INDICE
PREFACIO 9 INTRODUCCIÓN 21
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PARTE I: LA DEMOCRACIA REVOLUCIONARIA 1. Una cuestión de poder 37 2. A mi manera 47 3. Teniente Coronel 55 64 4. ¿Libertad de expresión? 5. Poder Judicial, Derechos Humanos 77 6. Elecciones 94
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PARTE II: EL PROYECTO BOLIVARIANO 106 7. El sello del Libertador 8. Socialismo del siglo XXI 112 9. Las Misiones de la Revolución 126 10. La economía del siglo XXI 144 11. Corrupción revolucionaria 165 177 12. La revolución desde la cúpula: Dos conversaciones 13. Chávez, Gobernante 190 PARTE III: LA SOCIEDAD CHAVISTA 14. Delincuencia: el tema omnipresente 15. Polarización, conflictividad y crispación
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EPÍLOGO 226 REFERENCIAS 231 BIBLIOGRAFÍA 241 7
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PREFACIO
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(Caracas, 4 de octubre de 2012)
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El Presidente Hugo Chávez, vestido con impermeable militar, se sube al escenario en medio de un torrencial aguacero. La roja muchedumbre bolivariana lleva horas esperando bajo un sol candente que su comandante llegue a la gran tarima ubicada en la avenida Bolívar para encabezar el cierre de la campaña presidencial en Caracas, pero el súbito y prolongado palo de agua había hecho temer a muchos que el Mandatario no llegaría, para no exponer su delicada salud a un resfrío de consecuencias imprevisibles.
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Sin embargo, ahí está él ahora, micrófono en mano, con la cabeza descubierta bajo la fuerte lluvia y con el rostro hinchado por el tratamiento médico al que se ha sometido desde que se hizo público, a mediados de 2011, que padece de cáncer. El gobierno no ha entregado detalles sobre su estado de salud -sólo que el cáncer afecta su “región pélvica”, nada más-, pero casi todo el mundo da por hecho que la vida de Chávez está en riesgo, pese a que él asegure lo contrario. Como para confirmar esas sospechas, la arenga es más corta de lo habitual -menos de 40 minutos, versus las 3 o 4 horas que suelen durar sus discursos de campaña-, pero aun así la voz se escucha potente y el tono es desafiante. A todas luces, no es un hombre dispuesto a hincar la rodilla ante sus oponentes políticos -que quieren negarle un nuevo mandato de seis años en la elección que se celebrará en sólo cuatro días más- ni ante la enfermedad. 9
“En nuestras manos no se va a perder la vida de la Patria, estoy completamente seguro. ¡Yo seguiré con ustedes, mi próximo gobierno comienza el próximo lunes 8 de octubre!”, promete apasionadamente. “Le vamos a dar una paliza a la burguesía”, arenga Chávez, y “al candidato del neoliberalismo, de los grandes ricachones, de los corruptos”, refiriéndose al ex gobernador Henrique Capriles, abanderado unitario de la oposición.
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Cerca mío entre la apretujada y enardecida multitud chavista, muchos seguidores del Presidente comentan entusiastas que lo ven recuperado, que la enfermedad no le está ganando la partida. Y es cierto que despliega una fortaleza y tenacidad excepcionales, y que si no fuera por la hinchazón de su cara podría ser el mismo Chávez de siempre, con esa elocuencia arrolladora y ese carisma capaces de encender los corazones del “pueblo bolivariano” y de apocar a sus adversarios.
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Estos últimos hacen otro diagnóstico: “Chávez se está matando en esta campaña”; “Se mantiene a punta de inyecciones y pastillas que le dan sus médicos cubanos”; “Después de este esfuerzo, se viene abajo”; “Está haciendo lo que sea para ganar esta elección y así se asegura, si después le pasa algo, que su sucesor sea un chavista”.
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Mirando al Presidente perorar enérgicamente bajo la lluvia, recuerdo otros dos comentarios que hacían la noche anterior en la sede del comando opositor, y que a la larga resultarían premonitorios: “Esta es la última campaña de Chávez” y “el hombre no aguanta vivo más de seis meses”. Esta tarde, sin embargo, el líder bolivariano habla de un nuevo y esperanzador ciclo para su revolución, al tiempo que promete las penas del infierno para los burgueses, los imperialistas, la derecha golpista, los contrarrevolucionarios, los medios de comunicación, los latifundistas, los ricos, etc. Días después, Chávez ganaría la elección con un contundente 55%, versus el 44% de Capriles. Y dos meses más tarde, en los comicios de gobernadores de diciembre, el chavismo propinaría otra derrota a sus contrincantes, dejándolos con apenas tres de los 24 estados del país. 10
La revolución bolivariana, pese a sus muchos problemas, parecía cobrar un nuevo y poderoso impulso a fines de 2012, con su líder a la cabeza. *** “A las 4:25 de la tarde… de hoy 5 de marzo… ha fallecido… el comandante Presidente Hugo Chávez Frías”, anuncia con voz quebrada el Vicepresidente Nicolás Maduro por televisión, rodeado de la cúpula del régimen bolivariano. La noticia es de alto impacto y en minutos da la vuelta al mundo, pero pocos pueden decir creíblemente que sea una sorpresa.
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Durante los días anteriores, todas las autoridades del gobierno venezolano aseguraban que el Presidente se estaba recuperando satisfactoriamente -si bien con altibajos- de su última intervención quirúrgica en Cuba y que seguía llevando personalmente las riendas del país. Diversos funcionarios visitaban por largas horas al convaleciente Mandatario en el Hospital Militar de Caracas y salían de esas reuniones comentando el buen ánimo de Chávez, y explicando las directrices de gobierno que él les había impartido, pese a que una cánula insertada en su tráquea por los médicos le impedía comunicarse con normalidad.
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Ante cualquier duda que manifestaba la oposición sobre el real estado de salud del Presidente, las autoridades respondían acusándola de conspirar con oscuras fuerzas “extranjeras” e “imperialistas” para precipitar la muerte del gobernante, incluso de haberle inoculado el cáncer. Pero como nunca entregaron un parte médico oficial, dieron pábulo a toda suerte de especulaciones, desde que Chávez en realidad nunca había estado enfermo y todo no era más que una estrategia política de sus asesores cubanos para afianzar su popularidad de cara a su tercera reelección, hasta versiones de que había muerto en La Habana después de su cuarta cirugía y el gobierno ocultaba la noticia (y el cadáver) mientras resolvía la sucesión. No faltaban razones para elucubrar escenarios descabellados. 11
Tras la victoria electoral de octubre de 2012, Chávez había virtualmente desaparecido de la escena pública, algo extremadamente inusual para un líder de sus características, acostumbrado a ser el centro de la vida nacional por más de una década. De hecho, apenas si intervino en la exitosa campaña para las elecciones regionales de mediados de diciembre, que finalmente se celebraron sin que él estuviera en el país, algo sin precedentes en la revolución bolivariana.
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Una semana antes de esos comicios, cuando ya hervían los rumores de que estaba agonizante o incluso muerto, el Presidente hizo una aparición en cadena nacional que, lejos de despejar las dudas sobre su salud, las atizó.
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El 8 de diciembre, desde el Palacio de Miraflores, Hugo Chávez anunció -contradiciendo sus propias declaraciones anteriores respecto de su enfermedad- que debía someterse a una cuarta operación en Cuba, debido a la “presencia en la misma área afectada de algunas células malignas”. Al mismo tiempo, en un gesto inédito, les dijo a los venezolanos:
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“Si se presentara alguna circunstancia sobrevenida que a mí me inhabilite para continuar al frente de la Presidencia de la República, bien sea para terminar los pocos días que quedan (un mes) y sobre todo para asumir el nuevo período para el cual fui electo por la gran mayoría de ustedes (…) elijan a Nicolás Maduro como Presidente de la República. Yo se los pido de corazón”. Así, por primera vez, Chávez no sólo se abría a la posibilidad de no estar vivo para asumir su nuevo mandato, algo que meses antes hubiera sido impensable, sino que designaba claramente como sucesor a uno de sus más estrechos colaboradores. Hasta entonces ninguna figura del chavismo podía presentarse legítimamente como continuador de la revolución bolivariana en caso de ausencia del líder -“No hay chavismo sin Chávez” era una frase común tanto en el oficialismo como en la oposición-, pero ahora el propio Presidente había nombrado a su heredero político.
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A partir de ese momento se inició la secuencia de eventos que, en escasas semanas, culminaría con la muerte del Presidente y la compleja partida de una nueva etapa para Venezuela: el último viaje de Chávez a La Habana para operarse, el hermetismo del gobierno venezolano sobre el resultado de la intervención, la falta de apariciones públicas de Chávez que dieran luces sobre su salud, la nula información sobre la fecha de su eventual regreso a Venezuela, la polémica constitucional por su incapacidad para asumir personalmente el cargo de Presidente, la publicación de una foto que lo mostraba sonriente junto a dos de sus hijas en su lecho de enfermo con una cánula en la tráquea, y su intempestivo retorno a Caracas en un vuelo nocturno, sin fotos que registraran su llegada.
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Menos de dos semanas después de volver de Cuba para internarse en el Hospital Militar, Hugo Chávez fallecía en Caracas y sus exequias se transformaban en acontecimiento mundial, con el decreto de un extenso duelo oficial de 10 días, la presencia de más de 30 jefes de Estado y la promesa de embalsamar su cuerpo para que las futuras generaciones de venezolanos pudieran contemplarlo al igual que “Ho Chi Minh, Lenin y Mao”, según dijo el Vicepresidente Maduro.
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Terminaba así un período clave en la historia reciente de Venezuela, marcado por una figura política que transformó profundamente a la sociedad de ese país, y llegó a tener proyección internacional. Sin duda es muy temprano para saber si la muerte de Hugo Chávez selló la suerte de la revolución bolivariana que él inauguró con gran efecto en 1999, pero es claro que comienza un nuevo ciclo para los venezolanos y, quizás, para el sector de la izquierda latinoamericana de la cual él fue el principal referente -y sostenedor- por muchos años. La voluntad de preservar los restos de Chávez -si bien luego se descartó oficialmente embalsamarlos, se sugirió colocarlos en el Panteón, junto a Simón Bolívar- fue el primer indicio del culto a la personalidad que sería la principal estrategia política de sus sucesores. Así lo confirmó Maduro durante la breve e intensa campaña que lo llevó a ganar por 13
un estrecho margen la elección presidencial del 14 de abril de 2013, que sus partidarios construyeron íntegramente en torno a la memoria del líder fallecido, y en función de los mismos códigos y prácticas políticas que él utilizó en todos los comicios en que corrió como candidato. El chavismo enfrenta ahora un período de definiciones fundamentales y resta por ver cuál será el camino que tomará el proyecto político de su fundador bajo el gobierno de quienes conformaron la cúpula de su régimen.
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En el plano internacional, la figura del ex teniente coronel ya no ejerce el atractivo ni la influencia que tuvo en la primera década del siglo, y el llamado “eje chavista” o de “izquierda neopopulista” -que en algún momento muchos entendieron como un nuevo paradigma en la política latinoamericana- hoy sólo incluye como socios estables al boliviano Evo Morales y al nicaragüense Daniel Ortega, ambos receptores de cuantiosa ayuda financiera venezolana. Sin olvidar, desde luego, a los hermanos Castro en Cuba, cuyo país ha entablado con la Venezuela bolivariana una relación tan estrecha, que en febrero de 2010 el semanario británico The Economist títuló uno de sus artículos Venecuba: una sola nación.1
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En cambio, otros líderes de la izquierda y la centroizquierda regional -como Ricardo Lagos, Michelle Bachelet, Fernando Lugo o José Mujicase cuidaron de no aparecer muy cercanos al Presidente venezolano o al proceso político que encabezó. Tampoco cabría considerar genuinamente “chavista” al pragmatismo político y económico del brasileño “Lula” da Silva o su sucesora Dilma Rousseff, al ecuatoriano Rafael Correa o a la argentina Cristina Fernández (si bien estos dos últimos han impulsado ciertas políticas muy emparentadas con las de su ex colega caribeño). Además, la imagen del gobierno bolivariano ha sufrido reiterados golpes a lo largo de los años con los informes de organismos internacionales y de entidades no gubernamentales que han criticado temas como la calidad de la democracia venezolana, la violencia delictual sin precedentes, los altos índices de corrupción, la opacidad de sus cuentas públicas, la 14
fragilidad del Estado de derecho, los vínculos con las FARC y los problemas que enfrenta la libertad de expresión, entre otros.
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En cuanto al frente político interno, también presenta problemas inéditos para el régimen, pues desde 2012 enfrenta a una oposición unida, lo que le permitió presentar un candidato único en la presidencial de ese año, y luego también en abril de 2013, tras la muerte de Chávez. En la primera de esas competencias, pese a perder por una amplia diferencia de 10 puntos porcentuales, Henrique Capriles estrechó notablemente la distancia con el oficialismo respecto de lo conseguido por el candidato de su sector en la elección de 2006 (26 puntos), obteniendo más de 2 millones y medio de votos adicionales. Eso ya fue una señal de alerta para el gobierno bolivariano.
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Pero que apenas seis meses después el mismo Capriles redujera sorpresivamente esa ventaja a menos de dos puntos porcentuales enfrentándose a Nicolás Maduro -contra los pronósticos de todas las encuestas-, plantea a la revolución un desafío político de otra magnitud: ¿Por qué, con el recuerdo aún fresco del líder desaparecido sólo cinco semanas antes, la mitad del país decidió votar por el candidato de la “ultraderecha”, de la “burguesía” y del “imperio”? El estrecho resultado de la elección, el peor en toda la era bolivariana, ¿confirma la opinión de que no hay chavismo sin Chávez, pues su proyecto revolucionario se construyó exclusivamente en torno a su figura, sin instituciones ni otros liderazgos políticos que le den continuidad? ¿Habrá, por primera vez, tensiones internas generadas por rivalidades explícitas entre figuras chavistas con ambiciones políticas propias? *** Tres años antes, cuando Hugo Chávez celebraba una década en el poder, las cosas se veían mucho mejor para la revolución bolivariana. El 31 de enero de 2009 el Presidente está de buen humor. En dos días más conmemorará 10 años como gobernante junto a sus colegas de 15
Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Honduras, más el vicepresidente de Cuba, quienes viajarán a Caracas para celebrar con él. Mientras tanto, esta noche de sábado juega como refuerzo de la selección olímpica femenina de softbol. El rival es un elenco de estrellas y ex estrellas venezolanas del béisbol de las Grandes Ligas, entre ellas varias que él, que alguna vez pensó dedicarse profesionalmente a ese deporte, idolatró en su juventud, como el legendario pelotero * David Concepción.
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Se trata de un partido amistoso para promover la enmienda constitucional que se votará dentro de dos semanas, en la que el Mandatario busca, una vez más, que se apruebe la reelección indefinida. Por eso el equipo de sus contrincantes -que termina perdiendo por 4 carreras a 1-, se ha puesto por nombre “Sí Va”, en apoyo a la reforma legal (la cual, efectivamente, será aprobada con 54% de los votos).
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Tal vez sea el ambiente festivo del juego lo que impulsa al Presidente a anunciar sorpresivamente que el lunes será feriado. Se trata, dice, de conmemorar los 10 años transcurridos desde “el día que abrió una época, no sólo en Venezuela, sino en América Latina. Ese día comenzó el amanecer, el alba de la nueva época de liberación y desarrollo de los pueblos de América Latina”. Durante un descanso en el partido, el vicepresidente ejecutivo de la República lo confirma: pasado mañana no se trabaja en todo el país.
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Al día siguiente el gobierno ratifica el intempestivo feriado, que no alcanzará a publicarse a tiempo en la Gaceta Oficial. Quien hace el anuncio, el viceministro del Trabajo, Abraham Mussa, deja en claro dos cosas: el origen presidencial de la medida y la decisión de castigar a quienes lleguen a transgredirla. “El decreto como día no laborable es una competencia exclusiva, indudablemente, del Presidente de la República y del Vicepresidente. Es un día de júbilo, un día de encuentro de los trabajadores con sus familias, celebrando 10 años de logros, de Misiones, de éxitos”, dice. Y * Jugador de béisbol.
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agrega, “haremos los procesos sancionatorios correspondientes para las empresas que se aparten de este día no laborable. Tenemos todo un andamiaje jurídico que reafirma nuestra competencia para hacer cumplir lo que el Presidente de la República determine”. El lunes medio país amanece sin haberse enterado del improvisado asueto. El resultado es el previsible caos de comercios, empresas y colegios que abren y deben volver a cerrar a las pocas horas, gente que va a sus trabajos para encontrarlos cerrados o que debe regresar a sus casas a media mañana, y oficinas públicas que empiezan a atender hasta que alguien les ordena dejar de hacerlo.
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En algunos casos, la fuerza pública interviene para obligar el cierre de establecimientos comerciales; se producen conatos de protesta y se cursan multas por no respetar el feriado. Aunque la oposición y los gremios llaman a acatar la medida -“no nos queda más remedio”, dice el líder de la multigremial de los empresarios, Fedecámaras-, todos reclaman por lo abrupto de una decisión que afecta directamente la vida del país y que aparece inconsulta. En suma, millones de personas sufren inconvenientes y pagan costos, al tiempo que se genera un evidente daño a la economía (empresas, bancos, puertos y aduanas tampoco trabajan, paralizando incontables operaciones comerciales y financieras).
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Ese es el contexto en que los venezolanos recordaron que la revolución bolivariana cumplía 10 años. El episodio es mucho más que una anécdota, pues encapsula buena parte de lo que caracterizó la gestión presidencial de Hugo Chávez, su forma de entender el ejercicio del poder, la manera en que eso afectó el funcionamiento del Estado y las consecuencias que tuvo para la sociedad venezolana. ¿Es una democracia lo que tiene hoy Venezuela? ¿Funciona, como proyecto político, a la luz de casi una década y media de gobierno, la revolución bolivariana que impulsó el Presidente Chávez y que otros en América Latina han adoptado como referente, incluso como modelo? Decidí que buscar esas respuestas era una buena razón para regresar a 17
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Venezuela -donde viví por 21 años, hasta 1996- a observar in situ lo que los venezolanos llaman “el proceso”. Durante unas intensas cinco semanas entrevisté a decenas de personas, tanto partidarios como detractores del régimen, en una gama de ámbitos que buscó ser lo más amplia posible (políticos, funcionarios y ex funcionarios de gobierno, historiadores, economistas, periodistas, sociólogos, juristas, artistas, militares, religiosos, diplomáticos, policías, escritores, empresarios, encuestadores, líderes gremiales y estudiantiles, dirigentes sociales, representantes de ONG, gestores culturales, profesionales varios y ciudadanos de a pie); visité tres de las principales ciudades del país (Caracas, Maracaibo y Barquisimeto); y realicé una abundante cosecha de material bibliográfico, documental y de prensa. Junto con eso, procuré empaparme de la vida diaria en la Venezuela bolivariana, muy distinta a la del país que conocí en los años 70, 80 y 90.
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A partir de ese trabajo se publicó en diciembre de 2010 “La revolución fallida”, cuando el Presidente Chávez se acercaba a cumplir doce años en el poder. El libro que el lector tiene en sus manos es una edición actualizada de esa obra, con muchos datos y estadísticas puestos al día, y complementada con material nuevo que recogí a fines de 2012 en otro viaje a Venezuela, esa vez como enviado especial del diario La Segunda para cubrir la elección presidencial.
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Durante su excepcional carrera política Hugo Chávez volvió a instalar el concepto de “revolución” en el imaginario latinoamericano, se transformó en una de las figuras más protagónicas del siglo XXI a nivel continental y no son pocos quienes lo vieron -y lo siguen viendo- como un líder político de proyección histórica. Aunque en ello hubo mucho de eficiente manejo mediático/comunicacional, pues la personalidad histriónica de Chávez fue una clave esencial de su influencia, la suya es una historia extraordinaria desde cualquier punto de vista, y el Mandatario venezolano fue, guste o no, un muy sui generis ícono global. En 1998 Chávez dejó de ser el ex líder de un golpe militar fracasado para convertirse en el centro absoluto de la vida de su país. Nadie dominó 18
nunca tan por completo el espacio público con su discurso y su presencia, de forma que en Venezuela todo parecía girar en torno a él. No sólo fijaba la pauta nacional en todos los temas, sino que además estaba en todas partes, todo el tiempo: en la televisión, en la radio, en los diarios, en Internet, en las calles y muros de todo el país, siempre gravitando en el imaginario colectivo. Para quienes vivieron en la Venezuela de esos años, era virtualmente imposible hacer abstracción del ocupante de Miraflores.
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Pero eso no es lo más relevante. El hecho primordial de la revolución bolivariana es que la autoridad y la discrecionalidad del Mandatario no tuvieron contrapeso en las instituciones democráticas venezolanas ni en el sistema político, de modo que un visitante pronto descubría que una explicación corriente para muchas cosas era, sencillamente, “lo decidió Chávez”.
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En cuanto a la oposición, los errores que cometió en los 14 años de gobierno de Chávez no fueron pocos ni de bajo calibre, y de ello hubo muchos responsables. Con todo, debido a una combinación de factores que se analizarán en este libro, la acción política opositora debe entenderse en un contexto democrático anómalo -incluso, pseudo democráticoque no ofrece las garantías ni las condiciones que en otros países se dan por sentadas. Esto configura un escenario que, en lo político y en lo institucional, no hace posible una oposición efectiva y distorsiona la competencia democrática. El Presidente Chávez ofreció como proyecto político su revolución bolivariana, que era, en esencia, una promesa de refundar Venezuela rompiendo con un pasado que se ha asociado al desprestigio de los partidos tradicionales, a la lacra de la corrupción estatal (con entusiasta participación privada) y a la explotación de la renta petrolera en beneficio de unos pocos. Ese pasado sería la causa de que un país con una gran riqueza natural siga siendo subdesarrollado y profundamente desigual. Una mirada que indudablemente tiene mucho de verdad, y que millones de venezolanos, chavistas y no chavistas, comparten, pero que de ninguna 19
manera termina de describir las cuatro décadas de democracia anteriores a Chávez, la hoy tan denostada Cuarta República. Como sea, el compromiso que la revolución adquirió con Venezuela en 1998 fue acabar con los males de la etapa democrática anterior e impulsar al país hacia nuevos umbrales desarrollo, justicia y prosperidad. Analizar en qué medida se ha cumplido ese compromiso es la materia de este libro.
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Santiago, junio de 2013.
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