Melchor Sabidillo podría ser el niño más listo del planeta, o por lo menos el más listo de su país o de su pueblo. Era muy listo, se lo sabía todo, sabía de todo. Cada cosa que veía llamaba su atención y la estudiaba. Sabía de dinosaurios, mamíferos, serpientes, ríos y montes, batallas, reyes, estrellas y planetas, astronautas y de casi cualquier cosa que uno pueda imaginar. Por eso se puso muy contento cuando recibió una llamada del concurso En busca del niño más listo. ¡Qué bien! Por fin podría comprobar si él era el más listo del planeta. Melchor estaba impaciente por la llegada de ese día y se preparó a fondo. Estudió matemáticas, historia, lengua, biología. Estudió de todo, todo se lo estudió, hasta que ya no se le ocurrió nada más que le faltase por aprender. Y así, bien preparado, acudió al reto. 9
En la puerta esperaban muchos niños de su colegio con carteles: «Melchor, estamos contigo» o «Melchor, eres el más listo», y había también mucha otra gente que le aplaudía al entrar y que ni siquiera conocía. También estaban esperando un montón de periodistas y cámaras de televisión. Tal cantidad de gente impresionaba, pero a Melchor Sabidillo nada le ponía nervioso porque él se lo sabía todo. Una mujer de la organización, muy amable, lo acompañó al interior del recinto y allí conoció por fin a sus dos contrincantes, los otros dos niños que se lo sabían todo. Isidro Todosabe venía de otro pueblo. Con un año y medio de edad ya hablaba; con dos y medio, escribía, podía conversar fluidamente en seis idiomas, pintaba y tocaba el piano, y sabía de dinosaurios, mamíferos, serpientes, ríos y montes, batallas, reyes, estrellas y planetas, astronautas y de casi cualquier cosa que uno pueda imaginar. La otra contrincante era Raquel Requetelista, que también venía de otro colegio. A los dos años sumaba y restaba; con tres, multiplicaba, y con tres y medio, resolvía raíces cuadradas. Hablaba varios idiomas, hacía impresionantes programas informáticos y sabía de dinosaurios, mamíferos, serpientes, ríos y montes, batallas, reyes, estrellas y planetas, astronautas y de casi cualquier cosa que uno pueda imaginar. 11
El concurso estaba muy reñido. El público animaba a unos y a otros, entusiasmado. El presentador habló y les pidió que metieran la mano, uno a uno, en una urna con muchos sobres dentro para escoger uno al azar. En ellos estaban escritos los temas sobre los que versarían las preguntas del concurso que se celebraría al día siguiente, de manera que cada concursante tendría veinticuatro horas para preparar su tema bien a fondo. Raquel Requetelista introdujo la mano, tranquila y confiada, sacó un sobre y se lo dio al presentador. –¡Cálculo! –anunció aquel hombre. Raquel se puso a dar botes de alegría, era infalible en matemáticas. Y Melchor pensó que él podría hacer cualquier operación casi instantáneamente y sin errores, habría sido el mejor si le hubiera caído cálculo. Isidro Todosabe sacó otro sobre sin alterarse. –¡Historia del antiguo Egipto! –gritó el presentador. Isidro saltó y saltó feliz, se lo sabía todo sobre la civilización del antiguo Egipto y las pirámides. Y Melchor pensó de nuevo que él también habría sido el mejor en ese tema porque nadie tenía más conocimientos que él sobre Egipto. Fue entonces cuando le tocó a Melchor sacar un sobre. Metió la mano sin que le temblara ni un solo dedo y eligió uno con decisión. 12
–¡Pies! –anunció el presentador. A Melchor se le salieron los ojos de las órbitas de tanto que se le abrieron. –¡¿Pieees?! –preguntó sorprendido. –¡Sí, pies! –respondió el presentador mostrándole el papel que había sacado del interior del sobre donde se podía leer:
«TEMA: PIES». Lo ponía bien grande y clarito. Y Melchor no saltó ni dio botes de alegría, y el público no aplaudió. Pies. Se miró los zapatos. ¿Qué se puede saber de los pies? Hizo un gesto al presentador indicándole que había comprendido lo que le había dicho y regresó a casa abatido, triste y hundido. Estaban tan allá abajo, tan en el fondo, al final, en el extremo, y casi siempre encerrados en los zapatos, que ahora reconocía que no se había fijado nunca en ellos. Poco o casi nada sabía sobre los pies. Tenía de plazo hasta las nueve de la mañana del día siguiente para prepararse, pero no se le ocurría qué interés podían tener los pies. No sabía ni por dónde empezar a estudiar. 13
Cuando llegó a casa se tiró triste encima de la cama. Al poco rato entró su madre con algo en las manos y se sentó a su lado. –A veces, cariño –le dijo acariciándole el pelo–, las cosas que tenemos más cerca son las que menos observamos. Pero, no te preocupes, te traigo un libro sobre los pies. ¡Vaya! Melchor nunca había visto un libro sobre pies. No conocía ninguno sobre el tema. Se titulaba:
Tengo unos pies perfectos. Así que, sin perder ni un minuto, se descalzó y comenzó a leer y a aprender todo lo que podía sobre los pies, aquellos perfectos desconocidos.
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