El arte de fijar las sombras (de las letras)
László Moholy-Nagy Fotogram, 1926. Gelatina de plata.
Médico, químico, filósofo y teólogo, Johann Heinrich Schulze ostenta adicionalmente el mérito de haber realizado las primeras experiencias protofotográficas. En 1727 descubrió por azar que un frasco con yeso impregnado con nitrato de plata se ennegrecía por el lado expuesto a la luz intensa de una ventana. Recortó unas piezas de papel que representaban letras, las colocó encima de aquel preparado fotosensible, repitió las condiciones de la situación anterior y obtuvo como resultado que el contorno de aquellas piezas quedaba perfectamente señalado sobre la superficie de yeso. El problema era que las marcas logradas tenían una vida efímera, pues también se oscurecían gradualmente a medida que iba incidiendo la luz ambiental. Un siglo más tarde, Niepce y otros pioneros resolvieron la forma de fijar esas marcas y conseguir imágenes duraderas: se arrogaron con ello los laureles de haber inventado la fotografía. Fox Talbot demominó «photogenic drawing» a este procedimiento de obtención de registros fotográficos directos sobre el papel y sin la utilización de la cámara. Otros precursores, como John Herschel e Hippolyte Bayard, lo practicaron también, pero poco a poco fue convirtiéndose en un método documental para el estudio y archivo de morfologías planas, se tratase de plasmar texturas de tejidos o siluetas de conchas marinas. Destacan los maravillosos fotogramas cianotípicos de plantas y algas para atlas de referencia botánica realizados por Anna Atkins. El primero de sus álbumes, British Algae: Cyanotype Impressions (1843), constituye una joya de la ilustración científica. Pero la edad de oro del fotograma llega con las vanguardias históricas que eclosionan en el período de entreguerras. Christian Schad inicialmente, y después Man Ray y Laszló Moholy-Nagy, pero también Raoul Hausmann, E.L.T. Mesens, Oskar Nerlinger, Tullio d’Albisola, Luigi Veronesi y Theodore Roszak entre otros, abrieron camino a una vertiente de plena experimentación formal. Sin la intervención de la
cámara, mediante puros efectos de luz sobre los papeles fotográficos, la realidad se desmaterializaba y la imagen adquiría la naturaleza abstracta que fascinaba a los sibaritas de la estética moderna. En lo plástico, traducía la mirada radiográfica que atraviesa y moldea; en lo simbólico, evocaba la ausencia y el vacío del objeto. El fotograma aparecía como la quintaesencia del medio fotográfico, erigiendo a la luz como su más genuina materia prima. De ahí el famoso ensayo de Moholy-Nagy, Del pigmento a la luz (1936), prescriptor del tránsito de la pintura a la fotografía como dominio hegemónico en la creación en el siglo XX. Generalmente estas prácticas manifestaban la predilección surrealista por las cosas más prosaicas y cotidianas, siempre dispuestas a exhalar su poética secreta y misteriosa. Man Ray y Moholy, sin duda los más prolíficos y refinados productores de fotogramas, ensayaron además la aplicación de este método para estampar fragmentos del cuerpo, en especial el perfil del rostro y sobre todo las manos. No en vano la mano es lo que tenemos más a mano. Se puede afirmar, pues, que la historia del fotograma se inicia con el registro de unas letras y culmina con la inscripción de unas manos. Letras y manos: ese periplo da pie al doble homenaje que este proyecto conceptual, Dactilografías, desea rendir. Por un lado al lenguaje minimalista de las sombras, tal como aprendimos a capturarlas de aquellos inquietos maestros. Por otro lado, como reconocimiento al pedagogo Juan de Pablo Bonet (1573-1633), el introductor del sistema dactilológico. Según los paleoantropólogos, la capacidad de andar erguido y, al liberar de la locomoción a las extremidades anteriores, desarrollar la destreza instrumental de las manos, fue lo que propulsó la evolución de la inteligencia de los homínidos. Las manos servían para acometer operaciones mecánicas complejas, pero también para inventar signos que permitían comunicarse. Hay todavía en todas las culturas unas codificaciones de gestos que se dotan de significado, se trate de señales, saludos, advertencias o insultos. Pero por lo general no permiten una discursividad compleja, ni siquiera cuando adoptan un carácter mímico.
Primera lámina del «Abecedario Demonstrativo» de Juan de Pablo Bonet. Grabado calcográfico.
Esquema de la evolución gráfica de las tres primeras letras.
De Pablo Bonet se preocupó por la educación de sordos y mudos; proscribiendo el uso de los lenguajes mímicos y recogiendo los métodos de trabajo del fraile Pedro Ponce de León (1500-1584), propuso el primer alfabeto manual de señas para facilitar la comunicación a las personas carentes de oído o voz. Tal alfabeto aparece elegantemente divulgado en las ocho láminas de su «Abecedario Demonstrativo», que se incluye a su vez en el libro Reduction de las letras y arte para enseñar a ablar los mudos, publicado en 1620 y considerado el primer tratado moderno de fonética y logopedia. Para una semiótica visual puede resultar paradójico que algunos de los signos dactilológicos que, por principio depabliano, debían rehuir la mímesis de un concepto, imitan en cambio la grafía de una letra. Por ejemplo, la letra C se representa arqueando índice y pulgar de modo que la curva formada dibuja la propia letra C. Una letra, la C, cuya escritura, según los expertos que han investigado la genealogía de los alfabetos, procedería de una sucesión de síntesis a partir de la remota esquematización de la figura de la cabeza y el cuello de un camello, es decir, de algo que habita muy físicamente la realidad. Pues de la misma forma que la estilizada posición de dedos y palma remite a una densa estratificación de orígenes y transformaciones intermedias que involucran la puesta en acción de la cultura, las Dactilografías que se ofrecen aquí reflejan otros juegos de manos realizados en otra clase de oscuridad, sombras proyectadas, rastros de gestos, huellas de signos, anatomía austera de un alfabeto en una de sus expresiones posibles y más estéticamente plausible, guiños a la semiología y a los códigos de representación, vueltas de tuerca a la historia del arte y a los padres de la modernidad fotográfica. En definitiva, una propuesta plástica y conceptual, tanto para la mirada como para la reflexión, dedicada a todo aquel que no tema deleitarse sumergiéndose en todas esas atractivas cuestiones. Joan Fontcuberta