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La cocina de Toto Murube

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JOSÉ A. RAMÍREZ LOZANO

PABLO OTERO

La cocina de

MURUBE


La letra con pollo entra

Toto Murube siempre estaba en una nube. Toto era un mendigo ambicioso que soñaba con ser cocinero algún día y elaborar los mejores platos. Se le hacía la boca agua cuando miraba las tartas en los escaparates y olía el humo picante de las cocinas de los bares. Toto pasaba el verano en mitad de la calle, a la sombra de una acacia en flor. Y el invierno, bajo los soportales del Banco del Negocio, toda la noche dormido en una caja de cartón enorme, lo mismo que un frigorífico. –Tu vida está en el pueblo, Toto –le decían los demás mendigos–. Anda y vuélvete a Medina, Toto. Aquí te vas a helar. Toto era de Medina del Puerto, una aldea de la sierra. A Toto ya no le quedaba frío en el cuerpo. Su padre fue carbonero y Toto había pasado en la sierra todo el frío de su vida. –Anda y vuélvete,Toto. 7


–Que no –les contestaba con rabia–, a Medina yo, jamás. A ver si te enteras de una vez: quiero ser cocinero en Madrid. –¿Tú cocinero? Pero si no sabes leer. ¿Cómo te las vas a arreglar para hacer una sopa de letras? Era verdad. Toto nunca había ido a la escuela cuando pequeño y ahora no lo admitían en ningún curso de cocina por eso, por analfabeto. Así que se pasaba el día en la calle con un gorro viejo de cocinero que le había regalado don Pablo Sanz, el dueño del restaurante Los Gallos. Don Pablo Sanz era el hombre más informado del mundo: leía seis periódicos cada día mientras sus camareros servían las mesas. Cuando cerraban, don Pablo le daba siempre a Toto un pedazo de pollo o un filete de pez espada liado en un papel de periódico que acababa de leer. Toto lo agarraba con sus manos sucias y las letras de las noticias se le pegaban al filete, lleno de aceite. De manera que Toto no paraba de comer letras todos los días. Y tantas y tantas letras fueron las que se tragó con la pechuga de pollo y el pez espada que acabó haciendo la digestión del abecedario. Y hasta le alimentó. A los pocos meses, Toto se dio cuenta de que podía leer sin esfuerzo y entonces acudió a don Pablo. –¿Sabe usted que ya sé leer, don Pablo? –¿Leer, tú? –se extrañó el dueño de Los Gallos–. ¿Es que has ido a la escuela por la noche, muchacho? 8


–No. Fueron los periódicos, las letras de los periódicos que usted me daba con el pollo, que me las fui tragando y, por lo que se ve, me han alimentado. –No puedo creerlo. A ver, lee aquí. Don Pablo le puso un periódico delante. Toto apuntó con su dedo índice el renglón y comenzó a leer. –«Hoy han llegado a las playas de Canarias dos pateras más con sesenta y dos inmigrantes subsaharianos, dos de ellos niños...» Don Pablo se quedó asombrado y a partir de aquella misma noche le dio trabajo como pinche en la cocina del bar.

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Escritor de recetas

Al principio la cocina le entusiasmó. Ahora, por fin, podía comer caliente. Y liar las croquetas con sus propias manos. Y empanar las pechugas. Y enrollar flamenquines de queso, con lo que le gustaban. –¡Dos de calamares, Toto! –Le metía prisa Periquín el camarero. –Marchando –se las ponía él. Y al momento, Periquín otra vez. –¡Dos de gambas al ajillo, Toto! Y otra: –¡Pechuguita a la plancha, una! Y otra: –¡Media de croquetitas, chaval! Y así un día y otro día. Hasta que se hartó. Aquellas recetas le aburrían. Eran las recetas de siempre hechas a toda prisa 11


y sin gusto. Toto soñaba con recetas nuevas, recetas como las de los grandes cocineros que había visto por televisión. Más, aún más. Toto quería hacer recetas mágicas y creativas que cambiaran la vida tan aburrida de los restaurantes de todo Madrid. –Que me voy –dijo quitándose de repente el mandil y el gorro. –¿Que te vas? –levantó los ojos del periódico don Pablo–. ¿Qué vas a hacer sin trabajo, muchacho? –Escribiré. –¿Escribirás? Mira que de escribir no se come, Toto. –Escribiré recetas de cocina –le contestó resuelto. Entonces don Pablo cerró el periódico y se quedó mirándolo pensativo. –Mira, como eres un muchacho listo –le dijo–, te voy a dar otra oportunidad. Tráeme un par de esas recetas. Si tenemos éxito con ellas te doy parte en el negocio del bar. ¿Qué te parece? –Se las traeré. Se lo prometo.

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Toto Murube no había tenido suerte en la vida; de condición humilde, no pudo estudiar, ni siquiera había aprendido a leer. Quizás por eso Toto Murube era un mendigo más, vagando en la gran ciudad. Alguna noche, mientras dormía en el suelo del cajero de un banco, Toto Murube soñaba que su suerte cambiaría y que llegaría a comerse el mundo. Qué ingenuo, ¿verdad?

Aunque… a veces, la realidad supera hasta los mismísimos sueños.


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