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Portafolio isabel botero

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PORTAFOLIO

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Escritura del arte Isabel Botero


´ ECFRASIS


FRUGAL El chico la miraba y no sabía qué pensar. Estaba sentado sobre una cómoda al lado del frutero que contenía los bananos, las manzanas y las naranjas que acababa de llevar. Su expresión queda oculta al encontrarse de espaldas, pero se le puede adivinar el ojo izquierdo gracias a que el rostro está levemente girado hacia su izquierda. Tiene la camisa amarilla dominguera, está peinado con pulcritud y parece que oculta algo por la posición de su brazo derecho, que esconde sospechosamente tras su espalda. No sabe dónde posar los ojos. El triángulo insondable lo atrae como si fuera absorbido por la fuerza destructiva de un hoyo negro. Se le ofrece como una pulpa carnosa gracias a las piernas descaradamente abiertas. Una, recostada sobre la cama y la otra, contorsionada, con la rodilla levantada, como queriendo acercar su pie derecho hacia su mano y arrancar un trozo de carne muerta. La cama mal tendida con sábanas azules está salpicada por pequeñas cuchilladas de luz que se filtran por la persiana. Da la sensación de que flota en una piscina llena de destellos. La cabeza está girada y recostada sobre la almohada. Tiene los ojos cerrados, como si evitara encontrarse con la mirada del chico. Lo primero que se preguntó, cuando fue a llevarle el domicilio, fue si el pelo de su sexo sería del mismo color rojizo que el su cabellera y ella, como leyéndole el pensamiento, le había pedido que se quedará y se había desnudado con tal naturalidad que lo había dejado perplejo. El pelo de esa extraña fruta resultó ser castaño y se preguntó si el tacto sería como la pelusilla del kiwi o algo más suave como el del durazno.

Imaginó la pulpa jugosa como el melón, un poco ácida como la zarzamora y babosa como el mamomcillo. Ya había visto mujeres desnudas, casi siempre al escondido, pero nunca una desnudez tan abierta, tan descarnada y obscena. Y su perturbación se mezcló con la vergüenza de tener el miembro endurecido. Y entonces ella, con los ojos aún cerrados, le ordenó que se pagará el encargo con el dinero que tenía en el bolso. Y él, para no levantar la mirada de ese cuerpo blanco y frugal, obedeció a ciegas.

Eric Fischl Bad boy (1981) Óleo sobre lienzo 1.7 m × 2.4 m


XPHERA3 Me identifico como Xphera3 y me desempeño como Agente educador en el Centro multimedia de segundo nivel de formación en el distrito siete. Hace siglos, denominado “profesor universitario”. En ese entonces, la misión educativa era llevada a cabo por humanos quienes seguían un protocolo: proyectar una presentación en un obsoleto programa llamado Power Point, leer la presentación y comentar la presentación. Y así, sucesivamente, en cada clase se repetía el mismo protocolo, pero con una presentación diferente que el profesor duplicaba cada semestre, durante años y luego décadas, hasta que llegaba a la edad de retiro y era reemplazado por otro profesor más joven que hacía una nueva presentación y comenzaba el ciclo interminable. Llegó a ser tan robótico el funcionamiento y el protocolo de los profesores universitarios que una prestigiosa universidad lanzó un programa piloto donde fueron reemplazados por verdaderos robots que estaban programados para hacer lo mismo. Fue tal el éxito del piloto, que el programa se extendió al resto de universidades y los profesores universitarios quedaron relegados al olvido. A diferencia de ellos, estoy programado para enseñar cualquier cosa en cualquiera de los ámbitos del saber. Mis alumnos son humanos entre los 16 y los 20 años de edad, periodo en el cual viven en los distritos especiales seis y siete, dedicados a la formación. Son cuatro años de enseñanza intensiva donde están expuestos a altas dosis de información y generación de contenidos. Para garantizar el éxito del programa, los estudiantes son aislados de sus familias y cualquier tipo de distracción que pueda afectar su rendimiento académico.

Viven en edificios divididos en cubículos y se busca que tengan la mínima interacción entre ellos. Cada alumno tiene su propio agente educador y solo hay unos cuantos espacios formativos donde se reúnen en colectividad. Uno de ellos es el Recinto colectivo de pensamiento, un espacio donde se la da a los estudiantes la ilusión de “pensar”, pues los sindicatos han impuesto incluir en el programa formativo lo que ellos llaman “Componentes humanísticos”, que en resumidas cuentas abarca todo tipo de conocimiento inútil pero que, según ellos, es el que los distingue de nosotros, los Xpheras. El tema para la sesión de hoy era “La literatura holográfica del siglo XXV”. Todo iba muy bien hasta que uno de los estudiantes me preguntó —¿Por qué hay cosas y no mas bien Nada? Dentro de mi extensa e inabarcable programación no encontré ningún tipo de dato para dar respuesta a esa pregunta y mi sistema empezó a hacer una cantidad de algoritmos en tiempo tan breve que mi dispositivo neuroeléctrico se empezó a recalentar. En estos casos debemos apagar una parte del sistema y reiniciarlo. Además de esto, activé la refrigeración y quedé solo con uno de mis discos de generación de conocimiento. Observen la fotografía tomada por la cámara de seguridad situada en el recinto. Sin ella no podrán entender la gravedad de la situación. Estoy de pie en el centro del recinto y puede verse todo mi sistema eléctrico expuesto sin las capas de material que asemejan al cuerpo de los humanos, porque los Xpheras nos hacemos pasar por ellos, a diferencia de los robots.


Mi sistema desvarió hasta tal grado que mis extremidades inferiores y superiores empezaron a girar enloquecidos y perdí el control. Ante tal visión, los estudiantes salieron despavoridos, llevándose por delante las mesas y las sillas y dejaron el lugar sumergido en un caos como si hubiera sido arrasado por un huracán. La central logró desconectarme a tiempo y en la foto pueden verme en el momento en que fui paralizado. Ahora, reposo en un espacio confinado junto con los PUR, que es como se denomida a los Profesores Universitarios Rebeldes. Fue precisamente uno de ellos quien me explicó que la tal pregunta, causante de la desconfiguración de mi sistema, hace parte de un poema de un escritor proveniente de un país salvaje y perteneciente a un movimiento literario remoto llamado Nadaísmo.

Roberto Matta Una situación grave (1946) Óleo sobre lienzo 137.2 x 195.6 cm Museo de Arte Contemporáneo. Chicago


EL TESORO: UN FANTASEO PRODUCTIVO César Aira ha buscado hacer en la literatura lo que Neo Rauch en la pintura: entrecruzar distintos planos de la realidad. El siguiente texto nace de la brecha que puede surgir entre un pintor y un escritor.

El verano estaba en todo su esplendor y habían reventado las flores amarillas y los tulipanes rojos. Los hermanos Smiths, que regentaban la única funeraria de la pequeña localidad de Boring, regresaban de un entierro cuando cayó, en medio del jardín, un objeto metálico de forma indefinida. El artefacto tenía procedencia y forma misteriosa. El menor de los hermanos especuló que se trataba de un pájaro de otro planeta, el mayor que era un sacacorchos gigante y el del medio que se trataba de una obra de arte conceptual. En la media casa vivían ellos tres junto con sus dos hermanas. Todos solteros. Ellas habían aprovechado el buen tiempo para ponerse vestidos ligeros y coloridos y estaban lidiando con una paloma que había hecho un nido en el alféizar de la ventana cuando la cosa cayó, abriendo un boquete en la tierra seca. En la casa vecina, el señor Adams trabajaba en el granero con dos albañiles cuando un ente similar se clavó en su jardín. Era más inquietante aún. Parecía una morsa pero tenía una cola rematada en una estrella afilada y unos extraños testículos. En los colmillos tenía unas esferas brillantes, amarillas y verdes. El señor Adams era mormón y vivía con sus dos esposas. La más mística interpretó aquel fenómeno como una señal divina y se dispuso a lanzar lejos las esferas, que, según ella, eran los ojos del demonio.

Los Adams y los Smiths habían tenido problemas de convivencia en el pasado pero habían logrado ignorarse por años. El único vínculo que los unía era la podadora, que el señor Smith les prestaba una vez al mes. En todo caso, ese día tomaron una decisión de mutuo acuerdo: no perturbarían el tedio de Boring. Sacaron las palas y los picos y se dispusieron a enterrar las amorfas piezas en su jardín. Cavaron toda la tarde y parte de la noche. Cuando no había rastros visibles, aplanaron la tierra con cuidado y respiraron tranquilos.

Neo Rauch Fundgrube (2011) Óleo sobre lienzo 300 × 500.1 cm The Broad Art Foundation, Santa Monica


vIDA DE ARTISTA


Ferdinand Cheval 19 de abril de 1836, Charmes-sur-l'Herbasse, Francia 19 de agosto de 1924, Hauterives, Francia


19 de abril de 1909 Querido Antoni: Recibí tu carta a último momento, justo antes de partir. Me había subido ya al coche cuando reconocí al cartero rondando por la calle de la que fue mi casa y me entregó el sobre donde pude reconocer tu letra. Tus palabras me han infundado el valor de seguir con la idea de este viaje indefinido mientras me recupero de la inmensa tristeza en la que me ha sumido la muerte de F. Como ves, aún no soy capaz de escribir el resto de las letras sin sentir que estoy profanando su nombre. Pero pasemos a otros temas menos lóbregos. Me animé a escribirte gracias la visita que realicé a la morada de un cartero que vive Hauterives, un pequeño pueblo de Los Alpes desde donde te escribo. Para ubicarte, solo te diré que está al sur del país, a orillas del río Rydano y que lo bordean extensos campos de lavanda. Llegué hasta aquí arrastrado por la curiosidad. La otra noche, un borracho me habló de un palacio excepcional que había construido un cartero analfabeta, pero, pasado como estaba de absenta, no le di crédito a sus palabras. Sin embargo, hice un par de averiguaciones y comprobé que el tal castillo sí existía así que emprendí el viaje. Haré un esfuerzo para describirte mis impresiones. Lo primero que llamó mi atención fue el artista en sí mismo, un anciano de nombre Ferdinand Cheval. Lo más inexplicable de su persona es su bigote. Tupido y frondoso en el centro de los labios y luego más delgado hasta terminar en punta. Confunde la anarquía de sus pelos blancos y negros, que están mal dispuestos en todas las direcciones. Bajo el labio inferior, otros pelos, estos sí del todo blancos, reunidos en un pequeño mechón irregular y dividido en dos partes.

No se pueden apreciar sus labios, escondidos por completo tras la pelambrera, pero se adivina su rictus serio, sin rastro de una sonrisa mínima. Su nariz es delgada con las aletas bien abiertas, los pómulos chupados y marcados como sombras. Usa un sombrero negro con una pequeña visera y viste con un abrigo de paño fino, algo envejecido, donde se puede leer el bordado en las dos solapas con la palabra: Postes. Queda claro que se trata del nombre de su cargo y que tiene que ver con el servicio postal. Los ojos los reservé para el final, porque son quizá, junto con el bigote, lo más significativo de su persona. En ellos se puede ver la mirada de un hombre lleno de dignidad, pero algo extraviado en sus pensamientos. Arrugas bífidas se marcan hacia abajo como prolongando los ojos pequeños enmarcados en las cejas arqueadas y mejor peinadas que el bigote. Me detengo en tantos detalles porque mi deseo es que puedas hacerte una imagen lo más vívida posible de este señor conocido como Facteur Cheval, aunque este nombre tan respetable no le ha evitado ser visto como el bobo del pueblo. Aunque este bobo, apellido Caballo, de bobo no tiene un pelo. Parece que un poco torpe sí es. Según me contó en la animada charla que sostuvimos, una mañana, haciendo su recorrido diario en los 32 kilómetros de la zona de reparto que tiene asignada, se tropezó con una piedra y fue a dar al suelo. Se incorporó como pudo y recogió a la causante de su accidente. Ya en la noche, la contempló con calma. Era una pierda singular. Tenía una forma extraña, como de fruta exótica. Unos pequeños agujeros le llamaron especialmente la atención y la idea de que una piedra pudiera albergar vida lo perturbó. A partir de ese día, se ha dedicado a recoger piedras en sus recorridos cotidianos. Primero, se las metía en los bolsillos; luego, en una tula que se colgaba al hombro y ahora las transporta en una carretilla.


Los vecinos no se explican su extraño comportamiento y lo achacan a su bobada, pero lo cierto es que el señor Cheval ha llegado a coleccionar y clasificar miles de piedras mientras construye su palacio. A duras penas sabe leer. Lo suficiente como para reconocer los nombres de los destinatarios de la correspondencia que tiene que entregar, pero eso no ha sido impedimento para su titánico proyecto. En un mercadillo dominical se compró un Larousse ilustrado del que ha extraído ideas para sus diseños. De igual forma, las imágenes de algunas postales provenientes de países lejanos han sido la inspiración para sus ideas que ha hecho realidad pegando piedra por piedra con una mezcla de argamasa. Aunque es imposible trasmitirte con palabras este milagro del ingenio, procuraré hacerte una pequeña narración que te motive a venir a verlo con tus propios ojos. La obra está enclavada entre robles así que se muestra frente al visitante como una aparición. Apenas entré, sentí que estaba sumergido en un sueño, en otra dimensión, y pensé que era imposible que tal visión proviniera de una fuerza humana. Parece un hormiguero, un nido, una colmena. Me hizo pensar también en un castillo de playa elaborado con pequeñas gotas de arena húmeda que se escurren entre los dedos. Mide 26 metros de largo por 14 de ancho y 10 de alto. Las piedras, sostenidas en un armazón de alambre, forman un complejo cuerpo rocoso donde se mezclan, en una caos ordenado y misterioso, templos de la India, mezquitas orientales, figuras egipcias, castillos medievales y sepulcros tenebrosos. No me alcanzaría la vida para describirte todo lo que contiene este delirio de guijarros.

Hay miles de figuras entre mujeres, gárgolas, sombreros, pájaros, columnas, balcones, escaleras, animales exóticos, inscripciones, plantas imposibles y piedras singulares. Todas ellas mezcladas en un palacio de piedras, conchas y fósiles, delirante y desbordado. El cartero no es muy dado a la conversación, pero este día estaba de un humor excepcional así que aproveché para preguntarle si conocía tu trabajo, pues era imposible no pensar en tus obras y la técnica que estás utilizando para la fachada de la Sagrada Familia. Me contestó que nunca se había alejado más de cincuenta kilómetros de su casa, que no tenía la más remota idea de quién era el tal Gaudí y que a él su técnica le había venido enteramente entre sueños. Lo que más me conmueve es su pureza, pero no me malinterpretes, no es pureza estilística porque, por el contrario, es una amalgama de estilos. Es una pureza que tiene que ver con la espontaneidad, con el vigor del espíritu. Es una fuerza bruta, en estado puro, marginal, resultado de la fiebre del alma, proveniente de la inconsciencia. Es surrealista porque, en efecto, brota del universo onírico, pero no podríamos catalogarla dentro del movimiento porque entonces estaríamos catalogando algo incatalogable. Es difícil saber dónde comienza y dónde termina. Tampoco sabemos si estamos ante una obra de escultura o de arquitectura y esa indefinición la hace aún más desconcertante. Cuando se lo pregunté me contestó con su acento montañés: “Puesto que la naturaleza quiere hacer escultura, yo, yo haré albañilería y arquitectura”.


A punto de terminar el Palais Idéal, ha comenzado la construcción de su mausoleo en un terreno que compró en el cementerio municipal, en vista de que las autoridades locales le han prohibido ser enterrado en su palacio. Insistió en mostrarme sus avances así que lo acompañe hasta la entrada pero la visión de un cuervo sobre una tumba hizo decaer mi ánimo y tuve que marcharme sin despedirme del buen hombre. Espero vengas pronto y puedas darle a Ferdinand el abrazo que no le di. Un saludo afectuoso. Tu amigo,

Hervé


´ CRITICAS


GUIJARROS DELIRANTES

A propósito de la exposición “El Palais Idéal”, de Ferdinand Cheval. Para comenzar, una confesión. Visitar una exposición de una obra escultórica -o arquitectónica-, porque en este caso no se sabe, sin poder apreciar la obra en sí misma, sino una especie de “simulación”, es una experiencia decepcionante de entrada. Es como ir al teatro y que te pongan figurines de cartón en vez de los actores de carne y hueso. Me puedo hacer una idea pero jamás llegaré a vivir la experiencia real. Sin embargo, y estas dos palabras son muy importantes, debo decir que esta exposición logra algo que a primera vista sería imposible: trasladar un universo de tres dimensiones a uno de dos y no morir en el intento. ¿Cómo lo logra? Transmitiendo su esencia. A la entrada, miles de piedras se amontonan de mal manera, acoplándose a una suerte de taxonomía caprichosa. Piedras angulosas, con orificios, con caras planas, redondas e informes están tiradas en el suelo, que tuve que atravesar para entrar a las salas. Avancé entre ellas, con mucho cuidado, como si estuviera caminando en un tapete de huevos, para no ir a tropezar con una y dar de bruces al suelo. Como efectivamente le sucedió al artista, según pude entender más adelante. Cuando llegué al otro lado, entré a un pequeño recinto, muy íntimo, donde habían dispuesto una carretilla en el centro, lleno también de rocas, y alrededor fotos en blanco y negro del artista y documentos amarillentos de la época. Nada nuevo. Las fotos muestran a un anciano de nombre Ferdinand Cheval que fue cartero de una pequeña localidad al sur de los Alpes franceses.

Brevemente, me enteré de que el artista invirtió 33 años de su vida en la construcción de lo que él denominó el Palais Idéal. Familiarizado con historias de locos y jubilados con mucho tiempo libre como Máximo Rojo, no pensé que el tal cartero me fuera a impresionar y mucho menos la exposición. Hasta que pasé a la siguiente sala. Era completamente oscura y sobre una pared, gracias a la técnica del videomapping, comenzó a ser proyectada la imagen del palacio, dando la sensación de tridimensionalidad con una fuerte carga de verosimilitud. Para lo que no están familiarizados con el término, el videomapping, que tiene sus antecedentes en las sombras chinescas, es una forma de proyección en video que a través de la luz, las perspectiva y el sonido, crean experiencias sensoriales en tercera dimensión. Entré lentamente a través de unos robles y de repente, la aparición: el Palais Idéal. Un delirio de piedras, una ensoñación. La proyección iba descubriendo la quimera de esta mente brillante, bruta y alucinada. Y digo bruta no el sentido en que lo entendían – o lo malentendían – sus vecinos, sino en el sentido de pureza. Estaba frente a una obra fruto de un espíritu indomable y, a las vez, inocente. Con piedras de formas variadas e imposibles, este cartero-artista le dio forma a un castillo-collage de muchos estilos y variadas formas. Segunda confesión: me quedé de piedra.


La última sala, mucho más convencional, predecible, pero necesaria, exponía fotos del palacio en gran formato y buena resolución. Acompañadas de datos, artículos periodísticos y documentos históricos. Uno de ellos me llamó especialmente la atención. Se trata de una carta fechada del 19 de abril de 1909 y dirigida a un tal Antoni, que resultó ser nada menos que el genio de Gaudí. El remitente, un tal Hervé, que al parecer fue un miembro del movimiento surrealista, consigna sus impresiones de una manera sentida y registra su sorpresa al comprobar que el cartero jamás salió de su pueblo y que su técnica le llegó en sueños mientras Gaudí, por esas mismas fechas, utilizaba esa misma técnica en sus obras arquitectónicas. Lo que me hace pensar que las ideas están en el aire, que no le pertenecen a nadie, pero que necesitan de espíritus libres y bien dispuestos para encarnarse y hacer realidad todos los sueños que nos visitan tanto dormidos como despiertos.


LOS HÉROES Y EL TRONCO PODRIDO Una visita al museo Hace algunos años recibí la visita de unos tíos en Barcelona. Un poco encartada como anfitriona, recomendé hacer un recorrido en el bus turístico para salir rápido de algunas visitas obligatorias. La ruta salió de la Plaza Cataluña y subimos por el Paseo de Gràcia donde pudimos ver además de las lujosas tiendas de moda que entusiasmaron a mi tía- la Casa Batlló y la Pedrera, dos de las obras arquitectónicas más famosas de Gaudí. El bus siguió avanzando por la Avenida Diagonal y llegamos a la Sagrada Familia. Desde el bus podíamos apreciar los cientos de turistas que revoloteaban alrededor de la basílica y tomaban fotos compulsivamente. Mi tía, que había permanecido callada durante todo el recorrido, solo abrió la boca para comentar: “A mí me parece un tronco podrido”. Ella veía un tronco podrido en una de las obras modernistas más importantes del mundo. Me ofendí. Pero para no entrar en polémicas innecesarias guardé silencio. Ella había dejado caer algunos comentarios sueltos, como que la ciudad le parecía sucia, mal conservada y con muchos moros. Así que respiré profundo para no insultarla por ignorante y montañera y seguimos el recorrido hacia el Parque Güell. Nunca volvimos a hablar del tronco podrido. Ni de nada más. Traigo esta anécdota por algo que me sucedió la semana pasada durante una visita al Museo de Arte Moderno de Medellín.

Llegué temprano y decidí comenzar el recorrido de arriba hacia abajo, así que caminé hasta los ascensores. Mientras esperaba la llegada de uno, observé una serie de guacales en madera distribuidos por toda la Sala de Fundiciones. Ingenuamente, pensé que eran contendedores que guardaban algunas esculturas que aún no habían sido desempacadas y que estaban en proceso de instalación. Con ese pensamiento tomé el ascensor y visité el museo, buscando encontrar “la obra” que me sirviera para hacer este análisis. Empecé a agotar las salas sin encontrar esa obra que me hablara, con la que sintiera algún tipo de amor a primera vista, de química, conexión o comunicación. Nada. Sentí una profunda decepción. No culpé a las obras. Me culpé a mí misma por ser incapaz de apreciarlas. Hay días así. Regresé al primer piso, me dirigí a la sala y descubrí con sorpresa –y sobre todo vergüenza– que lo que había visto como guacales eran piezas de la instalación escultórica Héroes mil, del artista colombiano Juan Fernando Herrán. Lo supe por el texto curatorial puesto sobre la pared a la entrada. También supe que el proyecto había participado en la edición 2015 del premio Luis Caballero y que la obra reflexionaba acerca de la memoria histórica, la figura del héroe y las retóricas del poder. Me sentí como mi tía.


Recorrí la sala con mucho cuidado, como pisando un tapete de huevos, para resarcir mi descuido. Abrí mi espíritu para darle una segunda oportunidad y disponerme a vivir la experiencia artística. Conceptualmente era muy interesante. Gracias a las explicaciones del folleto pude entender el trasfondo y el tema. Sí. Era muy interesante y oportuno. Pero lo cierto es que no logré gozar con el objeto artístico en sí mismo. Le vi las costuras. Los tornillos. El armazón. Esos pedestales solitarios, sin bustos, sin caballos, sin banderas, pretendían trasmitir un vacío, pero seguían produciéndome lo contrario: la sensación de tener algo adentro. De ser contenedores de algo más. Eso no era decepcionante, de hecho, me generó inquietud y me hizo pensar en la idea de poder transmitir la existencia de algo que no se ve. Mostrar sin mostrar. Decir sin decir. Luego me entretuve pensando en cosas más superficiales ¿Cómo trasportarían las estructuras? ¿Viajarían en módulos? ¿Cómo las armaban? ¿Esos “guacales” viajarían en guacales aún más grandes? Días después seguía pensando en la obra. Aunque se dice que el arte habla por sí mismo y que no debería ser necesario estudiar las obras para disfrutarla, me puse a investigar. A través de algunas lecturas pude ver cosas que no había visto a simple vista y valorar aspectos que no tuve en cuenta en su momento. Fue como tener los subtítulos de una película en un idioma desconocido. Pude entender, por ejemplo, la elección de la madera como material de la obra. Semejaba a las formaletas que se hacen en la fundición antes de desencofrar. Ese dato me hizo transformar la visión de un trabajo artesanal y de mera carpintería.

También me gustó leer algunas preguntas que le surgieron al curador y artista Luis Fernando Ramírez: ¿Estos pedestales están esperando, empacados, la llegada de nuevos héroes? ¿Sigue siendo necesaria la representación del héroe? ¿Ya no existen héroes? También vi algo más a través de la teoría del artista e investigador Fernando Pertuz, quien propone que esos pedestales “deben estar ocupados por nuestros campesinos, nuestros indígenas, nuestros defensores de derechos, nuestros líderes comunitarios, las víctimas de la sociedad civil, los millones y millones de desplazados que ha dejado este conflicto, los humoristas, padres, madres, hermanos y amigos que han dado su vida por nosotros…”. Lecturas, miradas e interrogantes que surgen a partir de un ejercicio plástico. Personalmente, esos pedestales vacíos me hicieron pensar en el arte mismo y como ha sido presentado y empaquetado a la gente del común, es decir, los no artistas. Generalmente, el arte también está encumbrado en un pedestal. Mucho más alto que el espectador. Y ese espectador, que está lleno de tías, tienen que mirar hacía arriba y hacer un esfuerzo heroico por “entender”, más que por sentir y percibir. Creemos que debemos descifrar y entender lo que el artista quiso decir cuando lo importante es descubrir qué nos dice a nosotros mismos. El arte no se estudia ni en los colegios ni en las universidades. Se ha convertido en materia de expertos, artistas, curadores, críticos e intelectuales. Está solo. En un pedestal alto e inaccesible. Se ha alejado de los espectadores, de la gente común y corriente.


Va recubierto de palabras y empaquetado en verbos y folletos cultos, cada vez más minimalistas. Y los museos, el hábitat del arte, también están encaramados en pedestales inexpugnables. Generalmente son lugares asépticos, con suelos recién trapeados, paredes acabadas de pintar. Con cámaras de vigilancia y personal en uniforme que actúa como robots. Silencio. Murmullos, acaso. Nada de carcajadas ni preguntas espontáneas. Es un lugar sagrado. Y excluyente. Y elitista. Como si el arte fuera para unos pocos elegidos. Hoy, con más años y menos soberbia, me hubiera gustado preguntarle a mi tía por qué la Sagrada Familia le pareció un tronco podrido. ¿Qué quería decir con eso? ¿Qué sensación le dio? Pensándolo bien, no es para nada descabellada su comparación. De hecho, para Gaudí pudo haber sido un gran elogio. Era eso lo que él buscaba. La comunión entre el arte y la naturaleza. La arquitectura orgánica ¿Y qué puede ser más orgánico que un tronco podrido?

Juan Fernando Herrán Héroes mil (2015) Instalación escultórica Medidas variables


cREACIONES A PARTIR DE OBRAS POÉTICAS, MUSICALES Y LITERARIAS


EJERCICIO I Poema resultante de la combinación de los poemas 96, 135 y 747, de Emily Dickinson.

Lápida de plata La nieve lápida de plata al fondo, las piedras la sed, el arrebato y la agonía inmortalidad de pájaros en añicos. Las batallas del cielo en el infierno de mi mente destino del agua en un océano imposible.


EJERCICIO II Poema resultante la pieza musical y la partitura de Gnossiene 1, de Eric Satie

Al FINAL del

pensamiento L e n t o el tiempo muerto que consume los días sin nombre. RELUCIENTE el amanecer de un sol derretido de un blanco tan rojo.

Muy RELUCIENTE

el fuego fatuo fósforo y metano inflamación de cementerios.

Pregúntese

cómo volverán los muertos cuándo cese la noche.

Al final del pensamiento una palabra que nos devuelva al silencio al origen del milagro.


ANIMADA CONVERSACIÓN DE SOBREMESA La sala de comedor de los Arensberg parecía una venta de garaje. En el centro, una mesa alargada con restos de comida, ceniceros y botellas de whiskey. Walter encendió uno de sus Murads y siguió hablando animado. Marcel ya conocía los síntomas de su borrachera: la cara se le enrojecía, sus ojos de lechuza le brillaban y las gafas anticuadas se le deslizaban hasta la punta de la nariz. “Los artistas se toman demasiado en serio. Se creen meados por la Trinidad”, dijo con voz áspera mientras llenaba los vasos con whiskey. A Marcel le divertía la pose de profesor loco que ponía su amigo frente a sus invitados, en este caso Joseph Stella, un pintor futurista recién llegado de Italia. El pintor estaba achispado y se atrevió a formular una pregunta. “¿Esperan sorpresas en la exposición?” Walter miró a Marcel con incredulidad. El francés sonrío y fue como si la estancia se hubiera iluminado. “Ya veremos”, dijo. “Mejor no hacerse muchas expectativas. Hoy en día, nunca se sabe qué pasa por la cabeza de los artistas”. Walter le pegó un puño a la mesa. “El cochino dinero es lo que pasa por sus cabezas”, vociferó Walter. En ese momento, Louise, su mujer, apareció en el recinto con una bandeja llena de pasteles y chocolate que dejó sobre la mesa. “El whiskey no alimenta”, dijo tímida. Los hombres le agradecieron y, cuando estaba a punto de retirarse, Marcel la detuvo con un gesto. “Lou, ¿cuál sería el último artefacto que se te ocurriría exhibir en tu salón?” La mujer se quedó pensativa. “Un orinal, supongo”.

Levantó los hombros intimidada y desapareció. “Te amo”, le gritó Walter y se dirigió a sus amigos. “Eso es. Un orinal. Vamos a llevar un orinal a la exposición”. Marcel sintió como la idea le disolvía el licor y lo hacía ver con lucidez. “Tiene sentido. Un artista debería ser capaz de crear un nuevo pensamiento para cualquier objeto. No se debería preocupar por hacer sino por elegir”. Joseph no entendía muy bien para dónde iban los dos locos pero les siguió la corriente. “Tengo un conocido, el señor Mott, es fabricante de sanitarios. Queda cerca, en el 118 de la Quinta Avenida. Pago por ver la cara del imbécil de Glackens cuando abra la caja”, dijo Walter.

Artista sin identificar Five-Way Portrait of Marcel Duchamp (1917)


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