Skip to main content

Edición 578

Page 1

Recemos el Rosario en familia


Domingo 03 de mayo de 2020

Quédate en casa, pero quédate con Cristo

E

l mundo entero vive actualmente unas condiciones obligadas de distanciamiento social. La famosa cuarentena por el virus chino, importado a la mayoría de las naciones. Ahora muchos están resguardados. En nuestro país hemos iniciado recién la fase tres de esta contingencia sanitaria. Los que pueden trabajan desde sus hogares, los niños y estudiantes vuelven a clases, también a distancia. El “quédate en casa”, que hace unos días era voluntario y aconsejado a la prudencia, ahora es más estricto. Los mercados están cerrados, muchas oficinas también. Solo laboran aquellos que trabajan en actividades que el Estado considera esenciales. Los comercios, las grandes cadenas de supermercados permanecen abiertos, las cámaras siguen sesionando, el primer mandatario no se resguarda en su palacio, porque todos los días realiza su conferencia mañanera, los periodistas siguen trabajando. Las iglesias están cerradas, por lo menos no celebran culto público, abierto a todos; no hay llamadas a misa; estamos aprendiendo a celebrar la fe desde las redes sociales. Pero para los fieles no parece suficiente; no podemos, por ejemplo, comulgar a distancia, ya que el Santísimo Sacramento del altar es para comerse; los sacramentos son signos sensibles que producen la gracia. A distancia no son posibles. La Eucaristía dominical es esperada por millones de fieles católicos en todo el mundo; en México se añora el día domingo para celebrar la fe. La Santa Misa es una actividad esencial para los católicos; el culto dominical es algo esencial para cualquier denominación cristiana. ¿Por qué se deben cerrar los templos? ¿No es cierto que en circunstancias adversas es más necesaria la fe? Las Iglesias hacen lo suyo de manera solidaria y prudencial. Es cierto que los templos, en circunstancias normales, suelen convocar una gran cantidad de fieles, pero si seguimos haciendo las cosas como es costumbre, no colaboramos con la contención de los contagios. La Iglesia se adapta a los tiempos. La Iglesia sigue sirviendo, sigue funcionando. La iglesia no está clausurada, está viva, dondequiera que estén los fieles, ahí está la Iglesia. Esto es temporal. No hay mal que dure cien años. Sin embargo, aún no son ni cien días, y ya parecen siglos. Necesitamos los sacramentos; necesitamos a Jesucristo; necesitamos alimentar la fe. Es cierto que ahora los hogares están aprendiendo también a ser Iglesia Doméstica; en efecto, la Iglesia de Cristo está donde están los fieles; sobre todo cuando estamos y permane-cemos en comunión entre nosotros, con los obispos y los sacerdotes. Pero no parece ser suficiente. No lo es, de hecho, pero es necesario. Necesitamos resistir. Esto no es para siempre. Pensemos en los primeros cristianos de la historia. Ellos estaban en condiciones más adversas que las que transitamos ahora nosotros, sin embargo nunca se dieron por vencidos; Jesucristo habitaba en sus corazones, de la misma manera que en los nuestros; y ellos tampoco podían celebrar libre y públicamente su fe; había un virus terrible: la persecución, la muerte, el martirio. Ser cristiano significaba estar amenazado de muerte. Y ellos resistían. Las cosas a veces cambiaban a favor, pero a veces se recrudecían en contra. Y ellos continuaban, ellos resistían. Pensando en estas cosas, nosotros lo llevamos más fácil. Ellos no contaban con los recursos mediáticos que nosotros tenemos. Aprovechemos esto para acercarnos más entre nosotros y para acercarnos también a Jesucristo. Es el momento de ser en verdad Iglesia Doméstica. Es también la hora de echar a andar aquel sacerdocio común que todos recibimos en el bautismo. Los padres de familia pueden hacer que este sacerdocio tenga efecto. Pueden acondicionar la casa con una pequeña mesa, con un cirio, pueden poner las macetas de la mamá, para decorar el altar familiar a Cristo; pueden disponer a la familia e involucrar a los hijos en todo esto; tener la pantalla lista; enseñar a la familia que la Misa transmitida en los medios es una realidad, porque lo es; que hay que seguirla de la misma manera que se hace en la Iglesia; si hay que estar de pie, invitar a esto a los miembros de la familia; si hay que arrodi-llarse, hacerlo, si hay que estar atentos y sentados en silencio para escuchar la palabra de Dios, que así sea; lo mismo, al cantar “aleluya” y escuchar el evangelio y ponerse de pie. Y es que seguir la transmisión dominical de la Eucaristía no es como ver un programa de televisión o como ver los videos de los medios digitales; no. Es vivir la fe, es celebrar la Santa Misa a distancia física, pero en comunión verdadera de fe, en presencia espiritual; la mamá también puede hacer esto, los hijos también. Todos podemos disponer el alma y el cuerpo, la mente, la voluntad, para celebrar el domingo y santificarlo. Es tiempo de prueba. Es también hora de ser buenos cristianos en tiempos de adversidad. Ya nos encontraremos nuevamente, ya nuestros pies entrarán pisando los umbrales de Jerusalén, de la Jerusalén de nuestra colonia: nuestra parroquia, nuestra capilla, nuestro templo; volverán también los saludos, los abrazos, los besos; volverá la fiesta o bien, la fiesta siempre está; pero la viviremos con más intensidad; resistamos un poco, pero hagámoslo con perfección. Quédate en casa, pero quédate con Cristo.

Día de la tierra

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Celebramos el 50º Día Mundial de la Tierra. Es una oportunidad para renovar nuestro compromiso de amar nuestra casa común y cuidar de ella y de los miembros más débiles de nuestra familia. Como la trágica pandemia de coronavirus nos está de-mostrando, solo juntos y haciéndonos cargo de los más débiles podemos vencer los desafíos globales. La Carta Encíclica Laudato Si’ tiene precisamente este subtítulo: “Sobre el cuidado de la casa común”. Hoy reflexionaremos un poco juntos sobre esta responsabilidad que caracteriza “nuestro paso por esta tierra” (LS, 160). Debemos crecer en la conciencia del cuidado de nuestra casa común. Estamos hechos de materia terrestre y los frutos de la tierra sostienen nuestra vida. Pero, como nos recuerda el libro del Génesis, no somos simplemente “terrestres”: también llevamos en nosotros el soplo vital que viene de Dios (Cf. Gn 2,4-7). Vivimos, por lo tanto, en la casa común como una única familia humana y en la biodiversidad con las demás criaturas de Dios. Como imagen de Dios, estamos llamados a cuidar y respetar a todas las criaturas y a sentir amor y compasión por nuestros hermanos y hermanas, especialmente los más débiles, a imitación del amor de Dios por nosotros, manifestado en su Hijo Jesús, que se hizo hombre para compartir con nosotros esta situación y salvarnos. Por egoísmo hemos fallado en nuestra responsabilidad como custodios y administradores de la tierra. “Basta mirar la realidad con sinceridad para ver que hay un gran deterioro de nuestra casa común” (Ib., 61). La hemos contaminado, la hemos saqueado, poniendo en peligro nuestra misma vida. Por eso, se han formado va-rios movimientos internacionales y locales para despertar las conciencias. Aprecio sinceramente estas iniciativas, y todavía será necesario que nuestros hijos salgan a la calle para enseñarnos lo que es obvio, es decir, que no hay futuro para nosotros si destruimos el ambiente que nos sostiene. Hemos fallado custodiando la Tierra, nuestra casa-jardín y custodiando a nuestros hermanos. Hemos pecado contra la Tierra, contra nuestro prójimo y, en definitiva, contra el Creador, el Padre bueno que provee a cada uno y quiere que vivamos juntos en comunión y prosperidad. ¿Y cómo reacciona la Tierra? Hay un dicho español que es muy claro al respecto y dice así: “Dios perdona siempre; nosotros; los hombres perdonamos, algunas veces sí, algunas veces no; la Tierra no perdona nunca”: si nosotros hemos deteriorado la Tierra, la respuesta será muy contundente. ¿Cómo podemos restaurar una relación armoniosa con la Tierra y con el resto de la humanidad? Una relación armoniosa. Muchas veces perdemos la visión de la armonía: la armonía es obra del Espíritu Santo. También en la casa común, en la Tierra, también en nuestra relación con la gente, con el prójimo, con los más pobres, ¿cómo podemos restaurar esta armonía? Necesitamos una nueva forma de ver nuestra casa común. Entendámonos:

esta no es un depósito de recursos para explotar. Para nosotros los creyentes, el mundo natural es el “Evangelio de la Creación”, que expresa la potencia creadora de Dios para plasmar la vida humana y hacer que en el mundo exista junto lo que contiene para sostener a la humanidad. El relato bíblico de la creación se concluye así: “Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Gn 1, 31). Cuando vemos estas tragedias naturales que son la respuesta de la tierra a nuestro maltrato, yo pienso: “Si ahora le preguntase al Señor qué piensa, no creo que me dijera que todo está muy bien”. ¡Hemos sido nosotros los que hemos arruinado la obra del Señor! Al celebrar el Día Mundial de la Tierra estamos llamados a reencontrar el sentido del respeto sagrado por la Tierra, porque no es solo nuestra casa, sino también la casa de Dios. ¡De aquí surge en nosotros la conciencia de estar en tierra sagrada! Queridos hermanos y hermanas, “despertemos el sentido estético y contemplativo que Dios puso en nosotros” (Querida Amazonia 56). La profecía de la contemplación es algo que aprendemos sobre todo de los pueblos originarios, que nos enseñan que no podemos cuidar de la tierra si no la amamos y no la respetamos. Ellos tienen esa sabiduría del “buen vivir”, no en el sentido de pasarlo bien, no: sino del vivir en armonía con la tierra. Ellos llaman “buen vivir” a esta armonía. Al mismo tiempo, necesitamos una conversión ecológica que se exprese en acciones concretas. Como una familia única e interdependiente, necesitamos un plan compartido para vencer las amenazas contra nuestra casa común. “La interdependencia nos obliga a pensar en un solo mundo, en un proyecto común” (LS, 164). Somos conscientes de la importancia de colaborar como comunidad internacional para la protección de nuestra casa común. Exhorto a cuantos tienen autoridad a dirigir el proceso que conducirá a dos Confe-rencias internacionales muy importantes: la COP15 sobre la Biodiversidad en Kunming (China) y la COP26 sobre el Cambio Climático en Glasgow (Reino Unido). Estos dos encuentros son muy importantes. Quisiera animar a organizar acciones concertadas también a nivel nacional y local. Es bueno converger desde todas las condiciones sociales y dar vida también a un movimiento popular “desde abajo”. Así nació el Día Mundial de la Tierra, que celebramos. Cada uno de nosotros puede dar su pequeña aportación: “No hay que pensar que esos esfuerzos no van a cambiar el mundo. Esas acciones derraman un bien en la sociedad que siempre produce frutos más allá de lo que se pueda cons-tatar, porque provocan en el seno de esta tierra un bien que siempre tiende a difundirse, a veces invisiblemente” (LS, 212). En este tiempo pascual de renovación, comprometámonos a amar y a apreciar el magnífico don de la Tierra, nuestra casa común, y a cuidar de todos los miembros de la familia humana. Como hermanos y hermanas que somos imploremos juntos a nuestro Padre celestial: “Envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra” (cf. Sal 104, 30).


Por: Pbro. Lic. HĂŠctor Colunga RodrĂ­guez

colunga46561@hotmail.com


Iglesia Universal

Iglesia de MĂŠxico

Iglesia Potosina


José Ricardo García López Investigador en retiro de la Facultad de Derecho de la UASLP.


Fil. Rafael Gรณmez M.

P. David Grimaldo


Domingo 03 de mayo de 2020


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
Edición 578 by Semanario La RED - Issuu