EUCALIPTOS
La verdad es que no recojo sólo caracolas y arena. También recojo otras muchas cosas. No puedo evitarlo, me viene de familia. Cuando veo algo tirado por ahí, abandonado, me lo llevo. Me acuerdo de lo de los eucaliptos. Yo andaba por Galicia. Los vi y me dije, ¿qué hacen aquí estos árboles? Ellos, claro, no dijeron nada, pero se notaba que no eran de aquel lugar. Me los llevé con la intención de devolverlos a su sitio. Cuando llegamos a casa los dejé en mi habitación un momento. Fue solo un momento. El tiempo justo de ir a la biblioteca para saber qué comían. La enciclopedia no explicaba cómo se alimenta un eucalipto, pero me extrañó aquella frase: «Especie de crecimiento rápido». Volví corriendo a casa por si era peligroso. Cuando llegué era tarde. Ya les había dado por crecer. Y crecieron y crecieron ¡madre mía! hasta el techo. Y no se detuvieron. Levantaron el techo, que es el suelo de la habitación de mi hermana mayor. Ella siempre está ahí, pensando en las cosas trágicas de la vida. Ahora no tengo un montón de árboles. Lo que tengo es un bosque. Y mi hermana... bueno, a ella le gusta. Está más cerca de las nubes. Ya hacía tiempo que no andaba con los pies en el suelo. Le gusta. Desde mi bosque de «crecimiento rápido» a veces oigo a mi padre: 13
–¿Quién se ha dejado una montaña en el salón? –Es una duna, papá. –Bueno, lo que sea. Éste no es lugar. –Se va sola. –Ah, vale.
14
MI HERMANA
Mi hermana también colecciona cosas. A ella le gustan los objetos inútiles. Como es adolescente dice que le despiertan nosequé, que los comprende. Pasa tardes enteras entre calcetines viudos, bolis gastados y dentaduras sin la parte de abajo. Una vez casi le da algo porque mi madre quiso tirar a la basura una bombilla fundida. –¡No la comprendéis! –gritó entre llantos, y se la llevó a su habitación que está sobre mi bosque. Pasó tardes enteras mirándola, sin hacer nada más, solo intentando comprender a la pobre bombilla inservible. Triste. Aunque, claro, más triste fue lo que le pasó a mi tío.
15
MI ABUELO Y LOS CHARCOS
Mi abuelo Pablo me contó que en mi familia el amor por atesorar cosas viene de lejos. Me lo dijo cuando le pregunté de dónde había salido el lago que hay delante de casa. –Ese lago no siempre ha estado ahí. Lo hicimos tu abuela Patricia y yo. «Un charco es solo un charco –decía ella–, muchos hacen una laguna.» »Yo no tenía ningún interés por las lagunas, pero recoger los charcos con Patricia era una idea de lo más seductora. Guardé un impermeable detrás de la puerta y unas botas de agua y empecé a pasarme los días esperando las nubes. »En cuanto caía la primera gota, me iba corriendo a tirar piedrecitas a su ventana. Ella siempre estaba allí, esperándome, con la ventana ya abierta. “Ay”, decía sonriendo. Bajaba enseguida y empezábamos a buscar charcos. Los amontonábamos en el jardín de esta casa, que por aquel entonces era de tu bisabuelo. »Cuando tuvimos una laguna dijimos: “Bueno, ya tenemos una laguna”. Pero no nos detuvimos. Cuando la laguna fue lago me miró a los ojos y me dijo: »“Mira, yo creo que ya está bien así. Lo que podíamos hacer ahora es venir por las tardes y bañarnos aquí con nuestros hijos.” 17