —Pero si todos tenemos problemas, primo —respondió Álvaro mientras le extendía un vaso con cerveza—. Lo importante es no dejarnos doblegar por ellos. Luego lo invitó a sentarse en una mesa situada en un ambiente fresco lejos del calor reinante, típico del verano norteño. A su alrededor crecían árboles de mango, paltos, platanales y una parra. Don José, con un sombrero blanco de paja de ala ancha, camisa y pantalones blancos, se balanceaba en su mecedora, descalzo, con su piel quemada y sus bigotes blancos, parecía un personaje de épocas pasadas. —Querido Roberto, hace tiempo que no conversamos y tenía mucho interés en saber de ustedes y de conocer tu opinión sobre la situación actual —manifestó don José—. ¿Qué piensas de la situación política? Fujimori ya se acerca a los tres años de gobierno. ¿Crees que él ha sido lo que el país necesitaba? 134
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Alberto Fujimori era el presidente de la república que ese mismo año había estabilizado económicamente el país y suprimido el Congreso. Un nuevo poder legislativo había sido elegido y una nueva Constitución Política entró en vigor, lo que permitió darle una orientación neoliberal a su gobierno y aplicar una receta macroeconómica muy dura para salir de la terrible crisis en la que la había dejado el régimen anterior. —Estoy confundido, tío. —Fue su respuesta—. Aunque sabes que soy de izquierda, creo que Fujimori es un ilustre desconocido que ha demostrado audacia, pragmatismo y coraje para afrontar la crisis económica. Pero considero que está muy equivocado por no haber creado un fondo de ayuda social al aplicar su cruel “política de shock”; debió pensar en proteger a los más débiles y necesitados y no entrar a “operar sin anestesia”. Y su estrategia antisubversiva es inhumana, pues ha cometido excesos sin nombre y muy serias violaciones a los derechos humanos. Don José lo observó con atención mientras volvía a servirse otro trago. —Admiro tu franqueza, Roberto, sobre todo porque tu opinión contradice, en parte, la posición oficial de la izquierda. —A los empresarios nos hubiera gustado que ganara Mario Vargas Llosa —agregó Álvaro, ansioso de participar—. Pero ahora ya no estoy tan seguro. Creo que él hubiera llevado a su gobierno a dinosaurios estatales por sus deudas políticas y eso, al final, habría 135
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frenado las medidas que pensaba tomar como siempre lo han hecho nuestros presidentes. —Noto confusión en lo que dicen —intervino el patriarca—. Y estoy seguro de que así de confundidos estaremos todos durante un tiempo. Y es que todo está cambiando muy rápido en el mundo. ¿Acaso alguien hubiera imaginado la desaparición de la Unión Soviética hace un par de años? ¿Habríamos podido prever el fin del comunismo con esa certeza? Al contrario, postular algo así era como decir que los Estados Unidos o el capitalismo desaparecerían. Recuerden además, que la creencia común era que el comunismo enterraría al capitalismo. Álvaro y Roberto asintieron. Todavía estaban frescas en su memoria las escenas de la caída del Muro de Berlín y la remoción de los bustos de Lenin y Stalin en Moscú. —Yo creo —indicó don José—, que es la revolución tecnológica la responsable de estos cambios. Nada sucede ahora que no sea inmediatamente conocido en el mundo. La influencia que posee la información es crucial. —Coincido contigo hasta cierto punto, tío —intervino Roberto—. Porque en realidad esos avances tecnológicos degradan a los pobres: no solo les restan puestos de trabajo sino que también los perturba y los hace sufrir. Por ejemplo, cuando alguien ve la televisión u hojea revistas sobre cómo viven los ricos, ¿qué cree ustedes qué pensará? “¿Por qué ellos viven así y yo no?” ¿Cierto? “¿Qué he hecho para merecer esta vida?”. Y es obvio que las personas se
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percatan de que hay un sistema económico injusto que beneficia a unos pocos y explota a la mayoría. —Pero Roberto… —quiso decir algo Álvaro. —Primo, aún no he terminado —aclaró Roberto—. Esas personas de las que hablo no son tontas ni ignorantes y saben, muy bien que con el derrumbe del comunismo murieron sus esperanzas de vivir de manera digna. De hecho, hay quienes no creemos que el comunismo realmente haya muerto: es solo un gobierno el que ha caído. Pero las noticias de los medios de comunicación; que transmiten lo que interesa a sus dueños y patrocinadores, no dicen eso. Y aun así, suponiendo que sea verdad su opinión y que ahora solo queda el capitalismo y que no hay un contrapeso que lo equilibre, ¿podemos pensar en alguna salida para los pobres? ¿El capitalismo traerá la paz en el mundo? No olvidemos que hasta en las religiones el diablo es factor de estabilidad. El silencio se instaló por un momento en el fundo. Don José se removió en su asiento, algo contento al notar que la charla se ponía cada vez más interesante. —Roberto, por naturaleza siempre he sido optimista. ¡Y cómo no serlo ahora que Dios, el azar o lo que fuera me sacó del estado de coma terminal en que estaba! —bromeó el anciano—. Por lo mismo, sí creo que hay esperanza para los pobres. ¿Sabías que los chinos utilizan un símbolo para nombrar la palabra “crisis”? Este ícono es la conjunción de otras dos palabras: peligro y oportunidad. Y yo creo que, si queremos, podemos ver la situación como una
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oportunidad. Y tengo esperanzas de un cambio positivo. ¿Por qué? Porque la historia nos lo dice. —¿La historia? —preguntó Álvaro con cierto escepticismo. Era evidente que él pensaba que su padre tendría un mejor argumento. —Así es. Pero mira cómo funciona la historia. ¿Qué es lo que hacemos cuando queremos tener el panorama completo de un poblado? Nos distanciamos hasta cierto punto y, conforme nos alejamos, más pequeño se vuelve el pueblo y más insignificantes resultarán sus detalles, pero al mismo tiempo notaremos otros elementos que antes no veíamos o no teníamos manera de saber que estaban allí. Pues bueno, en nuestro caso, ese poblado es el presente y poco sacaríamos analizando solo lo que sucede en este momento: lo que queremos, más bien, es anticiparnos a lo que viene, predecir el futuro. ¿Qué sucederá? ¿Hacia dónde vamos? ¿Tenemos futuro? ¿Cuál es? Y para responder eso debemos retroceder e ir a la historia y preguntarnos qué pasó antes y por qué somos lo que Somos. En ese momento sonó el teléfono de la casa. Se acercó una de las empleadas de la vivienda y comentó que alguien preguntaba por Álvaro. Este se excusó y se levantó para contestar. Don José continuó. —Lo que quiero decir con este ejemplo de la historia, es que tenemos que ir hacia atrás para poder trazar toda la tendencia, tal como sucede en las estadísticas. En ese sentido, siempre el pasado deberá estar presente en cualquier análisis formal del futuro: para ver lo que se hizo bien y mal.
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Roberto soltó un resoplido de impaciencia. —Tío, usted ha dicho que hay esperanza, pero no ha dicho cómo es esa esperanza. ¿De qué forma saldrán adelante los pobres del mundo? Y más aún: ¿Cómo un país jaqueado por la pobreza, el narcotráfico, la injusticia y la corrupción resolverá sus problemas que no son coyunturales sino estructurales y que tienen siglos de antigüedad? Le estoy hablando de estructuras que a gritos piden ser destruidas y cambiadas. —Entre nuestros males no has nombrado el terrorismo —intervino el anciano con cautela—. ¿No te parece que también lo es? —Es que para mí no es terrorismo, sino una guerra de liberación. Ante esa respuesta, don José guardó un silencio incómodo. En ningún momento retiró los ojos de su interlocutor. Este tampoco se inmutó en lo más mínimo. —Y aun si fuera terrorismo, se trata de un fenómeno temporal, coyuntural, un momento histórico de demolición, de destrucción de estructuras arcaicas para dar paso a una etapa de reconstrucción nacional —agregó Roberto—. Como proceso, esta guerra no es, como muchos creen, una plaga que ataca a un organismo sano: al contrario, es un mal necesario que debilita a un monstruo. Y, por último, si insistimos en que hay terrorismo, debería considerarse que existe por los dos lados, y que la peor parte proviene del Estado. El pueblo quiere la paz pero sabe que primero debe
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purificarse del capitalismo corrupto. ¿No recuerda esa frase que dicta: si quieres la paz debes luchar por la justicia? En ese instante apareció nuevamente Álvaro. —Era Judith, mi esposa, que quería consultarme unas cosas. ¿En qué nos quedamos? —Bueno, resumiendo la posición de Roberto, creo que estamos de acuerdo en que la pobreza, la injusticia y la corrupción son fenómenos estructurales del Perú, ¿no es cierto? —respondió el anciano tratando de evitar más suspicacias de las que ya había flotando entre ellos. —Sí, así es —respondieron a dúo ambos hombres. —Entonces yo pregunto: ¿Cómo se ha combatido en el pasado este fenómeno en el mundo? Porque peruano no es. Claro, cualquiera podría decir que cada caso es particular, pero si soy un médico que está frente a un paciente grave, ¿no es lógico que primero examine su historia clínica y luego la compare con las de otros pacientes que estuvieron en igual situación? Solo así podré aplicar el mismo tratamiento que tuvo más éxito. De seguro habrá ligeras diferencias en la dosificación de las medicinas, pero el tratamiento en sí será el mismo. Por supuesto, también están los médicos que querrán extirpar o amputar inmediatamente la zona afectada. ¿Pero algo así no sería más peligroso, costoso y doloroso? Y eso que al paciente, en este caso, el país enfermo, ni 140
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siquiera se le consulta, sino que se practica la operación contra su voluntad. Roberto y Álvaro miraron al anciano con perplejidad. Nunca habían enfocado la situación de ese modo. —Roberto dice que hay que demoler y purificar las estructuras. ¿Para implantar qué? ¿Un sistema comunista? ¿Uno socialista? ¿Cómo cuál? —preguntó Álvaro. —Primero se implantaría un sistema comunista como el de China — contestó Roberto—. Luego se pasaría a uno socialista como el de España. —Pero China es un país/continente —respondió don José—. Estás comparando una nación de 25 millones de habitantes como el Perú, con otra de más de 1,100 millones. ¿Acaso Albania no siguió fielmente la política comunista china por décadas y no es hoy el país más pobre y atrasado de Europa, con una economía y mentalidad de la Edad Media? —Pero… —quiso interrumpir Roberto. —España, hijos queridos, no es socialista —se adelantó el patriarca—. Al contrario, España es uno de los países más capitalistas del mundo. Solo el nombre del partido gobernante es socialista. El presidente Felipe González ha privatizado industrias y ha liberalizado la economía de su país como el de cualquier otro en Europa en estos momentos. 141
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—¿Y que las grandes empresas se fusionen no significa nada? —cortó Roberto—. Se están agrupando como nunca antes en la historia y pronto el ciudadano quedará desprotegido ante ellas… —Bueno, Roberto, en el mundo de los negocios las fusiones y adquisiciones de empresas son normales y se realizan para que sean más competitivas. No hay ningún crimen en ello —explicó don José sin exaltarse. Luego se quitó el sombrero por un momento y dirigió su mirada hacia el horizonte—. Pero no nos desviemos del tema y volvamos a tu ejemplo particular, España. ¿Nos hemos preguntado qué pensarían los héroes y mártires de la Guerra Civil Española si pudieran ver ahora la bonanza de su país y ver en qué lugar ha quedado su añorada Unión Soviética? Dieron su vida por nada. Es más, al perder ellos la guerra, España salió ganando. La Guerra Civil Española, una de las gestas épicas más románticas y al mismo tiempo más crueles de la humanidad, no fue más que una ironía de la historia: murieron un millón de personas en la flor de su vida. ¿Para qué? Álvaro se dio cuenta en ese momento de que Roberto se estrujaba las manos con nerviosismo y su ojo izquierdo parpadeaba alocadamente, recordando que era un viejo tic nervioso que afectaba a su sobrino. Al parecer, las palabras del anciano estaban causando cierto efecto en su cabeza. “¿Por qué?”, pensó el empresario. —En mis años de juventud se consideraba que ser «progresista» y «de avanzada» era ser socialista. Pero estoy seguro de que, de haber ganado el socialismo, hoy España sería otra Yugoslavia.
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Y en este último país hoy en día campea el hambre, el frío y la desesperación tras haberse desplomado la Cortina de Hierro — dijo el viejo e hizo una pausa para beber el líquido de su vaso—. Hay más casos trágicos: Vietnam, por ejemplo, ese país al que se le ha querido ver como el único pueblo tercermundista que derrotó al aparato bélico más poderoso del planeta. ¿De qué sirvió? En un país tan pequeño se dejó caer más bombas que en toda la Segunda Guerra Mundial junta. Ahora Vietnam es uno de los países más pobres y atrasados del mundo cuando por su industriosidad podría ser uno de los «Tigres de Asia» como Corea del Sur, Hong Kong, Singapur o Taiwán. —Pero papá, no te desvíes —interrumpió Álvaro—. China es una dictadura comunista que está haciendo mucho dinero en estos momentos. ¿Cómo te explicas eso? ¿Acaso los chinos están inventando una nueva fórmula? —China es un caso muy interesante de crecimiento económico y mejora social dentro de un régimen férreo y cruel. Su inmensa población no sufre hambre y mantiene un nivel decente de educación y salud. Pero no olvidemos que el motor de su economía no está en Beijing sino en el área de influencia de esos dos hijos que escaparon de su redil y se hicieron multimillonarios porque son capitalistas: Hong Kong y Taiwán. Está claro a estas alturas, que China mantiene la careta y utiliza la camisa de fuerza del comunismo, pero se aprovecha del capitalismo. Está ganando su juego de póker. Y como buenos y ancestrales apostadores que son, no cambiarán de rostro hasta que ganen la partida y quiebren la banca. El siglo XXI será de China.
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—¿Pero entonces fundamos una república comunista y luego hacemos todo lo contrario a lo que dictan sus dogmas? —preguntó Álvaro, todavía un tanto inquieto. —No creo que sea tan fácil, hijo —respondió el anciano—. En el éxito de China hay dos puntos muy significativos que en nuestro país simplemente no existen: por un lado está vigente una férrea medida del control de la natalidad y, por el otro, se aseguran de que las leyes —todas las leyes— se cumplan con un rigor salvaje. Sin esos factores, que nos quede claro, ese país nunca hubiera logrado nada. En ese momento Roberto iba a agregar algo más pero, al ver que la señora Angelita se acercaba por el jardín con un delantal y algo en las manos, guardó silencio. Era ya la hora del almuerzo y debían pasar al comedor. *** —Tío, quería hacerle un comentario desde antes que nos sentáramos a la mesa —dijo Roberto—. Mientras usted hablaba sobre China, me di cuenta de que el Perú tiene también otras taras que no mencionamos antes. Y es que nuestro país no solo sufre pobreza, injusticia y corrupción, sino también ignorancia, racismo, informalidad, pero lo más curioso —y aquí hizo una pausa como para generar más expectativa—, es que todos esos agentes negativos provienen de una sola fuente: del capitalismo. —¿Del capitalismo dices? —preguntó Álvaro, extrañado.
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Por un instante don José pensó en responder que el capitalismo no es ni bueno ni malo por sí solo y que, en todo caso, es el único sistema económico que ha demostrado que funciona hasta el momento. Pero no quería “pisar el palito”, pues sabía que ese era el camino directo a la confrontación. El patriarca se sentó nuevamente en su mecedora y estiró las piernas para cruzar sus pies descalzos. Todos habían vuelto al ambiente rodeado de árboles después del almuerzo. —Me gustaría hablarte de uno de los países más bellos y progresistas que he conocido, Roberto —respondió don José con una sonrisa—. Es Singapur, una pequeña ciudad/estado. Y es hermosa no por su economía, que es una de las más fuertes del globo. La menciono, más bien, porque cuando la visité por primera vez era un país pobre, con mucha corrupción y delincuencia donde florecía la prostitución y los juegos de azar. Recuerdo que eso fue a mediados de los años sesenta. Y cuando vi su cambio espectacular en los años noventa, quise saber cuál había sido la fórmula. La respuesta la encontré en las declaraciones de su primer ministro Lee Kuan Yew: “Estabilidad y reglas de juego claras dentro de un sistema capitalista”. ¿Entiendes? Su gobernante no tuvo necesidad de demoler nada salvo las vetustas y tugurizadas viviendas para dar cabida a nuevos edificios. —La verdad es que todavía no entiendo la relación, tío —intervino Roberto. —No te preocupes. Ahora pensemos en una de las etapas más negras y crueles en la historia del Perú: la época del
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funcionamiento del Tribunal del Santo Oficio, más conocida como la Inquisición. Todos sabemos que allí hubo abusos y excesos sin nombre, ¿cierto? Pero al menos ya no funciona. Hoy no existe más que como museo y muestra de hasta dónde puede llevar el fanatismo y la estupidez. ¿Y acaso fue necesario demolerlo o destruirlo en su momento? No, está ahí como un testimonio de nuestra historia. —Pero tío, cuando hablo de «demolición y destrucción» es en un sentido figurado, metafórico. —¡Lo sé, lo sé! Pero lo lamentable es que sí se está destruyendo mucho con el terrorismo: se está destruyendo el bien común y la fe de un pueblo. Eso es imperdonable. —Pero tío, otra vez está esquivando mi perspectiva sobre el capitalismo… —A eso iba con el ejemplo del fanatismo y la destrucción. Coincidirán conmigo en que el capitalismo es una palabra endiosada y maldecida, querida y odiada por igual. Sin embargo, ¿qué no es el capitalismo más que una hechura humana con todas las virtudes y todos los defectos de lo que el hombre hace? Visto en perspectiva, es un sistema económico que, hasta el momento y hasta que algo nuevo aparezca, es el único que crea riqueza de manera masiva que se podría distribuir más equitativamente entre los pueblos. Ahora bien, el problema no está en su función de generar riqueza, sino más bien en su distribución. Y es ahí donde habría que trabajar más.
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—¿A qué se refiere con eso de la distribución? —preguntó Roberto, extrañado, pues para él, el capitalismo solo tenía una sola forma de ser abordado. —Distribución es compartir lo que se obtiene por la transacción de un producto o servicio de manera que haya un impacto positivo sobre el grupo de personas que lo han hecho posible — respondió el anciano—. Y si el sistema no comparte, significa que es necesario hacerlo evolucionar. —¿Pero siempre debería ser así? —En algunos países la distribución es mejor que en otros, como en los países escandinavos, pero aun así no es óptima en todo el mundo. Y eso sucede porque esta parte del ciclo económico no se puede forzar con la tributación que más bien desincentiva: los métodos deben ser más sutiles y naturales basados en la voluntad de compartir de los líderes. Yo siempre he creído que compartir es el mejor incentivo, el mejor estímulo para todos. Es lo que los Incas llamaban Ayni, el único precepto moral de su cosmovisión. —Pero definitivamente así no piensan los empresarios capitalistas —sentenció Roberto. —Por lo general, los empresarios de nuestro país no —confirmó don José—. Mientras que aquí se piensa que, para avanzar, ganar más y ser más competitivos se debe pagar menos salarios a los trabajadores, en países como Alemania y Japón se piensa que se debe ahorrar en todo menos en los salarios. Las personas deben
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estar bien pagadas y solo así conseguirán una mejor productividad, esto tiene lógica, pues saben que así vivirán mejor y podrán acceder cada vez más a los bienes y servicios que las empresas producen. Y de esa manera, entonces, los mercados crecen para todos. Es como lo que sucede en los puertos: cuando la marea sube, todas las embarcaciones suben de nivel. —Pero papá, al decir que el capitalismo es un invento humano estás confirmando que nunca será perfecto —agregó Álvaro—. ¿Acaso esa disfuncionalidad en la distribución es su talón de Aquiles? —No lo sé a ciencia cierta, pero todo parece apuntar hacia ello. Por lo mismo, pensar que el capitalismo es un sistema inmutable y perfecto de por sí es un error, uno tan grande como creer que el capitalismo que se practica en Estados Unidos, Japón o los países europeos es el mismo. En realidad, el capitalismo es un organismo vivo y, como tal, evoluciona, se modifica y se acomoda todo el tiempo según su contexto. Pensar que en los países del Primer Mundo todos sus habitantes son adinerados y, por lo tanto, felices, es una falacia. Estados Unidos tiene problemas y muchos; eso cualquier inmigrante latinoamericano lo puede atestiguar. Roberto esta vez se mostraba muy atento y a la expectativa de lo que el anciano quería decir. —En perspectiva, con el capitalismo no hay mucha diferencia si lo comparamos con el comunismo, otra hechura humana también amada y despreciada que, si bien preciosa en la teoría,
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es fatal en la práctica. Porque, claro ¿Qué más justo que todos seamos iguales y que todos tengamos las mismas oportunidades en la vida? Que no haya pobres ni ricos y que no haya miseria. Soy sincero: hace algunas décadas todo parecía indicar que el comunismo era la sociedad del futuro. ¿Quién con una mente clara y un corazón apasionado podía desdeñar esa sociedad ideal, ese paraíso en la tierra? Y así es como el comunismo avanzó y caló muy hondo entre la juventud y los intelectuales. Yo mismo, cuando joven, votaba por los “rojos” en los años sesenta. Pero luego, en la madurez, comprendí ese precepto que dice: “Si tienes menos de treinta años de edad y no eres comunista, no tienes corazón, y si tienes más de treinta años y aún eres comunista, no tienes cerebro”. En ese punto, Álvaro soltó una carcajada. Incluso Roberto sonrió. —El resto del comunismo, ya lo sabemos, es historia con la caída del Muro de Berlín. Con todo, ya casi en el siglo XXI, un grupo de peruanos que no dudo que algunos sean bienintencionados, aún no se enteran que el comunismo no funcionó. O peor, quizá sí se han enterado pero no les interesa, absortos en su prédica y en su accionar criminal solo por venganza o figuración política. Porque seamos claros: asumir de por sí la representación de los pobres del país y querer imponer por la fuerza una ideología caduca es un acto miserable de arrogancia. —Si fuera imposición no habría tanta identificación del pueblo con Sendero Luminoso —intentó defenderse Roberto.
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—Pero es que no estoy seguro de que sea identificación, Roberto, ni aquí ni en la propia izquierda internacional — respondió don José—. Mira, te narraré una anécdota: hace algún tiempo, un gran amigo español que fue miembro del primer gobierno socialista de Felipe González me comentó: “Yo no entiendo el discurso de tus compatriotas de Sendero Luminoso. Es una prédica cavernaria, de la edad de piedra. Es una curiosidad triste en las reuniones de intelectuales socialistas en Europa. El mismo nombre de «Sendero Luminoso», suena ridículo para una organización política”. ¡Imagínate! Le expliqué que muchos en el Perú también lo sentíamos así, y que en todo caso se trataba de un grupo aislado de la población en general, y que había sido repudiado varias veces en las urnas. Es más, le aclaré que el nombre completo de esa organización era “Partido Comunista del Perú por el Sendero Luminoso del Pensamiento de José Carlos Mariátegui”. ¿Y saben qué me respondió? —No, papá, ¿qué respondió? —“¡Pues vaya nombrecito tan indigesto!”, me dijo el español y se echó a reír. Nuevamente sonrisas. Esta vez Álvaro y su padre disfrutaron el comentario pero no Roberto quien, más que incómodo, parecía estar preocupado; su rostro se había puesto mucho más anguloso y cenizo y por ratos se quedaba observando el césped de manera fija y a guiñar con su conocido tic. El patriarca, como no quería enemistarse con su sobrino tan querido, intentó moderar sus argumentos para hacerlos más reflexivos.
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—Yo puedo entender que esos muchachos fanatizados sientan ira debido a la pobreza en la que han vivido y todo lo que han visto. Pero volar torres de energía de alta tensión y dejar a oscuras hospitales, escuelas y centros de trabajo donde tal vez sus mismos familiares se curan, educan o laboran, no es razonable. ¡Peor aún a lo largo de doce años! Destruir la propiedad pública y privada así como aterrorizar y asesinar inocentes no tiene justificación ni aquí ni en la China, país que curiosamente toman como mentor. Y fíjense: en China se fusila a aquellos que dañan la propiedad pública y aquí no hacemos eso. Lo que quiero decir es que destruir propiedades que pertenecen a todos y que tanto han costado a un país pobre solo es indicio claro de frustración y fanatismo. Y ya sabemos que esto último “consiste en redoblar esfuerzos en lo que haces cuando te has olvidado de tus objetivos”. —Es una válida estrategia de guerra, tío, ha funcionado en otros países… —Estrategias para ganar una guerra hay muchas. Pero si la elegida no funciona se descontinúa o se modifica; insistir en la estrategia errónea es necedad. Cada vez que escucho decir a Sendero Luminoso que están ganando, me pregunto ¿ganando qué? ¿La voluntad del pueblo o su ira? Gandhi no tuvo necesidad de apelar al terrorismo o la fuerza bruta para liberar a su inmenso país dominado en ese entonces por la potencia militar más grande del mundo, su estrategia fue la resistencia pacífica, la desobediencia civil. En ese sentido, el terrorismo es una estrategia obsoleta, pues solo es violencia que produce más violencia.
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—Ya veo que su prédica es la paz, tío, pero es el capitalismo norteamericano lo que favorece la proliferación de armas, sobre todo las de destrucción masiva —insistió Roberto—. Eso ya nos habla de la inmoralidad de ese sistema económico que promueve la inversión de miles de millones de dólares en esa industria, cuando poblaciones enteras viven en situaciones precarias o de pobreza absoluta. —Es interesante lo que dices, y estoy de acuerdo contigo en el sentido de que en ese caso no hay moral —respondió don José—. Pero es un negocio más, no es el capitalismo en sí. Un gran pensador alguna vez dijo: “Nuestra civilización está todavía en un término medio: escasamente bestia porque ya no está totalmente guiada por el instinto, y escasamente humana porque aún no está totalmente guiada por la razón”. Ahora bien, en términos comerciales la industria bélica no puede detenerse de pronto como nos gustaría, eso porque las economías de países como Estados Unidos y Rusia son tan dependientes de ella que, de frenarse, cadenas enteras de industrias, bancos y grandes empresas colapsarían, lo que produciría recesión, desempleo masivo y depresión económica mundial. Detener este negocio no se resuelve oprimiendo un botón: es como intentar parar de golpe la rotación de la hélice de un avión. Por el contrario, hay que generar condiciones para que su inercia concluya. —Pues no parece que los gobiernos se esforzaran mucho para propiciar estas condiciones. —Al contrario, hay gobernantes que incluso son capaces de detener ideologías enteras. Es el caso de este Gorbachov, por ejemplo,
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le quitó el sustento filosófico/político a un pensamiento caduco como el comunismo. Es decir, le quitó la mística, el ingrediente central de la fe de las personas para iniciar proyectos que, de otra forma, la razón rechazaría… En ese instante, la luz se apagó y la música de la radio que sonaba desde la cocina se interrumpió. A lo lejos se sintió una remota vibración y luego el sonido de una explosión que se expandió como un eco lúgubre a lo largo de los cerros. —¡Otro atentado! —gritó la señora Angelita desde la residencia mientras la esposa de Roberto, la señora de limpieza y el jardinero se agolpaban nerviosos en la puerta. —¡Nos dejaron sin luz! — ¿Y ahora dónde habrá sido? —preguntó Álvaro. —No tengo idea, hijo, pero acompaña a tu madre, que ya sabes cómo se pone de nerviosa cada vez que ocurren estos atentados.
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11 BAUTIZO DE FUEGO
Los familiares reunidos estaban lejos de saber que en ese mismo instante la subestación eléctrica del parque industrial de Trujillo (a no más de diez kilómetros de distancia del fundo), estaba en llamas, y que José Carlos pasaba su bautizo de fuego en medio de una balacera con los policías del lugar. Cuando el joven logró escapar de la zona de fuego, se percató de que su camarada yacía sobre el piso con una herida en el pecho, intentó ayudarlo tratando de detener con sus manos sucias la hemorragia que manaba a borbotones, pero pronto se percató de que eso no sería suficiente. Peor aún, no era capaz de concentrarse en su estrategia de supervivencia, ya que el estrépito de la explosión, el polvo y el fuego que despedían los restos humeantes de la planta, la sangre caliente en sus manos y el rostro suplicante de su amigo lo tenían en estado de shock. José Carlos solo atinaba a moverse por instinto. “¿Dónde era que nos debían recoger?”, pensó el joven sin poder recordar nada. La única escena que le venía a la cabeza una
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y otra vez era del momento cuando saltó del vehículo cargado de explosivos mientras su compañero colocaba una enorme pieza de acero sobre el acelerador. Eso fue como a las siete y media de la noche. Ya habían pasado casi cinco minutos del atentado y no estaba seguro si alguien venía a rescatarlos. De pronto oyó las sirenas de los patrulleros y la desesperación empezó a convertirse en pánico. Por eso mismo se sobresaltó cuando una camioneta pick-up de doble cabina se acercó hacia él como si lo fuera a atropellar. “¡Sube camarada!”, le gritaron mientras otros hombres con ametralladoras y pasamontañas bajaban a toda velocidad y revisaban el cuerpo del caído. Segundos más tarde, José Carlos ya estaba dentro de la cabina del vehículo pero no veía a su amigo herido. —No me digan que lo dejaron abandonado—empezó a balbucear. La acerada mirada de uno de los sujetos le sugirió silencio, no podía reprochar nada porque ninguna operación militar es considerada un éxito cuando se pierden hombres. El joven solo atinó a recostar la cabeza en el asiento con los ojos clavados en el techo. *** —Tío, me temo que estamos perdiendo la perspectiva, estamos hablando de otros países cuando inicialmente hablábamos sobre los problemas nuestros —dijo Roberto—. Usted no ha mencionado para nada los casos de los miles de niños que fallecen por
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desnutrición o falta de ayuda médica, o el hecho de que nuevas generaciones no encuentren la más remota posibilidad de progreso mientras que personajes políticos, militares, empresarios y magistrados corruptos manejan el país a su antojo y en su beneficio. ¿Es que no son temas que merezcan una reflexión? ¿Es que para usted estos no existen? —Lo siento, hijo, no creí que mi postura pudiera ser tomada de esa manera. Creí que todos partíamos de la premisa de que este era un país enfermo y con muchas debilidades. Que no las enfatice no significa que las acepte o que no me interesen. Pero es curioso ahora que hablas de lo que no he mencionado, en estos últimos años, pareciera que ser un “gran líder político o un gran orador” equivale a mencionar repetitivamente los grandes problemas. Dime: ¿Qué hemos sacado de años de “hablar bonito” o de “hablar agresivo”? ¿Qué hemos conseguido tras décadas de populismo de plazuela? Yo diría que con esos elocuentes discursos solo hemos obtenido más pobreza, ignorancia y frustración. Los chinos, esos mismos a los que admiran los senderistas, tienen una frase que resume esto: “Lo que es elocuente no es verdad: la verdad no es elocuente”. Roberto no podía menos que admirar al anciano, quien no solo tenía una memoria prodigiosa, sino que su voz, por instantes, adquiría un tono de prédica evangelizadora y nunca parecía agotarse. Le gustaba ese hombre de pensamiento tan versátil que en un santiamén podía pasar de criticar a otros a criticarse a sí mismo sin dejar de lado el sentido del humor. Lo sentía muy honesto y transparente en su conversación: muy íntimo.
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—Nuestros gobernantes en su gran mayoría jamás fueron grandes pensadores ni hicieron algo notable en su vida profesional. Eran más vividores que políticos. De lo contrario no habríamos heredado este país. Hubo políticos excepcionales, por supuesto. Pero… hoy tú escuchas hablar sobre el “pensamiento glorioso de José Carlos Mariátegui” o la “sabiduría ecléctica de Víctor Raúl Haya de la Torre”. ¿Es en serio? Fueron brillantes, sí, nadie lo duda, pero en su tiempo, otra época que no es la nuestra, de vivir en el presente estarían extraviados en nuestra realidad. Esos políticos que viven citando a estos pensadores, ¿no se percatan de que se contradicen a sí mismos cuando intentan hablar de modernidad, de innovación, de cambios fulgurantes, de nuevos tiempos? Es patético considerar el “pensamiento tal o cual” como dogmas de una liturgia divina, por no mencionar lo desmoralizante que resulta ver a jóvenes saludar al estilo nazi las enormes fotografías de líderes difuntos que se muestran en salas donde además, se ha colocado una bandera forrada en plástico barato, unas velas ardiendo y un reclinatorio. ¿Un reclinatorio? ¿Es que esperan que les recen? Y sí, no les miento, así lo hacen esos pobres «náufragos». Roberto no pudo menos que sonreír ante la ironía de don José. Era su manera de reconocer que a él, en el fondo, también le parecían absurdas esas imágenes. —Usted no comulga con nadie, tío. Es un iconoclasta que arrasa con todo. —Soy un iconoclasta, sí, pero contra fetiches y dogmas arcaicos. Yo sí creo que hay mucho por conservar en nuestro país. Ahora
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quizá eso me convierta en un conservador frente a ti, perfecto, entonces aceptaré que soy un conservador. O más bien, un viejo que maduró al revés que las manzanas: si, estas primero son verdes, luego rosadas y después rojas, yo primero fui rojo, luego rosa y ahora soy verde… un ambientalista. *** Cuando José Carlos salió de su letargo, la camioneta ya llevaba más de veinte minutos circulando a toda prisa por la carretera Panamericana Norte. Rápidamente dio un vistazo a sus rescatistas: tres tipos (incluyendo al conductor), con las armas en ristre, listos para abrir fuego sobre cualquier persona o vehículo que intentara interponerse en su camino de alguna forma. Al momento que el joven González vio que se acercaban al puesto policial de Chicama, casi no pudo ocultar su nerviosismo. A la distancia, uno de los policías los miró pasar con ojos de aburrimiento; nunca se percató de que las puntas de las ametralladoras ligeramente sobresalían por las ventanas polarizadas del vehículo. Cuando ya estaban cerca del desvío a Casagrande es que recién oyeron por la radio cómo se transmitían las noticias de la explosión en la subestación eléctrica. «Julio Salvatierra, comandante de la comisaría del parque industrial de Trujillo, nos informa que, en estos precisos momentos, se ha establecido un fuerte cordón policial alrededor de todas las
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vías de salida de la ciudad, y que en las próximas horas también se unirán miembros del Ejército para reforzar el operativo. Hasta el momento se sabe que los elementos subversivos viajaban en una camioneta de color gris plata, probablemente robada, y que se dirigieron hacia el norte del país. Una fuente también nos ha confirmado que uno de los criminales fue abatido por los efectivos de la ley cuando llegaron a la zona del atentado. En estos momentos se está tratando de confirmar su identidad…». “Miserables, mienten. Fueron los guardianes de la caseta quienes nos dispararon primero”, pensó José Carlos. —Camarada Alfonso, si es verdad que están a punto de bloquear las carreteras, será riesgoso continuar con el plan original y llegar hasta Cajamarca —dijo en ese instante uno de los hombres. —Vamos a Paiján, hasta la playa. Allí abandonaremos la camioneta —respondió el copiloto con sequedad. Una hora más tarde, los cuatro hombres estaban dentro de otro vehículo, dirigiéndose nuevamente hacia la Panamericana Norte: habían ido a la granja de un contacto senderista que los esperaba, les había abierto la puerta del garaje para que ingresaran el vehículo y se ducharan, cambiaran de ropas y comieran algo. Luego intercambiaron vehículos, ahora conducían un Volkswagen Transporter. Cuando llegaron a Puerto Chicama (una antigua playa en el litoral, a menos de cuarenta y cinco minutos de Trujillo), decidieron detenerse: allí, bajo un poste de luz, observaron a dos parejas de
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jóvenes de aspecto extranjero que con tablas de surfing, les hacían señas para que los llevaran como autoestopistas. —¿Qué te parece? —dijo el camarada Alfonso al conductor. —Que podrían ser un excelente camuflaje. Solo tendremos que hacerles un poco de espacio —respondió el interpelado, y a continuación ordenó—: ¡Señores, oculten sus tartamudas en las maletas deportivas que están debajo de los asientos! Así es como los terroristas llegaron a las afueras de Trujillo: en una combi confundidos con dos brasileños y dos neozelandeses más cuatro tablas de surf atadas sobre el techo de la cabina. La policía nunca sospechó. *** Aquella noche, la residencia del fundo permaneció sumida en la oscuridad tras el atentado: el servicio no se restablecería hasta pasadas cuarenta y ocho horas, con todas las implicaciones que eso acarreaba. De esa manera, a la hora de la cena, lámparas de kerosene alumbraban los ambientes, lo cual hacía aparecer los ambientes más rústicos y cálidos entre las sombras. La familia en pleno se encontraba sentada a la mesa, frente a sus tazas de café. —Mamá, no sabes todas las cosas que charlamos hoy con papá y Roberto. Hablamos de todo: de la realidad nacional, de la clase política, del terrorismo, de la corrupción, del comunismo y
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el capitalismo, y de cómo otros países salieron del hoyo y otros profundizaron su crisis —dijo Álvaro. Doña Angelita, con ternura, fingió observar a su esposo con aires de reprobación. —Conozco a tu padre, cuando tiene auditorio no hay quien lo calle. Todos soltaron una carcajada. En ese momento, Roberto aprovechó la armonía y lanzó una pregunta que había tenido en mente todo el tiempo. Quería poner a prueba los discursos que él había escuchado en los “Debates democráticos” y que compartía en su columna periodística. —Tío, a todo esto… nunca nos dijo cómo cree usted que nuestro país podría dejar de tener una realidad tan incierta. ¿Tiene usted una idea? Don José se reclinó algo en su silla, tomó un sorbo de su café y, mirando al infinito por la ventana, respondió: —No creo que existan fórmulas porque eso hablaría de soluciones predeterminadas y los seres humanos no somos productos de fábrica. Pero sí ayudaría muchísimo a la convivencia reducir la ignorancia y, sobre todo, eliminar ese racismo sin sentido que domina nuestras vidas. Y es que pareciera que no nos hemos enterado que somos uno de los países más privilegiados a nivel cultural. La civilización inca lo demostró forjándose en el más completo aislamiento, por eso es reconocida como una de las civilizaciones
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bases de la humanidad. Ellos crearon una sociedad donde el crimen era desconocido, donde no había ladrones, ociosos ni viciosos. Logrando un bienestar general y todos sus súbditos estuvieron protegidos social y económicamente, desde la cuna a la tumba; donde no había pobres ni mendigos, ni hambrientos ni desocupados. Una sociedad donde primaron los intereses comunes sobre los individuales. Luego está la cultura hispana que se impuso a la incaica, en la cual España era una potencia mundial cuando colonizó América, y sus conocimientos, su sabiduría y sensibilidad artística nadie puede cuestionarlas, al igual que la legendaria bravura de sus ciudadanos. Lo que heredamos de los europeos es de una riqueza invaluable. Entonces, los peruanos somos la mezcla de dos espléndidas razas, de la unión de dos civilizaciones colosales. Por supuesto, nunca faltará quien diga “Una mezcla, ¡qué ordinario!”, pero yo pregunto: ¿Y qué raza no es al fin y al cabo una mezcla? ¿Qué otras razas componen nuestra nacionalidad? —continuó Don José—, Está la china, la japonesa, la africana y las del resto de Europa. ¿Cómo filtrarlas entonces? No tiene sentido. La china por ejemplo por milenios se ha considerado la cultura más avanzada del mundo, esta civilización, nadie lo duda, fue una de las bases si no, la base de la civilización actual. ¿Y el Japón? Ese pequeño gran país, gigante entre gigantes, estoy seguro que no necesita recomendación alguna, es ocioso referirnos a su industriosidad, a su tecnología, a su pulcritud y a su acendrado sentido del honor. Y finalmente, para que todo no sea tan pulcro y serio, el destino agregó un poco de sabor, de ritmo, de color, la pimienta que faltaba: unos puntitos de raza negra. Nuevamente las risas de los presentes se dejaron oír.
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—Supongo que parte de lo que somos también ha sido determinado por nuestra geografía, ¿no lo creen así? —intervino Álvaro—. Me refiero a esos climas variados, esa fauna y flora tan impresionante, y los relatos y mitos que se tejen alrededor de ellos. —¡Así es, de eso también estamos hechos! —agregó don José con entusiasmo—. Yo, la verdad, no he visto escenarios naturales ni folklore como los que tenemos cuando he viajado por otros países. Y mis amigos extranjeros no se cansan de asegurármelo, ellos también se deslumbran por lo que hay en nuestro país. Tenemos tanto para revelar, sin embargo el terrorismo también está destruyendo la posibilidad de mostrar todos nuestros tesoros mediante el turismo. —Sí, claro, ¿quién querría visitar un país en el que los “coches-bomba” y los cortes de energía eléctrica son lo cotidiano en sus ciudades? —agregó doña Angelita algo molesta. —Y, aun así, no pierdo la esperanza de que nuestro país se convierta en uno de los más grandes atractivos turísticos del mundo. Los adelantos tecnológicos en el transporte incrementarán el turismo de forma nunca soñada. Es el sueño más alcanzable que jamás hemos tenido. Ahora, a mi edad, lo veo todo más claro y sé que hay muchas posibilidades de éxito cuando se dan los pasos necesarios y se toman las decisiones correctas. Y no estoy hablando solo de las ventajas económicas que el rubro proporcionaría, sino que también lo considero un desarrollo limpio, sin problemas 164
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de polución, con impacto descentralizador y estabilizador de las diferentes regiones. —Bueno, Chile está más desarrollado en comparación con nosotros porque liberalizó su economía a tiempo, y porque mientras nosotros destruimos ellos construyen —dijo Álvaro. Algo molesto por la continua mención al terrorismo, Roberto interrumpe guiñando con su conocido tic. —Pero ustedes hablan como si la pobreza no existiera en el mundo. Como si no hubiera temas por resolver y solo se tratara de dinamizar ciertos sectores banales y frívolos. —Te entiendo y te doy la razón hasta cierto punto, Roberto —dijo don José—. De hecho, ahora mismo no solo la economía nacional sino la mundial están atrapadas en un aparente callejón sin salida. Revistas serias como la inglesa The Economist dice con frecuencia que los países ricos se vuelven aún más ricos más rápidamente mientras que los países pobres se empobrecen más con mayor velocidad. Y mira, cuando las clases muy adineradas y las muy empobrecidas conviven tal como sucede en nuestros países, el ambiente se torna caótico y peligroso, algo que no sucede cuando el caso se repite entre países, ya que es improbable que una nación pobre asalte a una rica, y por el contrario, es más probable que sea el país poderoso el que quiera imponerse y aprovecharse del otro. Lo que quiero decir, y con esto reafirmo lo que dije en la mañana, es que hay una suerte de ceguera en la distribución de la riqueza, 165
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una ceguera que podría atentar contra la misma estabilidad mundial que tanto se busca. —Entonces, tío, yo te podría replicar que a eso se está enfrentando la guerra popular: a esa ceguera en la distribución de la riqueza. —¿E intentan cambiar un modelo económico, abstracto, intelectual, teórico, con una guerra material en la que se asesina a inocentes, se daña la infraestructura de un país pobre y se paraliza la poca productividad existente? —respondió el patriarca—. Presten atención a este detalle: si bien no podemos dirigir el viento, sí podemos ajustar nuestras velas. Y en ello está el desafío. Cualquier análisis del contexto mundial lleva a la conclusión de que la única forma de que nuestro país llegue con dignidad al siglo XXI es a través de una estrategia que potencie ventajas competitivas que busquen los caminos más eficientes. —Y uno de ellos es el turismo, según opinas —señaló Álvaro. —Exacto, porque en el caso del turismo tú no vas al mercado con tus productos, sino que el mercado viene a ti sin limitaciones. Estamos hablando del turismo receptivo por supuesto, del que trae turistas extranjeros. Si el mundo tiene más dinero, como así lo es, viajarán más y gastarán más en nuestro país o en nuestra región. Por último, no hay necesidad siquiera de mover un solo contenedor en los puertos, porque el turismo no exporta nada, exporta aire, vende ilusiones, experiencias. 166
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—Pero nuevamente pregunto, tío: ¿El turismo construirá las escuelas, los hospitales y las carreteras que el país necesita? Don José pensó agregar “Y que el terrorismo está destruyendo”, pero se quedó solo en eso, en pensamiento. —Te respondo, hijo: sí, el turismo puede impulsar esas grandes obras públicas. ¿Y cómo lo sé? No me lo han contado, lo he visto en otros países. Autopistas, aeropuertos, hoteles, escuelas, hospitales, centros comerciales, todo crece por el efecto impulsador y estabilizador de este nuevo fenómeno, pues comienza a ingresar más dinero en esas regiones donde el Estado ni siquiera se preocupaba por tener presencia.
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12 A LA BOCA DEL LOBO
En las noches que siguieron a la larga conversación que tuvo con don José, a Roberto le costó mucho conciliar el sueño, no podía dejar de pensar que Carla, su hija, había muerto por nada y que en cualquier momento también su hijo, el único que quedaba, podía morir. La incertidumbre martillaba su cerebro y lo agobiaba. ¿Y si lo persuadiera a desertar?, se preguntaba una y otra vez hasta que la idea de convencerlo se le convirtió en una obsesión. ¿Pero cómo? Por ratos además, se martirizaba preguntándose si su actitud era la de un revolucionario o la de un cobarde. Y así pasaba el tiempo. La noche del sábado 12 de setiembre de 1992, una noticia fue transmitida por los medios locales y en cuestión de segundos recorrió el mundo: Abimael Guzmán, alias “Presidente Gonzalo”, el sanguinario y legendario jefe supremo y fundador de Sendero Luminoso, había sido capturado por la policía, y junto a él, un número
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considerable de cabecillas y mandos medios de la organización terrorista. Al día siguiente, Roberto se encontraba angustiado observando los flashes noticiosos de la radio y la televisión: quería saber quién más había sido atrapado y, sobre todo, asegurarse de que su hijo no estaba entre ellos. Alicia, su esposa, también estaba extremadamente nerviosa y se pasó la noche entre rezos. Por la tarde se anunció el mensaje a la nación que daría el presidente Fujimori a las ocho de la noche en señal abierta. Éste recién fue transmitido a las once de la noche pero fue muy hermético, típico de la personalidad del gobernante quien solo dio los detalles que ya se sabían por los noticieros. Durante la presentación apareció Guzmán encerrado en una jaula, su rostro por ratos se mostraba abatido y, en otros, desafiante, portando una enigmática y siniestra mirada. El cansancio y la incertidumbre vencieron a Roberto solo por un par de horas. Esa noche despertó sudoroso y temblando, ahogándose en su angustia. Intentó consolarse pensando que el golpe había sido en Lima, pues su hijo, se suponía que estaba en el norte. Pero la mañana siguiente ya lo tenía decidido: buscaría convencer a su hijo de que abandonara las filas de Sendero Luminoso antes de que fuera demasiado tarde. Para ello iría a contarle todo a su tío José González. Seguro que él, en su sabiduría, sabría decirle cómo actuar y persuadir (llegado el caso) a José Carlos. No se equivocó. —Debemos recuperarlo a como dé lugar —fue la respuesta inmediata y contundente del anciano, quien tuvo cuidado en no hacer preguntas—. Es lo que nos toca hacer. 170
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Roberto se percató de que el veterano hablaba en plural: voluntariamente se estaba sumando a la causa. —Organizaremos el rescate ahora mismo, no perdamos tiempo —dijo el patriarca. —¿Y qué pasará si no quiere regresar? —Regresará, te lo aseguro. Déjamelo a mí. “¿Cómo me lo asegura?”, pensó Roberto con inquietud. —Sé lo que estás pensando, hijo: ¿cómo un anciano como yo te podría ayudar? Pero haz de saber, Roberto, que nosotros los industriales, por razones de seguridad, tenemos informantes que nos comentan dónde operan los terroristas. Y si no me equivoco, José Carlos no está exactamente en las sierras de Otuzco, sino en unos poblados muy remotos que se encuentran ya cerca de la selva, a cuatro días de Trujillo. — ¿Y usted conoce esa zona? Don José se quedó en silencio durante unos segundos. —Sí la conozco, la recorrí bien hace como sesenta años. Y dado que estamos en el Perú, seguro no ha cambiado mucho. Así que vete haciendo la idea de que iremos dos días en bus y camión, más dos días a lomo de bestia, y eso como mínimo. 171
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—Pero tío, hay algo que no estamos considerando: usted no está en condiciones de hacer un viaje tan largo y accidentado. Yo puedo ir solo. —Te equivocas, iremos tú y yo. No puedes ir solo a ese lugar porque en principio, no conoces la zona y porque alguien de tu edad puede resultar muy sospechoso tanto para los terroristas como para los militares, cualquiera te puede matar sin contemplaciones si no tienes una respuesta coherente sobre qué haces allí. Y si no son ellos, serían los narcotraficantes quienes te liquidarían creyendo que eres de la policía secreta o de otra mafia que quiere competir. Esa zona está infestada de criminales con el dedo nerviosamente en el gatillo. En cambio, un viejo como yo no despierta sospechas. —¿Pero qué historia podríamos inventar en un lugar así? —Tú puedes hacerte pasar por un comerciante de ganado que busca una nueva ruta para comercializar sus animales en la costa, y yo sería tu tío loco desahuciado que regresa a su tierra para morir. ¿Quién va a dudar de un anciano de ochenta años que quiere hacer eso? —Tío, la verdad es que no lo sé, yo estoy dispuesto a tomar cualquier riesgo sin pensarlo dos veces, no me importa el peligro, estoy jugado, todo sea por salvar la vida de mi hijo. Pero eso no significa ponerlo en riesgo a usted, que ya me ha ayudado bastante. Usted se expone, le pueden hacer daño o si lo reconocen, lo pueden secuestrar para pedir rescate. ¿Acaso no es así como
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operan estos facinerosos? ¿No secuestran empresarios para pedir dinero? —No se hable más, Roberto. Una vida joven, cualquiera que sea, es muy valiosa para mí y para el país, y más todavía tratándose de José Carlos, hijo de un sobrino tan querido. Roberto no supo qué responder. Lágrimas de gratitud comenzaron a caer lentamente por sus mejillas y solo atinó a coger las manos de don José y presionarlas suavemente; era su manera, algo parca, de agradecer tanto interés por su familia. —Y te diré algo más, Roberto: nadie debe saberlo, nadie; ni siquiera Alicia ni Angelita. Porque a cualquiera se le podría escapar una indiscreción y entonces la vida de tu hijo, la tuya y la mía no valdrían absolutamente nada. No podemos correr ese albur. —Lo que usted diga, tío. Media hora después ya tenían diseñado el plan: más tarde dirían a sus familias que ambos saldrían de pesca durante una semana a Punta Sal, una playa en el norte del país cuyo acceso resultaba muy remoto para cualquiera en esa época y en el que no había servicio de telefonía. Don José le diría a su esposa que la iniciativa era suya porque quería hacer algo por su sobrino, a quien veía muy triste y taciturno desde la muerte de su hija. Incluso había considerado decirle a doña Angelita que quizá no serían siete sino hasta diez días de “vacaciones y pesca” y que harían escala en otras playas cercanas, como Cabo Blanco o Caleta de la
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Cruz, en caso de que necesitaran más tiempo para el rescate. Para ir alquilarían una camioneta pick up y la guardarían en algún garaje en Trujillo: no era recomendable internarse en los Andes en un vehículo de esas características, pues llamaría la atención. Roberto y su tío no llevarían mucha ropa. De hecho, la ropa ligera para la playa se quedaría en la camioneta porque para la sierra conseguirían otra más bien usada y gruesa. Y tampoco llevarían mucho dinero, solo lo suficiente para no despertar sospechas. El resto de los detalles los resolverían en el camino según las circunstancias que se presentaran. Al fin y al cabo, realmente no tenían idea qué les esperaba. Partieron un sábado por la mañana. Antes de salir, el tío y el sobrino escribieron cartas para sus esposas en caso de que no regresaran, se las dejarían en sobres cerrados a Enrique Morachimo para que las entregase, un amigo de mucha confianza del anciano. —Enrique es una persona muy noble y leal, es de lo mejor que tenemos en la empresa, alguien comprobado en las buenas y las malas situaciones —narraba don José mientras conducía la camioneta—. Él es descendiente lejano de un famoso gobernante chimú, pero cuando llegó a mi fábrica hace más de 25 años lo hizo sin zapatos y nos costó muchísimo acostumbrarlo a usarlos. Era un muchacho muy listo para aprender, a los pocos meses no había herramienta o máquina que no desarmara y armara hasta con los ojos cerrados. Como yo veía que era alguien que se esforzaba, lo envié a muchos cursos de perfeccionamiento, incluso en el extranjero. Ahora Morachimo es el jefe de mantenimiento de mi empresa y cuenta con ingenieros de varias especialidades bajo su
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mando, pero sigue siendo la misma persona modesta y tranquila de siempre. Yo, de verdad lo estimo mucho. Ya en las afueras de Trujillo, la camioneta ingresó a la campiña de Moche. Buscaban el restaurante «El Mochica» donde, le dijeron, Morachimo estaría almorzando con un grupo de amigos. Cuando llegaron, el hombre de confianza de don José estaba reunido con unas seis personas más y tomaban cerveza. Roberto y su tío departieron con el grupo durante unos minutos y luego comentaron a Enrique que querían hacerle un encargo en privado: este accedió y salieron los tres a la zona de estacionamiento. Allí le entregaron las cartas. Tres días después, a las seis y veinte de la mañana, don José y Roberto abordaron el ómnibus de «Expresso Huamachuco» que los llevaría a ese lugar a través de un largo y polvoriento camino. El patriarca González se sorprendía pensando en cuánto de todo eso había olvidado. Muertos de cansancio, polvorientos y algo asorochados por la altura, descendieron del vehículo a las cuatro de la tarde en la plaza principal de la ciudad, un lugar frío y desierto donde solo uno que otro árbol subsistía a esa altura de más de tres mil metros sobre el nivel del mar. Para calentarse tomaron un típico caldo de gallina en un restaurante y caminaron algo por los alrededores. En un momento dado se detuvieron en las «Cinco esquinas», un conocido lugar en la zona. —Hace más de quinientos años, Pachacútec y su hijo Túpac Yupanqui, conquistadores del reino del Gran Huamachuco, conferenciaron cerca de aquí con el jefe de este reino, para acordar los
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términos de la asimilación de sus territorios al imperio inca —dijo don José. Caminaron unos cuantos pasos más y volvió a hablar. Era impresionante ver la vitalidad del viejo a pesar de los trajines. —Y en una de estas casas, el libertador de América, Simón Bolívar, preparó sus planes para las batallas finales por la independencia, siempre acompañado de su secretario, el huamachuquino José Faustino Sánchez Carrión. Minutos más tarde, el anciano comenzó a hacer preguntas a los lugareños: quería saber cómo podían llegar a El Pallar. La única forma, le dijeron, era viajando en camiones de carga. A las cinco de la mañana del día siguiente, Roberto y el anciano se dirigieron al mercado principal, desde donde partían los camiones. Ambos estaban vestidos con chaquetas gruesas, bufandas, ponchos, sombreros y portaban dos pequeños maletines de viaje. Rápidamente identificaron el vehículo que los llevaría a su destino, sobre la cabina llevaba una inscripción que decía: “El rey de las curvas”, y en la parte trasera, un lema que rezaba: “Más vale una chola conocida que una gringa con sida”. Eso los hizo sonreír. Por primera vez en mucho tiempo Roberto se sentía complacido y útil: quizá sentía que al fin estaba haciendo algo por salvar a su hijo. En la tolva el camión llevaba cilindros de combustible, cajas de cerveza, sacos de arroz, animales de corral y a otras personas.
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Algunos viajaron sentados sobre cajas de aceite, otros, aferrados del larguero central que servía como base de la carpa que protegía de la lluvia constante en esa época del año. Las incontables curvas, ascensos y descensos del camino, y el traqueteo permanente del camión a consecuencia del camino “encalaminado”, hicieron recordar a don José su primer viaje a la sierra: con cierta nostalgia, fue reconociendo los lugares del trayecto y pensaba en lo curiosa que había sido la vida que había vivido. No podía menos que comparar, sonriendo, ese camión destartalado con los compartimientos de primera clase de los aviones trasatlánticos en los que ahora solía viajar con frecuencia, así como tampoco evitar contrastar el hostal que compartieron la noche anterior y que costó el equivalente a seis dólares, con un «cinco estrellas» de los que utilizaba en sus viajes. “Qué diferentes son las calles de Huamachuco a las de Vancouver, Johannesburgo o Tokio. Sin embargo, no puedo dejar de reconocer un encanto indescriptible en estos parajes”, pensaba en esos momentos. Roberto, por su parte, reflexionaba sobre todas las posibilidades que tendría cuando se encontrara frente a frente con su hijo. ¿Cómo lo encontraría? ¿Aceptaría reunirse con ellos? ¿Lo escucharía? ¿Abandonar Sendero Luminoso sería tan simple como solo desertar? ¿O tendrían que resignarse a algo mucho más grave y fuerte? Pero lo principal: ¿Tendría él como padre, argumentos sólidos para convencerlo de regresar con ellos a Trujillo? “La última vez que recibí una carta suya no llevaba lugar de emisión. Allí, con un estilo muy lacónico, me decía que estaba
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trabajando directamente con los “empresarios”, esa era su forma de indicarme que ahora era miembro de los mandos medios o superiores de la célula terrorista”, pensó. Los dos hombres estaban en esas cavilaciones cuando el camión se detuvo en Yanasara para descargar sacos de arroz y azúcar, así como dejar que los pasajeros almorzaran. Don José no tenía hambre pero igual bajó para estirar las piernas y recorrer el pueblo. Así fue como llegó ante el local de la «Cooperativa Agraria de Producción Túpac Amaru». La fachada, por un instante, le pareció familiar. Luego pudo saber por qué: el lugar era la antigua casa-hacienda de Pancho Pinillos, alguna vez todopoderoso terrateniente de la región que solía vestir sombrero blanco de ala ancha y poncho de vicuña marrón claro, y andar montado sobre un caballo bayo. De todas las cosas que se comentaban de ese hombre elegante (y soltero en ese entonces cuando lo conoció), había una que todavía retumbaba en su mente: sus propiedades eran tan vastas (merced a herencias sucesivas que se remontaban hasta la época colonial), que se necesitaban semanas enteras para recorrerlas. —Casi podría decirse que su familia era dueña de un pequeño país dentro del Perú —murmuró el viejo. Y luego sonrió recordando las palabras del obispo sudafricano Desmond Tutu, Nobel de la Paz, que hacían referencia al supuesto carácter “evangelizador” que se atribuyeron los colonos europeos cuando llegaron a nuevos continentes: “Nosotros, los indígenas,
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éramos dueños de estas tierras, y un día llegó el hombre blanco con la Biblia en la mano y nos dijo: “Cerremos los ojos para orar”, y así lo hicimos y, cuando abrimos los ojos, nosotros teníamos la Biblia y ellos tenían las tierras”. Ahora la casa-hacienda era un inmenso recinto desvencijado, la mitad ocupada por oficinas de la cooperativa, y la otra mitad derruido a raíz de un atentado terrorista. “Debo haber estado aquí hace más de 55 años”, reflexionaba el anciano. “Yo no llegaba a los 25 años de edad cuando la Northern, cesó sus actividades por algunos meses. Eso ocurrió antes de que yo conociera a Angelita. ¿Y por qué se detuvo la empresa? ¿Fue porque empezó la Segunda Guerra Mundial? No, no recuerdo. Pero lo que sí no puedo olvidar es que tuve que buscar un trabajo provisional y lo conseguí también por estos lares”. La Northern era la empresa minera norteamericana en la que estaba empleado don José en aquel entonces. —Roberto, ¿las palmeras pueden crecer en esta parte de los Andes? —le preguntó a su sobrino, quien le dio alcance tras almorzar el único plato que se servía en el restaurante: en esos pueblos no existían la sofisticación de comer “a la carta”. —Sí, sí pueden crecer. Estamos en lo que se llama un «temple», es decir, un espacio bordeado por cerros altos que modifican su clima por uno más moderado precisamente porque lo “encajonan”. ¿Por qué la pregunta, tío?
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—Porque recuerdo que esta hacienda me impresionó por su majestuosidad en su época de oro, con una gran residencia pintada de blanco y con techos de teja roja y grandes palmeras y pavos reales en sus jardines. La casa todavía está, aunque no la han reparado ni la han pintado en el último medio siglo, pero no puedo evitar echar de menos las palmeras y los matojos de buganvilias rojas que colgaban de las paredes blancas y hacían un bonito contraste. —Puede que sus recuerdos lo engañen, tío, o que efectivamente esas plantas murieron por descuido. —Murieron, sobrino —comentó don José, convencido—, murieron como lo hicieron en otras haciendas del Perú. Esos árboles murieron porque nadie se preocupó en cuidarlos o porque los tumbaron para leña. Murieron como esos sementales de ganado fino importados para reproducción que pastaban en las laderas y que de seguro, un buen día los cooperativistas decidieron sacrificar para comérselos. Roberto no supo qué decir ante eso. No sabía si era una crítica o el reconocimiento de una triste realidad. Solo atinó a volver la mirada y ver, a la distancia, que los pasajeros otra vez estaban subiendo a la tolva. —Regresemos, tío, el camión ya está por salir.
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*** La salida de Yanasara fue más de lo mismo: escenas de campos de cultivo mal conservados y ganado casi inexistente, y un zarandeo interminable que llevó a Roberto a preocuparse por la salud de su tío, pues un movimiento así es capaz de agotar los músculos y huesos del individuo más fornido. Pero don José, pese a que por instantes se frotaba las piernas que amenazaban con engarrotarse, no se quejó nunca. De hecho, él se distraía pensando en lo que acababa de presenciar. “Qué error tan grande fue implementar la Reforma Agraria de la forma como se realizó; con las mejores intenciones se hizo mucho daño a quienes se trataba de favorecer. La historia juzgará al general Velasco Alvarado como un gobernante voluntarioso pero trágicamente equivocado con sus políticas socialistas, que frenaron el progreso e hicieron retroceder al país; donde antes había algo de orden y productividad hoy solo queda caos, abandono y desolación. El general quiso quebrar el espinazo del gamonalismo nacional y lo logró, pero con ello también afectó económicamente a por lo menos dos generaciones de peruanos. Y sí, claro que el gamonalismo era un sistema dañino y abusivo, pero en este caso el remedio no resultó mejor que la enfermedad”. Como es frecuente en la sierra peruana, de improviso cayó un aguacero que obligó al conductor y a su ayudante a colocar apuradamente una carpa en la tolva. A partir de ese momento, el
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golpeteo de la lluvia sobre la lona y el ambiente abrigado arrulló a los viajeros, quienes se acomodaron como pudieron para dormir sobre la carga. En una de las tantas paradas que hizo el camión subió un nuevo grupo de pasajeros: uno de ellos era un hombre de aproximadamente veinticinco años, robusto, de aspecto costeño y mirada esquiva. Quizá no hubiera llamado tanto la atención de no ser por su obstinación en permanecer alejado del resto de personas y porque no mostraba mayor interés en conversar con nadie. Era probable que él también, al igual que don José y Roberto, pensara que familiarizarse con alguien representaba en ese lugar un peligro. Por otro lado, el ruido del motor del camión y las sacudidas que producía el camino de trocha no permitía más cortesías que una sonrisa o inclinaciones de cabeza en señal de saludo. Aun así, Roberto tenía una corazonada: pensaba que ese sujeto, de algún modo, podía llevarlos a donde estaba su hijo. “O es terrorista o es miembro de la policía secreta, pero su discreción deja entrever que sabe cómo funcionan las cosas por aquí”, pensaba. Tras casi diez horas de haber partido de Huamachuco, Roberto estuvo a punto de hablarle pero, de pronto, el camión se detuvo en seco. Cuando todos los pasajeros sacaron la cabeza para ver qué había ocurrido, vieron a seis muchachos (hombres y mujeres que no llegaban a los veinte años de edad), equipados con armas automáticas y que apuntaban hacia el vehículo. Exigían el pago del «cupo revolucionario para la guerra popular». Prácticamente ya estaban en «zona roja». 182
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Todos los pasajeros tuvieron que bajar del camión por orden de los terroristas. Estos inspeccionaron primero la tolva y luego registraron brevemente a cada uno de los pasajeros. Roberto, don José y los demás tuvieron que buscar en sus bolsillos y dejar un billete de veinte o cincuenta soles en la bolsa que uno de los mozalbetes llevaba en la mano. Luego tuvieron que mostrar sus identificaciones personales y finalmente respondieron a las preguntas de rutina que se les hicieron. Allí, por primera vez, el tío y el sobrino pusieron a prueba su historia del ganadero y el pariente loco. Funcionó. Quince minutos después del primer encuentro con los senderistas, el vehículo ingresó a El Pallar, un remoto caserío de apenas ocho o diez casas. A don José le costó mucho trabajo descender de la tolva del camión; sus piernas se habían entumecido por completo. Fue Roberto quien tuvo que cargarlo sobre la espalda y ayudarlo. A partir de ese momento debían conseguir caballos que los llevarían a un pueblo mucho más lejano aún. *** —Ya no alquilamos nada —contestó de manera cortante una anciana, ella sentada en cuclillas al pie de un arroyo, lavaba ropa golpeándola contra las piedras. Roberto y don José se miraron, desconcertados. No había otra forma de llegar hasta Santa Elena. 183
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—Es una emergencia, señora —dijo Roberto mientras se acercaba a la dama y, en voz baja, susurraba—: Mi tío se encuentra desahuciado y se dirige a Marcabal para morir en su tierra. La anciana volteó su curtido rostro y observó al veterano quien ahora, después de semejante viaje desde la ciudad, se veía mucho más avejentado; la mujer preguntó: —¿Y cómo se llama el señor? —José —contestó el anciano que escuchó la pregunta—, me llamo José Alegría. Se hizo una pausa larga. La señora estaba intentando hacer memoria. —Alegría, Alegría… ¿Y quién de los Alegría es usted? —volvió a preguntar. —Soy el hijo de don Cornelio. Yo dejé la hacienda cuando era un niño para estudiar en Trujillo. “¿Alegría? ¿De dónde sacó don José ese apellido?”, pensó Roberto, percatándose al instante de que se trataba de una treta del anciano. Pero calló. Luego se enteraría de que Cornelio era un nombre inventado y que Alegría era el apellido de los antiguos propietarios de la hacienda Marcabal. El patriarca González lo sabía porque en su juventud había pasado varias semanas laborando en ella. 184
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—¿Don Cornelio? Creo recordar pero… ¿cuál de ellos será, pues? ¡Es que eran tantos! —dijo la anciana pero eso fue suficiente para doblegar su voluntad—. Bueno, en todo caso deben saber que solo alquilamos animales hasta Santa Elena, y siempre con un “repuntero”. De un tiempo a esta parte ya no alquilamos bestias así nomás porque hay muchos ladrones y abigeos. —Entendemos, señora —contestó Roberto. —Serán treinta soles por los dos caballos, incluida la posada de esta noche y el regreso. —¿Y nos esperarán con los caballos en Santa Elena? —replicó don José. —No, el repuntero volverá con ellos. Aquella noche, los visitantes durmieron en el suelo, sobre esteras cubiertas con pieles de vaca, en la sala de la pequeña casa de la señora. Debido al frío y por el poco equipaje que llevaban solo se quitaron sombreros y zapatos. Roberto hizo almohadas con unas toallas dobladas que sacó de su maletín. Dos personas más habitaban en la modesta vivienda: Juano y Baltazar, nietos de la anciana, de unos 18 y 20 años de edad respectivamente. Juano los acompañaría al día siguiente. Él era el repuntero. Al despertar, los caballos ya estaban aperados y ensillados. Juano, vestido con sombrero y poncho y con una alforja al hombro, los esperaba. Para el viejo y Roberto ese sería su tercer día 185
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de viaje. A ratos seguían el Qhapaq Ñan o Camino Real Inca que todavía se conserva en buen estado pese a los siglos transcurridos desde su construcción, por momentos el sendero se volvía muy estrecho y solo podían ir de uno en uno, por lo general en precipicios que desafiaban el vértigo. Cientos de metros más abajo, algunas casitas se veían pequeñísimas. Por instantes el tío y el sobrino creyeron desbarrancarse, en concreto cuando el pescuezo de los animales, al dar una curva cerrada, sobresalía en el vacío, lo que daba la sensación de estar en el aire. También varias veces tuvieron que detenerse para descansar y comer algún alimento, como la “cancha con chicharrón”, maíz tostado con pequeños trozos fritos de cerdo, manzanas y un poco de agua de arroyo. Sus necesidades fisiológicas las hacían en el campo, al aire libre, “como en los viejos tiempos”, pensaba el anciano. Por lo demás, Juano conocía su oficio: no se perdía en los innumerables ascensos y descensos, en las curvas y contra curvas, en las quebradas y los desfiladeros. Ni siquiera la lluvia los demoraba. Debían llegar al poblado más próximo, Santa Elena, cuando el sol ya estuviera por ocultarse. “Qué bárbaro”, pensaba Roberto, “todo el día hemos cabalgado para llegar a otro pueblo. Cuán quebrada y difícil es nuestra sierra. En línea recta no debemos estar ni siquiera a doscientos kilómetros de Trujillo; en avión esta ruta se haría en menos de media hora”. Cerca de las siete de la noche llegaron por fin a Santa Elena, un poblado de cuarenta habitantes y ochenta perros, como comentó
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con ironía el anciano en referencia a la alborotada jauría que les dio la bienvenida. Desde allí deberían partir al día siguiente hacia Marcabal. Juano los llevó donde Santos, el dueño de la bodega mejor surtida del lugar, pero nadie les quiso alquilar ni vender caballos y don José prefirió no decir ninguna mentira que los pudiera poner en peligro. —En un pueblo donde faltan paredes para pintar la hoz y el martillo, es conveniente manejarse con cuidado—, le dijo a Roberto. Al final lo único que convenció a los pueblerinos fue el viejo argumento: el dinero contante y sonante. Pero los comerciantes se aprovecharon, pidieron tres veces su verdadero valor. La única condición de los indignados visitantes fue que les dejaran elegir los animales. Don José fue quien pagó. Esa noche, él y Roberto durmieron sobre hamacas. Al día siguiente, el sol ya estaba alto cuando reiniciaron su camino. Perdieron mucho tiempo con los vendedores de caballos, quienes escondieron los mejores ejemplares, y porque nadie quiso servirles de guía a ningún precio; esa negativa les hizo pensar que estaban en lo correcto al sospechar que Marcabal era el centro de operaciones de las brigadas nororientales de Sendero Luminoso. Juano, apiadándose un tanto de los viajeros, trazó un improvisado mapa de la ruta sobre un papel. Ya en la tarde, el dúo se detuvo en las ruinas de lo que fue un tambo inca y almorzó pan con pescado de una conserva (adquirida a precio de oro) y bebieron limonada de una abollada cantimplora. Luego los hombres extendieron sus ponchos y se recostaron para dormir una siesta, dar respiro a sus
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doloridos traseros y hacer descansar a los caballos. Media hora más tarde volvieron a iniciar el ascenso. La única novedad en todo ese tiempo fue haberse cruzado con dos pastores que fingieron no conocer el castellano para no tener que darles ninguna información. Pero de seguro eso significaba algo. Los viajeros esperaban ser detenidos en cualquier momento por los alzados en armas.
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13 DECISIONES EN MARCABAL
Al fin don José y Roberto hicieron su aparición en las afueras del caserío en medio de una porfiada lluvia. Sucios y empapados se acercaron a la casa hacienda ubicada en la parte alta de un promontorio batido por el viento, desde donde se podían apreciar extensas tierras de cultivo abandonadas. En la fachada de la residencia, casi de color barro por las filtraciones de lluvia entre las tejas, con dificultad se leía: Cooperativa Agraria de Producción Marcabal Grande. Eran ya las seis de la tarde y el agonizante sol, sin embargo, todavía no terminaba de ocultarse. No había un alma en las calles. Por la tensión del momento daba la impresión de que furtivos rostros husmeaban y desaparecían por las rendijas de las casuchas de los alrededores. —Nadie ha salido a nuestro encuentro. ¿Será una emboscada? —dijo Roberto algo nervioso a su tío mientras lo ayudaba a desmontar del caballo.
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Ya estaban bajo el dintel del portón principal de la casona y, en efecto, solo los recibía un silencio inquietante. Parecía que ni los perros se atrevían a ladrar. En el interior se escuchaba tenuemente el tamborileo propio de una vieja máquina de escribir. —¡Buenas tardes! —gritó don José esperando una reacción cualquiera. El repiqueteo cesó. —¿Quién es? —dijo una voz femenina con una lánguida entonación. Por la manera como sonaba, parecía provenir desde la sala de la residencia principal. —¡Forasteros que buscan información y posada! —contestó Roberto. Una figura, definitivamente de otra época, hizo su aparición. Caminaba lentamente. Era una mujer de mediana altura, delgada, algo encorvada pero aún fuerte, con los cabellos blancos como la nieve, peinados con raya al medio y trenzas. Su rostro sonrosado, aunque cubierto de arrugas, mostraba rasgos muy finos. Vestía de negro y su aspecto, por muy patético que fuese, no era descuidado. Roberto le calculó unos setenta y cinco años de edad. —¿En qué puedo servirles, caballeros? —dijo la dama en tono cordial y educado. 190
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Al principio los dos hombres no supieron qué decir. Estaban confundidos, pues esperaban otro recibimiento: que alguien se les acercara violentamente, los retuviera, maniatara y a empellones los condujera ante individuos con la barba crecida y ropas de combate. La anciana, que notó el desconcierto de los visitantes, agregó: —Mi nombre es Rosalinda Alegría y soy la encargada de esta casa. Por un instante los ojos de la anciana se detuvieron en don José y pareció haber notado la turbación que produjo en él. Pero no le dio importancia y volvió a preguntar: —¿Hay algo que pueda hacer por ustedes? —Sí, señora —dijo Roberto—. Mi tío y yo necesitamos alojamiento y pensión por unos días. Queremos explorar la posibilidad de arrear ganado del Marañón a El Pallar. Nos quedaremos solo unos días, dos o tal vez tres. Bruscamente la conversación fue interrumpida por el apurado galope de un jinete que, a gran velocidad, frenó y caracoleó abruptamente frente a la puerta. El caballo jadeante y completamente empapado por su transpiración y la lluvia temblaba con nerviosismo mientras su pelambre humeaba. El hombre, barbado y con el cabello largo, desmontó y se acercó con prisa a los recién llegados, a quienes llevó hacia un lado casi con rudeza. Sacándose el sombrero y en voz baja, susurró: 191
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—Papá, tío, ¿qué ha pasado? ¿Está bien mi madre? —dijo José Carlos. Roberto y don José no dieron crédito a sus ojos. Súbitamente allí estaba, en carne y hueso, su hijo el alzado en armas. —Sí, hijo, ella está bien, todos estamos bien —respondió Roberto aún sorprendido. —¿Entonces qué locura es ésta? ¿Qué diablos hacen aquí? Roberto miró a la señora, quien se alejó de manera discreta al ver esa escena e ingresó a la casa luego de unos segundos. —Hijo, tenemos que hablar, es urgente —y, mirando al viejo con cara de culpable, murmuró—: Tu tío también quiso venir, insistió en ello. José Carlos, por toda respuesta, los cogió del brazo y los condujo hacia la residencia. Una vez que entraron, los forasteros pudieron comprobar lo inmensa y oscura que era la sala. “Definitivamente este lugar debe haber visto muchos y mejores días, y los asientos, por su factura ordinaria, no pueden ser los muebles originales”, pensó don José. No bien tomaron asiento, Roberto miró a todos lados para asegurarse de que realmente estuvieran solos. Le llamaba la atención que su hijo se moviera con familiaridad dentro de esa casa ajena. —José Carlos, ¿cómo supiste que llegábamos?
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—Por un camarada que llegó al mediodía —respondió—. Él me dio sus nombres como sospechosos. Viajó con ustedes en el camión desde Huamachuco y los vio bajar en El Pallar. Él continuó hasta Sartín y de allí tomó un camino más rápido hasta Marcabal. Aquí pasó la noche y se fue a Collona esta mañana. Roberto y su tío se miraron incrédulos. “¿Quién de todos los pasajeros habría sido el infiltrado? ¿Escucharía la conversación entre los cobradores del cupo y el tío? Si lo escuchó, estamos jodidos”, pensó Roberto. —Tío, creo que mejor le contamos a José Carlos lo que dijimos cuando nos detuvieron esos hombres armados. —Sí, tienes razón, Roberto —dijo don José, y dirigiéndose a su sobrino-nieto, agregó—: Antes de que te contemos para qué hemos venido, creo que debes saber esto: cuando tus «colegas», esos muchachos armados que cobran cupos, revisaron mis papeles, uno me miró con fijeza y me preguntó “José González Saldaña, ¿algo que ver con las industrias?”. Obviamente yo me negué. Le dije: “Ya quisiera que así fuera. Quizá seamos parientes, pero yo soy de los González pobres, de los que viajan en camión. Y Saldañas, ufff… también los hay por montón”. El tipo sonrió ante mi respuesta y me devolvió mi identificación. Yo pienso que él, por lo menos, sí me creyó. —Pues sí puede ser peligroso —respondió José Carlos—. Aunque no recuerdo haber dicho a nadie en el campamento que somos parientes.
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—¿Y dónde están los demás «compañeros», José Carlos? ¿Dónde está tu campamento? ¿Y cómo es que puedes decidir quién entra y sale de esta casa? —preguntó Roberto, ansioso por hablarle de la necesidad de su deserción, tratando de cerciorarse de que no los escuchara nadie más. El hombre notó la aprensión de su padre. Lo miró como escrutándolo y luego a su tío abuelo. —¿Qué hay detrás de todo esto, tío? —preguntó a bocajarro a don José. —No pienses nada malo, hijo, no puedes dudar de nosotros. —¿Los han “cableado” los perros esos? —dijo José Carlos con frialdad. Ante los rostros desconcertados de su padre y de su anciano tío, aclaró: —¿Los milicos les han montado un sofisticado aparato de radio para que detecten nuestras posiciones y nos bombardeen? —¡No, hijo, no! ¡Cómo crees! ¡Dijimos que nosotros nunca diríamos nada y hemos cumplido! —explicó Roberto con cierta angustia. Sentía que estaba desconociendo a su hijo. 194
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—Nosotros nunca nos prestaríamos a algo como eso —intervino el anciano también con sequedad y hasta con reprobación—. Nunca haríamos daño a alguien de nuestra familia. “Lo que dice el viejo debe ser cierto, lo conozco bien como para algo así, es muy testarudo con eso de sus principios morales. Además, los militares maricones ya saben dónde estamos: lo que pasa es que no se atreven a atacarnos”, reflexionó el senderista. Entonces, ante el asombro de sus mayores, José Carlos se levantó del asiento, desconectó el walkie-talkie que llevaba colgado en la cintura, se dirigió hacia la mesa y garabateó algo sobre un papel. Luego regresó y lo mostró con impasividad: ¿Me dan su palabra de honor de que nadie los ha obligado a venir? Contesten solo por escrito. Les alcanzó el papel y el lápiz: Por supuesto que no. Lo juro por Carla, tu hermana, escribió su padre. Cuando José Carlos leyó la respuesta, los ojos se le humedecieron. Don José aprovechó para arrebatarle el papel y escribir algo al dorso. Luego se lo mostró: ¿Estás seguro de que podemos hablar aquí? —Sí, aquí no hay nadie, con excepción de la anciana que ya ha subido a su habitación y los vigías que se encuentran en la parte alta de la casa, en la azotea del tercer nivel —respondió el joven en voz queda. 195
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—¿Y quién vive en los alrededores?, volvió a preguntar el anciano. —Solo dos familias de campesinos, muy pacíficos por lo demás. Luego de esto, José Carlos esbozó una sonrisa triste y les dijo que ya podían hablar con normalidad. Y para darles más confianza (porque los veía recelosos y asustados) comenzó a dar detalles sobre la base. —El campamento de Sendero Luminoso está en Collona, a mediodía a caballo desde aquí, hacia el noreste. Marcabal solo es un puesto de vigilancia y los vigías ya sabían de su llegada; les avisé hace algunas horas y solo por eso no los interceptaron antes. Y la anciana Alegría es la última superviviente de la familia que fue propietaria de estas tierras. Se negó a abandonar su casa cuando sus hermanos y trabajadores huyeron. Es una señora que lee mucho y simpatiza con nuestra causa. A veces parece algo enajenada pero yo creo que es porque habla poco, lee mucho y por ello se confunde. La residencia y la mayor parte de las casuchas de los alrededores están abandonadas y en muy pocas oportunidades las utilizamos. —Yo conozco a esa dama —dijo don José con cierta turbación—. Aunque no la había visto en casi sesenta años. No sé si ella me ha reconocido o si sabe que ahora soy industrial. José Carlos dio un respingo. Roberto parpadeó insistentemente: era su tic nervioso de nuevo.
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El anciano continuó: —Rosalinda era una mujer maravillosa y muy hermosa cuando jóvenes. Solíamos conversar mucho. Creo que se enamoró, tuvo compasión o sintió una mezcla de ambos sentimientos por mí; pero yo no quería enamorarme de ella, tuve miedo, en aquel entonces esa mujer era mucho para mí, las distancias sociales eran inmensas, me resultaba inalcanzable. Después regresé a Samne y me olvidé de su existencia porque nunca más supe de ella. Incluso pensé que había muerto durante la expropiación… En esos momentos la mujer, en su descuidada habitación rodeada de decenas de libros viejos y ropas arrojadas por distintos lugares, leía o intentaba leer el último manifiesto del Presidente Gonzalo. Sin embargo, su mente parecía estar en otro sitio y una leve sonrisa adornaba su enjuto y pálido rostro. *** El camarada Raúl, superior de José Carlos, recibió la confirmación esa misma tarde: los dos sujetos que habían llegado a Marcabal eran los familiares del joven líder. Peor aún, los miembros de inteligencia de la cúpula senderista había detectado que ese anciano rengo que se había presentado primero como un González y luego como un Alegría durante el viaje, era en realidad, el industrial José González, uno de los hombres más poderosos y ricos del norte del país. Si lograban apresarlo era posible canjearlo por un cuantioso rescate y, dentro de sus delirios, hasta por el mismo Abimael Guzmán. Raúl sospechó algo cuando supo que José Carlos se había
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puesto nervioso al enterarse de la descripción física de los dos desconocidos, y las sospechas crecieron cuando, con el pretexto de inspeccionar los puestos de vigilancia, había solicitado permiso para dirigirse con prisa hacia Marcabal. —No me cuesta mucho adivinar por qué habrán venido —le dijo Raúl a uno de sus lugartenientes—. Quieren al camarada “Rodrigo” (el nombre de combate de José Carlos). Quizá el ejército ya detectó dónde estamos y quieren salvarlo antes de que lleguen los soldados. —¿Pero usted cree que él acepte abandonarnos sin pelear? Mire que ha sido un militante cabal todo este tiempo y no será fácil convencerlo —respondió el otro subversivo. —No lo sé la verdad, pero por lo menos intentará que sus parientes regresen y debemos evitar que eso ocurra —dijo para luego volverse donde otros tres sujetos armados—. ¡Camaradas Adolfo, Jorge y Armando, preparen todo, nos vamos en estos momentos hacia Marcabal! Y luego, con un tono de voz más bajo, agregó: —Y si ven a Rodrigo en actitudes sospechosas o intentando escapar, disparen a matar. Si no está con nosotros, no puede quedar vivo por todo lo que sabe de la organización. El camarada Raúl era conocido dentro del grupo por sus intuiciones, dos veces antes había sido capaz de detectar a delatores en
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las filas senderistas y los había hecho torturar. Y en otro momento había sido capaz de jalar el gatillo cuando su novia de muchos años, terrorista como él, le dijo que abandonaba la causa porque estaba embarazada y no podía tener a su hijo en ese estado de incertidumbre y violencia. El mismo Raúl, además, tenía una historia personal que no lo dejaba tranquilo: era el hijo único del almirante Augusto Martorel que, precisamente por esos caprichos del destino, se encontraba en esos momentos a cargo de la división antiterrorismo. El almirante, cierto día en que apareció en televisión, no pudo evitar que la perspicaz conductora le preguntase por su hijo rebelde y en esa situación, al militar no le quedó más remedio que enviarle al senderista unas conmovedoras palabras que todavía resonaban en su mente: “Querido hijo, tú sabes que he jurado lealtad a nuestro país hasta el final, y como tal tengo el deber y la obligación moral de destruir el infame movimiento que tú has abrazado. Por eso, desde aquí, invoco y te ruego que entregues tus armas. No lo hagas solo por mí, sino también por tu abrumada madre, que ya comprenderás cómo se siente. Y por favor (y en este punto el hombre de armas se quebró y lloró ante los miles de televidentes de esa noche), por favor, si algún día llega a suceder, Dios no lo quiera, y nos encontramos frente a frente, dispara tú primero. No lo dudes”. Alberto Martorel (ese era el nombre real del camarada Raúl), interrumpió sus recuerdos y cogió el arma automática que reposaba sobre la mesa y se guardó unas cuantas municiones en el bolsillo del pantalón.
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“Rodrigo solo lleva una Magnum 44. Nosotros cuatro tenemos automáticas y los vigías de la residencia también tienen ametralladoras, con eso será suficiente”, pensó mientras se aseguraba las botas de campaña. —¡Vamos, no perdamos tiempo! —dijo a sus hombres y salió raudo por la puerta hacia la oscuridad y el frío. *** —Hemos venido para rogarte que vengas con nosotros —dijo Roberto—. Sendero Luminoso ya no tiene líder y ahora sabes que no vale la pena morir por una causa perdida e incierta. José Carlos se puso de pie de inmediato. Los miraba con una mezcla de ofuscación y odio. —¿Es en serio? ¿Han venido hasta aquí para decirme algo así? ¿Han arriesgado sus vidas para perder el tiempo de esa manera? ¡No, yo no voy a ningún sitio hasta que nuestra causa triunfe! Este es un caso de victoria o muerte y creí que así lo entendías, papá. —Lo sé hijo, creí entenderlo y de tener tu edad, puedes estar seguro que yo también estaría en esta zona. Sin embargo, algunos hechos recientes han puesto en duda el propósito de nuestra revolución. —¿A qué te refieres? ¿A la captura del Presidente Gonzalo? ¿Cómo puedes creer que algo así detendría nuestra revolución? Lo
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que ha sucedido es solo un accidente y nuestra lucha continúa con él o sin él. Nuestro movimiento sigue creciendo día a día, seguimos ganando la guerra. —Eso es lo que los periódicos y las revistas clandestinas dicen —agregó Roberto. —¿Y tú a quién le crees ahora? —Pregunta molesto José Carlos a su padre—: ¿A las mentiras de la prensa reaccionaria? Don José, aclarándose la garganta, interrumpió. —Tu padre tiene razón, José Carlos, y estoy seguro de que tú también la tienes al afirmar que no crees lo que publican los medios de comunicación de derecha. George Bernard Shaw solía decir: “la lectura hizo de Don Quijote un caballero: creer lo que leía es lo que lo enloqueció”. Por lo mismo, evitemos hablar de lo que se publica con tanta irresponsabilidad: analicemos los hechos concretos, las realidades comprobadas. —Tío, con todo el respeto y cariño que te tengo, permíteme que dude de tus razonamientos. Tú no sufres los problemas de los pobres y, por lo tanto, tu mentalidad burguesa te lleva a conclusiones distintas por desconocimiento de las premisas básicas. La gente como tú cree que piensa, pero en realidad, solo reordena sus prejuicios. —Pero has de saber, José Carlos, que no toda mi vida fui rico, y que, por el contrario, mi pobreza fue mucho más dramática que
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la de tus colegas. No niego lo que has dicho sobre cómo muchos creemos que pensamos. Pero a eso quiero ir: hacia analizar los hechos despojados de prejuicios y estereotipos. —Tío, pensé que esta sería una conversación solo con mi padre… —Escúchanos, no te hará daño… siquiera porque hemos venido hasta este lugar desde tan lejos —zanjó don José—. El mundo de hoy es diferente al de ayer, y más diferente aún al que era cuando decidiste tomar las armas. La Guerra Fría ha terminado, no existe más la Unión Soviética, el socialismo nunca funcionó: son situaciones de las que nuestro país no se puede aislar. Hay una revolución tecnológica en marcha que está haciendo nuestro mundo más transparente, para bien o para mal, y entonces necesitamos entender esas tendencias y armonizar con ellas no solo de forma personal sino también colectivamente. —Tío, lo que se ha derrumbado es un régimen, o a lo mucho una forma de gobernar, no el socialismo en sí. —Sí, eso fue lo que me dijo tu padre en algún momento. Pero solo respóndenos esto: ¿Crees que es inteligente nadar contra la corriente y seguir una ideología que por más idealista que fuera, no condujo a nada más que a la destrucción de las esperanzas de muchos pueblos y a su ruina económica? ¿No es eso una forma de arrogancia? Recuerda lo que dijo Gorbachov, el expresidente de la Unión Soviética: “Creímos por mucho tiempo tener la razón, el monopolio de la verdad. Pero la realidad nos mostró lo errados que estábamos”.
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—Que yo tomara las armas y pasara a la clandestinidad no me lleva a ignorar lo que pasa en el mundo, a través de radios de onda corta estamos enterados de lo que está sucediendo y de lo que comentan traidores como los que mencionas —dijo José Carlos—. Nuestra guerra, por si aún no te ha quedado claro, no es por una ideología entre Oriente y Occidente: es una lucha entre la mayoría oprimida y una minoría parásita y explotadora, entre los pobres y los ricos del mundo. Sin inmutarse en lo más mínimo el anciano continuó: —Otra vez tienes razón, José Carlos, la tensión no es más entre el Este y el Oeste, sino entre el Sur pobre contra el Norte rico. Y esta situación de enfrentamiento continuará, sí, pero desde otra modalidad y otras armas. Los humanos somos imperfectos y los sistemas que diseñamos también lo son, pues siempre son susceptibles de mejora; tal como nadie tiene la razón para siempre. Mira que yo no te digo que todo tiempo pasado fue mejor, al contrario, te digo que todo es cambiante y continuará así. Por lo mismo, hay que identificar esos cambios, esos vientos, y ver hacia dónde nos llevan y adecuarnos, no luchar contra ellos. Seamos humildes, somos demasiado pequeños para pretender cambiar el curso de la historia mundial. —Lo que dices significa abandonar nuestra noble causa, nuestra lucha y dejar que los poderosos abusen de los débiles por siempre. No, tío, eso es de cobardes y así no vale la pena vivir. No me pidas que acepte para siempre el abuso, la corrupción, el acomodo.
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Roberto solo observaba como un atado de nervios. Por un momento, al ver las gesticulaciones que hacían ambos hombres mientras conversaban, sintió que lo peor estaba sucediendo, ya que el diálogo empezaba a llegar a un punto muerto. —¡No, al contrario, no dejemos de luchar nunca! —respondió don José—. Lo que te propongo es precisamente que pensemos sobre cómo luchar, dónde o contra quién. Y lo más importante ¡Cómo ganar! Porque tenemos que ganar, ¿Cierto? Luchar por el solo hecho de luchar es perder el tiempo y la vida por nada. Yo lucho cuando estoy convencido de que voy a ganar. Lo contrario no tiene sentido. —Tío, eso que dices suena muy acomodaticio… —No, no, sólo escucha: las guerras modernas ya no se dan en los campos de batalla, sino en los mercados del mundo penetrándolos, ganándolos, se les usufructúa para el beneficio común, para crear empleo y riqueza para todos. Las armas también son diferentes ahora donde se utiliza más la inteligencia y los conocimientos que la fuerza bruta. —No es fuerza bruta, tío, ¡es energía vital! —Perfecto, esa energía vital que mueve montañas, esa ira santa que nos mueve por dentro, podríamos canalizarla para salir del subdesarrollo sin ayuda de nadie. Porque nadie nos va a ayudar, porque esto es tarea de hombres y mujeres con alma de acero. Es ahí donde debemos jugárnosla contra la pobreza y la falta de educación. Esos males que te preocupan como el abuso, la corrupción
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y el acomodo deben ser desterrados pero sin negar que el sistema que quieres implantar más bien los perennizó… yo he visto la corrupción y el clientelismo campear en los países socialistas. José Carlos emitió un sonido de impaciencia. Ya era muy tarde pero nadie sentía hambre. La mortecina luz de un candil de kerosene sobre la mesa iluminaba débilmente la sala de la casa: todo lucía en penumbras. —¿Qué piensas tú, padre? Roberto casi se atragantó ante la pregunta. En los últimos minutos había estado tan concentrado en observar a su hijo y tratar de fijar su rostro en su mente (quizá era la última vez que lo estuviera viendo) que prácticamente no había pensado en qué decir llegado el momento. —Hijo, yo… yo pienso igual que tu tío. José Carlos se estremeció. —Nuestro país no necesita más destrucción sino paz y progreso. Yo creo que nuestra lucha no está en aquella que se hace con armas. Pero para esa lucha tenemos que juntarnos, jalar la cuerda en el mismo sentido y solo así resolver nuestros males y, de paso: reivindicar a esos héroes anónimos como nuestra querida Carla que, a su manera, murió por un mejor país. La sola mención del nombre de su hermana en la conversación produjo una hecatombe en la mente de José Carlos, misma que lo
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desbalanceó por un instante. Sentado e inclinado hacia adelante, con los codos sobre las rodillas, el senderista se restregó las manos de manera pausada mientras miraba al sucio y deteriorado piso de madera. Sus ojos —Roberto y don José casi lo podían adivinar en la oscuridad reinante— se pusieron rojos y vidriosos. Sin cambiar de posición, reclinó el mentón sobre una mano y permaneció así, inmóvil, durante varios segundos. Luego cerró los ojos y empezó a llorar.
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14 UN AMOR IMPOSIBLE
Eran más de las diez de la noche. Fuera de la casa-hacienda se desató una feroz tormenta eléctrica con rayos, truenos, relámpagos y una potente lluvia que golpeaba sin piedad los grandes ventanales y las tejas del techo. En una de las habitaciones del segundo piso, la señorita Alegría no podía dormir, y con sus pequeños lentes para leer sobre la punta de su nariz, pasaba rápidamente las páginas de un libro. Le resultaba difícil concentrarse. Algo en su mente había cambiado la expresión de su rostro. Era como si un porfiado rayo de luz hubiese penetrado, al fin, en un lugar cerrado durante décadas. “José, eres tú, no puedes ser otro… Al fin has venido. ¡Te he esperado tanto!”, pensaba ella, y recordaba cómo, en sus años juveniles, había conocido algunos pretendientes que le gustaron y creyó enamorarse, pero su padre, un personaje dominante y conservador (aunque cansado de que por su aislamiento por generaciones se casaran entre familiares), no encontró satisfactorio a ninguno de
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esos aspirantes, pues el hombre que se quedara con su hija debía ser blanco, educado y de muy buena familia, de preferencia de Trujillo. Aunque aparecieron algunos candidatos con esos “atributos”, su padre siempre encontraba algún motivo para despreciarlos. “Es simpático pero no es de Trujillo” o “Sí, es trujillano, pero no puede ser de buena familia, porque de lo contrario no andaría por estas tierras”, solía decir. De esta manera Rosalinda, por su educación y obediencia mal fundada, quedó atrapada en un círculo vicioso que la condenó a la soltería de por vida. Y cuando el padre murió, la mujer ya no parecía tener interés por los hombres, por el contrario, se dedicó a ayudar a su madre y, junto a uno de sus hermanos solterón, se dedicó a manejar la hacienda. Cuando sobrevino la revolución socialista del presidente Velasco Alvarado, la familia se quedó sin tierras. Incluso perdieron la casa-hacienda, pero algunos comuneros que apreciaban a la familia abogaron por ella y le permitieron conservar su hogar, al menos mientras estuviera viva. Tiempo después, la madre y luego el hermano murieron; se decía que de pena por haber perdido sus propiedades y privilegios. Rosalinda, harta ya de solo pensar, se levantó de la cama y se dirigió al dormitorio grande, el que alguna vez fue de sus padres, para armar y cubrir con sábanas y frazadas los catres de campaña que los terroristas solían utilizar cuando estaban de paso por Marcabal. Nunca necesitó verlo pero la anciana sabía que, cada vez que venían hombres y mujeres armados hasta los dientes y se quedaban a dormir, arrojaban los colchones sobre el suelo e intercambiaban parejas, a su libre antojo y entre fuertes carcajadas.
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*** Una madrugada de tormenta en su interior le tomó a José Carlos para reflexionar que quizá sus mayores tenían razón. Lo de las muertes en vano de los héroes de la Guerra Civil Española, de los ciudadanos de Vietnam, de los acompañantes rebeldes del Che Guevara, era verdad: todo había cambiado. Ni siquiera China había sido capaz de demostrar que el comunismo funcionaba sin variaciones; el país estaba logrando su éxito gracias a fórmulas capitalistas. Quizá el ejemplo más claro de comunismo ortodoxo en lo social, económico y político era Corea del Norte, pero ¿acaso esa nación no veía con envidia a su vecina Corea del Sur, inmensamente más adelantada precisamente por ser capitalista? Y no menos cierto es que hace rato que esta guerra se convirtió en cualquier cosa sin un objetivo claro”, pensó el dudoso senderista. “Ya no sé si la famosa «lucha popular» no es más que una apuesta por la revancha, la venganza y la soberbia. Sus motivaciones no tienen nada de nobleza. Lo he visto con mis propios ojos: tanta crueldad como para dejar a un caído en combate sin prestarle auxilio”. Casi el mismo sobresalto le supuso reflexionar sobre cómo podía comunicar su decisión a los mandos superiores terroristas y las posibles implicancias que esto tendría. Más que miedo por las repercusiones que le produjera su decisión, sentía pena. Porque sí era verdad que alguna vez había pensado en desertar. Pero en ese instante, lo que más le dolió fue considerar que con su deserción abandonaba sus sueños de un país mejor; había idealizado el futuro y, de alguna forma, esos sueños eran lo que le daba un sentido a su
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existencia. Él siempre había intentado convencerse de que su lucha era noble porque no lo hacía por él mismo, sino por los demás, por las nuevas generaciones. “Pero matar, ¿esa es la única forma acaso? Secuestrar, dinamitar, aterrorizar, ¿realmente eso tiene coherencia con una causa noble?”, Pensaba con cierto resquemor, tratando de no traicionarse a sí mismo y percatarse de que había estado a punto de echar a perder su vida. No quería quedarse sin piso de esa manera, de un momento a otro, necesitaba saber que todavía poseía un cierto control sobre sí mismo. “Sí, yo también creo que estos sueños pueden ser posibles de otras formas mucho más efectivas y comprobadas. ¿Por qué no?”. Todo eso pasaba por su cabeza mientras presenciaba de pie y con los brazos cruzados las fuerzas desencadenadas de la naturaleza detrás de los ventanales. En cierto momento, Roberto se acercó a él sin decir una sola palabra, solo quería escudriñar el rostro de su hijo y tratar de adivinar, en lo posible, lo que estaba pensando. “Las tormentas son temporales, no duran para siempre”, pensó. “Y así pasará esta tormenta de desastres que llueve sobre nuestro país y todos nosotros desde hace ya mucho tiempo. ¡Dios mío, ayúdame a sacar a mi hijo de todo esto! No permitas su sacrificio, es preferible que me lleves a mí, déjalo para que luche por su pueblo. ¡Te cambio su vida por la mía!”. Don José, por su parte, no sabía qué hacer con exactitud. Presentía que la primera parte del plan, la del convencimiento del joven subversivo, se había logrado. Pero ahora debían pensar en el
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siguiente paso: escapar lo antes posible. Casi por casualidad, merodeando por los rincones de la casona meditando para imaginar una solución, se percató de algo: debajo de la puerta de la habitación de Rosalinda había luz. De inmediato la mente del anciano comenzó a divagar en otra dirección. “Ella está despierta todavía. ¿Qué debería hacer? ¿Buscarla? ¿Decirle la verdad? ¿Decirle que estuve enamorado de ella pero que por miedo nunca se lo dije? ¿Me creerá cuando le diga que la distancia y el tiempo desvanecieron todo? ¿O me pedirá que me vaya de su casa? ¿Valdrá la pena decirle algo así a una mujer en el ocaso de su vida? Pero y si se lo digo, ¿no estaré traicionando a mi esposa? O peor, ¿No estaré poniendo en peligro a todos los que estamos aquí?”. Ese era el tipo de pensamientos que don José tenía mientras caminaba a pasos lentos en dirección a la habitación de Rosalinda y luego desandaba, en círculos. Eran casi las once de la noche. Nadie podía saber que el camarada Raúl y su gente se acercaban a galope forzado sin importarles la tormenta y que llegarían en cuestión de minutos. Detrás de la puerta de su habitación, la anciana cantaba en voz baja. Se había colocado el mejor vestido de su ropero: era largo, de terciopelo azul eléctrico, muy entallado en la cintura y con mucho vuelo en la falda. Se notaba que debía haber sido un traje muy elegante en su época, hace muchos años, cuando no estaba tan percudido ni arrugado. La mujer, que además se había colocado zapatos de tacón alto, estaba peinada de una forma algo extravagante para su edad: casi todo el cabello le caía alborotadamente
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sobre un lado del rostro. También se había maquillado con talco y se había pintado la boca con un lápiz labial rojo encendido. Para rematar llevaba un sombrero de ala ancha de los años treinta del mismo color azul del vestido. Su ánimo festivo no podía disimular que su aspecto era raro y triste. Parecía un maniquí de una revista de modas antigua, desfasada. Y seguía cantando para sí misma. Canturreaba una antigua canción de amor mientras buscaba algunas sortijas para colocar en sus decrépitos dedos. Había notado ya que el turno de la tarde de los vigías de Sendero Luminoso había finalizado. Una mujer y un joven subieron por la escalera hacia el tercer piso haciéndose bromas y riendo, mientras que otros dos jóvenes bajaban para acostarse. Ninguno de ellos se percató de que los huéspedes del camarada Rodrigo estaban en la sala preparando un plan de fuga. *** El camarada Raúl se sentía furioso, nadie podía abandonar Sendero Luminoso como si se tratara de un juego. Eso era traición y se pagaba muy caro. Pero sentía que esa noche el destino le estaba jugando en contra a su grupo. La tormenta y el barro los demoraba porque las bestias resbalaban cuando intentaban coronar la cima donde estaba la casa-hacienda. En un momento dado, consultó su reloj y vio que eran las 10:58. Al dar una curva cuando la lluvia lo permitió, arriba, aún lejos, él y sus lugartenientes divisaron la residencia. Ni siquiera les sorprendió ver que las luces estaban encendidas. Por el contrario, les pareció un buen augurio, era señal de que el desertor y su familia todavía estaban ahí. 212
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—En unos veinticinco minutos estaremos rodeando la casa— comentó en voz baja el jefe senderista—. Antes debemos hacer contacto con los vigías. Dentro de la casa, José Carlos acababa de tomar una decisión: desertaría del movimiento terrorista. En el establo los esperaban tres caballos que ya debían haber descansado lo suficiente. —Les escribiré una carta a los altos mandos del partido. Les explicaré mis motivos. Espero que algún día ellos puedan entender —dijo el hombre a su padre y tío quienes no pudieron ocultar su regocijo y lo abrazaron y lloraron junto con él—. Debemos salir en treinta minutos, aproximadamente. Prepárense, que nos espera un largo y accidentado viaje. —¿Treinta minutos? Entonces déjame recostarme un rato que la espalda me está matando —dijo Roberto mientras acostado sobre una banca, extendía las piernas. Don José también hizo lo mismo. Las desconsoladas campanas del vetusto y fiel reloj de pie dieron las once de la noche. “Aunque nadie que ha desertado sigue con vida, yo no traicionaré a la causa”, pensó José Carlos con cierto desasosiego mientras cogía un lápiz y empezaba a escribir, con la mejor caligrafía posible, sobre un papel en blanco. 213
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Por su parte el anciano, ya más sereno por la buena noticia, continuaba luchando contra sus deseos. “Rosalinda debe haber sufrido mucho con la expropiación, cuánto bien le haría conversar y recordar su juventud. ¡Qué pena que nunca sabrá que la conocí y la quise a mi manera!”, reflexionaba. Entonces se levantó. —Debo ir al baño —dijo el anciano. Sin embargo, conforme se acercaba por el pasadizo, vio que la puerta de la habitación de Rosalinda se encontraba abierta, y que ella estaba apoyada en el resquicio. Un escalofrío paralizó al anciano momentáneamente. Luego retomó su camino intentando en vano pisar con firmeza: sentía que sus piernas le temblaban con cada paso que daba. —José, ¿cómo has estado? Pasa, te esperaba —le dijo la dama—. Hay una silla donde te puedes sentar. Sin retomar aún la compostura, el anciano se acercó, ingresó a la habitación y tomó asiento en una poltrona cercana a la cama donde la mujer se sentó. Don José intentó ensayar una sonrisa y solo obtuvo un gesto nervioso. —Señorita Rosalinda, no recuerdo si la trataba de usted o de tú —dijo el hombre—. La verdad es que no pensé que me reconocería. ¿Cómo está usted? Han pasado tantos años… 214
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—Demasiados, José —respondió Rosalinda, y por un momento el hombre creyó que ella parecía gozar pronunciando su nombre—. Siempre pregunté por ti, pero nadie me daba mucha información. Alguien me comentó que eras millonario y que habías muerto. ¡Me dio tanta pena pensar eso! El anciano no hizo comentario alguno. Absorto, meditaba sobre lo que la vida puede hacer con las personas, observando las deformaciones que produce en su apariencia física. Con ánimo de responder a la amabilidad de la anciana y transmitirle algo más que solo nerviosismo, don José al fin habló. —Eras muy bella, Rosalinda, jamás había visto belleza y gracia como la tuya. Tu posición social era para mí tan alta que por miedo a que te molestaras o te burlaras de mí, nunca te dije que me gustabas y que estaba enamorado de ti. De inmediato, don José sintió que la huesuda mano de Rosalinda se posaba sobre la suya, ajustándola suavemente. No supo qué hacer, ya su mensaje había sido transmitido y ahora solo quedaba retirarse. Pero no podía. Intentó levantarse y la mano lo retuvo. —Yo también estuve muy enamorada de ti, José, y hasta te llegué a querer. Soñé contigo con frecuencia y te idealicé durante mucho tiempo. Luego Rosalinda calló por unos segundos. 215
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—Esta tarde, al verte, y aun cuando estás más viejo y algo diferente, reconocí tus ojos tan serenos como siempre. Nuevamente él quiso retirarse. Una vez más se repitió el suave tirón. —No tengas miedo, José, sé que estás casado. Me hice ilusiones en algún momento pero, tal como sucede con las cosas buenas y malas de esta vida, hace mucho tiempo que aprendí a vivir con ellas y sin ellas. —Rosalinda, no sé cómo decírtelo, no quiero ofenderte. Ha sido y es un inmenso placer volverte a ver. No lo esperaba. Agradezco a Dios esta inesperada y agradable sorpresa, pero ahora debo retirarme, mis familiares y yo tenemos que partir en estos instantes. Una sombra primero de sorpresa y luego de tristeza se reflejó en el rostro de la mujer. Volvió a hablar, ahora pensativa. —¿Tus familiares? —preguntó la mujer—. Bueno, quizá te guste saber que el camarada Rodrigo es un buen muchacho, muy diferente a los demás senderistas. Pero sólo eso, yo aborrezco todo lo que tiene que ver con ese grupo terrorista, creen que los apoyo, pero en realidad los detesto. Han hecho un calvario de mi vida y debo pretender, por cobardía lo reconozco, que estoy con ellos. ¿Cómo pueden creer en toda esta basura que leen? Mientras más la leo, más me convenzo de que están equivocados. ¿Contradecirles? ¿Para qué? Un día, si puedo, haré que paguen por todos sus abusos. Son crueles, no respetan ni a los ancianos.
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Luego Rosalinda guardó silencio. El hombre creyó que ahora él debía decir algo pero no tuvo oportunidad. —José, estoy pensando en que yo también debería agradecer a Dios, si es que existe, claro, el que me haya permitido volverte a ver. Si alguien me hubiese preguntado por mi última voluntad antes de morir, ya sabes cuál hubiera sido… volverte a ver, y poder dar la vida por mi patria. Por toda respuesta, don José estiró una mano para ayudarla a levantarse. *** Eran las 11:26 de la noche y el camarada Raúl y sus hombres, pese a la lluvia que no cedía, estaban cerca de la casa. Era cuestión de minutos para que la rodearan. Pese a la tormenta casi todo había salido tal y como estaba planeado, salvo el hecho de que no habían podido hacer contacto por el walkie-talkie con los vigías pese a las decenas de intentos fallidos. El jefe terrorista maldecía y echaba la culpa de la incomunicación a la tempestad. Pronto los perros, al sentir su presencia, empezaron a ladrar. Los otros camaradas estaban nerviosos, temían que los vigías los confundieran y abrieran fuego sobre ellos. Lejos estaban de saber que eso no ocurriría nunca: sobre el piso del puesto de vigías, el transmisor portátil emitía mensajes entrecortados pero ni “Tatiana” ni “Julián”, que eran los nombres de combate de los jóvenes senderistas, los escuchaban; estaban profundamente dormidos, roncaban abrazados y exhaustos de hacer el amor.
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Quien sí se percató de que algo sucedía en la oscuridad pese a los rayos y truenos fue José Carlos. “Los perros están ladrando y ningún animal sale a cazar cuando el clima está así. Alguien debe estar merodeando afuera”, pensó. Miró a su alrededor y vio dormido a su padre. Lo despertó y le susurró al oído lo que debían hacer. En sus manos llevaban unas cuerdas. Sin zapatos y en puntillas se acercaron con sigilo a la habitación donde dormían los muchachos del turno anterior de vigilancia. Roberto y José Carlos despertaron a cada uno de los subversivos encañonándolos con sus propias ametralladoras, mismas que “descansaban” al pie de las camas. A los subversivos los pusieron contra la pared, los amordazaron y ataron de pies y manos. Luego los cubrieron con frazadas y se retiraron, no sin antes cerrar la puerta con cerrojo por fuera. Cuando padre e hijo salieron al pasadizo se encontraron con los dos ancianos que se habían acercado para ver qué pasaba. José Carlos titubeó al principio pero luego avanzó resueltamente hacia Rosalinda para también neutralizarla. Don José, aunque no sabía qué había sucedido exactamente, adivinó sus intenciones y se interpuso entre ambos. —Espera, hijo, ella también es de los nuestros —susurró el anciano. —¿Qué? El senderista todavía no estaba convencido de que esa mujer, que tanto los había ayudado a ocultarse en esa hacienda, fuera una traidora a la causa.
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—José Carlos, solo confía en mí. Conozco a Rosalinda desde hace muchos años. —No lo entiendo, pero si tú lo dice, te creeré, tío —respondió el joven. —Les demostraré que sí pueden confiar en mí —dijo Rosalinda—. Les diré dónde se guardan las armas. Hay todo un pertrecho allí, debajo de las escaleras que llevan al segundo piso. La anciana los guio hasta un cuarto cerrado solo en apariencia, pues el candado estaba colocado en el cerrojo pero este no se encontraba asegurado. En ese depósito encontraron más ametralladoras y recargas. Ella y don José también tomaron armas. —Yo nunca he disparado a nada —dijo la mujer mientras trataba de calcular el peso del arma y afianzar su muñeca para poder sostenerla—. ¿Alguien me explica cómo funciona esto? ¿Se supone que tiene un seguro o algo así? —Yo le explicaré, Rosalinda —dijo Roberto—. No es como en las películas de televisión donde la ametralladora se coge con las dos manos; estas son distintas, solo necesitan una sola. Pero, debe calcular su fuerza, pues al disparar reculan de tal manera que pueden hacerle perder el equilibrio. Luego de explicar algunos puntos más sobre el funcionamiento de las armas, Roberto recomendó buscar lugares de la casa para esconderse cuando los terroristas pretendieran ingresar.
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—No servirá de mucho escondernos en las habitaciones —dijo José Carlos—. Los camaradas pueden ingresar por cualquier lado y disparar a matar. Lo mejor será apagar todas las luces, derribar las mesas y los muebles y ocultarnos detrás de ellos. Los senderistas no esperarán que estemos allí, ustedes no son policías ni soldados, solo civiles. Yo encenderé mi walkie-talkie para escuchar sus desplazamientos y saber qué están tramando. A estas alturas ya deben estar coordinando acciones con los vigías en la azotea de la casa. Cuando apagaron una a una las lámparas de la casa, todo el ambiente quedó sumido en la oscuridad más profunda y la situación se hizo mucho más tensa. Aun así, gracias al resplandor de los relámpagos, José Carlos tenía la ventaja de ver por brevísimos instantes lo que pasaba afuera. De hecho, así fue cómo observó al grupo senderista camuflado bajo la cornisa del techo del granero, cerca de la cocina. Por un instante el desertor pensó en entablar conversación con el camarada Raúl y anunciarle su decisión, pero se percató de que habría sido en vano. Peor todavía, solo hubiese servido para delatar su posición. Afuera, los terroristas vieron apagarse las luces de la residencia. Impaciente, el camarada Raúl comprendió que los intrusos pensaban fugarse. Entonces se decidió atacar desde distintos flancos. Ordenó a sus hombres que se dispersaran. —¡Rodeen la casa! —gritó—. Solo traten de no alejarse mucho y protejan a su compañero. ¡Recuerden que tenemos superioridad de fuego!
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El jefe de los senderistas fue el primero en disparar una ráfaga de ametralladora, lo hizo al aire para alertar a los vigías. Estos despertaron sobresaltados y confundidos y se dirigieron hacia el transmisor portátil que seguía mascullando órdenes entrecortadas. La muchacha fue quien habló y recibió la orden de bajar las escaleras y capturar vivos a todos los sospechosos que encontrara. “¡El más viejo de todos vale mucho dinero, ni se les ocurra herirlo!”, fue lo que decretó su jefe. Con mucho sigilo, la pareja de terroristas comenzó a bajar la escalera en dirección a la sala principal donde José Carlos y su familia estaban parapetados. Sin embargo, un escalón chirrió ante el peso de uno de los jóvenes, y Rosalinda, que era quien estaba más cerca, se colocó frente a ellos y apuntó. Cuando una de las botas de los terroristas hizo su aparición en otro de los escalones, a solo tres metros de ella, esperó unos segundos y abrió fuego. El traqueteo de su arma solo demoró un instante, lo que bastó para hacer dos barridas de ida y vuelta. Los cuerpos acribillados de los jóvenes rodaron con pesadez hasta llegar aparatosamente al piso de madera. Rosalinda, aun así, apuntó nuevamente y les disparó otra ráfaga, salpicando de sangre el lugar. —Alguna vez escuché decir a los terroristas que a los caídos siempre había que “repasarlos” para asegurarse de que estaban bien muertos —explicó. Don José, Roberto y José Carlos lucían aturdidos por semejante demostración de entereza y valor de la anciana. —¡Mierda! Algo salió mal y han tenido que actuar —dijo Raúl al escuchar los disparos. De inmediato cogió el walkie-talkie y se
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contactó con los otros secuaces—. ¡Esperen unos minutos, no ataquen todavía! Fíjense bien en quién sale por esa puerta. No obstante, los minutos pasaron y los terroristas nunca vieron salir a los vigías. —Ya es hora de ingresar —susurró el camarada Raúl por el transmisor—. Lo haremos por la cocina. Uno de nosotros se quedará de reserva detrás de la carreta de remolque de la hacienda. ¡Y tengan mucho cuidado porque ahora sabemos que los infiltrados pueden tener ametralladoras! Cinco segundos después, la célula terrorista hizo saltar la cerradura de la puerta de la cocina e irrumpió con cánticos y gritos de guerra para darse valor. Apenas ingresaron a la sala principal en penumbras, los subversivos fueron recibidos por un intenso fuego cerrado; ni siquiera tuvieron tiempo para verificar quién estaba en control de la situación y mucho menos iniciar diálogo alguno. Lo único que se escuchó fueron las armas automáticas que tabletearon con furia en un infierno de pólvora, fuego y humo. El elemento sorpresa resultó fatal para los senderistas, quienes aun estando heridos siguieron disparando en vano. Raúl, desfigurado y sangrando por las múltiples heridas, trató de incorporarse pero una ráfaga de balazos pareció cortarlo en dos. Nuevamente fue Rosalinda quien se encargó de rematar a los rebeldes, parecía querer desfogar una ira contenida por muchos años. Luego, todo fue un silencio sepulcral. 222
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El impacto de la lucha resultó devastador. Por los vidrios rotos de los ventanales ahora penetraba la lluvia y el viento helado que, silbando, batía alocadamente las viejas y pesadas cortinas. Un charco de agua y sangre empezó a formarse en el piso. Cuando Roberto y José Carlos salieron de su escondite para verificar si todos estaban completos, se dieron con la sorpresa de que don José estaba herido; entero, pero herido pues en su brazo izquierdo se había impactado una de las tantas balas. Rosalinda se dirigió al baño para traer un maletín de primeros auxilios. Con su ayuda lograron ponerle algunos ungüentos para desinfectar las heridas y luego lo vendaron. Sin embargo, la sangre seguía manando. Pronto la gasa se tiñó de rojo. Era necesario que lo viera un especialista. Rosalinda, quien se sentía eufórica y excitada por haber hallado a su viejo amor y poder salvarle la vida, dejó a un lado su arma e intentó ir por los caballos vestida estrafalariamente como estaba en medio de la tormenta. Desde afuera, el senderista escondido detrás de la carreta no tenía la menor idea de lo que había sucedido. Solo atinaba a mantenerse a resguardo, espiando por ratos y rezando a Dios con la mano aferrada a su ametralladora. Cuando vio salir a la anciana en plena lluvia, disparó contra ella de manera automática, sin pensarlo dos veces. La anciana casi ni pareció sentirlo, lentamente se desmoronó como imitando un macabro paso de baile y cayó de bruces al lodo. José Carlos, al escuchar el tiroteo, sacó su arma por una ventana y disparó contra su antiguo colega en la cabeza. El tipo ni siquiera tuvo tiempo de gritar. 223
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Don José, Roberto y José Carlos, se acercaron al cuerpo de Rosalinda. Don José, utilizando su brazo sano, cogió una de sus manos buscando indicios de vida, pero ante la confirmación de su muerte, solo atinó a besarla en la frente. Roberto y José Carlos cargaron el cuerpo de la anciana para depositarlo sobre la vereda, bajo el alero del techo de la casa que sobresalía para que lo protegiera de la lluvia. Don José, que aquel día había rememorado arrinconados recuerdos con esa dama que ahora yacía inerte, solo atinó a hincarse de rodillas en el lodo y llorar muy sentidamente. En voz entrecortada y entre lágrimas le susurró al oído: —Tu última voluntad te ha sido concedida inolvidable Rosalinda.
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15 LA CLAVE, LA BESTIA Y LAS CARTAS
El camino de regreso era cuesta abajo y, por lo mismo, riesgoso. Más si se consideraba que el torrencial no cesaba y la visibilidad era casi nula, salvo en las contadas fracciones de segundo en los que el fulgurante resplandor de los relámpagos mostraba algún derrotero. Para evitar resbalar, José Carlos y su padre caminaban jalando las bestias, don José era el único que montaba sobre una de ellas, aunque en realidad estaba atado al caballo para que no cayera en caso se durmiera o desmayara. No obstante el anciano y Roberto llevaban ya cerca de veinte horas sin descansar, sus mentes continuaban alertas por la adrenalina segregada ante el peligro. —Esta no es la ruta hacia Santa Elena, ¿verdad, hijo? —preguntó Roberto en cierto momento. —No, papá, estamos cortando camino. Nos dirigimos hacia otro lado. La ruta es más difícil pero, a la vez, más corta.
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Una vez que cesó la tormenta, las cosas no mejoraron para los viajeros: el barro también les dificultaba su avance. Con frecuencia debían bordear barrancos y arroyos torrentosos que, en época sin lluvias, no hubiera sido necesario vadear. La gran preocupación de los dos hombres a pie era el estado del anciano que se encontraba afiebrado y en cualquier momento podía entrar en estado de coma; por lo mismo, intentaban que no se durmiera. Ya de madrugada, antes de llegar a un pueblo, José Carlos llevó a Roberto y su tío a las ruinas de un tambo inca. Allí recostó a don José y recibió unas instrucciones que anotó en un papel. Luego José Carlos pidió a su padre que enterraran las armas y que solo llevaran la pistola escondida debajo del poncho que cubría el brazo herido. Finalmente les indicó que reposaran durante unas cuantas horas, pues en ese tiempo él iría a caballo hacia Sartín para pedir ayuda y trasladarlos, pues quería evitar que los vieran otros senderistas que, de seguro, también estarían en ese lugar. En seguida se alejó a galope tendido. El desertor llegó a Sartín antes de que el sol apareciera por las aún azules montañas y los pulmones de su caballo estallasen por el esfuerzo; iba con prisa porque quería asegurar un camión de los que salían a Huamachuco una sola vez al día, a las siete de la mañana. José Carlos escogió el camión cuyo conductor parecía más amable y comprensivo. —Señor, por favor, en el tambo inca a las afueras del pueblo se encuentran mi padre y mi tío, un anciano que se ha resbalado
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y fracturado un brazo —le dijo al hombre—. Necesitamos llevarlo hasta el hospital de Huamachuco pero, en su estado, él no puede cabalgar. ¿Usted cree que saliendo de aquí podamos recogerlos? ¡Le pagaré doble si nos ayuda! Yo puedo viajar en la tolva, por mí no se haga problema. Una vez reservados los dos espacios en la cabina del camión, José Carlos sacó el mismo papel donde había escrito las palabras de su tío y anotó el número de matrícula y la marca del vehículo. Luego se dirigió hacia la oficina de correos y telégrafos del pueblo. Allí se encontró con la encargada del lugar, una joven a quien conocía bien y tenía confianza porque habían tenido algunos esporádicos encuentros amorosos. A ella le rogó que transmitiera el mensaje tal como estaba apuntado apenas abriera la oficina, aun si parecía incomprensible. En el papel había un escrito en clave. *** Cuando el telegrama «Muy urgente-Recomendado», llegó a manos de Álvaro en Trujillo, el hijo de don José, que se encontraba en una reunión en el directorio, no pudo evitar empalidecer. Rápidamente se levantó de su asiento, pidió disculpas y se dirigió a su oficina. Allí volvió a releer el mensaje cifrado. PILUNCHO: SITUACIÓN BUENA STP NECESITAMOS CARIÑO STP ENVÍEN BESTIA PARA ALCANZAR CAMIÓN VOLVO BLANCO OKH 8320
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«EL ESFUERZO DE DOS VIDAS» VIAJANDO DE SARTÍN A HUAMACHUCO STP RAFAEL. En el escrito había cinco palabras claves en el código de comunicaciones que se había establecido en la empresa desde que empezara la ola de crímenes y secuestros terroristas en el Perú. Cada uno de los familiares y principales ejecutivos había tomado un nombre en ese código. En el caso de la familia González, Piluncho era el apodo de Álvaro desde que era niño, “Rafael” era el nombre de su padre, mientras que “situación buena” significaba más bien que alguien estaba grave, “cariño” que era necesaria ayuda médica urgente, y la “bestia” era la ambulancia aparcada en la fábrica. “¿Pero ¿qué diablos hacen en esa zona infestada de terroristas y narcotraficantes? ¿No era que estaban de vacaciones en la playa?”, pensó el hijo mientras doblaba el telegrama en dos y lo guardaba en el bolsillo de su camisa. Al instante llamó al superintendente de la empresa y le solicitó que activara el registro “C” de los planes de emergencia y rescate que tenían preparados. De inmediato se presentaron en su oficina tres personajes: «Roco», el conductor de confianza de don José y conocedor de las mil rutas en el Perú, el doctor Valencia, médico de la familia, y el superintendente, el ingeniero Huamán. Con ellos se dirigió Álvaro hacia donde estaba guardada la «bestia», una camioneta blindada de tracción en las cuatro ruedas y equipada con transmisores de radio, camillas, aparatos de primeros auxilios y armas automáticas. Por supuesto que, por motivos de seguridad y legalidad, el vehículo no tenía la apariencia de una ambulancia. Por el contrario,
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lo habían pintado de negro y colocado una inscripción en letras doradas para distraer la atención. La frase decía: Funeraria Ramírez-Trujillo. Álvaro, Roco, y el doctor, subieron a la ambulancia y salieron de la planta de producción a toda velocidad. Detrás los seguía Huamán en un automóvil blindado con dos hombres armados del personal de seguridad de la empresa. Fingían ser la pequeña comitiva de despedida de un difunto. *** Don José estaba lejos de sentirse bien. Por más que intentara disimular su dolor, cualquiera podía notar su tormento: la morfina que le habían suministrado en la hacienda había dejado de surtir efecto. Había perdido sangre, estaba sin reposo y llevaba casi cinco horas de viaje encerrado en la cabina del camión y sufriendo los sobresaltos que producían los agujeros y las irregularidades del camino. Roberto ya no sabía qué hacer para evitarle mayores sufrimientos al anciano. Se sentía responsable por él. Por momentos pasaba su mano debajo del poncho que servía de cabestrillo al brazo herido y se aseguraba de que la manta estuviera bien colocada y que el arma escondida allí no resbalara. Poco antes de Yanasara, cuando el Volvo bramando coronaba con dificultad una cima, fueron detenidos por jóvenes terroristas que, al igual que en la ocasión anterior, demandaban revisar documentos de identidad y el pago del “cupo revolucionario” de los
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pasajeros. “¿Y ahora qué hacemos?”, se preguntó Roberto. “¿Nos estarán buscando? ¿Les habrán avisado por radio que hay un prófugo senderista?”. Roberto, que no esperaba este contratiempo, intentó ser generoso con su “contribución” y solo mostró su tarjeta de identificación, más no la del anciano. Sin embargo, la suspicaz chica encargada de recibir el dinero insistió en ver sus documentos y, peor aún, como oliendo el peligro, llamó con voz de mando a otro subversivo. —¡Todos los que estén en este camión deben bajar de inmediato! ¡Haremos una inspección de lo que llevan! —ordenó la joven senderista en voz alta. Roberto intentó apelar a su sensibilidad alegando que no era posible que hicieran bajar a ese anciano herido de gravedad que, en cualquier momento, se podía desvanecer. Su temor, además de mortificar a su tío, era que los terroristas descubrieran la pistola y entonces estarían en un serio problema. En su desesperación, en un momento en que la puerta de la cabina estaba abierta, el hombre sopesó la idea de coger el arma y disparar a la joven. “Sería cuestión de segundos deshacerme de esta mierdita”, pensó alterado. Sin embargo, el rostro adusto de la mujer le hizo recordar a su hija y eso neutralizó cualquier intento de liarse a balazos. En ese mismo momento, José Carlos, que había estado profundamente dormido sobre unos sacos de cereales, despertó a los gritos de la chica y bajó de la tolva de un salto. Cuando los senderistas lo vieron lo apuntaron pero este se acercó a ellos pronunciando un “santo y seña”. Los terroristas, al escuchar esas palabras, lo saludaron respetuosamente.
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Roberto se enteraría mucho después de que Sendero Luminoso no tenía acceso a equipos de comunicación modernos y sofisticados, a lo mucho solo podían contar con walkie-talkies en determinadas ocasiones, pues sus frecuencias podían ser interceptadas por la policía y el ejército. De hecho, las noticias de la matanza en Marcabal recién estaban llegando, en ese momento, a un pueblo vecino a través de aterrorizados campesinos. Luego de dejar atrás a la célula senderista, José Carlos se pasó a la cabina en reemplazo de su padre: quería evitar más incidentes y mantenerse atento para reconocer la camioneta en la que vendrían a rescatarlos entre todos los vehículos con los que se cruzaban. El desertor estaba preocupado porque si los rescatistas no los interceptaban antes de llegar a la ciudad, en ésta sería más difícil que los localizaran. Además, sospechaba que el conductor del camión los podría denunciar: No había que ser un genio para percatarse de que eran prófugos de alguna situación delicada. *** Álvaro, al examinar el telegrama, localizó su hora de transmisión. Con ese dato, Roco llegó a la conclusión de que, de no haberse descompuesto en el camino, el vehículo ya debía estar entre Yanasara y Huamachuco. Álvaro observó su reloj: eran las 4:35 de la tarde y recién estaban ingresando a Huamachuco. Se detuvieron a un lado de la carretera para esperar al ingeniero Huamán, quien en medio de una polvareda llegó unos segundos más tarde. Roco aconsejó ir hacia el otro lado de la ciudad, en la vía de acceso del interior, y esperar a don José. Debían apresurarse porque pronto
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iba a oscurecer. Una hora después, y entre una nube de polvo, divisaron el Volvo con su lema de «El esfuerzo de dos vidas». Luego de verificar el número de rodaje hicieron señas al conductor para que se detuviera. Álvaro reconoció con dificultad a José Carlos, pero sintió terror cuando vio a su padre herido. El médico le aplicó antibióticos y calmantes y, montado en la «bestia» se le llevó al anciano de inmediato a Trujillo, entre truenos y relámpagos de una tormenta que acababa de empezar. *** Menos de dos semanas después, don José ya estaba recuperado casi por milagro una vez más. Cuando Enrique Morachimo fue a visitarlo a su habitación en la clínica, lo hizo llevando las cartas que él y Roberto le habían encargado entregar a sus esposas en caso de que algo malo les sucediera. Roberto destruyó la suya con cierto placer. El anciano, en cambio, quiso leerla. La abrió. Más allá de algunas cariñosas frases de despedida para su compañera de toda la vida y sus hijos, el papel tenía algunas anotaciones que lo llevaron a preocuparse:
«Ustedes que pertenecen a una generación perdida, en la que el país lejos de avanzar retrocedió 25 años, están marcados justa o injustamente. Llegará el día en que sus nietos les pregunten “¿Y tú qué hiciste para que así no fuera?”. Y yo solo puedo decirles: prepárense para ese día.
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Se dice que se está pacificando el país. ¿Pero y ahora qué? ¿Continuamos haciendo nuestras cosas de siempre, viviendo nuestra conocida rutina y nos olvidamos (como antes lo hicimos), de las causas que engendraron el terrorismo, ese monstruo que casi terminó con nosotros? ¿Nos olvidamos de mejorar la justicia, de crear más riqueza y distribuirla equitativamente y nos olvidamos del hambre y la desesperanza que agobian a la mayoría de nuestros compatriotas?
¿Nos olvidamos de que estos problemas existen y seguimos viviendo como si nada hubiera pasado o adoptamos una actitud diferente y de una vez por todas decidimos combatir frontalmente esas dificultades? Porque, aunque no nos guste reconocerlo, aún están allí y, de no solucionarlas, podemos estar seguros de que seguirán procreando engendros peores».
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16 LA SEGUNDA NOCHE
Más de 27 años después de transcurridos los hechos antes narrados, y una semana después de la última reunión inconclusa narrada la primera noche, Don José González, su hijo y su sobrino-nieto se reúnen una vez más en la casita de Salaverry para continuar analizando la difícil situación por la que su país atraviesa. Una vez instalado cada anciano en su lugar preferido, don José, sin más preámbulos inicia la tertulia planteando audaces y provocadoras soluciones, mismas que va nombrando pausadamente, como con cuenta gotas o como dando tiempo para ser asimiladas. Y dice: —El nuestro es un país injusto, ¡si no lo sabré yo! Entiendo la audacia de quienes han creído en revoluciones violentas, pero siempre preferiré el pragmatismo de los estadistas honrados y sus políticas públicas. Por ejemplo: ¿Han pensado qué pasaría si disolviéramos nuestras fuerzas armadas?
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Ante la natural sorpresa creada, se acomoda en su mecedora y continúa: —Existen países que priorizando sus obligaciones han disuelto o nunca tuvieron fuerzas armadas —hace una pausa y continúa—: para que esa muy importante parte del presupuesto nacional sea dedicada a educación, salud e infraestructura. Eso es algo que nosotros también podemos hacer. —¡Suena a herejía, padre! A desprotegernos militarmente ante los demás países —manifiesta preocupado Álvaro. —Seamos honestos, hijo —replica don José—, nuestro ejército jamás ha estado ni estará en capacidad de combatir en una guerra moderna con drones, sensores ultrasensibles, inteligencia artificial, robots y armas operadas mediante “el internet de las cosas”. Por eso necesitamos reordenar nuestras prioridades e invertir en aquello que más urgentemente necesitamos: nuestra gente. Álvaro observa confundido a su padre. No puede creer que esté sugiriendo eliminar una institución que nació con el país. —¿Y los países que codician nuestras riquezas? —balbucea. —Se trata de ser pragmáticos ya, ahora, y buscar estrategias más efectivas, Álvaro —responde el patriarca—. Como la tecnología avanza a pasos inimaginables, a saltos cuánticos y cada vez se pone a años luz de distancia de nuestras posibilidades económicas, insistir en mantener nuestras fuerzas armadas es como
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obstinarse a conservar ejércitos armados con sables y caballería del siglo XIV. José Carlos quien durante este tiempo ha permanecido casi paralizado, interrumpe. —No es mala idea ser radical con esto. De paso se eliminan esas compras turbias y oportunistas de armamento y equipos obsoletos que solo sirven para alimentar la corrupción. Además con esa plata podríamos financiar proyectos urgentes que tienen un óptimo retorno del capital invertido. Pero don José aún tiene más por decir. Es como si hubiera recibido un segundo aire y sus palabras volvieran a cabalgar sobre la vehemencia. —No sólo eso sobrino, tenemos que cuestionarnos sobre por qué no utilizamos mejor las reservas internacionales. ¿Por qué no invertimos parte de ellas para solucionar nuestros urgentes y graves problemas y no p a ra seguir viviendo como un ava ro con enormes ahorros en el banco? Somos como un sujeto miserable que teniendo dinero en el banco se resigna a vivir en una casa que se cae a pedazos, con hijos ignorantes y mal nutridos. ¿Por qué no utilizamos más préstamos internacionales aprovechando los bajos intereses y la buena imagen que tenemos? —Hace una pausa y continúa—, somos sujetos de crédito de primer orden como consecuencia de nuestros inmensos fondos de reserva, nuestras grandes riquezas naturales y nuestro historial crediticio impecable de las últimas décadas. ¡Nuestro país no debe a nadie!
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—Con plata… pero informales —ironiza de pronto José Carlos. —Eso es verdad —acota Álvaro. —Tal vez podríamos formalizar la economía reduciendo los impuestos —se anima José Carlos—. Al menos en un inicio, para después regular la base imponible a niveles normales. De esta forma dejaríamos de ser uno de los países con menor recaudación tributaria por culpa de los “vivos”; los “listos”. Álvaro se ha quedado pensando en el tema militar y dice: —Volviendo a lo de las fuerzas armadas… La idea no parece tan insensata después de escucharla. Una alternativa sería reeducar a su personal en roles más prácticos e indemnizar a los excedentes, pues no tengo duda de que en sus filas existe gente preparada, honorable y patriota, capaz de reconocer el problema y ayudar en la solución. José Carlos decide tomar la palabra aunque sabe que está por pisar un terreno minado para él. —Reconozco que, a pesar de los excesos, las fuerzas armadas se enfrentaron a los grupos terroristas… —Nos defendieron, José Carlos —exclamó Álvaro. —Déjame terminar, por favor. Solo quiero señalar que si evitáramos un conflicto igual de espantoso, no serían tan necesarias. 238
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Con una pequeña y sofisticada gendarmería como la de Costa Rica sería suficiente. ¿Acaso este país no limita con potenciales enemigos? ¿Y qué hace? Mantiene una actitud amigable y colabora con ellos precisamente para proteger su principal fuente de ingresos que beneficia a todos (vecinos incluidos): el turismo. Álvaro intenta abrir la boca para argumentar algo más pero guarda silencio ante la llegada casi simultáneamente de dos automóviles: en uno llega Carlita, la hija de José Carlos, y en el otro Angelita, la hija de Álvaro. Las chicas habían acordado recoger a sus padres a las ocho de la noche para permitir que don José se acueste temprano. Angelita está cerca de los cuarenta años y es la mayor. Sus lindos ojos claros y una sonrisa fresca y alegre, unida a cierta postura desgarbada, le otorgan un pasaporte sellado a la simpatía. Hoy ha llegado de dictar clases de economía en una prestigiosa universidad local. Carla Hurtado de Zela, Carlita para todos, para diferenciarla de su tristemente célebre tía muerta en acción terrorista hace ya muchos años, está en sus treinta y tantos años y es una conocida “bloguera” en temas de actualidad. Sus ojos almendrados y pícaros hacen que desde niña la llame “La China” en familia. Luego de los saludos cariñosos, todos rodean al patriarca. —¿Qué dicen mis tres tristes tigres? —bromea Carlita. 239
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—Contentos y rugiendo —responde José Carlos, que cada vez que se encuentra con su hija no puede ocultar su alegría. —¡Así me gusta! —Estábamos hablando de la utilidad de tener fuerzas armadas —informa Álvaro —¡No te creo! —bromea Angelita—. ¡Si tú eres un “generalazo”, solo que vestido de civil! Todos ríen, y más Álvaro. En los minutos que siguen se retoma el tema y las chicas toman notas mentales antes de animarse a sumarse. Pero es la Chinita quien se anima a interrumpir la discusión después de buscar algo de información en internet. —Escuchen, escuchen —dice, mostrando su teléfono—, encontré este resumen: “Costa Rica, al igual que Islandia, no tiene fuerzas armadas por voluntad propia, al contrario de Alemania y Japón, países a los que al final de la Segunda Guerra Mundial se les impuso deshacerse de ellas”. Aquí también dice que “Alemania y Japón han ido formando de a poco una pequeña pero letal fuerza militar disuasiva. Los países antes nombrados tienen algunas de las más sólidas democracias en el mundo y sus ciudadanos gozan de los más altos estándares de vida entre sus pares”. —Recordarán —reflexiona el patriarca—, lo que le pasó en los años setenta a nuestros vecinos más democráticos: Chile y Uruguay.
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—Dictaduras militares —puntualiza Álvaro. —Exacto —lo premia el viejo con una sonrisa—. Pues Costa Rica se salvó de esa suerte justamente por no tener fuerzas armadas. —Hablando de Costa Rica —interviene nuevamente la Chinita—, ¿Sabían que en el último mundial de futbol su equipo tenía a diez de los once titulares jugando en las grandes ligas internacionales? —El golero del Real Madrid… ¿Cómo se llamaba? —pregunta Álvaro. —Keylor Navas —responde Ángela—, pá que vean que junté mi álbum. —Casi lo mismo pasó con el equipo chileno en el mundial anterior —vuelve Carlita a coger el hilo—. Y ¿Saben por qué? Porque en esos países existen desde hace muchos años institutos superiores de entrenadores en varias disciplinas, de dirigentes deportivos, de organizadores de eventos deportivos, de agentes representantes de jugadores y clubes de futbol verdaderamente competitivos. Por tanto, nunca juegan con estadios vacíos como en nuestro caso. Mientras aquí no hagamos lo mismo nada va a cambiar seguiremos teniendo improvisados y hasta delincuentes enquistados en el deporte. —A mí me da mucha pena —asiente Álvaro—, porque el único caso en el que nos mostramos esperanzados y verdaderamente unidos es precisamente cuando juega nuestra selección de futbol.
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No quiero ni pensar que tendremos que esperar a que pasen otros 36 años o más para poder estar presentes en otra competición mundial. —Quizá no sea una locura después de todo aplicar lo que sugieres, padre —asiente Álvaro—. Necesitamos un cambio de eje. Un giro de timón en todo. Imagínense por ejemplo si nos reorientamos y convertimos a nuestras embajadas en verdaderas delegaciones comerciales dedicadas a promover nuestras exportaciones y riquezas turísticas, igual como lo hacen los países asiáticos. Los demás asienten, pero es don José quien sutilmente lleva la conversación a otro tema de actualidad: —En las últimas dos décadas hemos tenido gobiernos desastrosos liderados por detestables personajes, aventureros y delincuentes que han perpetuado el caos en el que vivimos. —Sin embargo —lo interrumpe José Carlos—, en las redes sociales circula un video, bien intencionado estoy seguro, que dice: “No solo los gobernantes tienen la culpa, nosotros también la tenemos”. Yo me pregunto: ¿La gente pobre e ignorante, los niños que viven en la calle, también la tienen? Don José reanuda la conversación. —Todos los días aparecen en los medios personajes políticos deplorables, sin cultura internacional, que no tienen idea de
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que existen países que podrían ser nuestros referentes. Suiza, por ejemplo, es un país construido de abajo hacia arriba, desde las pequeñas comunidades nacionales hasta la confederación helvética misma, y funciona tan bien que sus políticos nunca aparecen en los diarios. Es más, nadie sabe siquiera quién es el presidente en ese país —y reta con algo de sarcasmo—: ¿Acaso alguien de los presentes lo sabe? —No lo “guglees”, Chinita —bromea Ángela. —Pero papá… compararnos con Suiza como que es demasiado, ¿no te parece? —dice Álvaro. —¿No te gusta Suiza? Perfecto. Entonces miremos a Suecia —responde don José con algo de picardía—. Ese es un país que no otorga privilegios ni siquiera a sus representantes; los equivalentes a nuestros congresistas viven en dormitorios comunitarios de 18 metros cuadrados, y no cuentan con empleadas domésticas ni secretarias y menos choferes ni auto personal. Dime si eso no es servir realmente a la patria, y no como aquí, que se entregan grandes beneficios a políticos ignorantes. —Abue, increíble ¿no? —pregunta Carlita, admirada por lo que su tío abuelo acaba de afirmar. —Con decirte que ellos mismos lavan y planchan sus ropas, niña —sentencia don José mientras alarga los ojos hacia arriba. La Chinita sonríe.
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—Ahora bien: ¿Somos los únicos países que se encuentran en este círculo vicioso que analizamos? No lo creo: somos parte de la mayoría de países que viven en igual o peor situación. De allí, entonces, la pobreza y la desesperanza que los países ricos tratan de contener en sus fronteras, son ellos los que como un bumerán, reciben el problema que generaron o que aún generan, en forma de incontenibles olas migratorias ilegales de gente desesperada. —¡Claro! Esa es la razón por la que arriesgan su vida y la de sus seres queridos —interviene José Carlos, después de sorber de su vaso—, en busca de un lugar mejor, esas personas están dispuestas a morir o vivir en condiciones infrahumanas, sin importar si son marginados o abusados. De allí que hoy en día algunos países ricos opten por medidas extremas como crear barreras burocráticas infranqueables o tratar de levantar esos muros vergonzosos, amparándose en su poderío económico y bélico y olvidando que: “la fuerza es el derecho de las bestias”. Por la cabeza de Álvaro orbitan todos los países que ha conocido y algunos de ellos se cuelan en sus palabras: —¿No será que nosotros también hacemos algo parecido? Los que tenemos recursos tratamos de mantener nuestras propiedades seguras pese a que así nos aislamos, nos encerramos. Deberíamos aprender de otros países que más bien crean caminos y tienden puentes para unirse y convivir, como China, o como Japón, por ejemplo, que está modificando su educación primaria de manera radical con un plan piloto que llaman: «el cambio valiente».
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—¿Cómo es eso, papito? —pregunta Angelita, mirando su reloj de reojo. —Están buscando cambiar la mentalidad de los niños para hacerlos pensar como ciudadanos del mundo y ya no solo como japoneses. ¿Se dan cuenta? Desde el kindergarten aprenden cuatro idiomas, cuatro religiones y cuatro culturas totalmente diferentes, participan en programas de intercambio de estudiantes y revisan temas de aritmética de negocios, lectura, civismo, computación y demás disciplinas. —Lo malo es que no todos los países tienen las ventajas para hacerlo —interrumpe José Carlos—. ¿Cómo es posible que solo el 1% de la población mundial posea el 60% de la riqueza? Es natural que algo así genere desigualdad, falta de educación y abuso de poder. —Hay un autor francés, Thomas Piketty —interviene Angelita—, que habla sobre cómo los poderosos se enriquecen ellos mismos obstruyendo el crecimiento económico e incrementando la desigualdad, y para ello plantea un impuesto mundial progresivo sobre la riqueza. ¿Cómo era la frase que emplea? “Hay que salvar el capitalismo de los capitalistas”. —Salud por eso —bromea José Carlos. —Ojo —sonríe Ángela—, el tipo no pierde de vista que la concentración de la riqueza es inevitable y que en el pasado, lamentablemente, el único remedio contra esto siempre fue la violencia
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—hace una pausa y prosigue—. Algo parecido dice el británico Michael Reid en uno de sus libros: “La inaceptable influencia de los ricos y poderosos, formula un desafío especial a la democracia en intolerablemente desiguales sociedades como las latinoamericanas”. Concluyó la nieta de don José, que hacía mucho que había dejado de sorprender a su familia con esa capacidad de memoria heredada de su abuelo. —A mí me alucina que no entendamos que la pobreza degrada y arruina el futuro de los países —retoma Álvaro—. La desigualdad es una bomba de tiempo para todo país. Los miembros de la élite nacional no perciben que su zona de confort es cada día más estrecha, sin embargo, pocos hacen algo para que la realidad cambie. ¿Alguien puede asegurar que lo que pasó en Cuba o está sucediendo en Venezuela, países que alguna vez fueron más prósperos y modernos que nosotros, no suceda en este país? —Y mirando a José Carlos agrega—. Pero cuidado, tampoco hay que hostilizar a los ricos, porque ningún país progresa sin capital. Y si los ricos siguen aquí es porque son tan peruanos como tú y yo. —A mí me desconcierta el concepto que tenemos sobre la democracia —dice don José, alejando nuevamente el tema de una posible confrontación—. Sabemos que se trata de la mejor forma de gobierno en el mundo actual y se supone que es el “gobierno del pueblo para el pueblo”, sin embargo, ¿cómo puede ser del pueblo si para ser elegido presidente o representante debes ser multimillonario o contar con el apoyo de éstos? Y eso es así en nuestro país y en todo el mundo. Quien tiene dinero gana la elección, no
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importa cómo. Doscientos ochenta millones de dólares costó la pugna por la gobernación de California hace poco. ¡Y no quiero ni pensar cuánto debe haber costado la última campaña presidencial norteamericana! —Bueno, las redes sociales están llenas de memes sobre eso —anota la Chinita—. Así es como llegan al poder esos tíos arrogantes como Trump, Putin, Berlusconi… esos gobernantes “modernos” y manipuladores de los medios que prueban una vez más que el dinero devora a la política, mienten descaradamente, producen noticias falsas e intimidan a sus opositores con el poder de sus fortunas, porque ahora cuentan con el espacio para hacerlo pues en las plataformas digitales la mentira viaja más rápido y más lejos que la verdad. —¿Ustedes saben qué es Cambridge Analítica? —pregunta Álvaro. —¿La empresa británica que asesoró a Trump en las elecciones? —le responde Angelita. —Esa misma —asiente Álvaro, satisfecho de la sapiencia de su hija—. Hace poco leí que un exejecutivo de esa empresa dijo que el Brexit no habría ocurrido sin el apoyo de esa empresa y que aproximadamente 100,000 noticias falsas llegan a su destino contra solo 1000 verdaderas. Don José sonríe orgulloso de la preparación de las jóvenes y carraspea, antes de tomar la palabra.
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—Pues ya lo ven, se supone que esos gobiernos son los que están cambiando el mundo y mejorando la democracia —dice tratando de aclarar su débil voz—. Pero, fuera de bromas, esperemos que los ciudadanos reflexionen sobre ellos. Ese lema de Trump, «América primero», hace recordar a la arenga de Hitler, Deutschland Über Alles, «Alemania encima de todos». La típica prepotencia que desconoce acuerdos internacionales, que no respeta al planeta y que desempolva viejos fantasmas que incitan a armamentismo en vez del desarme global. Bien lo decía Stephen Hawking: “Estamos en peligro de destruirnos a nosotros mismos por nuestra estupidez y codicia”. Hace una breve pausa y continúa, quizá recordando sus propias lecturas del astrofísico inglés. —Cuando usamos potentes y sofisticados telescopios nos damos cuenta de que solo somos una partícula de polvo en la vastedad del universo. Nos falta humildad para reconocer lo insignificante que somos y que cualquier explosión nuclear que haga desaparecer nuestra civilización no será más que un imperceptible accidente en la inmensidad del espacio cósmico. Deberíamos pensar seriamente sobre lo que afirmaba Henry Miller: “Si regresamos a una realidad más grande, es una mujer quien nos tendrá que enseñar el camino: la hegemonía del varón ha llegado a su fin pues ha perdido contacto con la tierra”. Y don José prosigue, haciendo gala de su extraordinaria memoria no menguada por los años: 248
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—Sin embargo, no todo es desgracia, hace solo doscientos años el 90% de la humanidad vivía en la pobreza extrema tal como había sido lo natural durante miles de años, hoy esa cifra ha caído a menos del 10%. ¿Se imaginan eso? Las personas son ahora cien veces más ricas que hace dos siglos. En el fondo, son buenas noticias pues la violencia de siglos enteros ha decaído y la tecnología produce cada día más bienes materiales. Asombrosos avances nunca antes pensados nos esperan en microbiología, inteligencia artificial, nanotecnología y el estudio del genoma humano y otras áreas. Por tanto, el futuro es ahora, ¡ya está aquí! Lo que nos falta es más equidad en la distribución, nada más. —Nada más… —murmura José Carlos, con algo de ironía. Angelita se salta ese comentario mientras sonríe, algo emocionada. Sus ojazos brillan. —Yo también creo que mejoraremos, abuelito —dice la nieta estirándose para darle un beso en la frente—. Lo que nos asusta y preocupa ahora son los estertores de muerte de estructuras obsoletas y viejos paradigmas. Pero ya hay tendencias económicas que apuntan a eso: a unirnos, a ser más colaboradores y solidarios como ciudadanos y como consumidores, a preocuparnos por el medio ambiente, a no enfatizar los resultados basados solo en el dinero. ¿Se imaginan? Un mundo mejor, poblado por países pacifistas interconectados externa e internamente, cultos y seguros. Angelita se acomoda en su asiento y prosigue. 249
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—¿Recuerdan cuando hace un año viajé con unos amigos a conocer China? —¡Claro! Si hasta ahora me debes el ceviche para contarme de ese viaje — bromea la Chinita. —¡Sí! —ríe Angelita—. La verdad es que nos quedamos alucinados con el extraordinario progreso que tus “primos” han logrado. Pero después, cuando pasamos a la India, quedamos asombrados por otras razones: nunca habíamos visto tanta riqueza y opulencia conviviendo con tanta miseria y suciedad… Pero también hemos visto que los hindúes están haciendo un esfuerzo extraordinario para crear infraestructura a pasos agigantados, a tal extremo que este año su crecimiento económico será superior al de la China. —Repito lo que siempre he dicho: la desigualdad es el gran enemigo de la India y de los países como el nuestro —apunta Álvaro. —¡A eso iba! —Angelita se emociona—. Si un país como la India, con tantísimos problemas y con una población 45 veces más grande que la nuestra. ¡Ojo! No 4 veces, ¡sino 45 veces! Lo está logrando, ¿por qué no nosotros? —Para mí es claro que sí hay salida —interviene la Chinita—, y uno de los caminos más cortos y más fáciles para que un país como el nuestro empiece a dar el salto es el turismo. Don José sonríe, complacido.
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—Yo creo —continúa la bloguera—, que el turismo puede ayudar a solucionar uno de los grandes problemas de los países ricos: la inmigración ilegal. Lo leía el otro día, el turismo mantiene a las poblaciones en sus lugares de origen y, como es la industria que crece a paso acelerado cada año, su importancia es cada vez mayor para los gobiernos. —Pero aún hay más a favor del turismo —interviene Álvaro—. Los viajeros que llegan de destinos lejanos no visitan un solo país, sino varios países vecinos a la vez. Este es un motivo muy grande para que estos se interconecten y convivan en paz, con vías de comunicaciones abiertas y seguras, cooperando permanentemente entre ellos. Una prueba de esto, y jamás antes vista, es que ahora los países colindantes hacen promociones de ventas conjuntas. La Chinita asiente. Angelita exclama, entusiasmada: —¡Qué guerras, ni qué guerras, entonces! Don José, quien hace un notable esfuerzo por mirar a los ojos a las jóvenes mientras las escucha, sonríe y concluye: —Yo también creo eso, señoritas. ¿Por qué no ambicionar una pequeña fracción de lo que pronto será el negocio más grande del mundo? Imaginen si le sumamos nuestras riquezas minerales, la pesca, la agroindustria y todo lo demás... Hoy leí, ¿o fue ayer?, que los viajes y el turismo son responsables de uno de cada diez trabajos en el planeta. Y que solo en la última década el 20% de los nuevos puestos han sido creados por ellos. La importancia de
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esta industria, desgraciadamente, no es notada por los analistas económicos sabelotodo porque es una actividad transversal que beneficia a casi toda la economía, por eso no aparece en las estadísticas. Latinoamérica tiene que convertirse en una de las mayores atracciones turísticas del mundo porque tiene una cultura fascinante, una historia riquísima y una geografía y gastronomía inigualable. ¡Ah, si el mundo viera lo que estos viejos ojos han visto! Pero tengan muy presente cuán frágil es todo esto, de seguir en aumento la criminalidad, una sola advertencia que haga un solo país importante a sus ciudadanos viajeros, puede echar a perder todo este sueño. Su voz ha retumbado por última vez, con ecos de otros tiempos. Álvaro y José Carlos asienten, con una mezcla de respeto y orgullo por el patriarca. Sus hijas no se quedan atrás. Las cuatro miradas se encuentran con esos ojos viejos, cansados ya, y es Carlita la que rompe el silencio. —Creo que debemos irnos, abuelito. Tienes que descansar. ¡Hasta ronquito estás! Los demás asienten, incorporándose en sus asientos. El viejo sonríe tímidamente, sabe que ya no podrá retenerlos más. Además, su nieta tiene razón, la voz pronto se le convertirá en un hilo. —Vamos —le dice Angelita con dulzura—, la China y yo te vamos a arropar.
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El anciano se deja manipular en su silla, como suelen hacerlo los infantes, y cierra por un instante los ojos para descansar la vista. Allá afuera la noche ha alcanzado su pozo más profundo. Como le ocurre todas las noches desde que cumplió un siglo, sabe que cada vez es menos probable que vea amanecer. Pero haber conversado de esta manera con su familia sería un hermoso final después de todo, se dice a sí mismo.
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