INDICE ÍNDICE PRÓLOGO / Luis Larraín A. INTRODUCCIÓN / Diagnóstico del sistema de pensiones chileno Cecilia Cifuentes H. y Alejandra Candia D.
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PARTE I: LA PREVISIÓN COMO POLÍTICA SOCIAL CAPÍTULO 1 Pobreza en la tercera edad / Salvador Valdés P. CAPÍTULO 2 El Pilar Solidario: Revisión y propuestas de perfeccionamiento / Augusto Iglesias P. CAPÍTULO 3 Comportamiento previsional: ¿Cuánto influyen los programas sociales? / Ignacio Irarrázaval L.
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PARTE III: FUNDAMENTOS Y DETERMINANTES DEL SISTEMA PREVISIONAL CHILENO CAPÍTULO 7 La importancia del mercado laboral para mejorar las pensiones de vejez / Francisco Parro G. CAPÍTULO 8 El aporte del sistema de capitalización individual en Chile / Rodrigo Acuña R. CAPÍTULO 9 Reparto y Capitalización frente a frente: Ventajas y desventajas / Salvador Valdés P.
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PARTE II: ENVEJECIMIENTO DE LA POBLACIÓN Y PREVISIÓN CAPÍTULO 4 Cambios demográficos en Chile y pensiones: Diagnóstico y propuestas / Juan Bravo M. CAPÍTULO 5 El seguro de longevidad y las pensiones de cuarta edad/ Guillermo Martínez B., Gonzalo Edwards G. y Juan Pablo Contreras M. CAPÍTULO 6 ¿Se sostiene un sistema de reparto en Chile? / Mónica Titze M.
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Luis Larraín A. Ingeniero comercial y licenciado en Economía de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Se ha desempeñado a lo largo de su carrera como profesor universitario en cátedras de economía en diferentes universidades. Fue asesor del ministro del Trabajo y Previsión Social y miembro del Comité de Estudios de la Reforma Previsional, Superintendente de Seguridad Social, Subdirector y Ministro Director de la Oficina de Planificación Nacional. Actualmente es Director Ejecutivo de Libertad y Desarrollo. Es, además, columnista de El Mercurio, Diario Financiero y El Líbero.
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uando Alejandra Candia, Directora del Programa Social de Libertad y Desarrollo, y Cecilia Cifuentes, Economista Senior, me plantearon la idea de publicar un libro con el aporte de varios autores expertos en el sistema de pensiones chileno, la pregunta que les hice fue: ¿será posible contribuir a la discusión del futuro de las pensiones en Chile con un enfoque constructivo y atendiendo a las cuestiones que son realmente fundamentales para su desarrollo, dejando de lado las consignas y la discusión contingente?
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Nos miramos y los tres dijimos: sí, tiene que ser posible. Y aquí está el fruto de esa apuesta. Los lectores tendrán que juzgar.
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La pregunta era pertinente, pues hoy día en Chile vivimos justamente los resultados de un programa de gobierno que no hizo lo anterior, sino simplemente recurrió a los slogans y no fue capaz de plantear las preguntas correctas. Este origen explica el contenido del libro y ayuda también a entender por qué, habiendo algunos temas que son relevantes de discutir, no están incluidos aquí. No hay, por ejemplo, un análisis de la industria, de su competencia, de los resultados obtenidos hasta la fecha y de lo que pueda esperarse de su futuro. Es más, nos hemos negado a usar el muy común nombre de sistema de AFP para referirnos al sistema de pensiones, porque el foco aquí está puesto en las pensiones y no en la manera cómo la sociedad se organiza para proveerlas. El análisis de la industria es por supuesto importante de hacer, de hecho se ha escrito bastante sobre él, pero no es nuestro foco en esta oportunidad. Hay otros temas que no están tratados en el libro, no porque no sean importantes,
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sino nuevamente por una cuestión de foco. Entre ellos, el más importante es el impacto del sistema sobre la economía. Hay varios estudios al respecto y uno de los más esclarecedores es el de los economistas Vittorio Corbo y Klaus SchmidtHebbel, que el año 2013 estimó el impacto del ahorro individual creado por la reforma desde el año 1981 entre el 8% y 10% de todo el crecimiento acumulado del período. No nos detenemos en este tema porque ha sido destacado por otros trabajos y porque, siendo muy importante dado su impacto positivo en el bienestar de muchos chilenos, no apunta directamente al objetivo central de un sistema de pensiones; esto es, a cubrir lo más directamente posible la contingencia de caída de los ingresos de las personas durante su vida pasiva. Dentro de los efectos sobre la economía está, por supuesto, el impacto en el mercado de capitales, de tremenda significancia para nuestro país, para la posibilidad de financiar inversiones de largo plazo, para contar con mercados de valores sofisticados y de reconocimiento a nivel mundial, que en definitiva han contribuido a que Chile sortee con gran éxito las crisis financieras mundiales. Todas ellas pueden ser consideradas externalidades positivas del sistema de pensiones, que son bienvenidas porque contribuyen al bienestar de los chilenos, pero que en nuestro análisis están subordinadas al objetivo principal que es entregar buenas pensiones a los chilenos, hoy en día la principal preocupación en nuestro país en relación al sistema.
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Lo que no hemos hecho, por honestidad intelectual, es sacarle el cuerpo a algunas de las carencias que presenta el sistema. Es evidente que el nivel promedio de las pensiones hoy no satisface las expectativas de los chilenos. En algunos casos, esto tiene una explicación estadística: están incluidos en ese cálculo conceptos distintos a una pensión, que no debieran entrar en el promedio, como es el caso de muchas mujeres que se afiliaron para cobrar el bono por hijo. En otros casos, se trata de un problema de comparación inadecuada e injusta: no podemos pretender que un sistema con la mitad de la cotización y teniendo que pagar pensiones a todos los que llegan a determinada edad, muestre montos de pensión mucho mayores que otro, como el de reparto que teníamos en Chile, que tiene el doble de la cotización y la obligación de pagar pensiones apenas a la mitad de los que aportaron a él. Pero la mayor explicación para la insatisfacción con el valor de las pensiones es,
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simplemente, que los chilenos hoy día aspiran a mucho más. El rápido crecimiento de las remuneraciones que hasta hace unos pocos años experimentaban los chilenos crea la expectativa de una mayor pensión al jubilar. Pero claro, un sistema de pensiones, por naturaleza preocupado del largo plazo, no puede responder así de rápido a esa mayor aspiración. Por eso el desafío es doble.
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Todo eso se explica en el libro, pero no nos quedamos sólo en el diagnóstico de por qué estamos donde estamos. A raíz del informe de la Comisión creada por la Presidenta Bachelet y presidida por el economista David Bravo, que propone diversas reformas al sistema, sentimos que la demanda hoy día es por soluciones a algunas de las insuficiencias que presenta el sistema. Porque en definitiva, la gente aspira a mayores pensiones; por ello en los trabajos de los diferentes autores hay muchas propuestas que van en esa dirección.
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Dicho esto, pasemos a examinar cuáles son las cuestiones básicas para la sociedad que están en juego al optar por tener un sistema de pensiones de carácter obligatorio. De lo que se trata, es de hacerse cargo de la situación creada por la disminución de la capacidad de generar ingresos que se produce en la medida que se envejece; y entonces lo primero que surge es que, dada la naturaleza del problema, siempre está presente la posibilidad de una transferencia intergeneracional de recursos. De hecho, la seguridad social es un concepto relativamente moderno en la historia de la humanidad. La creación de Bismarck tiene aplicación práctica recién en el siglo XX. ¿Significa eso que antes la gente de mayor edad, sin posibilidades de procurarse el sustento, moría de hambre? Por supuesto que no. Simplemente el arreglo social era otro y era la familia la que se hacía cargo de la situación de sus adultos mayores, que además tenían una expectativa de vida muy inferior a la actual. La seguridad social, en el fondo, lo que hizo fue trasladar la responsabilidad desde la familia al Estado. Este cambio fue más o menos aceptado por distintas sociedades según su propia cultura y valores. De hecho, los países de Asia tienen sistemas de seguridad social mucho menos desarrollados que los europeos y la familia continúa jugando un rol relevante en la manutención de sus ancianos.
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Los sistemas que tienen incorporada la capitalización individual, como el chileno que fue pionero en esto al reformar su sistema en 1980, tienen en ese sentido la ventaja de que la acumulación de recursos en cuentas individuales puede graduarse, para representar una parte significativa, o una menor, del total de la pensión que en definitiva obtendrán las personas. Así, diversas reformas de pensiones en variadas partes del mundo han introducido parcialmente la capitalización como un componente de las pensiones, más o menos importante dependiendo de sensibilidades de tipo político, de diferencias culturales e incluso de posibilidades de esfuerzo fiscal en los distintos países. Estoy convencido que en el futuro de los sistemas de pensiones, incluyendo por cierto el chileno, hay una mezcla de pilar solidario con capitalización individual, y dentro de ésta, ahorro obligatorio y ahorro voluntario, que irá evolucionando en el tiempo de acuerdo a diversas consideraciones. Para ello es importante tener flexibilidad en los diseños, pero también, mucha claridad en los subsidios cruzados de varios tipos que pueden estar presentes en estos esquemas.
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Por eso, en la primera parte del libro, que denominamos “La previsión como política social”, los capítulos escritos por Salvador Valdés, Augusto Iglesias e Ignacio Irarrázaval abordan cuestiones como la pobreza en la tercera edad comparada con la pobreza en otros grupos etarios; realizan un análisis detallado del funcionamiento del Pilar Solidario y relacionan el sistema de pensiones con otras prestaciones sociales.
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La segunda parte del libro, llamada “Envejecimiento de la población y previsión”, contiene los aportes de Juan Bravo, de Guillermo Martínez, Gonzalo Edwards y Juan Pablo Contreras y también el de Mónica Titze. Aquí se aborda el tema demográfico, elemento de base sobre el cual se construye cualquier sistema de pensiones; se analizan numéricamente las diferencias entre un sistema de reparto y de capitalización y se plantean ideas y propuestas para hacerse cargo del tema de la longevidad. La tercera parte del libro, que hemos denominado “Fundamentos y determinantes del sistema previsional chileno” entra en el corazón del sistema de pensiones. Los capítulos escritos por Francisco Parro, Rodrigo Acuña y Salvador Valdés analizan en detalle los elementos determinantes del nivel de las pensiones. Se reconoce
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así que el mercado laboral es un factor clave para configurar el nivel de las pensiones y su relación con las remuneraciones en la vida activa. Se hace también una verdadera disección del sistema de capitalización que tenemos en Chile, para explicar cómo éste es capaz de responder con eficacia a los requerimientos y objetivos que se le plantean y, por último, se discute, esta vez conceptualmente, las diferencias entre un sistema de reparto y uno de capitalización para reparar en la relación clave que existe entre el retorno al capital y la variación de las remuneraciones en un sistema de capitalización individual. En los tres casos se hacen propuestas concretas para hacerse cargo de lo que se consideran carencias del sistema actual.
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Todos los trabajos son de calidad y hacen un aporte sustantivo a la discusión informada acerca de cómo mejorar el sistema de pensiones chileno. Por supuesto, como Libertad y Desarrollo, editores del libro, no nos hacemos cargo ni necesariamente compartimos todas las opiniones y propuestas. Pero respecto de todas ellas, celebramos su seriedad y rigor. Los autores, sin excepción, nos permiten responder satisfactoriamente al objetivo que nos planteamos al iniciar este proyecto y que no es otro que analizar con rigor el sistema de pensiones en Chile y aportar con soluciones efectivas a algunos de los problemas y dilemas que se presentan en su funcionamiento.
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La gran modernización que significó, en su oportunidad, la reforma previsional chilena ha sido reconocida mundialmente y tomada como ejemplo para reformas en una gran cantidad de países. Su eficiencia, en términos de las pensiones que es capaz de entregar, dados los recursos que dedica a ello, es también notable según se demuestra en varios de los trabajos de este libro. Por lo demás, prestigiados análisis internacionales ubican a nuestro sistema dentro de los diez mejores del mundo en ese aspecto. Aún así, hay en nuestro país insatisfacción con el nivel de las pensiones, con lo cual alguien podría cuestionar la eficacia del sistema para cumplir sus objetivos. Por esto es importante publicar libros como éste, que además de un diagnóstico certero, presenta también soluciones a las principales demandas de los chilenos sobre sus pensiones.
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INTRODUCCIร N Diagnรณstico del sistema de pensiones chileno
INTRODUCCIÓN: DIAGNÓSTICO DEL SISTEMA DE PENSIONES CHILENO
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Economista y Magíster en Economía de la Pontificia Universidad Católica de Chile, se integró al Programa Económico de Libertad y Desarrollo en septiembre de 2010. Anteriormente se desempeñaba como profesora investigadora de la Universidad de los Andes en los cursos de Introducción a la Economía, Macroeconomía I y Macroeconomía II. También trabajó como economista del Banco de Chile, en asesoría macroeconómica y financiera a empresas e instituciones financieras en Julio Salas M. & Asociados y como Subdirectora del Programa Interamericano de Macroeconomía Aplicada del Instituto de Economía de la Universidad Católica, entre otros.
Alejandra Candia D. Economista Universidad Católica de Chile y Magíster en Economía con mención en Políticas Públicas de la misma universidad. Además, es Máster en Administración Pública de la Universidad de Harvard. Cuenta con casi una década de experiencia en estudios y asesorías en política social, dentro de los cuales se ha desempeñado como Directora del Programa Económico Social del Instituto Libertad, Consejera del Consejo Consultivo Previsional, Coordinadora de Políticas Sociales del Ministerio de Hacienda y Directora de Estudios de la Subsecretaría de Previsión Social. Actualmente, es la Directora del Programa Social de LyD.
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ás que un posible fracaso de las bases que sustentan el sistema de pensiones vigente en nuestro país, el principal cuestionamiento que le hace la ciudadanía está más bien relacionado con el nivel de las pensiones que éste entrega. En simple, para los afiliados y pensionados al sistema (más de un millón de personas que equivalen al 60% del total de pensionados del país), las pensiones serían demasiado bajas, al menos con respecto a sus expectativas. Dicho reclamo es comprensible a la luz de los datos publicados por el sitio web de la Superintendencia de Pensiones, fuente oficial de información previsional: la pensión de vejez promedio del sistema de capitalización individual alcanzó en mayo de 2015 sólo $ 182.232. Este valor efectivamente podría ser considerado bajo si se le compara con el salario mínimo vigente ($ 241.000) o con la renta imponible promedio de los cotizantes en dicho mes ($ 660.930). También resulta inferior a la pensión promedio de vejez del sistema antiguo en igual momento del tiempo ($ 211.135). El problema es que esta simple comparación, que es la que se suele realizar para juzgar los resultados de nuestro sistema de pensiones, dista de ser apropiada para ese objetivo. La primera razón radica en que el valor promedio de las pensiones de vejez en el sistema de capitalización agrupa, bajo un mismo criterio, a personas que cotizaron sólo unas pocas veces e incluso una sola vez, como ocurre en el caso de mujeres que sin haber cotizado quieren recibir el bono por hijo creado por la Reforma Previsional de 2008. Por ende, el promedio no nos permite distinguir la brecha existente entre quienes cotizaron durante toda su trayectoria laboral, de quienes no lo hicieron. Lamentablemente, la Superintendencia no publica en sus reportes mensuales el valor promedio de
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pensión de vejez diferenciado según número de cotizaciones realizadas durante la vida activa. En consecuencia, este valor promedio esconde una gran varianza de densidad de cotización y no resulta informativo de la realidad de quienes, por ejemplo, cotizaron por 30 años o más.
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Un segundo error que se suele cometer es realizar una comparación directa entre el valor promedio de la pensión de vejez de quienes cotizaron en el sistema vigente con la pensión de quienes cotizaron en el sistema antiguo. A simple vista, pareciera que el sistema antiguo obtendría mejores resultados. Sin embargo, a diferencia del sistema vigente que entrega pensión sin importar el número de aportes realizados, en el sistema antiguo sólo reciben pensión quienes cumplen con un número mínimo de aportes1. Es más, de acuerdo a información del Instituto de Previsión Social (IPS), el número de imponentes sin pensión de vejez en las ex cajas de previsión, por no cumplir la densidad de aportes, es cercano al 50% del total.
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Como la pensión promedio de vejez reportada para el sistema antiguo la reciben sólo quienes efectivamente obtuvieron pensión, el promedio entregado no incluye los ceros que correspondería imputarle a quienes no tuvieron derecho a pensión. Por lo tanto, la correcta comparación con el sistema de capitalización individual debería mostrar una pensión para el sistema antiguo de la mitad, esto es $ 211.135/2 = $ 105.567,5. Este valor se vería aún más reducido si adicionalmente consideramos que en el sistema de capitalización individual la tasa de cotización es menos de la mitad que la que se realizaba para el sistema antiguo. Habiendo despejado ciertos factores que afectan la correcta apreciación de los resultados del sistema de capitalización individual, podemos todavía seguir considerando que las pensiones de vejez que éste entrega son más bajas que lo esperado, sobre todo para algunos grupos. Por ejemplo (y en ambos sistemas previsionales), existe una brecha entre la pensión promedio de vejez que obtienen hombres y mujeres, cercana al 40% a favor de los hombres. ¿Qué podría
1. En el caso del Servicio del Seguro Social (SSS) se requieren como mínimo 10 años de imposiciones para las mujeres y 20 años para los hombres, mientras que en Caja Nacional de Empleados Públicos (CANAEMPU) y Ex Caja de Previsión de Empleados Particulares (EMPART) son 10 años como mínimo, tanto para hombres como mujeres, además de tener la calidad de imponente activo al momento de solicitar la jubilación.
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estar explicando esta diferencia, y más específicamente, de qué depende el nivel de las pensiones de vejez?
I. Pensiones de vejez: variables que determinan su nivel
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Una simplificación del funcionamiento de un sistema de capitalización individual nos permite señalar que el nivel de las pensiones que se obtienen a la hora de jubilarse está determinado fundamentalmente por dos variables: la primera es la densidad de cotización, esto es cuánto y por cuánto tiempo se cotizó durante la vida activa, ya que es claro que mientras mayor es el monto de los ahorros acumulados, mayor será el nivel de la pensión que se obtendrá. La segunda corresponde a factores demográficos, como por ejemplo cuántos años durará la vida pasiva (sin cotizar) que deberá ser financiada con los ahorros previsionales mientras se estuvo cotizando. Así, mientras mayor sea la esperanza de vida a la hora de jubilarse, para un mismo nivel de ahorro, menor será el valor de la pensión de vejez que se recibirá.
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I.1 Densidad de cotización
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Para comprender qué afecta la densidad de cotización, resulta útil analizar qué factores determinan en nuestra población el cotizar o no, para lo cual tomamos la última encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional (CASEN 2013). Una primera mirada a sus resultados da cuenta que sólo 38,9% de la población económicamente activa (15 años o más) se encuentra cotizando para su vejez, cifra muy similar a la que se obtiene al comparar los datos administrativos de la Superintendencia de Pensiones con la población económicamente activa reportada por el INE (36% para junio de 2015). Sin embargo, detrás de este promedio subyacen distintas realidades. Una de éstas dice relación con el vínculo entre sexo y cotización. Mientras cerca de la mitad de los hombres mayores de 15 años cotizan (49%), esta cifra sólo asciende a 30% para las mujeres. A su vez, la trayectoria durante la vida de las personas también difiere, como lo vemos en el Gráfico 1. El porcentaje de personas que cotiza, tanto para hombres como para mujeres, alcanza su tope antes de los 40 años, para luego comenzar a decrecer. Se aprecia también una drástica caída en el porcentaje de personas que cotiza para ambos sexos una vez alcanzada
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la edad legal de jubilación (60 y 65 para mujeres y hombres, respectivamente). Adicionalmente, para todo tramo de edad, el porcentaje de mujeres que cotiza es considerablemente inferior que el de los hombres, que como veremos más adelante tiene sus raíces en la situación del mercado laboral de ambos grupos.
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Otra variable que explicaría las diferencias de cotización de nuestra población económicamente activa es el nivel de ingresos. Tal como se aprecia en el Gráfico 2, el porcentaje de personas que cotiza crece al aumentar el quintil de ingreso del hogar al que pertenecen. Así mientras sólo 17% de la población económicamente activa del primer quintil de ingresos cotiza, este porcentaje alcanza 58,5% para los mayores de 15 años del quintil más rico.
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Al igual que los ingresos, el porcentaje de personas mayores de 15 años que cotiza también varía según el nivel educacional. Como es de esperarse, a mayor nivel educacional, mayor porcentaje de personas económicamente activas que cotiza,
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lo cual resulta particularmente notorio para quienes terminaron la educación superior, donde cerca de 7 de cada 10 individuos que alcanzaron dicho nivel educacional declara cotizar.
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Una variable que también resulta clave a la hora de explicar el comportamiento previsional de los individuos es el estado ocupacional, siendo más probable que personas desocupadas o inactivas coticen menos que quienes se encuentran ocupadas. Por su parte, dado que la obligación legal de cotizar aplica para quienes cuentan con un empleo dependiente con contrato (los trabajadores independientes, y sólo aquellos a honorarios, están obligados a cotizar para pensiones únicamente a partir del año tributario 2015), es probable que al observar a los ocupados se registre un menor porcentaje de trabajadores por cuenta propia o de trabajadores dependientes en condición de informalidad (sin contrato de trabajo) cotizando con respecto a trabajadores dependientes con contrato. De hecho, en la práctica, si un trabajador con contrato no cotiza, es porque también está en una potencial situación de informalidad.
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A continuación, el Gráfico 4 da cuenta del porcentaje de personas que cotiza según su situación ocupacional, el cual nos confirma lo antes mencionado: más de 90% de los mayores de 15 años que están empleados como trabajadores dependientes con contrato cotizan, lo que reduciría este tipo de informalidad a menos del 10% de este grupo de trabajadores. Por su parte, el porcentaje de trabajadores dependientes sin contrato (otro tipo de informalidad) o de trabajadores por cuenta propia que cotizan, sólo bordea el 20%. Por último, el porcentaje de desempleados o inactivos que cotiza es cercano o inferior al 5% de éstos. Llama la atención que el estado ocupacional afecta de forma muy similar la disposición a cotizar de hombres y mujeres. Por ende, la brecha de género en el porcentaje de personas que cotiza debería más bien encontrar explicación de la situación en el mercado laboral en que se encuentra cada uno, la que se
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puede apreciar en el Gráfico 5. Efectivamente las diferencias son considerables: mientras más de la mitad de las mujeres se encuentra inactiva y sólo cerca de 30% es trabajadora dependiente con contrato, únicamente 30% de los hombres está inactivo y 45% está ocupado como trabajador dependiente con contrato. En suma, factores tales como el nivel de ingresos, nivel educacional, situación ocupacional y tramo de edad serían los principales responsables de una baja densidad de cotización durante la vida activa, que podrían explicar un bajo nivel de pensiones a la hora de jubilarse. De manera particular, la brecha entre la pensión recibida por hombres y mujeres, más que una diferencia de género, podría estar relacionada con las oportunidades y/o barreras existentes en el mercado laboral para ambos grupos.
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I.2 Factores demográficos
Respecto a los factores demográficos que podrían afectar el nivel de las pensiones en un sistema de capitalización individual, el más relevante es el aumento de la esperanza de vida. Al respecto, cabe destacar que según la Organización Mundial de la Salud (OMS) nuestra esperanza de vida al nacer entre 1990 y 2012 ha mostrado un importante incremento desde los 73 a los 80 años, situándose 10 años por sobre el promedio mundial y un año por encima del promedio de aquella registrada para los países con ingresos altos. El aumento en la esperanza de vida no se ha visto acompañado de un cambio en la edad legal de jubilación, la cual ha permanecido fija en 60 y 65 años para mujeres y hombres, respectivamente, lo cual ha aumentado la relación entre
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años de vida pasiva y vida activa2. Por esta razón, el valor de la pensión ha debido ajustarse en el tiempo (reducirse) de tal modo que el monto ahorrado pueda ser distribuido en un mayor número de años.
II. Conclusión
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Nuestro sistema de pensiones se ha visto enfrentado a crecientes demandas por parte de la ciudadanía, sobre todo en los últimos años, cuestionándolo por el bajo nivel de pensiones que entregaría. De acuerdo a lo presentado en este diagnóstico, la expectativa de mayores pensiones no necesariamente implica una reformulación del sistema vigente como algunos sectores de la ciudadanía sugieren, sino más bien una revisión de cómo enfrentar aquellos factores que podrían estar obstaculizando dicho objetivo. Éste es justamente el desafío de nuestro libro.
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Es así como se abordarán a continuación, tanto los aspectos sociales como demográficos de nuestro sistema de pensiones, así como también los espacios de mejora de los principales determinantes de la densidad de cotización. Todo, con el fin de contribuir en la discusión sobre cómo se puede avanzar a que el sistema vigente entregue pensiones de vejez de acuerdo a las expectativas de quienes cotizan en él.
2. Cabe destacar que esta relación también se ha visto afectada al alza por la disminución del número de años cotizando durante la vida activa gracias al mayor acceso a la educación superior, lo cual ha retrasado el ingreso al mercado laboral de los jóvenes.
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