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Roberto Innocenti. El cuento de mi vida C - Rossana Dedola

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q Las ideas son flores silvestres que nacen en el baldío Como todos los jóvenes dotados de imaginación, yo pensaba que en la vida hay que inventarse un objetivo, y el mío podía consistir en intentar mejorar la vida de nuestra especie. Careciendo de conocimientos científicos, literarios o musicales, pretendía basar en mis inmaduras capacidades tanto mi supervivencia –esperando retribución– como mi aportación a la estética y a la narración. No sospechaba entonces que todo cuanto tiene que ver con la cultura, con el conocimiento, con la música, con las materias definidas genéricamente como arte en cuanto que ornamentos de lo útil, de lo funcional, de lo rentable, en una época en que solo cuenta el dinero, resultasen ser inútiles pasatiempos, hobbies para bohemios de vida disoluta. En efecto, mi trabajo no es el resultado de un gran esfuerzo físico, sino que es casi un juego en el que las ideas son flores que nacen en el baldío y, por lo tanto, carentes de valor comercial. En la segunda parte de mi vida, cuando el mediodía ya ha quedado muy atrás y se acerca el ocaso, ajena ya a las categorías de decisión disfrazadas de «leyes del mercado», cuya razón de ser es impedir cualquier manifestación insólita y no autorizada, más allá de las pretensiones retributivas, pude retomar en parte –pero solo una parte– mi antiguo proyecto inicial: los libros ilustrados.

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Es un arte secundario respecto a ese otro que se considera «puro», puesto que se dirige al público, y no al individuo, mediante ejemplares baratos, como es el caso de la literatura, los cómics, el cine, las representaciones teatrales o los conciertos. Doy las gracias a todos aquellos que, al leerme, identifican esa parte de sí mismos, esa parte formada por los sueños, que ha quedado guardada en un cajón, encerrada, de modo que no se puede valorar, ni bien ni mal. Las ideas son flores silvestres que nacen en el baldío, enriquecen la vida desde la indiferencia de las cajas fuertes. Roberto Innocenti Montespertoli, 6 de diciembre de 2015

El comienzo de mi carrera como autor e ilustrador tuvo lugar en el extranjero. La empresa que por vez primera imprimiò mi obra a nivel internacional fue la estadounidense Creative Education (Mankato, Minnesota), que todavìa hoy sigue siendo la editorial de referencia para mi trabajo. (N. del A.)

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Conocí a Roberto Innocenti a principios de los años noventa a través de sus libros. Los encontré, todos en alemán, sobre la estantería de la colección de libros infantiles de mi esposo, quien había guardado, entre las páginas de los volúmenes, los artículos de prensa y las recensiones que se habían publicado sobre el tema. Años más tarde, cuando me propusieron dar una serie de conferencias en la Escuela Normal de Pisa sobre los ilustradores de Pinocho, decidí inmediatamente que mi propuesta tuviese como base el trabajo de Roberto Innocenti junto con el de algunos ilustradores extranjeros. Al fin y al cabo, ya tenía en casa el material bibliográfico. Fui a visitarlo al estudio del número 3 de la Via degli Artisti, en Florencia, y así empezamos a hablar no solo de Pinocho, sino también de sus otros libros, sobre todo de Rosa Blanca. Creo recordar que me mostró algunas ilustraciones de la que era su última obra, todavía inacabada: El Cascanueces. Estaba contento con su trabajo, con el éxito logrado en el extranjero, pero era consciente de las dificultades que su obra aún encontraba en Italia. Por mi parte, sabía –por medio de mi marido– que en el extranjero Roberto Innocenti era muy conocido, pero no me podía imaginar que en Italia no lo fuera en absoluto. Comprendí el porqué tras la explicación que me dio el propio Innocenti: la editorial para la que trabaja es estadounidense (The Creative Company) y es quien difunde su obra por todo el mundo. Italia es uno más de los muchos países en los que se venden sus derechos de autor.

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Como yo tenía que impartir las conferencias sobre Pinocho en el Instituto C. G. Jung de Zúrich, me pareció oportuno invitar a ellas a Roberto Innocenti. Vino a pasar unos días a nuestra casa en Aarau, una ciudad que se encuentra entre Zúrich y Basilea, en compañía de su mujer. Y así empezó también nuestra bella amistad con Roberta. Me consta que fue muy divertido para mi esposo ver andar por casa al autor que tanto admiraba, y escucharlo hablar con su bonito acento florentino haciendo gala de su gran sentido del humor. Las conferencias se impartían en un caserón a orillas del lago de Zúrich, donde se encuentra la sede del Instituto Jung, en el salón de actos todo lleno de estucos e incrustaciones, abarrotado de gente para la ocasión. No solo mostramos las ilustraciones de Pinocho, sino también un filme de la televisión alemana que relataba la historia de Rosa Blanca. A pesar de estar presentada mediante imágenes fijas y rótulos, la historia resultaba interesante y muy conmovedora. Entre el público vi a más de una persona con lágrimas en los ojos. Aquella noche recibimos una llamada telefónica en casa: era una estudiante que había presenciado la conferencia de la tarde. Preguntaba de parte de una compañera suya que no había podido asistir, si Innocenti podía firmarle su ejemplar, porque era muy importante para ella. «No pudo venir porque su padre se está muriendo», nos explicó. Al día siguiente Roberto participó en un encuentro con los ilustradores suizos en la biblioteca infantil y juvenil (el Schweizerische Institut für Kinder- und Jugendmedien). Asistieron todos y aquel también fue un momento intenso y conmovedor. Nos hemos vuelto a ver en varias ocasiones más. En Perugia, para la presentación de mi libro Pinocchio e Collodi, o en Pisa, con ocasión de la exposición de los originales de Pinocho que se celebró en la biblioteca de la Escuela Normal, y para el simposio que yo había organizado (Il giro di Pinocchio in due giornate), en donde se confirmó el hecho de que incluso

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en Oriente el Pinocho más conocido era el de Innocenti, que incluye en la cubierta el nombre del autor, Carlo Collodi, proclamando así que no se trata de una creación de Disney. Por último, coincidimos en la presentación de La casa en la bodega de Gioxe y Patricia de Micheli, en Varzo. Fue impresionante ver algún que otro desconocido por los callejones de aquel pueblecito de Ossola con el libro de Innocenti bajo el brazo. «¿De verdad que ha venido Innocenti?», preguntaban. «¡No es broma, Innocenti está en Varzo!» Después me enteré de que eran el director de la biblioteca de Verbania y el de la biblioteca de Mergozzo, asistentes habituales de la Feria del Libro de Bolonia y grandes admiradores suyos. Fue muy divertido dialogar sobre el tiempo que atraviesa La casa de Innocenti bajo las bóvedas de cañón de una bodega que ya tiene a sus espaldas varios siglos. Fruto de estos encuentros surgió mi interés en que Roberto Innocenti relatase a sus miles de seguidores las reflexiones sobre su vida, porque detrás de sus grandes obras seguro que hay una intensa experiencia humana. Aquí están sus palabras. Rossana Dedola

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El cuento de mi vida

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Un niño en la guerra ¿Cómo era tu familia, cómo eran tus padres?

No tuve familia. Mejor dicho, no tuve padres. Los que me dieron la vida nunca vivieron conmigo. Yo vivía con mis tíos paternos porque mi padre era un inmaduro y mi madre era una mujer débil, pasiva. Con el tiempo, se acabaron separando. En aquella época no existía el divorcio: todo era un drama, con pleitos, familias destrozadas, familiares enfrentados entre sí... Mi madre tampoco vivía con nosotros. Mis hermanos estaban en casa de mi padre, pero mi padre paraba muy poco en su casa. Era vidriero, un operario especializado. Había estado en el extranjero, hasta que montó su propio negocio de vidrios y cristales y, en definitiva, hacía un poco de todo. Principalmente se dedicaba a ir de caza y de pesca, a jugar al billar, a fumar muchísimo, y le gustaban mucho las motos y las mujeres. Yo lo veía de vez en cuando. Entonces, ¿te criaron tus tíos?

Sí, los tíos de mi padre, que también lo habían criado a él porque era huérfano, sus padres habían muerto. La tía era hermana de mi abuela paterna. Cuando se casó, mi padre compró casa en Florencia. Primero se instalaron en Ponte a Ema, ayuntamiento de Bagno a Ripoli, que en aquellos tiempos era todavía campo y hoy es un pueblo de los

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alrededores de Florencia, casi en la periferia. Allí nací yo. En Florencia viví en una casa del barrio de Gavinana, que está atravesado por la avenida Giannotti; hacia el sur se llega a Grassina, y hacia el norte se va hacia Ponte San Niccolò. Cuando era muy pequeño vi un par de veces la casa de mi madre, de sus familiares, que creo que eran pocos y vivían en el campo. Recuerdo pocas cosas: la vendimia, el mosto que bebías y los niños, todos con sus pajitas para beber el mosto del cubo en donde se transportaba la uva, un poco exprimida ya. Después estaba el rezo de la tarde, que yo nunca hice, no sabía qué era, pero se trataba de algo bastante lúgubre. Recuerdo una habitación negra y fría en donde dormían los niños pequeños. Estaban todos allí diciendo algo, susurrando con las manitas unidas. Los obligaban a rezar antes de dormir. Así era la educación de aquellos tiempos, sobre todo en el campo. ¿Cuántos años tenías? ¿Son tus primeros recuerdos?

Tenía menos de cuatro años. No tengo más recuerdos de Bagno a Ripoli. Cuando empecé a tener memoria ya estaba en Florencia, en casa de los tíos abuelos. Era una casa un poco peculiar, pero bastante común en aquella zona: la entrada estaba al fondo de unas escaleras, es decir, a nivel del sótano; en cambio, la planta baja estaba al nivel del huerto. En él había una higuera a la que siempre trepaba. Para aquella época, era una casona de campo de cuatro o cinco plantas, elegante, casi señorial, y de buen aspecto. Creo que sigue siendo una de las más bonitas. Se construyó en 1939 o en 1940, pero no tenía el estilo de los años treinta o cuarenta, el estilo racionalista de aquellos tiempos. En todo caso, era una mansión burguesa con cierta pretensión clásica, con un portal formado por un arco de piedra. Por entonces la zona no estaba tan habitada, no había muchas casas y las viviendas estaban dispersas a lo largo de la carretera. Lo único que tenía aspecto urbano era la avenida que conducía al puente.

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Cuando naciste ya había empezado la guerra. ¿Cuál fue tu experiencia durante la infancia?

Por desgracia, la guerra te marca, te deja huella para toda la vida. Un niño que se ve obligado a vivir en tiempo de guerra es un niño que crece de forma muy extraña porque normalmente, en la infancia, los niños quieren hacer otras cosas: juegos, entretenimientos, soldaditos y muñecos. La guerra niega la primera infancia y yo estaba rodeado de guerra por todas partes. De hecho, la diferencia de la segunda guerra mundial respecto de la primera es que, en la primera, los soldados tenían que ir al frente, lejos, mientras que la segunda guerra mundial vino a visitarnos a casa. Era una guerra al alcance de la mano. Me encontré con un «espectáculo» que a nadie se le había ocurrido ocultar a los menores. La ventana de la casa que daba a la carretera era muy baja, casi al nivel de la acera, y a través de ella se veían los pies de los soldados y las cadenas de los carros blindados. Cuando había algo especial que ver, subíamos al piso de arriba de nuestro edificio; en tiempos de guerra, entre los vecinos había mucha más comunicación que hoy. Fui testigo de muchas anécdotas que no olvido, aunque a veces no me parecen muy importantes. Por ejemplo, una vez llamaron a la puerta. Estábamos yo y la tía Ada solos. Realmente mi tía se llamaba Emma, pero en el pueblo la llamaban Ada, no sé por qué. Yo era muy pequeñito, tenía cuatro años. Llamaron a la puerta, que, como ya he dicho, estaba por debajo del nivel de la calle y, por tanto, siempre quedaba en penumbra aunque fuera de día, y además no había electricidad. Mi tía preguntó: «¿Quién es?». Estaba asustada porque en tiempo de guerra es difícil que haya muchas visitas, y además habían respondido en alemán. Temblaba porque a los alemanes se les asociaba con la muerte y el peligro, pero había que abrir obligatoriamente. En fin, aunque yo no supiera nada de la muerte,

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la vi en los ojos de la tía, que me agarró y me mantuvo pegado a ella para que, al abrir la puerta, vieran que allí solo había una anciana con un niño. Abrió y nos encontramos frente a frente con dos muchachos alemanes de unos quince o dieciséis años; probablemente fueran de la última leva. Traían una rueda de queso en la mano, tal vez de oveja, y decían: «¡Basta de guerra, basta! ¿Podemos quedarnos un poco aquí?». Se pusieron a hablar, vieron que yo era rubio y, mediante gestos, dieron a entender que en casa tenían algún hermanito o hermanita rubios. Se sentaron en la cocina para huir de la guerra y no paraban de decir «¡basta de guerra!». Parecían extenuados. Más adelante, ya de adulto, me pregunté qué querrían; tal vez desertar, rendirse ante el primero que pasase y olvidarse de la guerra. En realidad nunca supe en qué acabó aquello, porque de allí a pocos días llegaron los soldados indios, los ingleses y los canadienses, de modo que no tengo ni idea de qué sería de ellos. ¿Un regimiento de soldados indios?

Sí, fue una aparición bastante extraña. Todo el mundo les tenía un miedo tremendo porque ¿quién había visto alguna vez a un indio? Solamente Salgari se los había imaginado. Eran muy morenos, todos con barba y turbante, vestidos con el uniforme inglés, pantalones cortos y medias. No sé si eran sijes o hindúes. Desde la ventana se veían sobre todo los pies calzados con botas de desierto que no hacían ningún ruido, caminaban a lo largo de la acera, pegados a la pared y empuñando el fusil, todos en fila india. Fueron los primeros en entrar en Florencia: un regimiento de indios en fila india. Era el 7 o el 8 de agosto de 1944. Después no los volví a ver. Tras ellos llegaron canadienses, australianos, neozelandeses, sudafricanos e ingleses, con muchos tanques, orugas y vehículos blindados. Aparcaron

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todos allí, a lo largo de la calle y por el barrio, puesto que al otro lado del puente que habían volado aún estaban los alemanes. En nuestro edificio, en la misma planta, vivía Luciano Manzuoli, un estudiante que, aunque era jovencísimo, tenía algo que ver con la Resistencia. Mi tía conocía a sus padres. Yo sabía que muchos amigos suyos eran partisanos. Como aquella familia tenía un trastero bajo el hueco de las escaleras, siempre me imaginé que los dos muchachos alemanes se habrían escondido allí a la espera de que llegasen los ingleses, pero no sé cómo acabaría realmente la historia: solo son hipótesis mías, quizás fuera lo que deseaba cuando era pequeño. El hueco de las escaleras también servía de refugio. Cuando había bombardeos y se oían las sirenas, nos metíamos allí corriendo todos juntos, como si nos pudiéramos salvar. En realidad eran auténticas trampas. En una obra tuya, creo que en Rosa Blanca, hay un plano en el que se ven unos pies.

En Rosa Blanca pasa la gente, pero se ve desde arriba. Los pies que había visto yo desde la ventana de mi casa eran los de los soldados indios, cuando llegaron en silencio. ¿Recuerdas si en aquellos años de guerra ya habías empezado a dibujar?

No, ¡qué va! Durante la guerra el único problema era comer, nada más, era el único pensamiento. Y creo que para todos, no solo para los niños. No había nada de nada que comer, sobre todo cuando Florencia quedó en el frente de guerra. Los ingleses no tenían nada que darnos, pero los americanos sí: tenían chocolate, pan blanco, caramelos, leche condensada, leche enlatada, azúcar y crema de cacahuete, que ahora me parece horrible, pero entonces me gustaba muchísimo porque tenía hambre.

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