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Zoocities, animales salvajes en la ciudad C - Joëlle Zask

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Algunos datos: hacia la gran inversión

Siempre ha habido animales salvajes en las ciudades, como ratas y ratones, palomas y hormigas. Pero otras especies que, en el pasado, vivían en la lejanía se introducen hoy en nuestros espacios urbanos. En enero de 2020, un mapache que irrumpió en el metro de Nueva York, provocando numerosos retrasos, fue al final capturado tras semanas de infructuosos intentos y liberado en Prospect Park. En la misma época, el avistamiento de un zorro rojo en la línea 8 del metro de París causó un gran revuelo entre los viajeros. Los conductores del metro tuvieron que ralentizar el tráfico, luego la Administración Autónoma de Transportes Parisinos (RATP) recurrió a los especialistas del zoológico de Vincennes para salvar al animal que, entretanto, había desaparecido. Con ocasión de esto se supo que, aunque los zorros son mucho menos numerosos en París que en Londres o Zúrich, donde habría cerca de mil trescientos, aun así, hay un buen centenar y es probable que pronto haya más. El aumento global del número de animales salvajes en las zonas urbanas1 está confirmado. Numerosas especies reaparecen e incluso prosperan en las ciudades, cuando se creían casi extinguidas. Es el caso de los colirrojos negros, también llamados «ruiseñores de las murallas» que, de forma espontánea, aparecen en el centro de Londres, o de los halcones peregrinos, prácticamente 13


diezmados en las zonas rurales, que se mueven en el aire a la altura del skyline2 de las grandes ciudades estadounidenses: los rascacielos les ofrecen un hábitat idóneo, cuyas ventajas son pendientes pronunciadas, lugares para anidar alejados de los potenciales depredadores y abundante alimento en forma de palomas y aves migratorias. También cabe citar el águila calva, llamada igualmente «águila de cabeza blanca»; una gran ave rapaz que, desde 1782, es el símbolo más conocido de Estados Unidos. Esta ave nacional casi había desaparecido, envenenada por el dicloro difenil tricloretano (DDT). Desde que se prohibió el pesticida, se ha establecido en Nueva York, donde 173 parejas han construido sus nidos. Algunas han continuado su camino hasta el arboreto de la ciudad de Washington. Gracias a una cámara instalada cerca de un nido, millones de espectadores pueden observar, de forma ininterrumpida, la vida de una pareja de águilas bautizadas como Mister President y First Lady, debido a su proximidad con la Casa Blanca –hace poco, han celebrado el nacimiento de sus dos aguiluchos. Algunas ciudades se están convirtiendo en auténticos parques zoológicos. Avistar un zorro en Londres o un jabalí en Berlín o en Montmorency es una experiencia que se ha vuelto habitual. La búsqueda del exotismo que íbamos a satisfacer en circos y zoológicos es, cada vez con mayor frecuencia, saciada a la vuelta de una calle. En Nueva York, se cuentan unas seiscientas especies salvajes: ciervos, coyotes y focas en el Bronx; mapaches y halcones en Manhattan; ballenas en las aguas de Queens; zorros rojos y búhos en Brooklyn… En París, se han contabilizado más de mil quinientas especies; entre ellas, mamíferos, reptiles, anfibios, crustáceos e incluso medusas en el Sena. En las ciudades de la India, la fauna salvaje es cada vez más abundante: en Delhi y Jaipur, hay un sinnúmero de ardillas 14


y monos, por no hablar de chacales en Rayastán, de leopardos en Bombay y de innumerables especies de reptiles y aves. A esto se suman algunas mangostas, antílopes y civetas que, por lo general, se establecen en los árboles y los tejados de las ciudades de Karnataka, en el sur del país. Más recientemente, también se han visto familias de hienas recorriendo las calles de Gurgaon por la noche, elefantes salvajes que se arriesgan a incursionar en las zonas urbanas e incluso leones asiáticos, de los que unos treinta deambulan por las calles de Junagadh a medianoche. Cambiemos de región. Ahora hay hordas de babuinos chacma –una especie de gran babuino de la sabana– establecidos en Ciudad del Cabo, la capital de Sudáfrica, y osos negros, cada vez menos atemorizados, que a veces llaman a las puertas de los hogares canadienses. En Australia, los animales salvajes son allí tan numerosos que los habitantes pueden suponer que sus ciudades están siendo asediadas. El caso de los murciélagos arborícolas, a menudo comparados con pequeños zorros rojos voladores, es bien conocido. Forman colonias gigantescas. Los especialistas se preguntan por qué se establecen en la ciudad cuando la naturaleza salvaje está a poca distancia. En cuanto a los canguros, su presencia en la ciudad, en especial en Canberra, a nadie sorprende. Debido a la falta de agua y de alimento en las treinta reservas que rodean a la capital, prueban suerte allí durante todo el verano. Es obvio que, en ocasiones, algunas especies urbanas desaparecen. Es el caso de los grillos que antes vivían en el metro de París. Llegaron allí hace unos cien años, tras un viaje clandestino en cajas de verduras importadas del sur de Francia, y donde descubrieron un ecosistema ideal, temperaturas constantes de entre 27 y 34 °C y todo tipo de alimentos. La sustitución del balasto, que conservaba el calor, por el hormigón, que no lo conserva y, sobre todo, la prohibición de fumar en el metro, que les privó 15


de su principal alimento, la colilla de cigarrillo, les resultaron fatales. Desapareció el canto del grillo que nos encantaba escuchar entre el paso de los trenes, una inesperada evocación de un soleado rincón campestre en uno de los espacios parisinos más radicalmente antinaturales. Pero, a pesar de estos casos de extinción, los animales que parecen aclimatarse a la atmósfera urbana son cada vez más numerosos. ¿Qué les atrae de las ciudades? ¿Acaso el aire sería más respirable allí que en el campo? El ratón de ciudad, héroe de la fábula de Esopo, ¿sería más afortunado que el ratón de campo? En resumen, dos factores operan en paralelo: el deterioro de la naturaleza, por un lado, y el mejoramiento del biotopo urbano, por otro; gasóleo en el campo, energía limpia en la ciudad. La «naturaleza», en el sentido más común del término, se va debilitando al mismo tiempo que el clima se perturba. En quince años, los ecosistemas se han degradado de manera dramática: deforestación de vastas zonas de bosque, desecación de las reservas de agua dulce, deshielo, destrucción de la biodiversidad… Una cuarta parte de las especies conocidas estarían en peligro de extinción.3 Para comprender las motivaciones de los animales migratorios, lo ideal sería alejarse del estricto punto de vista humano para considerar el de ellos: cada especie, y quizá incluso cada individuo, con una trayectoria vital específica. Enfrentados a la falta de alimento y de agua, a la destrucción de su hábitat por el fuego y el desbroce, al aumento de las temperaturas y a la sequía, a la contaminación de suelos y mares y a la reducción y fragmentación de su territorio debido a la urbanización desenfre­ nada, los animales salvajes, como refugiados climáticos, se ven obligados a emigrar hacia regiones más hospitalarias. Y, a veces, las ciudades les ofrecen mejores condiciones de vida que las zonas de las que son originarios. 16


Porque, mientras que la naturaleza pierde sus colores, la ciudad se vuelve más verde. Mostremos el ejemplo de Washington D. C., la localidad con más vegetación de Estados Unidos. Allí está en marcha un programa para plantar once mil árboles al año. En 2032, casi la mitad de la ciudad debería beneficiarse de su refrescante sombra. Los cursos de agua son sistemáticamente descontaminados y resilvestrados en beneficio de aves, peces y reptiles, que se multiplican con facilidad. El uso de los pesticidas y del asfalto está, de ahora en adelante, regulado. Los tejados están siendo cubiertos de vegetación y los terrenos baldíos, convertidos en praderas floridas, que atraen a magníficas mariposas monarca y otros polinizadores. A los habitantes con jardines se los invita a renunciar al césped y a su inevitable cortacésped y a optar por extensiones de hierba salvaje. Como resultado, se establecen allí los animales salvajes, incluidos los linces y los corzos. En general, una permutación entre la ciudad y el campo parece inevitable: en efecto, en la ciudad, la concentración de poblaciones –entre las que están las de más capacidad económica– y los estragos causados por la polución son tales que es del todo necesario actuar en favor del clima urbano. Sea cual sea la gravedad de los males que asolan el planeta, siempre es la ciudad la que desempeña un papel de indicador de alarma y de catalizador para una concienciación más general. Fue, a partir del momento en que los habitantes de Sídney empezaron a asfixiarse en diciembre de 2019, cuando los megaincendios que devastaban Australia se convirtieron en objeto de una gran cobertura mediática y provocaron la conmoción pública, lo que permitió identificarlos como lo que son: fenómenos vinculados con el cambio climático. En cuanto a los megaincendios en la selva amazónica o en Siberia en 2019, recibieron la atención internacional cuando los habitantes de São Paulo e Irkutsk se vieron afectados. Porque es inmediata y hace ver la muerte de 17


frente; la asfixia es una experiencia determinante para cambiar de actitud hacia las cuestiones medioambientales. Los habitantes de Delhi, que sufren una contaminación atmosférica infernal cada invierno, lo saben bien. El hecho de ser víctima de un nivel excesivo de dióxido de carbono o de un nivel máximo de ozono hace experimentar la inaccesibilidad al aire puro, ese bien común que era inimaginable que faltase, como un escándalo moral, psicológico y físico. Y empuja a la acción. Enfrentados a la prueba angustiante de la asfixia, de la que la pandemia del COVID-19 nos ha ofrecido una nueva versión, los urbanitas aceptan con más facilidad modificar su estilo de vida y optar por una transición verde, en favor de la ciudad sostenible, la ecociudad o la ciudad verde. Aunque todavía no ha respondido a todas las expectativas, este nuevo paradigma de planificación está logrando un consenso planetario que traspasa fronteras y partidos políticos.4 Se multiplican los programas destinados a plantar vegetales; crear corredores verdes, parques o zonas con vegetación; limitar el acceso y la circulación de máquinas contaminantes; etcétera. En principio, desarrollados sobre el terreno por asociaciones locales, los proyectos de ecologización se extienden ahora a la ciudad completa. Este enfoque se ha convertido en la vanguardia de la lucha contra el calentamiento global: mientras que los Estados se desentienden, las ciudades se implican aún más. Un centenar de ellas en todo el mundo se han asociado para actuar en favor de planes climáticos y de un presupuesto específico para esa misión.5 Tiende, además, a establecerse entre ellas una verdadera competencia, ya que la imagen de la ciudad verde se ha vuelto atractiva para las inversiones, los turistas… y, lo estamos descubriendo, también para los animales. Los premios y certificaciones verdes proliferan por todas partes: el programa Capital Verde de la Comisión Europea, el índice británico de ciudades 18


sostenibles, el índice francés ÉcoCité, el programa Greenest de Estados Unidos y el Green City Index canadiense y estadounidense patrocinado por Siemens. A pesar de las deficiencias inherentes a la competencia, estos programas constituyen las primeras referencias hacia la ciudad respirable. Por el contrario, en la escala de los Estados o de las regiones, los programas y acuerdos verdes no son tan exitosos o incluso, como en Brasil o en Estados Unidos, están retrocediendo. La ecologización de las ciudades y la degradación de las zonas rurales serán, en adelante, concomitantes. Juzgada como lejana y poco rentable, salvo para la extracción de los recursos que contiene, la naturaleza está en declive. Entre el abandono y la sobreexplotación, los bosques, los arenales, las montañas o los litorales, así como las personas y los seres vivos que los habitan, sufren un deterioro catastrófico. Mejor aceptada que la de las áreas urbanas es, sin embargo, mucho más perjudicial a medio plazo. El hecho de que el proceso de ecologización de las ciudades sea inversamente proporcional al del deterioro de la naturaleza conduce a la catástrofe. Cuanto más se descontaminan y reverdecen las ciudades, más favorecen los nacimientos y el éxodo rural de hombres y animales; cuanto más numerosos son sus habitantes, mayor es la necesidad de extracción en las reservas naturales, ya se trate de suelo, arena, madera o áreas transformadas para la agricultura y la ganadería. Y más se degrada la naturaleza. Se puede imaginar con facilidad una inversión completa de perspectiva, con ciudades naturalizadas cada vez más pobladas por masas de seres de todo tipo, y zonas rurales industrializadas cada vez más empobrecidas, monopolizadas y explotadas. El «gran reemplazo» anunciado por los grupos de extrema derecha desde finales del siglo xix bien podría revelarse no interhumano e interracial, sino interespecie.

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