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¡Qué lentas transcurren las horas en el hospital! No consigo acostumbrarme a esta luz fría, a este olor que impregna cada uno de los objetos, a esta atmósfera colmada de dolores anónimos, a este extraño silencio que va colonizando los pasillos y las habitaciones a medida que avanza la noche. Mamá duerme, ajena a todo, incluso a mi presencia. A veces murmura palabras que no logro entender, por más que me acerque a su boca. ¿Qué puede soñar una persona con el cerebro deteriorado? ¿Qué retazos de vida pasarán por su cabeza cuando sueña? He leído en algún lugar que, cuando nuestros padres desaparecen, comenzamos a echar de menos no haber conversado más con ellos. Nos abandonan, y con su ausencia se desvanece también la historia de los años que vivieron, las alegrías del tiempo en que eran jóvenes, cuando el azar los reunió, los momentos en que experimentaron el dulce desvarío del amor, la etapa que compartieron antes de
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nuestro nacimiento… Los envuelve el fin de los tiempos, su mundo se esfuma. En el caso de mis padres, ese mundo también era el mío, pues viví a su lado la infancia y la adolescencia, años decisivos para cualquier persona. De esa época tan solo conservo unas cuantas fotografías y un puñado de recuerdos, los míos y los que ellos me transmitieron mientras estuvimos juntos, aunque en aquel entonces yo era muy joven y mis inquietudes navegaban por otros derroteros. Mi mayor deseo era exprimir los días, viajar lo más lejos posible y después ver qué me sucedería al llegar. Papá y mamá siempre estarían al alcance de mi mano, ya habría tiempo de prestarles atención. Estaba equivocado, como nos ocurre tantas veces cuando somos jóvenes. Con papá se me negó ese tiempo; su prematura muerte desbarató todos mis propósitos de hablar con él largo y tendido. De natural callado, en muy contadas ocasiones le escuché narrar fragmentos de su pasado, esos que ahora me gustaría conocer. Por ejemplo, la última vez que vio a sus padres en el puerto de Santurce, desde el barco que lo llevaba a La Rochelle, junto con su hermana Tina y los demás niños embarcados para alejarlos de la guerra. O cuando regresó, reclamado por su abuela materna, que se llamaba Federica y vivía en Bilbao, una fanática religiosa con la casa repleta de imágenes de santos que le amargó la juventud con el recordatorio constante de que era hijo de rojos, como si eso fuera un pecado original que nunca
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conseguiría borrar. «Creo que me acogió porque se sintió obligada. Mi abuela no me quería, o no me quería tal como era. Y no perdonaba que Tina se hubiera quedado allí», recordaba papá. O cuando a los catorce años comenzó a trabajar de aprendiz en Gráficas Rekalde, el lugar donde se formó en el oficio de tipógrafo. Las demás historias de su vida ya no las conocí de primera mano sino que me las contó mamá. Y de otras, relacionadas con su actividad clandestina y su firme compromiso político, me fui enterando por Euclides, que conservó la lucidez hasta su muerte. Gracias a él descubrí el papel que ambos desempeñaban en el Partido, y los estrechos lazos de amistad que los unían, así como las penurias que sufrieron durante los años en los que se vieron obligados a huir de casa y a permanecer ocultos. Tras el fallecimiento de mi padre, mamá vivió sola en el piso que ambos habían compartido los últimos años. Cuánto me arrepiento ahora de no haber hablado más con ella, cuántos días desperdiciados en afanes que me parecían decisivos y solo eran efímera ceniza. Entregado a mi trabajo, incluso había semanas en que no pasaba a visitarla, a pesar de que residíamos en la misma ciudad. Ella nunca me reprochó nada, nunca se quejó. Yo era su Miguel, el hijo tan querido. Y ahora, cuando esta inesperada jubilación me ha liberado de todas las urgencias laborales, cuando por fin podría disponer de tiempo para acompañarla, para recordar juntos aquellos años de vida familiar compartida, su
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cuerpo se niega a continuar, como si se hubiera hartado de esperarme. Si no me avergonzara hacerlo, lloraría a todas horas. Ciertas tardes, cuando mamá permanece durante horas con los ojos abiertos y la mirada clavada en algún punto de la pared, me acerco a ella y le hablo en voz baja, como si pudiera comprenderme. Le pido perdón por los años en que me mantuve tan alejado, por el tiempo en que permití que se las arreglara sola en la vorágine de los días. Ella fija sus ojos en mí y presta atención a las frases que pronuncio, pero su rostro permanece tan inexpresivo como si estuviera hablando en islandés. Hay momentos en los que me regala una sonrisa, quizá porque percibe la ternura que envuelve mis palabras, aunque no comprenda su significado. O tal vez en su cerebro se produzcan chispazos fugaces que le permitan reconocerme; quiero creer que es así, pese a ser consciente de que es imposible, si he de hacer caso a los informes del doctor Arteaga. Cada vez está más lejos, cada día abandona la vida un poco más. ¡Qué final tan cruel! Debe de ser amargo constatar como la memoria se va disipando, como los recuerdos se deshacen igual que jirones de niebla y como incluso cuesta reconocer la imagen que te devuelve el espejo… Me angustia la idea de que a mí me pueda ocurrir algo semejante. Dentro de diez meses cumpliré sesenta años, y mamá ya no estará conmigo. Me viene a la memoria una frase pronunciada por Álvaro Cunqueiro tras el fallecimiento de un
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amigo de su generación: «La muerte siega con su guadaña cada vez más cerca». Ella nunca tiene prisa; sabe que nos sorprenderá en cualquier recodo del camino, mientras noso tros hacemos planes de futuro con la estúpida creencia de que somos inmortales. Es sorprendente que un suceso mínimo nos pueda remover por dentro con la violencia de un terremoto. Desde que la he leído en el periódico, mientras desayunaba en la cafetería, la noticia de que esta noche los científicos de todo el mundo celebran «La noche de Yuri» no se me va de la cabeza. Los recuerdos se agitan en mi interior como una manada de caballos ansiosos por abandonar el establo y galopar libres por montes y cañadas. «¡La noche de Yuri!» Hoy es 12 de abril de 2011; ¡no entiendo cómo se me ha podido pasar la fecha! Hace cincuenta años que Yuri Gagarin realizó su histórico viaje, convirtiéndose en el primer ser humano en salir al espacio exterior y orbitar alrededor de la Tierra. Mientras Gagarin recibía en Rusia todos los honores, a siete mil kilómetros de distancia, el niño que yo era enton ces vivía aquella noticia con el mayor asombro y entusiasmo, ignorando que el cosmonauta ruso influiría de un modo tan poderoso en mi futuro. ¡Cuántos años de recuerdos, cuántos sucesos que algún día se perderán conmigo! ¿Qué pensará mi hijo cuando yo me vaya? ¿Lamentará también las conversaciones inacabadas, los silencios de su padre?
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Begoña no podrá desvelarle demasiado, pues hay episodios de mi existencia que nunca he contado, ni a ella ni a nadie. No me refiero a secretos que tenga interés en ocultar. Me refiero a la cadena de sucesos que creía olvidados pero que ahora emergen desde las zonas más recónditas de mi memoria y se abren paso hasta la superficie con una energía que me desconcierta. Podrían morir conmigo, claro que sí, como sucederá con otros hechos oscuros de mi vida. Pero me produce dolor pensarlo porque fueron los más luminosos de todos mis años. Por ejemplo, los meses felices en que me enamoré por vez primera, con una intensidad que nunca más he llegado a sentir. ¿Por qué no contarlo? No serán demasiadas las noches que me quedan velando a mamá; el doctor afirma que no tardará en dejarnos. Mientras su memoria desaparece sin remedio, puedo esforzarme en recuperar la mía. Revivir el tiempo en que también yo fui Gagarin, traer a mi memoria los años en los que descubrí el mundo y experimenté los sentimientos más intensos. Quizá sea lo único valioso que pueda dejarle en herencia a mi hijo. Vale la pena intentarlo.
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Sucedió el verano en que el hombre pisó la Luna por vez primera. Por entonces yo tenía diecisiete años y, a pesar de la conmoción familiar provocada por la ausencia de mi padre, mi estado de ánimo oscilaba entre el entusiasmo y la desesperanza, en una especie de montaña rusa por la que subía o bajaba al compás de mi relación con Francesca. Fue el verano del amor más intenso, y también el del mayor desasosiego, un desasosiego forzado por unos acontecimientos que yo nada podía hacer por controlar. Digo que fue el verano en el que Neil Armstrong dejó su huella en la Luna, pero, si quiero contarlo de un modo comprensible, debería precisar que mi historia comienza en la primavera de 1961, días después de que el cosmonauta Yuri Gagarin realizase, a bordo de la nave Vostok 1, un vuelo de 108 minutos de duración alrededor de nuestro planeta, convirtiéndose así en el primer ser humano en ver la Tierra desde el espacio y maravillarse de lo que sus ojos contemplaban.
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Esto ocurrió el 12 de abril de 1961, cuando yo tenía nueve años recién cumplidos. En aquella época asistía a las Escuelas Graduadas que había en mi barrio, en un edificio viejo y triste, de techos altísimos, con escaleras y piso de madera. El inmueble contaba con dos puertas: por la de la derecha entrábamos los niños y por la de la izquierda, las niñas. Tal separación nos parecía entonces de lo más natural; no se nos pasaba por la cabeza la posibilidad de sentarnos juntos en las aulas, ni de compartir los servicios, que en nuestra zona se encontraban tan sucios que daba asco utilizarlos. Incluso el patio de recreo estaba dividido por un seto de mirtos de altura desigual que servía de frontera, también para las miradas. Había veces en que nos veíamos en la obligación de traspasarlo, siempre con el permiso de alguno de los maestros, sobre todo cuando la pelota con la que jugábamos se escapaba fuera de nuestros dominios y acababa en el territorio más tranquilo de las niñas. En aquel tiempo los alumnos no estábamos agrupados por edades, eso no sucedió hasta bastantes años más tarde, sino por el grado de conocimientos. Aquel curso, al volver de las vacaciones de Navidad, a Fernando, el de la panadería Currás, y a mí nos subieron al aula de los más adelantados, que era la de don Mauro, el maestro que se ocupaba de quienes ya leían y escribían bien y se manejaban sin problema con las cuatro reglas, incluso si se trataba de operaciones con números decimales.
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Fernando y yo éramos los benjamines de la clase. Ninguno de los dos habíamos cumplido todavía los diez, de manera que en aquella aula teníamos que convivir con niños que nos llevaban dos o tres años, cuando no cuatro, algunos de ellos con esa pelusa que anuncia el futuro bigote y hasta con una espesa capa de vello en las piernas. Se trataba de alumnos que nos sacaban una o dos cuartas, que nos podrían aplastar sin dificultad si quisieran, pero que, por el contrario, nos dispensaban un trato especial, como si fuéramos un par de frágiles mascotas a las que era necesario cuidar. El caso fue que tres o cuatro días después de la proeza de Yuri Gagarin, don Mauro nos explicó, con un dibujo en la pizarra hecho con las tizas de colores que solo utilizaba en ocasiones muy especiales, cómo había sido el lanzamiento de la nave Vostok 1, la trayectoria que había seguido alrededor del planeta y la maniobra de aterrizaje. Pese a que yo estaba bien informado de todo lo sucedido, por haberlo escuchado antes en mi casa y porque había leído la noticia en los periódicos que mamá vendía en la librería, participé del entusiasmo colectivo que se extendió por el aula, con los alumnos contagiados de la misma admiración que transmitía el maestro. Una semana después, cuando en la prensa todavía seguían apareciendo noticias y comentarios sobre «Un hombre en el espacio cósmico», como había titulado a toda página el periódico más popular de la ciudad, don Mauro nos anunció
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con voz alegre que se había organizado un concurso de redacción en el que podrían participar todos los niños y niñas –separados, naturalmente– de las Escuelas Graduadas que había en la ciudad. El ganador sería quien lograra relatar mejor aquella histórica aventura espacial que había ocupado las portadas de los diarios de todo el mundo. Y habría premios para los vencedores: un diploma acreditativo, que don Mauro se encargaría de rotular con aquella caligrafía suya que era famosa en los ámbitos de la docencia, y lotes de libros para los tres primeros clasificados, el principal por valor de trescientas pesetas. Cuando llegué a casa y se lo conté a mis padres, no me resultó nada difícil infundirles mi entusiasmo. Ambos se apresuraron a ofrecerme su ayuda, si bien insistieron en que la redacción debía hacerla yo solo. Aquella misma noche los tres mantuvimos una larga charla en la cocina hasta que llegó la hora de irnos a la cama, compartiendo cuanto sabíamos sobre Gagarin. De algo tenía que servir tener en la librería los periódicos a mi disposición; mi madre había guardado un ejemplar de algunos de ellos, y de ese modo pude leer y releer lo que habían publicado. Y así fue como durante varios días, si exceptúo el tiempo que permanecía en la escuela y las horas que dedicaba a dormir, en mi vida no existió más afán que la redacción para aquel concurso. Los textos de los diarios eran muy parecidos; se notaba que reproducían la información enviada por las agencias. Por suerte, conté con la ayuda de mi padre,
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y también con la de Euclides, quienes me proporcionaron datos nuevos que no aparecían en ningún periódico. Por ejemplo, las palabras que el cosmonauta había pronunciado durante su vuelo: «Habitantes del mundo, salvaguardemos esta belleza; no la destruyamos». –Porque lo escuché por la radio –me contestó papá cuando le pregunté por qué conocía tantos detalles sobre el vuelo de Gagarin–. No hagas caso de todo lo que leas en la prensa. Ya no saben qué inventarse para desprestigiar a la Unión Soviética. Recuerdo que en ese momento mi madre le hizo un gesto fugaz que no entendí: tardé algunos años en encajar las piezas que explicaban por qué la mía no era una familia como la del resto de los niños. Pero no me quiero desviar, pues volveré sobre esto más adelante. Escribí el texto a lápiz, en mi cuaderno, y, además de todo lo que había aprendido, añadí ciertos detalles que nada tenían que ver con Gagarin sino con los tebeos de la colección El Mundo Futuro que dibujaba el gran Boixcar. Mamá me revisó la redacción y me corrigió algunas faltas. Después lo pasé a bolígrafo, en hojas de un papel especial que papá me había cortado a medida. Para no torcer las líneas, usé una falsilla por debajo y pegué unas fotos de Gagarin que había recortado de los periódicos. Además, añadí dos dibujos medio copiados de las viñetas de Boixcar y los pinté con los lápices de colores Alpino que me habían regalado por Reyes.
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Le entregué el trabajo a don Mauro el día antes de finalizar el plazo. Desde mi pupitre, vi como el maestro lo examinaba con atención en su mesa, sonriendo de vez en cuando, aunque no me dijo ni media palabra. Pasaron algo más de dos semanas en las que mi expectación por el concurso fue disminuyendo, hasta que un martes, tras entrar en el aula y rezar las oraciones como cada mañana, don Mauro, con una sonrisa de oreja a oreja, nos anunció que debíamos sentirnos muy orgullosos: un alumno de nuestra clase había resultado ganador del concurso literario. ¡La mejor redacción de la ciudad procedía de nuestra aula! Excuso decir que mi corazón comenzó a latir de forma incontrolada, al tiempo que la sangre se me subía a la cara y me hacía enrojecer como si me hubieran pillado en la mayor de las diabluras. Entonces don Mauro me miró, pronunció mi nombre en voz alta y me invitó a salir a la pizarra, mientras la clase entera aplaudía con tanto entusiasmo como cuando se marcaba un gol en el campo de fútbol. Allí, sobre su mesa, estaba mi redacción. El maestro me comunicó que el sábado siguiente, por la mañana, se celebraría un acto en uno de los salones del Ayuntamiento y que, casi con seguridad, me mandarían leer en voz alta un fragmento del texto; de modo que, para practicar, convenía que se lo leyese a mis compañeros. Y así, durante un buen rato, les fui contando las hazañas de Yuri Alekséyevich Gagarin, que con solo veintisiete años se había convertido en el héroe de la URSS y en ídolo de la humanidad.
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Aquella lectura tuvo consecuencias duraderas. Durante el recreo, algunos de mis compañeros empezaron a llamarme Gagarin, y no pararon de hacerlo durante todo el partido de fútbol que jugamos aquel día. Lo que no podía ni imaginarme entonces era que, con el paso de las semanas, mi verdadero nombre llegaría a difuminarse, hasta que llegó un momento en el que toda la clase, la mayoría de la escuela y también las personas de mi barrio se acostumbraron a llamarme Gagarin. Y ese fue mi nombre de puertas para fuera hasta que, con dieciocho años, abandoné la ciudad e inicié una nueva etapa en mi vida.
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