Sueños mal soñados Va r i o s au to r e s
Esta es una publicación del grupo de estudiantes de la clase de producción editorial de la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Universidad Javeriana Raquel Gualdron Profesora ©️ (por el texto) ©️ (por las imagenes) Diagramación y diseño: Bogotá D.C, Colombia Primera edición: agosto del 2021 ISBN: 978-958-695-11-8-0 Impresión y finalización: Clase de Producción Editorial Todas los derechos reservados: Esta publicación no puede ser reproducida en su todo o en sus partes. Pontificia Universidad Javeriana
Sueños mal soñados Va r i o s au to r e s
La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido Jorge Luis Borges
11.
13.
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Las ruinas circulares
Los colores de la oscuridad
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59.
79.
La sombra de un sueño
La noche boca arriba
Pétalos rojos
93.
103.
115.
¡Maldito pan!
Historia de Gilgamesh
De nuevo a la oscuridad
123.
133.
Dormir en negro
Pesadillas
Presentación
ÍNDICE
P
r e s e n t a c i ó n
Acompáñenos a recorrer las interpretaciones y creaciones de diferentes autores alrededor del intrigante mundo de los sueños, que en algunos casos resultan en Sueños Malsoñados. Esta recopilación es el resultado del trabajo de diseño editorial grupal de las estudiantes del curso Producción Editorial 2021-2 de la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, Colombia. Los capítulos han sido dispuestos para ser leídos a preferencia del lector. Nosotras le recomendamos dejarse llevawr por instinto, gusto, o azar. Y por favor, no olvide al final contarnos su propio sueño. Aura María Montoya Vargas
Juanita Urueña Barreto
Maria Camila Tobo Granada
Sarai Alejandra Angulo Suarez
Lina María Vega Piña
Isabella Luna Acosta
Valeria Moreno Gómez
Larissa Muñóz Panella
Juana Díaz Páramo
Pamela Micolta Sarasti
Manuela Díaz Campos
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Las ruinas circulares Jorge Luis Borges
Ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer
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adie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha
Las ruinas circulares
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profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas. El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría
acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar. Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo. Las ruinas circulares
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A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado
unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos. Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del rio, adoró los dioses planetarios, pronunció las silabas licitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía. Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin Las ruinas circulares
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cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido. En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del rio, se arrojó a los
pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó. El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré Las ruinas circulares
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con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy. Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje. Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo
que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas. El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga Las ruinas circulares
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pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.
Ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer
Los colores de la oscuridad Juana Díaz Páramo
Existen muchos mapas y aplicaciones para tran30
sitar por las calles de una ciudad, pero ninguno indica cómo transitar dentro de sí mismo
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marillo, azul, rojo.
Rojo, amarillo, azul. No importa el orden. La pared es blanca. Hay cinco sillas, digo, seis, y en la que está, son siete, ¡Siete sillas! ¡Sieteee! Respira, respira. ¿Por qué no puede mover las piernas? ¿Por qué quiere gritar? Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete son los días de la semana. ¿La enterrarán sola? ¿Por qué la abandonas Dios? Tiene un partido más Los Colores de la Oscuridad
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tarde. No puede respirar. Amarillo, azul, rojo, verde. Sol, mar, sangre, césped. ¡Cuánto quisiera poder recostarse en el pasto y gritar! Pero ya está gritando. No puede parar. ¿Qué le pasa? Otra vez no, otra vez no. Su cuerpo está preparado para correr aun cuando no tiene razón para hacerlo. Las figuras geométricas se funden en una sola imagen y los ruidos ininteligibles siguen un patrón desesperante. Su cabeza palpita, se le nubla la vista y de repente, todo lo que considera real, no lo es más. Quiere acurrucarse en la superficie de otro planeta, en otra dimensión, en otro huso horario y en otro cuerpo, en otra realidad que no sea esta, en otra vida. No quiere olvidar, quiere que la olviden. Quiere sumirse en la nada, porque si nadie la conoce entonces puede desconocerse ella también y convertirse en ese ser que solloza desde sus adentros y clama auxilio. No cargar con el esfuerzo inútil de las apariencias. Si esto llegase a pasar, la señalarían de endemoniada, de pecadora, de enferma, de patológica. Y no niega que lo es, pero tampoco lo acepta, pues tiene la esperanza de mezclarse entre la multitud y aparecer en la fotografía completa, aunque se vea como una mancha o un simple punto. Sabe que es esto mejor que aparecer en otra fotografía aparte acompañada de unos pocos que no son ni manchas ni puntos: son
bárbaros, bestias, salvajes. Vienen de otro planeta, mutaron y ahora son defectuosos; necesitan soporte y apoyo para hacer parte de este selecto grupo de gente estándar. Quiso alguna vez ser cantante y ahora no soporta su propia voz. No le agradaba la idea de utilizar anteojos y ahora quisiera ver todo aún más borroso, hasta perderse. Existen muchos mapas y aplicaciones para transitar por las calles de una ciudad, pero ninguno indica cómo transitar dentro de sí mismo; qué paradas hacer, qué calles tomar, qué pasajeros bajar. Estamos, pero ella, más que nosotros, a la intemperie. Ella es vulnerable, fuerte camuflada de frágil, observada, juzgada, comentada, valorada; está desnuda y camina entre nosotros sin tropezar y sin dudar antes de dar un paso; se defiende con su cabello, con lo poco que queda de sus uñas y su cuerpo esbelto, producto de consumo masivo. Construye un escudo de lágrimas y grita para que se alejen de ella. Pide perdón. No quiere ser así. Además, quienes la atacan solo los ve ella. Los amigos imaginarios que un día fueron compañía, hoy
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la quieren destruir. La pregunta es: ¿por qué? ¿por qué a ella? ¿por qué ella? ¿por qué no puede ser una espectadora más, una estudiante más, una persona más? Desea ser esa persona que presencia en su humanidad cómo los demás se convierten en bestias salvajes, mientras ella se resguarda en normalidad y cordura para observar, con lástima y algo de compasión, el sufrimiento de los que perdieron el control de sí mismos y se vieron obligados a abandonar sus antiguas identidades. 36
Durante esta espeluznante escena, cada historia con personajes retorcidos, monstruosos o diabólicos cobra sentido: es qué quiere llorar si mamá está en casa y papá en el trabajo? ¿Por qué quiere llorar si la abuela vive y Juan Pablo dice que la ama? ¿Por qué quiere llorar si se supone que tiene todo para ser feliz? Carga con la culpa que le genera encontrar la misma respuesta a todas las preguntas: “no sé”. No sabe cuándo empezó a salir todo mal, no sabe cuándo comenzó a contar pasos y a rezar muy fuerte para no morir durante el sueño, no sabe cuándo la simetría se volvió tan importante, así como tampoco sabe cuándo el comedor se convirtió en un campo de
batalla. Es todo lo que no quería ser; se hace zancadilla, se traiciona, se miente, se engaña, se golpea, se vulnera, se ríe de sus propios fracasos. Luego se pide perdón, se acaricia, se besa, se abraza, se idolatra, se empodera y se hace mágica, vuela divina y angelical sin preocupaciones, sin dolor, sin heridas, sin memoria, pero con su sombra persiguiéndola. Cada intento de desprender esa oscuridad falla, la luz siempre la hará tener sombra y aunque cierre los ojos con fuerza o el planeta se sumerja en una noche eterna, estará ahí, burlándose de sus ridículos intentos de apagar un incendio con un vaso de agua. Corrió muy rápido, se escondió hasta casi perderse de sí misma y jugó tantas veces a armar y desarmar el mismo rompecabezas que, con lágrimas, con apoyo, con silencio, con ruido, con personas, con ella misma, con ayuda, con amor, con odio y con fuerza, no logró resolver. Es una pesadilla que no acaba. Una niña bajo las cobijas un domingo a media noche se le asemeja; sabe que la observan en la oscuridad y un monstruo la espera bajo la cama. Como no es capaz de exhibirse o siquiera asomarse, la bestia se engrandece, pues sabe que le teme y ocasionalmente le deja ganar batallas. De todas maneras, amanece y abre los ojos, pero su cuerpo no responde.
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En sus sueños alguien la ahorca, la golpea, e incluso, la apuñala; nada comparado con lo que su sombra le hace imaginar cuando camina por la calle. Abre la cortina, tiende la cama y se retira el pijama con sudor. Así limpia la escena del crimen. El día llega, el sol brilla y ella sonríe. A fuera de su cabeza está a salvo. En un abrir y cerrar de ojos las luces comienzan a titilar sin parar. No otra vez. La abraza una brigadista y le dice “todo va a estar bien”, y sabe que así será, todo siempre termina estando bien, aunque ella no. 38
Llega la silla de ruedas, pero quiere caminar. Necesita caminar. Es su deber caminar. Caminar la necesita. Amarillo, azul, rojo. ¿Ya le habrán dicho a su mamá? ¿Quién la espera en casa? ¿Qué piensan sus amigos? ¿Cómo califican los espectadores esta obra trágica en la que nadie sabe qué pasa pero tampoco pregunta? Sale del campo de batalla con francotiradores apuntándole, aunque lleva la guerra dentro; sabe que busca una segunda ronda. Va endeble, gelatinosa, transformada. No es ella. Entra al ascensor y ve su reflejo. No sabe si es la angustia, el horror o el desagrado que
siente respecto a su aspecto físico el que la hace gritar dos veces con furia y dolor. Es irreconocible. Durante mucho tiempo utilizó la técnica de reír para evitar llorar. Sentía pulsaciones y presión en las sienes justo en el momento menos indicado. Humedad en los lagrimales: la tormenta se aproximaba. Sabía que, si comenzaba a llorar, detenerse sería casi imposible y que, además, todas las personas que la rodeaban acudirían a ella con una pregunta tan básica como morbosa: ¿por qué lloras? Además de que se le dificulta mucho encontrar la razón específica de su llanto, no quería, y con el tiempo se dio cuenta de que no tiene el deber de intentar explicar cómo se siente, pues abundan las personas que juzgan y no las que callan mientras intentan entender. Y por mucho tiempo mintió, fingió, dejó de ser ella misma para moldear un ser humano agradable para los demás pero que resultaba detestable para ella. Teniendo claro que no podía llorar comenzó a reír, a reír como loca, insanamente; una risa indetenible y apasionada; se rio de la
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persona de al lado, de al frente y la que estaba a sus espaldas. Se rio con el alma, se rio con el corazón y se rio consigo misma de su propio dolor. La estrategia fue efectiva. Siempre es más divertido hablar de una persona que cuando llora se ríe, que hablar de una persona que cuando llora solo llora. El problema es que en ocasiones los gritos son más ruidosos que las risas, los golpes son más fuertes que los abrazos y lo que la hace llorar es mucho más visible que lo que la hace reír.
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Lo bueno es que quiere sanar, y al aferrarse a la brigadista y sentir la luz del sol en su cara, repite: amarillo, azul y rojo. Abre los ojos y ve su entorno, se fascina por los colores que la rodean. Llega la única persona que cree que puede entender su dolor; la abraza y se da cuenta de que esta vez ni sus manos frías pueden refrescar el incendio que está teniendo dentro. El calor comienza a asfixiarla y a los lejos escucha preguntas que podría responder si no tuviera las cuerdas vocales paralizadas. Preguntan su nombre, su edad, si comió y si se mostró diferente, pero nadie sabe nada. No preguntan por su historia. Respira agitada y de repente recuerda
que tiene asuntos pendientes, que más tarde tiene una clase y que quedó de ver a unos amigos. No pueden hospitalizarla. Los colores a su alrededor la saturan visualmente. ¿Por qué no la sacan de allí? Hace mucho bochorno; la humedad, el tráfico. Tiene asfixia mental. Le preguntan cómo se siente y comienza a gritar otra vez, sus ruidos son incomprensibles, casi aullidos. Todo lo que quiere que entiendan es que necesita ayuda, aunque no sabe cómo. Llega la carroza que transportará a Bella a su castillo, ¿o será más bien la Bestia? No quiere ver a su padre, no puede verlo ni él puede verla así. No la entiende, no la entendió y no la entenderá. Así que estalla de nuevo, pero entre más rápido pueda irse de ese paisaje trágico, será mejor. Parten en un viaje que parece intergaláctico, eterno, entre dimensiones. Pierde la noción de todo lo que la rodea; masa, volumen, densidad, forma. Todo parece líquido e incluso gas. Es una estrella que estalló y ahora solo es polvo, una nebulosa rosada.
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Lanza patadas, su papá hace preguntas inútiles y ella solo se pregunta: ¿para dónde vamos? Intenta cerrar los ojos para evadir sus propios golpes, pero no lo logra. Al llegar a casa ve en el ascensor su reflejo: puras cenizas de una explosión reciente. Mamá la recibe, siempre tan amorosa y angelical. Se aferra a ella. Quiere mostrarse fuerte, tiene muchas cosas qué hacer y no puede perder tiempo, pero primero pierde el equilibrio en un intento fallido de estar firme. 42
Llega a su cama. Amarillo, azul, rojo. La consume una oscuridad profunda… ¿Saldrá del fondo del mar? Catorce horas después despierta. Quetiapina, fluoxetina, sertralina. Químicos nadan en su cerebro… ¿Qué le pasó?
Siempre es más divertido hablar de una persona que cuando llora se ríe, que hablar de una persona que cuando llora solo llora.
La sombra de un sueño David Olier
Detras de él no había nada más que la serenidad de la primera hora de la mañana
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brió los ojos tembloroso y empapado en sudor. Aturdido y sin saberse despierto o dormido, intentó descubrir dónde se encontraba, hasta que el sonido estridente del despertador le dio la respuesta. Estaba en su casa, dentro de la cama, y eran las seis de la mañana. La sensación de estar dormido se difuminó mientras tomaba consciencia de sus obligaciones. Tardó unos segundos en moverse. Intentó, sin éxito, recordar cuáles eran los sueños que había tenido. Por su agitación, sabía que habían sido muchos, vívidos y muy extraños. De ellos, sin embargo, no recordaba una sola imagen, algo insólito en él, tan solo las sensaciones que le habían dejado. Sensaciones siniestras y oscuras por las
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que todavía le palpitaba el corazón, tenía el vello erizado y el sudor frío de la espalda discurría con libertad. Se levantó, fue al baño y sumergió la cara en el agua gélida que salía a esas horas tan tempranas. Sin embargo, fuera lo que fuera ese sueño oscuro y opresivo, se había apoderado de él y no quería soltarlo. Una pesadilla que le estaba persiguiendo hasta la vigilia. Bajó a la cocina, concentrado en los crujidos de las escaleras de madera de la casa victoriana de uno de los mejores barrios de San Francisco en la que vivía. Sonidos que le recordaban a su niñez, a sus veranos en el campo, a sus abuelos, a las risas de sus primos y a la calidez de quien todavía no sabe lo dura que es la vida en realidad. Una vida vacía, llena de sinsabores, falsas amistades, medias verdades… Chocó contra la mesa de la cocina y lanzó un aullido de dolor. Estaba claro que nada iba a salir bien aquella mañana. Su estómago rugió molesto y una punzada en la sien le recordó lo mal que le sentaba el alcohol y lo mucho que había tomado la noche anterior. Una cena de empresa a la que no quería ir, pero en la que debía estar si pretendía que su carrera prosperase. Una sensación espeluznante le escoció en la nuca, justo en la base del cráneo, sintonizada con precisión con le de esas pesadillas
que no recordaba. Algo no iba bien. Desechó la idea de desayunar y decidió que lo único que podría calmar sus nervios, su resaca y sus sueños, sería una buena ducha caliente. Liberar tensiones, dejar que se hundieran en las profundidades del desagüe… Salió de la cocina y echó un último vistazo a la mesa con la que acababa de destrozarse el dedo meñique del pie derecho. Hubiera jurado que estaba unos centímetros más cerca de la puerta de lo que debería. Sacudió la cabeza, se frotó los ojos y resopló. Estaba comportándose como un crío. Al llegar a la escalera, escuchó un murmullo que le hizo darse la vuelta con un sobresalto. Un susurro tan leve, procedente de la cocina, que hasta ese instante le había pasado desapercibido. Quizá había estado demasiado encerrado en sus pensamientos y había puesto la cafetera al fuego de manera mecánica, como todas las mañanas. Sin embargo, el murmullo cesó cuando puso un pie dentro de la cocina. Los fuegos estaban apagados, la cafetera guardada en el armario y nada, además de su respiración, emitía sonido alguno. La sombra de un sueño
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Aturdido y cubierto todavía por la pesada carga que estaban siendo los sueños de aquella noche, volvió hacia la escalera. Tenía la tortuosa sensación de saber que los sueños habían sido importantes. Que eran importantes para él y que necesitaba recordarlos. Pero su frustración crecía al ver que su mente no podía alcanzar ninguno de ellos. Se acercaban lo suficiente a su parte consciente como para crearle una falsa esperanza que se desvanecía en una sensación asfixiante cada vez que se enroscaban más y más hondo en su subconsciente. Agarrado al pasamanos, incapaz de subir las escaleras, sus ojos captaron durante un instante algo de movimiento. Una masa de oscuridad antinatural que corría fugaz por el margen de su visión. El corazón empezó a latir con más fuerza, sus músculos se tensaron, se le secó la boca y giró en redondo. El miedo amenazaba con superarlo. Detrás de él no había nada más que la serenidad de la primera hora de la mañana. Lo único distinto que había en la casa eran su resaca y su cansancio, el resto permanecía invariable. Trató de reírse de sí mismo, plantado en mitad de su salón, con casi cuarenta años, en pijama, somnoliento y apestando al humo de
los puros y el alcohol derramado durante la fiesta de anoche. Los tenues rayos del amanecer le calentaban la espalda lo justo para no sentir frío e iluminaban la estancia por completo. Ese era el mundo real, un mundo sin fantasías, sin fantasmas, en el que los sueños solo eran sueños. Se obligó a soltar una carcajada que sonó pastosa y hueca. Algo más parecido al gruñido lastimero de algún animal agonizante que a una risa humana. La tos se encargó de cortar aquel conato de risa y le hizo doblarse por la mitad. El sol ya no le pareció tan cálido, ni la habitación tan iluminada. La luz del invierno hizo que su salón pasase de acogedor a tenebroso. Antes de que esos temores absurdos se sumasen a los que ya sentía, salió corriendo hacia el baño y se encerró entre sus blancas y bien iluminadas paredes. El agua tibia le ayudó a serenarse; con los ojos cerrados y las manos apoyadas en la pared, dejó que lavase sus miedos. Sintió como resbalaban por su cuerpo junto con los restos de jabón y desaparecían de una vez por todas en las profundidades de su casa. La noche había sido larga y el alcohol excesivo. Esbozó una sonrisa. Cuerpo y mente trataban de decirle que ya no estaba preparado La sombra de un sueño
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para fiestas como esa. Aunque una buena ducha le hiciera sentir un poco mejor. Al relajarse, con la cabeza metida bajo la ducha, volvió a sentir que algo se movía tras él. Sabía que era absurdo, que allí solo estaban él, el agua y el vapor de una temperatura excesiva, pero giró la cabeza para desechar sus miedos y volver a sentirse en paz consigo mismo. Tal y como esperaba, detrás de él solo flotaba un vaho cargado por los aromas del jabón. Fue cuando volvió a mirar hacia delante, cuando se encontró con una figura horrible y deforme situada justo entre sus brazos. Su rostro pútrido situado a escasos centímetros de su cara, con un cuerpo oscuro como la noche y unas deformes figuras humanoides descomponiéndose y moviéndose por debajo de la sucia y raída túnica que llevaba. El agua que caía sobre aquella cosa dejó de ser transparente y se tornó negruzca y viscosa. El terror le hizo lanzar un grito y caerse de bruces contra el suelo mientras trataba de huir. Al mirar hacia arriba, dolorido, con la intención de salir corriendo de la bañera, comprobó con alivio que la figura ya no estaba. El agua transparente y limpia discurría con suavidad y él volvía a estar
solo en aquella ducha. Sintió que su corazón se saltaba un latido tras otro. Al cuarto, volvió a arremeter con toda la fuerza de la que era capaz. Cien, ciento cincuenta, doscientas, no hubiera podido decir a cuántas pulsaciones empezó a bombear. Lo único en lo que pudo pensar era en el milagro de que no estallase allí mismo. Desnudo y chorreando, se lanzó a la carrera para huir de aquel baño maldito. Entró en su cuarto y cerró la puerta con fuerza. Allí estaría a salvo de lo que fuera que le perseguía. Tenía que dormir un poco más, relajar su mente y volver a la cama. Todos entenderían que un día como aquel fuera al trabajo un par de horas tarde. La sensación de alivio por tener un plan le ayudó a ralentizar el ritmo desbocado de su corazón, aunque tuvo que apoyarse, exhausto, contra la puerta y cerrar los ojos para calmar su respiración. Cuando por fin se decidió a abrirlos lanzó un grito todavía más desgarrador que antes. Delante de él, flotando por encima de la cama, había dos presencias idénticas a la que le había aterrorizado en el baño. Solo que estas eran más nítidas, más sólidas y más espeluznantes. Sus instintos más primarios intentaron evitar el contacto visual con aquellas cosas, pero sus párpados no fueron tan rápidos como su cerebro. Este tuvo el tiempo justo para procesar lo que sus La sombra de un sueño
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horrorizados ojos se habían negado a observar: unos rasgos pálidos y demacrados que caían flácidos sobre unos rostros sin carne en los que crueles pozos de oscuridad infinita miraban hacia lo más profundo de su alma. Lo que antes había confundido con una túnica raída era en realidad un manto macabro tejido a base trozos de carne humana ennegrecida por el fuego. Las costuras, a pesar de sus ojos cerrados, tomaron una nitidez insoportable e irreal en el interior de su mente, unas costuras que encerraban algo más que la carne de aquellos desdichados. Un olor nauseabundo penetró en él y llevó su mente al terror más absoluto, a un miedo primordial y básico tan intenso que pensó que moría. Un olor que convertía la escena en algo real y del que sus temblorosos párpados no podían protegerle. Las criaturas empezaron a emitir un rasposo y tosco sonido en el instante en que él se impulsaba fuera de su cuarto. Lo hizo mientras gritaba con todas las fuerzas que fue capaz de reunir, notando cómo algo se rompía dentro de su voz. Iba desnudo, pero eso no le importó. Solo necesitaba salir de aquel espantoso lugar que antes había sido su casa. Antes de girar el pomo de la puerta de su casa y escapar, escuchó
con claridad el murmullo despiadado de las criaturas. Algo parecido a risas burlonas, crueles y llenas de odio que penetraron en sus oídos hasta límites imposibles. Con cada una de las fibras de su ser temblorosas, abrió la puerta y se abalanzó hacia la salvación de la luz de la mañana. Su fogonazo le vació la mente y lo transportó al lugar que le correspondía. Abrió los ojos tembloroso y empapado en sudor. Aturdido y sin saberse despierto o dormido, intentó descubrir dónde se encontraba, hasta que el sonido estridente del despertador le dio la respuesta. Estaba en su casa, dentro de la cama, y eran las seis de la mañana. La sensación de estar dormido se difuminó mientras tomaba consciencia de sus obligaciones. O eso creería durante el resto de la eternidad.
La sombra de un sueño
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La noche boca arriba Julio Cortázar
Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños...
A
mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones. Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle
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larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe. Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. “Usté la
agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado…”; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio. La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. “Natural”, dijo él. “Como que me la ligué encima…” Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras La noche boca arriba
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bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento. Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás. Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que solo ellos, los motecas, conocían.
Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. “Huele a guerra”, pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.
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-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo. Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez
ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse. Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose. Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. “La calzada”, pensó. “Me salí de la calzada.” Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo La noche boca arriba
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ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores. Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos
alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás. -Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien. Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin… Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo La noche boca arriba
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habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco. Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de
lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno. Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con La noche boca arriba
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el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida. Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la
botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada… Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de La noche boca arriba
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rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.
FIN
Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños...
Pétalos rojos
maría Camila Tobo Granada
¿Qué más le podía pedir a la existencia?, podía satisfacerme y salvar almas por medio de un especioso rio mientras nadie me culpaba, pues solo existo como trastorno de alguien, solo como la psicopatía ante los ojos humanos.
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esde pequeña escuchaba hablar de mí de manera incesante a Marta y a Hugo, todo empezó en la casa de Pijao, era un martes si mal no recuerdo, ese día Carlos de la Hacienda pasaba con su vaca repartiendo la leche a cada una de las casas aledañas a la iglesia de San Juan de Dios, me atraía ese hombre, le encontraba cierto parecido a mí y hasta ahora es la única persona que me agradó en todo ese lugar, o tal vez ¿era su vaca la que me agradaba?, Carlos de la Hacienda arriaba a su vaca con fuerza y poder, lo que me recordaba lo poderosa que soy, esto a pesar de que Marta y el asqueroso Hugo hablaran de que yo era una enfermedad, yo me sentía más sana que nunca, en ese entonces nunca los entendí.
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Me encantaba cuando podía ver el espectáculo de Carlos con su vaquita Petra. Me tomó varios días buscar la razón de la atracción incesante hacia Carlos hasta qué por fin la encontré ese martes. Lo agradable de Carlos de la Hacienda era su vaca, verle los ojos con venas rojas me producía una necesidad de tenerlos conmigo, quería esos ojos, los necesitaba para que al despertar me pudieran ver desde un frasco que en ese entonces ya tenía preparado para cuando decidiera quitarle los ojos a Petra, con el fin de que me miraran como lo hacía la luna a todos los del pueblo, claro, menos a mí. Esos ojos serían mis lunas y mejor aún, unas lunas enfrascadas con venas rojas, llenas de sangre y pestañas largas observándome, claramente nada podría ser más maravilloso. Estuve generando ese pensamiento de la muerte de Petra y cuál cuchillo usaría para tener sus encantadores ojitos; siempre me he caracterizado por planear detalladamente absolutamente todo lo que pasa a mi alrededor, tal vez una de las cosas de las que Marta odia de mí, pero aun así me eligió entre muchas y logré vivir con ella; con mi encanto y atractivo era imposible que mi puesto lo ocupara otra, ella me entiende un poco, a pesar de que apoyó la idea de dejarme encerrada y en secreto todos los días en ese cuarto de madera vieja con olor extraño pero encantador, un olor
que me hacía pensar en cuantas personas murieron allí. La casa era del bisabuelo de Marta, posiblemente en donde yo dormía, él murió por un cáncer, no por mi culpa, de eso estoy segura. Llegó el día de atrapar mis dos lunas, era temprano, Carlos de la Hacienda pasaba primero a nuestra casa por ser la más lejana de la iglesia del pueblo, decidí dejar que hiciera el recorrido habitual, pues no quería que los demás se quedaran sin leche. Llegaron las once de la mañana y Carlos regresaba con Petríca, bajé cautelosamente logrando escapar de Hugo, me lancé al cuello de Carlos y lo asesiné con un corte perfecto, era una sensación parecida a la de cortar el cordero de los jueves que hacía de cena Hugo, solo que esta vez no estaba el olor a asado y especias, más bien era un olor metálico, por la sangre qué salía del cuello. Carlos se deslizó por mis brazos y cayó al suelo al lado de las patas de Petra, luego corrí a atrapar las dos lunas y el espectáculo terminó con un rio de pétalos rojos desde el portón de la casa hasta el infinito. Espero que ambos hayan sido buenos en su vida y estén ahora en el cielo disfrutando del paraíso, tuve que mostrar compasión con los habitantes del pueblo por la pérdida de Carlos y Petra, pero claro está que nunca entendí sus sentimientos,
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la empatía emocional real nunca ha sido algo que me caracterice, en realidad yo solo pensaba en mis dos nuevas lunas. Después del incidente, todos buscaban culpables, claramente yo no era una posibilidad, tenía 13 años, vestido rosado de flores y los zapatos de charol blancos que Marta había traído para mí, ¿quien podría seleccionarme como culpable?, la verdad ni siquiera tuve que mentir, aunque para mí hubiese sido un placer poner cara de niña buena y afirmar que estaba jugando con las arañas de mi habitación de madera en el momento que el curso alto del rio de pétalos rojos logró llamar la atención de los habitantes. Hugo y Marta eran una familia católica y conservadora, con una estampilla de la virgen en cada puerta de madera qué tenía la casa, alguien qué viviera bajo ese techo jamás podría manchar sus manos de sangre, eso estaba claro en el pueblo y esa reputación combinaba perfecto con mis planes. Ese día llegué a mi habitación y mientras me bañaba experimenté una sensación que jamás olvidaré, era un espectáculo parecido al de ver a Hugo en las mañanas cortar las fresas en pedacitos y mezclarlas con agua generando una sintonía perfecta, el rojo del jugo de fresa era el color de una obra de arte encarcelada en paredes de vidrio y consumida por dos humanos que
no tenían ni idea de la creación que estaban bebiendo, así fue como vi caer las gotas de sangre de mis manos, la sangre de Petríca y Carlos de la Hacienda, ver las gotas mezclándose con el agua de la ducha mientras caían en mis pies generaba el mismo rojo del jugo de fresa que jamás probé, pero supongo que probarlo era casi la misma experiencia que lo sucedido en la ducha aquel día, en ese instante me di cuenta que las manchas de sangre no se iban de mis manos, las manchas quedaron impregnadas en mis huesos y jamás se fueron, ver mis manos sin carne, manchadas de color fresa me invitaron a querer tenerlas completamente rojas, esa noche dormí plácidamente, ya solo no eran mis manos manchadas, ahora ya tenía dos lunas para mí y me estaban mirando, incluso ahora lo están haciendo. Hechos como estos siguieron pasando a lo largo de varios años, Marta ya tenía un trabajo en la carnicería del pueblo y también un novio, su nombre era Ricardo, ella no me dedicaba tiempo, incluso yo sentía que se forzaba por ignorarme, por otro lado, Hugo ya entraba a los 80 años y su rutina en la hamaca a las seis de la tarde al parecer era lo más excitante que le podía pasar en su aburrida vida. Yo, seguía en el cuarto de Madera, a pesar de que Marta y el desagradable Hugo pensaran que el encierro iba a ser lo mejor para mí, Pétalos rojos
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yo soy más inteligente que ellos, atormentarles y causarles problemas con los del pueblo para mí no era difícil, al contrario, lo disfrutaba, pero no es mi culpa, las de mi tipo nos aburrimos con facilidad, así que después de los años descubrí que una de las razones por las que adoraba ser la autora de ríos de pétalos rojos, era la necesidad irrefrenable de sobredosis de adrenalina, pero, ¿a quién no le causa adrenalina ser las manos responsables de la creación de algo?, esa sensación la comparaba con la sensación de una madre en el parto, sentirse creador de otro ser humano o especie, debía sentirse igual que matar, igual qué crear ríos de sangre sin fin, sin limites y sin exclusión. La experiencia de la muerte por medio de la creación de ríos de pétalos rojos para la liberación de las almas, claramente yo era mejor que una madre, yo era mejor que todas ellas, pues mientras ellas traían un nuevo niño a la tierra para encarcelarlo en un mundo absolutamente apestoso yo era quien los liberaba, esa era exactamente la materia viva de todas mis escenas. El recuerdo que más permanece en mí en la época donde Marta trabajaba en la carnicería es la Muerte de Ricardo, su novio. Por supuesto que yo fui la que impulsó el suicidio y le agradezco a él por
permitirme teñir por completo mis manos de rojo fresa, tal vez por eso exactamente es que tanto lo recuerdo, ver lleno el espacio entre la línea de la vida y la línea de Marte de los huesos de la mano rectificaron mi pensamiento que el universo me mandaba una señal, la línea de Marte afirmaba el apoyo espiritual adicional que el universo me había concebido y la línea de la vida llena de rojo fresa explicaba la razón de mi existencia. De nuevo era martes y yo acompañaba a Marta en su trabajo, todo estaba meticulosamente planeado, con dos meses de anterioridad logré enviarle cartas con el mensajero del pueblo donde exponía detalles específicos de las experiencias que más atormentaban la existencia de Ricardo, eso se lo debo agradecer a Marta que a veces habla demás, solo fueron dos meses para que Ricardo llegara a la desesperación, vivía con una compañera mía, la esquizofrenia paranoide a veces era muy posesiva con él y solo tuve que mencionar su recuerdo de los seis años con su tío ese día en el trabajo mientras él cortaba el estómago de la res, (que por supuesto me recordó mis lunitas enfrascadas) para manipularlo, eso fue realmente fácil, agarró el cuchillo y ya imaginarán lo que ocurrió, un nuevo rio de
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pétalos rojos y la última mancha para tener los huesos completamente rojos. El fin de Marta ocurrió hace dos días, un accidente en la vía que conecta con la ciudad, ese día pude ser libre, lo primero que hice fue verme a un espejo, era una de las cosas que Hugo y Marta no permitían, no había espejos en la casa, pero encontré uno en un cajón de la habitación de madera, al verme me sorprendí, pues tenía la idea de lucir como otro ser humano, tenía forma de lobo, lo que para mí eran manos, en realidad eran patas sin piel, solo se veían mis huesos, ya completamente rojos por todos los asesinatos que cometí, mis ojos eran rojos, nada parecidos a los precioso ojos de Petrica, ni a los de Carlos de la Hacienda, ni siquiera a esos que producían escozor al verlos, los de Hugo. Lo único que me resultaba familiar era el lazo rosado en mi cuello, igual al que llevaba Marta siempre, ¿pero, si luzco como un lobo, como logré disfrutar de cada uno de mis ríos?. Empezaron los servicios funerarios de Marta y llegamos al camposanto, a las ocho de la noche terminó la ceremonia, yo estaba en el ataúd junto a Marta, como su compañera fiel, como si fuera una especie de mascota que solo yo misma pudiera ver, como si con la
muerte de Marta me hubiese vuelto inexistente, en ese preciso instante entendí que tenía razón, la enferma no era yo la enferma era Marta a los ojos de Hugo y yo era su demonio, para mí yo fui su salvación, le hice posible hacer todo lo que su impulso añoraba sin una gota de remordimiento, los crímenes eran causados por mí pero realizados por ella, éramos una. ¿Qué más le podía pedir a la existencia?, podía satisfacerme y salvar almas por medio de un especioso rio mientras nadie me culpaba, pues solo existo como trastorno de alguien, solo como la psicopatía ante los ojos humanos. Pensándolo bien la palabra trastorno me queda demasiado corta, yo entrego liberación a quien decide quedarse conmigo, qué me llamen Dios, eso sí me haría sentir cómoda. Bendito sea el universo que me libró de hacer parte de la humanidad y de la mortalidad. Ahora sabía que mi existencia permanecería por siempre, era hora de cambiar de cuarto de madera, en algún lugar del mundo un bebé debe estar naciendo, listo para recibirme.
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¡Maldito pan! Pamela Micolta
Nicolás por fin se retira del espejo y sale de su apartamento en busca de levadura para el ánimo, el amor y el maldito pan.
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arina blanca, harina integral, las nueces, la sal ¿Qué más era? (...) —Por fin recuerda y a un repentino chasquido de dedos le sigue: —¡Los arándanos! —¿Solo eso le faltó, Nicolás? —preguntan al otro lado de la mesa —¡Shh! Hoy no.
Acto seguido, Nicolás se dispone a seguir la receta al pie de la letra o por lo menos esa era la intención. Ahora, comienza a murmurar: —Harinas tamizadas. Círculo sobre la mesada. Agua para... La levadura... La levadura ¡Hijueputa la levadura! ¡Ahh! —Contiene su ira y las ganas de tirar todo a la porra. ¡Maldito pan!
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—Y ahora? —Le pregunta descaradamente aquel intruso. —Ahora, yo me voy por la levadura, y usted deja de joderme la vida. —Entre más me niegue y más trate de odiarme, más me va a terminar amando, pero eso solo lo va a entender antes de morir. —¿De qué carajos está hablando?
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Nicolás, completamente desconcertado pero decidido a sacar el pan, se lava las manos y sale en busca de una chaqueta. Logra llegar a la mitad del pasillo cuando sus pensamientos son interrumpidos una vez más. —Lo admiro mucho. Después de tanta mierda usted sigue fiel creyente a sus teorías, al caos y a los besos. Misma razón por la que le aborrezco. Pero verá, eso hace parte de la aceptación del otro. Bueno, de uno mismo (...) —Si uno no se entrega a los placeres que más daño hacen en la vida que más da —responde Nicolás casi que a regañadientes. —¿Al placer o a las mujeres? —Nicolás ríe —Hay algo muy característico en su risa, de esas que se podrían catalogar como pícaras, pero no siempre coquetas.
—Porque eso explicaría mucho ese afán por la levadura. —Nicolás frunce el ceño en respuesta —De pronto usted espera que no solo crezca ese invento de panadería sino también un amor. —Le reclama mientras gira levemente en dirección a la cocina. —Si no se quiere quedar aquí, deje de hacerse el sabelotodo. —Con las ganas que tengo de salir ¿Se le olvida que estamos en plena pandemia? —Por eso mismo necesito que esto salga bien, necesito demostrarle que después de todo, yo sigo aquí ¡Maldito pan! 99 Nicolás refunfuña mientras se acerca al perchero y con una chaqueta se cubre. —Retrocede y mientras peina su barba se dispone para poner fin a la conversación. (...) —Oiga ¿Qué es eso del antes de morir? —pregunta al borde de la puerta —Hermano, pues que antes de morir siempre hace falta algo, una fiesta, un beso, usted escoja. (...) ¡Maldito pan!
—¿Se va a quedar entonces? —Usted decide —responde la voz. Nicolás por fin se retira del espejo y sale de su apartamento en busca de levadura para el ánimo, el amor y el maldito pan.
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—Oiga ¿Qué es eso del antes de morir? —pregunta al borde de la puerta —Hermano, pues que antes de morir siempre hace falta algo, una fiesta, un beso, usted escoja.
Historia de gilgamesh Jorge Luis Borges
—¿Qué dirás a tus hijos cuando te pregunten qué hacías el día en que cayó Gilgamesh?
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ilgamesh, dos tercios de dios, un tercio de hombre, vivía en Erech. Invencible entre los guerreros, gobernaba con mano de hierro: los jóvenes lo servían y no perdonaba doncella. El pueblo rogó la protección divina, y el señor del firmamento ordenó a Aruru (la diosa que había formado al primer hombre con arcilla) que moldeara un ser capaz de enfrentarse a Gilgamesh y tranquilizar a su pueblo. Aruru formó una criatura a la que llamó Enkidu. Era peludo, tenía largas trenzas, se cubría con pieles, habitaba con las La muchacha halló que Enkidu se había tornado hermoso. Lo invitó a conocer el templo resplandeciente donde el dios y la diosa están sentados juntos, y a toda Erech, donde Gilgamesh imperaba.
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Era la víspera del nuevo año. Gilgamesh se aprestaba a la ceremonia de la hierogamia cuando apareció Enkidu y lo desafió. La muchedumbre, aunque sobrecogida, sintió alivio. Gilgamesh había soñado que estaba de pie bajo las estrellas cuando caía sobre él desde el firmamento un dardo que no se podía arrancar. Después, un hacha enorme se incrustaba en el centro de la ciudad. Su madre le dijo que el sueño predecía la llegada de un hombre más fuerte, que después sería un amigo. Lucharon y Gilgamesh fue arrojado al polvo por Enkidu, quien advirtió que el otro no era un tirano jactancioso sino un valiente que no se arredraba. Lo levantó, lo abrazó, y anudaron amistad. Espíritu aventurero, Gilgamesh propuso a Enkidu cortar uno de los cedros del bosque sagrado. No es fácil —le respondió éste—: está guardado por el monstruo Humbaba, de voz de trueno, un solo ojo de mirada que petrifica a quien observa; lanza fuego por las narices y su aliento es una plaga. —¿Qué dirás a tus hijos cuando te pregunten qué hacías el día en que cayó Gilgamesh?Enkidu quedó convencido. Gilgamesh hizo conocer su plan a los ancianos, al dios sol, a su propia madre, la reina celestial Ninsun, pero todos lo desaprobaron. Ninsun, que sabía de la tozudez de su hijo, rogó para él la protección del dios Sol y la obtuvo. Entonces nombró a Enkidu su guardia de honor.
Gilgamesh y Enkidu llegaron al monte de los cedros. El sueño los venció. Soñó el primero que una montaña se desplomaba sobre él, cuando un hombre apuesto lo liberó de la carga abrumado y lo ayudó a ponerse en pie. Dijo Enkidu: —Está claro que derrotaremos a Humbaba. Soñó Enkidu que el cielo retumbaba y la tierra se estremecía, que imperaban las tinieblas y caía un rayo y estallaba un incendio y que la muerte llovía del cielo, hasta que el resplandor aminoró, se apagó el fuego y las centellas caídas se tornaban ceniza. Gilgamesh entendió el mensaje adverso, pero invitó a Enkidu a continuar. Derribó uno de los cedros, y Humbaba se precipitó. Por primera vez, Gilgamesh sintió miedo. Pero ambos amigos redujeron al monstruo y le cortaron la cabeza. Gilgamesh se limpió el polvo y vistió sus ropas reales. La diosa Istar se le presentó y le pidió que fuera su amante: lo cubriría de riquezas y lo rodearía de deleites. Pero Gilgamesh conocía a la traidora e inflexible Istar, asesina de Tammuz y de innumerables amantes. Despechada, Istar pidió a su padre que lanzara a la tierra el toro celestial, y amenazó con quebrantar las puertas del infierno y dejar que los muertos superaran a los vivos. —Cuando el toro descienda de los cielos, siete años de miseria y hambre cubrirán la tierra. ¿Lo has previsto? Istar respondió que sí. Entonces el toro fue lanzado a la tierra. La historia de Gilgamesh
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Enkidu lo doblegó por los cuernos y le clavó la espada en el cuello. Con Gilgamesh le arrancó el corazón y lo ofrecieron al dios Sol. Desde las murallas de Erech, Istar presenciaba la lucha. Saltó por encima de los baluartes y lanzó anatema contra Gilgamesh. Enkidu arrancó las nalgas del toro y las arrojó al rostro de la diosa. —¡Me gustaría hacerte lo mismo! Istar quedó derrotada y el pueblo aclamó a los matadores del toro celestial. Pero no es posible burlarse de los dioses. Soñó Enkidu que los dioses estaban reunidos en asamblea deliberando sobre quién era más culpable, si él o Gilgamesh, en la muerte de Humbaba y del toro celestial. El más culpable moriría. Como no se ponían de acuerdo, Anu, el padre de los dioses, dijo que Gilgamesh no sólo había muerto a Humbaba sino cortado el cedro. La discusión se hizo violenta y los dioses se insultaron. Enkidu despertó sin conocer el veredicto. Narró su sueño a Gilgamesh y durante el largo insomnio que siguió recordó su despreocupada vida animal. Pero le pareció oír voces que lo consolaban. Varias noches después volvió a soñar. Un fuerte grito llegaba del cielo a la tierra y una espantosa criatura con cara de león y alas y garras de águila lo atrapaba y se lo llevaba al vacío. Le salieron plumas de los brazos y comenzó a parecerse al ser que lo llevaba.
Comprendió que había muerto y que una arpía lo arrastraba por la ruta sin retorno. Llegaron a la mansión de las tinieblas, donde las almas de los grandes de la tierra lo rodearon. Eran desmadejados demonios con alas emplumadas y se alimentaban de desperdicios. La reina del infierno leía en su tableta y sopesaba los antecedentes de los muertos. Cuando despertó, ambos amigos supieron el fallo de los dioses. Y Gilgamesh cubrió el rostro de su amigo con un velo nupcial y, en el extremo del dolor, pensó: Ahora, ya he visto el rostro de la muerte. En una isla de los confines de la tierra vivía Utnapishtim, un hombre muy, muy viejo, el único mortal que había logrado escapar a la muerte. Gilgamesh decidió buscarlo y aprender de él el secreto de la vida eterna. Llegó al confín del mundo, donde una altísima montaña elevaba sus dos picos gemelos al firmamento y hundía sus raíces en los infiernos. Un portón era guardado por terribles y peligrosas criaturas, mitad hombre y mitad escorpión. Avanzó decidido y dijo a los monstruos que iba en busca de Utnapishtim. —Nadie ha llegado hasta él ni logrado conocer el secreto de la vida eterna. Guardamos el camino del sol, que ningún mortal puede transitar. —Yo lo haré —dijo Gilgamesh, y los monstruos, advertidos de que se trataba de un mortal no común, lo dejaron pasar. Penetró Gilgamesh; el túnel se hacía cada vez más oscuro, hasta que un aire le llegó al rostro y entrevió una luz. Cuando salió a ella, se encontró en un jardín encantado, donde fulgían las piedras preciosas. La voz del dios Sol llegó hasta él: Se hallaba en el jardín de las delicias La historia de Gilgamesh
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y disfrutaba de una gracia que los dioses no habían otorgado a ningún mortal. «No esperes alcanzar más.» Pero Gilgamesh avanzó más allá del paraíso, hasta que, rendido, llegó a una posada. La posadera Siduri lo confundió con un vagabundo, mas el viejo se dio a conocer y contó su propósito. —Gilgamesh: nunca encontrarás lo que buscas. Los dioses crearon a los hombres y les dieron por destino la muerte; ellos se reservaron la vida. Sabrás que Utnapishtim vive en una isla lejana, más allá del océano de la muerte. Más he aquí que Urshanabi, su botero, se encuentra en la posada. Tanto insistió Gilgamesh, que Urshanabi accedió a transportarlo, no sin advertirle que por ningún motivo tocase las aguas del océano. Se munieron de ciento veinte pértigas, pero fue necesario que Gilgamesh utilizara su camisa como vela. Cuando llegaron, Utnapishtim le dijo: —¡Ay, joven, nada hay eterno en la tierra! La mariposa sólo vive un día. Todo tiene su tiempo y época. Más he aquí mi secreto, sólo conocido de los dioses. Y le contó la historia del diluvio. El benévolo Ea lo había prevenido, y Utnapishtim construyó un arca donde se embarcó con su familia y sus animales. En medio de la tempestad
navegaron siete días y el arca encalló en la cima de una montaña. Soltó una paloma, para ver si las aguas habían descendido, pero la paloma regresó por no hallar dónde posarse. Lo mismo ocurrió con una golondrina. Pero el cuervo no regresó. Desembarcaron e hicieron ofrendas a los dioses, pero el dios de los vientos los hizo reembarcar y los condujo hasta donde ahora estaban, para que morasen eternamente. Gilgamesh comprendió que el anciano no tenía fórmula alguna que darle. Era inmortal, pero sólo por favor único de los dioses. Lo que Gilgamesh buscaba no lo hallaría de este lado de la tumba. Antes de despedirse, el viejo le dijo al héroe dónde podía hallar una estrella de mar con espinas de rosa. ¡La planta otorgaba a quien la saboreara una nueva juventud! Gilgamesh la obtuvo del fondo del océano, pero cuando descansaba de su esfuerzo, una serpiente se la robó, la comió, se desprendió de su vieja piel y recobró la juventud. Gilgamesh advirtió que su destino no difería del destino del resto de la humanidad, y regresó a Erech.
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De nuevo a la oscuridad Milia Gayoso
En cada sueño encuentro el más puro reflejo de mi ser
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a oscuridad. Esta oscuridad ya vieja pero a la que no me acostumbro. Esta oscuridad que fue creciendo conmigo, que va a envejecer conmigo, que me va a acompañar hasta la tumba. Me habían dicho que tenía que aprender a quererla para que no sea tan difícil, que tenía que aprender a soportarla, que tenía que hacerla mi compañera, porque de lo contrario se convertiría en mi enemiga y libraríamos una batalla eterna en la que ella podría vencerme a cada instante. Los primeros años, cada noche, me encontraba con estas criaturas alargadas y delgadas, que se iban acercando poco a poco y no podía alejarlas. Siempre me pregunté por qué en mis sueños podía ver si en la realidad no lo podía hacer, durante mi niñez me imaginaba que
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ese lugar y esas criaturas, eran reales y mi vida solo era un sueño. Pareciera una historia inspirada en Alicia en el país de las maravillas, pero no, esta es la historia de lo que mi condición me ha quitado y lo que mis sueños me han dado. Y no, no todos mis sueños son iguales, hay noches en las que me encuentro de nuevo con la oscuridad, otras con las criaturas alargadas y siniestras pero también hay noches en las que veo diminutas manchas de diferentes colores que se van uniendo uno a uno hasta crear un paisaje. Una noche me perdí en una montaña de algodón, ese ha sido mi lugar favorito. Mi mejor amiga Laila me ha dicho que cree que soy tan especial que mi mundo está hecho de cosas más extraordinarias de las que podría ver en el día y a día, me gusta creer que es así. Volviendo al tema de la oscuridad…, aún no logro que sea mi mejor compañera, hay días en los que no me acostumbro a despertar con ella. Afortunadamente tengo a lulo, es un pastor alemán, mi mamá me dice que su pelo es tan brillante como los rayos de sol que veo en mis sueños, él si es una gran compañía. En mi cumpleaños numero 8 recibí una caja grande, ahí estaba lulo, del tamaño de mi mano, el me ha ayudado mucho, durante mucho tiempo me guiaba hacia casa, en mi primer día de universidad di el mejor recorrido de to-
dos junto a él; la única vez que me he enojado con lulo fue cuando se me ocurrió explorar un poco más un lugar en mi sueño, intenté reconocer olores y sonidos, al despertar, antes de ir a la universidad, tomé su correa e intenté recorrer las calles en busca de esos olores y sonidos que había encontrado en mi sueño, Lulo solo intentaba llevarme por el camino correcto, finalmente no pude buscarlo. Estoy seguro de que algún día encontraré alguno de los lugares con los que he soñado, para muchas personas soñar es algo con poco significado, pero para mi, los sueños lo son todo. Ellos me ayudan a lidiar un poco más con la oscuridad que me acompaña a diario.
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Dormir en negro
Aura María Montoya Vargas
Cuando peor esto no podía estar Al son de pelea todos empiezan a gritar.
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reo que la razón de que yo no tuviera buenos sueños era que disfrutaba tanto mi día a día y mi realidad que mi subconsciente recurría a las pesadillas cuando pasaba por momentos duros. Es que, no fantaseo tanto como otros al soñar, solo revivo cosas, siempre he preferido soñar sobre la realidad y que la vida sea lo mejor posible para no caer en el error de la fantasía sin sentido que para mí son los sueños, todo esto cuando no paso las noches en negro. Con ustedes, la descripción de mis peores noches en cama… “Soñando” Dormir en negro
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Boté la ceniza del cigarrillo al piso, me distraje tanto tiempo que el movimiento de mis dedos lo apagó. Unas llantas arremeten contra la acera y se escucha este sonido chirriante como de película, pero todavía no ha llegado el carro; solo las luces lo anuncian. Llega, pero baja la velocidad, se aproxima más, ¿vendrá por mí? prendo otro cigarro. Tal vez es eso lo que quiere: mis cigarrillos y no a mí. Se detiene, acelera sin soltar el freno para empezar la persecución, suena el pedal soltándose y el carro sale disparado. Empiezo a correr, pero para mi sorpresa, el carro estaba yendo en reversa. 128
Despierto. Me veo de nuevo en una encrucijada. Cuando sumergí su cuerpo en el lago, pensé que resistiría, pero olvidaba que ya no tenía vida. Entro como por arte de magia al mismo punto de siempre: la pestilencia, el mismo olor que produce la carne descompuesta. Y, si bien la puerta ahora está abierta, solo me lleva a una falsa esperanza, conduce a otro pasillo caleidoscópico que alberga la luz infinita sobre otra entrada sellada, es como si mi mente enclaustrada me invitara a quedarme allí. Siento la sangre que corre por mis palmas.
¿Es mía, es de ella? No lo sé. No quiero lavármela, pero quiero desprenderme de esta encrucijada, esta paradoja lógica en mi tiempo. Despierto ¿Otra vez? Creo que tengo alas, pero aquí el dragón es él, no lo sé. Él, que devasta murallas con un fuego penetrante y me agarra con fuerza las manos magulladas. Su amor es así, yo sé que es amor porque me lo confiesa. Me arroja lejos y suspira largamente. Ve a lavar la sábana, dice. Me paro y me desmorono como cenizas en el suelo. Veo las marcas de sus garras en mis muñecas, mientras veo un hilo de sangre desprenderse. El fuego regenera y yo soy un fénix. Lavo la sábana y mis lágrimas parecen evaporarse en las llamas que permanecen. ¿Es posible desdoblarme y sentir lo que le hice?
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Su cuerpo está helado y yo quiero irme de aquí. ¡Adiós, adiós!
Desperté y no había luz alguna, Yo flotaba en la nada, literalmente la nada Me sentía sola y acorralada El vacío me asustaba, me despedazaba 130
Miro hacia arriba y cae un Angel Caen dos, caen tres, caen cuatro Caen diez Y yo ahí seguía sin entender
Me rodeaban seres blancos Y yo debía sentir paz
Pero seguía acorralada Sin poder ir a ningún lugar
Ahora, miro abajo Y ahí está Llega el diablo y de repente La vida se me va
Todos Los Ángeles en un círculo Alrededor mío están Y el cuerpo rojo gigante No me deja de mirar
Cuando peor esto no podía estar Al son de pelea todos empiezan a gritar.
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Pesadillas
Julio Cortázar
Pensaba hoy sí, hoy la voy a encontrar despierta, habrá abierto los ojos y le estará hablando a Mamá...
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sperar, lo decían todos, hay que esperar porque nunca se sabe en casos así, también el doctor Raimondi, hay que esperar, a veces se da una reacción y más a la edad de Mecha, hay que esperar, señor Botto, sí doctor pero ya van dos semanas y no se despierta, dos semanas que está como muerta, doctor, ya lo sé, señora Luisa, es un estado de coma clásico, no se puede hacer más que esperar. Lauro también esperaba, cada vez que volvía de la facultad se quedaba un momento en la calle antes de abrir la puerta, pensaba hoy sí, hoy la voy a encontrar despierta, habrá abierto los ojos y le estará hablando a mamá, no puede ser que dure tanto, no puede ser que se vaya a morir a los veinte años, seguro que está sentada en la
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cama y hablando con mamá, pero había que seguir esperando, siempre igual m’hijito, el doctor va a volver a la tarde, todos dicen que no se puede hacer nada. Venga a comer algo, amigo, su madre se va a quedar con Mecha, usted tiene que alimentarse, no se olvide de los exámenes, de paso vemos el noticioso. Pero todo era de paso allí donde lo único que duraba sin cambio, lo único exactamente igual día tras día era Mecha, el peso del cuerpo de Mecha en esa cama, Mecha flaquita y liviana, bailarina de rock y tenista, ahí aplastada y aplastando a todos desde hacía semanas, un proceso viral complejo, estado comatoso, señor Botto, imposible pronosticar, señora Luisa, nomás que sostenerla y darle todas las chances, a esa edad hay tanta fuerza, tanto deseo de vivir. Pero es que ella no puede ayudar, doctor, no comprende nada, está como, ah perdón Dios mío, ya ni sé lo que digo. Lauro tampoco lo creía del todo, era como un chiste de Mecha que siempre le había hecho los peores chistes, vestida de fantasma en la escalera, escondiéndole un plumero en el fondo de la cama, riéndose tanto los dos, inventándose trampas, jugando a seguir siendo chicos. Proceso viral complejo, el brusco apagón una tarde después de la fiebre y los dolores, de golpe el silencio, la piel cenicienta,
la respiración lejana y tranquila. Única cosa tranquila allí donde médicos y aparatos y análisis y consultas hasta que poco a poco la mala broma de Mecha había sido más fuerte, dominándolos a todos de hora en hora, los gritos desesperados de doña Luisa cediendo después a un llanto casi escondido, a una angustia de cocina y de cuarto de baño, las imprecaciones paternas divididas por la hora de los noticiosos y el vistazo al diario, la incrédula rabia de Lauro interrumpida por los viajes a la facultad, las clases, las reuniones, esa bocanada de esperanza cada vez que volvía del centro, me la vas a pagar, Mecha, esas cosas no se hacen, desgraciada, te la voy a cobrar, vas a ver. La única tranquila aparte de la enfermera tejiendo, al perro lo habían mandado a casa de un tío, el doctor Raimondi ya no venía con los colegas, pasaba al anochecer y casi no se quedaba, también él parecía sentir el peso del cuerpo de Mecha que los aplastaba un poco más cada día, los acostumbraba a esperar, a lo único que podía hacerse. Lo de la pesadilla empezó la misma tarde en que doña Luisa no encontraba el termómetro y la enfermera, sorprendida, se fue a buscar otro a la farmacia de la esquina. Estaba hablando de eso porque un termómetro no se pierde así nomás cuando se lo está Pesadillas
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utilizando tres veces al día, se acostumbraban a hablarse en voz alta al lado de la cama de Mecha, los susurros del comienzo no tenían razón de ser porque Mecha era incapaz de escuchar, el doctor Raimondi estaba seguro de que el estado de coma la aislaba de toda sensibilidad, se podía decir cualquier cosa sin que nada cambiara en la expresión indiferente de Mecha. Todavía hablaban del termómetro cuando se oyeron los tiros en la esquina, a lo mejor más lejos, por el lado de Gaona. Se miraron, la enfermera se encogió de hombros porque los tiros no eran una novedad en el barrio ni en ninguna parte, y doña Luisa iba a decir algo más sobre el termómetro cuando vieron pasar el temblor por las manos de Mecha. Duró un segundo pero las dos se dieron cuenta y doña Luisa gritó y la enfermera le tapó la boca, el señor Botto vino de la sala y los tres vieron cómo el temblor se repetía en todo el cuerpo de Mecha, una rápida serpiente corriendo del cuello hasta los pies, un moverse de los ojos bajo los párpados, la leve crispación que alteraba las facciones, como una voluntad de hablar, de quejarse, el pulso más rápido, el lento regreso a la inmovilidad. Teléfono, Raimondi, en el fondo nada nuevo, acaso un poco más de esperanza aunque Raimondi no
quiso decirlo, santa Virgen, que sea cierto, que se despierte mi hija, que se termine este calvario, Dios mío. Pero no se terminaba, volvió a empezar una hora más tarde, después más seguido, era como si Mecha estuviera soñando y que su sueño fuera penoso y desesperante, la pesadilla volviendo y volviendo sin que pudiera rechazarla, estar a su lado y mirarla y hablarle sin que nada de lo de fuera le llegara, invadida por esa otra cosa que de alguna manera continuaba la larga pesadilla de todos ellos ahí sin comunicación posible, sálvala, Dios mío, no la dejes así, y Lauro que volvía de una clase y se quedaba también al lado de la cama, una mano en el hombro de su madre que rezaba. Por la noche hubo otra consulta, trajeron un nuevo aparato con ventosas y electrodos que se fijaban en la cabeza y las piernas, dos médicos amigos de Raimondi discutieron largo en la sala, habrá que seguir esperando, señor Botto, el cuadro no ha cambiado, sería imprudente pensar en un síntoma favorable. Pero es que está soñando, doctor, tiene pesadillas, usted mismo la vio, va a volver a empezar, ella siente algo y sufre tanto, doctor. Todo es vegetativo, señora Luisa, no hay conciencia, le aseguro, hay que esperar y no impresionarse por eso, su hija no sufre, ya sé que es penoso, va a ser mejor Pesadillas
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que la deje sola con la enfermera hasta que haya una evolución, trate de descansar, señora, tome las pastillas que le di. Lauro veló junto a Mecha hasta medianoche, de a ratos leyendo apuntes para los exámenes. Cuando se oyeron las sirenas pensó que hubiera tenido que telefonear al número que le había dado Lucero, pero no debía hacerlo desde la casa y no era cuestión de salir a la calle justo después de las sirenas. Veía moverse lentamente los dedos de la mano izquierda de Mecha, otra vez los ojos parecían girar bajo los párpados. La enfermera le aconsejó que se fuera de la pieza, no había nada que hacer, solamente esperar. «Pero es que está soñando», dijo Lauro, «está soñando otra vez, mírela». Duraba como las sirenas ahí afuera, las manos parecían buscar algo, los dedos tratando de encontrar un asidero en la sábana. Ahora doña Luisa estaba ahí de nuevo, no podía dormir. ¿Por qué —la enfermera casi enojada— no había tomado las pastillas del doctor Raimondi? «No las encuentro», dijo doña Luisa como perdida, «estaban en la mesa de luz pero no las encuentro». La enfermera fue a buscarlas, Lauro y su madre se miraron, Mecha movía apenas los dedos y ellos sentían que la pesadilla seguía ahí, que se prolongaba
interminablemente como negándose a alcanzar ese punto en que una especie de piedad, de lástima final la despertaría como a todos para rescatarla del espanto. Pero seguía soñando, de un momento a otro los dedos empezarían a moverse otra vez «No las veo por ninguna parte, señora», dijo la enfermera. «Estamos todos tan perdidos, uno ya no sabe adonde van a parar las cosas en esta casa». Lauro volvió tarde la noche siguiente, y el señor Botto le hizo una pregunta casi evasiva sin dejar de mirar el televisor, en pleno comentario de la Copa. «Una reunión con amigos», dijo Lauro buscando con qué hacerse un sandwich. «Ese gol fue una belleza», dijo el señor Botto, «menos mal que retransmiten el partido para ver mejor esas jugadas campeonas». Lauro no parecía interesado en el gol, comía mirando al suelo. «Vos sabrás lo que haces, muchacho», dijo el señor Botto sin sacar los ojos de la pelota, «pero ándate con cuidado». Lauro alzó la vista y lo miró casi sorprendido, primera vez que su padre se dejaba ir a un comentario tan personal. «No se haga problema, viejo», le dijo levantándose para cortar todo diálogo. La enfermera había bajado la luz del velador y apenas se veía a Mecha. En el sofá, doña Luisa se quitó las manos de la cara y Lauro la besó en la frente. —Sigue lo Pesadillas
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mismo —dijo doña Luisa—. Sigue todo el tiempo así, hijo. Fijate, fijate cómo le tiembla la boca, pobrecita, qué estará viendo, Dios mío, cómo puede ser que esto dure y dure, que esto… —Sigue lo mismo —dijo doña Luisa—. Sigue todo el tiempo así, hijo. Fijate, fijate cómo le tiembla la boca, pobrecita, qué estará viendo, Dios mío, cómo puede ser que esto dure y dure, que esto… —Mamá. —Pero es que no puede ser, Lauro, nadie se da cuenta como yo, nadie comprende que está todo el tiempo con una pesadilla y que no se despierta… —Yo lo sé, mamá, yo también me doy cuenta. Si se pudiera hacer algo, Raimondi lo habría hecho. Vos no la podés ayudar quedándote aquí, tenés que irte a dormir, tomar un calmante y dormir. La ayudó a levantarse y la acompañó hasta la puerta. «¿Qué fue eso, Lauro?», deteniéndose bruscamente. «Nada, mamá, unos tiros lejos, ya sabés». Pero qué sabía en realidad doña Luisa, para qué hablar más. Ahora sí, ya era tarde, después de dejarla en su dormitorio tendría que bajar hasta el almacén y desde ahí llamarlo a Lucero. No encontró la campera azul que le gustaba ponerse de noche, anduvo mirando en los armarios del pasillo por si su madre
la hubiera colgado ahí, al final se puso un saco cualquiera porque hacía fresco. Antes de salir entró un momento en la pieza de Mecha, casi antes de verla en la penumbra sintió la pesadilla, el temblor de las manos, la habitante secreta resbalando bajo la piel. Las sirenas afuera otra vez, no debería salir hasta más tarde, pero entonces el almacén estaría cerrado y no podría telefonear. Bajo los párpados los ojos de Mecha giraban como si buscaran abrirse paso, mirarlo, volver de su lado. Le acarició la frente con un dedo, tenía miedo de tocarla, de contribuir a la pesadilla con cualquier estímulo de fuera. Los ojos seguían girando en las órbitas y Lauro se apartó, no sabía por qué pero tenía cada vez más miedo, la idea de que Mecha pudiera alzar los párpados y mirarlo lo hizo echarse atrás. Si su padre se había ido a dormir podría telefonear desde la sala bajando la voz, pero el señor Botto seguía escuchando los comentarios del partido. «Sí, de eso hablan mucho», pensó Lauro. Se levantaría temprano para telefonearle a Lucero antes de ir a la facultad. De lejos vio a la enfermera que salía de su dormitorio llevando algo que brillaba, una jeringa de inyecciones o una cuchara. Hasta el tiempo se mezclaba o se perdía en ese esperar continuo, con noches en vela o días de sueño para compensar, los Pesadillas
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parientes o amigos que llegaban en cualquier momento y se turnaban para distraer a doña Luisa o jugar al dominó con el señor Botto, una enfermera suplente porque la otra había tenido que irse por una semana de Buenos Aires, las tazas de café que nadie encontraba porque andaban desparramadas en todas las piezas, Lauro dándose una vuelta cuando podía y yéndose en cualquier momento, Raimondi que ya ni tocaba el timbre antes de entrar para la rutina de siempre, no se nota ningún cambio negativo, señor Botto, es un proceso en el que no se puede hacer más que sostenerla, le estoy reforzando la alimentación por sonda, hay que esperar. Pero es que sueña todo el tiempo, doctor, mírela, ya casi no descansa. No es eso, señora Luisa, usted se imagina que está soñando pero son reacciones físicas, es difícil explicarle porque en estos casos hay otros factores, en fin, no crea que tiene conciencia de eso que parece un sueño, a lo mejor por ahí es buen síntoma tanta vitalidad y esos reflejos, créame que la estoy siguiendo de cerca, usted es la que tiene que descansar, señora Luisa, venga que le tome la presión. A Lauro se le hacía cada vez más difícil volver a su casa con el viaje desde el centro y todo lo que pasaba en la facultad, pero más por su madre que por Mecha se aparecía a cualquier hora y se
quedaba un rato, se enteraba de lo de siempre, charlaba con los viejos, les inventaba temas de conversación para sacarlos un poco del agujero. Cada vez que se acercaba a la cama de Mecha era la misma sensación de contacto imposible, Mecha tan cerca y como llamándolo, los vagos signos de los dedos y esa mirada desde adentro, buscando salir, algo que seguía y seguía, un mensaje de prisionero a través de paredes de piel, su llamada insoportablemente inútil. Por momentos lo ganaba la histeria, la seguridad de que Mecha lo reconocía más que a su madre o a la enfermera, que la pesadilla alcanzaba su peor instante cuando él estaba ahí mirándola, que era mejor irse enseguida puesto que no podía hacer nada, que hablarle era inútil, estúpida, querida, dejate de joder, querés, abrí de una vez los ojos y acabala con ese chiste barato, Mecha idiota, hermanita, hermanita, hasta cuándo nos vas a estar tomando el pelo, loca de mierda, pajarraca, manda esa comedia al diablo y vení que tengo tanto que contarte, hermanita, no sabes nada de lo que pasa pero lo mismo te lo voy a contar, Mecha, porque no entendés nada te lo voy a contar. Todo pensado como en ráfagas de miedo, de querer aferrarse a Mecha, ni una palabra en voz alta porque la enfermera o doña Luisa no dejaban nunca sola a Mecha, y él ahí necesitando Pesadillas
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hablarle de tantas cosas, como Mecha a lo mejor estaba hablándole desde su lado, desde los ojos cerrados y los dedos que dibujaban letras inútiles en las sábanas. Era jueves, no porque supieran ya en qué día estaban ni les importara pero la enfermera lo había mencionado mientras tomaban café en la cocina, el señor Botto se acordó de que había un noticioso especial, y doña Luisa que su hermana de Rosario había telefoneado para decir que vendría el jueves o el viernes. Seguro que los exámenes ya empezaban para Lauro, había salido a las ocho sin despedirse, dejando un papelito en la sala, no estaba seguro de volver para la cena, que no lo esperaran por las dudas. No vino para la cena, la enfermera consiguió por una vez que doña Luisa se fuera temprano a descansar, el señor Botto se había asomado a la ventana de la sala después del telejuego, se oían ráfagas de ametralladora por el lado de Plaza Irlanda, de pronto la calma, casi demasiada, ni siquiera un patrullero, mejor irse a dormir, esa mujer que había contestado a todas las preguntas del telejuego de las diez era un fenómeno, lo que sabía de historia antigua, casi como si estuviera viviendo en la época de Julio César, al final la cultura daba más plata que ser martillero público. Nadie se enteró de que
la puerta no iba a abrirse en toda la noche, que Lauro no estaba de vuelta en su pieza, por la mañana pensaron que descansaba todavía después de algún examen o que estudiaba antes del desayuno, solamente a las diez se dieron cuenta de que no estaba. «No te hagas problema», dijo el señor Botto, «seguro que se quedó festejando algo con los amigos». Para doña Luisa era la hora de ayudarla a la enfermera a lavar y cambiar a Mecha, el agua templada y la colonia, algodones y sábanas, ya mediodía y Lauro, pero es raro, Eduardo, cómo no telefoneó por lo menos, nunca hizo eso, la vez de la fiesta de fin de curso llamó a las nueve, te acordás, tenía miedo de que nos preocupáramos y eso que era más chico. «El pibe andará loco con los exámenes», dijo el señor Botto, «vas a ver que llega de un momento a otro, siempre aparece para el noticioso de la una». Pero Lauro no estaba a la una, perdiéndose las noticias deportivas y el flash sobre otro atentado subversivo frustrado por la rápida intervención de las fuerzas del orden, nada nuevo, temperatura en paulatino descenso, lluvias en la zona cordillerana. Era más de las siete cuando la enfermera vino a buscar a doña Luisa que seguía telefoneando a los conocidos, el señor Botto esperaba que un comisario amigo lo llamara para ver si se había sabido Pesadillas
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algo, a cada minuto le pedía a doña Luisa que dejara la línea libre pero ella seguía buscando en el carnet y llamando a gente conocida, capaz que Lauro se había quedado en casa del tío Fernando o estaba de vuelta en la facultad para otro examen. «Dejá quieto el teléfono, por favor», pidió una vez más el señor Botto, «no te das cuenta de que a lo mejor el pibe está llamando justamente ahora y todo el tiempo le da ocupado, qué querés que haga desde un teléfono público, cuando no están rotos hay que dejarle el turno a los demás». La enfermera insistía y doña Luisa fue a ver a Mecha, de repente había empezado a mover la cabeza, cada tanto la giraba lentamente a un lado y al otro, había que arreglarle el pelo que le caía por la frente. Avisar en seguida al doctor Raimondi, difícil ubicarlo a fin de tarde pero a las nueve su mujer telefoneó para decir que llegaría enseguida. «Va a ser difícil que pase», dijo la enfermera que volvía de la farmacia con una caja de inyecciones, «cerraron todo el barrio no se sabe por qué, oigan las sirenas». Apartándose apenas de Mecha que seguía moviendo la cabeza como en una lenta negativa obstinada, doña Luisa llamó al señor Botto, no, nadie sabía nada, seguro que el pibe tampoco podía pasar pero a Raimondi lo dejarían por la chapa de médico.
—No es eso, Eduardo, no es eso, seguro que le ha ocurrido algo, no puede ser que a esta hora sigamos sin saber nada, Lauro siempre… —Mirá, Luisa —dijo el señor Botto—, fijate cómo mueve, la mano y también el brazo, primera vez que mueve el brazo, Luisa, a lo mejor… —Pero si es peor que antes, Eduardo, no te das cuenta de que sigue con las alucinaciones, que se está como defendiendo de… Hágale algo, Rosa, no la deje así, yo voy a llamar a los Romero que a lo mejor tienen noticias, la chica estudiaba con Lauro, por favor póngale una inyección, Rosa, ya vuelvo, o mejor llamá vos, Eduardo, preguntales, andá en seguida. En la sala el señor Botto empezó a discar y se paró, colgó el tubo. Capaz que justamente Lauro, qué iban a saber los Romero de Lauro, mejor esperar otro poco. Raimondi no llegaba, lo habrían atajado en la esquina, estaría dando explicaciones, Rosa no podía darle otra inyección a Mecha, era un calmante demasiado fuerte, mejor esperar hasta que llegara el doctor. Inclinada sobre Mecha, apartándole el pelo que le tapaba los ojos inútiles, doña Luisa empezó a tambalearse, Rosa tuvo el tiempo justo para acercarle una silla, Pesadillas
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ayudarla a sentarse como un peso muerto. La sirena crecía viniendo del lado de Gaona cuando Mecha abrió los párpados, los ojos velados por la tela que se había ido depositando durante semanas se fijaron en un punto del cielo raso, derivaron lentamente hasta la cara de doña Luisa que gritaba, que se apretaba el pecho con las manos y gritaba. Rosa luchó por alejarla, llamando desesperada al señor Botto que ahora llegaba y se quedaba inmóvil a los pies de la cama mirando a Mecha, todo como concentrado en los ojos de Mecha que pasaban poco a poco de doña Luisa al señor Botto, de la enfermera al cielo raso, las manos de Mecha subiendo lentamente por la cintura, resbalando para juntarse en lo alto, el cuerpo estremeciéndose en un espasmo porque acaso sus oídos escuchaban ahora la multiplicación de las sirenas, los golpes en la puerta que hacían temblar la casa, los gritos de mando y el crujido de la madera astillándose después de la ráfaga de ametralladora, los alaridos de doña Luisa, el envión de los cuerpos entrando en montón, todo como a tiempo para el despertar de Mecha, todo tan a tiempo para que terminara la pesadilla y Mecha pudiera volver por fin a la realidad, a la hermosa vida.
El brusco apagón una tarde después de la fiebre y los dolores, de golpe el silencio...
Sueños Malsoñados terminó de imprimirse el 3 de septiembre de 2021 en los talleres de la Pontificia Universidad Javeriana en Bogotá, Colombia. Desde aquel día, once estudiantes de esta universidad no pudieron parar de bien soñar con un futuro lleno de libros y nuevas ediciones.
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