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religión ligió Arturo San Agustín publica Un perro verde entre los jóvenes del Papa, sobre la JMJ

“Si la gente leyera a Ratzinger se solucionarían muchos problemas”

POR JAUME FIGA i VAELLO

El perro verde del que habla en el título (“Un perro verde entre los jóvenes del Papa”) se refiere a sí mismo. Entre los jóvenes del Papa. Arturo San Agustín (1949) se autodefine como un “tío raro”. Y su editor lo remarcó: “¡Es el libro que estaba esperando!, me dijo –reconoce el autor–. Tú, ¿crees en la Providencia…; pero ‘Providencia’, con la pe mayúscula? –Sí. –Pues es lo que quería: que un tío raro como tú escribiera sobre la JMJ…”

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es que San Agustín no es precisamente un santo. “En el colegio me llamaban ‘Demonio Agustín’. Quizá por mi apellido, acabé por encontrarme con el de Hipona y me gustó. Y también quizá por ello, admiro a Benedicto XVI. Su discurso te hace más grande –magnánimo–, porque te eleva a lo divino. Es un

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intelectual y se nota. Posiblemente no comulgue con todo lo que diga, pero me gusta mucho”. Columnista y diseñador, premiado varias veces por las innovadoras portadas de El Periódico de Catalunya, hoy, fundamentalmente se dedica a escribir libros. Libros crónica: el periodismo más auténtico, “mucho más apasionante que la novela”, dice.

Por ello, alguno lo ha definido como el Gay Talese español; el que –junto a Tom Wolfe– creara el llamado ‘nuevo periodismo’. Premiado, también, por sus entrevistas. Una de ellas fue exclusiva mundial, a Federico Lombardi, portavoz del Papa. Hoy, el entrevistador entrevistado dice que le queda otro trabajo… o un sueño: “Me encantaría entrevistar a Benedicto XVI. Intentaría que la gente lo conociera mejor. Es una persona que dice muchas cosas, incluso a los que creen que no creen, pero creen… ¡Eh! Aún pienso que acabaré consiguiéndola”. “Me reconforta leer al Papa Ratzinger y pienso que si la gente lo leyera más se acabarían muchos problemas. Dejaríamos de comprar libros de autoayuda o de falsa espiritualidad, que no sirven para nada. De los textos de Benedicto XVI uno sale reconfortado, con más esperanza, porque es un hombre que tiene mucho que decir y lo sabe decir. No es verdad que, para que sea muy elevado, un texto necesita ser complicado… Decían de Eugenio d’Ors que cuando dictaba sus textos, preguntaba: ‘¿Se entiende? —Sí, sí… —¡Pues oscurézcalo un poco!’”.

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—Por eso fue a escucharle en Madrid, por la JMJ. —Por eso, pero sobre todo porque me revienta ver cómo en España todo el mundo se permite el lujo de dar palo a la Iglesia Católica porque sí. Aquí, a la mínima que haces algo que parece que estés a favor de la Iglesia, quedas etiquetado. Yo siempre he escrito lo que me ha dado la gana y nunca he tenido problemas; pero si hubiera entrevistado al Dalai Lama, en vez de al portavoz vaticano, las sonrisas sottovoce no existirían. ¿Por qué? Además, mi padre, que era anarquista, siempre me decía que, como periodista, tenía que denunciar lo que veía. “Estáte atento –decía– porque, en este país, cuando hay problemas graves, aparecen los comecuras”. Y viendo el ambiente que existía en las visitas del Papa actual, me dije que tenía que escribir una crónica periodística: hecha por un periodista que intenta ser objetivo y quiere explicar lo que ha visto. Y ya está.

Todo un descubrimiento —Y, ¿qué vio? —Descubrí o corroboré algo que oí a menudo por parte de muchos de mis colegas u otras personas de mi entorno: que los jóvenes católicos son gente normal. “¡Claro que son normales!", le dije a un anciano que se sorprendía, en Barcelona, de ver el espectáculo de peregrinos que fueron recibidos por Sistach y me decía lo mismo. –"No tienen dos orejas, ni tres ojos…". –"¡No, no! Usted ya me entiende: son normales”. Ahí vimos a miles de jóvenes católicos desinhibidos, jóvenes que no daban miedo: alegres, optimistas. De alguna manera, creo que lo mejor que se puede decir de la JMJ es que vi futuro; un futuro optimista, no ingenuo. Es verdad que la cosa no está como para tirar cohetes, pero vi gente que cree en el futuro.

—¿Por qué deberían dar miedo los jóvenes? —No lo sé. Eso de que “son normales” interiormente demuestra que tienes miedo a la juventud. Hace unos años, los únicos que no daban miedo eran los jóvenes: por su alegría, por su esperanza, por la humanidad que irradiaban… Hoy, cuando ves a un grupo de según qué jóvenes, te da miedo. En Madrid, no fue así: más de un millón, que me hicieron sentir más joven.

“¿Das palos a la Iglesia?” —¿Volvió cambiado? —No es que volviera cambiado: sigo siendo el mismo de antes, pero habiendo constatado, también, que el futuro de la Iglesia es evidente que pasa por los laicos. El problema es que la jerarquía sigue sin saber comunicarse en determinados temas. En parte es culpa nuestra, de los periodistas, pero también suya; pienso que la Iglesia Católica tiene un papel muy importante en el mundo de hoy, mayor que el que la gente cree. —¿Le fue fácil publicar su libro? —¡Qué va! La gente me preguntaba si daba palos a la Iglesia –por lo que se ve, tengo fama de eso, cuando escri-

bo– y, al saber de qué iba la cosa, me decían que de la Iglesia sólo se puede hablar para dar palos. “Pero, ¿no sois intelectuales? ¡Pregúntame si está bien escrito!”. Nada. Este libro ha sido para mí un ejercicio de libertad personal. Y cuando ya estaba desesperado, un amigo mío encontró al editor que me dijo si creía en la Providencia, con la pe mayúscula… —¿Hemos dejado de creer en nosotros mismos? —Indro Montanelli es un personaje que decía cosas con mucho sentido común. Una de ellas era aquello de que los italianos no saben que son católicos. Aquí nos pasa lo mismo: culturalmente somos católicos. No medio, sino del todo. Hay que aceptarlo para saber quién eres… También me gusta mucho lo que decía el entonces cardenal Ratzinger, en uno de sus libros entrevista: “Europa no se quiere”. Los europeos nos estamos suicidando culturalmente. No sé por qué tenemos este complejo de inferioridad. Es verdad que hemos hecho muchos disparates, pero también grandes cosas buenas. “Europa no se quiere”: una frase tan simple como esta me hizo pensar mucho… 

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Entrevista a Arturo San Agustín