José Ramón Muñiz Álvarez “SENDEROS QUE NOS LLEVAN HACIA EL FARO” (Sonetos del concejo de Carreño que cuentan los colores de la aurora y sienten el dolor de la galerna)
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José Ramón Muñiz Álvarez “SENDEROS QUE NOS LLEVAN HACIA EL FARO” (Sonetos del concejo de Carreño que cuentan los colores de la aurora y sienten el dolor de la galerna)
José Ramón Muñiz Álvarez “SENDEROS QUE NOS LLEVAN HACIA EL FARO” (Sonetos del concejo de Carreño que cuentan los colores de la aurora y sienten el dolor de la galerna)
2014 © José Ramón Muñiz Álvarez
Soneto I “LA ESPADA QUE RASGÓ LA NOCHE OSCURA” (Soneto sobre espumas silenciosas que llegan, moribundas, a las costas y mueren en las playas candasinas) Quien siente los colores del paisaje como un dolor que vive en las entrañas comprende el desaliento del espíritu que aqueja a los románticos sin límite. Lo cierto es que hay quien ama las parcelas que vieron su niñez, los años mozos que hallaron las colinas siempre suaves y costas agresivas y gallardas. El caso es que quien mira, con el día, las olas a lo lejos, desde el puerto, pudiera comprender las emociones que habitan en las gentes lugareñas. La aurora suele ser el detonante, llenando el cielo todo con sus cambios, violentos unas veces, otras tenues, cuando la brisa corre los rincones. Y tornan a ser nuevos los colores que corren, con el mar, ante mi vista, jugando, caprichosos, a mostrarse como el espejo magno de los cielos. Y el cielo, que dibuja en esos lienzos azules encendidos, coralinos y brillos con pinceles alevosos se quiere retratar en ese espejo. El reino de los viejos pescadores es un imperio bello que me inspira, llenando cada sueño, si es que duermo; acaso el cristalino, si es que miro. Y entonces es preciso que la pluma describa, en el cuaderno envejecido, la imagen del paisaje en una rima que pueda decir algo de estos mares: El alba que despierta la mañana bosteza, perezosa, donde el puerto, callado, sabe triste ese desierto de espuma que se agita soberana.
El brillo ve la llama que, lozana, se ufana con el raro desconcierto, y grita con valor, al aire muerto, la voz de la gaviota más temprana. El reino de los viejos pescadores sospecha, en lo profundo, cada brillo, cada color cuajado de hermosura. El fondo desconoce los colores que quiso, derrotando su castillo, la espada que rasgó la noche oscura. A veces hay belleza en esos mares que rugen con violencia cuando llegan los fuertes temporales del otoño, después de esos veranos siempre dulces. La brisa corre alegre cuando quiere, pues deja que los viejos, con sus lanchas, capturen a su gusto calamares, si quedan calamares en la zona. Las horas de la tarde también miran, allá en lo más lejano, los colores de botes que mecidos por las olas, disfrutan la aventura de la pesca. Pero es hermoso ver en los cantiles la furia de ese mar, cuando se agita y azota cada piedra con dureza, mostrando una dureza insuperable.
Soneto II “LAS LANCHAS DE LOS VIEJOS PESCADORES” (Soneto sobre brillos y colores que quiere el alba clara cuando besa la arena de las playas de Carreño) Septiembre es un mes lleno de contrastes: la luz del sol es débil y parece que muere ya el verano cuando llegan las tardes con cielos caprichosos. Entonces son las nubes las que azotan, con gana, los rincones del concejo, pues hieren con su lluvia cada zona y habitan los paisajes de tristeza. Y hay gente que sabiendo de esa herida, prefiere esos momentos en que todo parece convertirse a un nuevo brillo, si sale el sol, después de la tormenta. El puerto, con la luz de la derrota, despide los momentos más dichosos que vieron los rigores estivales que saben de la calma del verano. Un halo melancólico nos llena si vuelve otro septiembre con su túnica de luces que son poco, cuando el viento disfruta y, agitándose, nos roza. Es esa sensación de haber nacido para mirar las hojas del helecho rendidas al bostezo de un otoño que se hace, cuando menos, inminente. Pero eso trae consigo la ventaja de darle al alma alada los espacios para que vuele alegre, a su capricho, gritando al mundo todo lo que quiera. Yo, en tanto, os doy un eco de mi espíritu, si escribo versos bellos de un Carreño que muere cuando pasan los veranos llegan los otoños con nostalgia: La brisa que contempla, en lo lejano, las lanchas de los viejos pescadores admira las espumas, los colores del mar bajo la calma del verano.
La luz de la alborada, con su mano, jugando con sus raros resplandores, enseña los alegres surtidores que corren sin temor el aire vano. Las llamas de la altura, con sus galas, proyectan su belleza sobre un suelo, que espera que la tarde las consuma. Y todo se hace bello bajo el cielo que las arenas besa de las calas que quieren otro beso de la espuma. Los cambios del paisaje se hacen bellos y es bello contemplarlos nuevamente, sabiendo que sacuden en los bosques los árboles que esperan su letargo. Y el mar también transforma su apariencia: se pronto son las olas más agrestes y el viento las agita con sus rizos, haciendo que levanten sus espumas. Los mares de Carreño son más bravos llegados los otoños a esta tierra que puede lamentar el poderío de un mar encabritado que se agranda. Las gentes del lugar saben del canto del viento cuando quiere la tormenta, buscando arremeter contra la roca que duerme su silencio en los cantiles.
Soneto III “CAPRICHO DE LA ESCARCHA Y OSADÍA” (Soneto sobre otoños que derrotan las tardes encendidas de otras veces que nunca sospecharon las heladas) Asturias es lugar privilegiado. Quien quiera caminar por los senderos que existen en las zonas de la costa, podrá mirar la luz de los otoños, saber que los inviernos se aproximan y todo sigue siendo igual de hermoso, pues algo vive en la naturaleza que anima los espíritus nostálgicos. Parece que el otoño es bello siempre tal vez en el concejo de Carreño: Carreño, con sus costas escarpadas, que sabe de las lluvias, del granizo, que aguarda el aguacero desde siempre, regala sus caminos de derrota que lloran el pasado que se esfuma, sabiendo del futuro que no llega. Candás, la capital, siente los oros del árbol moribundo en esos parques que esperan en silencio, si anochece, y el viento corre lento, perezoso, buscando en las praderas, las colinas, tal vez la imagen vaga de los montes que asoman a lo lejos, tras cordales que esconden otras sierras orgullosas. Y mira al mar, que suele mostrar ecos de furia en esos días del otoño que vienen con la lluvia y la tormenta, y agitan eucaliptos y castaños, sin asumir que el grito de los vientos que corren los lugares del olvido tan solo es una voz que nos inspira sonetos melancólicos y tristes: Las hojas que los viejos castañares dejaron a los vientos del camino sospechan el aliento peregrino que llega con salitre de los mares.
Y tienen como suerte los azares de verse junto al barro si, mezquino, la lluvia entierra el brillo mortecino que llena el mes de octubre de pesares. Las horas silenciosas de la helada podrán hablar al alma con despecho, si el hielo ve nacer el nuevo día. Las voces llegarán de la alborada que sabe de la muerte del helecho, capricho de la escarcha y osadía. Son bellos los otoños asturianos: por todas partes nacen los colores que tiñen cada bosque en cada zona, con pardos y rojizos en los árboles. Son bellos sus colores y la vida que prende en la hojarasca que se suelta, dejando atrás las ramas del hayedo, tal vez de los castaños de la costa. Y es bello contemplar, tras la ventana, la lluvia que humedece, con sus llantos la voz de los colores del paisaje, que quiere denunciar su muerte lenta. Y a veces se hace triste, porque el hombre no escapa a ese destino que lo hiere, lo vence y lo derrota en la conciencia de que la muerte llega al fin y al cabo.
Soneto IV “EL ORO QUE SE ENCIENDE CON ALARDE” (Soneto sobre tardes que desnudan las horas del crepúsculo vencido, si ven que el sol se pierde en lo lejano) La infancia corre rauda, con apuro, dejando que los años se aceleren, dejando que los tiempos se acaloren en un correr fatal a otras edades. Entonces no sospechan las criaturas que el beso de la muerte es inminente y llega la vejez con sus achaques, quemando lo que somos, lo que amamos. De niño, compartí las experiencias de ver un campo bello, y cada prado mostró su lado amable, la aventura posible en ese tiempo y ese espacio que quiso conquistar el alma noble que supo ver las cosas y aprenderlas, dejando que el espíritu se agrande, si bebe de las fuentes más sencillas. Es cierto: los otoños me con mueven, me gusta ver los pardos en los árboles, los grises en los cielos y los oros cortando el horizonte con la aurora. Me agradan los otoños y sus ecos, su ocaso, más temprano cada día, más triste y melancólico, más tierno, como lo son los frutos ya maduros. Por eso habré de amar estos rincones que inspiran la belleza en lo profundo del alma que se asoma a las ventanas que ofrece la mirada que se agita. Por eso han de inspirarme estos paisajes que encienden el amor en las entrañas, que hieren lo profundo y que me incitan a hacer estos sonetos repentinos: El sueño que el helecho silencioso dejó sobre el bostezo de la tarde es oro que se enciende con alarde en un otoño triste y perezoso.
Lo vieron los ocasos y, gozoso, su voz alzó, si, tímido y cobarde, recorre las alturas, mientras arde, risueño y delirante, a su reposo. La lluvia sueña las melancolías nacidas en el hondo desaliento que mira los castaños y maizales. Las horas de silencio se hacen frías bajo ese cielo, siempre ceniciento, que el ojo ve detrás de los cristales. El aire sabe a miel cuando refrescan las tardes del verano riguroso que hiere sin piedad, desde que brilla la luz en cada campo y arde el cielo. Las brisas que se van haciendo dulces, helando sus durezas calurosas, se vuelven como un beso en pleno rostro, si quiere alguien su beso en el camino. Y el alma de la infancia, tras perderse, regresa nuevamente, resucita, pidiendo el aire fresco de los años de juegos y de libros, de excursiones, de sendas y de rutas sin destino, buscadas al capricho, improvisadas en zonas donde autillos y mochuelos solían dar conciertos cada noche.
Soneto V “LAS NIEVES DE LAS CUMBRES DEL MACIZO” (Soneto sobre cumbres alejadas que miran las colinas del concejo, en tardes despejadas y brillantes) A veces, caminando por los montes, se advierten las lejanas cordilleras, agrestes, levantadas y furiosas, que enseñan las nevadas en sus cimas. A veces, caminando las colinas, perdiéndome entre sendas y caminos, las densas arboledas dejan claros desde los que admirar tanta hermosura. Existe en las montañas asturianas un halo de leyenda, porque el monte se torna en la caliza que, desnuda, apunta con sus filos a los cielos. Y el cielo es un naufragio en que las nubes descargan, a su paso, las tormentas en zonas saturadas por las aguas que vienen de los ríos y torrentes. Es bello caminar por esta zona donde el castaño mezcla con el roble las pardas hojarascas que el otoño prefiere a los colores del verano. Pero eso da color a los espacios que llenan, saturando a los que miran, los ojos del que quiere ver los lienzos que nacen con el alba cada día. Tal vez la inspiración sepa decirme los versos que escribir en mi cuaderno, formando un álbum bello que recoge las raras impresiones de un paseo. El caso es que un soneto que lo diga parece muy oportuno y se me antoja la forma de dejar que el tiempo corra, si quiero entretener estos momentos. Las nieves de las cumbres del macizo que admiran, a lo lejos, estos prados, las suelen ver en días despejados, tras tardes de aguaceros y granizo.
La magia repentina se deshizo en los paisajes tristes y escarchados que saben de los meses apagados que vieron cómo el hielo se deshizo. Las tardes volverán a ser brumosas, y ocultarán los viejos castañares, las sierras y el ocaso ceniciento. Aquellas crestas hablan orgullosas lenguajes semejantes a esos mares que suelen castigar, si quiere el viento. La nieve no es frecuente en el concejo y es bello contemplarla en lo lejano, pues siempre hay en la nieve la poesía que no tiene las escarcha de la helada. La escarcha de la helada es solo hielo que afila con dureza sus cristales, que muerde, no muy lejos de la orilla, los prados que se arriman al arroyo. La nieve, sin embargo, siempre es pura: es puro su color y la belleza que muestra, inmaculada en su descenso, al conquistar lugares tan inhóspitos como el desierto triste donde vive. Los picos que se ven en lo lejano y el Sueve y el Aramo, algunas veces, son reinos de silencios y de nieves.
Soneto VI “RUMORES DEL SILENCIO Y DEL EXCESO” (Soneto sobre auroras que despliegan la luz de sus colores encendidos, y brillan ante el lienzo del artista) Las voces que despiertan la alborada nos hablan del amor de los paisajes que vieron ese cielo alborotado de llamas encendidas a lo lejos. El beso de la aurora que despierta quizás es una dama cuya alcoba se viste de oro bello donde el viento comprende que se acaba otro horizonte. Carreño mira al mar y los colores que surgen en el mar por el Oriente, mezclando rosas blancas a las rojas, hiriendo con sus oros cada cabo, cada lugar hermoso, cada aldea que sabe madrugar, pues los labriegos no esperan, cuando toca levantarse, pues mucho es el trabajo de la zona. El alba inspira siempre a los que quieren amar esos paisajes de poesía, de fuego y de contrastes sorprendentes que dejan emociones en el pecho (aquellos que caminan los senderos tempranos del otoño la sorprenden y saben que en sus páginas calladas está el secreto mismo de lo hermoso). El alba plañidera nos conoce, nos mira y nos saluda cuando nace, mostrando sus afectos y su risa, pues es risueña siempre ante la brisa. Por eso, con sus aires presuntuosos, se muestra engalanada, despertando los altos sentimientos que quisieran plasmar en un soneto tanta magia. El viento corrió el aire que, travieso, la noche oyó en la voz de los autillos, ladridos y sonidos más sencillos, rumores del silencio y del exceso.
La orilla que alcanzaron con su beso las olas, sus espumas y sus brillos mostrar al alba pudo sus castillos, reflejo de ese rayo en ellos preso. Y supo a mares una primavera que el aire desató en otro verano de luces y de llamas derramadas. Y quiso ante las olas ser quimera el cielo engalanado, donde, en vano, quebró un corcel de luz las madrugadas. Y quién fuera un pintor para pintarla, pues es el alba hermosa como el hielo, la nieve y las escarchas de la helada, las flores, cuando al fin la primavera salpica el mundo, llena de alegría, pues justo es ser alegre cuando nacen los gritos que, anunciando la mañana, nos abren ese pórtico del cielo. No en vano, los que quieren ser pintores disfrutan, caminando desde pronto, dejando atrás la casa, bien temprano, para poder copiar esos colores que deja descender sobre los cielos la llama de un corcel que raudo sigue la senda que siguieron otros muchos, abriendo el horizonte a nuevas luces.
Soneto VII “HIRIÓ COMO UN CRISTAL LA MADRUGADA” (Soneto sobre el brillo incandescente que luce cuando llegan los inviernos y gime el viento triste por la helada) El cielo es un torrente, si amanece: sus brillos encrespados nos saludan donde arden las antorchas cuya llama convoca los colores a lo lejos, pues arden horizontes cuando llega su grito de alegría, su jolgorio, su afán risueño, quién sabe si atrevido, que quiere ser la página más clara. Y cierto que es la página más clara: destellos de color arden y ríen, mezclándose en el aire, dibujando su risa con las púrpuras que brillan, que anuncian otra vez una mañana, pues hay mañanas bellas que despiertan con ese beso alegre que la aurora colgó, con emoción, sobre su rostro. No hay nada como el cielo cuando nacen los brillos repentinos de la aurora: sus luces, sus dorados son el fruto de aquellas pinceladas que sabían mostrar los más expertos en las épocas más grandes, más hermosas y más nobles, en ese tiempo ambiguo, cuyo tránsito llevaba hacia el Barroco y su rareza. Lo cierto es que es hermosa la llamada del alba que convoca al nuevo día, lo mismo que el pincel que colorea las llamas de su fuego en las alturas. Al verla, caminando por el puerto, recuerda el alma tiempos alejados, los tiempos de los viejos pescadores que canta este soneto con su ritmo: Hirió como un cristal la madrugada la llama con que nace el nuevo día, el beso de la brisa, siempre fría, la aurora que se enciende alborotada.
El puerto de Candás, a la alborada, mirando cómo todo se encendía, bebió el color, la luz y la alegría y el alba sintió tarde en la invernada. No puso ser que el mar acobardado callara cuando el brillo ceniciento su luz tornó en reflejo coralino. Las lanchas alcanzó, mas desolado, aquel amanecer del desaliento que el mar halló sereno, cuando vino. Y el caso es que es así: la aurora llega, rompiendo las cortinas de la noche, rasgándolas con todos los cristales que lucen sobre mares olvidados que no contempla el ojo que no quiere perderse hasta la nueva madrugada, y el tiempo, que revive, nos abraza, diciendo los relatos de otras gentes. Las gentes son las gentes que vivieron miserias y dolor en esta villa, los mismos que sufrieron las hambrunas, las tardes de galernas y de hastío, los mismos que entendieron que los mares son una herida abierta en pleno pecho, quemando el corazón, quemando el alma que llora con dolor ese desgarro.
Soneto VIII “NO EXISTEN MÁS ALIENTOS QUE EL GRANIZO” (Soneto de esperanzas agotadas que dice la verdad de su derrota en los paisajes bellos de la nieve) Sospecha de la muerte que se acerca, parece que el otoño es más otoño, y es tierno y es alegre ese momento que muestra el pardo, el ocre y los rojizos, mostrando sus colores en los árboles que hieren los alientos de noviembre, de octubre algunas veces, si hace frío, si mueren los follajes de los bosques. Quizás es el destino que se apura, que viene en cada ocaso melancólico, diciendo en alta voz esas palabras que no quieren saber los que resisten el paso pusilánime del tiempo, el eco doloroso de ese tiempo que corre hasta extinguirse en el instante que cierne ese final que nos agota. En todo caso, quiero comentaros que el alma relajada y la que sufre tormento en su interior son una misma, pues pronto hemos de unirnos a la danza, que el beso de la muerte, su promesa, y el canto de la muerte, su penuria, serán ese destino no querido que habremos de esperar como seguro. El ser no es infinito, porque el tiempo derrota sus más altas esperanzas. Por eso hay quien escribe en sus sonetos metáforas de luz que son oscuras. La escarcha va cubriendo cada prado y el beso de la noche se aproxima, mientras el oro tiende, en las alturas, los ecos de una música y un verso: No existen más alientos que el granizo que llega con violencia a los cristales, hiriendo las mañanas otoñales con esa voz que alegre lo deshizo.
La suya es la quimera y el hechizo del tiempo de los viejos robledales, febriles y adivinos si, mortales, supieron del ejército invernizo. Y callará el arroyo alborotado que todos los otoños nos advierte las voces de tan árido desierto, que tiene el hielo ya su principado en un otoño gris, aire de muerte, capaz del más terrible desconcierto. La muerte es comparable, en ocasiones, al eco que susurra cada noche la voz del bosque triste donde el cárabo supone que su canto es oportuno, muy lejos de los claros donde suenan las aguas que no cesan en el cauce dormido del arroyo remansado, metáfora gastada de la vida. Después nos trae con galas la alborada los vagos desencantos de la vida que viven apegados a sus luces, si saben enseñarnos lo evidente: los árboles desnudos de sus ramas, los fríos que soportan los espíritus que sienten en la espalda ya la muerte y el verso aciago y triste del ingenio.
Soneto IX “LOS CIELOS QUE SE VISTEN DE BLANCURA” (Soneto sobre el agua cristalina que brota de la Fuente de los Ángeles y mira en las alturas la alborada) Las aguas cristalinas de la fuente quisieron ser espejo de la altura tan pronto como el sol hirió la sombra que vino con sus risas y su dicha. Las llamas de ese fuego son hermosas como un corcel de luz que, vivaracho, recorre el cielo entero y sus azules, mostrando resplandores encendidos. También es cierto que arden las antorchas que vieron los crepúsculos callados que hubieron de firmar esa derrota fatal que dio paso al reinado de la noche. La noche es como un ángel melancólico que adora las estrellas temblorosas que dan luz a sus sombras y cortinas, pues no tiene la luz de la mañana. La luz del sol, el brillo en las alturas, el fuego incandescente que nos mira, las aguas como espejo de los cielos y acaso la humedad sobre los prados inspiran a la gente que contempla las nuevas estaciones, ese tiempo de luz y de belleza, que, bucólico, se admira en las aldeas carreñenses. Saliendo de Candás y su parroquia, no en vano, podéis ver esos lugares, esos rincones bellos y las playas que ven como las olas, de igual modo, admiran ese sol de la mañana que puede ser poesía en nuestra boca, pues solo es cosa ya de imaginarnos conceptos con que hacer otro soneto: Los cielos que se visten de blancura, mostrando el alba clara en un torrente, hirieron el reflejo que en la fuente nos muestra alborotada el agua pura.
El sol se enciende alegre y apresura, la llama que arde como el sol luciente, pues corre por el cielo transparente y busca el arroyuelo que murmura. Y el canto del Noval es despacioso al ver la aurora clara en esos cielos que besan los dorados otoñales. El agua del riachuelo generoso que corre sigiloso por los suelos robó a los cielos todos sus corales. Y es bello ver los brillos luminosos, su luz, su fuego y toda su alegría, rozando el agua clara de las fuentes, el valle silencioso donde corre. La hierba, siempre verde, siempre viva, mantiene en las Asturias ese brío que llena de alegría la mirada de quien la ve nostálgico y se queja. Entonces es momento para el verso que endulza el alma tierna, que emociona los ojos que se pierden cuando el aire se torna en humedad para la tierra. La vida es vida aquí y es vida siempre, cuajada con la escarcha, si es invierno, si quieren las heladas darle el beso que luego arrancarán nuevos veranos.