UNO
Mientras esperaba a Merton aquella mañana en su despacho de Queens, donde llevaba ya un cuarto de hora sentado con el mejor ánimo después de haber sido citado a las diez por el propio Merton, descubrí alarmado y por casualidad al cruzar las piernas que, sin ninguna explicación más allá del mero desgaste, llevaba un agujero en el talón del calcetín derecho del diámetro de la noria de Coney Island, lo que me sumió en un estado de abatimiento muy desaconsejable para afrontar la reunión en la que Merton, como me había anunciado, me iba a encargar el guion de una nueva serie. La imagen me resultó aún más desalentadora al recordar cómo me pidió Ann la noche anterior que no descuidara mi aspecto en la reunión con Merton, cómo me insistió en que fuera a ver a Merton con mi mejor ropa, me dijo, con mis mejores zapatos, que fuera a ver a Merton con mis mejores calcetines, me dijo Ann. Y yo le hice caso, me vestí con lo mejor de mi armario, pero no podía prever que, esa misma mañana de la cita con
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Merton, el calcetín del pie derecho me abandonaría, que ese calcetín de patitos, que hasta entonces había sido mi preferido, diría basta y me dejaría desolado de una forma tan inoportuna. Me pregunté entonces si ese calcetín no era el mismo que me lanzó un grito de auxilio unos días atrás paseando por la playa de los Hamptons, cuando tuve la sensación de que no me abrigaba el talón como su par. En aquel momento fui a revisarlo, pero, por sorpresa, apareció Merton paseando por la misma playa de los Hamptons y todo lo demás se volvió irrelevante. Y es que encontrarme con Merton en los Hamptons fue un acontecimiento excepcional, porque yo no sabía que Merton se comprara una casa en los Hamptons, y porque yo tampoco solía ir a los Hamptons, y menos salir a pasear por aquella playa de los Hamptons donde Merton se había comprado una casa. Al fin y al cabo, pensé mientras esperaba a Merton en su despacho de Queens, solo fui a pasear a los Hamptons por indicación del terapeuta de la casa de reposo de Míchigan, el cual me había aconsejado vivamente que, a mi regreso a Nueva York, aprovechara cualquier oportunidad para acercarme a los Hamptons. Mi terapeuta me dijo que paseara por los Hamptons para airearme, para relajarme, que paseara por los Hamptons para sosegarme. No basta con pasear por Central Park porque no sosiega lo suficiente, me dijo, lo mejor es pasear por los Hamptons.
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Siempre es bueno pasear por la playa de los Hamptons para sosegarse del todo, me dijo, justo por aquella playa de los Hamptons que resultó ser la misma donde Merton tiene su casa. Aunque mi terapeuta no sabía que Merton tenía ahí su casa, ni siquiera sabía que yo conozco a Merton desde niño. Por esto último, cuando Merton me vio aquella tarde, justo en el momento en que iba a revisar mi calcetín derecho, vino enseguida a darme un fuerte abrazo y a preguntarme qué tal me había ido en Berlín y qué hacía por allí, si acaso yo también me había comprado una casa en los Hamptons donde él mismo, me dijo, se había comprado una casa frente al mar el año pasado, la misma casa que estaba a mi espalda, me dijo señalándola. No sabía Merton que yo estaba en aquella playa de los Hamptons sosegándome, repitiendo en mi mente el segundo movimiento de la Séptima sinfonía de Beethoven una y otra vez para no pensar en nada que pudiera molestarme, tal como me había aconsejado el terapeuta de la casa de reposo donde estuve ingresado los dos años que Merton me suponía en Europa, porque yo mismo le había dicho a todo el mundo que me iba a Berlín, para ahorrarme explicaciones sobre la leve alteración que sufrí en esa época. Fue esa misma tarde en la playa cuando Merton me invitó a visitarlo a su despacho de Queens porque daba la casualidad de que tenía un guion entre manos que me podía interesar, ahora que por fin había vuelto de Europa, me dijo.
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Es lógico, pensé aquella mañana mientras esperaba a Merton en su despacho, que uno se olvide de revisar el grosor de sus calcetines si le acaban de ofrecer un trabajo después de haber estado años sin trabajar. Tampoco es de extrañar, pensé entonces, que uno deje de ser consciente de que, en el momento más inesperado, ese calcetín va a ceder, de que ese calcetín va a fallar del todo, de que va a decir basta y le va a arruinar a uno por completo el ánimo antes de cualquier reunión importante. Este calcetín te va a arruinar el ánimo del todo, me dije esa mañana intentando ocultar el agujero mientras esperaba a Merton en su despacho de Queens. Mi enfado por mi mala suerte me llevó a sacar la libreta de sentimientos y emociones que me había dado mi terapeuta para anotar cómo me sentía a lo largo del día. No sabía si escribir enfadado, desanimado o preocupado. Decidí anotar los tres sentimientos, pero dudé sobre si pesaba más en mí el enfado, el desánimo o la preocupación. Lo peor es siempre reflejar mal los sentimientos y las emociones, eso no ayuda luego a reflexionar, pensé guardando la libreta sin anotar nada. Además, no quería emborronar esa libreta porque me la había dado en persona mi terapeuta, me la dio en mano, recordé. Me la había regalado a mí, sin un borrón, lista para ser rellenada de emociones y sentimientos, pero, me dije, debo usarla bien, no de forma precipitada, pensé, no al tuntún, porque una libreta como esta, entregada en mano por un terapeuta, no la tiene cualquiera, pensé.
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Me entretuve entonces en tapar mi talón derecho con mi tobillo izquierdo mientras esperaba a Merton y contemplaba las fotografías que inundaban su despacho de Queens, en las que sin excepción estaba Merton y su mejor sonrisa con los más variados personajes famosos, abrazándolos o entregándoles algún premio. Hubo un tiempo, pensé, en el que estuve a punto de subir el último escalón que me llevaría a estar ahí, recibiendo algún reconocimiento por alguno de mis guiones. Me faltó muy poco, pensé aquella mañana, como también pensé que me faltó muy poco aquella tarde en que paseaba por la playa de los Hamptons. Ese pensamiento no me lo pude quitar de la cabeza durante aquel paseo ni con el segundo movimiento de la Séptima sinfonía, a pesar de que mi terapeuta me había dicho que me quitara de la cabeza ese pensamiento insano, un pensamiento que no me relajaba ni me sosegaba. Y el objeto de mi paseo por los Hamptons era justo el contrario: airearme, relajarme, sosegarme. Estoy aireándome, pero no relajándome ni sosegándome, pensé entonces mientras paseaba porque no era capaz de dominar ese pensamiento, no lograba apartarlo de mí. La clave está en dominar el pensamiento, apartar de uno las ideas negativas, me había dicho mi terapeuta, pero yo estaba paseando por aquella playa de los Hamptons sin dominar ni apartar el pensamiento de que, sin duda, habría triunfado si me hubieran dejado terminar mi guion sobre la conflictiva relación entre aquellos dos astronautas que iban
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a Marte. No lo pude acabar porque me lo arrebataron, me lo robaron, pensaba paseando por la playa, como también lo pensé aquella mañana esperando a Merton y contemplando las innumerables fotografías de su despacho. Ahora, me dije entonces, podría cambiar mi suerte logrando un gran éxito y darle también una alegría a Ann, porque solo gana trescientos a la semana y apenas nos da para nada, pensé, y más cuando también hay que pagar las deudas que su padre adquiere una y otra vez en las apuestas, algo que nos persigue desde que nos casamos, recordé, porque una y otra vez aparece el padre de Ann con una urgencia relacionada con sus deudas por culpa de su afición, la llama él, adicción, la llamo yo, pensé esa mañana. Esa adicción, afición según él, lo llevó a pedirme dos mil dólares solo un par de días antes de mi cita con Merton, porque había ido a Detroit a realizar unas apuestas y allí pidió el dinero a un prestamista que, supuestamente, era un amigo. Dos mil dólares que perdió en Detroit en el plazo más breve. Por qué razón fue a Detroit y a quién le pidió el dinero para apostar no lo sabía, pero me dijo entre lágrimas que, si no pagaba pronto los dos mil, le iban a partir las dos piernas, recordé en el instante en que Merton, por fin, entró con una gran sonrisa en su despacho de Queens, pidiéndome disculpas por el retraso y dándome un emocionado abrazo.
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DOS
Ann me había insistido, dada nuestra precaria situación económica, en que tenía que aceptar cualquier encargo, y en que no debía proponer nada, que simplemente dijera sí a todo, porque cualquier cosa era mejor que nada, que la nada en la que pasaba mis días tras salir de la casa de reposo de Míchigan. Pero cuando Merton me preguntó aquella mañana en su despacho de Queens, tal vez con el fin de, como se suele decir, romper el hielo, en qué tipo de guion me gustaría trabajar, no encontré ningún motivo para ocultarle que siempre había querido escribir una serie, pero no de ficción, sino sobre pintura. No le mentí, le dije que, cuando yo trabajaba para la productora de Ned, discutimos esa posibilidad, pero no llegamos a ningún acuerdo porque ellos proponían diez capítulos, cada uno de media hora de duración y dedicado a un pintor; en cambio, yo defendía episodios de una hora y era partidario de que toda la serie se dedicara no a diez
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pintores, no a un único pintor, sino a un solo cuadro, el Campo de trigo con cuervos de Van Gogh. –¿En serio? ¿Diez horas para un solo cuadro? Me parece fantástico, ahora entiendo por qué te fuiste a Europa –dijo Merton levantándose e invitándome al sofá–. Y dime, ¿cómo tenías pensado llenar los diez capítulos tratando solo un cuadro? –Pues recuerdo que había propuesto empezar con un plano detalle sobre una pincelada amarilla, y luego ir desplazando la cámara poco a poco, muy poco a poco, por las otras pinceladas, deteniéndola en los cambios de color para mostrar bien los contrastes. –Fantástico, fantástico. Muy europeo. –Lo importante es pararse a contemplar los pequeños detalles de cada pincelada. –Claro, y con alguna voz en off, explicando algo del autor, ¿no? –¿Qué autor? –Pues ese… Van Gogh, ¿no? –No, no, sin ninguna voz ni música, porque eso distrae la atención y lo importante es centrar la atención, fijarla en cada pincelada, en el detalle. Al menos para mí. –Claro, claro, fantástico. Eso en Europa funcionaría muy bien. Me imagino la expectación entre un capítulo y otro, los debates en los cafés… ¿Y no hay nadie que diga nada, no hay ningún movimiento?
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–No, no hay necesidad. Yo creo que la acción está sobrevalorada tanto en el cine como en la televisión. Hay que propiciar la vuelta hacia uno mismo, ayudar a la introspección del espectador. –Ya, por supuesto, tienes toda la razón. Y en el último capítulo, al final, abres plano y muestras todo el cuadro. –¿Qué cuadro? –Eh… ese de los cuervos, ¿no? –No, no, no, para nada, lo importante es el detalle. Mostrar todo el cuadro es ocultar los detalles, es enmascarar los detalles, no es otra cosa que despreciar los detalles, nada más que traicionarlos; hay que centrarse en la pincelada, fundirse con la pincelada. Al menos, esa es mi visión. –Fantástico, fantástico, una genialidad, sin duda. Aunque no sé si aquí se entendería; diez horas fundiéndose con pinceladas me parece demasiado profundo para el espectador americano medio, pero la idea es fantástica. Por otra parte, para un guionista debe de ser duro no escribir ni una palabra en una serie de diez horas, ¿no? Cuando Ned ganó el Óscar al mejor guion con Jane por aquella película sobre el viaje a Marte, dijo que él lo había hecho porque sentía la necesidad de escribir; dijo que escribió ese guion porque tenía una deuda consigo mismo. –¿Eso dijo? Vaya, pues yo no, yo escribo porque tengo deudas con todos los demás. –Ah, bueno, entonces te vendrá bien mi propuesta.
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Gracias a que Merton se levantó del sofá y comenzó a ir y venir por su despacho de Queens hablando de su idea, me fue posible redoblar mis esfuerzos en ocultar, con el mayor disimulo posible, el agujero abierto en mi calcetín derecho que no dejaba de crecer. Y entonces tuve la sensación de que había perdido mi oportunidad de influir en esa propuesta de Merton porque, en definitiva, Merton era uno de esos hombres de negocios que no le prestan a uno más de diez minutos de atención consecutivos, pensé. Nunca pueden prestar más de diez minutos de atención porque su atención, en definitiva, se desvía al cabo de diez minutos para centrarse en sus propias necesidades, pensé, y estos hombres de negocios no pueden, aunque lo intenten, dedicarle a uno más de diez minutos de atención porque, en definitiva, las necesidades de uno no son necesarias para ellos. Tus necesidades no son sus necesidades, pensé, sus diez minutos no son los tuyos, pensé mientras intentaba ocultar el agujero de mi calcetín derecho con el mayor disimulo. Que había perdido mi oportunidad me quedó claro cuando empecé a entender qué tipo de serie me estaba proponiendo Merton. No era más que un subproducto cultural, simple escoria audiovisual, me lamenté angustiado. Pero Ann me advirtió que no dijera ni una palabra contra la escoria audiovisual si se diera el caso de recibir la propuesta de Merton de hacer un guion para una serie televisiva que
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pudiera considerar una basura televisiva, como se estaba dando. Perdí mi oportunidad de influir en Merton durante los diez minutos de atención disponibles y ahora estaba ya a merced de su oferta para hacer una escoria audiovisual, porque no me podría negar a escribir esa basura televisiva sin tener de inmediato un serio conflicto con Ann. Para Merton era fantástico ofrecerme la oportunidad de escribir un guion para una serie que podría marcar una épo ca, se atrevió a decir sin ningún rubor. Una serie sobre una familia que vivía en las montañas, me dijo, en Colorado, añadió. Una familia de dos niños; una niña; un padre; una madre; un abuelo; una abuela, y un perro, me dijo sin ruborizarse y con una sonrisa de amplitud similar al puente de Brooklyn. El perro era importante porque tenían un patrocinador que vendía productos para mascotas, me dijo sin mostrar vergüenza alguna. Y allí estaba yo, escuchando a Merton con mi mejor sonrisa impostada, compitiendo con todas sus sonrisas impostadas de todas las fotografías por delante de las que el propio Merton paseaba de un lado a otro de su despacho explicándome que buscaban una serie muy familiar, sin conflictos graves, todo muy montañés, dijo, con cierto aire de la alta montaña suiza, dijo, como si fuera una familia suiza pero sin ser suiza, como si Heidi se hubiera trasladado a las montañas de Colorado y hubiera visto aumentar su familia.
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Dijo Merton que aquella historia familiar podría llegar a ser una serie clásica con el paso de los años y de las sucesivas temporadas en las que los niños irían creciendo, como irían envejeciendo sus padres y abuelos, y que hasta el perro podría llegar a ser uno de los canes más famosos de la televisión en todo el mundo, añadió en un estado de excitación que me empezó a preocupar y que me hacía difícil mantener la sonrisa impostada por más tiempo. En otras circunstancias me habría negado, pero en aquellas circunstancias no podía negarme porque necesitaba trabajar y ganar dinero. Necesitaba un adelanto con urgencia. Además, Merton siempre me pareció una buena persona. A otro le hubiera dicho que no sin pestañear, a otro le habría dicho la verdad, que aquello solo era escoria audiovisual y que yo no iba a colaborar en llenar de basura televisiva las casas de los estadounidenses, ni en llenar de basura y escoria las casas de medio mundo como pretendían hacer la productora y el patrocinador que vendía artículos para mascotas. Merton siempre me pareció una buena persona, me repetí para consolarme ante la angustia de la aceptación, ya que la no aceptación también me provocaba angustia solo de pensarla, pensé. Tanto me angustiaba aceptar como no aceptar, porque la angustia no la causa lo que uno elige, como bien decía Kierkegaard, sino ser consciente de que uno tiene la libertad de decidir, de que uno está condenado
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a elegir, pensé para consolarme, aunque Kierkegaard dijo eso con unas buenas medias de lana. La libertad de elegir nos angustia, nos abandona ante la angustia, nos arroja a la angustia, pensé a la vez que intentaba no mover las piernas. Pero Merton merecía ser escuchado porque su ejemplo de superación también era una enseñanza para mí, me dije recordando la desgracia que vivió justo después de su boda, en su luna de miel, cuando un camión ganadero atropelló de la forma más brutal a su mujer mientras él la fotografiaba con su cámara nueva, y la arrastró doscientos metros por el asfalto hasta matarla. Dijeron que el camión había aparecido de la forma más inesperada en un cambio de rasante a una velocidad excesiva y que no le dio tiempo a frenar ni pudo esquivarla, y la mató delante de Merton en el segundo día de su luna de miel con todo ya pagado. La mató allí mismo, mientras Merton, que le había pedido a su mujer que se colocara en la carretera para hacer una composición artística, seguía buscándola en el visor de su nueva cámara fotográfica creyendo que algo no funcionaba. Y a pesar del dolor por la muerte de su mujer y por no haber podido estrenar la cámara, él fue capaz de superarlo todo, fue capaz de salir adelante y, con el tiempo, convertirse en un gran productor de cine y televisión. Sin duda, Merton era un tipo que merecía todo mi respeto y que nunca se mostró como una víctima ante nadie,
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nunca utilizó su desgracia para conseguir nada y, al menos conmigo, ni siquiera ha vuelto a hablar del asunto, me dije entonces mientras lo escuchaba hablar de la familia montañesa delante de sus fotografías saturadas de sonrisas. Cómo iba yo a explicar a cualquiera, y especialmente a Ann, que había rechazado la oferta de Merton aludiendo a la angustia, cómo iba a negarme escudándome en la angustia, refugiándome en la angustia, arrojándole la palabra angustia a Merton sin ninguna consideración. Cómo podía lanzarle la palabra angustia para rechazar su oferta, cuando Merton mejor que nadie, y por supuesto mejor que yo, sabía lo que era la angustia, la verdadera angustia, pensé, la desesperación. No podía negarme. Acepté. –¡Fantástico! Me encantaría rodar en alguna montaña suiza –dijo Merton sentándose de nuevo a mi lado–, pero no tenemos tanto presupuesto, así que imagínate que el entorno es similar, con algo de nieve y todo eso. Supongo que sabes de lo que hablo porque en estos dos años en Europa habrás estado alguna vez en Suiza. –¿Suiza? De los dos años, uno lo pasé entre Suiza y Suecia, por toda esa zona. No sé por qué se echó a reír y no le pregunté porque en ese momento mi vista fue a detenerse justo sobre una fotografía, una pequeña foto en la que, a ambos lados de Merton, abrazados a Merton, estaban Jane y Ned. Merton se dio cuenta y me preguntó, bajando el tono, si los había visto últimamente. Le dije que no, que llevaba ocho años sin
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verlos. Suspiró y me contó que les iba muy bien, que ahora estaban casados, que también se mudaron a los Hamptons, que eran vecinos en aquella playa de los Hamptons y que ella había ganado mucho prestigio como escritora, sobre todo a partir de colaborar con Ned en el guion de la película sobre el viaje a Marte. Fingí que no lo sabía. –¿Entonces cuento contigo? ¿Has entendido el tipo de historia que queremos? Debes saber que eres un afortunado porque muchos guionistas pagarían por trabajar en la serie. Yo también les pagaría para que lo hicieran, pensé, pero tuve que confirmarle mi total disposición a escribir el primer borrador, a empezar a escribirlo de forma inmediata, sin escatimar tiempo ni esfuerzos, y trasladándome mentalmente a las montañas suizas, le dije a Merton intentando mantener el talón derecho bien cubierto. Me miró y en su cara apareció la misma sonrisa que en todas sus fotos. –Fantástico –dijo dándome un gran abrazo.
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