Metí en una coctelera dos viajes (muy espaciados) a París; añadí la visita a un museo, una exposición de ilustraciones para la infancia y el catálogo en el que se reproducían; recordé algunas lecturas que habían conseguido dejar huella en mi recuerdo y también las introduje en el recipiente; por pura casualidad tuve noticia de un libro infantil ilustrado, que compré, y también lo incorporé; y, por fin, no me resistí a agregar una visita a la tumba de Julio Cortázar. Después de agitar todos los ingredientes, esto es lo que obtuve.