por Juan Sebastián Gonzalez, Moisés Sanchez y Germán Moreno
Cuenta las historias de las abuelitas, que hace mucho tiempo existían unos seres salidos de las cabezas de nuestras mamás, Seres que nacían y se alimentaban de las lagrimas de las mamitas, que crecían con el dolor que ellas sentían, y por ello duraban horas y horas sentados en una caja en la cual alguien los había metido, escuchando llorar a las mamitas sin saber quiénes eran ellas.
Estos seres crecían escuchando lo que estas madres susurraban en tiempos de dolor, estos seres se ocultaban en las cajas en las cuales habían sido introducidos, ocultos en las sombras para no ser descubiertos por los gatos que desgarraban a los pobre seres de tela.
Pero un día, una de estas madres descubrió a uno de estos seres, y al verlo toditito lastimado por los gatos y ver que este ser la escuchaba siempre que ella se lamentaba Seres de brazos largos como para abrazar a alguien, saliendo de la cabezas de las madres perdían sus ojos y sus bocas, tenían la maldición de solo poder escuchar.
Lo tomo y lo sento en un butaco frente a ella. La madre vio como este ser que no conocía, carecía de ojos y boca. Veía un trapo con brazos largos, inocente que había sido atacado por los gatos , tanto que sentía que este ser inocente no era tan diferente a su hija.
La madre tomo hilo y aguja, y comenzó a coser ojos al pobre ser, para que pudiera verla, le parecía tan cruel que este no tuviera ojos, así que tomo dos botones y se los puso como ojos. Cosió sus heridas como muestra de agradecimiento de las muchas veces, que la había escuchado, mientras cocía, le contaba sus dolores, sus penas, sus dolencias pero también sus alegrías, sus bienaventuranzas y su día a día.
Cuando termino la charla y la costura, la madre pensó “Pobre ser, da tanto de si como yo, pero nadie le da amor y ternura, vive en las sombras oculto esperando a que alguien lo encuentre y le de amor”,
La madre tomo la caja, y lo metió allí de la manera más tierna y dócil, le amarro un lazo y lo vistió como un regalo para su hijo, al momento de entregarlo a su hijo le dijo “Este será quien te escuche el día que te falte, el día que seas padre será quien te consuele cuando falte”
Los muĂąequitos quitapenas no dicen nada. Ellos curan escuchando. Agazapados bajo la almohada, escuchan los pesares y los penares, las dudas y las deudas, tormentos que acosan el dormir humano, y mĂĄgicamente se los llevan lejos, muy lejos, al secreto lugar donde ninguna noche es enemiga. -Fragmento De Los hijos de los dĂas, Eduardo Galeano-