EL SUBMARINO PERAL
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EL
SUBMARINO PERAL POB
JUAN DE MADARIAGA CAPITÁN DE in f a n t e r ía DE MARINA, ABOGADO DEL ESTADO y DEL ILUSTRE COLEGIO DE MADRID, ETC.
M A D R ID ESTABLECIMIEXTO TIPOGRÁFICO DE I . DE M .
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E s p r o p ie d a d d e l a u t o r . Q ueda
iie c lio
e l d e p ó s ito
q .u e m a r c a l a l e y .
RAZON DE LA OBRA
Cuando por las diversas causas de que más adelante Kago mérito, me decidi en los últimos días de Febrero de este año, á hacer una pe queña excursión á Cádiz, estaba muy lejos de imaginarme que andando el tiempo habría de verme obligado á llenar cuartillas, á cuentas de una salida para la que principalmente me animó el deseo de descansar de cuotidianas tareas. Pero me convenzo una vez más de la exacti tud del refrán que dice: »E l hombre propone y Dios dispone.» La vertiginosa corriente que hacia navegar, aun antes de que efectivamen te navegase, al submarino Peral, me arrastró á ocuparme de esta cuestión. Después de mi conferencia en el Ateneo de
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Madrid al regreso de mi breve expedición, no pensaba tratar más este asunto; pero el litigio que be tenido que sostener con El Imparcial á consecuencia de haberse negado á insertar una carta mía, en la que contestaba á las apre ciaciones contenidas en telegramas que publi có dicho periódico, y que hacían relación á la citada conferencia, me obligaron á volver so bre un tema que para mí supuse agotado. La conducta de El Imparcial ha sido bien extraña ó inexperada. Diérale ya poca ó mu cha importancia—y desde luego le he dado muy lX)ca— á los telegramas de que hablo, es lo cierto que nunca pude imaginarme que un pe riódico que lleva un título tan apropósíto para inspirar confianza, se negara á recono cerme el ejercicio del derecho de legítima de fensa; en último caso, si la ley pecara de oscu ra ó deficiente— ni por oscura ni por deficiente la tengo,— no parece lógico que sea E l Imparcial quien se encargue de demostrar que el hábito no hace al monje, ó que el nombre no hace á la cosa. Luchar con una publicación de la impor tancia de El Imparcial, y á cuyo frente figura una persona de tanto influjo como el señor Mellado, no sólo por la excelencia de sus con diciones personales, sino por la altura de su
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posición política, pues que su nombre se ha barajado en varias crisis ministeriales, y has ta se ha llegado á significar qué cartera po dría adjudicársele, aunque á la postre no se le haya adjudicado ninguna; pero persona, en fin, que además de su periódico y su influencia, cuenta con un asiento en las Cámaras, luchar digo, contra tal periódico y tal director, es empresa insuperable; mas fuese cualquiera el éxito, no soy de los que en ningún caso se contentan con gemir. La importancia de los telegramas no estaba — ¡qué había de estar!— en los telegramas mis mos, sino en la que le había dado el patronato del periódico de que vengo ocupándome, y al tratarse de un asunto que tanto ha preocupado y preocupa á la opinión, dejarme, por error de concepto, mal colocado frente á esa opinión, y cerrarme las puertas para mi defensa perso nal, era un abuso de fuerza— dado que un pe riódico como El Imparcial es una fuerza y fuerza enorme—que no podía soportar inac tivo. A la reclamación personal y al litigio hago seguir la publicación de esta pequeña obra, donde se explica bien todo lo ocurrido. La opi nión juzgará. Sirva también para fijar la for ma en que he intervenido, siquiera sea some-
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ramente, en esfcas agitaciones promovidas por los cálculos más ó menos exagerados que se han hecho, á cuenta de la utilidad que el pro yectado submarino pueda reportar á España. Asi como hay infinitas personas que se han ocupado en desencauzar la opinión, yo me he ocupado en encauzarla; esa ha sido mi tenden cia. No disputemos los títulos con que cada cual interviene en el asunto; será esto mucho mejor para los exaltadosEntusiasta he sido siempre por la marina, cuyo botón de ancla llevo hace más de 15 años; entusiasta soy por la obra de Peral, en el sen tido de que le deseo el éxito más completo en sus cálculos científicos, para que logremos ser la nación que perfeccione primero la solución al problema de las defensas submarinas de costas y puertos. En mi conferencia, he creído no separarme de cuanto le expuse que iba á decir, si no en tendía que con ello le perjudicaba, y de sus amigos y admiradores en Madrid he recibido luego cordiales felicitaciones. Ahora bien; si lo que no gusta á muchos, y sobre todo á los que llevaron la propaganda de ciertos ideales hasta la exageración, es que precisamente haya combatido las exageracio nes, ¡qué le de hacer! Sensible es que se hayan
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molestado, pero yo de nada tengo ni me pro pongo desagraviarles. Por lo demás, aquellos que hayan querido envolverme en las censuras de poco español y anti-patriota, con que han execrado á los que no nos proponemos declarar la guerra á las grr ides potencias militares, ni permitirnos otros excesos de tal jaez, me inspiran sencilla mente compasión; para estos males no ofrecen remedio los libros, sino los manicomios, en los cuales tendrán que curarse en primer término de la monomanía de creerse los vínicos docto res, competentes yarchi-sabios, capaces de emi tir opinión en el asunto, de codearse con Peral, y hasta de llamarle »compañero,» pegue ó no. Los que no piensan ir á la conquista del mundo por bajo del agua á la mayor brevedad posible, son, por el contrario, unos ignorantes, pretenciosos, atrevidos, y por decontado ene migos y envidiosos do Peral.....
He procurado evitar la monotonía en las pá ginas de esta obrita; por eso se notarán algu nos detalles que contribuyen á dar variedad á la lectura, haciéndola tal vez menos penosa. Consignados quedan por otra parte los va-
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rios aocidentes que lie juzgado dignos del co nocimiento general, para que la opinión forme su juicio, sobre todo^ en lo que personalmente me concierne, á despecho de los que han tra tado de impedirlo.
SALIDA DE MADRID
Todo Enero y parte de Febrero estuve pro yectando hacer alguna excursión fuera de la corte. Tomáronme tal cariño unas fiebrecillas intermitentes, que no había medio de quitár melas de encima; además, el invierno, aunque no en demasía crudo, me tenía tan cansado, porque yo me asfixio de frío como otros se asfi xian de calor, que la idea de cambiar de aires me seducía; aguardaba no más que una ocasión favorable para no perturbar la marcha normal de mis ocupaciones profesionales. E l mal tiempo arreció en la segunda quin cena de Febrero, durante la cual fui agracia do con un catarro de esos piramidales que ame nazan perpetuarse por dos y tres meses, lo que constituye carga demasiado pesada; era una
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nueva complicación que me hacía desear más y más coger el tren y no parar en ventiouatro horas lo menos, por de contado con dirección al Sur; por otra parte, anunciábanse las prue bas preliminares del submarino que yo tenía curiosidad de presenciar, y por último, á fines de Febrero había de embarcar en Cádiz para la Habana, el nuevo capitán general de la is la de Cuba, general Salamanca, con el que me une antigua y cariñosa amistad, y suponía que á Cádiz debería llegar en breve también el ge neral Marín, á quien de mucho tiempo atrás me ligaban lazos de gratitud y afecto. No había, pues, que vacilar, ya que tantas cosas podía hacer de un tirón, y á pesar de que amanecí el día 25 peor que nunca, me decidí á abandonar la cama para meterme aquella tar de en el expréss que sale con dirección á Se villa. Llegué á la estación á empujones, sacando fuerzas de flaqueza. La tarde era infernal: llovía, nevaba y ven teaba todo á un tiempo. En el andén, la impre sión do humedad y frío me dió un mal rato. Para mayor desdicha, el slee;ping-car estaba fuera del andén; y para colmo de calamidades, no parecía el conductor. Por fin, un sujeto mixto de francés y espa
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ñol hizo pausada y lentamente su aparición. No tenía prisa, por lo visto; aquí estamos todos acostumbrados á ir despacio. Me coloqué, y ya era tiempo, porque las pier nas me flaqueaban. La humedad me había pro vocado un acceso de flebre de los más fuertes. ¡Buen principio! A poco ingresó en el camarote un enorme inglés, pero legítimo— quiero decir de Ingla terra,—y luego de un bondadoso gruñido que tuvo pretensiones de saludo, se colocó en fren te de mí. — ¡Tilín! ¡tilín!... ¡señores viajeros, al tren, que va á salir!—decían los mozos de la estación á compás de sendos portazos capaces de hundir el firmamento. Nadie más entró en nuestro ca marote: íbamos dos donde tenían derecho á ir cuatro, ¡menos mal! Cinco minutos después, el expréss arrancaba. A las ocho de la noche mi flebre pasaba á mejor vida, y el relativo confort del sleeping me había reaccionado. El inglés, imitándome— y digo imitándome puesto que yo lo había he cho primero,— me hacía pendant tendido á la larga, y ambos á dos nos esforzábamos por dor mir. No habíamos hablado palabra. Pero á la hora que he dicho, entró el cama rero para cobrarnos el suplemento del sleeping-.
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soltó el inglés las 20 y pico pesetas, y cuando se marclió el camarero español-francés que aca baba de actuar de inglés, me dijo el legitimo, mirándome con gran solemnidad: —Inglaterra, noche cama seis pejetas no más: carro, muy carro aquí. — Barato, muy barato, Inglaterra—le res pondí; después de lo cual, mutuamente satisfe chos, nos restituimos á nuestra antigua y có moda posición. Algo de apetito sentía: buen síntoma; me creí en el caso de aprovechar tan excelentes disposiciones para restaurar mis fuerzas. Llevaba por extraordinario, y á título de en fermo, algunas provisiones; pero mi estómago debilitado no resistía los fiambres. Llamé para que me calentasen algunas vian das, y con efecto— ¡oh admirable y musulmana previsión de nuestros ferrocarrileros!— el sir viente no disponía más que de fósforos, con los cuales no se podía hacer otra cosa que encen der cigarros. ¡Me lucí!... ¡qué hacer! A Eoma por todo y fiambres al cuerpo. Peor todavía era beber el vino, que de puro frió parecía helado; pero alguien imaginó colo carlo sobre el tubo que conduce el agua calien te para calefacción del sleeping, y de este mo
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do, liaciendo verdaderos equilibrios gastronó micos—no bailo otra frase más apropósito j— me encontré al fin de la jornada creciendo en ánimos y relativamente satisfecho.
Cuando la luz del dia penetró por entre las tupidas cortinillas, todo mi afán era inquirir el cariz del horizonte. ¡Un desencanto más! La lluvia no nos había dejado toda la noche; llovía al amanecer también, y el color oscuro del cielo anunciaba agua para rato. No había otro recurso que tener paciencia. Todavía, sin embargo, no perdí la esperanza. ¡Tal vez encontrásemos un sol radiante en Sevilla! Sin abandonar esta ilusión, allá hacia las ocho salí de mi nicho y me dispuse á la lle gada. Sentía sed; ¿por qué no beber un poco de agua? ¡Cualquiera se permite este lujo viajando en el sleeping! La botella y el vaso para el servicio público —no vi otros por ninguna parte,—estaban ¡san to cielo! en un rincón del retrete, gallarda mente sujetos por alambres; ¿qué tal?
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Y llegamos á Sevilla, que no parecía la ciu dad de las flores, sino la del agua. Una Vene cia que se liabía volcado. ¡Qué modo de llover! A l salir bacia el cobertizo donde se sacan los equipajes, toda la mejoría desapareció, y sentí como un desvanecimiento al contacto de la humedad del piso y de la atmósfera. Lo más pronto que pude me acomodé en el cocbe del Gran Hotel de Madrid. Una vez allí, me dediqué á vencer la fla queza de mi individuo en aquel momento his tórico. Empecé por recetarme y administrar me una considerable cantidad de jarabe de brea, unas cuantas píldoras de quinina y un desayuno suculento: después me arropé bien en la cama, advirtiendo que me llamaran á la una y media para almorzar, y á esa hora, en que me sentí mucho más aliviado, di paso por la aduana individual á cuanto me pusieron por delante. Y cuando abandoné el hotel para seguir mi viaje á Cádiz, me convencí de que no había he cho del todo mal en haberlo emprendido en tan pésimas condiciones, porque el cambio de clima iba ya surtiendo sus más benéficos efectos.
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La lluvia había cesado y el cielo no ofrecía el mal cariz de por la mañana.
A l penetrar en la estación de Sevilla, de don de parten los trenes para Cádiz, saltó y vino á la vista el gobernador civil de la provincia, Sr. Montes, célebre en los fastos fusionistas por las garantías que ofrece la paternidad de su mando. Es tan buena persona y de tan ex celente corazón, que cuando en los sitios don de ejerce autoridad haj^ desórdenes públicos, deja que cada cual se las arregle como pueda y los agentes de su dicha paternal autoridad se cruzan de brazos presenciando batallas cam pales á guisa de nuevos individuos de la cruz roja, que si no auxilian á los heridos, por lo menos los meten en la cárcel si no son agre sores. Por lo demás, la seguridad individual era •en aquella época tan grande en Sevilla, según la prensa de esta capital y la de Madrid, que con llevar un revólver cargado hasta la boca, bastaba para que cualquier ciudadano pacífico fuese tranquilo por las calles, á menos que pre firiese ir sin armas, para que los pobrecitos criminales pudieran robarlo 6 matarlo, salien-
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do de este modo de algim apurillo del mo mento. ¡Hijos del alma! ¿Es justo acaso dejarlos mo rir de hambre ó vagar en una improductiva ociosidad? Pero volvamos al andén, donde también es taba el capitán general del distrito, Sr. Hodríguez Arias, persona que goza de grandes sim patías, no sólo entre sus subordinados, sino en tre los que no lo son, por sus dotes de mando y excelentes condiciones de carácter. Además de las autoridades civiles y militares había va rias personas del elemento militar y civil que acudían á despedir al general Salamanca. Habíasele destinado un break, donde iban también el secretario general D. Pedro Anto nio Torres con su señora, el capitán de artille ría D. Luis Salamanca, hijo del general, su secretario particular Sr. Gallego, y parte del Estado Mayor; el resto venía en el correo. A l break me fui. La tarde mejoraba por mo mentos y la temperatura era muy agradable. En la plataforma Íbamos casi todos, sin que ni aun á mí, que iba enfermo, fuera molesto el aire. En Madrid estarían helados de frío. Todos recordábamos con terror las caricias inferna les del Guadarrama, y nos felicitábamos de
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aquel cambio, merced al cual parecía la vida más, fácil. El trayecto de Sevilla á Jerez se hizo muy agradable. La conversación y un saqueo conti nuo á las provisiones que uno de los viajeros llevaba, nos hicieron corto el tiempo, sin que ja ni aun del propio saqueado, que llenó á sa tisfacción su papel de víctima. En Jerez se quedó el general Salamanca, y embarcaron con los que seguimos el viaje, el gobernador civil de Cádiz Sr. Puigcerver y el gobernador málitar interino brigadier Junque ra, que habían ido á saludar al nuevo capitán general de la isla de Cuba. Este Puigcerver me pareció más simpático que su hermano el ex-ministro de Hacienda D. Joaquín, pseudo-hacendista y pseudo-hombre notable, como no sea que la notabilidad suya consista, y ya es notabilidad, en haber arruinado á fuerza de desatinos el Erario na cional. El D. Joaquín de que hablo, es el Joaquinito Rodajas de los gabinetes de la fusión. ¡Con qué extrañeza se le vió sustituir al se ñor C amacho! Joaquinito Eodajas, en efecto, en materias rentísticas, no es conocido más que por unos kilométricos discursos pronunciados á los mace-
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ros y bancos del Congreso, ó á las sillas de su despacho, discursos que nadie ha tenido el pri vilegio de entender, sin exceptuar, por supues to, al propio autor. Con su desacertada gestión lo ha demos trado. Sabía muy bien que en España son contadísimas las personas competentes en cuestiones de Hacienda, y por tanto, que es campo donde con impunidad se puede vaciar la ignorancia á espuertas, seguro de que si la suerte ayuda, de la siembra brota una subsecretaría, luego la presidencia de la comisión de presupuestos, y por último, la cartera de Hacienda, adjudicada por regla general al que á título de loro, repi te media docena de teorías adulteradas por la audacia y media docena de fórmulas más caba lísticas é intrincadas que las de asar man teca. Con esto, hablar mucho de proteccionismo y libre cambio, citar á Piernas, autor de una obra de Instituciones de Hacienda pública, y ba rajar millones como castañas, dan al país la ídem los Joaquinitos Rodajas rentísticos del día, á poco que haya detrás algún hábil ma niobrero que los empuje. Y como á Puigcerver lo empujaron, á lo alto se encaramó entrando como pudo, pero en-
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trando ai fin. ¡Bien caro lia pagado el país el uniforme á este ministro!
Llegamos á San Fernando. La noche había cerrado en viento duro, durísimo. Bajé al andén para cambiar impresiones con algún oficial de marina si lo encontraba. Estaba allí, en efecto, un íntimo amigo mío, el cual me informó de las dos corrientes con trarias que luchaban en esta cuestión del P i ral; la una formada por entusiastas que no ad mitían discusión siquiera sobre el éxito total de las pruebas é importancia del invento, y la otra por pesimistas que lo veían todo muy negro. No faltaba tampoco contingente para un ter cer grupo que, ni optimista ni pesimista, cen suraba las algaradas que se habían promovi do y las exageraciones de cierta parte de la prensa, que no creían por lo menos pru dentes. En cuanto al día de la inauguración de las pruebas preliminares, suponíase inmediato, si bien no fijado definitivamente. El tren continuaba su marcha, y la conver sación tuvo que terminar.
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Quince minutos después entrábamos en las agujas de la estación de Cádiz. Era para mí un momento triste. ¡Treinta años próximamente vivieron allí mis padres, y bacía poco más de uno que ha bían muerto ambos! La familia se había dis persado, y de ella nadie quedaba en aquella ciudad, donde habían corrido los primeros años de mi vida, donde siempre tuve casa y donde llegaba por primera vez á guisa de forastero. Hay que resignarse á la voluntad de Dios, soportando con la posible resignación los du ros trances que en la vida nos amagan; en al gunos, sin embargo, es muy difícil.
El viaje largo y penosísimo de Madrid á Cá diz había terminado. ¡Ya era tiempo! Por de contado también lo es, de que el expréss que se detiene en Sevilla llegue hasta Cádiz y de Cádiz salga. ¿Por qué no sucede así? Porque lo impide la voluntad omnipotente de las empresas y por que Cádiz atraviesa una época de decadencia y abandono que ya ni nombre tiene. Para explotar á Cádiz hay muchos. Para trabajar con decisión á su favor muy pocos, y
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faltos de un apoyo que valga la pena. De otro inodo; no se concibe que nada de lo que puede favorecerle, ni lo más insignificante, se con siga. N i expréss, ni depósitos flotantes de cax'bón, ni estación decente, ni protección á sus obre ros, ni administración, ni nada...... E l caciquismo en el interior, pero un caci quismo furibundo que hace posible y justifica á un Zabalza; en el exterior la indiferencia; en todas partes la anemia........... jPobre Cádiz!
PERALISTAS Y PERALOFOBOS
No extrañe el lector que me haya detenidotanto en relatar un tan sencillo viaje, porque esto me ha facilitado ocasión de ir haciendo justicia por el camino. Ahora estamos ya ocupando una habitación en el Hotel de Cádiz, situado en el sitio más cén trico. En la Puerta del Sol, como si dijéramos» La temperatura era deliciosa al día siguien te de la llegada; pero es lo único que alegra; porque en lo demás todo es tristeza. Cádiz conserva de sus pasadas grandezas lo que el gran señor arruinado; costumbres pulcrás, distinción y atildamiento en la persona. Así, sus vías están limpias, sus casas pinta das, blanqueadas, retocadas, como si hubiese tanto dinero por dentro que de algún moda
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fuera necesario ir ecMndolo fuera; da pocas fiestas, pero espléndidas, y conserva apego á las costumbres más aristocráticas. Habrá en mujeres y en hombres quienes pasen miles de estrecheces; pero han de salir á la calle relucientes, planchados, almidona dos y estirados las unas y los otros, con aires de duquesas y principes, hasta la artesana y el jornalero. Como el gran señor, conserva también mu chos de sus vicios; pero de éstos no es ocasión de ocuparme. Será excusado manifestar, que actualmente no se habla de otra cosa que del submarino. Si andará ó no andará, si verá bajo el agua, si conquistaremos el mundo, si no lo conquistare mos, si Peral es alto ó bajo, rubio ó moreno, delgado ó grueso, si almuerza, si no come, si va al arsenal, si anda, si se sienta, si escri be, si...... El furor en todo su apogeo; estamos en vís peras de las pruebas, y la gente se ha desatado: los peralistas y los j)eralófohos, tan intransi gentes los unos como los otros; tal vez más los primeros, porque los segundos discuten, pero los primeros no quieren discutir y disputan. El que se ha declarado iperalista, cuando oye hablar del submarino, so pone grave en se-
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guida y frunce la mirada y tose fuerte, como di ciendo: «cuidado conmigo, que estoy aquí yo.« Cuando hablan entre si los peralófohos, ra zonan con más ó menos frialdad, pero hay tur no; cuando se reúnen algunos peralistas, la al garabía se hace insoportable: nadie quiere pa sar por tibio, y á la cuenta el entusiasmo se manifiesta á voces, porque funciona cada pul món que es un portento; cuando chocan peralistas y peralófohos, hay peligro, y Jo prudente para el que oye ó pasa es, ó quitarse de en medio, ó arrimarse hacia alguna estaca por si s,caso. Ahi viene el Sr. de Martín, que es tildado de peralófoho porque no se ha entusiasmado toda vía lo bastante á juicio de los peralistas, y no es esto lo más grave, sino que hasta se permi te mostrar ciertos pudorosos recelos. También se acerca el Sr. de Bravuri, peralista furibundo, que jura y perjura y confiesa, que no obstante no tratar á Peral, ni haber vis to el submarino, ni entender jota de cosas na vales ni continentales, su fe es ciega, su segu ridad absoluta, y se halla dispuesto á retar á campal batalla á quien se permita la más mí nima observación en contrario. Se han visto como el jaguar y el caimán, cu jeas épicas luchas en las márgenes del Magda
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lena, hermoso río que parte en dos la repúbli ca de Nueva Granada, describe con tan vivos colores el comandante Arnao en su preciosa narración histórico-marítima titulada El Capi tán Cadavedo, y se acercan cautelosamente el uno al otro, como si tratasen de rehuir un cho que, pero en realidad provocándolo. Ya están frente á frente Martín y Bravuri, se han estrechado las manos y hasta se han son reído; pero, ¡qué sonrisas!__ Los amigos que cruzan por la calle, ó pa sean por el mismo sitio, se acercan disponién dose á presenciar lo que ocurra, porque algo va á ocurrir; es bien sabido. Y en efecto, los aceros chocan á las prime ras de cambio. —¿Qué tal, querido Bravuri? ¡Cuánto tiem po que no nos veíamos! Y á propósito, ¿sabe Y . por fin cuándo son las pruebas? —Es extraño que me pregunte V. eso; V. que siempre está á la caza de lo que ocurre con el Peral. —Hombre, tanto como estar á la caza no; me ocupo de la cosa como todos; pero nada más. — ¡Pschs! al fin los que tienen que criticar, no suelen perder el tiempo. — Amigo Bravuri , ya empieza V. como
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siempre; V. no permite á nadie más opiniones que las suyas. — Es verdad—exclama un amigo de Martín. — No es verdad—exclaman á coro los ami gos de Bravuri. . La atmósfera se caldea. — Pues yo digo, amigo Martin, lo que todo el que tiene sentido común, y es que no deben anticiparse juicios pesimistas. — Oiga V., Bravuri, yo no be anticipado nin guno; el que anticipa juicios es V ., que se em peña en no sé cuántas boberías. — Hombre, ¡tiene gracia! ¿quién le habrá enseñado á V. que lo que yo pienso son bo berías? —¿Y á V. qiiién lo ha enseñado lo contrario? — Ya e.stá V. desbarrando. — Perdone V., si aquí desbarra alguien es usted. — Lo que yo digo es que dudar de Peral no es español, ni patriótico, ni nada. — No tolero palabras gordas que la ignoran cia y el acaloramiento disculpan sólo, y que á titulo de amistad le dispenso por una vez; pero entienda que por eso no me persuado de que hago mal en no pensar como V. piensa en este asunto. — No me venga V. con generosidades; pero
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además; ¿V. qué entiende? ¿qué sabe V. de sub marinos ni de nada? ¿ba visto V. el barco? ¿le ha dicho á V. Peral lo que va á hacer? Pues entonces, ¿qué desconfianzas son esas? — ¿Y á V. se lo ha dicho? ¿Y V. ha visto el barco? ¿Y V. entiende mucho? Los peralistas se van enfadando y protestan. Los peralófobos contestan y el barullo crece. — ¡Aquí hay mucha ignorancia!— dice uno. — ¡Mucha envidia!— exclaman otros. — ¡No permito animaladas!— gritaBravuri. — ¡Ni yo sandeces!— exclama Martín. — ¡Le voy á romper á V. la cara! — ¡A mi no me rompe V . nada! — ¡Insolente! — ¡Canalla! Movimiento, tumulto; interpónense los ami gos. Sepáranse como Dios les da á entender. El sainete ha concluido; pero el teatro es por horas y la entrada libre.
Pues bien; aparte de estas escaramuzas, dis putas 6 discusiones, nada hay quehacer en los días últimos de Febrero que tenga relación con las pruebas anunciadas. El Carnaval pasará en calma por lo que á es
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te asunto hace, y el miércoles de ceniza será la primera expedición; tales son las noticias. Distraigámonos, pues, visitando el magní fico vapor Alfonso X III, que sale el 28 para la Habana, conduciendo á la primera autoridad de aquella isla, buque que es la última palabra del confort y la seguridad en el arte de las construcciones navales y que constituye por las comodidades que ofrece, un atractivo para los grandes viajes trasatlánticos. Cuando ya no haya ni amigos que despedir ni buques que visitar, constituyámonos en la callq Anoha^ donde lucen sus galas, gentileza y hermosura las gaditanas, realzadas por la fi na lluvia de papelitos de oro y colores con que á cartuohazo limpio riñen descomunal batalla los dos sexos, produciéndose una algarabía y animación de lo más pintoresco y divertido y democrático, porque no hay clases. En estos días todo el mundo alUrnn.
EL «PERAL» EN LA MAR
Por fin llegó el soñado día, A las oclio menos cuarto de la mañana del 5, me avisaron que no tardaría veinte minutos en salir de la bahía el vapor Garibaldi. Apenas si tenía el tiempo preciso para tras ladarme al muelle. Cuando llegué, completo el niimero de las personas invitadas, el vaporcito levó el ancla y comenzó su pequeño viaje. Fué el día primaveral en las primeras ho ras; más tarde, el calor se hizo sofocante. Por el pronto íbamos haciendo una excur sión deliciosa. Dejamos atrás el muelle de Puntales, en cu yos diques figuraba como novedad un barco de guerra marroquí— según dicen sus tripulantes; — por lo demás, todo su aparato bélico consis
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te en ciertos viejos fusiles que pudieran muy bien formar el encanto de los bizarros soldados que comparecen en el tercer acto de Los Sobri nos del Capitán Grani. E l barco de guerra ostenta por fuera tal mu gre, que el estómago se i’esiste á la idea de v i sitarlo al interior. Alá guarde á esta buena gente, que gusta de urgarse los pies mientras come. Desembarquemos, porque ya Hemos llegado á la Avanzadilla. Encomendémonos á Dios para ir á San Car los en un mal carri-coche, cochecitos malteses que le llaman, herederos por testamento de las antiguas calesas, donde hacían prodigios de destreza sus conductores, y equilibrios prodi giosos los conducidos. El vehículo ha cambiado; pero nada más que el vehículo. La distancia desde la Avanzadilla al pala cio de la capitanía general es corta, por fortu na; que de otra suerte, fuera i mposible conser var la sana integridad del individuo. Así y todo, llegáis con los huesos molidos de tanto brinco y salto como da la potala, donde más que meteros os han metido á puñados las oficiosidades insoportables de los conduc tores, que como avalancha devastadora se os
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viene encima en cuanto ponéis el pie en tierra ñrme. Respiremos, porque ya liemos llegado. En el jardín del hermoso palacio, se pasean el capitán general del departamento Sr. Montojo, su hijo y Peral. En este momento llega también de Cádiz el genei-al Llanos, ayudante de S. M. la Reina. Peral ha estado tres días enfermo, y aiin se le notan las huellas; también se obser va en su fisonomía, el quebranto que pro duce siempre en el espíritu y la materia, una lucha tan formidable como la que su pone, el haber conseguido llegar á la altura á que hoy se encuentran sus trabajos y su pres tigio. Más que preocupado, paréceme, pues, cansa do; por lo demás, su exterior nada extraordina rio revela. Es modesto de porte y sencilla la expresión del semblante. Después de los primeros saludos, entré en materia. — ¿Está V. tranquilo respecto al éxito de sus cálculos? — Completamente— me respondió con el to no de la más absoluta convicción. —¿Confia V ., pues, en que el resultado de
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SUS trabajos corresponderá á la expectación del país? — Tengo entera confianza. — ¿De modo que V. se siente satisfecho? — ¿Por qué no he de estarlo?— contestó son riéndose. — He leído en E l Imparcial algo que me ha causado verdadera •extrañeza, y sobre lo cual quisiera que hablásemos otro día qire disponga mos de más tiempo, si á V . no le molesta. — De ningún modo; tendré el mayor gustoen complacer á V. — Por el pronto, le diré que me refiero al te legrama remitido por el corresponsal de ese pe riódico, anunciando que bajo el agua tiene V. un radio visual de cuatro millas, cosa que me parece imposible, y desearía oír á V . mismo. —Hay y no hay algo de eso: tal vez no haya resultado bastante clara la explicación. Es evidente que si se trata de ver debajo del agua, no puede obtenerse ni con mucho ese ra dio; pero eso no es obstáculo á que marchando bajo el agua, pueda observarse lo que pasa en la superficie en un radio de cuatro millas por la perfección de los medios de que se disponga. Así explicada la cosa, era muy distinta, y se comprendía bien, aun sin necesidad de mayore.s detalles.
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En este punto de nuestra breve conversación, avisaron á Peral que el almuerzo esperaba, por lo cual, y habiendo convenido en hablar despa cio otro día, me separe de él, deseándole el ma yor éxito. Había que entregarse de nuevo al sacrificio gimnástico del regreso á la Avanzadilla. A l lle gar me reuní con los demás expedicionarios, en lo que aquí se llama tienda de montañés, y que es un establecimiento servido por montañeses — para los que Andalucía es su América,—don de se encuentran superiores hehestibles\ en cuan to á los comestibles, si en otras son buenos y abundantes, declaremos que tal fortuna no al canza á la de que trato. Se habilitó un almuerzo á uso de campaña, el cual resultó luego obsequio del Sr. Abá selo, porque no pudimos vencer su resistencia á que se domiciliase el pago en el bolsillo de cada cual. Abáselo es uno de los peralistas más furi bundos que existen, corresponsal de El Liberal, y en dicho concepto jefe de E. M. de Araus. De la mesa nos levantó el aviso de que es taban á la vista el coche del capitán general y otros. Peral llegaba; saludamos á los recienvenidos, y cada cual fuese á su respectivo barco.
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excepto Araus, que no abandonó hasta último instante la torre del establecimiento donde ha bíamos almorzado, y desde cuyo observatorio tomaba notas y redactaba telegramas. Una media hora después de lo relatado, y cuando ya anunciaban algunos visionarios que la torre estaba cerrada y el submarino soltaba amarras—digo visionarios porque nada de es to era cierto,—llegó Novo y Oolson con toda tranquilidad, figurándosele y no se engañaba, qiie le sobraba tiempo para embarcar; pero como repito, se había anunciado por algu nos el cierre de la torre y demás prelimi nares que indicaban la proximidad del mo mento de salida, se lo advertí para que se diei’a prisa. El sobresalto de Novo y Oolson cualquiera puede imaginárselo, si se recuerda que era el cronista de la expedición, y que había llegado de Madrid, abandonando sus habituales tareas, con el único objeto de tomar parte en todas las pruebas. Entrar en el arsenal y rodear por tierra has ta llegar al dique, era exponerse á no llegar á tiempo; ir en vía recta por el caño, era la úni ca solución, pero no había lancha disponible; por fin halló una de propiedad particular, le ofreció diez veces más de lo que el servicio va
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lía, se puso al timóu, y bogando á toda boga, llegó al submarino. Todavía tardó media bora en salir; ni babia tal porta cerrada ni tal abandono de amarras, ni nada, en ñn, de lo que nos anunciaban nues tros vigías. Efecto de los espejismos y prueba evidente de lo que se exalta, la imaginación en muchos casos, y de la necesidad de fijarse bien, para ver, no lo que se quiere ver, sino lo que real mente se vea. Como en mi conferencia del Ateneo, que va por apéndice de esta obrita, be descrito la sa lida del Peral y todos los incidentes del día de la inauguración de las pruebas, asi como lo ocurrido el domingo 10 de Marzo, cuando in tentó el submarino navegar basta donde se ba ilaba el vapor correo trasatlántico Vizcaya, pa ra despedir á Oapriles, á dicbo apéndice remi to á los benévolos lectores, porque entiendo que no vendría á nada ampliar este capítulo con una innecesaria repetición. Fuera de cuanto en mi citada conferencia relato, no ocurrió incidente alguno de especial mención digno, como no sea la simulada rega ta que al regreso á Cádiz se entabló entre el Península, donde iba el representante de El Imbardai, y el Garibaldi, donde es sabido que
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navegaba, el de M Liberal] en cuya regata tu vo el Península la desgracia de llevar la peor parte, por la gran ventaja que el Garibaldi le tomó, á pesar de las carbonadas con que avivó sus fuegos, á juzgar por la constante, densa y negra columna de tumo que salía por la chi menea. Cerca ya nosotros de Cádiz, viró el Penín sula hacia Puntales, y lo perdimos de vista. Antes había largado sus banderas el Gari baldi en señal de júbilo y triunfo.
VISITA À PERAL
Desde el momento en‘ que se hizo público el ■viaje del teniente de navio Sr. García Gutié rrez para llevar á Inglaterra la bobina descom puesta (1) con objeto de que la casa construc tora enmendase sus defectos, empezó el desfile de los que habían llegado á San Fernando y Cádiz con el único objeto de presenciar las pruebas. Ducazcal, el popular empresario y diputado madrileño, y Javier Burgos, chispeante autor de preciosos versos y de zarzuelas tan bonitas como la Cádiz, prepararon acto seguido sus maletas; el reputado literato Jacinto Octavio Picón llegó á punto de recibir la desagradable (1)
V éa se e l d iscu rso qu e v a en e l ap én d ice.
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noticia de que nada había que hacer por enton ces; Comba, el inteligente redactor artístico de /ia Ilustración Española y Americana, que ape nas si había tenido tiempo de sacar alguna vista -del submarino, guardaba sus lápices y clichés, y Mencheta, el rey de los reporters, Oantin de La Iberia, Arias de La Correspondencia Mi litar, y hasta Araus y Ortega Munilla hacían sus despedidas. Por mi parte hubiera permanecido allá más tiempo, porque iba reponiendo mi salud al am paro del benigno clima de Cádiz, y además, aún no había llegado el vapor correo en el que hacía su regreso á la madre patria el general Marín, á quien quería saludar en el momento de su llegada, para felicitarlo por el brillante éxito de sus campañas enérgicas contra las in moralidades administrativas que tanto daño causan á la Isla de Cuba, y contra el bandole rismo de los campos, que tan inseguras hacían las labores campesinas, aparte de lo repugnan te que resultaba ver un país por completo enti’egado á la anarquía. El general Marín había conseguido, repito, éxitos brillantes en la persecución del bandido de frac y del bandido de puñal y trabuco, y su nombre llegaba rodeado de los mayores presti gios. Era bien justificado mi deseo de saludarle
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y felicitarle, ya que la ocasión se me presenta ba propicia. Pero la casa consignataria no tenia la segu ridad de que el Cataluña, donde el ex-capitán general de la Isla de Cuba hacia su viaje, arri base á Cádiz, porque el estado sanitario de la Habana iba siendo sospechoso, y aun en el caso de llegar el vapor á este puerto, pudiera muy bien ocurrir que por traer patente sucia, lo enviasen á lazareto. Por otra parte, había yo contraído un com promiso con el Ateneo de Madrid, que me obli gaba á un inmediato regreso, visto la interrup ción do las pruebas. Para complacer á muchos de mis amigos que así me lo pedían, había escrito al ilustre presi dente del Ateneo, indicándole que se había mostrado deseos de que diese á mi regreso una conferencia acerca del submarino, y no tenien do en ello el menor inconveniente, antes por el contrario, considerándolo un verdadero ho nor, le rogaba que me manifestase si estaba conforme con la idea. No se hizo esperar la respuesta. Tuve la sa tisfacción de recibir un expresivo y cariñoso telegrama (1) de la eminente personalidad que (1) E l telegrama del ilustre presidente del Ateneo
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con general aplauso dirige el más importante centro de cultura que España tiene, y desde aquel instante me consideré, y en efecto lo es taba, obligado á dar la susodicha conferencia. Interrumpidas las pruebas, el relato más ó menos comentado de lo que en ellas hubiera ocurrido, claro es que se había reducido de proporciones; pero el estudio del arma de com bate bajo el punto de vista de su influencia en el porvenir naval de nuestra patria, ya consi derado en sí mismo, ya en relación con el de las demás naciones, punto necesario de tratar, dado el estado de la opinión, podía hacerse vistas ó no las pruebas en todas sus fases, dado que había de partir para mis conclusiones de los supuestos más favorables al Peral. A mayor abundamiento, descansaba también mi confianza en la entrevista que tenía pen diente con Peral, y que hoy consideraba mu cho más necesaria; pues no se trataba ya de una mera curiosidad, sino de emitir opiniones en un centro de la importancia del Ateneo de Madrid, y si por una parte se compensaba mu cho con la entrevista la inesperada interrupde Madrid dice así: «Juan de Madariaga.—Cádiz, de Madrid.—7—7‘15 n .—Aplaudo y celebro el pensamien to de la confareaoia en el Ateneo.— C á n ova s.^
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cióa de las pruebas, por otra iba á adquirir la seguridad de que mis manifestaciones, no por mias, sino por el sitio desde donde iban á ser emitidas, no babian de perjudicar en nada al Sr. Peral; si acaso, favorecerle, porque á la larga, la primer víctima de los extravíos de la opinión, pudiera ser él mismo. Pero de todas suertes, y aun cuando tenia la seguridad de que había de estar conforme en que las exageraciones de imaginarias conquis tas y otros excesos, no estaba de más atacar las para llevar las cosas al terreno real, sacán dolas del fantástico y torcido camino que no deben seguir los trabajos serios, me proponía manifestarle claramente mi manera de pensar en este punto, pues si no resultábamos confor mes, tenía el decidido propósito de guardar si lencio, desistiendo de mi conferencia en el A te neo, para que no pudiera nadie hacerme jamás cargo de ninguna clase, fuera ó no justificado. De lo dicho so desprende, que á mi vez me tocaba el turno de emprender la retirada; pero antes hacíase de todo punto necesario para mí, tener una entrevista con Peral. Nos pusimos de acuerdo, y en vista de un telegrama que tuvo la bondad de enviarme, sali el día 13 de Cádiz para San Fernando en el tren de las nueve de la mañana.
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En el núm. 3 de la calle de Juan de Mariana, en una modesta casita de piso bajo y clásica patio de losas de mármol que se dejan ver á tra vés de la cancela de hierro y cristales que sus tituye, por regla muy general en Andalucía, á las puertas de madera, vive el ilustre oficial de la marina española, blanco ahora de todas las miradas y objetivo constante de la opinión pú blica y del entusiasmo y exaltación nacional. El Sr. Peral se hallaba en su despacho, don de á poco llegaron sus compañeros los señores Moya é Iribarren, ilustradísimos oficiales de la marina y tripulantes voluntarios del Peral, lo cual hace el mejor elogio de sus entusiasmos por la noble profesión que han abrazado, y por cuya gloria y enaltecimiento trabajan con fe ciega y entusiasmo á prueba de sinsabores y peligros. Ante todo, pude notar que Peral estaba per fectamente tranquilo por la suerte que pudiera correr el submarino en las futuras experien cias, no dando importancia ninguna á la des composición del motor; la consideraba tan solo una consecuencia de imperfecciones de cons trucción, respecto de la cual estimaba que na da le era imputable, puesto que sus esperan zas estaban comprobadas por el éxito obtenido con el motor de estribor, que había actuado con
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perfección y respondía á los cálculos hechos. — Ya sabrá V. tal vez por la prensa—dije luego entrando en ma'teria,—que voy á dar una conferencia en el Ateneo de Madrid, relatando lo ocurrido en estas primeras pruebas; me pro pongo además analizar el submarino en su as pecto práctico, ó sea como arma de combate; pero lo que sobre todo deseo, es no causarle la más mínima molestia con ninguna de mis apre ciaciones, hasta el punto que si V. entendiese que la conferencia, cualquiera que sean sus términos, no es hoy procedente, yo desistiré desde luego de darla. Mi objeto principal es hacer la relación im parcial y exacta de lo ocurrido, prevenir los pesimismos que parece asoman, pues como es tamos en un país de suyo impresionable, haj' muchos que hace cuatro dias veían en el sub marino la piedra filosofal, y hoy no ven ya nada, ni creen nada, ni esperan nada, y este desmayo lo juzgo fuera de lugar, prematuro y perjudicial; por último, creo que debe inten tarse encauzar un poco la opinión, porque en tiendo que V. no se propondrá— ni habrá auto rizado á nadie para que diga tal cosa— conquis tar á Gibraltar y acabar por dominar todos los mares y todas las naciones marítimas, estirdiar los fondos del Océano, y en suma, cuanto sa
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viene corriendo de oido en oído, exaltando la imaginación popular, que ha desnaturalizado por completo, en mi humilde opinión, los pro yectos y cálculos de V. — Tiene V . razón— me contestó Peral,— y lejos de creer que la conferencia de V. puede perjudicarme, considero que ha de prestarme con ella un señalado favor que le agradezco de antemano. No tengo la culpa de que al hacer se la propaganda de mis proyectos por perso nas llenas de fe y entusiasmo, tratando de crearme, y yo se lo agradezco mucho, una at mósfera favorable, al ir luego corriendo de unos en otros la especie, se haya llegado más lejos de donde fuera conveniente; pero estas cosas no pueden evitarse, porque las masas no son manejables con facilidad, y además, salva á todos la buena fe con que obran. Por lo de más, si ahora hubiera pesimismos, no están justificados, y el tiempo se encargará de pro bar que lo que yo he prometido lo cumpliré. — Acerca de este punto, diré á Y . lo que he creído siempre, y es que V. se habrá propuesto defender las costas y puertos, sin perjuicio de que se puedan emplear también los submarinos en los combates navales, porque los buques grandes los pueden llevar como hoy llevan lan chas de vapor, lo cual hace innecesario el
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intentar construir submarinos de alta mar, pues que en rigor á nada conducen. —Así es, en efecto; me ocupo preferente mente boy de resolver el problema de las de fensas submarinas de costas y puertos. — Por cierto—le dije— que á esa navegación submarina de las costas y puertos, única que creo posible, me he permitido bautizarla con el nombre de navegación sub-litoral, creyéndo lo gráfico y fundándome en que en Derecho in ternacional, marítimo se llama, como Y. sa be muy bien, mar litoral, el que baña las eos tas de un Estado, y se extiende desde la orilla hacia la alta mar en una cierta extensión; si navegación litoral es la que se hace sobre la su perficie de estas aguas, navegación sub-litoral será la que se haga por bajo de ellas. La entrevista fué larga, y no.puedo puntua lizarla en todos sus detalles, porque escribo es tas líneas mucho tiempo después; prefiero, por tanto, continuar diciendo en síntesis cuál fué nuestra conversación, ó cuando menos, cómo la entendí y la recuerdo. El Sr. Peral cree que en punto á defensas militares submarinas , adelantará á cuanto hoy se ha hecho en otros países; ha inventado ó perfeccionado una porción de aparatos que
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no sólo serán de gran utilidad en sus tipos de submarinos, sino en las aplicaciones industria les; á este efecto se extendió en consideracio nes sobre los principales problemas que ha tetido que abordar, y cuestiones esenciales que ha tenido presentes para resolverlos, bien di recta, bien indirectamente, según la naturaleza de cada uno de ellos; para estos primeros ensa yos no ha construido muchos de los aparatos trazados ó reformados, inspirándose en la con veniencia de acelerar las primeras pruebas; lee con atención cuanto se escribe respecto del submarino, y no contestará ninguna impugna ción, prometiéndose responder con hechos á los ataques y poner en su día en claro incidentes dignos del conocimiento general; toma á su cargo la tarea de contestar, cuando se terminen las pruebas, al autor del folleto titulado Los baques submarinos, probando que contiene mu chas perjudiciales inexactitudes, y en suma, se propone continuar sin descanso sus trabajos hasta cumplir el compromiso contraído con la nación, do dotarla de un arma eficaz para de fender sus litorales y puertos, desentendién dose por el pronto de cuanto le pueda distraer del objeto fimdamental de sus afanes y cui dados. Se hacía tarde; el Sr, Peral tenía que m ar-
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char al arsenal y yo á la estación del ferro carril, para regresar á Cádiz. Nos despedimos cordial y afectuosamente, felicitándole antes por los éxitos futuros que todos deseamos, y en los cuales tiene la más absoluta confianza, que por mi parte respeto y anbelo ver confirmada, y sali satisfecho de aquella casa, después de despedirme también de los señores Moya é Iribarren, que se habían ausentado del despacho á poco ,de empezar nuestra conversación. Y digo que salí satisfecho, porque respetan do la ciega fe del autor del proyecto en el pro yecto mismo y exactitud de todos sus cálculos, aparte de esto, vi en el Sr. Peral, no un soña dor tal como la opinión lo pinta, saturado de fantasía, prometiendo lo divino y lo humano, atrofiado por el opio el cerebro, sino un hombre de ciencia que se propone progresar, adelantar por esfuerzos sucesivos á lo hoy conocido en una materia dificilísima ó importante, pero distin guiendo lo real y lo ideal, lo posible y lo sobre natural, y tomando en serio, porque sabe darle sus debidas proporciones, lo que la masa descarriadáá fuerza de querer sublimar pone en solfa. Una declaración he de hacer, antes de ter minar estas líneas que dedico á hablar de m i conferencia con el Sr. Peral.
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Cuanto consigno á modo de afirmaciones su yas, es naturalmente, porque asi creo habér selo entendido; no obstante, si el Sr. Peral, so bre alguno, algunos ó todos los conceptos que le atribuyo hiciese rectificación grande ó pe queña, la acepto desde luego y me doy por equi vocado en todo aquello que figurándome yo haberle oído al Sr. Peral, éste diga, sin embar go, que be padecido error.
Celebrada la entrevista con el Sr. Peral, era llegado el momento de regresar á Madrid. E l 15 emprendí el viaje de vuelta, y este día ó el anterior— no repuerdo bien—me ocurrió un incidente que merece la pena de contarse, porque de él pueden deducir los exaltarlos, con secuencias que les importan. Paseábame por la plaza de San Antonio, cuando cruzó por ella el contralmirante señor Llanos, ayudante de S. M. la Peina y repre sentante de la Augusta Señora que tan sabia mente rige los destinos de la nación, en las pruebas del submarino cuyos trabajos ha pa trocinado con su valiosísimo apoyo. El almii’ante Llanos, con cuya amistad me honraba al igual que con la de casi todos sus
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pares que me han hecho siempre objeto de inmerecidas consideraciones y deferencias, me hizo el honor de detenerse unos instantes para recibir mis saludos de despedida, y con tal m otivo me preguntó: — Vamos á ver, V. que ha presenciado estas pruebas, ¿qué opina V . en general de cuanto ocurre y qué cree V. que ocurrirá? — Pues mi general, contestando su bonda dosa indicación, lo que puedo decirle es, que respecto á las pruebas futuras, ¿quién sabe lo que puede ocurrir? No me atrevo á ser profeta. No soy de los optimistas que no oreen en ab soluto en ningrin contratiempo, ni de los pesi mistas que ahora lo ven todo negro y que á poco más piden hoy la crucifixión de Peral, cuando ayer no tenían palabras para ensalzar lo; una y otra cosa son prematuras á mi enten der; pero lo que sí me parece verdaderamente absurdo y cada vez lo entiendo menos, es este barullo y esta exaltación que hay en gran par te de la masa general, creyendo que ya no va á hacer falta ni trabajar siquiera, porque nos vamos á quedar con media humanidad, si es que no la queremos toda, y además, á recoger las riquezas que existen en el fondo de todos los mares, y á ser ricos, dichosos, propietarios yqué sé yo qué más en cuanto acaben las prue
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bas y empecemos los fructíferos trabajos de hacernos los dueños de la mar y por ende de la tierra. — T iene V. razón— me contestó el general L lanos.— Han perdido la cabeza muchas perso nas, pertenecientes no sólo á las clases ínfi mas del pueblo, lo cual seríá? disculpable, sino que el delirio hace estragos hasta en las de ma yor posición y más ilustradas. — L o mismo creo. — Miro V .; antes de salir yo de Madrid, d e lante de un grupo de personas de lo más dis tinguido y conocido allí, me decía con asenti miento unánime cierto sujeto im portante;— Mi general, lo felicito á V . de antemano por el éxito del submarino, cuyas pruebas siento no poder presenciar; pero tengo absoluta fe en que Peral sale adelante. Por supuesto, mi general, que en cuanto se vea que salen bien, lo que hay que hacer en seguida es trabajar para que nues tro ministro de Estado pida al de Inglaterra la devolución de Gribraltar; eso lo primero. Después, ya veremos. Y o me quedé— me decía el almirante L la nos— hecho una pieza, y sin saber qué decirles á aquellos señores para que no lo interpretasen en mal sentido; salí del paso como pude, y ha ciéndome cruces.
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Fué aquella la última conversación que tu ve con t,l contralmirante Llanos. ¡Dios le haya acogido en su seno! (1)
(1) A muchas personas había yo contado mi con versación con el general Llanos. Contesto de antemano con esta nota á cualquier ma liciosa ocurrencia de esos mil que se pasan de listos.
LOS TELEGRAMAS DE «EL IMPARCIAL»
A causa de kaberme detenido en Sevilla, no llegué á Madrid hasta el 17 por la mañana, y como había avisado mi salida, me encont'ré con u n B . L. M. de la secretaría del Ateneo, comunicándome que mi conferencia sobre el submarino Peral estaba señalada para el si guiente día lunes 18, á las nueve de su noche. Y con efecto, tuvo lugar ante un auditorio numerosísimo, lo mismo en el salón que en las tribunas; por cierto que en la destinada al pi\blico, ocurrió algo que merece especial men ción por lo que revela. Confundidos en ella había nutrida represen tación de todas las categorías cientíücas y so ciales. Noté, que alguna “vez y sobre todo cuando
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combatí la exageración de propalarse que íba mos á conquistar á Gibraltar y la supremacía de los mares, etc., el Ateneo en masa se volvió hacia dicha tribuna imponiendo silencio. Como el salón de sesiones es muy amplio, ni podia apercibirme de la causa de aquella excitación, ni me fijaba demasiado tampoco; pero cuando terminado mi discurso salí á los pasillos, donde vinieron á saludarme varios amigos, y entre ellos algunos que habían esta do en la tribuna pública, me dijeron que al ha cer las afirmaciones mencionadas, hubo protes tas y murmullos en un grupo, lo cual motivó ios movimientos de los concurrentes al salón imponiendo silencio. Algunos de los protestantes abandonaron in dignados la tribuna. Las consecuencias que de este relato se des prenden merecen fijar la atención. El pequeño grupo de exaltados á que aludo, com o compuesto de gente que por su aspecto— según me dijeron— parecía pertenecer á las más modestas capas sociales, no será mucho afirmar que en punto á conocimiento do la materia do que se trataba, podia considerárse le en la infancia, y por tanto, no en condiciones de imponerse, sino de escuchar y aprender. Lejos de esto, se encrespaban ante la im
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pugnación de los desatinos que traen pertur bados los cerebros de tantos, suponiendo tal vez que así volvían por los fueros de la razón y de la verdad, próximas á verse confirmadas y realizadas, según su leal saber y entender. Pues bien; si estos desafueros de la opinión no se corrigen á tiempo, ¡qué conflictos no pue den sobrevenir! Porque aun suponiendo, y me complazco en suponerlo, que el submarino, para bonray glo ria de su autor, responderá á los cálculos cien tíficos hechos, como aun en este caso no puede ocurrir otra cosa sino que se dará la orden de construir un determinado número de ellos, y en tanto no llega la hora de utilizarlos se guar darán en los arsenales, como guardado está el caza-torpedero Destructor, de que tanto se ha bló en un tiempo; cuando se vea que no toma mos ninguna ofensiva ni nos devuelven nada, ni nos suceden cosas extraordinarias, ni reba jan las contribuciones y ni nos regalan terre nos, ni nos hacemos millonarios á costa de las exploraciones submarinas, la masa de quien el grupo protestante de la tribuna pública era genuina representación, creerá, ó que el Gobier no español tiene envidia de Peral y no le deja» que convierta á España en la primera nación del orbe, ó que Peral los ha engañado, y en
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uno y otro caso sobrevendrán conflictos de or den público de un alcance difícil de deflnir al presente, pero que de cualquier modo conside rados, siempre serían un desastre en el interior y un descrédito horroroso en el exterior. No resultaría, pues, muy aventurado supo ner que con mi discurso haya conseguido lo que dicen con repetición muchas personas, y entre ellas alguna muy intima y admiradora de Peral; esto es, prestarle un verdadero ser vicio y prestárselo á mi país, á costa tal vez de una impopularidad que será muy pasajera,, pero que de todas suertes no me halla dispues to á afectarme demasiado. Terminada mi conferencia, no pensaba vol ver á ocuparme de ella; mas por lo visto, no estaban así ordenadas las cosas. Con efecto, llegó á mi noticia que El Imparcial había publicado un telegrama fechado en Sevilla el 26 de Marzo, dando cuenta de una. conferencia dada en aquel Ateneo, con el ob jeto do combatir las desconfianzas (¿?) que yo había manifestado en el de Madrid, respecto del éxito del submarino, asegurándose por el conferenciante sevillano que Peral obtendría un triunfo completo. L eí el telegrama y me pareció cualquier co .sa, porque ni yo había combatido el éxito del
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submarino, ni mi discurso se había publicado, ni por tanto venía á cuento nada de aquello. Busqué en los periódicos de Sevilla la con ferencia, y no encontré ni mención de ella más que en uno, pero lo que se decía no am pliaba el telegrama de E l Imparcial. Deduje de todo esto, que en Sevilla no había conmo vido á nadie la disertación n i nadie le había dado importancia; y como por otra parte, el autor, guardia marina (1), ni siquiera en acti vo servicio, pues ha obtenido la licencia abso luta en este primer escalón marítimo, no puede aspirar á que se le considere autoridad temi ble en cuestiones navales, no creí que debía preocuparme de los errores en que había incu rrido al referirse á mi discurso. Con fecha 28 volvió E l Imparcial á insertar otro largo telegrama, fechado en San Fernan do y firmado con la inicial C,— ¡cuidado si do esta manera se da prestigio á ciertas censuras! — poniéndome como no digan dueñas á cuen tas de mi susodicho discurso. (1) Están equiparados á los alumnos de las Acade mias militares. En tal concepto, no forman parte del cuerpo general de la Armada, pues según el art. 1.“ de la ley de ascensos, el citado cuerpo se compone sólo de tres clases, á saber: oficiales generales, jefes y ofi ciales.
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Me extrañó ver este nuevo disparo en El Im'parcial, porque el anterior no contenía real mente nada agresivo en la forma ni en el fon do; pero este otro en su forma como en su fon do aparecía descortés, amén de falso en sus afirmaciones. Resultaba de ellas que yo había cometido el tremebundo pecado de combatir y desconfiar del éxito del Peral— cantata patriótica con tres pares de bemoles— y no había visto el subma rino más que por los cromos, ni tenia funda mento para decir nada, á pesar de lo cual había aventurado críticas, ¡y qué sé yo qué más!.... en suma, toda una serie de estulteces sin fondo y con peores formas, robustecidas con la con sabida C (¡!...) que ponía en litigio los títulos en que yo pudiera haber fundado mi conferen cia, sin que por su parte exhibiese ni justifica se los suyos, exponiéndose por de contado á que cuanto niega tan pretenciosamente á los demás, se le niegue en juicio sumarísimo, y luego á que se le pregunte: pero bien, vamos á cuentas, ¿y V. quién es?__ Con objeto, pues, de parar el furor comen tarista que contra mí tan fuera de tiempo se venía levantando, creí conveniente á la salud de muchos y á mi derecho, dirigir una carta al director do El Imparcial, rectificando los he
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chos falsos que se me habían atribuido y con preferencia el de que yo había combatido el éxito del submarino, siendo así, que en todo caso pequé de optimista porque dije que me parecía que todo había de salir bien— dentro de lo posible— y hasta partía del supuesto de que Peral resultase infalible en sus cálculos científicos; por último, había hecho más que nadie hasta ahora en punto á enaltecer el mé rito del Sr. Peral, pues para el caso de éxito, emitíala idea de su promoción al generalato (1), recompensa cuya entidad puede apreciarse re cordando que el Sr. Peral figura en la escala de tenientes de navio (capitanes) y recompen sa que jamás se ha otorgado en ningún cuerpo de escala cerrada, sin exceptuar á la marina misma, cualesquiera que hayan sido la época y los acontecimientos, por grandes, por heroicos, por científicos ó por sangrientos. Pero volvamos á la carta enviada al director de El Imparcial, la cual estaba concebida en los siguientes términos: ’»Señor director de E l Imparcial: Muy señor (1) Supongo que nadie pensará que me atribuyo la facultad constitucional de hacer generales.... sino que ejerzo el derecho de emitir ideas.
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mío y de mi mayor consideración: sin que se haya publicado aún mi conferencia en el A te neo de Madrid acerca del Submarino Peral, se me ha impugnado en un diapasón que va en aumento á juzgar por el telegrama que publi ca hoy el periódico de su digna dirección. «Recordaré que mis principales conclusiones fueron: 1.* Ro es de discutir ahora si en lo re ferente al problema científico de la navegación sub-Utoral, ó sea la suficiente para la defensa de costas y puertos, el Sr. Peral adelantará á lo conocido hasta hoy, si bien en alguna de las cuestiones que el problema envuelve, como la referente á la visualidad bajo el agua, creo que no cabe esperar un éxito total ahora ni nunca, dado que hay que rodear la imposibilidad de abordarla de frente. 2.“ Por lo mismo que las dificultades son grandes, también será grande la gloria de Peral, si consigue resolver, no ya todo, sino algo de lo que se propone. 3.^ Supo niendo que las pruebas del submarino ofrezcan el resultado favorable que se espera, dispondre mos de un arma de combate más, para la de fensa de costas y puertos. 4.* E l torpedero sub marino, cualquiera que sea su tipo, reviste en su aspecto práctico, ó sea como arma de comba te, un carácter esencialmente defensivo. Supo ner que podría ser base para una acción ofen-
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d va que empezara por la recuperación de Gribraltar, y nos llevase luego al dominio de los mares, y anulación por ende de las grandes marinas militares de Europa, es sencillamente iin absurdo. Conviene destruir esta creencia si como se dice corre válida, perjudicando no sólo al autor del proyecto, sino á la seriedad del buen nombre español. «¿Son éstas— y con especialidad la última de las conclusiones— las que han causado desagra dable efecto en la opinión pública?Pues lo sien to por la opinión pública, que tiene en frente á la opinión autorizada y técnica de los marinos de todas graduaciones, con quienes he hablado y que han mostrado, por cierto, su completa conformidad con cuanto expuse. «Poco tengo que añadir. No es de extrañar que se discutan opiniones públicamente mani festadas una vez conocidas á ciencia cierta; lo que no concibo es, que conocidas ó no, se em pleen para rebatirlas frases de un sabor preten ciosamente desdeñoso é irónico, á guisa de es cudo de una olímpica sabiduría que no se ju s tifica por cierto con una letra del alfabeto, dis fraz por lo común de oficiosidades dañosas. «E u ego á Y - , señor director, que me honre con la publicación de estas líneas en E l Im~ parcial, por lo cual le anticipa la expresión de
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SU gratitud, s. s. q. s. m. b ., J uan de M ada -
EiAGA.—29 Marzo 89.» Esta carta la remití á la dirección de El Imparcial, acompañada de un B. L. M. dirigido á D. Andrés Mellado, rogándole la publicación. No se publicó el 30, y en este mismo día, bailándome en el salón de conferencias del Congreso, rogué al Sr. D. Damián Isern, di rector de La Unión Católica, íntimo amigo mío y amigo también de D. Andrés Mellado, que le preguntase de mi parte si había recibido mi carta, y si pensaba publicarla ó no para saber á qué atenerme. Y como estaba en el Congreso el Sr. Mella do, el Sr. Isern se dirigió á buscarlo y volvió á poco rato diciéndome: — Todo está arreglado. — V. dirá. — Me dijo que ha recibido su carta de us ted, y que pensó desde luego publicarla; que hoy no ha podido ser porque le ha ocupado mucho espacio el crimen de la calle de Fuencarral, y por eso anoche encargó en la redac ción que pusiesen un suelto de un par de li neas, anunciando haber recibido su carta, y diciendo que la insertará mañana; ignora si el suelto se ha hecho, pero la carta se publicará.
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A sí me encargó que se lo dijera á V. de su parte. — El suelto no lo he leído hoy, pero habrá sido olvid o— le contesté yo. — Con efecto, no he leído el suelto tampoco — me dijo Isern. Apareció el número de El Imparcial corres pondiente al 31; día siguiente al de la conver sación de Isern conmigo y de Isern con Me llado, y .... nada; no hubo tal publicación de carta; y apareció el número del primero de A bril y ... leí con extraordinaria sorpresa el si guiente suelto: »E l Sr. D. Juan de Madariaga nos dirige una carta puntualizando lo que expuso en su conferencia sobre el submarino Peral, dada en el Ateneo, y con motivo de una noticia de ayer, de nuestro servicio telegráfico, y negando que hubiese quitado valor científico á aquel in vento. »Como el admitir razonamientos de una y otra parte, en pro y en contra del invento, nos llevaría á una polémica, prematura hoy que no se conoce aún la obra, nos limitamos á consig nar la manifestación que desea el Sr. M adariaga.»
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Oomo los hechos quedaban en contradicción. <5on las palabras, me decidí á tratar desde lue go y por separado las dos cuestiones que á mi ju ic io existían. Personal la una, puesto que aparecía la falta d e cumplimiento de una promesa hecha por conducto de tercera persona, y con la entidad periólico en el terreno jurídico la otra, puesto que la ley de policía de imprenta declara el de recho á las rectificaciones. E l incidente personal quedó resuelto por la intervención de los Sres. D. Gustavo Ruiz, ex diputado á Cortes y D. Luis Salamanca, capi tán de artillería, que me hicieron el honor de aceptar mi representación, y por la de los se ñores D. Antonio García A lix y D. Julián Gar cía San Miguel, marqués de Teverga, diputa dos á Cortes, que asimismo aceptaron la del Sr. Mellado. El mismo día que inicié la cuestión aludida, d i también instrucbiones á mi procurador don Daniel Doze, para que demandase á juicio verbel ante el juzgado competente al director de E l Imparcial, pidiéndole la publicación de mi carta en la forma qué determina la ley vigen te de policía de imprenta de 26 de Julio de 1S8J, cuyos artículos 14 y 16 dicen así:
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nArt. 14. Todo peviódico està obligado à insertar las aclaraciones ó rectificaciones que ie sean dirigidas por cualquier autoridad, corporación ó particular que se creyesen ofendido i por alguna publicación, ó à quie nes se hubieren atribuido hechos falsos ó desfigurados. E l escrito de aclaración ó rectificación se insertará en el primer número que se publique, cuando pi’oceda da una autoridad, y en uno d i los tres números siguien tes à su entrega, si procede de utj particular ó corpo ración, en plana y columna iguales y con el mismo ti po de letra à los en que se publicó el articulo ó suelto que lo motive, siendo gratuita la inserción, siempre que no exceda del dnp o de lineas de éste, pagando el exceso el comunicante al precio ordinario que tenga establecido el periódico. E l comunicado deberá en todo caso circunscribirse al objeto de la aclaración ó rectificación. A rt. 16. Si el comunicado uose insertase en el pla zo que fija el art. 14, podrá la autoridad ó particular interesado demandar á juicio verbal, con arreglo à las disposiciones de la ley de Enjuciamiento civil, al repre sentante del periódico. E l juicio versará exclusivamente sobre la obligación de insertar el comunicado. Si la sentencia fuese con denatoria, se impondrán siempre las costas al deman dado, y se mandará insertar por cabeza del escrito en uno de los tres primeros números que so publiquen después de la notificación; en este ca.so, y si el comuni cado procediese de una autoridad, se impondrá además al representante del periódico una multa de 300 pe■ setas.n
Por Último, ese mismo día 1." de Abril re-
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miti á los señores directores de El Correo M ili tar, El Estandarte y La Voz de la Patria, pe riódicos que habían publicado los telegramas de El Imparcial objeto de mi rectificación, la siguiente carta: -, »Señor director d e ... . . . . Muy señor mío y de mi mayor considera^'ción: A conseciiencia de unos telegramas publicados por E l Imparcial en sus números del 27 y 29 del actual, referen tes á mi conferencia en el Ateneo acerca del submarino Peral, me creí en el caso de remi tir en el mismo día 29 una carta al señor d i rector del expresado periódico, al objeto de que me hiciese la honra de publicarla en justa defensa. »hío habiéndolo efectuado en el número del día 30, rogué á mi amigo el Sr. Isern, director da La Unión Católica, que tuviera la bondad de acercarse en mi nombre al Sr. Mellado, pa ra preguntarle si había recibido la carta y cuál era su propósito acerca de ella. »Habló en el salón de conferencias del Con greso con el Sr. Mellado el Sr. Isern, y en nom bre del Sr. Mellado me manifestó el Sr. Igern que en efecto la había recibido, no habiéndola publicado el 30, por ocuparle mucho espacio las notas referentes al crimen de la calle de
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Fuejioarral, con cuyo motivo encargó que in sertasen un par de líneas anunciándolo asi, lo cual ignoraba si se había hecho, pero que de todos modos ofrecía publicar la carta el 31. ” Y con efecto, el 31 tampoco apareció, y hoy 1 .“ de Abril inserta E l Imparcial un suelto, diciendo en sustancia que la carta no se pu blica para evitar polémicas. »En vista de todo y por lo que hace al aspec to jurídico y público de la cuestión, doy ins trucciones á mi procurador Sr. Doze, para que desde luego proceda con arreglo á lo que pres cribe el art. 16 de la ley de imprenta de 26 de Julio de 1883. »Ahora bien, señor director, como el perió dico á cuyo frente tan dignamente se halla ha publicado los telegramas á que me refiero, le ruego á mi vez que corran igual suerte esta carta y la que es adjunta, por todo lo cual le quedará profundamente reconocido su seguro servidor q. s. m. b., J uan de M ad a r ia g a . »1 .“ A bril 1889.» La carta que acompañaba á ésta, ya la co nocen mis benévolos lectores, pues no era otra que la dirigida al director de El Imparcial y no insertada en este periódico. Ena y otra fueron en cambio publicadas por
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El Correo Militar, La Voz de la Patria y El Es tandarte. Nuevamente expreso por ello mi gratitud á sus dignos directores, mis queridos amigos los Sres. Pardo, Elices Montes y Conde de Casa Sedano.
EN EL JUZGADO MUNICIPAL
El consabido día 1.“ de Abril presentó el procurador D. Daniel Doze, en el juzgado mu nicipal del distrito del Congreso, la papeleta y copias que determina el art. 721 de la vigente ley de Enjuiciamiento civil, conteniéndola de Imparcial-, quedó convocada manda contra la comparecencia para el 4 á las cuatro y me dia de su tarde. Hasta las ocbo de la noche duró el juicio, al cual asistió personalmente el Sr. Mellado, y en mi representación el Sr. Doze. El 9 de Abril llegó á mi poder la sentencia. Paréceme digna de ser conocida en toda su in tegridad. Hela aquí:
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” En el expediente de juicio verbal que se si gue en este juzgado á instancia del procurador D. Daniel Doze, apoderado de D. Juan de Ma dariaga, oontraD. Andiés Mellado, director de El Imparctal, sobre inserción de un comunica do, se ha dictado la siguiente SENTENCIA
En Madrid á 8de Abril de 1889, el señor don Manuel Osuna y Boticario, juez municipal del distrito del Congreso, habiendo visto este ju i cio verbal seguido entre partes, de una como demandante el procurador D. Daniel Doze, en representación de D. Juan de Madariaga, y de otra como demandado el director del periódico El Imparcial. jResuUnndo que el periódico titulado El Im~ parcial publicó en los números 7.849 y 7.851, correspondientes á los días 27 y 29 de Marzo último y en las columnas cuarta de la primera plana y segunda de la segunda respectiva mente, dos telegramas expedidos el uno en Se villa con fecha 26 y firmado Mourat, y el otro en San Fernando el 28 del expresado mes, lle vando como firma la inicial C.; en cuyos tele gramas se dice en el primero, que el Sr, C ..... había pronunciado un discurso en el Ateneo de
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Sevilla combatiendo las desconfianzas manifes tadas por el Sr. Madariaga en su conferencia, del Ateneo de Madrid, relativas al éxito del submarino, asegurando que su compañero Pe ral obtendría un triunfo completo y ensalzando la protección que la Reina regente dispensa al constructor del submarino, cuyo discurso ha bía producido inmenso entusiasmo entre la nu merosa concurrencia que lo escuchó y que ha bía not.ible animación en el Ateneo; y en el segundo, después de hablar de la fecha en que probablemente se harán las nuevas pruebas del submarino y la confianza que el Sr. Peral muestra en el éxito de su invento, que la opi nión pública participa de la misma creencia hasta el punto de que habían causado desagra dable efecto las afirmaciones que el Sr. Mada riaga hizo en su conferencia del Ateneo de Madrid, preguntándose todos, cómo dicho se ñor sin fundamento alguno, sin estudios pre vios y sin conocer el submarino más que por los cromos que publican algunos periódicos, había podido hacer una critica del invento,. deduciendo afirmaciones absolutas y concretas, y por último, que era creencia general que en las últimas pruebas parciales, obtendría Peral una victoria más completa que las discusiones científicas que había motivado el submarino.
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Resultando qne D. Juan de Madariaga diri gió al señor director del periódico El Imparcial con fecha 29 del indicado mes de Marzo una carta, en la cual después de decir que sin haberse publicado aún su conferencia en el Ateneo de Madrid, acerca del submarino Peral se le impugnaba ya en un diapasón que iba en aumento, á juzgar por el telegrama publicado en el número del periódico de su dirección, co rrespondiente á aquel día, recuerda que sus principales conclusiones fueron: que no era de discutir por ahora, si en lo referente al p ro blema científico de la navegación sub-litoral ó sea la suficiente para la defensa de las costas y puertos, el Sr. Peral adelantaría á lo cono cido, si bien en algunas cuestiones de las que el problema envuelve, como en la referen te á la visualidad bajo el agua, creía que no era de esperar un éxito total ahora ni nunca, dada la imposibilidad de abordarlo de frente: que por lo mismo que las dificultades son gran des, grande sería la gloria del inventor si con seguía resolver, no ya todo, sino algo de lo que se propone: que suponiendo que las pruebas diesen el resultado favorable que espera, dis pondríamos de un buque de combate más para, la defensa de costas y puertos; que el torpede ro submarino, cualquiera que sea su tipo, es co-
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ino arma de combate esencialmente defensivo: que suponer que pudiera ser base para una ac ción ofensiva que empezara por recuperar á Gibraltar y nos llevase al dominio de los ma res y á la anulación de las grandes marinas militares, es un absurdo, y que conviene des truir esta creencia, si como se dice corre vá lida, porque perjudica al autor del invento y al buen nombre español, después de lo cual añade; que si son estas conclusiones y sobre todo la última, las que han causado desagrada ble efecto en la opinión piiblica, lo siente por ella, porque tiene enfrente la autorizada y téc nica de los marinos con quienes ha hablado, que se manifiestan conformes con cuanto en él expuso: que no es de extrañar que se discutan opiniones públicamente emitidas una vez co nocidas á ciencia cierta, pero sí que conocidas ó no, se empleen para rebatirlas frases de un sabor pretenciosamente desdeñoso é irónico, á guisa de escudo de una olímpica sabiduría, que no se justifica con el empleo de una letra del alfabeto, disfraz por lo común de oficiosidades dañosas; y termina rogando á dicho señor di rector que le honre con la publicación en E¿ Imparcial de dicha carta. Resultando que este periódico, en un suelto inserto en la primera columna de la tercera
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plana del nùmero 7.854 correspondiente al dia l.'’ del actual, di6 cuenta de que liabia recibi do una carta de D. Juan de Madariaga, pun tualizando lo que dijo en su conferencia del Ateneo sobre el submarino Peral y negando que hubiese quitado valor científico al inven to, añadiendo que se abstenía de publicar ín tegra dicba carta porque al admitir razona mientos de una y otra parte en pro ó en con tra del invento, se suscitaria una polémica pre matura boy que no se conoce arin la obra. Resultando que el procurador D. Daniel Doze, como apoderado de D. Juan de Madariaga, demandó en juicio verbal á D. Andrés Mella do y Fernández en concepto de director de El [mparcial, y celebrada la oportuna compare cencia, el actor, después de presentar tres ejem plares de los números del referido periódico en que se publicaron los referidos telegramas y suelto de que se ba beobo mérito en los Resul~ landos precedentes, y de exponer que en dichos telegramas se contenían apreciaciones inexac tas con respecto al Sr. Madariaga, que éste trató de rectificar por medio de la carta que también presentaba, y que el señor director del periódico se bahía negado á publicar la ex presada carta, concluyó solicitando se conde nase al demandado en el concepto en que lo
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había sido á publicar en el periódico El Impardal en la forma que determina la ley de poli cía de imprenta, el comunicado del Sr. Madariaga, y al pago de las costas de este juicio. Resultando que el demandado en la misma comparecencia se opuso á la demanda y solici tó se le absolviese de la demanda, alegando al efecto como hechos: que los periódicos de estácorte dieron cuenta de una conferencia dada por el Sr. Madariaga en el Ateneo de Madrid extractando los juicios que al mismo había me recido el invento del submarino Peral, sin que dicho señor rectificara ni opusiera cosa alguna á los extractos publicados por la prensa; que llegados los periódicos en qiie éstos se conte nían, á las provincias de Cádiz y Sevilla, la opinión que en dichas provincias es favorable al submarino se sintió maltratada, por lo que ios periódicos contaban haber dicho el actor y no había sido rectificado; que los corresponsa les de El Impardal se hicieron eco de la opi nión, exponiendo en los telegramas apreciacio nes y juicios en contestación á los emitidos por el Sr. Madariaga sin proferir frase alguna ofensiva para éste ni atribuirle hechos falsos y desfigurados, por lo cual, la carta del referi do señor no versa sobre rectificación de frases de aquella naturaleza que no existen, ni de
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hechos, sino que viene á establecer una polé mica, lo cual no es posible con arreglo á la ley; y que no había podido menos de extrañar le la pretensión del Sr. Madariaga, porque la carta de éste, en la que no se invoca para nada la ley de policía de imprenta, parecía más bien una carta amistosa, y en esa sentido la tomó y procuró dar satisfacción al actor publicando en el periódico el suelto de que se ha hecho m érito, en que se consigna el concepto más fundamental de ella y expone la razón de no publicarla íntegra. Resultando que al replicar y duplicar res pectivamente las partes insistieron en sus pre tensiones anteriores, añadiendo el actor, 'que era evidente que en los telegramas, sobre todo en el de San Fernando, se atribuían al Sr. Ma dariaga hechos falsos, puesto que se decía en él que hizo critica del invento cuando no fué asi, pues se limitó á hacer una descripción de las pruebas, y á expresar su ju icio sobre el sub marino como arma de combate si llegaba á rea lizarse como se propone el inventor, y se afirma que aquél no conocía el barco más que por los cromos, cuando era público que el Sr. Madaria ga presenció las pruebas y fué para ello á Cádiz y San Fernando; que el no haber rectificado lo que en los periódicos se manifestó extractando
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la conferencia del Ateneo no puede perjudicar el derecho que el demandante cree tener para pedir hoy la rectificación de lo dicho en los telegramas; y que la carta cuya inserción se pretende no tiene por objeto iniciar una polé mica, sino simplemente hacer una rectificación según demuestra su propio texto; y el deman dado, que desde el momento en que el señor Madariaga emitió su juicio sobre el alcance del submarino, hizo la crítica de él, que insis te en que aquél no puede conocer el barco por ser secreto ni invento y por las órdenes dadas para evitar que se califiquen opiniones, y esto, en un tono que excita á la polémica. Resultando qué en la tramitación de este ju icio se han observado las prescripciones le gales. Considerando que limitada la pretensión del actor en este ju icio á que se condene al señor director de E l Imparcial á que publique en di cho periódico en el tiempo y forma que la ley determina la carta que le ha dirigido para rectificar ó aclarar hechos falsos ó desfigura dos que el demandante dice habérsele atribui do en los telegramas de Sevilla y San Fernan do, que el referido periódico publicó en los nú meros correspondientes á los dias 27 y 29 de Marzo último, á resolver este extremo ó sea
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si en los citados telegramas se atribuyen al Sr. Madariaga hechos falsos ó desfigurados, y si la carta dirigida por éste al director de E l Imparcial está encaramada á rectificar ó á aclarar estos hechos, debe limitarse la senten cia para guardar con la demanda la congruen cia debida. Considerando que en el telegrama de Sevilla publicado en El Imparcial del día 27 de Mar zo, ni en el de San Fernando que se insertó en el correspondiente al día 29 del propio mes se atribuyen á D. Juan de Madariaga hechos falsos ni desfigurados, puesto que en el prime ro no se dice otra cosa, que el señor C ... tabla pronunciado en el Ateneo de la referida ciu dad de Sevilla un discurso combatiendo las desconfianzas manifestadas por dicho Sr. Ma dariaga en el Ateneo de Madrid, sobre el éx i to del submarino Peral; y en el segundo, que en la opinión pública, que allí participa de la confianza que el Sr. Peral muestra de su in vento, habían causado mal efecto las afirma ciones que el indicado Sr, Madariaga hizo en su conferencia, preguntándose todos cómo sin estudios previos, sin fundamento alguno y sin conocer el submarino, había podido hacer una critica del mismo, deduciendo conclusiones tan absolutas y concretas, pero sin decir cuáles
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fueran éstas, ni tampoco las desconfianzas que el Sr. Madariaga manifestó y hubo de comba tir el señor O... ni atribuir por tanto á aquél hecho alguno que pudiera ser falso ó estar des figurado. Considerando que la carta dirigida por el actor al demandado no hace otra cosa que re producir las principales conclusiones que for muló en su conferencia del Ateneo, añadiendo que si son esas las que han causado mal efecto en la opinión, lo siente por ella, y tratando después de sostener la suya con las razones que estima procedentes y de censurar á los que la han combatido, por haberlo hecho cuando aún no la conocían bien y por la forma en que lo han verificado, sin tratar de rectificar hechos concretos, ni menos los que en su represen tación indicó en el acto del ju icio, relativos á si conocía 6 no el submarino, y á si hizo ó no una critica del invento en su conferencia, so bre los cuales nada se dice en la referida carta. Considerando que estando limitado el derecho de los particulares, autoridades ó corporacio nes á quienes un periódico atribuya hechos falsos 6 desfigurados, á pedir ú obligar á dicho periódico á que inserte en la forma y tiempo que la ley determina, las cartas ó comunica-
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■dos que le dirigen por vía de rectificación ó aclaración, las cuales deberán siempre concre tarse al indicado objeto de aclarar ó rectificar los hechos desfigurados ó falsos, no habiéndo se atribuido ninguno de esta clase al Sr. Madariaga en los telegramas publicados por El Imparcial de que se ha hecho repetida m enoión, ni estando realmente encaminada á acla rar ó rectificar hechos la carta que el mismo dirigió al director de dicho periódico, debe desestimarse la demanda deducida por el mis mo y absolver de ella al demandado. Visto lo alegado por las partes, los arts. 14, 15 y 16 de la ley de policía de imprenta de 20 de Julio de 1883, F allo : que debo absolver y absuelvo á don Andrés Mellado y Fernández como director del periódico E l Imparcial de la demanda con tra él deducida en tal concepto por D. Juan de Madariaga, sin hacer expresa condenación de costas. Así por esta mi sentencia lo pro nuncio, mando y firmo.=M anuel O suna.^Pu blicación .=L eída y publicada fué la sentencia anterior por el señor juez municipal del distri to del Congreso, estando celebrando audiencia pública en el día de su fecha de que certifico. ^ E m ilio B u ceta .= Y para notificar á V. ex pido la presente en Madrid á It de A bril
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de 1889.=(H ay una firma ininteligible, según moda entre los funcionarios públicos españo les. ) = (Hay un garabato que parece ser la rú brica de la consabida firma.)=:Sr. D. Daniel Doze.» ¿Tendré necesidad de decir que apenas leído el fallo di instrucciones al Sr. Doze para enta blar la apelación ante el juez de primera ins tancia respectivo, con arreglo al art. 732 de la ley de Enjuiciamiento civil?
UNA CARTA DEL SR. CABANYES
En la conferencia del Ateneo, había yo di cho entre otras cosas lo siguiente (1): ” Si lo que Peral ha ofrecido realmente—no lo que han dicho que haya podido ofrecer, pues se ha limitado como no podía menos de suceder según tengo entendido á la navega ción submarina bastante para la defensa de costas y*puertos, ó sea la que he llamado sublitoral,— si lo que ha ofrecido, repito, ó algo de lo que ha ofrecido se realiza, adquiriéndose la evidencia de que sus esfuerzos dan fruto y pro meten más, habría fundamento bastante para confiarle en definitiva la dirección de los tra (!)
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bajos científicos de ramo tan importante entre los diversos que componen el material de la marina de guerra, y animándole siempre en sus esfuerzos, podríamos aspirar al legitimo orgu llo de llegar antes que otra nación á la resolu ción científica más completa que pudiera dar se en materia tan difícil y tan interesante. »De este concurso científico no hay que des viar á nadie. Digo esto á propósito de la exis tencia de proyectos análogos al de Peral y que á igual fin conspiran; pero lo que entiendo también es, que si hay otros españoles que han acometido esa ímproba tarea de intentar el do minio relativo del suh-mar, deben seguir el mismo procedimiento que Peral, si es que as•piran al auxilio del Estado. »Para las cuestiones que se relacionan con la marina de guerra, tiene la nación un órgano especial, ó sea el ministerio de Marina; á él en tiendo que deben dirigirse los autores de pro yectos, y no imitar, porque no parece que re sulta práctico, al que ó á los que han entrega do los planos sellados y lacrados en la redac ción de un periódico; porque asi, ¿qué consi guen?. Digo esto sin el menor ánimo de moles tar al autor ó autores en cuestión, sino todo lo contrario, inspirándome en el mejor deseo.»
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Entre los aludidos (1) estaban, indudable mente, los Sres. Cabanyes y Bonet, teniente coronel el primero y capitán el segundo del cuerpo de artillería del ejército, autores según es público y notorio de otro proyecto de barco submarino. Los Sres. Oabanyes y Bonet gozan de gran de y merecida reputación en el cuerpo en que sirven. Con la amistad del primero me honro hace mucho tiempo. Para que no se me tache de parcial y para no herir su modestia, no haré la apología de su saber ni de su ciencia, y me concretaré á decir que el Sr. Cabanyes está acreditado den tro y fuera de España como uno de los más hábiles y entendidos electricistas. Pues bien; el Sr. Cabanyes, recogiendo mi alusión, me ha hecho el honor de dirigirme una carta que tiene por derecho propio lugar entre estas páginas á titulo del respeto al derecho de legitima defensa y á título también de la estricta imparcialidad que guardo en todo lo que se relaciona con los actuales estudios y ensayos referentes al problema de la navega ción submarina. (1) En concepto de autores de un proyecto de sub marino, no en el de depositantes de planos.
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Por lo demás, la carta, corno producto de una inteligencia tan laboriosa y profunda, es documento importante y digno de ser leído, cualesquiera que sean las opiniones de cada uno, porque el Sr. Cabanyes es en proyectos de submarinos, voto de calidad porque ha estu diado estas cuestiones á conciencia. He aquí la carta: »M adrid 29 de Abril de 1889.—Sr. I). Juan de Madariaga.— Mi distinguido amigo: Tuve la fortuna de asistir á la conferencia que sobre El submarino Peral explicó Y . en el Ateneo de Madrid á mediados del mes próximo pasado, y como quiera que en ella me hizo la honra de dirigirme una alusión, confío en que, dada nuestra antigua y franca amistad, se hará V. cargo con gusto de lo que le expongo en esta carta, á fin de que pueda Y . venir en conoci miento de los motivos que hemos tenido para proceder en nuestro proyecto de navegación submarina en la forma y manera que es de todos conocida. Decía Y. en el momento concreto á que me refiero, y á propósito de la existencia de otros proyectos análogos al del Sr. Peral, que los autores de dichos proyectos debían presentar al ministerio de Marina sus trabajos, para que
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allí se estudiaran é informaran y en su vista resolver lo que procediere. No, amigo mío; en tiendo que en este asunto especialísimo no pro cede emplear esta fórmula, corriente sin duda alguna para la inmensa mayoría de los casos. Se envía un proyecto á informe de un centro, corporación ó individuo, cuando estas entida des tienen capacidad legal para emitirlo; pero cuando esta capacidad legal no existe, el en vío es improcedente. Y o no conozco derivación alguna de nuestra marina militar, ni la de nin guna otra nación, cuyos individuos sean p e ritos en navegación submarina. Este asunto es hoy de carácter esencialmente científico, y aun cuando reconozco gustoso y declaro lealmente que existen dentro de la marina agrupacio nes y personalidades que son verdaderos pro digios de ciencia, no por esto debe descono cerse que dichas agrupaciones y personalida des no pueden tener la exclusiva para enten der en aquello que por lo que se refiere á la actualidad, pertenece, repito, á un orden pu ramente reservado á la ciencia. Es más; yo creo que ni la construcción de estos proyectos debía realizarse en los arsenales del Estado, y en corroboración de estas ideas, vea V. lo que decíamos entre otras cosas en la Memoria que á principios del año do 1885 tuvimos la honra
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de presentar al Excmo. Sr. D. Antonio Cáno vas del Castillo, á la sazón Presidente del Con sejo de ministros, cuando en España ni muy lejos de ella se hablaba por entonces de nave gación submarina con propulsión eléctrica: »Expuestas las ideas que anteceden acerca^ »de los ensayos preliminares que deberían »hacerse antes de proceder á la construcción »del casco y de su equipo completo, juzgamos »también de interés hacer algunas indica»ciones acerca del modo como debería veri»ficarse la construcción, que por las especiales »condiciones del proyecto tanto importa man»tener secreto. A l efecto, deberían encargarse »á diferentes establecimientos industriales »los elementos y materiales necesarios, procu»rando que las partes que cada uno de dichos »establecimientos construyan, sean en si bas»tante inconexas, para que no pudieran pre» verse ó adivinarse sus aplicaciones. »Iteunidos estos elementos en un punto del »litoral distante de las grandes capitales, s e »ria posible y fácil montarlos valiéndose de^ »un personal poco numeroso y escogido, y para »desorientar la indiscreta curiosidad de las »personas ávidas de noticias, podría simular»se el establecimiento de una manufactura.
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’’ cualquiera de carácter esencialmente priva-
¡Qué contraste tan singular entre el proce dimiento por nosotros propuesto, y el que se lia empleado en San Fernando! A trueque de abusar de su bondad, voy ápermitirme hacer á Y. algunas ligeras obser vaciones, en vista del largo tiempo trascurri do desde las pruebas intentadas con el subma rino Peral. Se dijo que la suspensión de las pruebas se debe sólo á haberse fundido el hilo de una bo bina, y á mí me parece que este accidente se pudo haber remediado en España en muy po cos dias, ó mejor dicho, en algunas horas. A mí se me han quemado muchos anillos de las máquinas dinamo-eléctricas, y jamás he nece sitado para corregir el mal, más que un obre ro soldador. La falta de aislamiento que con tal motivo se cuenta que tenía la máquina electro-dinámica inutilizada, debió en mi con cepto determinar más fácil paso á la intensi dad de la corriente^ por cuya causa más bien se hubiera obtenido un descenso de tempera tura en el conductor interpolar de la batería, de acumuladores. Si el alambre de la bobina se fundió, prueba evidente es de que la má
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quina receptora estaba suficientemente aisla da, si bien se le debió enviar por lo visto una corriente eléctrica poco meditada. Las hélices gemelas se emplean, entre otras razones, para hacer frente á la eventualidad de inutilizarse una de ellas; ¿cómo, pnes, con la máquina y hélice de estribor no pudo reali zarse el anhelado viaje á Cádiz? Se cuenta también que con media máquina se marchó á seis millas. Admitamos este n ú mero como exacto, y calculemos la velocidad á que se podría llegar con toda la máquina. La fórmula que liga el trabajo con la velo cidad en los barcos á flote, es la siguiente: T =
........
k. B.^
(i)
r= tr a b a jo en kilográmetros por 1". fe=coeflciente especial para cada barco. 5 '= s e c c ió n de la parte sumergida de la cuaderna maestra en metros cuadrados. wrzvelocidad en metros por 1". Con toda la máquina, el trabajo sería doble y tendríamos: 2. T — k. B .- v' ^........ (2)
De la fórmula (1) se desprende 3/ B^
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De la fórmula (2) se deduce '= i 7 — V fe.
v/2 X ■« = 1,25 X
V.
Como se ve, la velocidad que se obtenga con toda la máquina será igual á la obtenida con media máquina multiplicada por 1,25, y como ■6 millas X 1,25=7,5 millas, se deduce que la velocidad á que teóricamente se alcanzará, se rá la de 7 y media millas, y en modo alguno las once y media ó doce como se ba dicho. Sin embargo, yo no creo que la velocidad de dicho barco á flote pase mucho de seis millas, des pués de una hora de navegar á aquella veloci dad, en razón á que trascurrido este tiempo, bajará algo el potencial de la batería de acu muladores, en vista del régimen de descarga que se les asigna. Si las cosas llegan á ponerse de modo que haya lugar á medir la velocidad de marcha, sumergido á diez metros de profundidad, no se encontrará seguramente un número que pa se de seis millas. Se entiende bien que lo an teriormente consignado, es en el supuesto de que cada una de las hélices está accionada por una máquina electro-dinámica, que reciba el fluido de una batería de acumuladores que se gún se dice, representan 25 caballos; pero si
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los datos fueran otros, claro es que estos nú meros úaMan de reformarse. De todos modos, aun en el caso de que el submarino construido en la Carraca saliera victorioso en las experiencias todas á que se le habría de sujetar antes de proceder á nuevas construcciones, parece indudable que el efec to que se habría alcanzado, bajo el punto do vista nacional, sería completamente nulo; en primer lugar, porque al enemigo en la guerra no se le avisa que se le va á sorprender, que d é lo contrario no hay tal sorpresa; y en se gundo lugar, porque un secreto cientiñco con fiado á miles de personas, no es fácil que pre valezca mucho tiempo; pues conocida la sínte sis de un procedimiento, por muchos caminos se llega al mismo resultado. Sólo el secreto absoluto en la realización de un pensamiento de esta naturaleza pudo ha ber producido en su día para España un bene ficio que compensara con creces los grandes sacrificios que son necesarios para su realiza ción. De V. afectísim o am igo q. b. s. m .— I sidoro O abanyes .:’
LA APELAGlOX
Remitidos los aritos al juzgado de primera instancia del Este y emplazadas y personadas las partes, se citó á comparecencia para el día l.° de Mayo á las dos y media de la tarde. Ausente el juez propietario, interinaba el cargo el municipal del distrito de Buenavista Sr. Domínguez Alfonso. De un juez municipal pasábamos pues á otro juez municipal. No era por tantoel superior j e rárquico quien iba á resolver la apelación, y realmente no es esto lo que la ley quiere, por que si no, en vez de decir que de las sentencias de los jueces municipales se apelará ante los de primera instancia, diría ” ante otro juez municipal.” Es razón suficiente para que, sobre todo
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cuando se trata de apelaciones ante un juzga do de primera instancia, en vez de entender de ellas por ausencia del propietario un juez municipal, entendiera otro juez de primera instancia. Habría un cambio de personas; pero no de categorías. En todos los tribunales fuera conveniente observar con absoluto rigorismo esta regla respecto de las interinidades; pero en ningún eslabón de la cadena jurídica se hace tan ne cesaria tal medida, como en los juzgados de primera instancia cuando se trata de las apela ciones procedentes de los municipales. La diferencia entre un juez municipal y uno de primera instancia, es inmensa. Los de primera instancia pertenecen á la carrera judicial. No deben pues, sus puestos al favor, sino á sus estudios, méritos y servi cios, estando en absoluto separados de la polí tica. Con los jueces municipales ocurre todo lo contrario. Son puestos de libre elección que se dan al favor político. Todo el mundo sabe que cuando llega la época de la renovación de este personal en Madrid, se dan verdaderas bata llas en los Consejos de ministros, procuran do cada consejero responsable sacar adelante
Jü a n
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SUS candidatos, cuya recluta hace entre los adeptos políticos más fervientes, que por su ca lidad de abogados se hallan en aptitud de des empeñar tales cargos. Para ser juez municipal en Madrid, es con dición esencialisima contar con la protección de algún alto personaje político. El juez municipal del distrito del Congreso que había fallado mi demanda, es no sólo so brino, sino pasante de un jurisconsulto y po lítico eminente, por cierto muy buen amigo y correligionario del Sr. Mellado. E l Sr. Domínguez Alfonso es diputado á Cortes y fusionista, con lo que además de hom bre político por todos cuatro costados, re sulta no sólo compañero de clase del juez con tra cuya sentencia se apelaba, sino también compañero del Sr. Mellado, diputado á Cortes y fusionista por añadidura. Pues bien; tal conjunto de circunstancias desaparecería en este y en todos los casos si en las apelaciones contra sentencias de los jueces municipales entendieran sólo los de primera instancia, sustituyéndose en las interinidades los unos á los otros, y aun cuando es claro que nadie dudará de la justificación, de la con ciencia honrada, rectitud é imparcialidad— de esto sobre todo— de los señores de que hablo ó
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de cualquiera otros, no cabe duda, á mi enten der, que la ley lo que quiere es, que en Madrid sean funcionarios de carrera, con categoría de magistrados, los que resuelvan en las apelacio nes de las sentencias dictadas por los juzgados municipales, suponiendo tal vez, que de esta suerte becbas las cosas, existen más garantías de acierto en la sagrada y altísima misión de administrar justicia. Pero en fin, boy lo que tenemos es un juez municipal encargado interinamente de susti tuir al de primera instancia, y forzoso será re signarnos á comparecer ante él. A las dos y media estábamos en la Casa de Canónigos, donde tienen su domicilio los ju z gados de primera instancia é instrucción de la corte. Poco después entrábamos en el despa cho del señor juez del Este. A esta comparecencia asistí personalmente. Enterado de que se había personado en el ju z gado inferior el Sr. Mellado, el cual había sos tenido la discusión con mi procurador Sr. Doze, entendí que debía á mi vez comparecer per sonalmente á la apelación por deferencia al demandado, único motivo á la verdad que pa ra ello tenia, pues debo declarar que había quedado muy complacido de la manera como el Sr. Doze en sus alegaciones había interpre-
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tado y desarrollado los fundamentos de mi de recho. Acompañaba en esta ocasión al Sr. Mellado el joven letrado Sr. Gasset, hijo del funda dor de E l Imparcial; y en este acto sin previo acuerdo de las partes coincidimos en el proce dimiento: los que hablaron en el primer ju i cio asistieron callados al segundo. La discu sión fue sólo, pues, entre el Sr. Gasset y yo. En el despacho del señor juez se verificó la vista; nada de sala de audiencia ni de togas. Esta costumbre de limitar la solemnidad de los actos judiciales es bien digna de censura. Hasta para los juzgados municipales quiere la ley el uso de la toga en el juez, la celebración del acto en sala de audiencia, el cumplimiento en fin de ritualidades que tienen su objeto y su razón de ser. Pero aquí se suprimió todo. Quedamos, pues, en que nos encontramos en el despacho del juez y en que cada cual se ha sentado donde ha podido, y en que ya estamos en disposición de celebrar un ju icio ó de ha blar de cualquier cosa; pero en fin, resulta por lo que masculla un joven que hace el oficio de secretario, que con efecto se va á tratar de la apelación d é la sentencia dictada por el juez municipal del distrito del Congreso.
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El Sr. Domínguez Alfonso me concédela pa labra, y comienzo mi alegación, pidiendo que se revoque la sentencia del inferior y se obli gue, por tanto, á El Imparcial á la inserción del comunicado en la forma y con las conse cuencias que determinan los arts. 14 y 16 de la vigente ley de policía de imprenta de 26 de Julio de 1883. En apoyo de mi pretensión y con los autos á la vista, dije poco más ó menos lo que paso á exponer. El señor juez municipal del distrito del Con greso de esta corto absuelve de la demanda á El Imparcial, ó sea, falla en contra do mis pre • tensiones fundándose: En que ni en el telegrama de El Imparcial del día 27, ni en el de 29, se me atribuyeron hechos falsos ó desfigurados, puesto que—ha bla el juzgado— «en el primero no se dice otra cosa sino que el Sr. O.... había pronun ciado en el Ateneo de la referida ciudad (Se villa) un discurso combatiendo las desconfian zas manifestadas por dicho Sr, Madariaga en el Ateneo de Madrid sobre el éxito del submarino Peral....n ¡Pues precisamente en eso se funda la deman da que hago para rectificar! Porque se me atri buye el hecho falso de haber combatido el éxito
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del submarino, y no hay tal; por el contrario, digo y repito que he pecado de optimista, pues he partido para mis conclusiones de la base de •que el Peral obtenga un éxito absoluto, res pondiendo á los cálculos del autor del pro yecto. Para corroborar lo expuesto, lei la carta rectificación y añadí: ¡Que no dice más que eso el primer telegra m a!... ¿Pues qué más habia de decir? Volvamos á escuchar al señor juez del Con greso y dice.... ”y en el segundo (segundo te legrama, 6 sea el inserto el 29 de Marzo) que en la opinión pública, que allí (en San Fernan do, porque ya hemos variado de localidad) par ticipa de la confianza que el Sr. Peral muestra de su invento, habían causado mal efecto las afirmaciones que el indicado Sr. Madariaga hi zo en su conferencia, preguntándose todos (¿to dos?...) cómo sin estudios previos, sin funda mento alguno y sin conocer el submarino, habia podido hacer una critica del mismo, deducien do conclusiones tan absolutas y concretas, pe ro sin decir cuáles fueron éstas ni tampoco las desconfianzas que el Sr. Madariaga manifestó y hubo de combatir el Sr. O .... ni atribuir por tanto á aquél hecho alguno que pudiera ser fal so ó estar desfigurado.»
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Empecemos por respirar hondo para salir con vida de este intrincado y laberíntico Con siderando, y dejemos luego aparte la con ferencia del Sr. C...., puesto que á ella sólo se refiere el primer telegrama, y de éste ya he mos hablado bastante. No involucremos. Analicemos lo que dice el segundo; y el se gundo lo que dice es: 1.“ Que la opinión pública participa en San Fernando de la confianza que el Sr. Peral tie ne en el invento. En primer lugar, el extracto que el juzgado ha hecho del segundo telegrama en el primer Resultando dice: «y en ei segundo (telegrama), después de hablar de la fecha en que probable mente se harán las pruebas del submarino, y la confianza que el Sr. Peral muestra en el éxi to de su invento, que la opinión pública parti cipa de la misma creencia, hasta el punto de que habían causado desagradable efecto las afirmaciones que el Sr. Madariaga hizo en su conferencia del Ateneo, etc...” Y luego en un Considerando añade »que el te legrama no expresa cuáles hayan sido las afir maciones, y por tanto no hay atribución de he cho falso.” Si la opinión pública participa de la creen cia que tiene el Sr. Peral en el éxito del sub
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marino y recibe por tanto con desagrado mis afirmaciones en el Ateneo de Madrid, resulta claro como la luz del sol que la opinión supo ne (1) y El Imparcial de ello se bace eco, que yo be combatido el éxito del submarinoj esta¡mos ■en el caso del telegrama anterior, porque digo y repito que no be combatido el éxito del submari no, frase que basta es absurda, porque supone que me opongo á que el submarino ande tantas millas á flote y tantas sumergido y que se sumer ja y que baga rumbo y que dispare con acier to, etc., etc., á lo que no sólo no me he opuesto, sino que be manifestado mi deseo vehemente, vehementísimo de que ocurra, y basta mi espe ranza de que se consiga. ¿Cómo puede, pues, afirmarse que no se me han imputado hechos falsos,y que no se ha des figurado lo que yo be dicho en el Ateneo? Porque lo que yo allí combatí, es la creen cia popular de que si el submarino obtenía el éxito que el autor y todos deseamos, consi guiéramos acto seguido la devolución de Gibraltar, la supremacía de los mares, etc., etc. (1) Según el corresponsal C; pues por lo demás, me permito creer que la opinión no ha supuesto nada. Lo que hay es que aquí cualquiera se erige en o p in ió n p ú b lic a , y en paz.
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¿Y cuándo lia ofrecido nada de esto el señor Peral? ¿y cuándo ha dicho q^ue consideraría que su proyecto de submarino obtendría éxito si alcanzásemos eso y mucho más e si non non% Si para establecer esas conclusiones parto de la base de que el submarino haya obtenido el éxito deseado, ¿cómo pueda decirse que y o he combatido ese éxito? Y si se ha dicho eso, ¿cómo puede afirmarse que no se me ha atribuido el hecho falso de ha ber dicho lo que no he dicho? Y si se me ha atribuido el hecho falso y des figurado de haber dicho lo que no he dicho, ¿cómo puede negárseme el derecho á rectificar esos hechos falsos y desfigurados que se me han atribuido, ouand% la ley de policía de impren ta dice en su art. 14, según ya consignó y aho ra repito, que »todo periódico está obligado á insertar las a c l a b a c i o n e s ó b e c t i i t c a c i o n e s que le sean dirigidas por cualquier autoridad, corporación ó p a r t i c ü l a e que se creyesen ofendidos por alguna publicación ó Á q d ie n b s SE HUBIEREN ATRIBUÍDO HECHOS FALSOS Ó DESFIQUBADOS?»
¿Puede ser más clara la ley? ¿Y qué decir de los de que mi discurso no contenía razones (el telegrama dice sin funda
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mentó) y que no había visto el submarino más que por los cromos, etc., etc.?... Pasemos al segundo Considerando, en el cual se consigna: Que mi carta se concreta á reproducir las principales conclusiones de mi conferencia. ¡Naturalmente! ¡Pues esa es su mayor jus tificación! ¿Qué otro medio más sencillo de rectificar las apreciaciones falsas y desfigura das que se me atribulan, sino exponerlas ver daderas? ¡A esto precisamente es á lo que da derecho la ley! ¿Me había de entretener acaso en con tar cuentos? Que trato de sostener mis opiniones y cen suro á los que me han combatido, pero que no rectifico hechos concretos relativos á si cono cía ó no al submarino ó si hice ó no crítica del invento. Y o no he tratado de sostener mis opiniones en la carta, sino de consignar en ella lo que había dicho; porque tenía que rectificar, y vuelvo á lo mismo: si no presentaba mis con clusiones verdaderas enfrente de las que me habían atribuido, ¿qué iba á decir? A esto le llama el señor juez municipal del distrito del Congreso sostener mis opiniones. La ley le llama rectificación ó aclaración, y
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con la ley me quedo: por lo demás, si con la rectificación ó aclaración resultaban sostenidas mis opinioiies, tanto mejor para mi y para la lógica y para la verdad de los liecbos. Lo ra ro seria que al rectificar me pusiera en contra dicción conmigo mismo. En cuanto á lo de que no rectifico techos concretos, poniendo en frente de lo que dicen fue dije lo que realmente dije, cúmpleme decir que lo he leído con asombro, y que para im pugnarlo, hasta recordar el texto entero de mi carta-rectificación. Tampoco, en sentir del juzgado, rectifico el hecho concreto de si conocía ó no el submari no—(sólo por los cromos)— ó si hice ó no la crí tica del invento. A todo esto se haca referencia en la carta y á algo de ello muy particularmente en el ú l timo párrafo. Siento que el señor juez municipal no lo ha ya apreciado asi; por lo demás, la forma en que se ha de rectificar, es, ha sido y será siempre de la exclusiva competencia del que rectifi ca; no hay formularios especiales, ni por tan to obligación de emplear aquellos términos que al juzgado le hubieran parecido mejo res, y que por otra parte, yo no me conside ro capaz de adivinar, porque declaro mi inteli-
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gencia muy por bajo de la suya exclarecidisima. Y llegamos al tercero y último Consideran do, en el cual en sustancia se manifiesta: 3.° Que no habiéndoseme atribuido ningún hecho falso ó desfigurado, no tenía derecho á rectificar, y que mi carta no estaba encamina da á aclarar ó rectificar hechos. Como esto no es más que repetir lo que ya se ha servido decir dos veces el señor juez del Congreso, me consideré relevado de insis tir en los anteriores argumentos, y pasé á con signar mi extraüeza de que El ImparcAal so negara á insertar la rectificación cuando me había reconocido el derecho á rectificar, pu blicando el suelto que también en los autos consta, y por tanto, lo que resulta es, que se ha arrogado la facultad de redactar la rectifi cación, siendo así que el art. 14 de la ley de policía de imprenta á quien la concede es al que rectifica, no al rectificado, por lo cual en tendía yo que el juzgado municipal, lo que ha bía hecho con su fallo era, sancionar la extra limitación ilegal de El Imparcial, limitando el derecho del demandante en punto tan esen cial como es la redacción del escrito rectifican do los hechos falsos ó desfigurados que se le hayan atribuido. En su contestación y rectificaciones, el se
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ñor Grasset, con lenguaje correcto y fácil que acredita sus facultades oratorias y con argu mentación que brillaba por lo ingeniosa, trató de demostrar la razón que asistía á El Imparcial para no haber rectificado, y al juzgado muni cipal para dar fuerza legal con su sentencia á esta actitud del periódico; á este efecto, pro curando sacar la cuestión de su verdadero te rreno, habló de un suelto anterior á los tele gramas, en el cual el periódico había dado cuenta de mi conferencia, añadiendo que El Imparcial no había comentado nada por su propia cuenta; de lo difícil que sería la vida del periódico si rectificaban los autores de los telegramas y á su vez volvían á pedir rectifica ción; que mi carta suscitaría polémicas; que si se había afirmado que yo no había visto el sub marino, era con toda razón, puesto que había una real orden del ministerio de Marina, pro hibiendo que nadie lo viera; que El Imparcial tendría que hacer de cada número un tomo, si había de publicar todas las rectificaciones; y en fin, que los periódicos perecerían víctimas de las individualidades que con sus respecti vas rectificaciones necesitarían espacios enor mes, pues cada uno podría disponer con arre glo á la ley, doble del empleado para atacarle. Como se ve, el abogado de El Impqjt'cial, in-
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tentando desviar el asunto de su tronco, se en tretenía en discurrir por las ramas: no decía nada para probar que no se me hubieran atri buido hechos falsos ó desfigurados, que era lo fundamental, se contentaba con consignarlo, con afirmar que no era exacta mi apreciación, pero sin probar su dicho, y luego hacía fuer za en una porción de consideraciones que eran ajenas al fondo del debate; por eso en mis rec tificaciones, después de sostener lo dicho ante riormente, contesté, que no era pertinente ha blar ni de sueltos anteriores á la publicación de los telegramas en El Imbardai, pues mi de manda versaba sobre los telegramas y no sobre el suelto ó los sueltos anteriores, pero ni tam poco de lo que pudiera ocurrir después del fallo con nuevas rectificaciones que fuesen solicita das á El Imparcial, porque esto en su caso se ría cuestión de otros juicios verbales, no del actual; que El Imparcial era la publicación donde habían visto la luz los telegramas y la obligada á rectificar según el texto explícito de la ley; que mi carta no debía suscitar polé mica, porque el hacer constar lo que ha dicho una persona cuando rectifica los hechos falsos ó desfigurados que se le han atribuido, no da lugar á ella; pero si las suscitara, tampoco era pertinente ocuparse ahora sino del objeto de
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la demanda en el caso concreto de que se tra taba; que la cita de la real orden del ministe rio de Marina prohibiendo ver el submarino, cita empleada como argumento para demos trar que el firmante del telegrama y cualquie ra otra persona podia afirmar sin temor á equi vocarse que yo no había visto el submarino, no era pertinente por varias razones: sien do la primera, que la representación de El Imparcial menos que nadie podia emplear seme jante razonamiento, por ser público y notorio que el Sr. Ortega Munilla, su corresponsal en San Fernando durante varios meses, vió el submarino y publicó descripciones en el suso dicho Imbardai ó sea en el mismo periódico que ahora niega que Uadie pueda haberlo vis to, lo cual implica una desconsoladora falta do memoria: segundo, porque la real orden es de fecha reciente, y tercero, porque el telegrama dice que «no he visto el submarino más que por los cromos;i) que sobre ser cosa ajena al de bate si los periódicos tendrán que conver tir ó no los números diarios en tomos, pa ra contener las rectificaciones, resulta ade más la hipótesis exageradísima, pues jamás ha ocurrido eso, y en esta misma cuestión del submarino, ha habido una discusión en E l Liberal y El Correo Militar entre los seño
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res Cabanyes, Bonet y Novo y Colson, y á, pesar del grande interés que unos y otros te nían en el asunto objeto de la discusión, no llegaron á convertirse en tomos ni mucbo menos los números de E l Correo Militar y de E l Liberalf y ni siquiera tuvieron necesidad de emplear hojas suplementarias para cargar con los razonamientos; por último, que no era ni lícito siquiera, decir que es débil el pe riódico ante el individuo, sino al contrario, el individuo ante el periódico, máxime si es de tan enorme circulación como E l Ini^yarcial, constituyendo una fuerza insuperable, pues con cuatro lineas despedaza una persona y la arroja deshecha ante la voracidad de la opinión. Es, pues, una ley sagrada de defensa social la de policía de imprenta que invoco, la cual manda que allí mismo donde se ha cometido el abuso con una personalidad, allí, disponiendo sin gravamen ninguno de doble espacio del que se empleó en la atribución del hecho falso ó desfigurado, tenga lugar la defensa. Sin el amparo de esta ley ó con la mala interpreta ción de esta ley, la sociedad queda indefensa y todos los ciudadanos á merced de cualquier pe riódico, en cuyo caso volveremos á las épocas de salvajismo, en las cuales impera el derecho de la fuerza bruta como única salvación posible.
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La comparecencia duró hasta más de las cinco de la tarde. El calor de la discusión ha bía hecho agolparse á la puerta del despacho •del juez á cuantos por allá pasaban y que si guieron con vivo interés el reñido debate. El art. 730, libro II, titulo II, capítulo IV de la vigente ley de Enjuiciamiento civil, que trata de los Juicios verbales en su primer gra do, ó sea ante el juez municipal, dice: "Art. 780. L a comparecencia se celebrará ante el juez ó secretario en el dia señalado. «En ella expondrán las partes por sn orden lo que pretendan y á su derecho conduzca, y después se admitirán las pruebas pertinentes que presentaren, uniéndose á los autos documentos. nA esta comparecencia podrá concurrir acompañan do á los interesados y para hablar en su nombre la. persona que elijan. iiDe su resultado se extenderá la oportuna acta jae fir m a r á n iodos los c o n c u r r e n te s y los que hubiesen de clarado como testigos.«
E l 735, que se refiere á la susíanciaoión de los procedimientos en segundo grado, ó sea á la apelación ante el juzgado de primera ins tancia, dice: «Art. 735.
Si se presentase en tiempo oportuno el
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apelante, lo cnal se hará constar por diligencia, acor dará el juez de primera instancia la convocatoria de las partes á una comparecencia en el dia y hora que señalará, p r o c e d ié n d o s e c o n s u je c i ó n á la s r e g la s a n te s e s ia b le cid a s.n
Es decir, á lo que previene el art. 730 antes copiado. Pues bien; á pesar de ser no sólo concurren te, sino demandante, nadie me pidió en tiem po la firma para el acta de la comparecencia, requisito exigido imperativamente en la ley , según acaba de leerse en su art. 730; pero en cambio, el 8 de Mayo recibí por conducto de mi procurador la notificación siguiente: «E n el ju icio verbal seguido por D. Juan de Madariaga contra D Andrés Mellado, se ha dictado la siguiente SENTENCIA
E n la villa y corte de Madrid á tres de Ma yo de m il ochocientos ochenta y nueve. E l se ñor D. Antonio Domínguez Alfonso, juez mu nicipal del distrito de Buena vista é interino de primera instancia del Este de la misma, ha biendo visto este ju icio que en grado de ape lación y procedente del municipal del Con
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greso, pende en este juzgado entre partes, de una como demandante y apelante el procura dor D. Daniel Doze Bournacelle como apode rado de D. Juan de Madariaga y Suárez, ma y or de edad, abogado de este Ilustre Colegio, y de otra como demandado y apelado D. Andrés Mellado y Fernández, periodista, de igual edad y residencia, director del periódico E l Im bardai para que publique en dicho periódi co y en la forma que dispone la ley de policía de imprenta un suelto ó carta rectificación del demandante, y que la otra parte se negó á publicar con más las costas, y Aceptando los resultados que contiene la sentencia apelada que dictó el juez municipal del distrito del Congreso, y por la que le ab solvió el director de E l Im])arcial de la de manda deducida por D. Juan de Madariaga, sin hacer expresa condena de costas y cuya resolución lleva la fecha de ocho de A bril ú l timo. Prim ero: Resultando además que interpues ta apelación de dicha sentencia por la parte apelante, y admitida que le fué en ambos efec tos, se remitió este ju icio al juzgado que pro vee, donde se convocó á las partes á la compa recencia que la ley determina, á la que asis tieron ambas haciendo la misma pretensión
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que dedujeron en el inferior y en apoyo de ésta expusieron los propios heolios y funda mentos de derecho que constan del acta del ju icio extendida en dicho juzgado municipal. Aceptando así bien los considerandos y ci tas legales que contiene la repetida senten cia y Primero: Considerando que los alegados en la comparecencia verificada ante el que pro vee en nada desvirtúan los fundamentos que tuvo presento el juez municipal del distrito "del Congreso al dictar la resolución recurrida. Segundo: Considerando en su consecuencia que por lo expuesto y de acuerdo con lo esta blecido en el articulo setecientos treinta y seis de la ley de Enjuiciamiento civil al con firmarse la sentencia recurrida ha de hacerse expresa condena al apelante de las costas de esta instancia y Tercero: Considerando así bien que en la sustanciación de la alzada se han guardado las prescripciones legales. Visto el mencionado artículo y demás de aplicación de la mencionada ley, F allo; Que debo confirmar y confirmo con las costas al apelante, la sentencia apelada que el juez municipal del distrito del Congreso dictó con fecha ocho de Abril por la que absol-
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vio al demandado D. Andrés Mellado y Fer nández, director del periódico B l Imparcial, de la demanda contra él interpuesta por D. Da niel Doze como apoderado de D. Juan de Madariaga, y no se hizo expresa condena do cos tas. Así por esta mi sentencia definitivamen te juzgando lo pronuncio, mando y firmo.— A . Domínguez.— Publicada el mismo dia de su fecha. — Es copia.—Notificada en ocho de Mayo.» Después de leído este documento, considero que no me queda ya nada por decir ni por hacer sobre tal incidente. Pasemos, pues, á otro asunto.
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EL SUBMARINO GABANYES-BONET
Escribir sobre cuestiones referentes á la na vegación submarina, siquiera sea con la defi ciencia propia del autor en esta y en todas las materias, babor incluido una carta del señor Cabanyes y no dar idea del Submarino Cabanyes-Bonet no parece lógico. Voy, pues, á extractar la M emoria publica da en 1888 por dichos ilustrados proyectistas, para que la opinión aprecie los esfuerzos he chos por tan dignos compatriotas. Estructura de la Memoria La M emoria forma un folleto de 26 páginas, 4.“ mayor con dos fotografías del submarino. En la primera van la vista exterior^ sección
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vertical y sección horizontal por el eje, y en la segunda, vistas de distintas secciones en pla no vertical y proyecciones y secciones verti cales, horizontales ó transversales del purificador de aire, nivelador automático y compensa dor automático. E l preámbulo En el preámbulo dicen entre otras cosas los autores: »El modesto trabajo que constituye esta Me moria, escrita sin pretensiones de ningún gé nero, es un extracto de otra más extensa que fué presentada ante los centros oficiales en Abril de 1885, la que mediante el favorable informe de una corporación muy docta (1), que consideró conveniente la realización experi mental de los ensayos que proponíamos, dió origen á los trabajos llevados á cabo en el Mu seo de Artillería, de los que por razón de la publicidad que han tenido en los periódicos nacionales y extranjeros, suponemos tendrán noticia nuestros lectores. »Estos trabajos y las pruebas de los resul tados obtenidos, de los que era lógico esperar (1) La Academia de Ciencias.—( N . del A . )
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SU continuación hasta llegar al fin propuesto de construir un torpedero submarino con arre glo al proyecto presentado, merecieron de par te de las autoridades y personas ilustradas que tuvieron á bien presenciarlas las más lisonje ras frases de aprobación y estímulo para los autores; testimonios de consideración que he mos apreciado sobremanera, y han sido el úni co aliciente que nos ha sostenido en nuestras penosísimas tareas. «Perdida ya del todo, ó cuando menos muy debilitada la esperanza que abrigábamos de ser protegidos hasta el fin, merced á los satis factorios resultados conseguidos en las prue bas antedichas, y considerando en vista de los ensayos recientemente hechos en el extranjero con buques submarinos movidos por la electri cidad, proyectos posteriores al nuestro, que se va á repetir una vez más el caso, tan frecuen te como lamentable, de que se desconozcan y abandonen los esfuerzos hechos en nuestro pais en un asunto determinado para tomar des pués como bueno lo hecho en el extranjero, hemos decidido publicar aquella parte de la Memoria que no precisa mantener secreta, si quiera para que algún dia conste que no en todo llevan la delantera los inventores extran jeros.«
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Cómo entienden los Sres. Cabanyes-Bonet el 'problema de la navegación submarina «E l problema de la navegación submarina— escriben los Sres. Oabanyes y Bonefc— tal como nosotros lo concebimos, no se extiende á via jar con vertiginosa rapidez por el fondo de los mares á dos ó tres mil metros debajo de la su perficie de las aguas para arrancar de su seno los tesoros soñados por la fantasía 6 la codicia do aventureros y especuladores, ni se dirige tampoco á efectuar viajes trasoceánicos en lu cha con los medios actuales; se limita solamen te á realizar durante un tiempo más ó menos largo operaciones do guerra que produzcan re sultados inmediatos y decisivos, mediante la aproximación fuera de alcánoe' :de la vista y de la artillería enemiga, de Un ;buque subma rino á la obra viva de su adversario. Planteada la cuestión en estos términos, veamos qué condiciones ha de reunir un tor pedero submarino capaz de trasportarse á cierta distancia con propulsión propia y de maniobrar por sí solo: 1.“ Su forma y sistema de construcción del casco deben ser tales que le permitan resistir á las grandes presiones á que puede verse so metido en momentos dados.
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2. ° Su centro de gravedad ha de estar con venientemente situado para que el sistema tenga estabilidad y no haga molesta la perma nencia en su interior cuando navegue sobre la superficie de las aguas. 3. “ Debe igualmente tener dobles elemen tos de propulsión con la mira de no quedar in móvil en un sitio determinado cuando sobre venga alguna averia en el motor ó en alguna de las hélices. 4 ° Ha de estar dotado de un motor dócil cuya marcha pueda variar entre limites muy extensos, sin que consuma ó vicie el aire, pro duzca calor ó humo, ni acuse al exterior su presencia por causa alguna. 5. “ Es asimismo absolutamente necesario que esté provisto de suficiente cantidad de ga ses respirables para el consumo de su tripula ción durante el tiempo de las operaciones sub acuáticas. 6. ° Precisa también que pueda verificar con seguridad y en todas ocasiones movimien tos de ascenso y descenso en el seno de las aguas, así como virar á uno ú otro costado con la suficiente rapidez. 7. ° Es igualmente indispensable que posea un sistema de iluminación interior que no con suma el oxígeno del aire tan necesario para la
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respiración ni produzca elementos gaseosos de letéreos perjudiciales á la economía animal. y 8.° Además de estar provisto de suficien te número de claraboyas que faciliten inspec cionar el interior de la masa líquida, ha de permitir operar contra un barco enemigo. Pues bien; todas estas condiciones las llena de un modo, á nuestro ver, completo y seguro el torpedero submarino que se describe á con tinuación.» Descripción del submarino La forma exterior del submarino CabanyesBonet está constituida por un cuerpo cilindrico de sección circular terminado por dos cabezas ojivales engendradas por dos arcos de círculo que arrancando tangentes á las generatrices del cilindro, terminan en su eje; ó sea, hablando en términos vulgares, afecta la forma de un cigarro. E s , en sentir de los autores, la que ofrece mayores seguridades para resistir las presio nes si por accidente fortuito ó descuido se fue se sumergiendo á mayor profundidad de la que pudiera convenir. A no haberlo hecho así atri buyen gran parte del fracaso que experimentó el almirante francés Bourgeois cuando ensayó su buque submarino en 1863.
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...«A l comenzar la sumersión de este buque se inició indudablemente una deformación del casco que produjo la consiguiente alarma ó in tranquilidad en el ánimo de los tripulantes, y desde luego puede suponerse con gran verosi militud el azoramiento, desorden y precipita ción con que debieron ejecutarse las operacio nes para ponerlo á flote, las que no bastaron á detener la marcha descendente del buque. El descenso terminó cuando su gran masa chocó con el fondo de la bahía donde se hacían las pruebas á la profundidad de ocho metros. Sin necesidad de suponer ningún desacierto en las primeras maniobras para determinar la sumersión del buque, tales como llenar con ex ceso los depósitos de agua, ó una vez llenos en la parte conveniente dejar por inadvertencia abierta la comunicación con el exterior, fiando á la presión del aire en ellos encerrado la re sistencia á la entrada de mayor cantidad de lí quido, sin necesidad, repetimos, de recurrir á ninguna de estas hipótesis poco probables, se concibe que una vez iniciada la sumersión del Plongeur (este era el nombre de aquel buque)j debía continuar su descenso mucho más tiem po del que se hubiera calculado por la razón antes expuesta de la deformación considerable que debió sufrir el casco. En efecto, al depri
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mirse en sentido vertical, disminuyó de volu men, pues el aumento que sin duda tuvo el diámetro horizontal, no bastó á compensar la pérdida de capacidad que experimentó el cas co, puesto que su sección recta se alejaba cada vez más de la forma circular que da el máxi mo volumen, y si á esto se agrega la pérdida de capacidad que independientemente de la deformación debió sufrir el casco á consecuen cia de las mayores presiones exteriores debi das á la profundidad de sumersión, se deduce que cada vez debía ser más pronunciado el mo vimiento de descenso, y que por lo tanto no bastaron los esfuerzos de la tripulación para hacer cesar este alarmante accidente, siendo muy probable que á.no haberse anulado dicho movimiento por la escasa profundidad do la bahía, hubiera tenido un fin desgraciado la tentativa del marino francés. Añádase á lo di cho la influencia considerable que para agra var su situación tenia la masa del buque en sayado (350 toneladas próximamente) y la des proporción que con ella guardaban los limita dos recursos de que iba provista la tripulación para dominar la inercia de un sistema de peso tan considerable, y se comprenderá fácilmen te que un ensayo hecho en tales condiciones no debía conducir á ningún resultado satisfác-
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turio, pues además de las causas mencionadas, según los antecedentes que sobre las experien cias de Bourgeois da el almirante Páris en su obra titulada U A rt navale, la construcción del Plongeur debía ser bastante defectuosa, puesto que el casco tenía muchas vías de agua, lo que por su parte contribuyó también al mal éxito de la empresa. Vese, pues, cuán poco fundados son los grandes elogios que tributa el autor susodicho á unas experiencias que hubieran podido terminar funestamente. Del examen que acabamos de hacer se des prenden varias consecuencias de grandísimo interés: Primera, la consignada al principio sobre la conveniencia de dar al casco del buque subma rino la forma de un cuerpo de revolución. Segunda, la influencia de la masa que inte resa reducir todo lo posible para que su iner cia sea más fácil de dominar. Tercera, la gran resistencia de que es pre ciso dotar al casco para soportar con seguridad las máximas presiones á que haya de verse so metido. Cuarta, la disposición que debe darse á los depósitos de agua para poder veriñcar en cual quier instante y con seguridad absoluta los
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movimientos de subida y bajada del buque en el seno de las aguas. Y quinta, el esmero y cuidado especiales que deben ponerse en la construcción de un buque de esta naturaleza, para que su casco sea per fectamente estanco.» Masa Pasan acto seguido los Sres. Cabanyes. y Bonet á ocuparse en particular de cada una de estas condiciones, prescindiendo de la primera por considerarla suficientemente discutida, y fijan el diámetro interior del cuerpo cilindrico del submarino en 2^30 metros y el volumen en 40 toneladas, que comparadas con las 350 del Plongeur, hacen comprender que el manejo de aquella masa ha de ser mucho más fácil. Resistencia del casco Para calcular la resistencia que ha de tener el casco fijan en 50 metros, profundidad igual próximamente á la que han podido explorar los buzos por medio de escafandras, el límite probable á que podrá descender el buque pa ra que dentro de él soporte con perfecta segu ridad la presión del agua, y hallan después que
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el límite inferior de la capacidad de los depó sitos de agua (para el ascenso y descenso) de bo ser de 29‘ 76 kilogramos, si bien no los re ducen á un extremo tan preciso, sino que los aumentan considerablemente para que al va ciarlos por completo, el sistema tenga cierta fuerza de flotación. Inmersión y ascensión (A scen so
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«En este concepto—añaden— supondremos que dicha capacidad sea de 4.384 dm.“ con lo que se podrá hacer frente con gran latitud á cual quiera eventualidad que sobrevenga comola pre sentación de una vía de agua, la invasión acci dental de algunas dependencias del buque, etc. Cuanto á la disposición de estos depósitos de agua con respecto á la estabilidad del siste ma, es evidente que convendrá establecerlos si métricamente con relación al plano normal, al eje en su punto medio, á fin de no alterar la nivelación del buque; y en cuanto á su forma, deberá ser tal, que ofrezca una gran resisten cia y evite cambios considerables en la situa ción del centro de gravedad del conjunto y al mismo tiempo permita apreciar fácilmente las variaciones de altura del líquido én su interior.
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«Para conseguirlo se han dispuesto dos cla ses de depósitos de agua: unos situados en la parte inferior del buque y que permiten apro vechar el espacio perdido para la colocación dada á las baterías de acumuladores, y cuyos depósitos serán los primeros que deberán lle narse para producir la inmersión del buque, y otros situados en las extremidades del cuerpo cilindrico, formados por dos gruesas planchas de palastro colocadas normalmente al eje del casco y enlazadas entre sí por hierros de T puestos en sentido vertical. «El objeto de esta disposición tubular es, primeramente, evitar que por efecto de las os cilaciones del buque cambie la situación del centro de gravedad de la masa liquida, y en segundo lugar conseguir que con el mamparo 6 cierre de las cámaras de aire comprimido dispuestas en las ojivas, el casco esté dotado de la rapidez necesaria para resistir las consi derables presiones á que ha de estar sometido. »La necesidad de estos últimos depósitos que, para distinguirlos de los primeros los de signaremos con los nombres de depósitos de alta y baja presión respectivamente, es evi dente, á poco que se reflexione sobre la opera ción de poner el buque á flote una vez sumer gido. En efecto; para subir á la superficie de
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las aguas, es absolutamente preciso despren derse de cierta cantidad de lastre, y el medie más sencillo será vaciar parcial ó totalmente los depósitos. Ahora bien; esta evacuación se verificará con gran comodidad y sin esfuerzo alguno, poniendo en comunicación el depósito de alta presión con las cámaras de aire com primido, dejando expedito el orificio de comu nicación con el exterior, y por efecto de la presión del ire irá vaciándose el depósito de agua, con lo que el buque comenzará á subir. Naturalmente, la resistencia de este depósito debe ser tal, que soporte con seguridad la pre sión exterior, y de ahí la necesidad de construii'lo con solidez. ” Los depósitos de baja presión no podrán vaciarse directamente cuando el buque esté sumergido á gran profundidad por la razón in dicada al final del párrafo precedente; pero sí podrán hacerlo pasando el agua que contienen á los de alta presión mediante el juego con veniente de las llaves dispuestas para ello, de modo que cualquiera que sea la profundidad á que se encuentre el buque, con tal de ser me nor de 50 m., será siempre posible aligerarle de la total cantidad de lastre que lleve. »Explicada en breves palabras la disposición de los depósitos de agua, veamos ahora cómo
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se opera con ellos. Lastrado el buque de ma nera que tenga una densidad media exacta mente igual á la del agua del mar, suponga mos que se le quiere sumergir rápidamente sin valernos del motor. Bastará para ello abrir las llaves de entrada del agua en los depósitos y las de salida del aire, con lo que aumentando la cantidad de lastre, se determinará inmedia tamente la inmersión del buque, que conti nuaría hasta el fondo si no se limitara oportu namente. «Las profundidades de inmersión se deter minarán con gran exactitud desde el interior del buque con auxilio do manómetros que es tén en comunicación con el exterior. Llegados á la profundidad requerida, para detener el movimiento de descenso se hará salir el lastre que en exceso tenía el buque, cerrando la lla ve de salida del aire y poniendo en comunica ción los depósitos de agua con las cámaras de aire comprimido, el cual, ejerciendo su presión sobre el liquido en ellos contenido, lo desalo jará mientras su presión sea superior á la del agua exterior. La rapidez de estas operaciones depende, en primer lugar, de la magnitud de los orificios de entrada y salida, que se harán lo suficientemente grandes para que se verifi quen en muy breve tiempq.
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«Como quiera que estas maniobras quizás sean más frecuentes de lo que de antemano so puede conjeturar, llegado el caso de estar casi agotada la provisión de aire comprimido ó de haber decrecido su presión, ¿estaria inhabili tado el buque para repetirlas? De ningiin mo do, pues por medio de unos aparatos que de nominamos compensadores, se podrá provocar movimientos de ascenso ó descenso dentro de las aguas tantas veces como sea preciso, si bien estos movimientos no se verificarán con la misma celeridad que anteriormente. «Por medio de estos aparatos se conseguirá ajustar á lo estrictamente preciso el lastre del buque, y sino bastaran á detenerlo en absolu to á una profundidad dada, al menos se podrán encerrar sus oscilaciones de ascenso y descen so entre limites muy reducidos. «Además de estos compensadores movidos á brazo, los habrá automáticos (1). «Los medios hasta aqui expuestos son senci llos y eficaces en sumo grado para poner á ñote el buque desde una gran profundidad y evi tar que se sumerja más de lo conveniente; p e(1) Estos com p en sa d ores au tom á ticos están destinados á realizar el mismo fin q^ue el a b a r a to de p r o fu n d id a d e s en el P e r a l. — { N . d el Á . ) 9
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ro como esta operación se ha presentado ro deada de grandes dificultades en las pruebas de navegación submarina verificadas hasta el día, hemos decidido dotar á nuestro buque de un último recurso, aplicable solamente en el caso de no funcionar los compensadores ó de ocurrir una avería de cierta gravedad. Este medio consiste sencillamente en desprenderse de una cantidad de lastre bastante considera ble, constituido por una sustancia de gran pe so específico. "E n la misma vertical del centro de grave dad del buque, se establecerá un depósito de lastre de plomo, el cual consistirá en gruesas planchas de 6 4 ^ 2 2 X 2 centímetros, dispues tas en dos series, y atravesadas en su centro por husillos filetados susceptibles de ser movi dos desde el interior del buque, que podrán ser desprendidas á voluntad, haciendo girar en sentido conveniente los tornillos que las tienen suspendidas. "L a cantidad de lastre que en esta forma podrá llevar el buque es de 1.270 kilogramos, y como quiera que en la construcción del barco no será fácil ajustarse exactamente á los pesos cal culados, se ve que las diferencias que puedan resultar al final, se podrán compensaraumentando ó disminuyendo el peso de estas plancha s.
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«Cuando el buque esté en marcha, es á to das luces evidente que estando debidamente lastrado, se podrá hacerle subir ó bajar orien tando convenientemente el timón de eje hori zontal.» Se ve, pues, que el submarino Cabanyes-Bonet dispone de tres sistemas distintos para el ascenso y descenso bajo el agua. Atmósfera interior El hombre necesita para purificar su sangro y darla condiciones de vida absorber cierta cantidad de oxigeno del contenido en el aire y expeler determinada proporción del ácido car bónico, habiéndose deducido que por término medio una persona adulta consume unos 60 gramos de aquel gas en una hora, teniendo presente además, que la composición centesi mal en peso del aire es según Regnault: Oxigeno..................... A zoe...........................
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y otros antecedentes igualmente necesarios para los cálculos, establecen que tendrán, dada la capacidad libre del buque y la cantidad de aire á 20 atmósferas contenida en los depósi tos de las ojivas, 133‘ 69'“ '' de fluido disponi-
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ble, bastante para alimentar la respiración de dos personas durante 5 horas y cuarto ó de tres durante 3 ’ /ji lo li^ce al consumo de oxígeno y en condiciones de una respiración normal como la que se verifica al aire libre. Si estos espacios de tiempo parecen insufi cientes, podrán llenarse de oxígeno puro, y comprimido una ó dos cámaras de las en que se han dividido los depósitos ojivales, con cu yo sistema habrá aire respirable durante todo el tiempo que se desee. Están previstas y atendidas la purificación del aire en el interior del buque y la regularización de la presión. E l aparato purificador deberá funcionar so lamente cuando el torpedero está totalmente sumergido, y por tanto, separado en absoluto de la atmósfera natural; pero siempre que sin peligro pueda navegar el buque flotando, co mo por ejemplo durante la noche, deberá eco nomizar la provisión dó aire comprimido, y á este fin se ha dispuesto en el centro del casco una válvula de ventilación que se abrirá y ce cerrará automáticamente por la acción misma del agua: consiste en un flotador susceptible de un pequeño movimiento vertical, que cuan do esté fuera del liquido descenderá por su propio peso, poniendo en comunicación el in
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terior del buque cou el ambiente exterior, y cuando se sumerja se elevará por la acción del agua, que tenderá á hacerle flotar cerrando la comunicación establecida. Por el medio descrito créese evitar la entra da de agua dentro del casco, cuando por razóndel oleaje se vea totalmente sumergido el buque. En cuanto á la regularización de la presión, es por demás sencillo establecerla cuando la sumersión sea sólo de 3 ó 4 m ., que será el caso normal, bastando para ello un tubo en forma de sifón invertido que contenga una válvula flotante en el agua; si la presión inte rior excede á la exterior, se irán escapando burbujas de aire y se mantendrá constante la presión interna. Para el caso en que fuese considerable la profundidad de inmersión, si tal estado se pro longase mucho, se procederá á desalojar el ex ceso de fluido por medio de una bomba del sistema Eounayxol y Denayrouze movida á mano. Esta misma bomba, que puede comprimir el aire hasta presiones superiores á 20 atmósfe ras, podría utilizarse durante las noches pa ra rehacer en parte la provisión de aire com primido, prolongando de este modo el tiempo
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durante el cual podría estar sumergido el tor pedero. Fuerza motriz Emplean los Sres. Oabanyes y Bonet la elec tricidad, utilizando una nueva creación de la ciencia moderna con el descubrimiento de las pilas secundarias (1 ) llamadas con impropie dad nacumuladores eléctricos,” los cuales pro ducen una corriente que actúa por el interme dio de máquinas dinamo. ”Un elemento de acumulador es enteramen te análogo á un elemento ó par de las pilas conocidas, diferenciándose sin embargo uno de otro en el modo como adquieren la propie dad de engendrar corrientes eléctricas. ”Las pilas adquieren esta aptitud, cuando se las prepara con ciertas sustancias que tie nen entre si enérgicas afinidades químicas, y que por las reacciones producidas, dan origen á la corriente de fluido que se establece en el conductor interpolar. Una vez agotada la reac ción, cesa la corriente, y para producirla de nuevo bay que eliminar las sustancias ya in er(IJ L a gloria de este descubrimiento corresponde al ilustre físico francés Mr. Pastor Planté en 1860.
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tes que contiene la pila y reemplazarlas por otras activas. íiEl elemento de acumulador no exige esta renovación de las sustancias que han de pro ducir el fluido; pero en cambio exige que an tes se le prepare enviándole una corriente eléctrica de intensidad y fuerza electro-m o triz apropiadas, corriente cuya energia se transforma al estado potencial por las reac ciones que determina entre las diversas sus tancias que constituyen la parte activa del acumulador. Si una vez cargado se deja en re poso manteniendo abierto el circuito interpo lar, el aparato conserva por un tiempo más ó menos prolongado, y con ligeras pérdidas, la energia que almacenó, energia que vuelve casi en su totalidad tan luego como se cierra el cir cuito en que está comprendido. La corriente que entonces produce dura más ó menos tiem po según la capacidad de almacenamiento y la intensidad de la descarga, cesando cuando ter mina la reacción contraria á la que determinó la corriente de carga. Para volver á utilizar el aparato, precisa enviarle otra corriente co mo la primitiva de carga, y esta serie de car gas y descargas se puede repetir un conside rable número de veces, según las condiciones de duración del acumulador y el acierto con
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que se llagan las operaciones á que se le so mete. ” Si se tratara de utilizar un solo elemento ó número muy reducido, es evidente que la pila ordinaria llevaría una gran ventaja al acumu lador, toda vez que la operación de renovar los ingredientes es entonces de poca duración j fácil de llevar á cabo^ no necesitando el apa rato productor de la corriente de carga que exigen los acumuladores; pero cuando el nú mero de pares es muy considerable y la apli cación que se les da obliga á tenerlos reunidos en pequeño espacio, colocados unos sobre otros en diferentes lecbos, entonces la cuestión cam bia enteramente de aspecto y adquieren una inmensa ventaja los acumuladores sobre las pilas; pues por una parte no exigen que se les desmonte, ni que con cada uno particularmen te se haga operación determinada, haciéndose la carga simultánea de un gran número de ellos en breve tiempo y quedando después en disposición de prestar nuevamente el servicio que se les exige. Esta circunstancia, que per mite mantener juntos en un reducido espacio gran número de elementos de acumulador, sin alterar sus contactos por razón de manipula oiones ó transportes, es de un gran valor prác tico, y precisamente la que hace posible en
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buenas condiciones la aplicación de estos apa ratos como origen de la fuerza motriz de un buc[ue submarino; pues una vez colocados en su interior, y bien estivados, no precisa ya moverlos de su sitio con la frecuencia con que lo exigirían las pilas, y por lo tanto, evitan la prolija y enojosa operación de recarga de cada elemento en particular. »Los recientes trabajos llevados á cabo con los acumuladores han demostrado que éstos son perfectam mte apropiados para la producción de luz eléctrica, y también para la de fuerza motriz, gracias á la reversibilidad de las má quinas dinamo y magneto-eléctricas, sin que sea pertinente en este momento el aquilatar el grado de economia que su empleo proporcio na comparativamente con los demás sistemas; pues habida consideración al especial que se le da, es muy secundaria la cuestión del coste del caballo hora, pudiendo sin embargo anti cipar que no excederá mucho al doble del de dicha unidad en las máquinas de vapor, abs tracción hecha del interés del capital de cons trucción. »Justificada la adopción de los acumulado res de electricidad como fuente de energia pa ra la propulsión propia del buque submarino, procedería ahora exponer las condiciones del
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sistema que se ha ideado para esta aplicación; pero no estando autorizados para divulgar los detalles de los acumuladores, que en número de 160 elementos se han construido en el Mu seo de artillería, y que han funcionado perfec tamente y sin contratiempo alguno en las ex periencias verificadas á presencia de las auto ridades y personas particulares que han tenido á bien honrarnos con su visita, nos vemos obli gados, bien á pesar nuestro, á guardar silen cio sobre este asunto. Baste decir, que aun li mitando la utilización de la energia que dan nuestros aparatos á la que desarrollan los de otros sistemas ya conocidos, y que oscila de 3.000 á 14.000 kilogramos por kilogramo de acumulador, y tomando 3.000 kilogramos co mo límite mínimo, las 14 toneladas que pesan los 160 elementos antedichos son susceptibles de desarrollar un trabajo de 42.000.000 kilo gramos, ó sea 155 caballos hora." Las máquinas dinamo son semejantes á las de G-ramme tipo A , poro difieren de las constantes de construcción y otros de talles. Según el cuadro de marcha calculado por los Sres. Cabanyes y Bonet, oscilará ésta en los términos siguientes: Con una velocidad mínima de dos nudos, el
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radio de acción será de 1.041 millas, y con la máxima de seis, 114 millas. Propulsor Hélices gemelas cuyo paso y diámetro no se pueden calcular hasta conocer el rendimiento de las máquinas motoras. Timones Lleva dos: uno de eje vertical para dar al buque la dirección ó rumbo conveniente en un plano horizontal (marcha ordinaria), y otro de eje horizontal para darle la inclinación corres pondiente á la maniobra que se trate de ha cer, según se quiera sumergir el submarino á mayor 6 menor profundidad ó conservar éste constante. Como quiera que la acción del timón es con secuencia de la falta de simetría en las resis tencias que el agua opone á la marcha del bu que, es evidente que la condición primera pa ra obtener de dicho órgano el efecto apetecido, es que el buque tenga un movimiento respecto del fluido que le rodea, y por tanto, que se halle dotado de propulsión propia, y ésta en actividad.
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Entre los diferentes tipos de timones, se han adoptado los llamados compensados, que por razón de la pequeña distancia que media en ellos entre el centro de resistencia del agua y el eje, exigen muy pequeña fuerza para mover los y no fatigan la caña con esfuerzos de tor sión considerables. Esperase poder virar en redondo en un ra dio de 40 metros. Nivelador automático (A p a r a to se rv o -m o to r)
Aunque se concibe perfectamente que los tripulantes de un buque submarino han de ejercer por la cuenta que les tiene gran v ig i lancia sobre los diversos aparatos que indi quen la profundidad de sumersión, horizonta lidad del eje del casco, etc., para corregir en el acto cualquier accidente, los Sres. Cabanyes y Bonet dotan á su tipo, de un aparato que lla man nivelador automático, conocido moderna mente con el nombre de aparato servo-motor, ó sea, el que de un modo automático conserva la horizontalidad estando el buque en marcha. Consta de dos partes principales: el nivela dor propiamente dicho, y el que podríamos lla mar timonel eléctrico. E l primero está forma
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d o por un tubo de hierro con dos recodos en sus extremidades, sujeto á una plancha de ma dera fijada invariablemente al casco, de modo que el eje del tubo sea paralelo al del buque. Este tubo está lleno de mercurio hasta cierta altura de las ramas verticales; en su interior se han colocado unas piezas de vidrio de for ma conveniente, que llevan en cada una de sus caras tres alambres conductores aislados que terminan en sus correspondientes tornillos de presión. Cuando el eje de esta especie de nivel es perfectamente horizontal, todos los to m i llos de presión están fuera del mercurio, pero á pequeña distancia de él y variando esta dis tancia en progresión creciente de uno á otro par de conductores. E l motor ó timonel eléctrico lo constituye un aparato formado por cuatro solenoides ó electro-imanes sin núcleo ó ánima, que tienen en su interior un espacio vacio de forma tó rica, en donde puede penetrar una armadura apropiada, que al verificarlo producirá un mo vimiento de rotación de cierta amplitud en su eje, el cual, por medio del doble sector denta do que engrana con las cremalleras fijas á las extremidades de las barras que actúan sobre el timón de eje horizontal, imprimirá á éste una rotación del mismo ángulo, variando, por
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tanto, la inclinación del plano del timón res pecto de la línea de marcha del buque. Para dar origen á la atracción de las referi das armaduras, se han intercalado con los d i ferentes circuitos baterías de acumuladores, cuyas corrientes estarán interrumpidas mien tras el eje del casco se mantenga horizontal. Para darnos cuenta del modo como funcio na el aparato descrito, supongamos que en marcha el buque la proa está más baja que la popa; refiriéndonos á la disposición que tienen los diferentes órganos en un plano de sección vertical, el mercurio se habrá corrido hacia el costado derecho y pondrá en comunicación los dos bornes de la primera batería, cuya corrien te se establecerá instantáneamente, y actuan do sobre los electros superior derecha é inferior izquierda, éstos atraerán las armaduras, que por los enlaces establecidos harán girar al t i món, determinando una resistencia por la par te superior de la popa que producirá una ma yor profundidad de inmersión de esta parte del buque hasta que su eje recobre la horizontali dad, cesando por tanto la comunicación entre los polos de la batería. Si la inclinación primitiva fuese muy consi derable, el mercurio pondría en comunicación con los Solenoides dos baterías de acumulado
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res, y siendo entonces más enérgica la atrac ción de las armaduras, seria de mayor ampli tud el movimiento del timón y más rápida la vuelta del buque á la posición horizontal, pudiendo todavía verificarse un tercer grado de actividad cuando la desnivelación primitiva fuere más acentuada. Para el caso contrario, esto es, cuando la proa estuviese más alta que la popa, fenómenos inversos producirían el efecto requerido. Iluminación Tres lámparas eléctricas de incandescencia de una intensidad fotomètrica de ocho bujías que no exijan más de 2o volts de diferencia de potencial en la corriente que los alimente, uti lizando la descarga residual de las baterías que se hayan debilitado después de actuar so bre las dinamo motoras. Visualidad Se establecen varios medios de inspección al exterior y son: Un capacete cilindrico (torre) situado en la misma escotilla de entrada al buque, en el que hay abiertas varias claraboyas cerradas con
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fuertes cristales á través de los que puede ver se lo que haya digno de observar en las inme diaciones del buque cuando esté totalmente sumergido. Cuando flote (1) y esté el mar tranquilo po drá reconocerse fácilmente una extensión del horizonte bastante considerable para poder di rigir la marcha. Este capacete es el puesto de observación constante del capitán cuando el torpedero en tre en combate. Se ha dispuesto hacia la parte de proa de modo que sin abandonar la obser vación pueda hacer con buena puntería los dis paros de torpedos. Segundo, en pequeñas claraboyas abiertas en los costados del buque y dispuestas como las ya dichas, para que el encargado de las máquinas motoras, timones, etc., pueda ob servar lo que ocurre en las inmediaciones del casco por la parte de popa. Tercero, anteojo esplorador compuesto de un tubo vertical que saliendo al exterior del bu que mediante una caja de estopas y dotado de
(1) Aun cuando parezca à muolios innecesario, me permitiré sin embargo advertir, que sólo está un barco á flote cuando se mantiene sobre el a g u a , no cuando navega por bajo de ella.
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los prismas objetivo y ocular convenientemen te dispuestos, permita reconocer el horizonte (porque sale fuera del agua) en un radio de al gunas millas. Armamento Tres torpedos W bitebead en sus correspon dientes tubos de lanzamiento, para poder em plear aquéllos sin pérdida de tiempo y sin pe ligro al cargar el tubo de cada vez si llevase uno solo de éstos. El número de torpedos no es definitivo.
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Un distinguido escritor muy conocido por su competencia científico-militar, pero cuya modestia le hace ocultar su nombre bajo un pseudónimo q[ue en rigor ya nada oculta, ha dirigido muy recientemente á E l Correo M ili tar una carta, en la cual da cuenta de un nue vo proyecto de torpedero submarino, debido al ilustrado ingeniero militar Sr. Mier. Dice El Correo Militar: «No sólo para explicar su intervención y aplaudir la del Sr. Madariaga en el debate pe riodístico á q^ue ha dado lugar el submarino Peral, sino también para dar cuenta de un nuevo proyecto de navegación submarina, no* dirige nuestro antiguo amigo y colaborador Sr. Abdel, la siguiente carta:
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«Señor director de E l Correo Militar. Muy señor mío y distinguido amigo: La lec tura de la carta que há poco so publicó en el periódico de su dignísima dirección firmada por mi amigo y compañero el distinguido ca pitán de Infantería de Marina, y abogado del Ilustre Colegio de esta corte, Sr. Madariaga, me mueven á entrar en la cuestión, no sin ha cer antes la formal y solemne declaración de que, en este asunto, como en todos los que be tenido el atrevimiento y la honra de tratar en su apreciable periódico, jamás he tenido otro m óvil que el del más acendrado patriotis mo, el mayor desinterés personal y el mejor ■deseo hacia el Ejército y la Armada, como elementos tan importantes del país, bajo cuya gloriosa bandera nos cobijamos todos. Entiendo, pues, entrando ya en materia, que el Sr. Madariaga ha colocado la cuestión del submarino Peral en un terreno sensato y pru dente, al par que patriótico, siendo sensible que periódicos tan serios é importantes como E l Imparcial, hayan dado cabida en sus co lumnas á telegramas del Sr. Ortega, Munilla en que se expresaban opiniones y conceptos tan exagerados, que no sólo fracasando, como pu diera muy bien suceder, sino que el menor eontratiempo en los delicados experimentos á
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que debe ser sometido el submarino Peral, contribuiria grandemente á que cayera sobre España y sobre nuestra marina el ridículo más espantoso. Oreo, pues, que el Sr. Madariaga ba dado una brillante prueba de amor á la marina, y ojalá que todos los corresponsales de la prensa civil y militar se hubieran inspirado siempre en la prudencia y sensatez que corresponde en asunto de tal trascendencia, sin haber dado lugar con sus juicios á concebir esperanzas de maravillosos resultados, máxime en pueblo tan vehemente como el nuestro, en que á la fría razón y al ju icio sereno, se impone siempre un exagerado espíritu nacional, dando por he cho cierto y consumado lo que está muy le jos de serlo, tan sólo porque halaga más á. la imaginación, satisface nuestros deseos y cuesta menos aceptarlo sin previo examen y serio estudio para fundar razonada opi nión. Si á esto se agrega que en asuntos tan pu ramente técnicos y heterogéneos como el do que se trata, no sobran desgraciadamente per sonas con conocimientos científicos suficientes para juzgar de la cosa, separando lo novelesco de lo feal y hasta matemático, se comprende rá cuán fácil es extraviar la opinión y poner
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nos á las puerfcaíí del ridículo, de la mofa y d el escarnio. No terminaremos estas lineas sin dar á co nocer un proyecto de buque submarino, debi do al tan modesto como ilustrado y laborioso capitán de ingenieros del E jército y miembro del Instituto Q-eográñco y E stadístico, don Eduardo Mier. E l examen de los planos de construcción que hemos debido á la atención del autor y las ex plicaciones que le hemos oído, nos hace conce bir la esperanza de realizaciones ingeniosísi mas de los múltiples problemas que se presen tan en la navegación submarina, y como no nos creemos con la competencia suficiente, ni hemos de caer tampoco en los entusiasmos pre maturos que tanto hemos censurado, nos lim i taremos á pedir en nombre de los sagrados in tereses de la patria que se nombre una junta técnica, dependiente del ministerio de M ari na, no sólo con objeto de examinar tan im por tante trabajo, sino todos los que pudieran pre sentarse con la pretensión de haber resuelto tan importante problema, en cuya solución está hoy seriamente empeñado el buen nombre científico de España. Sin más por hoy, queda de V . como siempre afino, amigo y compañero, q. b. s. m.— Ábdel.»
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Aun cuando he manifestado ya al firmante de esta carta, por conducto de El Correo Mili tar, mi gratitud por los conceptos que emite á propósito de mi conferencia en el Ateneo acerca del submarino Peral, se la reitero de nuevo al reinsertar su mencionado escrito danda á conocer públicamente los trabajos cientí ficos del ingeniero militar Sr. Mier, los cua les con viva satisfacción debemos sumar á lo» de los Sres. Peral, Oabanyes y Bonet.
¡ADELANTE SIEMPRE!
Convengamos ante todo en que no hay ba chilleres, licenciados ni doctores en submari nos; sólo por ser esto así, puede admitirse que las construcciones navales de tal orden no co rran exclusivamente á cargo de los ingenieros de la armada en España y en todos los demás paises. Convengamos también en que hay gran di ferencia entre hacer el estudio de un subma rino bajo el punto de vista científico, ó sea, la discusión científica de los diversos cálculos heehos por el autor y probabilidades de su con firmación, y el estudio del proyecto en su as pecto práctico, esto es, como arma de comba te, partiendo ya de la base de que el autor no se haya equivocado, y limitándose por ende el
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examen, á la determinación de la probable in fluencia que el nuevo armamento ejercerá en las luchas continentales ó navales según su caso, y si verificará ó no una transformación en la manera de ser de las naciones.
En este punto he manifestado mi creencia de que en la b'Ondad de un arma, y á la espe ranza en el secreto de un invento no puede fiarse el engrandecimiento de un país ni el in tento de ocupar un lugar privilegiado en el concierto europeo, ni nada, en fin, de lo que en tal orden viene aliinentando la imaginación popular, siquiera sea sensible pensar que por ahora no parece que estemos cercanos de rei vindicar derechos sagrados, jamás entregados al olvido por este glorioso pueblo español. Ahora bien; ¿habrán creído algunos, sean muchos ó pocos, que por pensar con tan deci dido pesimismo— en relación con lo que ellos piensan,— se acredita poco amor á la patria? No es cosa sabida qué es lo que habrán he cho por la patria, muchos de los que la invo can á cada paso para todo y con motivo de to do, trátese de cosas grandes ó pequeñas, del bien general ó del suyo particular; pero en fin.
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por lo qu6 á mí toca, no estará demás dejar consignado que padecí por ella todo género da penalidades combatiendo voluntariamente en defensa de su unidad, del orden y de la liber tad, cuando en las montañas del Norte se ju gaba á cara ó cruz por medio da las armas la futura suerte del país, y que también volunta riamente luché y padecí por defender la sagra da integridad del territorio á miles de leguas del país natal, allá donde es todo mortal para el soldado, desde el plomo y el acero enemigo hasta el agua que bebe, el suelo que pisa y el aire que penetra en sus pulmones; de modo que si el amor se aquilata por las penalidades y sa crificios ofrecidos en el holocausto al objeto amado, no parece justo que venga cualquiera á vocearle á uno sobre su amor á la patria, cuan do ,no puede justificarlo más que con un poco de gimnasia vocal.
En cuanto al deseo de ciertas reivindicacio nes, me igualarán todos los españoles; pero no me sobrepuja ninguno. Desde la primera vez que hablé en público hice alusión á esas reivindicaciones, y luego en la prensa, en el folleto y en la tribuna he
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continuado demostrando que de mi memoria no se aparta jamás el recuerdo del pedazo de tierra que nos está detentado. Y tampoco en este asunto mi papel ha sido puramente platónico, porque desempeñando un cargo civil oficial, sostuve en defensa de los derechos de España ante las pretensiones del gobernador inglés de Gibraltar, una corta, pe ro durísima campaña, en la cual me v i aban donado de todo el mundo (1) incluso de nues tro representante consular en aquella plaza; amontonáronse sobre mi las responsabilidades; pero no cejé, y mientras estuve ejerciendo fun ciones públicas en territorio español fronteri zo al detentado por Inglaterra, el Gobierno in glés no consiguió lo que quería, si bien más tarde nuestro Consejo de ministros accedió buenamente á sus pretensiones, á lo cual con orgullo declaro que no contribuí (2) en lo más minimo, porque antes me hubiera desnudado para siempre la toga, que vestirla con el des(1) Debo consignar una honrosa excepción á. favor áel actual señor ministro de Marina D. Rafael Rodri guez Arias, entonces capitán general del departamen to de Cádiz, al cual pedi auxilio que no me dió, porque el Gobierno no le dejó obrar. Í2) Tan es cierto esto, que precisamente por mi ac titud llegó el asunto hasta el Consejo de ministros.
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to n o r en que creía y oreo que hubiera incurri do de seguir conducta distinta á la que me tracé. E l Grobierno español tuvo á bien arrancar me de aquellos lugares. Hizo bien.
De cuanto voy diciendo se deduce como prin•ipal consecuencia, que en punto á amor á mi patria, no me creo en el caso de recibir leccio nes de nadie; mas por lo mismo que profeso este natural cariño á mi país, deploro que el desbordamiento de entusiastas exageraciones nos pon^a en evidencia á los ojos de los demás países, dando lugar á que la prensa de algu no de ellos, analizando lo que pasa en España en esta cuestión submarina, diga cosas durí simas que francamente son de difícil refuta ción, porque en presencia de ciertos hechos hay que confesar, que no es sólo en la ma sa general donde no está vulgarizada la histo ria de la navegación submarina. En este pun to no ha sido todo exceso de entusiasmo; hay que conceder algo á la falta de noticias.
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Ha influido también mucho la impresionabi lidad propia de nuestro carácter y especial manera de ser. Aquí no vive nada ni nada muere por sí; nace ó desaparece por los exce sos ó por los defectos de la opinión. Se apasio na: pues todo se ha ganado. No se apasiona: pues todo se ha perdido. Esto que por axiomático tengo, me trae á la memoria lo ocurrido con el teniente Cazorla (de Infantería del Ejército), autor de un pro yecto de globo dirigible, con el cual se prome tía demostrar que había resuelto el problema. Pues bien; Cazorla peregrinó por antesalas y ministerios; concurrió al Senado y al Con greso, consumió sus pobres recursos en estéril propaganda, pidió, suplicó, cuasi mendigó; pero la opinión no se apasionó y Cazorla no consiguió nada. Como era un fanático de su propia obra, el desaliento que le produjo la frialdad de todos, le mataba; por fin halló una sociedad que reunió un capitalito insignificante, pero podía intentarse la construcción del aeróstato. A llí mismo donde se construía sentó sus reales Cazorla, á cuyo efecto se habilitó una mediana choza á aquel infeliz á quien la vida se escapaba por minutos. Era de verlo puesto horas y horas en cu
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clillas, frente al terraplén donde los operarios trabajaban, siguiendo con mirada febril el pro greso de la obra en que cifraba tantos sueños de gloria; pero Oazorla sentía avanzar la muer te, y más de una vez entrecortada la voz por la angustia que le devoraba y dejando rodar ardientes lágrimas por las enrojecidas meji llas, murmuró con el acento de un desespera do agonizante: ¡No lo veré!...... ¡No lo veré!...... ¡Y no lo vió! Quince días antes del señalado como proba ble para la primera ascensión, una tarde (1) en que el globo ya sujeto por larguísimo aparejo, oscilaba mecido por el aire, Oazorla, sintiendo llegar su último momento, intentó con ansia arrastrarse fuera de la habitación que le servía de albergue, y quiso morir dirigiéndole su pos trer mirada; pero no pudo conseguirlo, y en tonces, ya con el estertor postrero se arrojó sobre los trozos sobrantes del lienzo que ha bían servido para construirlo, y allí apenas caído entre aquellos queridos despojos, exhaló el último suspiro.... Su hijo siguió dirigiendo la construcción. Era el único depositario del secreto del padre. (1) Junio de 1888.
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Mas ¡Hen vengas mal si vienes sólo! Ocho días después de la muerte desastrosa del infeliz Cazorla, un furioso vendaval destrozó el glo bo; la obra no quiso sobrevivir al desgra ciado autor, y con indignación tal vez, se hizo m il pedazos. El bijo de Cazorla, pobre mucbaclio de 17 á 18 años, creyendo que le exigirían alguna responsabilidad, huyó la noche misma de la catástrofe y no sé que aún se tengan no ticias de él.... Recientemente ha examinado un ingeniero, recogiendo informes y restos del globo, el siste ma que empleaba Cazorla para dar la direc ción, y dioese que el procedimiento lo pareció maravilloso, y aun se añade que es muy posi ble la formación de otra nueva sociedad. De la exactitud de estas últimas noticias no puedo responder; como me lo contaron lo cuento. Pero en fin, ¿no es verdad que todo esto e« horriblemente desconsolador? ¡Infeliz Cazorla!... No encontró quien dijera que con su globo llegaría á la luna, y murió víctima de la frialdad de la opinión. ¿Será verdad que entre nosotros para con seguir algo es preciso desnaturalizar las cosas, exagerar, deslumbrar aun á riesgo de dejar ciegos á muchos?
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¿Habrá que justificar á cuantos ocupándose del Peral lian forzado la máquina? ¿Será cierto que era de imprescindible ne cesidad hacerlo así? ¡Qué tristeza inspira todo esto!
Convengamos, sin embargo, en una cosa más, y es á saber: que las apariencias no pueden ser más desconsoladoras. Porque en estas mismas cuestiones de nave gación submarina, ¿no han resultado desaten didos los Sres. Cabanyes y Bonet? ¿Y habría ocurrido lo mismo, si dejando ha cer, hubieran resonado á tiempo las cien trom petas de la fama?
Yolvamos á nuestro tema. Es el hecho, que en España se estudia ac tualmente el problema de la navegación sub marina, y existen los proyectos de los señores Peral (en pruebas), Cabanyes y Bonet (infor mado por la Academia de Ciencias y con al gunos trabajos hechos) y Mier, respecto del «ual hasta ahora no se sabe que se hayan h e-
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olio ensayos preliminares ni emitido informes. Pues bien; siendo grande el entusiasmo que ban despertado los proyectos del Sr. Peral, en tusiasmos justificados, porque los esfuerzos de aquellos que desean prestar importantes servi cios á la patria deben ser reconocidos y esti mulados siempre; habiéndose demostrado que los españoles ausentes de la madre patria no por esto dejan de seguir con ávida mirada los sucesos que se desarrollan en la Península, y tienen anhelo por coadyuvar al mejor éxito de los trabajos sobre submarinos, ¿por qué no en cauzar todos los esfuerzos á un fin común? ¿Por qué no tratar de la formación de una junta, si bien domiciliada en el ministerio de Marina, reforzada con el concurso de los hom bres más eminentes del país en ciencias físicas y matemáticas, cuya junta fuese la encargada de emitir informe acerca de los proyectos que se presenten? ¿Por qué no estimular el entusiasmo de nues tros conciudadanos al objeto de recaudar las mayores sumas posibles, para emplearlas en la forma que determinase la junta en cues tión? ¿Por qué no allegar el concurso de persona lidades importantes al objeto de conseguir que no obstante el plan general de economías, a l-
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ganas de las que aim pueden hacerse en Mari na se dediquen á aumentar el fondo destinado á sufragar los gastos de experiencias en el ra mo que se menciona? Y por último, ¿por qué no tratar de que esa junta procediese desde luego á dictaminar so bre lo que debiera hacerse con los proyectos de los Sres. Gabanyes-Bonet y Mier?
No cabe duda que en una ú otro forma, hay que prestar grande atención á este problema de la navegación submarina militar, que á juz gar por lo que va pasando, se hallará sobre el tapete con más furor que nunca, en esta últi ma etapa del siglo X I X , y no habrá segura mente quien pretenda, que no se auxilie más que á un solo autor de proyectos, así como no puede pretenderse tampoco que el auxilio sea extensivo á todo el que lo pida, sin más razón que esta de manifestar sus pretensiones. Búsquese la fórmula aplicable al caso, y sea cual sea, adóptese, y desviando á un lado fan tasmagorías é idealismos, viniendo al terreno de la realidad, y encerrando las esperanzas dentro de un limite racional, trabájese sin des canso, porque el asunto lo merece, y auná sus 11
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verdaderos límites reducidos, hay todavía mu chos laureles que cosechar. Adelante, pues, el Sr. Peral y cuantos se sientan con alientos para estudiar este hondo prohleira de dotar á las marinas militares de una nueva y potente arma. Si una prueba sale mal, repítanse ciento; si un proyecto resulta defectuoso, firme en él hasta perfeccionar lo; si á la obra común concurren una, dos, veinte inteligencias, bien venidas sean; si el particular necesita auxilio, auxiliémosle todos; si el Estado lo llegara á necesitar, auxilíesele también. En suma, trabájese en serio, sin al garadas, sin exageraciones, pero trabájese y ¡adelante siempre! ¡Y dé Dios el triunfo á quien mejor lo gane!
APENDICES 1.» CONFERENCIA ACERCA DE » p L A R I N O jf>ERAL>' EN EL /TE N E O DE JVIADRID EL 18 DE ^VIARZO DE 1889. 2.0 jfllSTORIA DE LA NAVEGACIÓN SUBMARINA. 3." pLTIMAS NOTICIAS,
CONFERENCIA
S e S o res:
(a) El deseo de presenciar alguna parte de las pruebas del nuevo proyecto do torpedero submarino, debido á un oficial de nuestra ar mada, me determinó á Hacer una excursión al departamento marítimo de Cádiz, á cuyo pun to me llamaban también otras cuestiones de índole puramente privada. A llí recibí cartas de algunos cariñosos ami gos míos, que me excitaban para que á mi re (a) Para mayor ilustración de los benévolos lecto res y por lo que comprueban algunas de las afirmacio nes que hice, he adicionado mi discurso con varias notas.
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greso á esta corte les comunicara impresiones de cuanto Hubiese visto y observado, y tal in dicación me estimuló á pedir sitio al ilustre Presidente de este centro, para ocupar la cá tedra luego de verificadas las pruebas prelimi nares , prometiéndome yo que de este modo el A teneo tuviera noticias directas de cuanto allí Hubiese ocurrido, bien que la crónica resulta ra imperfecta como producto de quien era. Nuestro digno Presidente acogió con aplau so mi proyecto. Desde tal instante, conceptué que Había contraído un deber para con el A te neo ; y aun cuando suspendidas las pruebas apenas inauguradas, no me creí desligado del compromiso. Em ití mi opinión acerca de los extremos que podría abrazar la conferencia, me puse por completo á las órdenes del A teneo , en espera de instrucciones para darla ó no, y al regresar ayer, recibí una comunicación de la secretaría, noticiándome que Hoy era el día fijado para que ocupase este sitio, para lo cual según después supe, me Había cedido su dere cho un dignísimo compañero, á quien ahora manifiesto por ello toda mi gratitud. He aquí, señores, en breves frases la Historia de esta conferencia, dentro ya de la cual em pezaré por advertir, que vengo sin preparación de ninguna clase, no sólo por la falta material
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de tiempo, sino porque además no voy á dilu cidar problemas científicos, sino á deducir al gunas consecuencias, después de hacer un rela to ligeramente comentado, de lo que pude ob servar con m otivo de la inauguración de las pruebas, y del examen de ciertas corrientes de la opinión, en orden á la cuestión de que se trata. Una de las cosas que habían forzosamente de preocupar á quien se propusiera concurrir á las pruebas del P&ral, era resolver el proble ma de seguirle en su marcha y maniobras; tu ve la fortuna de hallar el problema resuelto, por la galantería del propietario (6) del vapor Garibaldi puesto á disposición del representan te de E l Liberal (c) y donde también vinieron el de La Iberia (d) y La Voz Montañesa (e) y algunas otras personas. A las ocho de la mañana, con sol espléndido y mar deliciosa, levamos ancla el día de la inauguración de las pruebas para dirigirnos hacia los caños del arsenal de la Carraca, ca (6) Aprovecho la ocasión de manifestar nuevamen te mi gratitud al Sr. Duarte. (c) D . Mariano Araus. (fl) E l Sr. Cantin. (e) No conservo en la memoria el nombre de este señor: sólo si que es pariente del Sr. Peral.
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minando como quien no tiene prisa, porque sa be que le sobra el tiempo, á poco más de '¡^ de máquina, A las diez dábamos fin al agradabi lísimo paseo, amarrando sin dificultad en uno de los bombos (/), j digo sin dificultad, por que la hubiera á no estar prevenidas las auto ridades de marina, las cuales concedieron per miso para que sin traspasar la Avanzadilla, es to es, sin penetráronla parte de loe caños á don de están los diques, pudieran situarse las em barcaciones particulares para presenciar la sa lida del submarino. Una vez desembarcado, me dirigí á la capi tanía general, tomando el camino que conduce á San Fernando, única via posible. Sabía que el Sr. Peral estaba invitado á al morzar con el capitán general {g) del departa mento y me prometí con tal motivo verle en el edificio. {/ ) Especie de bateas que unidas á voluntadforman un puente desde la A v a n z a d illa , término del camino de San Fernando á la Carraca, hasta la entrada del arse nal. Durante el paso de la maestranza, el puente está tendido por completo; pero fuera de estos momentos ó sea una hora por la mañana y otra por la tarde, se corta suprimiendo bateas, que se amarran paralela mente á las que quedan. { g ) E l Exorno, señor contralmirante D. Florencio Montojo.
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Tuve 6U efecto la fortuna de encontrarle, y aproveclié los escasos momentos de que podía mos disponer, para hacerle algunas preguntas sobre la seguridad de éxito en los diversos problemas que se bahía propuesto resolver, y le oí con gran satisfacción que estaba comple tamente tranquilo respecto de los cálculos he chos. Me apresuré á volver á bordo del GaríbalrH, una vez conseguido mi deseo; en la Avanzadi lla, y también por la parte del arsenal, veíanse ya grupos de gentes que se disponían á pre senciar el esperado suceso; en los caños tam bién se había aumentado el movimiento, con la llegada del Península, donde arbolaba su insignia (h) El Impavcial, á cuyo bordo se en contraba la señora de Peral; el Ketty trayendo á las autoridades de Cádiz; el María Gracia con el club de regatas; la lancha de vapor do la Gerona, con crecido número de guardias ma rinas y algunos oficiales, y en suma, todo el que pudo encontrar albergue en una embarca ción de vapor lo aprovechó, pensando y con (h ) Puede decirse esto con tanta más propiedad cuanto que en ol mesana del vapor ondeaba un g a ll a r d ete triangular con el nombre del periódico en letras enormes.
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razón; que era el medio más seguro de poder seguir constantemente y de cerca al submarino. Orecia la impaciencia con más rapidez que marchaba el tiempo; por fin, á las doce llega ron el capitán general, el general Llanos (j) ayu dante de S. M. la Reina, el Sr. Peral y el ayu dante de la primera autoridad del departamen to. La falúa del arsenal los condujo al remol cador desde donde se proponía el contralmi rante Montojo presenciar las pruebas, y donde por consiguiente arboló su insignia. De allí la falúa condujo al Sr. .Peral— saludado cariño samente por todos nosotros— al submarino, y en este momento comenzaron á poblarse las riberas de los caños por la parto del arsenal, de centenares de sus obreros y de las familias que allí viven, mientras que por la Avanzadilla crecían los grupos aun cuando no tanto como era de presumir, seguramente por la descon fianza que tendrían muchos de que se les per mitiese permanecer en aquel sitio, dado el ca rácter preliminar de las pruebas. La ansiedad era inmensa y los momentos (J) Falleció como es sabido el 6 de Abril. ¡Quién pensara entonces que su nombre había de borrarse tan pronto de la lista de los vivos! ¡Descan se en paz!
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hacíanse solemnes. Allá á lo lejos veíase al go que se movía sobre la superficie de las aguas y que podía suponerse que era el sub marino. Afirmaban algunos que divisaban bien todos sus movimientos y los comunica ban, ciertos ó no, á los que en vano pugnaban por ver claro. Súbito tremoló en aquel objeto que asemejaba una mancha blancuzca sobre el verde de las aguas, la bandera española; el objeto se movió distintamente marcando algu nas ligeras evoluciones, y por fin, enderezó su marcha hacia el sitio donde estábamos, ó sea, hacia la salida de los caños. Dieron los espectadores rienda suelta á su entusiasmo; no había mano ociosa; se aplaudía con frenesí según el submarino flotando al aire su enseña, pasaba por delante de los apiñados grupos. Cuando llegó á donde estábamos, fren te al remolcador que conducía al capitán ge neral, cerca del crucero Castilla, el vapor L egazpi y algunos otros pequeños buques de gue rra, la animación llegó á su colmo. E l Peral, asemejando enorme cetáceo sobre cuyo plateado lomo reflejaban los rayos de un sal abrasador, avanzaba majestuosamente á media máquina (h), produciendo un ruido ron(k )
Asi lo dijo el ü r . Peral al desfilar por delante
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co y sostenido, á semejanza de bramidos de fiera— qne así algunos llamaban al submarino, — creciendo con estas fantasías el calor del aplau so; los buques de guerra tenían en las vergas sus tripulaciones, que contestaban con gran entusiasmo los vivas que daba desde los puen tes la oficialidad, y así, entre aclamaciones, aplausos frenéticos y saludos cariñosísimos, el Peral navegaba convoyado por todas las em barcaciones que antes cité, y en las cuales deslumbrados cuantos en ellas iban por la ga llardía de aquella marcha triunfal, dábanse como resueltos todos los problemas y confir madas todas las esperanzas. Así marchábamos y comenzaba á circular el rumor esparcido por los más impresionables, de que posible fuera que se presenciara en aquel dia hasta alguna prueba de sumersión, cuando al intentar hacer una virada, observó se que el submarino si bien la concluyó, pare cía obedecer más al impulso recibido que al efecto útil de la máquina, notándose seguida mente la inmovilidad en que quedó. Compren dióse, pues, que si el motor habia actuado en del remolcador que conducía al capitán general, aña diéndole, que aquel dia no hacía pruebas de velocidad, sino simplemente de máquina.
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el primer momento de la virada, se limitó á esto, concluyéndose por la velocidad adquiri da y ayuda del timón; pero nada más. Era de sospeohar, por consiguiente, que algo extraordinario liabia ocurrido en el submari no; por más que al exterior aparecía completa mente tranquilo, porque es hora de decir que el Peral no llevaba cerrada la torre, sino abier ta, y en el interior sólo iban dos de sus tripu lantes, los Sres. Mercader y García Gutiérrez, á quienes el comandante daba órdenes, por medio de un tubo acústico que salía por la porta de la torre, elevada sobre una plata forma que la rodeaba próximamente á esa mis ma altura, á contar de la superficie de las aguas, y en la cual iban como se deja indica do, el Sr. Peral, y además, los Sres. Oapriles, Iribarren, Moya, Novo y Colson, un contra maestre y un marinero. Pues bien-; en los primeros instantes, los de la plataforma continuaron en igual actitud que se encontraban al empezar la virada; no se notó en ellos indicio alguno de alarma; pero el submarino prolongaba su situación y se vió muy luego descender al interior al Sr. Peral, y hablar después con el capi-, tán general, á cuyo efecto el remolcador se había acercado. Terminado el cambio de im
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presiones, esta embarcación dejó caer el ancla. La sospeclia, pues, se confirmó, haciéndose evidente la avería al ver á la lancha de la Ge rona haciendo esfuerzos por dar remolque al Peral, aunque sin éxito por poca potencia de su máquina, y en tal conflicto, el Península, que como las demás embarcaciones se había ofrecido, dió un cable y amarrado facilitó el remolque, quedando el Peral á flote y en di rección al arsenal; soltó entonces la ama rra y con un solo motor, á juzgar por el juego del timón, emprendió la retirada al dique. Dije que el Peral quedó á flote á efectos del remolque, lo cual supone una varada. Asi fuá en efecto. Preocupados sin duda los tripulan tes que al interior del submarino iban, con el accidente ocurrido y que en su principio se nos dijo que era debido á recalentamiento en los ejes, no se fijaron en el manejo del timón, y la marea llevó al submarino, como al Gari haldi donde yo estaba, como al Península mis mo, sobre los fondos fangosos de los caños y encallamos. Pué tarea fácil para nosotros y para el P e nínsula, salvar el obstáculo; no asi el Peral, pues inutilizado uno de sus motores, aunque trabajó con el otro, no consiguió vencer la di-
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ficultad, por lo que tuvo necesidad de auxilio en la forma antes dioha. Durante el retorno, hasta que se amarró el submarino poco más allá del sitio donde habia salido, los aplausos se oyeron de nuevo, dando á entender al Sr. Peral que no debía desani marse ante aquel primer contratiempo, por sensible que hubiera sido. Y lo fué en efecto. No he de ocultar que el término inesperado de las pruebas causó en muchos honda y penosa impresión, pues si bien la averia en uno do los motores por falta de aislamiento—que á ello y no á haberse re calentado la chumacera de empuje se debió el accidente según dicen— ó en fin, cualquier otro de ese orden no era de una importancia abso luta, no podía desconocerse que por tratarse de la clase de barco de que se trataba, tenía el accidente mucha importancia relativa. Desde aquel día, y diciéndose que se traba jaba para recomponer el motor, no se habló na da de pruebas; pero el 10 á hora próxima de la de salida del correo trasatlántico español Viz caya, hallándome en la capitanía del puerto de Cádiz, llegaron el representante de La Corres pondencia de España (1), el corresponsal de El (?)
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Qloho (m) y otras personas, manifestando gran sobresalto á causa de no encontrar embarca ción que les llevase al arsenal de la Carraca, á donde á todo trance querían ir, porque corría por la ciudad la noticia de que el submarino iba á conducir á bordo del vapor correo Viz caya al Sr. Gapriles—uno de los tripulantes del Feral como es sabido,— que nombrado para desempeñar uno de los gobiernos civiles de la Isla de Cuba, no podía demorar más su parti da, á pesar de que las pruebas á que pensaba asistir no se babian verificado. No di crédito á la especie tal como á mis oi dos llegaba, por más que se decía que el Fenínsula babia recibido órdenes reservadas á las altas boras dé la nocbe anterior, para es tar por la mañana en los caños de San Fer nando, y con efecto babia salido, y el Garibal di bacía una media bora que babia salido tam bién, en virtud de instrucciones telegráficas. Nepito, sin embargo, que no di crédito á la especie de que el submarino viniese á Cádiz para recibir á uno de sus tripulantes, y llevar lo á bordo; supuse sí, que podría tener Peral la intención de llegar con su barco al costado del Vizcaya en vía directa desde el arsenal. (m)
E l Sr. A y a la , a te n e ísta g a d ita n o.
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para despedir con sus demás compañeros á Capriles, y en mi creencia me afirmé, cuando oí al oficial de guardia de la capitanía del puer to, que Oapriles estaba ya á bordo del correo. En tal supuesto, embarcamos todos en el va por auxiliar de la compañía trasatlántica ha ciendo rumbo al Vizcaya, contando con una promesa valiosa del representante de esta em presa naviera (n), porque nos había ofrecido que si en efecto hacia su aparición el subma rino, nos trasbordaría al Garibaldi, desde cuya embarcación hacíamos cuenta de seguir al P e ral, tal vez en actitud de continuar sus prue bas, á pretexto de la despedida. Ya en el Vizcaya, el representante de La Co rrespondencia preguntó al Sr. Oapriles si era cierto que proyectaba Peral venir á despedirle en el submarino, y Oapriles manifestó, que en efecto la tarde anterior le había hablado algo de ello el Sr. Peral, si bien no afirmó ni pro metió nada en definitiva, por lo cual ignoraba si la ausencia obedecía á cambio de planes ú otras razones. Los vapores que habían ido al arsenal no aparecían y esto nos hizo sospechar que en efecto se había tratado de poner en movimien(n)
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to al submarino; ¿por qué no llegaba?¿sehabría repetido la avería en el motor ó habría ocurri do otra nueva á pesar de que en las pruebas sobre amarras verificadas el día anterior, ofre cieron excelente resultado las máquinas, se gún se había dicho? E l caso fué, que sin poder satisfacer nues tro deseo de averiguar por entonces lo que fue ra del submarino, llegó la hora de levar an clas el Vizcaya, sin que el Peral arribase. Nos restituimos pues á bordo del auxiliar, y luego de convoyar al correo corto espacio de tiempo, cambiáronse los saludos de banderas y nos separamos, poniendo proa á la alta mar el Vizcaya y haciendo nosotros rumbo á Cádiz. Dedicáronse los periodistas á adquirir noti cias, y por la noche obtuvimos la confirmación de los rumores que venían esparciéndose des de la tarde. Había en efecto intentado Peral llegar con su barco al Vizcaya, y en los primeros instan tes todo marchó bien; soltadas las amarras, an duvo unos treinta metros, pero faltó de nuevo el motor descompuesto, consistiendo el defecto, según explicaciones del Sr. Peral, en la inte rrupción del paso de las corrientes en una bo bina de la máquina de babor, por falta de ais lamiento en los alambres, lo cual produjo por
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las derivaciones, quemazón en la envoltura.
Se pensó en reparar la avería, valiéndose del único operario inteligente en máquinas eléctricas de que dispone el Sr. Peral; pero habida consideración á que se invertiría mu cho más tiempo que enviando el motor á In glaterra, se acordó que el Sr. García Gutié rrez sin pérdida de momento marchase á Lon dres, para que la casa constructora enmendase las imperfecciones. Así se hizo, y con tal motivo fué oficial la noticia de que las pruebas preliminares queda ban aplazadas por algún tiempo, no demasia do largo según cálculo probable, pero tampoco tan demasiado corto que permitiera esperar sobre el terreno á cuantos habían llegado á Cá diz y San Fernando, con objeto de presenciar las. Comenzó, pues, un rápido desfile. Esta es, señores, en breves y desordenadas frases narrada, la historia de cuanto en aque llos sitios ocurrió en relación con el hecho fun damental de que vengo ocupándome ante la benévola atención del A teneo, y contando con que he de seguir por ella favorecido, me per mitiré hacer algún breve comentario acerca del nuevo proyecto de submarino en relación con los. problemas que se propone resolver; y después, partiendo de la base de que las prue-
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bas confirmen como todos deseamos las espe ranzas del autor, coronando así brillantemen te sus importantes trabajos, expondré mis im presiones acerca de cuál entiendo que ha de ser la influencia efectiva de este arma de com bate y cuál sea la que pueda ejercer en el por venir naval de nuestra patria, ya considerado en si mismo, ya en relación con el poderío na val de las demás naciones. Juzgo, señores, que una vez que del proyec to de submarino Peral hablo, no está demás que me ocupe del último extremo de que aca bo de hacer mención, porque no es un secreto para nadie, sino una triste verdad muy cono cida, que por circunstancias difíciles de expli car satisfactoriamente, en la apreciación de lo que pueda ser el nuevo submarino y de lo que de él pueda esperarse por la influencia que ejerza, no ya en la táctica naval, sino en un soñado engrandecimiento marítimo de Espa ña, hay una gran masa del país que está com pletamente fuera de la realidad, con grave perjuicio á mi entender del autor del proyecto y de la seriedad nacional, que peligra ante ciertos arrebatos y fantasías inspiradas en el más puro patriotismo, es verdad, pero arreba tos fantásticos al fin. Vamos por partes.
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Sabido es que desde el siglo X V I (o) vienen haciéndose trabajos más ó menos felices, rela cionados con el problema de la navegación sub marina, y desde William Bourne y Van Drebbell basta' Zedé en Francia y Peral en Espa ña, son muchos los hombres de ciencia que han puesto mano en el estudio del problema llamado de la navegación submarina, y respec to del cual y asi comprendido en fórmula tan general y vasta, me imagino, y en ello estoy de acuerdo con el autor de un folleto (p) re cientemente publicado, que no tiene solución si por n a v e g a c i ó n s u b m a r i n a ha de entenderse el dominio del interior del mar, á semejanza del dominio de su superficie; y es más, en ta les términos planteada la cuestión, creo que nadie se ha propuesto seriamente resolverla. Pero contra la opinión de ese mismo autor sostengo, que ni puede entenderse por navega ción submarina la realización de pequeños via jes por debajo del agua, esto es, de capuzadas de cortas horas que puedan dar y den buques preparados para el caso, porque esto llamárase (o) Hay quien empieza la narración de estos estu dios á partir desde época anterior á Jesucristo. (p ) L o s buques su b m a rin os, por el capitán de fragata D . Emilio Euiz del Arbol.—Madrid.—1889.
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á lo sumo capuzamiento submarino sin resolver nada— como nada en efecto lia resuelto hasta ahora de un modo satisfactorio, — ni puede comprenderse dentro de tal fórmula el proble ma de la navegación submarina en relación con las defensas marítimo-militares; esto es, el dominio del interior del mar, en manera bastante para constituir el manejo de los bar cos destinados á tal uso, preferentemente un nuevo sistema de defensa de los litorales; ra zón por la cual, me permito llamar á esta cla se de navegación navegación sub-litoral, que es en sustancia la que juzgo que trata de resol verse desde el siglo X V I para fines más ó me nos militares, sin que en honor á la verdad la haya resuelto nadie hasta ahora de un modo completo. Hasta ahora, repito, ni ese mismo problema de la navegación sub-litoral, dedicada especial mente á ser utilizada como medio para nuevos armamentos marítimos, está resuelta. El sub marino de guerra no es otra cosa que un tor pedero que en vez de marchar á flote, camina bajo el agua; ¿es que puede admitirse resuelto el problema con el tipo Goubet que usa la ma rina rusa, ó el Xordenfeldt que usa la marina turca, modelos uno y otro admitidos, sobre to do el segundo como el más perfecto?
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El estudio de ambos decide desde luego por la negativa, aparte de que, bastaría considerar que ni la marina francesa, ni la inglesa, ni la italiana los emplean, para comprender que no es tan valiosa la adquisición. No hay, no, en la actualidad torpedero sub marino que pueda presentarse como arma per fecta de defensa para costas y puertos. ¿Qué nación se envanece de tener de tal modo res guardados sus litorales por los submarinos, que considere sustituidos con ventaja sus medios de defensa? ¿cuál ba dado ya la preferencia al torpedero submarino sobre el torpedero á flote? Vengamos, en corroboración de ello, á exa minar las condiciones esenciales que ha de reunir un barco submarino. G ran
v e l o c id a d e n
t e . —Dicese
l a n a v e g a c ió n á f l o
que el Nordenfeldt anda hasta 15 millas empleando el vapor. E l almirante Páris sostiene que la Gijmnote anduvo 10 '/^ millas con motor eléctrico. Si estos datos, con espe cialidad el último, son ciertos y el Sr. Peral los supera con su tipo de motor eléctrico, su triunfo será importante; y si no fuera exacto que la Gymnote hubiese logrado la velocidad de 10 Vj millas y la alcanzara el Sr. Peral, es claro que seria la más potente hasta hoy ob tenida con motor eléctrico.
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C onservar cha
l a h o r iz o n t a l id a d e n l a m a r
BAJO EL AGUA Á LA PROFUNDIDAD CALCU
L A D A . —^En este punto son por igual
deficien tes todos los sufimarinos conocidos liasta el día, y aquí es donde el Sr. Peral se propone conseguir uno de sus mayores triunfos. V i s u a l i d a d d i r e c t a b a j o e l a g u a . — En mi Humilde opinión, es el problema más impor tante y más difícil, porque no se puede abor dar de frente. No es dado al Hombre vencer imposibles. Es de necesidad, pues, acudir á los medios indi rectos, y no es presumible obtener una solu ción perfecta aHora ni nunca. Este será siem pre el gran escollo de la navegación subma rina. No quiero ocuparme de otras cuestiones muy importantes también, relacionadas con el pro blema general de que Hablo; lo dicHo me basta para afirmar, que no ya en la navegación sub marina, sino en la navegación sub-litoral en caminada á aumentar los armamentos maríti mos, no se Ha pasado de un circulo imperfecto y limitadísimo, resultancia de planes mejor ó peor calculados, pero Harto deficientes en la práctica. ¿Por qué, pues, se Ha de suponer que este problema de la navegación sub-litoral puede
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darse por resuelto con anterioridad á la pre sentación de los planos del Peral? No; no pue do admitir semejante afirmación, y por lo mis mo añado, que si en materia tan importante hay un sabio, cualquiera que él sea, que llegue á dar un paso más en la resolución, no ya de todas las cuestiones pendientes, sino de cual quiera de ellas, habrá adquirido envidiable glo ria y tendrá justos títulos al reconocimiento de sus conciudadanos y á que los poderes públi cos le concedan todo su apoyo para que avance en sus descubrimientos por la constancia de estudios que abarquen, si es necesario, una existencia entera, sin caer en desalientos por no haberlo conseguido todo de una vez, que de ese modo no se resuelven los grandes pro blemas, sino poco á poco; no por saltos, que asi es difícil vencer, sino como obra la natu raleza, lentamente y por grados. Ahora bien; ¿resolverá el submarino Peral alguno ó algunos de estos problemas pendien tes de satisfactoria solución? Claro está, seño res, que aun cuando he tenido la satisfacción de conferenciar con el Sr. Peral, y aunque éste haya sido conmigo complaciente y expresivo, pero no en mayores proporciones de lo que su deber le permite, no puedo yo, ni aun pudiendo lo haría, hacer una descripción detallada y
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exacta, ni siquiera aproximada de lo que el torpedero es. Pero me permitiré más ó menos aventuradamente—las pruebas confirmarán ó anularán mis apreciaciones—decir algo de lo que yo me figuro que pueda ser el submarino en relación con estos problemas. De la marcha á flote ya he indicado algo; añadiré ahora, que si es cierto que el mal re sultado de la primera prueba de marcha obe dece sólo á imperfecciones de construcción en uno de los motores, lo cual parece comprobado por el hecho de que de dos motores iguales, el uno ha trabajado bien respondiendo á los cál culos, y es sólo su compañero el que ha expe rimentado averia^ y teniendo en cuenta ade más que á menos de media máquina ha mar chado á razón de seis millas (q), bien puede sospecharse que cuando se emplee toda la fuer za disponible se obtendrá un andar de 11 7j á 12 millas (r), superior á las obtenidas hasta ahora á flote con motores eléctricos. En cuanto al aparato de profundidades y servo-motor, ¿quién puede hacer cálculos sobre Esto se ha dicho. Debo consignar como es bien sabido que esta manera de hacer cálculos no es matemática ni mucho menos; pero no quiero que me tachen de pesimista. (q ) (r )
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SUS mayores ó meuores probabilidades de éxi to no conociendo las reformas hechas? Pero en fin, si se tiene en cuenta que según se dice el autor del mejor torpedero submarino hasta hoy por tal reputado, ofreció al Sr. Peral toda clase de ventajas para que le permitiera utili zar su aparato, y si se tiene en cuenta tam bién que el proyecto del submarino Peral ha pasado por el examen de la junta superior con sultiva de la armada (s) y del ministerio de Marina, junta compuesta de almirantes ilus tradísimos y que por razón del cargo tendrán noticia más exacta que la que pueda tener cualquiera oficial de lo que en otras naciones se ha progresado respecto del dicho aparato de profundidades y servo-motor y esta junta ha dado su visto bueno á los diversos planos de qire constan las partes de que el Peral se com pone, no creo muy arriesgado suponer que en el aparato en cuestión se haya realizado un ventajoso adelanto que se aproxime, ó tal vez resuelva de plano semejante y difícil problema. Y por lo que hace á la cuestión que me ima gino como más esencial, ó sea, á la de hallar el medio de ver directamente bajo las aguas, me permitiré manifestar que lo que es ver ba(s) Asi lo tengo entendido: ignoro si será cierto.
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jo la superficie del mar tal como pueda verse estando á flote, por lo menos en cuanto sea ne cesario para la útil aplicación de la navega ción submarina, repito lo que dije antes, juzgo que es un problema que abordándole de frente no tiene solución posible por el carácter lúci do pero no trasparente de las masas de agua, sean verdes, sean azules, sean como sean. Ha3' que luchar con leyes naturales irreductibles, y me parece que sobre tal extremo habremos adelantado lo mismo hoy que hace diez años que dentro de veinte. En este problema se ha de rodear pues, huyendo la dificultad por me dios indirectos más ó menos ingeniosos. Dedúcese de lo expuesto, que la visualidad bajo el agua es el principal escollo que se opo ne al perfecto resultado de un buque submari no cualquiera, y bien estará por consiguiente no olvidar la nota característica de tal cues tión, para avaluar mejor el mérito que se con traiga, venciendo hasta donde se pueda, por obra del ingenio humano, esta imposibilidad de ver bien á largas distancias á través de las masas de agua, base esencialísima para el éxi to de un arma de combate cual la de que se trata. ¡Cuán digno de aplauso es, pues, el que se lanza, y más en nuestro país, no muy abun-
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danto en hombres que gusten dedicar sus es fuerzos á la resolución de hondos problemas científicos cuajados de dificultades de todo gé nero, cuán digno de aplauso es, repito, el que acomete una empresa cual la acometida con tanta fe, constancia y entusiasmo por Peral! Cualquiera que sea el resultado de sus ím probos trabajos y fatigas, no debe regateár sele la gratitud, no desanimándolo porque tro piece con dificultades, sino estimulándole si por acaso su espíritu decayera en las futuras experiencias. Si lo que Peral ha ofrecido realmente— no lo que han dicho que haya podido ofrecer, pues se ha limitado como no podía menos de suce der segiin tengo entendido, á la navegación submarina bastante para la defensa de costas y puertos, ó sea la que he llamado sub-litoral,— si lo que ha ofrecido, repito, 6 algo de lo que ha ofrecido se realiza, adquiriéndose la evi dencia de que sus esfuerzos dan fruto y pro meten más, habría fundamento bastante para confiarle en definitiva la dirección de los tra bajos científicos de ramo tan importante, en tre los diversos que componen el material de la marina de guerra, y animándole siempre en sus esfuerzos, podríamos aspirar al legitimo orgullo de llegar antes que otra nación á la
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resolución científica más completa que pudie ra darse, en materia tan difícil y tan intere sante. De este concurso científico, no hay que des viar á nadie. Digo esto á propósito de la exis tencia de proyectos análogos al de Peral, y que á igual fin conspiran; pero lo que entien do también es, que si hay otros españoles que han acometido esa improba tarea de in tentar el dominio relativo del submar, deben seguir el mismo procedimiento que Peral, si es que aspiran al auxilio del Estado. Para las cuestiones que se relacionan con la marina de guerra, tiene la nación un órgano especial ó sea el ministerio de Marina; á él me parece que deben dirigirse los autores de pro yectos y no imitar, porque no resulta prác tico, al que ó á los que han entregado los pla nos sellados y lacrados en la redacción de un periódico; así ¿qué consiguen? Digo esto sin el menor ánimo de molestar al autor ó auto res en cuestión, sino todo lo contrario, inspi rándome en el mejor deseo. Llegamos por fin á la última parte de esta mi desordenada disertación, y para lo que me resta que decir, voy á partir del supuesto de que el submarino Peral ha vencido hasta don de es posible vencerlas todas las dificultades
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cientiñcas que se ofrecen á su manejo; esto es, que marcha sin tropiezos consiguiendo gran des velocidades á flote, mantiene su posición horizontal en marcha, dispara sin peligro ex traordinario para el submarino mismo, tiene un vasto radio de acción, la vida es posible por muchas horas en incomunicación con el exterior, utiliza la aguja, y por último ve bajo el agua con relativa perfección. Dejemos el problema ó los problemas cientí ficos para ocuparnos de la aplicación práctica. La marina de guerra española tiene un ar ma de combate más; en la lista de su material flotante, se consignan á más de los torpederos á flote, ó si se quiere sustituyéndolos, los tor pederos submarinos. Ahora bien. ¿Qué influencia racional puede concederse á esta arma de combate en nuestro porvenir naval y en relación con el poderío marítimo de las demás naciones? En este punto, independiente del éxito de las futuras pruebas, ya en el conjunto, ya en los detalles, pues que como el A teneo habrá ob servado, parto de los supuestos más favorables y definitivos para el submarino Peral', en este punto, repito, preciso será combatir la exage ración que como tuve el honor de decir en un principio, sin fáciles explicaciones, se ha apo
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derado á lo que se observa de una gran parte de la opinión, compuesta no sólo de personas cuya ilustración es más ó menos discutible, sino de otras cuya energía intelectual y cuya cultura no hay para qué desconocer. Se ha llegado á pensar, en efecto, y lo que es peor, se ha llegado á decir y se sostiene en distintas regiones de nuestra patria y por per sonas de todas las clases sociales como cosa indudable, que si el submarino ofrecía en las pruebas el resultado calculado por el autor del proyecto, era inmediato el engrandecimiento y poderío naval de España, al punto que se co menzaría desde luego por la recuperación de G ibraltar, haríamos algo en seguida para ganar la supremacía de los mares y acabaríamos sabe Dios dónde, porque hay imaginaciones tan apasio nadas y ardientes, que suponen cosa de menor cuantía realizar los prodigios fantásticos con que bordó Julio Verne su primorosa leyenda de las Veinte mil leguas de, viaje submarino, y no falta quien suponga empresa fácil lle gar con las escuadras de submarinos— aun non-natas y ya á tantos usos destinadas— hasta el fondo de los mares en sus más hon das profundidades, y una vez allí, sacando tal vez los brazos, recoger hasta satisfacer las mayores harturas, los enormes tesoros que
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la mar encierra en sus inexplorados senos. ¡Cuánto delirio y cuánta fantástica locura! Dejemos á los que imaginativamente han llegado hasta el fondo de los mares para ha cerse ricos, dejémoslos en tan agradable ocu pación entretenidos hasta que espontáneamen te despierten, y hagámonos cargo de las sus piradas preponderancias marítimas á cuenta del secreto y de la eficacia de una nueva arma de combate, para decir que ni ahora ni nunca se ha ciado ni es admisible que se dé el caso, de que de una manera nigromántica y por mo do misterioso, una nación, cualquiera que ella sea, pero menos si es pequeña, de modesta im portancia militar y contados recursos, haya adquirido ni adquiera la supremacía en nada ni para nada á cuentas de un invento, si así quiere llamársele. Ni en la guerra continental ni en la guerra marítima, se ha conseguido ni puede conse guirse el triunfo por sólo la bondad de un ar ma que tiene su influencia en el éxito de las luchas, no hay que negarlo, pero cuya princi pal garantía está en el hombre, que es el ele mento esencial del combate. A la victoria se va por la reunión, por la su ma de complejas condiciones en las cuales figu ran en primer término el estado moral, social y is
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político de un pueblo, su organización general m ilitar y marinera, sus medios de acción, su situación en el mapa, su carácter, condicio nes y preparación para la ofensiva ó para la defensiva en relación con el carácter ofensivo ó defensivo de la campaña, estado y progreso de sus tácticas, situación de su Tesoro, calidad de sus generales__ ¡cuántas y cuántas, en fin, son las concausas que determinan para cada momento histórico, el engrandecimieto ó la ruina de los pueblos, su auge ó su decadencia, su energía ó su debilidad, y qué varios los fe nómenos que en cada caso se presentan, para recoger los laureles del vencedor ó las amargu ras del vencimiento! ¡Cuánto delirio y cuánta patriótica locura, repito, y qué extraño aparece tener que ocu parse en serio de estes lamentables extravíos! ¿No es verdad que resulta extraordinaria mente anómalo esto de creerse y propagarse, que por tener un arma más de combate, llega ríamos á ser poderosos á cuentas en último término del secreto de un invento, milagro que no puede esperarse (s) ni jamás se ha dado (s) Posteriormente á mi conferencia en el Ateneo de Madrid, ha disertado acerca del mismo asunto en el Ateneo de Cádiz el Sr. Ayala, corresponsal de E l G lo b o ,
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ni sobre tan endeble base se puede fundar na da, pero menos que nada, el engrandecimien to de un pais? ¿Por qué, pues, se ba de creer que ese descu brimiento sea tan eficaz y pueda darnos tal pre ponderancia, que nos autorice á hacer peticio nes inocentes cerca de potencias poderosas? Aun que el arma fuera de mayor eficacia de laque se le quiera suponer, ¿es que se la considera tan y entre otras cosas ha dicho, según E l D i a r i o de C á d iz de 7 de Abril, lo siguiente: «El Sr. Peral tiene la plena convicción de que su se creto hahia sido revelado, ignora por quién. «Caso de que otros lo aprovecharan, podría el señor Peral probar no pertenecía á ellos el invento. «Además, el sabio marino posee cartas de un cons tructor extranjero, pidiéndole autorización para ha cer pruebas submarinas, puesto que conocía todos los aparatos descubiertos por el Sr. Peral. «Éste contestó negativamente. «Considera inútil la real orden disponiendo el secre to de las pruebas del submarino P e r a l.n Bien pronto, pues, se ha confirmado mi afirmación, y la doy por confirmada porque supongo que el confe renciante gaditano habrá sido eco fiel de lo que el propio Sr. Peral ha dieho, lo cual parece indudable, pues á pesar de la gravedad y trascendencia de lo ma nifestado por el Sr. Ayala, no ha sido rectificado por el ilustre marino, ni por ninguno de los tripulantes del P e r a l.
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segura é infalible, que sea capaz de proporcio narnos un éxito completo en todas las empresas y aventuras que apoyándonos en ella intente mos acometer? Pues algo existe ya que contra rresta tal creencia. ¿Se ha olvidado acaso lo que ocurrió en las pruebas preliminares? Aquel ac cidente nada tiene de extraño; nada más fácil por eso que su repetición en cualquier momen to, sin exceptuar por decentado el de un com bate. Si navegando el barco, no sumergido sino á flote, y hallándose, no en sitio ignorado— que es su principal misión— sino rodeado de embarcaciones y gente perita, pues entre aqué llas se recordará que iban el remolcador qire conducía al capitán general con otro almiran te, y además la lancha de la Gerona con gran número de guardias marinas y algunos oficia les, costó tiempo y trabajo— por razón de la naturaleza de las cosas, pues no quiero supo ner que haya sido por otra alguna— poner de nuevo en marcha al submarino, si este mis mo accidente hubiese ocurrido bajo las aguas y sin auxilio exterior, ¿qué suerte hubiera sido la del Peral, ora le hubiera faltado la máquina ó encallado, ora le hubiesen ocurrido ambas cosas á la vez como el día en cuestión? Por consiguiente, bien se observa que el arma es de grave riesgo, porque ni se ve bajo
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como sobre el agua, ni es fácil ocultarse siem pre que quiera sin peligro de inutilizar sus me jores operaciones, ni puede responder de za farse por si de cualquier ligero encallamiento bajo el agua, y fundamenta toda su seguridad si el motor es eléctrico, en la de máquinas im perfectas al punto que ya se ha visto, pues basta un leve descuido en la forma de cubrir un alambre ó en su defecto un leve error de cálculo para que no funcione el motor; por más, que tratándose de la confianza y facilidad en la aplicación de las máquinas eléctricas para emplearlas como agentes de la navegación, bastarla para formar juicio fijarse en que aún no se han aceptado para los barcos á flote (í), y claro es, que no será por exceso de bondad. E l porvenir, pues, de las tripulaciones de estas clases de barcos es muy problemático, á riesgo siempre de verse faltos de aire respirable, de luz interior y exterior y expuestos á los mil caprichos de máquinas delicadísimas, lo cual hace pensar que los submarinos serán. (t) Muy recientemente se han empezado á utilizar en botes pequeños. Según noticias, existen 22 lanchas movidas por la electricidad que van de una á otra ori lla del Támesis. En Francia también se hacen expe riencias con algún éxito desde 1881. Todo esto puede servir de fundamento á nuestras opiniones.
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el arma del momento supremo, del sacrificio, el liltimo recurso, pero no podrá hacerse de ellos el arma de uso constante y ordinario como otro buque cualquiera de guerra, lo que después de todo es bien lógico. ¿Cuántos siglos hace que se trabaja para vencer los múltiples inconvenien tes é inseguridades de la navegación á flote? ¿Se ha conseguido acaso evitar sus escollos? Pues si tal sucede en la superficie, juzgúese lo que tiene forzosamente que ocurrir cuando el hombre intente penetrar en un elemento por completo desconocido para tales fines y dentro del .-cual no está su medio ambiente na tural, puesto que no dispone de medios natu rales apropiados, y hay que inventarlo todo: hasta el valor. No hay que perder de vista, por otra parte, que el submarino no es más que un torpedero sumergido; ahora bien, ¿qué ocurre en los tor pederos á flote, respecto de los cuales se llegó á pensar no en que tal ó cual nación se hiciera prepotente, sino que la guerra naval tocaba á su fin porque los torpederos la harían imposi ble? Pues sencillamente que no tan sólo la lu cha marítima continúa siendo empresa corrien te, sino que el torpedero á flote aun en tiempo de paz se va desacreditando en vez de adqui rir prestigio.
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Inglaterra se hizo la ilusión de que tenía resuelto el problema de la ofensiva y defensi va naval por la perfección de sus tipos do tor pederos. Apresuróse á construirlos, y con pre texto de un simulacro se propuso estudiar las condiciones de estos barcos. No hace muchos años que tuvo lugar (u) y vió con dolorosa sor presa que estaban muj*^ lejos de responder estas armas á las esperanzas que respecto de ellas se había forjado, pues los torpederos inferio res á cien toneladas no podian aguantar la mar siquiera, y en cuanto al efecto ritil de la máquina y aptitudes de las tripulaciones, el desencanto no fue menor. La fe en el torpedero á flote, y cuenta que tiene en parte grandísimas ventajas sobre el submarino, se va perdiendo fvj. Saludemos con (a) Para dar cuenta de este simulacro escribí un articulo titulado M a n io b r a s n a v a les en I n g la te r r a , pu blicado en E l R esu m en el 29 de Julio de 1885. ( v ) Con posterioridad á mi conferencia, ba sido nue vamente confirmada por los sucesos esta afirmación mía. Véase lo que la A g e n c ia F a b r a circuló por telégra fo en la prensa europea en los dias 23 y 24 de Marzo último: •nEl to rp ed ero 110
P arís 23.—En el Consejo de ministros celebrado hoy, el de Marina ha anunciado como probable la pérdida
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fruición los nuevos tipos submarinos, pero no saquemos las cosas de quicio. Si lo que se quiere es estimular el trabajo y premiar el mérito, no se necesita tampoco lle var las cosas tan lejos; por el contrario, perju dican al mismo á quien se pretende favorecer. Este problema de la navegación submarina,, aun aplicado y circunscrito con especialidad á la defensa de costas y puertos, es de suyo del torpedero 110. Cuatro torpederos salieron del Ha vre el dia 21 á las tres de la madrugada con tiempo bonancible; pero á poco rato cambió éste, pudiendo acogerse en el Havre y Cberburgo tres de los buques citados. E l lio desapareció, habiendo sido inútiles to das las pesquisas que en su busca se han hecho. Por el ministerio se ha resuelto que todos los torpe deros del tipo del 110 sean retirados, para proceder á su trasformación. P a k i s 23.—E l ministro de Marina, almirante Krantz, contestando en la Cámara á una pregunta de Mr. Martimprey, dice que existen 50 torpederos del tipo 110, que ha desaparecido, y confirma que van á adoptarse las medidas convenientes para dar á este tipo de bu ques mayor estabilidad. La reparación costará 15.000 francos próximamente por cada torpedero, y antes de que vuelvan á prestar servicio se harán minuciosos ensayos. Mr. Martimprey se declara satisfecho y da las gra cias al Gobierno; pero Mr. Wicltpsheisner solicita que la pregunta se convierta en interpelación. Después de un corto debate sobre la conducta de las
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tan hondo, complejo y difícil, que basta con resolverlo á tales límites reducido, para enal tecer un nombre y honrar una patria. No hay que escatimar en semejante caso ni el aplauso ni la recompensa. El que triunfe, si es un oficial de marina, ¿por qué había de repugnarse verlo ocupando un puesto en el Estado Mayor General de nues tra armada y desempeñando funciones directicomisiones encargadas de la admisión de los torpede ros, se adopta una orden del día sencilla. A coid tn te. m a rítim o
P aeis 23.—Circula esta mañana la grave noticia de haber naufragado otro torpedero francés, señalado con el núm. 110. L a catástrofe ocurrió, según parece, cerca del H a vre, pereciendo parte de la tripulación. Paitan detalles. Cheebuego 23.—Se confirma la pérdida del torpe dero francés núm. 110, pereciendo ahogados catorce de sus tripulantes. L a inseguridad que ofrecen esta clase de buques, por lo propensos que son á zozobrar en mares gruesas, lla ma seriamente la atención y demuestra la impruden cia de hacerlos maniobrar cuando está malo el tiem po. Entre los marinos se observa una reacción respec to de las ventajas de los torpederos, cuya misión que dará reducida á lo sumo á la defensa de los puertos.« Me creo excusado de todo comentario.
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vas importantes que le facilitasen el mejor éxito de sus estudios y trabajos? ¿Quién mejor para probar en su día, no sólo la eficacia de cálculos científicos, sino la del arma de comba te cuando llegase el momento de operar y an tes el de organizar y disponer los servicios convenientemente? Pero ante todo bay que concretarse á venir á la realidad de las cosas. El dominio de los mares será siempre de las naciones capaces de armar potentes escuadras, empleando de con tinuo muchos millones en sostenerlas y aumen tarlas. El Parlamento inglés votando, como acaba de votar, ventiun millones de libras ester linas para construir setenta buques de guerra que añadir á las formidables flotas que posee, afirma silenciosamente y como quien apenas hace nada su pujanza marítima; los que aquí dan un espectáculo diario con las bravatadas de futuros é inconmensurables planes, ponen en evidencia nuestra debilidad. En últinjp tér mino, cabe afirmar que ciertos pensamientos no cumple á una nación seria vocearlos. Si lo extraordinario sobreviene, que nos sorprenda, pero no lo esperemos, y sobre todo no lo anun ciemos, porque la Europa entera nos contem pla. He concluido.
HISTORIA DE LA NAVEGACION SUBMARINA
Eesulfcaria incompleta esta obrica si no se consignaran en ella algunos antecedentes his tóricos acerca de la navegación submarina, á manera de preparación para seguir con algún conocimiento de causa la dirección que en E s paña y fuera de España, sigan los trabajos des tinados á resolver el problema de hallar el me jo r submarino posible. Varias reseñas históricas se han publicado entre nosotros de poco tiempo á esta parte; pero indudablemente la de más autoridad es la que ha visto la luz pública en la E evista ge neeaij de M arina , órgano oficial del ministe rio de Marina, redactada en la Dirección de H i drografía por ilustrados oficiales del cuerpo general de nuestra armada.
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’Oreemos por tanto, que es el texto más ve ridico y comprobado, y en tal virtud á conti nuación le insertamos, después de advertir que está tomado del cuaderno primero del año de 1889, correspondiendo al tomo X X I V . Dice así: Preocupada hoy la opinión pública, no sólo en Espa ña, sino en todo el mundo civilizado, con los diferen tes problemas que debe resolver la navegación subma rina, y que, con más ó menos fundamento se espera han de quedar resueltos en breve plazo, cree de impres cindible obligación la R evista general de Marina dar á conocer á sus lectores, en sucinta reseña histó rica, las tentativas y los progresos de la navegación por debajo de la superficie de las aguas. Más antiguo de lo' que generalmente se cree, es el intento del hombre en hacer teatro de sus conquistas el fondo de los mares: convertido en buzo, se atrevió á visitar los dominios de Neptuno, como lo demuestra el vaso de C a r e , hallado en Cervetri, y que se conserva en el museo del Louvre. Su pintura representa las ha zañas submarinas de Teseo, coronado por Amfitrites con una guirnalda de plantas acuáticas. Los griegos tenían buzos, como Scyllis, que cortaba por debajo del agua los cables con que estaban ama rradas las naves del Rey de Persia. Durante el sitio de Tiro por Alejandro el Grande, sitiadores y sitiados se valían de buzos, los unos para el ataque, los otros para la defensa; y en todas las na ciones de la antigüedad existían buzos militares, como s»3gura Philon de Bizancio, al enumerar entre sus
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obligaciones las de cortar las amarras de las anclas y abrir rumbos en las obras vivas de las naves bloqueadoras: recomendando al mismo tiempo que para evitar los ataques de los buzos enemigos, deben las embarca ciones estar muy vigiladas y protegidas con vigas flo tantes guarnecidas de aguzados tridentes. Felipe Augusto, en la Edad media, á imitación de los romanos, mantiene buzos que le auxilian en sus empresas belicosas, y los buques de guerra franceses llevaban marineros cuya cometido era horadar con agudas barras en diversas partes el fondo de las naves enemigas. Como el hombre no puede permanecer bajo las aguas el tiempo necesario para trabajos de importancia, vi nieron luego los aparatos de bucear, desde la campana sumergida verticalmente, y que conservaba buena can tidad de aire para la respiración del buzo, hasta la mo derna y perfedoionada escafandra. Avida la humanidad de conquistas, no le bastaban los esfuerzos individuales; aspiraba al completo domi nio de las aguas; en una palabra, necesitaba resolver el problema de la navegación submarina. Cuéntase ya que Alejandro el Grande se arriesgó á entrar en una nave que marchaba sumergida; pero desde aquel tiem po nada vuelve á decirse de tal empresa hasta el in tento de “WiHiam Bourne, á fines del siglo X V I , y del holandés Cornelio Van Drebbel, que hizo sus experi mentos entre las aguas del Támesis, acompañando al Rey Jacobo I. En el siglo X V I I exponen Fournier y Merzenne los principios de la navegación subáquea. En 1774 el inglés Day sucumbió en la primera prue ba hecha en el puerto de Plymouth, apareciendo su buque mucho tiempo después.
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E l primer intento que puede llamarse verdadera mente científico, fué el del norte-americano Bushnell, que construyó una embarcación con objeto de hostili zar á los buques ingleses y en favor de la independen cia de la antigua colonia británica. Era un bote muy pequeño, supuesto que el únioo tripulante que llevaba, podía permanecer sólo media hora bajo el agua, á cau sa del poco aire respirable de que disponía. Su forma era la de una concha bivalva herméticamente cerrada: en su parte superior llevaba un cilindro con ventani llos, que servia á la vez de entrada y de observatorio; por medio de una válvula, que se manejaba con un pie, se permitía entrar el agua necesaria para la inmer sión del bote hasta una profundidad conveniente, y que determinaba un manómetro. Arreglábanse los mo vimientos de propulsión, ascenso y descenso por medio de dos hélices, movidas á mano y dispuestas una por encima de otra en un ángulo de 45", la primera hori zontal é inclinada la segunda. Llevaba 200 libras de lastre, que á voluntad podía arrojarse, y con auxilio de una bomba impelente se echaba fuera el agua que admitía para la inmersión. Con este bote se intentaba fijar en el fondo de las naves enemigas cartuchos de 150 libras de pólvora que debían hacer explosión por medio de un aparato de re lojería. Después de Bushnell aparece Fulton en 1797, dando un paso más con su N a u tilu s , asi llamado por el nom bre del animal cefalópodo del género A r g o n a u t a . Dos hélices paralelas y horizontales servíanle de propulsor y de gobierno en su marcha, asi como otra vertical le permitía el ascenso y la inmersión. Como arma de guerra llevaba un verdadero torpedo, que consistía en una caja de cobre con 80 á 100 libras
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de pólvora: de él hizo uso en la bahía de Brest, volan do un barco fondeado, en presencia del almirante V illarez. E l torpedo iba amarrado á un palo en cuyo ex tremo había un arpón destinado á clavarse en el fondo del barco enemigo: en esta disposición se daba fuego al depósito de pólvora por medio de un aparato de re lojería, ó con una llave que por una cuerda y desde á bordo del N a u tü u s se hacia caer sobre el fulminante y determinaba la explosión. Napoleón no apreció debidamente la importancia del invento de Fulton, y éste marchó á los Estados U n i dos, donde empezó la construcción de otro submarino, el M a te , ó barco mudo, que no pudo terminar, porque le sorprendió la muerte. En 1809 emitieron los sabios franceses Biot, Monge y Carnot, favorable informe acerca del submarino C oéssin , como hábil para navegar encima y debajo de las aguas, el que con el nombre de N a u tile se en sayó en el Havre; su tripulación de nueve hombres de bía dirigirse de noche hasta los buques ingleses y po ner en sus obras vivas cierto núrnero de camisas em breadas. Poco tiempo después, un inglés llamado Johnson, con objeto de librar á Napoleón de su cautiverio en Santa Elena, construyó otro barco-buzo de 100 pies de eslora; pero no lo utilizó para su designio porque no estuvo concluido en la fecha requerida, ó sea el 5 de Mayo de 1821. Pasados algunos años, navegó entre las aguas del Támesis el mismo Johnson, acompañado de varias personas, permaneciendo encerrado con ellas por espacio de ocho ó diez horas consecutivas, sin ex perimentar la menor molestia. Cada tentativa era un paso más para la solución del anhelado problema. E l inglés Shuldam fabrica en 1824
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nn barco, con el que desciendo en Portsmoutb á 30 pies de profundidad; y en 1825 el oficial de la marina francesa Montgéry traza su buque-buzo -el I n v isib le, de 86 pies de eslora, 23 manga y 14 de puntal; pero no llegó á construirse. Desde aquel tiempo queda en olvido la navegación submarina basta 1853, en que resucitó la antigua idea el inglés Nasinyth con su nuevo barco cerrado, espe cie de cureña que había de soportar un poderoso mor tero, cuyo objeto era dirigir sus tiros entre dos aguas contra la obra viva del buque enemigo. Tras de este apareció en 1855 el buque-buzo del mecánico ruso Batter, que maniobraba bastante bien y permanecía bajo el agua unas ocho hoi'as. Los buques-cigarros estuvieron en boga algún tiem po; pero aunque navegaban medio sumergidos, no eran propiamente submarinos. No sin razón podemos decir que nuestro compatrio ta Monturiol dió un gran paso para la navegación sub marina. En 19 de Abril de 1859 se expidió una real orden autorizando al inventor para hacer las pruebas de su Ic tín e o , y disponiendo que las autoridades de Ma rina le prestaran todo auxilio y protección donde quie ra que se verificasen los ensayos. Veintiuno hizo con feliz éxito en Barcelona y Alicante, siendo muy nota ble el que llevó á cabo delante del duque de Tetuán, presidente del Consejo de ministros, y de otras muchas autoridades, sumergiéndose acompañado de cuatro personas, y permaneciendo bajo el agua durante dos horas y veinte minutos. Púdose apreciar la facilidad y soltura en los movimientos del I c tín e o por medio de dos astas de 7 m. de longitud, colocadas á popa y á proa. Otra prueba importante se hizo en Barcelona el año
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1862: iban 10 hombres; anduvo entre las aguas durante cinco horas, y respiraban sus tripulantes con aire quí micamente obtenido. Tenia el I c tín e o , de conformidad con el nombre que ostentaba, la figura de un pez; marchaba por medio de una hélice, de eje horizontal, y con otra que llevaba •en su parte inferior subía, descendía ó se mantenía eni;re dos aguas. Iba provisto de aletas á popa y á proa, unas para diogar y otras para ciar, asi como de ojos armados do fuertes cristales en la proa, en los costados y en la es cotilla. Con árboles mecánicos podía cortar, barrenar ó recoger un objeto si era necesario. Como el pez tenia vejigas natatorias de presión, por cuyo medio se hacia más ó menos pesado que el agua que desplazaba, se gún debía ascender, bajar ó conservarse á la altura <jue le convenía. Para asegurar la respiración de los tripulantes, llevaba almacenado oxigeno comprimido, ó lo producía durante la navegación, descomponiendo, el bióxido de bario ó el bicromato de potasa con el áci do sulfúrico, ó bien lo extraía del agua del mar, como naturalmente lo hacen los peces. Con tal profusión se atrevía 4 gastar el aire respirable, que, no sólo disponía de todo el necesario para la tripulación, sino que se permitía llevar encendidas constantemente seis bujías de esperma, que lucieron en las pruebas, sin advertirse en su luz la menor alte ración. E n la propulsión desplegaba Monturiol un verdade ro lujo de ciencia, produciendo fuegos especiales en calderas á propósito, y uno do ellos era la combustión del zinc por el peróxido de manganeso. Para descubrir algún espacio á su alrededor, iba provisto el I c tín e o do dos aparatos de luz eléctrica, uno '
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á proa y en su parte baja, y otro á popa en la más ele vada; siendo giratorias dichas luces, de modo que pu dieran iluminar el exterior en todas direcciones. Respecto á la parte militar del Ictíneo, nada dejaba» que desear, puesto que disparó en las pruebas un ca ñón giratorio que arrojaba proyectiles bueco-ojivales de 8 kg. de peso, y lanzaba torpedos. Como notable particularidad, debe indicarse que el Ictíneo estaba compuesto de dos barcos, uno exterior y otro interior, en donde iban los tripulantes, circulando el agua en el espacio que mediaba entre ambos barcos. En una palabra, Monturiol, según las entusiastas expresiones de inolvidable contralmirante D. Miguel Lobo, ha dotado al mundo con un aparato que, una ves de bajo de las aguas, y con sus propios elementos, reúne las tres circunstancias de vida, mocimiento y luz.
Todos los esfuerzos de D. Narciso Monturiol fueron estériles, quedando su Ictíneo en poder de los acreedo res, y muriendo pronto, quizá bajo el peso de su dis gusto, aquel hombre eminente. Después del insigne inventor español, en 1863, cons truyó Alstilt en Mobila un buque submarino de hierro fundido y de 21 m. de eslora: dividía el barco en dos partes un mamparo horizontal, sirviendo la superior para uso de la tripulación y maquinaria, y la inferior estaba dividida á su vez en cierto número de compar timientos que podían recibir, según los casos, aire, agua, carbón ó víveres. Verificábase la propulsión con auxilio de una hélice, movida por una máquina de va por al navegar sobre la superficie ó por motores eléc tricos cuando marchaba sumergido, lo cual lograba haciendo entrar agua en algunos de los comparti mientos inferiores. Un hombre colocado en la garita de la cámara vigi
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laba el exterior y marcaba el rumbo. Para hacerse in visible, bastábale sumergirse 0,91 m., en cuya profun didad quedaba todavía bien alumbrado por la luz solar. En el mismo año de 1863 se hicieron pruebas en Rochefort del barco sumergible el Plonc/eur, ideado por Bonrgeois, y construido por el ingeniero naval francés M. Brun: la forma del buque era la de un pez grueso ó de un cigarro corto y aplanado en un tercio de su circunferencia. Media 44,5 m. de eslora con un puntal de 3,6 m., y calaba, al estar á flote, 2,8 m., quedando 0,8 m. de obra muerta. Tenia una hélice á popa, un ti món vertical y dos horizontales que facilitaban su as censo y su inmersión. Estaba dividido el barco de popa á proa en dos partes por una crujía; una división ser via para la máquina de aire comprimido de 80 caba llos de fuerza, y la otra contenía, en una serie de tu bos, aire comprimido á 12 atmósferas. Debajo de estos compartimientos tubulares se hallaban otros destina dos á recibir el agua necesaria para la inmersión del buque. Por medio de un mecanismo particular podía desprenderse, á voluntad, del casco, una parte trans formada en bote salva-vidas para la tripulación com puesta de 12 hombres. Las experiencias hechas en el puerto y en la mar tuvieron resultado satisfactorio. Poco más ó menos de la figura del P lu n g e u r era otro submarino que el americano Winan ensayó en el T ámesis el mismo año de 1864, y después hizo para el Yacht Club de San Petersburgo un barco-cigarro per feccionado: era un cilindro de plancha de acero que terminaba en dos agudas proas, con una eslora de 78 m. y una sección transversal de 4,88 m . de diámetro. Del casco, que casi enteramente se sumergía, se destaca ban en lo alto un puente con dos chimeneas y dos pa
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los. Dividido el interior en oclio compartimientos es tancos, quedaba alumbrado por varias portillas de luz colocadas alrededor, y ventilado por medio de un apa rato que la máquina del barco movía. Además de la quilla de hierro, llevaba en la bodega lastre para asegurar la estabilidad é impedir la ten dencia á dar vueltas que tiene todo cuerpo redondo su mergido en el agua. Junto á las hélices iban á popa y á proa dos timones de hierro. Sus máquinas, de alta presión, desarrollaban una fuerza de 1.500 á 1.800 ca ballos. No tuvieron las pruebas de este buque gran resulta do, ni las de otros muchqs que se ensayaron en Rusia por aquel tiempo y que costaron grandes sumas. La guerra de secesión en los Estados Unidos (1861 á 1865) dió nuevo impulso á la navegación submarina. E l Gobierno de Wàshington encomendó á un ingenie ro francés la construcción de un torpedo sumergible destinado á volar en Norfolk el célebre buque confe derado el M e r r im a c . Tenía el torpedo la figura de un cigarro, de 35 pies de largo por 6 de diámetro, y en su interior había un compartimiento ocupado por el agua necesaria para su descenso, que podía expulsar á vo luntad con el auxilio de dos bombas impelentes. A pe sar de aquel lastre, necesitaba llevar á bordo, para asegurar la inmersión, 16 hombres. Marchaba lo mis mo sobre la superficie que entre dos aguas con el auxi lio de 8 pares de remos simétricamente colocados en sus bandas. Permitían la visión gruesos lentes de cris tal y producían atmósfera respirable dos aparatos: uno para suministrar el oxigeno y otro al que iba á parar el aire viciado, pasando por un depósito de cal. Cuando estuvo construido el buque, desapareció el inventor y se evidenció la poca seriedad del invento.
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Un mecánico de Estocolmo construyó en 1865 nn barco, el cual recorría considerable distancia bajo el agua. Hacia el mismo tiempo se hizo el barco-buzo de Descbamps, que presentaba dos particularidades: una de ellas, observada en el I c t i n e o de Monturiol, era la de extraer el aire del agua del mar; y otra, que un tri pulante podía sacar los brazos por unas aberturas don de iban adaptadas dos mangas de caucbuc. Durante la guerra de secesión de los Estados Unidos aparecieron multitud de barcos submarinos, y uno de ellos, (jue se ensayó en el lago Micbigán, permaneció cuatro boras bajo el agua, sin que volvieran á ocupar se más de él; lo mismo ocurrió con el construido por el americano Villeroi, cuyo buque era de hierro y de unos 35 pies de largo: por medios químicos se purifica ba el aire en su interior. Se hicieron las pruebas en Newcastle (Delaware) y estuvo el inventor con 8 hom bres cinco horas en su barco sumergido. En 1872 construyó Mr. Halstead su I n te llig e n t W h a le en Brooklyn. Era una embarcación de 9 m. de eslora y llevaba 13 hombres de tripulación, pudiendo estar diez horas consecutivas bajo del agua. A pesar de la feliz disposición de sus compartimientos estancos, no tuvo el éxito que esperaba el Gobierno de los Estados Unidos. Vienen después, en 1876, los botes submarinos de Garrett: el R e s u r g a m tenia 45' de largo, y su forma era la de nn cilindro terminado por ambos lados en dos co nos. En la parte central y cilindrica llevaba timones y émbolo de desplazamiento. So hicieron con él una se rie de pruebas, estando en una de ellas cerca de trein ta horas sumergido. A l fin se perdió en la costa del principado de Gales. Cuatro submarinos construyó Mr. H dland, de Nue
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va York, desde el año 1877 en adelante: el primero de mostró la ventaja de poseer fuerza ascensional: el se gundo en 1879, dió buen resultado en sus disparos con cañones neumáticos, haciendo cuarenta pruebas; pero sin poder estar sumergido más que dos horas y media, mientras duraba el aire que contenia en su interior. E l tercer bote se hizo con objeto de probar excelentes aparatos de gobierno .bajo el agua, el nuevo motor que lo impelía y la seguridad para lanzar torpedos. E l cuarto y último barco, de 50' de eslora y 8 de diá metro, iba armado de un cañón neumático de 9", que arrojaba proyectiles de 150 libras de peso, con un al cance de 150 yardas cuando flotaba sobre la superficie y de 40 entre dos aguas. Para corregir el rumbo del buque se empleaba una cámara lúcida que tenia un tubo, el cual salía fuera del agua: el objeto especial de este aparato era el asegurar las punterías. Otro de los barcos submarinos recientes es eldeNordenfelt, construido el año 1885 en Estocolmo: consistía en dos conos de plancha de acero, unidos por sus ba ses: su eslora era de 64' y el mayor diàmetro de 9': en el centro tenia una escotilla circular que servia de en trada y de observatorio para los tres hombres que lo tripulaban: en sus brazolas tenia varias portillas de luz. E l centro del bote debajo de la escotilla de entra da era el único espacio libre: por la parte de proa de este espacio había una caldera que generaba el vapor necesario para mover una máquina colocada en la par te opuesta. E l bote se movía horizontalmente por me dio de una hélice, así como otras dos dispuestas por la parte de fuera y en medio de su eslora, servían para vencer la fuerza ascensional, haciéndolo sumergir á voluntad del operador, y de una manera automàtica, hasta cierta profundidad. Cuando el barco descendía
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más de lo necesario, el agua misma movía una válvu la de balanza, y entonces el vástago de ésta cerraba la del cuello de la mác[uina motora. A proa llevaba dos timones horizontales compensados. Para navegar sumergido se servia de vapor calenta do á una temperatura de 150' á 160“, que utilizaba al principio á la tensión de 9 atmósferas, después de ha ber desarmado la chimenea y cerrado herméticamente la escotilla. Este buque no dió resultado satisfactorio. Poco después, en 1887, hizo el mismo constructor dos buques para el Gobierno turco, al parecer con buen éxito, tanto en la superficie como debajo del agua. E l último submarino de Nordenfelt, construido pol los planos de Mr. Garrett, el mismo año, tiene 125' de eslora, por 12 de manga y 230 t. de desplazamiento en teramente sumergido y 160 á flote. Su máquina es de 1.000 caballos de fuerza, y trabaja á 10 atmósferas da tensión, siendo su andar sobre la superficie de 15 mi llas y 5 sumergido. Lleva dos hélices de ejes verticales, colocadas en los extremos del casco, que sirven para hacerlo sumergir, y para vencer la fuerza ascensional de 500 libras que posee el buque bajo el agua. V a provisto de cuatro ti mones horizontales, dos á popa y otros dos á proa, y dos cúpulas que le sirven de observatorio. Su arma mento consiste en dos tubos á proa para lanzar torpe dos Whitehead y en dos ametralladoras Nordenfelt. Con la generalización de los motores eléctricos por el uso de los acumuladores; con la aplicación del ém bolo hidrostático debido á Courbebaisse, uno de los in genieros que intervinieron en la construcción del P lo n yeitr, del almirante Bourgeois; con la del servo-moror de Farcort, y con el notable invento del péndulo regu lador de ’SVhitehead, empleado en 1872 con brillante
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éxito en su torpedero automóvil, verdadero buque sub marino automàtico, cuyo secreto rigoroso en un prin cipio, respecto de su aparato de profundidades, boy es perfectamente conocido entre los hombres especialis1 as de las marinas, han podido construirse en estos illtimos años y en diferentes naciones, muchos buques submarinos más ó menos perfeccionados, en los que ya, no aparecen los inconvenientes de los anteriores. E l primero, digno de mención, es el de M. Goubet de 18S5, que tiene la forma de un cigarro aplastado, con una torre en la parte superior que sirve de entra da y de observatorio; su desplazamiento 2 ‘/j t., y está movido por la electricidad, que va almacenada en acu muladores; la hélice presenta la particularidad de que, con el cambio en la dirección de su eje, el barco go bierna y se mueve hacia todos lados. Contiene aire comprimido que renueva el necesario para la respira ción de los dos tripulantes, y para el movimiento de las bombas que han de expeler el aire viciado y lastre de agua. En la parte exterior de la popa lleva un tor pedo con lio libras de’dinamita que se desprende á vo luntad. Cuando quiere hacerse uso del arma, el subma rino se coloca debajo del buque enemigo, que puede ver, con el auxilio del cristal de la cúpula, y entonces suelta el torpedo, que por su fuerza ascensional y por medio del anillo de garfios que lleva encima, se adhie re, según dice su inventor, á los fondos del buque á quien hostiliza. Logrado este objeto, el submarino se aparta de aquel sitio filando el alambre conductor hasta que juzgue hallarse á conveniente distancia, en cuyo momento da fuego. Una bomba do doble efecto mantiene automática mente el equilibrio longitudinal por medio de un pén dulo, el cual actúa á la menor inclinación, y hace que
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pase agua de los depósitos de proa à los de popa, ó vi ceversa. En caso de necesidad, pueden los tripulantes comunicarse con el exterior por medio de un mecanis mo que lanza cotetes. Tiene un lastre exterior que puede arrojarse con gran facilidad, permitiendo la as censión. E l aire almacenado va comprimido á la ten sión de 50 atmósferas, y hay el suficiente para dos hombres durante diez horas: se purifica por la potasa cáustica que absorbe el ácido carbónico. E l motor es un aparato Siemens, é impulsa al submarino con una velocidad de 5 millas. ¡Se dice que los rusos tienen 50 buques de este sis tema! (1) E l P e a c e m a k e r y el P o r p o is e son dos submarinos en sayados recientemente en los Estados Unidos. E l pri mero, ideado por el profesor Tuck, desplaza 20 t.; tie ne 2 tripulantes, y se sumerge ó asciende admitiendo ó expeliendo agua por medio de aire comprimido. Está armado con torpedos semejantes al G ou bet, pero pro vistos de electro-imanes para que se adhieran á los fondos del buque enemigo: el primer motor se compo nía de acumuladores y máquinas eléctricas, que no dió resultado, y fué sustituido por una máquina de 14 ca-
(1) Los datos anteriores y muchos de los contenidos en es ta reseña están tomados de la obra Submarine boatz, del te niente de navio de la marina dinamarquesa J. Wovgaad, im presa á mediados del año 1887. Este libro interesante contiene tres capítulos, dedicado el primero á la importancia militar de los buques submarinos; el segundo, á su descripción histórica y á sus progresos; y el tercero á la construcción de los mismos, comprendiendo el to do un tomo eñ 8.“ de 98 páginas con varios grabados. Recomendamos su lectura á aquellos de nuestros lectores que deseen tener más poimenores sobre tan importante asunto.
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ballos de fuerza indicada, de Westinghouse, y se dice que el buque anduvo â razón de 8 millas. Mr. Waldington, de Seaoombe (Liverpool), ha hecho gran número de ensayos con su barco submarino el P or]M Íse, que tiene 37' de eslora por 6' 6" de mayor diámetro. Se mueve por la electricidad con auxilio de 45 acu muladores de la E le c tr ic S to r a g e y se dice que puede recorrer una distancia de 250 millas á pequeña veloci dad. Su máximo andar es de 8 millas y de 80 su radio d.e acción con dicho andar. La capacidad de los acu muladores es de 800 ampére-hora; y la corriente má xima anotada por el motor fué de 66 ampères; siendo de 90 volts la f. e. m. se obtiene un caballo de 7,96 y una fuerza útil de 81 por 100 para el motor. E l buque lleva en los costados y en su medianía dos timones ho rizontales, dispuestos de manera que no produzcan in clinación en él, y sólo sirvan para sus movimientos de subida y bajada. Tiene además hélices verticales para conservarlo sumergido cuando el buque está parado. Los depósitos de airé comprimido, y suficientes para dos hombres durante seis horas, van colocados en las extremidades. E l objeto del inventor es que su barco submarino forme parte de las embarcaciones menores de los bu ques de combate. En estos dias, como saben los lectores de la R evista , se han hecho las pruebas del submarino francés G y m n ote en Tolón y del denominado P o in t du j o u r en el Sena. Respecto á entrambos buques sólo tenemos que agregar á las noticias publicadas ya en anteriores nú meros de la R evista, y en otros sitios del presente, que de la construcción del G y m n o te dió cuenta á la Academia de Ciencias de París M. Zedé en una nota
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que publicó L e s C om ptes ren d u s, correspondiente al 5 de Abril de 1886 y de la cual se extractan los siguientes párrafos; »La navegación submarina es cuestión que boy se agita en todas partes, y la Academia sabrá ciertamen te con el mayor interés que mi sentido y difunto maes tro M. Dupuy de Lome ia había resuelto de una ma nera práctica y sencilla. «Aseguraba que había una relación intima entre la navegación aérea y la submarina, y que el día en que la primera se resolviera, la segunda quedaría también resuelta. Ambas descansan sobre una base capital, y esta es el descubrimiento de un motor potente y lige ro que no cambie de peso durante sus funciones. «En cuanto llegó á su noticia el éxito del globo de Mendun, debido á su motor eléctrico, me dijo: «Hemos de volver al estudio del buque submarino, y acabare mos de una vez las diferencias entre torpederos y aco razados, anulando á entrambos.« Muerto M . de Lome sin haber podido llevar à la práctica su pensamiento, declara M. Zedé que el pro yecto del submarino que presentaba, y cuyas pruebas se han realizado en estos días, era el fruto de los tra bajos de su maestro. Según él, la forma de aquella clase de buques debia ser la de un huso, y aunque pudiera hacerse de gran des dimensiones, parecía prudente construir uno pe queño que probase la posibilidad de su empleo en los servicios militares. M. Zedé describió entonces su buque, diciendo: «Con tendrá depósitos de aire comprimido que permitan re novar la atmósfera y arreglar la presión interior; ten drá asimismo depósitos de agua, llenos ó vaciados por medio de una pequeña máquina eléctrica que en todo
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momento mantendrán la flotabilidad y el plano de in mersión. «Irá provisto de dos timones, uno vertical y otro horizontal, movidos igualmente por máqiiinas eléctri cas, para dirigir el buque horizontal y verticalmente. Alumbrarán su interior máquinas incandescentes, y podrá verse el exterior ya sobre la superficie, ya entre las aguas, con el auxilio de un aparato óptico parti cular. iiEn cuanto á su marcha, se obtendrá un andar de unas 11 millas, por medio del motor dinamo-eléctrico del capitán Krebs, en el que obran acumuladores es peciales.» Agregaba, en fin, en 1S86, que el éxito de su buque estaba asegurado, como en efecto ha sucedido, y que hacia público estos detalles del submarino con autori zación del ministro de ilarina, porque no había en ello el menor inconveniente. El vicealmirante Páris, después de expresar en es crito muy reciente (1) que el G y m n o te navega y go bierna perfectamente, asi á flote como sumergido; que se mantiene con exactitud rigorosa en la profundidad deseada; que su velocidad es la que se calculó; que á bordo se respira fácilmente; que la visión es perfecta hasta cierta profundidad, y que á todas gobierna bien, dice que no amplia los detalles de las disposiciones in teriores del barco, porque difieren muy poco de lo que consigna la nota presentada á la Academia de Paris en el año 1886, y por tratarse de una máquina de gue rra. Aparta de los servicios militares que pueda pres tar el G y m n o te, barcos de este tipo, añade, construidos (1) C o m p tes ren d u s d e l'A ca d ém ie d es S cien ces, to me OVII, pâg. 975 del 17 de Dioiembre de 1888.
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con cascos resistentes para soportar las presiones de profundidades algo considerables, aunque para ello sea necesario reducir su velocidad, servirán, si se les provee del conveniente alumbrado eléctrico para la ex ploración del fondo de los mares, donde con el auxilio de instrumentos adecuados podrán sorprenderse los se cretos de sus habitantes, recogiendo ejemplares de sus especies más interesantes. U n distinguido oficial de la Marina española, dota do de tan superior inteligencia como el Sr. Dupuy do Lome, y conocedor como él de los adelantos realizados en la navegación submarina y de todos los mecanis mos del torpedo W h iteh ea d , se propuso también con vertir en máquina de guerra el barco submarino, cuan do, perfeccionados recientemente los acumuladores eléctricos, ha llegado á obtenerse nel motor potente, ligero y sin cambio de peso durante sus funciones," que hace práctica aquella navegación. Nos referimos al teniente de navio D. Isaac Peral, cuyo barco sub marino ha de probarse dentro de pocos dias en la bahia de Cádiz. Aunque nosotros no exageremos la importancia mi litar de los barcos submarinos, ó más bien barcos su mergibles ó buzos, como quiere que se denominen, no sin razón, el teniente de navio de la marina dinamar quesa, Hovgaard, para evitar confusiones, toda vez que no se trata de construir barcos que constantemen te naveguen bajo el agua, sino que lo realicen en cir cunstancias dadas y por determinado tiempo; aunque no exageremos, repetimos, la importancia militar de esas embarcaciones, que sólo puede evidenciar la prác tica frecuente, como tampoco hemos exagerado nunca la de los torpederos, ni creido que hablan de acabar con los acorazados y grandes buques de combate, es-
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tando más conformes con la opinión del vicealmirante Albini, según el cual están llamadas á desaparecer, en porvenir no lejano, las dos causas principales en que estriba el poder del torpedero, ó sean la invisibilidad, en virtud de la cual puede inesperadamente atacar al enemigo, y la ninguna preparación de los buques para resistir el ataque del torpedo, cuando se inventó este arma (1); no desconocemos tampoco que los barcos sub marinos podrán sustituir ventajosamente á los peque ños torpederos en la defensa de los puertos, sin em bargo de que el radio visual de los primeros sea de pre cisión mucho menor que el de los segundos, que ya re sulta reducido por las exigencias do la guerra. Aunque tampoco participemos del entusiasmo, más ó menos reflexivo, de aquellos españoles que creen que si las próximas pruebas del submarino P e r a l dan re sultados satisfactorios, España se hallará en posesión de una máquina de guerra que no podrán poseer las demás naciones, no dudamos, sin embargo, por las es casas noticias que del barco tenemos, en cuya cons trucción ha tenido en cuenta su hábil ingeniero todos los adelantos de la navegación submarina, é introdu cido en los mecanismos conocidos, ingeniosísimas mo dificaciones que tal vez alguna merezca el nombre de invento, que el submariuo del Sr. Peral será superior á todos los construidos hasta el día, sin excluir quizá al G y m n o te . Por eso tenemos plena confianza, sin par ticipar de los temores que otros manifiestan, en que el barco del entendido Sr. Peral tendrá en sus pruebas éxito completo, como barco sumergible, lo mismo que ha sucedido con el G y m n o te , sin que por eso dejemos de ( 1 ) Página 632 del número de la R e v i s t a correspondien te al mes de Noviembre último.
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alabar las disposiciones dictadas por el señor ministro de Marina, de que se lleven á cabo, antes de las prue bas definitivas, otras preliminares que acrediten que la embarcación es impermeable ó estanca à diversas profundidades; que la respiración en su interior es fá cil durante tiempo determinado, y que maniobra per fectamente debajo del agua en diques ó dársenas donde no peligre la vida de sus tripulantes. Volviendo á considerar el buque submarino sumer gible, no se nos oculta que si en el dia es necesario un valor heroico para en embarcaciones flotantes peque ñas y débiles intentar destruir con el lanzamiento de torpedos á los poderosos buques de doble fondo, nume rosos compartimientos estancos, con resistentes redes Bullivant y buen número de ametralladoras y caño nes de tiro ràpido, no ha de ser necesario menor arro jo para realizar el ataque dentro del buque sumergi do, à pesar de que éste siempre tenga sobre aquél la ventaja de poder acercarse y separarse del enemigo sin ser visto, eludiendo así el nutrido y destructor fue go de la artillería de menor calibre de los grandes bu ques de combate. Probablemente el empleo de los submarinos apresu rará la transformación de los buques de guerra, pre vista por el vicealmirante Albini, en su escrito B u q u es d e g u e r r a d el p o r v e n ir , que perderán algo de su actual velocidad, aumentando su defensa contra el ataque del torpedo, con objeto de hacer menos eficaces los estra gos de los submarinos, que á pesar de lo incierto de sus disparos, no dejarán de ser enemigos terribles y de gran efecto moral para los buques bloqueadores ó que traten de atacar los puertos. Pero ya tenga ó no conveniente aplicación en la guerra el submarino cuyas pruebas van à hacerse en
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Cádiz, para nosotros, lo indiscutible è indudable es que la historia de la navegación submarina siempre es tampará con merecido elogio los nombres de dos escla recidos españoles, Monturiol y Peral, aunque más afor tunado el segundo que el primero, por el momento en que dedica su poderosa inteligencia y su incansable laboriosidad á la empresa, logre realizarla por comple to.—Diciembre, 188S.— L a E x a c c i ó n .
ÜLTIMAS NOTICIAS
La revista científico-industrial que se pu blica en Barcelona, titulada Industria é Inven ciones (1889.— Mes de Mayo), dice: Según vemos en el J o u r n a l d es D e h a ts , visto los bue nos resultados obtenidos en Tolón con el G y m m t e , en los ensayos que tuvieron lugar en aquella rada en N o viembre viltimo, está acordada la construcción de dos buques semejantes, cuyas esloras serán de 40 metros, en lugar de I 17 que tenia el primero.
El Resumen de 7 de Mayo de 1889: POR CORREO O iro su b m a rin o . — En Cberburgo se han efectuado pi-nebas de un 'nuevo submarino, el G o u let, permane15
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ciendo seis horas à diez metros bajo el nivel del agua, con el ingeniero y un empleado dentro. No hay más noticias.
No creemos que es Ooulef, sino Gouhet, y por lo tanto no se trata de un nuevo submarino, sino del tipo Gouhet, perfeccionado. ■Estos trabajos se ban llevado con relativa reserva, pues ni las agencias telegráficas han circulado noticias anteriores, ni posteriormen te han ampliado detalles, á los comunicados, según se ve, por carta particular á E l Resu men.
De San Fernando telegrafían á E l L i a que el señor Peral se ha encerrado en una absoluta reserva acerca de las pruebas del submarino, que parece se hacen con éxito después de colocada la nueva bobina. { L a E p o c a .—16 Mayo 1889.)
♦** E l s u b m a r in o .— I> e San Fernando escriben á L a A n d a lu c ía de Sevilla:
»Llegó de Londreíel Sr. García Gutiérrez, y con él la bobina compuesta, una nueva de repuesto, y algu nos otros aparatos eléctricos. Si solamente se tratara de la bobina, en seguida se podrían empezar las nuevas pruebas, pues diclio apa
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rato está ya instalado en su sitio, pero como hubo ne cesidad de meter el barco en dique, por el mucho fan go que en el caño se depositaba en él, y ya en el dique fuá forzoso sacarle los acumuladores, pues el peso de 30 toneladas que éstos representan no le había de favo recer, y si perjudicar mucho, nos encontramos ahora con el caso de volver á cargar dichos acumuladores— que se juzgó oportuno descargar—é instalarlos á bor do nuevamente, faena que no invertirá menos tiempo de lo que falta hasta fin de mes, y esto llevando las cosas con la mayor actividad.» ( E l D i a r i o d e C á d iz .— 17 Mayo 1889.)
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Dice un diario de Cádiz: »Ya está colocadaenel submarino P e r a l la nueva bo bina traída de Londres. Se dice que en el dique se están haciendo algunas pruebas que dan un resultado completamente satisfac torio. También hemos oido decir que el submarino irá á la bahía de Cádiz á principio de la próxima semana. Las prueba.^ oficiales, según noticias particulares que tenemos de excelente origen, se verificarán en la primera decena de Junio. Por lo menos, estos son hoy los propósitos del señor Peral.» ( E l R e s u m e n .—17 Mayo 1889.)
★ En Tolón se construye en la actualidad un buque
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submarino tipo G ym n ote, en vista de los resultados ob tenidos con éste. E l nuevo submarino será de menores dimensiones y tendrá por objeto destruir los torpedos fijos, para lo cual irá provisto de unas potentes tijeras que cortarán los hilos ó cables que los enlazan. E l mecanismo y los motores son semejantes á los aplicados en el submarino de Goubet, que en la actua lidad verifica sus pruebas en Cherbourg. { E l I m p a r c ia l .—18 Mayo 1889.)
* ** S a n F e r n a n d o 21 (9-10 n.).
Tenia informes de que el Sr. Peral había pedido pa ra hoy el dique grande. Informes de igual naturaleza me hacen presumir que se ha verificado prueba de inmersión con resulta do satisfactorio. Comunico estas noticias con las reservas que es de suponer, dado que todas las órdenes han sido de oficio y sin publicidad.—A b á sa lo . S a n F e r n a n d o 22 (12-15 n.). Insisto en que se ha verificado la prueba de que ha blo en nú telegrama anterior; pero el dique grande no quedará listo hasta el 25. Sin embargo, à causa de la gran reserva que se guarda, puede publicarse noticia como probable.—A b á salo. { E l L ib e r a l.— 2 2 Mayo 1889.)
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P e r a l en J e r e z . —D. Isaac Peral estuvo el martes en Jerez, siendo iuvitado à almorzar por el Sr. D. Julio González y visitando después las bodegas de los seño res González Byas. Dijo que las pruebas oficiales del submarino serian á mediados de Junio.
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E l s u b m a r in o .—Parece que se ban verificado pruebas de inmersión con resultado satisfactorio. E l dique grande, en que debe entrar el buque, que dará listo mañana. [ E l D i a r i o d e C á d iz . —2't Mayo 1889.)
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Ind ice
I. —Razón de la obra. I I . —Salida de Madrid. I I I . —Peraliatas y peralófobos. I V . —E l P e r a l en la mar. V. —Visita á Peral. V I . —Los telegramas de E l I m p a r c ta l. V I I . —E n el juzgado municipal. V I I I . —Una carta del Sr. Cabanyes. IX . —L a apelación. X. —E l submarino Cabanyes-Bonet. X I . —E l submarino Mier. X I I . —¡Adelante siempre! A P É N D IC E S 1 , 0—Conferencia
acerca de E l s u b m a r in o F e r a l en el
A te n e o de Madrid el 18 de Marzo de 1889,
2. 3.
°—Historia de la Navegación Submarina. “—Últimas noticias.
1
PRECIOS En España,
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En el extranjero y Ultramar, 5.