Después de la pandemia y el fin del capitalismo salvaje
¿AHORA
QUÉ? PEDRO MORILLAS
Después de la pandemia y el fin del capitalismo salvaje
¿AHORA
QUÉ? PEDRO MORILLAS
¿Ahora Qué? Pedro Morillas. © Copyright de los escritores Pedro Morillas, 2020. Diseño y diagramación: Michelle Gago No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea eléctrico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constituida de delito contra la propiedad intelectual. Editado por: ©LIBRERÍAS CRISOL S.A.C. para su sello editorial Página Once. Avenida El Derby 254, oficina 2002, Lima Central Tower, Santiago de Surco, Lima. www.crisol.com.pe Primera edición: agosto de 2020 Tiraje: 1500 ejemplares Impreso por: Tarea Asociación Gráfica Educativa. Pasaje María Auxiliadora 156-154, Breña, Lima. www.tareagrafica.com R.U.C. 20125831410 ISBN: nnnnn Registro de Proyecto Editorial N° nnnn Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú N° nnnn Lima – Perú, agosto de 2020 CRISOL no se hace responsable por la información vertida en el presente libro. De igual forma, las opiniones, datos y referencias presentes en esta publicación, son de entera responsabilidad de los autores.
«El progreso es imposible sin cambios, y aquellos que no cambian de opinión no pueden cambiar nada». George Bernard Shaw.
ÍNDICE Prólogo
Pág. 9
Introducción
Pág. 13
Amigos en tierras lejanas
Pág. 19
Un multimillonario en Trujillo
Pág. 25
El prototipo de Singapur
Pág. 29
Aparece la corrupción
Pág. 35
22 Años más tarde
Pág. 41
En tren por el interior de china
Pág. 47
Harbin
Pág. 53
Fuera de China
Pág. 57
Algunas reflexiones sobre un nuevo orden
Pág. 61
El primer mundo antes del covid-19
Pág. 67
El primer mundo durante el covid-19
Pág. 73
El fin de la democracia tal como la conocemos I
Pág. 79
El fin de la democracia tal como la conocemos II
Pág. 85
La realidad en el tercer mundo I
Pág. 89
La realidad en el tercer mundo II
Pág. 95
En carne Propia I
Pág. 99
En carne Propia II
Pág. 105
En carne Propia III
Pág. 111
La paradoja oriental
Pág. 117
La sociedad rosa
Pág. 123
¡Tranquilo, nadie te quitará tu yate!
Pág. 129
¿Ahora Qué?
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PRÓLOGO
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¿Ahora Qué?
El atractivo título de este libro de Pedro Morillas despierta curiosidad y abre el apetito con una narración que es actual y, no por casualidad, llevando como subtítulo “Después del Corona Virus”. Se trata de un lúcido testimonio en el que, a lo largo de sus páginas, el autor nos comparte varias interrogantes y reflexiones cruciales a partir de una intensa trayectoria vital como ciudadano, empresario y peregrino por el mundo. La rica experiencia de Pedro Morillas -incluido su conocimiento “en directo” de las evoluciones en curso en la China, Singapur y otros lugares- hace de este un texto, y las reflexiones que contiene, algo particularmente interesante y actual. La narración de la estadía en Harbin, por ejemplo, que ilustra claramente el salto que está dando la China. Con prosa fácil y atractiva, aquí da cuenta de una gran amplitud de problemas –incluyendo la amenaza constante de la corrupción sobre las instituciones- y retos que se le plantean al Perú y al mundo. No falta su dramática experiencia vivida como cabeza de una empresa peruana –Camosa- y el brutal impacto de una abrupta importación de productos cuya competitividad y precio se explicaban, en mucho, por financiamiento estatal promocional del Estado brasilero. Espaldas financieras que no sólo no existían en el Perú, sino que le fueron negadas cuando recurrió a la más importante institución financiera nacional para enfrentar ese bache que podría haber sido superado con algunos ajustes.
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Prólogo
Este libro sale a circulación en un momento particularmente dramático para el mundo y cuando varias tendencias estaban ya en marcha acelerada. Pero el curso vertiginoso de las cosas está imponiendo nuevas exigencias y retos a un presente en crisis. Dos realidades fundamentales marcan los tiempos que corren y lo que seguirá. De un lado, la pandemia del COVID-19 con sus efectos en la salud y, particularmente, en la economía mundial. Por el otro, el fulminante ascenso de China como potencia mundial y el desarrollo de la contradicción creciente con unos Estados Unidos internamente fragmentados y en lento declive, en lo que muchos caracterizan ya como una nueva “guerra fría”. Siendo impredecible el curso que seguirá la pandemia, así como cuándo y cómo se le pondrá fin, el dramático dato de la realidad es que sus efectos están siendo brutales. No sólo en los millones de contagios y cerca de los ya 800,000 muertos que van al momento de escribirse estas líneas, sino los tiempos de honda recesión y aguda crisis y recesión que se han abierto, sólo comparables, acaso, a la gran recesión de la década del 30 del siglo pasado o a la Europa devastada luego de la segunda guerra mundial. Mientras se desencadena este desastre, en el planeta se van reordenando algunas piezas claves del poder mundial económico, tecnológico y, eventualmente, militar. Cambios que anuncian un mundo que está empezando ya a ser muy distinto del que hemos conocido desde la posguerra. Dentro de ello, las interrogantes que depara la 11
¿Ahora Qué?
perspectiva de crecientes tensiones sino-estadounidenses y el impacto que irán teniendo en todo el planeta. En este volumen Pedro Morillas no pretende dar “recetas” desde un distante y solemne pulpito, sino ilustrar con interesantes ejemplos y fluida narración, lo que considera han sido las condiciones de políticas públicas y de inversión que han permitido a países como China o Singapur emprender con éxito salida de la pobreza y el atraso. El emprendimiento, la disciplina, la educación de calidad y el establecimiento de metas nacionales es ilustrado aquí con varios ejemplos. Seguro que muchas otras exigencias harán que para completar la solidez de los procesos se vaya poniendo énfasis también, en asuntos como la protección del medio ambiente y derechos democráticos como la libertad de expresión y la participación ciudadana. Mucho de lo que funcionó hasta esta crisis, sin embargo, se encuentra cuestionado en distintos lugares del mundo por sus efectos nefastos en el medio ambiente, la desigualdad y las contradicciones étnicas. Y vienen, seguro, tiempos más inciertos. En un contexto así, tiene particular interés este testimonio y visión, de alguien quien, como Pedro Morillas, ha enfrentado y superado diversas crisis y retos inmensos. En las grandes avenidas del desarrollo y el progreso este aporte de Pedro Morillas es un aliento de ideas y de una visión que es justo compartir y difundir. Lima, agosto de 2020 Diego García-Sayán
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INTRODUCCIÓN
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¿Ahora Qué?
«¿Ahora qué?» es la angustiada pregunta que deben haberse hecho los habitantes del Imperio Romano cuando lo vieron desmoronarse, tal como sucedió con otros formidables imperios muchísimos años atrás. Esa misma frase es la que nos hacemos ahora cuando Estados Unidos —liderada por el presidente más incapaz que se podría haber elegido— intenta evitar el colapso de su economía neoliberal y su hegemonía mundial y, al mismo tiempo, pretende resolver una crisis interna de gran complejidad originada por sus desigualdades sociales, la pandemia y una guerra comercial iniciada con China en el que no hay ganadores: en consecuencia, hoy contemplamos con asombro cómo un enemigo microscópico —el coronavirus— pone de rodillas a la súper potencia militar más grande y formidable que se haya conocido en la historia de la humanidad. Esta publicación se enfoca en algunos de los abusos cometidos por el capitalismo neoliberal o salvaje que nos mantiene en el atraso porque, a través de instituciones corruptas y un discurso político y mediático basado en la manipulación y la desinformación, logra que delincuentes de cuello y corbata se hagan de altos cargos dentro del Estado, incluso como presidentes de la república. En esta situación florecen la banca y los sistemas privados de salud y de educación, entre otros —e incluso el narcotráfico—, lo que demuestra que la corrupción no es un mal que se genera de abajo hacia arriba como suele decirse sino todo lo contrario: son los gobiernos de las sociedades de consumo más grandes y poderosas del planeta quienes enseñan sus malas prácticas a las élites del Tercer Mundo, para que estas, a la vez, se beneficien 14
Introducción
explotando a sus poblaciones. No es casual entonces que, en esta maraña de privilegios y arbitrariedades, existan partidos políticos que se hacen llamar conservadores —y aquí uno se pregunta: ¿Para conservar qué? ¿Para preservar un estado de cosas que, de alguna forma, nos ha conducido a este callejón sin salida?—. Cuando los ciudadanos de los países en vías de desarrollo salgamos de esta pandemia —los que logremos salir—, esperamos no solo sobrevivir sino perdurar en un mundo que valga la pena vivir. Porque en simultáneo hemos presenciado que, conforme se extendía la calamidad del covid-19, ocurría un trascendental cambio en el equilibrio de poderes en el planeta. Ahora que se espera el regreso a la «normalidad» —lo que sea que esta palabra signifique, porque en el libro explico por qué la vida que vivíamos no era normal—, creo que estamos ante una oportunidad para modificar la realidad por una distinta a la que ya conocíamos: una que sea más justa, inclusiva y fraterna, donde ya no se permita sociedades con pobreza endémica, hambre e injusticia y sin oportunidades idénticas para todos. Volvamos al tema del coronavirus: este, como todo en la vida, tiene su lado positivo y su lado negativo. El negativo lo conocemos: la pandemia lleva en su cuenta millones de víctimas y ha producido miles de muertes y una colosal destrucción de la economía mundial. No obstante, su aspecto positivo radica en que, al haber actuado como un apocalíptico reflector, enfocó y desnudó nuestras sociedades tercermundistas, y evidenció sin censuras nuestras conocidas y cancerosas llagas: la ignorancia, 15
¿Ahora Qué?
la pobreza, la corrupción, la desinformación y la manipulación política, males que ya no podemos barrer bajo la alfombra o fingir que no las vemos solo para creer que no existen o que pueden ser manejables. En simultáneo, dicha luminosidad nos mostró la naturaleza en todo su esplendor, en su forma más prístina y pura, con días de sol maravilloso y un inmaculado cielo azul libre de toda polución, tal como la conocieron nuestros antepasados antes de la contaminación que estamos dejando a las nuevas generaciones. En cierto modo, el covid-19 nos permitió reflexionar en el irresponsable daño que hacemos a la naturaleza y a lo más preciado que tenemos: nuestra juventud. Porque esta —comprensiblemente indignada— no es culpable de que nosotros no supiéramos elegir autoridades y deshacernos de instituciones obsoletas y corruptas desde hace muchos años. La cuarentena fue también una suerte de inmenso retiro espiritual que nos obligó a frenar de golpe la insana velocidad en que vivíamos, y nos forzó a cavilar en lo endeble que es la vida humana y lo hermosa y frágil que es la naturaleza. En ese camino nos hemos percatado de la necesidad de estar unidos y ser más solidarios, hemos aprendido que las oportunidades deben ser iguales para todos, para que la felicidad —fugaz como nuestras vidas— esté al alcance de las mayorías. En este relato de experiencias personales —de las buenas y de las malas— trato de ser lo más objetivo posible no tanto para influir y convencer a alguien, sino para señalar 16
Introducción
y resaltar algunos de nuestros males, porque nada se puede resolver en nuestros países si primero no se reconocen los problemas que los aquejan, y menos sus causas. Si bien creo que buena parte de las soluciones para lograr el anhelado futuro provendrán de la comunidad internacional, en cada nación será necesario formar grupos de ciudadanos honestos y capaces que trabajen como un equipo con un solo objetivo bajo el imperio de la ley. La crisis actual debe ser el punto de quiebre, por lo que debemos tener la mente bien abierta para aprender lo mejor de los mejores, venga esta de donde venga, sin temores, como no los tuve yo cuando muy joven leí El capital de Marx —y no me hice comunista—, Mi lucha de Hitler —y no me volví fascista— y la obra de Schopenhauer —que no me convirtió en un negativista en lo absoluto—. Por el contrario, aprendí mucho de estos autores y de otros, porque sencillamente el mundo ya no puede ser contemplado desde posiciones dogmáticas de blanco y negro y de posiciones económicas de izquierda o derecha, algo que pertenece a generaciones desfasadas y superadas.
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¿Ahora Qué?
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AMIGOS EN TIERRAS LEJANAS
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¿Ahora Qué?
Cuatro meses antes de que el coronavirus se convirtiera en una pandemia, mi esposa Susan y yo viajamos al Lejano Oriente. Singapur fue nuestra primera parada para encontrarnos con Brian Chang, un viejo amigo a quien no veía desde hace más de veinte años. Luego continuamos a China —el objetivo principal de ese largo periplo— y después recalamos en Rusia y Japón. Seguimos allí adonde me llevara el viento: quería satisfacer esa curiosidad que me llevaba a explorar una de las pocas partes de China que yo no conocía y que, supuestamente, era la zona menos desarrollada de ese inmenso país que hoy se conoce — con admiración y respeto— como el «Milagro Chino». De las otras regiones ya tenía alguna idea porque había viajado en cuatro oportunidades anteriores por negocios o turismo: la primera fue a mediados de la década de 1970, cuando la mayoría de la población aún vestía el «uniforme Mao» y se transportaba casi siempre en bicicleta por calles inmensas y semidesiertas. En Singapur no solo nos esperaba Brian Chang, sino también el embajador de ese país responsable de los asuntos peruanos en su cancillería, Giam Chin Toon, un diplomático itinerante muy culto y de agradable trato que visita Lima con cierta frecuencia. Y, por supuesto, también saludaría a Carlos Vásquez Corrales, el muy activo embajador peruano destacado en esa metrópoli. Lo coordinamos todo muy bien. He mencionado dos veces el nombre de Brian Chang porque él era el objetivo sentimental de esa visita: se trata de una extraordinaria persona que se ha hecho a 20
Amigos en tierras lejanas
sí mismo y su fortuna por su propia cuenta. Hasta hace poco, FORBES, la revista internacional especializada en evaluar fortunas, señalaba que mi amigo era el poseedor de la quinta fortuna en Singapur, una que se calcula en varios miles de millones de dólares. Explico este detalle porque Brian jugará un papel protagónico más adelante. Desde que nos conocimos en los años noventa, intercambiamos correspondencia de vez en cuando para mantener esa amistad única que producen la admiración, las ideas comunes y el respeto mutuo. Recuerdo que me lo presentó otro amigo, el norteamericano Frank Reidy, a quien conocí en Virginia Beach durante el autoexilio que me impuse con mi familia tras un atentado del grupo terrorista Sendero Luminoso con una bomba a pocos metros de nuestra casa en Lima. Vivimos varios años en Estados Unidos. Frank es otro notable personaje que también hizo su fortuna con sus propias manos, y la inició en Singapur al mismo tiempo que Brian. Ambos empresarios son apenas dos o tres años menores que yo, así que somos de la misma generación. Cuando nos conocimos, Reidy se dedicaba a la industria petrolera y tenía inversiones en biotecnología. Por esa época yo era el accionista mayoritario de Carrocerías Morillas S.A. (Camosa), una industria que producía buses de larga distancia y vehículos similares en una provincia del Perú, mi país, y aparte poseía algunas pequeñas empresas complementarias: por ejemplo, en Lima, la capital, yo era socio de un negocio de turismo receptivo dedicado a captar y atender turistas de todo el 21
¿Ahora Qué?
mundo. Con todo, el volumen total de mis ingresos no era ni una minúscula fracción de los de Chang y Reidy. Como no había vendido ninguna de mis empresas al mudarme a Estados Unidos, debía viajar con frecuencia al Perú y permanecer allí largas temporadas. Yo conocí a Frank a través de Juliette Reidy, su esposa de nacionalidad vietnamita y amiga muy cercana a Susan. Un día, Juliette nos invitó a almorzar en su residencia —una mansión construida con bloques de piedra por un exgobernador— en un lugar paradisíaco a la ribera de una de las desembocaduras de la bahía de Chesapeake. En nuestro recorrido a pie desde la zona de estacionamiento contemplamos vastos jardines adornados con obras de famosos escultores hasta que, a unos treinta metros de distancia, vimos a un hombre en ropa de trabajo y sombrero de paja que, a pleno sol, se dedicaba a podar la vegetación. Susan y yo saludamos con las manos y una sonrisa al jardinero, mientras este, amable y jovial, nos devolvió el saludo y señaló con las tijeras la ruta hacia la entrada de la casa. Grande fue nuestra sorpresa cuando, minutos después, el supuesto podador nos fue presentado por Juliette como Frank Reidy. Frank, un aventurero ingeniero mecánico, había vivido desde joven en Asia, adonde llegó como uno de los miembros del Cuerpo de Paz de la Alianza para el Progreso, el programa del presidente Kennedy que estuvo conformado por idealistas muchachos para llevar la democracia a los más remotos países del planeta. Como lugar de destino, Frank eligió una aldea de Pakistán: allí 22
Amigos en tierras lejanas
desempeñó su misión durante tres años, tiempo en el que también vivió algunas aventuras bastante arriesgadas y divertidas en comunidades de pintorescas costumbres. Cuando llegó el momento de regresar a su país, con mucha audacia solicitó que su billete de avión a Estados Unidos fuera el de la mayor cantidad de paradas intermedias posibles con las más largas estadías permitidas en cada una. Así, trabajando en lo que sea, conoció esa parte del mundo y amplió su experiencia de vida, hasta que arribó a Saigón apenas unos años antes de que empezara la guerra de Vietnam en 1965. En Estados Unidos yo conocí a muy buenos amigos, pero a ninguno llegué a conocer tan bien como a Frank, con quien solíamos conversar por largos ratos sobre política internacional y economía, temas que nos fascinan. A él le interesaban los problemas del Tercer Mundo y conocía y simpatizaba con sus necesidades, quizá por su contacto con personas de modesta condición social durante su juventud: es más, me atrevería a decir que sus experiencias en Asia lo marcaron para siempre y le dieron una gran sensibilidad que, sumado a su espíritu alegre, lo convertía en un hombre muy sencillo y fácil de tratar. Frank sabía que la permanencia de mi familia en su país era temporal, que yo estaba convencido de que en el Perú había mucho por hacer, y que solo esperaba que la difícil situación económica se estabilizara para emprender nuestro regreso. Frank me contó que, a su arribo a Vietnam a inicios de los años sesenta, se enamoró de tal modo de esa región 23
¿Ahora Qué?
que olvidó regresar a casa: colocó un marco a su pasaje de avión y lo colgó como un adorno en la pared de su oficina en una empresa de servicios de reparaciones marítimas que él fundó con dos amigos. Al cabo de un tiempo, los tres empezaron a ganar mucho dinero y adquirieron un penthouse con vista al mar en la mejor zona de Saigón, se hicieron de un velero y contrataron un cocinero chino de manera permanente. Solían tirar la casa por la ventana en memorables fiestas con las jóvenes más guapas del lugar y amigos extranjeros que los visitaban, hasta que Reidy conoció a Juliette, se mudaron a Singapur, tuvieron tres hijos y un matrimonio feliz. Años después, cuando Frank regresó a Estados Unidos, escribió sobre sus divertidas experiencias y los negocios que lo hicieron millonario en un libro que tituló ADVENTURE CAPITAL en alusión al clásico concepto económico del venture capital.
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UN MULTIMILLONARIO EN TRUJILLO
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¿Ahora Qué?
Cuando Frank Reidy se enteró, en una de nuestras conversaciones allá en la década de 1990, de que yo me dedicaba a la fabricación de carrocerías para autobuses sobre chasís de diferentes marcas, primero guardó silencio y luego se entusiasmó. Todavía recuerdo que, con un brillo en los ojos, me preguntó si mi empresa utilizaba fibra de vidrio en la producción. Le respondí que solo en ciertas partes de la carrocería, porque la mayoría se manufacturaba en acero. —¡Vaya casualidad! —me respondió—. Con Brian Chang, mi amigo y socio en Singapur, estamos desarrollando un proyecto revolucionario y ambicioso relacionado con lo que haces. Resulta que Brian había invertido una considerable suma de dinero en el prototipo de un avanzado bus ecológico fabricado por completo en fibra de vidrio. El proyecto nació cuando este innovador ingeniero, al observar un bus operando en plena ciudad, se preguntó por qué un vehículo dedicado al transporte de pasajeros, que es una carga ligera, debía pesar el doble de ella. «Es una incongruencia, un sobrecosto innecesario y superfluo tanto en el monto de adquisición del vehículo como en el de mantenimiento, además de una contaminación innecesaria», pensó en ese momento. Brian averiguó más detalles sobre el modo de fabricación en otros materiales y, al no encontrar una respuesta que lo dejara satisfecho, decidió producir él mismo un vehículo que fuera más liviano y revolucionase el mercado mundial 26
Un multimillonario en Trujillo
de buses. Para ello emplearía fibra de vidrio, un material tan resistente como el acero pero que solo pesa la mitad, y que es más fácil y económico de trabajar. Por supuesto que la idea me pareció interesante: desde ese momento deseé conocer a Brian Chang y ver el prototipo. Unas semanas después, Frank Reidy me llamó para coordinar un viaje suyo al Perú y visitar mis plantas de producción en Trujillo, una antigua ciudad colonial de seiscientos mil habitantes a una hora de vuelo desde Lima. Tras su arribo, y luego de inspeccionar los procesos de fabricación y tener varias reuniones con los ingenieros a cargo, el empresario no pudo evitar interesarse en particular en la planta de producción de autopartes en fibra de vidrio —me confesó que le había impresionado—, al punto que, al día siguiente, muy a su manera y dejando de lado todo protocolo de seguridad, solicitó que la traductora le acompañara a viajar en los destartalados buses que daban servicios por los lugares más remotos y peligrosos de la ciudad. Así fue como un multimillonario estadounidense terminó viajando en sobrecargados e inseguros buses abigarrado entre personas de bajos recursos que lo observaban con sorpresa y curiosidad, siempre acompañado por la guapa traductora en parte feliz y en parte asustada por el riesgo innecesario: durante todo un día cambiaron de una ruta a otra —y comieron donde pudieron— mientras tomaban minuciosas notas de cómo conducían los choferes en Trujillo, a qué velocidad promedio se desplazaban, cuánto costaba el combustible que usaban y, obviamente, cuál 27
¿Ahora Qué?
era el precio del pasaje. Aunque no lo comentaba, Frank estaba elaborando un acelerado estudio de mercado. Tras visitar algunos de los mejores restaurantes de Lima, llegó el momento de que Frank regresara a Estados Unidos. En el aeropuerto, al despedirnos, me hizo un comentario casi al oído. —Ahora entiendo tu preocupación por regresar, Pedro: aquí hay mucho por hacer. Tienes un lindo país, pero la población está viviendo sobre un barril de pólvora, y lo peor es que parece no darse cuenta. ¡Suerte y cuídate mucho! De regreso a Virginia Beach, Reidy preparó un informe que envió a su socio en Singapur. Unas semanas después recibí una invitación para conocer a Brian Chang.
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EL PROTOTIPO DE SINGAPUR
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¿Ahora Qué?
Cuando llegué a Singapur en 1994 era la segunda vez que lo hacía. La primera había sido a mediados de la década de 1970, una época en que esa pequeña ciudad-Estado todavía se encontraba en una fase incipiente, tiempos en que su primer ministro, el estadista Lee Kuan Yew, iniciaba los cambios que propiciarían el vertiginoso avance del país que sorprendería al mundo. En ese entonces llegué a la isla para promover mi naciente empresa de turismo receptivo: Singapur era un emporio comercial en ebullición, un lugar asequible y atractivo para turistas australianos y neozelandeses que lo visitaban por la cercanía a sus países, y que muchas veces era utilizada como parada técnica en sus vuelos a Europa o como lugar de compras accesibles de productos y servicios. Cerca al muelle había una extraordinaria actividad comercial con gran presencia de marineros de varias nacionalidades que alternaban en bares y cantinas con gente de mal vivir y mujeres del oficio más antiguo del mundo. Ya en los años noventa la ciudad era otra: impresionante, limpia y ordenada. La reunión con Brian Chang no pudo ser más amigable y relajada. Debido al clima tropical me recibió descalzo y en shorts, con parte de la camisa afuera y despeinado. Nos sentamos en una pequeña mesa redonda en la terraza de su penthouse —él con los pies sobre la mesa, hundido en su silla— acompañado por un asistente. Luego me invitó una bebida que sirvió personalmente. Por largo rato conversamos como si nos conociéramos de toda la vida: él sabía que Carrocerías Morillas S.A. era la primera industria carrocera del Perú y una de las trescientas empresas más grandes de mi país con acciones que se 30
El prototipo de Singapur
cotizaban en la Bolsa de Valores de Lima. No había duda de que los reportes de Frank habían sido bastante completos. Con diligencia, Brian me contó que habían buscado lo mejor en el mundo para fabricar el prototipo. Por ejemplo, para elegir a las personas que bosquejarían el vehículo contrataron a los más prestigiosos diseñadores y arquitectos especializados en fibra de vidrio de Nueva Zelanda. ¿Por qué? Porque los veleros ganadores de las últimas regatas de la competencia que cruza el Atlántico por la Copa del Mundo son casi siempre fabricados por neozelandeses. Profesionales de Detroit, que por ese tiempo aún estaban considerados entre los mejores desarrolladores del mundo, fueron escogidos para el diseño del tren motor. Y se había planificado que el lugar de producción sería Malasia dada la cercanía para la supervisión, por la calidad de sus técnicos y por su mano de obra económica. El prototipo en cuestión era un ingenioso monoblock de fibra de vidrio sin chasís, diseñado en dos mitades como una inmensa nuez abierta por la mitad que luego se unían a través de cuerdas de material sintético —liadas como si se tratara de un embutido— que, al entrar en contacto con el calor del soplete, se disolvían y solidificaban hasta formar una caja compacta. Cada pieza lateral incluía no solo las ventanas ya cortadas y los asientos pegados, sino que también incorporaba la mitad del piso, la mitad del techo y la parte frontal y posterior del bus. La fuerza motriz era proporcionada por un pequeño motor a gas natural en forma de batería instalada en un compartimiento sobre 31
¿Ahora Qué?
el eje propulsor posterior, y podía insertarse o retirarse con facilidad por la parte trasera del vehículo como si fuera la pila eléctrica de un juguete. De esta manera, en caso hubiese un desperfecto mecánico con el sistema, un pequeño motor de reemplazo podía ser transportado en una camioneta con tolva para que, en solo cuestión de minutos, el bus pudiera continuar circulando, con lo que se evitaba el costo de mantener buses de retén que suelen encarecer la operación de la flota. En algún momento, Brian me invitó a tomar un trago en su bote. Nos dirigimos al muelle y, de pronto, nos encontramos ante una bestia de casi cinco pisos de altura: su «bote» era el yate «Asian Lady» que requería 18 tripulantes para ser navegado. Una vez a bordo me llevó de paseo por todo ese edificio flotante. Allí aprecié las diversas cabinas-suites, el puente de mando equipado con tecnología de última generación y una plataforma de aterrizaje para helicópteros. Todo un súper lujo de nave. Recuerdo que por un momento me pregunté para qué me había llevado a su yate. De algo sí estaba seguro: no era para presumir de su fortuna. Brian no es de esa clase de personas. —¿De qué material crees que está hecho esto, Pedro?—me dijo al sentarnos en uno de los banquillos altos del bar y golpear ligeramente el mostrador con los nudillos de la mano. Yo repetí la operación y dije lo que él quería escuchar.
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El prototipo de Singapur
—De fibra de vidrio, naturalmente. Luego se puso de pie y me invitó a tocar las paredes del yate. «¿Y esto?», me preguntó, y constaté que el material era el mismo que el del mostrador, y así fuimos comprobando toda la estructura y los acabados. —¿Te das cuenta?— comentó Brian con una sonrisa—. Cuando los diseñadores neozelandeses se preguntaron si era posible fabricar un vehículo exclusivamente con fibra de vidrio, les señalé mi bote: «Si ustedes pueden producir eso, ¿por qué no podrían con un bus?». Ambos reímos. Él tenía razón y nadie parecía haberse dado cuenta. —Ahora dime, Pedro, ¿qué edad le calculas a esta nave? —¡Está nueva! Creo que puede tener uno o dos años como máximo. —Pues no, amigo, ¡tiene doce años! —me respondió con una mirada divertida—. ¿Qué significa esto? Que las estructuras en fibra de vidrio no se oxidan, no envejecen ni necesitan pintura para parecer recién fabricadas. Esa misma tarde firmamos un memorando de entendimiento en un restaurante chino. En el documento acordamos formar una empresa que concluiría el desarrollo del prototipo y dividimos la producción y comercialización de 33
¿Ahora Qué?
los vehículos en tres partes: Frank Reidy se encargaría del mercado en América del Norte, yo en América Latina, y Brian Chang en Asia y el resto de países. De ese modo nos comprometimos a construir miles de estos buses de fibra de vidrio alrededor del mundo. Era una de las apuestas más innovadoras y arriesgadas de mi vida, y yo me sentía muy ilusionado: nadie en la región estaba apostando por lo que teníamos en mente. Gracias a nuestro proyecto, el Perú se convertiría en un polo de producción industrial de buses de servicio urbano económico y ecológico.
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APARECE LA CORRUPCIÓN
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¿Ahora Qué?
Antes de viajar a la reunión con Chang en Singapur, Carrocerías Morillas S.A. (Camosa) empezó a tener problemas financieros. Resulta que un grupo de fabricantes de buses de Brasil, mediante un crédito escandalosamente subsidiado por su gobierno, introducía vehículos a menor costo en el mercado de mi país de manera acelerada. Ante esa abierta muestra de competencia desleal de las empresas Marco Polo, Buscar y otras, recurrimos a un organismo público peruano encargado precisamente de la regulación de ese tipo de actividades: el Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y la Propiedad Intelectual (Indecopi). Mientras se resolvía la demanda, en Camosa nos vimos obligados a establecer una política temporal con ayuda de la banca local: otorgar un crédito desproporcionado —casi igual en plazos al de los brasileños— a nuestros clientes solo para mantenernos en el mercado. Por lo general, este tipo de delitos suelen resolverse en el corto plazo porque la Organización Mundial de Comercio (OMC) considera los casos de dumping y subsidios como sumarios —es decir, que deben resolverse en un tiempo máximo de seis meses—, y además establece que, mientras dure el caso, se deben aplicar medidas compensatorias a favor de los agraviados. Digamos que era la forma inmediata de contener a esos empresarios inescrupulosos para que no nos sacaran del mercado. Sin embargo, a mi regreso de Singapur, Indecopi demostró incompetencia para tomar una decisión oportuna y justa a favor nuestra. El contexto ayudaba a la ineptitud de su 36
Aparece la corrupción
burocracia: si bien en esos años el gobierno había sentado las bases de una economía neoliberal que ha funcionado hasta ahora, sus medidas también provocaron que se abrieran las compuertas a la libre importación sin control, lo que permitió abusos como el que sufrió mi empresa y otras industrias nacionales. De pronto peligraba Camosa, un negocio familiar que había comenzado como un modesto taller de carpintería y que, cincuenta años después, era una de las compañías líderes en la producción de buses de larga distancia en el Pacífico Sur, con colaboradores estables y altamente calificados —capacitados en el extranjero—. Con indignación contemplé cómo una empresa peruana con un valor superior a los treinta millones de dólares, que era uno de los principales contribuyentes del fisco, que generaba cientos de puestos de trabajo directo con un gran efecto multiplicador, que invertía en investigación y desarrollo y apostaba por tecnología de última generación, era ignorada por las autoridades del país. Acudimos a todas las autoridades involucradas— incluyendo al mismo presidente de la república— para exponer nuestro caso, pero nadie parecía poder hacer nada por la compañía. Los funcionarios aducían que el marco legal respecto a los subsidios todavía no estaba muy desarrollado, que había ciertos vacíos en las normas y que debíamos tener paciencia. Los meses pasaron y, en el transcurso, el gobierno brasileño intervino en el proceso y, en una jugada ilegal, tergiversó el sentido del reclamo y lo convirtió en una demanda contra su país, lo 37
¿Ahora Qué?
que permitió liberar de responsabilidad a los fabricantes desleales. En otras palabras, el aparato estatal de Brasil pasó a defender empresas privadas con el dinero de sus contribuyentes. Ahora nosotros debíamos enfrentarnos a un monstruo gigantesco. Durante largo tiempo nos costó entender la razón de esa inexplicable inoperancia. Luego sabríamos que detrás había ocultos intereses que testimonié en el libro Impunidad S.A. (Mesa Redonda, 2015), y que resumo más adelante en los capítulos «En carne propia I, II y III» (páginas 47, 50 y 53) de esta obra. Lo cierto es que, tras casi dos años de endeudamientos inútiles y trámites fallidos, Carrocerías Morillas S.A. se declaró insolvente. Para colmo de males, la compañía pasó a ser parte de un programa de Indecopi especializado en reestructurar empresas en problemas financieros: la ironía era que esa misma entidad nos había llevado a tal situación. Como es natural en procesos de este tipo, Indecopi convocó a una junta general de acreedores cuya máxima responsabilidad —por tener la acreencia mayor— recayó en el Banco de Crédito del Perú (BCP), la sociedad financiera más sólida del país y que nos había acompañado a lo largo de nuestra exitosa trayectoria por medio siglo. Pero fue una esperanza efímera. El banco desaprobó el plan de reestructuración de nuestros expertos y entregó Camosa a unos «interventores» de pésima reputación para que supervisaran una reestructuración que nunca llegó: fueron ellos quienes, con engaños y prácticas corruptas, se encargaron de destruir en poco tiempo una 38
Aparece la corrupción
de las compañías más importantes del país. Mi empresa se precipitó aceleradamente al cierre. Por esos días me comuniqué con Brian Chang y, con pena, decliné continuar en el proyecto de los buses fabricados con fibra de vidrio: ya no tenía dinero, tiempo ni energías para continuar con algo así. Brian, al enterarse de lo sucedido, tuvo una actitud noble: ofreció ayuda para Camosa. —Pedro, ¿qué puedo hacer? ¿Te parece bien si compro el 10% de tus acciones? ¿Bastarán 2 millones de dólares? —me dijo—. Es más, puedo viajar y entrevistarme con el presidente de la república y el alcalde de Lima para ofrecerles 5 mil de nuestros buses. Mis contactos en el Banco Mundial podrían ayudarme con el financiamiento. Así fue como este empresario innovador y arriesgado quiso darme una mano, pero yo, que conocía la real magnitud del problema, sabía que era tarde y no era ético hacer algo que pudiera ser considerado una estafa. —Agradezco tus palabras, Brian, y aunque sí es posible venderte las acciones, no quiero hacerlo —fue mi respuesta—. Y no lo hago porque ahora mismo la empresa está herida de muerte, y para ti sería como invertir en el Titanic cuando el agua ya está por encima de su línea de flotación. Luego, con un hilo de voz, le expliqué a mi buen compañero que, por ser extranjero, no podía entender la realidad que se vivía y todavía se vive en países del Tercer Mundo: una 39
¿Ahora Qué?
realidad muy diferente a la que él estaba acostumbrado en Europa y Asia. Aquí, por el contrario, priman los intereses de los políticos y empresarios corruptos. Años después de lo de Carrocerías Morillas S.A., volví a encontrarme con Frank y su familia una o dos veces más en Estados Unidos. De Brian Chang, en cambio, supe poco durante dos décadas hasta hace unos meses. Por mucho tiempo creí que el proyecto de los vehículos había continuado entre ellos como socios, pero en realidad fue abandonado meses después de mi salida: ni Reidy ni Chang tenían conocimientos y experiencia en la fabricación y comercialización internacional de buses urbanos como yo, y tampoco tenían contactos en el Tercer Mundo, que iba a ser el mercado inicial desde donde se echarían a rodar las unidades. —Cuando te fuiste teníamos contratados profesionales para concluir el prototipo, pero no tuvimos mucha suerte con eso. Y dado que Brian es un hombre muy ocupado, se cansó del proyecto y se dedicó a sus otros negocios. Ese fue el último comentario que Frank Reidy hizo sobre el tema.
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22 AÑOS MÁS TARDE
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¿Ahora Qué?
En setiembre del año 2019, mi esposa y yo llegamos a Singapur. Era principios del otoño boreal y, desde nuestra habitación en el piso 64 de nuestro hotel, observamos el hermoso panorama que ofrecía la capital, una urbe planificada a la perfección. Sorprendentemente, por esos días el cielo se mostraba un poco gris, sin su característico cielo azul: esa neblina se debía a los incendios forestales que por aquel entonces ocurrían en Sumatra, a cientos de kilómetros de allí. Esa misma noche cenamos con Giam Chin Toon, el embajador de Singapur en el Perú, con su esposa y con el embajador peruano. Dos noches después salimos a cenar con Brian Chang y su esposa Annie a uno de los mejores restaurantes de comida china de Singapur. Allí, entre broma y broma, recordamos cuando Brian nos atendió la última vez en China, 22 años antes, al ser invitados —junto con mi hija, quien entonces estudiaba el idioma mandarín en Beijing— a visitar varias fábricas carroceras que él había adquirido para producir buses de fibra de vidrio. Nos alojamos en las bien equipadas habitaciones que cada fábrica tenía para sus visitantes, almorzamos con sus ejecutivos en los comedores —donde servían exquisita comida local igual o mejor que la de cualquier restaurante de lujo—, y nos sorprendimos por las frecuentes llamadas por móviles que nuestra guía hacia y recibía de China o del extranjero con una nitidez y facilidad asombrosa para ese tiempo. Al quinto día, mientras desayunábamos en una de esas plantas, el gerente general, apenas tomó asiento, comunicó a todos —con lágrimas en los ojos— que Deng Xiaoping, el muy querido primer ministro de China, acababa de fallecer. 42
22 años más tarde
Brian Chang nos devolvió al presente cuando preguntó por nuestro itinerario en China. Él sabía que yo quería conocer de cerca el extraordinario avance que había logrado ese país en las últimas dos décadas y, sobre todo, que quería recorrer las «zonas más atrasadas» del norte: tenía curiosidad en saber si no estaban maquillando sus ciudades con una falsa prosperidad solo para las fotografías. Mi amigo me respondió que, sea adonde fuere que me dirigiera —«si te dicen que vayas a la derecha, vete a la izquierda, y si te dicen que vayas para adelante, ve hacia atrás»—, siempre iba a encontrar lo que buscaba. Con el tacto usual en alguien tan experimentado, Brian obvió preguntarme cómo me sentía después de perder Camosa, y tampoco mencionó nuestro fallido proyecto conjunto de los buses de fibra de vidrio. Más bien hablamos sobre Frank Reidy y Juliette, nuestros amigos en común, y luego de la actual realidad económica de mi país. En un momento dado, proactivo e innovador como siempre, mi anfitrión sugirió una idea para generar polos productivos en los países tercermundistas: que, a la usanza china, se unifiquen tres ciudades cercanas, se interconecten y se conviertan en una sola metrópoli de gran actividad social, cultural y económica que rivalice con otras de la misma región. «La clave está en que se planifique muy bien el futuro de cada gran ciudad», mencionó. Por supuesto, la coyuntura también exigía que habláramos sobre la guerra comercial entre Estados Unidos y China.
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¿Ahora Qué?
—¿Que qué opino sobre Donald Trump? La pregunta debería ser en qué momento hablamos de él: ¿El Trump de ayer o el Trump de hoy? —me respondió—. Porque la verdad es que ese hombre cambia de rumbo todos los días. ¡Es tan errático e impredecible! —¿Y qué crees que sucederá con Huawei? —Eso es un conflicto iniciado casi con desesperación por Estados Unidos para frenar el crecimiento chino a como dé lugar. Pero ya es tarde, nadie puede detener ahora a China, su crecimiento es imparable. Para Brian estaba claro el desplazamiento del eje económico y político del mundo hacia Oriente. Y él es una fuente de primera mano: en estos momentos, entre otras inversiones en China, este ingeniero multimillonario es propietario de Yantai CIMC Raffles, uno de los astilleros más grandes del mundo situado en la provincia de Shandong. Como es lógico pensar, está enterado de lo que el gobierno chino tiene planeado hacer para los próximos años. Por ejemplo, en esa ocasión nos mencionó que estaba por inaugurarse un inmenso aeropuerto que ningún otro país tenía: uno con 7 pistas de aterrizaje —y 2 más de reserva para habilitarlas conforme se fueran necesitando— que había sido construido en secreto. En efecto, unos días después —en perfecta coincidencia con el aniversario por los 70 años de la Revolución China— se inauguró el aeropuerto internacional Beijing Daxing que inicialmente atenderá a 45 millones de pasajeros al año. 44
22 años más tarde
En algún momento mi esposa hizo un comentario sobre la inmensa cantidad de tiendas de artículos de lujo que se veían en las calles de la ciudad. A ello, Brian respondió sin sorna. —Es bueno que las admires porque, dentro de tres o cuatro años, ya no estarán: la competencia del comercio en línea y la distribución mediante drones y vehículos que se conducen solos obligarán a cerrar esas tiendas. Ya que hablábamos sobre el futuro, con una ligera sonrisa me atreví a plantear una pregunta que solo él podía aceptar y de la que yo casi intuía la respuesta. —¿Qué crees que sucederá con la notoria acumulación de riqueza en pocas manos que existe en el mundo? ¿Qué sucederá con dinosaurios como tú? Brian, con una sonrisa mucho más amplia aún, contestó con tranquilidad. —¡Simplemente ya no existiremos!
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¿Ahora Qué?
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EN TREN POR EL INTERIOR DE CHINA
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¿Ahora Qué?
Contra toda expectativa, Beijing nos recibió con un esplendoroso día: la característica neblina de su polución había desaparecido como por encanto. Quizá los chinos habían conseguido controlar ese mal propio de su alto grado de industrialización. O como era octubre y el país estaba por celebrar el gran acontecimiento de la Revolución China —las banderas rojas flameaban en todos los edificios—, las autoridades habían ordenado un momentáneo cese de actividades de las industrias contaminantes. Esta última posibilidad era la más creíble. Por la tarde nos reunimos con Patricia Castro Obando, una reconocida periodista peruana afincada en esa ciudad con su esposa. Después de la cena ya teníamos elegido el siguiente itinerario: Harbin, una antigua localidad en Manchuria —cercana a Mongolia y Rusia— que alojó a la diáspora de rusos blancos y judíos durante la revolución de los bolcheviques, y que hoy es conocida como la «Ciudad del hielo y la nieve» por ser la más fría del país y por celebrar, cada año, el Festival de Invierno, un evento único y muy popular en China en el que se desarrolla una competencia internacional de esculturas de hielo. En la estación central de trenes de Beijing nos sorprendió la modernidad y el orden imperante, pero eso no fue nada comparado con el aerodinámico tren de alta velocidad que, en 10 horas y con pocas y efímeras paradas, recorrió casi 1.700 kilómetros a una velocidad fulgurante. En pequeñas pantallas digitales colocadas sobre las amplias ventanas veíamos la velocidad a la que íbamos —por lo general, 306 kilómetros por hora—, aunque en los folletos 48
En tren por el interior de China
de los asientos se leía que el vehículo había superado los 500 kilómetros por hora durante las pruebas de rigor. El paisaje se componía de campos de cultivos, aunque por la velocidad no podía definir de qué sembríos se trataban exactamente. Yo esperaba encontrar —tal como había visto más de 20 años atrás— pueblos de modestas casas de una o dos plantas con ventanas de vidrios de colores extraños, como las hay en las zonas pobres de las provincias del Perú: recalco que en este viaje quería corroborar si todavía quedaba algo de la pobreza que había conocido en el país. Sin embargo, ahora veía poblaciones rurales rodeadas de maquinarias agrícolas modernas y casas edificadas con criterio arquitectónico. Definitivamente, esto era parte de los efectos de una economía que en las últimas 2 décadas había crecido a un promedio del 10% anual, mientras que el mundo lo había hecho al 4%, y Estados Unidos, al 3%. En el tren, mi esposa y yo éramos los dos únicos viajeros occidentales. Algo frustrado de que no pudiera fotografiar el panorama por la velocidad del tren, busqué los descansos existentes entre vagón y vagón: allí permanecí de pie durante varias horas con mi cámara apoyada contra el vidrio. Fue imposible captar vistas que no fueran más que imágenes fugaces. Lo que sí pude apreciar fue la envidiable infraestructura terrestre elevada que conectaban ciudades. Y estas ciudades, además, podían estar compuestas por masivos bloques de modernos edificios de 30 pisos cada uno con amplios jardines entre cada torre, o bien estaban en plena construcción entre marañas de grúas y equipos pesados de ingeniería civil. Como las estaciones del tren estaban situadas a 5 o 6 pisos de altura, se podían apreciar 49
¿Ahora Qué?
calles pulcras y bien ordenadas —a mi esposa y a mí nos sorprendían los anuncios de marcas internacionales como Coca-Cola, McDonald’s, FedEx y Carrefour, por ejemplo— y un sistema de transporte público moderno y fluido. Y entre los pasajeros, veíamos subir y bajar ciudadanos bien vestidos con rostros sonrientes y flamantes valijas. Todo parecía sacado de las escenas cinematográficas de una urbe futurista. Llegamos de noche a Harbin. Las señales de tránsito y las direcciones en el interior de la estación no solo estaban rotuladas en mandarín sino también en inglés. Así fue como pudimos dirigirnos hacia la parada de taxis con nuestro equipaje. Al abordar nuestro vehículo, mostramos al conductor un papel con el nombre del hotel escrito en caracteres chinos. Él asintió, pero al guardar nuestra maleta en el maletero, se percató de que esta era demasiado grande para el espacio —el tanque de gas vehicular ocupaba gran espacio—. Entonces murmuró algo en su idioma, introdujo como pudo la valija —quedó un tercio en el aire— y la ató con una cuerda para que no volara por los aires. Todo el camino, mi esposa y yo estuvimos preocupados: la maleta podía ser robada o salir disparada y dispersar nuestras pertenencias en plena avenida. Intentamos protestar pero el conductor se mostró impasible: miraba hacia adelante sin prestar atención a nuestra molestia. Así estuvimos hasta que me percaté de que la parte izquierda del espejo retrovisor era una pantalla donde se veía el auto en 360 grados sin obstrucciones ni puntos muertos a través de cámaras externas. Eso nos tranquilizó en parte. 50
En tren por el interior de China
En el tablero del conductor no solo estaba el aparato para realizar los pagos mediante tarjetas de crédito o aplicaciones, sino también una pantalla donde el taxímetro marcaba la suma de dinero que debíamos pagar. A la vez, había una especie de tacómetro que, cada cierto tiempo y según avanzábamos, dejaba caer una cinta de papel marcada. Al llegar al hotel ya podíamos saber cuánto debíamos pagar con solo mirar el taxímetro digital, pero nos sorprendimos cuando el conductor desglosó la cinta y nos la entregó: era el comprobante de pago. Con esta interesante modalidad, los chinos evitan la evasión de impuestos y todos pagan lo que tienen que pagar. No pude menos que pensar la diferencia entre este sistema de taxi y el de mi país tercermundista donde los conductores, además de inflar los precios del servicio a la primera oportunidad, no entregan comprobante alguno, con lo que prolongan la informalidad que tanto nos aqueja. Tras alojarnos en el hotel, salimos a dar una vuelta y nos volvimos a sorprender: nosotros éramos los únicos turistas que pagaban con efectivo o con tarjeta de crédito. Los demás pagaban con solo acercar sus celulares a la mercancía que deseaban adquirir —desde una fruta hasta una gabardina— con solo una aplicación. Definitivamente estábamos inmersos en una sociedad del futuro: una sin monedas ni billetes.
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¿Ahora Qué?
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HARBIN
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¿Ahora Qué?
En Harbin nos alojamos en la parte antigua. Las calles empedradas de la avenida principal lucían limpias y las residencias edificadas hace más de 2 siglos — que evocaban un pasado con cierta inclinación por la arquitectura rusa— se encontraban bien conservadas. La ciudad creció precisamente con la llegada del ferrocarril oriental chino que conectaba con la famosa red ferroviaria del Transiberiano: el lugar prosperó al recibir una importante cantidad de inmigrantes —en este caso, del imperio ruso—. Para principios del siglo XX, Harbin ya era un singular enclave compuesto por colonias rusas y judías-rusas, quienes a su paso dejaron iglesias ortodoxas, sinagogas y cementerios. De hecho, en la década de 1920 era considerada la capital de la moda en China, puesto que los nuevos diseños provenientes de París y Moscú llegaban allí antes que a Shanghái. En esa ciudad de más de diez millones de habitantes nunca encontramos pordioseros o borrachines durmiendo en bancas o aceras, y tampoco vendedores ambulantes, algo común en América Latina: aunque no soy un experto en la materia, quizá al no existir informalidad de ningún tipo no hay opción para que circule «dinero negro» en la ciudad —lo que le daría ese clima de tranquilidad—. Esa también sería la razón por la que casi no hay policías en las calles —una sola vez a cinco días de nuestra llegada vimos a una oficial—. Nos sorprendió más que, adonde fuera que íbamos, encontrábamos paquetes apoyados en las puertas de casas sin que ningún desconocido se atreviera a cogerlos. Y los días que ingresábamos a algún KFC o Burger King —a veces nos cansábamos de la 54
Harbin
comida china—, veíamos parejas con bebés que, mientras degustaban sus pedidos, dejaban sus pertenencias sobre las sillas sin temor a perderlas. Harbin, además, no tiene nada que envidiar a las ciudades más modernas de su país: también allí se encuentran tiendas de lujo como Louis Vuitton, Armani, Cartier y Swarovski. La mayoría de la población viste ropa de marcas conocidas. Un día recorrimos a pie el malecón de varios kilómetros de longitud del río Songhua que se encuentra rodeado de innumerables árboles y plantas ornamentales. Luego subimos a una de las embarcaciones turísticas que se dirigen hacia la orilla de una isla que parecía ser una reserva protegida —un teleférico también hacía el mismo recorrido, pero de eso nos enteramos cuando ya estábamos en plena navegación— e hicimos la excursión de casi 3 horas entre ciudadanos chinos de diversos lugares. Allí conversamos un tanto con algunos pasajeros jóvenes —los mayores de 40 años de edad no hablan otro idioma que no sea el suyo—. Ya en la isla abordamos un vehículo eléctrico para cerca de 25 pasajeros y recorrimos avenidas muy bien conservadas entre abundante vegetación: si uno lo deseaba podía descender en cualquier parada para visitar museos, teatros, restaurantes o pequeños lagos sin problema. Con el mismo billete subimos a otro vehículo que nos dejó en el embarcadero de la nave de regreso. Durante el trayecto vimos personas jugando vóleibol, pescando, montando bicicleta o sobre triciclos y patines de varios tipos. Cualquiera podía practicar allí su deporte favorito. 55
¿Ahora Qué?
Así transcurrieron nuestros días en China, visitando todo lo que podíamos y sentándonos en las aceras para escuchar a los niños que cantaban con entusiasmo junto a sus profesoras y señores mayores —que, por los uniformes que llevaban, debían ser veteranos del ejército rojo—, siempre portando banderitas chinas en la mano y acompañados con una banda de música. Nuestro guía de turismo fue un desinhibido muchacho gay que no tenía mucho que decir, pero al preguntarle qué pensaba sobre las protestas callejeras de Hong Kong contra el Partido Comunista de su país, minimizó el asunto diciendo que se trataba del caso aislado de un pequeño grupo de estudiantes manipulados y enardecidos por la CIA que solo ansiaban obtener la visa americana para estudiar o emigrar. Algo nos quedó dando vueltas en la cabeza: como nuestro viaje coincidió con los días previos a una festividad, nunca supimos si la ausencia de personas indeseables en las calles se debió al hecho de haber sido escondidas o «retiradas de circulación» por un momento. Quizá sea una sospecha infundada, considerando que Harbin es una ciudad remota y con escasos visitantes extranjeros, pero meses después una amiga me comentó que, si bien a ella también le había impresionado su visita a China, cuando ella y su compañera de viaje perdieron el tren bala entre Guangzhou y Yiwu, se vieron obligadas a utilizar un tren normal, y allí vivieron una desagradable experiencia: tuvieron que viajar sentadas sobre unos tablones en un vagón en medio de una muchedumbre maloliente que parecía haber estado trabajando en el campo.
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FUERA DE CHINA
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¿Ahora Qué?
Una vez que visitamos parte del noreste del inmenso país asiático, y ya estando cerca de una de las fronteras más alejadas de Rusia, mi esposa y yo nos dirigimos a Vladivostok —allí pasamos tres días y dos noches— y luego a Sapporo en Japón, desde donde recalamos en Tokio para abordar nuestro vuelo de regreso al Perú. En Rusia, tras retirar nuestro equipaje en el aeropuerto de Vladivostok, nos acercamos a la oficina de información y turismo para averiguar el precio del taxi a nuestro hotel: una funcionaria muy seria, sin el menor gesto de amabilidad en el rostro, nos dijo que debíamos pagar cerca de 30 euros y con la mano señaló el paradero. Al salir no pudimos evitar sentir un dejavú: los conductores se apretujaron alrededor de los pasajeros y nos acosaron igual a como lo hacen los taxistas en el aeropuerto de Lima. El primero pretendió cobrarnos 90 euros, y cuando le dijimos que sabíamos que solo debíamos pagar la tercera parte, se alejó mascullando algo entre dientes. Otro quiso 60 euros y el tercero, 40. Al llegar al hotel y pagar el servicio, el conductor no extendió recibo alguno ni dio las gracias: una señal de la existencia de la informalidad en la economía rusa. Vladivostok es un importante y pintoresco puerto que hasta hace 20 años nadie podía visitar: era la base de la poderosa marina soviética en el Océano Pacífico y, por tanto, un lugar secreto. Su historia se remonta a 1868, cuando China cedió unos terrenos costeros del este al imperio ruso en los que se fundó una villa y, más tarde, se construyó el puerto. Al desaparecer la Unión Soviética, Vladivostok perdió su misterioso estatus, y en 2012 se convirtió en sede del Foro 58
Fuera de China
de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC por sus siglas en inglés), un evento que significó su modernización. Hoy la ciudad recibe visitantes de Corea del Sur, Japón, China y otros países cercanos. Pese a estas mejoras, la guía de turismo comentó que la expectativa de vida para los habitantes de estos lares es de solo 61 años en promedio, algo que tal vez se debe a la dura vida que llevan y a los alimentos y la cantidad de alcohol que ingieren, debido a la soledad y falta de esperanza en la región. Al contemplar una iglesia cristiana ortodoxa junto a una estatua sonriente del escritor ruso Aleksandr Solzhenitsyn, nos preguntamos cómo fue que el templo se mantuvo funcionando durante tantos años con un régimen comunista ateo. Nuevamente la guía nos iluminó: resulta que la feligresía había disminuido en forma considerable, es verdad, pero que ahora el gobierno de Putin destinaba suficientes fondos para su preservación como patrimonio cultural y turístico. «Además, los oligarcas donan parte de sus fortunas para ese fin, más por afán de figuración que por otra cosa», nos dijo, no sin agregar que muchos de estos multimillonarios suelen portar cuadros antiguos y figuras religiosas en sus enormes yates para aparentar un supuesto pedigrí que los «vincule» con la realeza rusa. De Sapporo, al norte de Japón, no hay mucho por decir porque nuestro paso fue de solo dos días: la ciudad es la más grande e importante de la prefectura de Hokkaido, y es famosa por haber sido la sede de los Juegos Olímpicos de Invierno en 1972, y por ser el lugar de origen de la emblemática cerveza homónima y de los deliciosos 59
¿Ahora Qué?
cangrejos peludos. Luego regresamos a Tokio a bordo del Shinkansen, como se conoce allí al tren bala. En general, el país del sol naciente reafirmó el concepto que siempre tuve sobre este: una súper potencia económica y una sociedad con una población honorable y respetuosa, sumamente ordenada y disciplinada, con urbes cuidadosamente planificadas, y con infraestructura y tecnología de última generación.
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ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE UN NUEVO ORDEN
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¿Ahora Qué?
Yo no soy un académico, un historiador o filósofo, y soy consciente de que eso puede tener limitaciones a nivel de nociones, pero en cambio tengo experiencia y muchos años como empresario y viajero, y me considero un libre pensador sin filiaciones políticas —mi curiosidad siempre se antepuso a dogmas e ideologías, por lo que siempre he tratado de leer, escuchar y ver de todo—. Y aunque no es mi intención ofender a nadie en estas líneas —en particular a mis amigos estadounidenses a quienes quiero y valoro por su inteligencia y sus virtudes—, aclaro que lo que menciono en este ensayo es sobre los gobiernos y no sobre los gobernados. Lo cierto es que, a partir de mi último viaje a China, no tuve más opción que comparar la sociedad oriental con la occidental —hegemonizada esta última por Estados Unidos— a grandes rasgos. ¿Qué encontré? En primer lugar, que el sistema comunista, que se practicó por algún tiempo en algunos países del mundo, no existe más y, por lo tanto, ya no es necesario mencionarlo como ejemplo de nada. En consecuencia, solo queda comparar dos sistemas antagónicos: el capitalista y el socialista, ambos con una serie de variantes propias. En segundo lugar, es evidente una desesperada hostilidad por prevalecer por parte del neoliberalismo o «capitalismo a ultranza», que defino como una desviación perversa del concepto original del capitalismo con una fuerza muy poderosa en términos económicos y militares. Empezaré por lo material de lo que vi en China: una infraestructura espectacular y de avanzada en comparación con el resto del planeta, planificada al detalle 62
Algunas reflexiones sobre un nuevo orden
para durar mucho tiempo, y con todos los servicios públicos ofertados también bajo la misma filosofía: por ejemplo, el sistema de transporte masivo en ese país es tan moderno como el de los principales países ricos occidentales, algo posible porque su economía se mantiene creciendo desde hace más de veinte años a un ritmo mucho más alto que el de las demás naciones. Un estudio de la consultora estadounidense PricewaterhouseCoopers (PwC) indica que, hasta hace poco, las 10 economías más grandes del mundo —medidas por el Producto Bruto Interno (PBI) nominal— pertenecían a países occidentales salvo un par de excepciones. Con todo, anota el informe, para el año 2050 será al revés: la mayoría de economías de este selecto grupo serán orientales, y China será de lejos la dominante con un PBI aproximado de 50 trillones de dólares, seguido por Estados Unidos con 34 trillones de dólares, la India con 28 trillones, Indonesia con 7.3, Japón con 6.8, Brasil con 6.5, Alemania con 6.1, México con 5.6, Reino Unido con 5.4 y, en el décimo puesto, Rusia con 5.1 trillones de dólares. ¿Y a qué obedecería este nuevo orden económico? Para muchos expertos se trata de un asunto filosófico, de mentalidad: en los países occidentales creemos en el individualismo, pensamos desde el yo, al estilo «Yo seré rico, yo seré el mejor, primero estoy yo y después los demás», mientras que en los países orientales las poblaciones piensan desde el nosotros. En esa línea, los asiáticos lo comparten todo —lo bueno y lo malo, las responsabilidades y los resultados— tal como solía ser con el ancestral «ayni» de la civilización inca, el único 63
¿Ahora Qué?
precepto divino de esa cultura y de las sociedades de Oriente que significa compartir desde lo más simple hasta lo más complejo. Es decir, mientras nosotros pensamos desde el punto de vista económico como individuos —lo que a la larga nos vuelve egocéntricos y egoístas—, los orientales lo hacen como comunidad —el altruismo y la solidaridad son característicos de sus sociedades—. En ese sentido, los asiáticos defienden los derechos humanos de la sociedad, no del individuo. En términos del PBI —y no del PBI per cápita, que es el resultado de dividir el primero entre el número de pobladores de cada país—, Estados Unidos habrá perdido el liderazgo económico mundial para el año 2030. Sin embargo, hay quienes dicen que esa hegemonía ya se perdió desde el desastroso gobierno de Donald Trump y su manejo de los temas nacionales y globales, más la crisis mundial del covid-19. Este presidente neoliberal no ha podido mostrarse más incompetente para el cargo y, a través de políticas erradas, ha otorgado inusitadas ventajas para que China se posicione en frentes estratégicos como la tecnología 5G, la inteligencia artificial y la robótica. Trump no ha entendido que el aparato educativo chino se basa en un alto nivel de disciplina y educación de punta, y por eso tiene más de 5 millones de profesionales titulados en las 4 grandes áreas del conocimiento, la STEM —las siglas en inglés de Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas, a las que pronto se podría agregar el Arte—, mientras que Estados Unidos solo cuenta con 200 mil titulados. Si se considera que actualmente estamos viviendo la cuarta revolución industrial —la revolución tecnológica más 64
Algunas reflexiones sobre un nuevo orden
grande que jamás ha vivido el ser humano—, se entenderá por qué estas áreas son de interés estratégico. El declive de Estados Unidos es notorio. Hasta antes de la pandemia, para nosotros —las poblaciones del Tercer Mundo—, esa potencia aparecía como el ideal de la sociedad perfecta. Hoy, no obstante, tenemos más información que nos la presenta como una sociedad desigual, desunida e injusta, donde existe mucha riqueza en poquísimas manos —el tristemente célebre 1%—, con una clase media inmensa pero también con millones de personas de escasos recursos, muchos de los cuales viven en condiciones de pobreza extrema. Esta delicada situación es común no solo entre la población afroamericana o hispana, sino prácticamente entre todo el espectro de razas de ese país: en los Apalaches, por ejemplo, decenas de millones de estadounidenses blancos sobreviven solo por la existencia de cupones para alimentos, y muchos no cuentan con seguros de salud —y aquí hay una paradoja: su propio sistema de salud es desigual porque, pese a ser el que más gasto per cápita realiza en el mundo, mantiene desguarnecidos a 40 millones de personas—. En Virginia Occidental, uno de los cincuenta estados del país que se caracteriza por una población blanca en su mayoría, un cuarto del total de habitantes es pobre y vive en condiciones deplorables: los «sin techo» duermen en las calles de las grandes ciudades o dentro de sus vehículos estacionados en parques públicos, y los desalojos forzados se multiplican. Incluso Los Ángeles y Hollywood, áreas icónicas por su afluencia económica, son al mismo tiempo zonas de miseria con ciudadanos viviendo en 65
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tiendas de campaña sobre las aceras, o en inimaginable hacinamiento como ocurre en Nueva York. La conclusión es que el modelo neoliberal —o «capitalismo salvaje»— crea mucha riqueza al mismo tiempo que crea pobreza, injusticia y desigualdad. En estos momentos, y por responsabilidad de Trump, Estados Unidos también es una sociedad dividida en dos partes irreconciliables: una que todavía se identifica con el presidente y otra radicalmente opuesta a él por su desfasada política proteccionista con rasgos de odio racial, preservación de privilegios arcaicos y beligerancia contra el resto del mundo. Pruebas de esto último es el retiro de su país del Consenso de París sobre el calentamiento global y el desconocimiento del acuerdo nuclear con Irán y Rusia para evitar la producción descontrolada de armas de destrucción masiva, todas acciones que ocasionan más inestabilidad, angustia y desasosiego en el planeta.
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EL PRIMER MUNDO ANTES DEL COVID-19
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¿Ahora Qué?
Desde antes de la pandemia del coronavirus ya ocurría una serie de conflictos entre los países del hemisferio norte que amenazaban su estabilidad, algo relativamente normal si se observa que la tecnología, con su inmenso poder disruptivo, continúa acelerando una dinámica que replanteará todo lo que en algún momento fue normal en nuestras vidas. En ese sentido, el proyecto de telecomunicación 5G — que propone un aumento vertiginoso de la velocidad de conexión a internet y que permitirá una conectividad total de los ciudadanos con servicios públicos, robots y enseres domésticos mediante la inteligencia artificial— ha significado un verdadero remezón político para las relaciones entre Estados Unidos y China. La presencia de Trump en la Casa Blanca fue un punto de inflexión en ese contexto: un charlatán y calumniador, con formas autoritarias de ejercer el poder, mesiánico, que cree que sus antecesores fueron unos fracasados en todo lo que hicieron y pactaron, y que él solo sabe más que todos los miembros de su gabinete, sus asesores, sus generales y su servicio de inteligencia en conjunto. Por supuesto, alguien con una mentalidad así al mando de la nación más poderosa del mundo resulta sumamente peligroso para todo el planeta, y el ejemplo más claro — ya lo he mencionado líneas arriba— es cuando decidió arremeter contra todos los acuerdos y tratados firmados por Estados Unidos —los de limitación en la producción de armas de destrucción masiva, los de libre comercio y los que advierten sobre el calentamiento global— porque, según Trump, eran «perjudiciales para la economía norteamericana». 68
El Primer Mundo antes del covid-19
El agresivo manejo del poder de este gobernante neoliberal ha servido para justificar su pensamiento de que lo más importante en la vida es la economía —la suya, por supuesto— y, con su grito de guerra de «America first» —idéntico al eslogan nazi de Hitler, el «Deutschland über alles»—, ha arremetido contra la lógica misma de la globalización y la cooperación internacional. Así, una de sus primeras medidas fue implantar una política de reducción de impuestos a los súper millonarios, algo en total desacuerdo con lo que el resto del mundo intenta lograr para reducir la brecha entre los ciudadanos ricos y pobres. De allí que su primera visita internacional como gobernante fuera a Arabia Saudita, una monarquía gobernada por dictadorzuelos forrados de dinero —son dueños de una de las reservas más grandes de petróleo de la historia y refinan más de cinco millones de barriles de crudo al día— para venderle armas sin importar que es una violenta teocracia que mantiene sojuzgada a su pueblo y que ostenta el récord mundial de generación de emisión de dióxido de carbono desde 1995. A este tipo de personajes no le importa que el calentamiento global llegue a límites insostenibles: para alguien como Trump, el cambio climático es una farsa, una fake news fabricada para favorecer a China, como suele llamar a toda noticia que le resulta adversa, sin recordar que él fue elegido gracias a miles de historias falsas contra su rival político, todos creados por el cuestionado equipo que dirigió su campaña electoral bajo la dirección de Cambridge Analytica —una desaparecida empresa de minería de datos— y con la injerencia del gobierno ruso. 69
¿Ahora Qué?
El presidente estadounidense es el principal responsable de que muchos países se hayan dividido internamente tal como hizo él con su país precisamente por la manipulación de la información. ¿Cómo pueden negociar dos facciones que no confían entre sí? Por lo demás, Rusia, luego de que Estados Unidos se retirara del pacto de reducción de armas nucleares, estrenó no hace mucho sus primeros misiles hipersónicos Avangard capaces de atravesar cualquier escudo antimisil como el desplegado por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en Europa. Ya puestos en el tema, ¿qué hacen Europa o Estados Unidos representándose como enemigos del país de Putin? Es para pensar: Rusia podría incorporarse al seno de Europa a través de negociaciones. Su origen es indoeuropeo — como el de la mayoría de europeos—, no tiene el lastre de disputas religiosas, y en la historia ha demostrado ser una nación tranquila aunque indómita cuando se la provoca. Ahora mismo, pese a tener una economía similar a la de España en un territorio inmenso, es una potencia militar que inspira mucho respeto y, al mismo tiempo —algo crucial para el futuro postpandemia—, conserva buenas relaciones con China: una unión estratégica de ese calibre llevaría a Europa en bloque a consolidarse como una gran potencia económica amigable en un nuevo mundo multipolar. A estas alturas resulta necesario borrar fronteras y superar ideas y organizaciones obsoletas como la OTAN y otras que no son más que rezagos de un desaparecido orden impuesto por los ganadores de la Segunda Guerra Mundial —y aquí me refiero al Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, por ejemplo—. 70
El Primer Mundo antes del covid-19
En el siglo XIX, Abraham Lincoln se hacía esta pregunta: «¿Acaso no eliminamos al enemigo cuando lo hacemos nuestro amigo?». Más de siglo y medio después, Estados Unidos insiste en seguir viendo enemigos por todas partes. La OTAN fue creada para contener el avance del comunismo mediante el aislamiento de Rusia, el originario promotor de esa doctrina, pero resulta que este país ya no es comunista desde hace tres décadas. Aun así, la OTAN continuó con su tarea de arrinconarla a través de la absorción de países vecinos a su alrededor —los que le servían de barrera de contención—, al punto de que Rusia se vio obligada a anexarse Crimea y parte de Ucrania de un zarpazo. ¿Y cuál fue la reacción de la OTAN ante esto? Absolutamente ninguna, lo que demuestra su inutilidad. Además, no tiene sentido dilapidar billones de dólares al año para producir millones de toneladas de armamento y luego buscar dónde generar conflictos para venderlos: quienes hacen esto promueven una guerra nuclear de inimaginables consecuencias y, si somos claros, Estados Unidos es el primer agresor militar en mundo, es el mayor violador de tratados y, a la vez, es el principal vendedor de armas del mundo. Estos tiempos ya no están para seguir los consejos de militares y diplomáticos motivados por el estatus y el dinero. Quizá deberíamos recordar la descripción que hizo Stefan Zweig sobre el viaje a Europa del presidente norteamericano Woodrow Wilson en diciembre de 1918, cuando intentó evitar que se repitiera un conflicto tan catastrófico como la Primera Guerra Mundial: «Wilson no quiere representar egoístamente los intereses de América sino el beneficio de todos, pues el 71
¿Ahora Qué?
interés no une a los hombres, solo los separa. Él mismo, así lo siente, debe velar para que una vez más los militares y los diplomáticos, para cuyo funesto oficio la unidad de la humanidad supondría una sentencia de muerte, no se apoderen de los ánimos nacionales. Él mismo, en persona, debe erigirse en garante para que se imponga la voluntad del pueblo antes que la de sus líderes. Y cada palabra en ese congreso de paz, el último, el definitivo para la humanidad, debe expresarse con las puertas y las ventanas abiertas, ante el mundo entero» (Momentos estelares de la humanidad, 1927). Hoy sabemos que los esfuerzos de Wilson resultaron inútiles y conocemos el enorme costo que tuvo sobre la humanidad el que los demás gobernantes no aspiraran a lo mismo.
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EL PRIMER MUNDO DURANTE EL COVID-19
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¿Ahora Qué?
Las migraciones ilegales son un gran problema mundial en los países ricos: son un fenómeno atizado —entre otras razones— por la ignorancia y extrema pobreza en los países de origen, en el que las personas ponen en peligro su vida y la de sus familiares, sobre todo la de los niños. Algo así requiere una solución urgente y solidaria al maltrato y las políticas de dependencia de siglos que sufren los países de los migrantes. Por ahora, algunas respuestas del Primer Mundo han consistido en encerrar sus comunidades detrás de muros de acero y concreto —de forma similar a lo que hacemos en el Tercer Mundo para separar los barrios pobres de los acomodados—, medidas que resultan aberrantes cual paliativos a una enfermedad terminal. Desde hace mucho se conoce la solución a este problema: la mejora de las condiciones de vida de los lugares de procedencia de los migrantes. Para ello se necesita modificar la ruta de los flujos de dinero de las arcas fiscales y privadas del mundo adinerado y canalizarla hacia inversiones productivas en los países pobres, de manera que haya una mayor equidad y equilibrio en la distribución de la riqueza global. Los países ricos necesitan enfocar este fenómeno como una obligación moral, como una indemnización histórica tardía, y hasta como un seguro de vida: no hacerlo es seguir creando ambientes insoportables a ambos lados de la valla e incitar y alienar más a los migrantes. Esto último ya se está viviendo en la frontera sur de Estados Unidos, al punto de que Julián Castro, un excandidato latino demócrata a la presidencia de ese país, señaló a fines de 2019: «No se puede forzar a las personas a autodeportarse hacia donde hayan venido. 74
El Primer Mundo durante el covid-19
Esa política solo puede nacer de la crueldad. Ahora mismo ven a los mexicanos como que no pertenecemos aquí. Pero yo les recuerdo que nosotros no empezamos esta pelea: fuimos llamados a pelear cuando nos dijeron que todos los emigrantes mexicanos somos criminales». Si revisamos un poco de historia, notaremos que los primeros pobladores de los lugares desde donde ahora se les expulsa no fueron los europeos sino los aborígenes americanos —de donde precisamente nace la mayoría mexicana—. ¿No es incongruente prohibir que se habite el lugar donde los antepasados vivieron siempre? Esto es un absurdo similar a lo que se vivió en China cuando los europeos residentes en Shanghái colocaban letreros que prohibían la presencia de chinos en sus barrios. Hoy, en varios restaurantes de San Antonio, Texas, se han reemplazado los carteles de «No dogs, no chinese» por otros que dicen «No dogs, no mexican». En el Perú, a raíz de la larga cuarentena impuesta por el gobierno para controlar la pandemia que no permitía laborar ni movilizarse fuera de casa, miles de provincianos que se habían establecido en Lima en busca de oportunidades y que vivían de lo que ganaban día a día desde la informalidad, se vieron forzados a regresar a pie a sus lugares de origen, en una suerte de «migración al revés» durante cientos de kilómetros. La razón: desengañados y cansados como estaban, preferían enfermar y hasta morir en sus propias tierras antes que en otras ajenas y hostiles. Ya sabemos que a nadie le gusta dejar el lugar donde se nace, por más pobre que este sea. 75
¿Ahora Qué?
Todo esto me ha hecho recordar ese discurso que un polémico líder latinoamericano ya desaparecido —y cuyo nombre escandalizará a algunos— dio hace 25 años en un foro de las Naciones Unidas: «Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre. Ahora tomamos conciencia de este problema, cuando casi es tarde para impedirlo. Es necesario señalar que las sociedades de consumo son las responsables fundamentalmente de la atroz destrucción del medio ambiente. Ellas nacieron de las antiguas metrópolis coloniales y de políticas imperiales que, a su vez, engendraron el atraso y la pobreza que hoy azotan a la inmensa mayoría de la humanidad. Con solo el veinte por ciento de la población mundial, ellas consumen las dos terceras partes de los metales y las tres cuartas partes de la energía que se produce en el mundo. Han envenenado los mares y ríos, han contaminado el aire, han debilitado y perforado la capa de ozono, han saturado la atmósfera de gases que alteran las condiciones climáticas con efectos catastróficos que ya empezamos a padecer. Los bosques desaparecen, los desiertos se extienden, miles de millones de toneladas de tierra fértil van a parar cada año al mar. Numerosas especies se extinguen. La presión poblacional y la pobreza conducen a esfuerzos desesperados para sobrevivir aun a costa de la naturaleza. No es posible culpar de esto a los países del Tercer Mundo —colonias ayer, naciones explotadas y saqueadas hoy— por un orden económico mundial injusto. 76
El Primer Mundo durante el covid-19
La solución no puede ser impedir el desarrollo a los que más lo necesitan. Lo real es que todo lo que contribuya hoy al subdesarrollo y la pobreza constituye una violación flagrante a la ecología. Decenas de millones de hombres, mujeres y niños mueren cada año en el Tercer Mundo a consecuencia de esto, más personas que en cada una de las dos guerras mundiales. El intercambio desigual, el proteccionismo y la deuda externa agreden la ecología y propician la destrucción del medio ambiente. Si se quiere salvar a la humanidad de esa autodestrucción hay que distribuir mejor las riquezas y las tecnologías disponibles en el planeta. Menos lujo y menos despilfarro en unos pocos países para que haya menos pobreza y menos hambre en gran parte de la tierra. No más transferencia al Tercer Mundo de estilos de vida y hábitos de consumo que arruinan el medio ambiente. Hágase más racional la vida humana. Aplíquese un orden económico internacional justo. Utilícese toda la ciencia necesaria para el desarrollo sostenido sin contaminación. Páguese la deuda ecológica y no la deuda externa. Desaparezca el hambre y no el hombre. Cuando las supuestas amenazas del comunismo hayan desaparecido y no queden pretextos para guerras frías, carreras armamentistas y gastos militares, ¿qué es lo que impide dedicar de inmediato esos recursos a promover el desarrollo del Tercer Mundo y combatir la amenaza de destrucción ecológica del planeta? Cesen los egoísmos, cesen los hegemonismos». Estas palabras, tan vigentes hoy para nuestras realidades, son de Fidel Castro. 77
¿Ahora Qué?
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EL FIN DE LA DEMOCRACIA TAL COMO LA CONOCEMOS - I
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¿Ahora Qué?
Nadie duda de que Estados Unidos sea una súper potencia económica y militar, y que lo seguirá siendo por largo tiempo. Pero es muy probable que el periodo de su hegemonía mundial ya esté finalizando tal como ocurrió en su momento con el poderío del imperio romano y el británico. Un conocido investigador norteamericano, Lewis Mumford, aseguraba que el imperio romano se derrumbó por su espíritu materialista, por su expansión geográfica sin control y por su explotación sin escrúpulos, algo que se tradujo en una incapacidad para mantener un eficiente sistema de salud. Y esto, precisamente, es lo que ahora mismo le sucede al país de Trump. La democracia se ha desnaturalizado en Estados Unidos porque ya no es el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo: hoy, para ser elegido gobernador de algún estado, alguien necesita por lo menos 400 millones de dólares, y para una campaña a la presidencia de la república se requiere mucho más del doble. Si esto es así, no puede llamarse democracia a un sistema donde un hombre del pueblo —con nuevas y buenas ideas— no puede ser elegido, sino solo aquel que posee una inmensa fortuna familiar o cuenta con donantes —la mayoría de ellos, multimillonarias corporaciones— a quienes luego deberá devolver los favores y seguir sus instrucciones: no es lo mismo conseguir fondos para una campaña de medio millón de dólares aportado por un solo multimillonario que conseguir esa suma mediante el aporte de 20 millones de donantes a 20 dólares por cabeza. Bill Maher, un comediante muy popular en Estados Unidos, alguna vez comentó que, en 80
El fin de la democracia tal como la conocemos - I
sus campañas, los candidatos presidenciales deberían utilizar una vestimenta similar a la de los corredores de autos con los nombres de sus patrocinadores —Shell, Texaco, Exxon o Mobil— bordados hasta en el culo. La excesiva y desproporcionada concentración de riqueza en pocas manos es un gran problema que produce distorsiones y peligros en el mundo. El poder hegemónico genera abusos desde el sistema capitalista neoliberal. El afán de lucro, la ambición y la codicia desmedida son la razón de ser de este modelo exacerbado que, además, crea corrupción a niveles inimaginables: de no existir lo primero no existiría el segundo. Si bien una buena proporción de personas ha amasado grandes fortunas con su esfuerzo individual, se calcula que el 20% de los billonarios en Estados Unidos debe sus riquezas a herencias, otro 20% a contratos con el gobierno, y otro porcentaje importante —aunque difícil de precisar por su naturaleza oculta—, al narcotráfico y el crimen organizado. Se sabe también que en algún momento se desmoronará el actual sistema monetario internacional, y el dólar estadounidense perderá preponderancia y dejará de ser una moneda de reserva, tal como sucedió con la libra esterlina. No hay que olvidar que el dólar, durante ochenta años, ha financiado un estilo de vida por encima de sus posibilidades en un súper ciclo de deuda que empezó después de la Segunda Guerra Mundial y que, para estos momentos de pandemia, acumula 25 trillones de dólares de deuda externa. En el camino, la moneda se usó incluso como arma para castigar a los países que comercian con 81
¿Ahora Qué?
los enemigos de Estados Unidos —léase Irán, Rusia o Venezuela—, lo que le significó la pérdida de confianza a nivel internacional. En 1971, el presidente norteamericano Richard Nixon declaró la inconvertibilidad del dólar en oro, con lo que finalizó el acuerdo de Bretton Woods: al dejar de estar avalado por el metal precioso de sus reservas, el dólar se convirtió en un simple papel garantizado solo por su gobierno y por la Reserva Federal —una organización privada conformada por los bancos más poderosos de ese país que convirtió al sistema monetario internacional en un gran casino—. Luego, en la crisis del año 2008, esta misma institución rescató a Wall Street de un desastre en el que todos los inversionistas perdieron fortunas hasta por el 50% de su valor. Aun así, los bancos fueron rescatados y después se premiaron a sus directivos al mantener intactos sus bonos salariales, aparte de que nadie se hizo responsable de la crisis ni fue enjuiciado: por el contrario, sus ejecutivos salieron libres y más acaudalados. Ahora, con la crisis del coronavirus, millones de personas están perdiendo sus empleos y negocios, pero a las élites de Wall Street y a las de muchos países pobres les va de maravillas. Por otro lado, nadie parece saber qué ha ganado Estados Unidos con los trillones de dólares invertidos en sus prolongados conflictos en Vietnam, Irak, Afganistán e Irán —este último un país donde un día la guerra es fría y, a la otra, caliente—. Y, hablando de guerras, la potencia tampoco tiene escrúpulos a la hora de derrocar democracias que no le son afines, tal como hizo con 82
El fin de la democracia tal como la conocemos - I
el primer presidente elegido por elecciones en Irán, Mohammad Mosaddeq, y con el socialista Salvador Allende en Chile. Con su agresiva política internacional, Estados Unidos se irroga la potestad de juzgar qué país u organización es terrorista para castigarlo y, que se sepa, ningún miembro de sus tropas militares puede ser juzgado por el tribunal de cualquier otra nación que no sea la suya. Estos excesos los comete la potencia que está todo el tiempo en guerras o que las provoca en algún lugar del mundo, y que prefiere los gastos militares a las inversiones en infraestructura, en educación básica y hospitales, en tecnología e inteligencia artificial. «La violencia es el último refugio del incompetente», solía decir el escritor ruso Isaac Asimov, y creo que esa frase resume muy bien la postura del país dirigido por Donald Trump.
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¿Ahora Qué?
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¿Ahora Qué?
Narcisista, nepotista, déspota, sin ética ni moral alguna, deshonesto, farsante y burdo manipulador, que se rodea de gente sumisa y servil, y que se cree capaz de embaucar a toda su nación y se muestra ante los medios de comunicación como un salvador, convencido de que el resto de habitantes del planeta somos idiotas: así es Donald Trump, el presidente de Estados Unidos en un momento crucial de la historia como este. «Nosotros no necesitamos del mundo, el mundo nos necesita» es uno de sus pedantes dichos que resume la manera de pensar del norteamericano blanco común, muchas veces provinciano, de bajos ingresos económicos, profundamente racista y conservador, el redneck que compone el grueso de sus seguidores. En un rapto de lucidez, la clase política intentó removerlo del cargo a través de un proceso de destitución, un impeachment, y que solo evidenció cómo una caterva de senadores y jueces —supuestamente funcionarios elegidos para velar por los intereses de su patria y no para defender a su partido, y menos a una sola persona— puede mentir a su conveniencia. El juicio fracasó porque nació viciado al no permitirse la presencia de testigos: fue la peor deshonra para una institución otrora respetable y para un país que proclama ser una democracia. Trump, el gobernante que hasta ahora, tras casi tres años de gobierno, se niega a presentar su declaración jurada de impuestos de los últimos años —y que demuestra que esconde algo sobre el origen de su fortuna—, se vengó de manera ruin de aquellas voces que fueron sinceras y cumplieron con su deber durante el intento de destitución, y ha comenzado a liberar de las prisiones 86
El fin de la democracia tal como la conocemos - II
uno por uno a sus cómplices condenados por una justicia hoy endeble y desprestigiada. Es curioso que este millonario presidente, que siempre ha intentado lucir como el «rey de las negociaciones», nunca haya podido mostrar sus alardeadas habilidades en la pugna con Kim Jong-un, el dictador de Corea del Norte, un hombre de solo 35 años de edad que heredó el cargo de su padre como si se tratara de una monarquía. Lo peor es que Trump, a pesar de tener toda la información oportuna sobre la pandemia del covid-19 en su país, hizo mofa de ella y no tomó ninguna medida para prevenirla. Ahora, luego de mostrar su incapacidad, culpa a todo el mundo —a China, a la Organización Mundial de Salud, y hasta a Barack Obama, su antecesor—, lo que revela que siempre le interesó más el resultado de las próximas elecciones y la economía que la vida de sus compatriotas. El gobernante republicano, en el colmo de la ineptitud, ha puesto las relaciones con China en manos de sus servicios de inteligencia —los mismos que en su momento afirmaron tener pruebas de la existencia de armas de destrucción masiva en Irak para justificar una invasión— para que investiguen y encuentren al «culpable» de haber «fabricado» el coronavirus en la nación asiática. Donald Trump está alarmado por el caos que él mismo ha creado en su país —a la que se suma la crisis desatada por el caso Floyd, el homicidio de un ciudadano negro por un policía blanco y que dio mayor impulso al movimiento Black Lives Matter—, e intenta «levantar» una cuarentena que nunca fue tal y reiniciar las actividades económicas 87
¿Ahora Qué?
masivas del país para acelerar su recuperación económica. Pero su situación es un típico caso de «jaque mate»: o reactiva la economía a un costo muy alto en vidas humanas, o respeta estas a riesgo de que la economía se deteriore. Lo más seguro es que tome decisiones desesperadas en base a cálculos políticos, tal como lo ha demostrado en su trayectoria. Los republicanos, por su parte, como temen que las próximas elecciones sean ganadas por sus rivales demócratas, están concentrados en neutralizar, con celeridad, las leyes de mitigación del calentamiento global firmadas por Obama. Con ello buscan permitir las emisiones de las plantas generadoras de energía y que las empresas mineras continúen arrojando sus desechos tóxicos a los ríos, intentan desregular el control de contaminación producida por los vehículos automotores, y fomentar el uso de pesticidas prohibidos que arrasan con especies que ya se encuentran en peligro de extinción, todo en claro desprecio a la humanidad. Así es como queda patente que a esa clase política no le interesa la opinión de la comunidad científica mundial sobre el cambio climático o la naturaleza del covid-19: sufren del efecto DunningKruger, ese que indica que a los ignorantes les gusta sentir una ilusoria sensación de superioridad sobre los especialistas en un tema específico. No por nada también lo llaman el «síndrome del impostor».
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¿Ahora Qué?
De entre las muchas razones por las que los países pobres se encuentran atrasados, considero que la más perversa es la ausencia de educación, porque mientras menos letrada sea una población más fácil es manipularla. «La educación es el movimiento de la oscuridad a la luz», dice el filósofo estadounidense Allan Bloom, y en nuestro caso esta oscuridad origina la pobreza que imposibilita los medios económicos para obtener una buena alimentación que, a su vez, asegura el crecimiento corporal y mental de las personas. De este modo, la ignorancia y la pobreza se han convertido en formidables e infranqueables barreras al progreso para esta región. Pero estos dos factores también nos mantienen desmoralizados al punto de no poder enterarnos de nada de lo que sucede en el mundo, o a estar permanentemente desinformados o bombardeados con noticias en el que ya no se distingue entre la verdad y la mentira. El resultado de algo así es que en nuestros países existan democracias fallidas fragmentadas en dos: por un lado, una clase dominante que cree que piensa — cuando en realidad solo reordena sus prejuicios una y otra vez—, y una clase mayoritaria de escasos recursos que, naturalmente, reacciona en forma opuesta e irreconciliable a esa élite, pero que no puede reflexionar mucho en otras alternativas porque carga las urgencias de la pobreza y el peso de la ignorancia. Es, como puede apreciarse, un estridente círculo vicioso. Por supuesto, también somos democracias fallidas porque las instituciones públicas son débiles: los servicios estatales de salud, educación, transporte y seguridad no funcionan, se busca reducir al Estado a su mínima 90
La realidad en el Tercer Mundo - I
expresión, la corrupción campea en todos los estratos de la sociedad y cada quien busca la forma más rápida de lucrar. Los gobiernos son un desastre —nunca siguen el plan político que ofrecen y tampoco se responsabilizan de los resultados de sus gestiones—, la planificación no existe y la clase política en general, además de representar intereses ajenos, es inútil porque no es capaz de articular soluciones viables. Ante algo así, es lógico que las poblaciones no respeten a sus autoridades y vivan al margen de ellas. En sociedades subdesarrolladas como la nuestra, el capitalismo a ultranza o neoliberalismo afectó al mismo concepto de democracia y, para adueñarse de él, le agregó el adjetivo «liberal», lo cual está muy lejos de sus prácticas oligopólicas —cuando no monopólicas— y anticompetitivas. Hoy el significado original de democracia —el de gobierno de los pueblos— se encuentra tan prostituido que tanto Donald Trump como Kim Jongun lo utilizan en sus propagandas: el primero llama «líder de la democracia» a Estados Unidos, mientras que el segundo lo menciona en el aparatoso nombre de su país, la República Democrática de Corea del Norte. Otros términos utilizados con frecuencia también han empezado a quedar desfasados: capitalismo y socialismo, capitalismo liberal, socialismo democrático, e incluso esa diferenciación entre personas de «derecha» o de «izquierda». En la práctica, la terminología importa muy poco en el Tercer Mundo, más preocupado en los resultados que en los fundamentos: ¿Qué sistema es más inclusivo? 91
¿Ahora Qué?
¿Cuál ofrece oportunidades equitativas para todos? ¿Cuál asegura educación de calidad? ¿Cuál garantiza un modelo de salud para una vida plena y segura? Paradójicamente, este clima de preguntas perennes sin respuestas efectivas fomenta una diversidad de opciones políticas y candidatos improvisados que buscan aprovecharse de la confusión y la ignorancia, lo que a la larga permite el oportunismo y la corrupción dentro de los gobiernos. Prueba de ello es la gran cantidad de candidatos ineptos y expresidentes en prisión o en proceso de estarlo —más allá de la incapacidad de las instituciones judiciales para procesarlos como es debido, y de los «abogansters» que buscan dilatar las investigaciones clamando abusos o atropellos contra los derechos de sus clientes—. Esto es algo recurrente en toda América Latina. Como es obvio, en un contexto donde partidos arcaicos y obsoletos sin líderes honestos se arrogan el título de «clase política», no queda mucho espacio para que los ciudadanos que realmente podrían aportar buenas ideas se sientan deseosos de entrar en ella. La democracia en el Tercer Mundo es una farsa que, en apariencia, muestra la libertad que tenemos para elegir a gobernantes sin considerar que, para que una población sea realmente libre, no puede permanecer en la ignorancia: de lo contrario, es manipulada y elige a quienes menos le conviene, un fenómeno político que los griegos de la antigüedad denominaban oclocracia, el gobierno de la muchedumbre —el peor de los sistemas políticos, la degeneración total de la democracia—, donde el pueblo en masa toma decisiones a partir de información tergiversada y con datos incompletos. Esta es también la 92
La realidad en el Tercer Mundo - I
razón por la cual perpetúan en el poder a los canallas de siempre, quienes jamás combatirán la pobreza, la ignorancia y el caos porque necesitan de estos males para ganar las elecciones. En consecuencia, terminamos siendo países con infraestructura deplorable o casi inexistente, con sistemas públicos de transporte que a la mayoría de la población le cuesta perder un mes de su vida al año solo en desplazarse diariamente de un lugar a otro —para ir y venir de un empleo precario, además—, donde el cuidado de la salud es costoso y no existe un seguro de jubilación decente porque al sistema de recaudación de impuestos le resulta imposible funcionar entre tanta informalidad. Así es como la salud y la seguridad ciudadana se deterioran y se gestan la criminalidad y la corrupción como alternativas a las condiciones de naufragio en que estamos inmersos. De allí que crea que la corrupción es la hija bastarda del capitalismo salvaje: es la desigualdad que genera lo que impide el bienestar en nuestras sociedades.
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¿Ahora Qué?
La pandemia del covid-19 ha evidenciado la descomunal desigualdad económica en los países pobres: sus habitantes se contagian por miles porque no pueden permitirse practicar una cuarentena sin ingresos económicos diarios, sin alimentos y sin acceso a servicios básicos como el agua potable para el lavado de manos, por ejemplo. Si a ello se suma que familias enteras de bajos recursos viven en precarias habitaciones —habitaciones, no casas—, se entenderá el sufrimiento seguido del alcoholismo, la drogadicción, la violencia doméstica y el abuso infantil, lo que genera traumas en generaciones de por vida. Quienes por ventura tienen empleo —o más bien dicho, un subempleo— están con la incertidumbre de perderlo en cualquier momento, lo que aumenta el estrés, la ansiedad y la frustración que no solo asesinan, sino que propician el desarrollo de movimientos radicales listos para destruir todo lo que perciban como un enemigo. Pese a que existen miles de leyes, en sociedades como las nuestras no se aplican y poco interesan. ¿Para qué si nadie las cumple ni las hace cumplir? En este contexto, las élites aprovechan para conservar privilegios y confrontan a fiscales y jueces que los investigan para que se neutralicen entre ellos ad infinitum, lo que demuestra que la corrupción empieza desde las altas esferas políticas y sociales —razón también por la que se hace tan difícil de erradicar—. Donde hay corrupción afloran todas las actividades ilegales posibles: por ejemplo, el narcotráfico, la tala clandestina de bosques y la minería ilegal son recurrentes en países pobres y generan olas de asaltos y crímenes impunes. Y así es como lentamente se cocina en 96
La realidad en el Tercer Mundo - II
la mente de los latinoamericanos el deseo de emigrar en busca de mejores condiciones de vida: no irse supondría abandonar para siempre el futuro que soñaron para ellos y su familia. ¿Y hacia dónde se dirigen? Ese suele ser el problema, y con frecuencia el lugar elegido es el país vecino. No obstante, pronto se percatan de que en su nuevo destino se repiten, de una forma u otra, los problemas de los que buscaban escapar, y la presión continúa. Este esquema explica por qué aun cuando en el Tercer Mundo hay países ricos por sus recursos naturales, su pasado milenario y su belleza geográfica, seguimos atrapados en la pobreza y la inseguridad. Curiosamente, en un momento en el que una insignificante pero letal partícula llamada coronavirus evidencia la grave realidad social en la que estamos sumergidos, también se revela algo que desde hace muchísimos años no veíamos en todo su esplendor en nuestras ciudades: un sol radiante y un cielo azul sin polución, y ningún tipo de ruidos molestos, una naturaleza esplendorosa tal como nuestros antepasados la conocieron y hasta veneraron. En cierto modo, y aparte de todo el dolor causado, este bicho orgánico-inorgánico nos ha demostrado que, como seres humanos, debemos respetarnos y ser solidarios, y a la vez nos ha llevado a redescubrir el planeta en el que habitamos. En ese sentido, la pandemia ha hecho entender a los países pobres que es necesaria una reinvención, una retro ingeniería o una ingeniería inversa, tal como hizo Japón hace más de un siglo cuando organizó la misión Iwakura, un proyecto que consistió en enviar a sus mejores 97
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profesionales a visitar los países más avanzados de la época para que conocieran sus métodos y tecnologías y luego los replicaran en su sociedad. Gracias a esa política adoptaron las mejores experiencias en todos los campos —a nivel político, científico, productivo e institucional— y buscaron la forma de mejorarlas. Hoy sus productos, en general, son apreciados en todo el mundo y sus organismos públicos funcionan a la perfección.
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Hasta ahora he mencionado en general los problemas que enfrenta el Tercer Mundo, y mucho antes describí el proyecto empresarial que alguna vez fui forzado a abandonar. Ahora continúo con este último caso porque es un fiel reflejo de lo que se vive en todos los países pobres: el abuso, la prepotencia y la corrupción, delitos que —además— suelen ser utilizados por las élites para asegurar sus privilegios en medio de la miseria de la población, y sacar del juego a los inversionistas honestos que realmente creen en la libre competencia. La historia personal que narraré a continuación ejemplifica esto, pues en ella confluyeron los intereses de poderosos personajes del sector privado y público de mí país. Carrocerías Morillas S.A. (Camosa) fue una compañía que se adelantó a su tiempo en lo que luego se denominaría «responsabilidad social empresarial», pues con sus políticas logró que todos sus colaboradores con más de diez años de servicio pudieran adquirir una casa propia, y cuando su mercado fue atacado por la corrupción, la compañía estaba a punto de cumplir otra promesa: que todos sus empleados tuvieran automóvil. Esto era posible debido a la filosofía empresarial de no pagar dividendos e invertir todas las utilidades año a año, en especial, en sus trabajadores. En efecto, desde un principio la idea no había sido la de hacer fortuna sino crear riqueza, porque se sabía que fundar y gestionar empresas exitosas era la única forma de generar progreso en el país: «Una empresa vale lo que vale su gente», solía decir mi padre, su fundador. Por lo demás, Camosa fue siempre puntual con los pagos de sus impuestos —«ese dinero no es nuestro» era otra expresión 100
En carne propia - I
enraizada entre los miembros del directorio—, razón por la que nunca tuvo problemas con los bancos o entidad fiscalizadora alguna, y que le mereció recibir muchas distinciones de reconocimiento —incluso fue condecorada por el Estado con la medalla de oro al mérito industrial—. Durante medio siglo, Camosa se fue haciendo más y más valiosa, al punto que, apenas unos meses antes de que la empresa sufriera el desleal ataque, el inversionista chileno Jaime Paredes Gaete pretendió comprarla ofreciendo millones de dólares por ella. La propuesta fue rechazada: los accionistas sabíamos que, al ser líderes en la producción de buses de larga distancia en la región, nuestra empresa se había convertido en un objetivo a adquirir o destruir por su competencia internacional. La desleal rivalidad comercial de los brasileños se sustentó en el subsidio en los créditos que recibieron por parte de su gobierno, lo que les permitió colocar unidades en nuestro mercado en desmedro de los productores locales con facilidad. El subsidio era excesivo: mientras en mi país los buses se vendían a 2 años de plazo a un interés del 22% anual, los mismos vehículos brasileños se vendían a 5 años de plazo con 1 de gracia y con el 5.8% anual de intereses, una tasa a menos de la mitad de la que existía en su propio territorio. Por si fuera poco, también financiaban los gastos de internamiento y los impuestos correspondientes: así solventaban el 140% del precio de cada unidad. Por supuesto, con solo sumar las cuotas a pagar, el comprador podía notar la abismal diferencia de hasta 53 mil dólares por bus en perjuicio de los fabricados por nosotros. «Los brasileños 101
¿Ahora Qué?
no venden buses: venden créditos», era el comentario general en esos tiempos. Era la época en que el presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso decidió convertir a su país en la potencia económica de América Latina a cualquier precio. Para ello implantó una «política hegemónica» que luego siguió su sucesor Luiz Inácio Lula da Silva y que corrompió a la región: esto queda comprobado en el hecho de que solo en el Perú los cuatro últimos presidentes de la república se encuentran en prisión o con denuncias penales abiertas — el quinto se suicidó— para no afrontar la ley por favorecer irregularmente a un grupo de empresas de Brasil en lo que se conoce como «Lava Jato», el caso de corrupción más grande del mundo y que está costando miles de millones de dólares a los Estados-víctimas por la ola delictiva generada por gigantescas corporaciones como Petrobras, BNDES y Odebrecht, entre otras. Como ya dijera antes, el organismo público encargado de arbitrar los casos de competencia desleal era el Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y la Propiedad Intelectual del Perú (Indecopi). Sin embargo, sus funcionarios mostraban desconocimiento sobre la manera de resolver conflictos de dumping y subsidios. Pronto Camosa estaba endeudado por los millonarios créditos bancarios que había tomado para frenar la irrupción de los brasileños: su deuda era de 27 millones de dólares con activos de 33 millones de dólares: si bien era un ratio que evidenciaba mucho riesgo, era manejable, pues sabíamos que el balance no mostraba el valor real de la compañía 102
En carne propia - I
al no considerar intangibles como su know how, inversión en tecnología, identidad de marca y su posicionamiento en el mercado. Por esta razón, los directivos decidimos seguir luchando y dar tiempo para que Indecopi actuara y fallara a nuestro favor. Nos equivocamos. Tuvimos que declararnos insolventes. Camosa ingresó a un sistema concursal —manejado también por Indecopi— que se encargaba de reestructurar empresas con problemas financieros para hacerlas competitivas nuevamente —similar a la Chapter 11 en Estados Unidos—. Pero más tarde se hizo notorio que el objetivo no era reflotar la compañía. El Banco de Crédito del Perú (BCP), el más grande y poderoso del país, fue el encargado de liderar la junta de acreedores supuestamente por ser el que más créditos nos había otorgado, pero luego supimos que en realidad se había hecho «nombrar» en el cargo para obtener mayores poderes en el proceso de restructuración sin controles e interferencias —según un acuerdo no escrito entre bancos por el que, quien ejercía la presidencia de cualquier junta general de acreedores, podía hacer lo que quisiera con la dirección de la empresa intervenida mientras durara el cobro de su acreencia—. Así fue como el BCP desaprobó nuestro plan de reestructuración hasta en dos oportunidades: adujo que las ventas previstas para los próximos años eran demasiado optimistas. No importó nuestra impecable trayectoria ni que, días antes de iniciarse el proceso, su gerente corporativo me rogase para que hiciera firmar a mi esposa los documentos que justificaban nuestra deuda de varios millones de dólares a su banco: al estar firmados 103
¿Ahora Qué?
solo por mí, los papeles no tenían valor. Yo accedí a su pedido por tratarse de personas a quienes creí amigos. Peor aún resultó cuando este banco encargó nuestra compañía, valorizada en más de 30 millones de dólares, a una endeble empresa de 600 dólares de capital llamada Orbal para que gestionara su reestructuración en calidad de «interventora». Ya dentro de la dirección, y siempre con la anuencia del BCP, los miembros de Orbal despidieron a la mayoría de ejecutivos más competentes y leales —aquellos que realmente podían contribuir a la reestructuración de Camosa, como el gerente de finanzas y el contador general— con el pretexto de disminuir los costos de operación, y los reemplazaron por delincuentes de cuello y corbata. Pese a todo esto, el directorio y yo continuamos cooperando con estos sujetos con el firme convencimiento de que aún podíamos rescatar la empresa.
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EN CARNE PROPIA - II
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¿Ahora Qué?
Al poco tiempo descubrí que el hombre de mi total confianza, el gerente general de mi empresa durante muchos años, había sido corrompido y ahora favorecía el desmantelamiento de Carrocerías Morillas S.A.: entre otras aberraciones, firmaba los estados financieros adulterados y aprobaba los enormes sueldos y estafas de los abogados, auditores, estudios contables y otros parásitos que Orbal contrataba para no hacer nada. Al enterarnos de esto, el directorio en pleno expulsó al ejecutivo, pero el BCP, en forma prepotente, no permitió su despido. Como era de esperar, bajo la gestión de esos «interventores» la empresa no presentó utilidades ningún mes durante el largo tiempo que supuso el proceso. El traidor gerente general de Camosa se mantuvo impasible incluso cuando la banda de delincuentes saqueó el contenido de las computadoras —allí estaban los proyectos más valiosos de la empresa— y vendió insustituibles activos fijos y, finalmente, 72 mil metros cuadrados de propiedades inmuebles: decenas de millones de dólares se hicieron humo con la nueva dirección. Con dolor e impotencia yo veía cómo mi empresa pagaba para ser saqueada. Durante dos años denuncié una y otra vez en cada reunión de acreedores cómo se desangraba a Camosa, pero se negaron a escucharme y, en el colmo de la impunidad, ni siquiera contestaban las cartas de denuncia. Solo recibí hostilidad y humillaciones. Y digo hostilidad no solo por los malos tratos, sino también por las amenazas y los velados atentados que sufrí por no quedarme callado. Indignado por lo que sucedía, llegué a publicar un libro donde detallaba la farsa, pero pagué 106
En carne propia - II
caro el atrevimiento: me denunciaron por «difamación y calumnia» y solicitaron un millón de dólares de reparación civil. No tuve más opción que retirar los impresos de circulación e incinerarlos. Dado que yo también era dueño de otras empresas, el BCP decidió tratarlas —sin importar que fueran sociedades anónimas— como un grupo económico para así desaparecerlas bajo el peso de las deudas amañadas de Carrocerías Morillas S.A. De esta manera, mi principal empresa se convirtió en un gigantesco agujero negro que devoró todo lo que yo había creado durante décadas. No contento con eso, el BCP inició una implacable persecución en mi contra y en algún momento acusó de manera injusta a mi empresa de turismo de haber girado cheques sin fondos ante la Superintendencia de Banca y Seguros, la cual —obedientemente—congeló nuestras cuentas en todo el sistema nacional e internacional, haciéndome aparecer como un paria. Mientras eso sucedía, Indecopi brillaba por su ausencia. Beatriz Boza, la presidenta de esa institución, aparecía ante los medios de comunicación a decir que lo de Carrocerías Morillas S.A. era el caso más exitoso de reestructuración y que pronto se resolvería. La funcionaria siempre se cuidó de no mencionar el tema del subsidio brasileño ni la participación protagónica del gobierno de ese país en el problema. También el BCP hacía lo mismo: desinformaba a los periodistas, a los demás acreedores y a las otras instituciones del Estado, asegurándoles que el reflotamiento de Camosa era inminente. 107
¿Ahora Qué?
Mucho después supe que los funcionarios de Indecopi no hacían nada sobre el proceso de reestructuración porque tenían instrucciones de sus superiores de solo «marcar la cancha» —una expresión local que se puede interpretar como «establecer parámetros»— y dejar que «los actores actuaran por su cuenta». En otras palabras, los encargados del arbitraje y de hacer cumplir la ley habían claudicado desde el principio: por miedo no querían enfrentarse a los feroces bancos que conformaban la junta de acreedores. Por supuesto, nada de todo esto era gratuito, y aquí aparecen los oscuros intereses que mencioné al principio de esta historia: el área de Inteligencia de Negocios del BCP, al estar estratégicamente «colocado» en todos los organismos claves del Estado en despachos de ministros, asesores y autoridades decisoras —y esto último lo reconoció en 2012 el presidente de su directorio ante la Comisión de Delitos Económicos y Financieros, al afirmar que los gobiernos «con frecuencia solicitaban ejecutivos a su banco para que colaborasen con ellos» en el diseño de sus políticas—, sabía que a corto plazo habría una explosiva demanda para los fabricantes de buses del país. Para dar una idea de lo que esto significa, diré que, inmediatamente después de enterrar a Camosa, solo en la capital se vendieron más de 10 mil buses urbanos por cerca de 1.500 millones de dólares. ¿Qué ocurrió? Que, una vez despejado el campo, apareció Modasa, un pequeño competidor nuestro en vehículos pequeños que, como por arte de magia, de pronto tenía a 4 directores del BCP en su directorio. Apareció también Mercedes Benz de Chile —que en el Perú opera como Divemotors— y se hizo 108
En carne propia - II
de parte sustancial del mercado de buses a través de una asociación con su compatriota Jaime Paredes Gaete —el mismo que antes había intentado adquirir mi empresa— a la que denominaron Metalbus. También el ex gerente general de Carrocerías Morillas S.A, el intrigante que permitió la gestión desastrosa de la junta de acreedores y de Orbal, se hizo millonario al fundar su fábrica Bruce. Así fue como las organizaciones y los personajes que intervinieron —de una u otra forma— en la tragedia de Camosa florecieron en lo que hoy es un boyante mercado de 500 millones de dólares anuales. Obviamente este tipo de manejos encubre un acto delictivo que tiene nombre en el mundo corporativo: insider trading, que en inglés significa «utilizar información financiera privilegiada en beneficio propio». Esto es lo que practicó el BCP contra Carrocerías Morillas S.A. y, desde mucho antes, con varios negocios peruanos en problemas financieros: de ese modo en el tiempo se fue ensamblando Credicorp, el actual holding del Banco de Crédito del Perú, al absorber empresas en riesgo de quiebra por unos centavos. Esto también explica por qué el reflotamiento de Camosa fue una farsa: su existencia interfería en los futuros planes de expansión de su grupo. A esta jugada criminal se prestó Indecopi, con su venia o ignorancia.
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¿Ahora Qué?
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EN CARNE PROPIA - III
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¿Ahora Qué?
No exagero cuando hablo sobre las malas artes comerciales del BCP. A fines de la década de 1990 — durante el régimen de Alberto Fujimori, hoy en la cárcel—, el presidente del directorio de ese banco en ese entonces, Dionisio Romero Seminario, solía reunirse con Vladimiro Montesinos —el íntimo asesor del gobierno de Fujimori que también purga prisión— para solicitar medidas gubernamentales que favorecieran sus negocios. Años después, pálido y tembloroso, Romero tuvo que declarar ante la justicia por esas reuniones: resulta que Montesinos le ayudó a «destrabar» las operaciones de una empresa pesquera paralizada al habérsele encontrado cargamentos de droga en sus almacenes: como esa compañía no podía funcionar mientras durasen las investigaciones correspondientes, la deuda de 16 millones de dólares que mantenía con el banco se mantenía impaga. El historial de irregularidades no se detiene allí. En los últimos años, la dirección del Banco de Crédito del Perú cambió de manos, al menos nominalmente: Dionisio Romero Seminario cedió el puesto a Dionisio Romero Paoletti, su hijo. A fines de 2019, este último confesó a fiscales peruanos —en el contexto de las investigaciones por el famoso caso «Lava Jato»— que él había entregado clandestinamente 3.6 millones de dólares en efectivo a la hija del expresidente Alberto Fujimori para influir políticamente en la última campaña electoral. Mencionadas algunas de las furtivas actividades del BCP, uno se pregunta: ¿En qué país decente se permite que un banco comercial sea al mismo tiempo un banco 112
En carne propia - III
de inversiones? ¿Y que, en un país casi sin inflación, se cobre un spread de 1.800 puntos básicos, es decir, 18% de diferencia en el promedio anual entre lo que un banco paga por los depósitos y lo que cobra para prestar dinero, convirtiéndolo en el más caro del mundo? En el Perú, como está prohibido que un banco preste dinero a sus empresas subsidiarias, estas «prestan» a las empresas de un banco de la competencia para que este, a la vez, conceda préstamos a las empresas del primero a tasas preferenciales. Esta modalidad pactada para eludir la ley —que coloquialmente se grafica con la frase «Tú me rascas la espalda y yo la tuya»— es conocido en el sector financiero mientras la Superintendencia de Banca y Seguros deja sin investigar y sancionar a los grupos económicos que controlan la banca, las compañías de seguros, la emisión de tarjetas de crédito, las empresas de control de riesgos y las administradoras de fondo de pensiones, en un círculo vicioso que evidencia, como mínimo, un flagrante conflicto de intereses. Pero si se tratan de acciones sospechosas todavía impunes, hay una que el Banco de Crédito del Perú intenta esquivar con relativo éxito hasta ahora: «Lava Jato». Simplemente no es posible creer que todo el dinero que fluyó para corromper instituciones, presidentes de la república, partidos políticos y empresarios se hayan hecho en efectivo o a través de bancos offshore sin haber pasado o ser filtrado por el banco más grande e influyente del Perú, y que este no haya denunciado las operaciones ilícitas en su debido momento como se estipula en las leyes. A más de dos años de empezadas las investigaciones, 113
¿Ahora Qué?
aún no se incluye al BCP que habría participado en las estructuraciones y reestructuraciones de las complejas operaciones financieras que hicieron posible esta colosal transgresión a la justicia. Lo cierto es que, en el año 2002, Carrocerías Morillas S.A. presentó la solicitud 003-97-CCPLL-034 ante Indecopi. Se trataba de un detallado informe con pruebas de todo el rosario de delitos cometidos por el Banco de Crédito del Perú —muchos que ya no aparecen en este relato por razones de espacio—. Allí se demostraba cómo el BCP había manipulado el proceso desde el inicio al «inflar» sus acreencias para hacerse nombrar presidente de la junta general de acreedores, de cómo no pagó al ente recaudador de impuestos denominada Sunat, y menos a los sacrificados proveedores de Camosa, muchos de los cuales tuvieron que cerrar. Por último, el BCP tampoco pagó por completo las acreencias a los otros bancos —sus colegas en el festín—, pero se las arregló para hacerse un «auto pago» superior a 1.4 millones de dólares de más. Como nunca me permitieron ver las actas, nadie se percató ni reclamó oportunamente, y mucho menos los funcionarios de Indecopi, por supuesto. Cuatro años después de iniciado el proceso contra los subsidios, cuando Carrocerías Morillas S.A. ya se encontraba en estado agónico, Brasil no pudo seguir ocultando lo evidente y reconoció que su gobierno, en efecto, había otorgado este beneficio en desventaja de la industria peruana. Contra lo que pudiera pensarse, esa confesión no fue una victoria para nosotros sino una macabra burla: Indecopi argumentó que, en efecto, 114
En carne propia - III
existió la causa —el subsidio en el crédito—, pero que esta era de minis, es decir, que no había hecho «mucho daño» a Camosa ni al país y, por tanto, no había derecho a indemnización o compensación alguna. Tiempo después, Beatriz Boza, la presidenta de esa institución, se retiró y pasó a ocupar el más alto cargo en la filial peruana de la transnacional EY Law. Hoy, a veinticinco años de que desapareciera Camosa, una buena cantidad de sus antiguos colaboradores no la olvida y se mantiene en contacto a través de un grupo de WhatsApp para celebrar el aniversario de la fundación de la empresa, a la que considera su alma mater profesional. El grupo lleva el nombre, como no podía ser de otra manera, de Carrocerías Morillas, la fábrica peruana de buses que, de tener un valor original superior a los 33 millones de dólares, terminó, por obra y gracia del BCP, con un capital de solo 42 dólares al momento de su cierre. Y así, como se puede apreciar, su historia representa la más grande y violenta destrucción de valor empresarial en el Perú, un vil e impune despojo.
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LA PARADOJA ORIENTAL
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Pensando en alternativas y modelos económicos a seguir para cuando salgamos de esta pandemia, el sistema chino no es el mejor, y no puede serlo porque su sistema político necesita más libertades, como la de expresión, por ejemplo. Sobre este último punto, el filósofo español Emilio Lledó suele hacer una distinción al decir que «la libertad de expresión es fundamental, pero más importante es que haya libertad de pensar», y no podemos estar más de acuerdo con ello. Sin embargo, hay que entender que, en este momento, China no está en condiciones de permitirse esa libertad, porque no existe un gobierno que pueda soportar el caos que se produciría si la libre expresión y el libertinaje que existen en las redes digitales se salen de control, como ocurre en Occidente. En un país de 1.4 mil millones de habitantes, algo así llevaría a un grave conflicto social que podría desencadenar una guerra civil, por ejemplo. Y, tal como la historia de las conflagraciones nos enseña, son los perdedores los que deben huir. ¿Es posible imaginar un éxodo de inmigrantes de solo el 15% de la población china? Serían 216 millones de personas desplazadas que se movilizarían. ¿Hacia dónde? ¿A Europa? Si lo hicieran, hundirían la región. Estaríamos, por tanto, ante un delicado problema para todos los habitantes del planeta y que no siempre se toma en cuenta al criticar a China. Con todo, es posible prestar atención a todo lo positivo que hace el país de Mao y, tal como hicieron los japoneses con la misión Iwakura, reproducir lo que es bueno y mejorarlo. En Asia existen dos sociedades con impecables credenciales: son inclusivas y muestran menor 118
La paradoja oriental
desigualdad social, poseen economías sólidas y exitosas, tienen altos estándares de educación, han desarrollado la clase media más grande del planeta en muy corto plazo y demuestran valores ciudadanos como la empatía y la solidaridad. Estos países son Singapur y China. La aparente incongruencia es que una es capitalista y la otra, socialista, la primera es una democracia liberal y la segunda —según los criterios occidentales— es una férrea dictadura. Entonces resulta que los dos mejores sistemas económicos del mundo son el capitalista liberal de Singapur y el socialista totalitario chino. Suena extraño. ¿Significa que al final la ideología no importa? Uno podría sentirse tentado a repetir lo que decía Deng Xiaoping, el desaparecido líder máximo de China: «Qué importa el color del gato con tal de que cace ratones». Pero quizá la respuesta esté, más bien, en las personas que conforman esos países: la población de Singapur es china en un 75%. Y se enfatiza esto no tanto por una cuestión genética o racial —que además no tiene sentido en territorios con multitud de etnias como China—, sino por el tipo de cultura que se vive en estos países que, sin ser religiosos, poseen grandes valores espirituales. Además, Singapur y China tienen en común que se distanciaron del llamado «Mundo Libre» en cuanto a desarrollo y, con ello, se alejaron de la influencia hegemónica de Estados Unidos que los habría conducido a un destino equivocado, sin liderazgo y sin brújula en medio de un mar de contradicciones: ya bastante sabemos de sus decisiones erradas y obsoletas instituciones. En resumen, Oriente se ha beneficiado al no recibir directrices de las potencias de 119
¿Ahora Qué?
Occidente. Tal es así que China, en la actualidad, afirma que nunca ha buscado ni pensado utilizar su poderío contra nadie —no quiere ser lo que Rusia en algún momento quiso ser o lo que Estados Unidos ha sido por largo tiempo—, y nunca ha colonizado ni invadido ningún país y menos ha pretendido llevar la guerra a miles de kilómetros de sus fronteras. Por el otro lado, un ala del capitalismo evoluciona hacia el cambio. No hace mucho, un grupo de ochenta y tres multimillonarios —entre los que se incluyen George Soros, Chris Hughes y Abigail Disney— hizo un pronunciamiento público en la página Medium.com donde solicitaba que se le impusiera más impuestos dada su próspera condición económica. Por su parte, Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial —el famoso Foro de Davos—, propone reemplazar el capitalismo de accionistas por el capitalismo de valor compartido, mientras que la Business Roundtable (BRT) —la confederación de gerentes generales de las más grandes corporaciones de Estados Unidos— acaba de redefinir el propósito de las empresas al colocar los intereses de la sociedad al mismo nivel que los intereses de los stakeholders, es decir, de las partes involucradas en su funcionamiento —sean trabajadores, accionistas, clientes, proveedores o distribuidores—. Por supuesto, ni Schwab ni la BRT pueden ser tachados de anticapitalistas o antisistema, lo que demuestra que el cambio está viniendo desde adentro tal vez por una cuestión de supervivencia. Además, en estas propuestas hay un interesante componente: quienes las plantean representan a compañías que cumplen la ley, que invierten 120
La paradoja oriental
lo necesario, que contratan personal, que innovan y crecen en un mercado competitivo, y que pagan impuestos. Todo eso, obviamente, significa cumplir con un enorme fin social: simplemente no hay otra manera de hacer empresa que creando riqueza y repartiéndola entre los dueños, los empleados, los proveedores, los clientes y el gobierno. Eso es lo que siempre propuso el capitalismo liberal y no el neoliberal en el que estamos inmersos.
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¿Ahora Qué?
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LA SOCIEDAD ROSA
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¿Ahora Qué?
Queda claro que Estados Unidos tampoco es un modelo a seguir: por el neoliberalismo que defiende, por su desigualdad social y racial, por su decisión de invertir en un monstruoso arsenal de armas nucleares antes que en una efectiva red de seguridad social para su población, y por su lamentable gestión ante los estragos de la pandemia del covid-19. Las pruebas demuestran que este país se ha desarrollado con principios y objetivos equivocados y que se ha preparado para una guerra equivocada. Sin embargo, hay otros modelos que pueden resultar inspiradores: los países escandinavos, Japón, Corea del Sur, Singapur y otros que disfrutan los beneficios de su alto grado de educación igualitaria, de los elevados impuestos que pagan y de instituciones que persiguen y castigan los casos de corrupción con eficacia. Se trata de naciones que, sin abandonar la democracia y el capitalismo, tienden a parecerse a China en cuanto orden y disciplina. Curiosamente, en esta última sociedad colectivista —y al contrario de la creencia popular— existe la propiedad individual y, por ende, la empresa privada: China cuenta con 206 empresas privadas con un valor superior a los mil millones de dólares cada una, más que en cualquier otro país del mundo. En esta nación, el sector privado contribuye con las tres quintas partes del PBI, y se estima que la fortuna combinada de Ma Huateng —el inversionista detrás de WeChat, el app que supera a Facebook y Twitter en funcionalidades— y de Jack Ma — el fundador de Alibaba, el Amazon de Asia— supera los 88 mil millones de dólares.
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La sociedad rosa
Cuando China pueda aceptar la libertad de expresión estará más cerca a la sociedad ideal, una que podría definirse como sociedad rosa, porque no será roja como la comunista y tampoco será blanca como la capitalista. También será rosa no solo porque se espera que sea mucho mejor que el modelo económico en el que vivimos ahora, sino porque pronto el planeta será liderado por mujeres: el matriarcado es una tendencia tan indiscutible como el día sucede a la noche. ¿Y por qué mujeres? A riesgo de caer en estereotipos, hasta hoy puede asegurarse de que los gobiernos dirigidos por ellas se han mostrado más prudentes, reflexivos y menos erráticos, quizá —quizá, no hay nada concluyente— porque en sus genes está la misión maternal de concebir y cuidar de su prole, porque es más cuidadosa y susceptible con la naturaleza, y porque es más difícil que una mujer se atreva a amenazar a otro jefe de Estado con la misma arrogancia, desprecio e insolencia vulgar como lo hacen los hombres, de los cuales Trump parece la encarnación perfecta. «A todos nos va mal con la pandemia» es el comentario general. ¿Pero pensamos a cuál de los sexos les va peor? ¿Quiénes sufren de forma desproporcionada esta tragedia? No hay duda de que son las mujeres, en especial las madres —y peor aún las madres solteras, viudas o divorciadas que en el mundo son una gran mayoría— quienes, además de intentar trabajar de manera remota mientras son interrumpidas por sus hijos que demandan atención, supervisan la educación a distancia que ellos reciben, hacen los quehaceres de la casa y tratan de controlar las finanzas domésticas, todo en simultáneo. 125
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Eso, si es que de pronto no son despedidas después de haber sido discriminadas con sueldos más bajos que sus pares varones. ¿Nos hemos preguntado a qué se debe esto? Somos los hombres quienes creamos este modelo patriarcal, antinatural e injusto mediante instituciones, costumbres y creencias obsoletas: se trata de un sistema que se inició cuando las mujeres atenienses y egipcias perdieron sus prerrogativas de ciudadanas libres, cuando se instituyó que la propiedad solo sea transmisible de varón a varón, cuando la Biblia, los libros sagrados de Oriente y los filósofos y hombres de Estado por igual pasaron a considerarlo una verdad indiscutible. Sin embargo, una vez que los bienes y rangos empezaron a heredarse por los padres se iniciaron los odios y las codicias, rivalidades y luchas que hasta ahora existen. Se perdió el sentido del matriarcado, la mujer cambió su estatus y, tras ejercer un rol preponderante —en las familias, en las tribus y en las civilizaciones— llegó a ser un objeto decorativo y de placer, pasó a ocupar un puesto de ciudadana de segunda clase y se convirtió en una esclava del hogar, sin derechos y destinada a obedecer. Recordemos que ellas recién empezaron a sufragar hace poco más de un siglo, y algunos años después lograron tener acceso a la educación superior. Hay que entender que un matriarcado es el predominio o mayor autoridad de la mujer en un grupo social sin oponerse al patriarcado o rivalizar con él: ambos pueden convivir al mismo tiempo en condiciones de igualdad. «El poder para las mujeres es llegar a acuerdos con los hombres 126
La sociedad rosa
en todas las cuestiones de la vida para vivir mejor. Ellas son entes donde importa más el ser que el tener, y tienen en común el respeto a la tierra desde sociedades amorosas que velan por el bien del grupo, donde el concepto sociedad tiene una dignidad y profundidad que aquí rara vez se ven. Son sociedades donde las mujeres son respetadas por su sabiduría para organizar el trabajo, gobernar y disponer el cumplimiento de la ley», afirma Anna Boyé, una antropóloga y periodista española especializada en el estudio de diversas culturas nativas desde México hasta las islas de Guinea Bissau. «La energía no proviene de la fuerza física sino de la voluntad indomable» solía decir Indira Gandhi, la única primera ministra de la India. Pero también el sentido común y el tino para manejar los problemas difíciles son fuerzas poderosas: ¿Qué tienen en común los siete países que mejor han respondido a la amenaza del coronavirus? Que todos son gobernados por mujeres, empezando por la alemana Ángela Merkel quien, con un magistral manejo de la crisis y visible liderazgo, ha dado cátedra sobre lo que implica estar al frente de una nación. A ella la siguen las gobernantes de Finlandia, Taiwán, Noruega, Nueva Zelanda, Dinamarca e Islandia, líderes que no solo han sabido manejar la pandemia, sino que al mismo tiempo han demostrado cómo se puede colaborar con otros países para salir adelante —con lo que han inaugurado una forma innovadora y eficiente de ejercer el poder—. No se puede decir lo mismo de la mayoría de presidentes hombres que, por anteponer la economía y la política a la seguridad de sus poblaciones, han producido desastres en 127
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sus gestiones en el contexto del coronavirus. ¿Ejemplos? Trump, Bolsonaro, Boris Johnson y otros. La paradoja que China y Singapur plantean a Occidente se parece mucho a un proverbio de Eduardo Galeano — el ícono uruguayo de la literatura latinoamericana— que rezaba: «Se separaron: ella fue hacia la izquierda y él hacia la derecha, pero olvidaron que la Tierra es redonda». En solo meses la pandemia nos ha obligado a hacer ese recorrido para descubrir esta gran verdad.
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¡TRANQUILO, NADIE TE QUITARÁ TU YATE!
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¿Ahora Qué?
Con frecuencia se busca alarmar a las personas con frases tipo «El comunismo/socialismo es muy malo, te quitará tu casa, expropiará tus propiedades y negocios, confiscará tus cuentas bancarias y nacionalizará todo». ¿Cómo puede ser posible si esto no ocurre siquiera en la China, donde hay ciudadanos acomodados, millonarios y hasta multimillonarios? Por supuesto, tampoco sucede algo así en gobiernos socialdemócratas como Suecia y Noruega, donde existen más billonarios per cápita que en Estados Unidos. Otro comentario recurrente similar al primero es «Cuando los comunistas/socialistas toman el control de un país llevan su economía a la bancarrota por incapacidad y mala gestión, tal como ha sucedido en Cuba, Venezuela, Irán y otros países donde faltan los servicios públicos básicos, no hay alimentos ni medicinas, la población no encuentra empleo y se ve obligada a emigrar». Es verdad que todo eso sucede en dichos países, pero por motivos completamente diferentes: en realidad, al negarse a obedecer al Gran Patrón —es decir, a Estados Unidos y compañía— y defender su libertad y la soberanía de sus pueblos, sufren el castigo —por «insubordinación» o por ser un mal ejemplo para sus vecinos— que les inflige el bloque de naciones hegemónicas que se cree dueño del mundo. Para ello emplea mecanismos de coerción diplomática, ejerce presión mediante sus aliados, utiliza sus conocidas «sanciones» y, si eso no resulta, aplica los «embargos», luego los «boicots» y, finalmente, las invasiones. Ante esa situación de estrangulamiento económico, político y militar, uno tendría que preguntarse cómo es que se supone que los ciudadanos del país agredido 130
¡Tranquilo, nadie te quitará tu yate!
no deberían desesperar y emigrar ante el hambre, el desabastecimiento, la falta de empleo y el largo etcétera de una crisis nacional. Es decir, ¿cómo puede funcionar con normalidad un país al que se le ha inmovilizado o confiscado su dinero y sus propiedades en el extranjero, al que no se le permite vender sus productos y servicios en el mercado internacional y tampoco comprar ningún producto extranjero, además de ser permanentemente calumniado por la desinformación de medios de comunicación irresponsables? Lo más probable es que nos estén colocando anteojeras como a caballos para dirigirnos adonde quieren que vayamos. Habría que recordar que Mike Pompeo — secretario de Estado de Estados Unidos— y luego John Bolton —consejero de Seguridad Nacional del mismo país— hicieron dos fugaces viajes con pocas semanas de diferencia a América Latina solo para tocar un par de puntos en agenda y nada más: incrementar la presión del Grupo de Lima —una alianza de países de la región formada para apoyar el boicot contra Venezuela— y asegurarse de que ningún país adquiera productos de Huawei, el fabricante chino de móviles con tecnología 5G, bajo la acusación de que son instrumentos de espionaje: ese es el nivel de los temas de «estrategia y seguridad internacional» de Trump. De pronto apareció el covid-19 y ya sabemos la historia: al país más rico y poderoso del mundo le faltaron recursos médicos para enfrentar la pandemia como producto del abandono político en el que tenía sumido a su sistema 131
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de salud. La ironía es que han sido empresas chinas como Huawei, Alibaba y otras, aunadas a visionarios norteamericanos de la talla de Bill Gates, los que —pese a la torpe política de Donald Trump de responsabilizar a China de una supuesta «creación» del coronavirus— organizaron y financiaron ayuda humanitaria con miles de respiradores artificiales y millones de artículos de protección médica para ayudar a gobernadores y alcaldes norteamericanos —y a autoridades de otros países— que los necesitaban con desesperación para compartir con sus poblaciones. Ese acto de solidaridad no se condice con la actitud del gobierno estadounidense al confiscar la carga de equipamiento contra la pandemia de los aviones procedentes de China que hacían escala técnica en alguno de sus aeropuertos —una carga, además, inicialmente contratada y pagada por países del Tercer Mundo— para, luego, disputársela. Al final quien pudo comprar más y pagó más se quedó con los productos. Cuando la vida regrese a la «normalidad» —una gran mentira, porque la que vivíamos no era normal—después de la pandemia, esta con seguridad debería ser diferente a la que conocíamos, ojalá convertida en una sociedad más justa y solidaria. Por lo mismo es que no se puede permitir que las élites de siempre apliquen su conocida política de «cambiar todo para que no cambie nada» porque ya no puede tener efectividad. Hoy vemos más sensibilidad hacia la desigualdad económica y racial, la pobreza extrema, la corrupción y la destrucción de la naturaleza —una naturaleza que, no por nada, la respetaron las antiguas civilizaciones que habitaron los Andes y otras 132
¡Tranquilo, nadie te quitará tu yate!
latitudes, por ejemplo, y cuyo máximo ejemplo de arquitectura ecológica es Machu Picchu—. El covid-19 es un campanazo para aquellos que esperamos no solo sobrevivir, sino sobrevivir en un mundo que valga la pena. Como sabemos que habrá cambios a consecuencia de la terrible pandemia, será indispensable cuidar de que estos se realicen de manera inteligente, con criterio y sin ánimo de venganza, pensando solo en el futuro y ya no en el pasado. Por tanto, no podemos ser hostiles con quienes no piensen como nosotros: hay personas muy valiosas en nuestros países por su inteligencia y patrimonio, ambos factores muy necesarios en esta etapa de transformación. Porque, lo digo una vez más, no hay desarrollo posible sin estos dos capitales: el humano y el monetario. Una auténtica sociedad del futuro será ambientalista, fomentará una sociedad desideologizada basada en la meritocracia y se estructurará desde la redistribución económica a través de una renta básica universal y un sistema universal de servicios públicos, con grandes impuestos al lucro y la riqueza. Intentando encontrar el lado más positivo a una pandemia de esta magnitud, cabría esperar que la cuarentena haya sido una suerte de retiro espiritual colectivo para meditar sobre lo frágil que es la vida y la necesidad urgente de encontrar nuevas soluciones. Que países como China y Alemania hayan ayudado a otros sin que se muestren dominantes y paternalistas, ha sido un valioso ejemplo que ha expuesto no solo la necesidad de ser solidarios entre nosotros como seres humanos, sino también las miserias del liberalismo a ultranza que ha 133
¿Ahora Qué?
permitido una grosera acumulación de riqueza en pocas manos que hoy no sirve para nada: hoy sabemos que «vivir bien» no significaba tener capacidad para consumir, sino para acceder a servicios básicos universales como el de la salud y la educación. Así, una vez más, queda demostrado que el dinero no compra la felicidad, y que la felicidad no es un deseo o un sentimiento, sino un derecho humano que todos merecemos. «No hay camino a la felicidad, la felicidad es el camino». Buda Gautama.
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