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Escritos en la guerra C - VV. AA. / Federico Delicado

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La entrevista Elvira Menéndez


–Cuente hasta cinco y comience, Ms. Smith. Procure hablar a la cámara, por favor. –El día que conocí a Richmal Crompton fue el más aciago de mi vida. Todavía hoy se me corta la respiración y el corazón me da un vuelco al recordar el horror… –¿Qué ocurrió aquel día? –la interrumpió la presentadora con intención de que la anciana acelerara el relato. –La sirena sonó en mitad de la clase de Matemáticas, y la maestra nos ordenó que corriéramos al refugio, situado a unas pocas yardas de distancia de nuestro orfanato. Los niños no nos asustamos. Los aviones alemanes siempre pasaban de largo. ¿Para qué demonios iban a bombardear un orfanato habiendo fábricas cerca? Los cuatro niños españoles de la clase de Miss Clark nos miramos con picardía. El aviso de bombardeo nos daba oportunidad de jugar al tute, y eso era más divertido que estudiar Matemáticas. Solo teníamos que procurar que Miss Clark no nos viera. Odiaba el tute. No sé si porque era un juego español o porque le parecía impropio que los niños jugásemos a las cartas. Cosas que en nuestros hogares no estaban mal vistas, al llegar a Inglaterra, nos las prohibieron. 9


–¿Se quedaron en el orfanato para jugar a las cartas? –preguntó la periodista. Había un ligero deje de censura en su voz. –Desde luego que no. –Rio la anciana–. Guardamos los cuadernos en el pupitre y nos dirigimos al refugio. Mi hermano Antonio me esperaba en lo alto de las escaleras. Él también vivía en el orfanato, pero no iba a mi clase. Era dos años mayor. Bajando hacia el vestíbulo, los bramidos de las sirenas de los Stukas se volvieron atronadores. ¡Estaban sobre el tejado del orfanato! ¡Éramos el objetivo! ¡Íbamos a morir! »Niños y profesores se lanzaron escaleras abajo atropellándose unos a otros en su afán de llegar a la puerta. Algunos cayeron rodando, pero nadie se detenía a ayudarlos. Yo me quedé paralizada en el rellano. Mi hermano Antonio me sacudió con fuerza de los hombros al tiempo que gritaba: «¡¡¡Tenemos que salir del edificio antes de que suelten las bombas, Pepita!!!». Al ver que no reaccionaba, me cogió de la mano y, tirando de mí con todas sus fuerzas, consiguió arrastrarme escaleras abajo. »Nada más llegar al vestíbulo, nos cegó una luz intensa, a la que siguió un ruido ensordecedor. Las ventanas estallaron y el edificio se derrumbó sobre nuestras cabezas. Sentí un dolor indescriptible, como si los cristales o los muros del edificio hubiesen taladrado cada centímetro de mi cuerpo. Luego, el dolor cesó. Imaginé 10


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