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Santos Ejercicios en la Casa María. Febrero 15-24 de 1940. Tomo 4.

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¡DIOS Y LAS ALMAS!

SANTOS EJERCICIOS EN LA “CASA MARÍA” FEBRERO 15 – 24 DE 1940 PABLO MARÍA GUZMÁN M.SP.S. TEMA GENERAL: ASPECTO SACERDOTAL DE NUESTRA VOCACIÓN COMO M.E.SS.T.

MÉXICO, D. F. 1


Santos Ejercicios en la “Casa María”. (1) Tema general: aspecto sacerdotal de nuestra vocación como M.E.SS.T. Febrero 15 – 24 de 1940

Plática de entrada (1) Jueves 15 6 p.m. Muy amadas hijas en Cristo Nuestro Señor: Ante todo debemos darle gracias a Dios Nuestro Señor porque nos ha concedido la gracia de estos santos ejercicios. El Espíritu Santo, lo recordamos siempre con ocasión de los ejercicios, lleva las almas al silencio para haberles en lo íntimo de su corazón: “Lo llevaré a la soledad y le hablaré a su corazón”. Los días de ejercicios son días de gracias porque en ellos nos afocamos más a Dios, nos ponemos en contacto con el autor mismo de la gracia. Dios, hace invitaciones en muchos modos, pero la inmensa mayoría de las almas, o por lo menos una gran mayoría, no recibe esas gracias porque no está dispuesta para recibirlas. ¿Qué faltará? Seguramente que faltan disposiciones. En estos días vosotras vais a escuchar la palabra de Dios; así se llama a la predicación porque propiamente la predicación debe ser la palabra de Dios. El sacerdotes debe ser el instrumento por medio del que Dios Nuestro Señor se comunique a las almas; su palabra debe ser la palabra de Dios, debe expresar el sentimiento divino, el querer divino, la voluntad de Dios sobre todo, a cada una de las almas. Y ese poder de comunicarse a cada una de ellas, tiene que ser necesariamente un poder divino, porque nosotros no podríamos tocar los corazones ni conven[1]cer a las almas sin que el Espíritu Santo lo hiciera por nosotros. Por eso durante los ejercicios espirituales, el primero que debiera permanecer en oración, es el que da los ejercicios; a él le toca escudriñar esa voluntad de Dios que ha de ser el alimento de las almas; a él le toca ser el intérprete de la voluntad divina, y ¿cómo va a conocerla si él mismo no esta íntimamente unido al Espíritu Santo? Sin embargo eso no bastará si las almas no están dispuestas para recibir la palabra de Dios. Me imagino que es como cuando se tiene una transmisora poderosísima de radio que transmite un programa selecto pero que no tiene aparatos para recibirlo, aparatos a propósito, de manera que no se aprecia la hermosura de aquella transmisión. Y al revés, puede suceder que haya aparatos de radio muy buenos y que la estación que transmite no sirva, entonces el aparato de nada aprovecharía. Lo mejor es que haya buena estación y buenos aparatos. Así me imagino yo que pasa en estas cosas de la predicación. Se necesita en primer lugar, que el que habla sea fiel intérprete de la palabra de Dios, pero también se necesita disposición en las almas porque si ellas no están dispuestas, así pueden decirles las palabras más hermosas y profundas, quedarán insensibles cierran sus 2


oídos, no escuchan, de manera que para ellas como si no existiera esa palabra, aunque tienen la responsabilidad de una gracia despreciada. De unos ejercicios, de un sermón, de una plática, la más sencilla que ustedes supongan, puede resultar la orientación de toda una vida; unas cuantas palabras que nos transmiten el querer divino, sirven de estímulo, de aliento; en fin, pueden iluminar el sendero de toda nuestra vida. Recordar cómo una palabrita del Evangelio bastó para despertar en muchos santos todo su ideal, el ideal que los llevó a la santidad personal y a la [2] santificación de otras muchas almas. San Francisco de Asís, meditando aquellas palabras de Jesús sobre la pobreza; otros meditando aquellas palabras: “De qué me sirve salvar al mundo si pierdo mi alma…” Santa Teresita del Niño Jesús fincó toda su santidad meditando aquellas palabras del Evangelio: “Si no os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. Seguramente habían leído muchas veces esas palabras, pero hubo un día en que el Espíritu Santo se las hizo sentir de una manera especial y fue suficiente para orientar toda la vida. En unos ejercicios se habla mucho y entre todas las palabras nosotros podemos encontrar aquéllas que sean a propósito para nuestra alma. En las circunstancias en que damos estos ejercicios, tenemos la confianza de que el Espíritu Santo nos asistirá con su luz porque se la hemos pedido; preparará vuestras almas, porque así lo hemos pedido también y porque vuestras almas en el fondo, están deseosas, algunas mucho muy deseosas, de su perfección. No en vano, amadas hijas, repito, se espera una orientación de la vida. Dicen algunos autores que el hombre nunca debería tomar una resolución de importancia sin prepararla con unos ejercicios espirituales. ¿Por qué cuando los santos quisieron emprender una nueva vida de fervor, comenzaron por hacer unos ejercicios fervorosos? ¿Por qué los apóstoles antes de lanzarse a la grande empresa de conquistar el mundo, se encerraron en el Cenáculo para hacer oración? ¿Por qué, siguiendo esos ejemplos, las almas apostólicas se preparan en el recogimiento para lanzarse después al apostolado? Porque en el silencio el Espíritu Santo se manifiesta a las almas; porque la oración nos comunica esa fuerza de lo alto que no podemos encontrar en la tierra. Si yo oigo discursos elocuentes en [3] el mundo pueden impresionarme de momento, pero no harán en mi alma el efecto de las palabras de Dios. Por eso nuestro Padre Fundador repetía con frecuencia estas palabras de un autor espiritual: “Una meditación sobre Dios, acerca de Dios, hace más bien que la lectura de muchos libros que traten de otras materias”. Nosotros, amadas hijas, vamos a hablar de Dios, yo me propongo hablaros de Dios, de vuestra Santa vocación, del espíritu que os debe animar, para que tengáis bien definido cuál es vuestro espíritu y para que más tarde, cuando comencéis a extenderos por tierras lejanas, no vayamos a tener la preocupación de que se desvirtúe ese espíritu, de que se tuerza y no se conozca o se transmita mal, sino que cada una sepa perfectamente bien cuál es su espíritu y pueda vivirlo y enseñarlo; porque el espíritu es 3


el que da la vida, no son las cosas exteriores, es el espíritu interior lo que tiene que animar todas y cada una de vuestras acciones. Ese va a ser por tanto, amadas hijas, el trabajo de estos días, trabajo de la gracia, trabajo del alma para corresponder a la gracia. Esta va a ser nuestra dulcísona ocupación, hablar de Dios, a quien amamos sobre todas las cosas, hablar de la Santísima Virgen, a quien amamos, después de Dios, sobre todas las cosas. Hablar de nuestra vocación que amamos también tanto; de nuestras relaciones con Dios en cuanto a nuestra misión. Vamos a hablar de nuestro ideal, de ese ideal que nos hizo dejar el mundo para venir a abrazar una vida que es alegre ciertamente, pero que por su naturaleza tiene que ser también austera porque sin este sello no pueden realizarse cosas serias, profundas. Alegría en una santa austeridad; austeridad que nos pide el vencimiento, la práctica [4] constante de las pequeñas virtudes; que nos hace castigar nuestro cuerpo, modificar nuestro espíritu para poder hacer algo por la gloria de Dios y sobre todo para lograr la dicha de las dichas que es la unión con Dios. Ordinariamente caemos en un error, decimos que hacemos y que tornamos cuando algo nos sale bien; pero si examinamos, la verdad de las cosas es que siempre que realizamos un acto bueno, es Dios quien lo realiza en nosotros. Por eso el gran secreto de nuestra vida interior, de nuestro apostolado exterior, consistirá en unirnos a Dios. Vamos a trabajar en estos días, amadas hijas, por convencernos más y más de esa necesidad y por alcanzar de Dios nuestros Señor la gracia, que ciertamente El nos quiere conceder, de vivir unidos al Señor. Cada vez que se penetra un poco más en las cosas divinas y que se comprende también un poco más la vanidad de las cosas humanas se explica uno por qué los santos vivieron con su pensamiento solamente en Dios, por qué nuestro Padre repetía tanto aquellas palabras que eran como su divisa: “¡DIOS… DIOS… DIOS… MARÍA… MARÍA… MARÍA!” Dios y María, es la esencia del Cristianismo, allí está todo. El que conoce a Dios, conoce su felicidad, el que ha logrando la unión con Dios, ha logrado asegurar su felicidad. Y nuestra vocación, como vais a verlo con la gracia divina, amadas hijas, a lo largo de estos días, es una vocación que por todos lados os exige la unión con Dios, la transformación en Cristo, la unión íntima con María que os ha de llevar siempre a Dios, porque es la grande preocupación de Ella, formar almas que sirvan de templos y sagrarios a la Santísima Trinidad. Yo os suplico pues, amadas hijas, que seáis muy dóciles a las inspiraciones de la gracia, que [5] escuchéis la palabra de Dios como niñas, con sencillez, humildad, docilidad; es el secreto para que aprovechéis. ¿A quién le consagramos los ejercicios? A Aquella por quien nos vienen todas las gracias, a la Virgen Santísima, a la reina de esta Casa, a la Reina de la 4


Congregación, a la Reina de cada una de nuestras almas. Ella, que nos trajo a la tierra la Sabiduría Encarnada, que trajo al Espíritu de Dios sobre los Apóstoles el día de Pentecostés. A la virgen María le consagramos estos ejercicios y también al que es digno compañero de nuestra Madre Inmaculada, al gloriosísimo San José, maestro de la vida interior, gran contemplativo, hombre modelo de acción, y ¡qué fecunda es la acción de San José! ¡Librar de la muerte al Niño Jesús! ¡Sustentar su Cuerpo, y sobre todo comprender su espíritu! El debe ocupar un lugar de honor en vuestras casas, donde está María tiene que estar San José. En los ejercicios que acabo de practicar, me vino la idea de poner vuestras casas –que estarán mejor acondicionadas en lo futuro cuando Dios Nuestro Señor nos proporcione la manera de hacerlo y nos dé la paz – algo semejante a lo que tienen los Carmelos: construyen una especie de ermita en un lugar separado de la casa, en el jardín, en la huerta, para que algunas religiosas vayan a pasar el tiempo cuando tengan deseos de soledad. Yo quisiera lo mismo para ustedes y que esas ermitas se consagraran a san José, el santo del silencio, para que les recordara más la necesidad de saber comunicarse con el cielo. Que Dios Nuestro Señor lo vaya disponiendo todo como quiera, pero la idea es que todo nos lleve a Él y que vosotras mismas en vuestras casas seáis como esa voz que esté siempre dando a conocer a Dios. [6] El ideal es sublime, alto; necesitaríamos ángeles, bajo un cierto punto de vista, para realizarlo. Pero la gracia de Dios todo lo puede, esa gracia que nos puede transformar; con ella podremos traer el cielo a la tierra. Que nuestra Madre Inmaculada se digne aceptar este ofrecimiento que le hacemos, e impartirnos las gracias que humildemente suplicamos. Yo estoy seguro de que lo concederá porque se lo he pedido y como sabéis, Ella ama mucho a los sacerdotes porque le costamos mucho, fuimos hijos de su dolor y es por eso que tiene un amor especial para todos nosotros. Yo se lo he pedido porque; ¡YO QUIERO QUE VUESTRAS ALMAS SEAN SANTAS, AMADAS HIJAS, ESA ES MI GRANDE ILUSIÓN! Si yo supiera que no habíamos de conseguirlo, le suplicaría a nuestro Señor con toda el alma, que nos borrara del libro de la vida. ¿Para qué queremos la vida si no es para Dios? ¿Para qué queremos un corazón, un cuerpo, si no son para consagrarlos a Dios? Hay muchos que no lo hacen, otros le dan parte, le consagran un recuerdo, una buena acción pero como cosa perdida. Vosotras no, vosotras venís aquí para ser todas de Dios, para darle vuestra alma, vuestras potencias y sentidos; no un momento u otro sino toda vuestra existencia, todo vuestro corazón. ¡Qué hermoso, qué gracia nos ha hecho nuestro Señor! ¿Con qué se la pagaremos? ¡Llamarnos para ser todos suyos y concedernos la gracia de corresponder a ese llamamiento! No todos los llamados corresponden… ¿Tengo razón o no para exigiros la santidad amadas hijas? La Obra en sí misma 5


tendrá que ser santa; pero la santidad de la Obra depende de la santidad de los miembros, son ellos los que realizan su santidad, como la Iglesia se dice santa en sus miembros; si ellos se santifican más la Igle[7]sia puede realizar esa nota de su santidad más y más. Con estas disposiciones vamos a comenzar nuestros ejercicios y que la bendición que vais a recibir en estos momentos de Jesús Sacramentado, sea una buena bendición a vuestra buena voluntad, a vuestro deseo de amar más a Dios, a María, a la causa de la Iglesia, y sea también la prenda de todas las gracias. Recibidla con grande espíritu de fe, y todas las palabras que voy a deciros en estos ejercicios, también recibidlas con grande espíritu de fe. ¡Será la palabra de Dios, VERBUM DEI!

Conocimiento de Dios. (8) Viernes 16 9 a.m. Muy amadas hijas en Cristo Nuestro Señor: En vuestro lema, Dios y las almas, se encuentra resumido el ideal de las Misioneras Eucarísticas de la Trinidad. Pero vamos a ver cuál debe ser el espíritu que anime toda la vida de la Misionera, bajo qué puntos de vista, con qué colorido debemos vivir ese lema. Ya os diré en líneas generales –porque va a ser el aspecto bajo el cual consideremos todo lo que vamos a considerar en estos ejercicios,- que ese espíritu es un espíritu sacerdotal. Así es que vamos a ponernos bajo el punto de vista sacerdotal para estudiar a Dios y para estudiar la manera como debemos nosotros tratar a las almas. Cuando en las Constituciones de los distintos institutos o congregaciones religiosas se habla de los votos, cuando se explican, siempre se hace una advertencia que debe enten[8]derse según el espíritu de cada instituto. Hay distintos puntos de vista, distintas apreciaciones; y el nuestro, el propio de nuestro Instituto, es el SACERDOTAL. Primero trataremos de Dios, porque el sacerdocio está ordenado a la gloria de Dios, a la salvación de las almas, porque nuestro fin primero y principal es Dios, Dios conocido, Dios amado, Dios, por lo mismo, glorificado, ya que la gloria no es otra cosa que el conocimiento y el amor. La gloria es la alabanza que brota espontáneamente en el alma, al conocer a Dios, al conocer sus obras. El hombre sin el auxilio de la gracia, podría llegar al conocimiento de Dios, pero únicamente como autor del orden material, porque la pura razón nos dice que debe existir un primer motor, un ordenador de todas esas cosas que contemplamos en la naturaleza; la perfección de los seres, el orden que resplandece en el universo. Y llamamos Creador a ese primer principio de todas las cosas. Pero nosotros no vamos a estudiar a Dios únicamente como lo hace el filósofo, bajo el punto de vista material; nosotros vamos a estudiarlo bajo el punto de vista sobrenatural, solamente podremos hacerlo por medio de la gracia, esta gracia que reconquistó para la humanidad caída, Jesucristo Nuestro Señor; gracia que se nos infunde en el Bautismo por el Espíritu Santo, con la caridad; gracia que nos hace conocer a Dios como El es, 6


por medio de la fe. Dios es para nosotros, amadas hijas, debe ser, el objeto principal de nuestro estudio. Debemos estudiar siempre a Dios es sus obras, en su esencia, en sus perfecciones. Ese libro santo en el que se contienen todas las enseñanzas de Dios, deberá ser para nosotros el objeto principal de nuestro estudio, la Sa[9]grada Escritura, en donde está la Palabra de Dios, la Palabra revelada, inspirada; en donde encontramos todas aquellas enseñanzas preciosísimas de Nuestro Señor Jesucristo, en los Santos Evangelios. Allí está, ése es el libro de la divina sabiduría, allí está la fuente donde tenemos que beber las enseñanzas acerca de Dios, de su naturaleza, de sus obras. Si quitáramos la Sagrada Escritura, si Jesucristo no hubiera venido a la tierra a enseñarnos lo que es Dios, la humanidad estaría sumergida en las tinieblas y solamente la luz de la razón llevaría al hombre al conocimiento de un primer motor, de un ordenador supremo; pero felizmente, amadas hijas, Jesús vino a enseñarnos con su vida, con sus ejemplos, que ese supremo ordenador de todas las cosas no es un ser aislado de la humanidad que creó, sino un Dios con nosotros que se llamó Jesús, Emmanuel, que es un Dios de amor, y que busca la comunicación con sus criaturas. Precisamente por eso las quiso crear, para comunicarse con ellas. ¿Dónde sabemos nosotros todas estas cosas? Las sabemos por la divina revelación. La razón nos llevó al conocimiento de un Dios ordenador, primer principio de todas las cosas; pero la revelación nos dice que ese Dios es amor, que nos ha amado con un amor eterno: “Te he amado con un amor eterno y por eso tuve misericordia de ti y te traje hacia mi.” ¡Qué verdades tan hermosas, amadas hijas! ¡Cómo debió regocijarse el corazón del hombre el día en que le fueron manifestadas! Ya nosotros por un sentimiento natural, deberíamos buscar la amistad de aquel que puso un sello de belleza en cada una de las obras de sus manos. Cuando contemplamos la hermosura de la naturaleza, la variada riqueza de frutos, de [10] flores; las maderas, las piedras preciosas, instintivamente nos volvimos hacia el Autor de todas esas cosas, sentimos admiración por Él y desearíamos su conocimiento y su amor. Pues esto que en el orden natural podría ser un simple deseo al que no correspondiera la realidad porque ese autor de la naturaleza no quisiera tener tratos con sus criaturas o porque ellas no quisieran elevarse hasta Él, es para nosotros una hermosa realidad; Allí está la palabra infalible: “Te he amado con un amor eterno”… Tenemos la posibilidad de conocer a Dios. El mismo nos dio ese poder y prácticamente Jesús vino a enseñarnos en su vida cómo Dios nos ama, cómo el Padre, el Dios que nos ha formado, es para nosotros no solamente un arquitecto, sino precisamente un Padre, verdadero y amantísimo Padre. Por eso la preocupación grande de Jesús al venir a la Tierra, fue el decirle a los hombres que el Dios que los creó es un Dios amor y es su Padre. Recordarnos esos 7


sentimientos de la paternidad divina, fue la preocupación de Cristo y por eso El siempre tenía en sus benditos labios el nombre de su Padre Celestial. ¿Qué revelación más consoladora puede existir para el hombre, que saber que le es posible comunicarse con su Dios, que ese Dios lo ama y que no solamente lo ama, sino que también le pide a su criatura el amor? Para poder dar amor, la criatura ha recibido todos los medios, todas las posibilidades. No sé, amadas hijas, si se podrá dar al hombre una noticia más halagadora. Por eso ya en la antigua Ley, a pesar de que se llamaba la Ley de temor, el hombre buscaba a Dios, el hombre se ocupaba de rendirle culto a Dios; el hombre ofrecía sobre la tierra sacrificios porque consideraba el sacrificio como una de las maneras de reconocer el supremo dominio que Dios tiene sobre todas las cosas, sobre las criaturas mismas que le ofrecían ese sacrificio. [11] Muchas de esas almas tuvieron un conocimiento muy grande de Dios, especialmente los profetas, escogidos como instrumentos del mismo Dios para revelar al mundo esa ciencia divina. Lo conocieron algunas almas, lo amaron muchas de ellas; pero la manifestación plena de Dios revelando a las almas el sentido de la paternidad divina, estaba reservada también para la plenitud de los tiempos, cuando viniera a la tierra nuestro Señor Jesucristo. De manera, amadas hijas, que nosotros debemos recibir también esa noticia consoladora; debemos recibirla en el supremo gozo de nuestro espíritu. Primero esta verdad: Dios existe, Dios es amor Dios es caridad. Y luego: ese Dios amor me creó a mí para que me uniera a Él; me creó por motivos de amor, de caridad, para hacerme feliz en su conocimiento y amor. Ese Dios que es infinitamente bueno y misericordioso, ha puesto todos los medios y me los ha dado para que yo pueda llegar hasta Él! ¿Qué cosa, amadas hijas, podría excitar más nuestra alegría que estas verdades? ¿Qué cosa debiera ocupar más nuestro entendimiento y voluntad que el estudio y conocimiento, así como el amor de Dios? Porque Dios es el primer amor, la fuente de toda felicidad, consuelo, gozo, paz. Y precisamente ese Dios nos hizo en tal forma que estuviéramos siempre pendientes de Él, y nos exige ese conocimiento, esa unión con Él, o como dice San Agustín: “Dios nos hizo para Él y no podremos descansar hasta poseerlo.” Llevamos en nuestro organismo espiritual esa tendencia hacia Dios; por eso únicamente en la medida en que poseamos a Dios, podremos alcanzar nuestra perfección en el orden de la naturaleza y sobre todo en el orden de la gracia. Si un alma se dedica a estudiar a Dios, se preocupa por amar a Dios, ha cumplido con la exi[12]gencia primordial de su ser natural y sobrenatural. Por eso, repito, el estudio supremo de Dios, la Sagrada Teología, es para el hombre, debe ser, el objeto de su principal ocupación. Dios instituyó especialmente el Sacerdocio para hacerlo poseedor de esos secretos, para infundirle de una manera especial el espíritu de sabiduría que le diera el 8


conocimiento de ese Dios, y de todas las cosas que llevan a Él. Esa es la razón de que a nosotros los sacerdotes se nos exija de una manera especial el estudio de la Teología. Pero también deben tenerlo todas las almas y nosotros estamos obligados a hacerles asequible ese conocimiento. Sin embargo, no es únicamente el sacerdote, puesto que es instrumento de Dios; el Espíritu Santo, ilustrando a las almas, perfecciona esos conocimientos y hace que, de especulativos que pudieran ser, lleguen a la práctica. El Espíritu Santo da a las almas un conocimiento como experimental de lo que Dios es, les hace gustar y sentir esa suavidad de Dios; ese gusto de las cosas divinas que nosotros encontramos, ese conocimiento de Dios, no solamente en la especulación sino prácticamente en los efectos que experimentamos con la unión divina, es lo que llaman los teólogos la divina contemplación; y cuando el alma se dedica a esas cosas, expresamente se dice que es contemplativa porque busca a Dios y llega a tener un grande conocimiento de Dios; llega a gustar de esas cosas, iluminada por el Espíritu Santo. Por consiguiente, el alma contemplativa, que posee el secreto de las cosas de Dios, lo puede comunicar a otras almas, y como no hay ciencia más alta que la ciencia de Dios, es esta alma la que está en aptitud de hacer más bien a la humanidad. Ella irá diciendo lo que es Dios y lo dirá no solamente con la ciencia del filósofo, del teólogo que conoce las cosas sin gustarlas –suponiendo que no tuviera ese don o no hubiera recibido esa gracia- sino que hablará como el que las ha gustado, llevando así la convicción plena a otras almas. [13] De allí pues, la necesidad tan grande de que nos empapemos de ese conocimiento de Dios. Indudablemente que nunca llegaremos a agotarlo, pero sí podemos profundizarlo cada vez más y más, haciendo que se traduzca en luz y amor para las almas. El foco de luz no puede menos de iluminar, el fuego tiene como cualidad propia quemar, calentar, encender. No podremos llevar en nuestras almas a Dios que es luz, que es caridad, sin comunicarlo a otras almas. El alma unida a Dios, el alma contemplativa, es la más capacitada para desarrollar una acción eficaz. ¿Quién puede dar a Dios, quién puede dar los consuelos de Dios, quién puede dar la ciencia divina? SOLO EL QUE POSEE A DIOS! Si nosotros, amadas hijas, comprendiéramos las cosas divinas, cuánto nos ocuparíamos de estudiar a Dios en su propio Ser, en sus obras, descubrirlo en todas las cosas. Es lo que hace el alma contemplativa; por eso los santos que se distinguieron por su unión con Dios, que recibieron el don de la divina sabiduría, la plenitud de los dones del Espíritu Santo, veían a Dios en todo, en las flores, en los astros, en los frutos, pero más que nada en las almas. ¡Qué hermosa es un alma, creada a imagen y semejanza de Dios, que lleva destellos de la divinidad! Entre todas las cosas que existen en la naturaleza, no hay ninguna tan a propósito para hacer conocer a Dios como el alma; si nosotros la 9


adornamos con todas la virtudes y la llenamos de Dios, haremos que otras almas se detengan allí y sin querer pasar adelante descubran en ella la hermosura de Dios aquí en la tierra. Yo quiero saber lo que es Dios, y en lo primero que puedo descubrirlo, en las almas, es los que me deja más satisfecho, porque los seres inani[14]mados me hablan sí, en alguna forma, pero la impresión de lo Divino me la da sobre todo el alma, el alma que da la vida al cuerpo; ese cuerpo que participa de las cualidades del alma, que recibe la redundancia de lo divino que hay en ella, ese cuerpo que podemos decir en alguna forma, espiritual, porque está informado por el alma espiritual… esa actitud que tendremos que estudiar más tarde, en la que se descubre el sello de Dios… Es el alma, amadas hijas, el lugar donde mejor podemos conocer a Dios y el medio más precioso para hacerlo conocer; por eso nosotros que queremos llevar todo a Dios, decimos en el lema del instituto: DIOS Y LAS ALMAS. No hay nada más perfecto, no hay cosa más digna de nuestro estudio, conocimiento, amor, sacrificios, desvelos, que Dios y las almas. Dios es el autor, el supremo bien. Las almas, criaturas las más perfectas que salieron de sus manos. Los seres inanimados recibieron un destello de las perfecciones divinas pero no pueden amar a Dios. A nosotros nos ha dado almas capaces de conocerlo y amarlo, de manera que allí radica la grandeza del alma. Por eso vamos a procurar en primer lugar, llenar nuestra alma de Dios y después ocuparnos de esas almas que son la herencia divina, que el demonio quiere perder y nosotros debemos de salvar a toda costa, llevando antes nuestra propia alma al conocimiento de Dios. Quiera el Espíritu Santo llenarnos de su luz para conocer un poco más a Dios en estos ejercicios, para conocer un poco más a las almas y así dar una paso más también en el conocimiento y en la práctica de vuestra santa vocación. ASÍ SEA. [15]

Sobre el conocimiento de Dios. (16) Viernes 16 Feb. 3 p.m. Muy amadas hijas en Cristo: Cuando se habla del último fin del hombre, se nos dice que ese fin supremo consiste en conocer, en amar a Dios; y esa obligación viene precisamente de la dependencia que tenemos de Dios Nuestro Señor, dependencia en el ser, en la operación, dependencia de cada uno de los movimientos de nuestra alma. Dependemos de Él no solamente en tanto la criatura depende de su creador, no solamente en cuanto a la causa instrumental depende de la principal; no, ya lo vemos, la dependencia que nosotros tenemos de Dios es una dependencia amorosa de padre a hijo; más aún es aquella dependencia necesaria, forzosa, que nosotros debemos tener para con Él que es la fuente de nuestra felicidad. ¿Podríamos dejar de tender a la felicidad, podríamos dejar de aspirar a esa unión íntima con el que es para nosotros el supremo bien? No podemos sin traicionar nuestra misma felicidad. De hecho, nosotros 10


contemplamos muchos seres que se apartan de Dios, que no le conocen, que no le buscan, que no le aman; pero ellos llevan en ese alejamiento voluntario del Señor el castigo de su propia falta. Estudiando ya más a fondo lo que la fe nos enseña acerca de Dios, encontramos que es para nosotros una verdadera gloria el depender de ese ser tan perfecto. Nosotros buscamos la unión, la intimidad con las criaturas y en aquella en las que encontramos más perfecciones, nos detenemos más. Siendo nosotros como somos, criaturas limitadas, buscamos todo aquello que nos perfeccione, y tendemos por lo mismo a amar la belleza, el bien, la bondad, porque todas estas cosas sentimos que [16] nos son necesarias, que vienen a completar algo en nosotros, ya que la criatura es un ser indigente, es un ser esencialmente limitado; es como un abismo profundo que está suspirando siempre por ser llenado por alguien. Ese alguien, la fe nos dice que tiene que ser Dios. Debemos buscar a Dios, amadas hijas, pero no como lo buscan ordinariamente todas las almas, sino como debe buscarlos el que tiene por misión aspirar al conocimiento profundo de Dios, el que tiene como misión especial el consagrar su vida a darlo a conocer a otras almas, y esa misión no limitada al tiempo, esa misión prolongándose por toda la eternidad, porque precisamente en esto está la verdadera dicha, la suprema dicha para nosotros, en que la posesión de Dios tiene que ser inamisible, en que el amor tendrá que ser eterno, en que ese conocimiento y por lo mismo la felicidad que del conocimiento dimana, no tiene fin. Cualquiera otra hermosura limitada, cualquiera otro bien que poseamos pero que por su naturaleza sea también limitado, no podrá en ninguna forma saciar la necesidad tan grande, la sed que experimentamos de lo divino, es decir, aquella tendencia que Dios deja en nuestras almas hacia Él, el Ser eterno. Todo lo que sea criatura, todo lo que lleve el signo de lo limitado, no podrá ya en ninguna manera llenar todas las aspiraciones de nuestra alma. Si se nos ofrece una cosa pero esa cosa debe terminar, experimentamos la pena que hemos de sufrir al dejarla o tenerla que perder; la posesión viene acompañada ya en alguna forma de la desesperación, de la tristeza, del decaimiento. Era preciso que nosotros tuviéramos algo cuya posesión fuera para nosotros inamisible, algo que no terminara, a fin de que contáramos con un motivo supremo, sólido, inconmovible para nuestra dicha, para nuestra felicidad. Dios, amadas hijas, se reservó para la eternidad el conocimiento pleno de Él, pero quiso que en [17] el tiempo se manifestara ya a nuestras almas y esa manifestación de Dios es el principio de nuestra verdadera felicidad; porque, revisad vosotras todas aquellas cosas que hayan sido motivo de felicidad en vuestra vida y encontraréis que la más profunda, la más sólida, la única que no ha tenido nada en desvirtuarse, es aquélla que os hace poseedoras del amor de Dios. En todas las otras cosas encontramos la limitación. Vosotras habéis encontrado motivos de felicidad, habéis gozado algún tiempo de las criaturas, pero ¿en donde están? Todo pasa, todo se esfuma; aquellas cosas que antes os hacían felices, tal vez ahora os produzcan el efecto contrario, engendren en nuestras almas el tedio. 11


¿Qué es lo que no merma en nuestra alma? El amor divino si nosotros no le ponemos obstáculos, si nosotros mismos no lo alejamos; el amor divino, por su propia naturaleza tiende a perfeccionarse en nuestras almas, y así cada día nos encontrará más cerca de Dios, más unidos a Dios, que venga a hacer de nuestras voluntades una sola con la voluntad de Dios. Ese ser infinito que nosotros llamamos Dios, que es nuestro Creador, es también nuestro Padre. Encierra todas las perfecciones que podamos imaginar, todas las perfecciones posibles. Es el tesoro riquísimo, es la verdadera perla preciosa, la preciosa margarita a que se refiere el Evangelio, que para obtenerla debiéramos sacrificar todas las otras cosas con tal de poseer esa hermosura infinita. Y de veras, amadas hijas, ¿de qué nos serviría tener todas las otras cosas si no tuviéramos a Dios y de qué nos serviría tener a Dios solamente durante algún tiempo si después lo hubiéramos de perder? Esto únicamente causaría una pena más profunda, por eso nosotros debemos aspirar siem[18]pre a la unión perenne, perfecta, consumada, con Dios nuestro Señor. Así lo había dispuesto la sabiduría infinita. Pero vosotras sabéis que en la prueba que Dios quiso ponerle al hombre, éste sucumbió. Antes que él, había sucumbido en la prueba el ángel, y la caída del hombre fue consecuencia de la caída del ángel, pues fue el ángel caído el tentador del hombre. Mas ya en el seno de la Trinidad Santísima, ahí en donde todas las cosas son ordenadas y vistas en un solo punto, al considerarse la caída del hombre, se consideró también su rehabilitación; y ya en el seno de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo Divino, se ofreció para venir a la tierra a realizar la obra de nuestra redención. Al sacerdocio de Cristo se le llama eterno, porque fue concebido eternamente. Nosotros sabemos que Jesús no podía ser sacerdote sino como hombre, porque sacerdote quiere decir mediador, como Dios recibe, tiene el mismo derecho, el mismo poder que las otras divinas Personas. Pero como Hombre-Dios, quiso ser el intercesor delante de su Padre Celestial para salvar a la humanidad. Contempló el Verbo la gloria de su Padre, contempló la satisfacción que sería para El, recibir a todas aquellas criaturas que su amor había querido crear y que el pecado iba a perder; y se ofreció voluntariamente a obrar la salvación del hombre. Ahí vemos ya en el seno de la Trinidad el primer acto sacerdotal de Jesús, del Verbo, como preludio de todas las otras cosas que habían de venir. Contemplemos primero la gratitud infinita del Verbo para con su Padre Celestial, al sentirse su imagen, al contemplarse con todas sus perfecciones, al recibir de El aquella vida divina; considerando al Padre como el principio del Verbo en cuanto que lo engendró desde toda la eternidad. Esa vida que recibió de su Padre al ser engendrado eternamente, [19] provocaba en el Verbo una gratitud infinita; ahí estaba ya también apareciendo el Sacerdote eterno, ahí estaba ya comenzando, digamos así, en el seno de Dios, aquella obra magnífica que había de venir a desarrollar el Verbo Encarnado aquí en la tierra, por medio de su sacrificio. Pero ese acto trascendental en la vida de la humanidad, como es la Encarnación del Verbo, merece atención especial, merece que nosotros le dediquemos un estudio, una meditación especial, porque de él dependió la salvación de las almas, la gloria del 12


Padre; porque él nos hizo contemplar aquí en la tierra al Sacerdote Eterno, y nosotros tenemos esa vocación sacerdotal, ya sea al sacerdocio real o al sacerdocio espiritual, pero siempre una vocación sacerdotal. Tenemos que ver muy de cerca a nuestro modelo para saber cómo hemos de cumplir esa misión de conocer a Dios, de amar a Dios, de glorificar a Dios; cómo hemos de devolverle la gloria que le quitó el pecado. Mantengámonos un poco en la contemplación de estas verdades tan grandes, tan hermosas, estas verdades sublimes que son la base de nuestra fe; consideramos, por un momento, las perfecciones divinas de Aquél a quien llamamos nuestro Dios, nuestro Señor, nuestro Padre, y dejemos que nuestra alma se pierda en la contemplación de tanta hermosura, de tanta grandeza; que se llene de júbilo al sentirse dueña, por voluntad divina, de esa hermosura, de tanta grandeza. Porque Dios –esto es una verdad de fe– se ha querido dar a nuestras almas como El es, Dios no se nos da por partes. Nosotros somos limitados para recibirlo, pero El se nos da tal cual es, así que si nosotros poseemos a Dios, poseemos la riqueza mayor que puede imaginarse. Quiera el Espíritu Santo derramar su luz sobre vuestras almas para que desde ahora se enamoren en la contemplación de Dios y encuentren [20] su satisfacción en meditar estas cosas que son como fundamento de nuestra fe, que son el alto motivo por el cual hemos abrazado una vida de amor y de sacrificio. Si Dios es nuestro fin, nuestra recompensa y la suprema aspiración de nuestras almas, debemos detenernos en su contemplación. “A Dios nadie lo ha visto en la tierra”, dice San Juan; pero Dios ha querido comunicarse a sus criaturas, Dios ha querido derramar en nuestras almas la luz de su Espíritu, Dios nos ha dado la fe y por la fe conocemos a Dios como es, amamos a Dios como es, nos sometemos amorosamente a Dios, con los ojos de nuestra fe; con esa mirada que nos hace llegar hasta Dios para considerarlo en toda su grandeza. Pidamos al Espíritu Santo por medio del Corazón Inmaculado de María, que nos dé su luz y un gusto muy grande para estudiar estas cosas. Si comprendemos a fondo, por lo menos en cuanto es posible a nuestra pequeñez, lo que Dios es para nosotros, amadas hijas, entonces habremos puesto una piedra inconmovible como fundamento del edificio de nuestra perfección, desde el momento en que nos sintamos unidos a El y vivamos en la contemplación de las cosas divinas. ASÍ SEA.

El Verbo Divino. (21) Viernes 16 de Feb. 5 p.m. Muy amadas hijas en Cristo Nuestro Señor: Sabemos por la fe, que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo Divino, fue engendrado por su Padre, que es la figura de su substancia, que es la imagen perfecta de ese Padre, y que al contemplarse en su Hijo, no pudo menos de amarlo con un amor infinito que nosotros llamamos el Espíritu Santo porque ese amor formó una Persona, la tercera Persona de la Santísima Trinidad. [21] Nosotros siendo humanos, sufriendo por otra parte las limitaciones que había de traer a la criatura el pecado, ¡qué lejos estábamos de poder apreciar esas hermosuras 13


de Dios que son completamente espirituales! La humanidad caída, la humanidad que se había alejado de lo espiritual, estaba muy lejos de poder comprenderlas. Para contemplar con nuestros propios ojos la hermosura de Dios, para entender más aquella palabra eterna, en la que Dios se da a conocer y dice todo lo que Él es; para que al mismo tiempo fuéramos librados del pecado y de la muerte, consecuencia del pecado, Dios decretó el misterio de a Encarnación. El Evangelista San Juan, en el principio de su hermosísimo Evangelio, nos describe la generación eterna del Verbo y después nos habla también de su Nacimiento, de su generación temporal: “En el principio era el Verbo y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era de Dios”. San Juan allí nos dice la divinidad de Jesús del Verbo hecho carne. “Vino a los suyos y los suyos no le recibieron… y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros y vimos su gloria, gloria del Unigénito lleno de gracia y de verdad…” El Padre Celestial hizo todas las cosas por su Verbo, por su propia gloria, y al contemplar la hermosura de su Divino Hijo, quiso imprimir ese sello de su hermosura en todo aquello que había de salir de sus manos. Por eso nos dice el Libro de la Sabiduría que esa Sabiduría Increada, Verbo de Dios, Hijo del Padre, estaba con El creando, componiendo todas las cosas. Y de los mismos labios de la Sabiduría escuchamos estas palabras consoladoras: “Mis delicias son estar con los hijos de los hombres”. “Venite filii audite me, timorem Dómini docebo vos”… “Venid hijos, escuchadme, y os enseñaré el temor del Señor…” Ese temor reverencial que es el principio de [22] la sabiduría, de la posesión de la verdadera sabiduría Increada. El Padre Celestial, que hizo todas las cosas para su Divino Hijo, que preparó por medio de su Espíritu el escenario en que había de aparecer aquí en la tierra el Verbo Divino, que le preparó todo por el amor, por su amor mismo, el amor sustancial, el Espíritu Santo, quiso de una manera espacialísima prepararle aquella criatura privilegiada en la que había de encarnar. La Santísima Virgen se consagró a Dios desde los primero años de su vida; a los tres años fue presentada en el Templo, consagrada completamente al servicio de Dios, haciendo voto de virginidad. Ella había recibido gracias muy grandes que ni siquiera sospechaba; conocía las Sagradas Escrituras, sabía que el Redentor del mundo había de venir y que el tiempo de su venida no estaba ya lejano, según las interpretaciones de la Sagrada Escritura. Pero lo que ella no sabía, lo que permanecía como un secreto, era la elección eterna que el Padre había hecho de Ella para constituirla en la Madre del Verbo Encarnado; por eso el día de la Encarnación, cuando es saludada por el Ángel, la Santísima Virgen se sorprende. “No temas, María, porque has encontrado gracia ante el Señor, no temas tampoco, porque será el Espíritu Santo el que obre en Ti ese misterio profundo; El vendrá sobre Ti y la virtud del Altísimo te cubrirá son su sombra…” Allí estaba, amadas hijas, esa Virgen que nosotros amamos tanto, que la consideramos no solamente amable porque es nuestra madre, sino sobre todo por su acercamiento a Dios. El Espíritu Santo se complació en adornarla con todas sus gracias, la llenó de 14


sus dones, hizo de Ella un templo hermoso, perfumado, silencioso, santo, en el que había de venir a habitar la divinidad. “Et Verbum caro factum est et habitavit in nobis!… Ahora sí contemplaríamos con nuestros [23] propios ojos al Dios hecho Hombre, oiríamos de sus mismos labios aquellas enseñanzas divinas que el Espíritu Santo nos había transmitido a través de los profetas. Sería la voz misma del Padre, la Palabra eterna, su Verbo divino, que nos vendría a decir todas las cosas que existen en el seno amorosísimo de ese Padre. ¡Cómo no iba a ser un día de gloria para la humanidad, amadas hijas, el día en que el Verbo Divino se hizo carne! Con su nacimiento a esta vida temporal, nace también para nosotros nuestra vocación, nuestra felicidad, nuestra dicha. Él tenía sed del amor de los hombres, como nos dice la Escritura, tenía puestas sus delicias en morar con los hijos de los hombres, y para conseguirlo, venía a este mundo. Muchos le habrían de cerrar su corazón; pero la Madre de todos le había abierto de par en par el suyo para darle el amor que le habían de negar sus hijos, para amarlo con un corazón que encerraba todos los amores. En adelante nosotros debíamos alimentarnos de la palabra de Jesús. En la Ley antigua predominaba el temor, el espíritu del temor, pero Jesús vino a enseñarnos ese espíritu filial que debemos mantener siempre ante nuestro Padre Celestial, quiso El mismo constituirse en nuestro Maestro y quiso depender también de una virgen, hacerla su Madre y enseñarnos cómo debemos cultivar esas relaciones entre Dios y el hombre y cómo debemos honrar a Aquella que Él distinguió con el don precioso de la Maternidad Divina. Un día feliz para la humanidad, el Verbo apareció sobre la tierra. Nosotros podemos contemplar a través de aquella figura divina de Jesús, la figura de su Padre Celestial: “El que me ve a Mí, ve a mi Padre”, dijo Jesús. En verdad, como Verbo, Él era la imagen de su Padre; como su Hijo, lo reproducía fielmente. [24] Y aquí, amadas hijas, debemos detenernos un poco a considerar el gozo tan grande de la Santísima Virgen al contemplar por primera vez en sus brazos al Hijo de Dios, a la figura del Padre a la imagen perfecta del Padre… El Espíritu Santo formó en María a Cristo, de manera que Ella en cuanto a la humanidad, era la que había comunicado su propia substancia y por eso Jesús reproducía también los rasgos fisonómicos de la Virgen Santísima, su Madre. En aquel éxtasis de amor en que la Santísima Virgen adoró por primera vez a Jesús al tenerlo en sus brazos, contempló Ella su parecido; sus ojos eran una copia de los ojos de María, sus rasgos todos, reproducían admirablemente aquella imagen. Seguramente fue la primera vez que María contempló su rostro y no fue en ningún espejo como lo hacemos nosotros. Ella contempló su fisonomía a través del rostro, de la fisonomía Divina de Jesús. Pero no sólo era esto lo que hacía a la Virgen deleitarse en la contemplación de su Hijo, aunque ya era una razón muy poderosa para provocar en ella el éxtasis del amor, verse reproducida en su Hijo, ver su imagen grabada en Aquel pequeñito Ser; a través de aquella mirada de Jesús a través de aquella fisonomía adorable la Santísima 15


Virgen observaba algo divino, estaba viviendo aquellas palabras de Jesús: “El que me ve a mi, ve a mi Padre”… De manera que no solamente veía su imagen, veía la imagen del Padre, escuchaba la voz del Padre, contemplaba la hermosura del Padre y Ella adoraba profundamente a aquel ser que venía como sacerdote del Padre, a decir a la humanidad lo que este Padre Divino es; y que venía a traer a la humanidad el rico presente del amor divino, el amor del Padre, su Espíritu. Venía aquel Niño como mensajero del Padre a devolver a la humanidad caída su felicidad, a reconciliarla con Dios, a enseñarle cómo se ora, có[25]mo se busca a Dios, como se le rinde ese culto de religión que le es debido. ¡Qué dicha para la humanidad! Allí tenían ya el modelo, el Sacerdote Eterno, el Verbo hecho carne… y ¡Qué dicha para nosotros amadas hijas, cuando a través de los siglos hemos podido conocer a ese Verbo, tratarlo, llegar a la intimidad con Él y también, aunque pobres y miserables, detener nuestras miradas en su rostro, contemplar la hermosura de su ser; más aún, alimentarnos de su propia sustancia, tenerlo en nuestras almas, guardarlo en nuestros corazones, como cuando lo hacemos al comulgar sacramentalmente y muchas otras veces en esas comuniones de amor, comuniones espirituales! Allí está el Niño de Belén; allí está con nosotros como Verbo Encarnado, como Verbo que viene a hacernos conocer a Dios. El Apóstol San Juan nos dice en su Evangelio que el contempló su gloria y nosotros también hemos contemplado esa gloria; ellos la contemplaron con sus propios ojos; nosotros a través de los velos del misterio. Aquí lo tenemos actualmente en su sacramento de amor; Jesús está con nosotros; Jesús nos contempla, Jesús nos ama, Jesús es para nosotros el Divino Emmanuel, Dios con nosotros! Ahora ya no podremos alegar dificultades para conocer a Dios, antes tal vez se nos hubiera hecho algo por encima de nuestras fuerzas, algo tan espiritual, que nosotros siendo también materiales no pudiéramos comprender; pero ahora Jesús nos ha venido a hablar en nuestro propio lenguaje; a confirmar todo lo que el Espíritu Santo nos había dicho por medio de sus profetas; ahora será más fácil para nosotros conocer al Padre. Y ¿qué hacer, amadas hijas, para ser poseedores de ese Verbo, para llevarlo también noso[26]tros como cosa nuestra, en nuestras almas, como María, para no perderlo? “Averte a malo et fac bonum….” “Apártate del mal y haz el bien… busca la paz… búscala y la encontrarás…” Para que nosotros podamos con Jesús y como El amar a su Padre, para que podamos también sentirnos como una extensión del alma de María y de su Corazón Inmaculado, ¿qué debemos hacer? Apártanos del mal, hacer el bien, buscar la paz, la paz del Espíritu Santo, para que en esa paz poseamos al que la Escritura misma llama el Príncipe de la Paz. De hoy en adelante todas nuestras meditaciones van a ser iluminadas con la luz divina que nos trajo Jesús; todas la cosas las estudiaremos a través de las enseñanzas de Jesús, y por eso el apóstol San Pablo que tanto conoció los secretos de amor divino 16


nos dice: “Cristo, todas las cosas… y Cristo en todas las cosas…” Y en el sacrificio más grande, en el sacrificio divino que se le ofrece al Padre Celestial todos los días, el sacerdote en nombre de la iglesia pronuncia aquellas palabras: “Per itsum, et cum ipso et in ipso… est tibi Deo Patri Omnipotenti, inmunitate Spiritus Sancti, omnis honor gloria…” Por El, Con El y en El, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria. Por Él, porque el Padre Celestial siempre busca la imagen de su Verbo; para El hizo todas las cosas. En El quería ver también todas esas cosas que su amor había creado. Vamos a seguir estudiando vuestro espíritu, amadas hijas, el espíritu propio de la obra que Dios Nuestro Señor os ha encomendado y que debe reproducir la fisonomía divina de Jesús, marcando sobretodo algunos aspectos, algunos rasgos especiales de esa fisonomía. De antemano os he dicho que reproduciréis a Jesús, pero a JESÚS APASIONADO DE SU PADRE, A JESÚS [27] SACERDOTE DEL PADRE, A JESÚS COMO SACERDOTE APASIONADO DE LAS ALMAS, A JESÚS FORMADO EN EL CORAZÓN DE MARÍA PARA LA GLORIA DEL PADRE, A JESÚS HIJO FIEL DE MARÍA. Ese es el modelo. Indudablemente, amadas hijas, que no podremos agotar ese tema ni lo podremos comprender a fondo, será el fruto de toda vuestra vida, el trabajo de toda ella y aún más: me imagino que la comprensión perfecta, plena, tendrá que ser para la eternidad. Pero en la medida en que el Espíritu Santo lo vaya permitiendo y queriendo en cada una de nuestras almas, iremos saboreando ese espíritu, gustando esas gracias, según la medida de la donación de Cristo. Y el que lo comprenda más a fondo, éste encontrará allí el medio de glorificar a Dios y salvar innumerables almas. Que el Espíritu Santo supla nuestra natural torpeza para hablar de las cosas de Dios y nuestra impotencia para comprender esas cosas. Que la Santísima Virgen, tan agradecida con el Espíritu Santo porque la preparó para ser digno templo del Verbo hecho carne, Ella que recuerda con inmensa gratitud esos beneficios del Espíritu Santo, nos alcance a nosotros, sus hijos, también la gracia de recibir el influjos de ese Espíritu de Dios para comprender las cosas divinas, para que muevan las fibras de nuestro corazón y nos encienda en el amor divino, a fin de ser templos en donde pueda venir a descansar y residir el Verbo de Dios; y en ese templo escuchar la voz del Padre, esa palabra que es la palabra eterna, el Verbo Divino. Y allí mezclar nuestra palabra con la suya, unir nuestra alabanza con la suya para glorificar plenamente, según nuestra medida, a nuestro Padre que está en los Cielos. Este, amadas hijas, es el ideal supremo de nuestra santa vocación; pero para poder llegar allí, en esa parte que el Espíritu Santo le exige [28] a la criatura y a la que ella tiene obligación de corresponder, en esa pequeña parte encontramos toda esa serie de renunciamiento, de sacrificios, lo que Jesús encontró para poderle dar gloria a su Padre aquí en la tierra, la Cruz que le dio su Padre. También nosotros vamos a recibir nuestra cruz; que sea ella la que nos de la 17


posibilidad de cooperar con Cristo a la Gloria de su Padre salvación de las almas. Dios no nos pide sacrificios sin antes darnos un estímulo. Y es El mismo, ese Verbo Divino hecho carne, es la posesión de su Padre amado, la comunicación de su Espíritu. ¿Qué más podía ofrecernos Dios para estimular nuestra generosidad en el sacrificio? Por eso cuando llegamos, amadas hijas, a estudiar las virtudes, cuando pasamos por nuestra consideración por esos caminos que conducen al Calvario, no debemos desmayar porque sabemos que la recompensa es eterna y que el premio no podría ser más grande ya que es la posesión misma de Dios. Vuelvo a insistir en lo que tantas veces os he dicho: estas cosas no las comprenden todas las almas y por eso también la Escritura nos dice: “El que puede entender que entienda”… El que quiera conseguir estas cosas, que las consiga… Si no tuviéramos por lo menos la buena voluntad, sería un atrevimiento el que pidiéramos la posesión de Dios sin poner los medios, sin querer aquellas cosas que han de conducirnos a la posesión de Dios. ¡Que Él, amadas hijas, el mismo Dios que nos conoce perfectamente, se compadezca de nuestra miseria; que los deseos que tiene de estar con los hijos de los hombres, suplan a la miseria del hombre y al defecto del hombre que no sabe buscar la intimidad con su Dios! Nosotros tenemos voluntad y por eso estamos [29] aquí; pero no dejamos de comprender que nuestra voluntad es débil y nuestra miseria grande y por eso imploramos la misericordia divina. Solamente esa misericordia, amadas hijas, nos puede hacer dignos de nuestra santa vocación; la misericordia del Espíritu Santo nos puede llevar a la intimidad con Dios. Y solamente la plegaria de María, la omnipotencia suplicante, puede hacernos comprender estas cosas, la necesidad de buscar a Dios de conocerlo y darlo a conocer. Esa es vuestra misión, vuestra dulcísima misión; esa fue la misión que Jesús trajo a la tierra. Con aquella humildad, con aquella sencillez, con aquella buena voluntad con que la Santísima Virgen le dijo al Angel: “Ecce Ancilla Domini, Fiat Mihi Secundum Verbum Tuum”, con esa misma sencillez y gratitud, postrados hasta el fondo de nuestra propia miseria, digámosle también a Dios Nuestro Señor ¡He aquí a tus esclavos de amor, hágase en nosotros según tus deseos que quieren santificarnos, unidos íntimamente a Ti; supla tu amor nuestros defectos; que se haga en nosotros según tu palabra…” Y que como fruto de esa oración descienda sobre nuestras almas el Espíritu Santo, nos cubra con su sombra como cubrió a María y realice en nosotros el misterio del amor de Dios, de la unión con Dios y de la transformación en Cristo. ASÍ SEA.

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Sobre el Verbo Divino (30). Sábado 17 de Feb. 9 a.m. Muy amadas hijas en Cristo Nuestro Señor: Hemos contemplado ya al Verbo Divino hecho Hombre. De Él nos dice el Apóstol San Juan: [30] “Era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”. Así vino Jesús, como la luz de Dios, porque El mismo era Dios. En el abismo vino a proyectarse ese rayo de luz indeficiente; se manifestó la luz divina. Pero Jesús venía enviado de su Padre, venía a cumplir la voluntad de su Padre Celestial, y por eso fue su primera palabra al aparecer en este mundo: “He aquí, oh Dios mío, que vengo para hacer tu voluntad”… La voluntad del Padre era que Jesús lo glorificara, que muriese crucificado para salvar por este medio a las almas dándole gloria al mismo Padre. Vivía de tal manera enamorado Jesús de la voluntad de su Padre, que no tenía otro alimento; “Mi alimento -dijo- es hacer la voluntad de mi Padre, yo solamente hago aquellas cosas que son del agrado de mi Padre” Vivía en Cristo aquella voluntad divina para cumplirla en todos sus detalles. Por eso las almas que quieren imitar a Jesús, las almas sacerdotales, comienzan su misión con un acto de abandono a la voluntad de Dios: “He aquí, oh Padre, que vengo a hacer tu voluntad “… Y en todos los actos de su vida no buscan otra cosa que la voluntad de Dios, la buscan en su amor, en su sacrificio, en cada una de sus acciones por insignificantes que pudieran parecer. Estas almas, al decir de aquella religiosa tan ferviente, Sor Isabel de la Trinidad, quisieran llamarse: “Voluntad de Dios”, quisieran encarnar esa voluntad por decirlo así. Jesús, para cumplir la voluntad de su Padre, tenía que sufrir mucho; tenía que pasar por el crisol de grandes tribulaciones, de grandes dolores; tenía que sufrir la ingratitud de los hombres, morir crucificado. Y todo lo aceptó conscientemente, voluntariamente, por el amor que tenía a su Padre. Cuando hubo concluido su carrera, pudo decir satisfecho: “Padre, yo he cumplido la misión que me encomendaste, te he dado a conocer a los hombres, he muerto en la [31] Cruz que tu me diste, he consumado tu obra”… Esa era la obra grandiosa, sacerdotal, que Jesús había venido a desempeñar en la tierra. Ahora nos será más fácil, amadas hijas, llegar al conocimiento profundo de la Trinidad Santísima, ahora nos será más fácil conocer las cosas de Dios, gustarlas y cumplir esa voluntad divina, porque tenemos un Maestro que nos ha dado el ejemplo para que así como El hizo, también nosotros hagamos. El espíritu de vuestra Obra es sacerdotal, por eso os explico todas estas cosas consideradas bajo ese aspecto sacerdotal. Jesús fue ungido sacerdote por la unión hipostática del Verbo con la naturaleza humana. Esa unión y por lo mismo esa consagración del Sacerdocio de Cristo, se realizó en el santuario del Alma de María, en su seno purismo. Al encarnar el Verbo fue consagrado como Sacerdote. Comenzó ahí la vida de Jesús Sacerdote; su nacimiento sería más tarde, el 19


nacimiento temporal, el 25 de Diciembre; pero su consagración como Sacerdote, el 25 de Marzo. Entonces comenzó a ejercer desde el seno de María su misión dulcísima de Sacerdote del Padre Celestial. Ayer contemplábamos un poco la hermosura de aquel templo, cómo el Espíritu Santo se esmeró en prepararlo para que recibiera al Verbo de Dios, cómo quiso reunir en aquella alma la hermosura de todas las cosas creadas, cómo quiso que nada superara aquella belleza y que estuvieran comprendidas allí todas las hermosuras que Dios mismo había querido poner en el universo, la hermosura de las cosas creadas, de las materiales, de las cosas espirituales; porque María era más grande que los Ángeles en todos sentidos, su alma, su espíritu, su corazón, estaban por encima de todas las puras criaturas; era grande como ninguna alma, pero al mismo tiempo humilde como ninguna, ya que Ella misma alabó su humildad: “Porque vio la humildad de su sierva, por esto me llamarán bienaventurada to[32]das las generaciones…” ¿Qué cosa es la humildad? Ya lo veremos después detenidamente, amadas hijas; pero no es como se cree, el desconocimiento, la ignorancia de los dones recibidos, no consiste en negar, sino en reconocer que sólo Dios es grande, bueno. La humildad, como han dicho en pocas palabras, es la verdad, si nosotros nos mantuviéramos siempre en la verdad, estaríamos establecidos en la humildad. ¿Quién es la verdad? La Verdad infinita es Dios. ¿Cuál es la verdad? Que nosotros fuimos criaturas de sus manos, que no se nos debe a nosotros mismos absolutamente nada, porque el ser, que es como la base de todas nuestras grandezas, el ser material y espiritual, ¿de quién lo recibimos? de Dios. De manera que somos criaturas de Dios; esa es una verdad. La gracia es la que obra en nosotros las cosas buenas, es otra verdad. La verdad es que con la gracia de Dios podremos realizar todo lo que El nos pide, y sin ella, nada podemos. El día en que nosotros le demos a la verdad en nuestra vida el lugar que le corresponde, entonces estaremos establecidos en la verdadera humildad. ¿Por qué somos soberbios? Porque no estamos en la verdad. El soberbio tiende a rebelarse con los dones que recibió, no sabe que todo lo que tiene lo recibió de Dios Nuestro Señor. Todos somos iguales en ese plan, y entonces habría que preguntarse quién ha correspondido mejor a la gracia divina; pero como esto no lo sabemos, permanece también para nosotros ese motivo de humillación. Solo Dios sabe el interior de cada una de las almas. Pero aun cuando hubiéramos correspondido a la gracia, también ha sido por la misericordia de Dios. Entonces ¿por qué gloriarnos como si no lo hubiéramos recibido todo? Esa es la base de la humildad, por eso Jesucristo la encarnaba, y todas las virtudes que tienen [33] la humildad como base, vienen del Verbo de Dios. Apareció la humildad sobre la tierra porque apareció la verdad; esa humildad se engendró en María que es la encarnación de la humildad después de Jesús, porque Ella contempló lo que el Espíritu Santo había realizado en su alma y vio que eran cosas grandes. Por sus labios mismos los dijo: “Quia fecit mihi magna qui potens est”… Me hizo grande el que es todopoderoso…! 20


¡Qué bien se entendieron, amadas hijas, aquellas dos humildades, la humildad personificada que es el Verbo porque es también la verdad, y la humildad creada que es, entre las puras criaturas, la Santísima Virgen, porque Ella, a la luz de Dios, a la luz del Espíritu Santo, reconoció como ninguna, que sólo Dios es grande, que Dios es misericordioso, que levanta al que quiere, que brinda sus gracias al que quiere, y que cuando nosotros las hemos recibido, no nos queda más que agradecerlas. Sin humildad no podía haber santidad, no podemos recibir las gracias de Dios, no podemos cumplir ninguna misión y menos una misión sacerdotal; por eso el Espíritu Santo la exige a las almas como base de los dones. Aquella Virgencita que recibió la gracia estupenda de ser la Madre de Dios, fue humilde como ninguna criatura ha sido ni podrá ser sobre la tierra. Humilde, es decir, conociendo a fondo la verdad de todas las cosas. Apareció sobre la tierra la sabiduría Encarnada que venía a enseñarnos toda verdad, que venía a enseñarnos en primer lugar que Dios es nuestro Padre; que venía a darnos a conocer, a comunicarnos su Espíritu; que venía, en una palabra, a enseñar al mundo el misterio de la Santísima Trinidad, el misterio de Dios, porque ese misterio, aun cuando había sido manifestado en alguna forma, no tuvo su revelación plena, clara, perfecta, sino con la venida de Jesús a la tierra, con la Encarnación del Verbo. [34] Él nos habla de su Padre Celestial; de El mismo sabemos que es el Verbo, el Hijo del Padre y nos hala del Espíritu Santo: “El Espíritu de verdad os enseñará todas las cosas”. Allí tenemos la manifestación de ese misterio augusto. Pero toda esa misión tenía que realizarla Jesús en el sacrificio, en el dolor; la gloria que le iba a dar a su Padre estaba íntimamente ligada con su muerte en la Cruz y por eso desde el principio comenzó el Verbo Encarnado a practicar ese espíritu de sacrificio, de abajamiento, de humildad plena que había de expiar la soberbia que perdió a la humildad. Quiso hacerse como uno de nosotros para tener las necesidades que nosotros tenemos, para sentir los dolores que nosotros sentimos y para expiar en El, aquellas culpas que cometimos y que debemos pagar pero que no podemos por nuestra miseria. Allí está Jesús, sujeto ya como todos los hombres al dolor; pero allí está también el verdadero Sacerdote, el gran Sacerdote, aquél del que dijo la Escritura: “He aquí al gran Sacerdote que agradó a Dios y que estableció la reconciliación en el tiempo de la ira”… Allí tenemos al gran Sacerdote…! Es el corazón de un niño el que está animando ese cuerpecito de Jesús, pero es al mismo tiempo el Corazón de un Dios y por lo mismo un corazón inmenso, comprensivo; templo del Espíritu Santo, lleno completamente de ese Espíritu; un Corazón que llevaba ya en El el amor de todas las criaturas, y también ya amargado por los pecados de la humanidad, por la ingratitud de los hombres; un Corazón que estaba ya recibiendo en un solo punto los dolores juntos de toda la humanidad, que estaba reparando las ofensas hechas a su Padre, a la divinidad. En el Corazón de Cristo se comenzó a ofrecer el sacrificio de alabanza, de reparación, que había de traer a la tierra todas las bendiciones; el olor suavísimo de aquel sacrificio llegaba hasta el seno [35] de Dios y llenaba de complacencias al Padre 21


Celestial. Sí, amadas hijas, Jesús desde su infancia, desde el seno de María, comenzó a ejercitar su sacerdocio, comenzó a amar a Dios, a glorificar a su Padre, a sufrir por las almas, a comprar aquellas gracias que habían de dar a su Padre verdaderos adoradores, a su Espíritu Santo templos vivos y a El corazones en los que modelara su divina imagen para ver reproducida en la tierra la imagen de su Padre Celestial, ya que el mismo nos dijo que el que lo contemplara a El, contemplaba a su Padre. Y vosotras, amadas hijas, habéis recibido vocación de almas sacerdotales; deben interesaros profundamente las cosas de Dios, debéis sentir aquel celo santo por la casa del Señor; arda en vuestros pechos aquel fuego que ardió en el Corazón divino de Jesús. Desead ardientemente la gloria del Padre, buscadla como la buscó Jesús, en primer lugar en una adhesión plena a la voluntad de su Padre. Por eso cuando nos presentamos en el campo de las almas, lo primero que hacemos es decirle con todo amor a vuestro Padre Celestial aquellas palabras de su Verbo: “He aquí que vengo para hacer tu voluntad”… Palabras que tuvieron un eco suavísimo y una realidad hermosa en la Santísima Virgen, al aceptar Ella el misterio de la Encarnación, que era aceptar su participación en el Sacerdocio de Cristo, porque iba a ser la Madre del gran Sacerdote, la glorificadora del Padre y salvadora de las almas con Cristo, pero todo por la Cruz. Ella lo sabía y bien consciente de ello dijo: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra…” También nosotros, en nuestra pequeñez, en [36] nuestra insignificancia, al ser llamados por el Señor a esa vocación tan alta, la vocación del sacerdote que cuida el decoro de la casa del Señor, el templo de su gloria y los templos de la almas, también al presentarnos delante de nuestro Padre Celestial, debemos decirle: “Queremos, oh Padre, ante todo tu voluntad.” Pero esa voluntad será la misma que glorificó a Jesús porque la obra estaba consumada y nosotros teníamos que unirnos a El en el tiempo que nos tocará vivir, para completar en nosotros aquel sacrificio que tanta gloria le había dado al Padre Celestial. Si nosotros, amadas hijas, estamos siempre dispuestos a cumplir la voluntad del Padre Celestial, si esa es la norma de nuestra conducta en toda nuestra vida, entonces escogeremos la mejor parte, ya no nos preocuparemos de nuestro porvenir, de nuestras cruces, de nuestras alegrías, de nuestros trabajos, porque todo lo consideraremos en esa divina voluntad del Padre. ¿Cuáles serán las cruces por las que demos gloria al Padre amado, que nos transformen en Cristo, que nos hagan conquistar las almas? Aquellas que a nuestro Padre Celestial le plazca enviarnos. Así se establecerá en nosotros la paz, una paz inalterable, profunda, la paz del que se siente en la posesión de la verdad y del bien, la paz del que se siente amigo de Dios y unido íntimamente a Dios. ¿Qué cosa más consoladora podrá existir en este mundo que cumplir la voluntad de Dios, si es santísima, si es para nosotros la más querida, la del amado de nuestra alma? Entonces la inquietud estará muy lejos de nosotros, viviremos en la paz del Espíritu Santo, esa paz que es la recompensa de la obediencia, que es el fruto del 22


sacrificio amoroso, en cuanto que este sacrificio traduce el cumplimiento de la voluntad de Dios. ¿Le hemos dicho, amadas hijas, esa palabra [36 bis] a nuestro Padre Celestial? Y si se la hemos dicho ¿la hemos cumplido, hemos buscado de veras en todas las cosas lo que agrada a nuestro Padre? ¿Nos hemos conformado con su voluntad santísima lo mismo cuando nos prueba que cuando nos da las gracias sensibles de vocación, de amor? ¿Hemos quedado conformes con la sustracción de las gracias sensibles lo mismo que cuando le place darnos la divina contemplación? O ¿hemos querido sublevarnos al vernos privados de esas gracias que halagan a nuestro gusto? ¿Qué será mejor, tener el consuelo sensible o hacer la voluntad de nuestro Padre Celestial? ¿Qué será mejor, tener la desolación de nuestro espíritu, o hacer la voluntad de nuestro Padre Celestial? indudablemente que lo más perfecto siempre es hacer esa divina voluntad y siempre repetir la palabra sacerdotal de Cristo, con la que comenzó su glorioso ministerio sacerdotal sobre la tierra: “He aquí, oh Padre, que vengo para hacer tu voluntad!… Y así en todo, no indagar otra cosa que esa divina voluntad. ¿Cómo podemos obrar esta voluntad a lo largo de nuestra vida? Ya os lo he dicho: la obediencia. Por eso es tan feliz el religioso que siempre conoce la voluntad de Dios bajo el yugo suavísimo de la obediencia. Lo único que hay que hacer para cumplir la voluntad de Dios, es obedecer, con la sencillez de niño con que se manifestó Jesús en Belén, en el Calvario y aun en los esplendores de su gloria; con la sencillez del niño, que se traduce en su mirada, en su actitud. Bendigamos al Señor, amadas hijas, por todo lo bueno que se ha dignado hacer en nuestras almas y consagrémonos una vez más al cuidado de la Santísima Virgen, para que en Ella y desde el principio de nuestra santa vocación, podamos cumplirla perfectamente porque hagamos en todo tiempo la voluntad de nuestro Padre Celestial. [37] Que sea ese el primer acto de vuestro sacerdocio espiritual, místico, ACEPTAR PLENAMENTE Y EN TODAS SUS PARTES LA VOLUNTAD DEL PADRE CELESTIAL. ASÍ SEA.

Espíritu Sacerdotal (38) Sábado 17 de Feb. 3 p.m. Muy amadas hijas en Cristo Nuestro Señor: Vimos esta mañana, amadas hijas, cómo en el primer momento de la Encarnación Jesús desempeñó el papel sacerdotal que lo trajo a la tierra, se ofreció incondicionalmente a cumplir la voluntad de su Padre Celestial; cómo fue esa la preocupación constante de toda su vida, hacer aquellas cosas que fueran del agrado de su Padre, aun cuando esto significara para El, el martirio, la Cruz, toda clase de penas; estaba dispuesto a sufrirlo todo, a dejar satisfecha la voluntad de su Padre amado. Si la oblación de Cristo hubiera sido enteramente interior, sería un secreto del 23


Corazón del mismo Cristo y del Divino Padre, la humanidad no se hubiera dado cuenta de ello; Jesús venía a enseñarnos toda verdad salvadora, Jesús venía como enviado de su Padre, para llevar la humanidad a Él, para comunicarle las gracias abundantísimas que habían de descender del seno amorosísimo de ese Padre; pero el hombre debía someterse a Dios. Jesús, que venía a darnos ejemplos para que siguiéramos sus huellas, quiso dejar traslucir algo al exterior, algo de aquellos secretos de amor que continuamente se estaban realizando entre su Padre y Él. Y ¿cómo hacerlo? Aprovechó una ocasión en los primeros años de su vida: Para cumplir con la Ley, iba al Templo, y en una de esas ocasiones en que la afluencia era mayor, Jesús se quedó en el templo, se separó de San José y de su Madre Santísima para disputar con los doctores de la Ley. [38] Este, misterio de la infancia de Jesús es un misterio de dolor para la Virgen Santísima. El día se la Circuncisión, el día en que Jesús derramó la primera sangre por nuestro amor, le fue anunciado a María que aquel Niño sería un signo de contradicción y que a Ella la había de traspasar una espada de dolor. Estas palabras de un Profeta se realizaron, podemos decir, desde que fueron anunciadas. La Santísima Virgen las tenía presentes y al esperar aquellos dolores los estaba sufriendo. Pero la separación, la pérdida de su Hijo fue para María motivo especial de dolor; Ella que no se le había separado ni un momento, que desde su nacimiento había sido para El continuamente una compañera amorosa, delicada, que había multiplicado sus atenciones no solamente en aquella solicitud maternal de una buena madre, sino en las delicadezas propias de la virginidad unida a la maternidad, como caso único que se vio en Ella! Y San José compartía aquella pena; Dios Nuestro Señor quiso hacerle sentir la inmensidad de ese dolor porque se habían ofrecido ambos a cooperar e la obra salvadora y glorificadora de Jesús, en aquella gran misión sacerdotal que había traído a la tierra; y esa misión sacerdotal era de sacrificio. No se es sacerdote sin ser mártir, víctima; no se puede ejercer ningún sacerdocio si no se ejerce también el sacrificio. Aquella Virgen que había recibido siempre en silencio todas sus grandes penas, en esta ocasión dejó escapar una queja: “¿Por qué lo has hecho así con nosotros, no sabías que tu padre y yo te buscábamos con dolor? …” Y entonces Jesús realiza otro acto ostensible de su sacerdocio, de su misión, y le dice: “¿Por qué me buscabais, no sabéis que debía ocuparme en las cosas de mi Padre?”… Y dice hermosamente, comentando estas palabras un autor, que Jesucristo que iba a exigir [39] grandes sacrificios de las almas, que iba a decir estas palabras al parecer duras, crueles: “Si alguno ama a su padre o a su madre más que a Mí, no es digno de Mí”, quiso dar El primero el ejemplo y dejó a su Madre para cumplir su misión, la misión de darle gloria a su Padre Celestial y salvar a las almas. Él, que había de tocar los corazones juveniles de tantos y tantos hombres a través de los siglos. El, que haría palpitar el corazón de los niños en el amor de Dios y que les exigiría, a veces desde sus primeros años el que dejaran a su padre y madre para seguir una vida de perfección, quiso darles el ejemplo y por eso dejó a sus padres. 24


“Yo he venido para ocuparme de las cosas de mi Padre”… Y la gloria de su Padre le exigía sacrificio. Seguramente era el primero en dolerse de los dolores de su Madre Santísima, los comprendía; pero no entraba en sus planes hacer un lado la voluntad de su Padre por evitar algunos dolores a su Santísima Madre. Sabía de antemano que Ella estaba unida a El, que había pronunciado su “Fiat”… Y no solamente dejó Jesús a su Madre, también dejó a su Padre. Me diréis: ¿Cómo fue eso? Porque si consideramos a Jesús como Verbo Encarnado, comenzó a vivir aquí en la tierra, no estuvo primero en el cielo que en la tierra como Verbo Encarnado y en este sentido no podía decir que había dejado a su Padre. Como Verbo le estaba siempre unido. Pero esta explicación en mía… Yo me imagino, amadas hijas, que puede hacerse extensivo y plenamente extensivo a Jesús, esto que decimos de la Santísima Virgen. El se separó de su Padre y de su Madre, no porque no los amara, sino porque iba a manifestar la supremacía del amor de Dios sobre el amor humano; pero podemos decir que dejó a su Padre en el sentido de que aceptó las amargas desolaciones que desde el primer momento lo acompañaron; esas desolaciones consistían en sentirse precisamente separado de su Padre. Esto es un misterio, ya que sabemos que goza[40]ba de la visión beatífica, pero dicen los teólogos que suspendía esa visión, ocultaba su divinidad, y dejaba a su alma que se sumergiera en la desolación; así, podemos decir que vivía separado de su Padre. Es un misterio, repito, pero una realidad, porque precisamente el dolor más grande de Jesús fue ese; quiso aceptar esas desolaciones, prescindió de aquella satisfacción legítima que le era debida, de estar en contacto continuo con su Padre; El no le había ofendido, le había dado gusto en todas las cosas, ¿por qué había de sacrificar como hombre, como Hombre Dios, la visión de su Padre, la satisfacción de sentirse siempre unido a ÉL? Porque así lo exigía la gloria de su mismo Padre; por amor a su Padre y por amor a nosotros; fueron esos dolores los que compraron las vocaciones sacerdotales, compartidos con la Santísima Virgen; fueron esos dolores los que habían de formar las legiones de las almas selectas que quisieran llevar también en su alma la amargura, en su cuerpo la penitencia, abrazar voluntariamente esa cruz de la privación de los consuelos sensibles para dar gloria al Padre Celestial y salvar almas. Y ese acto es un acto eminentemente sacerdotal, el sacerdocio es sacrificio. Pero hay muchas clases de sacrificio y el más perfecto, el que en Jesús ocupó el primer lugar, fue precisamente ese que nosotros llamamos místico, interno del Corazón Divino, que le hacía sentirse como desolado completamente, sin ningún consuelo, por haber El mismo rehusado todo alivio. Así pues, amadas hijas, cuando nosotros, que hemos sentido esa vocación sacerdotal, sea para el sacerdocio real o para el espiritual, encontramos que el amor divino nos pide sacrificio desde los primeros años de nuestra vida, sea material, sea espiritual; si en los primeros momentos nos exige la gloria de nuestro Padre amadísimo el sacrificio de todos los afec[41]tos y consuelos, entonces, en un gesto de suprema entereza, inmolémonos voluntariamente, y cuando la parte baja de nuestro ser y cuando aquellos que por la carne y sangre creen tener derecho a nuestro afecto y nos reclaman 25


y nos dicen que por qué somos tan crueles, con la divina entereza de Jesús digámosles: “¿Por qué me reclamáis, no sabéis que yo debo preocuparme de las cosas de mi Padre, que mi vocación es Dios, que Dios es mi ilusión, mi esperanza, mi tesoro?… Quedaos vosotros con los tesoros de la tierra, con la satisfacción de las cosas humanas, yo he puesto mis ojos en las alturas, allí está el Esposo de mi alma, el Amado de mi corazón”… Si Jesús dijo que se dejaría al Padre y a la Madre para seguir al esposo aquí en la tierra, ¡con cuánta mayor razón y justicia se les tendrá que dejar para seguir al Esposo Divino, para seguir la voz del amado, para cumplir la voluntad el Padre Celestial!… ¡Ah! Pero qué acto de amor inmenso, de amor sublime, aquél que Jesús realizó al sacrificar a su Madre! ¡Él, que era tan sensible, El que se había complacido en retratarse en sus pupilas! ¡Y sacrificar aquel varón justo a quien el apreciaba en lo que valía! ¡Clavar aquella espada profunda en esos dos corazones purísimos, más aún, renunciar a la posesión sensible del amor de su Padre!… ¡Sólo el amor de un Dios!… Nosotros, amadas hijas, indudablemente que no podemos realizar sacrificios de esa naturaleza aun cuando quisiéramos, porque está en la debilidad del ser humano el no poder resistir esos grandes dolores, como no se pueden resistir tampoco las grandes alegrías. La gota amarga que el Corazón de Jesús deja caer en nuestras almas cuando comparte con nosotros sus dolores, es algo completamente diluido, infinitamente pequeño, que no tiene comparación con aquel mar de dolores de donde es extraída. Esa gota basta para amargar nuestra vida [42] con un amargo dulce, porque tiene como principio el amor y como recompensa el amor; pero eficiente para amargar nuestra vida, y es tan delicado el perfume de ese licor, que brota del Corazón de Cristo; y es tan fecundo, que él sólo nos da poder, aun en la pequeña forma en que lo participamos, para llevar a las almas a Dios. Todo esto nos es dado cuando abrimos nuestro corazón y nuestra alma para que el Corazón de Cristo deje caer siquiera una gotita insignificante de aquellas amarguras que llevó. Pero no podríamos realizar esto sin un grande amor, y el Corazón de Jesús no dejaría caer sobre nuestras almas una de sus lágrimas si no las encontrara preparadas, puras, purificadas. Esa purificación tiene que ser la del amor y del dolor. Para que Él pueda concedernos esas gracias, tenemos que desearlas, que pedirlas. El no las dará, no solamente si no las aceptamos pero también si no las deseamos. Nos dará su cruz porque todo cristiano tiene que llevarla, pero no será su cruz íntima, no será aquella cruz pequeñita que contemplamos en el Corazón de Jesús en la Cruz del Apostolado, que está enclavada entre las llamas ardientes del amor divino; y por lo mismo no gustaremos tampoco las dulzuras exquisitas de la intimidad con Cristo. Y nuestra alma, que ha sentido ya aspiraciones a lo alto, deseos de darse hasta el fin; que quiere la unión con Dios, la más grande sobre la tierra ¿se va a quedar satisfecha con que Jesús no le dé una participación de su cruz íntima? La naturaleza se resistirá pero el espíritu y la gracia estarán impulsándonos siempre a pedir esa cruz 26


para poder participar de aquella intimidad y de aquel amor que será un amor que conquiste, que avasalle, que le rinda multitud de seres a la gloria de nuestro Padre Celestial. Amadas hijas, cuando pensamos en lo que Je[43]sús hizo, en lo que hizo la Santísima Virgen, San José, los Santos, también se enciende en nuestras almas el deseo de imitarlos, y ese deseo es ya una de las señales palpables de que el alma es sacerdotal, de que su espíritu es sacerdotal. Ese es el color de vuestro Instituto, amadas hijas, ésas son las almas que deben formar esta Congregación, no una ni dos, todas, deben ser así; indudablemente que con distinta medida cada una, pero todas teniendo lo mismo. Una estrella difiere de otra estrella, un alma diferente de otra, pero todas son estrellas, almas escogidas por Dios, predilectas de Dios nuestro Señor y escogidas por Él. Cuando yo veo que vosotras tenéis esa vocación y que la queréis seguir, no puedo menos que miraros con sumo respeto, con inmenso amor, como se contemplan las obras amadísimas de Dios Nuestro Señor. Ese deseo que nació en vuestras almas, lo puso el Espíritu Santo, vino de Él, esa generosidad que habéis tenido para cumplir vuestra vocación, ha sido el don de Dios; la perseverancia en vuestra vocación será el don de Dios. También será, el ver coronada un día vuestra obra, siendo inmoladas con Cristo, como Cristo, en su Cruz, para la gloria del Padre Celestial. Pero yo no me cansaré de repetir: una vocación así, no es vulgar, porque exige amor grande, espíritu de renunciamiento perfecto, estar dispuestas como Jesús, a cumplir en todas sus partes la voluntad del Padre. Es aceptar la muerte de nuestra propia voluntad para poder tener la vida en Dios, la vida de la gracia, para poder cumplir ese beneplácito divino; de manera que es el tiempo en que debéis consultar vuestro propio corazón, las aspiraciones de vuestra alma. Ahora es el tiempo; si en vuestro corazón, en vuestra alma, no encontráis ni esa generosidad, ni esas ambiciones, ni esos deseos, entonces podéis estar seguras de que no es esta vuestra vocación, porque esta vocación es de almas sacerdo[44]tales; toda alma sacerdotal tiene que aceptar esa doctrina divina de Jesucristo. Yo no digo que no cueste, que no sintáis repugnancia cuando tenéis que luchar; pero lo que pido ES LA VOLUNTAD FIRME DE HACER LO QUE SEA DEL AGRADO DEL PADRE CELESTIAL. Jesús llevaba un mar de amargura cuando dejó a su Madre y sin embargo la dejó. Nosotros también tenemos que llevar una amargura inmensa para arrancar todo lo que haya que arrancar; pero tenemos que decirle a Jesús: “Aquí tenéis un alma vacía, pura, para que la llenéis”… Y es entonces cuando El se comunica, cuando se resuelve uno, y esa comunicación es la de un gozo inmenso, de paz, de alegría. Los Ángeles cantaron: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”… Paz en la tierra a los que saben unirse con Dios, a los que pidieron su vida en la vida divina. Paz a los que son verdaderamente hijos de Dios… Como veis, amadas hijas, vuestra vocación es hermosa, es sublime, no se puede 27


realizar sin una gracia singular de Dios Nuestro Señor; pero cuando El da una vocación, da todos los medios y gracias necesarias a ese estado y por lo mismo debemos tener fe en que nos dará todas las gracias para realizar nuestra santa vocación, para ser lo que esta vocación nos pide. Mantengámonos en estos pensamientos y consultemos nuestra alma; si encontramos la decisión todavía, de llegar a Jesús en esta forma y medida de renunciamiento, entonces hagamos de nuevo profesión de fe en la vocación de Misioneras Eucarísticas de la Santísima Trinidad; pero, repito, si sinceramente no sentís que ésos sean los deseos de vuestra alma, entonces decidle a Dios Nuestro Señor que os señale otro lugar en donde podáis vivir según vuestra voluntad, porque mientras estéis aquí, vuestro alimento tendrá que ser el de Jesús: HACER EN TODO LA VO[45]LUNTAD DEL PADRE CELESTIAL. ASÍ SEA.

Espíritu Sacerdotal (46) Domingo 18 de Feb. 9 a.m. Muy amadas hijas en Cristo Nuestro Señor: Vamos a considerar ahora otro de los actos sacerdotales de la vida de Jesús. Nos dice el Evangelio que, habiendo sido invitado Jesús a unas bodas, asistió a ellas en compañía de la Santísima Virgen; y que faltando el vino en la mesa de los invitados, la Santísimo Virgen se movió a misericordia y le dijo a Jesús: “No tienen vino… vinum non habent…” Y Jesús le dice: “Y ¿qué nos va a ti y a mi…? Aún no ha llegado mi hora”. Pero las Santísima Virgen comprendió que Jesús realizaría el prodigio y sencillamente les dijo a los servidores que hicieran lo que Jesús les mandara. Y todas aquellas hidrias de que nos habla el Evangelio, es decir el agua de que estaban llenas, fue transformada en el mejor de los vinos. Este fue el primer milagro obrado públicamente por Jesús. Vemos aquí, amadas hijas, al Sacerdote Eterno, Cristo Jesús, glorificando a su Padre por los milagros, obrando este primer prodigio por intercesión de la Santísima Virgen, para recordar a la humanidad que Ella había de ser la Medianera y la que con poder irresistible obraría siempre en el Corazón de Jesús; para indicarnos también aquella cooperación íntima que debía existir entre el sacerdocio real y el sacerdocio místico. Pero aparte de estas enseñanzas, nosotros alcanzamos, a ver algo muy significativo en la forma de obrar el prodigio en la naturaleza del prodigio. En la forma ya lo vimos: la voz de María, su intercesión, alcanzó la gracia. La gracia misma, el milagro, la transformación del agua en vino; ese vino po[46]demos considerarlo como la Gracia, como el símbolo de la Gracia que había de derramarse en las almas; ese vino era un preludio de aquel otro vino que en una noche memorable había de trasformar a Jesús, en la última cena, en su preciosa Sangre. Ese vino sería también de las almas escogidas, las almas que deberían vivir llenas de la gracia de Dios, que deberían purificarse con la Sangre de Cristo para hacer fructuosa esa misma Sangre en el campo de las almas. Yo me imagino, amadas hijas, que la Santísima Virgen contempló con su mirada 28


profunda, iluminada en la luz misma del Verbo, de su Divino Hijo, aquella multitud de cálices vacíos que no tendrían el vino, el vino precioso que había de ser consagrado, transformado por la palabra del sacerdote, en la Sangre de su Divino Jesús; y tocada nuestra Madre por su sentimiento de celo sacerdotal, con sentimientos anticipados ya, de la grandeza de la Divina Eucaristía, conocedora de los prodigios que había de realizar; comprendiendo por otra parte la necesidad del sacerdocio para poder realizar esa transformación, Ella le pide a Jesús que ponga ese vino en los cálices vacíos y que mande a los obreros que han de ofrecer esos cálices a la gloria de su Padre Celestial. Vio la Santísima Virgen la falta de vocaciones al Sacerdocio, la necesidad tan grande que existieran sacerdotes santos, porque no solamente estaban destinados para ofrecer esos cálices, el cáliz de su Misa, a la gloria del Padre, sino que ellos mismos tendrían que ser un cáliz que tuviera el vino de la gracia, el vino del amor, que ellos mismos realmente transformarían en Cristo, como pasa en los altares cuando tomando su personalidad la misma de Cristo, dice el Sacerdote: “Este es mi Cuerpo… ésta es mi Sangre…” Pero viendo la Santísima Virgen lo que se [47] estaba realizando allí con su intercesión, sintiéndose en esos momentos poseedora de la omnipotencia suplicante que le comunicaba su papel de Madre de Dios y su papel de Madre del Sacerdote Eterno, de la primera alma sacerdotal, pensó también en aquellas otras almas, pensó también en aquellos cálices que pudieran existir llenos de la sangre preciosa de Cristo para derramarla en otras almas. Pensó en las almas sacerdotales y también allí contempló muchos cálices vacíos, es decir, almas que no habían de llegar a su transformación en Cristo, muchas almas escogidas que no abrían de cumplir con su misión, Esos cálices los contemplaba sin vida, esos cálices simbolizados en las almas, los contemplaba también sin sacerdote, porque allí el sacerdote místico era también el alma, y si, ciertamente existen esas almas, no existen con el carácter de almas sacerdotales; era preciso que existieran para la gloria de Dios, se necesitaba un milagro, y por eso la Santísima Virgen lo pide con todas las fuerzas de su alma. Indudablemente que aquel prodigio de las bodas de Caná encierra un sentido profundo. No únicamente se trataba de remediar la necesidad de aquellos esposos. Todas las palabras del Evangelio encierran en sentido profundo y vienen simbolizando estas cosas que vemos. Vosotras, amadas hijas, podéis decirle a Jesús, a la Santísima Virgen, que vuestros cálices nos están vacíos, que lleváis en ellos el vino de la gracia, el vino del amor. Vosotras tenéis un vino, vino santo, el mismo que ofrece todos los días en el Sacrificio de la Misa. Es vuestro vino, es vuestro cáliz e el que mezcláis también la gotita de agua de vuestros sacrificios, de vuestro amor; y ese vino es el que queréis ofrecerle todos los días al Padre amado para que saque de él su gloria. [48] Pero si vosotras tenéis ese vino, pensad que hay muchos cálices vacíos, hay muchos cálices que no tienen vino porque faltan muchos sacerdotes. Vosotras, tocadas por la misma gracia que tocó a la Santísima Virgen y que la 29


hizo pedir toda su vida por los sacerdotes, debéis convertiros en oraciones fervientes. Vuestra oración, vuestra plegaria, debe ser continua para alcanzar de Dios esa gracia, ese milagro, ese prodigio de encontrar con numerosos sacerdotes. En todos los puntos del globo actualmente ya se ofrece el sacrificio de Jesucristo; pero todavía hay muchas ovejas sin pastor, Muchas almas sedientas de sangre de Cristo, que nunca han gustado de ese Cáliz, que se mueren de sed, de la sed de gustar la Sangre Preciosísima. Y sus lamentos de angustia deben conmovernos, amadas hijas, profundamente el sentimiento de caridad que el Espíritu Santo deja en todas las almas que posee, debe agigantarse en las vuestras, y uniros a la Santísima Virgen en aquella petición para alcanzarle a la iglesia sacerdotes santos. Y luego, aumentar el número de las almas que oren, que supliquen encarecidamente a Dios Nuestro Señor la consecución de esta gracia, almas que deberán ser, no cálices vacíos, sino plenos de la Sangre de Cristo. De éstos cálices deben desprenderse el aroma delicado de la sangre divina que va hasta el trono del Padre Celestial y que vuelve a la tierra convertida en gracias de vocación para las almas sacerdotales, en gracias de pureza para esas mismas almas, en gracias de eficacia a su palabra apostólica. Vosotras debéis pedir también por esas almas y entonces, amadas hijas, tendremos ese cuadro hermosísimo: el Sacerdocio real ayudado por el Sacerdocio místico, los dos en una íntima co[49]laboración, alcanzando para el Padre Celestial todo honor y toda gloria. Entonces veremos elevarse ese cáliz por la mano del sacerdote, lleno de la sangre de Jesús; pero veremos esa mano que toca el cáliz, mano santa, mano pura, y esa santidad y esa pureza compradas con las lágrimas, con los sacrificios y oraciones de las almas sacerdotales. Esa es vuestra misión, amadas hijas, ser como muros poderosos que sostengan el edificio del Sacerdocio real, puros y antemurales que lo defiendan de los ataques de sus enemigos, con los brazos extendidos; cooperar con él y ayudarlo en todo lo que sea, pues por eso vosotras habéis extendido vuestra vista a aquellos pueblos que no tienen fe, que no conocen a Dios, donde hay almas que podían transformarse en Cristo, almas que podían amar mucho a Dios y que no lo aman porque no lo conocen. Allí también hay cálices vacíos, y allí también llevareis vuestro celo apostólico; también vosotras abriréis vuestro surco en esas tierras, a ves inclementes, a donde no ha llegado la luz de la fe, para hacerles conocer al Dios caridad y hacerlas participar del cáliz preciosísimo donde se guarda la Sangre de Jesús. Indudablemente que en aquellos esposos que se vieron favorecidos por Jesús, quedó una inmensa gratitud por el milagro. ¿Cuál será la gratitud de las almas que reciban por vuestro medio el Corazón de Jesús? ¡Cómo bendecirán nuestra memoria! ¡Cómo pedirán a Dios Nuestro Señor que os pague con su amor el beneficio que les habéis alcanzado, de embriagarse en la Sangre Divina, en el Amor Divino! Y si la gratitud es inmensa en esas almas, ¿cuánto mayor será la gratitud de 30


aquellos que, encargados oficialmente por la iglesia para ofrecer su cáliz de salud todos los días a la Gloria del Padre Celestial, alcanzaron por vuestras oraciones y sacrificios la gracia de ser transformados ellos mismos en Cristo, de poder ofrecer con mano santa y [50] pura y corazón limpio, aquel cáliz de salud a la gloria del padre? Esa gratitud será no solamente la gratitud del sacerdote, sino que será la gratitud misma de Cristo, el Sacerdote Eterno, el Sacerdote por excelencia. Será la gratitud del Padre Celestial que recibió ese homenaje como no podía recibirlo mayor: el homenaje de su propio Hijo, el sacrificio del Hombre-Dios. Y cuando el Padre Celestial sienta la complacencia que sintió Jacob al aspirar el perfume que emanaba de su hijo, volverá sus ojos a los que alcanzaron esa satisfacción y entonces, amadas hijas, vosotras encontrareis una recompensa muy grande a todos los sacrificios de vuestra vida, a todo lo que Nuestro Señor os pida para poder darle esos sacerdotes santos, según su corazón, que puedan ofrecer dignamente los cálices plenos también de la sangre de Cristo a la Gloria del Padre Celestial. Vosotras que queréis distinguiros por la gratitud a todos los dones de Dios, por la gratitud al don de dones al sacerdocio, de la Eucaristía, vosotras recibiréis también la gratitud del corazón divino de Jesús. Me imagino yo, amadas hijas, que será una de vuestras mayores confusiones, cuando sintiéndoos como aniquiladas con esos sentimientos de gratitud, oigáis la palabra divina de Jesús que os dice su gratitud para vosotras. ¡Ah! Amadas hijas, es incomprensible, pero oculta esos misterios de amor, de delicadeza que guarda el corazón de Jesús para las almas que le aman, y también, ¿por qué no decirlo? ese misterio de delicadeza que Dios Nuestro Señor ha querido dejar en el corazón del hombre, en su parte más noble y que lo hace también entregarse completamente a Dios Nuestro Señor. [51] Pensemos un poco, delante de Jesús, en estas cosas, y que el Espíritu Santo nos mueva en el sentido de su divina voluntad, y que quede en nosotros un deseo ardiente de ser almas sacerdotales, de alcanzarle a Nuestro Señor multitud de Sacerdotes Santos, de llevar el cáliz divino a todas las regiones que actualmente no conocen a Dios, de hacerlas que participen del cáliz de la salud y de vivir íntimamente unidos a la santísima Virgen para hacer adelantar la hora en que el Señor nos conceda esos sacerdotes que el Mundo necesita para salvarse. ASÍ SEA.

San José (52) Domingo 18 de Feb. 11 a.m. Muy amadas hijas en Cristo Nuestro Señor: Al mismo tiempo que el Espíritu Santo estaba preparando el Templo en donde había de habitar el Verbo Encarnado, el Alma Inmaculada de María, preparaba también otra alma escogida, alma que había de entrar en ese plan de unión hipostática, que había de participar en el misterio de la Encarnación. Esa alma es el alma Purísima de San José. 31


Indudablemente que después de la Santísima Virgen, ninguna alma recibió tantas gracias como la de San José. Era una alma sacerdotal, había estado desempeñando el papel de padre de Jesús, Sacerdote Eterno. Como él, se ofreció también a la Gloria del Padre, y fue muy agradable a Dios ese ofrecimiento; tan agradable, que el Sacerdote Eterno quiso ofrecerlo por sus propias manos, ofrecer esa hostia pura, inmaculada, a la Gloria del Padre Celestial. ¡Cuántos misterios de amor deben haberse realizado en el interior de aquella alma tan santa de San José! ¡Con qué delicadeza lo prepararía Jesús para aquel transe supremo de la muerte! José es el Santo del silencio; el callaba porque llevaba en su alma la palabra eterna el Verbo [52] de Dios. En María el Verbo encarnó realmente, pero en el alma de San José, ese verbo vino a formar su mirada, vino a encarnar en forma misteriosa que había de hacer que San José llevara en el fondo de su alma, sin temor de perderlo nunca, ese Verbo de Dios aquel que sus brazos habían de estrechar. Jesús aparece nuevamente como Sacerdote, ofreciendo ahora el sacrificio de aquel que había estado íntimamente unido con el; de aquel a quien llamaba padre. San José, modeló de todas las virtudes, fue encontrado digno de ser ofrecido como hostia de alabanza a la Gloria del Padre Celestial. Enamorado Jesús de la pureza, del candor de San José quiso ofrecerlo a su Padre, y en circunstancias en que ese ofrecimiento había de ser más doloroso y por lo mismo más meritorio porque era precisamente en el momento en que se necesitaba más la vida de aquel santo, tanto para consuelo de Jesús que iba a comenzar su vida pública, como para consuelo de la Virgen Santísima, a quien iba a dejar sola Jesús, para dedicarse ya de lleno a sus trabajos apostólicos. ¡Cuánto le hubiera consolado a la Santísima Virgen en aquellas horas de ausencia de Jesús, la presencia de San José para hablar de las cosas de Dios, para comentar cómo era conveniente ejecutar en todas sus partes la voluntad del Padre, con aquel consuelo de las almas que se comprenden porque tienen el mismo ideal. Y Jesús, amadas hijas, vino a desconcertar por completo la prudencia humana. Nosotros hubiéramos dicho: es el momento en que esa vida preciosa de San José se debe prolongar, es precioso que sobreviva a Jesús para que acompañe a la Santísima Virgen en los últimos años de su vida y nos imaginamos que si alguien hubiera podido sobrevivir en la Sagrada Familia era San José. [53] Pero Dios, con planes sapientísimos, con aquella prudencia divina que desconciertan la humana, dispuso las cosas en sentido inverso, y es, amadas hijas, que Jesús venia a dar gloria a su Padre por la Cruz y escogió las cosas más difíciles, más arduas, mas dolorosas, para con aquella rendirle el homenaje de amor al Padre Celestial; pero antes de sacrificar esas victimas , Jesús les había consultado, contaba plenamente con su voluntad, ellas estaban de acuerdo en ofrecer aquel sacrificio, porque no solamente era dolor para Jesús de separarse de San José (las lágrimas que más tarde había de derramar en la casa de Lázaro a l muerte de este amigo, nos harán comprender la sensibilidad de su corazón). Así pues, el hubiera querido conservar a San José a su lado; no solamente sería 32


un dolor para El la muerte de este santo, sería dolor para María y para el mismo San José que también comprendía esas dos almas pues su misión no era nada más buscar el pan material. ¡Qué satisfactorio para el corazón de San José acompañar a María en sus soledad! Pero aquella voluntad sapientísima del Padre Celestial que inmoló a su propio Hijo, le pidió también al corazón generoso de San José que inmolara esos deseos, esas satisfacciones y que estuviera presto para cumplir esa misma voluntad del Padre. Y ¿qué le pidió el Padre? El holocausto de su vida! San José, amadas hijas, se ofreció sin titubear sabía que en esa forma iba a cooperar con el Sacerdote Eterno Cristo Jesús, a la realización de la gloria divina y con la misma sencillez con que una noche tomó al niño Jesús en sus brazos y lo llevó a Egipto para librarlo de la persecución de Herodes, con la misma sencillez con que obedeció a la voz que le mandaba volver de esa tierra, así también ahora, sin pronunciar palabra se inmoló. ¡Ah, amadas hijas! Con esta inmolaciones, [54] comenzaba ya la redención de la humanidad, comenzaba ya a exhalarse aquel perfume tan grato al Padre Celestial, el perfume de la divina pureza. María era azucena que tenía que abrirse para perfumar la Iglesia de Dios. San José era otra azucena, pero no debía abrirse plenamente aquí en la tierra, Jesús quería que fuera a abrirse en el Paraíso, en el Cielo; era un holocausto que llevaba perfumes delicados. ¡Qué grande es la figura de San José, amadas hijas! Grande precisamente en su sencillez, grande en su silencio, grande en su sacrificio, grande en su amor! Alguna de vosotras, por voluntad divina tendrá que abriros ante los hombres. De la pureza de vuestra alma querrá el Señor que se alimenten otras almas. Pero a otras Él las quiere ocultas, completamente ocultas, llevarán el perfume de la azucena, perfume de pureza, pero ese perfume no lo aspirará nadie sobre la tierra, será como azucena en botón. Esta idea me la han dado las azucenas que están rodeando aquí a Jesús en la Sagrada Custodia unas abiertas y otras en botón, recargadas en la custodia. Las dos van a Jesús; pero hay almas que Él quiere completamente interiores, imágenes de San José de manera que vayan a abriré en el Cielo. Aquí en la Tierra nadie las conocerá, nadie aspirará el perfume que ellas despiden, pasarán desconocidas de sus mismos hermanos; pero en el Cielo, allí delante del Trono de Dios, abrirán esas azucenas y exhalarán su perfume para Dios y mandarán a tierra la fuerza de su perfume para conquistar las almas. Tales almas deben ser silenciosas, guardar en su corazón la Palabra de Dios; almas como la de San José que en silencio le den a Dios la perfecta alabanza. Callarán con las criaturas [55] para poder hablar con Dios. ¡Qué hermosas son esas almas! ¡Y qué hermosas también las otras! ¿Y cómo serán las nuestras? Como Dios Nuestro Señor las quiera. Si Jesús hubiera querido que San José hablara, El hubiera hablado como dispuso que hablara la Santísima Virgen, pocas palabras pero palabras profundas. 33


En realidad, amadas hijas, como os decía en otra ocasión para nosotros lo único necesario que debe importarnos es conocer la voluntad de Dios. Esa voluntad nos manda a hablar, hablamos; nos manda callar, callamos. Nos debe ser indiferente una cosa u otra. Esos dolores profundos de San José, esa inmolación voluntaria, tuvieron en el Cielo una recompensa muy grande. Desde el Cielo San José sigue velando por la Iglesia que es el Cuerpo Místico de Cristo. Sigue velando por el honor de la Santísima Virgen en la tierra, y por eso en donde quiera que estén Jesús y María, ahí esta también el guardián amoroso San José; por eso el amor de San José ha sembrado los claustros de la tierra de almas virginales, silenciosas. Por eso el protector de la Iglesia universal; es el grande ecónomo de esas familias consagradas a Dios; ese que vela por las necesidades materiales y espirituales de los que buscan la Gloria de Dios. Con corazón Santa Teresa aseguraba que nunca había dejado de conseguir todo lo que pedía a Dios por intercesión de San José. En la tierra Jesús estaba sometido a San José, le obedecía, expresamente, lo sabemos: “Estaba sujeto a la Santísima Virgen y a San José”… Pero si Jesús se complacía en obedecer aquí en la tierra a San José la misma delicadeza del corazón de Cristo lo hace someterse a la voluntad de ese santo querido allá en Cielo, porque en el Cielo Jesús está en su propia patria, en la Casa de su Padre, y precisamente [56] escoge aquel lugar en el que tiene dominio pleno para seguir practicando aquella humildad que en la tierra lo hizo someterse a San José y a la Virgen Santísima. En el Cielo es donde particularmente Jesús hace la voluntad de san José, lo sigue obedeciendo. ¿Cómo olvidarnos nosotros, amadas hijas, de ese glorioso santo que tiene relaciones tan íntimas con Jesús y María? ¿Cómo olvidar a este gran sacerdote que es sacerdote espiritual, místico? ¿Cómo olvidarlo cuando nosotros tenemos esa misma vocación? ¿Cómo olvidarlo cuando el cuidó de nuestro Jesús y nuestra Madre Inmaculada? ¡Oh sí, para él nuestra eterna gratitud, nuestro recuerdo siempre amoroso y siempre respetuoso! Nunca faltará en nuestras casas, siempre lo tendremos no solamente para que nos cuide y nos dé lo material; sobre todo para ser el objeto de nuestras delicadezas y de nuestro amor. A este santo tan amado de Dios, le consagró una vez más vuestras almas y la obra para que ella pueda cumplir su misión sobre la tierra. Es el protector de las familias religiosas. Esta incipiente familia religiosa que ha venido con grandes deseos al campo de la Iglesia de Dios solicita su protección y su amparo. Que esa protección, amadas hijas, nos lleve a todas partes pero siempre para hacer la voluntad de Dios. Que esa protección de San José nos conceda comprender la grandeza de nuestra vocación, la grandeza de vuestra santa vocación amadas hijas, ¿en dónde hemos de buscar los amigos, bienhechores que nos alcancen la gracia de realizar esta vocación? En el Cielo, amadas hijas, porque la grandeza de la vocación solamente en el Cielo se comprende perfectamente, y allá en el Cielo, los Santos que 34


quieren de veras la Gloria de Dios, San José que se interesa por el bien del la iglesia universal, unirá su voz a la de la Virgen Santísima para intercede por nosotros. [57] Esas dos voces que tiene el mismo timbre porque quieren confundirse con la voz del Verbo… Esas dos voces unidas, de José y María, llegarán hasta nuestro Padre Celestial y por ello, nosotros alcanzaremos la perfección de nuestra vocación aquí en la tierra. Por todas las cosas que habéis escuchado y que seguiremos meditando ya podéis comprender la grandeza de vuestra santa vocación. Una religiosa, un alma que viniera este espíritu, una misionera eucarística de la trinidad que encontrará este espíritu en su vida en todas sus acciones, ¡qué grande, qué hermosa sería a los ojos de Dios! Y no será una, lo esperamos de la misericordia de Dios, serán millares y millares de esas almas que en ese espíritu le den gloria a Dios Nuestro Señor. Procurad vosotras, amadas hijas, haceros dignas de vuestra santa vocación para que también seáis encontradas dignas de ser ofrecidas como hostias a la gloria del Padre Celestial, como San José, como María y como el mismo Jesús. Allí en el Cielo, a donde espero que todos iremos por la misericordia de Dios, nos gozaremos de contemplar su gloria. Entretanto debemos vivir de la fe, una fe grande, una fe operativa, una fe que nos haga llegar al sacrificio que Dios nos pida para realizar los deseos divinos. Sigamos esa vida de fe como San José. El vivió de fe, el no vio realizar los grandes milagros en Jesús, no lo contemplo en la gloria del tabor ni en el día glorioso de su asunción; y sin embargo su fe fue grande, su fe lo contempló como el Hijo de Dios, no llegó a desmayar ni un momento esa fe. Que la fe nos haga también a nosotros creer siempre en nuestra santa vocación aun cuando vayamos caminando en un camino de oscuridad; que nos haga creer en nuestra obra aun cuando no la veamos realizar los grandes prodigios a que esta llamada; aun cuando no la veamos en la gloria del tabor. Nos ha tocado verla en su cuna, en su indigen[58]cia; nos ha tocado ver esos días en que la obra necesita más cuidados y se siente más débil porque comienza a dar sus primeros pasos. Ahora vivimos de fe, sabemos por la fe, que esa cuna que estamos vigilando, que estamos meciendo, lleva una obra muy amada de Dios Nuestro Señor. No hemos contemplado grandes triunfos, más bien hemos visto algunas persecuciones, mas bien hemos visto tal vez nuestra propia debilidad y miseria, pero nuestra fe sigue adelante y nos dice que Dios ha de manifestar su poder en esta obra, como San José creía que el Padre Celestial iba a sacar su Gloria de aquel pequeñito que tuvo que llevar a tierra extraña para que no fuera asesinado por sus perseguidores. Con esa grande fe caminemos también. Si los sacrificios de San José prepararon la Gloria de Jesús, también vuestros sacrificios, amadas hijas, prepararán la gloria de la Obra. ¡Sed santas, sed silenciosas, sed recogidas, para que a semejanza de San José podáis ser encontradas dignas de ser ofrecidas como hostias a favor de la Obra, aún 35


cuando no contempléis su gloria! La contemplaréis desde el cielo, como la contempló San José y como sigue contemplando a través de los siglos, la gloria de aquel Niñito que el cuidó y alimentó. Ahora lo ve aclamado por los pueblos y amado de millares y millares de almas. Así también vosotras veréis desde el cielo esta obra consolando a millares de almas, dando gloria a Dios, dándole sacerdotes santos; y allí veréis el premio de nuestra fe; en aquellas almas que den gloria a Dios, sentiréis vuestra propia alma, vuestro propio sacrificio, vuestra propia gloria. [59] Que San José nos proteja y nos ayude y nos regale esas virtudes que son tan amadas de Dios Nuestro Señor y que para nosotros son indispensables, a fin de poder practicar nuestra santa vocación. Trabajadoras como San José, humildes como San José, escondidas como San José, celosas por la gloria de Dios como San José; con esas virtudes, amadas hijas, llegareis a la realización del tipo de acabado de las Misioneras Eucarísticas de la Trinidad. ASÍ SEA.

Jesús, Palabra Divina. (60) Lunes 19 de Feb. 9 a.m. Muy amadas hijas en Cristo Nuestro Señor: Jesús vino a glorificar a su Padre dándolo a conocer a las almas y enseñando a los hombres el modo de comunicarse con el Padre: “Os he dado a conocer las cosas que oí de mi Padre”. Jesús, el Gran Sacerdote, era Él mismo la palabra de Padre, aquella palabra que lo dice todo; aquella palabra que expresa perfectamente lo que Dios es. Nuestra palabra es imperfecta, nosotros necesitamos de muchas expresiones, de muchos circunloquios para poder decir algo de lo que Dios es; nuestra palabra es naturalmente limitada; pero Jesús, la Palabra del padre, lo expresa todo y lo expresa en forma perfecta. Por eso, amadas hijas, quiero que estudiemos esas palabras de Jesús, que penetremos su sentido, aun cuando sea en parte, ya que la Palabra de Jesús es profunda y solamente podremos descubrirla a la luz de Espíritu Santo. Las palabras de Jesús consignadas en el Evangelio, muchos hombres la leen pero pocos las penetran, porque no están preparados, porque les falta la luz de lo alto, la luz de Dios, el Espíritu de Dios. [60] El Verbo divino, el Verbo Encarnado, vino de Dios a hablar a los hombres, vino a hablarles de lo que El oyó de su Padre; vino a decirles lo que Dios es y quiso ese Verbo encarnar aquí en la tierra para hacer que de la naturaleza humana se elevara también una oración, una palabra perfecta que pudiera hablarle a su Padre amado y glorificarlo con la Gloria del mismo Dios y con toda la Gloria que podía darle un Hombre-Dios, el Verbo Encarnado. ¿Cuál es, amadas hijas, la grande enseñanza de Jesús? Decíamos que ante 36


todo El quiso mostrarnos a Dios como Padre, quiso manifestarnos el amor infinito de Dios, quiso hacernos ver prácticamente cómo Dios es amor y en esta forma quiso atraer a las almas al seno de Dios. Jesús podía haber hecho uso de su poder y con el temor, con el castigo, con la amenaza, atraer a las almas a su Padre; pero no quiso hacerlo ahí, quiso llevarles al Padre por la caridad, por el amor, por la comprensión y misericordia. Todo el Evangelio de Jesús no es otra cosa que la palabra del amor misericordioso que llama a las almas hacia el seno de Dios. Dios es amor, Dios es caridad, Dios es nuestro Padre; somos hijos suyos. Por lo tanto, somos hermanos, debemos amarnos como Dios nos ama, por Dios y en Dios. Si Dios es caridad y nosotros somos sus hijos, tenemos que ser caridad; pero la caridad nos hace darnos al ser amado. Jesús nos enseño prácticamente cómo se hace esa donación. El Padre Celestial nos enseño como se ama, dándonos a su propio Hijo. Jesús nos enseñó como se ama, muriendo por nosotros, muriendo por su Padre. Nos enseñó como se ama a su Padre y como debemos amar a nuestros semejantes. [61] Jesús solamente hablaba a su Padre y de su Padre, lo glorificaba con su alabanza! A los hombres les hablaba de las cosa de su Padre. En nuestra misión apostólica, amadas hijas, no deberíamos nosotros hablar sino de Dios y a Dios; ocuparnos de las cosas de nuestro Padre Celestial. Esa debería ser siempre vuestra preocupación y todas las cosas, aun aquellas que en sí mismas parecen indiferentes, deberíamos sacarlas de esa indiferencia para orientarlas a Dios y así nuestra palabra siempre sería la palabra que llevaría a las almas a Dios y alabaría a Dios. Como Jesús, necesitamos la palabra para glorificar a nuestro Padre, es con la palabra con lo que expresamos nuestros pensamientos, es con palabras con lo que expresamos nuestro amor; sea la palabra exterior, sea la palabra interior, pero de todos modos hacemos uso de ella para hablar de Dios. Vuestra misión es hablar con Dios y hablar de Dios, pero para hablar a Dios se necesita algo más que nuestra propia palabra, porque esa palabra es imperfecta, ni siquiera puede expresar nuestros propios sentimientos, ni siquiera puede decir lo que somos y queremos, mucho menos va a poder decir lo que Dios es, mucho menos va a poder expresar las grandezas divinas. Y sin embargo, es obligación nuestra glorificar a Dios, esa gloria se la damos en la alabanza, lo alabamos por ser quien es, por su gran poder, por las obras de sus manos. Entonces, amadas hijas, nosotros necesitamos otra Palabra, necesitamos hacer nuestra aquella palabra, porque lo sabe todo, aquella palabra que lo expresa todo, aquella palabra que en si misma es perfectísima porque procede del que escruta las profundidades de Dios, porque el mismo es Dios. Necesitamos la palabra de Jesús, de tal manera que cuando nosotros hagamos 37


oración, podamos decir, que Jesús es el que ora en nosotros, que JESÚS ES NUES[62]TRA PALABRA, que El es quien manifiesta los sentimientos de nuestro propio corazón. ¿Quién conoce al Padre como Jesús? El mismo lo dijo: “Ninguno conoce al Padre sino el Hijo y a quien el Hijo quisiere revelarlo” Si por el amor y por el conocimiento es como debemos dar gloria a Dios, necesitamos que Jesús tome nuestro propio lugar en esa alabanza y que por el conocimiento que El tiene del Padre Celestial, lo alabe en nosotros. La mente de Jesús es precisamente atraer a todas las almas a su propio Corazón, hacerlas hablar con sus propios labios; estas palabras lo expresan perfectamente: “Padre, que todos sean una sola cosa…” Ser una sola cosa con Jesús, formar una sola existencia, por decir así, con El, de tal manera que en virtud de esa unidad, su alabanza sea nuestra alabanza, su amor nuestro amor. El quiso hacer de la humanidad una sola palabra para alabar a su Padre, hacer de todos los sacrificios un solo sacrificio para la gloria de su Padre, así como tenía reservada en el cielo, una misma gloria para todos aquellos que, unidos a El, hubieran glorificado al Padre Celestial. Esa unión Jesús venia a hacerla por el amor, por eso su gran predicación fue acerca de la caridad, manifestarnos que Dios es caridad y exigir esa caridad del hombre. Y para unir lo humano a lo divino, para realizar esa unión profunda, mandó al Espíritu de Dios, la caridad increada, el amor infinito, personal para que realizara ese gran deseo de Jesús, que todos formáramos una sola cosa en El, para la gloria de su Padre Celestial. Aquella palabra, amadas hijas, que conmovía al Corazón de Dios, aquella palabra de Jesús que era para su Padre la perfecta alabanza ¿cómo no iba a poder penetrar el corazón del hombre? La palabra de Jesús es luminosa, profunda, eficaz y [63] por eso cuando nosotros la tomamos para alabar al Padre, lo llenamos de complacencia, y para tocar a las almas, no podemos menos de conmover hasta las fibras más delicadas de su ser. En vuestra vocación, amadas hijas, está como os decía, el hablar a Dios y hablar de Dios, el tocar el Corazón de Dios y tocar el corazón de las almas. Para esto necesitáis hablar con su propia palabra, transformaros en Cristo con esa transformación misteriosa que tiene que obrarse por el amor y sufrimiento, por el Espíritu Santo y por María. Esa transformación que os hará decir como San Pablo: “Vivo, pero no soy yo quien vive, es Cristo el que vive en mí”… Es Cristo el que glorifica en mí a su Padre, el que en mí toca a las almas, mueve los corazones. Cuando las cosas se consideran de este modo, amadas hijas, ¡qué lejos está del hombre la vanidad y qué profundamente se encuentra cimentado en la humildad! A la luz del Verbo se conoce, conoce su nada, que es un abismo que está exigiendo ser llenado por Dios, abismo de pobreza, de miseria, de indigencia; y cuando 38


se han sentido llenas por ese Dios, por ese amor divino, entonces reconocen todo en Dios y es cuando se realiza en ellas la perfecta humildad porque han sido poseídas por la verdad, la verdad que es el Verbo. Entonces el alma ya no se contempla a sí misma, contempla solamente las grandezas de Dios. Hay muchas maneras de mirarse el alma a sí misma: hay la mirada que viene acompañada de la ignorancia. El alma que no se conoce, se mira para envanecerse; precisamente porque no se conoce, se llena de vanidad, cree que las cosas que posee son suyas, que le pertenecen como un don que le era debido; esta alma está muy lejos de conocerse. Después, el alma ya iluminada con la luz de la verdad, se mira para conocerse y entonces ha [64] entrado en el camino recto. Al crecer la luz de Dios en esa alma, vuelve a verse, se mira para despreciarse y enseguida para aborrecerse. Esa mirada luminosa, con la luz de Dios, la hace despreciarse profundamente porque le manifiesta realmente lo que ella es por sí misma. Pero aumentando todavía más esa luz, el alma descubre el secreto de su propia nada y entonces ya no se mira, porque la nada no se mira sino que se olvida y no se tiene en cuenta. Nosotros nunca nos ocupamos de la nada, si no de cosas reales o que hacemos como reales; pero en la nada nadie piensa. De manera que cuando el alma se olvida y se tiene como nada, entonces ya no se mira, ¿para qué?… Mira solamente a Dios, se ocupa de Dios, tiene un fundamento sólido a la humildad y este fundamento es la verdad, porque todas esas cosas la llevaron al conocimiento de la verdad. ¿Qué es la verdad? Que el alma no es nada. Pero hay otra verdad: Que Dios lo es todo en el alma; y por eso cuando el alma no se mira, tampoco se admira, No se admira de las cosas que Dios hace en ella, porque la admiración envuelve cierta ignorancia. Nosotros admiramos las cosas que no conocemos y que nos parecen nuevas; pero el alma, a la luz del Espíritu Santo, conoce la obra de Dios en ella, sabe que Dios es bueno, misericordioso; sabe que es lo propio de la misericordia perdonar; lo propio de la santidad increada, santificar. Y al ver toda esa obra de Dios en ella, no se admira, lo ve como la cosa más natural, pero lo refiere todo a Dios, ya no con aquella mirada de vanidad, ni siquiera aquélla en que se desprecia, sino con la mirada que se mantiene únicamente en Dios, en sus perfeccione infinitas, y que por lo mismo no la hace desviarse, sino que la lleva a la perfección del amor. [65] Jesús hubiera podido decirnos todo lo que Dios es, en una sola palabra; pero no lo hubiéramos entendido, por imperfección nuestra. Entonces ¿qué hizo? Acomodarse a nuestro modo de ser y decirnos en muchos modos, valiéndose de comparaciones, lo que Dios es, para que así podamos entender y conocer más a Dios. Esas mismas comparaciones son maravillosas, están enderezadas perfectamente a su objeto, de manera que nosotros las comprendemos fácilmente con 39


la luz de Dios. Para indicarnos que debemos ser sencillos y confiados, nos dice: “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”… Porque el niño es sencillo, no tiene amor propio, en él todavía no se manifiesta este vicio, y es confiado. Así debemos ser nosotros con nuestro Padre Celestial; por eso Jesús se vale de esa comparación. Cuando quiso mostrarnos la misericordia del Padre Celestial, nos expone aquella maravillosa parábola del hijo pródigo, en que se manifiesta el amor inmenso, desbordante del padre, el júbilo al ver volver a sus brazos el hijo perdido. Nos pone también aquella comparación de la oveja perdida, etc. Todo esto perfectamente adecuado a nosotros, de manera que consiguiera su objeto, llevarnos al conocimiento de Dios. Si nosotros en nuestra predicación y trato con las almas procuramos seguir los pasos de Jesús; si procuramos que nuestra palabra sea la palabra sencilla, la palabra que permanece, unida a las palabras mismas de Jesús y a sus enseñanzas, entonces haremos mucho fruto. No necesitamos cosas nuevas, allí en la sencillez del Evangelio, están encerrados tesoros preciosísimos y enseñanzas sublimes. [66] Escuchemos pues, amadas hijas, en el interior de nuestras almas, la palabra de Jesús que nos enseña; digámosle siempre: “Habla Señor, que tu siervo escucha, habla, muéstrame a tu Padre, enséñame tu divina sabiduría”… Y el día en que el Espíritu Santo nos alcance la gracia de poder recibir en nuestras almas el Verbo de Dios Encarnado, la Divina Sabiduría, entonces Él será nuestra palabra y tendremos allí la fuente inagotable de alabanzas para Nuestro Padre Celestial, la fuerza irresistible para atraer a las almas al seno de Dios. Escuchemos esa palabra y hablemos con esa palabra. ¡Que tu palabra, oh Jesús sea mi palabra; que tu voz sea mi voz! ¡Háblame siempre para mostrarme a tu Padre, habla desde mi alma para mostrar a otras muchas almas ese Padre Divino! Así cumpliréis vuestra vocación amadas hijas, en lo que toca al apostolado con las almas, en lo que toca a vuestra misión íntima cerca del corazón de Dios. ASÍ SEA!

Sobre la Oración. (67) Lunes 19 de Feb. 3 p.m. Muy amadas hijas en Cristo Nuestro Señor: Jesús glorificó a su Padre con su palabra, lo hemos visto ya, en cuanto que esa palabra decía a la humanidad lo que Dios es. Pero no debemos olvidar que el fin de la palabra de Jesús al manifestar a su Padre, al dar a conocer a su Espíritu, al descubrir al hombre los secretos de la Divinidad, de la Trinidad, era llevar a los hombres a la contemplación, a la oración, al amor de Dios. “Que de tal manera luzca nuestra luz de[67]lante de los hombres, que viendo vuestras obras glorifiquen al Padre Celestial”. 40


La luz divina que el Verbo vino a traer a la tierra, era para descubrirnos las grandezas de Dios y mediante esto glorificar al Padre. Lo que la criatura puede hacer con sus buenas obras, lo que puede alcanzar con su oración, con su palabra, es también ese conocimiento de la bondad de Dios, es provocar la alabanza en las criaturas. Yo quiero hablaros ahora, amadas hijas, de la oración de Jesús Sacerdote. Pero me parece demasiado atrevido el que nosotros queramos sorprender los secretos de esa oración de Jesús. Algo nos deja entrever El mismo, especialmente en aquella oración que se llama sacerdotal, que le hizo a su Padre el día de la última cena; algo nos dice esa actitud suya, algo se deja traslucir de la forma en que Jesús acostumbraba orar a su Padre. Su pensamiento estaba siempre en El, pero dedicaba largas horas, generalmente las horas de la noche, para hacer oración: “Pasaba la noche haciendo oración”… Cuando aquí en la tierra podemos descubrir algo de la oración del modo de hacer oración de los santos, nos quedamos maravillados, gratamente sorprendidos; es para nosotros esa oración como una melodía que deja el fondo de nuestras almas impresiones divinas. Cuando contemplamos esas luchas de amor en la oración entre el creador y su criatura, cuando vemos la sencillez con que la criatura, animada por el conocimiento de Dios, se dirige a El, nos sorprendemos gratamente. En la oración hablamos a Dios y le hablamos de El mismo; de manera que mientras más perfecto sea el conocimiento que tengamos de Dios y de sus obras, estaremos mejor preparados para esa unión, para esa oración con Dios. [68] ¿Quién como Jesús, amadas hijas, conocía los secretos del amor divino si el mismo era Dios; si era la imagen del Pare y contemplaba en su propio ser la grandeza de aquél Dios al que como hombre, alababa? Si de la tierra solamente se hubiera elevado la oración de Jesús, era suficiente para justificar toda la creación, para perdonar todos los pecados de los hombres, para echar un velo de perdón y de olvido sobre las ingratitudes y el alejamiento de Dios, de toda la humanidad. ¿Cómo oraba Jesús a su Padre? Le hablaba con la sencillez del niño, con aquella divina simplicidad que algunos santos han imitado, pero que ninguno ha igualado; con aquel candor propio del Hombre de Dios, con aquella vehemencia propia del Verbo de Dios. Sabía que su misión como sacerdote, era glorificar a su Padre y salvar a las almas, y en esa oración le daba gloria porque lo alababa, lo ensalzaba por su grandeza infinita y le repetía una y mil veces su amor. Amadas hijas, no podemos ni siquiera pretender averiguar intimidades de la oración de Cristo, lo único que sabemos es que llenaba de complacencias al Padre y que Jesús se sentía tan satisfecho por esas complacencias de su Padre, que quiso unir a todos lo hombres, participar a toda la humanidad aquella dicha suya, trayéndola a su misma oración, prestándole sus mismos labios, dándole su mismo espíritu para que así glorificara al Padre Celestial. 41


Jesús en su oración glorificaba a Dios, Jesús en su oración intercedía por las almas; esa [69] oración fue la que nos compró las gracias que nosotros actualmente estamos recibiendo. A esa plegaria de Jesús le debemos la vida; a esa plegaria de Jesús le debemos nuestra vocación, le debemos también nuestra gloria. ¡Bendita oración de Dios, benditos labios, bendito corazón! ¡Quién pudiera poseer ese mismo corazón para alabar con él a Dios! En alguna manera nosotros podemos conseguir esto, porque Jesús ha querido hacerse una sola cosa con nosotros, porque el amor nos pide transformarnos en Cristo, porque Él nos dio como herencia el amor a su Padre, nos dio como herencia su propia gloria. En aquella oración sacerdotal, Jesús pedía a su Padre que donde Él estuviera, estuvieran también los suyos. Y ¿para qué? ¿Para qué quería tener también allí a los suyos sino para seguir alabando a ese Padre amado, sino para compartir con aquellas almas las delicias divinas de la unión con Dios? Porque, amadas hijas, no puede haber nada en la tierra tan satisfactorio para el Corazón del hombre, como la comunicación con Dios, y esa comunicación la tenemos por la oración; y a medida que penetremos más por la oración, en el conocimiento de Dios, en esa medida más perfeccionamos también nuestro amor. Habéis oído hablar de gracias de oración; pues estas gracias son precisamente aquellas que se obtienen en la oración, Dios ha querido unirlas siempre a la oración, y fuera de ella no las da. Las formas que reviste la oración del hombre son graduales, desde una forma imperfecta que se sigue a un conocimiento imperfecto, desde la forma, digamos así, ordinaria que puede dar el amor ordinario, aunque asistido ya por las virtudes infusas del Espíritu Santo en el alma pero todavía una oración muy humana, [70] porque predomina allí el sentimiento del hombre y esa forma de oración es consecuencia también de un conocimiento imperfecto de Dios, corresponde a una gracia todavía imperfecta de unión con Dios. En cambio cuando el alma es fiel, insiste y persevera en la oración sobre todo cuando esa oración es humilde y confiada, entonces el Espíritu Santo le concede nuevas gracias, toma El la dirección del alma; entonces el Espíritu Santo pone en ejercicio sus dones y el alma ya no se mueve al modo humano, se mueve al modo divino por los dones de ese mismo Espíritu que la dirige. A esa nueva luz que el Espíritu Divino proyecta en el alma, corresponde un nuevo conocimiento, una nueva unión, una nueva forma en las delicadezas del amor de Dios con la criatura. Primero nuestro lenguaje era torpe, difícil, no se acomodaba todavía al lenguaje divino, no teníamos eso que se llama las costumbres divinas, el modo de ser divino; todavía nuestra oración tenía muchas cosas propias de la miseria humana; pero el día feliz en que el Espíritu Santo toma la dirección de nuestra alma, el día en que Él pone sus dones en ejercicio sobre nosotros, el día en que vivimos más a lo divino, en una palabra porque somos gobernados por el Espíritu de Dios, entonces comenzamos a hablar un lenguaje que si es desconocido de la tierra, es bien conocido del cielo. 42


Comenzamos a orar como Jesús oraba; la inflexión de nuestra voz lleva algo del arrullo dulcísimo con que canta el Espíritu de Dios las grandezas de Dios; es un verdadero combate de amor entre Dios y el alma. Dios nos dice su palabra infinita de amor y nosotros, como en un eco dulcísimo, tomamos también la palabra y contestamos en un tono igual porque es producido en nosotros por el Espíritu Santo. Ese será, amadas hijas, el secreto de la felicidad de nuestro cielo, conocer a Dios más [71] y más; alabar a Dios con palabras que nos sugerirá el Espíritu Santo; alabarlo si queréis, con la misma palabra, porque si en el cielo pasa lo que en la tierra y aquí se ha dicho que el amor no tiene más que una palabra que diciéndose siempre no se repite nunca; si en el cielo repito, las cosas son como en la tierra, será la misma palabra. Pero esa palabra tendrá una inflexión cada vez nueva, más agradable y dulce, expresando cada vez más admiración, no aquella admiración provocada por la ignorancia, sino por la contemplación de la grandeza, la admiración que alaba, que bendice, que glorifica. ¡Ah, amadas hijas! Por escuchar esa voz Jesús vino a la tierra, por darle a su Padre amado la satisfacción de sentirse alabado en esa forma por el hombre, Jesús quiso ser crucificado. Quiso constituirse en nuestro Maestro y siendo la Palabra divina, vino a enseñarnos el secreto de orar. Por eso el Espíritu de Dios, que es el Amor en el seno de la Santísima Trinidad, vino a nosotros para hacernos dignos de llevar en nuestros labios esa palabra, quiso preparar nuestra alma a fin de que estuviera capacitada para recibir la Palabra del Verbo, porque sin esa preparación, sin esa asistencia, sien esa plenitud del Espíritu Santo en nosotros, no podríamos hacer uso de la Palabra divina que nos hace glorificar a nuestro Padre Celestial; esa palabra que es el Verbo. Cuando se nos dice que debemos ser almas de oración, no es únicamente para pedir, es también para alabar, para dar gracias; es también y tal vez por eso se le llama oración en general, porque en esa forma atraemos las bendiciones de Dios sobre nuestra propia alma y sobre todas las otras. El alma de oración está como embalsamada, [72] perfumada con los perfumes del cielo y deja sentir en torno suyo esos divinos perfumes. Es el alma amiga de Dios que arranca de las manos de Dios los favores para la humanidad. Pero habrá un momento en que ya no tengamos que pedir ni que expiar porque todo se habrá consumado y entonces en el seno de la eternidad ya solamente alabaremos a Dios; todavía oraremos, pero nuestra oración será oración que alabe y que dé gracias, será más bien como el ejercicio constante del amor, será como una conversación íntima, eterna, entre Dios y nuestras almas; en las que, a cada nuevo conocimiento que tengamos de Dios nuestro Señor, corresponderá también una nueva alabanza. ¿Cómo podría, amadas hijas, existir un alma sacerdotal sin espíritu de oración? ¿Cómo podríais vosotras ser glorificadoras de la Trinidad Santísima si no tuvieseis ese espíritu de oración? ¿Cómo podríais obtener las gracias para las almas, si no sabéis el secreto de conversar con Dios? 43


¡Nunca insistiremos demasiado en la necesidad que tenemos de hacer oración. Y no debemos poner por pretexto que no sabemos hacer oración, que no tenemos nada que decirle a Dios Nuestro Señor en la oración; porque el que no tiene y no sabe, más obligado está a recurrir al que todo lo tiene y todo lo sabe, y lo primero que tiene que hacer esas almas, es decirle humildemente a Nuestro Señor: “Señor, yo no sé orar, pero quiero saber orar, quiero saber decirte las cosas que te agradan, decirte lo que te han dicho los santos, lo que te decía Jesús; decirle lo que te dice la creación, los pajarillos que cantan, las flores, los mares, todas las criaturas, oh Padre amado!… “Si yo no tengo nada que decirte porque mi corazón está cerrado y mi mente oscurecida, yo [73] sé que Tú eres la Palabra eterna, que Tú tienes toda la ciencia, que Tú deseas ardientemente hablar conmigo! ¡Tú si tienes que decirme: el amor infinito con que me amaste desde toda la eternidad! Yo quiero, oh Dios mío, escuchar tu Palabra, que venga a iluminar mis tinieblas, que venga a encender mi corazón…” Y luego, pedir por las necesidades de las almas que nos están encomendadas. ¿Cómo no va a haber qué decirle, cuando están en nuestras manos los intereses de Dios y de las almas? ¿No tenemos nadie por quién pedir, no hay nada en la vida que provoque en nosotros una alabanza para Dios Nuestro Señor? Pues si lo hay, entonces siempre tendremos que decirle; pero si no tuviéramos, ¡oh! entonces repetirle la única palabra, la palabra de nuestro amor: te amo, Señor, te amo, aunque no lo sienta, aunque no tenga fervor sensible, está mi voluntad, está mi deseo… Te amo, Dios mío…! Y repetirle siempre esa misma palabra. Nuestra oración sería perfecta! Más aún, amadas hijas, en nuestra oración debemos imitar a Jesús que sólo buscaba la gloria de su Padre y la salvación de las almas. Debemos olvidarnos de nosotros mismos y pedir por nuestros hermanos, por los pobrecitos que no piden. Quizá la oración de un alma celosa por la gloria de Dios, nos alcanzó a nosotros la gracia de saber tratar con Dios. ¡Quién lo sabe! Son los secretos de Dios. Pero teniendo como misión salvar a las almas, debemos preocuparnos por ellas, llevarlo escrito como algo esencial en nuestro espíritu, y pedir por ellas. Si somos amigos de Dios, si sabemos pedir, las gracias vendrán sobre esas almas. Recuerdo que hace pocos días leía unas palabras muy hermosas acerca del gran poder de intercesión que se le ha dado al sacerdote; [74] precisamente por eso fue constituido sacerdote, para que intercediera entre el cielo y la tierra y su oración tiene eficacia singular; pero desgraciadamente no siempre se hace uso debidamente de ese gran poder de intercesión del sacerdote! ¡Qué sorpresas llevaremos, amadas hijas, el día en que sepamos que una pobre oración nuestra, pobre considerando el instrumento de donde parte, pero rica en las bendiciones del Espíritu Santo, alcanzó la paz para las almas, la tranquilidad para los pueblos, la luz para las inteligencias; que nuestra oración llevó al seno de Dios a innumerables seres extraviados! Vuestro espíritu sacerdotal os exige, amadas hijas, una vida constante de oración; la oración que se le dirige al Señor en el cumplimiento del deber, que se le 44


ofrece en el sacrificio; el trabajo fielmente desempeñado, todo convertido en oración, es una palabra de alabanza, es una palabra de imploración, es una acción de gracias. Esa es vuestra misión, ésa es vuestra vocación, vuestro espíritu, y por eso, amadas hijas, yo quisiera que decir Misionera Eucarística de la Santísima Trinidad y decir alma de oración fuera una misma cosa. Que no pueda ni siquiera decirse el nombre de Misionera Eucarística de la Santísima Trinidad sin suponer un alma de oración; si no tendieran a eso, no realizarían su nombre y en ese caso entonces cambiar el nombre por otra cosa; ¡pero decir MISIONERAS…. decir EUCARÍSTICAS… decir: DE LA TRINIDAD!… Fijémonos en este rasgo sacerdotal de Jesús por el que glorificó a su Padre y salvó a las almas, y en él encontraremos una de las más hermosas características de vuestro espíritu: la oración que nos lleva a Dios, que nos da a conocer a Dios y nos permitirá hacer que otras almas glorifiquen también a Dios. ASÍ SEA. [75]

Nuestra Vocación Sacerdotal. Espíritu de Sacrificio. (76) Lunes 19 Feb. 5 p.m. Muy amadas hijas en Cristo Nuestro Señor: Si la idea del sacerdocio, amadas hijas, va infinitamente unida a la idea de la oración, de tal manera que el sacerdote debe ser el hombre de oración, también la idea de sacerdote envuelve, digamos así, toda la idea del sacrificio. Jesús venía como Sacerdote a salvar a la humanidad, a reconciliar la tierra con el cielo; venía a rendirle a su Padre todo honor y toda gloria. Pero Él supo desde el seno mismo de Dios, en el seno de la Trinidad Santísima, que la voluntad de su Padre era que esta obra de la redención, la efectuara por medio de la Cruz. Escogió Jesús el dolor como el medio de redimirnos, porque ésa era la voluntad de su Padre. Al proponérsele el gozo de la redención y de la gloria de Dios, Él contempló los frutos de su sacrificio, tomó amorosamente la cruz que le presentaba su Padre. Esa Cruz, amadas hijas, no había de ser como ordinariamente se cree, únicamente su pasión exterior, no habían de ser los tormentos, aquella agonía de tres horas que pasó en la cruz material en que fue crucificado. La cruz de Jesús era el amor que le tenía a su Padre, era el celo por la gloria de su Padre, era ya -sintiéndose con el corazón de un hombre capaz de sentir como el hombre, dolor y pena,- la inmensa amargura que experimentó al contemplar despreciado el amor de su Padre y al ver que las almas que El había creado por amor y para salvarse y glorificarle, se habían de perder. Su amor de Hijo no sufría que fuera con[76]trariado el menor de los deseos de su Padre y por eso escogió tal medio. ¿Qué nos importa averiguar si había otros medios para efectuar la Redención? Indudablemente que los había. ¿Qué nos importa cuando sabemos que Jesús escogió ese medio y que al Padre Celestial le plugo escoger también ese medio, la cruz? 45


El sacerdote debe ser el hombre de oración pero esa oración debe ir acompañada del sacrificio, porque siempre ha sido considerado en todos los pueblos como el homenaje de la criatura a un ser superior, reconociendo así el supremo dominio que tiene sobre ellas. En la antigua Ley fue figurado el sacrificio del Calvario y se ofrecían ya víctimas en holocausto a la divinidad; pero aquello era figura únicamente; la gran víctima, la Víctima divina, el holocausto que dejó plenamente satisfecho al Padre Celestial, fue el de la cruz, el de su propio Hijo, y aquella oración que el Padre escuchaba de su Sacerdote Eterno, de su Verbo divino encarnado, y que la escuchaba desde lo alto de la Cruz, no solamente en aquellas horas de la agonía, sino desde lo alto de la cruz en que estuvo siempre crucificado, la cruz de su amor, de su celo por la gloria del Padre amado; hablándole como le hablaba de lo alto de esa cruz, lo llenaba siempre de complacencia, era ésa la característica tan propia de la oración sacerdotal. Se ha dicho que cuando Jesús habla a favor de las almas, a favor de los suyos, una de las razones que más mueven el Corazón de su Padre es el que Jesús le recuerde su sacerdocio eterno que implica la idea de sacrificio; sacerdocio que le está diciendo a su Padre la infinita ternura del Corazón de Cristo para Él y lo inmenso de su sacrificio. El Padre quería ser amado con un tinte con que no había sido amado en el cielo, y por eso envió a su Hijo a la tierra, para amar en el do[77]lor; dolor de delicadeza por el amor mismo que tenía Jesús a su Padre. Cuando nosotros hablamos del misterio de la Cruz de Cristo, de los misterios del dolor, deberíamos decir también los misterios del amor de Cristo, porque en realidad el misterio de la Cruz y del dolor, es el misterio del amor. Jesús amaba a su Padre, por eso escogió la cruz; porque nos amaba a nosotros escogió la Cruz, y por eso, amadas hijas, cuando El elige a sus almas, las almas sacerdotales, para realizar la obra de la gloria de su Padre, lo primero que hace es presentarles su cruz, mostrárseles crucificado para que vean si el amor que existe en ellas puede hacerles llevadera esa cruz, en la que El murió. Sondea los abismos del amor humano para ver si encuentra e ellos aquella delicadeza que le haga tomar como propias las ofensas que Dios recibe y tratar de expiarlas en su vida y consolarlas con su amor. Y para que la humanidad no fuera impotente, para que nosotros no fuéramos a negarnos ante esa solicitud de Dios a nuestras almas, Jesús vino a hacerse como una de nosotros, a tomar todas nuestras miserias, a enseñarnos El mismo el camino de la Cruz: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”… Y ese camino, es el del Calvario, y esa verdad, la verdad de su amor, de su sacrificio; y la vida es vida que viene de El, vida que viene de la Cruz. ¡Qué ricos somos, amadas hijas, en nuestro dolor! ¡Que ricos somos cuando podemos sufrir algo por el nombre de Dios! ¡Qué felices seremos el día en que ejerciendo nuestro sacerdocio, podamos también consumar nuestro sacrificio como víctimas con la Víctima para la gloria del Padre! Dios conoce nuestra miseria y ve esos temores que naturalmente vienen al alma 46


con la cruz. [78] Dios sabe perfectamente cuáles son nuestras posibilidades para el sufrimiento; pero cuando nos contempla llenos de voluntad para darle gusto y recibir con mucho amor ese obsequio de su cruz, entonces queda plenamente satisfecho, entonces Jesús nos contempla como suyos y entonces, amadas hijas, es cuando se resuelve a no llamarnos siervos, sino amigos, porque nos revela todos los secretos de su Corazón. Y de los secretos del Corazón de Cristo, el más tierno y delicado es el de la Cruz, su amor a la Cruz que glorifica a su Padre; ese misterio que el mundo no conoce, que escandaliza a aquellos que no han recibido la luz de lo alto para comprender la cruz y les sorprende y les impresiona que muchas almas deseen ardientemente ser consumidas en el mismo dolor y morir en la misma cruz. Así como Jesús suspiraba por la hora de su inmolación, así también las almas que reciben la revelación de ese misterio de la cruz, suspiran por sufrir como Jesús sufrió. El sufrimiento, amadas hijas, ha sido para la humanidad, después del pecado de Adán, la herencia obligada, de manera que todo hombre que viene a este mundo, tiene que llevar forzosamente sobre sus hombros la cruz, la cruz de la muerte, de la enfermedad, de la ignorancia; la cruz que en mil formas viene a recordarle al hombre su limitación, su importancia; pero esa cruz no es la cruz sacerdotal, ésa no es la cruz que redime y que salva. Para que nosotros podamos redimir y salvar, necesitamos que nuestra cruz sea la cruz de Cristo, que tenga como principio, como medio y como fin y consumación el amor. Como principio el amor, es decir, que sea la cruz que Dios Nuestro Señor nos mande, la que El ha elegido para nosotros. Como principio el amor… es decir el amor con que Dios la comunique a nosotros; en nosotros el amor con que la recibamos. Como medio el amor: que la llevemos siempre [79] en el amor. Y como consumación también el amor, por nuestra perseverancia hasta el fin, en lo voluntario de nuestro sacrificio. Esa es la cruz, la cruz que salva, la cruz que redime, la cruz que debe tener, os repito, como principio nuestro amor a Dios. ¡Oh, amadas hijas! No hay sufrimiento más grande que el de las almas que verdaderamente aman a Nuestro Señor, y como nadie había amado al Padre como su Hijo, tampoco nadie podía sufrir como Él sufrió. En la medida de nuestro amor, será nuestro sufrimiento, será nuestro dolor. No necesitaremos otros verdugos, nuestro verdugo, nuestro sacrificador será el amor. Así pasó en Jesús. ¿Por qué sufría? Porque veía perderse las almas, porque veía que quitaban la gloria a su Padre. Esa, amadas hijas, ésa debe ser la fuente de nuestros dolores, el amor de Dios. En el corazón sacerdotal se enciende un deseo muy grande de darle gloria a Dios, de conocer a Dios, de hacer amar a Dios, y todos los obstáculos que se encuentran a la realización de ese deseo, tienen que venir al alma en la forma del dolor. 47


Jesús que como Dios, amaba con perfecto amor, quiso también en su Cuerpo, sufrir en la manea más perfecta que pudiera hacerlo criatura alguna sobre la tierra; sabiendo lo grato que había de ser para Dios su sacrificio, quiso perpetuarlo, quiso ofrecerse todos los días en los altares y quiso continuar su sacrificio íntimo; pero para poder tener ese sacrificio, para manifestar a su Padre el amor eucarístico que es el que procede de su cruz, quiso dejar en las almas los motivos que en Jesús hicieron tan grata a los ojos de su Padre la cruz en que Él fue crucificado todos los días de su vida. Nosotros, amadas hijas, siendo imperfectos en nuestro amor, tendremos que ser imperfectos también en nuestro dolor; aún suponiendo que vi[80]nieran sobre nosotros todas las calamidades imaginables, aun suponiendo que nuestro cuerpo pudiera resistir todas las miserias humanas, si en nuestro corazón no hay amor, está muy lejos nuestro dolor de ser grato a los ojos de Dios Nuestro Señor, porque el motivo principal de nuestro dolor debe ser siempre el amor. Cuando yo le digo a mi Padre amado lo que me duelen las ofensas que se le hacen y la gloria que se le quita, cuando yo siento en mi alma una tristeza profunda por no poder amarlo como El quisiera ser amado por mí; cuando mi amor tiene todas esas formas de delicadeza, entonces esa pena, ese sufrimiento, es el que glorifica al Padre Celestial. Pero para poder tener esa cruz, necesitamos tener el amor a nuestro Padre y por eso toda la obra de Cristo va allí a hacernos conocer a su Padre para poder ser crucificados en la cruz que ese Padre escogió para Jesús. Por eso Jesús no puede considerarse sin su Cruz y por eso la Santísima Virgen, que es la criatura que más se acercó a Jesucristo, no puede concebirse sin la Cruz. Si hubiera sido la cruz material la que más glorificara al Padre Celestial, os aseguro que la Santísima Virgen hubiera muerto también crucificada; pero si no era esa, es que había otra más íntima y dolorosa, de la cual la cruz material sólo era símbolo. Jesús quería para su Madre toda la gloria que El había recibido de su Padre en cuanto Ella podía participarla como pura criatura. ¿Qué hizo? Revelarle todo el secreto de amor de su Padre, darle aquella fibra de la divina maternidad que venía derivada del amor del Padre; afirmarla en los sentimientos no solamente hacia Cristo, sino hacia aquel Padre, el primero que fue llamado el Padre de nuestro Señor Jesucristo, y darle el celo por su gloria. [81] Esa fue la cruz de la Santísima Virgen, cruz íntima; ésa fue la cruz de San José, cruz íntima. Esa ha sido la cruz que más purifica a las almas porque es la que más nos acera a la pasión de Cristo, que fue la pasión interior. Dicen los teólogos que la pasión exterior de Jesús fue como un desahogo y consuelo a las penas íntimas de su divino Corazón. Entonces, amadas hijas, si Dios Nuestro Señor quiso hacer vuestras almas sacerdotales, forzosamente tenéis que llegar al amor de la cruz de Cristo y ésta será para vosotras la más grande de las recompensas y la mayor de las distinciones, porque os calcará, digamos así, en el mismo Corazón de Cristo, porque el Padre Celestial os contemplará en la misma cruz que tanta gloria le dio y desde esa cruz seréis salvadoras 48


de las almas. Quizá, amadas hijas, nos asalte el temor de no poder llevar nuestra cruz, de no amarla como deberíamos, pero ese temor debe ceder el lugar a la confianza, al amor. Y como una garantía, como una prenda de que habremos de tener lo que nuestro corazón desea, Jesús entre sus más ricos dones, el don de los dones, nos da a su Espíritu Santo para que Él nos llene de amor, para que El nos haga clamar al cielo con voz delicada, la palabra con que invocaremos a nuestro Padre Celestial, a fin de que deje en nosotros el sentimiento de la divina paternidad, para que nos haga pequeñitos hijos de Dios, sencillos y confiados como los niños. El Espíritu Santo nos dará la osadía del niño que no mide la grandeza del peligro y hará en nosotros todo lo que no podamos. El Espíritu Santo nos hará amar la cruz, porque ése es el secreto de la cruz, el amor: “En donde se ama no se trabaja”… dice San Agustín, pues se ama ese trabajo. Si nosotros estamos enamorados de Dios, buscamos la gloria de Nuestro Padre y queremos seguir las huellas divinas de Jesús; entonces tenemos que [82] desprendernos de todo, renunciar a todo, hasta a aquellas satisfacciones legítimas, hasta a aquellos consuelos sensibles de Dios Nuestro Señor, y abrir nuestros brazos y ponernos en cruz para ser enclavados en la misma cruz de Jesús. El Espíritu Santo que llevó a Jesús a la cruz, el Espíritu Santo que cantó el himno de victoria el día en que ofreció al Padre amado el alma santísima de Cristo, ese Espíritu divino, amadas hijas, hará también que nosotros realicemos nuestro ideal. Y si nosotros lo llamamos como lo estamos llamando, y si nosotros lo llamamos desde la cruz misma de Jesús, El no podrá dejar de venir a nuestras almas; en El seremos fuertes, El nos hará tener el temple de los mártires, de los grandes santos, de los grandes amigos de la cruz de Jesús. No hay señal tan grande de la predilección de Dios para un alma, como la cruz. Pero cuántas veces pensamos nosotros: yo siento que no he sufrido en muchas cosas, si es por salud, la tengo buena, si es por aprecio, lo tengo, si es por grandes penas, no las he tenido; y cuántas veces nos afligimos demasiado al pensar que no tenemos esa señal de predilección de Dios para las almas. No pensamos, amadas hijas, que precisamente nuestra aflicción es nuestra cruz porque esa aflicción es nuestro amor, viene del amor que tenemos, y no es cierto que no tengamos cruz. Cuando pensamos de esa manera, sí llevamos la cruz, la más íntima, la de Jesús, porque sentimos el amor de Dios y precisamente nuestra cruz es nuestra impotencia, nuestra debilidad, nuestra cruz es la miseria, la pequeñez de nuestro amor; nuestra incapacidad para poderle dar a Nuestro Señor todo lo que merece y todo lo que quisiéramos darle. Mi amor me dice: “Señor, si yo pudiera llevar tu misma cruz, la llevaría; me asaltan temores, temo porque es propio de la criatura temer y porque he hecho propósitos que he quebrantado”… [83] y es natural que el hombre tenga desconfianza de sí mismo; pero nada de eso quita la pureza al amor. Con frecuencia decimos que no sufrimos; pero yo creo que no estamos en la 49


verdad; si somos sinceros y ponemos la mano sobre el corazón, por poco amor que tuviéramos a Dios, encontraríamos ya la cruz de Jesús. Esa sola cruz fue la señal más grande del amor del Padre, y así también, precisamente porque Jesús nos alcanzó esta gracia con su muerte, tampoco puede concebirse el amor del hombre para Dios sin que se conciba la misma cruz en el alma; menos amor, menos cruz, más amor, más cruz; el máximum del amor, el máximum de la cruz. Siempre que existe el amor en un alma, allí está la cruz de Jesús. Si nosotros en ninguna manera amáramos a Jesús, entonces sí podríamos decir: yo no tengo la cruz de Cristo. Puede ser que tenga otras muchas cruces de enfermedades, dolores y miserias; pero no la cruz de Cristo. La cruz de Cristo, repito, es la que tiene como principio el amor. ¿Cómo nos atreveremos, amadas hijas, a decir que no tenemos cruz? Yo os confieso mi falta porque lo he dicho muchas veces. No, no digamos que no tenemos cruz, porque sería negarle nuestro amor a Dios, sería decir: “Yo he penetrado al fondo de mi corazón y he encontrado que no tengo amor a Dios…” El amor más miserable, más débil, la gota más insignificante de amor que encontremos en nuestra alma, es señal de que existe en nosotros la cruz de Cristo. Con más razón podremos decirlo nosotros, amadas hijas, que por amor a Jesús, por la gloria de nuestro Padre, lo hemos dejado todo, lo hemos sacrificado todo, pues no debe haber motivo más que ese. Entonces ALLÍ ESTÁ LA CRUZ DE JESÚS! [84] Y cuando por amor y sólo por amor vayamos despidiéndonos de todo cuanto, en una palabra, puede uno desprenderse aquí en la tierra, y sólo fijos en las cosas del cielo hayamos ganado ese triunfo, esa victoria, entonces allí está, allí está viva, palpitante en toda su grandeza, la cruz de Jesús. Y el día en que consumemos nuestra carrera en el amor más puro, el día en que podamos decirle a Dios Nuestro Señor: “Mírame, Señor, mírame, ¿ves en mi algo que no sea amor?” Ese día podremos decirle también: “Mírame Jesús, ¿ves en mí algo, ves en mi otra cosa que no sea tu cruz? ¿No contemplas tu cruz en mi cuerpo, en mi espíritu, no contemplas tu cruz en mi corazón? ¿No te ves retratado en mi alma?…” ¡Ah, amadas hijas! ¡Con razón aquella jovencita que quería ser sacerdote y que ardía en esos deseos y al saber que, como mujer, no podría serlo, cayó enferma y murió dice la historia que el Vicario de su parroquia, al contemplarla en tanta amargura, le dijo: “Hija, extiende tus brazos en cruz, extiende tus brazos, porque estas celebrando tu Misa, ¡eres sacerdote! Vuelvo a repetirlo, amadas hijas, es una obra sacerdotal la obra que nos lleva al sacrificio; la idea del sacerdocio y de sacrificio se confunden; pero sacrificio amoroso. Vosotras sois almas sacerdotales y por lo mismo queréis amar el sacrificio. Yo creo que verdaderamente han sido grandes vuestras penas al considerar que no amáis suficientemente esa vida de sacrificio, pero que existe la voluntad de amarlo. ¡Que Dios Nuestro Señor nos conceda poder realizar en nuestra vida ese ideal! Entre tanto, amadas hijas, para hacer más grande nuestro parecido con Jesús Crucificado, procuremos aumentar en nuestras almas el amor. Es por demás, no 50


pueden existir almas sin amor, [85] primero hay que pedir el amor, sufrir por el amor, y sólo así podremos abrazar la Cruz de Cristo. De otro modo será imposible, a las que no quieran amar, se les prohibe el ejercicio del sacerdocio. “Pedro ¿me amas más que estos?…” Y sólo cuando se cercioró del amor de su discípulo, le confió el cuidado de las almas, le brindó con su cruz, aquella cruz que San Pedro amó tanto y que consideraba como demasiada gloria morir como su Maestro. Procuremos, amadas hijas, que crezca nuestro amor y para esto pidamos a nuestra Madre Inmaculada que atraiga sobre nosotros al Espíritu Santo, el espíritu del sacerdocio que nos hará consumar nuestro sacrificio, que nos dará el amor que tanta falta nos hace ara poder llamarnos en realidad ALMAS SACERDOTALES! ASÍ SEA.

La Sagrada Eucaristía. (86) Martes 20 de Feb. 9 a.m. Muy amadas hijas en Cristo Nuestro Señor: El Espíritu Santo, que llevó a Jesús a la Cruz para gloria del Pare, le inspiró otra forma de glorificar al Padre: tomó todos los sentimientos que anidaban en el Corazón Divino de Jesús, tomó todos los matices del amor para su Padre, y de la ternura para las almas, y de ellos formó una cosa que había de ser el supremo don de Jesucristo para la humanidad y para el Padre: la Sagrada EUCARISTÍA. Sabía Jesús que su misión como Sacerdote era llevar la humanidad al Padre, rehabilitar a esta humanidad, curarla de aquella herida profunda que había recibido por el pecado de origen; y después de sanar esta herida, elevarla, llevarla hasta la intimidad con su Dios. Pero sabía Jesús que todas las generaciones, una a una, iban a tener esa necesidad, y que si ha[86]bía quedado su doctrina para alimentar las almas, todas las generaciones aspirarían a la unión personal con Él, buscarían ese calor divino que Jesús comunicaba a aquellos que tuvieron la dicha de vivir con Él. Entonces resolvió quedarse en la tierra, escogiendo la forma más humilde, la forma del pan, ocultándose bajo los accidentes de una hostia, para ser accesible a todos, para no deslumbrarlos con los esplendores de su gloria, para hacerles sentir únicamente las dulzuras de su amor y esto en la medida en que las almas estuvieran dispuestas para recibirlas. Jesús en su vida mortal se manifestaba a todos, para todos tenía la palabra del amor, a todos los llama, y sin embargo no todos lo recibieron. Cuando instituyó el Sacramento de su amor para perpetuar su presencia entre los hombres, sabía también que para muchos sería desconocido, que pasarían cerca de El sin hacerle caso, y más aún, que muchos se llegarían hasta El para ofenderlo, para insultarlo; pero a pesar de todo eso, El quiso quedarse porque sabía que para muchas otras almas El sería su vida, y quería responder a los deseos de esas almas, quería hacerlas una sola cosa con El en su obra de glorificación a la Trinidad Santísima; quería, amada hijas, atraer a las almas a la unidad de su amor, comunicarles la unidad de su vida, de la vida divina, de la vida de la gracia. 51


Desde luego, Jesús quiso quedarse en la Eucaristía para su Madre Santísima, quiso darle ese consuelo, quiso seguir habitando en aquel sagrario de amor que es el Corazón Inmaculado de María. Desde aquel Corazón, desde aquella alma inmaculada, quería atraer a otras almas para que vivieran su vida eucarística. La Eucaristía es el don más grande que Jesús hizo a la humanidad, porque es el don de El mismo, [87] es el recuerdo de su Pasión. Desde la Eucaristía Jesús se da a la humanidad en la medida en que la humanidad quiere recibirlo. El que quiere mucho amor, el que busca grande intimidad, la encuentra; Jesús tiene para cada alma el alimento propio, el alimento que ella necesita. Por otra parte, Jesús conocía la gloria que le había dado a su Padre a su paso por la tierra, en su oración, en su sacrificio. Sabía que la humanidad tenía obligaciones para con Dios, obligaciones de amor, de gratitud; y para que pudiera pagar todas esas deudas, Jesús quiso quedarse en los altares. Conociendo la grande ingratitud del corazón humano, estableció la Eucaristía que es el Sacramento de la acción de gracias, pues que esto significa Eucaristía. Para llevar las almas a su Padre las había de atraer desde la Eucaristía, se había de dar en alimento a ellas y todos los otros Sacramentos establecidos en la Iglesia, dice Santo Tomás que están ordenados a la Eucaristía; desde aquellos que aumentan la gracia y hacen al sujeto capaz de recibir a Jesús, hasta los que consuman ya esta unión con Él. Pero Jesús mismo, al instituir la Eucaristía, la llamó misterio de fe; es que necesitamos la fe para poder creer en El; necesitamos una fe viva para poder comprender lo que es la Eucaristía, y a las almas que creen, a las almas que tienen fe, Jesús se manifiesta en la grandeza de su amor. Para ellas es el Dios misericordioso, para ellas es la verdadera vida. Por eso para poder tener esa vida verdadera, Jesús nos exigió el que nos alimentáramos de su Cuerpo y Sangre; y en esta visita de Jesús al alma por la Sagrada Eucaristía, va recibiendo cada alma gracias especiales de pureza, una pureza que viene a convertirse en la pureza misma de Jesús. [88] Sí amadas hijas, Jesús, sobre todo en la Eucaristía, es el Dios con nosotros, es el don de la humanidad, es el don de las almas interiores, pero en la Eucaristía Jesús es ante todo la Hostia que se ofrece a su Padre, inmaculada, como se ofreció en lo alto de la Cruz. Cuando nosotros queremos perfeccionar nuestra vocación, amadas hijas, necesitamos forzosamente levantar los ojos a contemplar la historia y estudiar todas las virtudes que allí encontramos, sobretodo estudiar esa grande caridad, la caridad infinita de Jesús para su Padre, la caridad infinita que tuvo hacia las almas. Es para nosotros el modelo; nosotros hemos querido unirnos a esa historia santa para rendirle al Padre los homenajes de nuestra adoración, y por eso queremos tener a Jesús siempre en nuestras almas, para que no vayamos a olvidarnos de que El es el camino por el que tenemos que llegar al Padre Celestial. 52


La Eucaristía es para nosotros ejemplo de desprendimiento, ejemplo de humildad, ejemplo de abajamiento: “In cruce la latebat sola déitas…”; en la cruz estaba oculta la divinidad, pero aquí en la Eucaristía se oculta hasta la humildad, dice Santo Tomás de Aquino. Allí aparecía a los ojos de toda la humanidad, aquí se oculta bajo los velos del misterio. Para imitar a Jesús, amadas hijas, necesitamos ocultarnos a las miradas de los hombres, bajo los velos del misterio de nuestra Eucaristía, de una transformación de nuestras almas en Dios. Que seamos de veras como la Hostia de la que únicamente aparecen los accidentes, pero que en realidad oculta a Jesucristo Nuestro Señor; que también en nosotros solamente se contemplará algo accidental, nuestra figura, nuestra forma, pero que en realidad estuviéramos todos transfor[89]mados en Cristo, y que nos ocultáramos en esa Hostia, bajo de esos velos a todas las miradas de los hombres. Jesús no es visto con los ojos del cuerpo; pero obra a través de las almas. Jesús, desde su Eucaristía está elevando a su Padre un himno perenne de gloria en todo el mundo. Así nosotros, ocultarnos a las miradas de los hombres, y desde los velos de nuestro ocultamiento hacer bien a las almas, llevarlas a Dios. Desde los velos de ese ocultamiento ser para nuestro Padre amado la perenne alabanza, la suprema adoración, la perpetua acción de gracias, la continua imploración. Sí, amadas hijas, la Hostia nos llama, nos atrae; y en la medida en que nosotros nos purifiquemos, Ella viene a ser para nosotros algo indispensable. No solamente la Hostia que comulgamos, que viene a darnos la vida todos los días; la Hostia que adoramos, la Hostia de nuestros altares, la Hostia de nuestros Sagrarios. La Eucaristía nos atrae, pero esa atracción es en relación con la pureza de nuestra alma, con el desprendimiento del mundo. Las almas puras no tienen ninguna dificultad en ser atraídas por la Hostia, lo mismo las atrae Jesús Hostia que ellas son impulsadas fuertemente hacia El; es una corriente que se establece entre Jesús y el alma, y esa corriente, trae la más íntima y profunda de las fusiones que puedan imaginarse sobre la tierra. El alma se pierde en Cristo y Cristo se pierde en el alma y de esa pérdida feliz de Cristo en el alma y del alma en Cristo, resulta la gloria del Padre y el bien de las almas. Hablando en un lenguaje que podemos comprender aquí en la tierra, me imagino yo, amadas hi[90]jas, que cada alma que por su pureza se acerca a la divina Eucaristía, se va fundiendo con la Hostia santa y hace más grande esa Hostia, más grande ese Corazón, refuerza esa oración, hace más íntima, más profunda esa imploración, le da el complemento que Jesús vino a buscar a la tierra, el complemento de nuestro amor, el complemento del amor de todas las criaturas que el Padre Celestial merece para su gloria. Hablamos hace poco de la unidad que Jesús quiere en los suyos: “Padre, que sean una sola cosa”...! Y esa unidad tenemos que realizarla sobre todo en la divina Eucaristía, el alimento común para todos los hombres, el objeto de las adoraciones de toda la humanidad. 53


Os explicaba en una ocasión, amadas hijas, aquel pensamiento! “Los rayos que más purifican las almas, son los rayos eucarísticos, pero éstos solamente penetran a las almas crucificadas.”... De allí la sed de sufrimiento, de pureza, que viene a las almas cuando éstas desean la unión con Dios, y de allí el que las almas verdaderamente eucarísticas, siempre sean almas sacrificadas. La idea de la Eucaristía trae la idea del sacrificio y por eso en la medida en que las almas son más inocentes, en esa medida son más sacrificadas porque se acercan más a Jesús Hostia, a esa pureza infinita crucificada por nuestro amor. Si vosotras, amadas hijas, por vuestra vocación, queréis darle la mayor gloria al Padre Divino, a semejanza de Jesús, ¿cuál debe ser vuestra escuela sino la Eucaristía? Y si queréis ser almas de la Trinidad, ¿en dónde conseguirlo sino en la Divina Eucaristía? Allí está Jesús y donde Jesús está, están el Padre y el Espíritu Santo. Allí está la Trinidad Santísima como en su cielo de amor. El Padre contempla a su Hijo inmolado; el Espíritu [91] Santo contempla la obra de sus manos, la obra de su amor en la inmolación de aquella Víctima divina. El Espíritu Santo encontró la forma más perfecta de glorificar al Padre y al Verbo, en la Persona de Nuestro Señor Jesucristo que como Dios, era igual a El, y como Hombre era gobernado por El y dócil completamente a sus divinas inspiraciones. Por el Espíritu Santo se nos comunica la fecundidad que viene del Padre. Por eso las almas que quieren ser fecundas, que quieren ser puras, que quieren ser, en una palabra, eucarísticas, son almas del Espíritu Santo, dirigidas por el Espíritu Santo, purificadas por el Espíritu Santo. Es el Espíritu Divino el que tiene que amasar, digamos así, el pan que formará nuestra Hostia, el que tiene que pronunciar aquellas palabras misteriosas que consagrarán nuestra Hostia; el que tiene que consumar el sacrificio en nuestra vida. Y es el Espíritu Santo, amadas hijas, el que nos permitirá decir un día, en realidad de verdad, con Cristo, las palabras que el sacerdote pronuncia todos los días al consagrar las especies”: “Este es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre...” Esas palabras fueron pronunciadas por María, movida por el Espíritu de Dios; al contemplar a su Hijo, decía en realidad de verdad: Este es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre.... porque el cuerpo de Jesús fue formado de toda la sangre y de la sola sangre de María. Era entonces su cuerpo, su sangre. También el día en que nosotros nos transformemos por amor en Cristo; el día en que tengamos los sentimientos de Cristo, y que hayamos logrado esa compenetración con Cristo por nuestra vida de amor y de pureza, por nuestras continuas abnegaciones y renunciamientos que nos lleven a [92] la unidad con Jesús, entonces, amadas hijas, en cualquier momento en que sintamos nuestro cuerpo o nuestra alma atormentados por el sufrimiento, podremos decirle a nuestro Padre Celestial” “Este es el cuerpo de Jesús, ésta es la Sangre de Jesús...” Y entonces, la sangre que nosotros derramemos, amadas hijas, nuestro sufrimiento cualquiera que sea, del cuerpo o del alma, será, como fue el cuerpo de Jesús, alimento para otras almas, será sobre todo el principio 54


glorificador de nuestro Padre Celestial. ¿Qué haremos, amadas hijas, para darle gracias a Jesús por haber hecho esta obra eucarística? ¿Cómo poder darle gracias porque desde el principio de esta vida religiosa ya haya querido ser para nosotros el compañero perpetuo en su sacramento de amor; porque desde el primer día haya querido estar en nuestro Sagrario y porque no quiere estar solo, sino para manifestarse en su custodia, no para otras, sino para vuestras almas, amadas hijas, para estrecharlas en su Corazón y decirles los secretos de su amor? Y cuando contemplemos, por lo menos desde la gloria, los millares y millares de sagrarios, de tabernáculos que manifestarán la Hostia santa, y aquellos millares de hostias vivas que serán las almas unidas con esa Hostia para la gloria del Padre Celestial, entonces amadas hijas, ¿qué palabras encontraremos para agradecer a Dios nuestro Señor, qué haremos sino tomar esa misma Hostia que todo lo paga, y ofrecérsela al Padre y perdernos en ella como la gota de agua que se transforma en la Sangre de Cristo? Vosotras, las primeras, tenéis obligación, lleváis encima, digamos así, de vuestras almas, el peso inmenso de la gratitud de todos los favores que se recibirán en el Instituto hasta el fin de los siglos. Pesan sobre vuestras almas todas las hostias [93] que se adorarán en vuestros altares, las hostias vivas, las Misioneras que se ofrecerán con la Hostia, porque todas ellas van brotando de vuestra hostia; porque al morir, o antes de morir, vais engendrando nuevas hostias; cada una de vuestras almas es como un semillero de hostias, y precisamente porque serán de vosotras, con ese peso de la gratitud, del amor sacrificado que tendrá que darles esplendor y vida; ellas serán lo que vosotras queráis que sean. Amadas hijas, éstos son principios ciertos, la verdad de la vida espiritual, y por eso cuando nos descuidemos en nuestra vocación y aflojamos nuestro espíritu, cuando nos descuidamos de la observancia de nuestras reglas que nos han de santificar, estamos quitándole gloria a Dios Nuestro Señor, estamos traicionando las causas de aquellas almas, la causa de nuestro Instituto. Para el amor no hay cosas pequeñas; en la observancia nada debemos considerar como pequeño; el Espíritu Santo ha hecho de las cosas más insignificantes, cosas divinas, ya que nosotros las hacemos unidos a El y por eso con el mismo amor debemos levantar una basurita que encontramos por el suelo cuando nos lo manda la obediencia, que venir a postrarnos en el Sagrario, porque ésa es la voluntad divina. ¡Oh amadas hijas! Quiera el Espíritu Santo infundir estas ideas en lo profundo de vuestras almas y que no se borren! Entonces no tendremos que repetir tantas veces esas instrucciones para que se observen todas las cosas pequeñas que se imponen en los Estatutos y Costumbreros de vuestra Comunidad. Si lleváis la comprensión del amor de Dios, la compren[94]sión de vuestra vocación, entonces todo lo haréis con facilidad, no tendréis más que conocerlas y conociéndolas ejecutarlas, os cuesten o no. Porque vuestra voluntad estará por encima de todas las cosas, la voluntad de dar gloria a Dios, de purificarnos, de hacer más hermosa vuestra hostia, de alimentar a todas aquellas almas que han de formarse de vuestra hostia. ASÍ SEA 55


La Sagrada Eucaristía. Sacrificio del Altar. (95) Martes 20 de feb. 3 pm. Muy amadas hijas en Cristo Nuestro Señor: La Eucaristía no es solamente un Sacramento de amor, la Eucaristía es también un Sacrificio; el sacrificio eucarístico, la Santa Misa, reproduce incruentamente el sacrificio del Calvario. Jesús comprendió la necesidad de desagraviar a su Padre mientras el mundo existiese, y sabía que la voz del sacrificio, la voz de la sangre, es la voz que aplaca esa justicia divina. “Sin la efusión de la sangre no hay perdón…” pero las grandes culpas de la humanidad requerían el ofrecimiento de una sangre divina, de una víctima divina, y esa víctima capaz de pagar por todos los pecados de los hombres, es Jesús. Se inmoló en el Calvario, allí es ofrecido por el Espíritu Santo al Padre Celestial como Hostia Inmaculada; pero quiso que en todas las latitudes, en todas las partes, se siguiera ofreciendo el sacrificio de la cruz. Para esto instituyó oficialmente el Sacerdocio, para esto les comunicó a algunos seres aquel mismo sacerdocio que El había recibido de su Padre. Solamente el sacerdote puede ofrecer [95] el sacrificio oficial, solamente el sacerdote Eterno, Cristo Jesús, podía desagraviar a la divinidad ofendida; y para que pudiera seguirse ofreciendo ese sacrificio, ¿qué hizo Jesús? Después de dejarnos su Cuerpo y su Sangre y su Alma y su Divinidad en la Eucaristía, nos dejó su sacerdocio místico. Esa misma noche venerada, el sacerdocio oficial, encargado de perpetuar el sacrificio, fue instituido por Jesús. ¿Dónde iba a soñar la humanidad, amadas hijas, bondades tan grandes del corazón de Jesús, al que la humanidad solamente había presentado ofensas, para la que Dios únicamente tenía reproches? ¡Se quedó en la Eucaristía para ser nuestro alimento! ¡Se quedó en su Sacerdocio para poder seguir siendo inmolado en los altares; todos los días asistimos al mismo sacrificio del Calvario; todos los días el sacerdote, que se transforma en Cristo, que representa a Cristo, que toma la personalidad misma de Jesucristo, todos los días ese sacerdote ofrece al Padre Celestial la Hostia Santa, pura, inmaculada; ofrece aquella misma Víctima divina que se ofreció en el Calvario; aquel perfume de suave olor llega hasta el cielo diariamente; ésta es la sangre que clama más que la del inocente Abel; es esa sangre, ese Cuerpo inmolado, los que le dan gloria plena al Padre Celestial y desarman constantemente el brazo de la justicia divina a fin de que no acabe con la humanidad, sino que le conceda nuevas esperas para que vuelva sobre sus pasos y reconozca a su creador. El sacerdote, como sabéis, recibe el poder asombroso de obrar el mayor de los milagros que se pueden obrar sobre la tierra, el milagro de la transubstanciación1 de las 1

El origina impreso dice “transbustaciación” en lugar de “transubstanciación”

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especies; pronuncia unas cuantas palabras y la sustancia del pan desaparece para dar lugar a Jesucristo nuestro Señor; y la sustancia del vino también desapare[96]ce para dar lugar a Jesús. Allí está, es El, el mismo, viviente, latiendo su corazón de amor; es el mismo que levanta su mirada al Padre para asegurarle de nuevo la grandeza de su ternura, de su amor. Es de nuevo la sangre del justo que se eleva hasta el cielo, no para pedir castigos ni clamar venganza, sino para implorar misericordia. Si nosotros pudiéramos escuchar, amadas hijas, esas reyertas de amor entre el sacerdote santo, entre Jesucristo Nuestro Señor y su Padre amado, a favor de las almas, comprar vocaciones, conservarlas en su pureza…. quedaríamos conmovidos. ¡Es a favor nuestro que se ofrece ese sacrificio y nosotros ni siquiera lo comprendemos ni lo agradecemos! ¡Cuántas veces asistimos al tremendo sacrificio como a cualquier otro acto de comunidad, como si presenciáramos cualquiera de los otros acontecimientos que se nos van presentando a lo largo del día! ¡Ah, amadas hijas! ¡Cuántas veces, la mirada del Padre Celestial que recibe, que contempla con infinita complacencia el sacrificio de su Hijo, se volverá airada contra aquéllos por quienes se ofrece, al ver su indiferencia, su ingratitud! ¡Una voz que clama en el desierto de las almas por quienes aboga; una voz que no es comprendida, una sangre que muchas veces allí mismo en donde se ofrece, es pisoteada por aquéllos por quienes se ofrece! Pero de nuevo intercede nuestro Sacerdote Eterno, de nuevo se ofrece y el Padre Celestial se desarma, el Padre contempla con ojos de misericordia a esa humanidad culpable, rebelde. En cambio el alma de buena voluntad, bien [97] intencionada, que se acerca a ese sacrificio para recibir sus frutos, con la fe más grande que puede tener un alma sedienta de la verdad y del amor; que se pone al pie del altar para recibir sobre ella la sangre de Jesús como si estuviera en el Calvario, esa alma recibe la purificación que la sangre divina obra siempre Y cuando pone allí sus plegarias y todo lo que su pequeñez le permite ofrecer a su Creador; cuando lo injerta en ese sacrificio y hace de esa voz su voz, entonces, amadas hijas, el hombre alcanza lo que quiere, porque aquella voz es la del Hijo amado, que siempre que el Padre la escucha, se conmueve y acaba por convertirlo todo en perdón y misericordia. El fruto de ese sacrificio nos hace ricos. ¡Cuántas veces, llevados de nuestra debilidad, lamentamos nuestra miseria, decimos que las tentaciones son muy fuertes, que nuestros enemigos son muy poderosos y casi nos declaramos vencidos, sin saber que tenemos allí el arma poderosa; sin saber que si disponemos del sacrificio de Jesús y participamos en él como debemos participar, somos dueños del mundo, tenemos bajo nuestro dominio a los demonios, el infierno se humilla a nuestra voz y todas las criaturas se ponen a nuestro servicio! Pero no hacemos uso de nuestro tesoro, no apreciamos nuestra Víctima, no 57


sabemos que el Cáliz que se ofrece todos los días en nuestros altares, es nuestro cáliz, nuestro cáliz pleno. Hablábamos el otro día de los cálices vacíos, de aquellas almas que dicen a Nuestro Señor: “No tengo vino…”; les falta el vino del amor, del sacrificio; pero nosotros siempre tendremos vino, el vino que encierra el cáliz de salud que se ofrece en todos los altares de la tierra. Esa sangre es nuestra sangre, ese sacrificio es nuestro sacrificio, esa Víctima es nuestra [98] víctima. Y no tenemos más que ofrecerla. Naturalmente que el amor, la delicadeza, exigen que nos unamos en esa inmolación, que unamos nuestro amor al amor de Cristo; que fundamos nuestra mirada amorosa con la de Jesús, pero ciertamente esa Víctima es nuestra víctima. Yo no sabría, amadas hijas, cómo encareceros la importancia de este sacrificio, porque no sé cómo poder ensalzar el sacrificio del Calvario, la muerte del Hijo de Dios hecho hombre. Lo cierto es que en ese sacrificio tenemos el tesoro más grande, que todo debe girar en torno de ese sacrificio, nuestras aspiraciones, nuestros propios sacrificios, nuestras oraciones, todo debemos llevarlo allí para que sea ofrecido por el Sacerdote Eterno, por Jesús, al Padre Celestial. El altar es el lugar más santo de todo lo santo que puede haber sobre la tierra, porque es el lugar en que se inmola la Víctima divina; es el altar también, amadas hijas, el lugar a donde descienden todos los dones del cielo, donde se ofrecen todas las oraciones de los justos, todas las oraciones y súplicas de las almas. Por eso debemos ser los grandes amigos del altar, el sacrificio de la Misa debe ser el centro de nuestro día, el centro de nuestra vida; pero asistiendo con espíritu de fe, contemplando a través de esas ceremonias lo que realmente significan, contemplando un hombre que por el poder divino, se transforma en Jesús para ofrecer el sacrificio; debemos contemplar en la Hostia santa, la misma Víctima del Calvario; contemplar en el Cáliz, la Sangre de Jesús y tener conciencia de que es una Víctima viva, santa. En torno del altar millares de ángeles contemplan respetuosos lo que allí pasa y el Padre Celestial mira complacido esas inmolaciones de su Divino Hijo. [99] Nosotros tenemos vocación sacerdotal, vosotras habéis recibido esa gracia insigne del sacerdocio espiritual, y para poder ejercer vuestro sacerdocio, necesitáis inmolar también la divina Víctima. Vuestra palabra, como almas sacerdotales, tiene que ser una palabra operativa; unida a la Víctima divina alcanzará gracias inmensas. En nosotros, en los sacerdotes, el poder es único, exclusivo; pronunciamos las palabras sobre la Hostia de la Consagración y se efectúa el prodigio; una nueva encarnación del Verbo viene a efectuarse en esos momentos; en alguna manera se reproduce allí el misterio de la Encarnación y volvemos a ofrecer la misma Víctima del Calvario. Esa palabra del sacerdote es operativa; si tenemos millares de hostias delante de nosotros, esos millares quedan consagrados cuando pronunciamos las palabras de la Consagración. 58


Por eso, amadas hijas, no hay que extrañarse de la fecundidad sacerdotal. ¿Qué no podrá alcanzar aquél que con su palabra realiza el milagro estupendo de la transubstanciación de las especies, que ve venir a sus manos la Víctima Santa, cuando Dios le otorgó ese grande poder sobre su Cuerpo real? ¿Por qué extrañarse del poder que el sacerdote tiene sobre el cuerpo místico que son las almas? En la mañana hablábamos de hostias que vienen de otra hostia, y os decía que vosotras erais esas hostias que tendrán que engendrar nuevas hostias. Pero ahora os digo: esas hostias que sois vosotras, amadas hijas, habéis nacido de mi hostia, de la hostia de mi sacrificio, de la hostia de mi amor. Cuando yo pronuncio las palabras de la Consagración y realizo por la misericordia de Dios el milagro de la transubstanciación de las especies, cuando el verbo viene a mis manos, entonces, amadas hijas, no solamente pienso en esa [100] Hostia, pienso en las otras hostias que tienen que nacer de la mía. ¡Cuántas hostias habremos consagrado! ¡Cuántas hostias dadas en comunión a las almas! Pues todas esas hostias, las hostias que han nacido de mi Hostia, las ofrezco en el mismo sacrificio, unidas a la misma Víctima, y tengo la seguridad plena de que alcanzarán las gracias de mi Hostia que es la Hostia pura, inmaculada. ¿Quién, amadas hijas, podrá arrancarnos esas almas que están más ligadas a nosotros que el alma está ligada con el cuerpo? Porque no son dos cosas en una, sino que se ha verificado allí un misterio de transubstanciación, porque contemplamos allí la unidad, la unidad del amor, la unidad del sacrificio, la unidad de la acción de gracias; hablamos de muchas hostias, pero en realidad, amadas hijas, no es más que una sola hostia, todas las otras vienen a unirse a la única Hostia, Cristo Jesús. Así como no hay muchos sacerdotes, no hay muchos sacerdocios sino uno solo, el Sacerdocio Eterno de Cristo Nuestro Señor y nosotros los sacerdotes de la tierra formamos uno solo con Jesús, así no hay muchas hostias sino una sola. Precisamente por formar un solo sacerdocio con Cristo, es por eso que somos poderosos delante de Dios Nuestro Señor. Pero el milagro de amor que creó el Sacerdocio, amadas hijas, realizó otro milagro también para suplir la deficiencia del sacerdote que había de recibir tan tremendos poderes. Solamente El, solamente su caridad, solamente su mismo sacrificio, podía hacer que una pura criatura participara de semejante don. Las cosas así han sucedido y todos los días Jesús en nosotros vuelve a ofrecerse a la gloria de su Padre. Vosotras tendréis que consagrar nuevas al[101]mas que den gloria a nuestro Padre Celestial; pero esa gloria y esas almas las debéis conquistar sobre todo en los altares. Debéis vivir, amadas hijas, con la pureza, con la santidad que se le exige al sacerdote, porque ciertamente vuestro sacerdocio será espiritual pero se une íntimamente al sacerdocio real de Cristo, se une a la Víctima divina, quiere ser ofrecido en la misma patena, ser consagrado en las mismas palabras que consagran la Hostia santa y darse en comunión a las almas en la misma Hostia. Es una sola Hostia la que se ofrece en nombre de todas las hostias de la tierra, las hostias que son las almas. Pero si es una misma la Hostia que se ofrece al Padre Celestial, es una misma la hostia que se da a las criaturas y si todos formamos una sola 59


hostia con Jesús, entonces tendremos que ser dados con El en comunión a las almas. Para poder conseguir esto, se necesita que el Espíritu Santo realice en vuestras almas un milagro de amor, que obre la transformación en Cristo, que el Espíritu Santo os dé mucho amor, amadas hijas, porque sin amor no se puede llegar a estas alturas, no se puede ser hostia ni víctima, sólo el amor infinito de un Dios lo pudo obligar a hacerse hombre para venir a la tierra a sacrificarse, y solo el amor inmenso que el Espíritu Santo desborda en nuestras almas, nos hará capaces de ofrecernos como hostias y darnos en comunión a las almas con la Hostia santa, Cristo Jesús. Yo sé, amadas hijas, que en vuestras almas existe ese deseo, es precisamente la base de vuestra vocación, y que estáis dispuestas a pasar por todo lo que sea necesario para poder realizar la plenitud de vuestro sacerdocio espiritual. Cuando se tienen estos deseos, esta resolu[102]ción firme, entonces, amadas hijas, hay que esperarlo todo de Dios, porque El no faltará, El ansía darse a otras almas, almas que le compren esas vocaciones de sus sacerdotes santos; allí están vuestras almas preparadas para comprar innumerables vocaciones se sacerdotes santos. Para ello vosotras vais a amar como María, María que fue la gran Hostia unida a Cristo, María que fue la Madre del Sacerdote Eterno y la Madre de todos los sacerdotes y todas las almas, especialmente las sacerdotales. Amadas hijas, yo no sabría encareceros la necesidad que tenéis de ser santas. Sólo puedo deciros que os preparáis para ese sacerdocio espiritual. A nosotros los sacerdotes, no hay nada que nos mueva tanto a la santidad como el pensamiento de que somos sacerdotes, medianeros entre el cielo y la tierra; el pensamiento de que Dios ha puesto en nuestras manos su gloria y las almas. No vayáis, amadas hijas, a vulgarizar estas cosas, no vayáis a querer hacer vulgar vuestra santa vocación porque no lo es, no es una vocación vulgar. ¿Cuándo ha sido vulgar el espíritu sacerdotal? No lo es, es vocación de elección, de predilección, de gracia singular. Por eso, amadas hijas, en estos santos ejercicios, renovad vuestros propósitos firmes de santidad y de pureza; esos propósitos firmes de vivir siempre adheridas al beneplácito divino, de ser todas caridad y todas amor, y así tener una garantía más para vuestro sacerdocio, porque, lo vuelvo a repetir, si nosotros somos sacerdotes en el momento en que el obispo nos ordena y nos consagra, vosotras no podréis ser sacerdotes sino después de haberos transformado en Cristo por el amor y el dolor, transfor[103]mación que tiene muchas etapas, pero que ya desde el principio marcará vuestra vida sacerdotal. Bendecid al Señor que ha tenido tanta misericordia con vosotras y pedid a la Santísima Virgen que guarde vuestra vocación para que no se pierda, que os conceda rendir todo el fruto que Dios quiere que rindáis. Así vuestras almas vivirán tranquilas, amadas hijas, dando gloria a Dios, y se prepararán para ser las grandes conquistadoras de otras almas. ASÍ SEA.

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Espíritu Sacerdotal. Intimidad con María. (104) Martes 20 de Feb. 5 p.m. Muy amadas hijas en Cristo Nuestro Señor: Os he hablado de los actos del sacerdocio real y debo hablaros también de esos mismos actos de vuestro sacerdocio espiritual. El principal acto sacerdotal es el Santo Sacrificio de la Misa, porque es allí en donde ante todo se es mediador, en donde se alcanzan las gracias para las almas y la gloria para Dios. Acabamos de meditar en el Santo Sacrificio de la Misa; a vuestro sacerdocio místico corresponde también una forma de misa mística que podéis celebrar, que podéis ofrecer a Dios vuestro Señor, y cuando decimos mística no queremos decir ideal, imaginaria, no, es algo real, pero al mismo tiempo, como todo lo místico, es algo que se escapa a nuestra consideración, cuya naturaleza no podemos conocer perfectamente bien, es algo real. Desde luego, para que pueda celebrarse el santo Sacrificio de la Misa, se necesitará un sacerdote; allí el sacerdote es cada alma que ha sido escogida por Dios, obsequiada con ese sacerdo[104]cio espiritual. Necesita ofrecer una víctima, esa víctima que ofrece es la misma que ofrece el sacerdote en el altar; pero a este sacerdocio espiritual se le piden virtudes especiales. Ya os hablaba de algunas de ellas. Debe ser el alma que pretende ofrecer ese sacrificio, un alma muy unida a Dios que quiere verlo ofrecido en todas partes, quisiera que cada alma fuera un altar desde el que se le ofreciera constantemente el sacrificio de su Hijo. Ese ofrecimiento que desde el primer día de la Encarnación hizo la Santísima Virgen de su Divino Hijo al Padre Celestial, ofrecimiento que ratificó en otras ocasiones y que consumó en el Calvario, era en cada una de las veces que se hacía, como una representación de ese mismo sacrificio del Calvario y de la aceptación por parte del Padre Celestial, de ese sacrificio. Si nosotros, amadas hijas, si vosotras, desde el altar de vuestras almas estáis ofreciéndole al Padre Celestial a su Verbo como víctima y vosotras ofreciéndoos en su unión,- porque el sacerdote debe transformarse en Jesús y vosotras para poder ejercer bien vuestro sacerdocio ya os decía que necesitáis ser transformadas en Jesús; si ofrecéis desde el altar de vuestras almas esa Víctima adorable al Padre Celestial, encontraréis la manera de hacer fecunda vuestra vida. Dios os ha dado aspiraciones muy grandes, seguramente que otras almas no las tienen, no tienen vocación sacerdotal; pero el alma sacerdotal quisiera abarcar con su amor a todo el mundo, quedarse en todas partes para remediar las necesidades de las almas, ser toda para todas, co[105]mo decía San Pablo, para ganar a todos para Cristo, quisiera penetrar las profundidades del cielo para descubrir los secretos de Dios; penetrar todas las miserias del corazón humano para poder poner en cada una el bálsamo divino del consuelo. Es el alma que se siente con todas las vocaciones, como decía Santa Teresita 61


del Niño Jesús, que quisiera ser anacoreta para ofrecer a Dios su oración en el silencio; ser misionera para recorrer los mares y enseñar la luz y la verdad a todos, sanando las miserias del alma. Quisiera no un martirio sino todas las clases de martirio. Esa, amadas hijas, es la vocación sacerdotal; cuando se llevan sentimientos de esa naturaleza en el alma, entonces se tiene un alma sacerdotal; así fue santa Teresita del Niño Jesús, y por eso alcanzó gracias para los sacerdotes, tocó el Corazón de Jesús Sacerdote y alcanzó innumerables favores para la humanidad. Pero ello ofrecía su hostia, ella desde su altar, ese altar íntimo que llevaba en su alma, estaba ofreciéndole constantemente al Padre Celestial el mismo sacrificio, el sacerdocio de su Verbo que es el del calvario, que es el de nuestros altares. Nosotros sólo una vez podemos ofrecer a la Víctima divina en la Santa Misa; pero podemos unirnos a todos los altares de la tierra y todavía más, podemos en todos los momentos de nuestro día ofrecer en nuestra propia alma la misma Víctima, con los mismos resultados. Podemos unirnos no ya únicamente a los altares en que se celebre el Santo Sacrificio, podemos unirnos a todas las almas sacerdotales, que desde el altar formado en ellas mismas, ofrecen al Padre Celestial esa Víctima adorable. En el ofrecimiento del Verbo está, amadas hijas, la esencia del sacerdocio místico. Pero hay que detenerse más en las cualida[106]des que debe tener el alma sacerdotal; tiene que ser una reproducción, una copia de la Santísima Virgen en cuanto puede una criatura copiar ese modelo que es María. Necesita estudiar sus virtudes, estudiar su modo de tratar a Jesús; llegar por el amor, por una donación total, por la súplica, como queráis, ingeniándose como se ingenia el amor, llegar a aquella intimidad con la Santísima Virgen, que ella pudiera decirse que formamos una sola con ella, como vaciados en su molde. Intimidad con María que pudiera permitirnos oír de sus benditos labios aquellas palabras que Jesús les dijo un día a sus Apóstoles: “Ya no os llamaré siervos sino amigos, porque os he revelado todos los secretos de mi corazón.” El día en que nosotros llegáramos a esa intimidad con María, de tal manera que Ella pudiera decirnos: “Ya no os llamaré esclavas sino amigas porque os he revelado los secretos de mi intimidad con Cristo, los secretos que hicieron de mi corazón el templo más sagrado para la Trinidad Santísima; quiero revelarte los encantos de mi corazón que deleitaron el Corazón de mi Hijo, decirte cómo fui yo Madre para Jesús, cómo lo amé y lo cuidé y lo hice amar de la humanidad; quiero prestarte o darte mi corazón, mis labios, quiero que a través de mi desarrolles tu misión sacerdotal…” ¡Oh amadas hijas, entonces seríamos dichosos! ¡Qué manos más dignas que las de María! ¡Qué manos más puras que las suyas para levantar hasta el cielo la Hostia Santa! Y fueron esas manos benditas las que por primera vez levantaron a Jesús para ofrecer al Padre; fue desde su alma desde donde se ofreció por primera vez a Cristo; fue su corazón el primer corazón sacerdotal, el modelo de las almas que habían de ofrecer a Jesús, de las almas sacerdotales. [107] Si nosotros los sacerdotes tenemos relaciones especiales con la Santísima Virgen porque nuestra vocación la compró ella, sufrió por nosotros para alcanzarnos 62


esas gracias, el alma sacerdotal, el alma que recibe el sacerdocio místico, puedo deciros amadas hijas, que absolutamente también debe estar compenetrada del amor a María. No podría ser alma sacerdotal sin llevar ese amor tierno, delicado, hacia la Virgen Santísima, porque si otras manos que no fueran esas manos de María, presentan al Padre Celestial la divina Víctima, el las considerará indignas. Nosotros tomamos de nuestra Madre todo lo que nos es necesario. Ella está con nosotros en los altares, con aquellos que tenemos el sacerdocio real; en donde quiera que encarne el Verbo, allí está María; en donde quiera que se ofrezca la Víctima Santa, allí está María que lo ofrece también, ahí está María para darlo. Algunas almas podrán dudar que las acompañe María; nosotros ¡qué felices somos! Tenemos la seguridad de estar con ella por lo menos mientras celebramos el Santo Sacrificio. Y vosotras, amadas hijas, el alma sacerdotal, para poder ejercer el sacerdocio espiritual, necesitan, -iba a decir más que nosotros porque nosotros tenemos un poder que Dios nos dio en la unción sacerdotal- no más que nosotros pero tanto como nosotros necesitáis de la Santísima Virgen. Necesitáis de ella porque si no tenéis esos sentimientos de Madre como María, si no lleváis el celo, el fervor, el desinterés en el servicio divino que Ella tuvo por la Gloria de Dios y salvación de las almas, entonces no podréis ser almas sacerdotales ni celebrar esa misa espiritual. Y si no celebráis la misa, ¿cómo vais a comprar gracias para las almas, para los sacerdotes? Ya os dije que existe una simpatía muy grande entre las almas que tienen la misma vocación pa[108]ra atraerse gracias mutuamente; que el alma sacerdotal, el alma apostólica se comprende con el alma sacerdotal y con el alma apostólica; el alma que ha descubierto los secretos de la unión con Dios, que vive su vida mística, se comprende también con esas almas. Y si vosotras queréis alcanzar, como debéis hacerlo, gracias especiales para los sacerdotes, entonces, amadas hijas, tenéis almas sacerdotales. Pero antes debe haberse verificado una especie de consagración también de vuestro sacerdocio, la cual tiene que hacerse en donde fue consagrado el Sacerdote Eterno: el Corazón Inmaculado de María. A nosotros nos ordenan en distintos lugares, pero vuestra unción ha escogido el mejor de los templos, el santuario más puro. ¡Allí es donde debe verificarse vuestra consagración! ¡Cuánta delicadeza del alma se necesita, amadas hijas, para poder cumplir esa misión! Son poderes muy grandes los que Dios nos ha comunicado; nos asombramos de que Dios haya podido conceder tales gracias a los hombres! Son las cosas tan serias, que no se concibe cómo el hombre pueda muchas veces desperdiciarlas y perderlas o hacerlas estériles en el campo de las almas. Nos pasmamos de admiración ante la Sagrada Eucaristía, el don de Jesús; pero igualmente deberíamos llenarnos de esa admiración ante el sacerdocio que prolonga en la tierra la presencia de Jesús. Jesús que enseña, que perdona, que compadece, que 63


consuela, que se sacrifica. Jesús, en una palabra, que le da gloria a su Padre. ¿Qué cosa es el Sacerdocio? Se preguntaba Sor Isabel de la Trinidad. Y decía: “el sacerdote es el hombre que con Jesús glorifica al Padre Celestial”. Así es, pero esa gloria, amadas hijas, vos[109]otras la podéis, la debéis compartir; esa misión dulcísima del sacerdote debe ser también vuestra misión. Debéis ser en la tierra glorificadoras del Padre Celestial con Jesús; glorificadoras del Padre como fue la Virgen Santísima, que ciertamente no fue Sacerdote, pero fue la Madre del sacerdote Eterno y la Madre de todos los sacerdotes; lleva en su Corazón la ternura de todos los sacerdotes y el celo de todos los sacerdotes; lleva en su alma y en su Corazón el celo por la gloria divida; es, en una palabra, el alma madre, que lleva como en germen y más que en germen, desarrolladas, todas esas cualidades y virtudes del sacerdote. Decíamos antes, que es propio del sacerdote dar Dios a las almas y llevar las almas a Dios. Entonces, amadas hijas, debemos cumplir con esta misión: llevar en nuestras manos la Hostia que se ofrece al Pare Celestial y por Ella, por ese medio, entrar en la intimidad con Dios; luego dar esa Hostia a las almas, darla en comunión, darla y darnos nosotros, ya que no formamos sino una sola hostia con la Hostia de nuestro sacrificio. Pero darse a las almas requiere perfecta caridad; ofrecerse a Dios en holocausto con la hostia santa implica la perfecta caridad, es decir, el perfecto amor de Dios. “Ninguno tiene más caridad que aquel que da la vida por el amado”. Y cuando estamos ofreciendo la Hostia divina, estamos ofreciendo la vida de Cristo y nuestra propia vida; cuando estamos dando a las almas la Hostia santa, les damos a Cristo y también nos damos nosotros. Ojalá, amadas hijas, que siempre recordáramos estas cosas. Así, en las horas de tristeza, de abatimiento, de dolor, que Dios permite a lo largo de nuestra vida, encontraremos un estímulo. Cuando queremos dejarnos llevar de la violencia porque las almas nos están exigiendo nuestro tiempo, nuestros trabajos y desvelos, entonces recordemos que somos almas sacerdotales, que nos debemos a todos, que somos hostia de todos, que las almas tienen derecho a comulgarnos, que tienen de[110]recho a nuestros sacrificios y cuidados porque nosotros queremos continuar la obra de Cristo, Sacerdote Eterno, y El se dio todo, se dio siempre. Jesús rechazó la hipocresía únicamente, pero a las almas humildes, sencillas, siempre las recibió con un inmenso amor. ¡Qué grande estímulo, repito, para el desempeño de nuestra misión sacerdotal, pensar en el sacrificio de Cristo, pensar en la forma en que la Santísima Virgen practicó ese sacerdocio espiritual. Entonces, amadas hijas, estaréis perfectamente preparadas, en cuanto es posible a la humana naturaleza, para todas las misiones, para todas las obras, para todas las comisiones que Dios Nuestro Señor os quiera dar; pero sobre todo la misión de las misiones, la de glorificar a nuestro Padre que está en los cielos; hacerlo conocer, hacerlo amar. Cuando Jesucristo iba a terminar su misión sobre la tierra, con un grande júbilo 64


de su Espíritu pudo decirle al Padre: “He consumado la obra que me encomendaste, he dado a conocer tu nombre a los hombres”… Así también deberíamos nosotros en el último día de nuestra vida, decirle a ese Padre amado: “Te hemos glorificado sobre la tierra, hemos cumplido la obra que nos fue encomendada.” Entonces ya no tendremos más que esperar aquella corona de gloria que dice el Apóstol San Pablo, corona de justicia; porque Dios, en su infinita bondad, quiso ser El mismo nuestra recompensa. Preparemos cada día más y más nuestro sacerdocio. Ya seguiremos estudiando, pues éste es el tema de los ejercicios, las distintas formas en que podremos cumplir perfectamente nuestra vocación; las distintas formas en que podréis practicar vuestro sacerdocio espiritual, para que seáis verdaderamente glorificadoras de Dios [111] y salvadoras de la almas. ASÍ SEA.

La fe (112) Miércoles 21 de Feb. 9 a.m. Muy amadas hijas en Cristo Nuestro Señor: Veremos ahora algunas de las virtudes sacerdotales que si bien es cierto deben tener especial aplicación tratándose del sacerdote, guardada la proporción debida, se exigen también a las almas sacerdotales, deben informar el espíritu sacerdotal de vuestra santa vocación. En primer lugar deben brillar en el sacerdote las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad; debe brillar más que la virtud misma, el espíritu de la virtud, es decir, la perfección de la virtud. Así, hablaremos del espíritu de fe, del espíritu de esperanza, del espíritu de caridad, y en general del espíritu de cada una de las virtudes. En primer lugar la fe. La fe, amadas hijas, es el fundamento de todo el edificio espiritual; sin la fe quedaríamos completamente separados del cielo, separados del orden sobrenatural y espiritual. La fe es la que nos hace conocer a Dios, por la fe creemos en Dios, por la fe esperamos en Dios, por la fe amamos a Dios. Es la fe entonces, el fundamento de todo el edificio espiritual. ¡Qué don tan grande éste de la fe! Fe viva, fe ardiente, que nos hace contemplar a Dios como El es, independientemente de nuestro criterio probado, personal, que pudiera ser un criterio muy corto y muy imperfecto. Por la fe, nosotros abarcamos a Dios en to[112]da su grandeza, como El es. En el cielo habremos de contemplarlo cara a cara, pero mientras seamos viadores, mientras estemos en este mundo necesitamos vivir de fe. “Mi justo vivirá de fe”, dijo el Señor. Nosotros creemos en Dios, creemos en los misterios que la fe nos propone, y todo esto lo hacemos porque Dios mismo ha hablado a la humanidad. Dios se ha revelado primero por los profetas, después por Jesucristo Nuestro Señor; el Hijo de Dios hecho Hombre nos ha hablado y nosotros creemos esa palabra porque Dios, 65


siendo la perfección misma, no puede engañarse ni engañarnos. Pero decimos que la fe es un don de Dios; la fe no se nos debe. Bien pudiéramos no tener fe como muchos no la tienen; sin embargo la misericordia de Dios nos dio esa fe, nos la infundió en el Bautismo. Allí está el primer don en el Bautismo; al recibir la gracia, recibamos al mismo tiempo las virtudes infusas de fe, esperanza, caridad, los dones del Espíritu Santo y todo ese cortejo tan grande de virtudes que nos han de poner en aptitud de tratar con Dios, de tratar las cosas de Dios, y de transmitir a otras almas esas enseñanzas. Llevamos ya ese germen que se irá desarrollando, según el beneplácito divino y la correspondencia de nuestras almas; pero la base de todo es la fe. Quitad la fe, amadas hijas, y desaparecerá completamente todo el orden sobrenatural, porque si nosotros no creemos en Dios y negamos sus perfecciones, negamos cualquiera de las virtudes fundamentales de nuestra fe; entonces estamos derribando todo el edificio de nuestra espiritualidad. En cambio, si nosotros aceptamos esos principios básicos y creemos en Dios como El es, creemos en sus atributos, en su eternidad, en [113] su bondad, en su misericordia, entonces tenemos la base inconmovible en que debe sentarse ese edificio espiritual. Nuestra fe es razonable, no nos presenta nada que sea contrario a la razón y por eso la razón y la fe van de la mano para glorificar a Dios Nuestro Señor. La razón sola no llegaría a abarcar a Dios como El es, pero la razón y la fe van siempre unidas. Debemos vivir de fe. Si sabemos que Dios existe, que es misericordioso, grande, omnipotente; si sabemos que ese Dios que tiene todas esas cualidades, es nuestro Padre y nosotros sus hijos; si sabemos que el Padre Celestial quiso darnos a su Verbo divino como la muestra más grande de su amor, y que entramos a formar parte de la familia divina porque somos hijos del Padre, hermanos del Verbo porque vivimos en su amistad y en unión íntima con el Espíritu Santo; si sabemos todas estas cosas, amadas hijas, tenemos allí el fundamento de todo lo que se nos ha de pedir. Si creemos en Dios como es, entonces tenemos obligación de esperar en Él. Nosotros tendemos a nuestra felicidad, esa felicidad sólo la encontraremos en Dios: como El es misericordioso y bueno, esperamos en la posesión de esa felicidad, contando con los auxilios divinos que el mismo Dios nos ha de proporcionar y estando en la posesión de Dios, no podremos menos de amarlo. Allí está también la base de la caridad. Pero os decía al principio, que a nosotros no se nos pide una virtud ordinaria, sino la perfección, el espíritu de esa virtud que debe invadirlo todo. Espíritu de fe en nuestras relaciones con Dios, en nuestras relaciones con el prójimo, en el trato con las almas, en la conducta que hemos de seguir con nosotros mismos. [114] En primer lugar, un espíritu de fe muy grande en nuestras relaciones con Dios. La fe precisamente excluye lo sensible; nosotros creemos porque Dios lo ha revelado, 66


Dios lo ha dicho; no creemos porque sentimos. El fundamento de nuestra fe no está en nuestra opinión o en la de otra persona por respetable que sea; el fundamento de nuestra fe está en Dios. Dios lo ha dicho, lo ha revelado, lo ha manifestado y nosotros por eso creemos. Vendrán para el alma las grandes pruebas de la fe, la purificación en esa virtud total, como vendrán también en la esperanza y en la cariad; pero el alma permanece firme: “fortis in fide”… fuerte en la fe, como dice el Apóstol San Pablo. Que no sentimos nada… que hay muchas cosas que vienen a desconcertarnos, a poner en duda nuestra fe, ¿por qué ciertos acontecimientos en la historia, en nuestra propia vida, por qué tales cosas? Por encima de todo está nuestra fe: CREEMOS EN DIOS, en su bondad, en su misericordia. A pesar de todos esos golpes y pruebas a que se ve sujeta nuestra fe, a pesar de nuestras caídas, de nuestras miserias, no se disminuye en nada lo que la fe nos dice a este respecto: Dios es caridad, Dios me ama, Dios me creó por amor; Dios no falta en su providencia con las criaturas; de manera que a pesar de que El me haya permitido mis caídas, yo tengo fe en que El me dará todos los medios para poderme levantar; tengo fe viva de que mis miserias servirán para que El saque su gloria; a pesar de mí EL SACARÁ SU GLORIA. Tengo fe en la misericordia de Dios y esa fe me hace levantarme; es la base de la esperanza porque si no tuviéramos fe, no podríamos esperar; nadie espera en una cosa que no existe. Entonces, a pesar de las oscuridades de nuestro espíritu, nosotros sabemos que Dios existe, que aun [115] cuando no lo sintamos, allí está su divina presencia en nuestra alma. Es un misterio de fe esa divina presencia, así como es un misterio de fe su presencia en el adorable Sacramento del amor. “Mysterium fidei…” misterio de fe, expresamente lo llamó Jesús; y quiso que a través de nuestra vida fuéramos guiados por la fe, porque es el obsequio más grande que podemos ofrecerle y se lo ofrecemos porque creemos en su palabra. Jesús vino a la tierra y nos demostró con su vida que era el Enviado de Dios y que en el cielo tenemos un Padre; que su venida fue la manifestación más grande del amor del Padre para la humanidad. Al mismo tiempo nos demostró su amor muriendo por nosotros; nos demostró cómo sabía amar y nos dio a su Espíritu divino que ha sostenido y aumentado nuestra fe, a tal grado, que por esa fe han muerto millares y millares de almas. Por conservarla, por aumentar esa fe, las almas se han sacrificado. Si Dios se manifiesta a través de la fe en la inmensidad de su amor, las criaturas también han respondido en la inmensidad de su amor por la fe. Cuando nosotros vivimos de fe, vivimos en la hermosa realidad; si vivimos de cosas sensibles, podrán ser ilusiones, porque ¿Quién me dice que mi sentimiento me manifestará un alto grado de amor? En cambio, si a pesar de las oscuridades de mi vida sigo adelante, entonces estaré mostrando al Señor mi fidelidad porque no hay satisfacciones humanas, no hay motivos humanos que nos alejen de Dios Nuestro Señor y de la práctica de nuestra fe. 67


El único motivo que existe es nuestra fe y precisamente ella nos quiere llevar a Dios. Por eso nos purifica. Cuando creemos en Dios, ciertamente lo hacemos basándonos en su palabra; pero también lo hacemos porque El de tal manera toca nuestras almas, que nos invade a veces por el gozo del espíritu, porque contemplamos en la naturaleza [116] la obra de sus manos, porque encontramos la bondad en las criaturas y esa bondad nos hace pensar en Dios. ¡Ah, amadas hijas! Pero precisamente porque Dios quiere que nuestra fe sea pura y está basada sólo en El, por eso la purifica, y ¿qué hace? Agregar todas aquellas luces que nos hacen ver a Dios. Aquellos cielos que en otro tiempo pregonaban para nosotros la gloria de Dios, hay un momento en que no nos dicen nada; las criaturas en que encontrábamos semejanzas divinas, son para nosotros completamente indiferentes. No hay nada en lo humano que nos haga pensar en Dios. Y sin embargo lo seguimos, ¿por qué? Porque creemos, llegamos a este convencimiento: sólo Dios es bueno. ¡Ah! Cuándo de veras sentimos esto y lo vivimos: SOLO DIOS ES BUENO, entonces, amadas hijas, hemos purificado completamente nuestra fe; ya no hay escoria, no se ha mezclado lo humano ni la criatura. Lo amamos porque es infinitamente bueno y digno de ser amado. Esa es, amadas hijas, la purificación de la fe. El alma que debe subir a la alta unión con Dios, necesita ser purificada en sus virtudes y esa purificación de la fe es una de las más penosas para el alma. Fue aquella purificación de tantos años que llevó Santa Teresita del Niño Jesús y que como ella, han llevado tantos santos según el beneplácito divino. ¡Decir lo que quisiéramos creer, lo que quisiéramos sentir pero que no sentimos! Y sin embargo, ese acto que hacemos al decir estas palabras, es un acto de fe: Señor, yo te amo con todas mis fuerzas, con todo mi corazón, con toda mi alma… y no siento ese amor; mi alma está sumergida en las tinieblas y en la sobra; en la oscuridad más grande… [117] Ese acto de amor es un acto de amor puro, expresa un sentimiento que se tiene, que se quiere tener, únicamente por motivos de fe. “Señor, yo sé que Tú existes, que eres infinitamente bueno y digno de ser amado y yo te quiero amar porque eres digno de ese amor; no experimento el amor, pero allí está mi voluntad, mi espíritu de fe sobreponiéndose a todo… Y porque creo en Ti, oh Señor, por eso he abrazado esta vida de sacrificio, porque quiero rendirte ese obsequio”… ¡Cuántas veces, amadas hijas, a lo largo de nuestra vida, en esas pruebas que a nadie le faltan, en las tribulaciones y dificultades, cuantas veces le hemos dicho a nuestro Señor esas palabras: ¡Señor, sólo por Ti! Es la fe la que nos las hace decir. Indudablemente que es la caridad, el amor, pero han tenido antes como base la fe. ¿Por qué estamos allí? Porque creemos. ¿Por qué seguimos sirviendo a Dios a pesar de nuestros sacrificios? Porque creemos. Porque nuestra fe nos tiene íntimamente adheridos a Dios Nuestro Señor y porque sabemos que es bueno y no ha de faltar a nuestra alma. 68


¿Quién como el sacerdote tiene que ser alma de fe, si precisamente a él le toca difundir esa fe, llevarla por todas partes, propagarla, conservarla, aumentarla? Tiene que ser ante todo el hombre de fe. Imposible dar lo que no se tiene. Ese espíritu de fe lo hará triunfar de sus enemigos: “Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe”. Necesitamos tener una fe muy viva, muy grande, en Dios Nuestro Señor. Con oración humilde y confiada pidamos a Nuestro Señor que conserve la fe en nosotros, que no permita la perdamos, porque perderla sería la desgracia más grande que pueda venirle al hombre. [118] Sabemos que la fe es el don más grande. Se dice que después de la fe no hay para nosotros gracia mayor que la vocación sacerdotal; se considera la fe como el primer don; y claro, porque sin fe ¿de qué nos serviría nuestro sacerdocio? Supongan que recibiéramos las gracias sacerdotales, sin fe serían para nuestra ruina y condenación, porque no sabríamos hacer uso de ellas. Y si alguna vez se diera el caso de que un alma sacerdotal perdiera la fe, tendríamos allí la mayor de las desgracias. Debemos pedir ese espíritu de fe que nos haga entusiastas, que nos haga esperar contra toda esperanza, que nos haga estar fuertes siempre, bien cimentados en nuestra santa vocación a pesar de todo. ¡Yo creo! Creo a pesar de mis miserias, a pesar de mis pecados! Pequé Señor, pero no negué… yo creo! Que esa fe nos levante, nos salve y nos haga ser de veras almas sacerdotales que repartan el alimento espiritual a otras almas; que esa fe nos dé vida abundante. Con toda la fuerza de nuestro amor, amadas hijas, pidámosle a Dios Nuestro Señor en coloquio íntimo, que nos alcance esta virtud fundamental para el sacerdote y para todas las otras almas, la virtud de la Fe.

Espíritu de Fe. (119) Miércoles 21 de Feb. 3 p.m. Muy amadas hijas en Cristo nuestro Señor: Siendo muy importante la materia de que nos ocupamos esta mañana, quiero que sigamos todavía hablando más acerca de ella, acerca del espíritu [119] de fe. Ese espíritu de fe que debemos tener en nuestras relaciones con Dios, y que debemos tener para con nosotros mismos, así como para nuestros prójimos. En nuestras relaciones con Dios nos ayuda a mantener el espíritu de fe en nuestras almas la piedad para con Dios, o sea el amor filial, confiado, que corresponde a aquel sentimiento que debemos tener de la paternidad divina. Espíritu de fe que debe llevarnos a una gran confianza en nuestra oración; pero al mismo tiempo, que nos impone deberes para con Dios, porque si es cierto que ese Dios es bueno, es Padre infinitamente misericordioso, también es cierto que es Dios y que como Dios y como Padre, merece gran veneración y respeto de nuestra parte. No aquel temor servil que se manifiesta a veces ante los poderosos de la tierra, 69


sino el amor respetuoso, humilde, del que reconoce la soberanía de Dios y su grandeza. Si nosotros tuviéramos un gran espíritu de fe, indudablemente, amadas hijas, que se dejaría ver a través de todos los actos de nuestra vida. Hay una multitud de pequeños detalles en nuestro trato con Dios, sobre todo exteriormente, que revelan o la ausencia del espíritu de fe, o un profundo espíritu de fe. En la oración, por ejemplo, tenemos desde luego como una señal del espíritu de fe, el respeto. A Dios se le debe respeto, mucha confianza, intimidad, pero respeto al mismo tiempo. Si pasando delante del Sagrario, por ejemplo, no hacemos la genuflexión o la hacemos mal hecha, ¿Qué indica esto? Ausencia del espíritu de fe; en ese momento no tenemos presente que es Dios a quien debemos venerar y que se encuentra frente a nosotros. El que está sin respeto en la casa de Dios, [120] platicando sin necesidad, ocupado en cosas que no son propias de ese lugar, etc., ¿no indica también carencia de espíritu de fe? Sobre todo a nosotros los sacerdotes se nos exige un gran espíritu de fe, especialmente en la celebración del Santo Sacrificio de la Misa, porque si nuestra actitud no fuera la del que se siente delante de la majestad de Dios, tratando las cosas tan serias y tan santas que se realizan en el altar, entonces juzgarían los fieles que no tenemos fe en aquello que estamos haciendo; y cuantas veces esa actitud descuidada es causa de positivo alejamiento de los que no creen, porque dicen: “Si tuvieran fe, deberían obrar de otra manera”. Si nosotros, amadas hijas, no únicamente por la fe, sino sensiblemente, contempláramos en el Santo Sacrificio del altar a Jesús y lo contempláramos en el esplendor de su gloria y rodeado como está de millares de ángeles, ¡con cuanta reverencia y amor al mismo tiempo nos postraríamos delante de El! ¡Cuanta reverencia tendríamos para todos los actos del culto, hasta esas cosas al parecer pequeñas, insignificantes: la manera de hacer las genuflexiones, las inclinaciones, la actitud misma al hacer oración. Todo esto indica el espíritu de fe, o la ausencia de ese espíritu en el alma. Pues si estas cosas se les exigen en general a todos los fieles, vosotras comprenderéis fácilmente ¡con cuánta mayor razón se le tienen que exigir al sacerdote, a él que es el encargado oficialmente de tratar con Dios, de enseñar a las almas el modo de conducirse delante de Dios! Y por consecuencia, las almas sacerdotales que saben cuán obligadas están de honrar a Nuestro Señor y a rendirle ese culto que como almas sacerdotales le deben, debieran tener grandísimo respeto envuelto en un tierno amor. [121] Es precisamente este respeto mezclado con la confianza, lo que forma esa hermosa virtud del pudor espiritual, por la que el alma siente gran confianza a Dios Nuestro Señor y al mismo tiempo como cierta pena o vergüenza de las gracias que El le concede. 70


Cuando un sacerdote lleva el santo Viático, se nota inmediatamente por su actitud de recogimiento, de respeto. Si camináramos siempre así en la presencia de Dios. cuánta modestia guardaríamos, porque la fe nos dice que el alma en gracia es el templo de la Santísima Trinidad y allí habitan el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, verdaderamente como en un sagrario, como en un templo. ¡Cuánto respeto le debemos a ese Dios que llevamos en nuestra alma! Nunca dejarlo solo, sino volver constantemente nuestro pensamiento a El, ofrecerle nuestros actos de amor. Esa es precisamente la diferencia que hay entre almas contemplativas y las que no lo son, aun cuando las dos estén en gracia; unas no tienen espíritu de fe, no saben apreciar aquel misterio de la habitación de Dios en ellas, pasan indiferentes; en cambio, el alma contemplativa realiza el misterio de la inhabitación de Dios en ella, tiene un gran espíritu de fe, se porta como si realmente estuviera en presencia de la Santísima Trinidad. ¡Cuánto respeto, cuánto amor en esas almas! Esa debe ser ordinariamente vuestra actitud amadas hijas, la actitud modesta, la actitud de unción que debe llevar el alma siempre poseída por Dios y envuelta siempre en esa presencia de Dios. La disipación y ciertas cosas que aun cuando no sean peligrosas están reñidas con esa modestia, deberíamos quitarlas inmediatamente, porque estarán acusando en nosotros la ausencia del espíritu de fe. La actitud de una persona que ora en espíritu de fe, es una hermosa predicación, a todos im[122]presiona; sentimos que algo grande está pasando en esa alma desde el momento en que toda su actitud es la de respeto y de amor. Os he dicho otras veces, amadas hijas, la impresión que me hizo nuestro Venerado Padre Fundador cuando lo conocí, precisamente celebrando el Sacrificio de la Misa. Recuerdo que al retirarme yo de aquel lugar en que Nuestro Padre había celebrado, pensé: ¡Que santo debe ser este sacerdote, cuando ha guardado esa actitud! Se sentía la presencia de Dios y al santo en la presencia de Dios se comprendía que no era autómata que estaba realizando actos inconscientes, sino actos a los que les daba vida, que realmente estaba tratando con un ser superior, desde el momento en que toda su actitud era de respeto, de amor, de veneración. Al elevar la Sagrada Hostia, se sentía (como él mismo acostumbraba decirnos para imitarlo), que elevaba una persona, no una cosa; y no tampoco una simple persona, sino un Dios, el Verbo Encarnado; de allí esa actitud respetuosa, un poco lenta, en la elevación de la Sagrada Hostia y el Cáliz. Si siempre, amadas hijas, guardáramos esa modestia que se llama religiosa porque la engendra sobre todo el pensamiento de Dios, ¡cuánto bien le haríamos a nuestra propia alma y a nuestros semejantes! En cambio cuando no somos así, escandalizamos y el escándalo, aparte de perjudicarnos a nosotros, lleva el mal a otras almas y somos responsables; así como el que edifica tiene el mérito del que es edificado, así el que desedifica, tiene la pena de 71


esa desedificación. ¡Lejos de vosotras, amadas hijas, almas sacerdotales, toda actitud, toda palabra, todo aque[123]llo que pueda desdecir de la gravedad religiosa, de la actitud del que se siente lleno de Dios! Es cierto que hay horas en que necesitamos manifestar nuestro regocijo, horas quizás de fuego; pero en todo eso debe haber siempre en el fondo una actitud modesta, una alegría hasta cierto punto modesta. Que en todo nuestro ser se note aquella divina modestia, digamos así, que aparecía en Nuestro Señor Jesucristo y que apareció siempre también en la Santísima Virgen María. Ella era muy amable, muy caritativa, escuchaba con mucha atención y amor a los que iban a visitarla, pero en el fondo mantenía siempre aquella hermosísima modestia que le ha hecho cautivar a tantas almas. Eso es lo que nos pide la fe en Dios: una comprensión de lo que en realidad somos, una nada que ha sido colmada de gracias por Dios, gracias especiales, de su misericordia infinita; vasos frágiles en los que han sido depositadas esas gracias, de tal manera que si fuéramos abandonados a nuestras propias fuerzas, nada sabríamos aprovechar. Por otra parte, el espíritu de fe debe llevarnos a un olvido de nosotros mismos, a la práctica de la perfecta humildad; pero como la humildad es la verdad, toda verdad viene de Dios y esa verdad debe recordarnos otra cosa que es muy consoladora: la gracia de Dios en nosotros está ordenada a nuestra santificación, todo lo podemos en Aquél que nos conforta. “Por la gracia de Dios soy lo que soy”… dice San Pablo. Si nosotros tuviéramos este espíritu de fe en lo que somos, nunca seríamos soberbios, vanidosos, nunca querríamos ocupar los primeros puestos, no los exigiríamos, si no exteriormente, por lo menos en nuestros deseos, en nuestro interior. Si tuviéramos ese espíritu de fe, por otra parte, en la obra de Dios en nosotros, entonces nunca le [124] daríamos lugar al desaliento, ni a la presunción ni a la desconfianza. Presunción no, porque nada somos; ni desconfianza porque sabemos que Dios nos ama, que es infinitamente misericordioso, que es Padre, que la gracia suya nos puede rehabilitar y hacer que recobremos todo lo perdido. Eso es, amadas hijas, lo que nosotros debemos hacer, ésa es la práctica del espíritu de fe en nuestra propia vida. Tratándose de nuestros prójimos, podemos considerarlos o como nuestros superiores, o como nuestros iguales, o en general, en el trato que debemos tener para con todas las almas; respeto con nuestros superiores, el espíritu de fe nos pide obediencia. Por eso decía nuestro Padre con frecuencia: “La obediencia supone espíritu de fe, el que no lo tiene no obedece bien, podrá obedecer en las grandes cosas, pero la obediencia perfecta en los detalles, en las cosas pequeñas, supone siempre espíritu de fe. El alma sabe que el superior, aun cuando no tenga grandes cualidades, siempre 72


es el representante de Dios y hace el acto de fe de obedecer a Dios en ellos. Por eso el que tiene este espíritu, no anda examinando a sus superiores para poderlos obedecer; obedece a todos sencillamente porque en todos ve a Dios Nuestro Señor que es el superior supremo de todas las almas, el Maestro único, al cual vemos en la persona de los que ocupan su lugar aquí en la tierra. Para con nuestros hermanos tenemos obligación de ser caritativos, considerarlos siempre como parte de nuestro mismo cuerpo, como hijos del mismo Padre que está en los cielos, como hermanos de Cristo Nuestro Señor, como hijos de la Santísima Virgen, como seres que han recibido gratuitamente del Señor las mismas gracias. [125] Así debemos ser para con nuestros hermanos y en general para las almas todas; el espíritu de fe nos pide celo para salvarlas, celo para llevarlas a Dios. Mas como en esta parte el espíritu de fe está ya muy ligado con la práctica de otras virtudes, especialmente la caridad, veremos después con más detenimiento algo acerca de esta hermosa virtud teologal, la caridad, y cómo influye también en ella poderosamente el espíritu de fe para hacerle dar sus más sazonados frutos. Veamos, amadas hijas, si tenemos ese espíritu de fe, hagamos un examen para la enmienda de nuestra vida. Examinemos nuestra persona, cuál es nuestra actitud delante de Dios y en general, porque en todas partes está Dios presente; cuál ha sido nuestra modestia religiosa, en qué espíritu hemos tratado a nuestros hermanos, etc., y ofrezcamos que todas las faltas que encontremos en esto, las remediaremos y sacaremos un propósito firme de vivir toda nuestra vida como el que vive en la presencia de Dios ASÍ SEA.

Esperanza y Caridad. (126) Miércoles 21 Feb. 5 p.m. Muy amadas hijas en Cristo Nuestro Señor: El Dios que conocemos por la fe, lo hacemos el objeto de nuestra felicidad, y en la fe misma, en los socorros de ese Dios tan bueno, encontramos el motivo de nuestra esperanza. En la medida de nuestra fe es nuestra esperanza; el sacerdote, y en general el alma sacerdotal, debe ser siempre el alma de grandes esperanzas. “In Te Domine, speravi, non confundar in aeternum”… En Ti he esperado y no seré confundido eternamente. Nadie se arrepentirá de haber tenido confianza en Dios. Debemos ser los predicadores de la confianza en Dios. Esa virtud teolo[126]gal se nos infunde también en el Bautismo, juntamente con la fe y la caridad, pero el alma que debe tener el espíritu de esperanza, es decir la esperanza perfecta, tiene que sufrir por parte de Dios Nuestro señor también purificaciones en la esperanza, porque es cierto que nosotros ponemos como base de nuestra esperanza esos auxilios sobrenaturales de Dios Nuestro Señor; pero también los ponemos en los instrumentos de que Dios se vale para llevarnos a El, esperamos en las criaturas, en nuestros amigos y bienhechores. A veces esa esperanza no es toda sobrenatural, sino que tiene un aspecto 73


humano, y como Dios nos quiere con la pureza plena, quiere que sólo descansemos en Él, entonces nos prueba, nos purifica y nos retira aquellos apoyos humanos en que habíamos confiado demasiado. Entonces perdemos la estimación de las criaturas; Dios permite que aquellos en los que habíamos puesto nuestra esperanza, no sean lo que en realidad esperábamos de ellos. Cuando nosotros, prescindiendo de todos esos medios, dejemos incólume nuestra esperanza, únicamente porque confiamos en Dios, y aun cuando nos parezca que El mismo nos retira sus gracias y sus dones, seguimos esperando, esa esperanza permanece firme. Así podrá el Señor probarnos con toda clase de penas exteriores e interiores, sabemos que Él es bueno, y por un motivo completamente sobrenatural, nos mantenemos en la esperanza. El alma que más conoce a Dios tiene más motivos fe fundar su esperanza; la fe viva de que hablamos antes, nos da también una base para la esperanza cierta, una esperanza que no se ve nunca defraudada. Pero con la fe y la esperanza, se nos infunde [127] también el amor, la caridad, y esta virtud es la reina de todas; todas están al servicio de la caridad. El conocimiento que tenemos de Dios por la fe, nos lleva a la esperanza; la esperanza nos lleva a la posesión de Dios, es decir a la caridad, a la amistad con Dios. El coronamiento de la esperanza es precisamente la posesión de Dios; la caridad, por la que nosotros somos amigos de Dios, por la que se establece esa corriente entre Dios y el alma, en la que Dios comunica al alma su amor y el alma devuelve amor y saca de su corazón todo el amor que es posible sacar y le rinde todo el homenaje de su alma y potencias y sentidos; entonces se tiene por parte de la criatura, la caridad perfecta. Esa caridad, dijo Jesús, tiene una manifestación en el dar la vida por el amado. Cuando nosotros no con puras palabras, sino cuando estas palabras traducen la más hermosa realidad, damos de veras todo nuestro ser, entonces le estamos probando nuestro amor, nuestra caridad. Y ese amor de Dios nos lleva a la inmolación de todas las cosas que no sea Dios. Si el alma se siente verdaderamente herida por el amor divino, si ha gustado un poco la suavidad de ese amor, entonces está dispuestas a sacrificar todo y obra con la energía de aquel que esta determinado a darle a su amado todas las pruebas necesarias para mostrarle la grandeza de su amor. Aquí en la tierra vemos cosas sorprendentes entre los seres que se aman; verdaderos sacrificios, como los que realiza una madre por sus hijos; pero todas estas cosas son superadas por la caridad que el Espíritu Santo infunde en nuestras almas y que nos hace ponernos por encima de todas las criaturas, pisar todos los amores de la tierra [128] para plantar en nuestra alma, triunfante, el amor a Cristo Nuestro Señor. El sacerdote ha recibido precisamente la misión de procurar la gloria de Dios y esa gloria tiene que dársele por el conocimiento y por el amor. Necesita estar empapado del conocimiento de Dios y del amor, para poder llevar 74


la gloria de Dios por todas partes. Cuando Dios encuentra ese amor en las almas, pone toda su confianza en ellas. Pero como ese amor, amadas hijas, que nosotros tenemos a Dios, esa caridad, puede también mezclarse con algo que no sea puramente sobrenatural, amarlo no solamente por ser quien es, sino porque sentimos alegría, nuestro rostro se enciende y nadamos en el gozo del espíritu, y esas cosas no son Dios, por eso también El hace la purificación del amor sustrayendo todo lo sensible. “Voy a saber si me amas por Mí o amas mis consuelos... esas alegrías del espíritu, esas satisfacciones que encuentras en amarme; voy a saber qué te hará sufrir más, si hacer las cosas o no hacerlas...” Y entonces vienen las purificaciones de la caridad, que están encima de todas las otras; esas purificaciones que vienen del Espíritu Santo y que tratan de establecer en nuestras almas el verdadero amor, amor puro, desinteresado, que sobreviva a todas las pruebas, y permanezca triunfante en medio de las desolaciones de nuestro espíritu, de las oscuridades de nuestra alma; esas purificaciones que nos hacen decir, aun sin sentirlo: “Te amo con todo mi corazón, con todas mis fuerzas, con toda mi alma y te seguiré amando todo los días de mi vida, aunque nunca luzca para mí el sol de tu divina Faz y seas siempre para mí el Dios escondido, no el Dios de los consuelos. Yo te segui[129]ré amando... y como el amor se manifiesta en las obras, seguiré diciéndote que te amo en mis obras y seguiré haciéndote amar de otras corazones...” ¡Ah, ése es el verdadero amor, amadas hijas! Por eso cuando Dios Nuestro Señor nos manda esas pruebas que nos parecen muy grandes y que tal vez sólo sean como pruebas iniciales, como sondeos del Espíritu Santo en nuestra alma, para otras pruebas mayores que nos reserva, no debemos desalentarnos porque entonces sabemos que el amor infinito está probándonos y esas pruebas quieren decir que Dios está dispuesto a llevarnos al amor puro; el amor se prueba por parte de nuestro Señor en esa forma. Pues ese amor, esa caridad que está por encima de todas las cosas y no se basa en los consuelos sino que persiste a pesar de la carencia de ellos, es el que le da gloria a Dios Nuestro Señor; es por lo que llamamos la perfecta caridad, dar la vida por el amado. Y ¡cuántas veces se le da cuando el alma es atormentada por esa clase de dolores! Porque si El no interviniera, esa clase de penas arrancaría la vida, así es que llevándolas con amor, estaríamos demostrando que le hemos dado todo los que tenemos. ¿Qué más podemos dar que los consuelos de nuestra vida? Cuando renunciamos a todo eso por amor a Nuestro Señor, entonces le damos la prueba más grande; ¡ni siquiera poder tener la satisfacción legítima de disfrutar de sus gracias sensibles cuando El es nuestro único bien! Todo eso lo inmolamos al divino beneplácito, amadas hijas, pero las almas que llegan a esta altura, son pocas; la mayoría siempre anda buscando afectos sensibles, necesita estar llena de lo sensible y sucede que esas almas buscan lo sensible en la criatura, en el pecado. Es claro que no darán su medida, no podrán ser sacerdotales, porque [130] no tienen para Dios la perfecta caridad que es la que puede hacerlas entregarse también desinteresadamente por las almas. 75


Pero si el alma ha llegado a ese grado de prescindir de los consuelos por amor a Dios Nuestro Señor, ¿cómo no va poder sacrificar los consuelos humanos? Si yo me resuelvo a vivir como si Dios no me amara ¿qué me importa todo lo demás? Una madre que se acostumbra a vivir sin el amor de su hijo ¿qué le importa si le dicen que la criada no la quiere? Esto es una comparación, amadas hijas... El alma que se acostumbra a vivir en el amor puro, puede decirse dueña del mundo; y ésa es la hora bendita que Dios Nuestro Señor espera para poder dar a estas almas el gobierno de otras muchas, de esa pléyade de almas que debe alimentarse con su amor y su sacrificio. Entonces ya las almas no son un peligro para aquella que ha recibido la vocación sacerdotal. Imagínense qué haríamos nosotros los sacerdotes si en cada alma que encontramos pusiéramos nuestro amor, natural se entiende, porque sobrenatural sí es nuestro deber darlo a cada alma; sencillamente no podríamos ser sacerdotes, quedaría completamente nulificado el sacerdocio. No hay nada tan pesado como esos grillos que quiere imponer el amor humano que no es sobrenatural sino, egoísta, reconcentrado, exclusivista, que todo lo quiere para sí. Ese es enemigo mortal de las almas sacerdotales. Necesitamos esta libertad de espíritu, que todos se sientan deudores para nosotros y nosotros para todos. Y que todos se sientan con derecho a recurrir a nosotros y a encontrar en nuestras almas lo que necesiten. [131] Entonces podremos dar almas a Nuestro Señor, y enseñar cómo se ama, cuando hemos recorrido ese camino. Porque si yo digo: “Despréndanse de las criaturas”... y me ven a mí bien prendido con ellas, ¿qué eficacia puede tener mi celo? Las virtudes no se improvisan, tienen que irse adquiriendo en la repetición de los actos, y las virtudes perfectas sobre todo, son el fruto de la caridad del Espíritu Santo para nuestras almas y de nuestra correspondencia a esa caridad. Debéis amar a Dios sobre todas la cosas, con caridad perfecta; amar a las almas por amor a Dios, subordinando el amor de las almas al de Dios; de otra manera no podréis ser almas sacerdotales, o si queréis lo seréis, pero no rindiendo todo lo que puede rendir un alma. Como una persona que haya recibido ciertos caudales y no trabaja mucho, se le acabarán, pero no se muere de hambre, y por eso nunca acrecienta su caudal. Así también nuestras almas puede ser que hagan algún bien, pero no será aquello a lo que Dios las había destinado, y la verdad es que tratándose del amor, debemos procurar llevarlo hasta el último grado de perfección; amar a Dios nuestro Señor con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas; darnos sin medida. Si se trata de servir a nuestros hermanos, también practicar la perfecta caridad, darnos a ellos para darlos a Dios. Esa es la perfecta caridad que se inmola por las almas, que es paciente, que todo lo espera, todo lo sufre. Esa es la caridad que nos hará ver en todas las almas las imágenes de Dios y amarlas porque Dios las ama; el amor de Dios y el amor del prójimo se relacionan uno con otro. Si amamos mucho a Dios, tenemos que amar mucho a 76


[132] las almas y viceversa. Es cierto, amadas hijas, que el sacerdote recibió ante todo la misión de llevar las almas a Dios, de enseñarles la verdad y encender en ellas el fuego del verdadero amor; pero también es cierto que se ha dado a otras almas un gran poder para llevar las almas de los sacerdotes a Dios, para santificar más y más con sus oraciones y hacer que rindan el ciento por uno. Aquel maestro de la vida espiritual, el hombre del renunciamiento y oración, San Juan de la Cruz, compuso uno de sus más hermosos cánticos espirituales después de una conversación que tuvo con una de las carmelitas. Quiere decir que esa alma comunicó más a Dios a San Juan de la Cruz; aquella conversación lo elevó hasta el grado de hacerlo escribir algo hermosísimo que era una plegaria ardiente al amor divino. Esa será vuestra misión, amadas hijas, no precisamente llevar las almas a Dios conversando con los hombres; gracias a Dios para hacer el bien y enfervorizar, no necesitamos hablar. El Espíritu Santo por su gracia hace que, como una corriente impetuosa, desde nuestra alma vaya difundiéndose por todas partes las gracias que han de llevar al fervor y a la santidad a otras almas. Pero ocultas o no, según la voluntad divina, vuestra misión es enfervorizar a las almas y alcanzar sobre todo esas gracias de santidad plena para los sacerdotes. Vuestra misión sacerdotal para con Dios, es amarlo sobre todas las cosas, para con los sacerdotes, alcanzarles gracias de perfección con vuestras oraciones y sacrificios y dar gracias a nuestro Señor por haberles concedido ese [133] don tan grande del sacerdocio; para con las almas, llevándolas también a Dios, enseñándoles el camino del bien, el camino de la cruz que es el que en forma más breve lleva a la unión con Dios. Naturalmente que antes debéis practicar vosotras todas estas cosas; a veces el noviciado espiritual de las almas es de muchos años; otras veces muy breve porque en poco tiempo caminan mucho, su correspondencia a la gracia las hace volar. En este noviciado no es como en el de la vida religiosa que solamente se les admite a los quince años. Aquí desde el primer momento en que el individuo puede darse cuanta de sus actos, el Bautismo es el principio. Ojalá que vosotras pudierais volar en ese camino, amadas hijas. Todo el tiempo que caminéis será preciosísimo ya que le daréis inmensa gloria a Dios Nuestro Señor. Dice San Juan de la Cruz que un solo acto de amor de un alma así unida a Dios, vale más que todas las cosas creadas. Y luego, todo el bien que se hace a las otras almas, está en relación de la unión con Dios; quiere decir que estamos explotando una mina de oro purísimo a favor de las almas. De no ser así, viviremos en la vulgaridad, sin hacer nada o casi nada, en esa como languidez como esas plantitas que se llenan de ciertos insectos, esperando el día en que Dios las convierta sin hacer ellas esfuerzo ninguno para convertirse.

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Lo más triste es que se acaba la vida y se presentan delante de Nuestro Señor con las manos vacías o con una cosecha muy miserable; no practicaron la perfecta caridad por falta de valor, por cobardía, por comodísimo, por andar buscando siempre sus propias satisfacciones, por [134] amor propio: “Yo haría tales o cuales sacrificios pero... nó... pos siempre... pos sí... pero nó...” Y como Dios Nuestro Señor no está obligado a esperar, hay un momento en que dice: “Quédate con todo y corre la suerte que corren todos los que siguen esos caminos...” El infierno no está vacío, tiene muchas almas; Santa Teresa dice que en una visión contempló como caían las almas al infierno y a ella misma Nuestro Señor le mostró el lugar que le estaba preparado si no se enfervorizaba. Y si no es el infierno, está el purgatorio que es también una gran pena; y suponiendo que no hubiera ni uno ni otro, sería muy triste ser infieles al amor que Dios nos tiene. Aquí estoy hablando a vosotras, almas que Dios llamó, que escogió, que tienen esta vocación sacerdotal; esta vocación, que yo me atrevo a decir, es especial entre las vocaciones. De manera que es indudable que a vosotras os exige esa caridad, y si le vais a ofrecer medianías, no queda satisfecho. Necesitáis daros plenamente, estregaros con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma al amor divino y a la práctica de las virtudes; porque el Espíritu Santo, para santificarnos, quiere que practiquemos todas las virtudes, primero las teologales, después las otras, en general que seamos dóciles a todas sus mociones. Sólo alcanzaremos esto con generosidad y espíritu de sacrificio. Por eso debemos resolvernos a abrazar la cruz que Dios nos mande y mortificarnos todos los días de nuestra vida, para poder alcanzar esa perfección. No basta un día, es preciso todos los [135] días y en todas las cosas; no se nos acabarán las fuerzas, Dios nos da amor y el amor nos dará nuevas fuerzas. Por otra parte, Dios ayuda a las almas generosas, y os aseguro que sufren más las almas perezosas que las generosas, porque el generoso tiene el consuelo del Espíritu Santo y el otro no. Así pues, amadas hijas, procurad una gran caridad, que se conozca en el amor puro de Dios Nuestro Señor, en el desprendimiento de las criaturas; y luego, ya en vuestro trato con las almas, no vayáis a ser interesadas, todo sobrenatural, todo por amor a Dios. Entonces verdaderamente estaréis en vuestra vocación, estaréis trabajando y Dios estará contento de vosotras. Aunque no tengáis la perfección toda en un día, irá aumentando poco a poco; esto entra en los planes de Dios. El estará contento si cumplimos con nuestro deber: ninguno más sagrado y hermoso que ése de amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestros prójimos como a nosotros mismos por amor de Dios. ASÍ SEA.

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La Humildad (136) Jueves 22 de Feb. 9 a.m. Muy amadas hijas en Cristo Nuestro Señor: Después de haber estudiado someramente las virtudes teologales que de un modo especial deben resplandecer en el alma sacerdotal, veremos ahora algunas otras virtudes necesarias para que estas almas sacerdotales puedan cumplir su misión de dar gloria a Dios, de hacerlo conocer y amar, y salvar a las almas. En primer lugar, la humildad; consiste esta virtud en colocarnos siempre y en todas circunstan[136]cias, en el campo de la verdad. La verdad que nos hará comprender por una parte la grandeza de Dios; por otra parte la necesaria dependencia de las criaturas para con su Creador. El gran principio enunciado por San Pablo es la base de la humildad. ¿Qué tenéis que no hayáis recibido, y si lo recibisteis, por qué os gloriáis como si no lo hubierais recibido? El hombre, después del pecado de origen que fue un pecado de soberbia, quedó con una tendencia a ensoberbecerse. El demonio, que pecó también de soberbia, tienta a las almas especialmente por la soberbia, queriéndonos dar un lugar que no nos corresponde, haciéndonos creer que merecemos puestos que de ninguna manera nos son debidos, y sobre todo haciéndonos creer que Dios está obligado para con nosotros, que somos acreedores a todas las gracias, que podemos levantarnos con estas gracias... que podemos ser, por esa independencia y esos dones, como dioses; no como en realidad es por la unión con Dios y por la práctica de las virtudes, sino con aquel espíritu de soberbia con que Satanás les ofreció a nuestros primeros padres que serían como dioses teniendo la ciencia del bien y del mal. La soberbia todo lo quiere, está por encima de todos y busca la alabanzas y los honores y aparecer y brillar; se cree siempre suficiente, despreciando a los otros. Estudiando estas cosas, se comprende más fácilmente lo que es la humildad. La humildad nos está gritando siempre muy fuertemente: “Ponte en tu lugar, ocupa tu lugar, conócete a ti mismo... mira quién eres. ¿Te diste tú mismo la existencia? ... eres criatura de Dios, dependes de Dios, a El le debes todo”... A veces el alma que ha recibido muchas gra[137]cias, también se envanece con aquellas y Dios nuestro señor la castiga, la humilla, quitándoselas, poniéndola en su lugar para que vea que de sí misma no tiene nada. Dice San Agustín: “Hemos visto caer los cedros del Líbano, almas cargadas de gracias, pero que no tuvieron un suficiente fondo y cimiento sólido de humildad...” Por eso cuando Dios nuestro Señor nos quiere conceder sus dones, comienza por humillarnos y conociendo la fragilidad de nuestras almas, muchas veces nos oculta las gracias más grandes que hemos recibido. No quiere que las conozcamos y en esto nos hace un favor, porque tal vez nos levantaríamos con ellas. Pues un alma que va por ese camino, que ni siquiera se le ocurre que pudiera recibir ciertas gracias, no tiene peligro de envanecerse con ellas. Si yo no me imagino 79


que tengo posibilidad de llegar a ser emperador del Japón, por ejemplo, absolutamente no tengo el menor peligro de la vanidad... A esas almas Dios Nuestro Señor las lleva por senderos ocultos y es un favor que les hace protegiendo así su humildad. El sacerdote, amadas hijas, no puede dudar que Dios le ha concedido gracias muy grandes. Desde luego, tiene su vocación, la misión que se le ha conferido; así pues, en ese sentido, nuestro camino no es oculto, es un camino público y conocido porque en todas partes se enseña la grandeza del sacerdocio. Quiere decir que el sacerdote sobre todo, debe tener ese fondo de humildad, para que a pesar de conocer las gracias que se le han concedido, no se vaya a levantar con ellas y a creerse suficiente; para que guarde con Nuestro Señor aquellas relaciones de dependencia amorosa que deben existir [138] entre el Creador y la criatura, entre la causa principal y la instrumental. Dios quiere salvar las almas por medio del sacerdote y naturalmente pone en sus manos todas las gracias necesarias; pero por eso mismo, necesita él mantenerse en una comunicación constante con el Señor, no querer obrar por sí mismo, y cuando obtenga triunfos de sus enemigos, no creer que se debieron a él sino a Dios. Tampoco creer que hay cosas superiores a sus fuerzas, porque la gracia de Dios todo lo puede. No cabe duda que el que se coloca en terreno de humildad, está en posesión de la paz porque es poseedor de la verdad. Si me dicen las almas que han recibido muchas luces y gracias por mi medio, muy bien, ellas mismas lo están diciendo: Dios les ha concedido gracias POR MI MEDIO. Entonces somos medios y es cierto que al medio también se le debe gratitud, pero relativa y sobretodo siempre relacionada con la causa principal. Así como cuando un mozo nos trae una buena noticia, de tanto gusto le damos una propina, aunque él ni sabe nada, pues trae un sobre cerrado. Así pasa con nosotros, de manera que sería muy ridículo que aquel mozo se pusiera a decir que a él se debe todo y lo ha hecho todo, cuando solamente desempeña su oficio mecánicamente. Ese es el papel, somos mediadores; el sacerdote es mediador; el alma sacerdotal, proporcionalmente, también es mediadora. Por eso Jesucristo no podía ser sacerdote sino como Hombre-Dios, porque solamente como Hombre podía ser mediador; como Dios, manda y dispone. [139] De manera que su sacerdocio pedía la Encarnación. La Santísima Virgen, modelo de la humildad después de Jesús que es padre de la humildad y del cual viene toda humildad, reconoció que la hizo grande el que es poderoso, pero lo relacionaba todo a El; por eso cantó: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se regocijó en Dios mi Salvador”. Todo era en Dios: a Dios alababa, en Dios se regocijaba y en Dios ponía su confianza para cumplir su misión. A nosotros nos cuesta mucho trabajo a veces hacer penitencia por nuestros pecados, por eso Jesús, aunque no debía nada, quiso expiarlos, quiso expiar nuestra soberbia y vino a la tierra a darnos ejemplo y a hacer por nosotros todo lo que no 80


queríamos hacer. A nosotros nos gustan los honores, El buscó la ignominia; amamos las riquezas, El escogió la pobreza; nosotros huimos de la expiación debida a nuestros pecados, El tomó sobre Sí, para expiarlos, los pecados de toda la humanidad, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte de cruz. El obediente es humilde; en cambio el soberbio no quiere obedecer. Fue lo que dijo Satanás: “Non serviam...”! Y estos prodigios que creemos ser nosotros, también decimos: “Non serviam... no serviré...” “¿Por qué? Que me sirvan todos los que puedan....”! Jesús, conociendo eso, dijo a sus discípulos: “Yo vine a servir”... se humilló haciéndose nuestro servidor, nuestro siervo. Vino a servir, no a ser servido. “Yo estoy en medio de vosotros para serviros”... Y se puso a lavar los pies a sus discípulos; y a todos los oficios bajos se prestaba con el fin de impresionarlos profundamente con el conocimiento de la humildad, porque los soberbios [140] no pueden recibir las gracias de Dios, y si las reciben, abusarán de ellas. No las saben usar, en este caso no se si diga mal pero me parece que más les valiera no haber recibido esas gracias. La oración sin la humildad no puede existir; la oración marca dependencia, orar quiere decir pedir. Nosotros nos dirigimos al que consideramos como nuestro Dios para pedirle, pero el soberbio no quiere pedir sino exigir, se presenta delante de Dios y dice: “Señor, yo te doy gracias porque no soy como los otros...” es decir, como oró el fariseo. En realidad, nuestro Señor le podía decir: “Lo que eres es un soberbio de primera clase...” Y como al soberbio lo que le conviene es ser humillado y puesto en su lugar, lo aplasta y le da su merecido. Fíjense, amadas hijas, como todas las veces que nosotros queremos levantarnos, nuestro Señor nos humilla. Creemos que ya tenemos el don de la palabra, que atraemos a las almas, y ¡de repente se acabaron todas esas cualidades magnéticas!... Un favor de Dios para decirnos: “Mira, esto eres...” Pero cuando somos verdaderamente humildes y nos ponemos en el campo de la verdad, entonces nadie nos puede conmover. Yo de mí nada soy ni puedo, pero confiando en Dios, en su nombre, hago milagros, es decir, El es quien los hace en mí. “Señor, yo soy un ignorante, no tengo el don de la palabra, de manera que Tú ayúdame... Tú dame tu gracia, pon en mis labios la palabra oportuna, Tú que conoces el lado débil de esas almas, dámelo a conocer...” Siempre buscando las luces de Dios, siem[141]pre acudiendo a El. El humilde tiene que depender de Dios: “Señor, ¿qué quieres que haga?...” Siempre vive en oración, para alabar, dar gracias, pedir y expiar. El soberbio, al contrario, no necesita hacer oración, para qué, si él lo puede todo... allá el otro tonto que vaya a hacer oración y a pedir, pero él no... él es amigo del general fulano y tiene gran influencia con personalidades; él no necesita dar gracias, par qué, las gracias se dan por favores recibidos, pero él no ha recibido favores de nadie, él protege a todo el mundo... ¿Expiar... reparar? ¡qué esperanza! ¿Por qué humillarse en esto?... 81


Díganme ustedes, amadas hijas, si no es verdaderamente repugnante un alma así, y si Dios Nuestro Señor las va a bendecir? La piedra de toque para conocer las almas, es la humildad. Por eso las que dicen que tienen revelaciones, visiones, etc., y no son humildes, seguro es el diablo el que les habla. El Espíritu Santo y el Verbo de Dios, cuando se comunican a las almas, les comunican humildad; a éstas que traen soberbia, será Satanás quien les habla; Satanás se complace es estas cosas, las ve vanidositas y se les mete luego luego... Esta regla de la humildad no falla nunca, amadas hijas,.. La humildad es la virtud que lleva el sello de Dios; el que no sea humilde, hay que desconfiar de él. Yo por mi desconfío de tales almas. La Santísima Virgen que fue la Madre de Dios y que recibió gracias como ninguna, es el modelo perfecto de la humildad. Ella lo dijo de plano: “Hizo en mí grandes cosas”... Yo soy la esclava del Señor, como su esclavita haré todo lo que me mande...” Y Dios respetó tanto el pudor espiritual de Maria, le encantó tanto, que le ayudó y la quiso ocultar. [142] ¿Dónde se dice que haya hecho milagros? Nadie nos dice que haya tenido éxtasis ni nada de esas cosas se consignan en la historia. Vivió oculta. ¡Figúrense si se hubiera podido concebir la vanidad en Ella! Y nosotros, siendo tan pobrecitos, ya andamos echando facha por alguna cosita insignificante que tenemos; un toquecito de unión con Dios ya lo queremos escribir en un pizarrón... eso es ridículo (por eso nos estamos riendo)... Estamos como aquel ranchero que se acusaba de vanidad: “¿De qué te envaneces pues?... le dijo el padre. “De que puedo escupir muy bien por un colmillo, padrecito...” Es ridículo, pero no sólo ridículo, sino también culpable. “Sólo a Dios todo el honor y la gloria”, nos dice la Iglesia; nosotros decimos que queremos la gloria de Dios, pero de hecho la andamos robando, somos ladrones porque estamos robando su gloria, nosotros decimos: “A mí la gloria...” Y fíjense cómo hay esa tendencia. Por eso nuestro Señor lo que hace es quitar todas esas ocasiones. En este estado, las almas que quieren ir por el camino de fe, son las que van por el camino más seguro. Dios puede seguir la conducta que quiera con ellas y si van siempre por el camino de la fe, no hay peligro de vanidad, no existe ese problema. Naturalmente nosotros no podemos marcar los caminos, pero si una de esas almas necesita humildad, la otra que va por camino luminoso, necesita más humildad todavía. De otra manera, no se puede hacer nada. [143] El sacerdote, el alma sacerdotal, están en muchas ocasiones de peligro respecto a esto. Por ejemplo, Dios nuestro Señor, por mi medio obra un milagro, curar un enfermo, etc., como pasa con frecuencia. Y yo pienso: “Pues mira, todo lo que ya puedo hacer...” Y me siento con derecho a que me digan: “Usted es esto, usted es lo otro...” Y no soy sino el mismo pedazo de carne con ojos que era... Lo que sabemos hacer es echarle a perder las cosas a nuestro Señor y ya es mucho pedirle que siquiera no 82


echemos a perder sus obras. Por eso, amadas hijas, hay que ser humildes y para ser humildes hay que buscar la humillación, porque hay mucho peligro en la adulación, en la alabanza. Por eso ni alaben ni busquen alabanza; cuando alaban a una persona, la ponen en peligro de aceptar un pensamiento de vanidad. Tampoco se anden humillando ustedes, porque no les toca; pero más bien busquen las cosas bajas, porque no son muy ambicionadas y no hay mucho peligro; aunque algunos buscan por orgullo lo último, para que digan: ¡Qué humilde es!... Nadie está exenta, ni las que parecen humildes, ni las que se creen. Además, todos somos impotentes, miserables; de manera que lo único que debemos hacer es dar gracias a Dios cuando nos concede algún favor y reconocer nuestra miseria; cuando caigamos en cualquier falta, pedir a Dios perdón y levantarse. Las virtudes son dones de Dios, se infunden con el Bautismo y el Espíritu Santo las va a ir perfeccionando con su gracia. Conserven estas ideas acerca de la humildad, amadas hijas, dando a Dios su lugar siempre. El sobre todas las cosas, y nosotros sus humildes siervos. ASÍ SEA. [144]

La Sencillez (145) Jueves 22 de Feb. 5 p.m. Muy amada hijas en Cristo Nuestro Señor: La contemplación de la grandeza de Dios, como vimos esta mañana, nos lleva naturalmente a la humildad, a una humildad de corazón, es decir a una humildad sencilla, porque dominan en el alma los sentimientos de gratitud, de amor de Dios, al ver lo que El es y lo que nosotros somos. Esta virtud de la humildad tiene una hija muy hermosa que es la SENCILLEZ. El acercamiento a Dios, no aleja a la criatura de Dios, como sería hasta cierto punto natural el suponer, dada la miseria humana, dada la pequeñez de la criatura; esto no pasa porque el alma humilde unida a Dios, lo ve grande, lo contempla inmenso y como una natural consecuencia, se siente niña, se siente pequeñita delante de aquella majestad. Si únicamente contemplara la grandeza de Dios y su propia pequeñez, pudiera ser que se sintiera alejada de El, pero al mismo tiempo que la mirada del alma descubre la grandeza de Dios, descubre su bondad y entonces lo ama; estudiándolo más, sabe, siente, que ese Dios tan grande y tan bueno se inclina hacia su alma pequeñita y la hace objeto de su amor, procura atraerla como atraemos nosotros a los niños cuando queremos tomarlos en nuestros brazos. Si queremos tomar un niño, primero le infundimos confianza procurando hacerle alguna caricia u ofreciéndole alguna cosa que sabemos le agrada; y así poco a poco el niño nos va teniendo confianza hasta que hay un momento en que ya no tiene inconveniente en pasar a nuestros bra[145]zos. En los primeros momentos recela, pero después, ante las caricias multiplicadas de la persona que lo lleva en sus brazos, acaba 83


por tenerle gran confianza y ya no se espera a que lo llamen; como le fue tan bien, como fue objeto de tantas caricias, de tanto amor y ternura, ya siempre que él ve a esta persona, la llama y le tiende los bracitos. Esto, amadas hijas, es lo que pasa al alma con Dios. ¿Cómo puede el alma dejar de ser sencilla, es decir, de volverse niña delante de Dios Nuestro Señor? Quien se siente en los brazos de Dios ya no se acuerda de su pequeñez sino para alegrarse de ella, porque sabe que precisamente por ser pequeño, el Señor lo ha llevado a su Corazón. Nosotros solamente a los niños les hacemos todas esas demostraciones que son, digamos así, la manifestación ordinaria del amor que nos inspira la inocencia, la simplicidad del niño. Pues Nuestro Señor también, solamente se acerca a las almas pequeñitas, a las almas de los niños, no precisamente niños por su edad, sino niños por su espíritu, por su confianza, por su sencillez. A esa simplicidad infinita de Dios, le gusta mucho encontrar en el hombre también la simplicidad y por esto el trato con Dios, el trato frecuente, íntimo, va llevando al alma cada vez más y más a esa sencillez en su modo de ser, a una simplificación especialmente en el trato con el mismo Dios. En los principios de la vida espiritual, el alma no es muy sencilla todavía; anda con muchos temores, temores que no nacen precisamente del amor, -aquella reverencia amorosa de que hablábamos, -aquella delicadeza de alma característica del [146] respeto que debemos a Dios-; nó, es un temor que yo diría servil hasta cierto punto, porque piensa: si yo soy tan mala, cómo me voy a acercar a Dios, sólo las almas buenas, santas, puras, yo no…. Esa santidad, aun cuando fuera real en el alma, produce el efecto de alejarla de Dios. Pero cuando va buscando la suavidad de Dios que se acomoda completamente a nuestro ser, adivina nuestros pensamientos y entra en nuestras modalidades; cuando no solamente se le estudia como grande y poderoso, sino como Padre, entonces el alma se siente también pequeñita; Dios se abaja a ella, como Cristo se hizo niño con los niños, todo para todos. Cuando se tiene más ejercicio en la divina unión, cuando nos vamos familiarizando más con una santa familiaridad, en el trato con Dios, viene un aumento de esa virtud de la sencillez, que es hija preciosa de la humildad. El alma sabe bien que ella no es nada, que Dios es todo; pero también sabe que Dios la ama y que todo su poder lo quiere emplear en atraerla hacia Él. Entonces el alma se acerca a Dios con sencillez, no tiene inconveniente en manifestarle todo lo que quiere, porque sabe a quién se lo dice. Cuando nosotros tratamos a una persona y encontramos esa docilidad en ella, no tenemos inconveniente en comunicarnos con ella. Así el alma, sabiendo que Dios la ama y que todo lo que le manifiesta es bien recibido por Dios, va adquiriendo cada día más y más confianza y sencillez en su modo de ser. Es muy agradable esta virtud a los ojos de Nuestro Señor; es hija de la humildad, se alimenta con la pureza, éste es como su alimento propio. De manera que el alma 84


sencilla siempre es pura, lleva esa esencia de pureza. [147] La sencillez se perfecciona también en el sacrificio y en general todas las cosas que nos desprenden de la criatura y nos acercan a Dios, nos ayudan a conservar y aumentar esa virtud divina de la sencillez. Dios busca el acercamiento a su criatura, Dios quiere ser para las almas el Dios Padre, el Dios amor; ya vemos cuánto empeño tomó Jesús en infundirle a la humanidad ese sentimiento de la paternidad divina y la filiación correspondiente en el hombre; quiso hacerse Jesús pequeñito, se mostró a la humanidad en Belén como un Niño, para provocar la confianza y atraernos. Nos perdona mil veces para provocar también en nosotros esos sentimientos de la paternidad que sabe perdonar; y Dios quiere que lo tratemos en ese plano de la confianza, del amor. ¿Cómo les gustarán más los hijos a sus padres? Yo me imagino que una de las razones por las que a veces dicen que siempre los quisieran ver niños, es por su pureza, por su candor y sencillez; porque cualquier cosa que tiene la dicen, nunca se andan deteniendo: “Mamá, tengo hambre… mamá tengo sed… mamá quiero jugar…” Todo lo que sienten lo dicen. En cambio cuando va creciendo el niño, se va metiendo poco a poco el respeto humano, ya no dice nada, se calla; la mamá piensa: este niño trae algo, quién sabe qué será. ¿Y por qué no lo había dicho? Tenía miedo que se le regañara, ya no hay sencillez, comienza a germinar en el alma el vicio contrario, la doblez, y esto naturalmente, causa pena. Los padres quisieran ver siempre esa sencillez, naturalidad y confianza en sus hijos. Pero me diréis que en algunos casos puede justificarse la desconfianza del niño, porque sus padres no sean lo que deben ser. Podría su[148]ceder, pero por parte de Dios no podemos suponer absolutamente ninguna imperfección. Entonces ese sentimiento de la bondad, de la paternidad divina, nos debe hacer recurrir siempre a El con la confianza del niño: “Señor, tengo necesidad de esto… Señor quisiera ser bueno…“ Cuando Dios da, se siente Padre, cuando Dios perdona, se siente Padre, cuando Dios redime se siente Padre y en nada goza tanto como en sentirse Padre. Se siente Padre haciendo uso de todos aquellos poderes que le da su paternidad; y entre todos esos poderes, yo os aseguro, amadas hijas, que no hay ninguno tan propio como el de amar. El Padre se muestra padre amando y propio del amor es perdonar, disculpar. Por otra parte, el amor tiende siempre a buscar la semejanza con el amado. Por eso el alma sencilla, con esa virtud que le infunde el Espíritu Santo, al ver tanta simplicidad en Dios, penetra más en Él y ve que todo es recto y se graba en ella un sentimiento profundo de amor a la sencillez y simplicidad; y naturalmente rechaza todo lo que sea doblez. Contempla a Dios como un globo de luz, e iluminada con esa misma luz divina, también refleja aquella mirada, aquella simplicidad. 85


Así pues, Dios se hace como uno de nosotros para llevarnos a la confianza, al abandono. ¿Con quién platican ustedes con mayor confianza y más a gusto, con una persona doble o con una sencilla? Pues claro que con una sencilla; se siente una fuerza irresistible hacia ella, no tememos manifestarle las cosas, hay un atractivo poderoso que nos hace ir hacia ella con especial confianza. Cuando se está aprendiendo un idioma, por ejemplo, es preferible platicar con los niños que [149] con las personas grandes; sabe uno que aunque diga disparates, el niño no lo criticará, en su sencillez no entran todavía esas críticas. Y en las otras cosas con mayor razón. Si un alma sencilla está llena de la ciencia de Dios y la comunica con la misma sencillez con la que recibe, da gratuitamente lo que gratuitamente recibe, entonces no queremos apartarnos de ella, con mucha confianza le abrimos nuestra alma; sabemos que su juicio será benévolo y al mismo tiempo os complacemos en escucharla. Yo no se, amadas hijas, cuál será vuestra opinión, vuestro gusto personal acerca de estas cosas; pero yo para mí, tengo como atractivo muy grande por las almas sencillas. Pues ese atractivo por la sencillez, existe en Dios como en nadie, porque Dios es la unidad misma, Dios es la simplicidad misma y por eso la ama como nadie la ama. Dicen que hay siempre una tendencia a buscar a los iguales, a los que piensan del mismo modo; yo creo que los que son muy tracaleros, andan buscando a los tracaleros; a las almas sencillas no las buscan porque piensan que son bobas. Hay simpatía natural. El que tiene mucha sencillez, tiene también simpatía muy grande para esa virtud. Ese atractivo, repito, existe en Dios como en ninguna de las criaturas. Dios es la misma sencillez y toda la fuerza de su atractivo como Dios, la afoca hacia la sencillez, a esa sencillez sobrenatural que viene de El mismo. Arroja su luz sobre un alma y encuentra el destello de lo que El es, y se establece aquella corriente de amor. Por eso Jesús llamaba a los niños: “Dejas los niños que se acerquen a Mí, porque de ellos es el reino de los cielos”… Los que no son sencillos, se quedan esperando la hora oportuna. El niño no. [150] Esas cosas, cuando no se juzga con el criterio del amor, parece hasta imprudencias. Los niños en una visita, por ejemplo, entran y piden lo que quieren; puede ser que la mamá les diga: espérate un poco… Dios no, El se encanta cuando lo amamos con la sencillez del niño. ¿Sabéis por qué? Sencillamente porque le recuerda el amor que le tuvo Jesús. Jesús tenía Corazón de niño y al mismo tiempo el corazón divino de un Dios. Grande como el Corazón de Dios, sencillo, encantador como el corazón de un niño. Y así dice todos los secretos a su Padre; aun aquellos gemidos inenarrables de Getsemaní, aquellas horas amarguísimas de la Cruz, aquello que para nosotros parece algo que envuelve una queja, era una manifestación, la más sencilla, de los sentimientos de su Corazón. En la Cruz estaba sufriendo y por eso hablaba a su Padre; en Getsemaní agonizaba y por eso descubre a su Padre su Corazón agonizante. En Belén, al sentirse 86


niño y pequeñito, le hablaba también a su Padre con los mismos sentimientos. Y estoy seguro de que al entrar Jesús en el cielo, con su Humanidad glorificada, también con la misma sencillez del niño, se arrojó en el seno amorosísimo de su Padre, le comunicó su gloria, su felicidad, su alegría al ver consumada la obra que le había encomendado; y desde entonces, desde que el Padre Celestial se oyó llamar “Padre” aquí en la tierra por unos labios humanos y divinos como los de Cristo; cuando sintió reflejado completamente su Ser en el alma inmaculada de María, desde entonces se ha gozado especialmente en tratar a las almas sencillas y puras, a las que tienen para El toda la confianza. Os decía en alguna ocasión, amadas hijas, que el amor mas grande de Dios Nuestro Señor, no es ése que nosotros creemos ordinariamente aquí en la [151] tierra, que se repite en palabras sonoras y frases estudiadas; es el amor sencillo, humilde, confiado, que tiende a esconderse, pero que se esconde precisamente por su misma sencillez; y que sin embargo no se aleja de Dios, al contrario, para Dios siempre esta presente. ¡Oh, amadas hijas! ¿Quién nos dará esa divina simplicidad? El mundo no la estima, no la conoce y por eso no ha comprendido a los santos. ¡Cuántas veces oí yo decir: “El Padre Félix es un niño”… pero no lo decían con el espíritu del que comprende la infancia espiritual, del que comprende al hombre simplificado en Dios. ¡Qué error tan grande! Esos a quienes juzga el mundo con un criterio tan torcido, ésos son los amados del Señor! Aquella simplicidad de Fray León, llamado por San Francisco de Asís la “ovejita de Dios”. Simplicidad de que tantos ejemplos nos dieron los padres del desierto… ¿Qué cosa hizo tan grande a Santa Teresita del Niño Jesús? Precisamente su pequeñez. Se hizo niña y trató a Dios verdaderamente con la confianza ilimitada y el amor de un niño. Por eso nunca la asustaron las alturas; no le preocuparon los abismos, porque sabía que iba en brazos de Dios, o como Ella decía: “sostenida bajo las alas del Águila divina”… Y así ascendía a todas las alturas sin que esto le produjese ningún vértigo, sentía completa la paz de Dios, la serenidad de Dios; se sentía en el seno de Dios. ¿No os parece, amadas hijas, que esta virtud debería ser característica del sacerdote que tiene que tratar a Dios y a las almas y que debe atraerlas con el atractivo de Dios? Yo estoy seguro de que tantas almas como se acercaron a nuestro Padre, lo hicieron precisamente porque descubrieron en el esa divina sencillez. Y si en el sacerdote y en las almas sacerdo[152]tales encargadas de llevar otras almas a Dios y con esa vocación especial a la perfección, se desarrolla ese espíritu de simplicidad divina, entonces atraerían plenamente las gracias de Dios. ¿Por qué dijo Jesús: “Si tu ojo es sencillo, si tu mirada es sencilla, todo tu cuerpo será luminoso?” Porque en la medida en que el alma es sencilla, se acerca a Dios que es la luz y entones esa luz divina irradia en el alma y por eso todo el ser espiritual del hombre queda bañado por la luz de Dios, se convierte en luz, es luminoso y es puro. Debemos ser sencillos, huir de toda doblez porque es hija de Satanás, él es el padre de la mentira, del engaño, del error, su tendencia es a ocultar las cosas. ¿Qué 87


fue lo primero que hizo después de pecar Adán, y qué fue los que hizo Eva? Se escondieron, el demonio los hizo dobles. Dios les preguntó: “¿Qué habéis hecho…? Y Adán le echa la culpa a Eva y Eva a Adán… La primera manifestación de la falta de sencillez. En ese caso, después de la caída, la sencillez hubiera pedido que confesaran su falta: “Señor… nos pasó una desgracia, te ofendimos… faltamos a tu precepto, perdónanos…” Pero quisieron engañar a Dios Nuestro Señor, llevaron esa doblez, porque las almas dobles muchas veces tratan hasta de engañar al mismo Dios, hasta allí llegan… ¡Ojalá, amadas hijas, que vuestras almas se enamoren de esta virtud divina de la sencillez! Todas las virtudes se infunden con la gracia en el Bautismo, se perfeccionan en la caridad, en la oración y sacrificio, en las gracias actuales que Dios Nuestro Señor quiere conceder; pero yo tengo para mí que una de las cosas que más perfecciona la sencillez en las almas sencillas, sobrenaturales, es el trato con Dios. Para mí no hay otra cosa, porque Dios es la simplicidad misma, la verdad misma, y [153] estando uno acostumbrado a tratar siempre con Dios en esa forma, por miserable que sea, va sufriendo esa transformación en Dios. Así como los que tratan a la gente doble acaban por hacerse dobles, comienzan por ser mentirosos, con mentiras de esas para pasar el rato, pero después faltan más en otras cosas, ya no se manifiestan como son, ya tienen muchas recámaras en su alma. …“A ver muéstrenme su alma,” “Pues sí padre, cómo no…” Sacan una llave y abren un departamento y las otras seis recámaras bien cerradas… El alma sencilla no es así, no tiene recámaras, es como un vaso de agua cristalina: “Aquí estoy, tal cual, con esto y con lo demás y se acabó…” Se necesita mucha humildad, naturalmente, por eso es hija de la humildad esta sencillez. “No faltaba más… yo por qué le voy a decir a usted mis cosas…” Claro que estoy hablando en el supuesto de lo que se debe decir, porque sencillez no es imprudencia, no es manifestarnos sin ton ni son, sino cuando debemos. ¿Quién tenía derecho a saber las cosas que habían pasado en Adán y Eva? Pues Dios, en primer lugar. Y por eso Dios les preguntó: “¿Qué habéis hecho? Ellos comenzaron con disculpas; pero el alma sencilla, cuando tiene la desgracia de faltar, dice las cosas como son y ya. Este es el espíritu más a propósito para llegar a la santidad; únicamente se necesita un director que sepa encauzar el alma porque pudiera ser que alguien culpablemente perjudicara a tales almas, abusando de su espíritu de sencillez; son casos raros y los responsables serían los que procedieran así; por eso Nuestro Señor dice: “Sed sencillos como la paloma y prudentes como la serpiente…” La prudencia regula todas la virtudes; por tanto debemos pedirle mucho a nuestro Señor esa virtud, tanto para nosotros, como para aquellos [154] a los que nos manifestamos, porque si yo con sencillez abro mi alma a otra alma y ésta abusa de esa confianza, explota mi sencillez, entonces puede ser que cause en mí inmediatamente un retraimiento completo, un alejamiento que siembre la desconfianza y dejaré de ser niño para convertirme en un hombre malicioso que sospecha. El sacerdote, por su vocación, tiene que tratar las almas y ser confidente de las 88


almas, y algunas irán con más dobleces que una pieza de manta, pero otras con la sencillez del niño; si el sacerdote no sabe hacer uso de aquella sencillez, sino al contrario provoca en el alma la doblez, es un verdadero escándalo; a ésos verdaderamente podían aplicárseles aquellas palabras de nuestro Señor: “Más os valiera que os colgaran una piedra de molino y os arrojaran al mar, que escandalizar a los pequeños”… Por eso nosotros los sacerdotes y las almas sacerdotales, tenemos que ser muy delicados para tratar a las almas; ya el Espíritu Santo nos dará luz para conocer cuál es sencillez natural, cuál es adquirida, sobrenatural, cuál es hipocresía. Porque Dios nos da como un instinto sobrenatural para juzgar de esa perla preciosa que es la sencillez en el alma, y así poder perfeccionarla. Nuestro Padre, en sus últimos años, en la medida en que estaba más unido a Dios, se iba haciendo más como niño, y lo mismo sucede en todos los santos; expresan sus sentimientos con mucha naturalidad. Es que entonces participan ya de la simplicidad divina, se han fundado perfectamente en la humildad y saben que lo que las almas buscan en ellos y encuentran en ellos, es a Dios y a Dios es a quien se ama y se admira en ellos. Por [155] eso no se preocupen si les hacen demostraciones de afecto. Pero hay que llegar a una gran intimidad con Dios, porque de otra manera caeremos en un grave peligro; no hay que quemar las etapas, hay que ir primero a lo primero, segundo a lo segundo y tercero a lo tercero. ¿Cómo haré yo para ser sencillo? Luchando contra el defecto contrario, si ya no soy doble, soy sencillo. Ese tema es hermosísimo, amadas hijas; lástima que no haya tiempo ni sea yo capaz de desarrollarlo, pero es, precioso, porque la sencillez aplicada a la oración, a nuestra comunicación con Dios, es encantadora. Imagínense ustedes a un niño, un niño consciente hablándole a Dios con toda la ternura de su alma. ¿No es algo precioso? Y no solamente en la oración sino en todo, en los sacrificios, hacerlos con sencillez, no quedar queriendo quemar incienso por cada disciplina que tomamos y por cosas que no son más que lo que debemos hacer. Sencillez en la obediencia, sencillez hasta para ir a la muerte como Jesús. Que viene la muerte, que ya es hora de morir, ¿qué tenemos que hacer? Nada, pues morirnos y nada más… Por eso San Luis Gonzaga cuando le dijeron que si venía la muerte que haría, porque estaba jugando; “pues seguir jugando”… Después, entrar al cielo y todo con la misma sencillez. La sencillez se alimenta de la pureza: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”. La pureza le da ese atractivo al alma, cada grado de pureza es un grado de unión con Dios, y cada grado de unión con Dios es un grado de purificación. Mientras más de acerca el alma al amor divino, es más perfecta. Os decía que hay otro alimento de la sencillez, o sea el sacrificio, porque en cualquier forma que sea, nos purifica y la pureza nos une a [156] Dios y la unión trae para nosotros la simplicidad. Por eso cuando el alma conoce mas a Dios y ve la hermosura y la pureza de Dios, no sé que quisiera hacer para quedar completamente pura; es como una persona que tiene educación, le da pena asistir a donde hay 89


personas de respeto, con un traje que no es apropiado. Así también cuando el alma a los ojos de Dios se siente con imperfecciones, tiene sed de sacrificios porque es lo que la ha de purificar; y en la medida del sacrificio es la pureza, y en la medida de la pureza es la unión con Dios. Esta época que trae el reinado de la pureza en el mundo, viene predicando las dos grandes fuentes de pureza: la cruz y el Espíritu Santo. Si pasáramos siempre por el sacrificio y por el renunciamiento, nuestras almas ya no tendrían nada que les estorbase llegar a Dios; al morir, si llega a las puertas del purgatorio, dirán: “Yo no tengo que hacer aquí, este lugar es para pagar deudas y yo no tengo ninguna, mi alma está purificada; de manera que ¡al cielo!… ¡Si ya traían el cielo desde la tierra… si el alma se conservó siempre pura! Imagínense, amadas hijas, cuanta gloria puede dar a Dios Nuestro Señor, cuánto bien puede hacer a las almas, un sacerdote con todas estas virtudes. Y las almas sacerdotales que tienen que copiar al sacerdote…! Por eso les digo esto. No estoy dando ejercicios al clero, pero sí a vuestras almas sacerdotales que deben tener los sentimientos del Corazón de Cristo, es decir los del sacerdote, porque proporcionalmente, todas las almas tienen que entrar por esas virtudes para llegar a esta perfección. Sería hermoso contemplar esta virtud de la [157] sencillez en el alma Inmaculada de María que fue el modelo de hija de Dios, que participó toda su vida de aquel espíritu de infancia, que se entendió tan bien con Jesús. En Belén se encontraron esas almas de niños, el alma Inmaculada de María y el alma de Jesús; la Virgen Santísima, rica en todas las gracias, preparada por el Espíritu Santo, y el alma santísima de Jesús. María amaba a Jesús con aquel amor maternal que partía de un alma sencilla; y Jesús le contestaba en la misma forma; y en aquella escena se complacía el Padre Celestial, porque todo ese perfume de amor sencillo y santo, no era más que el reflejo del amor que el Padre tenía a su Hijo y si el Hijo amaba a su Padre con esa divina simplicidad, el Padre amaba al Hijo con la misma divina simplicidad, era un Padre con Corazón de niño, un Hijo con Corazón de niño, una Madre con Corazón de niño. ¡por eso el reino de los cielos es el reino de los niños, de los que se hacen como niños por su sencillez y sus virtudes; “Si no os hacéis como niños, dijo Jesús, no estaréis en el reino de los cielos…” Es la virtud que yo pido para vosotras, amadas hijas, porque es la virtud que me encanta y es natural que tengamos que pedir para nuestros hijos los que nos gusta. Yo sé que las otras virtudes no pueden tener todo su brillo sin esta; me encanta la obediencia, me encanta la humildad, pero la perfecta humildad sólo la tienen las almas sencillas y así tienen relación estrecha todas las virtudes con la sencillez; a todas les da un tinte. Aun cuando sea hija de la humildad, la sencillez tiene sin embargo la misión de dar un rasgo de simpatía a todas las demás virtudes. Podrá ser que en algún caso exista la santidad en otra forma en que no brille esta sencillez. Está muy bien, que exista; pero yo no la quiero [158] ni para mí ni para mis hijas. Para mí el ideal es éste: que nos vayamos al pesebre a rodear al Hilo Jesús con las almas de niños, y que 90


copiemos la infancia de la Santísima Virgen así como todas las virtudes que Ella practicó. A los tres años se consagró a Dios, tenía toda la hermosura del amor infantil y nunca la perdió. De los tres a los setenta y tantos que vivió, conservó toda la hermosura se este amor. Nosotros a veces con la edad, nos vamos haciendo desconfiados y dobles. Ella no; yo les aseguro, amadas hijas, que nuestro Padre al morir, tenía la sencillez que tenía a los siete años, por virtud sobrenatural. Entonces pidámosle humildemente a Jesús que nos alcance esta virtud, que nos de la sencillez de la paloma, unida a la prudencia de la serpiente, para discernir el bien del mal y saber hacer uso de todas las gracias que Dios nos conceda, especialmente de ésa por la que viviremos en la tierra siendo siempre almas de niños, con todas las características del niño, y copiando así, aunque imperfectamente, las características que tuvo siempre el amor y el sacrificio en el Corazón del Niño Jesús. ASÍ SEA.

El Pecado (159) Viernes 23 de Feb. 9 a.m. Muy amadas hijas en Cristo Nuestro Señor: Hemos examinado algunas de las virtudes que deben adornar el alma sacerdotal, y en la imposibilidad de seguirlas meditando, por falta de tiempo, quiero que después de haber contemplado la hermosura del alma que corresponde a la gracia, del alma unida a Dios, veamos la inmensa desgracia que es apartarse de Dios; y ese alejamiento de Dios se tiene por el pecado. [159] Si el hombre es fiel a la ley, si guarda los mandamientos, si observa los consejos y pone de su parte todo lo que esta para que la gracia obre en él, entonces viene como consecuencia natural la perfección del alma, su santificación; esa santificación no es algo que nosotros podemos querer o no querer; es algo obligatorio para nuestras almas. “La voluntad de Dios –dice San Pablo– es que seáis santos”. Entonces debemos ser santos y para serlo, necesitamos guardar la ley, seguir los consejos evangélicos, ser dóciles a todas las mociones de la gracia, en una palabra, corresponder fielmente a la gracia de Dios. Pero el alma con frecuencia se aparta de Dios por el pecado. Hay dos clases de pecado, como sabéis, el pecado mortal, del que se dice que da muerte al alma, en el sentido de que la priva de la gracia que es la vida del alma; y el pecado venial, que no quita esa vida de Dios en el alma, pero que la hace raquítica, la disminuye y puede ser causa de que, repitiéndose frecuentemente esas faltas, el alma llegue a la falta grave y por lo mismo a verse privada de la vida divina que en ella lleva. Dios quiere nuestra santificación, para esto nos creó, nos dio todos los medios, nos dio la vocación; para eso tantos sacrificios y oraciones que se ofrecen por nosotros, y aun cuando nadie los ofreciera, Jesús sufrió por nosotros; de manera que no podemos alegar que faltan oraciones a favor de nuestra alma, que no hay quien se sacrifique por nosotros, porque aparte de que si hay muchas almas que se sacrifican, tenemos el sacrificio de Jesús que dio su vida precisamente por nosotros. 91


Hemos visto las delicadezas del amor divino, cómo nos sigue y nos busca con sus dones; pero el alma puede resistir y de hecho resiste a la gracia, y al resistir peca, no guarda los mandamientos del Señor, no guarda su ley, se subleva contra estas [160] divinas disposiciones; en vez de acercarse a Dios por la gracia, se aparta de El y se convierte a la criatura. En eso consiste precisamente el pecado: le hacemos a Dios Nuestro Señor el insulto, la ofensa de posponerlo a las criaturas, de manera que prácticamente decimos: “Señor, yo no te quiero, o mi amor para Ti no es tan grande que alcance a sacrificar las cosas creadas por tu amor, yo prefiero las criaturas, los gustos sensibles de mi naturaleza; prefiero el Cariño humano, prefiero lo que mis sentidos me piden, a tu amor…” Ese es el desprecio que hacemos de lo divino. Por ningún motivo deberíamos despreciarlo, ya que Dios es el sumo Bien, en El no hay imperfección, es la base de nuestra felicidad, en Dios vivimos nos movemos y existimos, como dice San Pablo; entonces no tenemos ningún derecho para despreciarlo. Si El empleara su poder para atormentarnos, por ejemplo, si nos convirtiera en sus esclavos, quizá tuviéramos algún pretexto para volvernos contra El; pero si al contrario, todo lo ha hecho por nosotros y toda la fuerza de su poder la emplea en hacernos el bien, entonces cuando nos volvemos contra ese Ser a quien sólo bienes le debemos, somos unos ingratos; apartándonos de El, sabiendo que es el sumo Bien, nos hacemos acreedores al sumo mal y el sumo mal es el pecado, el alejamiento de Dios. Por eso el que se condena, no tiene derecho a reclamar nada; se le ofreció todo y con conocimiento de causa, sabiendo lo que Dios es, lo despreció y se colocó en el otro extremo, se privó de la gracia y se arrojó él mismo en el infierno. Hasta el último momento se le dijo: “Busca al Señor porque en El está tu felicidad, [161] arrepiéntete…” Jesús lo llama, la Santísima Virgen intercede por su alma, ofreciendo los méritos de Jesucristo y hasta el último momento el alma se rebela. Muchas veces el alma peca mortalmente, se aparta de Dios y vuelve a recobrar la gracia; vuelve a pecar y Dios le perdona de nuevo, y así se pasa la vida. Ya una vez que hubiera ofendido a Dios, era suficiente para dejar en el alma una amargura inmensa, era suficiente para llorar todos los días de la vida aquella desgracia de haber ofendido al amor, de haber ofendido a un Ser tan bueno, a un Padre a quien tanto le debemos. Y el pensamiento de su perdón y de su misericordia, aumentaría la pena de haberlo ofendido; si fuera malo y no fuera bueno, encontraríamos como cierta justificación; pero siendo todo bondad! Y después de nuestro pecado, perdonarnos, seguirnos dando su gracia! Son motivos que hacen que el alma se duela más de esa ofensa. El pecado va contra Dios; Dios no puede sufrir, pero no es indiferente al pecado y se hizo hombre para poder sufrir como nosotros, las ofensas de nuestros prójimos, de manera que la omnipotencia de Dios tomó ese Cuerpo para poder sufrir, tomó un corazón que iba a ser sensible a todas las ofensas o delicadezas del hombre. Jesucristo, a su paso por la tierra, sufrió todo el peso de la ingratitud humana de todos 92


los tiempos, a causa del pecado. El pecado tiene distinta malicia. Naturalmente, el que ha recibido mas gracias, el que tiene mas luz, el que ha sido puesto en un medio en que todo son gracias para él, está siendo más responsable delante de Dios Nuestro Señor y su pecado causa una pena más grande en el Corazón Divino de Jesús. ¿Por qué? Porque el mayor numero de gracias que el alma había recibido, estaba siendo un [162] testimonio del amor especial que Dios le tenía sin mérito alguno. Dios la escogió y le quiso comunicar todos esos dones y gracias que tiene como fuente el amor de Dios; todos viene de su amor hacia nosotros y entonces la ofensa que hacemos despreciándolos, es directamente una ofensa al amor de Dios, se desprecia el amor, es el amor el que recibe esa ofensa y siente el desprecio. No es lo material lo que causa la pena en el Corazón de Jesús, no, amadas hijas; nosotros tampoco juzgamos por lo material las ofensas que se nos hacen; si una persona nos hiere, no es precisamente el dolor físico que nos causa esa herida, sino el hecho mismo, el desprecio al amor que le tenemos. Así pasa también, relativamente, a Dios Nuestro Señor. Si tan grave es el pecado en cualquier alma creyente, vosotras comprenderéis la malicia enorme y la gravedad del pecado en el alma sacerdotal. “Porque si mi enemigo hubiera sido el que me maldijera, lo hubiera soportado… pero aquel que está conmigo, que come conmigo, que participa de mi mesa y toma del mismo plato que yo, aquél que yo distinguía con mi amor, se ha vuelto contra mí y no lo puedo soportar… “Si inimicus meus maledixisset mihi, sustinuissem útique…” Son esos pecados de las almas escogidas, de las almas sacerdotales, los que causan la pena más honda en el Corazón de Dios, de tal manera que ese amor despreciado que se convierte en el odio divino que creó el infierno, es el que también manda los azotes a la humanidad. Cuándo nos sentimos despreciados, entonces sentimos como una tendencia a llevar a otras almas los efectos de nuestro sentimiento, de nuestro amor especial. [163] Dios Nuestro Señor, que es la justicia infinita, no puede dejar sin castigo, sin expiación, esa clase de faltas, y por eso cuando es despreciado su amor por aquellas almas a quienes había distinguido con sus gracias, ¿qué hace? Buscar la expiación en otras almas, mandar los grandes castigos a la humanidad, muchas veces segando vidas, para reparar la ofensa. Es esto, amadas hijas, lo que explica los grandes castigos que a veces sufren las naciones colectivamente. Pero el amor divino no quedaría satisfecho únicamente segando vidas y mandando castigos; el amor divino busca una reparación que equivalga a la ofensa; y como ésta fue el desprecio al amor, entonces busca almas que reparen al amor. El Espíritu Santo busca esas almas, se infunde en ellas y les da amor tan grande, que sea capaz de reparar la ofensa. Por eso se inmolan voluntariamente y se ofrecen víctimas para aplacar a la justicia divina, para satisfacer el amor divino; la ofensa contra el amor se paga con el amor, con la correspondencia al amor. 93


Esas faltas de las almas sacerdotales, solamente pueden ser pagadas por almas sacerdotales, por aquellas que tienen la misma naturaleza del que ofendió al amor divino. Son estas almas las que se necesitan como hostias de holocausto para reparar. ¡Cuántas veces culpamos a nuestros enemigos, amadas hijas, de las desgracias que padecemos! Si pudiéramos escuchar la voz íntima de Jesús que nos dice: “No los culpes a ellos porque no son los que tú reputas como mis perseguidores; los que en realidad son causa de tus males, la mano que me hiere, que me ha ofendido y provocado mi cólera divina está entre mis amigos, viven conmigo y pasan a los ojos de los demás como amigos míos; pero son mis enemigos. Por eso me duele, porque ha sido un al[164]ma que hizo profesión de servirme, de buscar mi gloria, y me está traicionando”… Supongan ustedes, amadas hijas, que en estos momentos me vienen a notificar que voy a ser fusilado dentro de 24 horas y que ya en el momento me llega un aviso que me dice: “¿Sabes quién fue el que pidió tu muerte? Tu propio hijo…“Yo creo que esa pena era capaz de arrancar la vida antes que las balas de los asesinos. Pues eso es exactamente lo que pasa al Corazón divino de Jesús; son los suyos los que le causan las penas más hondas, los que desprecian su amor. No vienen los tiros mortales del alma que llamamos contraria; muchas veces esos pobres son ignorantes, no saben lo que hacen, para ellos Jesucristo pidió perdón en la Cruz: “Padre… perdónalos, porque no saben lo que hacen…!” Son turbas inconsistentes que no tuvieron principios, obran por la fuerza que les arrastra, andan buscando bienes materiales en todas esas cosas, no comprenden la grandeza del mal que hacen. No es por eso lo que Dios Nuestro Señor se irrita; es por nuestros pecados, por los de aquéllos que sí sabemos lo que hacemos y que habiendo conocido las gracias de Nuestro Señor, las despreciamos. Esa es la grande ofensa que exige reparación. Por eso nosotros, que queremos consolar el Corazón Divino de Jesús, nos queremos ofrecer como hostias por los que no le alaban; como hostias de satisfacción para dejarlo satisfecho por los que lo han ultrajado; amarlo por los que no lo aman, sufrir y reparar por los que no quieren reparar. Para esto toda nuestra vida, todo nuestro amor. [165] Estas almas no faltan en el campo de la Iglesia; hay instituciones que tienen esos fines de reparación. Y cuando nosotros hemos logrado consolar el Corazón de Jesús, aplacar la justa ira de nuestro Padre Celestial, entonces, amadas hijas, Dios Nuestro Señor nos contempla con gratitud, con ternura, porque hemos cicatrizado una herida que le estaba causando pena al Corazón de Jesús. Cuando nosotros tenemos un mal y se nos cura; ¡cuanta gratitud guardamos para la persona que nos ha curado! Y si el mal es moral, sentimos gratitud mayor. Así se explica en gran parte, esa como inclinación que las almas tienen para el sacerdote, cuya misión es curar tales heridas del alma. Pero cuando esa misma herida la lleva el Corazón de un Dios y nosotros, por su gracia, logramos curarla, entonces no hay nada que pueda decir lo que Él hará a favor de los que han sabido aliviar su Divino Corazón. 94


¡Que el pecado amadas hijas, esté muy lejos de vosotras, que no caigáis ni el pecado grave, ni en el venial deliberado, ni en nada que pueda ofender al amor! Y no solamente esto, sino que se encienda en vuestras almas un amor tan grande, que haga al Señor olvidar aquellas ofensas, y así con vuestra ternura, con vuestro amor y delicadeza, consolaréis el Corazón divino, lo haréis que no se acuerde mas de las ofensas de las almas. Esto es lo que yo deseo para vosotras, amadas hijas; con razón el alma ferviente dice: “Antes morir que pecar”… ¡Cómo no! Si me quitan la vida pero no peco, tango la vida eterna, tengo la certeza de ser poseedor del amor de Dios por toda la eternidad; pero si peco, entonces pierdo la vida divina de la gracia y he causado una pena inmen[166]sa al corazón de Dios; me he rebelado contra el amor infinito, he dado pruebas de que soy ingrato. ¡Es preferible la muerte! En el mundo muchas veces se quitan la vida por no sobrevivir a alguna pena o a alguna ofensa; pues nosotros, amadas hijas, ¿cómo podremos vivir tranquilos? Por eso ¡antes morir que pecar! Pero debemos vivir, vivir para expiar, para amar, para aprovechar el tiempo en darle a Dios el amor que no le habíamos dado; en expiar con nuestros sacrificios las faltas que cometimos. Y, vuelvo a decirlo: bastaría la menor ofensa para darnos tema y materia de dolor y de expiación todos los días de nuestra vida, ¡Qué será cuando nuestras ofensas se han multiplicado tanto! ¡Ojalá nunca hubiéramos pecado! Pero ¿quién es aquél que puede decir que no ha sido infiel en nada al amor divino? Y aunque eso fuera, otros han pecado y siendo hermanos nuestros, tenemos obligación de pagar por ellos. Cuando un hijo de familia comete una falta y no tiene con qué pagar lo que por ella debe, ¿a quien se le cobra? A su padre o a sus hermanos. Pues nosotros, siendo hermanos y en alguna manera padres de las almas, tenemos que pagar por ellas. Todo aquél que se ha convertido en alma sacerdotal, en jefe de otras muchas almas, esta obligado por propia vocación a pagar los pecados de ellas, los pecados de sus hijos. Generalmente a estas almas Dios les concede muchas gracias, las preserva del pecado, perfecciona su amor y su sensibilidad para el dolor, precisamente porque tienen que expiar por otros muchos. [167] El que no quiera sufrir y expiar, que no aspire tampoco a las dulzuras de la paternidad Si queremos ser padres de las almas, como almas sacerdotales, debemos sacrificarnos y acumular un amor inmenso que comprenda el amor de todos nuestros hijos. ¡”Señor, mis hijos te ofenden, pero yo te doy un amor superior!… Y queda reparada la ofensa de Dios, queda El satisfecho. De otra manera no quedaría. ¡Quisiera el Espíritu Santo darnos de veras una aversión muy grande al pecado, amadas hijas, un horror para la ofensa a Dios! ¡Quiera el Espíritu Santo hacernos almas delicadas de manera que no solamente no ofendamos a Dios, sino que expiemos las faltas que otros hayan hecho, ofendiendo el amor infinito! Esa es vuestra vocación, amadas hijas, ése es el espíritu que debe brillar en vosotras, como Misioneras Eucarísticas de la Santísima Trinidad. ASÍ SEA. 95


Glorificación de la Santísima Trinidad. (168) Viernes 23 de Febrero 3 p.m. Muy amadas hijas en Cristo Nuestro Señor: Por todo lo que hemos visto durante los santos ejercicios, podemos deducir fácilmente, que son dos amores los que deben predominar en el corazón del sacerdote: Dios y las almas. Dios y todo aquello que ha venido a unirse íntimamente a Dios en la obra de su glorificación. Y allí colocamos a la Santísima Virgen como un medio indispensable que Dios quiso escoger para obtener la gloria que su Hijo, el Verbo Encarnado, [168] el Supremo Sacerdote, el había de dar en la tierra. La Santísima Virgen entra en ese orden que llaman de la unión hipostática; San José también, según algunos teólogos, en alguna manera entra en ese mismo orden. Estas fueron las grandes figuras que Dios Nuestro Señor quiso asociar a la obre de su gloria. El sacerdote y el alma sacerdotal deben tener los mismos amores, las mismas tendencias del Corazón sacerdotal de Cristo; y Jesús, como Sacerdote, se dirigía ante todo a su Divino Padre; a El invocaba, a El suplicaba las gracias para los hombres, el perdón para la humanidad. Buscaba la gloria de ese Padre y todas las cosas las relacionaba con su Padre. Entonces el alma sacerdotal debe estar asimismo pendiente de la gloria del Padre Celestial, debe en su oración, tratar de conocer a ese Padre, debe desentrañar el sentido de la Sagrada Escritura, en la que con tanto afecto, con tanto amor y ternura, nos habla Jesús de su Divino Padre. “Pater, es quo omnia…” El Padre, de quien han venido todas las cosas, de quien todo procede… Es el principio de todas las cosas y debe ser el último fin de todas ellas. Pero cuando decimos que DIOS es el amor del sacerdote, no nos referimos únicamente al Divino Padre, porque juntamente con El, formando un solo Dios, encontramos al Espíritu Santo, a la Sabiduría eterna, a la Sabiduría Encarnada Cristo Jesús. Y a esta Divina Sabiduría debe adherirse íntimamente el sacerdote de manera que forme una sola cosa con Ella, forme parte de su mismo ser. [169] No serán dos distintos, serán una sola cosa por el amor; se realizará el deseo de Jesús: “Ut sint unum.” Ser una sola cosa para buscar la gloria del Divino Padre, para tratar con El acerca de la salvación de las almas. Un solo amor, un solo sacrificio, una sola gloria. En el momento solemne de la celebración de la Misa, el sacerdote dice aquellas palabras; “Este es mi Cuerpo; esta es mi Sangre”… Misterio de Unidad, unidad del sacerdote y de la Víctima santa, del sacerdote y de Jesús que se inmola y que al mismo tiempo es sacerdote y víctima. Nosotros debemos buscar a Jesús; debemos buscarlo en todas partes, como lo busca el Divino Padre, porque precisamente nosotros debemos glorificar al Padre en su 96


Hijo, ya que es y forma con El un solo Dios. El que conoce al Hijo, conoce al Padre. “El que me ve a Mí, ve a mi Padre”… dice Jesús. Nosotros queremos conocer al Padre. ¡Nos ha hablado Jesús tantas cosas de ese Padre amado, que verdaderamente deseamos conocerlo! Pues entonces no tenemos más que estudiar a Jesús; estudiarlo en su vida, en sus palabras, en el Evangelio, a la luz de la oración, a la luz del Espíritu Santo. Allí conoceremos a Jesús y en Él y por El conoceremos al Padre; en El y por El, le daremos gloria al Padre Celestial. Nosotros amadas hijas, tal vez con algo de inconsciencia, por lo menos acerca de la grandeza de lo que realizamos, nos dirigimos todos los días a nuestro Padre Celestial para decirle aquellas palabras que Jesús nos enseñó, a fin de invocarlo; pero lo que no vemos es la satisfacción que ese Padre siente al sentirse llamado e invocado por estas almas sacerdotales. En su plegaria escucha el Padre la plegaria de Jesús y en el sacrificio de estas almas, ve el sacrificio mismo de Jesús. [170] Nosotros debemos amar al Padre; amar al Hijo que es nuestro Sacerdote, el modelo de nuestro sacerdocio real o espiritual; debemos ver a Jesús en todas las cosas y toas las cosas en Jesús. Cristo todo y en todas las cosas; pero al mismo tiempo, nuestro amor debe ir a la tercera Divina Persona de la Santísima Trinidad; el sacerdote debe estar íntimamente unido al Espíritu Santo, en primer lugar porque forma un solo Dios con el Padre y con el Hijo, porque del Espíritu Santo nos viene toda la gracia, porque el Espíritu Santo, infundiéndonos la gracia, deja en nuestras almas las virtudes y los dones, y así nos proporciona todas las armas que necesitamos para defendernos de nuestros enemigos, para evitar el pecado y practicar la virtud. Sin el Espíritu Santo no podríamos ni siquiera pronunciar el nombre de nuestro Padre Celestial; sin el Espíritu Santo no podríamos transformarnos en Cristo y fácilmente seríamos vencidos por nuestros enemigos, porque solamente la gracia nos puede preservar del pecado. “Por la gracia de Dios soy lo que soy”… Recordemos esas palabras de San Pablo nuevamente. Hemos visto, amadas hijas, las exigencias del amor divino para nosotros; quizá nos parezcan muy graves, tanto que llegaríamos a desalentarnos creyendo imposible para una criatura como nosotros, poder realizar ese ideal de perfección. Y sin embargo Dios nuestro Señor ha dispuesto que nos sean concedidas todas las gracias necesarias para realizarlo. El encargado de comunicarlas es el Espíritu Santo; gracia santificante, gracias actuales que nos vienen en el momento en que las necesitamos; gracias actuales para poner en actividad en nosotros, ciertas virtudes. [171] Y sobretodo los dones del Espíritu Santo, que precisamente nos han sido dados para prepararnos a ser dóciles a sus mociones, porque si no estamos preparados para recibir la gracia en nuestra alma, entonces no aprovecharemos. La voz del Espíritu Santo es suave y dulce y se hace sentir con esa suavidad a las almas, Si nosotros no estamos preparados, no podremos recibir su influjo divino, y 97


para ser almas sacerdotales se necesita estar impregnados del amor al Espíritu Santo, porque es el autor del sacerdocio. Ya vimos cómo el Espíritu Santo ungió Sacerdote a Cristo en el seno virginal de María; cómo consagra al sacerdote el día de su ordenación; de allí le viene la fecundidad al sacerdote. Ya conocéis también cómo consagra, en alguna manera, a las almas sacerdotales, por esas gracias que les concede, de caridad, de sacrificio, de abnegación. El es el que las escoge y ya hemos visto también qué cosas tan grandes se exigen a las almas sacerdotales. Dios nos pide renunciarnos no un día ni dos, sino siempre. Dios nos llama a un amor sobre todas las cosas, para El y un amor sobrenatural para las almas. La caridad perfecta nos exige dar la vida por el amado, dar la vida por las almas. ¿Podríamos nosotros, amadas hijas, gobernados por nuestra propia razón y con las gracias ordinarias, llegar a eso? Claro que no; necesitamos que entre de lleno el Espíritu Santo a dirigir nuestra alma, gobernándonos, no ya al modo humano. Necesitamos vivir bajo el gobierno expreso, directo, del Espíritu Santo, movidos por El al modo divino, por lo tanto bajo el impulso de sus dones. Solamente así podremos realizar esas obras [172] portentosas que se nos piden, portentosas no en el sentido de que aparezcan a la humanidad, pueden ser secretas no por eso dejan de ser portentosas. Necesitamos instintos superiores para gobernarnos y resolver esos problemas tan serios que se presentarán no solo en nuestra vida, sino por la multitud de asuntos que tendremos en nuestras manos, relacionados con la gloria de Dios y la salvación de las almas. ¿Cómo vamos a dar un consejo oportuno, a dirigir a las almas y a marcarles los senderos más cortos para el cielo, si no tenemos más que nuestra propia luz para resolver esos arduos problemas? Necesitamos la luz de la gracia, gracias actuales; necesitamos la actividad de los dones que llevamos en nuestra alma desde el día del Bautismo; necesitamos el don de ciencia para descubrir en todas las cosas a Dios y en todos os acontecimientos. Necesitamos luz divina para descubrir lo falso y lo verdadero que hay en las cosas, para conocer la verdadera ciencia que es la ciencia de la cruz. Necesitamos ese don de ciencia y también el entendimiento para comprender las cosas divinas y penetrarlas. El don de la sabiduría para juzgar de ellas; el don de consejo para aconsejar convenientemente a las almas; el don de fortaleza para poder soportar las dificultades de la vida, las cosas arduas que exigen una perseverancia heroica; el don de piedad para tener el sentido de la divina paternidad; el don de temor de Dios para alejarnos de aquellas cosas que nos perjudiquen, para saber tratar a Dios con el amor reverencial que le debemos y revestirnos de la santa modestia en todo nuestro ser. Y así, en cada uno de los pasos de nuestra vida, necesitamos los dones del Espíritu Santo. No porque se mencionan únicamente siete, debemos creer que sea sólo ese número; pueden multiplicarse según las exigencias, desde el momento en que 98


[173] el don es un hábito que el Espíritu Santo ha puesto en nosotros y que nos hace dóciles a sus inspiraciones; de manera que según sea el número de inspiraciones, en esa medida necesitamos también dones. Por eso el Espíritu Santo no se limitará a las cosas arduas, puede ser que para una cosa pequeñita necesitemos inspiraciones, sobretodo si se hace con mucho amor. Esas cosas pequeñas pueden ser bajo una moción especial del Espíritu Santo; y en ese sentido podemos hacer de toda nuestra vida actos divinos, divinizados, porque están dirigidos y movidos por el Espíritu de amor. Al sacerdote y a toda alma sacerdotal que tiene misión de otras almas, también le conviene el don de predicar, es el encargado oficialmente de predicar la palabra de Dios. Naturalmente que para poder llevar con fruto esa palabra a las almas, se necesita poseer aquel espíritu que es el que dispone a las almas para que escuchen y reciban esa semilla en buena tierra y den mucho fruto. Amadas hijas, después de considerar en general estas cosas acerca e la Trinidad Santísima como objeto del amor del sacerdote, nos colocaremos ya en el terreno de las realidades del mundo actual y debemos ver que Dios Nuestro Señor todas las cosas quiso transmitirlas a la humanidad por medio de la Virgen Santísima que fue la Madre del Sacerdote Eterno, Cristo Jesús. Ella le dio de su propia sustancia, el Cuerpo santísimo que fue crucificado y que guardó aquella alma inmaculada, la cual tuvo la dicha singular de estar unida al Verbo de Dios. Será también la Santísima Virgen, amadas hijas, el objeto principal, entre las cosas puramente humanas, al que nosotros debemos tender especialmente; las almas sacerdotales tienen necesidad de entregarse completamente a la Santísima Virgen. Todas esas gracias [174] del Espíritu Santo que os he estado mostrando, nos vienen por manos de María, no hay una sola que no pase por sus manos. Si hemos de ir al Espíritu Santo, es por María; si hemos de sufrir esa transformación misteriosa en Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, también tendrá que ser por mediación de María. La obra del Espíritu Santo y de María es la que ha de hacer que nuestras almas se transformen en Cristo. Aquí hay un campo muy vasto, amadas hijas, a vuestra meditación, a vuestras consideraciones privadas, para alimentar vuestra oración, vuestra contemplación; ese papel de la Santísima Virgen en la obra de la redención, de la glorificación, de la salvación de las almas, es muy interesante. Yo os ruego que a lo largo de vuestra vida procuréis irlo desentrañando cada día más y más. Esos deben ser los grandes amores del sacerdote: DIOS Y LAS ALMAS. Las almas, como criaturas de Dios, como seres destinados a dar gloria a Dios; seres que Él creó para sacar de allí su gloria. De manera que no podrán ser indiferentes para nosotros, no nos debe ser igual que un alma se salve o se pierda, dé gloria a Dios o no la dé. Necesitamos perseguirlas hasta el último momento, no ser nosotros los que digamos la última palabra, sino las almas; pero nosotros insistir siempre, ayudarlas por la oración o por el sacrificio, que de todos estos modos se puede ayudar a las almas. 99


En todo esto debemos encontrar un estímulo que nos haga vencer todas las dificultades que se presenten a lo largo de la vida sacerdotal. Es preciso, amadas hijas, contemplar el cielo en las horas de desaliento, horas que no debieran existir nunca, pero que vienen a veces a pesar nuestro. En esas horas, sobre todo, debemos considerar a Dios, debemos contemplar su gloria, debemos [175] pensar que si sufrimos, El saca gloria de nuestros sufrimientos, que si somos miserables, El es la perfección misma. Y después, volviéndonos al campo de las almas, pensar y recordar que nuestros sacrificios son los que están alcanzándoles las gracias de perfección y de santificación. Digámosle a Jesús, de lo íntimo de nuestras almas, que queremos imitarlo en su amor al Padre, que nos perdone todas las veces que hayamos pronunciado indiferentemente ese nombre de su Divino Padre, tan olvidado, y que nos conceda la plenitud del Espíritu Santo para poder invocarlo como El, como la Santísima Virgen, como los santos. Que cuantas veces pronunciemos el nombre de nuestro Padre, vaciemos nuestro corazón; que le hablemos con un inmenso respeto, pero al mismo tiempo con un inmenso amor, y que la gloria que por nuestros sacrificios alcance ese Padre amadísimo, sea la gloria misma que Jesús le dio en nombre de toda la humanidad; para que también la recompensa que ese Padre nos quisiera dar por nuestros pequeños trabajos en su gloria, sea la mima de Jesús, en El la recibimos todos. El día en que Jesús subió al cielo y se perdió en el seno de su Padre amadísimo, en la gloria que goza como Dios y en la glorificación de su Humanidad santísima, nosotros hemos recibido ya nuestra gloria; en Él somos felices, en El somos glorificados; ya nuestras almas únicamente recibirán la redundancia de aquella gloria y de aquella felicidad. Que el Espíritu Santo nos ilumine para comprender la grandeza de estas cosas; que sepamos de veras vivir este espíritu, cueste lo que cueste; pero como toda gracia nos viene de Dios, vamos a pedirla con humildad para que verdaderamente podamos decir que hemos aprovechado nuestra vida, y en la hora de nuestra muerte ya no tenga[176]mos otra cosa que hacer sino darle gracia a Dios porque nos concedió la perseverancia en nuestra vocación, que no es otra que darle gloria a Dios y salvar a las almas. ASÍ SEA.

La muerte del alma sacerdotal (177) Viernes 23 de Febrero 5 p.m. Muy amadas hijas en Cristo Nuestro Señor: Para el sacerdote, para las almas sacerdotales, como para todo ser que ha venido a este mundo, llega un momento en que tiene que dejarlo. Dios quiso que nuestra permanencia en la tierra fuese limitada, algunos años, siempre pocos en comparación de la sucesión de los siglos, sobre todo comparados con la eternidad. Hay almas que aparecen, que pasan por la tierra como estrellas fugaces, flores de un día. Otras duran más, dan frutos, pero también para ellas llega la hora de dejar 100


este mundo. Para el que luchó por Dios, como debe luchar el sacerdote, para el que procuró hacer de la tierra el campo de batalla en el que había de combatir los grandes combates del Señor, esa hora de la muerte será la hora de su batalla definitiva, de su victoria final. Desde ese momento ya no tendrá nada que combatir, habrá cesado toda lucha, entra a una región en la que ya Dios Nuestro Señor no le exige luchas; llega a un lugar en donde sólo existen recompensas. Yo no sé, repito, si haya una muerte más hermosa, más consoladora, que la muerte del sa[177]cerdote, la muerte de las almas que, imitando al sacerdote, emplearon toda su vida en amar a Dios y en salvar a las almas. Yo no sé si habrá dolores más consoladores, más hermosos, que esos dolores sacerdotales. Allí, en las penumbras de la eternidad, cuando empieza a lucir para el alma una luz nueva, no esa luz limitada y débil del tiempo, sino la luz radiante de la eternidad, la luz del Espíritu Santo, la luz del Verbo en el que ha de contemplar todas las cosas; cuando vea en ese momento todos los acontecimientos de su vida que tradujeron la voluntad de Dios sobre el mundo y sobre las almas; cuando se contemple como perdida en aquel punto en donde se van desarrollando todas las cosas y presentando todas las almas que Dios creó para su gloria; cuando a la luz del Espíritu Santo descubra el por qué de todo aquello que Dios permitió en su vida, entonces se llena de una profunda satisfacción, se despide de la tierra y la ama porque es el medio de que Dios se valió para hacerla feliz, para permitirle sufrir algo por su gloria; porque si hubiera sido ángel, no hubiera podido sufrir por amor de Dios. Si no hubiera estado en este mundo, no hubiera podido imitar a Jesucristo y a Jesucristo crucificado. Entonces, al contemplar el alma, a la luz del Espíritu Santo la gloria de Dios en su vida, entra en el gozo inmenso de su Señor, ve que en su pequeñez, en su miseria, en sus insignificantes sacrificios, Dios Nuestro Señor obtuvo gloria y que ese Dios ha de revelar a ella tal como es en la eternidad. ¡Qué consuelo, amadas hijas, a la orilla de la tumba! La única tristeza que nos acompañará ha de ser la de no haber podido sufrir más por el amor de Dios y por las almas. ¿Qué sabemos nosotros de la hora que Dios [178] tenga dispuesta para recogernos, del momento en que El suspenda nuestras actividades sobre la tierra y ponga fin a nuestra existencia aquí en el tiempo? No lo sabemos, éste es el secreto de Dios, es el misterio de Dios; pero debemos estar preparados en tal forma, que en el momento en que Dios Nuestro Señor le plazca arrancarnos a esta vida, estemos dispuestos para presentarnos en su divina presencia. Él quiso crearnos como ha creado muchas cosas en la tierra; hay florecillas de un día y cierta clase de insectos que tienen una vida precaria, de momentos, puede decirse que nacen para morir. Pues si nosotros fuéramos así, pero en ese instante hiciéramos lo que Dios hubiera querido de nosotros, dándole la gloria que nos pedía en ese minuto de nuestra existencia, entonces, amadas hijas, habríamos asegurado para siempre nuestro 101


porvenir venturoso, no tendríamos más que darle a Dios, El no tendría más que pedirnos. “Pretiosa in conspectu Dómini, mors sanctorum ejus”… Es preciosa ante los ojos del Señor la muerte de sus santos” Y santo es el que muere en la gracia de Dios, en el amor de Dios; santo es el que en esta vida se sacrificó por la gloria de Dios. Es preciosa esa vida, es preciosa esa muerte, es preciosa esa eternidad que sigue a la vida fugaz. La muerte del alma sacerdotal está rodeada de la oración de muchas otras almas que quieren acompañarla en aquel momento, no como un momento de dolor, sino como un momento de gloria. [179] Aquí en la tierra, en las grandes fechas, en los grandes acontecimientos de nuestra vida, nos sentimos acompañados, si no personalmente, al menos por el afecto, de aquellas personas que nos aman; desde el día en que nacemos, el día en que se nos bautiza y en toda esa serie de acontecimientos notables de la vida. Pero la hora suprema para nosotros, la hora de nuestro triunfo definitivo, la hora de nuestros desposorios eternos, aquellos que no han de tener fin; la hora en que vamos a contraer la alianza divina, la hora que va a asegurar nuestra felicidad ya que nos saca de este mundo en donde peligraba; la hora suprema que ha de ponernos en posesión del bien infinito, es la hora de nuestra muerte, es la hora de nuestra dicha. Por eso aquéllos que ven las cosas a la luz de Dios, aquéllos que nos han precedido en la muerte, estarán con nosotros para ser testigos de nuestra gloria, para ser como patronos de esa entrada triunfal del alma en el seno de Dios. Allí gustaremos el cielo especialmente reservado a las almas sacerdotales. Allí, amadas hijas, ya no tendremos ningún cansancio, ningún dolor; allí “vidébimus et vacábimus”… descansaremos y veremos, ¿qué veremos? La gloria de Dios, no ya con esta luz pequeña, limitada, de la tierra, sino en la plenitud de la luz, y con esa plenitud amaremos y nos sentiremos amados por Dios Nuestro Señor. Todas las almas que por nuestro medio alcanzaron su salvación, nos acompañarán en aquella alabanza perenne a la gloria de Dios. La recompensa del sacrificio es eterna, la recompensa que Dios tiene reservada a los que trabajan por su gloria, es también eterna, y la felicidad que nosotros les alcanzaremos a las almas que por nuestro medio se salvan, también es [180] eterna. Viendo las cosas así, amadas hijas, ¿Qué comparación pueden tener con la grandeza de nuestros sufrimientos aquí en la tierra? ¿Qué comparación pueden tener con aquellas privaciones que nos impusimos por la gloria de Dios? ¡Absolutamente no habrá comparación! ¡Qué hermoso será el cielo del sacerdote! El juicio que le precede es un juicio benigno, un juicio de amor, porque esta alma se ocupó de los intereses de Dios allí el Señor se mostrará con rostro apacible, y aun lo llamará, más tarde, para juzgar con Él a todas las naciones. ¡Ojalá, amadas hijas, que supiéramos aprovechar ese momento que Dios nos ha 102


dado para vivir, y que los años, pocos o muchos, que Dios nos conserve en la existencia, fueran años de Dios, años para las almas! Bendecid al Señor que os ha dado esta santa vocación, porque aquí tenéis más medios para santificar ese tiempo y sabéis a ciencia cierta cuál es la voluntad de Dios. Aquí sabéis bien lo que Dios quiere de ese tiempo, recibiréis todos los medios para poder santificarlo; aquí vais a vivir íntimamente unidas con el autor del tiempo. ¿Con qué le pagaréis, amadas hijas, a Dios Nuestro Señor vuestra santa vocación? Esa vocación de almas sacerdotales, que quieren vivir la vida de Jesús Sacerdote; que quieren darle al Divino Padre la gloria que Él le dio, salvar almas sin cuento! ¿Con qué se lo agradeceréis? Y si vosotras, almas sacerdotales porque habéis sido consagradas con ese sacerdocio espiritual, no encontráis palabras con que darle gracias por vuestra vocación que, si os acercó a la Cruz de Cristo, fue para haceros salvadoras [181] con Cristo, para daros la gloria de Cristo y el amor de Cristo y todo lo que es de Cristo; si no encontráis palabras con qué dar gracias, ¡reflexionad cuáles serán los sentimientos del sacerdote ungido con el sacerdocio real, a la vista de ese prodigio del Señor! Queda como anonadado; no encuentra cómo expresar su gratitud y solamente quisiera tener un corazón inmensamente grande para poderlo consagrar todo a Dios; y una alabanza grande, perfecta, una alabanza que se escuchara en todo el mundo, que resonara en los cielos, que lo llenara todo. ¡Si, amadas hijas! Yo os aseguro, ésos son los sentimientos del sacerdote a la vista de su vocación. Y porque yo los conozco y yo mismo me siento deudor de esa vocación sacerdotal, POR ESO VOSOTRAS NACISTEIS! Cuando Dios os creó, fue con el fin fe colmar los deseos de un corazón sacerdotal que anhelaba darle gloria y darle gracias con una gratitud en cierto modo infinita, por la vocación sacerdotal! ¡Vosotras sois la extensión de ese corazón que ama y da gracias! Sois la personificación de esa alabanza, de esa adoración, sobre todo de esa acción de gracias del sacerdote. Y si todas las gracias que recibáis en vuestra vida serán gracias sacerdotales que os vendrán desde el Corazón de Jesús Sacerdote, pasando por el corazón de sus representantes en la tierra, sentiréis más la obligación de dar gracias con nosotros a Dios Nuestro Señor por esa vocación. Yo no sé, amadas hijas, si el Espíritu Santo podrá poner en otras almas palabras más hermosas, alabanzas más perfectas y amor semejante al que pone en el corazón sacerdotal. Esa debe ser la perfecta alabanza, y aquellos adoradores que Jesús buscaba para su Padre, en espíritu y en verdad, los perfectos adoradores del Padre, tienen que ser en primer lugar los sacerdotes; nadie puede quitarnos [182] ese honor, es un honor y al mismo tiempo un deber sagrado que nos obliga a una vida de perfección, como lo dijo Jesús: “Sed perfectos como mi Padre es perfecto”… Y ese deber se comunica a aquellas almas que han sentido la grandeza del sacerdocio, que impresionadas por el Espíritu Santo, han comprendido lo que le deben a Jesús sacerdote y en El a todos sus representantes de la tierra. Vuestra misión, amadas hijas, bajo ese punto de vista, es una misión muy 103


delicada. Vosotras debéis contemplar con profundo respeto el sacerdocio, y si ya se nos ha dicho que tratándose de las simples almas, debemos tocarlas como las hostias consagradas, por ver en ellas la imagen de Dios, ya veréis con qué respeto debéis contemplar al sacerdote y como debéis ser completamente sobrenaturales en el trato con él. Acercaros con el respeto con que os acercáis a Jesús, porque a Él lo representan todos los sacerdotes. ¡Quiera Dios concederme ese inmenso deseo de mi corazón: que vosotras y todas las Misioneras Eucarísticas de la Trinidad hasta el fin de los tiempos, sepan honrar al Sacerdote como se le debe honrar. Pedir, dar gracias; pero todo en el mayor respeto y sin llegar nunca, Dios nos libre, a ninguna familiaridad! Ese es el deber que vosotras tenéis y que debéis enseñar a las almas que encontréis a lo largo de vuestra vida; enseñarles a honrar el Sacerdocio de Cristo, a tratar al Sacerdote de Cristo. Así pues, amadas hijas, es sublime vuestra santa vocación; yo lo confieso, y por eso es una vocación que no puede vulgarizarse. No en el sentido que no se quiera que haya mechas almas, sino en el sentido de que es una vocación que tiene que mantenerse siempre en las alturas; de otra manera bajarían a un nivel que ya no sería el nivel [183] propio de esta vocación. De allí la necesidad de vivir constantemente en oración para pedir el espíritu de vuestra santa vocación. Por eso Dios, que nos dio el sentimiento de nuestra pequeñez, nos mandó como un remedio la oración. “Conviene orar y nunca desfallecer”… “Vigilad y orad para que no caigáis en la tentación…” Ese fue el remedio que Jesús nos dio, y por eso oramos. Nuestra alma está siempre en oración, y por eso también hemos escogido como fondo de nuestra oración en la vida religiosa, la oración litúrgica que es infalible, porque está inspirada por el Espíritu Santo. Allí tenéis los salmos que son la palabra del Espíritu Santo; constantemente alabando al Señor, pidiendo, recordando su misericordia. Esa es la oración oficial, litúrgica. Por eso, amadas hijas, debéis ser almas de oración, precisamente porque tenéis muchas necesidades; precisamente porque sois pequeñas, porque lleváis las gracias del Señor en vasos frágiles. Que no cese la oración ni en vuestras almas, ni es vuestra casa, ni aun en el sueño. Que ofrezcáis todas las palpitaciones de vuestro corazón como otros tantos actos de amor, las respiraciones como otros tantos actos de alabanza…! ¿Habré expresado o no, amadas hijas, cuál es el espíritu de vuestra vocación? Si no lo he conseguido, la culpa es mía; si no he sabido interpretar los sentimientos de Corazón de Dios, la culpa es mía. Pero si en algo he acertado, si verdaderamente mis palabras han sido la expresión del beneplácito divino acerca de vuestra santa vocación, entonces que para El sea la gloria y la alabanza, y que vosotras saquéis el fruto de [184] estas palabras. Este es vuestro espíritu. Aquí, en estas palabras que habéis escuchado a lo largo de estos días, está encerrado el secreto de vuestra santidad, el colorido especial que deben tener vuestras almas; y si se os propusieran otras cosas, por excelentes que fueran, ¡NO SON AQUELLAS QUE DIOS NUESTRO SEÑOR CREÓ Y DISPUSO PARA VOSOTRAS! No sería el alimento propio de vuestro espíritu. 104


Y si dejarais estas cosas por seguir otras, en apariencia más perfectas, no tendríais el color de vuestra santa vocación. Entonces amadas hijas, manteneos en estas cosas, hacedlas el objeto y el fruto constante de vuestra contemplación, para que vengan a formar en vosotras el fundamento de ese edificio sobre el cual vais a levantar no solamente vuestra santificación, sino también el edificio mismo del Instituto. Porque, ya sabéis, sois las primeras piedras de ese Instituto. Que el cimiento sea sólido, que tengáis una comprensión clara de vuestra vocación para que podáis transmitirla a las nuevas generaciones. Por mi parte, amadas hijas, yo he terminado. Indudablemente que hay muchas cosas que decir; pero he terminado porque ha terminado el tiempo que Dios Nuestro Señor nos dio para meditar estas cosas actualmente. A El le toca dejar en vuestras almas el germen, desarrollarlo, perfeccionarlo; pero será el fruto ya de cada una de vosotras. Yo he dejado la semilla; la gracia del Espíritu Santo, vuestro acercamiento a Dios, vuestra oración, la harán germinar, y las que sean más diligentes, éstas verán más pronto los frutos de esa santa vocación; y las que dejen encerrada y sofocada esa semilla en su alma, éstas no verán nacer la planta ni se deleitarán en la hermosura de sus flores y mucho menos gustarán sus frutos. [185] Sed diligentes, dad de mano a la pereza espiritual, sed almas generosas. ¿A qué habéis venido? A santificaros. ¿Cómo? En el Espíritu de las Misioneras Eucarísticas de la Trinidad. ¿Cuál es? Ya es lo he mencionado. Procurad hacerlo vuestro. Ya esta en vuestras almas la semilla; que Dios Nuestro Señor sea el que dé el incremento y perfeccione su obra en vosotras. Yo pediré de lo íntimo de mi alma. Si a la hora de mi muerte, antes o después, El me concede contemplar su gloria en vuestras almas y contemplar los frutos producidos por esta semillita que yo arrojo en vuestros corazones, MI SATISFACCIÓN SERÁ INMENSA porque contemplaré esa anhelada gloria de la adorable Trinidad, la gloria de la Santísima Virgen, la gloria de la Iglesia, la gloria de los sacerdotes… ¡A ESO ESTAIS DESTINADAS, AMADAS HIJAS, A SER LA GLORIA NUESTRA Y A SER NUESTRA CORONA! ¡ASÍ SEA!

Salida de Ejercicios.- Permanecer en el Amor. Por Maria. (186) Febrero 24 de 1940. Muy amadas hijas en Cristo Nuestro Señor: En el hermoso Evangelio que acabamos de leer, la parábola del hijo pródigo, encontramos una vez más esa doctrina que Jesucristo vino a enseñar al mundo, esa ciencia que vino a descubrir al mundo, el sentido de la paternidad de Dios. Dios es Padre y como Padre busca a sus hijos; cuando los encuentra, después de haberlos perdido, se regocija y manda a celebrar un festín. En la Epístola de este mismo día se nos da el secreto para poder alcanzar esas 105


bendiciones de Dios: la intercesión de María; ya que los autores están acordes en explicar así el significado de esta historia de Jacob y Esaú. [186] Todos, más o menos, amadas hijas, nos hemos alejado, por las imperfecciones, por las faltas de correspondencia a la gracia; y ese alejamiento de nuestras almas, causa pena a Dios Nuestro Señor; lo primero que desea es que volvamos a Él. La voz de María constantemente nos está llamando a la casa de nuestro Padre, a los brazos amorosos de ese Dios que no tiene para nosotros sino gracias y perdón. Cuando la Virgen Santísima nos contempla de nuevo en los brazos de Dios, entonces Ella entona el cántico de su alegría, de su acción de gracias. Durante estos ejercicios, os habéis vuelto a Dios, habéis comprendido, así lo espero, la necesidad tan grande que tenemos de vivir en Dios, de realizar todos nuestros actos en Dios. “En El vivimos y nos movemos y somos”! Habéis vuelto al seno de Dios y El, tan bueno y tan misericordioso, no solamente os ha perdonado todas vuestras faltas, no solamente ha hecho descender sobre vuestras almas la absolución de todas sus culpas, sino que también os ha preparado un banquete, os ha preparado nuevas gracias, os ha llevado a la intimidad de su amor. Pero de nuevo nos asalta el temor de despreciar esas gracias, de volver a dejar la casa del padre para ir a vagar por regiones lejanas. Y porque no queremos que eso suceda, vamos a ponernos en el Corazón Inmaculado de María, vamos a emprender una nueva vida en que por Ella, con Ella y en Ella, conservemos todas las gracias que hemos recibido, en que glorifiquemos a Dios por medio de nuestra Santísima Madre. Nosotros debemos tomar parte activa tam[187]bién en esa glorificación, nos unimos a ella, pero no con una unión meramente material, queremos estar con la Santísima Virgen en unión de afectos, de voluntades; la unión tiene que convertirse en transformación. Queremos en María, hacer todas las cosas, que de tal manera sea íntima nuestra unión con ella, que nos lleve a una transformación en ella. Que María venga a ocupar nuestro lugar, que lo mismo digamos nosotros que obramos por María, que Ella pueda decir que obra por nosotros y en nosotros. La santísima Virgen, amadas hijas, si nosotros sabemos escucharla, siempre nos dará el consejo oportuno, siempre atraerá para nosotros las gracias del Espíritu Santo, las gracias que en el momento necesario, nos lleven al cumplimiento del deber, que nos hagan ser dóciles a las inspiraciones de ese divino Espíritu y que nos den la fortaleza para poder superar las dificultades que se vayan presentando en nuestra vida. “Hijitos míos, permaneced en mi amor!” Fueron las palabras de Jesús a sus discípulos el día en que estaba manifestándoles la grandeza de su amor divino, en que estaba haciéndoles el testamento de su amor. ¡Permanecer en el amor!... eso es lo que vosotras deseáis, amadas hijas, permanecer en el amor, aumentar vuestro amor, perfeccionar vuestro amor, hacer más grande vuestra caridad; esa caridad que os unirá perfectamente a Dios, que os hará daros, gastaros, en favor de las almas para llevarlas también al seno de Dios. Que esto se verifique, amadas hijas, ¡Permaneced en el amor de Dios, guardad 106


en vuestras almas el amor infinito que prepare siempre esa morada en la que deben habitar las divinas Perso[188]nas! ¡Dios en vuestras almas, vuestras almas en Dios, como templo de la santísima Trinidad, en donde siempre viváis recogidas en una perenne adoración, reparación, imploración y acción de gracias; sobre todo en una perfecta adoración!... Allí debéis adorar a Dios, ésa será la cátedra en que conozcáis a ese Dios tan grande; el Maestro será el mismo que os enseñará lo que El es. Allí aprenderéis esa ciencia de la que debéis alimentar a las almas. No es preciso salir al exterior, os basta vivir en el interior de vuestras almas, en ese silencio en que escucharéis la voz de Dios, en que viviréis en la intimidad con el Espíritu de Dios, para que El os enseñe toda verdad, y os dé el poder de comunicar a otras almas la ciencia divina. Esa es la vida que debéis llevar, toda interior, porque aunque en alguna forma tenga que ser exterior por el apostolado, siempre estará alimentada por la vida interior que le comunicará su propia sustancia, es decir, le hará que participe también de lo interior. Esa era, amadas hijas, la vida de la Santísima Virgen, toda interior. ¿Qué se veía en Ella al exterior? Lo que se pudiera contemplar en cualquiera otra persona; fuera de los rasgos especiales de aquella modestia y de aquel recogimiento, no se distinguía de las otras gentes; pero su gloria, su grandeza estaba en el interior. Examinando su alma, estudiando los motivos de su Corazón, contemplando las hermosuras de aquel santuario que era su alma inmaculada, entonces se podía tener una idea lejana de su grandeza. Ella llevaba a su divino Hijo Encarnado en [189] su alma, llevaba los sentimientos más delicados para tratarlo; allí conversaba con El, allí adoraba y daba gracias. Así debéis también llevar vosotras vuestra vida interior, amadas hijas, los perfumes más delicados en nuestro interior, las delicadezas más grandes de vuestro espíritu, en el interior, y así tendréis fácilmente la comunicación con Dios, os bastará penetrar a vuestra alma, recogeros, para encontrar a Dios. Aun cuando llegarais a encontraros en lugares en donde no tuvierais el consuelo de tener un Sagrario, en vuestras almas hallaríais a Dios; allí estaría el templo vivo en donde poder adorar siempre la grandeza de Dios. A esa vida interior se oponen muchas cosas: la disipación, la demasiada preocupación por las cosas exteriores, la falta de confianza en Dios, la ausencia del espíritu de fe. Todas estas cosas vienen a turbar esa paz de nuestro espíritu, vienen a alejar a nuestras almas de Dios. Y os digo: mientras más necesidades tengáis, más motivos existen para que os recojáis todavía más a vuestro interior y recurráis a Dios, porque Dios es el único que puede remediar todas nuestras necesidades, lo mismo las materiales que las espirituales. 107


Vivid pues en Dios, sed almas de Dios, buscad únicamente la gloria de Dios, tratad de darle en el mundo aquella gloria que el pecado le quitó. Esa es vuestra misión, ésa es vuestra vocación como almas sacerdotales: buscar la gloria de Dios en todo, buscar el bien de las almas. Dos santos amores: DIOS Y LAS ALMAS!... Que el Señor se digne bendecir estos propósi[190]tos y que de veras vuestra vida sea de nuevo fervor, de nueva unión con Dios, que le proporcione consuelos y satisfacciones íntimas al Corazón divino de Jesús. Sea la Maestra de vuestra nueva vida la Santísima Virgen; sea Ella el canal que os transmita las gracias del Espíritu Santo. Y también sea ella el objeto de vuestro amor. Seguid vuestro camino, amadas hijas, ese camino de la paz y del bien, de la pureza, del cumplimiento del deber. Si así lo hacéis, Dios Nuestro Señor os bendecirá cada día más y más, la unión divina se irá perfeccionando y la gracia del Espíritu Santo aumentará en vuestras almas, así como todas las virtudes y todos los dones. Demos gracias a Nuestro Señor y a la Santísima Virgen en este Santo Sacrificio, por todos los dones recibidos y ofrezcámosle una vez más con la Hostia Sagrada, esas otras hostias que son nuestras almas; hagamos una sola Hostia con Jesús, y que Ella le diga al Padre Divino todo lo que El quiere escuchar de nosotros. ASÍ SEA. FIN. [191]

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ÍNDICE NOTA: el número dentro del paréntesis, corresponde a la página del libro original impreso; el número en el extremo derecho, corresponde a la página del libro capturado en la computadora. PLÁTICA DE ENTRADA (1) ............................................................................................... 2 CONOCIMIENTO DE DIOS. (8) ......................................................................................... 6 SOBRE EL CONOCIMIENTO DE DIOS. (16) ...................................................................... 10 EL VERBO DIVINO. (21) ............................................................................................... 13 SOBRE EL VERBO DIVINO (30). .................................................................................... 19 ESPÍRITU SACERDOTAL (38) ........................................................................................ 23 ESPÍRITU SACERDOTAL (46) ........................................................................................ 28 SAN JOSÉ (52)............................................................................................................ 31 JESÚS, PALABRA DIVINA. (60)...................................................................................... 36 SOBRE LA ORACIÓN. (67) ............................................................................................ 40 NUESTRA VOCACIÓN SACERDOTAL. ESPÍRITU DE SACRIFICIO. (76) ............................... 45 LA SAGRADA EUCARISTÍA. (86) .................................................................................... 51 LA SAGRADA EUCARISTÍA. SACRIFICIO DEL ALTAR. (95) ................................................ 56 ESPÍRITU SACERDOTAL. INTIMIDAD CON MARÍA. (104) ................................................... 61 LA FE (112) ................................................................................................................ 65 ESPÍRITU DE FE. (119) ................................................................................................ 69 ESPERANZA Y CARIDAD. (126) ..................................................................................... 73 LA HUMILDAD (136) .................................................................................................... 79 LA SENCILLEZ (145) .................................................................................................... 83 EL PECADO (159) ....................................................................................................... 91 GLORIFICACIÓN DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD. (168)........................................................ 96 LA MUERTE DEL ALMA SACERDOTAL (177) .................................................................. 100 SALIDA DE EJERCICIOS.- PERMANECER EN EL AMOR. POR MARIA. (186) ..................... 105 ÍNDICE ................................................................................................................................... 109

NOTA: El índice del libro está incompleto, le falta la plática de San José, p. 52.

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Santos Ejercicios en la Casa María. Febrero 15-24 de 1940. Tomo 4. by Guadalupe Alfaro MESST - Issuu