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La ventisca de polillas C - Michael McCarthy

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UNA VENTANA PARTICULAR

En el verano de 1954, cuando Winston Churchill se iba sumiendo en su ocaso como primer ministro británico, los franceses se retiraban abatidos de Indochina y Elvis Presley empezaba a cantar, mi madre perdió la cabeza. Yo tenía siete años y mi hermano John, ocho. Norah, nuestra madre, tenía cuarenta años y era maestra, aunque había abandonado la enseñanza cuando nacimos nosotros. Provenía de una familia humilde, pero había recibido becas y una buena educación, y era una mujer leída, con predilección por la literatura; había mantenido correspondencia con Pádraic Colum, aquel que escribió la letra de She Moved Through the Fair, después de que el poeta irlandés trabara amistad con su padre, empleado en la marina mercante, en un viaje transoceánico, y tenía estructurada una novela, que trataba de un pediatra que era estupendo con los niños y terrible con todos los demás. Era amable y simpática hasta la médula, enteramente abnegada y radicalmente honesta, y profundamente católica. 13


Su cabeza empezó a flaquear durante las largas ausencias de mi padre, Jack, que era oficial de radio en el Queen Mary. Aquellos fueron los últimos días de gloria de los transatlánticos de la línea Cunard, y podría decirse que su vida, con sus regulares viajes entre Southampton y Nueva York, tenía glamur; seguramente más que la que encontraba cuando volvía a casa, a nuestro pequeño adosado de Birkenhead –la ciudad que está frente a Liverpool, al otro lado del río Mersey–, para pasar dos semanas cada tres meses. No era cariñoso, ni como marido ni como padre –no sabía amar–, aunque no era mal hombre, pero tapaba la inseguridad que lo había acompañado toda la vida con fanfarronería, que demasiado a menudo devenía en un mal carácter. Los diez años de matrimonio, según anotaron los médicos en su historia más adelante, habían sido «moderadamente felices». En los largos períodos que mi madre pasaba sola educándonos, contaba con el gran apoyo de su hermana, Mary, bienintencionada pero mandona, y Gordon, su dócil marido, que no tenían hijos, pero, en 1953, Mary y Gordon pasaron varios meses en Estados Unidos con unos amigos –se estaban planteando emigrar allí–, y fue en esa época, en la que estaba aún más aislada, cuando mi madre empezó a trastornarse. A su regreso, Mary y Gordon notaron un cambio en ella y, a principios de 1954, Norah empezó a comportarse de forma extraña. Estuvo desaparecida todo un día y la encontraron a unos treinta kilómetros, después de caminar sola durante muchas horas. Conforme avanzaba el año, cada vez estaba más angustiada, y el clímax llegó en verano, cuando se puso a disposición de la Santa Madre Iglesia, que hace sesenta años regía con mano dura las vidas de las familias irlandesas católicas de Merseyside, y el padre Quinn, el férreo párroco de la iglesia de Nuestra Señora, decretó que había que internarla. 14


Nadie podía oponerse, porque nadie comprendía qué le estaba pasando, más allá de la obviedad de que estaba conmocionada y sufría horrores. Como el resto de la familia: Jack y Mary y Gordon y otros parientes próximos no solo no sabían qué hacer, sino que también sentían vergüenza, pues esto pasó mucho antes de que R. D. Laing convirtiera a los enfermos mentales en mártires, y lo mejor que pudo hacer mi padre fue pedir un préstamo para que pudiera ir por la vía de paciente privada, y allí que se fue al hospital psiquiátrico, de donde, como me señalaron mucho después, en aquellos tiempos, lo normal era que uno no volviera a salir. Y así podría haberle pasado a ella, porque todos los médicos que la trataron estaban igual de perplejos y no podían ofrecerle nada más que tratamiento electro-convulsivo, electrochoques de alto voltaje en la cabeza, con los que, antes de cada sesión, ella pensaba que iba a morir; pero, después de varias semanas, un día, así sin más, un psiquiatra especialmente perspicaz captó de pronto el problema y abrió una vía en su espíritu angustiado, que allanó el camino para su posterior recuperación (circunstancias que descubrí cuarenta y un años después, cuando me puse en contacto con el hospital y averigüé que, por obra de un milagro, aún conservaban sus anotaciones y me las entregaron). Así, después de casi tres meses, Norah volvió, pero ya cuando se había marchado, en agosto, nuestra vida familiar había vola­ do en mil pedazos. Mi padre no pudo mantenerla unida; era una figura distante y colérica, impaciente con John y conmigo y, en cualquier caso, seguía fuera, en la mar, así que Mary se hizo cargo de nosotros. Vendió nuestra casa (¡vendió nuestra casa!); nos llevó a la suya de Bebington, un barrio residencial de la zona, y nos ofreció cariño, pero el daño ya estaba hecho. John se había desquiciado. Varias décadas más tarde, conocí a quien fue su maestra, la señorita Dowling, y me contó que, cuando 15


habían empezado las clases aquel septiembre, John se sentaba mirando fijamente hacia delante y se ponía a doblar reglas de madera con las manos hasta que se rompían, una detrás de otra (tenía ocho años), y me contó que le había dicho al resto de la clase que había que ser buenos con John y no reírse de él porque estaba muy triste porque su mamá se había ido. Desde entonces, su inestabilidad lo acompañó de por vida, lo que significaba que le costaba hacer frente a todos los aspectos de la existencia (más allá del piano, del que era dueño). Había pagado el precio de la clarividencia. No de forma racional. Nadie comprendió de forma racional lo que le había pasado a Norah, nadie en absoluto, hasta que di con sus notas del hospital, media vida después. Pero John, un niño sensible apenas un poco mayor que yo, lo había comprendido en todos los extremos con sus emociones; sentía aquello por lo que estaba pasando ella y la defendió con uñas y dientes frente a los adultos, pasivos, indefensos e incapaces de comprender, y cuanto sabía era más de lo que podía soportar. Lo mío era peor que falta de comprensión. Lo mío era indiferencia. Con siete años, no me importaba lo más mínimo haber perdido a mi madre. Qué extraño parece, así por escrito. Muchos años después, cuando empecé a hablar del tema, a intentar aclararme, me enteré de que fue una estrategia de afrontamiento. Caramba, pensé. ¿Tenía una estrategia de afrontamiento? Todo cuanto recuerdo es no tener nada. No me afectaba, ni lo más mínimo, que ella se hubiera ido sin la promesa de volver, y esa actitud permaneció latente en mí durante mi infancia, adolescencia y hasta bien entrada la edad adulta, hasta que murió mi madre, mi madre, con la que por entonces había tendido puentes y llegado a querer más que a nadie, y me di cuenta de que no podía llorarla. Igual que me había resultado indiferente cuando se había marchado por primera vez, me di cuenta, consternado, de que también me 16


era indiferente ahora que se había ido para siempre. Y la vida que me había construido alegremente sobre amplias grietas, fingiendo que no existían, empezó a deshilacharse, y emprendí un largo camino hacia otra parte. Pero, en agosto de 1954, no tuve ningún problema. No había ningún sentimiento. A John le resultó sumamente difícil; estaba triste a diario, gritaba; pero, para mí, no había nada; era como si me hubieran planchado el alma sobre una tabla, sin una sola onda o arruga, cuando nos trasladamos con Mary y Gordon. Vivían en un corto callejón sin salida llamado Sunny Bank y, como estaba en las afueras, era bastante más verde que nuestro adosado de Birkenhead; las casas tenían jardines en la entrada y, en uno de ellos, dos puertas más adelante, colgada de la tapia, había una lila de verano. Hay plantas famosas por sus propiedades curativas y plantas conocidas por ser venenosas, y hay otras que nos resultan familiares porque las consumimos y algunas porque usamos su fibra, pero no muchas se conocen justo por atraer poderosamente a una especie animal. No obstante, una de ellas es la Buddleja davidii, descubierta en las montañas de China en 1869 por el padre David, un jesuita francés nómada y naturalista (el que introdujo en Europa, entre otras muchas especies salvajes exóticas, como el ciervo que lleva su nombre, el primer panda gigante), y yo caí en esta propiedad de la planta cuando, una mañana radiante, poco después de que llegáramos, salí corriendo de casa para jugar en Sunny Bank y me encontré el alto arbusto cubierto de joyas, joyas del tamaño de mi mano de siete años, joyas que destellaban con combinaciones de colores deslumbrantes: escarlata y negro, granate y amarillo, rosa y blanco, naranja y turquesa. En la lila de verano bullían las mariposas. Eran, en su mayoría, ejemplares del cuarteto de ninfálidos propio del verano tardío en Inglaterra, atalantas, pavos reales, ortigueras 17


y carderas, que, en agosto, se aprovisionan para hibernar o migrar durante el invierno, las más vistosas de todos los lepidópteros de Gran Bretaña, chocándose unas con otras en las rotundas espigas de las flores violeta en su ávida búsqueda de néctar. Las contemplaba. Estaba cautivado. Mis ojos palpaban sus colores igual que una mano acaricia un gatito. ¿Cómo podía haber semejantes tesoros andantes? Y, cada mañana de aquel verano cálido, pero que iba ya camino de desvanecerse, mientras mi madre sufría en silencio y mi hermano chillaba, yo corría a verlas, sin cansarme nunca de mirar aquellos espíritus que volaban libres, con unas alas brillantes como banderas, y que la lila de verano parecía milagrosamente domesticar, impedirles que visitaran otras plantas, hacerlos esclavos de sus propias flores con el poder inconmensurable de su néctar. Yo también lo olía, dulce como la miel, pero con un levísimo toque de acidez. Atraía aquellos prodigiosos visitantes. ¿Prodigiosos? Electrizantes, eso eran. Llenaban el espacio donde deberían haber estado mis sentimientos. Y así, a través de esa particular ventana, cuando era un niño delgaducho de pantalones cortos, las mariposas se adentraron en mi alma. h Que podamos amar el mundo natural, en lugar de recelar de él o ser instintivamente conscientes de su utilidad, podría percibirse como lugar común; pero a mí, con los años, me parece cada vez más un fenómeno destacable. Porque, al fin y al cabo, es solo nuestro escenario, nuestro contexto, el ambiente del que, como todos los demás seres, hemos surgido. ¿Por qué iba a evocarnos algún sentimiento más allá de aquellos, como el miedo y el hambre, que hacen falta para sobrevivir? ¿Puede una nutria amar su río? Y, sin embargo, el caso es que el mundo 18


natural puede proporcionarnos algo más que los medios para sobrevivir, por un lado, o riesgos mortales que evitar, por otro: puede proporcionarnos gozo. Aunque creo firmemente que se trata de una de las principales cuestiones de nuestras vidas –y que nunca ha sido más importante que ahora–, los orígenes de ese gozo resultan bastante misteriosos, como, desde luego, la fuerza que puede ejercer. El que podamos vernos arrastrados, cautivados por un aspecto de la naturaleza como son las mariposas…, vamos a ver, ¿está en la propia naturaleza o en nosotros? En su día, el cristianismo brindaba una explicación rápida: nuestro gozo ante la belleza y vida de la Tierra era nuestro gozo ante la divina obra de su creador. Pero, con la decadencia del cristianismo, el hecho innegable de que la naturaleza pueda despertarnos amor se vuelve más bien un enigma. Es mucho más fácil de ver por qué entraña otros sentimientos poderosos, por ejemplo, en el caso de los grandes animales salvajes. El primer animal grande que vi en libertad fue un rinoceronte negro, en Namibia. Estaba a unos cien metros, una tonelada bicorne de potencia con la mirada clavada en mí, sin que nos separaran más que unos matojos y, aunque sabía que no tenía buena vista, las orejas, extremadamente sensibles, se le contraían en espasmos, como antenas de radar girando en todas las direcciones, mientras intentaban dar conmigo y enfocarme, y yo estaba petrificado: se me desbocó el corazón, se me secó la boca, miré alrededor buscando dónde resguardarme. Pero, si bien tenía miedo, me atravesaba un sentimiento más extremo y más extraño. Me sentía más vivo en todos los sentidos. Me sentía más vivo que nunca. Al día siguiente, vi un búfalo africano por primera vez, una enorme masa negra amenazante que me puso aún más nervioso que el rinoceronte, y, aun así, sentí exactamente la misma 19


sensación: junto con la ansiedad, con el miedo a morir –porque un búfalo vaya si te mata–, en proximidad con el animal, estaba la sensación de vivir más intensamente, de vivir casi a otro nivel, por así decirlo. Y, cuando algo más tarde, aquel mismo día, en el cauce seco de un río, vi por vez primera, de cerca, un elefante en libertad, el más peligroso de todos, volví a sentir, entremezclado con la precaución, algo parecido a la pasión. Seguro que esas sensaciones son atávicas. Están alojadas en lo más profundo de nuestros tejidos y emergen para sorprendernos. Y es que olvidamos nuestros orígenes; en nuestros pueblos y ciudades, con la mirada fija en nuestras pantallas, necesitamos que se nos recuerde constantemente que somos usuarios de ordenadores desde hace una generación y trabajadores de oficinas con luces de neón desde hace tres o cuatro, pero venimos labrando la tierra desde hace quinientas generaciones y, antes de eso, fuimos cazadores-recolectores durante, quizá, cincuenta mil o más, viviendo con la naturaleza, como parte de ella, a medida que evolucionábamos, y ese legado no se puede destruir. A esas cincuenta mil generaciones se remonta nuestra fascinación por los animales de grandes dimensiones; su majestuosidad nos provoca cierta admiración, la admiración que aún perdura de los antepasados nuestros que los perseguían, colmados de miedo y esperanza, y que, con fervor, pintaban sus imágenes en las paredes de las cuevas. En las paredes rocosas de Lascaux y Chauvet, donde el miedo y la esperanza se funden en devoción, encontramos perspectivas asombrosas de un mundo de gente que se fue hace tiempo, cuyas vidas giraban en torno a animales peligrosos y cómo abatirlos y que, con la muerte siempre presente, debieron, pues, de haber vivido a ese ritmo elevado y apasionado que aún sentimos nosotros cuando nos topamos con grandes animales en su entorno natural. 20


No obstante, hay una idea que me ronda por la cabeza, que no me quito de encima, que se niega a marcharse: los cazadores-recolectores también tenían que ver mariposas. ¿Eran indiferentes? ¿Todos ellos? ¿Incluso a los macaones? En cierta manera, lo dudo. Creo que tuvo que haber llegado un momento en el que esos seres tan poco comunes y llamativos no pudieran sino ser advertidos por quienes los observaban, incluso por aquellos obsesionados con la supervivencia y la violencia y la muerte; tuvo que haber llegado un momento en la prehistoria en el que alguien, por vez primera, esperara a que un macaón se posara para mirarlo mejor y, entonces, se maravillara con aquello que tenía delante. h La infancia no responde a un molde, aunque tendamos a asumir que sí. En nuestra mente habitan patrones de vidas humanas, de cómo deberían empezar, alcanzar la madurez y terminar; en resumidas cuentas, de cómo deberían desarrollarse; y, muchas veces, intentamos dar sentido a nuestra propia experiencia alineándola con un patrón u otro y viendo hasta qué punto difiere o se corresponde con él. Pero, en realidad, las formas de nuestra experiencia son, por supuesto, infinitas. A estas alturas, ya he vivido la mayor parte de mi vida. He tenido la suerte de aprender a reparar una buena parte del daño de los primeros años y, lo que puede que sea más importante, a vivir en paz con lo que no podía repararse: una vez que John y yo salíamos, otro lunes más por la mañana, de una tensa sesión a fin de descifrar viejos tormentos, le dije que los griegos nos habían brindado la política y el teatro, pero no habían conseguido dar con la terapia familiar, y él sonrió y se mostró de acuerdo. Y quizá esa idea de vivir en paz con la anormalidad 21


sea lo que me haya permitido aceptar la extraña circunstancia de que, en una época convulsa y de gran infelicidad, sintiera por primera vez apego por la naturaleza; de que, mientras el vínculo infantil con mi madre se desgajaba, yo anduviera preocupado con insectos. Porque lo acepto: tenía siete años y no tenía la culpa y, además, el atractivo de las mariposas ha ejercido su encanto en mentes mucho más relevantes que la mía, aunque diría que, quizá, no lo haya hecho en tantas mentes más susceptibles que la mía en un determinado momento; me había cerrado a lo que estaba pasando en realidad, mi alma era una tabla rasa, abierta a impresiones, y el escarlata y el negro de la atalanta se pintaron en ella de forma indeleble, igual que los llamativos colores de sus primas. Me sentí anegado por un ferviente entusiasmo. Enloquecido como estaba, le fui con el cuento a Mary, y ella me compró, solícita, la guía de mariposas The Observer’s Book of Butterflies, como parte de su campaña para ser aceptada como madre sustituta. («¡Tendréis muchos regalos!», había anunciado mientras nos cogía en brazos y arramblaba con nosotros.) Al hojear aquellas páginas de otra época, mientras mi verdadera madre estaba en otro sitio, sin que yo supiera dónde, empecé a maravillarme aún más con las imágenes de especies con las que solo podía soñar, algunas de las cuales no solo tenían una presencia majestuosa, sino que en inglés eran portadoras, además, de nombres dignos de admiración: ¡el duque de Borgoña! (para nosotros, la lucina), ¡el emperador púrpura! (nuestra tornasolada mayor), ¡la reina de España ajedrezada! (nuestra espejitos). ¡Oh, espléndido mundo nuevo, que tales criaturas produce! Y, en las siguientes semanas y meses, aquel entusiasmo floreció y se acentuó, aunque fue un año traumático, pues en octubre, después de que lo permitiera el único médico con cierta sensibilidad, Norah salió del hospital, bastante bien como para 22


marcharse, pero ni por asomo bien del todo, y se vino a vivir con todos nosotros a Sunny Bank hasta que, otra vez, pudimos volver a comprar una casa propia. Esto era algo con lo que Mary no contaba. Creía que su hermana se había ido para siempre (igual que pensaba, probablemente, la mayoría de la gente). Estaba más que preparada para ocuparse de dos chicos, de una familia propia así de repente, y quizá en secreto estuviera incluso encantada de hacerlo; pero la nueva situación, que a efectos prácticos suponía compartir su casa con otra familia que se encontraba muy conmocionada, era una perspectiva bastante distinta, si bien se veía obligada a aceptarla. A fin de cuentas, había vendido nuestra casa. Por su parte, Norah, que tenía un ánimo de lo más sensible y no se sentía en absoluto fuerte, no solo se había sumido en el purgatorio a raíz de su dolencia original, sino que la propia experiencia de verse encerrada y despojada de sus hijos la había alterado profundamente. (Muchos años después, me contó que pensaba que nunca volvería a vernos y que solo halló consuelo en esos dos sonetos angustiados de Gerard Manley Hopkins que comienzan con «Nada peor, no lo hay» y «Me despierto y siento la caída de la oscuridad, no el día», porque, por lo menos, le mostraban que otros habían estado en su mismo lugar y habían sobrevivido.) Su equilibrio se había quebrado y, cuando salió, estaba asustada y recelosa, pues creía que la gente iba hablando de ella por la calle. (Y quizá lo hicieran.) Lo más difícil de todo fue volver, no a los cuidados de un marido cariñoso –que estaba fuera, en algún lugar del Atlántico Norte, cenando a la mesa del capitán–, sino como inquilina de una hermana que, como puede que pensara en su agitado estado, había intentado robarle sus hijos. Era una dinámica explosiva. Obligadas a estar juntas, Mary y Norah habían desenterrado el hacha de guerra. Fue un año 23


lleno de gritos, discusiones tormentosas y disgustos, que hizo que John se desquiciara de angustia. Recuerdo algunos fogonazos. Recuerdo a Norah intentando empujar a Mary por las escaleras con una mirada extraña, y a Gordon gritándole no sé qué de su hermana. Pero, otra vez, todo aquello me resbalaba: fuera una estrategia de afrontamiento o no, a mí lo que me importaba era la granja de mariposas que tenía en Bexley (Kent) L. Hugh Newman, Esq. –el curioso capricho de la inicial que precedía al nombre lo envolvía en un misticismo añadido–, proveedor de orugas de las más espléndidas mariposas de Gran Bretaña que cabía desear, que uno podía cuidar en su propia casa hasta la metamorfosis. En su catálogo, el señor Newman se refería como «ganado» a las orugas y a las mariposas adultas que vendía, otra cosa que me atraía y me provocaba curiosidad, y, con la primavera de 1955 a la vista, envié un giro postal de cinco chelines para pedir algunos ejemplares de ese ganado y, a su debido tiempo, recibí un tubo de cartón que contenía dos orugas de tornasolada mayor en una rama de sauce, de cuyas hojas se alimentaban. Se murieron antes de que tuviera lugar la metamorfosis. Lo mismo pasó con una segunda pareja. Era evidente que yo estaba haciendo algo mal. Pero no por falta de pasión. Las mariposas se habían adentrado de verdad en mi alma. Eran unos seres a los que me sentía muy unido –por entonces, podría haber descrito la sucesión de minúsculas medias lunas turquesa en los bordes inferiores de las alas de la ortiguera– y supongo que me habría llegado a obsesionar de por vida con las mariposas, dedicado minuciosa y compulsivamente a ellas en detrimento de todo lo demás, como Frederick Clegg en El coleccionista de John Fowles, de no haber sido porque mi madre me mostró el camino a un mundo más amplio. Fue poco después de que mi padre y ella consiguieran encontrar al fin otra casa propia, en noviembre de 1955, y pudiéramos 24


dejar Sunny Bank después de todas las desavenencias e intentar empezar de nuevo. Fue con un libro. Se trataba de un regalo de Navidad de aquel año, suscitado, me imagino, por mi entusiasmo por las mariposas; pero, mientras que Mary tal vez se hubiera procurado otro libro de lepidópteros, Norah optó por otra cosa, y hoy me pregunto qué certero instinto la llevaría hasta aquello, hasta la primera historia real que cayó en mis manos, con unos personajes bien construidos y un argumento; pues en aquel libro me volqué de inmediato. Era épica, en el sentido antiguo y estricto del término: una extensa narración de aventuras heroicas. Pero no a gran escala, como lo son la Ilíada y la Odisea, principalmente porque sus héroes eran gnomos. Se titulaba The Little Grey Men [Los hombrecillos grises], y el propio autor firmaba tan solo con las iniciales «BB». Su verdadero nombre era Denys Watkins-Pitchford, aunque todavía quedaban muchos años para que yo lo averiguara. Desde la primera página, me sumergí en el mundo de sus personajes principales: Cuscuta, Meum y Botón de plata (los tres con nombres de flores silvestres bastante poco comunes en Inglaterra). Eran unos individuos muy pequeños, de entre treinta y cuarenta y cinco centímetros de altura, con barbas largas y esponjosas. Cuscuta, el mayor, tenía una pata de palo. Pero eran diferentes respecto de los gnomos que uno espera encontrarse en el género de alta fantasía que tanto nos ha obsesionado en los últimos años, con Harry Potter, El señor de los anillos y demás imitadores. Carecían de poderes mágicos. No tomaban como base la fantasía, sino el realismo. Pese a poder hablar con los animales salvajes que los rodeaban –la única concesión del autor ante la idea de que eran distintos por ser gnomos–, vivían y se esforzaban por vivir en el mundo igual que nosotros, preocupados por encontrar alimento suficiente y mantenerse 25


abrigados. Pero había más: eran una especie en extinción. Eran los últimos gnomos que quedaban en Inglaterra. Recuerdo el estremecimiento que sentí la primera vez que leí aquellas palabras. Creo que fue una percepción incipiente, incluso para un niño de ocho años, de la paralizante naturaleza del final de las cosas. Estaba claro que no sobrevivirían a la urbanización acechante ni a la modernización de la agricultu­ ra que, ya por entonces, estaban empezando a extenderse por las zonas rurales. Eran anacronismos. El mundo se había apartado de ellos: como a los protagonistas de Dos hombres y un destino, les había llegado su hora. Por ello, fue todavía más valiente su decisión de emprender una gran aventura, una expedición para encontrar a su hermano perdido hacía mucho tiempo, Escaramujo –¡Ay, Escaramujo! ¡Qué pena!–, que no regresó tras partir un día en busca del nacimiento de Folly Brook, el riachuelo de Warwickshire, a orillas del cual vivían, en las amplias raíces de un roble. Su búsqueda y su desenlace inesperado me cautivaron por completo; como también me cautivó la segunda parte, Down the Bright Stream [Río claro abajo], que pedí y me regalaron por Navidad al año siguiente. (En el segundo libro, la crisis existencial de los gnomos alcanza su clímax; la afrontan de la manera más original y, en última instancia, con éxito.) Pero advertí algo más que el argumento. En una primera lectura, interioricé el ambiente en el que tenían lugar las aventuras. Era lo opuesto al de El señor de los anillos, con sus señores oscuros y magos, sus fortalezas y montañas, sus numerosos ejércitos batallando; era simplemente Warwickshire, el frondoso Warwickshire, el condado de Shakespeare, y Folly Brook, con sus martines pescadores y nutrias y carpas, y sus cernícalos planeando en lo alto, una campiña pequeña, íntima y cautivadora con sus seres pequeños, íntimos y cautivadores, enérgicos en sus vidas y sus interacciones, 26


y yo me enamoré de ellos y del mundo natural. Fui más allá de las mariposas y me adentré en la plenitud de la naturaleza. Tuve una inmensa suerte: la descubrí justo al final de lo que podríamos llamar la «época de la abundancia natural» (por lo menos en mi tierra, en Inglaterra). Fue varios años antes de que la ganadería intensiva ahogara el país –antes de que la detestable ola de pesticidas organoclorados y organofosforados empezara a bañarlo y quemarlo igual que el ácido quema un cuerpo–, y todavía persistía algo que se daba por hecho, pero que era maravilloso: la profusión de la naturaleza. Y es que la lila de verano rebosaba de mariposas aquel agosto en el que las vi por primera vez. No estoy idealizando la infancia. El recuerdo que guardo es nítido. Por alguna razón, aquella profusión me atraía sobremanera. No creo que me hubiera afectado igual ver una atalanta aislada, pese a ser un prodigio de la creación. Entonces había grandes cantidades de muchas cosas. Los jardines de los barrios residenciales de las afueras estaban colmados de mirlos. Había liebres brincando por todos los pastizales. Los ríos se llenaban en primavera de enjambres deslumbrantes de efímeras. Y las alondras inundaban el aire, y las amapolas, los campos y, si las mariposas inundaban los días de verano, las polillas inundaban las noches de verano y, a veces, había tales cantidades de polillas que cubrían por completo los faros del coche como los copos de nieve cuando hay ventisca y se producía una verdadera tormenta de nieve de polillas y, al finalizar un trayecto, había que limpiar el parabrisas, había que retirar con una esponja la asombrosa riqueza de la vida. Fue a ese mundo, al mundo de la ventisca de polillas, al que de joven juré lealtad. h 27


Sin embargo, el siglo xxi será terrible para ese mundo natural con el que de niño desarrollé un vínculo tan fuerte. Soy un baby boomer; pertenezco a esa generación nacida en el rico Occidente justo después de la Segunda Guerra Mundial, esa generación que alcanzó la edad adulta con la explosión de nuevas libertades en los años sesenta y que pensaba que había heredado el control del universo por el mero hecho de ser joven. Y quizá fuera así. Fueron unos primeros años de tanto ímpetu que mi generación quedó totalmente definida por ellos hasta hoy; el rocanrol nos marcó tanto como las dos guerras mundiales marcaron a nuestros padres y abuelos (la música nos hizo a todos correligionarios: permitió que todos nos uniéramos y sintiéramos que estábamos participando juntos de aquel sacramento que era la juventud). Pero, ahora que llegamos al final de nuestros días, se está empezando a manifestar una forma distinta de categorizarnos: fuimos aquella generación que, durante el largo transcurso de nuestras vidas, vio cernirse una sombra sobre la faz de la tierra. Entremos en detalle. Nuestro mundo se ve amenazado, como nunca hasta ahora, por un mal que no previeron las generaciones anteriores: la magnitud de los actos humanos. A lo largo de los siglos, al examinar los asuntos humanos, nos hemos concentrado en su dirección, en el improbable y prodigioso viaje desde el bifaz de sílex hasta la Luna, pasando por la alfabetización y la medicina y el estado de derecho; y, conmovidos por el apasionante curso de dicha empresa, no hemos advertido que sus propias dimensiones se nos iban echando encima. Hemos observado despreocupadamente el estanque de los nenúfares, ese estanque que tanto nos gusta donde los nenúfares, apenas perceptibles al principio, duplican a diario la extensión que ocupan; puede que tarden cincuenta días en cubrir la mitad de la superficie, pero 28


no somos conscientes de que luego, por supuesto, en cubrir la otra mitad no tardan más que un solo día. He ahí la aceleración repentina y apresurada del crecimiento exponencial. Nos pilló a todos por sorpresa. Tras el largo desarrollo de la historia de la humanidad, tras los muchos milenios de historia y prehistoria, ha sucedido en tan solo cuatro décadas, comprendidas perfectamente en una única vida humana, vamos, en la mía: entre mis años de adolescencia y de madurez, entre 1960 y 2000, la población mundial se duplicó, de tres a seis mil millones. (Luego, se sumaron otros mil millones en la siguiente década y, en las cuatro próximas, se incrementará otros tres mil millones más.) Y no solo los números proliferaron, sobre todo en los países más pobres; en los Estados más ricos, el consumo explotó conforme estos se iban enriqueciendo aún más, y los baby boomers, la generación más afortunada que ha habido nunca, lo acogió encantada; y, mientras se duplicaba la población, la economía mundial se sextuplicó con creces. Visto en retrospectiva, parece el acontecimiento histórico con mayores consecuencias de la segunda mitad del siglo xx, de una importancia más radical que el desarrollo y la difusión de las armas nucleares, la retirada de los imperios, el conflicto árabe-israelí o el fracaso del proyecto comunista. ¿Cuándo empezaron los humanos, criaturas del género Homo, a modificar el mundo de forma mensurable? Casi con certeza cuando los miembros de la especie Homo sapiens, personas de anatomía y comportamiento modernos, salieron de África –puede que hace unos sesenta mil años– y empezaron a extenderse hacia el este por todo el mundo, camino de Asia, luego bajando a Australasia, de vuelta después hacia el noroeste, hasta Europa y, finalmente, por el puente de Beringia de Siberia a las Américas. Ellos –¡nosotros!–, asombrosamente avanzados dada la capacidad de lenguaje, desplazaron, y casi se puede afirmar que 29


aniquilaron, a las especies anteriores de humanos que se habían dispersado desde África mucho antes que ellos, el Homo erectus en Asia y los neandertales en Europa (que, probablemente, no habían terminado de desarrollar la capacidad del habla); y, mientras estaban en ello, les infligieron un destino similar a los enormes animales que habían ido evolucionando durante millones de años en todas partes, a fin de situarse en la capa más alta de los mamíferos y marsupiales, posición que aún ocupamos hoy. Apenas pensamos en esos bégimos extintos. Pero deberíamos. Fue una masacre sin parangón. Cuando terminó el Pleistoceno, la larga época de las glaciaciones, los humanos, los cazadores-recolectores, habían exterminado grupos continentales enteros de animales de gran tamaño, como le ocurrió a la megafauna australiana con la pérdida de su wombat de dos toneladas –el diprotodonto– o a la megafauna de Sudamérica, con sus colosales perezosos terrestres, cuyos fósiles encontró Darwin, o a la megafauna de Eurasia, con su enorme alce irlandés, cuya cornamenta de tres metros de ancho y tres de alto le corta a uno la respiración cuando se la encuentra en el atrio de la Facultad de Biología de la Universidad de Durham. Nadie sabe, por supuesto, a ciencia cierta lo que pasó, y algunos paleontólogos creen que, tal vez, se debiera a los cambios en el clima, pero los argumentos más convincentes muestran sólidos indicios de que fueron los humanos quienes acabaron con ellos; fuimos nosotros. Hace veinte, treinta, incluso cuarenta mil años ya estábamos transformando el mundo que nos rodeaba; estábamos destruyéndolo a gran escala, y nuestra población era minúscula. ¿Cuál será el efecto, entonces, si no solo ha avanzado la tecnología para modificar la tierra en nuestro enérgico ascenso, del bifaz a la motosierra, de la escápula de ciervo al buldócer, del anzuelo a la red de deriva kilométrica y del arpón al rifle automático, sino que nosotros mismos hemos 30


experimentado una explosión numérica que solo puede describirse como colosal? Es una cosa extraordinaria: estamos destrozando la Tierra, igual que los atracadores destrozan, a veces, deliberadamente una casa. Es un momento extraño y terrible de la historia. Nosotros, que dependemos por completo de ella, estamos arrasando la biosfera, la fina capa de vida que envuelve la tierra; degradamos, presurosos, la atmósfera que tenemos sobre nosotros y el océano a nuestros pies, y el suelo que tenemos en medio y todo lo que este sustenta; lo apresamos, lo desgarramos, lo esparcimos, lo trituramos, lo quemamos, lo rajamos, nos cagamos en él. Ya han desaparecido más de la mitad de las selvas; el uso de pesticidas ha diezmado las flores silvestres y la población de insectos de granjas y ríos; el fondo de los mares está profundamente degradado y la mayoría de poblaciones de peces se encuentran en niveles de riesgo; la acidez del océano está aumentando constantemente; los arrecifes de coral están siendo atacados por muchos frentes; 40 000 millones de toneladas de ese carbono que provoca el cambio climático sobrecargan la atmósfera cada año; y, en la actualidad, la quinta parte (y va en aumento) del total de vertebrados (mamíferos, aves, reptiles y anfibios) está en peligro de extinción. Muchos están a punto de desaparecer, si es que no lo han hecho ya. En 1988, se descubrió el rinoceronte de Java, uno de los apasionantes secretos de las selvas de Indochina, al que la guerra había impedido acceder durante todo aquel tiempo. En 2010 ya se había extinguido, masacrado a fin de obtener sus cuernos, que, según cree la medicina asiática tradicional –de manera bastante errónea–, son un remedio para el cáncer. Con el dodo convivimos el triple de tiempo. En 2010, se dio a conocer que la población inglesa del ruiseñor, el pájaro más celebrado en la poesía universal, se había reducido en un 90 % en cuarenta años; es decir, que había desaparecido de 31


9 de cada 10 lugares donde cantaba en el momento en que se separaron los Beatles. El atún rojo del Mediterráneo, un pez magnífico en cuanto a su forma y funciones, pero que, desgraciadamente, también es delicioso, está empezando a verse condenado al fin por el apetito de los amantes del sushi; las siete especies de tortuga de mar están en peligro, tres de ellas en estado crítico; y los anfibios van deslizándose juntos por la empinada cuesta del olvido: el sapo dorado de las selvas nubladas de Costa Rica es famoso por su desaparición, mientras que la rana dorada de Panamá puede que no sea famosa, pero ha desaparecido igualmente. Las pérdidas están por doquier, y aquello que define el mundo natural en el siglo xxi ya no es la belleza ni la riqueza ni la abundancia ni, si nos ponemos, la fuerza de la vida, sino la vulnerabilidad. Toda insistencia es poca: estas pérdidas no están provocadas por sucesos naturales, como los tsunamis o las erupciones volcánicas. Son obra de la gente –de nosotros– y, conforme sigamos creciendo y nuestras necesidades sigan aumentando, también lo hará la devastación. Las causas inmediatas son fáciles de enumerar –vemos que son la destrucción del hábitat, la contaminación, la sobreexplotación o la caza excesiva, el caos desatado por las especies invasoras y, cada vez más, el cambio climático–, pero la principal causa de la gran ruina que se está propagando sigue siendo el Homo sapiens: tan solo una entre la miríada de formas de vida que irradia la Tierra, cuyos números, que han estallado y sobrepasado la capacidad de aguante del planeta, avanzan decididos camino de destruirlo. A modo de coincidencia histórica curiosa, justo cuando comenzaba la explosión numérica, se nos concedió una nueva visión de nuestro planeta, al que esa explosión iba a afectar de manera muy aciaga. Podemos fecharla: Nochebuena de 1968. El responsable directo fue William Anders, un astronauta 32


estadounidense, miembro del equipo del Apolo 8, la primera nave espacial tripulada que salió de la órbita terrestre y dio la vuelta a la Luna. Cuando, el 24 de diciembre, él y sus com­ pañeros, Frank Borman y Jim Lovell, aparecieron en su nave por detrás de la cara oculta de la Luna, se encontraron una visión desconcertante: una esfera azul exquisita suspendida en la negrura del espacio. La fotografía que tomó Anders se conoce como Salida de la Tierra y fue, sin duda, uno de los acontecimientos de mayor alcance en la historia de la cultura humana, porque, en aquel momento, por primera vez, nos vimos desde la distancia y la Tierra, en ese vacío oscuro que la rodeaba, se antojaba de una belleza y fragilidad imposibles. Pero lo más importante es que pudimos ver a las claras que era finita. En la superficie terrestre, no nos lo parece; la tierra o el mar se extienden hasta el horizonte, pero siempre hay algo más allá. No importa cuántos horizontes crucemos; siempre habrá otro esperándonos. No obstante, al avistar el planeta desde las profundidades del espacio, no solo vimos el verdadero prodigio de su rutilante belleza azul, sino también la verdadera naturaleza de sus límites. Se veía de lleno, para nada grande –los astronautas del Apolo 8 podían taparla con la uña del pulgar– y, casi con total seguridad, aislada. Ella sola. Ningún sitio al que ir si levantáramos el campamento, en esa interminable negrura. Gracias a Salida de la Tierra, ahora lo comprendemos de forma intuitiva, en nuestras almas: aquello que estamos destrozando es nuestro hogar. h La idea de que algo podría hacerse al respecto, de que podría encontrarse una manera de retener la ola de destrucción humana en todo el mundo, ha sido uno de los grandes desafíos 33


morales e intelectuales del último cuarto de siglo, ya que las presiones implicadas son inextricables y más bien pocos reconocen el propio problema en todos sus extremos. Se los suele catalogar como ambientalistas o conservacionistas. Los hay en todos los países y suelen hacer ruido y parecer influyentes, pero, en términos globales, resultan escasos. A la mayoría de la gente común le da igual, porque las consecuencias aún no se le presentan (aunque lo harán), y también porque la gente, como es natural, está centrada en sus propias preocupaciones, que, a menudo, parecen bastante inofensivas, y no capta que la esencia del problema que está por venir son sus propias decisiones a título individual, multiplicadas por siete mil millones. Asimismo, la destrucción del hogar de la humanidad a manos de las propias acciones humanas no es algo fácil de llevar –es decir, de afrontar– para nuestro sistema de creencias actual, que podemos denominar «humanismo secular liberal». Este credo, que ha imperado desde la Segunda Guerra Mundial, tiene un único y loable objetivo: promover el bienestar humano. Quiere que la gente de todo el mundo no padezca hambre ni frío ni enfermedad y, en la medida de lo posible, que sea feliz y viva satisfactoriamente. Es ético e intachable. Es admirable. Pero presenta una grieta en su núcleo: no reconoce que los seres humanos no tienen por qué ser buenos. Y menos aún admite que, es más, puede que haya algo intrínsecamente inquietante en cuanto al ser humano como especie: que quizá el Homo sapiens sea el hijo problemático de la Tierra. Y es que muchos se escandalizarían si se menciona, pues la pobreza y el hambre y la enfermedad ya son bastante horribles sin plantear que las personas, en su conjunto, tienen una tara en cierto sentido. Sin embargo, para los griegos, los fundadores de nuestra cultura, esta era una idea central en su moral. Había un problema constante con el hombre. El hombre era glorioso, 34


casi divino, y se esforzaba continuamente por ascender; sin embargo, solo los dioses estaban realmente Allá Arriba y, si el hombre intentaba subir demasiado, como hacía muchas veces, los dioses lo destruían. Los dioses representaban los límites del hombre. Se nos viene Ícaro a la cabeza, por supuesto, pero tenemos lecciones más profundas que aprender. Hay que recordar que el principal error de Edipo, en Edipo Rey de Sófocles, no fue haber matado a su padre y haberse casado con su madre. Esas fueron las contingencias de su destino. Su auténtico error fue que pensaba saberlo todo; había resuelto el enigma de la esfinge; era un sabio, sin lugar a dudas. Los dioses le mostraron que no lo era (y, en la mayor de todas las ironías trágicas, se arrancó los ojos para castigarse por haber estado ciego ante su verdadera situación, que entonces sí pudo ver). Dentro del consenso moderno, en el humanismo secular liberal, esta visión espiritual del hombre como un ser con límites, como un ser que no es capaz de hacer todo lo que elija y como un ser potencialmente problemático –porque ¿qué otra cosa es, si no, una especie que destruye su propio hogar?– brilla por su ausencia. No hay ni rastro de ella por ningún sitio. Sugerirla es un anatema total. Pues, con la agonía de la religión y la desaparición de la espiritualidad, nos hemos convertido en nuestra propia vara de medir moral: en el centro de nuestras nociones del bien y del mal, está el sufrimiento humano y qué podemos hacer para evitarlo. Está tan profundamente arraigado en nosotros, y es tan instintivo, que se ha interiorizado en el lenguaje: una de nuestras virtudes más valoradas es la humanidad; uno de nuestros mayores elogios a otra persona, que es humana. Él o ella son humanos humanos. Apenas nada separa esas dos palabras idénticas de la redundancia. En la actualidad, nuestra moral es del todo antropocéntrica: definimos automáticamente el bien objetivo conforme aquello que es mejor para nosotros. 35


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