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Desnudos

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Desnudos

Carlos Cuccaro


Desnudos

Carlos Cuccaro


Cuccaro, Carlos Desnudos / Carlos Cuccaro. - 1a ed. - Munro : Literarte, 2021. Libro digital Archivo Digital: descarga ISBN 978-987-1957-90-3 1. Poesía Argentina. I. Título. CDD A861

Ediciones Literarte edicionesliterarte@gmail.com 54 9 11 5773 3860 ©Desnudos carloscuccaro68@yahoo.com.ar Reservados todos los derechos

Arte de portada: Flavio Germán Fiorenza Los planos de la Atlántida Esgrafiado (2017) Diseño de portada: G.D.P. Diseño y diagramación: Graciela Diana Pucci Fontana

1° Edición en soporte digital-Noviembre de 2021 Está prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio o procedimiento, sin el consentimiento explicito del autor.


En “Desnudos” Carlos Cúccaro llega a esos sustratos profundos donde convergemos todos. Es un viaje descendente en el que despoja su palabra de ornamento, y nos eleva. Toma “ideas que cobran su forma verdadera cuando los cuerpos se dilatan”. Nos recuerda que sólo experimentando la expansión de la carne podemos trascenderla. No hay atajos, el cuerpo en “desnudez pagana” se sacraliza en un estallido de esencialidad. Dice “nada para decir tengo acerca de lo que no es”. Pero lo que es, lo nombra, lo toca y lo entrega como a una rosa secreta. Para Yves Bonnefoy el fin de la poesía es desgarrar la red de la representación y alcanzar más unidad, más presencia en el mundo que vivimos. Y en este libro ese velo se desgarra. Y nos deja a la intemperie exorcizando el “miedo a lo interminable”; celebrando la “perfección del instante”.

CAROLINA DOARTERO

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1

LOS QUE MIRABAN LA LUNA

Soñé con astronautas. Como en la infancia. Nudo profundo de la marea sobre el frío que hace desfilar sus caballos de sombra en un solo pase mágico. Era aquella luna que mirábamos desde nuestro refugio de rudimentaria y dudosa astronomía. He descubierto la roca virgen y lejana que quizás pueda tocarse más allá del infinito. 4


Soñé con olvidados símbolos, y supe que estaremos siempre en un recodo de lo oculto, hablando de fases y de luces. Con manos de tiempo tomé las manos de la noche. Con blanca máscara de ausencia.

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2 Es necesario que vuele tu mirada entre mis manos. Hace falta, acaso, que toda la distancia se convierta en agua. Que se proyecte la línea en fuga del verano hacia el abismo. Química del silencio coronando tu desnudez pagana. Que no encuentren nunca esta rosa secreta. 6


3

Nada persiste. Sólo el arrepentimiento de Judas y un cielo amarillo. Nada crece en la tierra devastada por la sombra. Playa ingrávida, el silencio. Y tan largo el horizonte, que hace sangrar los ojos.

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4

Poco a poco, la luz de la ciudad se está quebrando. Como un abismo de licor se abrirá tu boca. Estarás muerta. En el exacto deslinde que separa a Dios de la locura.

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5

Dormir en medio de la bruma. Dormir agonizando. Con el aceite de la noche ardiendo en los pulmones. Dormir largamente en el último desierto. No conozco otra manera de exorcizar las imágenes rojas que laten en el submundo del poema.

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6

“El amor es simple”, me dijiste. Ambivalencia de la luna sobre las siluetas flotantes. “El amor es simple”, te dije. Y la llama de un fósforo arde en lo profundo, iluminando tu espalda mojada por la medianoche.

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LOS RECUERDOS, COMO UNA SEMILLA SIN LUZ

Sin luz, la semilla del recuerdo se hunde en los confines inciertos de lo que no digo. Callo las palabras que definen la corona de espinas, la perpetuidad, el cataclismo. No quiero nombrar lo que existe lejos, hacia adentro, en el punto abismal donde anida toda lágrima. Dialéctica del fuego. Crisantemo marchitándose en la oscuridad de los silencios. Ornamento feroz con el que cubren sus ojos los equilibristas.

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Sin labios, la metáfora del caos late en el corazón de una guitarra blanca, y los caminos se entrecruzan en su urdimbre inconclusa. La semilla flota en la dimensión desierta del olvido, hasta el día en que el sol haga resquebrajar los techos con su sangre.

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8

Hay que construir una ciudad. Hay que dibujar sus laberintos de puentes y de torres. Es necesario poblarla de seres como hormigas, que corran detrás de la luz y de los espejismos, hasta cansarse de su propia inercia. Bosques para la ciudad, terrazas, vitrales y semáforos. Perros y ratas para la metrópolis del dolor. Chicas desnudas y payasos. 13


Todo debería ser dibujado. Como si el arquitecto fuese un demiurgo invisible y perfecto. Todo debería ser dibujado. Hasta que logremos perder el miedo por lo interminable.

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9

Mujeres líquidas. Hechas de labio sobre labio en la eclosión de las cosas. Mujeres con alas y ojeras oscuras. Extrañas mujeres que te hacían arder el amor en los dientes. Todas como hermosas gatas tristes. Había sal en la piel: la fiebre del alma se medía a través del absoluto. Todas como hermosas gatas tristes. Naciendo y naciendo en la ceguera de mi lámpara; en vertical a Dios, como el olvido. 15


10

La agonía del que cae. El otoño y la cruz encendida del recuerdo. Cámara lenta de todos los que he sido. Esa agonía. Y un sitio secreto, un turbio rincón donde se amontonan los vestidos viejos de las princesas.

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11

La sombra dialéctica del tiempo. Su lenguaje último. Presiento que el horizonte se consumirá lentamente sobre tus ojos desnudos. Los sombríos claveles de los espejismos. Lo que nace sangrando.

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12

Tenebrismo del poema. La hija de la noche recostada en el sofá, la tevé sin señal, la casa oculta. “Ojalá que el tiempo no transcurra”, me digo. Ojalá que se sienta así la muerte.

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13

Es así. El calor derrite el cielo. Luna violenta sobre tu portaligas. Un océano de ojos se diluye en la cresta de las cosas. Ideas que cobran su forma verdadera cuando los cuerpos se dilatan. Extraños dragones. Azules y tremendos.

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14

Hay noches en que la literatura se repliega sobre sus propias telarañas. No escribo. Nada para decir tengo acerca de lo que no es. Una sobre otra, las imágenes se vuelven mudas: una drogadicta, un tren, un dinosaurio. Nada para decir tengo acerca de mi tangencialidad con la sombra.

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La vieja canción de Bob Dylan en los auriculares. La bicicleta —como un ángel— atravesando la mente de la que sueña. Y la perfección del instante: tan indestructible como los frutos del pasado.

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Vio la muerte. Pero no fue —como había Imaginado— el silencio y la sombra. Atrozmente, fue la navaja lacerando la perfección de la circunferencia. El equilibrio imposible sobre la cuerda floja. La categórica conciencia del olvido.

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TRAVESÍAS

Hay trenes que parten desde estaciones en penumbras. Hay círculos de cielo sobre la cabeza de la odalisca. En la tarde de enero todo vuelve a comenzar, y los confines de la ausencia se agigantan. No viajes. No te alejes del manantial de nubes desde donde se divisa la curva infinita que traza tu idioma en la llanura. 23


No abandones el jardín de los quebrantos. Viajan los vuelos imposibles, desde la hoguera hasta la playa, desde la frente del muerto hasta la avenida adornada con banderas rojas. Trenes del dolor. Gárgolas enfermas. La inocencia es un viajar eterno entre dos puntos que no se tocan. Y el calor aguarda en el exterior de las cosas, como si el mundo fuese un patíbulo desierto.

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18

He aquí el enigma. Acaso duela tocar tu cuerpo. Vértigo de una autopista en llamas. He aquí el tatuaje de la gris ferocidad comiéndonos las piernas. Son monstruosas las naves de silencio que surcan este abismo irracional y primitivo. No hay invitados a la cena de los sonámbulos. 25


19

Constante latido de estar solo. ¿Qué hace la mente con los juegos sin nombre? Las preguntas acerca de Dios cuelgan de la tarde, como sábanas recién lavadas en el tendedero del fondo de la casa.

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20

Un país desconocido. Una catedral en tinieblas. A lo lejos, un faro y un muelle. La madrugada y su vapor de otoño acariciando la piel de los ahorcados. Un país desconocido. Escena de un no-tiempo que lo explica todo.

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21

Paganismo de los objetos. Culto ciego a la foto en donde caminás sonriente debajo de un paraguas. Nombrar lo que no ha sido es como invocar a un gigantesco arcángel. Verte en la eternidad de la lluvia es viajar sangrando. Paganismo del fuego, en las persianas cerradas, en los andenes sucios. Todo da igual para mí. Salvo si sueño. 28


22 Alta noche, floreciendo en telarañas. Como en una pintura de Leonora Carrington. Alta semisombra de violines y candelabros. Concéntricas olas de veneno alucinan a quien no tiene miedo de perderse en la nada. Es el océano de los sentidos. El milagro infinito de sobrevivir a los soles oscuros 29


23

Se concentra toda la sed en un solo punto. A través de las paredes se propaga, Antena del grito. Raíz de la oculta corola sangrienta. Se concentra el ansia temblando en sí misma. Para transformarse en lo que no se recuerda.

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24

Como si se pudiera trepar por el borde mismo de la oscuridad. Como si no hubiera nombres que inventar para las lobas invisibles que aúllan en tu mente. Como si no existiera el quebranto, y la casa no estuviera repleta de lluvia. Sobre la copa vacía, la sirena lejana de una fábrica. Cortando de un solo trazo esta realidad que se parece tanto al sueño.

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Como si el poema no fuese suficiente. Así es como escribo sobre Dios: ardiendo y olvidado. Casi buscando la maldición de un espejismo en plena noche.

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25 LA LENTITUD DE LOS RECUERDOS

Conoce la hondura de la piedra. Sabe de los colores que el atardecer vuelve verticales sobre las ruinas de los cementerios. Sabe de la carne y del fruto, y de la llama invisible que todo lo consume y lo trastoca. Ha existido. Y su existencia ha sido el tajo momentáneo del plenilunio sobre el agua. Ha sido un hombre entre los hombres. Todo para llegar el límite. Y renacer —algún día—, en el horizonte infinito de los ciegos.

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26 LA PUERTA Detrás de esa puerta está el océano. El exterior. El pozo febril de los colores concéntricos y de la incertidumbre. Detrás de esa abertura de sol y —a la vez—de lluvia habitan los nombres humanos, los nunca dichos, y duerme la amarilla Novia de la Muerte. Detrás del misterio. Y de lo que no se cuenta. Todo es como un árbol nuevo, de frutos sangrantes. En ese país ya no está Dios, sino el espejo. 34


Y la ametralladora que dispara pájaros incandescentes sobre el abismo de la mañana.

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Cómo negar que escribo desde el sitio de los fantasmas. Que hablo desde el ventanal del que piensa en los dibujos del tiempo. Nada puedo contar sobre la nada. Necesito abrir mi garganta en flor todas las noches para lograr ver algo entre tanta niebla. Cómo negar que escribo desde el sitio de los fantasmas. Que imagino el rostro de la sacerdotisa roja que rezará mi responso, que siento el fuego del tabaco en la piel mientras cae la llovizna mansa sobre la Venus de Milo. Cómo desafiar al silencio sin quebrarlo, como si fuese un cristal lleno de nombres.

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Digo que tengo miedo. Miedo de adivinar la clave perdida y de abrir la puerta del castillo de los muertos. De qué sirve, entonces, trazar en el aire la forma de un cisne o de una rama, si el filo de la ausencia se enturbia con su propia púa incandescente. Escribo desde el sitio de los fantasmas, porque estoy en medio de los sueños. Despertaré desnudo en el instante en que las cosas concluyan. El acorde final de la palabra tendrá que ser ejecutado en la deriva del mundo.

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Índice

3 4 6 7 8 9 10 11 13 15 16 17 18 19 20 21 22 23 25 26 27 28 29 30 31 33 34 36

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Prólogo 1 Los que miraban la luna 2 3 4 5 6 7 Los recuerdos, como una semilla sin luz 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 Travesías 18 19 20 21 22 23 24 25 La lentitud de los recuerdos 26 La puerta 27


Carlos Cuccaro nació en Azul, Provincia de Buenos Aires, el 8 de Julio de 1968. Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes «Luciano Fortabat». Desde 1989, publica en diversos medios gráficos de todo el país. Publicó los siguientes libros de poemas: «ULTRASENDEROS» (1993), «LIBRO DE BABILONIA» (1996), «LOS LATIDOS OSCUROS DEL SILENCIO» (Ed. La Luna Que, 2001) , «BLUES» (Ed. Callvú Leovú, 2007), «LUCIFLOR O LA SANGRE » (Ed. Callvú Leovú, 2008), «THARSIS» (Ed.Callvú Leovú 2011) y «LOS ÁRBOLES DEL ABISMO» (Ed. La Luna Que, 2015). Editó también la plaqueta «LOS SUBURBIOS DEL FUEGO» (1998) y parte de su obra integra las antologías «POETAS ARGENTINOS DEL INTERIOR» (Ed. Tráfico Cultural, 1994) y «POESÍA HACIA EL NUEVO MILENIO» (Ed. La Luna Que, 2000). Fue premiado por la Sociedad Argentina de Escritores (S.A.D.E.), la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Luján de Cuyo (Mendoza), los Municipios bonaerenses de Azul, Olavarría, Ramallo, Las Flores y Tapalqué, y el Círculo Literario Bartolomé Mitre, entre otras instituciones y centros culturales.


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