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PRELUDIO
Los ecos del pasado
Vamos a viajar dieciséis mil años atrás en el tiempo, a una época en que las llanuras están repletas de vida. Armadillos gigantes, guepardos americanos, tigres de dientes de sable, castores gigantes, mastodontes, camellos, caribúes, lobos gi‑ gantes y perezosos terrestres que pueden alcanzar más de cuatro metros de altura al levantarse sobre las patas traseras: hay vida salvaje por todas partes. Los seres humanos aún no han aparecido en América del Norte, pero hay nume‑ rosas aves, como zampullines picogruesos, cigüeñas, gansos de Canadá, patos, cercetas, cuervos americanos, pavos, co‑ dornices y agujetas, que llenan el aire con sus vuelos y sus cánticos, en tanto que las ranas arborícolas y otros anfibios, los insectos y los reptiles saturan el campo sonoro con el complejo entramado de sus voces. Ha llegado el fin de un período glacial, y el cuerpo prin‑ cipal del gigantesco glaciar de Wisconsin retrocede poco a poco hasta el círculo polar ártico. El mundo floral se expan‑ de como consecuencia del calentamiento global. Los pinos, 13
los robles y las píceas, así como los alerces, los álamos tem‑ blones, los abetos balsámicos y los chopos, han avanzado hacia el norte a lo largo de un amplio territorio, junto con las hierbas y los arbustos bajos. En el hemisferio occidental ya han echado raíz los primeros indicios del bosque boreal, que se desarrolla durante los fríos inviernos y los veranos cálidos, y que está colmado de vida no humana, una vida cuyas voces individuales se funden para crear una vehemente sinfonía colectiva. En el corazón del bosque incipiente, alrededor de un pe‑ queño arroyo, se encuentra una zona exuberante y verde, im‑ buida de la suave calidez de la brisa del verano, bajo un cielo azul intenso donde se atisban unas cuantas nubes vaporosas. En este hábitat viven montones de criaturas; de hecho, en este momento, la vida animal alcanza máximos históricos en nuestro planeta, en cuanto al número de especies y también a la cantidad de individuos. En este singular escenario verde, miles de seres cantan en coro a todas horas, durante el día y por la noche. El espectáculo visual es impresionante, pero el sonido es, sin lugar a dudas, glorioso. Este lugar transmite una compleja narrativa sonora cargada de mensajes de gran importancia para todos los seres sensi‑ bles que puedan oírlos. Los sonidos llegan a su mayor volu‑ men al alba y al anochecer, lo cual da lugar a una progresión fuerte‑suave‑fuerte que seguramente le resultaría familiar a quien hoy día escucha ciertos estilos de música. Los animales ululan, balan, gruñen, trinan, gorjean, arru‑ llan. Pían, cloquean, chirrían, chasquean, gimen, aúllan, be‑ rrean, piolan, susurran, silban, maúllan, croan, gorgoritean, jadean, ladran, ronronean, graznan, zumban, chillan, estridu‑ lan, urajean, sisean, rascan, eructan, cacarean, cantan melo‑ días, pisan con fuerza, saltan al aire, lo atraviesan y baten las 14
alas, y lo hacen de tal manera que las distintas voces se per‑ ciben con claridad, por lo que todos ellos parecen ser capa‑ ces de oírlas y distinguirlas. El único sonido que resalta por encima de su cántico coral colectivo es el clamor del viento de una gran tormenta, el estallido de un trueno, la erupción de un volcán. El sonido del agua (un arroyo cercano) es la única característica acústica no biológica del entorno que está presente de forma constante. Entonces, la situación cambia de improviso: un rumor suave y amenazante hace crujir las hojas de las copas de los árboles durante unos instantes, como si fuesen cientos de castañuelas con sordinas. Los distintos insectos y batracios se silencian de repente. En cambio, los pájaros, que aban‑ donan su organizada jerarquía coral, se ponen a piar con ímpetu y se dispersan en todas las direcciones; el aire explota con un torrente de batidas de alas en staccato y chillidos de alarma. Una sensación de peligro desconocido recorre hasta la última fibra de todos y cada uno de los animales. Algunos depredadores se dejan entrever deambulando con sigilo, lo que aumenta la tensión del momento. Todos los organismos se ven rodeados de nuevas ondas de energía sonora, grandes vibraciones que provienen de todas partes: de arriba, de los lados y de debajo del propio suelo. Los depredadores aprovechan la coyuntura para perseguir a criaturas que son menos ágiles que ellos y que se han que‑ dado aturdidas por el movimiento de la tierra. Estos domi‑ nantes oportunistas (los leones, los osos, las rapaces y los teratornítidos, con una envergadura de cinco metros) gene‑ ran pisadas atronadoras y unos tonos sibilantes y vigorosos al batir las alas para impulsarse en el aire y al chocar con la vegetación en plena persecución de sus presas, doblemen‑ te aterrorizadas. Luego, se oyen los últimos alaridos de los 15
seres derrotados, un nuevo mensaje que le aporta énfasis al momento. Las aguas del planeta (sus océanos, lagos, ríos, estuarios y ma‑ rismas pobladas de mangles) están llenas de peces, anfibios, reptiles, moluscos, mamíferos y crustáceos, así como de ané‑ monas y formaciones coralinas de carbonato de calcio que nu‑ tren y cobijan a diversas comunidades de seres más pequeños. Los ecosistemas que dependen de las contribuciones de los organismos acuáticos dan forma a los espacios ribereños. Estos también están repletos de sonidos, al igual que los hábitats del interior. El golfo de San Lorenzo, donde se funden el río homó‑ nimo y el océano Atlántico, alberga a miles de especies. Un bacalao medio mide alrededor de dos metros de longitud y pesa más de noventa kilos. Sin embargo, apenas puede nadar sin escorar y chocar con otro cuerpo, de tantos peces como llenan el agua de vida. Al bacalao le sacan ventaja algunos atunes rojos, cuyos adultos pueden llegar a medir más de tres metros y medio de longitud y pesar más de seiscientos ochenta kilos. También abundan otras criaturas más peque‑ ñas, como los arenques, los eglefinos, los capelanes, los sal‑ mones, los fletanes, las caballas, los sábalos y las tortugas marinas, e incluso los diminutos eperlanos. Río arriba se encuentran las lubinas estriadas, los esturiones (cuyos ejem‑ plares pueden llegar a pesar quinientos kilos) y las truchas. Los peces que viven en el océano proporcionan alimento a las focas, los delfines y otros odontocetos de mayor tamaño, mientras que las ballenas dependen del kril, los copépodos, los eufausiáceos y los ostrácodos. Los sonidos atiborran este medio marino en toda su ex‑ tensión. Algunos peces crean señales acústicas con la vejiga 16
natatoria, mientras que otros manifiestan su presencia re‑ chinando los dientes. En cualquier caso, todas las especies de peces generan una onda de presión única al hacer oscilar la aleta caudal, un sonido distintivo que reconocen los de‑ más animales del golfo, sobre todo los depredadores. Como debajo del agua hay una visibilidad limitada, el sonido es fundamental para la supervivencia y la reproducción de es‑ tos animales, al igual que lo es en la superficie terrestre. To‑ das las especies, desde los animales más pequeños, como los protozoos, los copépodos y el fitoplancton, hasta los cetá‑ ceos de mayor envergadura, crean una marca sonora propia. Las aguas de nuestro planeta están saturadas de vivas conver‑ saciones, suspiros, tamborileos, glissandi, chillidos, gemidos, gruñidos y chasquidos. Más cerca del ecuador hay cuantiosos arrecifes de coral, que for‑ man una importante masa de vida y también emiten sonidos. Las anémonas, las damiselas, los peces dominó, los peces paya‑ so, los peces loro, los budiones, los peces globo, los peces cardenal, los roncos, los peces ballesta, los fusileros, los salmonetes, los peces mariposa, los corvinones ocelados, diversos tipos de peces cirujano, los jureles, los tiburones, los camarones pistola y los corvinones negros: todos ellos dejan una marca acústica diferente que, al combinarse con las otras, pasa a formar parte de un coro que se acopla al sutil sonido ambiental generado por las olas de la superficie. En mar abierto, los cantos de las ballenas jorobadas, azules y francas suenan con tanta intensi‑ dad que, si no tropezasen con las masas continentales y si la climatología y las corrientes oceánicas se aliasen para conseguir unas condiciones idóneas, sus voces podrían dar la vuelta a la Tierra en menos de siete horas. El único sonido que se eleva por encima de este contingente combinado de mamíferos, pe‑ 17
ces y crustáceos es el violento efecto de un huracán, un tifón o un tsunami. El accesible suministro de alimentos que ofrece este me‑ dio marino favorece la abundancia de las poblaciones de aves costeras y, de paso, el estruendo correspondiente. En‑ tre ellas, está el alca gigante (también denominada pingüino), una majestuosa criatura no voladora que ha abandonado el aire hace tiempo, dada su gran habilidad para nadar. Tiene tantos recursos alimenticios oceánicos a su alcance que no necesita malgastar su valiosa energía volando a lugares aleja‑ dos. Por otra parte, está el estridente au‑au‑au de la pardela, que se mezcla con las excepcionales voces de los frailecillos, las gaviotas, los charranes, los alcatraces, los petreles, los pá‑ galos, las gaviotas tridáctilas, los fulmares, los araos y los cormoranes, creando así un alboroto en el que parece impo‑ sible distinguir a un vocalista de los demás. Con todo, esa sensación solo es un curioso espejismo: esos son los soni‑ dos de la supervivencia, la reproducción y la comunicación, y cada especie ha evolucionado para que sus manifestaciones acústicas se diferencien de las demás y se proyecten por enci‑ ma del rumor atronador y turbulento de las olas oceánicas. Los manglares (bosques salinos que enraízan en las aguas cos‑ teras tropicales y subtropicales de todos los continentes, excep‑ to en la Antártida) palpitan llenos de interesantes mezclas de insectos, mamíferos, aves y crustáceos. Cuando baja la marea en estos biomas mesoamericanos, los cangrejos se escurren de las ramas y los troncos de los árboles donde estaban agarrados, y se caen con ese inconfundible plof de una piedra grande, lisa y redondeada en los sedimentos lamosos de más abajo, que quedan expuestos. Los animales regresarán a los troncos y las ramas cuando estos vuelvan a quedar sumergidos, con la 18
siguiente subida de la marea. Al caer la noche, se potencian los cánticos de las ranas, y los murciélagos emiten sus señales de ecolocalización para encontrar insectos comestibles en medio de la oscuridad. Los bálanos que viven fijados a las rocas y las raíces de los mangles que quedan al aire se retuercen rui‑ dosamente dentro de sus caparazones, lo cual provoca unos estallidos pequeños pero intensos que resuenan en todo el há‑ bitat, tanto en la superficie como debajo del agua. Incluso por la noche, cuando las criaturas están envueltas en la negrura, son muchas las voces que siguen dejándose escuchar, en una competición para llamar la atención. A pesar de que la Tierra está inmersa en un proceso de calen‑ tamiento, el hielo glacial todavía cubre una parte considerable del planeta al norte del círculo polar ártico. Es un lugar frío y desierto, con una temperatura entre cinco y diez grados más baja de la que tendrá dieciséis milenios después. Las capas de hielo que van retrocediendo llevan con ellas esporas y semillas desde el paisaje recuperado. Estas fecundarán la morrena en cuanto sea suficientemente fértil para concebir los bosques bo‑ reales del futuro Ártico, pero, de momento, no hay mucha vida acústica en la superficie. Aun así, ni siquiera este espacio está en silencio: la formación de crevasses (grietas largas y profundas) en los glaciares provoca sonidos explosivos. La masa de hielo se quiebra porque está comprimida, sometida a enormes presiones, y experimenta períodos de fusión y acumulación de nieve. Asimismo, aparte de los impresionantes estallidos y cru‑ jidos del hielo, del viento constante y de las frecuentes tormen‑ tas, los glaciares sufren desprendimientos, durante los cuales liberan grandes bloques de agua helada en las orillas de los ríos, los fiordos y el mar con un estruendo volátil y atronador, y el cúmulo despedido genera olas imponentes en el agua con la 19
que choca al caer. Además de todo eso, está el sonido del pro‑ pio movimiento del glaciar, una oscilación ligera y amenazante causada por su incesante avance sobre la tierra, una impresión pausada y progresiva que, más que oírse, se siente. Más o menos a medio camino del polo opuesto, lejos de la masa de hielo en retroceso y a unos pocos grados del ecuador, se hallan los bosques húmedos tropicales, que son las provincias biológicas con mayor densidad de población del planeta. Aquí, la fauna y la flora también se están acostumbrando al calenta‑ miento de la Tierra, y algunas especies están siendo reemplaza‑ das por otras mejor adaptadas al nuevo clima. A pesar de todo, la vida animal y vegetal florece de tal manera que parece difícil que quede sitio para una nueva raza de cualquier ser vivo. Los bosques húmedos cubren casi el 15 % de la superficie terrestre y contienen entre quince y veinte millones de especies vegetales y animales, aproximadamente. En ellos, el sonido es fasci‑ nante. Los mamíferos, los reptiles y los anfibios, desde los jaguares y los osos de anteojos hasta los cocodrilos e incluso algunas ranas, vocalizan en tonos relativamente bajos, en tanto que otras ranas y algunas aves trinan y repican en un intervalo medio‑bajo. Sin embargo, otras especies (insectos, así como otras ranas, pájaros y mamíferos) han fijado sus voces en los campos medio‑alto y superior. Así pues, las voces de innu‑ merables criaturas se alzan para llamar la atención a unos vo‑ lúmenes tan elevados que parece un milagro que un animal cualquiera pueda distinguir el sonido de otro de su mismo clan, por no hablar de los de otras especies, ya sean aliadas o enemigas. El propio planeta está atestado de una vigorosa resonancia, rotunda y expansiva, que, además, presenta un delicado equi‑ 20
librio. Todos los lugares, con su vasta población de plantas y animales, acaban convirtiéndose en una sala de conciertos, y en todas partes hay una orquesta única que interpreta una sinfonía sin igual, donde el sonido de cada especie encaja dentro de una parte concreta de la partitura. Es una obra maestra muy evolucionada y compuesta de forma natural. Los humanos también dejan oír sus sonidos. Estos ya han empezado a dispersarse, a extenderse por todo el planeta y, allá donde van, dejan a su paso señales tangibles, visibles y acústicas de su presencia: detallados pictogramas y pe‑ troglifos, instrumentos de hueso, herramientas para cazar y despellejar a las presas y vestigios de despensas para alma‑ cenar el exceso de grano que han logrado acumular gracias a las primeras siembras. Se juntan en grupos cada vez más grandes, pero, en esencia, siguen siendo cazadores. El bos‑ que les susurra, los atrae y les revela dónde pueden encontrar los objetivos de la caza. En esta fase del desarrollo de los se‑ res humanos, la riqueza sonora de los hábitats constituye su influencia acústica más significativa. Los sonidos de la vida animal (que engloba a todos los organismos, desde los mi‑ croscópicos hasta los más grandes) y los del paisaje no bio‑ lógico predominan sobre los ruidos relativamente modestos que generan los humanos. Sus capacidades lingüísticas son limitadas para expresar lo que sienten, pero toman prestadas algunas de las técnicas que oyen a su alrededor para trans‑ mitir emociones. Quizá, a través del movimiento del cuerpo y las respuestas vocales, que tan bien evocan la esplendorosa vida que se oye por todas partes, estos humanos modernos logran convencer a las demás criaturas de que no son más que una extensión de una única familia sonante. Esta es la afinación de la gran orquesta animal, una reve‑ lación de la armonía acústica de la naturaleza, la expresión 21
de los sonidos y los ritmos naturales del planeta, conectados mediante fuertes vínculos. Es el punto de partida de lo que hoy día oímos en los lugares salvajes que aún nos quedan, y es probable que en esa voz colectiva se halle de algún modo el origen de todas las piezas musicales de las que disfruta‑ mos y de todas las palabras que pronunciamos. Hubo un tiempo en el que esa era la única inspiración acústica que existía.
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PRIMER CAPÍTULO
El sonido como maestro
En una ocasión, bien entrada la noche, mi compañera, Ruth Happel, y yo fuimos a grabar solos al bosque, a las pro‑ fundidades de la selva amazónica, a varios kilómetros del campamento y sin más luz que el haz luminoso de nuestras linternas. Avanzábamos por la senda, muy conscientes del en‑ tramado de sonidos que nos rodeaba y con la esperanza de poder grabar aquel ambiente nocturno en varias localizaciones. A lo largo del camino, también notamos el inconfundible olor del marcaje de un jaguar que rondaba la zona. No lle‑ gamos a ver ni a oír el animal, pero sabíamos que estaba cerca, tal vez a solo unos cuantos metros de distancia, pues iba marcando el territorio a cada poco mientras nos seguía. El olor almizclado del felino era una presencia constante. Nuestros sentidos se agudizaron, pero no teníamos miedo ni percibíamos ningún peligro inminente. Nos sentamos en silencio a unos cincuenta metros de distancia el uno de la otra y grabamos la textura acústica nocturna del bosque hú‑ medo, la delicada mezcla de las gotas de la lluvia sobre las 23
hojas con el unificado cántico coral que los insectos, los pája‑ ros, las ranas y los mamíferos llevan interpretando día y noche desde el principio de los tiempos. Más o menos al cabo de una hora, recogimos el equipo y nos adentramos todavía más en el bosque, con el oído atento para encontrar lugares donde poder grabar unas com‑ binaciones más variadas. Luego, alrededor de la medianoche, decidimos separarnos para recoger la diversidad aún mayor de sonidos nocturnos que esperábamos descubrir en aquel medio de tan sublime riqueza. Ruth siguió el camino en una dirección y yo fui por otro lado distinto. Tras andar durante unos quince minutos, me senté al borde de la senda y me puse a grabar los intensos coros tropicales de ranas, insectos y reptiles. Fue entonces cuando oí el suave ronquido del felino a través de los cascos. Por lo que parecía, me había escogido a mí y me había seguido. Como tenía subido el volumen de los cascos para captar la frágil composición acústica y los pequeños detalles del bosque, ha‑ bía permanecido ajeno a la presencia de mi insólito visitante, sin percatarme de que se había acercado tanto. El repentino registro de los gruñidos del jaguar que sonaba en mis auricu‑ lares implicaba que el felino no estaba a más de un brazo de distancia de los micrófonos que había dispuesto en el camino, a unos diez metros de mi posición. Entonces, una descarga de adrenalina me cogió despreve‑ nido y me puso alerta de inmediato, y noté cómo el pecho me empezaba a convulsionar. Al mismo tiempo que trataba de dar con una estrategia de salida (aunque no había ninguna), me esforcé por tranquilizarme. En ese instante, pensé que mi corazón se oía tanto que podría incluso asustar al animal. Pero me mantuve totalmente inmóvil, aguantando la respi‑ ración en medio de la oscuridad. 24
El incidente no duró más de un minuto, pero a mí, que permanecía allí sentado, hipnotizado por el poder de la voz de aquel animal, su aliento y los rugidos de su estómago, me pareció como si hubiesen transcurrido un par de horas. Después, el jaguar se perdió en silencio en el bosque tan inesperadamente como había aparecido, dejando tras él las ondas rítmicas de los coros de ranas y zumbidos de insectos, y lo que quedaba de los violentos latidos de mi corazón. h Acabé metido en el mundo de los sonidos de la naturaleza a causa de un feliz accidente. Mi primera ocupación fue to‑ car como guitarrista de sesión en actuaciones de todo tipo, en Boston y Nueva York. Más adelante, a mediados de la década de los sesenta, cuando la comunidad musical empezaba a ex‑ perimentar con los sintetizadores, me mudé a California para asistir como oyente a unas clases de música electrónica en el Mills College, donde conocí a Paul Beaver, un músico de sesión de Los Ángeles y organista concertista que se dedicaba profe‑ sionalmente a crear extraños efectos sonoros para largometrajes como La mujer y el monstruo y La guerra de los mundos. Las herramientas del particular negocio Paul, que poseían una sonoridad extraordinaria, eran algunos de los primeros instrumentos creados en la línea de los sintetizadores, como el ondas Martenot, el Novachord de Hammond y el teremín, los cuales producían una voz inquietante y vacilante, pare‑ cida a la de una soprano, así como otros inventos propios, entre ellos un sintetizador de teclado arquetípico de dos octavas que generaba efectos agudos para usar en la ciencia ficción y que él bautizó como «el canario». Enseguida nota‑ mos una sinergia creativa entre nosotros y formamos el dúo 25
Beaver y Krause. Juntos, introducimos el sintetizador en el cine y la música pop, tanto en California como en el Reino Unido; producimos cinco álbumes propios, y creamos mú‑ sica y efectos para distintas películas (entre ellas, La semilla del diablo, Apocalypse Now, La invasión de los ultracuerpos y Performance) y series de televisión (como Misión imposible, En los límites de la realidad y Embrujada). Estábamos tan ocupados con una sesión tras otra (a veces, llegábamos a hacer ochenta horas a la se‑ mana) que la única fecha de grabación que recuerdo con cla‑ ridad es la del día que trabajamos con The Doors en Strange Days. Al principio de la sesión, la música estaba cargada de firmeza y energía. No obstante, a medida que transcurría el tiempo a lo largo de aquella larguísima tarde, las pistas se hacían más fragmentadas y parecían desmoronarse. Cuando por fin me di cuenta de que el deterioro no era consecuencia del cansancio, juré que nunca volvería a tocar las drogas. Co‑ rría el año 1967. A Paul y a mí nos encargaron elaborar una serie de álbu‑ mes para Warner Brothers en 1968. El primero de ellos, titulado In a Wild Sanctuary, sería la primera obra musical en incluir largos fragmentos de sonidos de la naturaleza como parte de la orquestación, y también la primera en presentar la ecología como tema. Sin embargo, ser los primeros signi‑ ficaba que nosotros mismos tendríamos que ocuparnos de recopilar los sonidos. Paul, que se mostró reticente a despo‑ jarse de su traje cruzado azul de sarga y de sus zapatos de cordones (su indumentaria diaria, incluso en los días más sofocantes de Los Ángeles), se negó a hacer el trabajo de campo y me dejó a mí la tarea. El escritor Thomas Hardy decía que había encuentros ca‑ suales que alteraban el curso de nuestras vidas. Un encuen‑ tro casual con otra persona. Una carta perdida o que nunca 26
llega a leerse. Los intensos colores del atardecer. Una inter‑ pretación musical. En aquel primer proyecto había muchas posibilidades de que se diese una casualidad hardyana de ese tipo. Y allá me fui, con una grabadora compacta portátil y un par de micrófonos, dispuesto a registrar los sonidos de la ciudad y los alrededores de San Francisco, donde vivía en aquel entonces. En octubre, no se oían muchos cantos de pájaros por la zona, puesto que la mayor parte de las aves ya habían abandonado el nido, habían migrado o guardaban silencio. Aun así, en el pre‑ ciso instante en que activé la grabadora en el resplandeciente parque de Muir Woods, un hermoso día de otoño de 1968, el espacio que me circundaba transformó mis sensibilidades acústicas. Por fin había desaparecido la niebla del verano, y varios rayos de una luz otoñal jaspeada perforaban las co‑ pas de las antiguas secuoyas rojas. El tenue ambiente que se oía en el bosque, un murmullo constante y reconfortante solo interrumpido por unos cuantos aviones de pequeña en‑ vergadura y algún que otro automóvil distante, procedía de una suave brisa que corría por lo alto de la arboleda. Si bien al principio estaba bastante asustado por estar solo, aunque fuese en un bosque controlado como el de Muir Woods, la quietud se apoderó de mí y me sosegó. Como si de unos prismáticos se tratase, mis micrófonos y cascos transportaron el sonido a un plano más cercano e íntimo, y me presentaron un sinfín de vívidos detalles que eran completamente nuevos para mí. Un pequeño grupo de pájaros atravesó volando por las alturas el espacio de la grabación en estéreo, de derecha a izquierda, creando una mezcla diáfana de zumbidos y silbidos con los tonos pe‑ netrantes en lenta cadencia de sus alas ondulantes. Gracias a mi sistema de grabación portátil, no sentía que estuviese 27
escuchando como un observador distante; al contrario, es‑ taba inmerso en un nuevo espacio, lo cual me convertía en una parte integrante de la propia experiencia. Aquel fue uno de esos momentos hacia los que uno sale corriendo con los brazos y la mente totalmente abiertos, con miedo a que ter‑ mine y con el convencimiento de que acaba de experimentar una sensación que siempre va a anhelar. Allí, solo, sentado en el suelo con mi grabadora, tratando de parecer pequeño y pasar desapercibido, me sorprendía con cada nuevo sonido. Muchas de las sutiles texturas acús‑ ticas que me rodeaban resultaban impresionantes a través de mis cascos estéreo, cuyos ajustes afiné al máximo, con el objeto de no perderme nada. El impacto fue inmediato y contundente. Las impresiones de ligereza y espacio eran cautivadoras y brillantes. El ambiente se transformó en pe‑ queñísimos detalles que nunca habría captado valiéndome solo de mis oídos: los sonidos de mi respiración; el leve mo‑ vimiento de un pie que se recolocaba en una posición más cómoda; una aspiración fuerte; el aterrizaje de un pájaro, que levantaba las hojas al posarse en el suelo cerca de mí y que luego volvía a alzar el vuelo, alarmado, empujando el aire al batir las alas y formando ráfagas cortas y rápidas. Ya entonces comprendí que los sonidos de la naturaleza podían contener un enorme y valioso cúmulo de informa‑ ción que se mantiene a la espera de que alguien lo descifre. No obstante, a aquellas alturas de mi vida, todavía no había tenido la oportunidad de comprobar que el mundo natural estaba abarrotado de conversaciones gloriosas. ¿Cómo iba a saberlo? Muchas personas ni siquiera diferencian las acciones de escuchar y oír. Una cosa es oír de manera pasiva y otra muy distinta es ser capaz de escuchar con una actitud activa y una conexión plena. 28
Mis oídos oían los sonidos con indiferencia, pero no estaban preparados para distinguir las diversas sutilezas de los indó‑ mitos medios naturales. Siempre había utilizado los oídos como filtros (para excluir el ruido), más que como portales que permitiesen la entrada de ingentes cantidades de infor‑ mación. Un buen sistema de micrófonos me permite dife‑ renciar entre lo que percibo cuando escucho y lo que puedo llegar a apreciar si aguzo aún más el oído. A través de los cascos, oigo retazos del tejido auditivo con una claridad tan espectacular que aún me sorprende la cantidad de detalles que antes quedaban fuera de mi alcance. Un par de micró‑ fonos estéreo transforma el espacio acústico: cuando subo el volumen un poco por encima de lo que soy capaz de oír sin ningún tipo de asistencia, me invade una sensación que pare‑ ce de otro planeta, la misma que deben de sentir las personas que se dedican a la astronomía cuando reciben imágenes de explosiones de supernovas captadas por el telescopio Hubble en los confines más remotos del Universo. Dorothea Lange, la fotoperiodista estadounidense de la época de la Gran Depresión, decía que una cámara es una herramienta para aprender a observar sin una cámara. Pues bien, una grabadora es una herramienta para aprender a es‑ cuchar sin una grabadora. Cuando oí por primera vez un coro del amanecer primaveral, que por fin retrataba el esce‑ nario visual con una banda sonora a su altura, amplificada por medio de los cascos, enseguida caí en la cuenta de que, con mis oídos descentrados, llevaba toda la vida perdiéndome una parte exquisita de la experiencia que nos ofrece el mundo real. Con la amplificación de los sonidos, encontré un camino para descifrar el lenguaje de la naturaleza de unas maneras a las que, de otro modo, mi oído musicalmente adiestra‑ do y «cultivado» no podría llegar. Allí sentado, grabando, 29