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El río que se secaba los jueves C - Victor González / Pablo Amargo

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Una zorra atrapó un loro Una zorra atrapó un loro. –Eres un pájaro muy raro –le dijo–, nunca había visto uno como tú por este bosque. El loro le contestó: –No soy un pájaro, zorra ignorante. Soy un loro. La zorra fue junto al jabalí y le mostró el loro. El jabalí dijo: –Parece un loro. –¿Estás seguro? –preguntó la zorra. –En realidad, no –contestó el jabalí–, solo dije que lo parece. –Pues claro que soy un loro, ¡vaya par de bobos! –intervino el loro–. ¿Es que nunca habíais visto uno? El jabalí y la zorra llamaron al ciervo que no se atrevió a emitir un juicio definitivo, pero opinó que podría ser una cacatúa o un periquito. La indignación del loro fue en aumento: –¡Genial! Estoy rodeado de idiotas. No soy ninguna cacatúa ni periquito, ya os lo he dicho, soy un loro, un loro normal. El jabalí, la zorra y el ciervo llamaron a la comadreja. Esta examinó al loro desde todos los ángulos y aventuró: –Podría ser un guacamayo. –¡Ja! –dijo el loro–, ¿un guacamayo? Desde luego, no tenéis ni idea. Un guacamayo no se parece en nada a mí. ¿Es que estáis ciegos o qué? ¿No veis que soy un loro? Además, os lo estoy diciendo, pollinos, soy un loro. ¡Un loro! –gritó. 7


Llegó el burro y sentenció: –Es una cotorra. Mi primo Gabriel tuvo una. El loro estalló: –Sois una pandilla de animales. No se puede hablar con vosotros. ¿Cómo tengo que decirlo? Soy un loro. ¡Un loro! ¿Es que no entendéis el español o qué? Y se fue dando un portazo.

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Un dragón Francisco Hermida era un dragón doméstico propiedad de la familia Mardersteig. Era un dragón inofensivo, sí, pero un dragón con todas las de la ley. Tenía alas y garras, rugía y echaba fuego por la boca. Esta última habilidad resultaba muy útil a sus dueños, que se servían de él para encender la cocina y otros menesteres caseros. Este dragón era verde, aunque hay otros de su especie de otros colores. Un día, Francisco dejó de echar fuego por la boca, y los Mardersteig empezaron a preocuparse, así que lo llevaron al veterinario, que examinó a Francisco a conciencia. –Este dragón está apagado –dictaminó. –¡Pues vaya una novedad! –dijeron los Mardersteig–, eso ya lo sabíamos. El veterinario le recetó a Francisco unas pastillas rojas y le puso un régimen muy severo a base de comida mejicana: tacos, burritos, etc., todo fuertemente condimentado con mucho tabasco y guindilla. Francisco nunca volvió a echar fuego por la boca, pero se convirtió en un excelente cantante de rancheras y los Mardersteig se dieron por satisfechos con el cambio. Cuando tenían visitas, le decían al dragón: –Francisco, cántale una ranchera a estos señores. Y las visitas huían despavoridas. 9


El caballo de dos cabezas El caballo que tenía dos cabezas, una delante y otra detrás, existió de verdad. Este equino era indomable, pues nadie fue capaz de ensillarlo correctamente. Dicho caballo era propiedad del rey de Polonia, que llegó a ofrecer la mano de su propia hija y la mitad de su reino a quien fuera capaz de montarlo. Aunque muchos lo intentaron, ninguno tuvo éxito. Pero aunque alguno lo hubiera logrado no habría servido de nada, pues la princesa no estaba dispuesta de ninguna manera, y ya lo había advertido, a desprenderse de su mano.

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Un gallo Un granjero compró un gallo que padecía insomnio. Este gallo no podía conciliar el sueño de ninguna forma, por lo que se ponía a cantar arias de Verdi a altas horas de la noche y tenía soliviantado a todo el gallinero. Las gallinas, ojerosas por no haber dormido, formaban corrillos durante todo el día discutiendo el tema. Una decía: –Sí, vale, se tiene que levantar temprano y cantar, para eso es un gallo, lo comprendo; pero se pasa. Ayer nos despertó a las 3.30 am con Rigoletto y, desde ese momento, ni mis polluelos ni yo hemos podido pegar ojo. –Pues a mí me parece muy apuesto. Y canta muy bien –intervino otra gallina más joven que, evidentemente, estaba enamorada del gallo. –Será porque no te despierta, guapa. O por otra cosa... –apostilló maliciosamente una tercera. El caso es que las gallinas estaban que no podían más. Llevaban semanas sin dormir y decidieron poner remedio cuanto antes. Tras algunas reuniones acordaron presentar una queja formal a la dirección; nombraron una comisión delegada compuesta por la gallina de más edad y la más joven, y ambas fueron a exponer el caso a la mujer del granjero. –No pedimos que se calle –le dijeron–. Nos gusta tener un gallo, y lo cierto es que este canta estupendamente, pero podía cantar al amanecer, como hacen todos los gallos normales, y no 11


en mitad de la noche. Es muy estresante y algunas de nosotras ya no ponen huevos regularmente. –Hablaré de este asunto con mi marido –dijo la mujer–, pero no puedo prometeros nada, ese gallo es su favorito y le tiene mucho aprecio. Volved mañana y os daré una respuesta. Esa noche se lo contó al granjero: –Las gallinas han venido a quejarse porque el gallo nuevo no las deja dormir. Dicen que si siguen así no podrán poner huevos. Al día siguiente, el granjero habló muy seriamente con el gallo. Aunque no consiguió convencerlo de que cambiara de horario, después de varias horas de difíciles negociaciones el gallo accedió al menos a variar su repertorio, y a partir de entonces se dedicó a cantar exclusivamente baladas románticas. Las gallinas se despertaban igual en medio de la noche, pero volvían a dormirse enseguida y tenían sueños maravillosos.

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El dinosaurio de Hyde Park Un dinosaurio que vivió en Hyde Park a mediados del siglo xix y trabajaba como guía en la Exposición Universal de 1851, tenía siempre unos terribles ardores de estómago. Todas las comidas le sentaban mal. Todas. Ni el bicarbonato, ni los antiácidos que tomaba constantemente le hacían ningún efecto. El pobre las pasaba canutas. Por fin fue al médico y este decidió hacerle un examen a fondo. Las radiografías descubrieron en el interior de su estómago a veintisiete caballeros ingleses acompañados de la reina Victoria y el príncipe Alberto, que se lo pasaban en grande, entregados a una pantagruélica celebración gastronómica en la que no hacían más que brindar una vez tras otra con toda clase de espirituosos de alta graduación. Nadie pudo precisar cuánto tiempo llevaban allí. El asunto salió en el Illustrated London News y fue un escándalo nacional. Por supuesto, tanto la reina como el príncipe consorte y los demás tuvieron que salir inmediatamente del estómago del dinosaurio y disculparse públicamente con él y con toda la nación. El presidente de la Exposición se vio obligado a dimitir ipso facto. Fue una vergüenza.

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Un camaleón Un camaleón vivía en una rama del bosque junto a un camino y trabajaba de semáforo. El trabajo consistía en lo siguiente: primero se ponía rojo y los animales que venían por el camino tenían que parar; después se ponía verde y los animales ya podían pasar. Aunque no lo parezca, era un trabajo difícil que exigía una gran responsabilidad, mucha atención y nervios de acero. Y el camaleón los tenía. Una vez llegó corriendo la zorra perseguida por una jauría de perros y cruzó a toda mecha en el último momento, justo cuando el camaleón estaba en ámbar. Acto seguido, y haciendo gala de una increíble sangre fría, el camaleón se puso rojo de inmediato. Los perros que venían detrás tuvieron que parar en seco y la zorra se salvó. En otra ocasión, una excursión de fin de curso de codornices estuvo a punto de ser arrollada por un jabalí desbocado, pero gracias a la pericia del camaleón no ocurrió nada. Este camaleón solo se ponía rojo o ámbar o verde, pero no tenía ningún muñequito para las personas.

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El perico chivato Una familia tenía un periquito que siempre estaba chivándose. Se chivaba de todo. Este periquito era manso, no tenía jaula sino una percha en la pared de la cocina y andaba volando libremente por toda la casa. Y espiando todo. Si la hija pequeña no hacía los deberes, el periquito se chivaba a su madre en la primera ocasión que tenía. Si la mayor abusaba de la pequeña y le quitaba los juguetes, se lo contaba al padre. Si la asistenta no limpiaba bien, también. Si el padre ponía los pies encima del sofá, también se chivaba. Si el hermano ponía la música muy alta cuando los padres estaban fuera, ídem. Y así todo el día con todo. Era insoportable. Todos en la casa estaban deseando deshacerse del perico, pero no sabían cómo, pues casi era parte de la familia. Un día desapareció. Dejó una nota que decía lo siguiente:

Querida familia: Me voy con viento fresco. No volveré. No me busquéis, pues no conseguiríais encontrarme. Firmado, el periquito. PD: Martita ha roto el florero del hall. Al principio, todos los miembros de la familia suspiraron aliviados (salvo Martita). Sin embargo, al poco tiempo descubrieron que no sabían vivir sin el perico y tuvieron que empezar a chivarse unos de otros. 15


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Los patos de Chelm Este cuento no es mío sino de Samuel Tenenbaum, pero es tan bueno que lo pongo aquí igual. «Los habitantes de Chelm conocen una manera infalible de distinguir un pato de una pata. Le tiran un trozo de pan. Si el pato corre en su busca, es pato; si es la pata la que corre a buscarlo, es pata.»

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