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Cuadernos de biblioteca

Premios Goya

2011


Premios Goya

2011


Cuadernos de Biblioteca nº 5 Colección dirigida por Josefina López Ilustraciones de Odett Gaudioso Colabora Inmaculada Martín

PRIMERA EDICIÓN, 2011 Ediciones de la Biblioteca Departamento de Edición Maquetación: Mª Pilar López Pérez IES Goya Avd. Goya, 45 50006 ZARAGOZA


MODALIDAD LITERARIA


Relato literario en castellano Bachillerato PRIMER PREMIO: Sucedió…, de Hang Ping Jiang MENCIÓN DE HONOR: Colorín averdosado, de Marta Rivera Modrego

Segundo ciclo de ESO PRIMER PREMIO: La noche, de Víctor Ballarín Aguarón MENCIÓN DE HONOR: La caricia de la primavera, de Blanca Juan Gómez

Primer ciclo de ESO PRIMER PREMIO: El otro zapato de Cenicienta, de Silvia Vergara Alfonso MENCIÓN DE HONOR: Calixto la modista, de Clara Pilar Aguilar Martín MENCIÓN ESPECIAL: No fue un sueño, de Ariadna Ferrer de la Torre


Sucedió…

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is ojos se están cerrando por el cansancio del atardecer. El sueño me invade poco a poco; aún puedo escuchar cómo las lágrimas de Dios empiezan a caer desde lo más alto del infinito sobre la superficie de la tierra. Es normal que llueva en esta temporada, pero no a esta hora. Mi mente cae dulcemente en los brazos de Morfeo y sumergida en la estación del sueño ahora estoy. Una suave brisa me despierta sin más. Los pétalos de azahar van posándose sobre mi cabello. Tardo un rato en darme cuenta, pero veo que aquel lugar no es mi casa, no estoy en el sillón en el que me acuesto, sino en una alfombra de rosas y margaritas. El llanto de la lluvia se ha parado, pero el gozo de las magnolias cae sin cesar. Ya no sé si estoy en uno de mis muchos sueños e quizás despierta. Solo sé que donde me sitúo tiene que ser un mundo de magia. El suave roce del viento empuja las verdosas hojas ya nacidas de sus ramas junto al canto de un gorrión y produce una agradable sinfonía. No sé lo que está pasando, pero no me importa; me agrada este lugar, me noto joven, me siento libre e incluso el cabello que era un manto de nieve ahora es de un intenso azabache. El mundo de fantasías está decorado con los rayos de sol que se filtran entre la lluvia cristalina. Alzo mi mirada contemplando el alto infinito; las enormes figuras que bajo el cielo se encuentran lo decoran como esponjas de algodón. De repente me viene el recuerde de las vacaciones de aquella primavera. Una voz suena tras de mí. —¡Eva! Escucho a alguien llamarme. Me giro lentamente, intentando no perder toda aquella magia de mi entorno, y veo una figura corriendo hacia mí. Su rostro me suena, pero no consigo identificarla. Creo recordar aquella mirada, es como el reflejo de un océano, tan azul, transparente e intenso como la mañana. Me quedo pasmada observando a aquella muchacha de vivos reflejos. Tras un buen rato de observación me doy cuenta de que puede ser Laura, pero es imposible... Ella murió en aquel accidente. ¿Es que me estoy volviendo loca? Salto encima de ella como una flecha que apunta directa. Y brotes de lágrimas empiezan a descender por mi cara. Mis ojos, tan oscuros como el carbón, ahora han tomado una capa de brillo. ¡Dios, si este es un sueño, no me despiertes, por favor! Ella tenía la misma sangre que yo, vivíamos juntas y nos contábamos todo; para ser exactos, es mi hermana. —¿Qué te pasa ? — preguntó, sacándome de mi sorpresa—. Mamá nos está esperando, si no nos damos prisa ya sabes la bronca que nos va a meter en casa. No pude contestar, simplemente hice un movimiento de asentimiento con la cabeza. Miles de interrogantes recorren mi mente. Nos levantamos y saltamos como niñas hasta llegar a la cabaña. Recuerdo esa casa, era la de mis abuelos. En las fiestas de Semana Santa siempre íbamos al pueblo a pasar unos días. Recuerdo aquellos tiempos, cuando en la mentalidad de una solo había diversión y amigos. Ahora que todo aquello se ha perdido, más lo quiero recuperar. Al caer el telón de la noche Laura y yo descansamos bajo la atenta mirada del oscuro firmamento. Alzando la vista vemos el cielo cubierto de un velo estrellado, una estrella fugaz pasó errática, interrumpiendo la tranquilidad de la noche. Ella me lanzó una mirada de complicidad. Sin mediar palabra alguna, supe qué me quería transmitir: que pidiera un deseo. Yo tuve claro desde un principio que permanecer juntas era lo que más anhelaba mi corazón. Contándolo de esta manera puede sonar demasiado aburrido, pero para mí ha sido como un regalo recibido. Paseando bajo la lluvia me doy cuenta de que un atractivo puente multicolor enfoca mi luminosa recta, atravesándola, iluminando un camino que está recién florecido por los encantos de la pasión. De roja fantasía está vestida la pradera de mi entorno. No hay guijarros por mi camino, solo un manto de lirios desesperados por brotar su simpatía hacia un nuevo aparecer. Siguiendo los pasos 8


manto de lirios desesperados por brotar su simpatía hacia un nuevo aparecer. Siguiendo los pasos de mi recorrido, me doy cuenta de que por mi alrededor todo es alegre. Un lento y penetrante soplo del dios Eolo me envuelve haciéndome cosquillas, con el fin de despedirse de la lluviosa primavera y dar la bienvenida al caluroso verano. Otro día ha pasado, escuchando el tictac del reloj. Echo la mirada hacia aquella ventana, el crepúsculo queda totalmente a la vista. Una diminuta separación provocada por el estrecho brillo de luz, que cada vez se va haciendo más pequeña, hasta que el cielo y el mar se funden en uno solo. Aquel rojo sangre creado por el astro rey se expande por todo el firmamento, que a su vez el océano aspira a captar, adquiriendo en sus reflejos todas sus tonalidades. Mirando hacia el amplio techo, manchado por unas cometas inmensas, las nubes dibujan grandes imágenes que escapan a la mortalidad de la imaginación. El sol está bajando por el horizonte para despedirse de la luna con un pequeño roce. Alguien se acerca a mí, aunque apenas puedo percibir sus silenciosos pasos; ese inconfundible aroma me hace recordar aquella sensación que tuve. Aquella llama impaciente no es chispa que se enciende y se apaga, sino el eterno fuego del infierno, que ni con toda el agua del mar se consume. Noto las flechas de Cupido, se me están clavando de nuevo. Lo siento cada vez más cerca. Me giro lentamente y veo que José esta detrás de mi, como un ángel recién caído a la tierra. Me perturba por su traviesa mirada. De nuevo aquella nube me vuelve a enturbiar la vista, y las lágrimas bañan mi cara bronceada. Sus ojos parecen reflejar el recuerdo de un tiempo olvidado. Sin decir nada más me coge de la mano y recorremos la distancia hasta el mar. Observo el paisaje una y otra vez, no me doy cuenta de que José está más cerca de mí que antes. Sus dedos se enredan junto a los míos, atrapados como fuertes redes que no dejan escapar a su presa. Entonces, con un tirón, me lleva hacia él, cerrando la distancia que nos separa. Lentamente, sus labios se posan sobre los míos. Aquella inconfundible fragancia que se desprende de él... no hay descripción alguna. Dulce y cálida, sabe a fresas tentadoras. Cuando nuestras respiraciones están a punto de agotarse, nos separamos pausadamente. Caminando lentamente dejamos tras nuestros pasos las huellas de las pisadas de nuestro corazón, como marcas imborrables de nuestro amor. Nos acompañan las gaviotas, mostrándonos la ternura de su acompasado baile, junto a las estelas que van dejando las olas del mar. ¡El tiempo pasa tan rápido...! En un cerrar y abrir de ojos ya estoy en la estación del dolor, siento y noto cómo su dulce aroma se despierta y desnuda de nuevo a las hijas de su creación. Su hechizo me ha teñido de oro, aquel lánguido viento, que susurra los mayores secretos de la triste estación con roces delicados, me envuelve con un suave aroma enloquecedor. Huele a hojas secas recién caídas. Vagan por mi mundo como hadas hechiceras. Surgen del silencio y convierten a los pétalos en vuelos de mariposas. Ya no son de color rosa, sino de un ámbar poco brillante, pero no apagado, tan solo bronceado. Contemplándolo todo ya no sé qué más puedo sentir. La soledad de mi interior aflora como lágrimas ante un triste recuerdo. No sé si sacarlo o esconderlo, como una vieja máscara que tanto tiempo he llevado y sigo llevando. El cambio de la estación provoca en mi ser un giro a mi dolor, añadiendo una pizca de compasión. Pequeñas recetas que me da la madre naturaleza, de vez en cuando sus susurros me animan, como consejos sabios que una debe tomar. Junto a la orilla de un caudaloso río, me encuentro sentada sobre un mantel adornado con la cautivadora fragancia a lináceos. Estoy rodeada por diminutas piedras que relucen como diamantes bajo el efecto de los haces del sol. De repente, un grito rompe el silencio que poseía aquella atmósfera. Rápidamente me dirijo hacia el lugar de donde procedía el fatal grito. Estiro la mano para agarrarla. Cada vez noto más que mis pulsaciones se van acelerando, como el aleteo de un colibrí. Poco a poco noto cómo la distancia que nos separa se va agrandando. Finalmente el cansancio se apodera de mí. Veo cómo la muerte me la está arrebatando de mi lado. Sin dudarlo, me inclino más, desafiando el límite del precipicio, alcanzando la parte superior de su brazo, que cuelga frágilmente de aquella rama seca. La agarro con todas mis fuerzas, férreamente, y tiro hacia arriba como si me fuera la vida en ello. La rama no aguanta a soportarlo, y cede. Mi hermana cae al abismo, hasta desaparecer en aquel río, turbio y trágico. Del mismo modo que aquella tarde de un doloroso otoño. De repente noto cómo una fuerza del mal me agarra por detrás y me hace entrar por su angosto 9


pasillo de luz, un túnel, tal vez sin salida alguna. Algo me impide cerrar los ojos, y cuando tengo la extraña sensación de estar flotando, me doy cuenta de que la oscuridad ha cesado y quizás el tiempo se ha detenido, porque si no cuál es la explicación de que en mi cuerpo no haya dolor alguno. Lo que se presenta ante mis ojos es una pared blanca que cada vez se va haciendo más amplia. Empiezo a escuchar voces, no imaginarias, ni tampoco de mi interior, sino una conversación entre personas a mi alrededor. Giro un poco la cabeza y observo el tragaluz que se encuentra a mi derecha. Afuera, los pájaros se están yendo al sur. El frío aliento se está apoderando del cielo, estrellas cuya ausencia del color ha provocado. En el exterior, el dios de la estación nos regala, deslizándolo no demasiado lento, su blanco manto, como símbolo del renacimiento que nos espera, manchando la diminuta bola construida por la magia de la creación, para celebrar finalmente el nacimiento de su hijo. En estas fechas, los mortales están felices esperando el regalo que les espera, pero yo no, ya que lo único que espero es a la propia muerte, que en algún rincón de esta habitación me aguarda. Por las ruinas de mi interior vagan lúgubres tinieblas. Aunque todo esto no es nada comparado con el llanto que cada vez se me está haciendo más inevitable contener. Ya solo queda esta insípida habitación. Ya no está Laura. Las cuatro estaciones que cubren los años han vuelto a mi vida, y han pasado por ella del mismo modo que lo hicieron entonces: fugazmente, como aquella estrella que iluminó una noche de primavera, llenando nuestras mentes con su recuerdo. En cada extremo de la habitación surgen del silencio dos figuras borrosas, que cada vez se hacen más visibles, tan silenciosas como almas pasajeras. Uno está envuelto por una inmensa niebla oscura llena de malicia, mientras que el otro está cubierto de luz y belleza. En este momento comprendo que el Todopoderoso ha mandado a los jueces de su mundo a por mí. No hay escapatoria. Mi tiempo está llegando a su fin. El baúl de las llaves se ha cerrado. Puertas y muros por mi pradera han aparecido. Ya no hay alfombras de rosas y margaritas, sino un campo tan seco como un terreno abandonado. Un duro viaje me espera a la frontera de la otra dimensión, para que finalmente vuelva a salir por los senderos de la naturaleza. Sé que la flora se marchita junto a mí. Sorbo a sorbo el tiempo se ha llevado el néctar de mi vida. Mi visión se va haciendo cada vez más confusa, hasta que el camino de luz se apaga por completo, y me sumerjo en la ciudad del sueño eterno. Hang Ping Jiang, 2º Bachillerato B

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Colorín averdosado

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rase una vez una ranita llamada Campanita, una ranita con preciosas y diminutas alas gracias a las que podía sobrevolar toda la ciudad de un lado a otro. Vivía a las orillas del Sena, de extensas y frías aguas, que le refrescaban el rostro cada mañana al lavar-

se con ellas. A pesar de habitar en un apartado y acogedor recodo del río, Campanita tenía muchos amigos. Uno de ellos, era Salvador Cuasisordo, un muchacho algo desgarbado a causa de una hernia que lo dejó algo gibado. Se ganaba la vida a base de dibujar caricaturas para los turistas frente a la Señora de Notre Damme, y hablando de Notre Damme, allí pasaban las horas inmóviles hasta bien entrada la noche, las gárgolas, a las cuales Campanita tenía en gran estima. Todos juntos formaban un grupo de amigos un tanto peculiar. Eran muy conocidos por el barrio Latino, ya que lo rondaban cada noche visitando los más viejos y destartalados antros, acabando sus visitas cuando el sol estaba a punto de ponerse. Precisamente, en una de estas noches de verano, conocieron al tío Brindis. Tío Brindis era un cisne alejado de toda estética característica de las aves de su especie. Amigo de las bebidas espirituosas, aseguraba conocer a unos aristocráticos gatos que asistían, dice, junto a él y otros nobles más, a largas veladas musicales acaecidas en una azotea de la periferia donde se podía escuchar el mejor jazz de toda Francia. ¡Pobre diablo!, sus historias eran de lo más pintorescas, y tan surrealistas... ¿Gatos cantantes...? ¿Qué tipo de extravagancia era esa? En el invierno del 2010, tras una noche tan esperpéntica como las anteriores, Campanita, volviendo de camino a su redil fluvial, deambulaba por la ribera cuando topó con un puesto ambulante regentado por una anciana vestida toda de negro, de pies a cabeza, con una enorme verruga en la misma punta de la nariz. En contraste con el mal aspecto de la vendedora, despachaba unas enormes y apetecibles manzanas. No pudiéndose resistir a tal tentación, la ranita Campanita compró una de ellas, la más roja y reluciente de todas ellas. La ranita, justo antes del primer mordisco, volvía a replantearse la salubridad de aquella fruta, pero sin más dilación dio el primer mordisco, "lejos de matarme, la manzana solo podrá engordarme", pensó. Tan solo unos metros más adelante, comenzó a sentirse mal, notaba un ardor en el estómago, casi no podía caminar, y se acurrucó en una esquina para esperar a que el dolor cesara. Oyó ruidos, una mano azotante la terminó de espabilar, ¡era un humano con cabeza de león! Campanita se asustó considerablemente ante tal sorpresa. ¡Sus ancas se habían convertido en manos, y piernas!, su gelatinosa piel, ahora en un maravilloso y terso cutis exento de imperfecciones. — ¡Bestia! ¡Bestia! —gritó Campanita al ser que había interrumpido tan bruscamente su sueño —. ¿Qué es lo que me ocurre? —le preguntó con mucho interés. El muchacho con gigantesca cabeza de león, tardó en darse cuenta de que era a él al que preguntaba nuestra amiga. Pero al fin, lejos de darle ninguna explicación, la invitó a tomar una bebida caliente en un bar cercano, porque la mañana era fría y ventosa. El cabeza de león se sentó en la terraza como si su cuerpo pesara más que de costumbre y estuviera lleno de cansancio. Campanita, curiosa, le preguntó por qué no entraban adentro, allí estarían más recogidos del gélido día. Él, extrañado, a la vez que sacaba una caja de cigarrillos del interior de su capa, golpeó suavemente la otra silla. Campanita aceptó sentarse, y él dijo: ¿Tampoco recuerdas que no se puede fumar en los bares? —Ella negó con su cabeza humana recién estrenada y frunció el ceño. —Vaya, tendremos entonces una larga explicación por delante, llamaré al camarero, que traiga dos cafés bien calientes y un par de rosquillas de pueblo. —Segundos después de decir esto, se agarró la cabeza de león y se deshizo de ella apoyándosela sobre el regazo. Campanita 11


—Veamos, empezaré por el principio. Me llamo Roberto Corazón de León, trabajo en una tienda de disfraces de dos calles más abajo, pero antes de este empleo, solía vivir como un rey, me dedicaba a robar a los pobres para dárselo a los ricos, sí, en el banco de al lado de la tienda de disfraces, pero ya sabemos lo que pasó con la crisis, me despidieron y tuve que buscarme otra cosa. En cuanto a ti, trabajabas para Cruela de Gil. Te puso en la calle, no sin motivos. Por lo que sé, te dedicabas a embaucar a tus compañeros contándoles día tras día capítulos de una telenovela mexicana que veías por la TDT, y siempre los dejabas con la intriga de qué es lo próximo que ocurriría. De manera que la producción de alfombras mágicas cayó en picado y se vio forzada a despedirte. Luego, te fuiste a vivir a una cueva, con cuarenta ladrones, ciento un dálmatas, un gato con botas, una mona llamada Chita y no recuerdo cuántos niños perdidos. Dejaste de pagar el alquiler, tus honorarios de niñera no te daban para mucho, además al poco tiempo prescindieron de tus servicios. Perdiste la cabeza, eras habitual en el programa Callejas, y una estrella de los vídeos de Internet. Por lo visto, adquiriste como hobbie ir volando con un paraguas y recogiendo trastos en un carro de la compra, que jurabas y perjurabas que no tenía fondo. Incluso empezaste a flirtear con un deshollinador, pero la cosa no terminó de cuajar. Definitivamente estás viviendo con tu tía y sus envidiosas hijas, tus primas. Todo por tu estúpido capricho de casarte en una ceremonia de alto copete, con aquel desmesurado desfile nupcial de elefantes y faquires, por no hablar de aquellos carísimos zapatos de cristal que perdiste al salir espantada de la iglesia al descubrir que tu marido, el que había sido cuidador de monos toda su vida en un zoo, te había abandonado por una mona llamada... De repente, Campanita cayó desvanecida sobre la silla. Al abrir los ojos, seguía en el mismo lugar, esta vez sola. Roberto Corazón de León había desaparecido, como si se lo hubiese tragado la tierra, y toda aquella historia hubiera sido una simple pesadilla producto de su imaginación, pero...intuyó un susurro que parecía venir de lejos, y que decía su nombre. —Campanita, Campanita, soy yo, la tetera. —Campanita no daba crédito, seguía siendo humana. —Escucha, querida Campanita, vete a casa, este Carnaval se te ha ido de las manos —le sugirió la pieza de vajilla. — ¿A casa? ¿Con mi tía y mis primas? —Campanita torció el rostro. — ¿A qué te refieres, querida Campanita? En casa te estará esperando tu marido —aclaró con un expresivo gesto porcelanesco. — ¿Mi marido? ¿Quién es ese?, no recuerdo nada. —Todo tocaba la irrealidad. —Sí querida, Pedro Pan, el panadero del barrio, él es tu marido. Os casasteis hace relativamente poco tiempo, ¿es que acaso no lo recuerdas? Fue un acontecimiento por todo lo alto, y precioso, por cierto. Vino gente de todo tipo, cuarenta ladrones, ciento un dálmatas, un gato con botas... — ¿Y una mona llamada Chita? —preguntó la exanfibia. —No, por alguna extraña razón te negaste a invitarla, las más alcahuetas del lugar decían que había sido una cuestión de infidelidades en un intento anterior tuyo de boda. De todas maneras, acudió también una gran bandada de niños perdidos que por lo visto te tenían en alta estima. En fin...y colorín colorado, este cuento se ha acabado, y fueron felices y comieron... — Perdices —terminó diciendo Campanita. —No, hija. La crisis afectó, y con tantos invitados no llegó para tanto. Así que fueron felices y comieron... ¡ANCAS DE RANA! Marta Rivera Modrego, 2º Bachillerato E

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La noche Noche (Del lat. nox, noctis): Tiempo en el que falta la claridad del día. Así define la Real Academia esta palabra, y ciertamente todo ocurrió en una aciaga noche.

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a débil luz de la lámpara apenas conseguía disipar la penumbra que reinaba en la cocina. Aunque las paredes estaban pintadas de añil, me parece recordar que aquella noche la estancia tenía unos tonos más oscuros que nunca, como si presagiaran el luto. La sólida mesa de roble (regalo de bodas del ebanista del pueblo, un familiar de mamá), utilizada solo para las celebraciones especiales (los cumpleaños, las cenas de Nochebuena…) y las frecuentes tertulias de papá y sus amigos, esa noche de julio de 1936 sirvió para congregar a la familia por última vez. Fue la noche más larga de mi vida. Debía ser medianoche. El horror y el miedo corrían de puerta a puerta, de casa en casa. Papá, nervioso, se asomaba por la ventana constantemente, y mamá —a quien recuerdo que le temblaban las manos— permanecía sentada y no paraba de sollozar. La abuela rezaba mientras pasaba una a una las cuentas del rosario. Yo no comprendía qué estaba ocurriendo. Cada vez que preguntaba a mis padres, me contestaban que no me preocupara, que estuviera tranquilo, que no pasaba nada. Pero yo, que había escuchado los disparos de aquella tarde, que había visto desde la ventana de mi habitación cómo la gente se apresuraba a entrar en sus casas, sabía que algo grave estaba ocurriendo. Como hacía días que no paraba de escuchar a los niños más mayores de la escuela que iba a haber una guerra, les pregunté a mis padres si había comenzado, pero volvieron a insistirme en que no me preocupara. Al rato, Ana, mi hermanita, que había percibido el nerviosismo de los mayores, se levantó de la cama. Apareció en la sala abrazando con fuerza a María, su muñeca de trapo. La cogí de la mano mientras mis labios dibujaban una falsa y tranquilizadora sonrisa. Excepto Ana, ninguno de nosotros había cenado aquella noche. Desde la radio de la capital, que no paraba de difundir música militar, un locutor ofrecía de vez en cuando noticias sobre el avance de los sublevados. Papá no pudo seguir escuchando más y buscó en el dial otra emisora. En esos momentos sonaba El día que me quieras, de Carlos Gardel. Lo recuerdo porque era una de las canciones favoritas de la abuela, y siempre que la emitían la tarareaba. Cuando la abuela terminó de rezar hirvió agua en la cocina y preparó una manzanilla para calmar los nervios. Papá, a quien no le gustaban las infusiones, intentaba apaciguar su ansiedad a base de aguardiente. La casa, pintada de blanco, estaba situada en la calle mayor del pueblo, que en aquel entonces estaba dedicada a Fermín Galán. Era estrecha y en el piso intermedio, el dedicado a vivienda, tenía un bonito balcón en el que mamá colgaba las macetas de geranios y claveles; sus flores eran la envidia de todo el vecindario. Alguien llamó a la puerta trasera, la que daba al corral. Todos nos sobresaltamos y mamá se puso aún más nerviosa. Volvieron a llamar, y la abuela fue la primera en reaccionar. Se levantó y fue decidida para averiguar quién era. —¿Quién llama? —preguntó la abuela, intentando aparentar una voz serena y calmada. Desde el otro lado de la puerta alguien contestó débilmente: —Doña Amelia, soy Ana, la vecina. Ábrame por favor. Ana era muy joven cuando se tuvo que casar con su prometido, un hombre bastante mayor que ella, que había emigrado a América y, después de diez años de sacrificios, había regresado al pueblo con una importante fortuna y con el propósito de formar una familia. La abuela abrió la puerta y Ana, que llevaba un bebé en brazos, se le abalanzó llorando. —Un grupo de guardias civiles y falangistas se han llevado preso a Lucio ¿Qué le van a hacer, 13


doña Amelia?— tartamudeó Ana. Mamá, que también había salido para comprobar qué ocurría, hizo pasar a Ana hasta la cocina y se sentó con ella en la cadiera. —Cuéntame lo que ha ocurrido, cariño— le dijo mamá, intentando tranquilizarla. Mamá y ella se conocían desde que iban a la escuela. Se querían tanto, que mamá quiso que mi hermana tuviera el mismo nombre que ella. Ana le dio detalles de cómo habían entrado las tropas en el pueblo, disparando a diestro y siniestro, y cómo habían detenido a su marido y se lo habían llevado, maniatado, a punta de pistola, entre insultos y culatazos. Le dijeron que se lo llevaban a “dar un paseo”. Mamá procuró tranquilizar a Ana, que no cesaba de llorar, y le sugirió que ella y el niño se quedasen con nosotros un tiempo, hasta que todo se solucionara. —Mamá, ¿por qué se lo llevan a pasear? ¿No sabe pasear solo?— preguntó mi hermanita. La ingenuidad de su niñez hacía brillar sus ojos pardos. Mamá no sabía qué decir. Fue a contestarle, pero yo, en mi inocencia, me adelanté y dije: —No, tonta, los guardias civiles van a tu casa si te portas mal y se te llevan para castigarte. Nos lo dijo mosén Julián, el párroco, ¿no te acuerdas? En cuanto terminé mi comentario, noté que mamá se molestó mucho. Todavía se puso más nerviosa y optó por no contestarme. Entonces se dirigió hacia papá, que continuaba fumando compulsivamente, y con los ojos anegados de lágrimas le preguntó: —¿Qué hacemos contigo? Tienes que esconderte; en cualquier momento vendrán también a por ti, como han hecho con Lucio, y se te llevarán. —Mamá se sacó el pañuelo de la manga y se limpió las lágrimas. —¿Papá, a ti también te van a “llevar a pasear”? ¿Te podemos acompañar? —preguntó Anita. Mamá y papá la ignoraron. La abuela se acercó a Anita y se la llevó cariñosamente a su cuarto, para distraerla. Por fin papá se decidió a hablar: —No pienso esconderme, no soy ningún cobarde. No he cometido ningún delito, solo soy un simple concejal republicano. Tengo unos ideales y lucharé por ellos. Justicia, igualdad y libertad son algo más que palabras. Son metas, derechos. Sólo intento conseguir que viváis en un mundo en el que seáis respetados y podáis ser libres. —Papá se puso en pie mientras hablaba. Al oír eso, mamá se arrodilló en el suelo enfrente de él y le rogó que huyese al monte o que intentara esconderse en la casa de campo de sus padres, deshabitada desde la muerte de estos. Lloraba, lloraba mucho, era la primera vez que veía hacerlo a mi padre. Papá no contestó, se limitó a acariciarle el pelo y la besó. —Te quiero; por favor…— susurró mamá, desesperada. Me acerqué lentamente a ellos, los miré y los abracé. Mamá me dio un beso en la mejilla y papá me estrechó más hacia él. —Cariño, hazle caso siempre a tu madre. Si algo me ocurriera, cuida de tu hermana y no dejes que le hagan daño alguno. Sé responsable. Cuando seas mayor entenderás que luché por un mundo mejor, en el que puedas reír, jugar, estudiar y trabajar cuando quieras y como quieras. Nadie debe arrebatarte tu libertad, no lo olvides— dijo papá. Tal vez con el paso de los años mis recuerdos se nublen, pero aquellas palabras me quedaron grabadas para siempre, como si me las hubiesen marcado a fuego en la memoria. El cansancio me pudo, me acurruqué en la mecedora y me venció el sueño. Ya casi amanecía cuando me desperté sobresaltado al oír un griterío que provenía de la calle. En ese momento, papá se asomaba a la ventana. Un grupo de hombres, uniformados con camisa azul, golpeaban con las culatas de sus fusiles a un hombre de tez morena, que permanecía maniatado. Era el tío Antonio, el hermano de papá. Se había resistido a salir de su casa por las buenas, se había negado a dejar a su mujer y a sus hijas solas, y había sido sacado a trompicones y entre insultos. A papá se le encogió el estómago al reconocer a su hermano. Sabía que iban a matarlo. Papá no pudo aguantar más, entró a la despensa, cogió la escopeta que guardaba oculta encima de la alace14


na, la cargó y volvió a la salita. La abuela y Anita acababan de bajar del cuarto, asustadas por los gritos. —Ha llegado el momento. —Uno a uno nos abrazó, la tristeza inundaba sus ojos. Mamá se arrojó a sus brazos mientras gritaba desesperadamente que se quedase—.Os quiero— y esa fue la última palabra que oí salir de sus labios. Papá se armó de valor y salió de la habitación armado con su escopeta. Sus pasos se eternizaron, su caminar era el de un héroe. Cerró la puerta suavemente y salió a la calle. Papá se fue con la aurora, y con él mi infancia. Víctor Ballarín Aguarón, 4º ESO B

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La caricia de la primavera

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s la tierra serena, sabia, digna y sincera la que los recoge maternalmente. Está curtida, agrietada y seca. Muestra su seriedad y su belleza sobria. Se extiende como una tela que nunca se acaba, que se prolonga libre, indefinidamente, inmensa. Es la tierra de los almendros, que sobreviven fieles, uno detrás de otro hasta llegar a lo que podría ser el cielo o el mar: un final imposible, impreciso y desconocido. En un extremo, a lo lejos, hay trazada una carretera. Es una pincelada negra y uniforme, pero ya algo descolorida por los coches que cada día pasan arañándola ferozmente con sus ruedas. De vez en cuando se empieza a escuchar un murmullo que crece como conversación hasta convertirse en alboroto y se apaga poco a poco cuando los coches se van. Todo vuelve a la tranquilidad de los almendrales. El frío envuelve, blanco, quieto y silencioso. Hace ya muchos días que llegó. Dejó a la tierra aguantando la respiración. Todo pasó a ser prisionero del frío. Lo acompaña una niebla espesa que empapa y se enreda entre las ramas. Nadie escapa a la red que teje el frío. Mientras tanto, los almendros esperan consigo mismos, desnudos e impasibles a escuchar el latido de la tierra que cada año les da la vida. En realidad no lo saben. ¿Cómo van a saberlo? En invierno la primavera es el secreto mejor guardado. Esperan pacientes y tranquilos, como solo lo hacen los que están de verdad convencidos. Esperan a que ocurra sin prisa, sin hacerse problemas. Como si el tiempo se hubiera detenido. La tierra, los almendros, allá la carretera y el frío. Aquella noche todo estaba preparado. Los brotes se disponían con delicadeza. Era una nueva primavera lista para ser pronto contada. Esta es la misión de las flores de los almendros. Todo dependía de ellas. Ya estaban deseando contarla. Se sentía el brillo y la emoción en el aire. Por la mañana el frío se había retirado. Se apreciaba un olor fresco y vivo, a primavera. Se regalaba sol, que se posaba suavemente sobre el campo. Se empezaba a escuchar la vida. Pero se puso aquel sol y en un suspiro volvió el invierno, desolador. Entró como una espada, convencido, directo y arrogante. Atacó con crueldad. Todos estaban a su alcance, sorprendidos y sin saber qué hacer. Pero ya era demasiado tarde. Las yemas querían abrirse. Ahora ya no les podían pedir más paciencia, aunque estaban solas, perdidas y desorientadas. El tiempo jugaba con ellas. Irremediablemente salieron. Eran unas flores blancas, valientes y tiernas entre el frío. Eran la expresión de la belleza, el compromiso, la defensa y la lucha por lo propio. Desde la carretera se veía un paisaje maravilloso. Las rodeaba el ambiente de lo pasajero, de lo único, de lo que se acaba y hay que aprovechar. Eran una ilusión y una promesa. Aun así, los coches pasaban ante un desfile de estrellas casi sin advertirlas, a gran velocidad. Atravesaban unos campos con luz propia. Al día siguiente encontraron a las flores abrigadas en un manto de escarcha que también tapizaba el campo. Estaban dormidas, arrugadas y débiles. No había nada que hacer. Se habían dejado engañar por la tenue caricia de la primavera. Esa primavera que cada año nos visita, alegre y caprichosa, viva y pasada, esperada e incierta. Blanca Juan Gómez, 4º ESO A

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El otro zapato de Cenicienta

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esde que la Bella Durmiente despertó por culpa de un gracioso que pasó todas las pruebas, su vida cambió para siempre. Se tuvo que casar con él y trabajar como todos los que no vivimos en un cuento. Así que la derrotada Bella Durmiente abrió la puerta de la cafetería donde trabajaba. Como todos los viernes, a Bella le tocaba encender las luces del local y ponerse en movimiento antes de que llegaran los demás trabajadores y fueran las ocho en punto, porque, para entonces, los clientes ya deberían estar eligiendo sus desayunos. Bella miró el reloj: las siete y media. Puntual, como siempre —murmuró para sí misma, con una sonrisa en la boca. Esa tarde tenía fiesta y había quedado con su amiga de toda la vida para ir de tiendas. Bella llegó por fin a la placeta donde había quedado con Caperu la Roja; aunque desde que había crecido todas la llamábamos Rucita. Bella respiró hondo, feliz de que hubiera llegado ya el Gran Momento: El Momento De Las Rebajas. Rucita ya estaba allí. —Hola —saludó Rucita. —Hola —contestó Bella—. ¿Lista para la misión? Rucita asintió. Su misión consistía en ganar la competición de las rebajas. Los rivales eran Cenicienta y siete enanitos ayudantes a los que había sobornado con riquezas imposibles. Bella gruñó al pensar en ella. La verdad es que desde que perdió el otro zapato se había vuelto insoportable, porque ese, el otro zapato de Cenicienta, no lo había encontrado nadie todavía y aunque lo encontrara alguno de sus enanos, ya no le valdría porque tenía juanetes. Allí Rucita le contó a Bella que Blancanieves, Blanquita para los amigos, también había prometido acudir. Blanquita era menos peligrosa, porque desde el asunto aquel de su madrastra, tenía la autoestima un poco baja. Así que se conformaría con algún trapito de saldo pasado de moda y, no es por criticar, pero cada vez está más paliducha y llorosa. Bella y Rucita se pusieron en marcha. Irían en el coche volador último modelo de Rucita. Preparadas, listas… en marcha. El motor rugió y el coche salió despedido hacia las alturas. ¡Qué maravilla! ¡Qué paisajes! ¿Qué paisajes? Se habían quedado atascadas en una nube. No podían moverse. La única forma de salir de allí era llamar a los 437 elefantes saltimbanquis amigos de Rucita; esos que viven balanceándose en una tela de araña. Y allí estaban. La verdad es que los 437 elefantes saltimbanquis nunca fallan. Todos a una tiraron y tiraron del coche hasta que lo sacaron de la nube. Pero la fuerza de los 437 elefantes saltimbanquis era tan grande que el coche salió disparado hasta caer en un bosque; Sherwood, ponía en el letrero. Dios mío, estaba lleno de bandidos. ¡Menos mal que todavía no habían hecho las compras! Bella y Rucita pensaron que quizá Cenicienta y sus enanos o Blanquita las iban a adelantar. Necesitaban salir del bosque de Sherwood con urgencia. Suerte que el Lobo Feroz, Fer, de toda confianza para Rucita, les hizo de guía. MIENTRAS TANTO… Cenicienta estaba de mal humor, muy mal humor. Al caer al río Ebro, el pelo se le había rizado, de tal manera que, según ella, parecía Ricitos de Oro. El vestido que llevaba, estaba caladito de agua, cosa que no le hacía ni pizca de gracia. No iba a permitir que Bella y Rucita la vieran en tan lamentable estado. Era necesario apresurarse y llegar antes que Bella a las Rebajas o la verían así, hecha unos zorros. Bien, os preguntaréis por qué fueron a parar Cenicienta y los siete enanitos a las aguas del Ebro. Aprovechando las pruebas del tranvía, se colaron en su interior para llegar a su destino gratis. Todo iba sobre raíles hasta que Gruñón, enfadado porque Mudito no le contestara a su pregunta, dio un puñetazo sobre el cuadro de mandos y el tranvía descarriló. Lo que sucedió des17


pués, ya lo sabemos. A LA MISMA HORA… Blanquita, sin prisa pero sin pausa, ya entraba por la puerta principal de “La Brecha Francesa”. POCO DESPUÉS… Bella y Rucita estaban en la sección de Perfumes, en la planta baja. Estaba de promoción una nueva colonia que a Rucita le recordaba a la tarta de moras que le llevaba a su abuela cuando era pequeña; sí, aquella que tanto gustaba a Fer. Cenicienta y sus siete enanitos llegaron por fin a “La Brecha Francesa”. Cenicienta se mueve como pez en el agua entre pintalabios, sombras de ojos, planchas para el pelo y minifaldas. Aunque ella busca otra cosa: el otro zapato. Nunca encontrará otro zapato como aquel. Los siete enanitos se empiezan a aburrir y deciden que no quieren comprar sino ser comprados. Quieren subir a la planta de juguetes y ser vendidos como muñecos para los niños. Los niños seguro que saben apreciar mejor sus gracias que la altiva Cenicienta. Quién se habrá creído que es. EN ESE MOMENTO… Los siete enanitos se arman de valor y abandonan a Cenicienta que empieza a berrear como una histérica. —Pues nosotros nos plantamos aquí. De aquí no nos movemos —dicen los enanos. En el mismo instante en que los siete enanitos pasan a ser juguetes, Rucita deambula por la primera planta, el supermercado. Cuál fue su sorpresa al descubrir a sus amigos los tres cerditos con un limón en la boca y cara de pena en el escaparate de la carnicería. Pedían auxilio con los ojitos y Rucita, aunque compradora compulsiva, tenía buen corazón: —¡Os salvaré, pequeños cerdos! A la de tres soltáis el limón y os escondo en mi cestita. 1, 2 y …3 ¡ZAS! Rucita salta por encima del mostrador con un triple salto mortal y arranca a los tres cerditos de las bandejas plateadas con fondo de perejil. Sus amigos estaban a salvo dentro de la cesta de Rucita todavía con restos de tarta de moras. Esta heroica hazaña la obliga a abandonar la competición. Si alguien la ha visto llamarán a la policía y adiós cerditos para siempre. Silenciosa pero satisfecha huye por la escalera de incendios. Rucita y sus tres amigos cantan para distraerse la canción de los elefantes saltimbanquis para que en el próximo apuro ya sean más de 437. Pero Rucita no se había dado cuenta de que su amiga Bella no estaba allí. ¿Dónde estaría? Bueno, supongo que sabrá apañarse, aunque siempre ande un poco adormilada. Y efectivamente, Bella, al pasar por la segunda planta “HOGAR Y MUEBLES” no pudo evitar probar una camita preciosa, como de cuento, en un ataque de nostalgia. Y… se durmió. Cenicienta no sabe que muchas rivales ya están fuera de juego por razones varias y por fin llega al lugar que le interesa: “ZAPATOS Y COMPLEMENTOS”. —¡Qué veo! —dijo con voz entrecortada Cenicienta. Allí a lo lejos había un zapato que sí podría ser “el otro zapato”. Su otro zapato. Milagrosamente, nadie se acercaba a él. Quizá, todos sabrían que la estaba esperando. Cenicienta se aproximó. Un fuerte olor parecía desprenderse del zapato. Pero no era queso. No. ¿Pescado? ¿Sardinas? ¡Sardinas! Aquellas tres misteriosas sardinas que unos meses atrás se habían escondido en un zapato y no habían sido todavía localizadas, estaban en “su otro zapato”. Esto era intolerable, sardinas en su zapato de princesa. Pondría una reclamación. Pero he aquí que el Gato con Botas, raudo como solo lo es un gato, salta por encima de Cenicienta y se lleva el zapato y las tres sardinas como botín. Cenicienta se desmaya del susto, del asco, del desengaño. Por todo esto parece ser Blanquita la que está más adelantada. Ha llegado a la quinta planta pero no ha encontrado lo que busca: manzanas, muchas manzanas rojas. Y ha dejado un rastro de lágrimas que solo unos niños acostumbrados a perderse en el bosque han podido seguir, los hermanitos Hansel y Gretel. Ellos, que procedían de la más absoluta pobreza, que ni siquiera pensaban ir a las Rebajas, se lo han llevado TODO, TODO, TODO. Y colorín colorado, posiblemente este cuento NO haya acabado. 18


En ese momento una voz grave sacó a Bella de sus sueños: —Un café con leche y un cruasán por favor. Silvia Vergara Alfonso, 1º ESO A

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Calixta la modista

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ra un pueblo tan pequeño, tan pequeño, tan escondido, tan escondido que no tenía nombre. Se encontraba en un pequeño y verde valle, entre varias montañas bien altas, rocosas y con las cumbres todos los días del año cubiertas de nieve. Al pueblo se llegaba por la carretera más estrecha y cochambrosa jamás imaginada por cualquier persona humana. A la entrada del pueblo hay un puente de piedra medio derruido con un precioso álamo que en verano daba sombra más que suficiente para que todos los habitantes del pueblo descansasen del agobiante calor que el sol les daba durante todo el verano. El río del que se podía disfrutar en este lugar no era ni grande ni pequeño, lo que destacaba en él eran sus aguas transparentes y frescas. En este pueblo no existían ni calles y las casas no tenían números. Para identificar cada casa nadie tenía problemas, porque el alcalde hacía tiempo que ordenó, por un bando, que se reuniesen los vecinos para sortear los colores de las casas. Así, los vecinos, muy obedientes, pusieron los nombres de los habitantes del pueblo en un sombrero y en otro todos los colores. De esta manera quedó el pueblo en que la casa del peluquero sería la marrón, la del carnicero la roja, la del médico la blanca, la del herrero la gris, la del tendero la amarilla, la del cura la negra, la del farmacéutico verde, la del zapatero morada... Todos los vecinos estuvieron de acuerdo con el color que les tocaba pero de pronto se escuchó un sonido no muy agradable, desde el fondo de la sala de reuniones del pueblo, que decía con una voz muy chillona y estridente para cualquier oído humano o animal: ¡A mí me habéis dejado sin color!. Ni el alcalde ni los vecinos tuvieron duda de a quién pertenecía esa voz, era Calixta la modista. Como todos sus vecinos conocían sus rarezas y la tenían más por chiflada que por cuerda, le dijeron que ella era la que decidía el color de su casa y ella muy contenta les dijo que su casa sería la casa rosa con lunares negros; a los vecinos les entró una risita que la disimularon para no enfadar a Calixta la modista. Calixta la modista, persona rara, pero rara rara, era flaca como sus alfileres, alta como una jirafa, con pelo largo y rojizo que le llegaba hasta las posaderas, uñas largas y afiladas como cuchillos, sobre su nariz aguileña llevaba unas gafas que tapaban lo único hermoso que tenían, sus ojos color violeta; sus orejas, también grandes, lograba disimularlas con su cabello. La forma de vestir de Calixta, al igual que ella, también era algo extraño, no le importaba ir con bañador en invierno, aunque se pusiera mala, y abrigo en verano, aunque se achicharrara. Calixta, aunque fuera rara, no era mala persona, ella siempre estaba dispuesta a ayudar a los vecinos y ellos lo agradecían. Los vecinos solo tenían una pega con ella: que quería que todo el pueblo llevase sus “modelitos”, que para ella eran puro diseño pero que para los vecinos no encajaban ni aunque les pagasen por llevarlos. Calixta se dio cuenta de que nadie se ponía sus modelitos y se sentía muy despreciada y triste por sus vecinos porque nadie valoraba lo que era una obra de arte para ella, sus vestidos. Un día se le ocurrió una idea: si sus vecinos no querían ponerse su ropa, los animales, que eran más bondadosos no se negarían a cumplir sus deseos. Además, pensaba Calixta, los animales a los que vista serán los únicos que podrán desfilar por la pasarela. Dicho y hecho se puso manos a la obra. Al caballo le hizo una camisa a cuadros amarillos y marrones, un pantalón azul; a la yegua un vestido de volantes; a la vaca le cosió un vestido de puntillas; a la oveja una chaquetilla negra y una minifalda naranja y lazos del mismo color en las orejas; al perro un traje de marinero; a la gata un traje de lunares; a la gallina un top con minifalda de color lila; al cerdo una corbata de A Coruña (que llegan del cuello a la pezuña). 20


Cuando ya tuvo todos los trajes hechos decidió ponerle a cada animal su correspondiente modelo. Esto ocurrió en un viernes cuando todo el mundo estaba deseando descansar el fin de semana. Calixta esperó a que fuesen las doce de la noche y que todos sus vecinos se durmiesen, para que nadie la viese vistiendo a los animales, que para Calixta eran sus modelos. A la mañana siguiente, cuando empezó a salir el sol, empezaron a alborotarse todos los animales. Parecía un concierto, se mezclaban el relinchar del caballo y la yegua con el mugido de la vaca, el balido de la oveja, el ladrido del perro, el maullido de la gata, el gruñido del cerdo. El concierto quedaba algo así: ¡jeee, jeee, gua, muuu, beee, oing, muuu, jeee, miau, muuu, beee,gua, gua, miau, miu, oing, oing…! Los animales se sentían tan raros que alborotaron y despertaron a todo el pueblo. Los vecinos, al oír ese “coro”, se levantaron rapidísimos de sus camas y salieron a la ventana a ver lo que ocurría. Cuando vieron todo ese alboroto se quedaron estupefactos por cómo habían dejado a sus pobres e indefesos animales y enfadados porque les habían despertado de sus bonitos sueños. Al momento el alcalde convocó una asamblea y dijo: “Esto no puede ser, que salga el culpable y arregle todo esto, es sábado y hay descansar”. Al momento, se dio cuenta de que lo ocurrido solo lo podía haber hecho Calixta la modista, y así que lo dijo en alto a todo el pueblo. Entonces saltó el peluquero: “Hay que ir a por ella, que pare todo este jaleo y nos podamos volver a la cama”. Todo el mundo lo siguió y cuando llegaron a su casa llamaron al timbre, pero nadie contestaba. Pasaron unas horas y aún no había nadie en casa de Calixta y ahí estaban todos los vecinos con unos tapones en los oídos para que no les molestara la música de la banda animal. Cuando el carnicero se quitó los tapones, porque le picaban los oídos, escuchó un llanto que provenía de una montañita no muy lejos de la casa de Calixta, se lo dijo a los demás vecinos y todos fueron a ver lo que ocurría. En cuanto llegaron ahí vieron que estaba Calixta acurrucada y llorando. Les explicó que estaba triste porque la gente no quería ponerse los modelos que ella cosía con tanto amor. Todos los vecinos se contagiaron de su tristeza y le dijeron que si arreglaba el alboroto formado por los animales, una vez al mes sería el día de Calixta y todo el pueblo se pondría su ropa. Así, pues, Calixta les quitó a todos los animales la ropa y lo hizo bien orgullosa porque a partir de ese momento, una vez al mes iba a haber un día que se llamaría “El día de Calixta”. Los habitantes del pueblo dijeron que de haber sabido lo poco que costaba hacer feliz a la modista, el día de Calixta lo habrían puesto mucho antes. Así el pueblo siguió feliz y en armonía. Clara Pilar Aguilar Martín, 1º ESO C

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No fue un sueño

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uenos días —dijo Cristina con poco entusiasmo a su abuela mientras se sentaba en la

mesa para desayunar. —Buenos días, cariño —le respondió ella mientras le servía un tazón de cereales. Cristina se lo tomó distraída, luego subió al baño, se duchó, se vistió, se peinó y bajó al salón. En el sofá estaba su abuela intercambiando recetas de cocina con sus vecinas. —Voy a salir, abuela —informó Cristina. —De acuerdo, pero no tardes. Cristina andaba mirando al suelo, no se sentía a gusto en ese pueblo, tampoco le gustaba tratar con indiferencia a su abuela pero no podía evitarlo, ya que solo la conocía por fotos. Cristina tenía catorce años, tenía el pelo liso y castaño, sus ojos eran pardos y su piel rosada. Su padre siempre le decía que le recordaba a su madre, a ella nunca le gustó ese comentario. Su madre murió cuando Cristina tenía solo tres años, así que la imagen que tenía de ella en su mente era borrosa y poco intensa, eso explica que hubiera perdido el contacto con su familia materna. Pero ese verano no tenía otra opción, ya que a su padre, que era militar, lo habían destinado a una misión, además, Gilda, su abuela se había ofrecido a cuidarla. Era temprano, nadie de su edad se había levantado todavía. Había llegado a ese pueblo la noche anterior y como era su primer verano en el pueblo de su madre nadie la conocía. A Cristina le molestaba mucho que la gente la mirara con extrañeza, pero aún le molestaba más que las ancianas del pueblo se la quedaran mirando y finalmente dijeran: “Tú eres la hija de Marga, ¿verdad?”. Sí era la hija de Marga, pero ella nunca respondía, aun así no le gustaba parecer la típica adolescente que va a lo suyo y no se interesa por el pasado de sus padres. Para ella había sido muy difícil superar la muerte de su madre, nunca nadie le explicó lo ocurrido, pero ella tampoco preguntaba. Cuando ya hubo caminado durante veinte minutos y fue reconocida por cinco ancianas decidió volver a casa de su abuela. Como todavía no era la hora de comer, decidió subir al desván. Parecía que nunca habían limpiado allí, estaba polvoriento y poco iluminado, pero aun así se sentó en el suelo y se quedó mirando pensativa a la librería: algo le llamaba la atención, un libro que se titulaba “CUATRO ESTACIONES”. No sabía por qué, pero algo le impulsó a abrir el libro por la página 41, allí había una foto guardada. En primer plano aparecía una adolescente montada en un columpio y sonriendo; y al fondo un gran olivo. Esa chica le resultaba muy familiar, se fijó mejor: no es que la conociera, sino que era idéntica a ella; pero no podía ser, ella nunca había estado en ese lugar. La foto parecía antigua pero la imagen reciente, ya que la chica de la foto y Cristina aparentaban la misma edad. La llamada de su abuela para ir a comer la sobresaltó de tal manera que cerró el libro de golpe. Decidió no decir nada a su abuela y después de comer salió a dar un paseo. Oyó que una chica de su edad le decía a otra que quedaban a las cinco de la tarde en la calle “Cuatro Estaciones”. Ese nombre resonó en la mente de Cristina como si la avisara de que tenía que acudir allí por el mero hecho de que el libro y la calle tuvieran el mismo nombre; así que se fijó en qué casa se metía una de las chicas para seguirla a las 5 de la tarde y que la guiara hasta dicha calle. Así fue, y cuando llegó vio una hilera de casas antiguas y fue contando los portales: 27, 29, 31, 33, 35, 37, 39, 43. Cristina se dio cuenta de que faltaba una casa, entonces se dirigió a una de las chicas del grupo que la había guiado. —¡Hola!, ¿sabéis dónde está la casa con el portal 41? —preguntó Cristina. 22


—¿Ves esa casa derrumbada? —le preguntó elle a Cristina señalando con la cabeza un montón de escombros que estaban entre el portal 39 y 43. —Sí. —Era esa. —Gracias —respondió Cristina. Quedó como una tonta, ella también podía haber sacado esa conclusión, pero se negaba. Algo de la casa la empujaba a entrar, pero no podía hacerlo, había demasiada gente, la miraban raro. Entonces una chica del grupo invitó a Cristina a ir con ellas. Cristina aceptó, y pasó por el típico interrogatorio: ¿Cómo te llamas?, ¿Cuándo has venido?, ¿Te has mudado aquí?, etc. Las típicas preguntas de cotilla. Al final la aceptaron. Se podría decir que era un grupo un poco superficial, constaba de cinco chicas. Celia era la mayor, destacaba por su belleza, tenía el pelo largo, moreno y rizado. Era bastante creída, lo que le hacía buena para criticar y la convertía en la líder. Paula era su seguidora; era pelirroja, pecosa y tímida; hacía todo lo que decía Celia. Elisa era la deportista, la pasota, la que decidía el blanco de burla. Sara era rubia, ella era la que más cotilleaba, era extrovertida y guapa, pero no tanto como Celia, eso la convertía en segunda líder. Luego estaba Natalia; tenía el pelo castaño claro, transmitía simpatía; ella era la que decía “Basta” a las críticas; se podría decir que ella era un grano de azúcar en un salero. Cristina tampoco es que encajara del todo en el grupo. Era tímida, guapa, pero no sabía resaltarlo. Le gustaba cotillear, pero no criticar. Desde el principio sabía que apoyaría a Natalia. Con ella ya había dos granos de azúcar en el salero. Pasó una semana y ya se había olvidado de la foto, hasta que una noche su abuela le pidió que fuera al desván a buscar un libro de cocina. Cristina subió, el libro que buscaba estaba junto al de la foto; y cuando rozó el libro titulado “CUATRO ESTACIONES” para coger el de recetas sintió el impulso de salir corriendo como alma que lleva el diablo en dirección a la calle “Cuatro Estaciones”, portal 41. Cuando llegó se dio cuenta de que lo que había hecho era una tontería. Pero ya que estaba allí, decidió atravesar la casa de la que solo quedaban restos y llegó al jardín del patio trasero. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba en el lugar de la foto. Estaba enfrente del olivo, y allí estaba el columpio, tan viejo y oxidado en comparación con el de la foto que no parecía el mismo. Cristina se acercó al columpio, dudó en sentarse, pero finalmente lo hizo. Entonces sintió como si cruzara una tormenta eléctrica. Cuando abrió los ojos era de día, se preguntó si se habría dormido; pero solo había cerrado los ojos un instante, era imposible. Después se dio cuenta de que la casa no estaba derrumbada, estaba como nueva, y el columpio en buen estado. Cristina oyó voces procedentes de la casa y se fue a esconder detrás del árbol, mientras asomaba la cabeza para observar. De la casa salió primero una mujer, su abuela. Estaba tan joven y activa que no parecía la misma, pero lo era; después salió un fotógrafo y luego seis chicas. En la que más se fijó Cristina fue en una chica rebosante de alegría, la chica de la foto. Entonces salieron las demás, le recordaron a su grupo: Celia, Paula, Sara, Elisa, Natalia y ella, solo que en otra época. —¿Es necesario hacer la foto, mamá? —preguntó la chica de la foto a Gilda. —Sí, Marga. Ya verás cómo al final, cuando nos mudemos a la otra casa, te gustará tener una foto de la anterior. El nombre de Marga impactó tanto a Cristina que casi grita. Vio que su madre se sentaba en el columpio y después de hacer la foto se iba corriendo con sus amigas. Cuando el jardín quedó despejado, Cristina entró en la casa, ya que para salir a la calle era necesario atravesarla. Al entrar en la casa una oleada de sentimientos la invadió: añoranza, confianza y miedo; de pronto apareció Gilda. —Espera, Marga. Tienes que hacer la cama —le dijo a Cristina confundiéndola con su hija, luego la miró de arriba abajo. —¿Qué te has puesto? —le preguntó. —¿A qué te refieres? –dijo Cristina. 23


—A la ropa. Cristina no sabía qué responder. Llevaba unos vaqueros rotos, una camiseta corta azul y unas “Converse” blancas. No le extrañaba que se lo preguntara; la gente antes no vestía así. —Voy a hacer la cama —dijo Cristina, mientras subía las escaleras como si no oyera nada. Asombrosamente sabía por dónde iba. Cuando iba a abrir la puerta de su supuesta habitación se encontró con Marga, su parecido era increíble, solo las diferenciaba la ropa. —Tienes que hacer la cama —dijo Cristina. Sabía que era una estupidez lo que le había dicho. Tantas cosas que siempre había pensado decirle si estuviera en frente de ella, y lo primero que le dijo fue eso. —¿Qué? —preguntó Marga mirando a Cristina como si le faltase un tornillo. —Lo ha dicho la abuela. —¿La abuela? —Bueno, mi madre, digo, tu madre; bueno lo ha dicho Gilda —tartamudeó Cristina. —¿Te has dado cuenta de que somos iguales? —preguntó Marga a Cristina mirándola de arriba abajo. —Sí. —¿Sabes por qué? —Sí, digo... no. Entonces Cristina se echó a correr en dirección a la actual casa de su abuela mientras intentaba comprender qué había pasado. A lo mejor se había caído del columpio y se había golpeado la cabeza, o se había dormido y era todo un sueño; pero ella sabía que era todo demasiado real como para ser un sueño. Cuando llegó a la calle en la que tendría que estar la casa actual de su abuela, no estaba. Entonces oyó: —¿Por qué has venido aquí? —preguntó Marga tímidamente a Cristina. La había seguido. —Es que Gilda vive aquí —respondió Cristina pensando ya que se había vuelto completamente loca. —Pues no. Gilda vive en la casa de la que acabas de salir corriendo, pero pronto, cuando construyan la casa nos mudaremos aquí. —No, mamá, tú no lo entiendes. Estaba en el columpio, y entonces era de día; y luego tú... — decía Cristina frenética, sin darse cuenta de que se le amontonaban tantos pensamientos en la mente que no los sabía expresar. —¿Cómo me has llamado? —preguntó atónita Marga. —Marga —respondió Cristina. —No, me has llamado mamá —dijo en tono acusador a Cristina. Cristina empezó a ponerse muy nerviosa: ese sueño estaba empezando a durar demasiado, así que volvió corriendo otra vez a la casa de la calle “Cuatro Estaciones”, cruzó la casa y se puso a llorar detrás del olivo. Anocheció, y cuando decidió salir de detrás del olivo vio a su madre en el columpio. Entonces Marga se levantó y Cristina se acercó al columpio. Estaba decidida, no iba a malgastar esa oportunidad, así que dijo unas palabras, pero no se le entendía porque continuaba llorando. Entonces su madre la cogió de las manos para intentar calmarla. Cristina levantó la vista y se dio cuenta de que ella también lloraba. —Te quiero, mamá. Se sentó en el columpio y, cuando levantó la vista, entre sus manos no tenía las de su madre, sino una foto, la foto de la chica en el columpio, la foto de su madre, y antes de poder preguntarse si había sido un sueño, pudo ver que detrás del olivo, estaba ella. Así pudo saber que no, no fue un sueño. Ariadna Ferrer de la Torre, 2º E.S.O. A 24


Poesía en castellano Bachillerato PRIMER PREMIO: Visiones, de David Azón Íñigo MENCIÓN DE HONOR: Lejanía, de Jorge Ruiz Martín

Segundo ciclo de ESO PRIMER PREMIO: El gato cadencial, de Pablo Solán Fuster MENCIÓN DE HONOR: El misterio, de Elena García Villarroya


Visiones

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l recuerdo es una nave ficticia que navega rota, con las velas bajadas, descomponiéndose en un mar ácido espera el primer rayo de sol de la mañana. Su tipología era la de un punto permanentemente en oscuridad. ¿Dónde están las luces que iluminaban la estancia antaño? ¿Cuál es la fuerza oculta de estas cadenas? ¿Por qué no valoro lo enseñado? Dibujé una sonrisa cuando quería escupir el llanto, su lenguaje acogedor era un puñal en la manga, caían las lágrimas en un perfil desdibujado. ¿Cuáles eran los ojos donde centelleaba la llama? Animal en jaula, la ignorancia apremia, ahora cada paso merece derramar un recuerdo y aunque débil, como el pájaro que vuela, su horizonte empieza donde acaba el pensamiento. ¡Señoras y señores, la verdad ha llegado! Por favor, ya pueden abrir los ojos pues creo que sus sentidos están distorsionados, no pueden pensar y soñar con descaro. Un barco de papel en la niebla surca un mar inexplorado y burlas fruto de la lujuria y excitación fruto del enfado. ¿Por qué la tristeza no se puede plasmar en poesía? Recojo restos de un árbol podrido y los planto, sus raíces sangran en la tierra y expulsan un grito solo encadenado al cielo. David Azón Iñigo, 2º Bachillerato G

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Lejanía

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esde las cumbres más altas oigo gritar tu nombre, es el sonido doliente de una víctima del destino renace mi amor ardiente cuando en este puerto solitario mi verso alcanza una estrella enviándolo a tus labios. Te añoro y desde el amanecer evoco a los crueles fantasmas del pasado. Los perdidos barcos donde van mis versos que jamás llegarán a puerto transitado. Tú todavía estás lejos, demasiado lejos pero por fortuna más cerca que el olvido. Solo. Paso a paso camino hacia el abismo. Pero tengo esperanza, cuando llega la noche Suspiro y suspiro al sueño dorado. Esta es mi voz. Te amo. Jorge Martín Ruiz, 2º Bachillerato B N

El misterio

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ombras negras cubren el cielo formando figuras a mi alrededor, el color celeste queda ocultado figuras de humo saltan al cielo, la hoguera encendida calienta mi cuerpo. Me tapan la vista, sólo veo cenizas, no quedan colores del anochecer. Los ojos risueños esconden promesas en el cofre secreto de una mirada. Comienzo a buscar a la estrella que esconde el deseo perdido una noche en el bosque. La luna sonríe allí alta en el cielo, no concede preguntas… … y oculta el misterio. Elena García Villarroya, 4º ESO A 27


El Gato Cadencial

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í, la luna volvió a salir no por encima del muro sino delante de sus ojos, iluminando lo oscuro. Tumbado sobre la piedra contaba estrellas la sombra silenciosamente tensa silenciosas aun las notas. Noche tras noche luchaba contra el frío y esperaba para oír disonantes las tardías cuerdas. Y sonó, sonó y siguió sonando la viola desde lo alto embriagando a nuestra sombra y a un adormecido gato. —¡Escúchala, triste animal! Siéntela en tus bigotes, Cómo acaricia tu alma y déjala sonar. El pobre pareció asentir y obedeciendo sumisamente se quedó callado para ceder a la muerte. Escuchó durante días, o septiembre tal vez la bonita melodía que a su espíritu adormecía. Los últimos compases fueron Agónicos intuyendo la cadencia final final que se acercaba inevitable, terrible y tenaz. Y cesó, silencio se quebraron las cuerdas y la sombra con noche y cielo se fundió, dejando solo al gato que indefenso e inconsciente al sueño eterno sucumbió. Pablo Solán Fustero, 3º ESO A 28


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Relato breve en francés PRIMER PREMIO: Les sourires de Jarawa, de Alicia Marijuán Muñoz


Les sourires de Jarawa

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’arrive chez moi d’une affreuse journée de travail et tous les jours la même histoire: ma femme qui se plaigne de notre lave-vaisselle, de notre baignoire, de notre tapis, de nos rideaux… ou qui critique le nouveau conjoint de notre voisine, ma fille adolescente Christine qui ne lâche en aucun cas le téléphone et le chat somnolant dans un coin. Si au moins Marie était là, ça fait seulement trois jours que ma fille de dix ans est partie pour un voyage d’études et elle me manque trop… J’allume l’ordinateur et je rentre dans mon courrier électronique. Tout à coup je reçois un courrier de mon ami Medhi (travailleur dans le volontariat d’Afrique), où il me supplie d’aller cinq jours dans un petit village du Niger où il est allé avec l´ONG avec qui il travaille. Il veut que je l'aide, car selon lui mon travail jamais ne pourra être si utile et gratifiant comme il allait l'être cette fois-ci. Quoi faire? Medhi est mon meilleur ami, on se connait depuis l’enfance et il m’a toujours aidé, mais… l’Afrique c’est l’Afrique! Que je suis idiot, fou et imprudent! Je me trouve à bord d’un avion pour l’Afrique!!! Ma famille s’est mise en colère avec moi et j’ai dépensé trop d’argent dans le billet pour l’avion. J’arrive à l’aéroport de Niger où je retrouve mon ami Medhi. Il me conduit en voiture jusqu’à Jarawa, le petit village nigérien où il travaille. Enfin, après avoir traversé des kilomètres et des kilomètres de jungle, on parvient à Jarawa. Mais, surprise! À l’entrée du village, une centaine de personnes (la majeure partie, des enfants) attendent l’arrivée de quelqu’un ou de quelque chose et quand notre voiture passe, toutes ces personnes se mettent à crier. C’est leur manière particulière de me souhaiter la bienvenue dans leur village. Ils ont tous un air très hospitalier. Medhi décide de m’emmener à l’ouest du village. Là bas on retrouve la plus dure misère: les enfants qui habitent dans des bidonvilles sont victimes de la maladie et de la pauvreté et ne peuvent que travailler et se sacrifier pour aider leurs familles. Ces pauvres petits transportent des ballots extrêmement lourds, font des travaux agricoles dans les champs, aident à la cuisine et aux travaux domestiques de la maison, réalisent des corvées d’eau et doivent même se déplacer aux villages plus grands des alentours pour travailler comme cireurs de chaussures, vendeurs ambulants, collecteurs d’ordures… Quelle vision si affreuse de la réalité! Ensuite il me conduit dans un terrain abandonné où je commence à tout comprendre. Le but de ce voyage était donc de réaménager et d’adapter ce milieu défavorisé afin de pouvoir bâtir une école où soutenir l’éducation de ces enfants. Le temps passe et en quelques mois on construit une belle école composée par deux bâtiments et un tout petit jardin à l'extérieur. Les cours commencent à 7h et finissent à midi , avec une récréation un peu avant 10h. L'après-midi, les cours reprennent à 15h pour finir à 17h. Il n'y a pas d'étude, les élèves font leurs devoirs à la maison et la semaine se termine le vendredi midi. Ils étudient français (vocabulaire, grammaire, orthographe, ...), mathématiques, histoire et géographie (du pays), sciences naturelles, physique et agriculture. Rapidement je commence à apprendre les prénomsde tous les enfants: Abdou, Bintou, Aboubakar, Fatmata, Fouusséni, Kadidja, Moussa, Aïssata, Mamadou, Hassétou, Saram, Awa… et je découvre que même si les enfants africains connaissent des difficultés énormes du point du vue de leur condition de vie et de leur l’éducation, quoi qu’il en soit, leurs visages et leurs sourires sont toujours émerveillés. Je ne veux point retourner en France, ma famille est là, en Afrique, avec tous ces enfants et leurs beaux sourires! La dernière nouvelle que j’ai reçue de mon épouse est qu’elle s’est remariée avec un magnat des finances et qu’elle a eu un enfant. Ma fille Christine travaille dans une entreprise de télécommunications et ma petite Marie viendra ici la semaine prochaine pour travailler côte à côte avec moi dans le volontariat de Jarawa. Alicia Marijuán Muñoz, 2ºBachillerato G 31


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Narraci贸n de recreaci贸n hist贸rica PRIMER PREMIO: La cruzada de Alfonso, de Jaime Gargallo Villanueva


La cruzada de Alfonso

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stamos en el año 1189 en un pequeño feudo gobernado por un valiente caballero perteneciente a la baja nobleza. El nombre del caballero es Alfonso y tiene 23 años. En su feudo no hay muchos campesinos y, de hecho, la iglesia que hay en su feudo no es muy grande. La mayoría de sus campesinos le son leales pero, como en todos los sitios, hay algunos que no lo son. Alfonso tenía tan buen corazón que a esos campesinos no les hacía nada, hasta que un día el rey le pidió ayuda económica para emprender una guerra contra el país vecino; Alfonso, al no tener todo el dinero que le pedía el rey, le quitaron su feudo y tuvo que irse al bosque donde, con sus armas y su caballo, consiguió mantenerse con vida matando animales, vendiéndolos y robando a todo el mundo que pasaba por el bosque. En una de sus visitas al feudo más cercano oyó a un trovador diciendo que se buscaba gente para emprender una cruzada a Tierra Santa y conquistarla a los infieles. Alfonso, sin pensárselo dos veces, le preguntó al trovador que dónde se podía inscribir, y el trovador le contestó que en el castillo del feudo. Alfonso se acercó al castillo y cuando fue a inscribirse vio a un amigo suyo. Estuvieron un buen rato hablando y Alfonso lo convenció para que fuera con él a las cruzadas. A los pocos días los dos amigos marcharon hacia el puerto más cercano donde embarcarían para ir luego a Tierra Santa. Por desgracia para ellos tuvieron que pasar por el antiguo feudo de Alfonso, en el cual no fue bien recibido. Decidieron ir a ver la pequeña iglesia que había allí, la planta era un pequeño rectángulo, solamente había dos ábsides y el transepto apenas estaba desarrollado. Para llegar al puerto tuvieron que pasar varios feudos más, en los cuales fueron bien recibidos. En un feudo los campesinos se empeñaron en que con su ayuda visitaran todo el feudo. Primero vieron el pequeño pueblo, luego amplias y fértiles tierras del señor, a continuación las tierras de los campesinos libres y por último el castillo del señor. Alfonso y su amigo se fueron muy contentos de allí ya que los habían tratado muy bien. Un día tuvieron que pasar la noche en un feudo eclesiástico donde el abad los recibió calurosamente, ya que había recibido un mensaje del rey diciendo que si pasaba por allí alguien que fuera a las cruzadas que les diese las mejores habitaciones de las que dispusiese. Tras varias semanas de cabalgar, cruzar bosques y muchos feudos, por fin llegaron al puerto de Marsella, desde el cual emprenderían el viaje hacia Tierra Santa. En el barco se encontraron con gente de muchas partes de Europa: de Londres, de Lisboa… Nada más llegar se hicieron amigos de un chico que decía tener 18 años y que se había recorrido medio Portugal, ya que era de Lisboa. Cuando terminaron de embarcar todo, el capitán del barco les dijo que el viaje era peligroso y que era muy poco probable que volvieran con vida, y que si alguien se quería bajar este era el momento; varias personas se bajaron con el rabo entre las piernas, así que al final se quedaron unas cien personas. A mitad del camino pararon en Italia para coger más alimentos y agua potable y para intentar reclutar a un par de personas, ya que habían muerto diez. Ya que estaban allí fueron a ver la iglesia de un gran feudo gobernado por quien parecía ser amigo del capitán. Visitaron la iglesia en la cual Alfonso se quedó admirado por lo grande y lo bonita que era: la planta era de cruz latina, tenía once ábsides y el transepto era muy desarrollado, todo lo contrario a la iglesia que había en el antiguo feudo de Alfonso. Tras esa parada y tras haber reclutado a quince personas más, reemprendieron el viaje hacia San Juan de Acre. Por el camino se encontraron con muchos problemas ya que se les acababan las reservas de agua y alimentos, además se cruzaron con varias tormentas muy violentas. 34


Varios meses después llegaron a San Juan de Acre donde, por fuerza, tuvieron que ir a buscar alimento, agua y medicinas como si fueran musulmanes. Estuvieron así durante tres semanas en las cuales pasaron muchas cosas. Varias personas murieron por falta de cuidados ya que el viaje había sido agotador, por las noches varias personas se ponían a husmear por el barco hasta tal punto que las tuvieron que matar porque descubrieron que eran de las cruzadas, se estaban quedando sin dinero para comprar alimentos y bebida y además el capitán murió mientras comían, por lo cual tuvieron que elegir otro capitán. Tras esas tres semanas se vieron obligados a alejarse de allí para ir a reclutar más personas, ya que se quedaron solamente con cuarenta y dos personas. Decidieron ir a Constantinopla, porque, además de estar cerca, era famosa por la fuerza y la valentía de sus ciudadanos. Consiguieron reclutar a otras cincuenta personas y después de llenar las bodegas de provisiones emprendieron el viaje hacia San Juan de Acre. El viaje no fue muy largo y tampoco tuvieron ningún problema a lo largo del viaje, pero al llegar allí se dieron cuenta de que los musulmanes ya sabían que iban a ir. Tuvieron que regresar a alta mar y descubrieron que todo había sido una treta del capitán, había matado al anterior capitán y tras haber subido de rango se encargó de que los musulmanes se enterasen de todos los movimientos que realizaban. Tras matar al capitán eligieron a otro y se dirigieron otra vez hacia Constantinopla para comprar otro barco. Allí pasaron varios meses y, tras comprar otro barco que les sirviera, fueron otra vez hacia San Juan de Acre pero esta vez sin tanta suerte, ya que en el viaje se juntaron con varios barcos piratas y tuvieron que luchar. Un día soleado llegaron a su destino y con los noventa y dos hombres de los que disponían, y bien armados, se dirigieron a conquistarla. La lucha fue frenética, de hecho la pelea duró más de diez días, pero al final ganaron los cristianos y obligaron a los musulmanes a convertirse al cristianismo si no querían que los matasen. Después de eso volvieron cada uno a su país, aunque de los noventa y dos hombres sólo sobrevivieron veinte. Alfonso, al llegar a su país, fue llamado por el rey. Sin dudarlo un momento se fue a verlo y, tras hablar con él, el rey le dio un feudo como recompensa por haber ayudado a conquistar San Juan de Acre. Alfonso decidió que su amigo se quedase con él en su feudo y tras mucho insistir consiguió convencerlo, pero antes de que se fuesen el rey le dijo algo en privado a Alfonso. Tardaron dos días en llegar al feudo y cuando llegaron se quedaron admirados de lo grande y fértil que era. Pero una noche de repente se vio una luz muy brillante que venía del pueblo. Se trataba de un incendio que, por lo que se veía, había sido provocado, ya que ardía por más de un punto. Entonces Alfonso recordó lo que el rey le había dicho: “Cuidado con ese amigo tuyo ya que en el pasado se divertía quemando y destruyendo feudos”. Alfonso, cada vez más preocupado, se acercó al pueblo y tal y como sospechaba su amigo había sido el culpable del incendio. Con la ayuda de varios campesinos consiguieron reducirlo y, tras llevarlo ante el rey, descubrieron que también era culpa suya que en las cruzadas los musulmanes supieran que les iban a atacar. El rey, todavía más satisfecho con Alfonso, le dio otro feudo y a ese traidor lo mataron. Jaime Gargallo Villanueva, 2º ESO A

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Biografía PRIMER PREMIO: Biografía de Clara Campoamor. Aportaciones que hizo a la sociedad española y cómo lo hizo, de Leyre Morales


CLARA CAMPOAMOR Hoy en día no nos podemos imaginar una mujer sin derecho a voto en un país como España. El sufragio femenino se consiguió primero en Nueva Zelanda, en 1893. El turno le llegó a España con la Constitución de 1931, durante la Segunda República Española (1931-1936), antes que Francia, que lo logró en 1944. En 1933 se celebraron las primeras elecciones donde las mujeres tenían derecho a voto. El sufragio femenino en España no hubiera sido posible sin el trabajo de Clara Campoamor, pues ella decía “mi ley es mi lucha”. Fue una mujer republicana, de izquierdas, y sobre todo, feminista. "Tenéis el derecho que os ha dado la ley, la ley que hicisteis vosotros, pero no tenéis el Derecho Natural, el Derecho fundamental que se basa en el respeto de todo ser humano, y lo que hacéis es detentar un poder; dejad que la mujer se manifieste y veréis como ese poder no podéis seguir detentándolo...." Clara Campoamor, en el Congreso de los Diputados el 1 de octubre de 1931. “Creo que lo único que ha quedado de la República fue lo que hice yo: el voto femenino.” Carta de Clara Campoamor a Martín Telo. “República, república siempre, la forma de gobierno más conforme con la evolución natural de los pueblos.”

SU VIDA Clara Campoamor Rodríguez nació en Madrid, el 12 de febrero de 1888. Murió en Lausana, Suiza, el 30 de abril de 1972. Su familia era de origen humilde: su padre, Manuel Campoamor Martínez, trabajaba en un periódico madrileño y su madre, Pilar Rodríguez Martínez, era costurera. Su familia tenía una ideología progresista. Dejó los estudios y en 1910 se presentó a un trabajo administrativo en la telefonía para obtener ingresos después de la muerte de su padre para aportar ingresos a la familia. Más tarde, en 1914, pasó a trabajar como profesora en un colegio para adultos, pero al no tener el bachiller, no pudo optar a un trabajo superior. Esto le supuso una oportunidad para compaginar el trabajo con los estudios. En 1918, Clara Campoamor junto a otras mujeres, como María Espinosa, crearon la ANME, Asociación Nacional de Mujeres Españolas. En 1920 se inscribió en la escuela secundaria. En 1924 consiguió sacarse la licenciatura de Derecho, con lo que pudo llegar a ser abogada ingresando al año siguiente en el colegio de abogados. Gracias a esto, empezó a luchar por su ideología feminista y llegó a ser diputada. Al año siguiente, en 1925, abrió su bufete de abogada. En 1923 participa en congresos sobre feminismo, momento en el que empieza a adquirir su ideología feminista. En 1928, junto a otras mujeres europeas, crea la Federación Internacional de Mujeres de Carreras Jurídicas, que todavía está presente. En 1929 entra en el Comité Organizador de la Agrupación Liberal Socialista. En 1930 funda la 37


Agrupación Unión Republicana Femenina y contribuye con la Liga Femenina Española por la Paz. Durante los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera, escribió en el periódico “La Libertad”, en la sección “Mujeres de Hoy”. Consiguió formar parte del Partido Radical. Se presentó a las elecciones en las Cortes Constituyentes durante la Segunda República, donde consiguió un escaño como diputada. Fue la primera mujer en las Cortes Españolas. Allí luchará por el voto femenino, contra hombres e incluso contra mujeres, Victoria Kent. Finalmente, consiguió su objetivo en 1931. La represión y el desinterés del Partido Radical, la llevan a abandonar el partido. Más tarde, intentó fundar un partido para defender los derechos de las mujeres, pero no lo consigue. Tras el Golpe de Estado de 1936 se siente insegura en Madrid, por lo que se marcha a Suiza. En el trayecto algunos falangistas la amenazaron. En Ginebra se instala en casa de Antoinette Quinche. En 1951 quiso volver a España, pero el régimen franquista lo impedía; le pedía ser encarcelada. Estuvo exiliada en Francia, Argentina, donde vivió 10 años y trabajó como traductora, y Suiza, donde murió en 1972. Sus restos se encuentran en San Sebastián, donde estuvo cuando se proclamó la Segunda República. Con esto se demuestra que, a pesar de tener que vivir exiliada, Clara Campoamor siempre fue fiel a sus ideales.

LA SITUACIÓN DE LAS MUJERES EN EL SIGLO XX PRESENTACIÓN DEL RESTO DE PAÍSES Primero presentemos la situación de la mujer a comienzos del siglo XX en Europa. Europa vivía unos difíciles momentos con las guerras. A esto se le sumaban las desigualdades sociales. Más aún la situación de la mujer, ignorada por todas las cortes políticas. La mujer comenzó a ocupar los trabajos que el hombre ocupaba durante la guerra, así comenzó a ser aceptado el trabajo de la mujer en la segunda mitad del siglo XX. En países como los del norte de Europa, el gran peso de la mujer en la sociedad no hizo necesaria una lucha para equiparar sus derechos (Noruega, 1913; Dinamarca, 1915). Poco a poco, después de la guerra, el resto de países europeos comenzaron a instalar nuevas reformas que aceptaban el voto de la mujer (Alemania, 1918; Reino Unido, 1928, donde se manifestaron con huelgas de hambre y protestas, que fueron reprimidas). Emmeline Pankhurst fue la primera mujer que luchó por sus derechos, en el Reino Unido. La caída de las dictaduras, y el fin del comunismo en 1989 llevaron el voto al resto de países (Portugal, 1976; Suiza, 1971; Italia, 1945; Rumanía, 1946). Otros hombres socialistas, como Friedrich Engels, también tuvieron una labor importante con sus obras. La situación de la mujer en España: a principios del siglo XX era de discriminación, incluso legal en la Legislación, por ejemplo el adulterio en mujeres tenía penas mayores para la mujer que para el hombre. También estaba sometida al típico papel, limitado a ama de casa. En España, en 1908, aunque Primo de Rivera iba a dejar votar a las mujeres mayores de 23 años, no se llevó a cabo esta propuesta. En 1912 nació la Agrupación Femenina Socialista. Margarita Nelken, socialista, se quejó de la pasividad de las mujeres y del PSOE. Otras asociaciones fueron La Cruzada de Mujeres Españolas, dirigida por Carmen de Burgos, y La Acción Católica de la Mujer. Todo cambió con la llegada de la Segunda República, un periodo breve, pero intenso.

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SU LABOR El voto femenino en España, se podría decir que lleva el nombre de Clara Campoamor. Clara Campoamor consiguió llegar a ser diputada en las Cortes Constituyentes en la Segunda República, en 1931 para el Partido Radical. Llegó a ser elegida por los hombres, pues las mujeres sólo podían ser elegidas por ellos y aunque podían ser elegidas, no podían votar. Así, formó parte del Partido Radical. Clara Campoamor pudo con las tesis de Victoria Kent, también perteneciente al Partido Radical, pues era partidaria de retrasar el voto femenino, afirmando que las mujeres todavía no estaban preparadas para esto. Clara Campoamor perteneció además al grupo de la ANME (Asociación Nacional de Mujeres Españolas). Con esta asociación luchó por el sufragio femenino. Esta asociación sufragista estuvo vigente hasta 1936, cuando estalló la Guerra Civil. En el Congreso se reunieron para formar una nueva Constitución, la Constitución de 1931. Luchó por integrar al máximo los derechos de las mujeres, por la igualdad jurídica, divorcio, hijos de las mujeres y el sufragio femenino. Fue apoyado por la mayor parte del Congreso, los socialistas y republicanos. Incluso llegó a ser votado. A pesar de que la mayoría estuvieran a su favor, un compañero de partido llamado José Álvarez Buylla se enfrentó a ella. Clara Campoamor no calló ante sus palabras, pero pronto se alzaron más voces contra el voto femenino. Victoria Kent, abogada y diputada del Partido Radical Socialista, y la Acción Republicana pensaron que instalar el voto femenino no sería conveniente por aquel entonces para la República; por ejemplo, por la alta tasa de analfabetismo en la mujer o por su gran influencia de la Iglesia, siendo conservadoras. Lo normal sería enfrentarse contra los demás políticos, no contra otra mujer. “Si las mujeres españoles fuesen todas obreras, si las mujeres españolas hubiesen atravesado ya un período universitario y estuvieran liberadas en su conciencia, yo me levantaría hoy frente la Cámara para pedir el voto femenino.” (Victoria Kent) Victoria y Clara tuvieron varios enfrentamientos, contestándose siempre la una a la otra. Pero Clara llegó a convencer a un mayor número de diputados. “Al hablar de las mujeres obreras y universitarias ¿se va a ignorar a todas las que no pertenecen a una clase ni a otra? ¿No sufren éstas como las otras las consecuencias de la legislación? ¿No recae sobre ellas la consecuencia de la legislación que se elabora aquí para los dos sexos, pero solamente dirigida y matizada por uno? ¿Cómo puede decirse que la mujer no ha luchado y que necesita una época, largos años de República, para demostrar su capacidad?” (Clara Campoamor, 1932) Finalmente, se aprobó al derecho a voto de la mujer el 31 de octubre de 1931: 161 votos a favor; 121 en contra. Esto se estableció en el artículo 34, que reconocía la igualdad de derechos para ambos sexos mayores de 23 años. Los votos en contra vinieron de la Acción Republicana, del Radical Socialista, del Partido Radical-Socialista (partido en el que participaba Clara Campoamor), la derecha y pequeños grupos republicanos, como los catalanes. Los votos a favor vinieron de los partidos republicanos y mayormente del PSOE. Este triunfo no fue definitivo. Incluso después de haber sido aprobado el voto, Kent, entre otros, seguían tramando aplazar el derecho a voto de la mujer. A esto se sumaba la propuesta de que las mujeres votaran sólo en las elecciones municipales y no en las nacionales. Llegó a haber unas segundas votacioClara Campoamor, 1932 nes: volvió a ganar el voto femenino el 1 de diciembre de 1931, aunque esta vez sólo con cuatro puntos de diferencia, gracias a los republicanos y una parte de la derecha, a favor por la ideología conservadora de la mujer.

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Art. 36. Los ciudadanos de uno y de otro sexo, mayores de 23 años, tendrán los mismos derechos electorales conforme determinen las leyes. Constitución de 1931. Las mujeres pudieron ejercer su derecho a voto en 1933. En estas elecciones ganó la derecha, la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), alianza de partidos políticos durante la Segunda República de carácter católico). De esto se culpó a las mujeres, por tener una idea más próxima al catolicismo y más conservadora. Pero esta no es una razón cierta, ya que en las elecciones de 1936, en la que también participaron las mujeres, ganó la izquierda. En ese mismo año, Clara Campoamor no pudo renovar su escaño y tuvo que abandonar el Partido Radical. En 1934 pidió entrar en la Izquierda Republicana, la humillaron abriéndole un expediente. No reconocieron su esfuerzo como merecía. “Carecen de interés y de altura , porque aquí la tienen muy pocas cosas, las razones que me movieron a solicitar el ingreso en Izquierda Republicana, con preferencia de otro partido (...). Después de imponer infamantes acusaciones que sobre mi nefanda conducta personal y política se habían podido reunir en tres meses y pico de rebuscar (...) por 183 votos contra 68 se decidió rechazar mi admisión en Izquierda republicana.” Clara Campoamor, EL VOTO FEMENINO Y YO. A pesar de todos los esfuerzos y los logros, con la llegada del régimen franquista en abril de 1939 se acabó el derecho de voto para la mujer, teniendo que esperar otros 40 años. En la actualidad, se hace conmemoración de ella nombrando calles con su nombre, con los Premios Clara Campoamor (que reconocen la lucha por la igualdad). Además, en 2007 se aprobó la acuñación de euros con su figura.

SUS OBRAS La primera obra que publicó fue El DERECHO DE LA MUJER EN ESPAÑA, que publicó en 1931. En 1936 publicó EL VOTO FEMENINO Y YO: MI PECADO MORTAL. En este libro se defendía de los que la culpaban por haber ganado las elecciones la derecha en las elecciones de 1933 y mostraba su opinión sobre lo vivido en el Parlamento. Lo escribió poco antes del Golpe de Estado. En 1937, ya en Suiza, publicó LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA VISTA POR UNA REPUBLICANA. Se trata de un libro escrito en francés. Escribió sobre la violencia ejercida en Madrid en nombre de la revolución, siendo un análisis de la Revolución Española y la Guerra Civil, además de constar en el libro su testimonio personal. Las demás obras publicadas fueron EL PENSAMIENTO VIVO DE CONCEPCIÓN ARENAL (1939), HEROÍSMO CRIOLLO: LA MARINA ARGENTINA EN EL DRAMA ESPAÑOL (1939), libro escrito junto al republicano Federico Fernández de Castillejo, SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ (1944), VIDA Y OBRA DE QUEVEDO (1945).

BIBLIOGRAFÍA http://joseantoniobru.blogspot.com/2007/03/de-emmeline-pankhurst-clara-campoamor.html Libro de Historia del Mundo Contemporáneo de 1º Bach. Libro de Historia de España 2ª Bach. http://www.uv.es/~dones/temasinteres/historia/claracampoamor.htm http://ciudaddemujeres.com/mujeres/Politica/CampoamorClara.htm http://www.almendron.com/historia/contemporanea/sufragismo/sufragismo_3.htm Leyre Morales , 2º Bachillerato G 40


Índice Sucedió... ........................................................................... 6 Colorín averdosado ........................................................... 9 La noche ...........................................................................11 La caricia de primavera ....................................................14 El otro zapato de Cenicienta ............................................15 Calixta la modista .............................................................18 No fue un sueño ...............................................................20 Visiones ............................................................................24 Lejanía ..............................................................................25 El misterio .........................................................................25 El gato cadencial ..............................................................26 Les sourires de Jarawa ....................................................29 La cruzada de Alfonso ................................................................... 32 Biografía de Clara Campoamor .......................................35


Esta edición no venal, con fines pedagógicos y hecha para su distribución entre el público lector del Instituto de Enseñanza Secundaria Goya de Zaragoza, reúne los textos premiados en la modalidad literaria de relato y poesía en castellano, relato corto en francés, narración de recreación histórica y biografía que se han otorgado en los Premios Goya 2010-2011.


Biblioteca del Instituto Avda. de Goya, 45 50006 Zaragoza TelĂŠfono: 976 358 222 Fax: 976 563 603 Correo: iesgoyzaragoza@educa.aragon.es

Premios Goya 2011  

Recopilación de los trabajos del alumnado del Instituto

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