7 minute read

¿Verdadera amistad o simple hipocresía?

Francisco Reusser Franck

"Perder un amor duele, pero perder una amistad, mata”, Anónimo.

Las amistades también caducan. Finalizar una amistad puede ser muy doloroso, pero muchas veces romper con vínculos nocivos es fundamental para nuestro bien estar”. Este mes me desvío un tanto de mi línea sobre curiosi dades relativas al tabaco. Co mencemos, el Halloween llegó antes de tiempo (en Chile se celebra la noche del 31 de octubre), al menos para mí, y sus conse cuencias que ya estoy padecien do en estos momentos…

Aunque parezca difícil de creer, ésta es la realidad de muchas personas alrededor del mundo. En los entornos laborales, en los de entretenimiento e incluso el familiar, podemos estar rodeados de amigos falsos que nos presen tan una faceta poco real, o de gente hipócrita que oculta con una máscara de buenas inten ciones sus malas energías.

LES CONTARÉ MI HISTORIA.

Sábado 22 de octubre. Estaba bastante expectante, no era una reunión de curso común, recuer dos de una difícil adaptación al cambio de colegio y el bullying del cual fui objeto en la secun daria terminaron por gatillar nuevamente en mi mente esos duros momentos, como herida mortal, que me ha costado cerrar, y las muchas decisiones que debí tomar y no lo hice lo volvieron más duro, como el amor que no declaré a quien debía saber de mis sentimientos sobre ella.

Recuerdo mis constantes evasi vas a los paseos en curso por razones obvias y así quedarme tranquilo en casa lejos de los problemas y malos ratos. Llegar al primer medio fue realmente una tortura. Amigos nuevos, ambiente nuevo; para adaptarme tuve que recurrir a técnicas de relajación para poder soportar el ambiente. A pesar de haber hecho amigos, los que aún con servo, siempre hubo “grupos” en el curso, obviamente los que eran más ordenados y callados estaban siempre a la merced de los capri chos antojadizos de los más desordenados. Eso era realmente algo que me sacaba de juicio y me afectaba directamente, tenías que estar atento a que no te jugaran bromas pesadas (mo jar sillas, chinches y tachuelas en la silla, rayarte con lápiz pas ta la cotona, etcétera).

Recuerdo de un día en que lle varon una maquinita que pro ducía corriente mediante una bobina cuya intensidad podías regular, y adivinen quién fue uno de los conejillos de indias…

También se dio en el aspecto emotivo, el maltrato. Estaba enamorado de una compañera de curso y nunca pude confesár selo por temor a las burlas y comentarios soeces que pudieran afectarnos a ambos por parte del resto del curso, más que por la posible respuesta negativa de parte de ella. Creo que hasta hubiera sido mejor haberme callado para no empeorar mi situación y la de ella.

Esperaba ese esta reunión algún gesto de arrepentimiento tardío por parte de los culpables… nada, solamente escuchar sus patéticas vidas y parte de mis antiguos recuerdos volvieron a mi mente (algunos, seguramente porque muchos quedaron profunda mente escondidos) pero con esfuerzo y varias terapias he logrado mantenerme estable.

Ahí es que se desarrollaron mis particulares aficiones. Nada de fiestas, paseos, convivencias, mi pieza era mi mejor refugio. Úniecamente participé en algunos cumpleaños y eventos de curso, prefería quedarme en casa “se guro”, ésa era mi actividad favoi rita, ver películas (lo que me convirtió en un cinéfilo obsesivo) y dormir porque así me evadía de todos los problemas.

Pero no todos eran malas perso nas en la escuela, encontré apo yo en un par de amigos de verdad (contados con los dedos), de esos que te apañan en lo bueno y lo malo, los que te defienden ante la injusticia de los demás y tenía que volver imperiosamente a juntarme con ellos a ver qué había sido de sus vidas y ponerme al tanto de las copuchas.

Se celebraban 40 años de egreso de secundaria, una fecha no menor, muchas cosas habían pasado, el pelo se había puesto cano en la mayoría de ellos, obviamente los kilos en exceso y los atisbos de pérdida de pelo en varios compañeros de curso, algunos aún conservábamos dignamente todo el cabello, a otros ciertamente se les vino el viejazo encima y representaban más años de los que tenían, to mando en cuenta que el mayor era de 1963 y el menor de 1965.

En la reunión todos concordamos que nos gustaría volver al colegio, pero con la experiencia adquiri da durante los años, enmendar decisiones y adoptar por supues tas otras, seguramente la vida hubiera sido más llevadera así.

Esa noche prendí mi viajera pipa (más de dos mil 400 km recorri dos sólo este año) con el mismo tabaco que había fumado en el sur de Chile durante mis vaca ciones; solicité un cenicero, saqué mi atacador y procedí a realizar la limpieza de rigor, removiendo gran parte de los restos de taba co que quedaba en la cazoleta.

Repasé la boquilla con el limpia dor de algodón y procedía a llenarla con el comentado Fros ty Mint de Sutliff, del estuche ad hoc, las hebras del tabaco con aroma mentolado relucieron bajo la luz de las ampolletas de la terraza y fueron a parar direc tamente a la cazoleta, esto a las miradas expectantes de los presentes. Pregunté sínicamen te si no les incomodaba el humo, a lo cual me respondieron que al contrario, les producía cierto placer.

Espeso, el humo ascendía y bai lada insinuante como una oda lisca y se esparcía suavemente desde mi pipa recién cargada por cada rincón de la terraza (gracias a la brisa de esa noche), parte de los presentes se sorprendieron por el agradable aroma y la es tampa de aquel fumador, me hacía ver más intelectual, hubiera llevado un puro o habano, pero no quería proyectar ese tipo de imagen de persona triunfadora, sino más bien de alguien callado y solitario.

La fumada fue insípida y no logré hallar en este tabaco gusto alguno a pesar del “relativo” tranquilo ambiente reinante y la atenta y diligente atención de la anfitriona; como siempre lo ha sido, como caballero, tuve que conversar con mis aquellos compañeros que tanto me hicieron sufrir en secundaria esperando algo más que nunca llegó, con el resto obviamente no tuve pro blema alguno en relacionarme con ellos.

Entonces por qué fui a esa reu nión, se preguntarán. Fácil: tenía que volver a reencontrarme con dos compañeros y amigos, el primero con un cáncer terminal y cruzar con él al menos un par de palabras antes de su fatal desenlace (dicen que no resiste más allá de este mes). Fue recon fortante.

Al otro amigo no lo veía hace exactamente 40 años y logramos ponernos relativamente al día. Eso sí valió realmente la pena (además de el delicioso y abun dante coctel y el buen vodka), pero sabía que el esperar un mea culpa de todos aquellos que me hicieron la vida imposible du rante la enseñanza media, eso no lo logré a pesar de que hubiera sido un gesto reconfortante para mí.

El destino me puso en camino del Smoking Garden Club y de todos sus multifacéticos inte grantes que lo componen, después la oportunidad de volver a escribir (ya había hecho algo en secundaria), el gran proyecto de Humo Latino Magazine mantuvo mi mente ocupada para que se distrajera de los desagradables recuerdos.

Seguro espero que el karma o la Divina Providencia se encargará de aquellos que nos trataron de esa manera… y era tan sencillo el gesto de llamarte disimulada mente aparte y con un sencillo “lo siento por lo que te hice pasar”, todo se habría arreglado, pero no saben reconocer sus errores y 40 años después sigo esperan do un gesto de arrepentimiento de quienes hicieron mis años de secundaria una pesadilla.

Además, como dijo William Sha kespeare: ¿Si nos injurian, no debemos vengarnos?

El ambiente definitivamente sí influye en el disfrute de un buen tabaco de pipa, lamentablemente esta no fue la ocasión en disfrutar de este tabaco, aunque ese pe queño gesto de arrepentimiento hubiera seguramente cambiado la velada y mi fumada.