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Tema de la quincena

Los valores fundamentales de la vida social

La verdad, la justicia y la libertad Comisión Permanente de la HOAC

Estamos planteándonos los valores sobre los que es posible construir una vida social al servicio de la realización de la dignidad de las personas. Los valores, por tanto, que pueden hacer de la acción política instrumento al servicio del ser humano. En otroTema de la Quincena (NN.OO. 1.469, págs. 19-26) hemos visto cómo la participación es un valor básico de la vida social que se fundamenta en el carácter de sujeto responsable de la persona. En este vamos a centrar nuestra atención en los tres valores que la Iglesia considera los pilares fundamentales de la vida social: la verdad, la justicia y la libertad.

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ara la Doctrina Social de la Iglesia estos valores son inherentes a la dignidad humana. Su vivencia personal y su práctica social son el camino necesario tanto para la realización personal como para una convivencia social más humana. Constituyen lo que significa la honradez en la vida social y en la acción política. Verdad, justicia y libertad están estrechamente vinculadas entre sí.

La verdad La vida social sólo se construye de forma acorde con la dignidad humana si se funda en la verdad. La acción política sólo construye la vida social de forma humana en la medida en que busca la verdad. Pero, ¿qué es la verdad en la vida social? Cuando la Doctrina Social de la Iglesia propone la verdad como fundamento de la vida social, se refiere a la verdad sobre el ser humano: la vida social sólo puede construirse humanamente en la medida en que busca construirse de acuerdo a lo que el ser humano es y a su vocación. Las

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Tema de la quincena relaciones sociales nos ayudan a crecer como personas en la medida en que se fundamentan en el reconocimiento práctico de la dignidad de la persona como ser individual-singular y como ser social. Por eso, la Iglesia insiste tanto en lo decisivo que resulta fundar la vida social y la acción política que la construye, en una recta comprensión de lo que es el ser humano. Y por eso mismo subraya el problema que representa el relativismo ético en la vida social, porque «quita a la convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral. En efecto, si no existe una verdad última —la cual guía y orienta la acción política— entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder (…). Así, en cualquier campo de la vida personal, familiar, social y política, la moral (…) ofrece un servicio original, insustituible y de enorme valor, no sólo para cada persona y para su crecimiento en el bien, sino también para la sociedad y su verdadero desarrollo» (1). La verdad esencial que la Iglesia propone sobre el ser humano es que estamos llamados a vivir según lo que somos: hijos de Dios y hermanos de nuestros prójimos. A realizar la vocación a vivir y construir, desde el amor y la libertad, la comunión. Somos responsables los unos de los otros y nuestra vida se realiza cuando la ponemos al servicio de que los demás, particularmente los empobrecidos, vivan. Esta es la verdad sobre la que se puede fundamentar la vida social y la acción política. Esta es la dignidad humana que se concreta en los derechos y responsabilidades del ser humano como fundamento de la vida social y la acción política. En los principios de la vida social y de la acción política que hemos ido planteando en los Temas de la Quincena en que resumimos la forma de concebir la vida política que propone la DSI, hemos profundizado en los contenidos básicos y fundamentales de esa verdad del ser humano en la vida social. En la búsqueda permanente del reconocimiento práctico de esa dignidad y derechos-responsabilidades (y, conse-

La verdad esencial que la Iglesia propone sobre el ser humano es que estamos llamados a vivir según lo que somos: hijos de Dios y hermanos de nuestros prójimos cuentemente, en la justicia, como veremos a continuación) está la verdad de la acción política como valor fundamental sobre el que construir la vida social. En esa búsqueda permanente de la afirmación de la dignidad humana y de la cons-

«Es necesario que se facilite al hombre todo lo que éste necesita para vivir una vida verdaderamente humana (…). El orden social, pues, y su progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse al bien de la persona (…). El orden social hay que desarrollarlo a diario, fundarlo en la verdad, edificarlo sobre la justicia, vivificarlo por el amor. Pero debe encontrar en la libertad un equilibrio cada día más humano. Para cumplir todos estos objetivos hay que proceder a una renovación de los espíritus y a profundas reformas de la sociedad». Concilio Vaticano II; «Gaudium et spes», 26

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Tema de la quincena La justicia es la fuerza moral que sostiene el empeño por favorecer los derechos y responsabilidades de cada uno sobre la base de la dignidad del ser humano trucción de relaciones sociales de comunión consiste la moralidad y la honradez de la vida política. En la renuncia a esa búsqueda o en la relativización de esa dignidad humana está la raíz de la falta de honradez y moralidad en la vida política. Conviene subrayar que en nuestra sociedad frecuentemente esa búsqueda de la verdad que se concreta en el reconocimiento práctico de la dignidad de la persona, es sustituida por el interés, la conveniencia o el propio gusto (personal y/o de grupo) como guía de la vida social y la acción política, desde una orientación individualista y hedonista de la vida personal y social.

La justicia La verdad como valor fundamental de la vida social está estrechamente unida a la justicia. Sólo la defensa y promoción de la justicia pueden dar a la vida política una orientación al servicio de la dignidad del ser humano, porque la justicia es la fuerza moral que sostiene el empeño por favorecer los derechos y responsabilidades de cada uno sobre la base de la dignidad del ser humano. Si tenemos en cuenta lo que acabamos de decir sobre la verdad en la vida social como el reconocimiento de lo que

«La vida en libertad no es posible sin un alto índice de responsabilidad social de los ciudadanos y de los dirigentes, tanto en el orden político como en los demás ámbitos de la vida social. La libertad tiene el precio de la formación personal, del trabajo bien hecho, de la verdad y la honestidad en las informaciones y relaciones interpersonales, de la vigencia reconocida de unos ideales morales y de unas aspiraciones históricas que garanticen la justicia y extiendan el dinamismo de la vida social (…). No puede haber una sociedad libre y próspera sin un patrimonio moral común compartido y respetado» Conferencia Episcopal Española, «Los Católicos en la Vida Pública», 37

el ser humano es y la vinculación entre verdad y dignidad del ser humano para vivir, en el amor y la libertad, la comunión, comprenderemos fácilmente que podemos hablar de verdad-justicia y de mentira-injusticia. La negación más radical de la verdad sobre el ser humano en el plano de la vida social y política es la injusticia que se comete con el ser humano. Por eso, la existencia de empobrecidos es signo inconfundible de la falta de verdad humana de una sociedad. Y su afirmación más radical es la justicia que reclama la dignidad humana. Por eso, la solidaridad con los empobrecidos y la lucha contra el empobrecimiento son signo inconfundible de la verdad humana de una

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Tema de la quincena La libertad es valor esencial porque su ejercicio es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana sociedad. Una sociedad está ordenada hacia la verdad en la medida en que es más justa y busca más la justicia para todas las personas, especialmente para los empobrecidos, y está más lejos de la verdad cuanto más injusta es y más indiferentemente acepta la existencia de empobrecidos. La acción política busca la verdad tanto cuanto más busca la justicia. La lucha por la justicia y el reconocimiento de la justicia como responsabilidad central de la acción política es, por ello, componente esencial de la honradez en la vida política. Esto es siempre así, pero «la justicia resulta particularmente importante en el contexto actual en el que el valor

de la persona, de su dignidad y de sus derechos, a pesar de las proclamaciones de propósitos, está seriamente amenazada por la difundida tendencia a recurrir exclusivamente a los criterios de la utilidad y del tener» (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 202). Lo que hemos dicho antes sobre el problema que representa en la vida social la sustitución de la verdad, como reconocimiento práctico de la dignidad del ser humano, por el interés, la conveniencia o el propio gusto, podemos decirlo exactamente igual de lo que ocurre en nuestra sociedad con la justicia como valor social. Mucho más si tenemos en cuenta que nuestra sociedad se rige predominantemente por criterios economicistas y orienta la vida social y la acción política más que en la dirección de la justicia en la del bienestar (2).

La libertad La verdad y la justicia como valores sociales están estrechamente unidas al valor de la libertad. En un doble sentido.

«La convivencia civil sólo puede juzgarse ordenada, fructífera y congruente con la dignidad humana si se funda en la verdad (…). Esto ocurrirá, ciertamente, cuando cada cual reconozca (…) los derechos que le son propios y los deberes que tiene para con los demás. Más todavía: una comunidad humana será cual la hemos descrito cuando los ciudadanos, bajo la guía de la justicia, respeten los derechos ajenos y cumplan sus propias obligaciones, cuando estén movidos por el amor de tal manera que sientan como suyas las necesidades del prójimo y hagan a los demás partícipes de sus bienes (…). Ni basta esto sólo, porque la sociedad humana se va desarrollando conjuntamente con la libertad, es decir, con sistemas que se ajusten a la dignidad del ciudadano, ya que siendo este racional por naturaleza, resulta, por lo mismo, responsable de sus acciones» Juan XXIII, «Pacem in terris», 35

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Tema de la quincena Por otra parte, la libertad sólo se realiza humanamente desde la verdad y la justicia. Verdad y justicia constituyen socialmente la medida de la verdadera libertad. Una sociedad es más libre y favorece más la libertad de las personas en la medida en que se construye desde la búsqueda de la afirmación práctica de la dignidad del ser humano y su vocación a la comunión, y en la medida en que, consecuentemente, busca primero que nada la justicia. En realidad, esto se ve con más claridad cuando se comprende lo que la Doctrina Social de la Iglesia entiende por libertad como valor social. La concepción de la libertad resulta fundamental para orientar o no de forma humana la vida social y la acción política. Porque existe una gran distancia entre la concepción de la libertad desde una perspectiva individualista y desde la perspectiva de la comunión. Por una parte, verdad y justicia sólo se pueden buscar y construir socialmente desde la libertad. La libertad es valor esencial porque su ejercicio es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana: «El valor de la libertad, como expresión de la singularidad de cada persona humana, es respetado cuando a cada miembro de la sociedad le es permitido realizar su propia vocación personal» (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 200). La comunión en el amor, verdad y vocación esencial de cada persona y de todas las personas, no puede ser impuesta, sólo puede ser fruto de la propia decisión, de la libertad. Por eso, la vida social responde más a la verdad de la dignidad humana y a sus exigencias de justicia en la medida en que más favorece la libertad de las personas, especialmente de los pobres. Porque esa libertad está vinculada a la creación de las condiciones sociales que permiten el ejercicio de los derechos inherentes a la dignidad humana (que es lo que se niega en la práctica a los pobres) y a la promoción de la responsabilidad hacia el bien común.

«La orientación del hombre hacia el bien sólo se logra en el uso de la libertad (…). La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión (…). La libertad humana requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre elección». Concilio Vaticano II, «Gaudium et spes», 17

En nuestra sociedad predomina una concepción individualista de la libertad que la entiende como autonomía absoluta del ser humano, desvinculándolo de su relación con

Sólo se vive humanamente la libertad en relación a los otros, sintiéndonos responsables los unos de los otros, practicando las exigencias de la justicia que reclama la dignidad humana los demás, de su responsabilidad hacia los otros y hacia la vida social, y, por tanto, de cualquier obligación de justicia. Es decir, en la práctica se desvincula la libertad de la verdad sobre el ser humano y de la justicia. Para la Doctrina Social de la Iglesia la libertad es decisión propia para buscar la verdad y la justicia, lo es siempre en relación a la comunión. Por eso, sólo se vive humanamente la libertad en relación a los otros, sintiéndonos responsables los unos de los otros, practicando las exigencias de la justicia que reclama la dignidad humana. Además, hay que subrayar algo que es muy importante: la libertad es característica propia y esencial del ser humano, de todo ser humano. La persona siempre es dueña y señora de su libertad, nadie se la puede quitar. En ese sentido, no puede ser persona sin ser libre, asumiendo la responsabilidad de la propia decisión sobre la orientación de la vida, de hacer unas cosas u otras. Por eso es tan importante educar la libertad en su vinculación a la vocación a la comunión propia del ser humano.

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Tema de la quincena «Un orden social justo ofrece al hombre una ayuda insustituible para la realización de su libre personalidad. Por el contrario, un orden social injusto es una amenaza y un obstáculo que pueden comprometer su destino (….) La expansión de una personalidad libre, que es un deber y un derecho para todos, debe ser ayudada y no entorpecida por la sociedad». Congregación para la Doctrina de la Fe, «Libertatis constientia», 26

niencia o gusto como un absoluto, lo cual fácilmente relativiza los derechos de los demás y el bien común, así como la solidaridad como camino para reconocerlos de forma práctica. Es una expresión del individualismo que lleva a justificarlo todo, o casi todo, en nombre del propio interés, conveniencia o gusto, que frecuentemente se plantea como el «tengo derecho a…». Esto, como hemos visto, deforma profundamente el sentido del valor de la libertad. El predominio social del interés, la conveniencia y el propio gusto, constituye una seria dificultad para el reconocimiento y la búsqueda de la dignidad del ser humano y su vocación a la comunión. Por tanto, para el reconocimiento y la búsqueda de la justicia debida al ser humano, como norte de la vida social y de la acción política, y como responsabilidad de todos y cada uno. Y, por ambas cosas, para el ejercicio humano y humanizador de la libertad. En esto consiste la falta de honradez en la vida política. Pero, sobre esa misma base, el problema de la falta de honradez en la vida social y en la acción política está tam-

La concepción dominante en nuestra sociedad de la libertad falsea frecuentemente la verdad sobre el ser humano, no responde a lo que el ser humano es y, por ello, deshumaniza. Porque el ser humano no es un individuo aislado sino, inseparablemente, un ser personal y comunitario. La comprensión de la libertad como autonomía absoluta del individuo añade al problema del relativismo ético, que antes hemos señalado, el del subjetivismo ético: no hay valores éticos objetivos que podamos buscar y vivir socialmente, porque son valores los que cada uno desde nuestra libertad consideramos como tales. Este subjetivismo ético socava radicalmente las bases de una vida social humana, porque se traduce en la práctica en el imperio del propio interés, gusto o conveniencia. Por ello, esta concepción de la libertad tiene mucho que ver con el problema de la honradez en la vida social y en la acción política.

El problema de la honradez en la vida social y en la acción política La honradez en la vida social y en la acción política está estrechamente relacionada con la fortaleza de la verdad, la justicia y la libertad. La debilidad de estos valores en nuestra sociedad hace de la falta de honradez en la vida social y política un problema muy importante de nuestra democracia. Problema que está vinculado a lo que hemos señalado sobre el relativismo y el subjetivismo ético, que se traduce en situar el propio gusto, conveniencia e interés por encima de la justicia. Este es un obstáculo grave para una convivencia social y una orientación de la acción política digna del ser humano. Relativismo y subjetivismo están en la raíz de la falta de honradez, son una base sobre la que se hace normal y natural considerar el propio interés, conve-

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El predominio del economicismo y los intereses económicos en la vida social constituye un caldo de cultivo para la corrupción


Tema de la quincena demás, y dejando de lado cuando conviene las exigencias de la verdad y la justicia. Todo vale si vale para los intereses propios. Además, ambos problemas (el del relativismo y el subjetivismo ético y el de la política entendida como conquistaconservación del poder) se ven reforzados por el predominio del economicismo y los intereses económicos en la

La libertad es valor esencial porque su ejercicio es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana vida social, lo que constituye un caldo de cultivo para la corrupción y la relativización más absoluta de la verdad y la justicia.

bién vinculado a la concepción y práctica de la política que predomina en nuestra sociedad y que analizamos al principio de estos «Temas de la Quincena». Especialmente al hecho de que se conciba y practique la acción política fundamentalmente como instrumento para la conquista y conservación de posiciones de poder para defender intereses propios. En esa dinámica, frecuentemente, el centro de la vida política lo ocupa un entramado en el que se tiende a verlo y plantearlo todo desde lo que conviene o interesa a la particular posición política de cada grupo, sin propiciar el mínimo diálogo, colaboración y entendimiento con los

«Una política para la persona y para la sociedad encuentra su rumbo constante de camino en la defensa y promoción de la justicia, entendida como “virtud” a la que todos deben ser educados, y como “fuerza moral” que sostiene el empeño por favorecer los derechos y deberes de cada uno, sobre la base de la dignidad personal del ser humano». Juan Pablo II; «Christifideles laici», 42

La honradez en la vida social y en la acción política son un reto fundamental de nuestra sociedad. Y sólo puede construirse en el reconocimiento de la verdad sobre el ser humano y su necesidad de vida social, de la justicia como norte de la acción política que busca primero que nada que todos y cada uno puedan disponer de lo mínimo necesario para una vida digna, y de la libertad como responsabilidad hacia los demás y hacia el bien común. En este sentido, podríamos decir que un reto fundamental de nuestra sociedad democrática es recuperar la justicia como centro de la vida social. ■ Notas (1) Juan Pablo II, «Veritatis splendor», n. 101. Quizá nos ayude a comprender mejor lo que esto significa un ejemplo concreto de la vida política. Lo tomamos del Editorial de «Noticias Obreras» en su número 1.426 (del 16 al 28 de febrero de 2007), titulado «La vivienda y el dueño de los cerdos». En él pueden leerse cosas como éstas, que intentan mostrar lo que ocurre cuando se construye la vida social de espaldas a la verdad del ser humano, sustituyéndola por el interés, la conveniencia o el propio gusto, personal y/o de grupo; la dignidad y los derechos inalienables de la persona son conculcados porque se convierten en algo «relativo»: «Cuenta en Evangelio (Mc 5, 1-20) que Jesús se encontró con un hombre poseído de espíritu inmundo que vivía entre los sepulcros y los montes. Su situación era tan deplorable que ni con cadenas podían sujetarlo. Jesús expulsó al espíritu y le permitió que se alojara en una piara de cerdos que andaba por allí. Los cerdos, unos dos mil, se arrojaron por un acantilado y murieron ahogados. El hombre quedó curado, pero ¡dos mil cerdos murieron!

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Tema de la quincena Jesús se enfrenta a dos derechos: el derecho a la curación de un marginado y el derecho a la propiedad del dueño de los cerdos. La opción de Jesús fue clara y rotunda: la vida del más pobre de los pobres está por encima de todo derecho de propiedad. Hoy podemos encontrarnos con situaciones parecidas: el derecho de curación de los enfermos de Sida y el derecho a los beneficios de las multinacionales farmacéuticas. Está claro que la opción es curar a los enfermos a costa de los cerdos de las multinacionales (los beneficios, no los dueños)… Es el derecho a un techo de los jóvenes, obreros, trabajadores, inmigrantes, pobres, marginados, etc., frente a los beneficios de la Banca, inmobiliarias, constructoras y los propietarios de los tres millones de viviendas vacías que hay en España. Lo que intentamos decir es que se ha producido una inversión de valores. Qué duda cabe de que el derecho de propiedad es fundamental porque es la garantía de la libertad. Pero no olvidemos que se trata de un derecho a la medida del hombre, un derecho al servicio del hombre, varón o mujer, no contra el hombre. Y un hombre necesita una vivienda, no varias… Cuando la Iglesia decimos que uno de los problemas de nuestra cultura es el relativismo, nos referimos a que el interés o la conveniencia pueden ponerse de acuerdo para cambiar el derecho natural, el orden natural de las cosas, de los bienes, de la moral, de las personas. Nos referimos, entre otras y muy importantes cosas, a que se conculcan derechos inalienables de la persona por conveniencia o por interés. Relativismo es anteponer el derecho al beneficio al derecho a vivir con dignidad que tienen todas las personas. Relativismo es anteponer el derecho a poseer varias viviendas al derecho de todos a una vivienda. Relativismo es considerar que un valor superior, la persona, puede supeditarse a un valor inferior, los beneficios…». (2) Esta es una de las cuestiones más importantes sobre los valores en los que se asienta la vida social y política en nuestra sociedad. La sustitución de la justicia por el bienestar como orientación de la vida social y la acción política, tiene consecuencias prácticas muy importantes, y muy negativas, no sólo para la función del Estado, sino para el conjunto de la vida social y para las múltiples realidades de la vida política. Conviene meditar con detenimiento este problema. Adela Cortina ha reflexionado con lucidez y profundidad este problema de la vida política. Entre otras cosas, concluye: «Si la política tuviera por meta lograr el bienestar de los ciudadanos, destruiría las bases de la justicia, porque el bienestar

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es un ideal de la imaginación, y no de la razón. Cada ciudadano imagina su bienestar como la satisfacción de todos sus posibles deseos. De donde se sigue que si (…) el fundamento del orden político y económico y su fuente de legitimación es el individuo con sus deseos infinitos (es decir, el bienestar), y no la persona con sus necesidades básicas socialmente interpretadas (es decir, la justicia), ningún Estado imaginable podrá satisfacer esos deseos infinitos. Y, lo que es peor, como satisfacerlos todos es imposible, en la maraña indefinida de deseos individuales que componen el bienestar conjunto, tenderá a interesarse por aquellos que proporcionan votos, no por los que representan exigencias básicas de justicia (…) satisfacer los deseos de algunos aunque no estén cubiertas las necesidades de otros. El Estado de Bienestar ha confundido, a mi juicio, la protección de derechos básicos dentro de lo socialmente decoroso con la satisfacción de deseos infinitos, medidos en términos del

“mayor bienestar del mayor número”, con los inevitables abusos de interpretación que esto conlleva. Pero confundir la justicia, que es un ideal de la razón, con el bienestar, que lo es de la imaginación, es un error por el que se acaba pagando un alto precio: olvidar que el bienestar ha de costeárselo cada cual a sus expensas, mientras que la satisfacción de los mínimos de justicia es una responsabilidad social -nacional y global- que no puede quedar en manos privadas (…). Esta es la razón por la que importa distinguir (…) entre lo básico para llevar adelante una vida digna, socialmente interpretado, que tiene límites, y lo que cada cual debe pagarse de su peculio porque pertenece al ámbito de los deseos ilimitados (…) “mínimo de justicia” que afecta al bienser, más que al bienestar de las personas, a la posibilidad de llevar adelante una vida digna» (Adela Cortina, «Por una ética del consumo», Taurus, Madrid 2002, pp. 171-172).

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