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Agente X.99 C - Gianni Rodari / Federico Delicado

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EL DIOS DEL FUEGO ¿Que si es verdad que durante una de mis exploraciones espaciales aterricé en un planeta salvaje y me hice pasar por el Dios del Fuego? No, señor periodista, no es verdad. No me gusta engañar a la gente, aunque se trate de simios de seis patas como aquellos. Corren muchas exageraciones sobre mis aventuras. Jamás me casé con la Mujer Araña, por la sencilla razón de que nunca la conocí, y ni siquiera creo que exista. Nunca fui el rey del pueblo de los canguros: entre otras cosas, ellos no lo habrían tolerado, porque allí arriba eran, y siguen siendo, fervientes republicanos. Me preguntaba usted por el incidente del fuego. Ahora mismo satisfaré su curiosidad. Sin embargo, tendrá usted que prometerme que no añadirá ni una palabra a mi relato, ¿entendido? Bien, en aquel entonces yo trabajaba como guardián del radiofaro en el asteroide X.99, una esfera rocosa en la que el sol salía y se ponía veinte veces en veinticuatro horas. Sí, esa es la razón de que se me conozca como agente X.99. Por el nombre científico del asteroide. Como ve, no

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tiene ningún misterio. Y tampoco hay nada misterioso en el hecho de que allá arriba gozara de la compañía de mi cabra: me encanta la leche de cabra, eso es todo. Una vez al mes, junto con las provisiones, me enviaban también una bala de hierba fresca. Nadie antes que yo había aceptado vivir como un eremita en un asteroide con objeto de proporcionar aquel punto de apoyo a las Compañías Reunidas de Navegación Espacial. Podía haber impuesto mis condiciones, pero solo exigí una: disponer de hierba para Renata. Sí, señor, Renata es el nombre de mi cabra. Esa que ve ahí, embalsamada, en medio del salón. Hasta así me hace compañía, ahora que soy viejo y ya no me paseo por asteroides y planetas. En aquella ocasión había recibido de la Tierra el encargo de dar un salto al planeta Miro para inspeccionar cierta instalación automática de mediciones electromagnéticas que se había colocado hacía una década y que parecía tener algunos problemas. El planeta Miro, según mis informaciones, estaba habitado por simios extremadamente pacíficos y muy alejados de cualquier forma de inteligencia humana. No había ningún peligro para un agente espacial bien entrenado y –como creían en la Tierra– bien armado. Pero yo no llevaba armas, querido señor. Solo llevaba a Renata, para disponer de mi desayuno preferido a base de leche de cabra.

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Preparo mi pequeña astronave de reconocimiento, pego el salto hasta allí y reviso la instalación, situada entre las montañas, a orillas de un lago de agua verde. Renata, entretanto, pasta y brinca. Parece loca de contenta, pobrecita mía, después de meses de exilio entre las peladas piedras de X.99. Se aleja un poco, pero no me preocupo. Cuando estoy a punto de marcharme, ya no la veo. Debe de haberse adentrado en aquel bosque, iré a ver. ¡Vaya, que me parta un rayo! La encuentro casi de inmediato: está allí, dejándose ordeñar por dos simios gigantescos. Uno de ellos ordeñaba la leche directamente en la boca del otro, y luego se intercambiaban. Otra docena de monos observaban la escena. Al advertir mi presencia, se agitan un poco, pero no se asustan ni huyen. Y aquellos dos siguen bebiéndose mi leche. El asunto me divierte tanto que ni siquiera me apetece enfadarme. Me coloco un cigarrillo entre los labios, saco el mechero y lo hago chasquear. Fue eso, el mechero. En el instante en que ven la llama, todos los simios, uno tras otro y temblando de miedo, se tiran al suelo, en actitud de adoración. «¡Vaya, vaya!», pienso, «parece que te han confundido con el Dios del Fuego.» Pero enseguida me percato de mi error. ¿Quién ha visto nunca que los monos se comporten de ese modo? Por sus gestos de adoración, es evidente el salto de la condición animal a una prehumana. La llama de la

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inteligencia ya ha prendido en aquellas cabezas que se agitan rítmicamente, emitiendo largos gemidos que, desde lejos, se asemejan al canto. Me quedo allí un buen rato, reflexionando sobre el informe que tendré que enviar a la Tierra. Por fin, recuerdo que tengo que irme, llamo a Renata y me dirijo hacia la astronave. Los simios me siguen, arrastrándose, a distancia, pero sin perderme de vista. Están todos allí, sobre las rocas de la orilla, como embelesados. Sí, señor, habría podido divertirme un montón, de haber querido hacerlo. En cambio, se me ocurrió otra cosa. Busco dos piedras y empiezo a golpearlas una contra otra, con fuerza. Luego me acerco a una simia, le pongo las piedras en las manos y la invito a repetir mi gesto. Hago lo mismo con el resto de los simios. «¡Trabajad, trabajad! –ordeno en voz alta–. ¡Abajo, con fuerza, golpead, golpead!» Y ellos golpean sin saber lo que hacen, pero haciéndolo con toda su alma. De las piedras, aquí y allá, se desprenden chispas. Los monos, asustados, dejan caer las piedras. Pero vuelvo a ponérselas en las manos y comienzan de nuevo a golpearlas. Finalmente, al fondo del grupo, veo a un joven simio que comprende la idea. Golpea sus piedras (tal vez tuvo suerte y le tocaron las correctas), obtiene las chispas y se queda perplejo, pero no se asusta. Vuelve a empezar, vuelve a detenerse. Me mira. «Bravo –lo animo–, continúa, no te rindas…» Ahora las chispas ya no

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se desprenden por casualidad debido al choque entre las dos piedras: es él quien las obtiene. Lo ha entendido. Sus manos lo han comprendido y han transmitido el mensaje al cerebro. El cerebro ha captado la idea. El joven simio se alza sobre los pies, presa de una especie de éxtasis. Se coloca delante de sus compañeros, hace salir las chispas de las piedras, lanza alegres gritos de orgullo. Ya se ha olvidado de mi mechero, del Dios del Fuego, de la adoración de poco antes… Él es el inventor del fuego, ¿me explico? «¡Al trabajo! –grito–. ¡Al trabajo!» ¿Que qué hice después? No hice nada. Me fui de allí. Para ciertas cosas, basta con la primera lección. Además, sabía que podía confiar en la corriente que se había establecido entre sus manos y sus cerebros. Solo eso. Nada milagroso, como ve. Pero ¿por qué no prueba este excelente asado de caza? ¿No se fía? Mire, acabo de sacarlo de la lata. Son los famosos alimentos enlatados del planeta Miro, apreciados en todos los mundos habitados. ¿Que quién los fabrica? Pues ellos, mis amigos de Miro. Es su especialidad. En cincuenta años han pasado del descubrimiento del fuego a la industria alimentaria. ¿Sabe? Con seis manos, si se saben utilizar, se camina más deprisa que con dos. ¿Qué dice? ¿Que no se camina con las manos? Pues entonces disculpe, pero usted ha entendido muy poco de toda esta historia.

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LOS ÁRBOLES NO SON ASESINOS Había sido enviado a Parco –el pequeño y misterioso planeta vegetal descubierto por la expedición india en la primera mitad del siglo xxi– solo para recuperar el cadáver de un explorador brasileño abandonado por sus compañeros fugados. Habían sido estos, quizá usted lo recuerde porque su periódico publicó toda la historia, quienes hicieron correr el rumor de que Parco estaba habitado por árboles asesinos. Desde el asteroide X.99, donde, como ya le he contado, vivía yo solo con mi cabra Renata como guardián del radiofaro, se llegaba a dicho planeta en dos semanas de vuelo. Para mí, el encargo –dejando a un lado el penoso asunto del difunto– era una simple distracción. No creía en los árboles asesinos. Debo admitir que no todo en aquellos árboles resultaba muy tranquilizador para un visitante. Sus movimientos, por ejemplo. Aquel día no soplaba viento. Ni la más mínima brisa. El aire era fresco, pero extremadamente suave. Sin embargo, las ramas se movían. Una rama aquí, otra allá abajo, una tercera a mis espaldas, con un crujido que me obligaba a girarme. ¿Me comprende? No es que se moviera el follaje completo del árbol, sino tan solo

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una o dos ramas, como si alguien las agitase. Y los movimientos se multiplicaban a medida que me adentraba en el bosque hacia el punto en el que debería encontrar al explorador que, según sus colegas de expedición, había sido asesinado… por un árbol. A fuerza de golpes de ramas en la cabeza. A bastonazos, vaya. Como si, en los árboles, un ser airado hubiera utilizado las ramas a modo de garrotes. Renata me seguía en silencio, algo inquieta. Ya era bastante extraño que no se parase cada cierto tiempo para mordisquear la hierba, verdísima y todavía húmeda de rocío, o para arrancar la hoja de un arbusto. Lo que sucedió poco después fue mucho más extraño. ¿Ha estado usted alguna vez en un bosque sin ceder a la tentación de hacerse un bastoncito con la primera rama que se le pone a tiro? Yo no. Tampoco en el planeta Parco. Apenas había estirado la mano hacia la rama a la que le había echado el ojo cuando Renata me propinó un brusco topetazo con el que me hizo probar la dureza de sus cuernos. –¿Qué te pasa? –protesté. Renata, por supuesto, no respondió. Tenía la mirada clavada en un punto. En aquel punto estaba el muerto. No me quedaba más remedio que taparme la nariz e introducir aquellos pobres restos en una bolsa higiénica. La operación duró escasos minutos, durante los cuales

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se produjo un febril movimiento sobre mi cabeza, una agitación bulliciosa e inexplicable. Ya le he dicho que no había viento. En el camino de regreso hacia mi astronave, me detuve a menudo para filmar el bosque, que era de una belleza espectacular. No tengo palabras para describírselo. Ahora se lo enseño. Aquí está, esta es la bobina de la película. Instálese en aquel sofá, que verá mejor… ¿Lo ha visto? ¿Ha entendido algo, aparte del espectáculo? Hay algo extraño en esos movimientos, pero usted no lo ha captado, ¿verdad? A mí me sucedió lo mismo cientos de veces. Solía proyectar la película a solas, como fascinado. Y no lo entendía. Me intrigaba cada vez más, me excitaba, me inquietaba. Pero no lo entendía. En una ocasión se presentó en mi asteroide el profesor De Mauro. El famoso lingüista, sí. Venía de no sé dónde y no sé adónde se dirigía; tenían una avería en el radiotransmisor y se detuvieron en mi asteroide porque sabían que en él podrían encontrar las piezas de recambio necesarias. Mientras los técnicos trabajaban, le mostré al profesor algunas de las películas que había grabado en mis erráticos paseos espaciales. Entre otras, la de Parco. Créame si le digo que saltaba de entusiasmo en la silla. ¡Daba unos brincos que ni Renata! Quiso verla diez veces seguidas. Entretanto, tomaba apuntes de manera febril,

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garabateaba excitado, hacía raros gestos con los brazos, dibujaba, tachaba, volvía a dibujar. –Pero ¿no se da cuenta usted de lo que ha descubierto? –gritó al cabo de un rato. –He descubierto unos árboles un poco nerviosos –intenté bromear. –¡Parlantes! –me corrigió el profesor–. ¡Árboles parlantes! ¡Hablan a través de gestos, con sus ramas! Se trata de un fenómeno de comunicación no verbal absolutamente extraordinario… Observe con atención. Ponga la película desde el principio. Obedezco. Y él –¡que me parta un rayo!–, cada vez que se movía una rama…, me hacía la traducción. –Dicen que usted es un amigo porque se lleva al enemigo…, que Renata es encantadora porque no mata la hierba…, que el enemigo había asesinado a un arbusto para hacerse un bastón…, que usted se irá con el árbol que vuela… –¿Está seguro de que no se está dejando arrastrar por la fantasía? –pregunté perplejo. ¡Ojalá nunca le hubiera dicho eso! Se quedó tres días más en mi asteroide, y durante ellos me obligó a aprenderme los gestos de los árboles de Parco, agitando los brazos como si fueran ramas. En resumen, que me enseñó lo que, según él, era el alfabeto de Parco. Yo no podía

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más. Los técnicos de la astronave, que nos veían mover los brazos como aspas de la mañana a la noche, se partían de risa. Me alegré cuando se fueron. Por última vez, desde un ojo de buey, el profesor De Mauro me saludó braceando. Yo me limité a decirle adiós con la mano, a la vieja usanza. Como sabe, tiempo después, el profesor encabezó una expedición a Parco y regresó con un vocabulario completo de la lengua vegetal. Pero lo que usted ignora, porque no lo sabe nadie, es que el primer hombre en hablar con los árboles de Parco fui yo. Nunca se lo había contado a nadie hasta ahora. No conseguía olvidarme de aquella historia. Me impedía conciliar el sueño. Una vez, al pasar por las proximidades de Parco, un impulso irresistible me llevó a aterrizar en aquel planeta. Avancé hasta el límite del bosque. Los árboles estaban absolutamente inmóviles. Repasé rápidamente las lecciones del profesor De Mauro y, decidido a sacarme aquella espina, formé un mensaje con los brazos: «Los hombres y los árboles son amigos». Al cabo de un instante, las ramas empezaron a agitarse y leí la respuesta en sus movimientos: «Renata también es nuestra amiga».

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EL PLANETA DE LOS JUGUETES Aquella misión era de las más sencillas: entregar un paquete de materiales que había dejado en mi asteroide una astronave de paso y regresar ese mismo día. También había una recomendación: no extrañarse de nada. Era evidente que quien me la hacía no me conocía demasiado. He visto gatos tan gordos como las ballenas terrícolas, así que después de eso ya nada podría extrañarme. Este fue el motivo de mi llegada al planeta de los juguetes. Este es el nombre que yo utilizo cuando cuento lo sucedido, pues su denominación oficial contiene tantas equis y zetas que hasta a un polaco le costaría Dios y ayuda pronunciarlo. ¿Que por qué lo llamo así? Ahora se lo explico. Lo primero que me encuentro, a modo de bienvenida, es un perfecto sistema de señalización, dirigido desde el suelo mediante controles automáticos. Sin embargo, antes de ordenarme aterrizar, me obligan a realizar un par de acrobacias sobre el astropuerto, como si se estuvieran divirtiendo un poco. En cuanto tomo tierra, aparecen chiquillos por todas partes, el mayor de los cuales tendría unos diez años, lanzando increíbles «¡Yujuuuu!».

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