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comienzos de los años treinta del siglo XX, Kembo, un león joven y solitario, paseaba a su antojo por las selvas de Baba Kamo, un lugar remoto del Este de África. Como era y es, incluso ahora, normal entre los leones, Kembo no entendía ni de fronteras ni de pasaportes. Por eso se complacía en aterrorizar a la tribu de los Babalunga y, al día siguiente, a la de los Kamolongos, que habitaban en una aldea muy alejada de la de los primeros, a más de cien kilómetros de distancia. Lo que más le agradaba era agazaparse entre los juncos y sorprender, con un imponente rugido, a las mujeres Babalunga, que por las mañanas hacían la colada en la orilla del río. En consecuencia, todas huían despavoridas...
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También disfrutaba muchísimo cuando, por la noche y con absoluto sigilo, penetraba en la choza del jefe de los Kamolongos y lo despertaba mordisqueándole los dedos de los pies. Se puede decir que ni los Babalunga ni los Kamolongos vivían tranquilos.
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Hay que añadir que el impertinente felino se lo pasaba en grande persiguiendo a un clérigo británico y a su hija que, además de predicar, se dedicaban a fotografiar las diferentes especies de árboles y matorrales que crecían en Baba Kamo. Y, asimismo, no se libraba de sus ataques un viejo coronel francés, veterano de la Primera Guerra Mundial, enviado a aquel sitio tan apartado y olvidado para instruir, según las ordenanzas militares europeas, a las tropas unificadas de los Babalunga y de los Kamolon6