Índice
Agradecimiento ..........................................................................................................................2 TRES LABIOS .............................................................................................................................4 REFUGIO .....................................................................................................................................5 ROSA MUERTA ..........................................................................................................................6 DESAHOGO EN EL BALCÓN ...................................................................................................7 CONOCERTE ..............................................................................................................................9 ELLA ES MI MADRE.................................................................................................................10 ESCULTURA IMPERFECTA ...................................................................................................11 SACADME DE ESTA DESESPERACIÓN .............................................................................12 LOS DE OSCURAS CUENCAS ..............................................................................................13 ENSAYO ..........................................................................................................................................14 LA ILUSIÓN DE UNA PAZ ENGAÑOSA................................................................................15 RAZÓN POR LA QUE SEGUIMOS SIENDO DE TERCER MUNDO ................................18 CUENTO ...........................................................................................................................................21 PRELUDIO DE DRAGONES ...................................................................................................22 DISTOPIA ...................................................................................................................................39
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Agradecimiento “Cada libro, cada volumen que ves aquí, tiene un alma. El alma de la persona que lo escribió y de aquellos que lo leyeron, vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien baja sus ojos a las páginas, su espíritu crece y se fortalece.” La Sombra del Viento Carlos Ruiz Zafón.
Como parte de la celebración del Día del Libro realizada cada año, el departamento de Español ha compilado las obras literarias escritas por los alumnos del C.T.P. de Educación Comercial y de Servicios durante el Concurso de Producción Literaria 2016. Como profesoras de Español, nos vemos gratamente sorprendidas por la calidad de las obras que nos hacen llegar nuestros estudiantes, lo cual nos llena de motivación y de orgullo. Valoramos el esfuerzo y el compromiso en cada una de las áreas: diseño gráfico, dibujo, coreografías, composición e interpretación de piezas musicales, obras teatrales, producciones literarias, así como la planificación de la logística para llevar a cabo nuestro V Convivio Literario. Agradecemos al Comité de Biblioteca, al Grupo Literario, integrado por estudiantes de undécimo año, y a todos nuestros alumnos por la colaboración brindada. El mundo es mejor gracias a la actitud y a la labor de personas como ustedes.
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POESÍA “La tristeza es un don del cielo, el pesimismo es una enfermedad del espíritu.” Amado Nervo
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TRES LABIOS
Labios rojos, labios morenos, labios blancos, todos son simples labios. Los tuyos, los míos y los de ella. Somos tres, no dos y tampoco uno. Esos labios son asesinos a sangre fría. Son callados como la noche; deliciosos como la caña y perfectos como ella. Tal vez, no seas mi única belleza, pero, aunque somos tres, yo a ti te amo,
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como nunca lo has imaginado.
Pseudónimo: Octavio Struck Sección: 12-6
REFUGIO
Eres mi refugio, aquel refugio, que sin duda ha sido el mejor que he tenido. Eras como mi cobija, cuando era niño; esa delicada y suave cobija, que con mucha dulzura me cobijaba. Ahora, al ya no tenerte, he caído y llorado. Nada me ha protegido y tú ahí muerta yaces. Y yo aquí, ya muerto en vida.
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No me queda mucho tiempo, pero, mis últimas palabras son te amo, refugio mío.
Pseudónimo: Octavio Struck Sección: 12-6
ROSA MUERTA
Era una rosa, muy roja, a mí me gustaba y a ella también. Una rosa llena de vida y de esplendor, era como nuestra relación. Después, vinieron los problemas, ella se fue y yo me fui y la rosa sola quedó.
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Antes del amanecer, esa rosa ha de morir, sola y seca como nuestra relación.
Pseudónimo: Octavio Struck Sección: 12-6
DESAHOGO EN EL BALCÓN
Veo a la montaña, veo a la ciudad, en una se aprecia la naturaleza, en la otra se observa la desigualdad.
Veo al cielo, está oscuro, inhalo y lleno mis pulmones de aire sucio e impuro.
Industrias guiadas por una visión económicamente pragmática contaminan sin importarles la situación climática.
Pero esto no parece preocuparle a nuestra sociedad consumista que cada día se empeña más
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y más en ser todavía más egoísta.
Porque según ella es más importante estar a la última moda y tener las nuevas tecnologías que son actualizadas mínimamente y hay que reemplazar y desechar en cuestión de un par de días.
Y se supone que este problema tiene una debida solución, que funcionaría si esta dispusiera de verdadera atención.
Pero esa atención se desperdicia en absurdo entretenimiento, que solamente aparta al vulgo del necesario conocimiento.
Con el propósito de alejarme de ese suicidio neuronal, fue que terminé aquí, buscando en el horizonte la paz mental.
Ahora, con esta buena dosis de tranquilidad, volveré al mundo a afrontar la realidad.
Andrés A. Lacayo Díaz Sección: 10-4
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CONOCERTE
Un día sin pensar, tu nombre me hicieron escuchar, y al encontrarte y ver tu personalidad me di cuenta que quería conocerte más. Al verte por primera vez mi sonrisa sola salió, yo intenté disimular y convencerme de que nadie vio. Sé que esto no puede pasar, pero no te voy a negar, que al llegarte a mirar mis emociones no se saben controlar. Seguir mirándote de largo eso es lo que me va a quedar, pero yo no me quejo porque más podré tu belleza apreciar.
Michell Vindas Vallejos. Sección: 11-3
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ELLA ES MI MADRE
Ella es mi madre, aquella mujer, la que me amó al verme nacer, quien prefiere no comer para que sus hijos lo puedan hacer. Ella es mi madre, mujer esforzada, siempre a todos pone atención mostrándose siempre preocupada, nunca ella tendrá comparación.
Ella es mi madre, mujer ejemplar digna de toda admiración, amor, respeto y bondad.
Ella es mi madre, a quien tengo que agradecer la vida que me ha dado y todo lo que por mí ha luchado. Como nos dice Yavé, en Proverbios 31:10, “Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas”, así es ella, una gran mujer con su virtud de madre aumenta mi querer. Ella es mi madre, un regalo de Dios y la mujer que amo, con todo el corazón. Michell Vindas Vallejos. Sección: 11-3
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ESCULTURA IMPERFECTA
Cuando tu rostro por primera vez vi de que las estrellas no son perfectas cuenta me di, y cuando con la luz del sol tus ojos comparé de que son los más bellos me enteré. Gran escultura es tu sonrisa, gran escultura eres tú, y cada vez que me miras siento una inmensa luz. No digo que seas perfecta, pero sí que estás muy cerca, y aunque tus defectos tengas, tengo que decir que eres mi escultura imperfecta.
Michell Vindas Vallejos. Sección: 11-3
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SACADME DE ESTA DESESPERACIÓN
¡Sacadme de esta desesperación!, de este oscuro sabor a flores amargas, de estas penurias espesas donde el alma se vuelve desconsolada.
Mi bella mariposa, ¡sacadme!, de este mar de llanto amargo, de la cruz que cargo por llegar a la cúspide de tu amor.
Pero yo sé que la mujer más bella y hermosa saciará todo este dolor, saciará con miel silvestre de cada rosa y espina que me ha clavado.
¡Quiero caer al rosal sin espinas! Oler tu perfume de mariposa. ¡Quiero inundarme de tus besos! Y coronarte con oro, rubí y zafiro.
¡Salvadme de esta piel oscura y tensa! ¡Salvadme de esta sangre esclavizada! Yo también sudo y lucho. ¡Levantadme! ¡Sacadme de esta tierra solitaria!
Por favor, esto y más es mi amor. Joshua Aldair Abarca León Sección: 11-4
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LOS DE OSCURAS CUENCAS
Los sueños en el suelo de todos esos huesos por años, todos cargando ese mismo peso. Pensarlo de otra manera no lo hará diferente, creyendo que llorar los mantendría inocentes.
Mañana, día, tarde y noche otra vez, su sombra por las nubes es todo lo que ven, cuencas oscuras llenas de recuerdos por dentro; por fuera, más podridos que el cemento donde están puestos.
Flores naciendo, pájaros cantando luego del invierno, en días como estos, huesos como ellos arden en el infierno y critica cuanto quieras, pero ahora te das cuenta, que ahora eres tú uno de ellos, otro de oscuras cuencas. Otro cráneo de boca sellada...
Kristopher Alonso Agüero Oconor Sección: 11-4
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ENSAYO
“El hombre razonable se adapta al mundo: el hombre no razonable persiste en intentar adaptar el mundo a sĂ mismo. Por tanto, todo progreso depende del hombre no razonable.â€? Hombre y superhombre George Bernad Shaw.
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LA ILUSIÓN DE UNA PAZ ENGAÑOSA
En el último siglo, Costa Rica se ha jactado de tener una paz perfecta; de aquel sistema gubernamental implantado en 1949 por la Junta Fundadora de la Segunda República, que ha funcionado “perfectamente” hasta la actualidad (las comillas son para indicar la ironía en el empleo de la palabra); es obvio decir que estoy en contra del sistema implantado hasta la actualidad de la armonía “tica”. El 1 de diciembre de 1949, José María Figueres Ferrer, como presidente del estado costarricense en aquel momento, decide abolir el ejército de nuestro país, desde ese día (hace ya 65 años), Costa Rica se declara como una nación cien por ciento pacífica, ante el mundo e incluso hoy día todos los ciudadanos de nuestra amada “Tiquicia” rajamos de ser el único país sin armada. Sin embargo, nos olvidamos de que es mentira, la Confederación Helvética posee la Guardia Suiza, pero no es su ejército oficial, además existen países pequeños y no tan importantes a nivel mundial que tampoco tienen tropas, sin olvidar, a los estados libres y soberanos como La Ciudad del Vaticano, que no posee milicia propia, no obstante, la Guardia Suiza lo custodia, en dicho caso. Mucho tiempo después, inicia la Guerra Fría, Costa Rica se une a las decisiones tomadas por los Estados Unidos de América y, por lo tanto, la OTAN (Organizaciones del Tratado del Atlántico Norte) ataca a cualquier país comunista y que apoye a la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), una patria agraciada por la paz, no apoya las decisiones que se tomen en guerra, simplemente sanciona cualquier tipo de acto bélico que persista en la Tierra, mantiene su neutralidad. En oposición, “Ticolandia” es una nación que depende políticamente y económicamente de la tierra con la bandera de las cincuenta estrellas, por ende, va a apoyarlos, aunque con hipocresía se presuma como un lugar pacífico. La nación que se cree llena de paz es aquella que se conjeture ante las otras naciones como
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neutral ante cualquier suceso agresivo y, de esa forma, sentencie a dichos acontecimientos. Costa Rica, en lugar de estar apoyando a “Gringolandia” en contra de los comunistas utópicos, debería estar pensando más en su política interna y agarrar la postura de neutralidad que posee el país de la cruz blanca en su bandera roja. Es irónico que nos hagan llamar la Suiza Centroamericana, cuando lo único en lo que nos parecemos es en que es un territorio nacional aceptado por la ONU (Organización de las Naciones Unidas) y que no tenemos militares, nuestra patria solo posee la imparcialidad con los países centroamericanos; tanta es nuestra indiferencia que no pertenecemos al PARLACEN (Parlamento Centroamericano), que al final de cuentas no sirve para nada, incluso declaró que Isla Calero era de nuestros vecinos nicaragüenses. Ahora nuestra separación del SICA (Sistema de Integración Centroamericana) por el caso de la migración masiva de los cubanos por Latinoamérica hasta los Estados Unidos de Norteamérica. Y, por último, nosotros no formamos parte de la CCJ (Corte Centroamericana de Justicia), la cual dictó la misma medida que el PARLACEN con respecto a Isla Calero, al fin y al cabo, la Corte de Justicia de La Haya dictó una sentencia diferente y dijo que dicha isla es parte de nuestro territorio nacional. Nuestro preciado lugar de vivencia puede decir que su aliado en América Latina es Panamá; además, nuestro país y su vecino del sur son los dos países con más democracia y más avance en América Central. Aunque, al final ningún país en la Tierra va a tener mucha paz, debido a que hay guerras internas, revoluciones de los ciudadanos como la de salvar a la Caja Costarricense del Seguro Social (una manifestación que debe ser necesaria y constante), pero solo por no tener una armada, no es motivo por el cual hay que jactarse de ser cien por ciento pacíficos. Sin embargo, es un paso para un mundo en el cual se aparten las diferencias de género, de gustos sexuales, de creencias
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religiosas, de cultura, de etnia, de nacionalidad, el día que llegué a pasar eso, en la Tierra no habrá guerras, ni revoluciones, ni otros sucesos bélicos. Nuestras principales desigualdades genéticas en la personalidad (el ser un erudito, cordial, osado, honesto o abnegado) son las que causan daños a la sociedad y no nos permiten progresar. Costa Rica debe optar con medidas para erradicar esto y así poder ser felizmente un lugar muy “¡Pura Vida!” (Paz y felicidad al cien por ciento en toda circunstancia).
Rafael Arce Álvarez. Sección: 12-6
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RAZÓN POR LA QUE SEGUIMOS SIENDO DE TERCER MUNDO
De vez en cuando me hago la pregunta de qué habrían hecho los antiguos inventores si hubieran tenido que convivir con una sociedad tan conformista y poco progresiva como la de hoy en día. Creíamos que decir que nuestra civilización era la más avanzada no era más que un epíteto, cuando la realidad nos demuestra que no es más que un vil eufemismo utilizado para defender el conformismo actual; para defender el deseo de no hacer nada. “Ya alguien lo hará” es el pensamiento que varios conservan en sus mentes y lo utilizan incluso como base principal de su filosofía de vida, un principio ideológico que se apoya en la capacidad productiva de otros para justificar el deseo de sucumbir ante la mediocridad. Una forma de pensar tan perezosa es incluso un riesgo latente para el avance de una sociedad es, lastimosamente, la doctrina que impera en la sociedad costarricense. Si Tesla, Newton o Marie Curie hubieran sido parte de la sociedad costarricense actual, probablemente hubieran encontrado varias críticas de aquellos que abogan por la mediocridad. Aquellos que viven su vida como simples engranajes, meras piezas de metal intercambiables que tan solo se cambian cuando la herrumbre les consume, aconsejando a mentes destinadas a ser los motores. Probablemente Marie Curie hubiera sido la que la hubiera encontrado más difícil, ya que una mujer progresiva en una sociedad conformista tal como la costarricense suele encontrarse con situaciones tales como verse forzada a emigrar por el simple hecho de que sus ideales no parecen adaptarse a los de la sociedad. Si a Lyra la expulsaron a México, probablemente Curie hubiera tenido que escapar a las tundras siberianas. Es así como es la sociedad costarricense de hoy, en la cual se llevan a cabo campañas en pro del disfrute de la juventud, del deporte y se grita a los cuatro vientos cómo somos un ejemplo de progreso para toda la región latinoamericana,
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pero dejamos el estudio científico y el progreso tecnológico para otros, porque los rastros del sistema agroexportador persisten y su doctrina sigue practicándose con fiel religiosidad. Al parecer formamos parte de aquellos que creyeron que la palabra “progresismo” combinada con nuestra nacionalidad no era más que un epíteto, cuando la verdadera descripción sería la de un pleonasmo conformado por la palabra “conformista” delante del nombre de nuestro país. Si realmente somos tan progresistas y avanzados tendríamos más científicos y menos deportistas en las noticias. Basta decir que a los científicos difícilmente les dedican medio minuto semanal en los noticieros, mientras que tan solo los futbolistas reciben por sí solos más de veinte minutos en cada edición del noticiero, más la serie televisiva dominguera donde se llega a tratar el deporte como si fuera el tema más importante a tratar a nivel nacional. Además, mientras que en deportes tenemos variedades disciplinarias para escoger alguna de todas y hacer un reportaje, usualmente los minutos destinados a la ciencia no son más que un tal Doctor Frankling Chang y un fulano, mengano o zutano que por acontecimientos de la vida ha logrado hacerse conocer. No, no desprecio el trabajo del doctor Chang, pero no puedo evitar sentir repulsión ante el trato de héroe nacional que tan solo lo convierte en una figura adorable, sin embargo, virtualmente inalcanzable dentro de la cabeza de muchos. Mientras que nosotros lo alabamos como si fuera el Stephen Hawking latinoamericano, en el ámbito mundial no es más que otro de los otros miles de científicos internacionales que nunca han ganado una condecoración por una colaboración científica de peso. No es más que otro científico más en el mundo, pero ante la sorpresa de que un tico haya logrado romper las barreras sociales que impulsan la mediocridad, a los medios de comunicación no se les ocurre otra forma de tratarlo más que como una vaca sagrada nacional. Es la doctrina social creada por nuestro statu quo de país exportador de café, banano, ejecutivos obedientes y proficientes trabajadores de “call centers” la que nos retiene como posible potencia industrial y tecnológica —porque el potencial y el
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intelecto existen, eso es innegable—.
Somos tercermundistas no por falta de
capacidad, ni tampoco por la falta de recursos. No formamos parte del primer mundo por el simple hecho de que vivimos en una sociedad en la cual vivir como subordinado es el ideal e incluso la ley. A pesar de poder ser parte de los motores, hemos decidido jugar el papel de engranajes. Me gustaría concluir infiriendo que la famosa frase del Bill Gates: “Nacer pobre no es tu culpa, morir pobre, sí”; podría ser incluso utilizada como un anagrama de la filosofía de vida personal que procuro aplicar y fomentar entre aquellos que estén dispuestos a cambiar —siendo esa la principal razón de este escrito—. Nacer en una sociedad mediocre no es culpa de la persona en sí, sin embargo, aceptar esos antivalores como algo inevitable es culpa de cada individuo. Es incorrecto justificarse usando una cortina de humo tal como el statu quo del país, porque asumir que por el simple hecho de vivir en un ambiente de mediocridad se deba imitar tal actitud como un “destino manifiesto” no es más que una falacia post hoc —la que por cierto me provoca la mayor repulsión.
José Morales Vargas Sección: 12-4
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CUENTO “Querían hablar, pero no pudieron; había lágrimas en sus ojos. Ambos estaban pálidos y delgados; pero aquellos rostros pálidos estaban iluminados con el amanecer de un nuevo futuro.”
Crimen y castigo Fiódor Dostoyevski
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PRELUDIO DE DRAGONES CRÓNICAS SOBRE EL ÚLTIMO DOMADOR DE DRAGONES
I Un avistamiento inesperado Había avistado un niño extraño en la ciudad de Media, nación de Pleiades, una ciudad conocida por su simetría y orden. El niño estaba cubierto por mantas sucias y desgastadas, cosidas por una mano torpe y que trataban de emular una túnica. La cara del niño estaba cubierta por otra manta aparte, y solo dejaba ver su nariz y sus labios resecos por la falta de hidratación. Cada cierto tiempo el niño recorría su alrededor con la mirada, como si estuviera buscando algo. Esa parte de la ciudad era habitada usualmente por grandes comerciantes y ciudadanos de clase alta, cosa que se veía reflejada en la apariencia de la ciudad. Piedras preciosas cubrían todas las edificaciones, las conocidas como “Soles lunares” que se caracterizaban por obscurecer su entorno y teñirse de un color blanco (como el de las lunas) en el día, y volverse soles radiantes en la noche. Eran colocadas en las paredes de manera que formaran varias figuras, la mayoría de ellas relacionadas con la historia de la ciudad. Divisé al niño extraño justo cuando dejaba de mirar absorto aquellas piedras; preguntándome a mí mismo cómo funcionaban esos pedazos de piedra. En comparación con las maravillas que se encontraban alrededor, el niño contrastaba fuertemente. Sus harapos lo hacían lucir como un mendigo, sin embargo, los rumores que había escuchado decían que los mendigos hace mucho tiempo habían dejado de existir en ciudad de Media y el niño no parecía tampoco estar pidiendo dinero, más bien parecía estar desorientado. Algo invadido por la curiosidad, decidí acercarme al niño que se encontraba en el centro de la calle de Marfil, mirando a su alrededor frenéticamente como si
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estuviera desesperado por salir del lugar. Palmeé su hombro con la esperanza de que me prestara atención. “Quién sabe, Tal vez tan solo perdió a sus padres” —pensé mientras palmeaba su hombro. — ¿Oye niño, qué...? El niño se dio la vuelta casi de inmediato y estableció contacto directo con mis ojos, como si me quisiera examinar. Su cara demostraba que estaba desesperado por encontrar una respuesta… “¿Pero una respuesta a qué?” pensé. Sus ojos. Sus ojos eran diferentes a cualquier otra cosa que haya visto durante mi vida. A diferencia de las otras personas, lo que se encontraba rodeando su pupila no era de un color claro, ni un negro, ni un café. Su iris era de un rojo intenso, increíblemente raro en toda la unión de las seis naciones. Tan raros que los únicos documentados de tenerlos fueron los domadores de dragones, los cuales habían sido eliminados hace ya varios años, o al menos, eso era lo que se creía después del primer campeonato de Mekra. Aunque los domadores tenían algo más que los caracterizaba: la cabellera blanca como la nieve. Teniendo esto en cuenta e impulsado por una curiosidad cada vez más intensa, decidí hacer una solicitud simple. —¿Qué tal si descubres esa cara y me saludas? —dije alegremente— No voy a hacerte daño, tal vez te pueda ayudar. Además, ¿no te han dicho que es irrespetuoso cubrirse la cara cuando se habla con alguien más? No eres un criminal, ¿verdad? —insinué. —No señor…—susurró— Es solo que… —¿Es solo que qué?— dije sin poder ocultar mi curiosidad. El niño comenzó a quitarse la manta que usaba como capucha. Conforme sus ojos eran expuestos a la luz, estos cambiaban de color y su Iris se teñía de un negro
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profundo. Logré ver sus cabellos que apenas se asomaban por detrás de la capucha. Color blanco, como la nieve. Efectivamente era un heredero de los domadores. Mi respiración comenzó a acelerarse según me daba cuenta de lo que había descubierto. A juzgar por su apariencia y tamaño, no tendría más de diez años aquel niño. Sin darme cuenta, atraje la atención de varias personas, muchas de ellas observaban fijamente al niño, sin poder ver lo que yo había visto. Un soldado grande y corpulento se acercó lentamente hacia donde nos encontrábamos el pequeño y yo. Recordé que el niño parecía un mendigo con esos harapos, y no se había visto un mendigo en la ciudad de Media hace mucho tiempo, y estaba a punto de averiguar el porqué. —Prosiga su camino visitante —me ordenó mientras agarraba al niño del brazo y lo halaba hacia su persona. —¡Eh! ¡Señor! ¡Qué pasa! ¡Qué hice! —reclamó el niño con una voz nerviosa. —¡Camina! —le gritó el soldado fuertemente— La ley ha sido muy clara, ahora sufrirás las consecuencias de querer quebrantarla. —dijo levantándole la capucha. Por un momento pensé que se daría cuenta de que tenía la sangre de un domador, sin embargo, justo cuando la capucha abandonó su cabeza, no había cabellos blancos, lo que había en cambio eran cabellos de un color negro similar al de la obsidiana. A pesar de que me encontraba de viaje en Pleiades, no sabía mucho sobre su ley, no había ido ahí para tener problemas con la autoridad, sino que había ido a conseguir un libro que precisamente hablaba de la historia de los domadores de dragones. No obstante, me preocupé algo por el niño, tal vez yo tenía parte de la culpa en que lo hubieran notado. —¿Qué le va a hacer? —le pregunté algo preocupado.
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—Eso no es algo que deba incumbirle a un extranjero —replicó con una voz grave y profunda. Me quedé algo asombrado ante la actitud del guardia, algo empezaba a lucir bien mal. Si Media se había liberado de los mendigos, no parecía haber sido porque les ayudaron. Aun así, no estaba seguro de qué iba a pasarle al niño, y para alguien como yo que estudiaba su raza, era algo invaluable, sería una lástima si él hubiera acabado muerto. Me acerqué a uno de los transeúntes que se había detenido a ver la escena y le pregunté qué le pasaría al chico. Su respuesta me hizo sentir como si una piedra pasara por mi garganta. “La ley prohíbe que alguien se muestre con ropa indecorosa en ciudad de Media, la pedida de limosna en Media es penada con la muerte. Todos los mendigos y personas de menores recursos se movieron a las ciudades más al Sur, donde veces perdidas llegan donaciones de los burgueses. Algunos se aventuran a incumplir la ley y pedir limosna en la ciudad, usualmente los llevan a alguno de todos los pueblos del Sur y los ejecutan en un callejón o públicamente, para así dar el ejemplo”. Respondió tranquilamente, como si se hubiera desensibilizado ante tal acto luego de varios años de verlo repetirse. Algo de culpa invadió mi mente, y eso junto con el deseo de poder estudiar al niño más de cerca me hizo actuar de manera estúpida Todo hubiera sido más fácil si hubiera dejado el lugar de inmediato, en vez de ir por el niño…Aunque no me arrepiento de nada. Empecé a seguir al soldado de lejos, faltaban un par de horas para que fuera de noche. Durante el transcurso del viaje, vi como las calles de marfil se transformaban en tierra rocosa. La forma en que los “Soles lunares” eran reemplazados por huecos vacíos en las paredes y la sutilidad con la que simetría y limpieza que caracterizaba a la nación desaparecía. Nos habíamos adentrado en una ciudad del Sur.
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Yo los seguía a una distancia considerable, observando atentamente cada movimiento del soldado. Varias veces estuve a punto de tirármele encima, sin embargo, debía contenerme, sería muy estúpido atacar a un soldado de la guardia de Media, conocidos por su gran habilidad de batallas. Además, la única arma que yo portaba era una daga pequeña, por lo cual estaba en clara desventaja. Aun así, no podía evitar sentir como la ira invadía mi cuerpo al ver al soldado agarrando al niño del cuello y desplomándolo contra el piso, riendo a carcajadas mientras que el pobre se levantaba con gemidos de dolor. Los rayos del sol cada vez se volvían más escasos, el cielo se teñía de un color anaranjado en la víspera de la noche. La ciudad en la que se había metido el soldado era realmente un conjunto de ruinas únicamente, o eso parecía. Las personas igual vivían ahí. El soldado pasó al frente de una fogata comunal y repitió el acto que me hacía impacientarme por matarlo. Los habitantes lo miraban con desprecio, miedo y furia. Todos sabían lo que le iba a pasar al pobre pequeño, pese a eso, ninguno se animó a atacar al soldado. Al pasar yo por la fogata luego de ellos, pude escuchar el sonido de los susurros entre los distintos habitantes, parecían comentar sobre el triste destino del niño y contar historias conocidos de ellos habían sufrido el mismo destino. El soldado se introdujo con el niño en un callejón sin salida, yo seguía las acciones del hombre corpulento cuidadosamente, cada vez me acercaba un poco más para poder observar mejor la situación y actuar cuando la ocasión me lo permitiese. Mientras los seguía, pude ver el sol agonizando en el horizonte. Apenas anocheciera por completo, la evidencia de que el niño tenía sangre de domador se haría presente y el soldado no duraría en ejecutarlo, o en avisar a sus superiores. El único pecado de los domadores fue haber hecho un pacto con los dragones, lo que los descalificó como seres humanos ante los ojos de muchos. Sin embargo, ese niño que había encontrado era diferente a lo descrito por los libros, no era un
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monstruo en busca de sangre, sino que era un verdadero ser humano, con sentimientos, deseos y miedos. Su valor como mago era enorme, incluso muerto valía millones de monedas de oro, debido a que la cantidad de maná que se podía extraer de la sangre de un domador era exorbitante y su pureza imposible de alcanzar con cualquier método. Cualquier mercante mágico hubiera asesinado por obtener ese producto. No obstante, para mí no era un producto, ese niño debía contener secretos de la historia de su pueblo. Al menos, según los libros, los recuerdos de sus antecesores permanecen en su mente, los conocimientos de sus ancestros eran heredados, no enseñados. Al parecer, esta y otras capacidades de los domadores se debían a su dualidad sanguínea, aunque de ahí en adelante son puras especulaciones de los libros. En el callejón, el hombre comenzó a gritarle al pobre niño. Le escupió en la cara. Lo agarró del cuello. Lo desplomó contra el piso. Tres veces repitió el mismo proceso. Cuando lo tomó por cuarta vez, creí que sería oportuno atacarle ya que no estaba atento a su alrededor. Empecé a escabullirme. Agarró al niño del hombro, desenvainó su espada y le atravesó el vientre de un solo estoque. Antes de que yo pudiera actuar…antes de que yo pudiera evitarlo…antes de que yo lo asesinara a él. La ira invadió mi mente, no podía comprender por qué alguien había podido ser tan cruel con un simple niño, tan solo porque demostraba la verdadera situación de la nación de Pleiades, tan solo porque preferían ignorar lo que estaba ante sus ojos, sacrificándolos en callejones como si fueran animales. Me abalancé sobre la espalda del soldado con mi daga en mano, Apenas sacó su espada el vientre del niño, clavé la daga lo más profundo que se pudo, lo que hizo que el soldado se desplomara en un grito de dolor y comenzara a proferir insultos y maldiciones contra mí. Yo solo seguía hundiendo cada vez más la daga.
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El niño permanecía en el suelo, como si cualquier signo de vida hubiera abandonado su cuerpo. No logré causarle el daño suficiente al soldado, no había logrado matarlo de un golpe. Nunca antes había intentado asesinar a alguien, esa era la primera vez, y fallé. Los gritos de dolor se transformaron en gritos de ira, y el soldado no duró en apartarme de su espalda tan rápido como le fue posible, se abalanzó sobre mí y comenzó a estrangularme. La vista se me empezaba a nublar, no lograba respirar. Sólo sentía la saliva del soldado cayendo sobre mi cara, ni siquiera podía escuchar qué insultos utilizaba para describirme. Creí que ese momento era mi final, me arrepentí de haber llegado tan lejos para salvar a un niño que no conocía, mi voluntad había sido en vano. Irónicamente, el niño sería el que me salvaría. Un grito aterrador emanó de la boca del niño, el soldado volvió la mirada por un momento. Una espada atravesó desde la espalda al pecho a mi ejecutor. Otra espada atravesó su vientre desde atrás. Una jabalina atravesó su corazón. Cada una de las heridas comenzó a emanar torrentes de sangre incesantemente, salpicando toda mi ropa. La cara del soldado se mantuvo mirando a donde antes yo había visto el supuesto cadáver del niño. Su cuerpo se desplomó contra mi pecho y logré observar la expresión que quedó grabada en su rostro, la del terror más puro. Volví mis ojos a donde había vuelto los suyos el soldado anteriormente, solo pude ver la silueta del niño, acurrucado, sujetándose las piernas y llorando. Sus manos estaban llenas de sangre, como si hubiera sido él el que atravesó al soldado con aquellas armas. No pude pensar más. Mis ojos se nublaron por completo, mis sentidos dejaron de responder, los latidos de mi corazón se redujeron. Caí desmayado.
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II Cómplices Los primeros rayos de luz se filtraban por mis párpados, debido a la molestia, los mismos dejaron en libertad a mis ojos para recibir la mañana. No me acordaba de mucho, por un momento pensé que tal vez había sido solo un sueño, pero volví a ver mis ropas. Las manchas de sangre coagulada negaban aquella posibilidad. Volví a recorrer con la mirada el cuarto en el que me encontraba. Todo a mi alrededor tenía una pinta muy rústica y descuidada, lo único que sobresalía entre aquella monotonía de suciedad y polvo era un vaso con agua que parecía haber sido puesto recientemente. El agua se condensaba a su alrededor, así que definitivamente no podía haber estado allí desde hace mucho tiempo. Me levanté de mi cama y corrí la manta que me cubría. Una nube de polvo se alzó y me impidió ver o respirar por algunos segundos. Cuando por fin logré respirar algo de aire, me dirigí a la puerta del cuarto y salí. —El niño está en aquel cuarto —dijo un viejo apuntando a una puerta casi desplomada— casi se desangra, los vendé con algunas ropas viejas que tenía por ahí. Me quedé sorprendido por la rapidez de reacción del viejo, era como si hace horas estuviera esperando que me despertara. —Te diste cuenta de que el niño era un…—tragué saliva e hice una pausa, posiblemente había delatado algo innecesario. —Domador de dragones, sí lo sé —respondió tranquilamente, fue como si me hubiera leído la mente— Sé que tienes varias preguntas así que te ahorraré tiempo. Ayer regresaba del trabajo y pasé por una fogata comunal, cuando me acerqué a ellos me contaron que un niño había sido ejecutado por un soldado en un callejón cercano. Soy el encargado de enterrar a los desconocidos que aparecen por la ciudad, así que por eso me lo comentaron. Escuché un alarido terrorífico, provenía del lugar donde me habían dicho los habitantes que había ido el soldado. Lo que vi
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cuando llegué, fue muy diferente a lo usual. El soldado atravesado por varias armas, un hombre que parecía estrangulado en el suelo y un niño sentado agarrándose las piernas sollozando. Me acerqué al niño y noté que tenía una herida en el vientre, inmediatamente procedía a vendarlo. El me señaló tu cuerpo mientras le vendaba, así que decidí revisar tus signos vitales y solo parecías haber entrado en un shock por falta de aire. El niño me dijo lo que pasó luego de que llegamos a esta casa. Ya reporté la muerte del soldado, aunque dije que solo encontré su cadáver, las armas que lo habían atravesado se desintegraron en cuanto llegué, como si hubieran sido hechas con esa magia. El niño dijo que no vio quién hizo eso, pero definitivamente no estaba del lado del soldado. Tienen unas pocas horas antes de que sospechen de mí y vengan a registrar mi casa. Aprovecha y escapa con el niño al lugar de donde vienes, porque es evidente que no conoces las leyes de esta nación. Lo que hiciste fue una tremenda estupidez. —¿Por qué nos ayudas?, se ve que conoce lo que vale un niño con sangre de dragón. Si lo hubieras entregado estarías bañado en oro —le dije en un tono algo incrédulo mientras volvía mi vista al cuarto. El hombre volvió a ver hacia el techo y se recostó en una mesa como si estuviera agotado. Comprendí que la pregunta no sería respondida, así que me dirigí al cuarto del niño. Lo desperté y, mientras habrías sus ojos, no pude evitar que mis ojos se posaran sobre los vendajes en su vientre. Se me desgarraba el corazón ante esa escena. Una mancha de sangre mostraba donde había iniciado la hemorragia, aunque luego del tratamiento que le dio el viejo, la misma había cesado. Salí del cuarto con el niño en brazos, lo senté en una silla y volví la vista al viejo. Parecía seguir atrapado en sus pensamientos. —Sé que es mucho pedir, pero me preguntaba si tal vez…—ni siquiera me dejó terminar la oración. —Sí, en aquella canasta hay pan y frutas, coman a su gusto. Tal vez desees cambiarte la vestidura también, no creo que andar por ahí con ropa manchada de
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sangre sea apropiado para alguien que quiere mantener un bajo perfil. Toma el traje que está en el baúl del cuarto donde estabas, es algo arcaico, pero es mejor que una camisa que te puede delatar —replicó tranquilamente. El niño algo somnoliento comenzó a comer su ración. Su pelo y sus ojos mantenían los tintes negros, por lo cual no tenía que preocuparme por que alguien lo avistara. Yo me fui a cambiar el traje y luego acompañe al niño en la mesa. El viejo seguía apoyado contra el mismo lugar, mirando hacia el mismo punto en el techo con algo de melancolía. Terminamos de comer. —Ya has escuchado al señor —le susurré al niño— debemos irnos a un lugar más seguro para nosotros. Él solo asintió con la cabeza y me abrazó. Una lágrima se deslizó por su mejilla mientras apretaba fuertemente su rostro contra mi pecho. Probablemente la imagen del día anterior lo seguía atormentando. Yo todavía me preguntaba de dónde habían salido aquellas armas que asesinaron al soldado. Me levanté de la mesa, tomé al niño de la mano y me dirigí hacia la salida, dejé que el niño saliera un momento al patio de primero, yo me mantuve por un momento debajo del marco de la puerta, pensando en la razón de aquella ayuda que nos había brindado el viejo. El hombre pareció salir de su viaje mental y volvió su vista hacia mí. —Asesinaron a mi hijo hace unos cuantos años, de la misa manera que lo iban a asesinar a él —hizo una pequeña pausa y tragó saliva— Él no parecía combinar con las lujosas calles de marfil de Media. No tuve el mismo valor que tú. No lo fui a salvar. Nunca me perdonaré que mi hijo haya muerto antes que yo —tragó saliva de nuevo— No lo tomes como una ayuda, tan solo es una excusa para hacerme creer que puedo remediar mis errores —levantó la mirada como en un intento de
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evitar el llanto, sin embargo, una lágrima halló su camino fuera de sus ojos y se deslizó por su rostro. —Muchas gracias por todo, —sentí como si un nudo bloqueara mi garganta— su hijo tuvo un gran padre. Cuando cerraba la puerta detrás de mí, solo pude ver cómo una sonrisa melancólica se dibujaba en la cara del viejo. Este comenzó a llorar y lamentarse entre sollozos. Hubiera querido quedarme un poco más para expresarle mi gratitud, pero él mismo lo había dicho, si no nos apurábamos todo hubiera sido en vano. Llegamos a una estación de oruga de Fuego luego de algunos minutos, salimos en el primer viaje disponible y nos dedicamos a esperar que terminara el viaje. El niño observaba absorto las cabinas de pasajeros de la oruga. Daba la impresión de que nunca hubiera visto una en su vida. Sus ojos se detuvieron sobre los magos que movían el aparato. Llamas intensas salían de sus manos para poder mover el vehículo, el cual se desplazaba gracias a la presión del vapor de agua calentada por los magos. Era extraño que el niño no recordase aquellos vehículos, en especial porque fueron sus ancestros los que los diseñaron y, según los escritos, él debió haber heredado esos recuerdos, sin embargo, no había señal de ello. No solo aquellos vehículos, sino que ante todo invento que habían producido los suyos, mostraba completo asombro, como si realmente fuera la primera vez que veía algo semejante a aquellos aparatos. Debido a todo lo que había pasado, se me había olvidado hacerle las preguntas especiales al chico, y creí que sería apropiado iniciar en ese momento, ya que se encontraba distraído y menos tenso que el día anterior. —¿Cómo te llamas? —le pregunté casi que susurrando.
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—No lo sé —replicó, mientras que su sonrisa desaparecía— Ni siquiera eso sé. —¿Por qué estabas en esa ciudad tan horrible? —No lo recuerdo —dijo, mostrando evidente frustración y tristeza. —Bueno —dije en un intento por calmarlo— Tengo otra y una última pregunta para ti. ¿Qué piensas hacer cuando lleguemos a Hyades? Faltan algunas horas para que lleguemos allá. —Eso…tampoco lo sé —replicó en una voz un poco más calma. —¿Qué tal si me acompañas a mi casa?, tal vez necesites unos días para recordar por qué andabas ahí. Tengo un cuarto vacío que puedes ocupar. Además, creo que podrías ayudarme con un trabajo en especial. —Supongo que no estará mal —una sonrisa de gratitud se mostró en su rostro. Luego de un tiempo, el niño se quedó dormido en mis regazos. Como un todo adulto dominado por el sueño, procedí a abandonarme también al sueño. No me había dado cuenta de que había empezado a tratar a ese niño como si fuera mi propio hijo.
III Materialización Habían pasado ya dos años. Las llamas se alzaban a mi alrededor. Una herida en mi pecho dejaba escapar torrentes de sangre. Todo el suelo estaba lleno de ella. Hasta ahí había llegado mi vida, eso lo sabía. Sin embargo, mi investigación sobre los domadores, la cual me había durado la vida entera y estaba siendo hurtada en ese momento, era lo que menos me importaba.
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Dos jóvenes y una niña habían invadido mi casa. Tres asesinos enviados por el ministerio de magia de Pleiades para asesinarme y retirar todo lo que tuviera en mi poder relacionado a los domadores de dragones. No había podido mantener mi trabajo en secreto, alguien había advertido la presencia del pequeño domador y había informado a las autoridades de la nación aledaña. Desde hace tiempo sabía que me vigilaban, después de aquella escena hace dos años, constantemente sentía la presencia de alguien siguiéndome. El viejo que nos había ocultado fue ejecutado públicamente por alta traición hace cinco días. Las noticias que circulaban después de la muerte del pobre hombre, todas incluían mi nombre en ellas, algunas incluso un retrato. Decidí encerrarme en mi casa después de eso. Lo irónico es que los crímenes que se me atribuyeron no fueron más que relacionados con el robo de supuesta información de las bibliotecas de Media. El asesinato del soldado nunca fue mencionado. Ellos solo querían a Allessandro y el progreso de mi investigación. Usaron una asquerosa excusa para permitir que las autoridades de Hyades los dejaran buscarme. Hacía unos minutos que le había dicho a Sandro que fuera a comprar algunas frutas al mercado, ya poco antes de dar esa orden había levantado las cortinas y había avistado a mis ejecutores acercarse por los techos. Quién sabe, tal vez le hubiera ganado algo de tiempo al pobre niño. Entraron por la azotea, se filtraron hasta la sala principal y ahí uno de ellos sacó una daga cuya hoja tenía un tinte extraño, lo más probable es que estuviese envenenada. El más corpulento de los tres me sujetó por la espalda y me inmovilizó los brazos. Luché con todas mis fuerzas, sin embargo, todo fue en vano. —Esto no es personal amigo —me susurró al oído— créenos que no queremos hacer esto, pero si no lo hacemos, seremos nosotros los perseguidos. Creo que ya conoces cómo funcionan las cosas en nuestra nación.
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—Comprendo, solo hazlo lo más rápido que puedas —dije abandonando toda esperanza. Sentía una terrible furia, sin embargo, estaba indefenso ante tal ataque. Sentía lástima por esos asesinos, probablemente amenazados por sus contratistas, quienes prefieren dejarle el trabajo sucio a los más desgraciados. El segundo hombre tomó su daga y con ella me atravesó el pecho. Un golpe directo que atravesó mi pulmón, sin embargo, el corazón quedó intacto. Aun así, sabía que moriría en poco tiempo, la herida causada por la daga era considerable. “Entre más rápido mejor”, pensé. Si moría todo terminaría rápido, Allessandro no caería en sus manos. A pesar de que tan solo lo conociese hace dos años, el cariño que le tenía era como si fuese mi propio hijo, si podía evitar que sufriera como aquella vez, de nuevo, no dudaría en sacrificarme sin resistencia. Habría una sola cosa que extrañaría, los paseos con Allessandro. Lo llevaba a museos, parques, templos y jardines, intentando despertar algún recuerdo escondido. Nunca lo logré por estos medios, sin embargo, no podía evitar ser feliz al ver su cara de alegría durante esos pequeños momentos de euforia... Corría de un lado a otro, señalando animales y plantas. Jugaba con las mariposas
y cantaba
junto
a
los
trovadores
alegres
canciones.
Esos
momentos…hubiera deseado que fueran infinitos…ojalá se hubieran congelado en el tiempo. Uno de esos paseos, en efecto, los congelé en una esfera de pensamiento, la cual de vez en cuando le daba a Sandro para que se entretuviera antes de dormir. El joven, que me había apuñalado, le ordenó a la niña que confiscara lo que encontrara en mi escritorio y lo guardara dentro de un maletín. Esa niña…tenía la misma cara de melancolía que tenía Allessandro cuando lo encontré en Pleiades. Pensé de nuevo en las palabras de aquel joven. Realmente ellos no querían asesinar, pero no tenían otra opción, esa era la forma de vida a la que había llegado la clase baja de esa nación.
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Empecé a recordar aquellas noches durante los dos años que estuve con Sandro. Usualmente eran tranquilas y calmas, aunque algunas veces se daban excepciones. Melancolía. Tristeza. Miedo. Cada dos o tres meses, un grito desgarrador me despertaba en medio de la noche. Era Sandro. Cuando me acercaba a ver qué es lo que pasaba, sus pupilas estaban extremadamente dilatadas. Sus ojos comenzaban a brillar en medio de la oscuridad y empezaba a susurrar cada cosa que pasaba en su sueño. Las atrocidades que narraba Allesandro cuando estaba en este estado eran horribles. Casi todas parecían coincidir con el primer campeonato de Mekra. El holocausto de los suyos. Las tres emociones mencionadas eran evidentes en su mirada. Era como si él no estuviera dentro de sí mismo, sino que su cuerpo reaccionaba a lo que veía su alma. La niña terminó de recoger los documentos relacionados con mi trabajo. Uno de los jóvenes le hizo una señal y la silueta de la pequeña desapareció por una ventana, seguida esta del sonido producido por el impacto de los pies en el piso. Era una caída de tres metros. El joven más corpulento me miró con una cara de lástima, sacó de una mochila una botella con un líquido transparente y lo empezó a distribuir por el piso de la casa. Cada vez que vaciaba una botella, la quebraba contra el piso y procedía a sacar otra. —¿Por qué no me matan de una vez por todas? —dije con una voz apacible. —Ya te dije que no queremos hacer esto. Viste la daga, estaba envenenada. El veneno se encargará de dormirte. Morirás tranquilo. Apenas el joven dejó de distribuir el líquido, le hizo una seña a su compañero y este procedió a sacar una bolsa con maná solidificado. Tomó una pizca de aquel polvo y lo echó sobre el líquido. Una llama se materializó y comenzó a extenderse por el camino que había formado el líquido, al parecer altamente inflamable.
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Mis brazos se sentían cada vez más fríos. El charco de sangre debajo de mi cuerpo se extendía cada vez más. Me costaba ver los detalles de las cosas. Cada vez, la vista se me oscurecía un poco más. Un ruido tosco se escuchó a mi lado. La puerta se abría y daba paso a una silueta que reconocí al instante. Sandro había regresado del mercado con la canasta de frutas que encargué. Los jóvenes intercambiaron susurros que apenas pude escuchar. —Tú vienes con nosotros —exclamó uno de ellos. Sandro había quedado atónito ante aquella escena. La canasta se deslizó de su mano y cayó liberando todo lo que contenía. Su cabello y sus ojos estaban expuestos a la luz, sin embargo, comenzaron a cambiar a sus colores a los que identificaban al niño como un domador. Él había vuelto a entrar en aquel estado de pánico y terror. Una ballesta apareció en el brazo donde antes había estado la canasta. Era una de esas que los suyos llamaron “Avispas”, ya que disparaban varios proyectiles a través de un mecanismo de cargadores. La otra mano se deslizó debajo del extremo frontal del aparato. Los asesinos no tuvieron oportunidad de actuar, sus cuerpos fueron brutalmente destrozados por aquellas flechas sin darles ni siquiera la posibilidad de defenderse. En un santiamén aquellos jóvenes habían pasado de ser una amenaza, a ser simples alfileteros. Sandro volvió la mirada a mi cuerpo. Sus ojos se enrojecieron y comenzó a dirigirse hacia mi cuerpo. La ballesta se desintegró y dejó sus manos libres. El niño quebró en llanto en frente mío. Tomó mi mano y parecía que quería formularme varias preguntas, sin embargo, no lograba comprender nada de lo que decía, mis sentidos ya no lograban responder bien. Tomé un respiro profundo, posiblemente el último, y me concentré en dejarle un último mensaje.
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—Toma un poco de dinero de mi baúl. Agarra la primera oruga que encuentres a Central. No pude protegerte lo suficiente, te tocará escapar solo esta vez —cada palabra me costaba un tremendo esfuerzo pronunciarla. Mis párpados no se pudieron mantener abiertos un solo segundo más. Lo único que podía sentir eran las lágrimas cayendo sobre mi rostro mientras que este era movido, como si me quisieran despertar de un sueño profundo. Dos pequeños brazos se extendieron alrededor de mi cuerpo y lo abrazaron con fuerza. Poco a poco, el color de sus ojos y cabellos fue cambiando hasta volver a la normalidad; hasta que volvieron a ser los ojos de un niño como todos los demás En ese preciso momento, un pensamiento cruzó por mi mente. Materialización. Ese chico acababa de usar materialización. Lo mismo que dijo el viejo que habían usado para matar al soldado. Sin duda, la sangre que corría por sus venas no era tan solo la de un domador. Después de todo existía algo de esperanza para las seis naciones. Abandoné ese pensamiento para usar mis fuerzas en un último acto. Con dificultad levanté mi brazo y lo puse en la espalda de Allessandro para reconfortarlo. Una lágrima de amargura se deslizó por mi mejilla, poco después, mi cuerpo abandonó la vida. José Fernando Morales Vargas Sección: 12-4
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DISTOPIA
En efecto, su carrito decía muy invitadoramente “Compre o jale”. Me recordaba mucho a alguien de mi familia. Lo que había sido de mi familia. Algo en su forma de hablar o caminar o la confianza que tenía conmigo, su cliente predilecto, me era familiar. Tal vez ella era familiar para mí ahora. Adoraba pasar tiempo con Madeleine y muy dentro de ella yo sé que ella también lo pasaba muy bien conmigo. Tiene una forma graciosa de decir las cosas, inclusive al decir mi nombre sonaba gracioso, suena como si tuviera alguna especie de dolor al decirlo, entonces lo evita a toda costa. - Tenés nombre de marca barata—me confesó un día que llegué a comprar la comida para el día. - Tal vez por eso sigo volviendo y nadie me ha atrapado ¿No cree Madele?—Le respondí con una sonrisa. —nadie quiere las cosas baratas. - No empecés con la carajada del nombre, las cosas baratas son mi negocio, pero vos, uff te pasás—bufó. - Un día cuando me agarren, usted me va a extrañar Madele, yo sé. —respondí. - ¡Ay! Juepucha sal, que no me digás así. No te vendo ni costra… shh. —resopló y yo reí.
Las conversaciones con ella siempre parecían ser fluidas. Madeleine solía estar envuelta en la política de la comunidad en la que vivía o al menos eso fue lo que concluí. No pudo haber sido muy lejos de aquí porque en uno de los días de RERE (Reconocimiento y Recolección) encontré varios volantes con su cara tan familiar y brillante como siempre. El papel la proclamaba como la candidata más apta para llevar a su comunidad a un nuevo y más alto nivel social. Estaba usando ropa que se veía muy dura, rígida, e incómoda; inclusive para ella, su rostro fuerte y su expresión inmutable de malgenio la hicieron un blanco fácil de reconocer. “Madele aquí…” “Madele allá…” “Made a solution” era mi favorita. Supongo que era
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de algún lugar de plata y con un montón de gringos. Me gusta el hecho de que todavía puedo ver algunas conjeturas de lo que era su rostro o de lo que creo que solía ser ella en general. Palabras, ellas son todo con lo que contamos, los pensamientos son un malgasto de recursos. Sonrío al pensar que hay cosas que ningún arma puede cambiar. Madeleine no se puede distorsionar con un arma.
Era tosca, tenía que serlo. Aquí, o eras rudo o no te dejabas ver. Pienso en Madeleine como un tipo de traficante de este nuevo mundo, si se le puede llamar de esa manera. Ella consigue la comida para este sector y la vende sin que la encuentren. Impresionante si me preguntara alguien. Claro nadie aquí pregunta nada, debo mantenerme a mí mismo cuerdo, hablarme y decirme el “porqué” y el “cómo” de las cosas. Mantenía a más de uno de por aquí vivo. Nadie nunca hace lo riesgoso por alguien más, ella es admirable.
Mi familia Tommy y Madeleine, no se conocen. No puedo siquiera imaginarlos juntos. Son dos mundos diferentes en mi vida, ya que cuando dejo la librería Tommy no existe. Tengo miedo de que alguien lea mis ojos, de que ese alguien lo vea y sepa de él. Temo que sepan que existe alguien por quien sigo volviendo a ese edificio abandonado. Tommy no puede salir, no podría volver a freírle huevos.
Sé que no le gusta como cocino ni como preparo la comida en general, sin embargo, el hambre mata las papilas gustativas del pobre enano. Siempre que me encargo de lavar el único utensilio de comida que tenemos, él me abraza recorriéndome con sus brazos e intenta estirar sus dedos haciendo un camino a través de mi cintura para poder abarcar más con su agarre. Luego me giro y me inclino hasta quedar a su altura y poder devolverle el abrazo como él se lo merece. Necesita saber que no lo dejaré ir nunca. El necesita alguien que lo mantenga centrado y lo eduque. Puede que yo no sea la mejor persona para instruirlo en mucho de lo que él necesita, pero lo que sé se lo he tratado de inculcar, inclusive lee algunas historias de por aquí.
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Evito salir tanto como puedo, lo odio. Un gran viento frío y sucio me golpea la cara cada vez que salgo. Cuando voy afuera, me cubro la cara con un trapo que le compré a Madele, el mismo que uso para cubrirme en la noche; delgado pero resistente. Cada vez que voy a una caminata de RERE tengo que hacer doble trabajo el día. Debo limpiar todo lo que he usado, el trapo morado, las gafas, el bulto y bañarme extra cuidadosamente con agua fría en la noche para asegurarme de no enfermar a Tommy. Madele se burla siempre de cómo me veo al salir, me dice “caperucita morada”.
Salgo de noche cuando la oscuridad sirve para cubrir mis cometidos. Me aseguro de que Tommy esté dormido, siempre le digo cuándo saldré y le prometo que volveré, nunca le fallé en esta promesa. Nuestro edificio luce pálido desde mi perspectiva, desde donde sea que esté; todo luce pálido con los lentes, pero hay una penumbra nostálgica sobre la librería cuando salgo. El segundo piso se ve especialmente misterioso. Ese segundo piso alberga nuestras cosas, las cosas que recolecto.
Cada vez que salgo, temo y pido por Tommy en aquel segundo piso, pido que ninguna figura carroñera se le ocurra pasar por ahí y ver hacia arriba. No estoy seguro a quién estoy pidiendo, solo espero que alguien escuche.
Mirar hacia arriba es algo que la gente hace mucho últimamente, lo hacen en busca de una respuesta, examinan con la esperanza de encontrar algo que no está ahí, procuran conectar algún destello de azul que hace mucho tiempo ya, desapareció. Intento mantener a Tommy lo más lejos de las ventanas siempre que pueda, pero ahí es donde mantiene sus juguetes alineados, es un hombre meticuloso. También ahí es donde ve su único contacto con el sol y donde ve las estrellas que no son tan tímidas en la noche, así como la luna en sus diferentes etapas.
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En ocasiones marchan por afuera Guardas que hacen un ruido lúgubre que odio, se produce cuando golpean el adoquín en perfecta y tenebrosa sinergia. Se escuchan desde casi medio kilómetro de distancia, ahí es cuando alerto a Tommy del peligro y lo retiro de la ventana. Desde la ventana de la librería se ven como si fueran aves de fragata todas en línea, alzando sus pechos enrojecidos camino a alguna ceremonia. Ninguna otra situación los haría caminar por aquí.
Nunca verían hacia arriba. Intenté explicarle a Tommy lo que ellos hacían, pero ni yo mismo sabía con exactitud, solo sabíamos que: “estaríamos fritos”.
La librería está en un lugar que solía ser céntrico y muy concurrido. Mientras camino por la ciudad escombrada, se dificulta para mí recordar que todo esto solía tener un matiz de color diferente al gris. Calles completas adornadas con restaurantes, panaderías y tiendas de ropa donde solía comprar con mi mamá lanzan sus apuestas por cuál de ellas podrá hacerme llorar primero, esta vez. Las plazas donde Tommy solía corretear palomas y comía helados mientras hablaba con algún árbol, son ahora botaderos tristes de materiales inservibles. Recuerdo a los vendedores de juguetes y discos coloridos que trataban de ganarse la vida soplando burbujas, dejando hasta el último aliento de sus fuerzas en su trabajo. Algo que siempre consideré un lindo detalle para la ciudad, es nuestra librería, un hermoso e histórico edificio blanco con un techo alto en el primer piso con pasillos extensos tanto en tamaño como en conocimiento, el primer piso tenía dos entradas, pero durante una caída de escombros una de ellas quedó imposibilitada. El segundo piso tenía cuatro banderas en la fachada exterior, una por cada ventana. Es más pequeño que el primero y se llega a él por las escaleras (el ascensor claramente está fuera de servicio hasta nuevo aviso) que están situadas en el centro del establecimiento. Lo que queda es un vestigio de lo hermosa que era nuestra librería, ahora manchada y mermando cada día; haciendo lo que puede para sobrevivir. Nadie piensa que hay dos chicos viviendo ahí. Nadie concibe que alguien pueda sobrevivir aquí.
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Leo tanto como puedo, de los libros que están más completos y con menos quemaduras. He sentido menos pesar últimamente, aunque sí extraño a mi mamá mucho, creo que tengo el derecho de extrañarla, sigo teniendo dieciséis en todo caso. Me pregunto si Tommy la extraña como yo o si la recuerda del todo. Los primeros días en la librería recuerdo que Tommy lloraba desconsoladamente. ¿Cómo le digo a un niño de cinco años que ya no tiene mamá? No estoy seguro si yo mismo lo acepto, estoy en desacuerdo con muchas de las cosas de por aquí. Hice una lista de cómo arreglaría las cosas por aquí, lo hice mientras Tommy realizaba calendarios. Claro que mucho de lo que escribí, requería de no tener Guardas arrestando a gente por todo lado.
Sucedió un martes. Hubo advertencias, pero nunca se creyó nada serio al respecto en el barrio. Vivíamos en un país libre de guerras, un país sin ejército, un lugar donde estas cosas no se dan. Había estado sucediendo mucho en el norte, los países grandes peleaban por recursos, ya que habían agotado todo lo que les pertenecía. Nuestra lucha interminable por sobrevivir es, en la mayoría de los casos, deshumanizante. Nos hicieron ver de una manera muy diplomática que debíamos tomar una posición: para ellos o contra ellos. Claro que no lo dijeron. Fueron apoderándose paulatinamente de todo; país por país, esparciéndose como un cáncer a través del continente, arrasando todo lo que quedaba utilizable de nuestras tierras y cuyas personas solo podían mirar paralizadas en terror mientras se les despojaba de lo que les pertenecía. Nuevas leyes, nuevos ideales de comercio todo en “pro” de sus países. Sí, claro. Vieron como todo el mundo se fue al carajo de brazos cruzados.
Pero el mundo en el que vivimos fue dirigido alguna vez por la naturaleza y ella tiene un método propio de hacer las cosas, de cambiar las reglas de manera que todo sea más equitativo, claro que lo sabe. Los enfermó, lo que nacía de esta tierra mataba. Los cultivos estaban malditos y esto los enfureció al punto de tomar acciones drásticas en el asunto. Había quienes morían aquí también, no solo ellos
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morían. No consistía en ningún plan estratégico para hacerles daño. El daño estaba hecho de todos modos y no había quién parara la furia que les cegaba y pronto terminaría consumiéndonos. La comida “segura” llegaba en menos cantidad cada vez a las casas, cada día se cerraba una escuela más, la cantidad de carros en las calles era menor, se clausuraba algún edificio o cesaban las actividades de una empresa. Nadie quería enfermarse.
Enfermarse para morir. Morir por no enfermarse. Así era como funcionaba, humanos hiriéndose unos a otros. ¿Es acaso esto algo intrínseco de la especie?
Los animales evolucionaron, crearon defensas, no todos claramente, sin embargo, les fue más sencillo que a los humanos. Los que comían de lo que producía aquella tierra, empezaban a presentar padecimientos casi de inmediato, sus cuerpos rechazaban el daño y peleaban con todas sus fuerzas para resistirlos, era hiriente ver a alguien sufrir a causa de una necesidad fisiológica tan simple como la que era aquella. Muchas veces desfilaron enfermos en las afueras de estas calles, alejé a mi hermano de las ventanas en aquellas ocasiones, nuestra librería ha estado clausurada desde entonces.
Si uno pasaba por el sufrimiento de comer y seguía vivo después de eso, felicidades; lamentablemente no todos lo lograron. Mi mamá no lo logró. Era un enfermizo juego de ruleta rusa, que ni siquiera los suficientemente trastornados disfrutaban.
Habíamos pasado 3 días sin nada más que tomar agua y teníamos el estómago vacío. Llevábamos semanas con hambre, comiendo de forma minimalista de unos suministros de emergencia que habíamos recolectado en caso de lo peor. Acordamos que Tommy debía comer de la mejor manera posible, pero se estaba agotando rápidamente.
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Al regresar del colegio un día, me estaba esperando. Debí saberlo porque en la mañana de ese día desayunamos algo completo, pinto, huevos, natilla; no es que desconfiara de mi mamá, sino que algo dentro de mí sentía miedo. Era la hora del almuerzo y algo que olía muy bien, emanaba una fragancia encantadora provenía de la concina. Al entrar, una nube de vapor me golpeo la cara e invadió mis pulmones con un extraño pesar. Mi mamá no puso la mesa ese día. En cambio, me llamó al cuarto mientras Tommy andaba por ahí, jugando con sus carritos, tal vez. —Saúl, usted no tiene idea de cuánto lo amo.— me dijo mientras se sentaba en la cama y me invitaba a hacer lo mismo—usted es mi bebé y me duele verlo sufrir sin poder hacer yo nada. —recuerdo que corrían lágrimas por su rostro. Mi madre era tan bella. —Diosito sabe por qué hace las cosas. ¡Yo he orado tanto! Le pedí a Dios que me lo hiciera inmune.—su voz temblaba al intentar crear palabras. —Tengo miedo—le confesé, tal y como solía hacerlo cuando era más pequeño y me agarraba de su blusa suave, seguro de que nada ni nadie podía dañarme ahí. Sentí que tenía que decirlo o de lo contrario explotaría. —Súl…—así me llamaba de cariño. —hubiera deseado poder…—se derrumbó. —Su comida es la mejor del mundo, ma.—dije tomando los cubiertos que estaban en la almohada, interrumpiendo su dolor para comenzar el mío. Era un picadillo de papa con arroz y frijoles cuyo sabor jamás voy a olvidar. —Gracias.
Mientras comía me explicó que debía ir yo primero, así cuando fuera el turno de ella podría cuidar yo de Tommy. Estaba delicioso y mi estómago lo agradeció mucho, no era pesado, el desayuno había hecho obtenido un buen sustento. Seguí escuchando sus instrucciones sobre cada posible situación. Traté de memorizarlo todo, pero era abrumador el hecho de pensar en aquella realidad.
El dolor comenzó unos momentos después de terminar mi almuerzo, mi madre me recostó en su cama y me tomó de la mano. La cama tenía su esencia impregnada por todos lados, fue como si me abrazara todo el tiempo.
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Mi cuerpo luchó por sobrevivir, las primeras horas intentó expulsar el daño de cualquier forma posible. Altas fiebres, vómito, tos, todo tenía ese peculiar sabor a dolor. Me cubrió con ropas y plegarias, yo temblaba mientras ella besaba mi frente. Luego mi cabeza me pasó la factura, sentí como si un lado de mi cerebro se estuviera cayendo y al abrir mis ojos me encontré con una versión manchada de luces del mundo, muy diferente del que recordaba. En la noche, mi ritmo cardíaco bajó, sentí como la presión en todo mi cuerpo menguaba. Mi mamá no estaba en la cama, pero podía sentir su abrazo, seguro estaba con Tommy preparando la cena. Nunca sabré qué tan relajado estaba, pero aseguro que esa fue la última vez que recuerdo haberlo estado. Pensé que tal vez respirar así de lento era algo privilegiado, que el adormecimiento de mi cuerpo me dejaba pensar de manera clara, algo excelentísimo. Recordé todo, mi nombre, el lugar donde estaba, el nombre de mi profesora del kínder, el hecho de que estaba muriendo y que mi madre no estaba ahí. Tal vez sería mejor si yo no estuviera ahí. Ya no tendría que ir al colegio, ni hacer tareas. Habría más comida, dinero, recursos. ¿Qué tan malo podía ser morir?
Vi la luz en forma de puerta, pero no era mi muerte, era algo mucho peor lo que estaba destinado para mí. En cuestión de dos días, nos dimos cuenta de que no iba a pasar a más y pude salir del cuarto y abrazar a mi familia. “Todavía tengo miedo”, pensé.
Al siguiente día me correspondía la preparación de la cena. Hice lo único que sabía hacer, una sopa con verduras y, a un lado, arroz. Ese día la mesa se puso y los tres comimos juntos. Tommy comió algo “seguro”. Me preguntaba si tenían miedo, yo ya no podía ser dañado o al menos eso pensaba. Mi madre complementó mis dotes inexistentes de cocina mientras terminaba y llevaba los trastos hacia la pila, después se recostó con Tommy y conmigo en la cama. Nos envolvimos los tres bajo la misma cobija y mi mamá nos sostuvo a ambos, uno en cada brazo. Yo cantaba en mi mente, Tommy dormía y ella temblaba bajo mi cabeza.
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Pude oír como los latidos de su corazón se ralentizaron con parsimonia hasta la extinción, mientras yo intentaba desesperadamente aferrarme al último destello vivo de su perfume que quedaba en aquella cama. No lograba conciliar el sueño pensando en el dolor por el cual podía estar pasando y lloré en silencio llamando su nombre, rogándole que no se fuera, pidiéndole que no se olvidara ni de Tommy ni de mí.
Me rendí. Al día de hoy, me pregunto si algo hubiera cambiado si yo no me hubiese quedado dormido, si tan solo el día anterior hubiese ido a dormir una hora antes podría haber atendido y cuidado mejor de mi mamá. Sin embargo, ella no se quejó de una sola cosa. No dijo una palabra. Tampoco Tommy, que resultó ser inmune, dijo nada. Esto lo vendría a descubrir poco tiempo después.
Al día siguiente cambié a Tommy de cuartos muy temprano. Le dije que íbamos a ir de paseo. —Traiga su bulto, Tommy—le dije—le va a echar solo lo que piensa que necesita, ¿está bien? —¿A dónde vamos?—me preguntó. —Donde tía—le respondí. —¿Y mami?—esa sería una de las interrogantes más difíciles de mi vida. —Salió. —esto no pareció satisfacerlo, pero de alguna forma entendió que no debía preguntar más. Nunca deja de sorprenderme lo inteligente que es mi hermano.
Era martes y era un día con mucho que hacer y nada de motivación para mover siquiera un dedo. Quería llorar y abrazarlo, quería asegurarle que todo estaba bien y que de ahora en más la vida iba a ser mejor. Pero, ¿quién soy yo para asegurarle cualquier cosa a Tommy? Me prometí no llorar en frente de Tommy temprano esa mañana, pero ya había fallado. El dolor nunca dejará de producir lágrimas en mí y yo nunca dejaré de sentir dolor. Tommy se subió en uno de los
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sillones y estiró su mano hasta acariciar mi rostro. Limpio las lágrimas, que en él había, con la mano que no estaba sosteniendo un auto de juguete. Tal vez era yo quien necesitaba que le aseguraran todo lo anterior y era yo quien necesitaba un abrazo. —¿Necesita en serio todos esos carros?—le pregunté componiendo una sonrisa paradójica. —Sí. — aseguró con la cabeza y pensé que mi mamá le habría permitido jugar con ellos. —le presto uno para que no llore. El blanco, tome.
Lo tomé con gusto y lo metí en mi propio bulto junto con el resto de suministros que quedaban y una cantidad minúscula de ropa y una cobija para Tommy. Salimos ese día de la casa y nunca pudimos volver a nuestro hogar. Mamá, perdón.
En la escuela, aprendimos un tipo de siembra muy peculiar. Se cree que después de haber utilizado la tierra se debe prender fuego a la misma. Esto mata los parásitos y las semillas del monte, dejando a la madre tierra más vigorosa y limpia para trabajarla posteriormente con un nuevo producto, y eso fue exactamente lo que hicieron. Quemaron lo que quedaba de nosotros. Nos extinguieron como a parásitos y utilizaron a los inmunes como ratas de laboratorio.
Nunca llegamos a la casa de nuestra tía. Y aunque hubiésemos llegado, lo que habría en lugar de una casa sería escombros. Descubrí más tarde que nuestra casa también quedó reducida a restos de madera y piedras, eso y un sartén que pude rescatar de allí.
En cuanto salimos de la casa, pude notar el pandemonio armando su camino hasta las mentes de los pobladores. La gente corría en dirección contraria a la nuestra. No sabía a dónde íbamos, estaba desorientado y mi aliento se debilitaba a
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cada paso que daba con Tommy literalmente atado a mi espalda. Se escuchó una fuerte explosión cerca de nosotros, tan cerca que fuimos a dar contra el piso a unos cuantos metros de donde habíamos estado hacía tan solo un segundo. Una cortina de humo arremetía contra mis pulmones y le dije al tripulante de mi espalda que aguantara la respiración. Corrí con el resto de fuerzas que me quedaban, no era muy rápido, pero sí consistente. Me aseguré de quitar a todos de mi camino, no fue sino hasta después que los vi, cuando capté que estaba corriendo directamente hacia los Guardas (nombre con el que designan a los uniformados de pecho rojo) y por qué todos corrían en la dirección contraria.
Frené en seco y mi mente quedó en un estado de shock que duró varios segundos. De no ser porque el pequeño en mi espalda jaló fuertemente de mi cabello no me hubiese movido y hubiésemos quedado como huevos. Entré en la primera calle que vi y giré en la siguiente avenida. No había rastro de ellos, pero no estábamos a salvo. Seguía escuchando explosiones, cada vez más cerca y aquel infernal sonido del marchar de sus zapatos golpeando en sincronía la avenida adoquinada. “Ya vienen” pensé.
Entramos en la librería porque pensé que ahí habría alguien que tal vez nos podría ayudar, para nuestra buena suerte, puedo ahora decir, cayó una bomba en la entrada justo después de nosotros haber pasado. Los pasos se escuchaban cada vez más cerca, tomamos guardia en un armario de libros caído. Pude ver las sombras de sus figuras rebuscar entre los estantes caídos, y el olor de papel quemado llenando la entrada del edificio. Mi corazón dolía en mi pecho y el de Tommy saltaba con miedo. Lo cubrí con mi chaqueta y le susurré la situación de manera que se calmara. Estuvimos tan cerca de ellos.
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—¿Tommy? —¿Hmm? —¿Quién es María?—aquel era el nombre de nuestra madre. —No sé. —confesó y me sentí apresado por un incomprensible pesar.
La noche en la que llegamos aquí nos refugiamos bajo una columna del primer piso, después de asegurarme de que ellos se habían ido. Lo sostuve en mis brazos asegurándome de poner mis manos alrededor de sus oídos para evitar que se sobresaltara por las explosiones que hicieron de la ciudad un escenario en el cual danzar.
Las primeras semanas fueron difíciles, la comida escaseaba y el peligro era inminente en todo lugar. Juntos despejamos el segundo piso e hicimos un espacio cerca de la ventana que seguía intacta, quizá solo un poco sucia. La comida se terminó en cuestión de días así que tuve que salir y recorrer los alrededores en busca de algo que recolectar o cambiar. Tenía algunas cosas de valor en mi bulto. Algo, cualquier cosa podía servir, todo menos morir de hambre.
Madele llegó como un ángel a mi vida, dándome una esperanza de vivir. Creo que ella sentía lástima y por ello fue que decidió ayudar. La comida no era un problema ya más. Con miedo en el alma, fue que descubrí que Tommy era inmune; una vez que se agotó la comida “segura”. El agua aún llegaba por las tuberías de la librería, se podía decir que nos habíamos establecido.
Improvisé con una tela, hilo y espumas que había sacado con un trozo de vidrio roto de los asientos de los carros que no estaban tan quemados, una colchoneta para mi hermano. Creo que Tommy sabía que no podíamos volver, pero en ningún momento se quejó, aun así, su corazón estaba roto y el oír aquellos sollozos ahogados en la noche llamando por su mamá destruía lo que quedaba del
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mío. El llanto silencioso es el peor de todos. Esto continuó por unas semanas hasta que decidí que debíamos tener una despedida apropiada.
Até a Tommy a mi espalda con una de las sábanas y lo aseguré poniendo mi mochila vacía encima, le dije que trajera un regalo para mamá y fuimos a casa. Al llegar nos encontramos con bloques ennegrecidos por el fuego y esquinas apenas, de lo que habían sido memorias. Aquello no era un hogar. Encontramos el sartén que utilizábamos para el día a día y Tommy dejó uno de sus carros en lo que había sido la entrada de la casa. Yo dejé una nota. —¿Tommy, le gusta su cama? — Sí, es suave. —al menos eso estaba bien. —¿Sabe qué va a pasar mañana? —No. —Su cumpleaños. —¿Hmm?
Para su cumpleaños, logré desviar una tubería de un baño y hacer una ducha improvisada con una tela que me encontré en las entrañas de lo que solía ser una tienda departamental. En el RERE de la semana anterior me había encontrado una ducha y, después de mucho esfuerzo e improvisación, logré que funcionara. Agradezco al idiota que olvidó desconectar los servicios de este edificio, pero luego temo que noten que están siendo usados y vengan a revisar lo que pasa y se encuentren con dos eslabones perdidos.
Madele dice que tienen máquinas especiales, estas registran su sangre desde afuera, dicen si uno está enfermo o si no. A las personas que no están enfermas, o sea los sobrevivientes, si tienen suerte los mandan a “construcción” o a las primeras filas de un ejército extranjero. A las inmunes, no quiero pensarlo, pero
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imagino algo mucho peor. Debería dejar de imaginar tanto y concentrarme en lo que tengo al frente.
Espero que algún día Tommy crezca y sea capaz de cuidar de sí mismo. Inclusive lo imagino saliendo conmigo de excursión, siendo más perspicaz que su hermano mayor e incluso un mejor explorador que yo.
En la mañana de su día, lo desperté cantando la típica canción de cumpleaños. Él solo sonrió, nunca nadie le había explicado qué hacer en casos como este, era una extraña, pero tierna expresión para ver. Preparé el desayuno de los dos en el viejo sartén familiar y los serví en unos trozos de cartulina que había doblado anteriormente con el fin de darles la forma de plato. Aún adormilado Tommy, le dije que fuera a bañarse, y así lo hizo.
Al principio se asustó, dijo que el agua salía partida. Después de unas cuantas risas y explicarle a Tommy lo que era pude verlo disfrutar su regalo. Sus hombros se encogieron en su espalda al sentir la calidez del agua. Pude verlo chapotear y disfrutar de un baño sin temblar por primera vez en meses. Luego de que se vistiera, con un nuevo set de ropa que había cambiado con Madele a cambio de un reloj de plata que había recibido hace tiempo atrás para mi cumpleaños, le extendí un nuevo carrito de juguete, con el regalo pasó disfrutando todo el día y yo aprecié el momento con tranquilidad.
Era martes, así lo decía el calendario de Tommy. Me permití cerrar los ojos y reposar mi cabeza contra la cama de él, fueron solo cinco minutos.
Tommy gritaba con un tono ahogado. Repetía diciendo que lo sentía y que lo perdonara. Yo no tengo nada que perdonarle, debí haber sido yo quien debía haberle pedido perdón. Perdón Tommy por no ser lo suficientemente cuidadoso. Intenté correr, pero los pasos estaban ya resonando en las escaleras. Los carros de
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juguetes de Tommy se habían caído de la ventana. Mi estómago dolía y mi cabeza palpitaba. Tomé a Tommy entre mis brazos y lo abracé con todas mis fuerzas, traté de dejar algo de su fragancia en mí. Lo vi llorar y limpié con mis manos sucias y torpes las lágrimas de sus mejillas, quería sacar todo el miedo de su sistema. Quería que todo el mundo dejara de sentir miedo y dolor. Mi hermano era tan bello. Tenía el cabello largo y despeinado, necesitaba un corte que yo no me animaba darle. Espero que a donde sea que vaya le den una mejor calidad de vida. ¿Si mirara hacia arriba algún milagro pasaría? ¿Llegaría Madele con una solución?
Entraron ya, están gritando y apuntándonos con algunas armas con luz. Aseguro a Tommy contra mí con más fuerza. No pienso rendirme dos veces, no voy a quedarme de brazos cruzados. “Lo siento ma”. Estiran sus brazos cubiertos de negro y están usando alguna especie de casco que deshumaniza sus figuras. Se necesita más de tres de ellos para separarme de Tommy. Estoy luchando con todas mis fuerzas, todo mi cuerpo duele y presiona contra mi voluntad, grito hasta que mi garganta arde, como si esta acción fuera de alguna manera a concederme alguna fuerza sobrenatural. Peleo, me retuerzo e intento lanzar golpes con mis extremidades libres. Tengo que alcanzarlo, tengo que cuidar de él. Tommy llora en silencio, su expresión es de terror y todo esto es mi culpa. Lo lamento tanto hermano. Si tan solo hubiese sido más fuerte y rápido, pero estoy agotado.
Me logro liberar y alcanzo su mano, pero antes de hacer otro movimiento vuelvo a entrar en shock. Ahora Tommy no está en mi espalda jalando de mi pelo para volverme a mi realidad. Lo único contra mi cabeza es el frío metal de un arma. Acto seguido escucho un “click”. Está cargada.
Supongo que así termina. Sus ojos se encuentran con los míos y sé que esto es real, pero odio lo real.
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Pienso que mi vida no fue tan mala, pude conocer a mi madre, pude conocer a mi hermano y eso es más que premio suficiente. Son personas tan increíbles, llenas de vida, ellos me mantuvieron con vida me dieron motivos e hicieron que yo me enamorara de vivir y les estaré infinitamente agradecido por su amor.
A los que nos persiguen, no los odio. Lo hacen por amor, por sus Tommys y por sus madres y lo entiendo. Me entristece no poder conocer las personas detrás de esos trajes, aseguro que podría encontrar razones para amarlos a ellos también, a los que los mandan incluso y pienso que el mundo es un lugar muy lleno de amor. Me alegra haber sentido algo incluso hasta en el último suspiro. Les pido que por favor no lo hagan en frente de mi hermano y así es como sé que son humanos. Liberan a Tommy de sus garras afiladas de aves y el corre hacia mi llorando y disculpándose. Mi corazón duele contra el suyo.
Tommy, de alma pura y corazón sensible, espero que sea capaz entender lo que yo hasta ahora descubro frente a mis ojos. La vida vale y el mundo lo rodea con amor incondicional, el mismo mundo que está lleno de personas hermosas como usted, Tommy-pensé-. No espere mucho para notarlo, por favor viva con amor cada acción e inspire a los que lo rodean de la manera en que usted me inspiró a mí.
Deseaba decirle tantas cosas al pequeño, pero las palabras se me estancan de manera dolorosa. Él estira su mano y libera un carrito de color rojo y dice: —Mi favorito, para que no llore, Suli.
No me había dado cuenta de que lloraba. Una vez más limpia mis lágrimas y me sonríe. Sé que estará bien, eventualmente. Espero haber sido la mitad de lo significativo en su vida de lo que él lo fue para la mía. Aprendimos del otro y mejoramos gracias a ello. Aprendí que vivimos para amar, porque eso hacemos, y
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protegemos lo que amamos, por eso comprábamos seguros y medicinas. Ojalá pudiese haber amado este mundo un poco más.
Se lo están llevando una vez más, él grita y yo sé que esta vez no volverá, más bien yo no volveré.
José Briones García Sección: 12-2
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