PRÓLOGO Basándose fundamentalmente en tres documentos escondidos en un viejo armario y encontrados durante la última restauración de la Casa Grande de Romarigães –también llamada Quinta de Nuestra Señora del Amparo–, Aquilino Ribeiro (1885-1963) nos presenta en esta obra una historia novelada, la crónica de una historia local que contiene todos los elementos característicos de una novela, o más bien de varias pequeñas novelas –con su exposición, nudo y desenlace–, reunidas en un conjunto que, salvando las distancias en tiempo y estilo, podríamos comparar con la moderna novela de reportaje, donde la presentación fiel de una realidad dada va unida a la interpretación que le imprime el autor. Este es el caso de Aquilino Ribeiro quien, en La Casa Grande de Romarigães, nos ofrece la turbulenta historia de un linaje a través del excelente uso de la narración, la descripción y el diálogo, expresados en un estilo de alta calidad poética donde el tono va desde lo grave hasta lo abiertamente irónico y humorístico. Nacido en Tarregal de Tabosa (Beira Alta), en 1885, Aquilino Ribeiro puede catalogarse como uno de los mejores escritores portugueses de todos los tiempos, especialmente del siglo xx. Después de haber realizado estudios de Filosofía y Teología en Viseu, se encuentra en Lisboa en el año 1907 vinculado al ambiente revolucionario de una época en la que la lucha entre los partidarios del rey Carlos y los republicanos 7
culminó con el asesinato de aquel en 1908 y con el triunfo de estos en las elecciones de 1910. Debido a una explosión producida en su habitación, donde guardaba cierta cantidad de dinamita para el Comité Revolucionario, es detenido, pero logra escapar y trasladarse a París, donde frecuenta la Universidad de La Sorbona. Allí, en tierras francesas, escribe sus primeros cuentos, publicados en su primer libro titulado Jardim das Tormentas (1913). De regreso a Portugal en 1914, en medio de un clima de inestabilidad y agitación políticas –de 1911 a 1919, ningún presidente de la República Portuguesa logró cumplir hasta el fin su mandato de cuatro años–, trabaja como profesor en el Liceu Camões y de allí pasa a la Biblioteca Nacional, donde trabaja como conservador hasta 1927. Desde la publicación de su primer libro en 1913, la vida literaria de Aquilino Ribeiro es en extremo fecunda: A Via Sinuosa (1918), Cinco Reis de Gente (1918) O Homem que Matou o Diabo (1930), Lápides Partidas (1945), O Arcanjo Negro (1947), o Uma Luz ao Longe (1949) son solo algunas de sus obras más conocidas, entre las cuales debemos destacar La Casa Grande de Romarigães (1957). El tema de este libro –como ya se dijo– se basa en tres documentos antiguos que datan del siglo xvii y abarcan hasta el xix, donde las plumas de tres cronistas, entre ellos dos sacer dotes, narran de forma fidedigna los acontecimientos más notables ocurridos en la Casa Grande desde su creación, así como la vida de sus señores y dueños, representantes de ese linaje familiar, cuya historia constituye el argumento central de esta crónica novelada y, por último, las cartas de amor de «dos amantes verdaderos»; prueba gráfica de un amor pecaminoso y adúltero que produjo una verdadera conmoción entre los personajes reales que, de forma directa o indirecta, lo vivieron en todas sus catastróficas dimensiones. 8
Porque la historia de la Casa Grande es, en general, una historia trágica. Iniciada con otro amor pecaminoso, protagoni zado por el reverendo Gonçalo da Cunha, abad de Santiago de Romarigães y de San Paio de Agualonga, y por Maria Roriga, una sencilla joven de Rubiães, la vida que a través de los años y de los siglos transcurre en esta quinta de la parroquia de Romarigães, comarca de Paredes de Coura, en las tierras portuguesas del Minho, no es sino la concatenación ininterrumpida de una serie de hechos accidentados y turbulentos, de pasiones y muertes violentas, de períodos de esplendor y de ruina, de sucesos cargados de aventura y dinamismo, que recuerdan en muchos casos situaciones y personajes de Shakespeare, Cervantes, Molière y Dostoyevski. Desde la misma creación en 1618 del morgadio1 de la Casa Grande, en que a través de los siglos la hidalguía se transmitía por la línea del varón, el ambiente de la época se hace patente en todo momento desempeñando, pudiéramos decir, el papel de un personaje central cuya influencia y peso mueven los hilos de una trama compuesta tanto por elementos externos como por los internos inherentes a cada una de las personalidades que en ella actúan. Así, la ocupación de Lisboa por el ambicioso Felipe II de España, el descontento popu lar por ello provocado y la liberación del yugo español en 1610 permean toda la primera parte de este libro. Posteriormente, y durante la sucesión en el morgadio de los descendientes del abad iniciador de esa línea, que alcanza a veces la estatura de una dinastía –Domingos da Cunha, Luís da Cunha Antas, Fernando Luís de Mendonça, Luís António de Antas de Azevedo y Meneses, Telmo de Montenegro Antas de Mendonça y Meneses y António Telmo da Cunha Antas Meneses 1
Bienes heredados por derechos de primogenitura. (N. de la T.)
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y Montenegro, último representante legítimo del linaje–, el autor nos va situando en el marco socioeconómico y político correspondiente a cada etapa: período de la monarquía absoluta en Portugal, cuando a finales del siglo xvii este país se ve paulatinamente opacado por las demás potencias colonizadoras; reinado de José I (finales del siglo xviii) y momento de las poderosas reformas del marqués de Pombal; invasión de Portugal por las tropas francesas de Napoleón dirigidas por Junot; huida del rey –futuro Juan VI– hacia Brasil (1808); levantamientos y disputas provocados por la influencia de la Revolución francesa; elaboración y destrucción constante de cartas y constituciones; lucha entre realistas y republicanos (finales del siglo xix), etcétera. No obstante, Aquilino Ribeiro no limita su pluma a la simple narración de hechos históricos: dentro del drama de la Casa Grande, dentro del conflicto existencial de cada uno de esos hombres y mujeres que actúan movidos por intereses casi siempre mundanos y vulgares, ambiciosos y egoístas, inserta su propia visión, su concepción particular, como escritor, de muchos problemas inherentes a cada época y a cada uno de esos individuos que, pese a estar constreñidos en el marco agreste de las tierras miñotas, alcanzan una vigencia universal. De esta forma, las características típicamente feudales de la sociedad rural portuguesa de toda esa época, anacrónicas en comparación con el resto de Europa y que solo se eliminarían casi a mediados del siglo xix (explotación de los arrendatarios; siervos que, si no pagaban sus tributos en el plazo establecido, eran expulsados judicialmente de sus tierras; utilización de la mujer por el señor como vehículo para la satisfacción de sus apetitos sexuales; posición subordinada de esta con respecto al hombre; miseria y desocupación en las aldeas; influencia, 10
poder y falsedad de la clase sacerdotal, de curas que se venden por «miel, aceite y huevos»; mentiras irónicamente justificadas como las del padre Tirteu y del propio Gonçalo da Cunha, «ilustre» iniciador del linaje; voluptuosidad de estos y de cada uno de los llamados defensores del catolicismo –que, según palabras del abuelo gallego don Telmo, tenían virtudes y defectos en diminutivo que los hacían ser «honraditos», «buenitos» y hasta «ladroncitos»–, así como la práctica de compraventa de esclavos negros y moros e incluso el entreguismo de la naciente burguesía portuguesa al invasor francés como medio de proteger sus intereses), no son sino algunos de los elementos presentes en esta obra que debemos, tanto a la fiel transcripción de las crónicas utilizadas como a la creatividad literaria de Aquilino Ribeiro. La propia importancia del linaje como factor que rige los actos del caballero, de la familia convertida en célula esencial de la sociedad como resultado de la inseguridad provocada por el debilitamiento de las monarquías, del apellido común –en este caso, Cunhas y Antas o Meneses y Montenegro– como agente de cohesión típico de la aristocracia desde la primera mitad del siglo xi son rasgos que contribuyen a permear toda esta obra de ese ambiente predominantemente feudal antes mencionado. Por otro lado, uno de los pasajes más extensos del libro –vida y muerte de Luís António de Antas y Azevedo y Meneses, otro de los tortuosos dueños y señores de la Casa Grande– está dedicado a la narración de un momento particularmente agitado y desordenado de la historia de Portugal: la lucha por el poder entre don Miguéis, don Pedro y doña Maria II, y la guerra civil desatada en el pueblo entre los constitucionalistas, por una parte, y los miguelistas, partidarios de 11
la monarquía absoluta, por otra. En este sentido, como hemos visto, esta obra adquiere en toda su extensión una gran importancia desde el punto de vista histórico, coyuntura que el autor aprovecha para transmitirnos nítidamente –en un lenguaje riquísimo que va desde lo clásico hasta lo moderno, con la incorporación de diversos neologismos– los valores sociales, políticos y económicos de varias épocas, así como los rasgos psicológicos de los seres humanos que las componen; seres humanos complejos y contradictorios que, arrastrados por sus afectos y defectos, por sus pasiones y sus vicios, conducen, finalmente, a la Casa Grande y a su capilla a la ruina y destrucción totales; al olvido de su patrona, la Virgen de Nuestra Señora del Amparo y, en 1891-1892, al traspaso legítimo de la propiedad, como consecuencia de una inesperada venganza, a manos ajenas a ese linaje de los Cunhas y Antas, de los Meneses y Montenegro, eje convulso y corrompido de toda esta dramática historia. Por todo ello y por la altura literaria de un escritor del siglo xx como Aquilino Ribeiro, comparable con la de escritores portugueses del siglo xix como Camilo Castelo Branco y Eça de Queirós, podemos decir que La Casa Grande de Romarigães constituye uno de los retratos más fieles de varios siglos de historia portuguesa, narrada aquí mediante una fórmula que un periodista como Cruz Malpique, del diario Noticias de Romarigães, expresa en pocas palabras al referirse al propio Ribeiro: «Es nacional, sin dejar de ser individual y, siendo individual, tiene credenciales para universalizarse». Julia Calzadilla Núñez
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Cuando se procedió a la restauración de la Casa Grande, que fue heredad de los Meneses y Montenegro, hubo que demoler paredes de tres palmos y medio de espesor, en los que desde hacía un siglo avanzaba la ruina, la que ocasionaba hendiduras por donde entraban golondrinas con las alas abiertas, y desniveles con tal abultamiento que las paredes se desmoronaban por horas. En un armario, no mayor que el nicho de un santo, embutido en un lado de la ventana, que la portada, en general abierta, disimulaba tras de sí, se encontró un voluminoso legajo de papeles viejos. Como Cide Hamete Benengeli, no puedo ver un fárrago impreso que no me despierte la curiosidad. Con avidez fui extrayendo cartapacios sin frontispicio y sin índice, entre los cuales se hallaba un Mestre da Vida que ostentaba una dactilomancia densa y salivosa, con las esquinas de las hojas tenazmente plegadas; avisos y recibos de la contribución; un fajo de bulas de la Santa Cruzada de quinientos reales; recetas de botica que, impregnadas de grasa y desgastadas, revelaban haber sido despachadas a menudo; hojitas de años sucesivos, y unos cuadernos de papel grueso que me dieron la impresión de tratarse de chismes. Uno de ellos, doblado longitudinalmente, tendría un centenar de páginas y estaba cubierto por un pergamino que mostraba ya una respetable vetustez. El rótulo, en anchos caracteres floreados, tinta color de herrumbre, advertía, desvanecida pero verbosamente: «Libro que servirá para el registro de las cosas notables que acaecieran en la Casa Grande de Romarigães, 13
también llamada Quinta de Nuestra Señora del Amparo. Con un epítome del origen, fundación, sitio y nobilísimo árbol de sus mayorazgos, por el padre Sebastião Mendrugo, de la Casa de la Cachada, y su capellán. Año de gracia de 1680». Eché una mirada ociosa al palimpsesto después de tomar conocimiento del título. Poco faltó para que las chiquillas del arrendatario le ripiaran las páginas para envoltorio de los husos, cuando hilan en la rueca. Descifrando aquí unos períodos, allí otros, de una caligrafía que obedecía a un sentido interior geométrico muy diferente del de nuestros días, para desvanecerla más en el papel de trapo, amarillento y manchado, me pregunté por qué nos podía interesar la vida de unos hidalgos como tantos otros. En realidad, crónicas de este jaez no siempre son las más edificantes. Pero era enternecedora la sencillez con que el historiógrafo rememoraba las veladas pasadas hasta altas horas; espíritu tendido sobre la pluma de ganso como el labrador sobre la mancera del arado, con los ojos doliéndole por la llama reverberante en el latón de la lámpara de tres picos. Fue este sentido de cortesía, que las personas de edad tienen por todo lo que ocupa un lugar en el mundo y significa inflamarse en sus almas la luz de la piedad, lo que lo salvó. El relato del reverendo Mendrugo se extendía por altos y compactos pliegos, a decir verdad, con una letra deslumbrante, dentro de cuyos arabescos cabían períodos enteros de Lima Bezerra, que transitó por este camino, y acostumbraba a hacerlos largos como leguas. El otro manuscrito, en letra hermosamente torneada, se intitulaba Vida de don Luís António de Antas y Meneses, sargento mayor de Milicias y procurador a las Cortes de 1828. Por lo que desprendía del estilo, abundante en ciencia heráldica 14
y genealógica, era obra de un linajista del Alto Minho, tan amigo de Dios y del rey como enemigo de los malhados,2 el señor Manuel Afonso, de Venade. Su personalidad de cronista meticulosamente fidedigno, al día con la patria y su partido, resaltaba por el esmero con que redondeaba la panza garrafal de las letras y proyectaba las astas hacia el cenit. En suma, en la caligrafía, ora derecha como lanzas, ora plena y pomposa como calabacines, se pintaba el hombre como dicen que sucede a los pintores cuando hacen retratos. Una fe, ora hirsuta, ora serena y suave, se exhalaba de la prosa que solo la copera esotérica de la Casa Grande había permitido hurtar a los aires del liberalismo triunfante. El tercer cuaderno tenía aspecto de copiador; copiador de cosas diversas, con una escritura igual, muy indolente y de trazos vistosos, como las hileras de maíz de esta comarca fértil. Era el vasto depósito de una infinita hojarasca, anécdotas, documentos notariales, críticas a libros por el padre José Agostinho de Macedo, señal de que el escriba tenía inclinaciones de literato, y hasta cartas de amor. Estas ostentaban un título autónomo dentro del vasto almacén de desperdicios: Cartas de dos amantes verdaderos. En cuanto a los autores de tal correspondencia, por deducción, a la vista de ciertos documentos y papeles, no tuve dudas en concluir de quiénes se trataba. Gracias a otros informes de diversa procedencia, se aclaró finalmente el romance; un Durante las guerras liberales se les llamó concurdas (chepudos) a los absolutistas, por sus exageradas reverencias al rey Miguel I. A los partidarios de su hermano mayor, Pedro I de Brasil y IV de Portugal, se les llamó malhados (manchados) porque una mula malhada (pinta), levantándose sobre sus patas traseras, había tirado al rey don Miguel al suelo. (N. de E.)
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romance silencioso y profundo como las aguas de los grandes ríos y, por lo mismo, lleno de gusto, no obstante, su acerbo pecado. De modo que, en gran parte de este libro, no hice más que seguir el rumbo de los cronistas que tengo por veraces, una vez que no tenían interés en ser mentirosos. El padre lo era, por natural, franqueza y deber de oficio. Los demás, ¿qué ganaban en prestar un falso testimonio cuando no los requerían en la sede del pretor? Finalmente, las últimas y extravagantes páginas del libro son de mi producción. A las demás les sacudí el moho del tiempo y reaté el hilo de Ariadna, interrumpido aquí y allí. Está de más decir que inutilicé mucho material, glosas, apostillas, consideraciones baratas y vagas, todas ellas rezumando una filosofía de bolsillo, incompatibles con la era de Einstein y de los aviones a reacción. Los antiguos tenían respiración de ballena e ignoraban el valor monetario del tiempo, así como el valor higiénico de la coma y del punto y coma. En materia de estilo, mi pluma pasó por encima como la plancha eléctrica sobre la camisa cuando vuelve del tendedero. Que me juzguen si algún día hubo un escritor más fiel al asunto y a las fuentes históricas; que me corten la mano que engañó. Sin embargo, quiero confesar mis pecados. Un colega académico de Argamasilha o profesor de Coimbra, ya no sé bien, a quien leí algunos capítulos de este libro, exclamó, más que juicioso, absolutamente salomónico: –Pero, en definitiva, ¡lo que usted hizo fue una novela!… –¿Una novela? ¡Dios me libre! Mi ambición fue muy diferente. Esto es una monografía; historia local; historia novelada, si se quiere, pero novela, ¡Dios me libre! Pobre de mí 16
si me deslicé por tales enredos y laberintos. En la novela, el escritor escoge los episodios; en la historia, son los episodios los que se ofrecen. Están relacionados, no hay que huirles. Ahora bien, lo que intenté fue desempolvar viejos y particularísimos sucesos que, por lo demás, poco pesarán en la marcha del mundo. ¿Novela?… Si me salió una novela, me ocurrió lo mismo que a un triste y tosco carpintero de mi pueblo, de quien todo el mundo se burlaba, seguramente por divertido milagro del Espíritu Santo: estaba haciendo una escudilla para el perro y le salió una guitarra. Aquilino Ribeiro Lisboa, primavera de 1957
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I El viento, que es un personaje libertino y curioso, penetró en el dormitorio, bufó, dio una sacudida. El calabozo parecía desierto. No, señor, alguien dormía medio encorvado, con la cabeza fuera de la cama, y se agitó suavemente. Volvió a soplar el viento. Se agitó en su ropa, produjo incluso un estallido en la tela semirrígida y se inmovilizó. Otro soplo. Esta vez el piñón, como un negrito de Guinea con el taparrabos agitándosele, se liberó de la celda y se precipitó en el espacio. ¡Qué paracaidista! Caído de tan alto del pino solitario, se balanceó un instante y emprendió un vuelo oblicuo. A medio camino se giró, remolineó, vio las nubes en el ancho cielo, la tierra debajo y, meneando la falda, descendió en espiral. Cayó sobre un peñasco, ligero como una libélula. Pero un nuevo soplo de viento lo lanzó a un lado, casi de golpe, y la aleta, tomando un aliento imprevisto, lo empujó más lejos. Fue a dar a un puñado de tierra, removida recientemente por los limpiadores de matorrales, y allí permaneció en espera de que un chorro de agua o un calcañar humano lo hundiera en el suelo, a menos que una paloma salvaje lo divisara y lo engullera. También allí, cerca, en una tarde gris de octubre, llegó un grajo, revoloteando de chaparro en chaparro, graznando malhumorado como es típico de su raza. En la enagua descolorida, las dos pinceladas de azul, azul intenso, fulguraban para que 19
se supiera que el grajo es también gente distinguida. Traía en el pico una bellota, un poco menor que el pastel que el cuervo solía llevar a la cueva de Daniel, pero para él más importante. Se disponía a comer la merienda bien amargada, cuando su mirada tropezó con el tunante del vecino con quien había peleado durante toda una primavera por causa de la graja que fue después su mujer. Ya el tipo, malo y rencoroso, daba muestras de querer atacar, con las plumas rígidas, las garras desenvainadas y las alas poseídas de frenesí. ¡No había otro remedio que prepararse para recibirlo dignamente! Y dejó caer la bellota. Esta fue a dar a la frente de un viejo tocón, saltó de golpe para un lado y fue a hundirse en un montón de hojas secas. Nadie la veía, como tampoco ella veía el menor fragmento del mundo. Los dos grajos, después de intercambiar muchos gritos de ira y darse unos picotazos, pero sin que corriera la sangre, se separaron. El más pundonoroso se lanzó al suelo en busca de su rica bellota. Buscó, volvió a buscar picoteando de un lado para otro y metiendo por todas partes, zanjas y hoyuelos su ojo astuto y rústico, pero sin descubrir nada. Soltó dos o tres veces su voz rajada conjurando a los dioses por aquel desafuero; perdió la paciencia. Y, protestando, echó a volar, todavía medio confuso por la riña, y se fue a otro encinar donde pudiera saquear. La bellota agraciada había permanecido allí muy quieta, muy bien resguardada en virtud de su propio peso, más enterrada que una bala de cañón después de pasar carretas y carretones. ¿Qué otra cosa hacer sino echarse a dormir? Durmió una hora o una vida entera, ¿quién lo sabe? Un conejillo se apareció sigilosamente, raspó la tierra, hizo un claro, descansó, y ella permaneció debajo, asfixiada, sin poder respirar, en plena oscuridad. ¿Estaba en el fin del fin? Un pellizco, y de 20
su costado salió como una flecha. ¿Era de luz o de vida? ¿Era una fuente o más bien un canto de ave, de agua corriente, de vaina estallando como el sol, de un insecto en su primera mañana, música tocada de la tierra o de las esferas? Era todo esto, encarnado en el fuego inagotable que se abría paso en su costado, verbo que acabó por irradiar del propio misterio de su ser. Del piñón, que un golpe de viento arrancó al dormitorio del pino, y de la bellota, que el ave dejó caer a la tierra, repetido el acto mil veces, se generó la floresta. Acudieron los pájaros, los insectos, los roedores de todas las especies a poblarla. En su suelo, protegido y rico, nacieron las hierbas, cuya semilla flota en el espacio o espera la oportunidad de que los campos incultos germinen. En medio de ellos se abrieron cardos, que son la flor de la amargura, y otras plantas silvestres, flores humildes que por ello constituyen trofeos de victoria. Vinieron los lobos, los jabalíes, los pastores con el ganado, la infinita creación campestre. Faltaba el señor, medio hidalgo, medio patriarca, a la moda de la época. Pues bien, cierta mañana de otoño… Un hombre pasó por allí, y no fue pequeño su asombro. El agua, en un abrir y cerrar de ojos, bajaba de los cerros por muchos arroyuelos, blancos, inocentes y rumorosos, como si echaran una carrera para ver cuál de ellos era el primero en llegar al valle. La tierra era negra y daba muestras de ser fecunda, a juzgar por los matorrales que crecían tupidos, tan altos y densos que eran difíciles de romper, y a cada paso saltaba de los pies un conejillo rechoncho. Como andaba de cacería y muy incómodo por los pertrechos de montero, tenía sed; una sed ardiente a la que no eran ajenos la fatiga del camino 21
de Rubiães hasta allí y el lomo aliñado, sabroso, pero con sal, de su almuerzo. Y, ávidamente, se puso a beber en el primer lugar adecuado que encontró de la linfa que el padre Carvalho considera como la más fina y fría del mundo. Después, satisfecho, sacó el pañuelo, grande como el pendón del Santísimo, y se enjugó el sudor. Echando una mirada a su alrededor, descubrió el embalse que las aguas, al confluir, allí formaban, y sorprendió, fulgurando sus escamas lentejueladas, dos buenas truchas. Libélulas se cruzaban por encima en una contradanza multicolor, pero él no prestó atención a tales bagatelas de la naturaleza. Hijo de campesinos, sin embargo, fue observando la fuerza con que crecía la hierba del prado, aunque se pusieran a comer libremente del rico mantillo la lechuga, la verdolaga, más ávidas que vacas hambrientas. Confundido entre los chaparros, distinguió a un pastor que daba de comer al rebaño y entabló conversación con él: –Buenos días, amigo. ¿Hay lobos por aquí? –Líbrelo Dios. ¿Usted pregunta si hay lobos? Manadas, señor, más numerosas que la sarna. Incluso ayer me llevaron una borrega. La suerte son los sabuesos, que no les dejan llegar al rebaño. El licenciado Gonçalo da Cunha vio dos fornidos perrazos, protegidos por collares de pinchos, que se dirigían a él con paso elástico, apenas conteniendo entre los blancos dientes un gruñido amenazador. –¡Párate ahí, Galizo! ¡Quieto, Mondego! –les gritó el pastor, y se detuvieron levantando las orejas, mirándolo con su indumentaria de montero, pero con cara del tipo de hombre inofensivo. –Pues mucho me cuentas –se dirigió al pastor, quien poco le había contado, señal de que otra operación se le iba desarrollando en el entendimiento–. ¿De dónde eres? 22
–Soy de la Labruja. ¿Y vuestra merced no es el reverendo abate Gonçalo da Cunha? –El mismo. –Lo estaba reconociendo. Lo he visto algunas veces celebrando misas en Santa Maria de Rubiães. –Y, siendo de la Labruja, ¿cómo vienes aquí, tan lejos? –Derecho por Portela son dos saltos. Pero ¿sabe vuestra merced por qué me gusta venir aquí? En estos sitios, el ganado se ceba en un abrir y cerrar de ojos. Mire para el césped. Observe el matorral gallego… ¿Eh? Tierra que ni unto. –Es cierto, es cierto. ¿De quién son estos montes? ¿Del bisconde, por casualidad? –Son del bisconde, pues ¿de quién habrían de ser? Decía mi padre, que en gloria esté, que en las tierras del bisconde nunca se pone el sol. Ni siquiera él sabe dónde empiezan y dónde terminan. Todo esto es tierra de Coura, y también la llaman Couto de Fraião. Mientras tanto, allí fueron a reunirse los demás monteros, quienes se habían separado con la jauría detrás de una liebre que había doblado por la loma en dirección de Sampaio. Llevaban un halcón y un azor adiestrados en la caza de aves, pero aún no había habido ocasión de soltarlos. A media mañana, un jabalí había saltado hacia los perros desde un espeso matorral. Pero había saltado tan de improviso que apenas lo distinguieron a través del brezal y, en un santiamén, cogió en dirección a Cabração, en cuyos declives, a juzgar por los ladridos espaciados, los perros le perdieron el rastro. Ahora, pese a haber dejado ir a la presa, a cada paso los podencos soltaban su fanfarria y se oían los gritos de los cazadores «¡arriba, agarra!; ¡ahí, sabuesos de porra!», que repercutían vivamente en las circunvoluciones de los oteros, bajo el cielo despejado. 23
El tojo, a ambos márgenes del riachuelo, daba por la cintura de un hombre; alcornoques y encinas enanas crecían en arboledas tan apretadas que la caza se escabullía fácilmente y encontraba buen lugar para ocultarse. El licenciado era un hombre corpulento y bien alimentado. Visiblemente enfadado con la cacería, sube y baja, breña tras breña, avanzó lentamente y cogió por el camino que llevaba de Romarigães a Agualonga. Como es característico del animal que Aristóteles llamaba «político»; es decir, que va siempre cuidando de sí, rumiaba los más diversos asuntos. Entonces le vino a la mente el jabalí que se había escapado cerca del arroyo, y se decía a sí mismo: «No importa: hay más mareas que marineros. Dentro de pocos días, estaré aquí y verás lo que es bueno. Pero es necesario cercar los matos y cortarte la retirada por el lado de la sierra. Tú regresas, ¡claro que vuelves! En la sierra de Arga no tienes bellotas como aquí. ¡La bellota es lo que te va a echar a perder!». Y luego la imaginación lo llevó a otro tema: «¡Qué rica hacienda se haría con estos matos! Hacienda de leche y miel, como sabían hacer los antiguos. Hacienda, haciéndola. Será cuestión de tapiar y, después, de remover la tierra». Al subir por el camino que pasaba por el medio del monte, una bandada de perdices tocó las alegres campanillas. Lo persiguió toda la pandilla, y nuevamente se halló solo bajo la copera espléndida del cielo, tan estañada que parecía tintinear como una vasija de cristal por los mismos ladridos de podencos. Se volvió hacia la gran extensión improductiva, vestido con el traje de lana gris de cazador, pespuntado de alcornoques, encinas y pinos; un tupido bosque al sudoeste, todo creciendo a rienda suelta de la naturaleza, irreprimiblemente, a pesar de los dientes de la sierra y de la tala de los leñadores. El agua 24
relucía aquí y allí en las charcas de la planicie y en los tra mos rectos de los riachuelos, perdida y tan mal empleada, que era abusar de la bondad de Dios no dirigirla hacia donde hiciera crecer flores y frutos. Y el sol, un sol fijo y pesado, del todo genésico, descansaba sobre la tierra a la manera de una gallina clueca sobre los huevos de la postura. «¡Qué buena finca se haría aquí!», volvió a decirse a sí mismo, hijo atravesado de campesinos, a quien la patena y el cáliz no habían hecho perder el sentido de la tierra. En lo alto, sobre el camino, se alzaba con humildad y ternura el nicho de Nuestra Señora del Amparo. Una vez allí, se sentó sobre una piedra en espera de los suyos. Dentro de la caseta, la Virgen, con el niño protegido en el regazo, lo miraba como a todos quienes, tristes o menesterosos, se le dirigían. Aunque fuera la madre solícita de los afligidos y oprimidos, pronta a acudir en su socorro, había una reja de hierro entre ella y los malintencionados. Pero en su rudeza aldeana, con su capota azul, su bata escarlata, observaba a las personas con una mirada clara que, penetrando en las almas, parecía inspirarles obras seguras y fortaleza. Y el licenciado se encontró dirigiéndole una oración; él, que, al decir misa o rezar los responsos, tenía siempre la mente en otros problemas, en otros asuntos, en otros lugares, y de lo que estaba más lejos era de la idea que iba transcurriendo muerta y cadavérica en sus plegarias. ¡Y qué oración era ahora la suya! –Virgen Nuestra Señora del Amparo, buena madre, haga que esta tierra que se extiende ante mis ojos de oriente a occi dente y de norte a sur, tierra a la que asiste con su presencia inefable, llegue a ser mía. Si con su gracia se realizara esta aspiración, le prometo una capillita decente y bonita, en la que la honren y veneren. Imagine, Virgen Santísima, la gloria que 25
le está reservada: ¡será la regia señora de una hermosa y magnífica propiedad! ¡Óigame, emperatriz de los ángeles y madre de los hombres! Cuando llegó su primo Baltasar Canedo de Fróis, de la Casa de Freixieiro, con una perdiz suspendida del pescuezo, Gonçalo da Cunha no se contuvo de decir: –¡Qué rica finca se haría aquí, primo Fróis! Todo lo que se ve es del bisconde… Me parece que bien pudiera arrendarme estas… –No lo creo. Eso es contrario a su práctica. Él vendería. Primo, preséntate como comprador… Y, si bien lo pensó, mejor lo decidió. Al día siguiente, se encaminó a la sierra –cabalgada de tres horas–, rumbo a Vila Nova de Cerveira, donde por entonces tenía su residencia el importante señor. Sus privilegios de hidalgo de pendón y caldera eran ilimitados. La casa tenía poder semejante a la del rey para nombrar a oficiales en todo el Couto de Fraião. Un documento rezaba así: «Por encontrarse vacante el puesto de juez en mi concejo de Coura, tengo a bien otorgar el cargo a Alonso Ruiz»… A pesar de la extensión de sus dominios, las rentas eran pobres y cobradas tarde y en malas horas. Algunos arrendadores extraían de las tierras diez veces más productos de los que, en definitiva, se contabilizaban. ¿Quién podría creer que, en algunos años, sacara en rentas, privilegios y diezmos, contados con la mano izquierda, menos de dos mil alqueires?3 Tenía, sin embargo, sus vasallos, gente brava para la guerra, capaz de librar una batalla con los dientes, y presentaba a curas y abates en todas las feligresías, aparte de las que pertenecían Antigua medida portuguesa de capacidad, pero también cesta que se colocaba sobre las caballerías, a modo de alforja. (N. de la T.)
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a los herederos del doctor Gabriel Pereira de Castro y a los Barbosas de Lima, sin incluir a San Miguel das Porreiras con sus dos parroquias que dependían de la vicaría de la Mitra. En la de Romarigães, también, la jurisdicción se repartía entre el abate de San Paio de Agualonga y el arcediano de la Labruja. Era, además de todo, por tradición, posesiones y prestigio, el hidalgo más temido de la comarca de Entre-Douro-e-Minho, como se vio en la violenta refriega que sostuvo con los vecinos de Ponte de Lima, a quienes no les quedó más remedio que aceptarlo como gobernador. El bisconde, además de pariente del licenciado Gonçalo da Cunha, era su amigo. Cuando supo de la demanda, que este disimulara con el pretexto de querer tener su propio coto de caza, el hidalgo objetó: –Yo las mando vedar para si, reverendo primo. Podría ser que se me ocurriese también desbrozarlas –observó con timidez. –Si es para eso, le voy a dar un consejo: no me pida que le ceda esos matos; cómpremelos. Se los vendo. Para mi primo, los vendo con los ojos cerrados. –De acuerdo. –Entiéndase con el mayordomo. Y así se hizo. En debida forma, con el sello del vizconde, adquirió por una bagatela la gran extensión de tierra, con todos sus oteros, arroyos, matorrales y arboledas, libres y alodiales, y que iban, por el este, de la Portela Pequena de la Labruja, a través de la sierra de los Matações y buena parte del arroyo de los Ermos, hasta la intersección, por el sur, del valle y de las estribaciones de la sierra de Cabração en el camino de São Martinho de Coura por el norte, todo el arco de montes que se prosternaban sobre la vieja vía que conducía de San Roque 27
a Ponte de Lima y limitaban al oeste con el realengo de la Freita. «¡Ni que fuera un condado!», le decían las letras rojas del misal, al leer la epístola, en el santo sacrificio del Tercer Domingo.
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II Los cuervos, que aquella mañana servían de correo entre la sierra de Arga y la Labruja y vieron aquella faena en la vega de Romarigães, graznaron: –¿Tendremos guerra otra vez? En el monte, las picazas y los caballitos del diablo se fueron para otros lugares. Se callaron las tórtolas en la cúspide de los pinos y las abubillas se quedaron a la expectativa, con las peinetas en alto como sevillanas en una plaza de toros. De allí se fueron los pastores con su ganado para otros sitios, perplejos: –¿Nos tenemos que ir, entonces? ¿Para siempre? –Sí, señor, para siempre. ¡Esta tierra es ahora del licenciado reverendo Gonçalo da Cunha! En efecto, una cuadrilla de hombres, provistos de palancas, palas y piquetas, rompía una pedrera en los flancos del monte. Otra trataba por el sur de abrir los fosos del muro que rodearía la hacienda adquirida en el coto del vizconde de Vila Nova de Cerveira. Unos expertos en agrimensura trazaron la línea circundante y establecieron la mejor área para la heredad, las viviendas de siervos y los establos. Todo lo presidía el nuevo propietario, febril, activo, previsor, sin reparar en gastos, tanto más cuanto que acababa de recibir en los términos de Insalde la jugosa herencia de una tía, que se había dignado hacerlo legatario 29