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DEVALUACIÓN DE LA FAMILIA EN LA ERA DE LA VERSATILIDAD Y EL CONSUMO Fabián Zuluaga1

Otrora la palabra familia llevaba la portentosa bandera de formadora de seres socialmente aptos, emocionalmente capaces de emparejarse y proclives a realizar lo mejor de sus posibilidades. Pero qué sucede cuando el concepto de familia ya es inoperante, cuando sus miembros se debaten en la angustia por el deseo del escape ante el fanecimiento del proclamado amor fraterno, cuando el maltrato de todas las índoles se manifiesta en la cotidianidad de quienes aunados por un vínculo de sangre ocupan un mismo espacio donde los roles más importantes y representativos se hayan trocados, desdibujados y en el peor de los casos yacentes. Cada miembro de la familia tiene que lidiar con la dificultosa tarea de una comunicación mediadora de intereses, uno tras otro siempre en función de satisfacer los propios anhelos y deseos, olvidando la responsabilidad que a cada quien compete dentro de una forma de vida conjunta denominada familia. Cómo mediar, cómo dialectizar con las pretensiones de cada cual, cuando el contexto actual nos invita, en términos de la economía, a realizar nuestras posibilidades de manera independiente, competitiva y sin ninguna tentativa de responsabilidad frente al posible daño al otro, aún al más cercano. Si pensamos en retrospectiva podemos denotar claramente las cualidades particulares que le endilgaban a la familia su consonante importancia en el ejercicio de la construcción de ciudad, no sólo por ser la primer agrupación social en que nos vemos próximos al otro es decir lo otro, que obliga a la subjetividad a considerar la existencia de alguien más por fuera de sí mismos y por ende al desarrollo de la alteridad, sino también por ser la encargada de formar seres capaces de amar a sus semejantes, pero además porque dentro de la familia se inculcaban los valores que permitían a las personas alcanzar una vida plena y feliz.

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Filósofo de la Universidad Nacional y especialista en Psicoanálisis de la Nueva Escuela Lacaniana.


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¿Será que todo esto estaba del lado de la ilusión?

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O es que valores como el respeto, la

responsabilidad, la integridad, la discreción y la honestidad son hoy tan caducos y obsoletos que podemos realizar la vida por fuera de ellos y en el mejor de los casos reemplazarlos por las hoy tan demandadas cualidades para el éxito, ser competitivos, ágiles en el mercado, ingeniosos en la estafa y convincentes en el engaño. Uno tras otros proveedores del tan anhelado éxito capitalista, pero también cada uno de ellos envilecedores del ser humano y de todo vestigio de camaradería e interés por el otro. Actualmente podemos encontrar vestigios de la otrora promulgada y tan importante familia, pero paradójicamente no se remite al círculo consanguíneo primario, sino mas bien a un agrupamiento de seres de acuerdo a sus intereses e ideales, es pues más bien del orden de la “filia” lo que es decir por factores y pensamientos comunes que identifican a un sujeto con otro. Entonces aparecen familias por grupos étnicos, de jóvenes, de amigos, de habitantes de calle y todo tipo de agrupaciones posibles en las cuales los valores y normas operantes tienen que ver con la prevalencia del grupo y no con la formación del sujeto para una vida plena, independiente y feliz. Se acercan estas agrupaciones a un concepto como la “familia punalua”, familia por grupos que hace miles de años concentraba a tribus enteras con características particulares en las cuales se daba un gobierno por una sola persona, quien dictaminaba que era lo mejor para la sobrevivencia de la tribu. ¿Se trata acaso de sobrevivir en esta tan elegante y prolija postmodernidad? Las familias que hoy conocemos congregan no sólo a sus parientes de grado primario de consanguinidad, es decir familia nuclear, sino todo tipo de personajes, abuelos, tíos, tías, primos y primas, amigos de la casa, nueras, yernos, nietos, etc. A causa de un sistema capitalista que ofrece dividendos enormes a quienes poseen un gran capital para invertir a costa de arrebatarles, no sólo la fuerza de trabajo a los ciudadanos y ciudadanas sin ofrecer ningún futuro, ni siquiera el de una pensión fruto de gastarse los años de su juventud en servir a este sistema para que crezca más y más, sino también su vivienda y pertenencias obtenidas a causa de su sudor, pero también enfrentamos un sistema que al dejar a tantos por fuera, crea fuerzas hostiles que pretenden participar de él por la fuerza, tomando lo que consideran les pertenece, grupos armados organizados, pandillas y delincuencia común, arrojan a familias de sus campos, de sus fincas y de sectores de su ciudad en procura de simplemente sobrevivir.


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Es así como los más afortunados llegan a compartir la vivienda con parientes creando familias extensas en las cuales se mesclan dos o más formas de vida, culturalmente distintas, que no sólo enfrentan su alteridad, sino también los traumas de su desplazamiento forzado, de la violencia, de lo perdido y con la angustia que les profiere la impotencia de no contar con los medios para hacer algo al respecto. Pero no sólo son este tipo de familias menesterosas las que viven el declive de una sociedad para la cual la familia y la vida de sus habitantes no vale nada, pensemos en esas familias económicamente solventes, que pueden participar de las infinitas posibilidades que ofrece el capitalismo, en términos por ejemplo de la tecnología y la moda entre otras. Familias en las cuales se priorizan los valores como el poder, prestigio y dinero, cada uno de ellos inductores de narcisismo, egolatría y despotismo. Pero a la vez promotores de un reiterado éxito que de no ser obtenido en estas coordenadas deja al sujeto sin entusiasmo y motivación por la vida, pues es imposible imaginarla por fuera de estas directivas. Padres desinteresados que endilgan el cuidado y crianza de sus hijos en el mejor de los casos a las empleadas domésticas, conductores y demás empleados. Sin tiempo para la conversación, con dobles vidas, cabalgando con la insignia del triunfo despóticamente sin que les importe con quienes y de qué manera se relacionan y crecen sus hijos. Endilgando toda responsabilidad al sector de la educación, creyendo que de allí y de una forma mágica emergerán hijos perfectos y seres humanos maravillosos. Jóvenes que se forman en las mas ostentosas universidades con el único propósito de “triunfar en la vida” de ser exitosos hombres y mujeres de negocios, lo cual por ende vendría acompañado de toda la felicidad que pueda albergar la vida. Pero, ¿es feliz realmente quien puede acceder a la tenencia de las cosas? La felicidad capitalista es tan pobre que no ofrece más que la tenencia de cosas, engañar al deseo propio en una vida cosificada a riesgo de no saber nunca realmente que es lo que deseamos. Pero no sólo esto, además con el riesgo de, ante el fracaso, abdicar de la vida misma, de no saber de la lucha ni el triunfo al tener todo ganado de antemano y lo peor al desconocimiento del amor, a la angustia de no saber quiénes están con nosotros por amor o quienes por dinero y en suma a que nada de esto nos importe.


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¿Será importante recuperar los antiguos valores familiares? volver al respeto y al amor, a dar sentido a las cosas y a saber que la felicidad esta en el camino que recorremos en busca de lo más deseado.

Fabián Zuluaga Abril 01 de 2012


Devaluación de la familia en la era de la versatilidad y el consumo