Huellas a la mar 9 Antología Internacional de Revista Literarte Federico Skliar
Huellas a la mar 9 Antología Internacional de Revista Literarte en su 20° Aniversario Noviembre 2001/2021
Ediciones Literarte edicionesliterarte@gmail.com 54 9 11 5773 3860 ©Huellas a la mar 9 revistadigitalliterarte@gmail.com Reservados todos los derechos
Arte de portada: Josefina Fidalgo Título: Huellas a la mar Técnica: Óleo sobre tela Medidas:40cm x 30 cm
Diseño y diagramación: Graciela Diana Pucci Fontana 1° Edición-Noviembre de 2021 Está prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio o procedimiento, sin el consentimiento explicito del autor.
Prólogo
A fines de noviembre del año 2001, cuando transitábamos un complicado momento social y económico, nacía Revista Literarte. La gestación comenzó a mediados de dicho año, por entonces yo asistía a un taller literario y allí se publicaba, anualmente, una revista con textos de los talleristas, ésta se repartía sólo entre familiares y amigos, debido a la excelente calidad de los textos sentí que había muchos talentos que no se conocían por falta de difusión, entonces diseñé el número cero de Revista Literarte y, con ella debajo del brazo, salí a recorrer los distintos talleres literarios que funcionaban en Vicente López. La publicación comenzó en forma cooperativa, a bajo costo, para solventar los gastos de imprenta y, ante mi sorpresa, todos los convocados participaron. Para poder paliar la diferencia entre lo recaudado y lo que costaba la imprenta, salí, con ese mismo número cero, a vender publicidad, el resultado fue muy bueno. Con el tema económico para la impresión resuelto comencé a diseñar el primer número de Literarte y el día 29 de noviembre de 2001 se realizó la presentación en el Centro Cultural del Paseo de la Costa en Vicente López. Con el tiempo y debido a la inestable economía de Argentina, la publicación que aparecía en soporte papel y digital, sólo apareció, y sigue apareciendo en soporte digital bajo el dominio www.revistaliterartedigital.blogspot.com Muchos han participado desde el primer número, otros se han ido sumando a lo largo de estos 20 años, algunos ya no están en este plano pero han dejado su impronta impresa entre las páginas de Revista Literarte.
Este 2021 cumple 20 años de permanencia y en agradecimiento a los escritores y artistas que han publicado, Literarte les obsequia esta nueva edición de Huellas a la mar. Dado los acontecimientos pandémicos que estamos viviendo y que nuevamente acarrean problemas económicos, esta antología aparecerá en soporte ebook y se difundirá vía digital, a nivel mundial. Gracias a todas/os por el acompañamiento, a los/as que se fueron sumando y a quienes se sumarán en el futuro porque Revista Literarte cumple sólo sus primeros 20 años.
Graciela Pucci Fontana Noviembre de 2021
Huellas a la mar 9
Gabriela Alzogaray San Pedro-Argentina La hermana Cuando llegó, encontró la puerta abierta. Él ya esperaba. Apoyó su cálida mano sobre ella, pensó en todos los años que recorría ese camino, en silencio, con naturalidad, con el alma en la mano. Su paso siempre fue seguro y suave, se miró la punta de los zapatos negros de cuero, no recordó cuantos años tenían, las arrugas marcadas en ellos aseguraban que eran muchos. Un anciano paso a su lado, le sonrió con pocos dientes y tristeza, le devolvió una sonrisa vivaz. Se sintió abrumada, pero libre, el encuentro nunca dejaría de ser ilegal… Ella estaba comprometida, había jurado amor eterno, fidelidad. La vida a veces tiene otros planes para uno. Cuando lo conoció sabía que iba a ser un error, no pudo evitarlo. Cuando estaba con él se transportaba, por una hora dejaba de ser la que creían que era. Él era viudo, con dos hijos, profesor de matemáticas, inteligente, sensato, lleno de vida, ella sentía que se disolvía en sus brazos. Sus encuentros fugaces eran solo dos veces al mes, para ella suficiente, para él no. Cuantas veces le había planteado que lo dejara todo, que se fueran juntos, se merecían ese amor. No podía, nunca iba a dejar a ese ser a quien ella había consagrado su vida veinte años atrás. Además cuidaba de dos hermanas mayores, habían sido su guía, nunca las abandonaría. Solo pensaba como los adolescentes rebeldes en vivir el momento. El encuentro fue mágico. Se despidieron con melancolía. El regreso fue apresurado, se había quedado más de lo acordado. Sus zapatos gastados hicieron el recorrido de vuelta solo apenas besando la vereda. Acarició con amor la cabeza del perro callejero que siempre la esperaba en la puerta de su casa. Sentía que el pequeño peludo conocía su secreto. Frente a la gran puerta tallada de historia, la hermana Mabel, se acomodó el velo, respiró profundo y entró con una amplia sonrisa al convento.
Miriam Brandan California-Estados Unidos Matar a un sentimiento
¿Cómo hacer para matar a un sentimiento que me ha dejado vacía, con el corazón desierto? Sin tierra para enterrarlo y sin agua para ahogarlo, ni tan siquiera hay un árbol en donde pueda colgarlo para que al soplar con fuerza, tal vez se lo lleve el viento. ¿Cómo hacer para matar a un sentimiento que me ha dejado vacía, con el corazón desierto? No hay precipicios profundos, ni oscuros despeñaderos, no hay afiladas cornisas, ni peligrosos senderos, no hay bosques enmarañados en donde pueda perderlo. ¿Cómo hacer para matar a un sentimiento? Si sus raíces se hunden en el fondo de mi alma no dejándome arrancarlo para arrojarlo muy lejos. Persistente y obstinado, se aferra con fuerza a mi pecho y crece desmesurado… sabiendo que no lo quiero.
miriambrand@ca.rr.com
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Justina Cabral Mar del Plata-Argentina Bici rosa
A mi bicicleta rosa que me lleva por los aires y descubre cada cosa y no me hace desaires. A mi bicicleta rosa que se lustra los pedales y tropieza con baldosa en vueltas primaverales. A mi bicicleta rosa con canastito amarillo... escondida victoriosa descansa sobre ladrillo.
Lina Cafarello Buenos Aires-Argentina Marzo adentro
Esta vez se descorren los espejos y entre vigilias de musgo se aventura el azul de las calandrias, el adagio de los vértices, la geometría del pez. Germinan espirales de silencio y en cierta madriguera hay un roce de hebras, aquellas margaritas y algún ritual naranja. Giran y giran las señales, los labradores de Ícaro, el ojo expandido en el arroz. La loca sabe de esos huecos; juega en la alfombra de los dioses. Incendios que horadan la zozobra. Es marzo y es la hora.
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Ezequiel Cámara Mar del Plata-Argentina Los Zorros
Perú, el reino de arriba y el reino de abajo. La desacralización, el quechua, Los Zorros, esa escritura rupturista de Arguedas, el fin, el colapso, el suicidio y la escritura, los múltiples registros, novela reveladora, cosmovisión quechua, hombre escindido en dos culturas, la occidental y la aborigen, serpiente de las profundidades que sube. La gran revolución truncada, binarismo, estalla en la multiplicación de los mundos.
María Crescencia Capalbo Pergamino-Argentina No me violentes
No me violentes en esa pesadilla recurrente que es caer bajo esos puños que son solo tuyos. No me violentes que en esta vida solo vale el amor y las alegrías y no, no las desdichas bajo tu mal temple. No me violentes con tus cavilaciones y tu sonrisa serena que eso es solo para el afuera y atosigas mi alma entera. No me violentes porque he decidido ser valiente, marcharme de ese infierno para transformar mi presente. Ya no más violencia he aprendido a despojarme de tus falsas promesas, he aprendido a vivir, a vivir feliz, serena sonriente y sin más violencia.
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Javier Claure Suecia La Palliri * La palliri es una mujer solitaria en los desmontes madre, esposa o quizá viuda que emite señales a golpe de cincel el martillo es su rosario las piedras su oración en la última entraña de la puna La palliri de trenzas gruesas y pálida sombra martilla y martilla para encontrar el dorado templa el aire de esperanzas víspera de ilusiones es cada segundo pero en su vieja canasta de mimbre sigue ardiendo el fuego de la Inquisición La palliri dedos callosos y pómulos partidos siembra semillas, jamás cosecha frutos y en sus polvorientos atados la vida tiene otro palpitar cien gramos de estaño en la balanza y toneladas de quebrantos en su estómago La palliri hija del telúrico temblor recolectora de minerales en plena desolación Penélope del altiplano entre cascajos teje y desteje sueños en su mandil y en el dobladillo de su pollera encuentra las cruces de su existir
La palliri más fuerte que el viento gélido de la pampa más vulnerable que los dolores del alma es un grito abrumador en el campamento minero no fue a la escuela nunca tuvo un sillón para apoyar su adolorido cuerpo ni tampoco vino Dios a su encuentro.
* El apelativo de palliri viene de la palabra quechua “pallar” que significa recolectar. La palliri es generalmente una mujer que escoge, a martillazos, el mineral de las rocas.
Teresa Elsa Dominguez Argentina Encuentro inesperado
Te encontré a la vuelta de otra vida. Ibas caminando apurado y yo a contramano de la corriente. Vos como un loco que sabías interpretar las cosas. Esas cosas que, a los ojos de otros, más cuerdos, no sabían ver. Y ahora te veo entre la muchedumbre. A pesar del anonimato te supe ver. Como cuando te conocí. Aquella vez hace tanto tiempo, me viste y me dijiste que yo era tu destino. Te dije que eras un trastornado. Te rogué que te fueras. Me seguiste varias cuadras, me harté y tomé un taxi. Bajé y entré sin mirar atrás. Lo que no me imaginé que estarías allí en la puerta esperándome al salir. No supe si reír o llorar. Y esa no fue la única vez que lo harías. Enhiesto como estaca en la parada del colectivo. Rondabas cerca de mí con paciencia y obsesión. Te vi tantas veces que se me hizo hábito. Un día me tomaste entre tus brazos y me partiste la boca con un beso. Me dijiste que estabas enamorado de mí. No supe si era real o delirio. Me dejé ir por donde quisiste, seguro de vos, de tu impronta arrasadora. Me envolviste en el arrullo de tu voz apasionada. De esos ojos ardientes, dos brasas cocinándome despacito, dispuestos a tragarme de un sólo bocado. Y yo acepté tu juego y caí en la trampa. Vivimos esa pasión por muchos meses. Libando miel de tu boca cual abeja de flor en flor. Hasta que de pronto, sin motivos ni explicaciones, desapareciste de mi radar. Tu celular muerto. Tu departamento vacío. Nada. Como un sueño de ficción. Me dejaste vacía. Mi vida opacada. Era una piltrafa arrastrándome por mis días sin esperanza alguna. Me fui secando en ese al páramo, del cual no podía salir. Y ahora te encuentro otra vez, inesperadamente. Sufrí un colapso. Reaccioné y te seguí. No sabía muy bien para qué. Quería gritarte, escupirte en la cara el sufrimiento, vociferarte la
impotencia, la sin razón, el horror del abandono. Al llegar al cruce de dos avenidas frené. Te vi cruzar la calle. Me apoyé en la pared para sostener mis temblores, aquietar mi corazón y respirar hondo. A medida que te alejabas te fuiste desdibujando, desintegrando de a pedacitos. Me obligué a ir despacio en sentido contrario rumbo a donde iba. A pesar de todo, me sentí liviana de equipaje. Cierto alivio en mi alma. Eras mi pasado y yo ya estoy rumbo a mi futuro. Nadie y menos tu nefasto recuerdo, me lo impediría. No quiero volver a sangrar sobre mi herida.
Alba Estrella Gutiérrez Argentina Poema
qué difícil amar hasta la hartura dejar el corazón sólo de pérdidas soltar las manos oceánicas de vuelo llorar todo el dolor y ser la pena qué difícil amar y ser paso fugaz en la memoria la soledad del uno en el espejo qué difícil a veces el abrazo un temblor de pájaro en la boca y un palpitar de alas en el viento
Jorge Etcheverry Chile Res extensa
El cuerpo como extraño e íntimo Raro cuando lo veo en el espejo Sorprendiéndome con sus lisuras Y anfractuosidades Sus huecos sus pelos Sus inesperados detalles Esos lunares nuevos o quizás Recién descubiertos Su calor que disminuye su Frío que se desata en la noche O en las mañanas frías De esta región de camanchacas Pero que siempre aparece inmerso Acaso responda a la luna en sueños Sé de sus necesidades que también son las mías De sus fatigas y placeres De la oscura necesidad del adorno Del agradecimiento de su piel ante el agua Los ungüentos y las caricias Pequeños dolores lo recorren O se anidan en los músculos Las articulaciones Pesados se estiran en los huesos Es por el salitre dicen Pero no es nada Levantémonos, le digo Para empezar el día
Josefina Fidalgo Argentina Abrir compuertas
Quiero sumergirme en el océano detener los peces que van a contramano pactar el tacto del roce huyente el destello de escamas espiadoras. Quiero llegar hasta el viejo barco acercarme al atérmico navío encallado en algas posesivas y abrir camarotes de historias clausuradas Quiero emerger del álbum de la ausencia del dolor en cada pesadilla tirar la llave que es la cruz de espera y arrancar el miedo de intemperies vanas que me arrojan al abismo día tras día. Quiero que me empuje la corriente y me rescate la orilla en golpe de ola y vomite las hilachas enredadas. Desatarme quiero y dormirme en la arena blanca Que me habite el sol calmo calmo y seguir serena mi camino tramo a tramo.
María Laura Finochietto Argentina Melodías de amor Lorenzo, caminando por las calles del pueblo, se paró frente a esa casa, de balcones franceses, lugar donde a Matilde le dio el primer beso. Estaba allí para venderla, no deseaba conservarla, luego de fallecidos sus padres. Decidió entrar, recorrió la sala, cuantos recuerdos inolvidables. Observó con detenimiento, los muebles llenos de polvo, subió a la planta superior, donde se encontraba la habitación que había compartido con su amor. El dormitorio estaba todo como lo había dejado, la cama de hierro herrumbroso, la cómoda y encima el espejo con marco de madera, se paró frente a él, observándose, habían pasado treinta años, rememoró con tristeza el momento que conoció a Matilde, había sido en la Escuela de música, eran estudiantes, ella tocaba el violín, y él la guitarra, ambos tenían pasión por sus instrumentos. Entusiasmados estudiaban y tocaban juntos, había nacido entre ellos un gran amor. Pero duro muy poco, fue truncado por la incomprensión del padre de Matilde, hombre rígido de la época, que consideraba a Lorenzo de un estrato social inferior. Matilde se fue del pueblo, dejo el violín, ingresó a la Universidad donde egresó como médica. La vida de Lorenzo continuó en su terruño, rodeado del cariño de sus padres, siguió con su guitarra, fue maestro de música y trabajaba en una ferretería. Un domingo por la mañana, la vio paseando por una calle del pueblo, Lorenzo no se animó a hablarle, sus miradas se cruzaron, Matilde iba con un niño en brazos y su cabello estaba atado con una cinta celeste. Siempre lo había llevado sujeto. Pensó que tal vez se hubiese casado, pero no deseaba pensar en ello. Dejo de mirarse en el espejo, se sentó en la cama, estaba cansado, recorrió con su mirada la estancia, pensó que felices hubiesen sido en esa casa. Escuchó voces que provenían de la planta baja, se acercó a la puerta para oír mejor: -¿Te parece, entremos así sin llamar? —preguntó Ana -Si, se dice en el pueblo que aquí vivió mi padre--respondió
Norma Froy Argentina Hojas de otoño
Hojas doradas, ocres, amarillas, rojas ... con el viento giran, bailan, se hamacan… vuelan, suben y bajan, las hojas cansadas, pobrecillas, caen al suelo amontonadas, quedando una alfombra, mullida, acolchada, d e una tonalidad dorada... ¡Pobrecitos los árboles quedan desvalidos sin hojas, sin abrigo... sin nada...!
Mateo, mientras sacaba de la funda, su guitarra, poniendo a tocar una hermosa melodía. La joven de ojos azules, con su cabello rubio atado con una cinta celeste danzaba alrededor de la sala. Lorenzo escuchaba entre sollozos los rasguidos de las cuerdas, esa bella melodía que lo inundaba de recuerdos y penas, no deseaba salir de la habitación para no romper el encanto. Cuando dejo de escuchar la música, bajo despacio la escalera, al pie de ella había una funda arrugada llena de polvo atada con una cinta celeste.
mlfinochietto@yahoo.com.ar
https://youtu.be/K_yP9m0Gwws