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El rey oso blanco C - Tim Bowley / Óscar Villán

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El Pájaro de Fuego

El joven cabalgaba a través del bosque en su caballo de poderes mágicos, un caballo de ojos fieros, grupa ancha y cascos de hierro, un caballo de los que ya no existen en el mundo de hoy. De repente el animal se detuvo. Algo iba mal. El bosque estaba completamente silencioso. No se oía el canto de ningún pájaro, ni el ruido de ningún animal entre la maleza. El joven miró inquieto a su alrededor y vio, delante de él, algo que brillaba en el camino. Se acercó con el caballo y le dio un vuelco el corazón. Ahora entendía por qué ningún animal se atrevía a moverse, pues lo que brillaba en el camino era una pluma del Pájaro de Fuego. Su primera idea fue llevarle esa pluma al rey pero, antes de que pudiera hacer ademán de recogerla, su caballo dijo: –¡Deja esa pluma donde está! Si la tocas sabrás lo que es el miedo y aprenderás lo que es sufrir. El joven no tenía deseo alguno de sentir miedo ni de conocer el sufrimiento, pero al mismo tiempo pensó: «Si le llevo esa 7


pluma al rey, me recompensará; e incluso puede que me arme caballero». Al final, sus deseos de gloria y aventura pudieron más que su prudencia, así que saltó del caballo, recogió la pluma y cabalgó hasta palacio, donde, lleno de orgullo, le entregó su regalo al rey. –Una pluma del Pájaro de Fuego es en verdad una maravilla –dijo el rey, luego frunció el ceño y continuó–, pero una sola pluma no es regalo digno de un rey. Ya que me has traído la pluma, seguro que serás capaz de traerme a su dueño, el Pájaro de Fuego. Y si fracasas, te cortaré la cabeza. Llorando, el joven salió del palacio y fue a hablar con su caballo. –¿Por qué estás llorando? –preguntó el caballo. –El rey me ha ordenado que le traiga el Pájaro de Fuego, y ha dicho que si fracaso me cortará la cabeza –dijo el joven–. Y como cazar al Pájaro de Fuego es imposible, estoy llorando porque voy a perder la vida. –¡Ah! –dijo el caballo–, ¿no te advertí que dejases allí esa pluma? Ahora sientes miedo. Bueno, sécate las lágrimas. Tu sufrimiento no es este; el verdadero aún ha de venir. Vete a pedirle al rey que mande esparcir por el prado junto al palacio cien sacos de grano y que te dé tres cuerdas bien fuertes. El rey ordenó a sus sirvientes que esparcieran el grano, y al día siguiente, antes del amanecer, el joven cogió las cuerdas y trepó a las ramas del gran árbol que había en el medio del prado, mientras su caballo pastaba. Justo cuando el Sol salía por Oriente apareció planeando el Pájaro de Fuego y se posó 8


en el prado. Cuando estaba picoteando el grano, el caballo se le fue acercando poco a poco hasta que, de repente, dio un salto y le atrapó un ala bajo sus cascos de hierro. El joven saltó del árbol, ató al Pájaro de Fuego con las cuerdas y se lo echó a las espaldas de forma que las alas le colgaban por los costados como un manto de oro. Cabalgó hasta el palacio y mientras subía con el Pájaro de Fuego hacia el trono real, iban cayendo de él plumas llameantes, dejando tras de sí un rastro de oro. El rey quedó encantado de tener al Pájaro de Fuego y el corazón del joven latió emocionado cuando lo armaron caballero. Pero luego su alegría se tornó en desesperación cuando el rey dijo: –Ya que me has traído el Pájaro de Fuego, seguro que serás capaz de traerme lo que mi corazón lleva años deseando. Ahora quiero que viajes a los confines de la Tierra, al lugar donde el Sol vuelve rojo al mar, y que me traigas a la hermosa Vasilisa, que vive allí. Y si fracasas, tu cabeza rodará. Llorando, el joven abandonó el palacio y fue a hablar con su caballo. –¿Por qué lloras? –preguntó el caballo. –El rey ha ordenado que le traiga de los confines de la Tierra a la hermosa Vasilisa. Y ha dicho que si fracaso, me cortará la cabeza. –Sécate las lágrimas –dijo el caballo–.Tu sufrimiento no es este; el verdadero aún ha de venir. Vete a pedirle al rey que te 9


dé una tienda de plata con techo de oro, los más deliciosos manjares y el mejor de los vinos. El rey le dio enseguida lo que le pedía y el joven cabalgó hasta los confines de la Tierra. Montó la tienda en la playa, puso fuera una mesa con los manjares y la bebida, se sentó y esperó. Pronto pasó por allí la hermosa Vasilisa navegando en su barco de plata con remos de oro. Divisó la tienda en la orilla y se acercó con el barco. Al llegar más cerca vio bordadas en la lona de la tienda escenas maravillosas de historias antiguas, vio la mesa puesta con los manjares y el vino, y vio al joven allí sentado esperando en silencio. En cuanto desembarcó, el joven la invitó a cenar con él. Los dos comieron y bebieron, rieron y charlaron, pero la hermosa Vasilisa no estaba acostumbrada al vino fuerte y pronto se quedó profundamente dormida. Entonces el joven la cogió en sus brazos, montó en su caballo y cabalgó hasta el palacio. El rey, feliz de tener lo que su corazón deseaba, colmó de honores al joven. Pero, cuando Vasilisa despertó y descubrió que estaba lejos de su adorado mar, empezó a sollozar. –No llores –dijo el rey–. Te haré mi reina; no te faltará de nada. Cuando vio que no había escapatoria, Vasilisa le dijo al rey: –Solo me casaré con vos cuando tenga mi vestido de novia, que se encuentra en un cofre en el fondo del mar. Decidle al joven que me trajo aquí ¡que vaya a buscarlo! Inmediatamente el rey mandó llamar al joven y le dijo que fuese a buscar el vestido, y añadió: 10


–Si fracasas en esta misión, te cortaré la cabeza. El joven salió llorando de palacio y fue a hablar con su caballo. –¿Por qué lloras ahora? –preguntó el caballo. –El rey me ha ordenado que vaya al fondo del mar a buscar el vestido de novia de la hermosa Vasilisa. Seguro que moriré en el intento, e incluso si lo consiguiese, tan sólo estaría ayudando al rey a casarse con la hermosa Vasilisa, de la que me he enamorado perdidamente. –Ah –dijo el caballo–, ¿no te advertí que dejases allí esa pluma? Ahora ya sabes lo que es sufrir. Sécate las lágrimas. Tu sufrimiento no es este; el verdadero aún ha de venir. Monta en mi grupa. Veloces como el rayo, cabalgaron hasta los confines de la Tierra. Cuando iban caminando por la playa, el caballo saltó de repente y atrapó un cangrejo gigante bajo sus cascos de hierro. –No me des la muerte, perdóname la vida, y haré cualquier cosa que me pidas –gritó el cangrejo. –Rey de los Cangrejos –dijo el caballo–, tráeme del fondo del mar el vestido de novia de la hermosa Vasilisa. El rey de los cangrejos dio una orden y miles de cangrejos y langostas salieron de las aguas, trayendo un cofre de oro. El joven dio las gracias a los cangrejos, cogió el cofre y cabalgó hasta el palacio. Pero cuando Vasilisa ya tenía el vestido, le dijo al rey: –Hay una cosa más que debéis hacer antes de nuestra boda. Quiero que ordenéis traer el caldero de hierro más grande del 11


castillo, que lo llenen de agua y que lo pongan al fuego. Cuando el agua esté hirviendo a borbotones, ¡quiero que arrojen dentro al joven que me trajo aquí! A pesar de todo lo que el joven había hecho por él, el rey no dudó un minuto en pedir que trajeran el caldero, lo llenaran de agua y lo pusieran al fuego, al tiempo que ordenaba a otros sirvientes que fueran preparando el banquete de bodas. Cuando el joven vio el agua hirviendo, pensó: «Ahora sí que ha llegado mi fin. ¿Por qué no escucharía a mi caballo?». Cuando recordó a su caballo se puso aún más triste y le dijo al rey: –Al menos dejad que vaya a despedirme de mi caballo antes de morir. El rey le dio permiso y el joven se fue llorando del palacio. –¿Por qué lloras? –preguntó el caballo. –El rey ha ordenado que me arrojen en agua hirviendo y nunca más volveremos a galopar juntos bajo el cielo abierto. –Sécate las lágrimas –dijo el caballo–. Cuando vengan a buscarte, no te resistas. Después, suéltate de los guardias, corre y lánzate al caldero. Ya todo estaba preparado. El banquete estaba listo y el agua hervía a borbotones pero, cuando fueron a buscarlo, el joven se soltó de los guardias, corrió y se tiró al caldero. Tres veces desapareció bajo el agua hirviendo, tres veces volvió a emerger, y a la tercera vez saltó fuera del caldero. No sólo estaba ileso, sino que ahora estaba transformado. Y si antes ya era apuesto, ahora era hermoso y brillaba con una gran luz inte12


rior. Cuando el rey vio esa transformación, él también quiso transformarse así y se lanzó de cabeza al caldero, muriendo en el acto. Estando el banquete de bodas preparado y el reino sin gobernante, el joven y la hermosa Vasilisa se casaron, se hicieron reyes de esa tierra y vivieron felices para siempre.

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