El día que el Turco –un cachorrillo de perro– se comió el sombrero del señor Sala, la señora Sala decidió que aquello colmaba toda medida perruna y que solo una paciencia de santo podía tolerar que las cosas llegasen a ese extremo. Así que, reunida toda la familia y requerida la opinión de cada uno de sus miembros, se acordó que la hija casada del jardinero se haría cargo del Turco y lo tendría en su casa.
El pequeño Sala tuvo un disgusto de muerte. Le pareció que no hallaría la forma de continuar viviendo, que sin el perro todo resultaba insulso y sin objeto. Pasado el momento de las lágrimas, el problema que se le presentó fue el de dar un destino honorable a la cantidad de afecto que dejaba vacante la ausencia del Turco. Intentó mirar con otros ojos el canario de su tía, pero las combinaciones realmente divertidas que podían hacerse con el pájaro eran tan pocas que enseguida se dio cuenta de que jamás superarían un conocimiento superficial.