VALORES
Gonzalo Trespaderne Arnaiz
(Ejemplar para revisión crítica)
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Capítulo 1.
−¿Cuántas vueltas vamos a dar? La muchacha que hacía la pregunta era consciente de que a su padre, lo que más le gustaba cada vez que regresaba a su localidad de origen, era dar un paseo por la plaza. −Ya sé que te encanta venir aquí y encontrarte con la gente –continuó-. Lo que pasa es que me está entrando frío. Ella, en efecto, pensaba que a finales de marzo, en Briviesca, aunque estuviera al Norte de Burgos, comenzaría a notarse la llegada del tiempo de primavera. Sin embargo volvió a equivocarse: la temperatura, al caer la tarde de Jueves Santo, era invernal. Los leggins, camiseta de manga larga y cazadora vaquera habían sido una buena elección para realizar el viaje en coche de varios cientos de kilómetros hasta allí, pero no para salir luego a estirar las piernas. El hombre, en cambio, llevaba un chaquetón de cuero que guardaba en la casa vieja, por la que habían pasado a dejar la maleta y encender la calefacción. −Te puedo dejar la bufanda… Se refería a un pañuelo grueso en tonos grises a juego con la barba que se estaba dejando crecer. La joven cogió la prenda, deshizo los dobleces y se tapó desde la cabeza hasta el pecho. 3
−Así pasarás desapercibida entre las ancianas que están saliendo de la iglesia -bromeó él. Hizo un gesto con la cabeza y señaló la portada plateresca con arco de medio punto abocinado del templo situado detrás del kiosco de prensa. Era una construcción en piedra, de grandes dimensiones, nave central más alta que las dos laterales y una espadaña con tres campanas abajo y otra encima, rematada por una veleta acabada en cruz. La hija iba a haber respondido con algún improperio, pero la interrumpió otro que oyeron a sus espaldas: −¡Joder, Charly, casi no te reconozco! Al aludido también le costó unos instantes darse cuenta de quien era aquella mujer de aspecto joven, ropajes holgados, peinado rasta y arete en la nariz que tenía detrás. −¿No te ha dicho tu padre que así le llamábamos algunas chavalas cuando tenía veinte años? La recién llegada tenía un acento similar al de la protagonista con ocho apellidos vascos de una película que habían visto hacía algún tiempo en casa. −¡Que sí, ahí va la ostia!; que le colocamos ese nombre por el bar en el que trabajaba. No dando tiempo a que alguno de los dos interviniera, añadió:
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−Tu aita me ha puesto a mí calimochos a mares. Y algunas buenas risas nos hemos echado juntos, ¿a que sí? El hombre asintió con gesto amable. Intentó recordar cuántos años hacía que no la había visto. −Ostras, Bego, ¡qué sorpresa! –dijo al fin. Sigues siendo… −Una desneuronada –admitió plácidamente. −No –movió la cabeza de lado a lado−: pura espontaneidad. −Y una mujerzuela un poco malhablada, ¿verdad? Jo, perdonad que os haya entrado tan bestia –pidió en tono más relajado, y añadió dirigiéndose a la joven−: es que me ha hecho mucha ilusión volver a ver a tu viejo. Ella miró a su padre sonriendo, porque sabía lo mucho que le disgustaba que le aplicaran ese adjetivo. −¿Cuántos años tienes? –preguntó la que parecía tan sólo una treintañera. −Unos diez u once. −¿Cómo es eso, si mides más que yo? −Porque los calculo igual que en un cuento que leí hace poco: sumando sólo el tiempo que he vivido feliz. −Pues este paliducho con flequillo tapándole casi toda la cara –señaló a un chico alto y desgarbado que venía 5
poniéndose la capucha de su sudadera de color negro−, mi hijo, aunque no lo parezca, debe tener sólo dos o tres. Porque a todas horas está agobiado y protestando. Ha salido enterito a su padre, que en paz esté. El hombre iba a haber preguntado si su viudez era reciente, pero Bego se le adelantó: −Que no es que haya espichao el Joseba. Que lo digo porque como se fue de casa diciendo que nos quería mucho, pero no podía aguantar tanto estrés… El vástago no había dicho ni hola. Su madre, le instó a que saludara. Entonces, levantó un poco la barbilla, pero sin dejar de mirar al suelo. −¿Y tú, cómo te llamas, pochola? –siguió la mujer. Oída la respuesta, la que preguntaba, inquirió: −¿Es que tu amachu es francesa? −No. Me he puesto Sofí porque es sencillo a la vez que glamuroso. ¿Qué te parece? −Pues de puta madre. ¡Uy, perdonadme otra vez! –exclamó tapándose la boca-. Mi hijo se ha puesto “uve” –habló de nuevo. El así nombrado se estaba chupando los dedos, tras haber terminado de comerse un pastel.
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−Disculpad si no os doy la mano, es que está un poco pringosa. Acto seguido, se sacudió unos trocitos de hojaldre de la pechera. Sofí le preguntó entonces qué significaba su nombre. Él se limitó a decir que no era por “Victoria”, sino por “V de Vendetta”. Ella asoció esa película a la máscara que también utilizan los seguidores de Anonymous, logrando que su interlocutor se mostrara sorprendido al mostrar semejante conocimiento. La madre se apresuró a explicar que Víctor le había salido “un poco antisistema”, pero que en realidad tenía un buen fondo. −Solo que a veces –le echó un brazo sobre el hombro− hay que coger un submarino para ir a buscarlo…
Bajo los plátanos sin hojas las personas mayores formaban pequeños corros. Al padre de Sofí le llamó la atención que no hubiera niños pequeños. Solo uno intentaba acceder a la escalera del templete en el que daba sus conciertos en verano la Banda de Música situado en el centro. −Te gusta a ti volver al pueblo ¿eh? –preguntó Bego. −Sí –respondió el hombre−. Sienta reencontrarse de vez en cuando con las raíces.
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−Siempre que venimos –intervino su hija− cuentas que cuando eras niño este cuadrado en el que estamos era el centro del universo Él se dispuso a explicarlo: −Aquí nos juntábamos al salir del cole a merendar. Jugábamos a los cromos, al escondite, al marro, al encuentro, y a otros juegos de los que ni habréis oído hablar. En verano, nos tomábamos un helado, nos mojábamos en el pilón… −Luego, en la edad del pavo –añadió ella− quedábamos en el parque o en las piscinas. El hombre recordó de esa época también los paseos por los montes. −Sin embargo, los jóvenes de ahora –pasó a reprochar la mujer−, casi no salís de casa. A todas horas enganchados a la puñetera virtualidad. Esta era la expresión que usaba Bego para aludir a los distintos programas o aplicaciones informáticas a las que dedicaba su hijo la mayor parte del tiempo libre. −Yo también opino que estáis haciéndoos cada vez más sedentarios y aislándoos de los demás –corroboró el hombre. Su hija volvió a participar:
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−En cualquier instante y en cualquier lugar podemos charlar con amigas de otros países en tiempo real, mandándonos fotos, música, vídeos… Uve se animó apoyar ese argumento: −No nos deis la chapa con que nos estamos volviendo autistas, porque estamos más conectados que nunca con todo el mundo. −No es una comunicación de calidad −se limitó a decir el padre. −Esto que estamos haciendo los cuatro aquí y ahora, sí es de verdad –sentenció la madre−. Y si el jefe se marca un café o unos churritos de la buñolería que hay ahí aparcada, va a ser la re... Dándose cuenta de que iba a soltar otro taco, Bego se mordió la lengua y acabó por decir: −El copón. El de la baraja, ¿Vale? A Sofí le estaban cayendo bien aquellos dos forasteros. Por eso, sin pensarlo, exclamó: −¡Venga, papi, págate algo en un sitio para entrar en calor!. El hombre advirtió que más adelante retomaría la anterior conversación. Acto seguido preguntó si madre e hijo habían quedado con alguien y, al recibir un escueto no como respuesta, señaló hacia la esquina de la plaza en la que se 9
erigía el Consistorio y anunció que les invitaba a un chocolate en algún bar de los que había en la calle que llevaba hasta la plazuela de la iglesia de Santa María.
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Capítulo 2.
−¿Y tú, no tienes madre, o qué? –preguntó Bego a la joven nada más tomar asiento. −El jefe y yo tenemos a la jefa y al jefecillo a tres mil kilómetros. El padre explicó que los dos estaban participando en una muestra de teatro a orillas del Báltico. −Teatro sin fronteras –precisó Sofí. La dueña de la cafetería preguntó qué iban a tomar. Una anciana de la mesa de al lado se acercó a saludar. −¡Cuánto hace que no te veía! Te va bien, ¿verdad? Oye, ¿qué tal tus mayores? −Pues ahí van, con sus achaques. Mi madre hoy no ha querido salir, que este frío no le viene nada bien. −Bueno, pues da recuerdos, y di que aquí estamos. El hombre agradeció la cortesía y respondió que así lo haría saber.
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−Nosotras tenemos a la amona en una residencia –intervino Bego-. El abuelo murió hace dos años y ella, sin sus cuidados, un cáncer en fase avanzada y serios problemas de espalda, no podía valerse por sí sola. En cama con calmantes y pidiendo la eutanasia a los médicos está todos los días… −Y si no fuera por la tía, tú ya se la habrías aplicado –saltó Uve. −Ya lo hemos hablado –replicó su madre-: ha perdido las ganas de vivir, y últimamente no hace más que aguantar sufrimientos. Sofí preguntó si el mencionado desenlace era legal en España. Su padre respondió que no, que como mucho, lo que se puede solicitar en nuestro país para un enfermo terminal, es una sedación o la supresión de los tratamientos que lo mantienen con vida. −Aunque ahora parece que se va a debatir en el Congreso la posibilidad de ampliar su aplicación… Uve volvió a la carga para dejar constancia de que el deseo de su abuela era, al menos, terminar sus días en casa. −No podíamos hacernos cargo de ella en su estado –alegó la mujer-, ni con la ayuda de una persona durante el día que nos ofrecía Servicios Sociales. Porque había noches que se despertaba con muchos dolores y ponía en pie a todo el vecindario. 12
−Es difícil gestionar semejante situación –se limitó a decir el hombre-. Cada cual tiene sus circunstancias. Lo que sí es cierto es que ahora mismo que no estamos preparados para afrontar el fenómeno que supone el envejecimiento de la población y todos los problemas sociosanitarios que lleva consigo. Y no me refiero a sólo a la falta de instalaciones o recursos por parte de las administraciones; sino a la falta de concienciación de la ciudadanía. Se detuvo para reflexionar un instante sobre lo que iba a decir a continuación: −Tendríamos que pararnos a pensar en el modelo de sociedad que queremos: si una en la que prima la autonomía de las personas, la independencia, la individualidad, la satisfacción del ego; u otra en la que se da valor a dedicarnos a los demás, al altruismo, a la colectividad. Sofí reprochó “la manera tan hipócrita como nos comportamos al respecto” y la importancia que se da, por encima de todo, a los intereses económicos que hay en juego. −Hasta tú mismo has dicho en alguna ocasión, que lo que lo mejor que podría ocurrir aquí es que construyeran un enorme geriátrico que proporcionara muchos puestos de trabajo y una recuperación del sector servicios, al menos durante los fines de semana, cuando las familias vinieran a ver a sus ocupantes…
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La anciana que hacía un momento se había acercado a saludar, regresó con una bolsita de almendras garrapiñadas. −Tomad –les dijo a las dos jóvenes−, que son de las que se repartieron en la Plaza en San José. Ambos se lo agradecieron con una cariñosa sonrisa. Su padre explicó que tal día se celebraba la Feria de los Novios y que la tradición consistía en regalar, a quienes acudieran en pareja, almendras y claveles. −Antiguamente era una celebración estupenda: venía gente de los alrededores y había barracas y baile al anochecer. Bego dijo tener memoria de otra festividad coincidente con el inicio de las vacaciones estivales que allí también tenía su propia identidad: la de San Juan. −Por la mañana, se tomaba chocolate –recordó. −Por la tarde, bacalao con pimiento y tomate –tarareó el padre la canción que oía de niño. −Y por la noche, nos íbamos a saltar la hoguera que se encendía en algún descampado −añadió la mujer. Sofí aseveró que una de las cosas que más le llamaban la atención a su madre era la cantidad de costumbres populares que se mantenían en ese sitio.
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−Cantar la o, rifar un cerdo en San Antón, hacer la Romería y jugar a la taba… Uve se interesó por esto último. −Todo el pueblo sale a gastarse algunos cuartos. Y también viene gente de fuera. Tiene lugar el martes anterior a la festividad de la Ascención y la víspera en bares y cafeterías –explicó el mayor−. Se coge la rótula de una pierna de cordero y se lanza al aire, normalmente sobre una mesa grande forrada con una manta -explicó el mayor-. Si cae en una postura pintada en color rojo llamada carne, gana quien la tira, la banca, la persona que cubre o casa todo el dinero apostado; si sale culo, que es el lado opuesto, ganan los demás apostantes. Sofí preguntó en qué consistía lo primero. Su padre respondió que era un cántico pagano que se hacía por las calles al llegar la Navidad. Pero no sabía su porqué o finalidad. La hija sacó el móvil, tecleó unas letras y leyó el texto que apareció en pantalla: “La ‘o’ es la letra con la que comienza cada una de las siete antífonas o frases cortas musicales con las que se ensalzan los principales atributos de Cristo en la Liturgia de las horas a lo largo de la semana anterior a la Navidad. La primera de ellas, por ejemplo, la correspondiente al día 17 de diciembre, es “O Sapientia”. La Virgen de la o se celebra en la localidad burgalesa el 18 de diciembre para conmemorar 15
dichas antífonas de Adviento. Los niños pasean por las calles con velas tatareando un texto que tiene como estribillos: La O, la O bendita sea la madre que te parió que parió un niño de seda con las barbas de canela y los pies de requesón Kyrie eleison, Kyrie eleison (…) (…) Tarantantán María tarantantán mujer que el Niño tiene un diente que se lo vi yo ayer.’ −¿Y así se divierte la plebe en este pueblo? –cuestionó Uve. –Yo tampoco le encuentro mucho sentido a semejante procesión –declaró Sofí. Bego meneaba la cabeza esbozando una mueca socarrona con los ojos cerrados y mordiéndose los labios. −No entendéis nada –respondió al fin el hombre−. Lo importante no es lo que se canta o la parafernalia de las velillas. Lo que más vale de esta tradición, al igual que todas las tradiciones populares, es que sirve para unir a las personas.
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–¡Ya te digo! –exclamó la mujer, sin poder evitar empezar a reírse–: se abrazan, van de la mano, ¡y se monta un fiestón de mucho cuidado! –Esa tarde los niños, en vez de estar en casa viendo la tele o con el ordenador, salíamos y nos veíamos, jugábamos a quitarnos las candelillas, hablábamos unos con otros y experimentábamos el sentimiento de pertenencia a un grupo o a una comunidad con unos determinados rasgos culturales. Y había más tardes así, como la del Jueves de Todos, justo antes de iniciarse la Cuaresma, en la que nos juntábamos para merendar el choricillo. Los otros tres habían pasado a prestar atención. –Eso es lo que se está perdiendo –acabó por decir–. Y si ya no practicamos rituales de ese tipo, si no preservamos esas costumbres que sirven para que nos sintamos unidos, pensadores como Peter Sloterdijk han manifestado que nuestras sociedades se volverán una especie de espumas compuestas por frágiles esferas individuales o celdillas sin apenas cohesión, en constante movilidad, carentes de centro. Fue Bego nuevamente quien deshizo el silencio que se había producido en un intento compartido por asimilar lo que acababa de decirse: –¡Ahí va Dios, nos ha salido todo un profe! Sofí, conocedora de las dotes pedagógicas de su padre, le dio una palmadita en la espalda. 17
Uve, mostrándose incómodo, movió la silla para levantarse. –¿Qué? ¿Adónde vas tú? –preguntó la mujer. –A tomar un poco el aire. –No te gustado oír eso de que la chavalería de ahora os estáis volviendo autistas, ¿eh? El joven, irónico, alegó: –Tanto calor humano, como el que hay aquí dentro, no me sienta bien. Sofí le preguntó si podía acompañarle. Él respondió con un gesto de indiferencia. Su madre se dirigió a ella: –Cuídamelo. El padre le susurró al oído a Bego que su hija era la perfecta acompañante en cualquier situación: “te lleva, te trae y de camino, te da conversación” –Con ella no te aburres –terminó diciendo cuando los dos ya se dirigían hacia la puerta. El ambiente estaba cada vez más caldeado en el interior de la cafetería. El murmullo de la parroquia era alto y, cada dos por tres, sobresalían risas, gritos apagados o interjecciones producto de alguna jugada de parchís, brisca u otros juegos de cartas. 18
En cuanto se hubieron quedados solos, Bego adoptó un gesto más serio para retomar la conversación. –Me tiene preocupada el chaval –confesó. El interlocutor se recostó en la silla y cruzó los brazos, en clara disposición para la escucha. –Se pasa las tardes en cuanto sale del instituto y todo el fin de semana enganchado a la consola…
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Capítulo 3.
En la calle los transeúntes iban de un sitio a otro sin prisa, aunque la temperatura seguía descendiendo y debía rondar tan solo los cinco o seis grados. La luz anaranjada de las farolas de la plazuela junto a la iglesia de Santa María se tamizaba con una tenue neblina. Sofí propuso ir en esa dirección, hasta el paseo de la Taconera. Llegaron en un par de minutos, a paso ligero, sin hablar. Dado lo poco acogedores que se ofrecían los bancos vacíos situados a ambos lados, la joven propuso acercarse al parque de la Florida. −¿Ese que hay a la orilla del río, con muchos árboles y abetos grandes? −Sí, pero tranqui, que no te voy a hacer nada −bromeo ella. Accedieron al mismo por un camino con escasa iluminación entre unas huertas junto a un bloque de pisos sin terminar de construir y una antigua fábrica de harinas. Había un grupo de adolescentes en la pista rodeada con una barandilla que servía para jugar a minibasket o a futbito y otros tres o cuatro dispersos por las zonas más oscuras. −Están fumando porros –habló él señalando con la mirada. −¿Qué, te ape? 21
El muchacho no entendía el sentido de la pregunta. Finalmente hizo otra: −¿Tú tienes? −Yo no, pero esos dos que están ahí, detrás de la fuente, seguro que venden. Se refería al surtidor con forma de copa ancha con otra más pequeña encima en el centro de un estanque sin agua desde hacía bastantes años, y a una pareja de mayor edad que el resto. −Pues sí que controlas tú. Dando un rodeo tomaron posesión de un par columpios que había al otro lado y comenzaron a balancearse sin despegar los pies del suelo. −Mi padre me ha enseñado unas cuantas cosas. Porque cuando trabajaba en la barra tuvo las drogas cerca. Al parecer, por aquel entonces se consumía a tope. Y no quiere que mi hermano o yo hagamos alguna tontería. −Mi madre también me ha contado que cuando venía con las colegas se ponía hasta arriba. Que eran los ochenta y había muchas ganas de diversión y poca información. −Sí. Aquí la heroína hizo mucho daño. −Donde yo vivo, las pastillas y los tripis dejaron tocados de la cabeza a unos cuantos. 22
−La coca también causó estragos. Por lo que he oído, grandes cantidades de dinero esnifado y malos rollos después en casa, el trabajo, las relaciones… En ese punto Sofí pidió disculpas a Uve por la pregunta que le había hecho hacía un instante. −Era solo para ver por dónde salías; no es que pensara que… El muchacho, le cortó: −Ya; yo tampoco creo que tú gastes de esas cosas. Ella reconoció llevar una vida bastante sana, con dieta mediterránea, deporte y nada de alcohol ni tabaco. Él dijo no salir apenas. −Pero si quedamos los del barrio algún sábado siempre terminamos jugando al kinito o pegándonos un atracón. El otro día uno pilló una especie de ketamina rara por Internet y hubo que llevarlo al hospital. Sofí hizo una mueca despectiva al oír eso. Le recordó el episodio vivido por una amiga en la última fiesta de fin de curso. −No entiendo cómo puede producir satisfacción ponerte cada vez más ciega hasta perder el control. −Es el deseo de llegar hasta el límite, de probar lo desconocido, de tentar a la suerte. En algunos casos, puede que incluso haya un afán autodestructivo. 23
−Sigo sin entenderlo. Con la de cosas chulas que se puede hacer si el tienes el cuerpo en condiciones. Uve preguntó cuáles. −Bailar por la noche; ir en bici, de senderismo o a la playa por la mañana... Más lo que te proporciona tener la cabeza en su punto: estar a gusto contigo misma y con todo lo que te rodea, marcarte una buena charla, pensar… El muchacho expresó lacónico que todo aquello le producía “mogollón de pereza”. Sofí lo consideró como una mera fanfarronada. −¿A ti, entonces, qué es lo que te motiva? −¿A mí? Jugar a la play. Ella no dio crédito a semejante afirmación. −Que sí, de verás, me puedo tirar diez horas seguidas sin levantarme del asiento. −No fastidies. ¿Pegando tiros o echando carreras de coches? −Bueno, a veces también tengo que mover a la banda, reventar a alguien en el gimnasio, ir de proxeneta, robar… La joven sabía que estaba aludiendo al videojuego que ocupaba el tercer puesto en el ranking de los más vendidos en todos los tiempos. 24
Uve, dándose cuenta de que su acompañante estaba comenzando a incomodarse, cambió de actitud. −¿Sabes una cosa? Le he prometido a mi soberana que no voy a jugar en todo el finde, ni siquiera con el móvil. ¿Y sabes otra? Ella me ha dicho que si soy capaz, me lleva al concierto de mi grupo favorito, en Vitoria, el día 21. Tras pronunciar acto seguido su nombre, el chico preguntó si había oído alguna de sus canciones. −Lo cierto es que no. Estuvieron hace un par de años donde vivo y me enteré de que hacían apología del terrorismo. −Se ha hablado mucho de eso, en efecto. Cada cual, que lo interprete como quiera. −¿Tú, por qué los sigues? −A mí me gustan porque no tienen pelos en la lengua y luchan contra el sistema opresor. Sofí imaginó el tipo de argumentos que podía esgrimir Uve recordando lo que habían dado de sí algunos debates desarrollados en la clase de Ética entre partidarios y detractores de la libertad de expresión sin restricciones, o sobre el papel que a veces deben ejercer los gobiernos y las fuerzas de seguridad para mantener el orden institucional. −¿Qué? –interrogó alargando la última letra el chico, tras unos segundos de silencio que resultaron incómodos. 25
−Que no me atraen para nada las historias con violencia o agresividad. Ni los tíos que van de duros con sus tatuajes, piercings, melenas o pelos rapados. −Ya, pero en esta vida, a veces, hay que enseñar los dientes. Sofí, que a raíz de anteriores ediciones del festival que reunía en su localidad a algunos de los grupos considerados más subversivos del panorama nacional, había llegado a la conclusión de que entre los seguidores de los mismos había “mucha pose”, sentenció: −Dime de qué presumes y te diré de qué careces. Uve se levantó la sudadera y mostró la camiseta que llevaba debajo con el emblema de la mencionada banda. −¿Crees que llevo esto para tirarme el pisto o porque soy un grupi? La muchacha respondió sin inquietarse: −Probablemente te lo pones porque te aporta una identidad que te gusta, ya que estéticamente es atractiva y representa esa fuerza que supongo que transmiten sus canciones o conciertos; y también porque te hace sentir miembro de un colectivo que consideras poderoso. Desde tiempos remotos el ser humano ha necesitado pintarse o adornarse con objetos para verse bien a sí mismo, defender el territorio, salir a cazar o mostrar su pertenencia al clan. Pero yo creo que ahora que hemos evolucionado, ya 26
no es necesaria esa parafernalia. En el siglo XXI la autoestima, fortaleza, seguridad, etc. nos la deben aportar otras cosas como el desarrollo de todas nuestras capacidades, realizar bien las tareas que tenemos encomendadas o estar acompañados de gente que nos aprecia tal como somos y nos recuerda a menudo cuánto valemos. A Uve le pareció un razonamiento muy maduro, más propio de cualquiera de sus maestras que de una adolescente. Consciente de que su interlocutora poseía conocimientos y destrezas argumentativas más allá de lo que podría considerarse normal para su edad, quiso tantear un poco más hasta dónde podían llegar a extenderse. Para ello, lanzó la siguiente interrogación: −¿Y si me lo pongo por eso, porque me gusta provocar y meterme con un determinado tipo de personas? Sofí frunció el ceño y susurró que no le consideraba “de tan malvada condición”. −Entonces, ¿por qué lo hago? −No lo sé. No soy Psicóloga. −Venga, prueba. −Pues porque estás en la adolescencia, ya sabes: época de cambios, de enfrentarte a todo lo que signifique autoridad; o porque estás rebotado con este mundo. Puede que sea hasta porque tienes un complejo de inferioridad. 27
Sorprendido una vez más por la agudeza de las consideraciones de la chica, consciente de que no iba a poder ocultarle por mucho tiempo si seguía hablando con ella su verdadera personalidad, Uve se decidió a contar lo siguiente: −Mi padre, cuando yo era pequeño, se dedicaba más a estar con los amigotes, comidas y cenas que a llevarme a la montaña o a algún club para hacer algo. Mi madre, siempre estaba liada con la tienda, luego se separó de él y estuvo una buena temporada que no sabía si iba o venía cuando mi abuela empezó a perder la chaveta. Después, se echó un ligue del que prefiero no hablar. Por lo demás, en el insti, me etiquetaron de borroka por quemar una papelera sin querer. En el barrio, el ambiente depresivo al máximo, con la gente sin encontrar curro y diciéndote que eso mismo es lo que te espera cuando termines de estudiar. Y no digamos si te pasas por el gaztetxe: ahí no hacen más que repetirte que nos están dando por todos los sitios y que la batalla está perdida. A todo esto súmale que tengo una enfermedad rara. Sofí, sin querer saber por el momento en qué consistía, agradeció la franqueza desplegada por Uve con una mirada comprensiva y con la siguiente observación: −Me estás demostrando que eres una persona sensible e inteligente. −¿Y de qué sirve?
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−Quizás hasta ahora no hayas tenido buenas cartas en la partida. Hay gente que las tiene mucho peores. Pero puede que tu suerte cambie en cualquier momento. −Sí, el domingo de resurrección. −O desde hoy –le guiñó un ojo−, por haberme conocido a mí. Uve reconoció para sus adentros que Sofí era alguien muy especial. Iba a haberle dicho que le había gustado tener esa conversación con ella, pero se le adelantó: −Me agrada mucho haber compartido aquí este ratito contigo; lo que pasa es que me estoy quedando helada –terminó de decir castañeteando los dientes y cogiendo el móvil que había empezado a vibrar. Era su padre, preguntando dónde andaban. Había salido con Bego de la cafetería y se dirigían hacia las escuelas, o sea, al colegio Juan Abascal, no al que estaba en la Cercada, el Mencía de Velasco, entre el instituto junto con el pabellón deportivo y la estación de ferrocarril.
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Capítulo 4.
Tras saludar a algunos conocidos sin detenerse, dentro de los soportales junto a la Casa Palacio de los Soto Guzmán, Bego preguntó a su acompañante si acaso le preocupaba que le vieran a solas con ella en lugar de con su mujer. −Ya sabes que aquí en el pueblo enseguida te pueden sacar cantares por algo así; pero ¡qué le vamos a hacer! –exclamó con una sonrisa que daba a entender que estaba por encima de ese tipo de cosas. −No te pienses que voy a flirtear contigo, ¿eh? Que me acabo de echar una pareja nueva. Y para que lo sepas, no es un tío. ¿Qué, algún problema? Él, a modo de respuesta, se encogió de hombros. −No te imagino a ti homófobo pero, por si acaso, pregunto. −Puedes apuntar que no me considero quién para decirle a nadie cómo debe encauzar sus sentimientos amorosos o su sexualidad. Eso es algo privado que corresponde gestionar a cada cual. Si dos personas se aman, o se gustan, no deben interferir los demás.
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−Eso es lo que yo intento explicar a Víctor: que si su madre sale con otra mujer porque la quiere, él tiene que respetarlo; pero no termina de entenderlo. −Claro, porque vivimos en una sociedad que desciende de una tradición cultural intransigente con todo lo que no fuera la heterosexualidad. Cierto es que a día de hoy se ha avanzado bastante al respecto. Sin embargo, aún quedan actitudes de rechazo y prejuicios por desterrar. A buen seguro tu hijo tendrá que soportarlos fuera de casa. Bego cerró los ojos y apretó los labios, para continuar con una triste aseveración: −Nadie se imagina el sufrimiento que produce. Pero ahí no puedo hacer nada. −Eso no es cierto: puedes enseñarle que tu decisión, lejos de suponer una deficiencia, es un gesto de valentía y de fortaleza con el que buscas lo que al fin y al cabo busca todo el mundo: estar bien. Y si lo consigues, podrás contribuir mejor a que él también alcance su propia felicidad. Ella indicación.
sintió cierto alivio al escuchar semejante
−Tú no te tendrás una consulta de estas a las que va la gente para que le ayuden a hacer su vida más llevadera, ¿verdad? −No, pero elaboro recursos educativos para una empresa de libros digitales que tienen que ver con eso. 32
−¿Con la autoayuda? −No, con la Ética, esa la rama de la Filosofía que se dedica a mostrarnos caminos para lograr una existencia feliz. Bego afirmó que su hijo cursaba esa asignatura en el instituto. −He visto en sus apuntes que toca asuntos como la dignidad, la moral, las normas, las leyes… La verdad es que me resultan muy interesantes. Pero no termino de entender cómo se relacionan con la buena vida. Detrás de estas palabras que parecían un reconocimiento de ignorancia de corte socrático, se escondía cierto deseo de probar las dotes pedagógicas de su interlocutor; pero sobre todo, de seguir adquiriendo conocimientos académicos siempre que hubiera alguien dispuesto a enseñárselos: algo que constituía para ella una consigna de máxima importancia en la vida, por no haber podido cursar estudios superiores. −Me pondré en modo profesor –dijo el hombre. La mujer se acercó más a él para escuchar la ampliación de la respuesta. −A los jóvenes de la edad de Uve y Sofí procuramos enseñarles, de manera resumida, que los seres humanos tenemos capacidad racional. Con ella, podemos sopesar pros y contras a la hora de tomar decisiones, a diferencia de los 33
animales, que solo actúan movidos por instinto. A su vez, esto implica que gozamos de libertad. Bego dijo no comprenderlo del todo. −Veamos –propuso el hombre a modo de ejemplo−. A un animal hambriento le acercas algo de comida y va directo a por ella. En cambio, un ser pensante, puede pararse a decidir dejarla para otro momento, compartirla o darla a alguien más necesitado que él, o incluso rechazarla, aunque resulte apetecible. −Dímelo a mí, que estoy ahora con una dieta antipostres que me tiene de los nervios. Pero es cierto que lo he elegido libremente. −Además –se animó a completar su amigo− los seres humanos tenemos capacidad moral. Esta nos sirve para determinar el tipo de cosas que nos parece que están bien y las que están mal. −No lo veo tan claro. −A mí me gusta plantear la siguiente hipótesis para defenderlo. Imaginemos a un grupo de niñas y niños que fueran criados en ausencia de mayores que les proporcionaran aprendizajes, con sus necesidades básicas cubiertas por una especie de nodrizas. En cuanto tuvieran uso de razón, si uno causara daño a otro sin ningún motivo, ¿cómo lo interpretarían los demás?
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Bego respondió que, probablemente, se le quedarían mirando: −Como queriendo darle a entender que no les parece correcto. −Eso demostraría que, efectivamente, en nuestro interior tenemos algo que nos mueve a considerar que hay acciones correctas o aceptables y otras que no lo son tanto. La mujer pensó en otras posibles acciones originariamente justas: −Como ser legal con quien cumple contigo... Su interlocutor asintió, agradeciendo el esfuerzo realizado para seguir el planteamiento. −En conclusión: dicha racionalidad que nos confiere libertad, más nuestra capacidad moral, es lo que nos distingue como personas. Y también nos procura otro atributo excepcional: la dignidad. Bego preguntó si esto último no era algo que había que ganarse. −Yo lo veo así. En ese sentido se podría entender como algo similar al honor. Aunque también se puede concebir como una grandeza o una excelencia que poseemos los seres humanos de forma inherente. Esta segunda acepción tiene que ver, en un principio, con el planteamiento realizado por el Cristianismo, de acuerdo con el cual poseemos dignidad por el mero hecho de ser criaturas 35
hechas a imagen y semejanza de Dios; después, estaría fundamentada en la existencia de lo que la corriente cultural Humanista consideraba una Ley Natural; más tarde, sería reconocida por la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, tras las miserias padecidas por amplios grupos de población en todo el mundo tras las dos Grandes Guerras. Bego quedó pensativa intentando asimilar cuanto acababa de oír. −Vale, hasta aquí más o menos me voy enterando. Pero ahora me tienes que explicar qué tienen que ver con todo esto las normas y las leyes. El hombre sacó las manos de los bolsillos y comenzó a girar una sobre otra, como queriendo dar a entender que lo anterior daba paso a lo que expondría a continuación. −De esas valoraciones que hacemos las personas a las que nos referíamos hace un momento, surgen las normas morales. Es muy fácil. Cuando una comunidad considera, mayoritariamente, pongamos por caso, que respetar a los ancianos es algo que está bien, con el paso del tiempo, tal fenómeno, adquiere el citado rango. Bego se atrevió a poner otro ejemplo: −Cuando la mayor parte de una sociedad acuerda que la gente no puede tomar alcohol en la calle, como hacíamos nosotros por estos lares a diestro y siniestro, 36
aunque solo sea para no dar mal ejemplo a los niños, pues ya tenemos otra norma moral. −En efecto, y ésta puede llegar a convertirse en ley. Está explicado en una novela didáctica que escribí hace ya muchos años. Algunos asuntos que trataba en ella se han quedado desfasados, pero otros siguen teniendo validez, como este tipo de definiciones. El hombre extrajo del bolsillo un smartphone. En un acto no exento de vanidad quiso enseñar a su acompañante la aplicación que contenía el mencionado texto junto con algunas ilustraciones. −Aquí lo tengo –se felicitó por la prontitud del hallazgo−. Leo: “Se diferencian, básicamente, en que las normas morales no es obligatorio cumplirlas y las leyes sí. En otras palabras: las normas morales “aconsejan” llevar a cabo tal o cuál tipo de acciones; las leyes, por su parte, imponen sanciones a quienes no actúan de acuerdo con ellas. Uno puede no seguir la norma moral que reza que debemos cumplir nuestras promesas, y no por ello ser sancionado. Todo lo más cabe que sea marginado o rechazado por el resto. Pero si alguien incumple la ley que prescribe circular a una velocidad determinada por una carretera, o no robar, o pagar impuestos, y es descubierto, lo más posible es que se le castigue con una multa o se le condene a ir a la cárcel. Las leyes, así pues, son disposiciones que deben ser acatadas de manera ineludible para que no se produzcan conflictos que pondrían en peligro la vida en común”. Fin de la cita. 37
Deambulaban junto a la calle llamada de la movida, porque en ella se concentraban los discobares más concurridos las noches de los fines de semana y días festivos de hacía tres décadas. −¡Quién me iba a decir a mí, cuando venía a darle al pimple a la zona, que algún día pasaría por aquí contigo hablando de conceptos fundamentales de la Ética! –exclamó la cuarentañera−. ¡Y qué tú te ibas a dedicar profesionalmente a ella! −Bueno –reconoció el hombre−, digamos que al final de la adolescencia fui capaz de tomar una decisión acertada… Bego levantó el pulgar, apretó los labios y guiñó un ojo. Acto seguido, volvió a hablar: −Yo tengo que hacer una elección muy importante ahora, en cuanto regrese al barrio. Me han propuesto ir en la lista del partido en el que milito en las próximas elecciones municipales. Antes de que el acompañante mostrara su parecer al respecto le propuso acercarse al puente sobre el río que formaba parte de la Vía de Bayona usada por los peregrinos del Camino de Santiago.
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−Vamos si quieres −convino−, porque mi hija me acaba de enviar un Whattsapp diciéndome que vienen hacia aquí por el paseo fluvial.
Apoyados al lado de la escultura erosionada y decapitada de un león sedente, a la espera de que llegaran los dos jóvenes, él retomó la conversación que habían dejado aparcada mientras llegaban hasta ese sitio: –La Política persigue el mismo fin que la Ética: la felicidad. Solo que la primera va dirigida a cada individuo en particular, mientras que la segunda se dirige a la colectividad. La política es la ciencia que estudia la mejor manera de gestionar el gobierno para que la ciudadanía en su conjunto sea lo más feliz que quepa esperar. Bego dijo que esa y no otra era su intención. –Yo quiero que todo quisqui viva lo mejor posible –remató−. El problema es que ahora te metes ahí y lo primero que piensa la peña es que lo haces para trincar. –Digamos que como profesión está ciertamente desprestigiada, sobre todo por la egolatría y los casos de corrupción que se han conocido en los últimos tiempos. Sin embargo –admitió el hombre– yo me declaro un fiel admirador de todas las personas que, sean de la ideología que sean, se han dedicado a ella con la intención de servir a la sociedad. 39
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Capítulo 5.
Uve y Sofí aceleraron el paso por el camino hormigonado que transcurría junto al río. –Qué distinto es esto en las noches de verano –musitó la chica−. Suele haber unas cuantas parejitas dándose el lote… –Mi madre me confesó una vez que bajo estos árboles tuvo su primera relación. Ella preguntó con cuántos años. Él respondió que con 16. –El otro día leí –siguió Sofí– que esa es la edad a la que la mayoría de las chicas lo hace por primera vez en nuestro país. –¿Y qué te parece el dato? −se interesó Uve. –Pues que es un poco pronto. En el artículo ponía que esa experiencia produce un considerable impacto emocional. Y que si es prematura, gran parte de las veces resulta decepcionante. El chico dijo no entender por qué. –Al parecer, solo un 6% de las mujeres logra alcanzar el orgasmo. Vale que en vuestro caso se eleva hasta el 60%. 41
Él iba a ver hecho una chufla a partir de semejante desproporción pero, en vez de ello, pidió a su acompañante opinión al respecto. –Es porque nosotras buscamos algo que tiene que ver más con los sentimientos que con el placer puramente físico. Además, vuestro mecanismo es bastante simple, y se dispara con facilidad. El nuestro es más sofisticado y requiere mayor habilidad técnica para desarrollar todo su potencial. –Vamos, que vosotras, tenéis que dar con personal altamente cualificado, para que todo salga bien. Sofí, cogió una rama, la tiró al agua y dibujó silenciosas ondas que reflejaban el brillo de la luna. –Digamos que nos gusta ir más despacio –aclaró–, y disfrutar de otros matices. Para ello, creo que es necesario un amplio conocimiento del propio cuerpo y cierto nivel de auto-aceptación que suele tardar algo más en llegar. Uve cuestionó hasta qué punto eso último podía ser complicado en una sociedad, como todas las desarrolladas, con unos estereotipos muy alejados de la realidad. –¿Lo dices por lo distintas que somos las chicas de carne y hueso de las que salen en los anuncios? –Sí, porque supongo que viendo sus cuerpazos y lo seguras que se sienten de sí mismas, cada vez que os miréis en el espejo, os tiene que acomplejar. 42
Sofí, respondió con sorna: –Claro, vosotros lo tenéis más fácil, porque la mayoría de los tíos protagonistas de los videoclips más vistos son unos garrulos que casi no saben ni hablar, con cuerpos bien cebados o inflados en los gimnasios, y caras que tienen que tapar con gorras y gafas de sol. Al chico le hizo gracia la descripción que acababa de escuchar. La completó imitando a lo que podría ser un chimpancé o un gorila y, recuperada la seriedad, admitió que vivimos en una sociedad machista. –Pues yo me declaro hembrista –salto Sofí. Uve, la creyó. –¡Que no, hombre! –se guaseó ella–. Como mucho, simpatizo con el movimiento feminista. –Con Campoamor y compañía… La joven recordó ese nombre y otros afines sobre los que habían investigado en el segundo trimestre. –¿A vosotros también os mandan colgar en la pared unas cuantas biografías de mujeres importantes para celebrar el 8 de marzo en el instituto? El muchacho sonrió: –Nos han pedido un Genially con línea de tiempo, texto, fotos, vídeos… 43
Sofí dijo no conocer esa herramienta y mencionó otras dos con las que solía presentar los trabajos. –¿Y qué notas te ponen? –¿A mí? Siempre diez. Ante la mueca de incredulidad de Uve, Sofí añadió que en todas las asignaturas, y apostilló: –Que sí, chiquitín, que las niñas somos más listas, y sabemos hacer más cosas que llevar la casa o criar… Quería haber añadido algunas cifras sobre porcentajes de matriculadas y matriculados en las universidades, o diferencias en el rendimiento académico, pero el chico le interrumpió: –Sois más constantes, más regulares; de todas formas, ¿no has dado a entender que lo que tú defiendes es que se nos considere iguales? Eh, que yo en casa, con mi madre, practico a tope la corresponsabilidad. Ella inclinó ligeramente la cabeza a fin de mostrar complacencia. Iba a decir: “como debe ser, ni más, ni menos”; Uve se le adelantó con un “ni pa ti, ni pa mí, y ya está”.
Pasaron por debajo del puente junto al instituto. Dedicaron el siguiente tramo a manifestar su repulsa hacia la violencia de género y llegaron a la Isla para enfilar, casi sin 44
aliento, la recta que les llevaría hasta donde les estaban esperando. Justo entonces, por la vía del tren que pasaba por encima, llegó pitando y a gran velocidad un mercancías. Uve se agarró a Sofí asustado. –Tranquilo, que no se sale del carril –dijo ella viendo cómo se alejaba el último vagón. El chico no quería mirar. –¿Estás bien? –preguntó finalmente quien consiguió, frotándole el pelo, que abriera de nuevo los ojos. –Lo siento; he tenido un flash. Al ver la cara de perplejidad de su acompañante, él habló: –Me pasa algunas veces, por haber metido muchas horas con un videojuego. A continuación explicó en qué consistía: saltos en paracaídas, asaltos a edificaciones en las que puede haber un francotirador, emboscadas… –Sí, creo que ya sé cuál me dices. –Pues eso: que tantas partidas me han dejado un poco rayado, y hay instantes, como ahora, en los que se me aparece uno de los personajes dispuesto a liquidarme. Al de hace un par de minutos me ha parecido verlo botar desde la 45
máquina hasta ese tronco para abrir una caja con el arma más potente de todas. A Sofí le costaba creer que una adicción como la que él declaraba tener pudiera llevar a consecuencias como esa. Al preguntarle si seguía algún tratamiento, le respondió: –Me ha dicho la psiqui que procure no entrar en todo el fin de semana, que me distraiga con otras cosas, y el lunes que tengo otra vez cita, ya veremos. –Y por eso tu ama ha hecho contigo el trato ese de dejarte ir al concierto… Uve asintió, con un gesto de victoria que más que orgullo mostraba cierto afán de autoconvencimiento. Sofí, dándose cuenta de ello, quiso apoyarle con un “vas a conseguirlo por más de mil; y si la cosa se complica, aquí estoy yo para echarte un cable”. Él asintió agradecido y, sin más, los dos se dirigieron al punto donde habían quedado.
–¿Qué, os sobran calorías? –preguntó Bego al verlos. –Yo estoy como un témpano –respondió Sofí, acurrucándose entre los brazos de su progenitor. –Pues venga, nos vamos ya para casa –propuso este.
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A Uve le hubiera gustado ser quien abrazara a la muchacha. Era la segunda vez que le ocurría. Pero no sabía exactamente a qué tipo de sentimiento o emoción respondía ese deseo. Se notó confundido. Su madre se percató de ello y entonces realizó la siguiente propuesta: –Podríamos hacer algo juntos mañana. Sofí levantó la cabeza para ver la cara que ponía su padre. –¿Qué dice el profe? –preguntó la mujer, con una mirada engatusadora. –Teníamos previsto ir a dar una vuelta por el campo –ofreció él. Sofí añadió que iban a grabar unos vídeos para un trabajo de clase. –Chachi –aceptó ella–. Me ape un montón; que a nosotros dos, que somos ratones de ciudad, nos vendrá muy bien aire freco, ¿eh, chiqui? El hombre preguntó si a las 9 era buena hora para salir, a lo que los otros tres respondieron que les dejara dormir un poco más.
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Capítulo 6.
A las diez, como habían acordado, los cuatro se reunieron a la puerta del pequeño hotel en el que madre e hijo habían pernoctado. –Mira, pichu, aquí enfrente, estaba el cine –señaló Bego un edificio cuya parte exterior se había reconvertido en un bazar. El chico se interesó por el tipo de películas que solían ver allí. –¿De romanos? –bromeó. –No, de Autrigones –respondió Sofí. Uve preguntó quiénes eran esos. –Pues el pueblo celta que ocupó estas tierras en la época prerromana. Se extendían hasta el Cantábrico, teniendo como frontera por la derecha al río Nervión. El primer historiador que los menciona es Tito Livio, en el año 76. Plinio el Viejo, poco después, escribirá que contaban con diez asentamientos importantes, siendo el de Briviesca uno de ellos. Rendían culto al dios Viruvius, que dará nombre a la comarca. –¿Y tú, cómo es que sabes tanto de esa tribu? –se interesó Bego. 49
–Pues porque la de Filosofía nos ha puesto deberes para las vacaciones. Su padre dijo que, aparte, Sofí era aficionada a la Historia: hasta tenía un blog con bastantes seguidores en el que colgaba fotos y comentarios para gente de su edad sobre lugares de interés que visitaba de vez en cuando con la familia. Ella, prefiriendo pecar de modesta, prosiguió: –Nos ha pedido que escojamos una antigua civilización o comunidad humana e investiguemos sobre su organización política. Luego, tendremos que debatir sobre cuál de todas las que se presenten nos parece la mejor. Le he pedido ayuda, aquí, al profe, y me ha dicho que podíamos presentar algo sobre estos antepasados suyos. El aludido dijo que había encontrado algunos datos que los hacían ciertamente interesantes. –Pero si queréis saberlos, tendremos que subir allí arriba. Y señaló el cerro que emergía sobre los tejados del final de la calle en dirección Sur, coronado con unas antenas de telecomunicaciones. –Ese es el monte de San Juan –afirmó Bego. El hombre lo confirmó, y añadió que en su cima era donde se construyó un primer castro hacía dos mil quinientos años. 50
–Después –prosiguió–, los pobladores bajaron a vivir a la vaguada por la que discurre el Oca. Su hija explicó que tras ellos llegaron los romanos, fundando allí mismo un enclave de cierta importancia en la calzada que iba desde Astorga hasta Cerezo de Rio Tirón. Seguidamente, dio orden de emprender la marcha.
Aunque la mañana había amanecido soleada, continuaba haciendo un frío impropio del mes de marzo. Tras caminar comentando lo poco que madrugaba la gente los días festivos y otras cuestiones triviales, llegaron al lugar en el que antiguamente había una báscula para pesaje del cereal cosechado y transportado en los meses de verano por tractores con remolques al silo de la estación. Olía a la morcilla elaborada en una pequeña empresa familiar al comienzo de la carretera que llevaba a los pueblos casi deshabitados, aunque con varias casitas de recreo, al menos el primero de ellos, de Valderrueda y Reinoso. Iniciaron el camino de San Francisco. Al llegar a la altura de las ruinas del antiguo convento reconvertido en explotación agrícola, torcieron a la izquierda, justo al final de una urbanización en la que aún se seguía construyendo algún chalet y emprendieron el ascenso por la ladera. Tomaron una senda estrecha por entre la hierba que, en la parte baja, estaba jalonada por algunos chopos y olmos. Luego, ya sólo fueron quedando pequeños arbustos. 51
–Por aquí cogía yo setas de cardo con mi tío –recordó Bego en una de las paradas obligadas para tomar resuello. –Pues los que vivían allí arriba recolectaban bellotas –intervino el hombre−, así es que debía de haber encinas. Sofí preguntó si se las comían. –Se las echaban a las cabras ovejas y caballos que criaban. También hacían con ellas harina para preparar una especie de puré y cerveza. Una vez, ahí al lado, un amigo encontró un pequeño molino de mano, un ídolo de bronce y un trozo de puñal. A modo de paréntesis, el padre comentó que, mientras las mujeres cultivaban la tierra, los hombre se dedicaban, principalmente, a guerrear y a la rapiña. Sofí alzó un de las suyas con un trozo que parecía de teja. –¿Será cerámica suya? –preguntó. –Sí. Por toda esta zona hay muchos restos, además de monedas, canicas de piedra, pesas… La joven extrajo de la mochila una pequeña videocámara deportiva y la adaptó a un bastón extensible que serviría de trípode. –Voy a hacer unas tomas para que se vea cómo era el enclave –dijo, orientándola hacia el final de los Montes 52
Obarenes, donde se encuentra el desfiladero de Pancorbo, considerado el límite orográfico con la Vascongadas. –Las mejores vistas están en la cresta, desde donde se divisa la Sierra de la Demanda y los altos de La Brújula. Precisamente ahí levantaron sus casas, para defenderse mejor de los enemigos, dentro de una muralla y protegidas por túmulos de tierra del viento. Sofí preguntó a Uve si había “visto algo raro”. Al recibir un “todo controlado” por respuesta, los cuatro terminaron la ascensión y ella pudo realizar algunas buenas panorámicas. A continuación, buscaron un resguardo para comer unos bocadillos que habían preparado los anfitriones.
Al cabo de un rato, Bego pidió a su amigo que explicara eso que había dejado pendiente: lo que hacía interesante el sistema de organización política de los antiguos lugareños. –Mirad, en la Historia del pensamiento, se considera a Hobbes, Locke y Rousseau, los llamados contractualistas, como los autores que primero se hacen la pregunta sobre cuál es la mejor manera de ejercer el poder político. Para responderla, se plantean cómo se hallarían los humanos en un hipotético estado originario o de naturaleza. La respuesta de Hobbes es: “en una guerra de todos contra todos”, debido al egoísmo hedonista que, según él, mueve a cada individuo en particular. Al parecer de Locke, por otro lado, 53
viviríamos pacíficamente, al menos hasta que comienza a haber propiedad privada. Rousseau, en tercer lugar, considera que seríamos buenos salvajes, que incluso ayudaríamos al prójimo en caso de verlo necesitado; pero no tardarán en aflorar ciertas pasiones que traerán consigo los conflictos. Ante estas situaciones, Hobbes propone como solución elegir a una sola persona, a la que se entrega todo el poder para que lo ejerza como estime más oportuno. Locke, opinará que lo suyo es escoger a un grupo que represente a toda la comunidad. Rousseau, pensará que lo más acertado es que esta última se reúna para que se exprese la voluntad general, que será lo que regule en todo momento la convivencia. A partir de aquí los otros tres iniciaron una discusión sobre la que podría considerarse mejor opción. Cuando le preguntaron al instructor por su parecer, éste respondió: –¡La de los Autrigones! Sus acompañantes no comprendían la respuesta. Él, realizó la siguiente aclaración: –Los arqueólogos creen que los habitantes de castros como el que aquí hubo, que podían ascender al millar, tenían un líder. Pero este consultaba a un consejo de ancianos las decisiones más importantes. Y estás, una vez tomadas, debían ser aceptadas por una asamblea popular.
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–O sea, que era una fórmula que reunía un poco a las otras tres: uno solo, asesorado por un grupo, respaldado por todos los demás –reflexionó Bego en voz alta. La mujer iba a haber comentado a su amigo de qué forma tenía pensado contar con la voz del pueblo si pasaba a dedicarse más activamente a la política. Pero al ver las manos de su hijo, dio por terminada la charla: –Tenemos que irnos, mozo. Ya se te están empezando a poner azuladas. –Claro, como no puedo darle a los videojuegos, se me quedan sin circulación –intentó quitar él hierro al asunto. Bego explicó que era debido al síndrome de Raynaud, una enfermedad que producía un estrechamiento de los vasos sanguíneos causado normalmente por bajas temperaturas ambientales o situaciones de estrés, y que le vendría bien meterlas en agua templada. Los otros dos se mostraron de acuerdo con dar por terminada la expedición. En el camino de descenso, Bego informó que esa enfermedad era otro de los motivos por los que habían viajado hasta allí: –En la parafarmacia en la que trabajo varias clientas me han hablado de las propiedades curativas de las aguas del pozo negro para males como este. 55
Se refería a uno de los manantiales que se encontraban bajo el Santuario de Santa Casilda, a una decena de kilómetros de allí. –Teníamos pensado acercarnos esta misma tarde a mojarnos un poco. Sofí recordaba haber realizado bonitas excursiones por el paraje. –Os podríais venir –propuso Bego. Uve miró a la chica esperando un gesto afirmativo. –Está bien –adelantó su padre–. Teníamos previsto dar otro buen paseo.
Llegaron al sitio del que habían salido con cierta dificultad, porque estaba teniendo lugar el via crucis organizado por la Cofradía de la Vera-Cruz. Tras decir “hasta luego” a Bego y Uve, los otros dos continuaron hasta el final del recorrido, detrás de la Iglesia de Santa María. Allí, unos soldados romanos, con otros ayudantes judíos, la Virgen y San Juan, al toque de una banda de cornetas, simularon la crucifixión con una talla del nazareno de 1767. Tras el izado de la cruz usando cuerdas y una escenificación de los últimos momentos de la vida del Mesías en el calvario, tuvo lugar el descendimiento para formar un 56
cuadro de la Piedad de gran plasticidad. Luego, se introdujo el cuerpo yacente en una urna acristalada que hacía las veces de sepulcro y se dio por terminado el ceremonial.
Mientras los procesionantes abandonaban la plaza, Sofí preguntó a su padre qué le parecía actos de exaltación de la religiosidad como ese o cuantos tenían lugar por toda la geografía española durante la Semana Santa. –Pienso que forman parte de nuestra tradición cultural. Después, se han ido convirtiendo, en algunos casos, en reclamo turístico. También entiendo que puedan resultar un punto “incómodos” para las personas no creyentes o que practican otra religión. A fin de precisar esta última apreciación, lanzó al aire el siguiente interrogante: –¿Qué nos parecería que la comunidad musulmana de nuestro país, por ejemplo, saliera a las calles durante un par de días a manifestar su devoción por Mahoma, practicando rituales como este o como el de Los Picados de San Vicente de la Sonsierra, aquí cerca, en La Rioja? –¿Te refieres al de esos penitentes que se azotan en la espalda hasta que empieza a sangrar? Sin solución de continuidad la muchacha respondió: –Creo que podría sentarme mal. Por eso opino que las vivencias religiosas son algo que debe practicarse en la 57
intimidad o, al menos, no de cara al público. Yo respeto las de todo el mundo; pero también pido que no me las pongan delante si yo no deseo participar de ellas. A su padre le pareció una postura bastante sensata.
–La de Filosofía –prosiguió la joven, dirigiendo la conversación por otros derroteros– nos explicó el otro día que la figura de Jesús presenta bastantes similitudes con la de Sócrates, que vivió casi quinientos años antes que él. El hombre convino en que así era: –Ambos decían ser portavoces de un dios que habitaba en su interior. Los dos pudieron evitar la pena máxima: uno retractándose de lo que había dicho ante el gobernador y el Sanedrín, y el otro aceptando la huida que le proporcionaban algunos amigos tras ser condenado. Y tanto uno como otro se despidieron de los suyos diciendo que no se debían preocupar, porque pronto volverían a estar con ellos. –Creían en la vida eterna, ¿verdad? –En efecto, daban por hecho que los seres humanos somos un compuesto de cuerpo y alma, y que lo primero, perece; lo otro, no, intentando llevar a cabo continuamente un proceso de purificación. Sofí preguntó a su padre en qué se basaba. 58
–¿En el caso de Sócrates, en el desarrollo del conocimiento. En el caso de Cristo, al menos mientras estemos en este mundo, practicando los Mandamientos. La muchacha confesó haber olvidado cuáles eran. Su padre respondió que el siguiente, podía servir como compendio: –Ama a tu prójimo. Ella alegó que ya lo hacía. –¿Incluyendo a tus enemigos? –No. A esos, ni agua. –Pues el día que seas capaz de perdonarles y quererles; ese día, según la fe cristiana, habrás alcanzado la perfección. –La idea no está mal –reconoció la muchacha–, y no te digo si todos intentáramos llevarla a la práctica: el mundo sería un auténtico paraíso. El hombre admitió que, efectivamente, como teoría ética, el cristianismo gozaba de muy buena reputación entre la mayoría de los pensadores de nuestra era. –Pero que lejos estamos en eso de amar sin esperar nada a cambio, ¿eh, papá?
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El hombre asintiĂł con la cabeza, dio un beso en la mejilla a su hija y le propuso ir a comer una gilda al bar que habĂa en la esquina.
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Capítulo 7.
Habían quedado a las cuatro en uno de los bares del centro donde solían jugar la partida las personas mayores. El hombre recordó que allí también se reunían los cazadores y servían suculentas meriendas hacía unos cuantos años. –Y las noches de las fiestas veníamos después de cenar en el local de la peña, a tomar la primera, y más tarde, a echar unos bailes. Ponían buenos rocanroles… –¿Qué tiempos aquellos, eh abueletes? –chanceó la joven. –No tenéis ni pu…ñetera idea de lo que es pasarlo bien –reprochó Bego, mientras pagaba la cuenta de dos cafés, nas infusión y un botellín de agua. Después, salieron a la calleja, bajaron hasta el solar en el que ella tenía aparcado su coche, montaron en él y tomaron la carretera dirección a Santander. Nada más abandonar el casco urbano, a la altura de unos almacenes agrícolas, se desviaron en dirección a Revillalcón. Sofí explicó a Uve que por allí volaba sus pájaros Félix Rodríguez de la Fuente, nacido en la localidad cercana de Poza de la Sal, en compañía de algunos amigos briviescanos. Dejaron a un lado la ermita de la Espinosilla y, antes de llegar a Salinillas, giraron a la derecha para tomar 61
una empinada cuesta que les llevaría hasta un morrón acondicionado a modo de magnífico mirador de La Bureba. –Granero de Castilla y “corazón de las tierras de Burgos”, según Azorín, –advirtió el hombre extendiendo la mano desde la Mesa de Oña hasta el desfiladero de Pancorbo, por encima de una planicie formada por infinidad de cuadrículas de diferentes tamaños y tonalidades entre ocres y verdes. –Pues a mí, qué queréis que os diga, me seducen más los valles con pastos y coníferas que tenemos yendo hacia Euskadi –afirmó Bego. –Pinos aquí atrás tienes –señaló su amigo imitando el acento vasco. La mujer dijo que no eran iguales, sino mucho menos verdes, y que ese paisaje le parecía bastante soso. –¡La hermosa austeridad de la Meseta! –exclamó él con tono poético. –Anda, vamos a mojarnos un poco, que tanta naturaleza a palo seco se te está subiendo a la cabeza.
Llegaron enseguida al pozo blanco, así llamado, quizás, por la claridad de sus aguas o el cerco formado por piedras calizas que delimitaba el manantial. Entre los grijos del fondo se distinguían algunos trozos de distinto color. Bego recordó lo que decía al respecto la tradición popular: 62
que desde la ladera que subía al santuario, las parejas que deseaban tener descendencia debían tirar un canto (para que fuera niño) o una teja (para que fuera niña), y conseguir que cayera dentro. Sofí cogió una rama de sauce y la arrojó al arroyo que se originaba junto a la abertura por la que salía en esa época del año un buen caudal. Uve le preguntó si eso significaba que no quería tener hijos. –Prefiero tirar un pedrusco en el pozo negro, para que me salgan diablillos –bromeó ella. Accedieron luego hasta ese otro lugar, en el centro de una explanada con viejos árboles recién podados. Sofí se separó a leer el breve texto de probablemente algún autor de la zona que figuraba en un pequeño cartel explicativo: – “… Si me llamo pozo negro es porque suelo curar el dolor y la negrura, todo lo que es fealdad…” Bego desenroscó en tapón de la garrafa que llevaba consigo y se inclinó al borde para comenzar a llenarla. La chica enunció la instrucción dada en otro cuadro pegado al anterior: –“Introducir una posteriormente al enfermo…”
prenda
y
colocársela
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–¡Qué prenda ni qué leches! –exclamó la mujer–, ¡aquí nos remangamos y nos metemos todos hasta la rodilla! Uve declaró que el defecto lo tenía en las manos, y que eso es lo único que iba a mojar. Sofí se acercó junto a él y se humedeció la frente: –Para que no me duela la cabeza cuando tenga que estudiar mucho. Su padre declaró que, por lo que él tenía entendido, las peregrinaciones para tomar esas aguas se remontaban a tiempos inmemoriales. –Al parecer se les atribuían propiedades curativas para diversas patologías relacionadas con el flujo sanguíneo. Casilda, debía de tener alguna y, por eso, se vino para acá. –¿Y por qué se le consideraba Santa? –preguntó Uve. –¿Es que no os sabéis la historia? –inquirió el lugareño. Los tres negaron con distintos gestos. El hombre buscó en su móvil un pasaje de otra novela didáctica elaborada por él mismo hacía ya algunos años: –“En el siglo XI vivió en Toledo un rey llamado Al Mammun o Aldemón –leyó como si fuera un narrador teatral–. Tenía una hija llamada en árabe Casida, que significa poesía o cantar. Esta, algunas veces, acudía a escondidas a las 64
mazmorras de palacio para visitar a los prisioneros cristianos. Les llevaba alimentos, bálsamos para las heridas, hablaba con ellos… Pero un día su padre se enteró y la esperó oculto en una de las celdas. Cuando ella llegó con un cesto en el brazo salió a su encuentro y le preguntó: ‘¿Qué llevas ahí tapado?’ Ella respondió: ‘Nada’. Y cuando retiró el paño tan solo descubrieron infinidad de pétalos aromáticos” Poco después Casilda enfermó. Los médicos no hallaban la causa de sus pérdidas de sangre. Uno de los cristianos encerrados les dijo que arriba de Castilla había un lugar cuyas aguas curaban el mal que tenía la pequeña. Al Mammun envió a sus emisarios a dar con él. Cuando lo encontraron, el rey moro pidió permiso al rey castellano para que su hija pudiera acudir allí y acampar con un pequeño séquito. Este lo consintió. Casilda pasó una larga temporada curándose poco a poco, dedicada a la vida contemplativa y, tras convertirse al cristianismo, a la oración. Su padre le pidió que regresara. Ella respondió que su deseo era quedarse a vivir en aquel enclave. Cuando murió, las gentes del lugar construyeron una ermita en su nombre a la que hoy acuden personas de diferentes lugares a rezar y pedir alivio para sus enfermedades…” –¿Es eso que hay allí arriba del todo? –señaló Uve una edificación con un pequeño campanario, porticada en un primer tramo y la parte de atrás dedicada a hospedería. 65
El hombre asintió, preguntó si querían acercarse a verla y, al recibir un sí unánime como respuesta, desandaron el camino hasta el coche e iniciaron la ascensión por una carretera curvada. Al llegar al aparcamiento, el que seguía haciendo de guía observó que aún el día 9 de mayo, cuando tiene lugar la romería hasta allí que culmina con una comida de hermandad a base de paella pan y vino, lo normal es tener que ir también abrigado para evitar el viento que sopla en ese alto. Después, pasaron por delante del caserón en el que dijo que se guardan todos los exvotos que se llevaban antiguamente. –La verdad es que su exhibición resultaba bastante desagradable –añadió− objetos de cera, mechones de cabello, fotografías del siglo pasado, piernas ortopédicas… –Yo, solía bajar por esas escaleras a la gruta dedicada a San Vicente –señaló Sofí−. Me imaginaba a un ermitaño allí viviendo solo, con libros practicando la meditación… –Pues a mí, replicó Bego, lo que me daba yuyu era ver el sepulcro donde estaba enterrada. Su amigo admitió que, en efecto, los restos de la santa se encontraban en un sarcófago esculpido por Diego de Siloé, dentro de la cueva donde vivió, junto a la que se construyó la iglesia, y que el aspecto de tal cámara funeraria, vista a través de una puerta de hierro, podía resultar un tanto tétrico.
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–Paso de entrar en la iglesia y de ver ese otro sitio. Me voy a meter al bar a tomar algo –sentenció la mujer. –Pues yo me quedo fuera un momento para hacer una llamada de teléfono. Los jóvenes dijeron que acudirían enseguida, que antes querían contemplar la puesta de sol en tonos grises, malva y anaranjados bajo los dos hermosos pinsapos que había en la parte de atrás.
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Capítulo 8.
Al entrar a la taberna al cabo de unos minutos, el hombre saludó a quien estaba al otro lado del mostrador. Era, aunque no lo pareciera, el autor de tres magníficas novelas ambientadas en la Edad Media. –¿Qué, cómo está tu churri? –se interesó Bego. –¿Cómo sabes que he hablado con ella? –Te podría decir que por intuición femenina. Pero en realidad se debe a que soy un poco bruja. –Ya, y por eso te llevas este botellón de agua milagrosa: para hacer bebedizos o ungüentos. La mujer agitó en envase apoyado en el suelo y alegó que un curandero en el que confiaba también se lo había recomendado. –Pero no le digas nada a mi hijo; que él no cree en estas cosas y va a pensar que se me está yendo la olla. El hombre se encogió de hombros: –Se habla de oligoelementos que hacen que el organismo funcione mejor… –Yo, voy a probar todo lo que haya, con tal de verle sano y contento. 69
El acompañante le dio la razón con la mirada y, antes de que pudiera decir nada, ella volvió a interpelarle: –Dime, ¿cómo están los tuyos? –Mi mujer dice que estupendamente. Que les ha sorprendido mucho lo bien que han congeniado con las delegaciones de otros países como Bulgaria o Rumanía. Y que los polacos les están tratando de maravilla. –¡Pues claro, ahí va la os…curidad! Que somos muy dados a etiquetar a la peña de fuera, y luego nos llevamos sorpresas. El hombre reconoció haber tenido sus dudas sobre el tipo de asistentes que iban a encontrarse en un certamen tan distinto a lo convencional. –Así es que tienes tus pequeños prejuicios ¿eh, españolito? Sin darle tiempo a que respondiera, Bego le hizo una pregunta más: –Oye, me gustaría saber cuál es la opinión que hay formada allá donde tú vives sobre los vascos y los catalanes, con todo este jaleo que se ha montado acerca de la independentzia. –¿Tú quieres separarte del resto del Estado? La mujer se animó a responder rápidamente: 70
–Yo soy nacida en el Condado de Treviño, y me llevo bien con los de arriba, con los de abajo y con los de todos los lados. –Pues eso, que aquí cada uno es hijo de su madre y de su padre. Quiero decir, que habrá personas que preferirían vivir separadas y otras que no. E individuos que opinen que tener esa inquietud es algo malo, y otros que opinen lo contrario. Bego mantuvo atrapada la mirada de su contertulio hasta que consiguió extraerle la siguiente declaración: –Yo lo que quiero es que haya entendimiento que lleve a consensos. –¿Y eso, cómo se logra? –No lo sé. Quizás poniendo en práctica un diálogo como el que propone, Jürgen Habermas en su obra Teoría de la acción comunicativa. Dándose cuenta de que ninguno de los tres tenía noción al respecto, el hombre explicó lo siguiente: –Cualquier hablante que pretenda entenderse con los demás, debe intentar constantemente expresarse, en primer lugar, con inteligibilidad. Quiere esto decir que lo que expone ha de ser enteramente comprensible. En segundo lugar, tiene que enunciar solo lo que es verdad. Esto es, contenidos ciertos, objetivos, empíricamente demostrables. Después, no puede menos que obrar con veracidad. O lo 71
que es lo mismo: procurando no tergiversar, mentir o engañar. Por último, actuará con rectitud, o sea, cumpliendo las normas que se hayan dado como, por ejemplo, escuchar a los demás, no dar por terminada la conversación hasta que el resto considere que ya se ha llegado al final, etcétera. Al hilo de esto retomó el punto en el que se había quedado antes del inciso y remató: –Por lo demás, diré que a mí no me gustan las generalizaciones, que considero a cada persona en particular; y desde luego que no por su procedencia, sino por lo que da de sí cuando está conmigo. –Ya, pero los castellanos sois todos un poco cerraos… –Y dale. Habrá algunos asentados en el inmovilismo y que se crean que son el ombligo del mundo, como los hay en todos los sitios. Pero en mi pueblo, yo creo que predominan más los que se han dedicado a abrirse, a acoger e incorporar. Tienes que tener presente que aquí, cundo se construyó la autopista, vinieron andaluces y extremeños que luego se quedaron a vivir con sus familias, fusionándose con el resto de la sociedad. Luego llegaron portugueses; después marroquíes. Quien buscaba trabajo lo encontraba, y si quería integrarse pronto pasaba a ser uno más. A día de hoy tenemos habitantes de hasta 30 nacionalidades, y hay una constante dedicación para seguir fomentando con ellos esas actitudes que nunca deben faltar entre los ciudadanos del mundo: tolerancia, respeto, fraternidad, solidaridad y diálogo intercultural. 72
Los dos jóvenes acababan de entrar. Sofí preguntó si podía pedir algo de comer en la barra. –Bai –apoyó Bego en su otra lengua. Su padre aceptó también, haciendo uso de otra expresión en euskera que conocía de la época en que algún jueves iba a tomar zuritos en algún bar del casco viejo de la capital alavesa: –Unos pintxos bateko. –Mejor una morcillita de Burgos –bromeó Uve. El posadero se acercó a la mesa con una libreta y se dispuso a apuntar. Preguntado por lo que podía disponer sin tener que cocinar, propuso, de entrada una tabla de queso. –También os puedo poner, que no me cuesta nada, un revuelto de boletus o algún cojonudo. –¿Espárragos de esos gordos? –quiso cerciorarse La mujer. –No, aquí llamamos así al huevo frito de codorniz con un trocito de chorizo y una tira de pimiento. La muchacha aseguró tener bastante hambre. –Pues te puedo calentar hasta un cuarto de cordero que me ha sobrado de esta mañana… O una trucha con jamón… 73
Su padre y Bego coincidieron en que, con lo anterior que había enunciado sería suficiente. –Vamos a poner también media hogaza de pan. ¿Y de beber? ¿Una cervecita para los mayores? –Saca chacolí o algo bueno que tengas guardado por ahí –pidió Bego. –Pues un cosechero de la Ribera del Arlanza que me han traído bien rico.
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Capítulo 9.
Uve preguntó si le iban a dejar beber vino. –Tú, de aquí de la garrafa esta minero-medicinal –se burló cariñosamente su madre–. Venga va, si me dices que es lo que más te ha gustado de esta excursión, te lo dejo probar. –Pues lo que más me ha gustado es que aunque hacía frío, no he notado nada raro en las manos. Sofí se complació de la noticia. –Y a ti, que es lo que más te gusta de aquí, papá. –Siempre que vengo a este sitio pienso en la leyenda. No en el milagro de los panes convertidos en flores o en el hecho de que la princesa se pasara a nuestro bando. Me fascina el ejercicio de diplomacia que debió llevar a cabo su padre con quien era un potencial enemigo. –Ya te digo: anda que no se tendrían ganas en aquella época el uno al otro –aseveró Bego. –Pero mira, fueron capaces de dejar a un lado sus diferencias por una causa noble: que la chiquilla encontrara alivio para su enfermedad. –Igualito que lo que hace el gobierno de Israel en los territorios ocupados –reprochó la mujer tras escuchar los titulares del telediario: 75
“Quince palestinos han resultado muertos y 2000 heridos en enfrentamientos con tropas israelíes en la franja de Gaza. La organización Hamas ha convocado en el Día de la Tierra una jornada de protesta por las expropiaciones de propiedades Palestinas por parte de Israel. Hay también expulsión por parte de Rusia de diplomáticos de 23 países, entre ellos España. Se suma a la de 60 en Estados Unidos por acusar a Moscú del envenenamiento de un ex espía. Desde Naciones Unidas, su Secretario General ha dicho que toda esta situación recuerda a la Guerra Fría…” El hombre cerró los ojos y cabeceó. Uve se excusó para ir al baño. Sofí le preguntó se encontraba bien. Él respondió al oído que sí; pero que prefería no ver imágenes de tiros y violencia : “por eso de no mentar la soga en casa del ahorcado”… –Lo de estos, no tiene remedio –opinó Bego señalando la pantalla. –Los dirigentes mundiales deben convencerse de que el futuro de la Humanidad pasa por asumir que hay diferencias religiosas o políticas muy difíciles, sino imposibles de superar; pero que si buscamos puntos de encuentro, podemos encontrarlos, y así seguir adelante. –Lo malo, papá, ya lo hemos hablado muchas veces, es que hay individuos que no piensan, que no se dan cuenta ni de lo fundamental.
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Bego aprovechó esa intervención para retomar un tema que habían tocado la tarde anterior, y que a ella le interesaba especialmente: el de los Derechos Humanos. –El problema es que hay países que no los reconocen en su totalidad –planteó la mujer–. Algunos hasta se atreven a afirmar que son un invento de Occidente para descalificar a otras culturas distintas a la suya. ¿Cómo se les podría convencer de que constituyen la base que sostiene a la civilización humana? El hombre se mantuvo pensativo unos instantes y, finalmente, declaró: –A mí me gusta utilizar como argumento lo que propone John Rawls en su Teoría de la justicia: la hipótesis del velo de ignorancia. Imaginemos que tenemos que vivir una nueva vida, pero sin saber si en ella seremos hombre o mujer, nacidos aquí o allá, en una familia de este tipo o de otro, ricos o pobres, con alguna deficiencia o enteramente sanos, inteligentes o no. La pregunta es: ¿qué principios elegiríamos de obligado cumplimiento? La respuesta no serían otros que los que consideraríamos fundamentales para preservar la igualdad y evitar las injusticias, y estos, a buen seguro, coincidirían con los consabidos artículos que forman la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. –El problema –insistió Bego– es que hay tiranos que no se dan cuenta ni de lo esencial.
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–Pues habrá que hacerles comprender que, tengas la cultura que tengas, hay unos mínimos que preservar a toda costa, ya que de lo contrario, ni siquiera se podrá garantizar la integridad de cada cual. –Y si no se dan a razones, se les manda un recadito de vez en cuando, ¿verdad? –apostilló la mujer. Su interlocutor entendió que se refería a alguna acción militar. Entonces, se mostró de acuerdo, únicamente, con las que ejercen los cascos azules a propuesta por el Consejo de Seguridad de la ONU. –Pero sí, habría que poner a algunos de estos impresentables delante de la Corte Internacional de Justicia o al Tribunal Penal Internacional. Sofí completó la disertación aludiendo a La paz perpetua, un célebre tratado escrito por Inmanuel Kant en 1795. –Nos dijeron en clase que se considera la primera gran propuesta ideológica para que la humanidad pudiera aproximarse al objetivo siempre perseguido de una paz definitiva y universal. –Sí, el filósofo alemán era consciente de que la condición humana lleva al enfrentamiento continuo, y que ello hacía necesario un orden jurídico que sirviera de freno. Apreciando que Uve y su madre no tenían conocimiento de semejante referente del Derecho 78
Internacional, el instructor pasó a desgranar sus artículos fundamentales: –Serían estos tres, de seis “preliminares”. Primero: nunca se permitirá contraer una deuda económica si esta origina tensiones. Segundo: ningún estado debe inminscuirse por la fuerza en la constitución o el gobierno de otro. Y tercero: ningún estado debe, durante la guerra con otro estado, permitir actos que hagan imposible la confianza mutua de cara al futuro como, por ejemplo, el quebrantamiento de los acuerdos que se suscriban. Uve regresó del aseo. El aire había dejado de golpear los cristales de los ventanucos. Parecía como si el santuario quisiera sumarse a ese llamamiento que aún albergaba, como la lumbre encendida en la chimenea, llamas de esperanza que había que avivar.
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Capítulo 10.
El sábado a mediodía el sol calentaba con algo más de fuerza que en las jornadas anteriores. Asomada al mirador del Monte de los pinos, Sofí intentaba realizar una fotografía que abarcara desde la plaza de toros hasta el paraje de La Cera. –Allí –señaló su padre a la derecha del todo– es donde se inicia la calzada romana que sube a La Loma y llega hasta Cerezo de Río Tirón. Hace algunos años se llevó a cabo una recuperación de la misma, emplazándose miliarios y algunos carteles explicativos a lo largo del recorrido. –Yo creí que empezaba a los pies del monte del Tío Pepe, junto a la entrada de la cueva donde me dijiste que antiguamente se cultivaban champiñones –indicó la joven un punto hacia la izquierda. Sonó el móvil que portaba el hombre en el bolsillo del pantalón. –¿Es mamá? –Sí. A ver qué se cuenta.
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Tras la conversación compartida merced al modo altavoz, los dos pasaron a comentar la parte que más les había llamado la atención. –Yo pensaba que siendo un país europeo, tendrían un nivel de vida parecido al nuestro, pero ya ves lo que dice: que allí una profesora como ella cobra cuatro veces menos. El hombre admitió que así era y, a continuación, expuso algo más: –Comparativamente hablando, se puede decir que somos unos privilegiados. Es verdad que en nuestro entorno hay potencias económicas o naciones cuya renta per-cápita es superior a la nuestra. Pero más allá de esta media docena de sitios, Estados Unidos, Canadá, y el Sudeste asiático, el resto del mundo se las tiene que apañar con bastante menos que nosotros. Sofí puntualizó que, según había leído en un panfleto de la ONG de la que su madre era socia, un diez por ciento de la población mundial vivía con menos de un euro y medio al día. –Eso se considera el umbral de la pobreza extrema –precisó su padre–. Es verdad que entre 2000 y 2015, de acuerdo con los Objetivos del Milenio establecidos por las Naciones Unidas, se redujo a la mitad; pero aún se está lejos se alcanzar los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible que suscribieron los líderes mundiales ese último año, que
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incluyen, para empezar que ya nadie pase hambre en ningún lugar. –Se dieron de plazo hasta el 2030, ¿verdad? –Así es. El problema es que, según Save de Children, cada día mueren por desnutrición alrededor de 8.500 niños. Si multiplicas hasta entonces, aunque la cifra se vaya reduciendo un poco… La joven aseveró que eso era una tremenda aberración: –Y más, si tenemos en cuenta que el sobrepeso afecta a casi un tercio de la población mundial. –Pero peor aún es el hecho alarmante de que, como puso de manifiesto Barack Obama en su discurso final ante la Asamblea de las Naciones Unidas en septiembre de 2016, un 1% de la humanidad controla tanta riqueza como el 99% restante. Sofí se vio sorprendida por el dato. –Tan solo ocho personas –quiso completar el hombre–, entre las que se encuentran Bill Gates, Amancio Ortega, Carlos Slim y Mark Zuckerberg, poseen la misma riqueza que 3.600 millones. Bien es cierto que algunas de ellas sostienen importantes fundaciones de ayuda al Tercer Mundo. Su hija meneó disconforme la cabeza. 83
–Comparten sólo algunas migajas. Para mí eso no es suficiente. –Si todos los que estamos en condiciones de poder dar diéramos, aunque fuese sólo un 1% de nuestros ingresos, el desastre humanitario que acontece cada día se acabaría. –¿Sólo con esa cantidad? –cuestionó incrédula. Su padre intentó demostrárselo realizando un sencillo cálculo sobre lo que se podría recaudar por ejemplo en su instituto con fines filantrópicos: –Sois 1.000 alumnos y alumnas que recibís, pongamos por media, 30 euros al mes. Eso hace 30.000. Luego está el profesorado. Con una nómina de, más o menos 2.000 sumarían 200.000. Más conserjes, personal de limpieza y administrativas, o sea, otras 10 personas a unos 1.000 euros cada una. Tenemos un total de 330.000. El 1% son 3.3000. Multiplicamos por los 12 meses que tiene el año y sale 39.600. Esta es la cifra aproximada que se podría recaudar en un centro de enseñanza secundaria. Lo mejor es que cada joven solo tiene que desprenderse de 30 céntimos y cada adulto, de 10 o 20 euros. Ese sería el precio que tendría que pagar cada persona con ingresos para poder decir “yo he cumplido con la parte que me toca", y quedarse con la conciencia tranquila. –Habría que hacer una campaña de recogida. –Tan sencilla como poner una hucha a la entrada. 84
–Claro, y así nadie se olvidaría. Sofí quedó sorprendida por lo relativamente fácil que parecía organizar una acción benéfica de alto calado. –Me dan ganas de montar una ONG y empezar a desarrollar ese tipo de contribución donde vivimos. –Se enterarían los del Club Bildelberg y te pegarían un toque. La muchacha jamás había oído semejante nombre. –Discúlpame un momento, pero tengo que ir ahí detrás a hacer mis necesidades. En cuanto el padre se dio la vuelta, la hija cogió su terminal telefónico, realizó una búsqueda de información sobre el particular y encontró este texto publicado en Vanity Fair: “¿Qué es el Club Bilderberg? Lobby, grupo de presión, reunión de líderes mundiales, mesa de discusión al más alto nivel… Casi cualquier definición, en términos sencillos o locuciones shakesperianas, es insuficiente para calificar el poder que acumula ese selecto cónclave de políticos, financieros y medios de comunicación. Por decirlo de una manera gráfica, son quienes mueven los hilos. El Club debe su nombre al hotel que albergó la primera reunión, en 1954. La iniciativa parte del príncipe Bernardo de Holanda, debidamente estimulado por David Rockefeller, para que las élites europeas trabajasen de manera coordinada 85
con Estados Unidos. Durante un fin de semana, debaten el estado del mundo y deciden convocar una reunión anual para no solo analizar sino también determinar. Para trazar el futuro de la Humanidad en función de sus intereses de clase. En adelante, lo que decide el Club Bilderberg, simplemente ocurre. ¿Cuál es su máximo interés? La Empresa Mundial S. A., como sofisticación semántica del Gobierno Único (el poder financiero es quien dirige la política, también a ese nivel) pretende imponer a largo plazo un solo sistema político y económico. Por ejemplo, el euro –ahora en entredicho– es una de sus más ambiciosas creaciones. Ellos deciden cuándo y cómo aumentar el precio del petróleo, cuándo debe acabar una guerra y dónde debe empezarse la siguiente, quién debe ser el próximo candidato a presidente o por qué conviene provocar una crisis global, como la que vivimos ahora. Todos los movimientos son piezas de un descomunal puzzle”. Perpleja por lo que acababa de leer, buscó más información a través de otro enlace que ofrecía el periódico La Vanguardia y halló el siguiente párrafo: “Este año los temas de debate son los siguientes: Populismo en Europa, El desafío de la desigualdad, El futuro del mercado laboral, Inteligencia artificial, EEUU a mitad de período, Tratados de libre comercio, Liderazgo mundial de EEUU, Computación cuántica en Rusia, Arabia Saudita e Irán y el mundo de la posverdad”.
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–Ya sé a qué se dedica esa honorable institución. Conste que el adjetivo va con retintín, por si no te has dado cuenta. El hombre había regresado. Estaba oteando el horizonte. –Allí a lo lejos está la pieza de tus bisabuelos –comentó entonces sin dejar de mirar al frente, señalando un pequeño terreno de menos de una hectárea por encima de la carretera Nacional 1–. El abuelo me contaba que de niño subían a esa y otras dos pequeñas fincas más que tenían a arar, sembrar y cosechar. Pero no con tractor o con los adelantos que hay hoy, sino a mano y con la hoz, pasando mucho calor al llegar al mes de junio. Como la tierra o los frutales no daban suficiente, había que dedicarse también a ir por los pueblos vendiendo intestinos para elaborar embutidos. Al principio del invierno se hacía la matanza. Con la carne, los jamones, los chorizos y el tocino de un par de cerdos engordados en la cuadra junto al mulo y las gallinas, había arreglo para todo el año. Sin embargo, en la postguerra eran varias las familias que no contaban con ese tipo de recursos. O eran muchos en casa y la comida no llegaba para todos. Entonces, en el vecindario se ayudaban unos a otros: “he ido al molino, y me han salido estos sacos, quédate tú con uno; traigo estos hojaldres con chicharrones horneados en panadería, toma un par de ellos para los niños; venimos de coger peras, este año hay bastantes, llevaos esta caja…” Luego, la gente no necesitaba tanto como ahora: disponía de lo justo y disfrutaba con las cosas sencillas como 87
dar un paseo, ir al cine o al baile una vez por semana, celebrar las fiestas de guardar, y poco más. Sofí entendió que aquella era una economía de subsistencia. –Bueno, se hacía trueque y se comercializaban algunos productos como el cereal. Lo positivo es que no había tantos intermediarios como ahora, ni se especulaba. Después vino la industrialización, con la fábrica de Martínez, unos hermanos con su obrador en Monte, Santander, que se vinieron aquí, donde tenían cerca la harina, para ampliar su producción; pero con salarios dignos, horas extra bien pagadas y sindicato. Lo mismo que otras factorías que se instalaron en el Polígono de La Vega. Hasta que llegó el “boom” del ladrillo. Todo el mundo quería tener una vivienda en propiedad, y se hipotecó. Aquí los precios no eran altos, pero aun así mucha gente compró por encima de sus posibilidades. Se beneficiaron los bancos y las empresas dedicadas a la construcción. Pero se fue acabando el salir a tomar algo o a cenar. Dejó de haber el ambiente de otras épocas en los fines de semana. Y con la llegada de la crisis y la burbuja inmobiliaria, se produjeron cierres y despidos. Muchos forasteros o inmigrantes tuvieron que regresar a sus lugares de origen. Nuestra ciudad se fue transformando paulatinamente en un sitio fantasma. Sofí inclinó la cabeza y recordó la frase que se repetía cada vez que venían a pasar unos días fuera de la temporada de verano: “esto está muerto”. Sin embargo, todo lo que le 88
habían contado sus mayores sobre épocas pasadas, le llevó a inquirir, una vez más, si no podía “resucitar”.
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Capítulo 11.
Padre e hija dejaron atrás el depósito “nuevo” que suministra agua potable a la localidad, rodearon el viejo, siguieron por la calle que dejaba a la izquierda la plaza de toros, el campo de fútbol y las piscinas junto al resto del complejo deportivo. Pasaron por el barrio de El Ferial, así llamado porque en sus eras, antaño, se reunían los ganaderos a realizar compras o ventas, y llegaron a la Plaza Mayor. –¿Qué si esto tiene solución? Espera, que voy a saludar a esos dos amigos que van para allá, y lo hablamos. Mientras, si quieres, búscame algo en el móvil sobre el Foro Social Mundial. Sofí sacó de nuevo el móvil y realizó la consulta pertinente. En una primera dirección web elegida al azar, leyó lo siguiente: “Se puede considerar un espacio abierto de encuentro para: intensificar la reflexión, realizar un debate democrático de ideas, elaborar propuestas, establecer un libre intercambio de experiencias y articular acciones eficaces por parte de las entidades y los movimientos de la sociedad civil que se opongan al neoliberalismo y al dominio del mundo por el capital o por cualquier forma de imperialismo y, también, empeñados en la construcción de una sociedad planetaria orientada hacia una relación fecunda entre los seres humanos y de estos con la Tierra”. 91
–En el Manual de uso publicado por un tal Boaventura de Sousa Santos, pone que es una institución que contribuye a plantear alternativas a la sociedad de consumo actual –dijo la chica al regresar su padre. –Pues ya tienes la respuesta. –Luego añade que “Las alternativas propuestas en el Foro Social Mundial se contraponen a un proceso de globalización, comandado por las grandes corporaciones multinacionales y por los gobiernos e instituciones que sirven a sus intereses, con la complicidad de los gobiernos nacionales. Estas alternativas surgidas en el seno del Foro tienen como meta consolidar una globalización solidaria que, como una nueva etapa en la historia del mundo, respete a los derechos humanos universales, a todos los ciudadanos y ciudadanas de todas las naciones y al medio ambiente, apoyándose en sistemas e instituciones internacionales democráticos que estén al servicio de la justicia social, de la igualdad y de la soberanía de los pueblos”. –O sea –pretendió aclarar el hombre–, que este organismo apuesta por una globalización que respete a las personas en su diversidad, y no otra preocupada sólo por fomentar el consumismo o imponer unos modelos culturales y paradigmas económicos que son rentables solo para unos pocos.
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Por detrás del banco en el que se habían sentado aparecieron Bego y Uve. –¿Qué, dándole a la maquinita? –interrogó este último. –La estoy usando para buscar información. –No hay buena información en Internet –reprochó el joven. Sofí sonrió: –Precisamente relacionado con eso.
estábamos
comentando
algo
Bego intervino, tras saludar con un simpático y prolongado en su última letra “Aupaaa”: –Si no nos dan información verdadera, habrá que conseguirla. Porque de lo contrario apaga y vámonos. Se lo leí a un tal Sartori que, al parecer, era un gurú de la teoría sobre la democracia. El padre de Sofí sabía a qué se refería; no obstante, le pidió que lo explicara a los jóvenes. –Hazlo tú que eres el profe. –No. Porque lo primero que hay que dejar claro es que, sobre los asuntos elementales, esos que a todas y todos nos conciernen, cualquiera puede y debe opinar. Ya que si nos dejamos llevar por lo que dicen los expertos, estos 93
pueden estar al servicio de los grandes intereses de los que estábamos hablando, ergo se nos puede manipular. En ese punto, Uve propuso la utilización de las redes sociales para construir un ideario colectivo lejos de la falsedad. Bego replicó inmediatamente que también podían estar expuestas a control por parte de algunas élites malintencionadas: –Mirad lo que pasó con el proceso electivo para la presidencia de los Estados Unidos, la consulta sobre el Brexit en el Reino Unido o, sin ir tan lejos, lo que ocurrió en aquí con motivo del referéndum por la independencia de Cataluña. El hombre le dio la razón: –Los más prestigiosos politólogos contemporáneos, como el que hemos mencionado, pensaban que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación iban a resultarnos de gran ayuda en la construcción de lo que dieron en llamar una nueva democracia. Creían que cada individuo podría participar regularmente en la toma de decisiones y así, desarrollar un modelo cuasi asambleario. –Pero no sospechaban que detrás podía haber piratas informáticos capaces de introducir fakes o noticias fraudulentas que se convierten en virales y que terminan influyendo en grandes masas de población…–precisó Bego. 94
–Vamos –concluyó Uve–, que lo que iba a ser la panacea para construir la democracia global, se ha convertido en una trampa. Sofí preguntó si había alguna manera de librarse de ella. –Retornemos al punto en el que se ha originado esta discusión –propuso el padre– y, de paso, a la conversación que dejamos aparcada la otra tarde nada más vernos. Volvamos al foro. –¿A ese sobre el que he estado indagando? –No, al que le da nombre. –¿Al foro romano? –Intervino Uve. –Exacto. O al ágora griega. A la plaza. –Al lugar de encuentro, vamos –terminó por decir Bego. El hombre arqueó los ojos al tiempo que levantaba las palmas de sus manos en señal de aceptación. –Es en estos sitios –manifestó– donde a lo largo de los siglos las personas nos hemos reunido y hemos hablado. Mirándonos a los ojos, dedicándonos el tiempo necesario, profundizando… –El problema es que hoy queremos hacerlo todo rápido y cómodo –apoyó Bego. 95
–Entonces nuestra vida se convierte, como bien supo ver el filósofo contemporáneo Zigmun Bauman, en líquida, inconsistente, maleable. Por cierto, este notable pensador, poco antes de morir, en una entrevista que concedió al periódico no deportivo de mayor tirada en nuestro país, con motivo de su participación en Foro de la Cultura celebrado en Burgos en noviembre de 2016, se pronunció de manera contundente sobre el fenómeno de las redes sociales. Decía que una comunidad no se puede crear así por así, añadiendo amigos o borrándolos de un plumazo. Las redes te hacen creer que tienes una comunidad sin moverte de la silla. Pero esto es una falsa concepción. A una comunidad se pertenece y, para ello, has de ejercitar habilidades como las que desarrollan cuando interactúas con tus compañeros y compañeras en el instituto, en el lugar de trabajo o en la calle. Además, sostenía que las redes sociales no fomentan el diálogo, porque en ellas solemos rodearnos de quienes piensan como nosotros, encerrándonos en zonas de confort donde el único sonido que oímos es el eco de nuestra voz. El hombre quería haber culminado la exposición añadiendo algo sobre lo que había dicho el Papa Francisco a raíz de su primera entrevista con un periodista italiano que se declaraba ateo, en relación con lo enriquecedor que puede resultar eso, dialogar desde la diferencia, pero Bego se interpuso: –Perdonadme, pero es que quería comentaros un plan para esta tarde: consiste en ir a la capi, al cine, a ver una 96
peli de estreno. Habría que comer pronto, porque la sesión es a las cuatro. A continuación detalló que se trataba de la última producción de uno de los mayores directores de Hollywood y giraba en torno a fenómeno de la realidad virtual y los videojuegos. Sofí y su padre entendieron que pudiera estar ciertamente interesada por cuanto se trataba de un tema estrechamente relacionado con el problema por el que estaba atravesando su hijo. A él también le interesaba sobremanera, por cuanto era consciente de que afectaba de lleno a buena parte de los jóvenes (y no tan jóvenes) de los países avanzados. Había leído algunas críticas en prensa y quería formarse una opinión propia. Consiguientemente, contando también con la aprobación de su hija, aceptó, aunque con la condición de regresar pronto a fin de tener tiempo para estar un poco con los mayores y preparar la maleta.
De camino a casa, la muchacha volvió a intervenir: –Has hablado de cómo se puede contrarrestar “la mala globalización” a la que se enfrenta la humanidad; pero no me has dicho qué solución cabe aplicar al mal que afecta más en concreto a tu querido pueblo. –En un principio, la misma que acabo de proponer, porque no estamos ante una patología distinta. Bien es cierto que en el caso de los pueblos o las ciudades pequeñas nos 97
encontramos con un agravante como es el éxodo hacia las grandes ciudades. –Motivado por las ventajas que estas ofrecen: como la sala de cine en la que vamos a pasar la tarde… –Y que tuvimos aquí hace unas décadas… –Las cafeterías con diseños de vanguardia, los centros comerciales… El hombre recapacitó unos instantes y concluyó: –Es lo que estábamos diciendo: que nos hemos dejado encandilar por cuatro lucecitas; pero hemos de darnos cuenta de que hay otras luminarias que, como decía el poeta Walt Whitman, llenan nuestros cielos y, una vez descubiertas, nos impulsarán a seguir descubriendo nuevos mundos repletos de placer y sabiduría. Sofí reconoció no estar a la altura de semejante exposición. –Lo que pretendo significar –asumió el padre– es que debemos dar la espalda a esa especie de flautista de Hamelín que pretende llevarnos a una corriente que nos arrastre y volver a los lugares que, con sus seres y estares siempre nos han albergado serenamente, sin artificios, con una simplicidad que yo quiero considerar sinónima de pureza o autenticidad. El que cada vez que hablaba así parecía un filósofo originario miró el reloj y prometió a su hija contarle algo más 98
“cuando –le encantaba esa frase– la lechuza de Minerva alce su vuelo al atardecer”.
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Capítulo 12.
–¡A mí me ha parecido una pasada! –exclamó Uve nada más salir de la sala en la que habían asistido a la proyección–. La pena es que no la hayamos podido ver en 3D. –Eso, para volvernos más tarumba –replicó su madre. Sofí admitió que el film era bastante original, tenía mucho ritmo y unos efectos especiales magistrales. –¿Y qué me dices de la trama? –inquirió su padre. –No lo sé: hay partes que me han gustado como, por ejemplo, cuando aborda el tema de la amistad, el trabajo en equipo e incluso la historia de amor del chico que no está mal con una chica que no es precisamente un bellezón. Pero, por otro lado, hay un abuso de estereotipos y demasiada competición desde el principio hasta el final. La joven iba a haber dicho que tratándose de uno de los mayores influencers cinematográficos de todos los tiempos esperaba que hubiera tenido un mensaje más “comprometido”. –¿Qué opinas tú, papá? El hombre esbozó una sonrisa irónica y sentenció: 101
–Taquillazo a la vista. –No, en serio, dime qué has leído entre líneas. A Sofí le gustaba emplear esa expresión para referirse a lo que escondido tras la capa más superficial de lo que se nos expone, nos solo en formato textual, sino también visual. En relación con esto último, estaba convencida de que la inmensa mayoría de toda producción publicitaria actual incurría en la utilización de mensajes subliminales en mayor o menor grado. –Me esperaba otra cosa. Los tres le exigieron con sus miradas los argumentos que no se hicieron esperar. –Sin un análisis más detenido, o sea, como primera impresión, me quedo con que debemos aceptar que dentro de unos años nuestras vidas serán así: conectadas a gafas o trajes completos para sumergirnos en todos los mundos ficticios que podamos imaginar. –Que casi se confundirán con la realidad –apostilló Bego. Su compañero asintió. –Lo que más me ha preocupado es que el protagonista, al final, quiera quedar como un tipo guay proponiendo que los martes y los jueves nadie se pueda conectar. 102
–Sí, y eso, aun habiendo aceptado un poco antes que el error de su generación era que estaban demasiado tiempo “dentro”, y no fuera, en lugares como la azotea a la que le lleva la chica en su primer encuentro de verdad –terció Bego. –Y mira que era chulo el ático, con sus plantas verdes, tumbonas y un cielo luminoso por todo lo alto –le apoyó la muchacha. El padre se congratuló de que se estuvieran dando cuenta de la perversión que suponía un planteamiento existencial como ese que los espectadores de todo el planeta no dejaban de alabar. –Porque si admitimos que la película tiene un happy end, estamos asumiendo que es cuestión de tiempo llegar a algo así y que, no obstante, con tan dos días a la semana de desconexión de los simuladores, será fenomenal. Uve, al oír esto, volvió a hablar. –Vale que a mí también me ha molado la escena de la terraza. Me ha recordado algunos de los paisajes que hemos disfrutado estos días. Tragó saliva y continuó: –Está claro que a todos nos sienta bien lo ecológico, lo orgánico. Creo que es porque estamos diseñados para convivir con ello mejor que con otro tipo de productos: con el aire, el agua, los sonidos o aromas que encontramos en el medio ambiente… 103
–¡Y tanto! –exclamó Bego– Que a mi niño, con los dos días que llevamos por aquí respirando aire puro, comiendo en condiciones y no enchufados a los cables, hasta se le ha empezado a ir el síndrome. Uve se miró las manos. Sofí se las cogió. –Por otro lado, el buen rollito que había en ella me ha resultado agradable. Hacía mucho tiempo que Bego no veía sincerarse de esa forma a su hijo. Sofí se percató de que al expresar lo último estaba mirándole a ella. Entonces, le dirigió la siguiente apreciación: –A las personas nos gusta, que se nos tenga en consideración, se nos acepte como somos y se nos trate con cariño. Tras decir esto apretó las manos del chico. Este, sintiéndose fortalecido como nunca, sin embargo, dejó caer la siguiente consideración: –Como bien se dice al principio, en el futuro no será todo igual de bonito dependiendo de si vives aquí o allá. Habrá mucha tropa que para sobrellevar el día a día necesitará unas buenas dosis de evasión. Bego interrumpió nuevamente: –En nuestra época nos evadíamos con… 104
–Y dale con buscar modos de evasión –fingió que se enfadaba su amigo–. Pero si hay un montón de cosas a nuestro alrededor que nos pueden entretener maravillosamente. Acto seguido propuso ir dando un paseo por el cauce del río Arlanzón hasta el Museo de la Evolución Humana. Al abandonarlo, en el Paseo de la Sierra de Atapuerca, se toparon con una moderna doble escultura. Su exterior estaba formado por unas siluetas metálicas tubulares con forma de personas de diferentes tamaños de menor a mayor. Dentro se encontraban dos figuras desnudas de bronce de la mano: una adulta y otra de corta edad. –Mira, son como nosotros –se atrevió a interpretar Bego:– padres o madres que caminan con sus vástagos hacia el futuro. –El pequeño tiene los ojos bien abiertos; mientras que el mayor los lleva cerrados –atisbó Sofí. –Es porque no quiere ver lo que nos aguarda, como tu padre –bromeó Uve. El hombre encajó de buen grado la chanza, pero contratacó rápidamente: –Si te fijas bien, detrás de sus párpados se adivina una sensación de seguridad y de plenitud. –Es cierto –apoyó la mujer–. Como que tuviera muy claro de dónde viene y adónde va. 105
Madre e hijo se acercaron a comprobarlo. –Y tú, papá, en tus adentros, ¿lo llevas igual? Una mueca que expresaba relativa placidez sirvió como anticipo de la respuesta. –¿Recuerdas que esta mañana te he dicho que te contaría algo más? Comenzaba a anochecer. Sofí sonrió cómplicemente. –Decía el filósofo Heráclito que todo fluye, todo cambia. Su contrario Parménides aseguraba que hay algo que permanece inalterable en ese devenir. Estoy con el de Éfeso al concebir la vida como una continua sucesión de transformaciones más o menos programadas; si no mutaciones que se producen repentinamente o en un breve espacio de tiempo. Pero también me alineo con el eleático, toda vez que acepto que detrás de todo hay un ser fijo que sostiene cuanto existe. En mi caso, será deformación profesional, me atrae poderosamente la idea de que semejante sustrato sean unas estructuras que no dependen de nosotros sino, dejémoslo ahí: de la naturaleza cósmica. En el plano antropológico o, más precisamente, de lo que mueve nuestra conducta, serían unos parámetros que siempre nos han indicado lo que nos gusta y lo que no nos gusta; tanto en términos estéticos u otros relacionados con la estimulación sensorial, como en términos éticos. 106
El hombre miró a los ojos a su hija y terminó: –Pues bien, sobre todo estos últimos, hemos de tenerlos presentes. Puede que nos separemos de ellos por los avatares a los que nos vemos expuestos en este mundo en el que nos toca vivir. Pero entonces habrá que retornar. Si preguntamos a nuestros adentros, se nos mostrará la ruta. Y cuando estemos en ella, aún con los ojos cerrados, sabremos que son nuestra brújula, valores que dan sentido a todo lo que hemos sido, somos y seremos.
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