Mar Báltico
La mayoría de las personas tiene una idea incorrecta del frío. Lo rehúyen sin haberlo conocido jamás. Se estreme cen ante el primer contacto y pasan el resto de sus vidas con un prejuicio contra el frío, de cuya ridiculez nunca se darán cuenta. Mueren sin siquiera haber escuchado cantar al frío, y eso que en sus días de alborozo no canta solo para sí mismo. Pero nunca se enterarán. No se reirán ni llorarán con él, y así hasta su muerte. ¿Cómo puede una persona morir sin conocer las bondades del frío? No es para nada cierto que esté fijo. Se mueve una barba ridad. Solo hay que dejarse llevar, atravesar el primer grito, el primer pánico, y sumergirse. Entonces… El frío tiene memoria y presente. Y es totalmente claro.
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El agua en un día de invierno. El cielo sobre el mar es de un azul tenue. Un azul que absorbió y transformó toda la bruma y toda la niebla, las nubes y los vapores en un aliento escarchado que vuelve pálido el sol, disco de luz gélido. La vegetación pajiza de las dunas está reseca por la helada y cruje cuando se quiebra debajo de los pasos, la arena es como la piedra, una costra de luna y, cuando se inhala profundamente, es como si se hubiera dormido toda la noche con la boca abierta. Estoy de pie en la playa, mirando la superficie lisa del agua invernal. Ahí donde se queda tranquila, ahí donde se mueve. El hielo es muy tierno y frágil, como la piel de la leche enfriada, también allí, donde el mar está comple tamente calmo. Se lo puede acariciar en el sentido de las olas o a contrapelo, es una pelusa o un plumón de cristal, un plumón de agua helada. Digo: «Hola, mar, nos cono cemos. Estuve contigo toda la primavera, todos los días, mientras tu agua se volvía cada vez más clara, luminosa y blanda bajo las manos, como la hierba. Estuve contigo incontables horas durante el verano, cuando el sol estaba alto encima del agua y de noche se podía matar mosquitos nadando a crol, envuelto en los olores estivales de la arena caliente y la resina de pino, como si fuera para siempre». Y, sin embargo, el otoño vuelve a soplar, hace que la línea de la costa brille por última vez y después la borra, blanca y gris, transparente, si no fuera por unos escasos trazos bajo
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el viento, las velas recogidas, izada la tormenta, hasta que llega el hielo, impenetrable, y todo termina. Te das cuenta de que huele a nieve, es el viento del este, dices en voz alta, como si te sorprendiera. Un escalofrío recorre los canales libres de hielo. Todos los pelillos de tus brazos se erizan. Pero no puedes abandonar el mar. Es muy simple: si te quitas cada prenda de ropa como te la quitas siempre, si pones todo justo en el lugar en el que lo has puesto siempre, si tomas justo ese camino hacia el agua que siempre tomabas, paso a paso, entonces puedes enga ñar al cuerpo y no notará la exigencia y la monstruosidad del frío. Como si todo fuera como siempre, cada maniobra conocida, y puedes ir al frío como a la cama. El truco es desactivar el instinto de autoconservación, esa orden tan poderosa de la mente de no entrar, de no hacerlo, ¡jamás! Pero haz caso omiso de él mientras vadeas las olas de la orilla. Tú tienes que saber lo que haces mejor que tu cuerpo. No lo obedezcas, pero obsérvalo con precisión, como una máquina interesante en un experimento audaz. Es importante que lo veas desde arriba, desde fuera. Tienes que prestar atención a cada signo, cada señal de aviso, las sirenas que resonarán en todos lados y al mismo tiempo. Toma nota, evalúa, pero no les hagas caso, de lo contrario perderás el control y el pánico de tu cuerpo será total. En el momento en el que atrape tu pensamiento, estarás perdido. Pero no pienses en ello.
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Lo más difícil es el primer choque. Sabes que tienes que respirar, pero no puedes. Sabes que tienes que asirte del siguiente pensamiento, pero estás inmóvil por el horror, prisionero de tu miedo a la muerte. Te dices a ti mismo que lo conoces bien, que ya habías llegado otras veces a este punto. No es el fin, sino solamente un límite que puedes correr, te dices. Pero no tiene sentido, no entiendes lo que estás diciendo, tu cuerpo no lo entiende. Estás encerrado en un sistema que se encuentra en estado de alerta, una crisis brutal que bloquea todo. Tu cuerpo no acepta más órdenes. No puedes hacer nada. Solo puedes esperar, solo puedes superar este momento –si es que lo superas– mientras está pasando. Pero yo amo mi vida. De pronto, logras volver a respirar. Solo un sorbo de aire corto, pequeño, luego otro y otro. Te atreves, logras respi rar más profundamente e inhalar cada vez más aire, aunque con él entra el frío por tus labios, por tu piel, que ya no está blindada ni es un frente, sino solo una fina membrana sobre la cual el choque se transforma en dolor, y el frío, al pasar, deviene en una sensación. Pero es necesario, lo sabes, lo intolerable es una ilusión que cesa, en algún momento. No debes confiar en tu piel. La piel es tonta. La piel no se anticipa. Percibe el calor y el frío, la dureza y la suavidad, el ímpetu y la contusión del frío y la agudeza de las miles
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de cuchillas del agua, sus cortes laboriosos en todas partes, pero no ve que eso también pasará, no lo puede prever. La piel solo conoce el momento presente y lo toma por una eternidad. No puede adelantar el reloj hasta el punto en el cual no sentirá nada más, enseguida, en dos, tres minutos, casi nada, solo el frío como una leve picadura de ortigas, sus pinchazos, cristales de sal con puntas finas, filigranas y tiras de seda fría que se deslizan y pasan, porque el frío ya no está sobre tu piel, sino que se ha convertido en una parte de ti. Te desprendes del fondo y empiezas a nadar. Una y otra vez pienso que sería capaz de calentar el mar. Si nado el tiempo necesario, si aguanto lo suficiente. Podría calentar el mar y, entonces, mañana ya no sería tan terrible. Caliento el mar con cada brazada y el hielo cede. Cada vez, durante un instante, tengo esa convicción, pero luego termino por admitir que ni siquiera sería capaz de mantener el agua en una bañera a temperatura corporal. Incluso en una bañera se puede morir de hipotermia. Y, aun así, existe algo dentro de mí que confía en el poder del nadador, aunque el mar, incluso la parte más pequeña de este mar, sea muchísimo más poderosa. Me pongo boca arriba, con mis patadas, hago que se forme una fuente de espuma alta y blanca y vuelvo la mirada hacia la orilla. La veo desierta e invernal, hundida bajo el cielo helado, una imagen en la que yo soy el defecto, el único
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que rompe el sello de frío sobre el mar y la arena y destroza el silencio. Una euforia me invade como si hubiera vencido al tiempo, como si pudiera seguir nadando infinitamente, hasta más allá de la línea temporal. Al querer darme la vuelta para nadar a crol, lo veo de nue vo, un poco más abajo en la playa: el viejo hombre que siempre está allí, todos los días, cavando en la arena a lo largo de la línea de flotación. Solo Dios sabe qué busca. Pero busca infatigablemente, contra viento y marea. A veces cava con un palo, un pedazo de madera flotante, a ve ces, solamente con las manos, en cuclillas o de rodillas; aunque cava día tras día, nunca trae herramientas, ni pala ni laya, ni siquiera guantes. Cava, pero sin ayudarse. Luego vuelve a erguirse y se queda de pie mirando fijo el lugar, el agua que entra, la herida en la arena, hasta que el mar la borra y la espalda abovedada de la orilla se cierra como si nada hubiera sucedido. El hombre, simplemente, se queda de pie, observando la desaparición. Al principio lo tomé por un científico retirado, un pro tector de la naturaleza o un biólogo marino, que investiga gusanos o una especie rara de mejillón. Su ropa es poco llamativa, no muestra rastros de suciedad o negligencia, lleva un impermeable, vaqueros azules y calzado antidesli zante. Rara vez se cambia, pero, sin embargo, siempre está impecable, su ropa incluso es más cuidada y menos infor
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mal que la de los demás paseantes de la playa. Su estado de salud parece ser vigoroso y su ritmo de vida, regular. No falta nunca. Sin embargo, está loco, de eso estoy convenci do, loco de remate, no hay duda. No porque siempre esté solo, tampoco porque no hable con nadie. Es por la forma de su soledad. Tiene algo en él o alrededor de él que hace que uno prefiera evitarlo. Jamás vi que alguien le ofreciera la mano para saludarlo o le diera una palmada en el hombro y, si lo hubiera hecho, probablemente lo habría atravesado como si fuera un fantasma. Ya es hora. Hundo la cabeza en el agua, me pongo a nadar a crol y siento unas punzadas en las sienes que van de ore ja a oreja. El frío rodea mi frente, ciñéndola, la aprieta, la contrae, pero el miedo no vuelve. Respiro, jadeo y me veo obligado a estirar la cabeza dos o tres veces por encima de la superficie del agua, porque la presión del frío sobre mis senos frontales resulta demasiado grande. Después, vuelvo a dirigir la cabeza hacia el agua, ni siquiera tengo que im pulsarme hacia abajo, sino que me hundo en el agua salada y helada como en un sueño. Hace bien tener algo en lo que pensar, como en el viejo hombre de la playa a quien llamo «el cavador». Cada pen samiento golpea el frío, abriéndose camino a través de él. Por un momento, le estoy sumamente agradecido al viejo, podría abrazarlo, porque me ayuda a cruzar el umbral de
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hielo que, de otra manera, significaría para mí un gran es fuerzo de voluntad, y que traspaso deslizándome mientras pienso en él como si fuera lo más lógico del mundo. Me pregunto cómo es su vida más allá del mar, si existe una mujer invisible que le lave las cosas, si alguien le quita la caspa de los hombros antes de que salga de casa o si se arre gla él mismo frente a un espejo manchado hasta conseguir pasar inadvertido, como si no estuviera presente. Realmen te luce igual todos los días, ni siquiera le crece su cabello canoso. Tiene esa apariencia impertérrita de los profesores de Geografía o de los conserjes de mis años escolares. Miro por encima de una colina de olas cómo se pone en cuclillas, cómo cae de rodillas y hunde el palo en la arena. Hoy, nue vamente, es uno de esos días. Luego intento atrapar el agua gris azulada, profundamente gris cuanto más fuera de mi alcance está y, enfrente de mí, solo veo el mar. Cada nadador de crol tiene una relación extraña con el mundo por encima de la superficie del agua. No participa en él. Solo le importan el mar, su aliento y el frío, pero no el que siente en la piel –hace tiempo que su piel ya no establece un límite entre él y el mar–, sino el frío dentro del cuerpo. Todo depende de la temperatura corporal interna, del alcance del frío en los huesos y las entrañas, alrede dor de los cuales se contraen todos los músculos y tendones como una red alrededor de un kilo de naranjas.
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Lo que ocurre por encima del agua parece difuso: imágenes fugaces y flotantes al mirar por encima del hombro, como instantáneas, fotos capturadas de improviso que no saben nada de la lucha contra el frío y forman parte de mi estado de ensueño en el que devienen un mundo sin sentido. En verano, por supuesto, es importante discernir si un barco se mueve y la velocidad con la que lo hace, si otro nadador se cruza en mi camino o si solo son las boyas que emergen en tre las olas. Pero, ahora, el mar está despoblado, los barcos se encuentran en los diques para resistir el frío invernal, la mayoría de las boyas fueron arriadas y estoy solo con el agua. Se levanta una brisa, se lanza a las olas atizando el frío que, a su vez, se echa a la caza de cada mínima parte de mi piel desnuda, de mi cabello mojado. Pero, aunque el viento vaya subiendo y la temperatura del aire bajando, el agua queda igual. Nunca será más fría que ahora, me protege y me envuelve por completo. Lo único que no puedo perder de vista es la playa. Me obligo a pensar en el trayecto de regreso que será, al menos, el doble de largo y cada brazada mucho más difícil, me lo digo porque, en el frío, las distancias son caprichosas y no tienen medida. Para quien espera más de la cuenta y se enfría demasiado, cien metros pueden ser ya un trecho infinito. Nado dibujando un leve arco, giro la cabeza hacia la nuca y consigo escapar de la corriente y volver al mar abierto. El
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cavador aparece otra vez en mi campo visual. El palo seco con el que había estado removiendo la arena ya no está, lo ha tirado o se le ha roto, supongo, quizá nunca existió. Ahora el viejo usa directamente sus manos como palas y hace una montaña de arena delante de las rodillas. Todavía puedo reconocer todo eso, pero pienso que el hombre no debe achicarse, volverse diminuto, ni él ni la playa en la que cava. Luego vuelvo a concentrarme en el agua. En la si guiente respiración, solo veo una línea oblicua estriada de surcos y espuma. El viento pone al mar en movimiento, las olas me alzan, son lentas, apacibles, con sus crestas bien separadas y espumosas. El aire níveo en mis pulmones sabe a sangre. Tengo que volver, tengo que dar la vuelta, «ya va siendo hora», me digo y pienso: «¿Ya tan pronto?». Y, al mismo tiempo: «¡de una buena vez!». Después de nadar apenas unos metros en dirección a la playa, me doy cuenta de que fue la decisión correcta. Me quemo, de manera tan rápida y despiadada que el frío ya no es un estado, sino una caída libre. En lugar de avan zar deslizándome, doy bandazos, todos los movimientos perdieron su forma. La distancia hasta la costa parece cada vez más grande, insuperable, pero me digo que no puede ser, no, no, soy yo quien se hace más pequeño, cada vez más pequeño, mi cuerpo se comprime hasta reducirse al tamaño del de un niño que está perdido y desamparado; conozco a ese niño: tiene miedo, mucho miedo.
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No puede más, ya no nada, también le conozco eso, el niño se ha olvidado de todo lo que aprendió, gime y se retuerce, quiere sentarse, acostarse, entregarse a su penuria, pero yo sé que está equivocado y lo incito a seguir, es necesario, ¡ánimo! No puedo dejar que el hombre en la playa se siga alejando, se encoja cada vez más, de ninguna manera. In tenta levantar la cabeza, mantener la dirección; «¡ya basta de rodeos!», le imploro al niño, pero no me obedece. Le grito con todas mis fuerzas, escucho que vocifero dentro del agua, en vano. Sin embargo, sé muy bien dónde está el hombre, lo sé intuitivamente y me pongo a nadar a crol hacia él, imperturbable, a través de los cristales rotos del frío y de la espuma; sin mirar a derecha o a izquierda, sigo vo ciferando, es la única manera de respirar, de avanzar. Por fin, el mar se vuelve más liviano, más claro, casi traslúcido. Luego siento el fondo, al alcance de las manos, pedacitos de caracoles y arena. Puedo ponerme de pie y, si bien mis piernas están entumecidas, me puedo erguir y me tamba leo a través de las olas, que van perdiendo profundidad en dirección a la orilla, me agacho debajo del viento y paso haciendo zigzag junto al hombre, que levanta la vista bre vemente y me ve sin prestarme atención. Me ha salvado, me ha salvado la vida, pero no nos saludamos. La toalla, el pantalón, la chaqueta, la capucha, no necesito darme órdenes. No me olvidé de la rutina de vestirme, son casi los mismos movimientos que hice antes, solo en el
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orden inverso. Mi mayor esfuerzo es mantener el temblor bajo control. No me pongo los calcetines y, por supuesto, tampoco me ato los cordones de los zapatos, pasarán horas hasta que los dedos sean capaces de volver a hacerlo. Tengo que ir a casa, entrar en calor, rápido. Al pasar rápidamente por el puesto de salchichas cerrado en el muelle principal, los hombros levantados, la cabeza gacha, me encuentro a la dueña, una cincuentona de ru bio oxigenado, siempre bronceada, con un suéter a rayas blancas y azules con capucha. Se hace llamar Rosi o Babsi y le gusta tomarse un aguardiente de trigo con los clientes o a veces también sola. Uno o dos rulos machucados de su pelo reseco, pajoso, vuelan en el viento, como si no le pertenecieran. Nos conocemos, aunque nunca hayamos intercambiado una palabra, pero precisamente hoy, me habla con una sonrisa levemente ladeada, levemente velada. –Dígame, ¿ha perdido una apuesta o lo hace por propia voluntad? –No hago apuestas –consigo articular y trato de sonreír, aunque tengo los músculos de la cara congelados. –Se va a morir si sigue así –dice. –Uno se acostumbra –deniego con un gesto exagerado de la mano, para que no se le ocurra ofrecerme algo de to mar. Pero solo dice–: Usté sí que está un poco loco, joven. –No soy el único aquí –digo todavía sonriente y señalo con la cabeza hacia la playa, donde está el cavador–, a fin
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de cuentas, está bastante más loco que yo. Pero ¿y si ya no está? La idea de que tal vez me lo haya imaginado se me cruza de pronto. Me doy la vuelta y reconozco al hombre solo al mirarlo por segunda vez. Está agachado sobre el hoyo que cavó y saca la arena con ambos antebrazos. La dueña del puesto de salchichas sigue mi mirada, des pacio, casi a disgusto. –Sí –dice, y su sonrisa desaparece–, cada uno carga con su propia cruz. Me deja anonadado y, aunque lo que menos quiero es seguir aquí y ponerme a charlar, exclamo: –Cuénteme, usted sabe lo que está cavando. –Claro, está aquí por su hijo –dice y mira mis zapatos abiertos. Me quedo de una pieza, en las historias que me inventaba sobre el cavador, no aparecía nunca un hijo. Pero no pre gunto, solo pienso: «bueno, entonces, mañana me inven taré otra historia sobre él». En mis pensamientos ya estoy lejos de Rosi, cuando agrega casi susurrando: –El chico quiso nadar al otro lado, al oeste. Nunca en contraron su cuerpo.
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El chico de
El señor Brüning se para frente a la ventana, pero no mira hacia fuera, sino que observa la clase por el rabillo del ojo. Siempre la observa por el rabillo del ojo cuando tiene que vigilarla. Los alumnos escriben en silencio. Hace tiempo que se dieron cuenta del truco. Pero a él no se le ocurre uno mejor y tampoco quiere que se le ocurra uno mejor. Es bueno que lo subestimen. Desde la ventana, ve el patio asfaltado de la escuela, los grafitis del pabellón de gimnasia enfrente, al portero con su soplador de hojas que no hace ruido. El señor Brüning se balancea un poco de puntillas, para averiguar por qué el sopla dor de hojas no sopla. Pero no puede descubrir ningún bidón, ninguna caja de herramientas cerca. Las hojas están sobre el suelo como pintadas. Nikita, sentado en la penúltima fila, levanta la cabeza ha cia la ventana. Brüning se da cuenta enseguida, pero decide hacerse el desentendido. En cambio, espera inmóvil a ver si el chico vuelve a concentrarse en la tarea. Por un momento,
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